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Estampas de Bonaval

 

Se discute, y será tema de eternas controversias, el valor más o menos grande que las ruinas de antiguos edificios histórico­-artísticos tienen; su mensaje válido o inválido, a los hombres de hoy; su lado práctico o romántico. Castillos y monasterios, pueblos abandonados, iglesias derruidas, palacios y recuerdos arquitectónicos diversos. Sin definirnos hoy par ninguno de los posibles caminos a tomar, aunque en nuestro fuero interno estén muy claras las realidades, y bastante nítidas las posibilidades, van aquí dadas cuatro estampas de uno de estos edificios, del monasterio cisterciense de Bonaval, tal como en un .día de verano se nos aparecieron.

ESTAMPA ASCÉTICA

En la estrechura verdeante de un valle serrano, junto al rojizo pueblo de Retiendas, el caminante se encuentra, en un claro del robledal,, la estampa silenciosa, cadavérica y serenísima de unas ruinas: las del antiguo monasterio cisterciense de Bonaval, que un día tuvieron su sonido, su vitalidad y su pujanza. Junto a los muros dorados de la iglesia (un portón gótico, un ábside poligonal con afiladas ventanas, un presbiterio de finas columnas y bóvedas nervadas) se alza, el silencio. Entre los cascotes y el derrumbe del edificio conventual cruza alguna lagartija. Pero a la vista de la desolación, de una tan bella y armoniosa estampa pretérita, surge el recuerdo de su historial, que, aunque escueto y de cautelosa voz, aún llenó durante siete siglos aquel receptáculo.

El rey Alfonso VIII, en 1164, concedió aquel «buen valle», y una pequeña casa que entonces había en él, a los monjes cistercienses, que, dirigidos por el abad don Nuño, hasta aquí habían llegado desde Valbuena, en Palencia. Trocaron los blancos monjes la «valle buena» por el «buen valle», y aquí permanecieron, cuidando sus huertos, sus ganados y sus escasas propiedades hasta 1821, en que lo abandonaron para siempre.

El enamorado de estas presencias casi fantasmales, de su perdida risa y sus esquemas simples de existencia, tendrá aquí motivo de ascética lucha consigo mismo y con el pasado, que se muestra dócil y accesible. La estampa pura, paisajística, monumental, recordatoria, es de fluencia lógica; incluso mayoritaria entre quienes estas estampas leyeren. Pero hay quien no piensa así. Hay muchas otras posibilidades de enfrentarse a Bonaval.

ESTAMPA VERANIEGA

A cincuenta pasos del monasterio pasa, hecho todavía un arroyo, el río Jarama. Ahora en verano, se pueblan sus orillas de bañistas, de gentes apacibles, que, venidos desde Madrid o Guadalajara, a riesgo de romper el vehículo por el irregular camino aprovechan el día de fiesta y de calor para ponerse en bañador, mojarse en el agua fresca y comer algunos tomates o una tortilla a la sombra de una encina. Es ésta una actividad muy extendida, nada, peligrosa y bastante reconfortante para el espíritu sencillo de quien trabaja toda la semana. Algunos de estos bañistas, cuando ya no saben qué hacer, se dan una vuelta por las ruinas de Bonaval. De alegres colores los «meybas y los «bikinis», se paran delante de la puerta gótica y miran asombrados para arriba. La torre las almenas, las ventanas y la bien tallada piedra forman un conjunto agrada­ble, un conjunto que da sensación de fortaleza, de obra dura y meritoria. Los bañistas piensan que esto es una prueba más de que España ha sido un país muy importante, con mucha historia, v que por algo vienen los extranjeros, aunque cosas como éstas ni se enteran que existen.

Cuando entran al recinto del templo gótico, se encuentran con otra pareja que come sus latas y bebe sus cervezas en una improvisada mesa hecha de piedras y cascotes. Se saludan. Los primeros deciden subir a la torre, por la escalerita de caracol, y luego desde arriba llaman a otros amigos que pasan por el camino. Lo pasan bien. Tienen la sensación de estar viviendo en un lugar misterioso. Y piensan que sería una pena que se perdiera todo esto. Por lo menos, que sus hijos, cuando sean grandes, también puedan ver estas ruinas, y subir a la torre. Una de las mujeres comenta que el 15 de agosto traen desde el pueblo, desde Retiendas, a la Virgen Blanca en procesión, y que allí en el monasterio dicen una misa. Se conoce que ella debió de nacer en el pueblo, y por eso lo sabe. Luego siguen camino arriba, cortando las ramitas blandas de los matorrales.

ESTAMPA CAZADORA

Hay quien dedica el domingo a castigar la naturaleza. El hábito depredador de la especie humana no conviene se pierda del todo, y para eso están las escopetas de aire comprimido, cada año más perfeccionadas, certeras y potentes: para ir abatiendo pajarillos, lagartos y ranas, como si el progresivo enrarecimiento de la atmósfera no fuera lo suficientemente aprisa.

Por Bonaval también aparece la estampa del cazador frustrado, del hombre que, con una gorra de visera de esas que llevan los americanos, y su escopeta de perdigón y mala uva, se mete entre las ruinas y busca atento los nidos de golondrina azul, el automático del verderón o el petirrojo, la pacífica somnolencia del lagarto amarillo. Cómo si quisiera borrar el color magnífico del mundo, apagar su ruido leve y entonado, desnudar el campo de otra cosa que no sea su pitillo, su sigilo artero, su imposible nobleza cazadora.

ESTAMPA IMPOSIBLE

Es la hora de la siesta. Por las nebulosas de la frente van pasando otras imágenes. Son ahora unos jóvenes de la ciudad, muchachos y muchachas, que de ordinario teorizan sobre las obligaciones de la sociedad, quienes han llegado hasta las ruinas del monasterio de Bonaval, y han decidido salvarlas. Ellos mismos, con el trabajo y la decisión de quien sabe bien cuál es su cometido, su misión, su voz irreversible. Llevan picos, palas y un par de carretillas. Sacan varias capas de arena del presbiterio, donde aparecen las primitivas losas del templo, y alguna interesante lápida tallada, que habla borrosamente de algún antiguo abad cisterciense. Limpian luego de matojos y malas hierbas las paredes, retiran cascotes y amontonan juntas las piedras que aún poseen algún resto, aunque mínimo, de talla primitiva. Buscan las basas auténticas de las columnas, limpian la escalera, consolidan algunas brechas… luego despertamos de nuestro sueño.

El día de verano va terminado. Al ver por última vez el antiguo y venerable monasterio, se revuelven en la mente todas las estampas que durante la jornada le envolvieron Su historia, su desprecio, su imposible resurrección. Con un latido constante, un tic tac de realidades y sueños que le dan una dimensión humana.

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