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El siglo XIX alcarreño

 

En el diario trato con los temas del pasado de nuestra tierra, con la historia de sus gentes, con el estudio y defensa de sus huellas, monumentales, van surgiendo temas diversos, apasionantes’ todos, que requieren y merecen una atención detenida. El arte románico rural de nuestra provincia de Guadalajara; la magnífica presencia del Renacimiento en Sigüenza; la interpretación honda de lo que la familia Mendoza significó en este territorio; los datos arqueológicos de variados lugares… en fin, un largo acopio de temas que un buen puñado de personas estudian y dan, a conocer a todos para su apreciación cabal y su defensa. Pero en esta empresa ha quedado siempre un poco soslayado un momento de la historia alcarreña que, quizás por haber sido el menos brillante, ha importado poco: me refiero al siglo XIX que en Guadalajara significó un momento crucial de pobreza, de desánimo, de despoblación y atraso. La devastación de la francesada redujo a ruinas gran parte de nuestros pueblos y ciudades. Poco a poco, y en medio de un decaimiento económico agudísimo se fueron levantando edificios, barrios, conjuntos urbanísticos que, surgidos en un momento determinado de la historia, son ahora ejemplo vivo de ella, muestra irremplazable de una época.

Sin querer ahondar en esta ocasión en el estudio y la apreciación exhaustiva de algunas de estas muestras del arte del siglo XIX, sí podemos recordar algunas de ellas y brindarlas a cuantos deseen colaborar en esta polivalente tarea de la defensa del pasado histórico‑artístico, para que la estudien, las den a conocer, y las defiendan.

Artísticamente, el siglo XIX, una vez superado su idilio con el neoclasicismo a ultranza y la imitación del «imperio» francés, se desenvuelve en un sugestivo eclecticismo que da pie a interpretaciones curiosas de pasados estilos. De ese eclecticismo artístico es muestra monumental, de las más destacadas de España, el Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo, junto al resto de los edificios que esta señora construyó en su torno. Un aire románico de inspiración italiana se cierne en el edificio gigantesco del mausoleo: arcos, planta, cúpula y multitud de detalle que quieren devolver la gloria de un momento medieval en la tallada piedra del siglo XIX. El edificio central de lo que se planeó para asilo y hoy se utiliza por, las religiosas adoratrices para la en­señanza, imita fidedignamente el plateresco español, recordando en su estructura y ornamentación a la fachada de la Universidad de Alcalá de Henares. El claustro de este edificio es obra magnífica que imita al románico. Y la iglesia, muy poco conocida, es un dato arquitectónico en el que revive el arte mudéjar con sus más valientes galas. Los planos, las ideas, las ilusiones, la distribución de los edificios, su simbolismo, sus ornamentos, todo, en fin lo que guarda de mensaje para nosotros, debe ser estudiado detenidamente para que a los hombres de hoy nos diga algo.

Otros muchos edificios o conjuntos deben. de ser tratados, en este sentido: el palacio de la misma condesa de la Vega del Pozo, con su aneja iglesia de San Sebastián, hoy ocupados por los religiosos maristas, son también piezas fundamentales para calibrar el eclecticismo artístico del siglo XIX alcarreño su estructura que remeda los grandes palacios de la nobleza arriacense en el siglo XVI, y la iglesia u oratorio tratada en su fachada como uno de los más delicados monumentos platerescos, al tiempo que su airosa torreta expone líneas románicas bien definidas. Debe ser abordado su estudio en el aspecto constructivo, ornamental y simibólico-­funcional. Y en una tarea que, más que por parte de los historiadores del arte, quizás por arquitectos interesados en estos temas, al tiempo que dotados técnicamente de una preparación óptima.

Recorriendo este panorama nos vienen a la cabeza varios otros edificios y conjuntos singulares: el poblado de Miraflores, en el borde, de Monte Alcarria, que se levantó a fines del siglo pasado como lugar ideal de explotación agrícola, incluyendo un gran palacio, una capilla de romántico entorno, un Par de molinos, un gran silo cilíndrico con palomar y una serie ordenada de casas y almacenes, hoy todavía muy bien conservado y en uso; la colonia residencial, junto a los amplios talleres y almacenes, que en la segunda mitad del siglo XIX surge en él recinto del «fuerte de San Francisco», hoy afortunadamente íntegra, es de gran interés; la serie de edificios militares que servían de espalda a la Academia de Ingenieros, destacando el conjunto que se erigió sobre las antiguas murallas, imitando un castillo almenado, Incluso con torres, y que se edificó en 1879; la portada y ábside del santuario de la Virgen de la Antigua, hecho en perfecta imitación de la arquitectura mudéjar arriacense (recordar la importancia del neo – mudéjar madrileño del siglo Pasado); el, palacio de la Diputación Provincial, construido de 1880 a 1883 sobre el solar que dejó el palacio de los Gómez de Ciudad Real y la parroquia de San Ginés, es obra más impersonal, pero con una fachada interesante de remedo renacentista, y un patio central curiosísimo en estilo neo ‑ mudéjar; el mismo Ayuntamiento es obra interesantísima, construida a finales del siglo XIX, inaugurada en 1906, y que presenta en su fachada abundantes elementos del estilo plateresco que vienen a estructurarse en un peculiar y curios, eclecticismo; también, es, de considerar el edificio, conjunto interno y cerca del Mercado de Abastos en la plaza de la Antigua, obra finisecular en la que entran en juego los armazones de hierro como elemento artístico a finales del XIX, siguiendo el movimiento que poco antes iniciara, la torre Eiffel de París; y, en fin, el edificio monumental y ejemplo de eclecticismo basado en la Baja .Edad Media, de la Cárcel Provincial, que muestra una planta, de perfecta cruz latina con giran cúpula central, al, estilo de los antiguos hospitales bajo medievales, más una fachada rematada en barbacana almenada, coronada del escudo de la ciudad, y una estructura general que convierten a este edificio en un monumento singularísimo de este siglo XIX alcarreño que, como se ve, conserva abundantes muestras, suficientes como para justificar un estudio amplio, unificado, de la época, la sociedad y los construc­tores de todos ellos…

Lo que, mientras llega este estudio sistemático, debemos hacer cuantos nos afanamos en defender el patrimonio histórico‑artístico de Guadalajara, es señalar la existencia de estos edificios, de estos conjuntos monumentales, que son ya parte irrenunciable de la vida de esta ciudad y que deben ser, aparte de estudiados y divulgados en sus múltiples aspectos valorativos, hechos querer por todos los alcarreños y defendidos unánimemente contra aquellas circunstancias que les, puedan ser lesivas.

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