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De Re Municipales. Viejos Ayuntamientos

 

Más que viejos, antiguos. Y cambio el vocablo porque algunos no se molesten. Que no voy a entrar en la cuestión electoral ni en el áspero tema de la permanencia de viejas estructuras. Daré una vuelta en torno a los edificios solamente, como el turista en Pisa, que circunda la torre y se entretiene en cavilaciones de diversa índole filosófica o arquitectural.

Las casas consistoriales de nuestros pueblos están que se caen de viejas. Muros de adobe, malas maderas, vientos y goteras que los van minando. En algunos lugares, los más pequeños, los ya abandonados, estos ayuntamientos han ido cediendo su estructura a la ruina hambrienta: en Hontanillas logré pasar a la Secretaría con riesgo de la vida, trepando por un muro derrumbado. En otros sitios, la piqueta ha tenido que intervenir, antes de que se viniese el concejil edificio sobre las buenas gentes: así, en Tendilla, en donde el reloj de la torre amenazaba con cantar las doce sobre los huesos de los vecinos. Hay otros, en fin, que tienen asegurada su vida y permanencia, con el vistoso traje de la tradición, por muchos lustros: así, Sigüenza, donde una labor magnífica de restauración ha sido puesta en práctica y rematada con éxito.

Pero la más abundante de las figuras de nuestros ayuntamientos es la del indeciso tambaleo, la de un descolorido paso de baile sobre la plaza desierta o frente a la filosófica metidtabundez de una vieja y gruesa olma. Ni están sanos, ni se mueren. Desconchones, suelos en precaria horizontalidad, color desvaído de su fachada. En la mayoría de los lugares, van tirando. Pero en otros, los más ricos, la posibilidad de hacer nueva sede para las edilicias tareas se plantea y aún se ve factible. Ojalá pudiera ser esto cierto para todos los pueblos de nuestra provincia. La vida concejil, el comunitario quehacer de las gentes, debería tener un lugar digno donde desarrollarse.

Y es, ante esta posibilidad de que en algunos de nuestros pueblos y villas se proceda a derribar el viejo ayuntamiento y a levantar otro nuevo conforme a cánones arquitecturales desconocidos y extranjeros, que levanto esta voz, ni fría ni airada, pero largamente meditada, en favor del resto hacia las maneras tradicionales de construir en nuestros pueblos. Podrían resaltar algunos ejemplos de digna aparición en este sentido: los edificios concejiles de Condemios de Arriba, de Jadraque o de Brihuega (de Almonacid es mejor no acordarse), están hechos conforme a clásicos cánones. Privó en ellos el cabal sentido de la tradición sobre el afán de un mal entendido modernismo. Y esa sensata querencia es, me consta, el ánimo común de todos nuestros pueblos. Pero a veces, ¡ay!, extraños hados se entremezclan y pueden dar al traste con todo tipo de buenas intenciones. No hace falta perderse en elucubraciones: cuando recientemente se ha tenido oportunidad de construir, en algunos de nuestros pueblos, un nuevo edificio para «Centro sanitario», no ha prevalecido, ni mucho menos, el sentido de la tradicional arquitectura. Ahí está, de angustioso ejemplo, el Centro Médico de Torija, blanqueado como un cortijo andaluz, cubierto de pizarra como en el Tirol, y puesto de pegote delante de un castillo con más de ocho siglos de antigüedad. Bofetadas de este tipo, está claro, aún se les pueden ciar a nuestros pueblos. Y es para evitarlo por lo que estas líneas se escriben.

Que los ayuntamientos están viejos… pues hagámoslos nuevos. Pero teniendo en cuenta que estamos en Guadalajara, en España, en el ente preautonómico Castilla la Nueva – La Mancha y no en un barrio periférico de Nueva York, como algunos se piensan. Y si no, darse una vuelta por la plaza de San Gil, o del Concejo, como se llama ahora, en Guadalajara capital: que van a ver lo que es un «Concejo» a la última moda.

Para morirse…

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