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Guadalajara en medallas

 

Una de las muchas facetas en que el arte español ha descollado a lo largo de los siglos y que sin duda alcanza hoy un auge e importancia notabilísima es el de la acuñación de medallas de todo tipo, muy en especial las conmemorativas de los más variados temas. El curioso admirador de estas minúsculas obras de arte, no tiene más que darse una vuelta por el Museo de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, donde se expone una grandiosa colección de antiguos ejemplares, y una exposición muy interesante de todas aquéllas otras que en honor de personajes, ciudades, instituciones, aniversarios, etc., realizan actualmente los artistas hispanos. Puede, incluso, completarse esta visita acudiendo en Madrid también al Museo de la Fundación Lázaro Galdiano, donde centenares de medallas de finísima ejecución muestran la evolución de este arte, desde los italianos del siglo XV, a los más exquisitos cultivadores franceses del XIX. Se trata, en suma, de un mundo anchísimo y capaz de llenar todos los deseos de limpia admiración por el laborar de artistas dedicados por entero a su objetivo. La historia entera desfila por ellas, en sus batallas, en sus hombres, en sus sabios, en sus ciudades y en todos los advenimientos que han ido dando forma y razón al pasado.

En esta vertiente del arte, queda todavía en nuestra provincia una nueva posibilidad de estudio, y aún de aplicación práctica en nuestros días. Cuando nuestros inolvidables y admirados historiadores del pasado hablaron y escribieron de los Mendozas, de la catedral de Sigüenza, del románico rural, de los castillos medievales, de la fiesta de la Caballada y demás temas de ya clásico conocimiento, hubo quien pensó que sobre el pasado de Guadalajara nada quedaba por decir. Si en estos días estamos teniendo noticias de la antigua orfebrería, de la forja popular, de variadísimos aspectos del costumbrismo o el folklore, de cofradías y temas económicos, de simbolismo y de arquitectura popular, es porque, en realidad, aún quedan muchas cosas que saber del antiguo ser de las Alcarrias, y éste tema de la medallística en nuestra tierra es, quizás, uno de los más interesantes y, por supuesto, hasta ahora totalmente olvidado.

Tarea, pues, que requiere el esforzado decidirse hacia su estudio. Hoy quisiera apuntar la existencia de algunos ejemplares, y, con su comentario, sacar incluso alguna consecuencia práctica para nuestros días.

Aunque no es éste el momento económico más adecuado y óptimo, la Feria de Muestras de la Industria y el Comercio que hoy se inaugura en el tradicional recinto del parque de San Roque hubiera podido tener incluso un incalculable aliciente por haberse podido titular, con justicia, «La Feria del Centenario». En efecto, el año 1876 celebró la ciudad de Guadalajara un «exposición provincial» en la que aparecieron a la consideración de todos los cereales, vinos, maderas, minerales, productos industriales, carpintería, ebanistería, cerrajería, bellas artes, etc., que por entonces nacían en nuestra tierra. El certamen alcanzó tan alto rango y renombre nacional, que acudió a visitarla el Rey Alfonso XII acompañado de su madre, la que con el nombre de Isabel II había reinado años antes, y repartió entre los expositores más distinguidos unas medallas, en los tres metales nobles, que ahora describo: en el anverso aparece el rostro del Rey, coronado de laurel, y leyenda circuyéndole: «Reinando Alfonso XII ‑ Protector de la Ciencia y el Trabajo». En el reverso figura el escudo de la ciudad de Guadalajara, rodeado de los demás escudos de las cabezas de partido de la provincia, y esta leyenda: «Exposición de Guadalajara ‑ Premio al Mérito 1876» (1). No tuvo continuación este certamen, y es por ello que quizás en esta ocasión de cumplirse el centenario de su celebración, hubiera podido darse un mayor relieve al de ahora, e incluso haber acuñado algunas «medallas al mérito» para aquéllos que, cien años después, hacen también todo lo posible por que Guadalajara desarrolle sus múltiples potencialidades de vida y riqueza. Podría ser una idea aprovechable para próximas oportunidades.

