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Otro programa iconográfico humanista en Pastrana

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Uno de los doce medallones tallados en madera que adornan el friso del artesonado de la sala grande del palacio ducal de Pastrana.

En los salones altos, de la primera planta, del palacio de los Duques de Pastrana, en esta localidad alcarreña, se pueden contemplar unos programas iconográficos consistentes en la expresión de la filosofía humanista a través del neoplatonismo de Marsilio Ficino, materializados en la madera tallada de los grandes artesonados que cubren las principales salas de esta noble mansión.

Bien es sabido que la expresión del Humanismo, como tendencia filosófica y social que trata de poner al ser humano como eje de la vida, la ciencia y la cultura, es la forma en que el Renacimiento se manifiesta en la Europa occidental, dejando atrás, a partir del Cuatroccento, los largos siglos de fórmula teocéntrica, en los que la Iglesia y sus ministros controlaron por completo la sociedad mediante la continua advertencia de que toda expresión del humano comportamiento debía estar sometida a la doctrina cristiana.

La conjunción de ambas tendencias (el poder supremo de Dios y la libre voluntad y expresión del Hombre) dieron lugar a una serie de teorías que fueron en principio reprimidas (Erasmo de Rotterdam, los hermanos Valdés, etc.) y posteriormente permitidas, dejando paso a una visión del Humanismo neoplatónico más abierta y fructífera, al menos en el campo de la creatividad artística, formal y literaria.

El Renacimiento en España tiene muchos constructores, pero sin duda el foco de artistas (pintores, arquitectos, escultores, poetas y dramaturgos) con eje en Toledo es el que da pie a la consolidación de estas ideas en nuestro país, mediado el siglo XVI. La expresión literaria y aún gráfica de que la Gloria prometida será dispensada tanto a los fervientes cristianos como a los paganos de buena voluntad, se revela en numerosos espacios artísticos: catedrales, techumbres, retablos, tapices y pinturas, a través de múltiples y complejos programas iconográficos. En la provincia de Guadalajara, a partir de 1550, son numerosas estas manifestaciones artísticas, de las que, por poner solamente unos ejemplos, debemos recordar las techumbres de la capilla de Luis de Lucena, y los programas de pinturas de las salas bajas del palacio del Infantado, ambas en Guadalajara, más la “sacristía de las cabezas” en la catedral de Sigüenza, las portadas de iglesias como Peñalver, Pareja, Malaguilla, el claustro del monasterio jerónimo de Lupiana, y el sotocoro de la iglesia de Romancos, todas ellas obras de la segunda mitad del siglo XVI, y realizadas por artistas del entorno de Alonso de Covarrubias.

El palacio de los duques de Pastrana

La remodelación y restauración, muy afortunadas, del palacio ducal de Pastrana, ha permitido poner en valor un programa humanista desarrollado en sus magníficos artesonados de madera, que durante muchos años habían permanecido ignorados, oscuros y en gran parte perdidos. En esos paños de la “carpintería mayor” que algunos extraordinarios artistas tallaron en los frisos de dichos artesonados, se puede observar hoy una nueva versión del “coro de bienaventurados” que han conseguido estar en las esferas superiores, las que se acercan a Dios, a pesar de haber iniciado la subida desde perspectivas distintas, cristianas o paganas.

El espacio que contiene lo que llamo programa iconográfico humanista del palacio de Pastrana se concreta en cuatro salas de la planta noble, a la que se accede ahora por la escalera de cuatro tramos del fondo del patio. De cara a la fachada principal hay tres salas, más alargada la central, que da sobre el balcón principal, y cuadradas las laterales, una de ellas, la de la esquina de levante, llamada “Sala de la Hora” o sala de la princesa (en los documentos se la llama recuarto de hacia los huertos), más la sala interior dedicada a capilla de palacio, también de planta cuadrada.

Todos estos salones fueron ornamentados con espléndidos artesonados de madera de pino, cuyos fondos dibujan una serie de complejas estructuras basadas en casetones ochavados, o hexagonales, muy finamente cuajados de hojas, bolas y perlas en conjunciones llamativas, complicadas geometrías y diseños de tradición mudéjar, aunque plenamente renacentistas. La sala grande es una artesa gigante, espectacular, y la sala de la capilla tiene la particularidad de estar construida en forma de cúpula ascendente.

Pero el interés iconográfico de este conjunto artístico radica en los frisos que sustentan los artesonados. Las cuatro salas mencionadas presentan sus frisos tallados en madera, compuestos longitudinalmente a base de figuras humanas, enmarcadas en tondos, escoltadas por parejas de grutescos, y a trechos separadas por escudos de armas. En las cuatro salas se repite el esquema, aunque en cada una de ellas las características de sus adornos son distintas en calidad, apareciendo la más perfecta la serie del salón principal. Están muy restaurados, y algunas figuras son tallas contemporáneas, del siglo xxi. Pero se han hecho conforme al resto de lo conservado, y siempre que se ha podido siguiendo fielmente las imágenes que viejas fotografías nos han legado.

El mensaje humanista de los frisos pastraneros

En los frisos de las cuatro salas del palacio ducal de Pastrana aparecen, como acabo de decir, dispuestos linealmente y en alternancia imágenes de varones y hembras, escoltados por grutescos, y alternando con escudos. Los emblemas heráldicos, en todo caso, son de Mendoza, exclusivamente. Son de doña Ana de Mendoza, condesa de Mélito, la nieta del Cardenal Mendoza que adquirió del Emperador esta villa calatrava de Pastrana. Ello supone ya un mensaje claro: el linaje mendocino es quien construye el palacio, quien ordena su ornamentación preciosa, y quien se protege, en las alturas de las esferas celestes, de personajes que forman la corte celestial del olimpo neoplatónico: santos y héroes, cristianos fieles y virtuosos de la antigüedad. Bien es verdad que ninguna de las figuras que vemos en estos frisos llevan elemento identificativo alguno. No hay santos con atributos, ni héroes con cartelas. Debemos suponérselas. Y debemos pensar que aparecen (por poner un ejemplo) Hércules y Santa Catalina, o Aristóteles y San Pablo. Pero en ningún caso es posible identificarlos.

