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1975: año europeo del patrimonio arquitectónico

 

Con el slogan de «un porvenir para nuestro papado», el Consejo de Europa, con su sede en Estrasburgo, decidió convocar para este año de 1975 una llamada universal y masiva que hiciera volver con fuerza los ojos de todos los europeos hacia su patrimonio arquitectónico, tanto artístico como popular, haciendo comprender; a todos la responsabilidad que a esta época de cambios le compite en la salvaguarda ante el futuro de tantas joyas y bellezas que nuestros antepasados edificaron y hoy están a punto de desaparecer.

Al igual que1970 fue dedicado al «Año de la Protección de, la Naturaleza», iniciativa que dio espléndidos resultados y acrecentó en todos los ánimos la voluntad de mantener limpio el campo, de evitar los incendios forestales y, en suma, hacer nacer tantas asociaciones tendentes a proteger la fauna, la flora y los recursos hidrológicos de nuestro ámbito, este presente «Año Europeo del Patrimonio Arquitectónico» nace con el afán ilusionado de conseguir esos mismos fines en lo que respecta a ese entorno arquitectural en que se ha desenvuelto hasta ahora la vida.

Se trata de salvar una, parcela importantísima­ de nuestra herencia cultural. Nuestra generación, todos cuantos vivimos este momento de la historia, tenemos la llave del futuro en cuanto que nos ha sido legada por el pasado. No existe la total independencia de una época, pues todas se condicionan por el pasado, en mayor o menor grado. La responsabilidad ante el porvenir dimana, en muchos casos, de respetar el pasado. Debemos tener la firme conciencia de ser puente entre dos épocas, sin renunciar tampoco a la soberanía auténtica de fraguar, un estilo y dar un, nuevo rumbo al caminar histórico.

Todo cuanto nos ha llegado de siglos pasados debe ser considerado como perteneciente a nuestro mundo, como algo propio que nos compite, como algo, en suma, que hemos realizado y que no vamos a ser tan suicidas de destruir.

El Consejo de Europa ha dado unas declaraciones teóricas, ha convocado un concurso para premiar las mejores tareas europeas de conservación de este patrimonio arquitectónico, y, en definitiva, ha tratado de que durante 12 meses se mentalice el Continente sobre este problema y esta necesidad del respeto y la reconstrucción de lo antiguo.

Pero vayamos a nuestra provincia. Guadalajara es Europa, y todos sus pueblos, hasta los más ínfimos o alejados, también lo son. Las serranías grises del Ocejón, los páramos inhóspitos de Molina, los perdidos valles de la Alcarria, son europeos. Y las gentes que los habitan también han de oír esta llamada y tomar sus medidas al respecto.

En España se ha constituido un Comité Nacional, que preside el Príncipe don Juan Carlos y conforman una serie de ministros, directores generales y académicos. A nivel práctico, ellos no han de ser, por supuesto, los protagonistas. Quienes harán de este Año Europeo un éxito o un fracaso seréis vosotros, amigos lectores, los únicos realizadores. Con vuestro entusiasmo por una idea que sólo busca conservar la belleza pretérita de vuestros lugares de vida, o con el encogerse de hombros que los más irresponsables seguramente asumirán.

Pero, de todos modos, a nivel provincial hay algo que hacer.

Nuestra Excma. Diputación va a convocar un concurso provincial en el que se tratará de premiar y, dar vía de participación en un superior concurso europeo a todos aquellos pueblos que a lo largo de los últimos años hayan realizado una tarea de auténtica salvaguarda de su patrimonio artístico y arquitectural. Por supuesto, que tendrán más valor aquellas realizaciones hechas con la aportación particular, municipal o a nivel de comunidad vecinal, que no aquellas otras en las que, Bellas Artes u otro organismo estatal haya puesto todo su empuje. Lugares como Sigüenza, tratando siempre de respetar el entorno urbanístico antiguo; Atienza, en el mismo sentido, o incluso el pequeño pueblo cercano a nuestra capital, Aldeanueva dé Guadalajara, que con el esfuerzo mancomunado de todos los vecinos ha llevado a cabo la, mejor restauración de una iglesia romanico‑mudéjar que hemos contemplado. Esos son los lugares, que pueden y deben optar a los premios.

Es un tanto desconsolador ver cómo otros, que por ser declarados con anterioridad Conjuntos Histórico‑Artísticos, deberían haber mantenido con verdadero mimo y consideración sus esencias arquitectónicas más puras, no sólo desmerecen de cualquier premio, sino que merecerían la censura de cualquier comité de defensa arquitectónica: Molina de Aragón, Pastrana, Brihuega, entre ellos, donde parece que sólo  se trata de ir derribando cuanto de antiguo hay en las zonas antiguas, para llenarlas de edificios que en nada se parezcan a lo anterior. Es ésta la principal misión que nos cabe en este Año Europeo: conseguir llevar al ánimo de cuantos en estos y otros muchos lugares de nuestra provincia sólo piensan en «modernizar» a costa de destruir las esencias puras de la arquitectura popular, y convertir estos pequeños enclaves en hacinamientos de rascacielos y colmenas.

Desde ahora mismo, todos los pueblos de Guadalajara, y sus responsables más directos deben dedicarse a la aplicación de las principales medidas que el Consejo de Europa aconseja para mantener inmáculo el patrimonio artístico y arquitectónico de nuestra tierra:

1. Crear zonas prohibidas al tráfico, “islas peatonales”, donde no puedan circular ni aparcar­ esos monstruos metálicos,

2. Suprimir anuncios coloreados y reclamos que afean las zonas o edificios de características muy peculiares.

3. Restaurar construcciones antiguas y, adaptarlas a nuevos usos; darles vida, en suma.

4. Revitalizar los barrios antiguos de las ciudades históricas, dedicándolos a nuevos usos, como son los residenciales para artistas, etc.

5. Procurar evitar los tendidos aéreos de luz, o de teléfonos, en plazas, calles, construcciones artísticas, etc. Eliminar también la profusión de antenas de televisión con el uso de las colectivas o de las interiores.

6. Iluminación de conjuntos con interés histórico o artístico.

7. Plantaciones de árboles y jardinería en ciudades y pueblos antiguos.

8. Riguroso control de la demolición de edificios en los pueblos, conjuntos histórico-artísticos y en otros que posean importantes muestras del arte popular.

9. Control efectivo de las nuevas construcciones en estos pueblos, evitando que rompan lo más mínimo el entorno circundante.

Que seamos, en suma, europeos de verdad, no sólo de boquilla. Y que las preocupaciones por el patrimonio arquitectónico que en los países predomina, sea entre nosotros una auténtica bandera de actuación, no sólo un recurso oratorio o un sueño de sobremesa.

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