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La plaza y el convento de Santo Domingo

 

Entre los monumentos que posee la ciudad de Guadalajara destaca uno que, por su céntrica situación hoy en día, goza de las atenciones oficiales más que otros que, por auténtica categoría debieran aventajarle.

Se trata de la actual iglesia de San Ginés antigua del convento de los padres dominicos. A lo largo de los siglos, este edificio y la fundación que le dio vida han ido gozando ‑o sufriendo, según se mire ‑ los avatares diversos de la fortuna.

El convento o comunidad religiosa de Santo Domingo de la Cruz, se fundó a comienzos del siglo XVI, en 1502, por Don Pedro Hurtado de Mendoza y su mujer, Doña Juana de Valencia. Era él el séptimo hijo del marqués de Santillana, recibiendo en herencia el señorío de Tamajón, que quedó en adelante en esta rama de los Mendoza. Fue nombrado, además, Adelantado de Cazorla, esto es, ­capitán general de las tropas del Arzobispado de Toledo, lo que suponía un gran honor y responsabilidad. El primer convento lo fundaron estos señores en Benalaque, aldehuela cercana a la capital arriacense, muy próxima a Cabanillas y Alovera, a orillas del Henares. Pero la despoblación del jugar (al parecer, por insalubridad de la zona) hizo que los frailes trabajaran con interés su venida a Guadalajara, lo cual era difícil, pues la poderosa comunidad de franciscanos, monopolizando limosnas, dádivas y atenciones de los alcarreños, se lo impedían de continuo. Al fin, y por sorpresa, en junio de 1556 los frailes blanquinegros se asentaron en Guadalajara, teniendo por ello que hacer el traslado durante una noche, instalándose en lo que por entonces era mesón viejo y medio derruido fuera ya de la ciudad, frente a la puerta de Feria, al inicio del arrabal de Santa, Catalina.

(Para centrar a nuestros lectores, podemos recordar como desde la Edad Media la muralla que circuía la ciudad venía desde la Puerta de Bejanque, en el camino de Zaragoza, subiendo por la actual calle de la Mina, hasta la plaza actualmente denominada de Boixareu Rivera, donde se hallaba otra gran puerta de la ciudad y en la cual, a la parte de dentro, en un descampado, se celebraba el semanal mercado o feria de los martes: era la Puerta de Feria. Fuera de ella, la cuesta que, iniciaba ­el camino hacia Cuenca veía a ambos lados surgir pobres casas, constituyendo el arrabal de Santa Catalina, arriba del cual estaba situado el humilladero o ermita del Mamparo, y aún más allá  «los Cuatro  Caminos,” donde dice la tradición que había una Cruz.)

Los dominicos se situaron, en las casas del arrabal, y en seguida, y al empuje del arzobispo Carranza, sin la más mínima ayuda de la nobleza y el pueblo alcarreño, levantaron convento y la iglesia. Iba ésta destinada a ser un espaciosísimo templo que compitiera en dimensiones, y superara en grandiosidad, al de San Francisco, pero los caudales no dieron para mucho, y así ha llegado hasta nosotros, con una apariencia aparatosa, en grandilocuente y pétrea masa asomada al plazal delantero, con la insignia de la Orden sobre el luneto de la fachada, y algunas esculturas desgastadas en lo alto. El gran arco semicircular, pensado para cobijar ‑al estilo del convento dominico de San Esteban, en Salamanca ‑ una gran portada plateresca quedó vacío y en materia de ladrillo deslucido, con solo el arco central de los tres proyectados, practicable para el uso. Hace un par de años se revistió este hueco con piedra artificial, poniéndole, más artificial aún, una portada inventada.

Cayó la puerta de Feria y el gran recinto vacío ante la iglesia y convento se llamo por el pueblo «plaza de Santo Domingo», cuya denominación ha llegado, fresca y vivaz, hasta nuestros días. La institución monástica sin embargo, no disfrutó de larga vida, pues a principios del siglo XIX fue saqueada por los, franceses y ocupada para cuartel general el recinto conventual, mientras el templo era utilizado como cuadra. A pesar de la vuelta de los frailes, en 1835, se disolvió la comunidad definitivamente. Al. año siguiente, la iglesia se transformaba en «parroquia de San Ginés», pues la que con tal título existía en la actual plaza de la Diputación, fue derribada, junto con el anejo palacio de los Gómez de Ciudad Real, para levantar en el solar nuestro actual Palacio Provincial.

En el interior de este grande y céntrico monumento, fueron almacenándose a lo largo de los años interesantes obras de arte. Por una parte, y colocados en lo alto del presbiterio, uno a cada lado los enterramientos platerescos de los fundadores, Don Pedro Hurtado de Mendoza y Doña Juana de Valencia, trasladados aquí desde su primitivo asentamiento en Benalaque. Magníficos ejemplares del primer Renacimiento español, con sus estatuas orantes, él revestido de lucidísimo traje militar, escudos, decoración geométrica y vegetal, y esculturas de las cuatro virtudes cardinales, practicadas con creces por estos señores También en el crucero se pusieron los enterramientos de Don Iñigo López de Mendoza y su esposa, Doña Elvira de Quiñones, primeros condes de Tendilla, hermano él de Don Pedro Hurtado, y traídos aquí, salvados adecuadamente por su valor de obra gótica, desde el monasterio jerónimo de Santa Ana, en Tendilla, tras la guerra de la Independencia. Hoy solo podemos contemplar los destrozados muñones de estas obras magníficas del genio artístico hispano, arrasadas por el fuego y la violenta mano de quienes, hace ya muchos años (julio de 1936) confundían la democracia con la barbarie.

Son éstas, páginas de nuestra historia, retazos que ven confirmando la historia y el ser (el hombre y la sociedad son porque son historia, como nos decía Ortega) de nuestra ciudad

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