En todo caso, podemos circunscribir este conjunto iconográfico en un contexto muy preciso y homogéneo, porque sabemos no solamente quienes fueron sus autores y tallistas (luego lo vemos), sino que podemos fechar con exactitud el momento de su realización, que es entre 1549 y 1555, esto es, el comedio preciso del siglo XVI. El momento en que una cosa similar se hace en la iglesia parroquial de Romancos (ver mis trabajos en “Nueva Alcarria” de 28 de junio y 5 de julio de 2013) y especialmente en la catedral de Sigüenza, la tarea de construcción y sobre todo de decoración de la Sacristía Nueva (conocida también como “sacristía de las cabezas”), que se hace entre 1550 y 1554, en este caso a cargo del escultor Martín de Vandoma.

Lo de Pastrana está realizado personalmente por dos escultores madrileños, Justo de Vega y Nicolás de Nieva, y, al igual que en Sigüenza, siguiendo las trazas dadas por Alonso de Covarrubias, quien sin duda tuvo el asesoramiento, en materia conceptual y filosófica, de letrados y canónigos seguntinos. También en Alcalá de Henares, sede importantísima y señorío del arzobispado toledano, en su palacio se tallan techumbres, salas y patios con programas similares de medallones y tondos escoltados de grutescos. Lo de Alcalá es también de Covarrubias, y de Luis de Vega, aunque por desgracia está perdido (para siempre?) tras el incendio de 1939. El impulsor de las obras del palacio arzobispal complutense fue el arzobispo Alonso de Fonseca y Ulloa, quien además de sus ideas humanistas prestó apoyo a Erasmo de Rotterdam y otros adelantados del pensamiento, proyectando a la Universidad cisneriana como uno de los baluartes iniciales del Humanismo renacentista. En esa constelación de avances y formas que plasman un pensamiento están, sin duda, los artesonados del palacio ducal de Pastrana, como el programa del sotocoro de Romancos, la sacristía de las cabezas de Sigüenza, y las portadas de Peñalver (ver mi artículo en “Nueva Alcarria” de 12 julio 2013), Trijueque, Cerezo y Malaguilla, más la portada del propio palacio ducal de Pastrana, en la que a más del escudo de Mendoza y la Cerda, y de la frase que pregona el linaje, una pareja de medallones, en uno el busto de un hombre, en otro el de una mujer, sin identificar por ningún cartel, suponemos que aluden al diálogo de la Virtud y la Fuerza, y sin duda entroncan con la variedad programática de los frisos de los artesonados, que convierten a este palacio en un Templo de la Fama, en un reducto de la Virtud como meta ideal del nuevo humanismo.

Creo que está claro este mensaje que nos transmiten, desde la remota lejanía del tiempo, doña Ana de Mendoza y el maestro Covarrubias: dentro de las formas clásicas del palacio señorial, las imágenes talladas en los frisos de las salas nobles nos hablan del poder del linaje mendocino, de su virtud, de su lucha contra el Tiempo (la obsesión de los poderosos) y de su convicción de estar incluidos en la segura altura de los santos y los héroes. No cabe hablar de identificaciones porque sería inventar: ahí están tallados los hombres y mujeres que el Libro Sagrado del Cristianismo y las Vidas Paralelas de Plutarco nos ofrecen como modelos de vida y protectores en el Más Allá y en las alturas.

Los autores de la obra de Pastrana

Seguramente el mejor estudio que se ha hecho sobre el palacio ducal de Pastrana, es el que firmó el historiador Aurelio García López (Aache Ediciones, 2010, Colección “Tierra de Guadalajara” nº 74) en su libro “El palacio ducal de Pastrana”, y en el que recoge su historia completa, la de sus constructores y habitadores, y mil anécdotas sobre el edificio y la villa. En ese libro, que recoge documentos ya utilizados en escritos anteriores, García López documenta por completo el palacio como proyecto total de Alonso de Covarrubias, tracista del plano, estructura y detalles, confirmando que fue él mismo quien dispuso los esquemas de los artesonados de las salas nobles.

Añade la noticia, basada en documentos, de que dichos artesonados son tallados, entre 1549 y 1555 por los carpinteros Justo de Vega y Nicolás de Nieva, que habían sido autores previamente de artesonados similares en el Alcázar Real de Madrid. Y que es además Juan Rojo, vecino también de Madrid, quien en 1549 recibe el encargo de hacer las maderas de puertas y ventanas del palacio. En el Archivo General de Simancas, este autor encontró los documentos que atestiguan este dato: toda la carpintería de la techumbre de seis salas, la sobrescalera, los desvanes y demás dependencias del palacio se debieron a los carpinteros madrileños Justo de Vega y Nicolás de Nieva, tallistas magníficos que debe recuperar la historia del arte alcarreño como figuras protagonistas de su mejor momento, el del Renacimiento expresivo del humanismo mendocino.

A Recópolis en romería alegre

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El Centro de Interpretación de Recópilis es un auténtico e interesante Museo que nos ofrece la historia del lugar y la evolución de su excavación y sus hallazgos.

El pasado sábado, en romería alegre y multitudinaria, muchos de los socios y socias de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara fuimos a visitar Recópolis. De las curiosidades arqueológicas que la Alcarria abierta nos muestra, sin duda es Recópolis una de las que, con el tiempo, ha ido ganando puntos. Ciudad construida por la monarquía visigoda, destruida, abandonada, oculta y descubierta, a lo largo de muchos siglos, hoy es un atractivo turístico de nuestra provincia, y a su general conocimiento quieren acudir las líneas que siguen.

Un viaje goloso 

Un día agradable cuajado de sorpresas. Para muchos y muchas era la primera vez que acudían al Cerro de la Oliva, a la vieja Recópolis de las crónicas visigodas. No viene mal de vez en cuando echar un vistazo al pasado de nuestra tierra. Sirve para aprender y, sobre todo, para asombrarse desde cuanto tiempo hace que existimos como comunidad. En Recópolis esa larga hilera de acontecimientos, esas civilizaciones sucesivas, esas emociones de vida y entusiasmos se ven pasar como las nubes de un día ventoso sobre nuestras cabezas.

Recópolis es hoy algo más que un yacimiento arqueológico, o una ruina bien cuidada y documentada. Es un museo vivo, un espacio cultural en el que uno disfruta aprendiendo, sabiendo datos nuevos de la historia de la Alcarria, viendo, -casi palpitante- el corazón de la tierra y los elementos que salen de su profundidad, explicando cada uno a su manera qué ocurrió en siglos muy, muy antiguos.

Se llega fácilmente desde Zorita, por camino indicado, a poco más de un kilómetro de distancia, sobre asfalto. Se visita primero el Centro de Interpretación, y luego se pasa, mejor acompañado de guía, a la excavación y vieja ciudad visigoda.

