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La Candelaria en Retiendas

 

Ha llegado nuevamente el 2 de febrero el día en que como en un soplo mágico, se va el invierno y, a trancas y barrancas, nos llega la primavera. En esta fecha que desde los tiempos del paganismo se celebró con bailes y festines, entró la religión cristiana a poner su sello y matiz piadoso. Creándose, en el transcurso de los siglos, una advocación mariana de tinte luminoso: la Virgen de las Candelas, que viene a ser el portoncillo humilde de la luminaria primaveral. De esta advocación han  hecho su patrona algunas regiones españolas, como las Islas Canarias. Aquí en Guadalajara, son muchos los pueblos que le celebran, y algunos, incluso la ostentan en celeste patrocinio. Este es el caso de Retiendas. Mañana será el día grande de este pueblo serrano, rojo como un sol poniente, abierto en canal por el arroyo ancho que baja de las montañas, ya casi desierto por el continuo emigrar de sus habitantes.

Y delante de la Virgen, haciendo de mascota y de adorador constante, la botarga multicolor, saltarina y cencerrona, pone su nota de folklorismo bravío y recóndito. Vamos a reconstruir brevemente, lo que en años anteriores ha tenido lugar en tal día como mañana. A poco de amanecer, ya está el travieso personaje dando vuelta por el pueblo. Últimamente se viste con un traje completo hecho de retales rojos, amarillos y verdes, fuertes y chocantes. Cubre la cara con máscara descolorida, y cuelga del cinto, en abultado haz, y a las espaldas, unos cuantos cencerros grandes de los que usa el ganado mayor por aquella zona, armando un fenomenal alboroto cada vez que mueve el trasero. Todavía en las manos lleva una cachiporra y un par de “castañuelas” con las que levanta la alegría y el ruido aún más altos. Calza abarcas.

A todo el que encuentra por la calle se le planta delante y le baila, alborotándole. Es signo inequívoco de que pide una propina. No le preguntéis nada, que nada os dirá. La botarga es muda. Su fuerza le viene de la Naturaleza, que como ella es alegre, coloreada, ruidosa, pero en silencio de palabra. Luego va entrando a las casas, a coger los chorizos de la última matanza. Hay que andarse con cuidado, pues se va a por los mejores. Con algún dulce se la despide, o con alguna fruta.

Y a las doce, la función de la Virgen. Tras la misa, la procesión. Se almonedan las andas para sacar la imagen, y se alcanzan cifras muy sustanciosas. Será para mantener el culto durante todo el año. Pujan los que se fueron a Guadalajara y Madrid, que en esta ocasión, vuelven al pueblo en día tan señalado. Al fin, sale el cortejo. Delante, la Cruz parroquial, de humilde presencia. Luego, la botarga. En agotadora y sorprendente epopeya, no para un solo instante, en el transcurso de la procesión de saltar y hacer sonar su carga sonora; de alzar los brazos y bajar la careta; de gritar muy fuerte: “¡Viva la Virgen Santísima!”, que es la única expresión que se consiente a sí misma. Sin dar la espalda a la imagen, hace así el recorrido completo desde la iglesia al puente, y subida, que el cortejo realiza. Acompañan el pueblo entero, y a su frente el prioste  y miembros de la Hermandad  de la Virgen; con su insignia. Para entrar la imagen al templo se almonedan nuevamente las andas.

En este momento tiene lugar el más llamativo y espectacular episodio de la jornada. La Virgen de las Candelas, llevada en andas por cuatro de sus fieles devotos, atraviesa la puerta de la iglesia desde la puerta al altar mayor, mientras el resto de público canta la salve y echa monedas a las andas, en febril competencia. En este breve trayecto por tres veces se arrodillan los portadores de la imagen, sin preocuparse de hacerlo al unísono, con lo que la virgen se zarandea de un lugar a otro, en inminencia de venir al suelo. Detrás de ella, la botarga brinca y salta más que nunca, alborotando lo indecible. Y el tambor que acompaña suelta sus más profundos gritos, atronando el breve espacio de la iglesia románica.

Permanece luego la gente en el templo. Le piden a la Virgen salud, el bien de los campos. La multiplicación de los animales. La fe sencilla consigue su propósito. Alguna oración se va para la  hermosa Virgen de la Paloma, que vino de Bonaval el siglo pasado, y que en su pálido y gótico alabastro también protege al pueblo.

Luego en la calle, la botarga sigue dando color al día. Los chiquillos la insultan y la apedrean. Los mayores le dicen chanzas al que ese año se vistió de mamarracho. Y todos charlan en el atrio del templo, al solecillo tímido del mediodía.

A la tarde, y siempre dependiendo del templo del botarga, esta figura se deja caer por las barrancas que rodean al pueblo, mientras los chicos se entretienen en acertar con piedras a un dulce que pusieron encima de la cachiporra de la botarga. Después, cada cual en su coche, se irá a la ciudad, a esperar que un año nuevo le traiga nuevamente esta fiesta íntima y alegra de la Candelaria en Retiendas.

Mientras el sol va poniéndose por los montes de Alpedrete y Buitrago, la botarga seguirá saltando para el que trigo sea muy alto ese verano; seguirá haciendo ruido para que venga el viento y la lluvia; seguirá persiguiendo a las muchachas para que de su fertilidad nazca y se agigante su propia raza. Después, en la noche última, se quitará la careta, los cencerros y el traje de colorines, y en un arcón que el señor alcalde tiene en su casa, se guardará todo hasta el año siguiente

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