En ocasión más moderna se acuñó otra medalla relativa a tema provincial. Se trata de la que en 1911 colaboró en las conmemoraciones del segundo centenario de la batalla de Villaviciosa. Una comisión nombrada al efecto se encargó de realizar diversos actos y plasmar la efemérides en diversos modos: se editó una «Crónica del Centenario», escrita por el cronista provincial Pareja Serrada; se levantó un monumento cercano al pueblo de Villaviciosa; se construyó un camino desde Brihuega al monumento, y se acuñó la medalla, que fue reproducción de la que Felipe V mandó realizar y otorgar como condecoración a los destacados en la batalla. Un real decreto de 10 de febrero de 1911 rehabilitó dicha medalla como condecoración oficial, y la casa alemana Moriz Hausch, de Pforzheim, se encargó de acuñarla. Figura en su anverso la efigie del rey Felipe V, y en el reverso una victoria alada, sosteniendo en sus manos palma y corona, sobre un conglomerado de armas y banderas. Leyendas alusivas, en latín, rodean los motivos (II). Forma también interesantísima de dar mayor realce a las conmemoraciones de hechos y personajes que en nuestros días venimos celebrando. No cabe duda que serían muchos los coleccionistas que adquirirían estas medallas conmemorativas, y otros muchos aficionados a este modo de coleccionismo de tan ancha raíz cultural se pondrían en marcha.

La tercera medalla que quiero comentar es mucho más antigua que las dos precedentes. De un cariz, además, totalmente distinto. Se trata de un producto típicamente renacentista, en el que se desborda la pasión humanista por el culto a la unidad absoluta de la imagen y el significado: sintetizar una teoría, una historia, una filosofía, en pocas palabras o en una simple leyenda, es tarea llevada a cabo con éxito por los humanistas. Luego surge la afición al emblema y la simbología, cuando la imagen ha de expresar todo un programa de pensamiento. Es en estas condiciones que la medallística conoce un apogeo claro. Los poetas, guerreros, magnates y religiosos del Renacimiento europeo, sobre todo italiano, graban en medallas sus efigies y sus hazañas, sus pensamientos y símbolos. De uno de nuestros Mendozas más plenamente humanista, don Iñigo López de Mendoza, hijo del marqués de Santillana de igual nombre, es la que comento. Este don Iñigo fue primer Conde de Tendilla, y de su valía política e intelectual alcanzó el grado de embajador en Italia en ocasión componedora de las rencillas entre don Ferrante I de Nápoles, y el Papa Inocencio VIII. Tal éxito alcanzó en su empresa, que el Pontífice le regaló el famoso «estoque de honor» que hoy luce en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, y los nobles humanistas italianos le hicieron el obsequio de diversas monedas acuñadas en su honor. Queda una de ellas en la colección de don Manuel Gómez Moreno, en la que se ve, en el anverso, el rostro del Conde de Tendilla, rodeado de su nombre: «Enegvs Lop(ez) de Mendoza Comes», y en el reverso, la frase «Fvndatori. Qvietis. et. Pacis. Italice. Anno. MCCCCI‑XXXVI», en reconocimiento a su labor pacificadora (III). El Marqués de Mondéjar describe (IV) otra medalla de mayor tamaño que en aquella ocasión se acuñó también en Italia en honor del «gran Tendilla». En el anverso, aparecía el conde a caballo, armado. En el reverso, a pie, en traje civil, y descubierto, con esta leyenda «Enecvs Lopez de Mendoza, comes Tendilliae regis et reginae Hispaniae capitancus et consiliarius, fundator Italiae, pacis et honoris. Dominus prosperet».

De tan interesante y amplio mundo cual es el de la medallística, quedan aún muchas cosas que decir en el ámbito de Guadalajara. Sea ésta la primera palabra que en su apoyo y aliento se brinde.

(I) Las reproduce Pareja Serrada, A., en «Guadalajara y su partido», 1915, pág. 117.

(II) Las reproduce Pareja Serrada, A., en «La Razón de un Centenario», 1911, pág. 225.

(III) La describe y reproduce Tormo y Monzó, Elías, «El Brote del Renacimiento en los Monumentos españoles y los Mendozas del siglo XV», en el «Boletín de la Soc. Esp. de Exe.», 1918.

(IV) Ibáñez de Segovia, Gaspar, «Historia de la Casa de Mondéjar», Academia de la Historia, sección Manuscritos (Ms, 9/183­5)

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