Llegamos a Recópolis 

Atravesado el enclave de Zorita, y dejando a un lado la monumental alcazaba de origen islámico y más tarde calatrava, por un bien señalado y asfaltado camino se llega al área donde nos acoje un Centro de Interpretación que es en realidad un completo Museo de la ciudad y de la historia de sus excavaciones. Con toda amabilidad nos pasan al área de audiovisuales donde nos recibe una película que explica con toda claridad la evolución del enclave.

Bien se advierte, en principio, que esta es la que oficialmente se considera ciudad de Recópolis. La que en el año 578 fundara, de la nada, sobre los yermos campos de junto al Tajo, el rey Leovigildo en homenaje a su sucesor el que sería Recaredo. Porque para alzarse con ese mérito existen otras candidatas. Y no es la menor la que posiblemente se alzó, entre el Tajo y el Guadiela, frente al Club Náutico de Bolarque, y que entre las montañas y pinares aún muestra sus muros arrasados y la gente conoce tradicionalmente como Repópolis. Pero la que centró estudios, conclusiones, excavaciones y aplausos es esta de junto a Zorita.

En el Museo se explican los orígenes, la época visigoda, la sucesiva ocupación por los árabes, y la final estancia, durante al menos otros tres siglos, de gentes del reino de Castilla. Todos ellos pusieron su sello sobre el cerro dominante del río. Sobre un superficie de 33 hectáreas se levantó la urbe visigoda, con basílica principesca y gran palacio real. En el transcurso de los años (y eso que solo se ha excavado y se ve el 10% de su superficie) han ido apareciendo otros elementos que posibilitan el inicio de una explicación plausible. Como por ejemplo, que al ser ciudad real y de referencia en el estado hispánico de los visigodos, en esta urbe se hacía leyes al mismo tiempo que piezas de orfebrería; se fabricaba cristal finísimo y se almacenaban buena parte de las reservas de trigo: incluso existió una ceca, o fábrica de acuñación de monedas, en las que los nombres de los reyes visigodos aparecieron grabados sobre el oro. Un tesorillo encontrado junto a la columna de entrada al presbiterio basilical (y que hoy se conserva en el Museo Arqueológico Nacional) da razón de esa belleza monetal y esa importancia suma en el estado visigodo.

Cosas que hay que ver

Una vez empapados de imágenes, datos y piezas encontradas, desde el Centro de Interpretación se sube al cerro de la ciudad. Una leve subida fácil nos lleva hasta una planicie inclinada desde levante a poniente. En lo más alto, lo primero que nos encontramos, son las ruinas de la antigua basílica cristiana de los visigodos. Transformada luego en ermita románica, y llegada a nosotros en una amalgama extraña pero suntuosa de piedras y equilibrios.

Quedan los abultados restos del presbiterio, con arcos volados de piedra, y muros firmísimos. Además los restos de inicio de muros nos delimitan perfectamente la planta del edificio. Desde una fachada totalmente cerrada, y a través de su única y estrecha puerta, se accedía desde la gran plaza. Era de cruz latina, estando dividida su planta en diferentes espacios que servían a las necesidades funcionales de la liturgia. La cabecera, formada por el ábside – que albergaba el altar- y el crucero, eran los espacios reservados sólo para el clero. La nave central era el lugar destinado a los fieles, los bautizados. Dos naves colaterales flanqueaban a la central y se comunicaban directamente con el transepto.

Sobre el terreno, y según nos explican los especialistas que han estudiado a fondo el edificio, al inicio del templo se encontraba el nártex, el recinto en el que se localizaba la fachada y la entrada principal, una especie de vestíbulo enmarcado por grandes columnas, en el que se albergaban durante las ceremonias los catecúmenos, los que aún no se había bautizado. A un costado se alzaba el baptisterio, lugar fundamental en una basílica visigoda. Bajo su suelo se encontró en 1946 el tesorillo de tremises visigodos, todos de oro y recién acuñados.

La importancia de la planta y restos de este gran templo basilical de Recópolis es su gran parecido con los templos áulicos cruciformes edificados en Bizancio por iniciativa imperial, que inspiraron a las más importantes iglesias aúlicas, dedicadas a los Santos Apóstoles, en muchas ciudades de la Europa controlada políticamente por Bizancio.

Otro de los elementos, a contemplar en Recópolis hoy es el palacio real. El único que existe en la provincia, precisamente para albergar a la realeza visigoda. Era este el lugar donde radicaba el poder: donde vivían y actuaban los delegados gubernamentales, y donde ocasionalmente acudía la Corte. Se levanta, con una planta estrecha y muy alargada, en la parte más alta de la ciudad y en el borde del talud que esta forma sobre el río Tajo: un lugar, sin duda, privilegiado, por las vistas que desde su piso alto se alcanzaba, por el aire que siempre soplaría en sus salones, y por la belleza que tendría su masa sobre el resto de la ciudad.

Según nos cuentan los expertos arqueólogos que han estudiado la ciudad, este conjunto de edificaciones palatinas es el de mayores dimensiones hasta el momento conocido en Europa occidental para este periodo. Además de alojar a los altos dignatarios, este palacio albergaba servicios y funcionarios dedicados a la administración y gobierno de la ciudad y su territorio. Estos estarían en la planta baja, más lóbrega, mientras que la superior, más ornamentada y luminosa, sería lugar de residencia de gobernadores, príncipes y reyes. Al parecer esa planta alta estaba adornada con pavimentos de opus signinum y una importante decoración escultórica. Este edificio se construyó en los años finales del siglo VI, cuando la fundación de Recópolis, y fue recibiendo sucesivas reformas.

Hoy el viajero puede ver un largo espacio con fuertes muros, en algunos lugares reforzados por torreones de planta semicilíndrica, macizos, y en el interior los arranques de poderosos pilares que servirían para sustentar la planta alta.

Detalles y curiosidades 

En el Centro de Interpretación se ven estupendos capiteles rescatados de la basílica, y se comprueba que son similares a otros que existen en la capilla románica del castillo de Zorita. Esa evidencia confirma el hecho asumido desde hace mucho tiempo, de que en época árabe se sacaron de la imperial Recópolis elementos constructivos, y ornamentales, para servir de basamenta, y adorno a la alcazaba árabe de Zorita.

La fuerza que había tenido Recópolis en tiempos visigodos fue la que adquirió Zorita en los del califato cordobés. La “Hispania toletana” se rendía a los pies de “Al-Andalus” y este se llevaba la gloria tallada de la ciudad de Leovigildo hasta el alcázar guerrero y enhiesto sobre la roca de los Beni Dil Num.

