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Algo que ver: los soldados de Cristo llegan a Budia

Ya está en las puertas la Semana Santa. El Jueves que viene, día santo en los anales del Cristianismo por ser conmemoración de la institución del Sacramento de la Eucaristía, se celebrará de mil modos por toda España. En la Alcarria, hay un lugar que centra la atención de todos, porque esa celebración se tinta de tradición y seriedad, de solemne belleza y aparatosa muestra de respeto: son los “soldados de Cristo” que llegan, que salen de Budia, y despiertan el interés de propios y extraños.

La celebración de la Semana Santa en Budia está centrada por “Los Soldados de Cristo”. Para los pueblos cristianos, la conmemoración de la muerte de Cristo  se tinta de mensajes de penitencia y dolor, de consideración del sacrificio hecho por Dios mismo al entregar a su Hijo a los mayores padecimientos, y a la muerte, con objeto de dar ejemplo y redimir a la Humanidad.

En Budia se celebra con los diversos actos religiosos que en cualquier otra parte de la España cristiana tienen lugar: procesiones, cánticos, ceremonias en la iglesia, sermones, etc. Comienza el Domingo de Ramos con la bendición de las palmas y los ramos de olivo, previamente adornados con cintas y colgando alguna rosca que hacían las madres, sin  olvidar la costumbre de estrenar algo, pues ya se sabe, “el Domingo de Ramos, quien no estrena se queda sin manos”.

La celebración de la Semana Santa en Budia está aderezada con las ceremonias que organizan los miembros de la Hermandad de “Los Soldados de Cristo”. El mismo Domingo de Ramos, los miembros de la hermandad se reúnen por primera vez, tras una suculenta merienda, procediendo a sortear las guardias y distribuyéndose las funciones que tendrán lugar en días venideros (guardias, custodia del sepulcro, lavatorio, acompañamiento del abad, etc.).

El Miércoles santo comienzan los oficios o liturgias de penitencia, y es esa noche cuando se ofrece el Oficio de Tinieblas, donde acuden los niños, con impaciencia, esperando el momento de tocar “a rebato” y poder hacer con sus carracas todo el ruido que quieran, pues en ese instante se apagan todas las luces y se tapan todas las imágenes con telas negras.

El Jueves Santo vuelven a juntarse los miembros de la Hermandad, esta vez en el lugar denominado como “las Cuatro Calles” formando allí militarmente, en fila de a dos, hasta que el teniente da las novedades al capitán, y comienza la  marcha en formación hasta la iglesia. Al llegar a esta, el capitán pasa revista a los Cofrades, mandando formar a ambos lados de la puerta un pasillo por el cual pasan los feligreses, mientras el capitán con cuatro soldados va en busca del sacerdote  a su casa, y, en llegando, da tres golpes en la puerta, abriéndose y diciendo el sacerdote: ¿Que deseáis?, y contestando el Capitán: Deseamos escoltarle hasta la iglesia, como corresponde a nuestro abad.

Así es custodiado por los cuatro soldados más el capitán  que va al frente, llegando de nuevo al atrio de la iglesia, donde  el oficial pronuncia estas palabras: Representamos a Budia, hagámoslo con honor y defendamos el Santo Nombre de Cristo.

Antiguamente, y antes de pasar al interior del templo, aparecía la figura del judío,  quien con sus ruidos molestaba a los feligreses. Hoy esta figura ya no sale.

A continuación comenzaba la Misa, formando los Soldados de Cristo a ambos lados del párroco una homogénea hilera de apuestos hombres vestidos de negro, y saludando con un sonoro llamamiento de carracas el momento de la Consagración, en el que además todos ellos se ponen con una rodilla en tierra, inclinando sus lanzas hacia el suelo. En otros momentos de la misa los soldados ayudan al sacerdote, como en el Lavatorio, al que asisten también el Capitán y el Teniente.

Acabada la misa, quedan dos soldados de centinelas, mientras el resto asiste a la procesión, colocándose el Capitán tras la cruz, e indicando los lugares donde deben realizarse las paradas.

El Viernes Santo los soldados tienen como primer deber preparar el Vía Crucis, en el que escoltan al portador de la Cruz. En la tarde de ese día, en la solemne  procesión del Entierro, los Soldados llevan sobre sus hombros el “Sepulcro de Cristo”, terminando la procesión en la ermita de la Soledad, donde dos de ellos hacen guardia desde mucho antes. Poco antes del anochecer se han colocado antorchas desde la iglesia hasta la ermita de la Soledad, y a las once de la noche se apagan todas las luces para que dé comienzo la procesión de las Antorchas, en la que la imagen de la Dolorosa se acompaña por el golpeteo de las lanzas contra el suelo. Es este un espectáculo sobrecogedor donde se une lo profano y lo litúrgico, llegando así finalmente a la ermita. Los soldados de guardia ya no recibirán la visita de “La cantinera” pues esta otra figura de la Semana Santa budiera también ha desaparecido.

