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Nacimiento y mocedad del río Ungría

 

Tuvo el Día de la Provincia, Celebrado el pasado domingo en El Casar de Talamanca, un suceso afable inmerso, y como desapercibido, entre las palabras y la música. Entre las rendijas de la fiesta se coló la presentación de un libro, de una nueva aportación bibliográfica que hace a la provincia la Institución de Cultura «Marqués de Santillana» Corrió la cosa entre amigos, por las manos de cuantos aficionan tierras y sentires alcarreños. El propio autor, Francisco García Marquina, con un montón de ejemplares bajo el brazo, y dedicando sonriente cada libro, poniendo en las portadas un trocito de corazón fue dando al público conocimiento de su obra que el año pasado consiguió el galardón «Camilo José Cela» para libros de viajes por Guadalajara. Se llama éste «Nacimiento y Mocedad del río Ungría», y además del prólogo de Cela, del académico de la Real de la Lengua Camilo José Cela, y del sabroso relato viajero de García Marquina, lleva unos dibujos encantadores y una presentación cuidada, con esmero. Son 125 páginas de amable, sabrosísima lectura, por la que pasa el alma cómoda y alegremente sintiendo vibrar las telas últimas de la tierra y el paisaje, acordándose por cada línea de tantas horas vividas en los umbríos caminos, bajo las sonoras choperas de junto al río que poco a poco nos van haciendo olvidar estas urgencias cotidianas de la movida ciudadana.

Desde Torija y Fuentes de la Alcarria, sigue la senda, saltando el delgado y hondo Ungría, por los términos de Valdesaz y Caspueñas, para unirse al Matayeguas más abajo en Valdeavellano y Atanzón. Cada pueblo tiene su molino, fatalmente abandonado o heroicamente vivido, y su costumbre y conseja. Cada recodo del camino, en fin, lleva el motivo de íntima fuerza telúrica que hace meditar al viajero.

Al hilo de un río hace García Marquina su viaje y su relato. Tomando como tantos otros hicieran antes; una cinta de agua por guía y compañera. De entre las pocas cosas que callada y sabiamente ponen hoy día su dedo en el corazón del hombre, están los tíos de la Alcarria, bordeados de, huertecillas yermas y, como éste de Ungría, molinos que perdieron su bandera de harina y leyenda. En ellos se refleja el nombre y la palabra de la gente de pana y azadón, de esos trabajadores silenciosos que se afanan «con trabajos ciertos y esperanzas inciertas» Y, por debajo de cada línea, la textura recia, templada en fría soledad y cálida sangre del pensamiento del autor; de un hombre que, fuera de su actividad profesional, por suerte para él, no limitada a tareas rutinarias), se ocupa en mirar la vida que le rodea, leer algunos libros, y pensar. ¿Un intelectual? Estoy seguro que no le cuadra esta palabra a García Marquina. Un vividor, sí, con el sentido ancho dilatado que esta palabra tiene cuando la vida discurre entre, las cuatro inmensas paredes del campo: ver amanecer cada día entre los árboles; oír, como primera noticia el rumor del agua; saber del porqué de cuanto le rodea con olor, con color y con distancia; y, en fin, buscar a cada instante la razón de la humana sinrazón, el sentido último del hombre, y sus conjuntos.

El libro que comentamos, «Nacimiento y mocedad del río Ungría», no es un libro de viajes. Es el libro de un viaje sólo, de una excursión que pudo hacerse en unas horas. Es el rescate, sin datos rimbombantes ni personajes famosos, de la historia. Porque también es historia el nacer y morir de los molinos, de las gentes que trabajan junto a ellos, y al fin se fueron a otros horizontes más oscuros. El derecho de lo humilde a su propia historia está aquí, en estas páginas sencillas, reivindicado.

De los muchos aciertos que lleva por sus páginas el libro, es el estilo. A poco de leer, salta la frase: «Esto huele a Cela» A lo superficial, y meramente visual sino el entramado sencillo de la de Cela, que no es, en definitiva, descripción de la realidad. García Marquina, él mismo, pone luego en la página 87 esa misma frase autocriticándose: “Opina que huele a Cela, especialmente en dos cosas: su amor a lo concreto y el elemento sorprendente” Y es a continuación el propio autor quien exime al crítico de su tarea, y dice la clave de estas páginas: «Pero se independiza por otras dos: el tratamiento psico­lógico y la dosis de naturaleza» dice Camilo en el prólogo, que es te libro lleva variadas actitudes y materiales: «la poesía, la sabiduría, la geografía, la historia, el cachondeo … » Uno no ve el cachondeo por ninguna parte. Baraja el humor sus cartas, y detrás de él va, como siempre, el más hondo dolor traspasado. En las páginas de García Marquina hay, sí de todo. Pero por encima se dibuja, como el humo de una fogata en la tarde de otoño, ya desvaída la luz, el dolor de la tie­rra. Y su esperanza.

En este comentario de urgencia no cabe más que la felicitación a Francisco García Marquina, maestro del decir, y a la Institución de Cultura «Marqués de Santillana» por habernos brindado impreso este delicioso relato caminero. Más adelante haremos cavilaciones sobre una y otra faceta de su diáfano paginar.

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