Es curioso también en Recópolis, discurriendo por los caminos que marcan al visitante, comprobar el lugar donde estaba una de las puertas de la ciudad. O cómo se han encontrado, muy alejados, fuertes fragmentos de muralla, que delimitaba la gran urbe. También han aparecido, en el nacimiento del arroyo Bodujo, a media legua de la ciudad, los restos de un molino, y algunos fragmentos de acueducto que servían para dirigir el agua de manantiales lejanos a la población. Incluso se ha encontrado, perfectamente reconocible, el lugar que sirvió de cantera para extraer la noble piedra con que construir templos y palacios.

Datos prácticos

El parque arqueológico de Recópolis abre a diario, excepto lunes y martes, durante todo el año. En verano, desde las 10 a las 9 de la tarde. En invierno, desde las 10 hasta las 6. Algunos días señalados festivos, como Navidad y Año Nuevo, está cerrado. Cuesta 5 Euros la entrada, pero es reducida a 2,5 € para jubilados, parados, estudiantes y familias con niños. Incluye la visita guiada a Recópolis y castillo de Zorita. La visita al Centro de Interpretación consta de tres salas y la proyección de un video. En la recepción hay una tienda donde venden libros, postales, recuerdos de todo tipo sobre Recópolis. Los colegios tienen una excelente oferta de talleres (arqueología, cerámica, naturaleza, numismática…) Para cualquier otra duda, llamar al 949 376 898.

Un recuerdo del escultor Angel García Díaz

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En la ciudad de Guadalajara, que tuvo un patrimonio artístico muy denso, y del que han quedado escasas muestras después de tanto atraco, tanta guerra, tanto bombardeo y tanta desidia, hay varias espectaculares esculturas debidas a uno de los genios de la escultura romántica española. Son piezas debidas al cincel de Angel García Díaz, de quien hoy quiero redescubrir su obra, especialmente radicada en edificios madrileños.

Quizás sea por su nombre y apellidos, a los que la sociedad española considera vulgares por ser muy comunes, por lo que este escultor haya permanecido un tanto olvidado y muy poco considerado en los últimos 100 años, aunque su obra, espléndida y de primera línea, todavía pueda darnos, cuando la vemos, un vuelco al corazón.

Ángel García Díaz fue en su tiempo un artista reconocido, y considerado por la prensa de entonces un “insigne” y laureado escultor, aunque como digo hoy día es prácticamente un desconocido. En los años iniciales del siglo XX, era uno de los escultores más conocidos y cotizados en Madrid, colaborando asiduamente con el arquitecto Antonio Palacios, con quien tuvo no solo amistad sino una compenetración perfecta en la línea de decorar los edificios que este creaba. Así ocurre que todavía hoy las obras de Angel García decoran muchos y muy notables edificios del centro de Madrid. Por ejemplo, cabe recordar cómo en abril de 1910 Ángel García Díaz y Antonio Palacios fueron fundadores, junto a los más destacados artistas del momento, de la Asociación de Pintores y Escultores.

Por su forma de ser, un tanto bohemia y alejada de los salones, no llegó a formar parte de esa “gran sociedad” del Madrid de los felices años veinte, que además solo aplaudía lo que se lucía, y a esta gente que trabajaba en profundidad, sin descanso, con genialidad, no se la apreciaba. Además firmó muy pocas obras, porque hacía lo que los arquitectos le encargaban, colocaban en lo alto de los edificios estas enormes figuras, y nadie se entretenía a preguntar quien había tallado aquello.

Breve biografía

Ángel García Díaz nació en Madrid, el 19 de diciembre de 1873, en la calle de la Madera, número 14. Muy joven, y gracias a una beca, pudo viajar a Roma y a París luego, pues desde muy pronto fueron evidentes su talento y creatividad. Entre 1889 y 1895 cursó estudios de arte, fundamentalmente escultura, en la madrileña Academia de San Fernando, acudiendo al mismo tiempo, en calidad de aprendiz, al taller del escultor madrileño Ricardo Bellver, a quien se le recuerda entre otras ocsas por haber sido el autor del famoso Ángel Caído en El Retiro. Esa forma de tratar los temas, desde una perspectiva absolutamente realista pero al mismo tiempo simbólica, marcó a nuestro autor para siempre. Y progresó García tan deprisa, que en 1888, con solo 15 de edad, obtuvo su primer premio en la Exposición Universal de Barcelona de ese año, llegando otros en la Internacional de 1892, y en las Nacionales de 1895 y 1897.

En cuanto a los encargos, y gracias a estos premios, le llegaron enseguida. Quien primero se fijó en él fue precisamente Ricardo Velázquez Bosco, que le encargó tallas y figuras para complementar el gran edificio que a finales del siglo XIX estaba construyendo frente a Atocha, el Ministerio de Agricultura. En él talló los relieves que simbolizan La Minería y La Industria, habiendo sido el autor de otras obras menores, a las que Daniel Zuloaga puso cubrición de porcelana. Y en el interior del edificio, García Díaz talló las imágenes que aparecen en la escalera principal. Siguió colaborando por entonces con Ricardo Velázquez Bosco, y así se encargó de tallar los mineros que decoran los torreones laterales de la Escuela de Minas en la calle Ríos Rosas de Madrid (con los que consiguió primera medalla de la Exposición Nacional de 1906), y el gran escudo para la fachada de la Escuela de mandos del Ejército que está en el paseo de la Castellana, frente al Museo de Ciencias Naturales.

Otro de los arquitectos de la época (plena de novedades y crecimiento urbanístico en Madrid) quiso contar con la maestría del joven García Díaz: fue en concreto Julio Martínez Zapata, quien le encargó imágenes para decorar el Instituto del Pilar para la Educación de la Mujer, en el Paseo de las Delicias 67, inaugurado el 11 de septiembre de 1902 como escuela de niñas pobres huérfanas hijas de Madrid, y que se construyó por iniciativa de doña María Diega Desmaissières, la condesa de la Vega del Pozo, con quien entonces establecería contacto inicial. Con este mismo arquitecto colaboró tallando imágenes para el puente de la Reina Victoria, que está sobre el Manzanares frente a la ermita de San Antonio de la Florida, concretamente dio las formas de los osos de las farolas. El puente se inauguró en 1909. Poco después, en colaboración con el mismo arquitecto, participó en la construcción de la Casa de Socorro Municipal del Distrito Centro, en la calle de las Navas de Tolosa ,3, realizando para ella el relieve alegórico de la fachada en memoria de la promotora del centro, doña Josefa Claudia Artieda. Se terminó en 1913. Por entonces, y como encargo directamente municipal, se encargó de restaurar la Fuente de la Fama, de Pedro de Ribera, que actualmente se encuentra en los Jardines del Arquitecto Ribera en la calle de Barceló.

