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Noticia de los Dávalos y de su caserón arriacense

 

De entre los escasos monumentos y edificios singulares que le van quedando a nuestra ciudad de Guadalajara, destaca uno que merece ser comentado, repasado, en sus varias dimensiones, con objeto de hallar la razón suficiente que le acredite digno para, sobrevivir a cualquier intención demoledora que le aqueje, como, parece ser que ahora en dolencia común y epidémica que afecta al casco antiguo de la ciudad, se han observado algunos síntomas. Y el caserón, el palacio único, y magnífico de los Dávalos posee las razones suficientes para que sea respetado y conservado. Y aun restaurado, si ello no fuera soñar demasiado.

Don Hernando de Avalos (o Davalos) Carrión, casó con doña Catalina de Sotomayor. Fue él quien inició, a principios del siglo XVI, la construcción de su palacio de Guadalajara. Pero, aunque a él se debe el arranque del edificio, y muchos detalles ornamentales que le prestan su categoría, fue su hijo, Don Fernando Dávalos y Sotomayor, quien continuó y remató la tarea. Era éste un notorio personaje afincado muchos en Guadalajara, que ostentó el título de marqués de Peñaflorida, siendo procurador en Cortes por la capital alcarreña, además de miembro del Consejo Real de Castilla y regente de la vicaría dé Nápoles. Su hermano, don Antonio Dávalos, pasó a Indias. Es, por tanto, durante todo el siglo XVI que este magnífico palacio va siendo construido, y a él añadidas notables piezas de arte y decoración de las que aún restan algunas.

Se sitúa el caserón de los Dávalos en la plaza de su mismo nombre, a la espalda del cogollo de edificaciones que se arraciman en torno al Ayuntamiento. Dos fachadas guardan hoy a la plaza, en el ángulo sur de ésta, lucen los paramentos al norte y poniente, siendo este último el principal, En él, a su extremo esquinero, se abre la gran portada de estilo herreriano. Es una puerta coronada por friso con modillones y escudos varios, ya muy desgastados A los lados intentan pelear dos caballeros armados. Gran balcón (que corresponde a una sala de magnífico artesonado) que remata en escudo nobiliario con las armas de los Dávalos y Sotomayor. Obra indudable de la segunda mitad del siglo XVI.

En esa misma fachada de poniente, hoy incluida en lo que es un amplio almacén de frutas, aparece un magnífico y grandilocuente atrio con columnata jónica, ostentando empotrados, en la pared del fondo, los escudos de la familia, tallados en piedra.

La pieza quizás más destacada del palacio es el patio central, un, hermoso ejemplar de principios del siglo XVI, dentro de lo que se ha dado en llamar renacimiento alcarreño porque en él aparecen unos capiteles peculiares, que ya estudió don Elías Tormo y Monzó como propios de las primeras obras plenamente renacentistas, y que, de la mano de los Mendoza y de sus arquitectos alcarreños, aquí en nuestra ciudad tuvieron su primer pálpito. Cuatro lados, aunque rectangular, en este patio se veían dos series de arquitrabados vanos, sujetos por columnas que ostentaban capiteles y escudos tallados. La garra de la contienda civil mordió el ala oriental, siendo luego reconstruida con columnas de ladrillos, aunque utilizando las vigas primitivas (pino finlandés) y desafortunados tabicamientos.

El interior es difícil de evaluar en toda su magnitud. Sucesivas y siempre ultrajantes reformas han ido desvirtuando no sólo los detalles, sino aun la estructura toda del palacio. Hoy puede todavía admirarse como ejemplo sober­bio de la decoración civil renacentista, el artesonado de la gran sala noble situada sobre la puerta de entrada, cuyo balcón se en marca, en ella. Esta sala posee un friso alto, enyesado (quizás portaba alguna leyenda o dibujo), y sobre él, en esquinas, y al, comedio de los muros, sendos escudos en madera policromada de los apellidos familiares. El artesonado, de madera, es soberbio, y muy bien conservado: dorado y policromado, llano, lleva casetones y llorones componiendo variadísimos dibujos donde se desborda la imaginación plateresca renacentista. En otra sala, también del piso alto, directamente abierta al patio, existe un enorme ar­tesonado, muy deteriorado en forma de gran artesa vuelta en cuyo friso aparecen policromados diferentes escudos habiendo podido distinguir uno de Zúñiga. Bajo esta techumbre majestuosa se construyeron diversos tabiques, transformando el salón en varias habitaciones, que eliminan la posibilidad de admirarlo en toda su grandeza.

Muchos otros elementos de carácter artístico tuvo este palacio, uno de los más renombrados de la nobleza alcarreña, pero que ya se han perdido a lo largo de los tiempos. Algunos otros, además de los aquí reseñados, probablemente subsistan, y escaparan a mi rápida visita. Con todo ello empero, poseemos los suficientes elementos de juicio para demostrar lo valioso que en el contexto del capítulo de la arquitectura civil arriacense es este palacio de Dávalos, y el motivo más que sobrado que posee para acreditar su bien ganado salvoconducto de salvación. La casona de los Dávalos es elemento consustancial a Guadalajara, y forma parte de su patrimonio artístico en una primera línea de méritos y querencias.

Sin adoptar posturas grandilocuentes, sin insultar a nadie, y con las razones de suficiente peso artístico que aquí hemos expuesto, el palacio de los Dávalos no puede ser tocado en elemento alguno capital de su conjunto. Salvo para restaurarlo.

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