El Domingo de Pascua se despierta Budia con alegría, acercándose los vecinos, poco a poco, al atrio de la iglesia, donde habrá una hoguera  y en ella se encenderá un gran cirio. En ese momento comienza un alegre repique de  campanas, anunciando a todos que el Señor ha resucitado. Ese día tiene lugar, a continuación de la Misa de Pascua, la procesión del Encuentro, que se forma en dos bloques: uno en el que van los hombres llevando las andas de Cristo Resucitado, y otro en el que van las mujeres con las andas de la Virgen María, cubierta con un velo, que se quitará al encontrarse ambas procesiones en la Plaza Mayor. El párroco va caminando bajo palio, con la Custodia, acompañando a la procesión de los hombres. Mientras, las mujeres cantan:

 

Por allí viene Jesús

aquí tenemos su madre

hágase la gente a un lado

que viene a visitarme

que hace que no se han visto.

Buenos días tengáis madre

con alegría y contento

como la tuvo José

la noche del Nacimiento.

Quitarle el luto a María

Que ese luto es muy pesado

No es razón de que lo lleve

Que su hijo ha resucitado.

Quitarle el velo a María

Quitarle ese velo negro

Que ya cantan de alegría

Los ángeles en el cielo.

Aleluya rosa hermosa

Aleluya sol dorado

Hoy es el triunfante día

Que tu hijo a resucitado.

Oh! Que mañana de Pascua

Oh! Que mañana de flores

Oh! Que mañana tan bella

ha amanecido señores.

Se le dan las buenas pascuas

al señor cura primero

a toda la compañía

y a todo el Ayuntamiento.

A los Soldados de Cristo

Debemos de saludar

por que han cumplido su cargo

como era de desear.

Tras la bendición del cura, todos regresan a la iglesia, donde se materializa el triunfo de la Cruz sobre las lanzas con estas palabras. Este es el triunfo de Cristo resucitado. Esta “procesión del Encuentro”, ha tenido siempre y desde muy antiguo, una gran tradición en los pueblos de la Alcarria, y hoy se mantienen en muchos de ellos.

Antiguamente, el Domingo de Pascua tenía por la tarde la celebración de “rilar el huevo”, que consistía en ir en familia, o en pandillas, hasta las afueras de la villa, y allí merendar, a base de hornazos y huevos de Pascua.

Cabría hacer mención a las cofradías que hubo antiguamente, y las que hoy quedan en Budia. La de los Soldados de Cristo, evidentemente, es la más importante, pero antiguamente existieron las que llamaban de los nicolases y las de los crispines. Ambas eran típicas sociedades de socorros mutuos, de ayuda en enfermedades, de acompañamiento en entierros, y de celebraciones religiosas en los días de sus patrones, San Nicolás y San Crispín, respectivamente. En todo caso, estas celebraciones [que hoy personifico en Budia, como villa en el corazón de la Alcarria] suponen una constante en el popular arraigo de las tradiciones multiseculares de nuestra tierra, y que mal o bien se siguen manteniendo, aunque hoy los tiempos están “que pasan” de lo antiguo y solo se fijan el efímero fulgor de lo moderno.

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En el centenario de su muerte. En recuerdo de Alvar Fáñez de Minaya

Imagen del guerrero Alvar Fáñez de Minaya, en el paseo de las Cruces de Guadalajara

Una noticia adelantada: el 17 de mayo, en la Plaza Mayor, a la una de la tarde, habrá otro recuerdo señalado a este personaje que forma parte de nuestra historia y se levanta sobre sus más entrañables leyendas.

De todos es conocido el escudo de la ciudad de Guadalajara. Aparece en él una ciudad fuerte, amurallada, con torres y banderolas en su interior. La cubre el estrellado cielo de la noche. Ante ella, un caballero fuertemente armado, con bandera al viento, y tras él un reducido ejército.

La explicación tradicional es que la escena representa la conquista de la ciudad por Alvar Fáñez de Minaya y su mesnada cristiana durante la noche del 24 de junio de 1085.

Y aunque no es éste realmente el significado cierto y primitivo del escudo, heredero hoy de sucesivas leyendas, sí es un claro exponente de la tradición que encarnó siempre en nuestra ciudad el guerrero castellano Alvar Fáñez de Minaya, compañero del Cid, y autor de una importante tarea reconquistadora y repobladora en la Transierra de Castilla, concretamente en la comarca de la Alcarria.

En estos días del inicio de abril de 2014, se cumplen los 900 años de su muerte, que ocurrió en la ciudad de Segovia, y de forma imprevista, pues él andaba aún fuerte y activo, protagonista de batallas y algaradas.

Su vida inquieta

En unas breves pinceladas veremos la evolución de su vida. Era Alvar Fáñez un miembro más de la familia del Cid, Rodrigo Díaz de Vivar. Dicen que el sobrenombre que lleva, Minaya, viene del posesivo castellano “mi” y del sustantivo euskera “anai” (mi hermano). Más concretamente parece que fue sobrino del cid, por parte de la mujer del burgalés. Por lo tanto, algo más joven que éste desde su infancia también, formó parte de la casa y luego mesnada del Campeador. Y siempre le veremos, por más joven y valeroso, si cabe, junto al héroe castellano, codo con codo en las batallas, unidos en la desgracia y el destierro, en la conquista y el éxito. Será precisamente el “Cantar del Mío Cid”, la gesta poética y heroica de Castilla, la que mayor cantidad de datos y mejor perfil humano de Alvar Fáñez nos aporten. Otros detalles proceden de los documentos históricos que, en escaso número, nos hablan de su peripecia vital y de sus cargos. Finalmente, la tradición prendida en las consejas y decires del pueblo, nos lo traen hasta hoy con un latido mágico, viviente, sonoro de metálicas andaduras y difíciles pasos de guerra.