Pasó a continuación a trabajar con otro arquitecto de fama, concretamente con Fernando Arbós, director del proyecto de la fabulosa iglesia dedicada a San Manuel y San Benito, en la calle de Alcalá, frente al Retiro. Un templo que recuerda mucho (eran los años de la fiebre del eclecticismo) al panteón de la Condesa de la Vega del Pozo de Guadalajara. De García Díaz son todas las estatuas del interior, incluido el Jesús Salvador del altar mayor. Poco después se encargó de completar con esculturas y ornamentos la espectacular escalera del Casino de Madrid, en la calle de Alcalá, que dirigió el arquitecto José López Sallaberri.

Hacia 1910 comenzó la colaboración, que sería en adelante copiosa y muy fructífera, con el gran arquitecto Antonio Palacios. El primer proyecto en el que colaboraron fue el edificio del Banco Río de la Plata, (actualmente sede del Instituto Cervantes), en el inicio de la calle Alcalá desde Cibeles: las enormes cariátides de su fachada son obra de nuestro personaje, así como los espectaculares capiteles que rematan sus columnas soberbias. Angel García Díaz conoció a Palacios gracias a su maestro Velázquez Bosco, y su colaboración con el gran arquitecto fue donde su arte encontró la mejor expresión de la unión entre la escultura y la arquitectura. El edificio del Palacio de Comunicaciones en Cibeles, hoy sede del Ayuntamiento, que ambos construyeron, es considerada por algunos como una gran escultura modelada cuidadosamente pieza a pieza. Hoy es posible ascender a las terrazas de este edificio, y admirar allí los grandes medallones que representan a personajes de nuestra historia, conquistadores, generales, artistas… esas románticas imágenes, llenas de fuerza y vivacidad, son talladas por este genial escultor que debería ser más conocido hoy día. Se sabe que en un barracón de lo que fue Patio de Cartería, los dibujos de Palacios iban siendo transformados en realidad volumétrica por García Díaz, quien primero construía su inspiración en yeso, siendo un total de 130 tallistas, en los momentos de mayor trabajo, los que se encargaban de pasar a la piedra caliza de Colmenar y Petrel en que están hechas. De entonces son las figuras del pabellón de acceso y fachada de la iglesia del colegio del Pilar, en la calle Castelló, fundación también de María Diega Desmaissières.

Durante los años 1910 a 1920, su colaboración con Velázquez Bosco fue renovada, y este le encargó, entre otras cosas, el Escudo principal del edificio central de la Fundación de San Diego de Alcalá, (el actual Colegio de Adoratrices de Guadalajara), así como el tímpano de la iglesia de San Sebastian (el actual Colegio de Maristas) y el escudo de ese mismo palacio. Pero la obra gigantesca, espectacular y la que le define como gran artista de la escultura simbólica y romántica, es sin duda el conjunto mortuorio para el enterramiento de doña María Diega Desmaissières, duquesa de Sevillano, en la cripta de su panteón guadalajareño.

Había casado en 1898 con Julia Morales Atienza, siendo ambos muy jóvenes, y con ella tuvo ocho hijos. Cuando ella murió, veinte años después, Angel García empezó a flaquear, no solo por la depresión que el tema le causó, sino porque los encargos empezaron a escasear. Se sintió rechazado por los escultores oficiales, sobre todo por haber dedicado su capacidad creativa a la decoración opulenta de los edificios grandiosos del centro de la Corte, apoyado y aplaudido por los arquitectos de los mismos. Durante la República, consiguió acceder a la cátedra de Escultura Decorativa de la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado, pero la llegada de la Guerra Civil, como a tantos otros españoles, le supuso el inicio de la hecatombe. No había ningún trabajo a la vista, y tuvo que dejar el gran taller que se había construido en la calle Ríos Rosas esquina a Alonso Cano, donde tenía sus proyectos, maquetas y piezas menores. Todo ello fue destruido, y el edificio derribado tras la Guerra. Él fue apartado de la enseñanza, y aunque regresó al acabar la contienda, solo por un año siguió dando clases. La muerte de su amigo Palacios le hundió aún más, y ya pobre, envejecido, sin trabajo y sin amigos, murió casi ignorado, en 1954, en la casa taller última que tuvo en la calle de Lope de Vega.

El estudio de la obra de este gran escultor español, maestro y representante máximo de la escultura simbolista, está aún por hacer. Es importante el trabajo “Un escultor para arquitectos. La obra de Angel García” que Juan Manuel Arévalo publicó en 2004 en los números 300-301 de la Revista “Goya”, apareciendo interesantes alusiones a sus obras en el catálogo de la exposición que sobre Antonio Palacios montó el Círculo de Bellas Artes en 2001.

La obra de Guadalajara

Para mis lectores alcarreños no es necesario ponderar la belleza de las obras que este escultor madrileño dejó en Guadalajara, todas de la mano de una protectora del arte como fue María Diega Desmiassières, y de su arquitecto Ricardo Velázquez Bosco. Así, podemos recordar (y yo invito a que vayan a verlas una vez más en cuanto puedan) los relieves con que adornó la fachada del palacio de esta señora detrás de la Diputación Provincial (hoy Colegio de Hermanos Maristas) en el que puso el escudo de armas de la propietaria, y en lo que fue portada de la aneja iglesia de San Sebastián el relieve representando el martirio de este santo.

En lo que hoy es Instituto de Enseñanza Secundaria “Liceo Caracense” en su fachada a la calle Teniente Figueroa, y que Velázquez Bosco arregló para ser sede de la Diputación Provincial, está el balcón solemne escoltado por dos estatuas de la Libertad y la Justicia, obras también de García Díaz.

De otra parte, en el conjunto de las Adoratrices, admirar al menos tres cosas: el escudo de la fachada del edificio central de la Fundación “San Diego de Alcalá”, sostenido por angelillos adolescentes y cimado sobre la corona por un pudorosa virgen; el enterramiento de la duquesa, obra que merece por sí sola un artrículo, y los ángeles tenentes de los escudos de las esquinas de la cripta en que esta descansa. Todo ello con el mismo estilo de limpieza, espiritualidad y leve elegancia que es la esencia de la obra de Angel García Díaz, a quien hoy he memorado con estas líneas.

