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Doncel inexplicable

Escudo del linaje Vázquez de Arce en la tumba de El Doncel de Sigüenza

Si Loja en el Genil no hubiera estado, si Illora y Moclín al sur de la Parapanda, y Colomera con su arroyo e Iznalloz se hubiera disuelto en el Cubillas, si Alhendín no tuviera callejuelas ni Montefrío altos campaniles, si Zafayona, Láchar y Armilla hubieran sido el norte vascongado, si Afácar y Cogollos Vera en un atardecer se desvanecieran, si Granara con su Albaicín y sus judíos y su Alhambra nunca hubieran existido…

Si Hermes no hubiera sido tan infatigable caminante, tan ágil y vigoroso, si los cisnes de Maionía no hubieran dado siete vueltas a la isla cuando en ella nació Apolo, si Ares se hubiera dedicado más a Afrodita que a la guerra, si Hades no hubiera dado tantos cabezazos de Medusa, ni hubiera sido auxiliado por Ermes y Tanatos, ni a Kerberos diera tanto de comer, si a Dionisos no se le hubiera ocurrido la gran idea de plantar viñas, ni Gamínedes fuera tan bello, ni tan juguetón Helios, ni Herakles tan heréico…

Si Fernando el Católico no hubiera cabalgado muy bien a caballo en silla de la guisa en la gineta. Si Isabel la Católica no hubiera criado en su palacio doncellas nobles, fijas de los Grandes de sus Reynos. Si a don Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantado, no le hubiesen visto jamás fazer mudanca de aquello que una vez asentara de fazer. Si don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, no hubiera sido omme tan belicoso, ni siguiendo su condición hubiérale plazido tener continuamente gente de armas e andar en guerras e juntamientos de gentes…

II

No habría habido tu gloriosa muerte, tu cantada doncellez, tu cruz tan roja.

No habría habido, pequeño Martín Vázquez, las guerras duras polvorientas locas y casi suntuosas del final del XV. No moros por allí danzando y gritando Corán en manojos del aire. No tierras pisoteadas con sangre y aspaventosamente corridas. No tiendas de campaña donde velar los tibios pasos de la muerte. Ni habría habido tu aureola dionisiaca y efébica, tu sonrisa poderosa de dios truncado y suficiente, tu quieto afán de leer los troncos de los árboles, coger pequeñas facas relucientes y abrir vientres de infieles para ver los porvenires inciertos. No habría habido tampoco tu casco blanco de plata, tu sideral cruz de santiaguista, tu armadura porcelánica, tu lacia esclavina hecha de pétalos o tus espuelas.

No hubieras sido lo que eres: un fallo de la nada, una grieta de luz en el raído mundo, un cúmulo de polvo brillante y estelar.

III

La historia y el hombre han sido de siempre buenos amigos. Pérfidamente aliados. Contra sí mismos, claro. Contra su auténtica profesión de historia y de hombres. Nosotros nos hemos reunido en torno a una estatua, que es historia, y, como hombres que somos, hemos entablado amistad con ella. Hemos pensado siempre en lo que hubiera sido de nosotros sin su presencia, sin su apaciguada ‑llegada cotidiana hasta nuestros ojos. Y hemos creído que nos habrían faltado muchos latidos al corazón, muchas canas en las sienes, muchas horas tranquilas,

Porque el Doncel deja de ser, después de muchos años, puro dato escueto, rancia leyenda enquistada o erudita duda metafísica. Sonrisa o pena. Gil de Siloé o Sansovino. Soltero o paternal. Nos llega puramente astral. Vacío de estatuas y cargado de sangres y carnes y valentías. Con una sombra de árboles sobre su cuerpo, una apenas brotada hierba en las costillas, diez caballos y otros siete perros blancos y lejanos pastando en la miel de su garganta, un apretado programa de festejos en su cota de malla, y saltos de paracaidistas en los pelos, sí, bailes y terremotos, el Diluvio y Noé con un par de mosquitos por las juntas de la coraza, un concierto de Vivaldi entre sus brazos que estrujan una mueca, no es un libro, de algún orondo fraile fallecido de viruela, cascadas o mejor dicho cantarines arroyos por el casco, una nevada tal vez, y San Cristóbal o Rousseau calibrando el número de pie, otro perro león o dinosaurio recitando versos del marqués de Santillana, una hoguera en rescoldo bajo el codo, cuerdas o afiladas ventanas haciendo la guardia de los anhelos veinteañeros, la carne duramente afirmada como un aragonito, capa de sol y lluvia, y cara de cinco de la tarde, de a mí qué me importa todo esto, de hay que fastidiarse en qué lío me han metido, o ya que ha salido así la cosa pongamos por, lo menos cara de circunstancias pero mira que estaría yo ahora bien cazando jabalíes.

Martín Vázquez de Arce murió en guerra. Tantos hay y ha habido con su mismo final… ¡Su primo, que era eclesiástico y con dinero, le quiso conservar como en un limpio y aséptico formol, tal vez para seguir conversando de santos, de heroísmos, de proyectos… tal vez para mirar su muerte y ver que no es una cosa tan macabra ni inmisericorde. El caso es que está ahí, que nos ha sucedido, que ahí se quedará, y que intentamos explicárnoslo y no hay manera. Porque esa estatua de hombre, ese hombre petrificado, ese gesto, esa lectura, ese estar tranquilo y conforme no cuadra con la idea que llevamos nosotros de la vida. Ni achaca violencia, ni arguye inconformismos. Ni siquiera se preocupa de renovar su libro. Más esfuerzos aún. Nuestra mirada y nuestro cerebro trabajan lentos. Fluye tu imagen por la larga avenida de Sigüenza, por el ancho plazal de Castilla, por el gran truco feriado del mundo esférico. Tu gesto inerte, tu pálido estar, tú. Calculamos otra vez la posibilidad de que haya sido un ángel el que sirviera de modelo y se cambiara por ti. O la de que el diablo tentador nos engañara con ese signo de adolescencia imberbe y resignada. Todo cabe en tu posible interrogante. Pero nosotros nos quedamos fuera. Sabiendo tan sólo que nos has sido dado como un regalo de la historia, como una fábula en silencio, como un florecer los árboles y campos en la primavera, o el desfallecimiento de fábricas y altavoces ante el fin último de la vida que se aparece: leer tranquilo, sonriente, bajo la pálida coraza del alabastro.

 

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