Cosas de comer en la Alcarria

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Libros que nos hablan de la gastronomia y cocina de Guadalajara


Hoy la gastronomía nos acecha por los cuatro costados. Pongas la cadena que pongas, y sin tardar un par de horas, algún programa cae sobre gastronomía, o las opiniones de un famoso chef nos sorprenderán, sobre cualquier tema que sea.

En Guadalajara, sabemos de gastronomía desde hace mucho, y de las 400 recetas que el maestro de los fogones, Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo nos dejó, aún queda quien se dedica a practicar sobre ellas, a sorprender a amigos y familiares con esas fórmulas de la “Cocina Alcarreña” que en sus saberes nos dejó.

Apenas hace un año que falleció en Sigüenza quien fuera su cronista y enamorado pleno: el doctor Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, madrileño de nacimiento, extremeño de origen, pero seguntino en el poso más cierto del corazón. Y aún nos recordamos de las charlas con él mantenidas mientras hacíamos honores a los platos que en el Kentia, en el Victoria, en el Parador o en El Motor nos ponían. La Cofradía “Santa Teresa” de la buena mesa y mejores costumbres nos servía a veces de justificación para charlar de tantas cosas que íbamos viviendo a la par.

La cocina medieval en la Alcarria

Y una de esas cosas de las que charlábamos era de la Cocina Medieval. Hasta en cierta ocasión (fue en diciembre de 1998) me liaron para que hablara, yo, de ese tema, que siempre me ha venido un tanto tangencial, pero que gracias a Gómez-Gordo pude por lo menos comprender, y finalmente apreciar: la buena mesa.

El mejor tratado teórico del yantar medieval lo escribió un sabio que por muchos motivos estuvo ligado a esta tierra de la Alcarria. Se trata de don Enrique de Aragón, marqués de Villena, y señor, entre otros títulos y lugares, de la villa y tierra de Cifuentes, junto al Tajo.

No es nada raro el hecho, teniendo en cuenta que en la Edad Media la tierra de Guadalajara era, como la geografía nos dice, el verdadero centro de la Península Ibérica. Río Henares arriba y abajo pasaban caballeros y arrieros, ejércitos y cortes de cómicos.  La gran vía caminera de España era el Henares. En sus orillas, ciudades como Alcalá, como Guadalajara, como Sigüenza. Villas como Hita, castillos como el de Jadraque… Y por sus palacios, sus catedrales, y sus castillos, pasaron los grandes señores, la altas alcurnias que dieron consistencia al buen comer del Medievo.

Las crónicas generales y particulares del Medievo castellano suministran abundantes noticias sobre don Enrique de Aragón, nieto del primer marqués de Villena y de Enrique II de Castilla, como hijo de su hija ilegítima doña Juana; de aquel caballero nos ha llegado un admirable retrato gracias a la memoria de su contemporáneo Fernán Pérez de Guzmán, quien lo dibujó en su conocido libro Generaciones y Semblanzas. Según Pérez de Guzmán, don Enrique de Aragón era de corta estatura y grueso, de tan gran ingenio que aprendía con extraordinaria facilidad cualquier ciencia o arte, dominaba varios idiomas, tenía una cultura tan vasta y profunda que parecía maravilla, pero en cambio desdeñaba en absoluto cuanto se refiriera a las armas y a la caballería, así como a la administración de su casa y hacienda, y nos dice Pérez de Guzmán que, porque entre las otras ciencias e artes se dio mucho a la astrología, algunos burlando decían dél que sabía mucho en el cielo e poco en la tierra, y como para el vulgo general los grandes conocimientos de don Enrique solo eran atribuibles a hechicería, le pusieron de sobrenombre el Nigromántico. De él sabemos también que era gran comilón y muy dado al amor de las mujeres. De la primera de esas gulas le vino en saber también, con toda la extensión que la época permitía, de gastronomía y sutilezas culinarias, escribiendo el Tratado de cortar del cuchillo al que luego todos conocieron por el título de Arte Cisoria, en el que con pormenor describió los yantares de su tiempo, las recetas de la gastronomía regia, y el modo de preparar muchos y sabrosos manjares. De este alcarreño es, pues, el primero de los grandes tratados culinarios de la literatura castellana.

En él se tratan las formas de preparar las comidas, el arte de presentar los alimentos, y las propiedades más recónditas y útiles de los principios esenciales de la gastronomía. Es este un tratado de pretensiones didácticas por ser un documento de inapreciable valor sobre las costumbres de la clase noble de la época, al menos en lo que al arte culinaria y al comportamiento en la mesa se refiere.

Como una simple muestra de lo que el Arte Cisoria nos ofrece, hablando de los yantares de los monarcas, dice que no se presentarán en la mesa del rey las berzas, berengenas, lentejas ni aceitunas que tienen fama de malencónicas…; ni las habas, que en otras partes llaman judías y hacen perder la memoria, el mayor mal para los cortesanos que puede avenirle al reyy recomienda muy encarecidamente el ajo mezclado en las salsas para despertar el apetito, con el perejil, yerbabuena y orégano.

Recetarios de la medieval cocina

Muchos han sido los libros en los que se ha ido plasmando escrita la cultura culinaria del Medievo. Por mencionar solamente los más destacados, tratados y crónicas de la época, en los que se habla de comidas, de sabores y placeres palatinos. No vendría mal recordar aquí al menos los títulos de los libros en los que se habla de cocina medieval y a los que podemos calificar como auténticas fuentes para el conocimiento de la cocina de aquella remota edad. Baste recordar El Tuhfal al-Albab (El Regalo de los Espíritus) de BUHAMID AL-GARNATI, o el famoso libro de viajes titulado A través del Islam, de IBN BATUTA.

En las Memorias del Reinado de los Reyes Católicos, de Bernáldez, y en El Victorial, o Crónica de don Pero Niño, de Díez de Games, aparecen también amplias referencias a la gastronomía medieval. Lo mismo ocurre en la Relación de la Embajada de Enrique III al gran Tamorlán, de González de Clavijo, y en los Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo.

Hay también referencias curiosas al comer y beber de los tiempos medievales en la Descripción del África y de España, de AL-IDRISI, en El libro llamado Al-Lamha al-Badriyya (El Resplandor de la Luna Llena), de Ibn al-Jabtib y en El Musnad: Hechos Memorables de Abal-asan, Sultán de los Benimerines, de Ibn Marzuq.

No puedo olvidar, finalmente, y estimar en lo que vale, la tesis de De Castro, recientemente publicada, que trata de La Alimentación en las Crónicas Castellanas Bajomedievales, y que en buena manera me ha servido para saber yo mismo, que tan pocas cosas sé de casi todo, algo de lo que en el Medievo alcarreño se usaba por comida.

 
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Sabores medievales hoy en día

 

En el libro que Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo escribió junto a su hija Sofía Martínez Taboada, La Cocina de Guadalajara, encontramos muchas referencias a esa vieja escuela de la cocina medieval que aún queda en nuestra tierra: especialmente relacionada con los dulces, de influencia islámica, y que tanto siguen gustando entre nosotros, y las formas de condimentar los animales “de granja” o aledaños, como los conejos, los corderos, las gallinas y los pavos. De esos temas vienen amplias referencias, y así nos dice que la mayoría de los postres actuales, siempre dulces, antiguamente se hacían con miel y a partir del siglo XVIII fue desplazada por el azúcar. Se sorprende de la cantidad de “frutas de sartén” que en nuestra tierra hay, participando también el aceite de oliva junto al azúcar en esos inacabables postres. El alhajú, por ejemplo, es evidencia de las raíces árabes llevando pan rallado fino, miel, nueces y almendras (a veces piñones). No se olvida de los churros, los flanes, los buñuelos, los hornazos, las magdalenas y los rejones de fraile tan parecidos a los pestiños.

En el corral, los animales hacían de candidatos a servir de adorno en la mesa y de alegría en los estómagos en forma de corona de cordero a la miel del romero, conejo en tojunto, estofado de liebre borracha, gallina en pepitoria o ragú de jabalí: contundentes razones para tratar de asirnos aún más a la raíz ancestral de nuestra tierra y nuestros mayores. Porque estas recetas de Martínez Gómez-Gordo son parte, y muy sustanciosa, del patrimonio cultural de Guadalajara.

Solo decir, para acabar, que este es un libro de cocina y de verdades. No es para leer y entretenerse. Es un libro herramienta, útil para usarlo en la cocina y ajustarse a sus recomendaciones para saborear cosas auténticas.

Quizás el mayor mérito de sus páginas sea ese: recuperar una tradición autóctona, real, cierta. Nos dice cómo comían nuestros mayores, y cómo hay que hacer para seguir disfrutando de aquellos modos originales, tan ciertos. Se acaba el volumen con unas “Rutas gastronómicas” que acentuarán el interés de los lectores viajeros por encontrarse, después de ver un monumento o disfrutar una fiesta, con otro elemento patrimonial de verdad: la comida. Esas Rutas son las de las carnes serranas, los asados de Guadalajara, las mesas episcopales, la campiña del río Henares, los dulces y las delicias de la Alcarria, y finalmente la suculenta gastronomía del Señorío de Molina.

Vuelve Vaquerizo a donde solía

Vaquerizo_01Acaba de ofrecernos un nuevo libro, de poemas esta vez, antológico y capital, el escritor alcarreño Francisco Vaquerizo Moreno. Aunque no quiere presentaciones ni voces sincopadas, yo no me resisto a decir que ese libro se ha hecho, como expresión honda de un escritor que nunca ceja, y así nos deja ese titular que aparece junto a la imagen de un hombre andando entre hierbas y amapolas: “De mis pasos en la tierra”.

 

Tenía Cervantes dos visiones distintas de la poesía. Como dedicación enervante y enfermiza casi. O como paso seguro a los más altos límites del ser humano. La opinión de Cervantes andaba pues entre lo esperpéntico y lo
sublime. Hizo decir a la sobrina de don Quijote que “hacerse poeta era una
enfermedad incurable y pegadiza”
y en La Gitanilla, sin embargo, proclama
que “la poesía es una joya preciosísima … una bellísima doncella, casta,
honesta, discreta, aguda, retirada y que se contiene en los límites de la
discreción más alta”.
En esa ambigüedad puede situarse el nuevo libro poético de Francisco Vaquerizo, aunque todo cuanto en él se lee está destinado a subir la apreciación de los lectores por el mundo que les rodea, por el milagro de vivir, por la alegría de descubrir gentes, lugares, sentimientos…

Nos llega, por tanto, una nueva entrega, en este caso poética, del acervo literario de un autor provincial que lleva ya contabilizados más de 35 títulos en su haber. Tras varios tomos de relatos, novelas y teatro, ahora nos alcanza con su gran antología, una especie de recuperación de toda su obra poética no publicada todavía, de esa que andaba desperdigada, solamente recitada, guardada en las estanterías –a veces arcanas- del ordenador… y Francisco Vaquerizo se ha arremangado, una vez más, y ha dado de sí cuanto puede, que es mucho, y nos ofrece este grandioso poemario, en el que sin duda vemos cómo da la talla de escritor de primera.

El libro, editado sobre papel ahuesado, se distribuye en seis grandes capítulos que ofrecen poemas relacionados entre sí. La primera de las aportaciones son los “Poemas Religiosos” en los que Vaquerizo se muestra devoto absoluto de la Virgen, en las diversas advocaciones provinciales, y de algún que otro Cristo, pasando con su jugoso escribir sobre escenarios sacros y acontecimientos píos. El segundo capítulo lo titula “Versos del Quijote” y son reflexiones sobre personajes, anécdotas y capítulos de la primera novela del mundo. Le siguen los poemas que se acogen bajo el título de “Memoria de Italia” en los que Vaquerizo evoca sus viajes por la península latina, y en los que afluyen a los ojos y a la memoria del lector los lugares más emblemáticos de la cultura itálica.

Más adelante, y bajo el epígrafe de “Versos de los caminos” el autor se explaya en la memoria de su patria más cierta, la infancia, que recorre a través de los caminos de su pueblo, de su comarca, de la vida toda que ha recorrido, diciéndonos que en ellos está la vida y a su búsqueda hay que ir por ello.

En “Versos de homenaje” el autor nos muestra sus dotes versificadoras con homenajes escritos a los amigos, las figuras que admira, compañeros de viaje y personas con las que tiene amistad y a las que profesa devoción. Entre ellos, el que denomina “Soneto Quevedesco” (está en la página 215, tras otro tríptico de Sonetos en homenaje a Quevedo) y que para muchos lectores, estoy seguro, contará como lo mejor del libro. Un gran capítulo cuajado de hallazgos y reflexiones. Que viene a ser el eje y corazón de la última parte del libro, lo que Vaquerizo denomina “Versos de fantasía” y que no es sino un cajón de sastre en el que incluye reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre la tristeza y la alegría, sobre el amor y el desengaño, mostrándose firme en su voluntad humana a través del ejercicio del humanismo poético. Homenaje a su propia vida en el que se incluyen algunos sonetos perfectos, sonoros y con fuerza. Todo un libro de potencia creadora, de alta sonoridad y de afirmación sincera de que el autor sabe lo que es la vida, y sabe cómo expresarlo.

 

Canto al Quijote

 

En este año que comienza, y que vamos a dedicar, una vez más, a memorar el Quijote, y lo que sobre él escribió Cervantes, llega Vaquerizo con una buena cosecha de poemas en homenaje a don Alonso… poemas que ha escrito en tiempos, en años y en siglos anteriores, lo que viene a significar que hasta la médula le llega esta sinfonía de pensamientos y frases, todas tamizadas por el dolor y la dureza de la vida que llevó el alcalaíno.

Así, nuestro autor alcarreño, Vaquerizo, se enfrenta a la obra cervantina y busca al Quijote, para analizarlo, y cantarlo. Y dice de entrada que “Ha sido un viaje inútil / porque, después de andar y andar caminos, / no he conseguido dar con don Quijote”.

En la simpática letanía que Vaquerizo le reza a “San Quijote” vienen frases como esta, que dan brillo a su encendida y perenne jaculatoria:

 

De tantas penurias, de tantas ruindades,

de quienes, subidos a sus vanidades,

nos venden recetas para la ocasión;

de las conferencias a tanto el minuto,

de las procesiones con san Sisebuto,

de los recitales

y juegos florales,

líbranos, Señor.

 

Imita con humildad pero con un gran sentido del humor y sabiendo lo que se dice, a Rubén Darío en aquella impactante “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”. Y consigue un resultado brillante y entretenido. Por otra parte, se lanza a la exultante endecha de don Quijote con estas frases:

 

Tú no necesitas mentiras piadosas,

ni floridos versos ni floridas prosas,

porque eres tú mismo fragante florón

y el modo más cierto de llegar a honrarte,

es seguir tus pasos, alzar tu estandarte

y dejar los cuentos para otra ocasión.

 

Y ahora que está tan en boca de todos la Venta famosa (¿sería la de Manjavacas, junto a Mota del Cuervo?) en la que el ventero armó caballero a don Quijote, Vaquerizo nos lanza estos romances que vienen a poner en su sitio la valentía del Caballero de la Triste Figura:

 

A su venta allegó, un día,

aquel hidalgo manchego,

que no tuvo semejante

porque no pudo tenerlo

ni como hombre bondadoso,

ni como cristiano viejo,

ni como andante a caballo,

ni como amador discreto.

 

De paseo por Italia

 

En su libro de poemas, que es antología prodigiosa e inacabale, Francisco Vaquerizo nos sumerge en el mágico mundo del arte y las formas de Italia. Son rimas que surgen del recuerdo de sus viajes por ese jardín de las memorias largas. En sus páginas surge Venecia, Pisa, Roma y Florencia. Surgen formas y escorzos, fantasías y esa visión tan clerical y gozosa a un tiempo, de la Roma brillante en la que luce, al fondo, como una última lucecita, la de la mesa del Papa escribiendo:

 

Sobre la noche romana,

el viento se detenía,

la luna se bautizaba

en las aguas tiberinas

y allá, por el Vaticano,

el Santo Padre andaría

en su mesa de trabajo

firmando la última Encíclica.

 

Se lleva, sin embargo, una enorme desilusión cuando llega a Venecia y se encuentra, como se la encuentran todos los turistas, sucia, húmeda, fría, y desabrida. Y dice evocando la Venecia que vive en sus recuerdos, o en sus quiméricas esperanzas:

 

Aquella Venecia eterna / de los oros y las auras, / de los amantes anónimos,

/ de las escondidas máscaras / y de los altos navíos / que de Oriente regresaban…

Aquella Venecia, digo, / ¿dónde demonios estaba?

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Versos como homenajes

 

Que el poeta desgrana en honor de amigos y amigas, de maestros y alumnos, de alcarreños y cantores, de clérigos escritores y de aldeanas figuras. A todos y a todas con cariño y admiración les dedica sus versos en los que pone, siempre, su íntimo pensamiento, su atisbo de reconocimiento a la humanidad entera.

El primer homenaje se lo dedica a su padre, en un soneto ya muy conocido, pero que uno no se cansa nunca de leer:

 

Mi padre fue un labriego enamorado,

curtido de honradez y de paciencia,

sin más sabiduría ni más ciencia

que la que da la escuela del arado.

 

A Jesús de las Heras, su amigo, y amigo de todos, le dedica otro soneto del que destaco este terceto:

 

Jesús es el caudal, la demasía,

la memoria, la cima, el desafuero

y el torrente verbal de cada día.

 

Y a Alvaro Ruiz Langa de otro soneto entresaco este terceto estupendo:

 

Lo considero, amén de otros amenes,

como el amigo fiel que nunca falla;

de los que dices ven y allí lo tienes.

 

Los caminos de la infancia

 

Todos sabemos, y asumimos, que los caminos más hermosos de nuestra vida son los que recorrimos en la infancia. Estaban abiertos, eran largos, a veces se cubrían de hojas doradas, de nieve, de amapolas en sus bordes… De esos caminos toma evocaciones Vaquerizo y construye un buen número de sus magníficas composiciones, de las que aquí quiero, para terminar, destacar algunas que saben llegar hondo.

 

Ahora que la vida, a todos

nos ha dejado maltrechos,

ahora que ya da lo mismo

un pepino que un pimiento,

un docto que un ignorante,

una sonrisa que un duelo,

fuente de la Fuente Arriba,

una cosa te prometo:

pese a todos los pesares,

irás en mi pensamiento

hasta que mi corazón

exhale el último aliento.

 

Tambien nos deja los recuerdos del verano rural, de la siega, de las estrellas de agosto, henchidos de sencillez y nostalgia:

 

Las noches en los Llanillos, / acabada la tarea / y oyendo sonar las tres /en el reloj de la iglesia, / estaban llenas de paz, / de misterio, de inocencia / que sobrepasan con mucho / la imaginación y dejan / una oleada de luz / y de encanto en nuestras venas.

 

Estos son, pues, los hilos con los que Vaquerizo mueve su libro, su pomeario titulado “De mis pasos en la tierra”, y que a lo largo de sus 268 páginas nos brinda ideas, sentimientos, felices hallazgos y mucha, mucha sabiduría parda, de esa que surge tras haber vivido, sin pausa, docenas de años.