Como un joven ayudante o alférez de la mesnada personal del Cid aparece Alvar Fáñez. Ya desde el momento del destierro de Burgos se dibuja su figura. El poeta le señala una y otra vez por sus méritos y virtudes: “el bueno de Minaya”, le adjetiva, y el mismo abad del monasterio de Cardeña así le llama: “Minaya, caballero de prestar“. El mismo Rodrigo Díaz en varias ocasiones, le dedica alabanzas sentidas, fiel dato de su aprecio: “Vos Minaya Albar Fañez/ el mio braço mejor” o “Venides Alvar Fañez / una fortida lança“. El carácter de Minaya como caballero de gran prestancia, valentía y fuerza se repite a lo largo del poema. Cuando se preparan campañas o correrías por tierras de moros, dice el vate en primer lugar: “Primero fabló Minaya, un caballero de prestar”, y al describir las batallas suele salir alguna referencia al castellano, como, por ejemplo, cuando se narra la lucha de la mesnada del Cid contra los moros Galve y Fáriz, en el valle del Jalón:

“Cavalgó Minaya
el espada en la mano
por estas fuerças
fuertemientre lidiando
a los que alcança
valos delibrando.”

Y luego se entretiene el anónimo cantor en reseñar algunos otros detalles, sangrientos y hermosos, del batallar de Alvar Fáñez. En una ocasión, tan valerosamente pelea que la sangre de los moros que mata le va chorreando por el codo:

“A Minaya Alvar Fáñez
bien le anda el cavallo,daquestos moros

mató treinta y quatro:
espada tajador
sangriento trae el braço
por el cobdo ayuso

la sangre destellando.”

Detalles de su actividad política

Pero también como político, como buen mediador, como hombre con quien se puede hablar y con el que todos logran entenderse, le describe el “Cantar”. Primero declara su lealtad al Cid en el momento del destierro. Rodrigo Díaz obliga al rey de Castilla a jurar ante la Biblia que no ha tenido intervención en la muerte de su hermano Sancho. Esta jura de Santa Gadea es la prueba de que los hombres castellanos tienen un claro deseo y visión de su independencia frente a la Corte leonesa. Por ello, Alfonso VI será recibido de uñas, aunque luego demuestre ser también un castellano de raza. Alvar Fáñez es fiel al Cid. Le acompaña, se pone en cuerpo y alma al servicio de su pariente y señor. Con él atravesará la extremadura castellana, el Duero, y remontará la sierra central, dejando a un lado Miedes y el fortísimo castillo de Atienza, todavía en poder de los árabes. Bajarán el Henares hasta Castejón de Abajo (el actual Jadraque) y allí harán su primera gran conquista, quedando dueños del castillo y la población. Después, bajando por Molina hasta Valencia, la conquista de esta plaza será una muestra renovada de la valentía del Cid y su mesnada.

Los meses siguientes servirán para demostrar el genio político de Alvar Fáñez. Es encomendado por el Cid para volver a Burgos y gestionar el perdón; él, personalmente, lo consigue, y para el Cid lo obtiene en un segundo viaje. Gestiona el matrimonio de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, y, aunque queda como uno de los capitanes más destacados de la corte castellana, alcaide de algunas plazas fuertes, y brazo derecho del rey Alfonso, sigue también como ayuda principal del Cid en Valencia, defendiendo con él la ciudad del ataque repetido de los almorávides de Yuçuf. Esos oficios diplomáticos gustaron al Cid tanto o más que su fuerza guerrera. Cuando volvió de la Corte de Castilla con el perdón logrado, Rodrigo Díaz le dice:

“Ya Alvar Fáñez

bivades muchos días,

mas valedes que nos

tan buena mandadería!”

En su aspecto puramente guerrero, activo como capitán de su propia mesnada, le vemos primero haciendo una correría Henares abajo, desde Jadraque, donde acampaba con el Cid. Recorrió en pocas jornadas, con 200 hombres de confianza, los campos de Henares asaltando Hita, Guadalajara y Alcalá. No llegó a la conquista definitiva, pero entre la población árabe, muy numerosa, del valle quedó su figura como de héroe legendario en plena juventud. La morisma le temía y le admiraba al mismo tiempo. Y hoy se considera posible, incluso probable, que fuera en esa incursión o algara desde Castejón/Jadraque hasta Guadalajara, cuando se conquistara definitivamente la ciudad.

Siguiendo junto al Cid, participa en su sonada conquista de Alcocer. Es en Molina huésped ilustre del rey moro Abengalbón, del que consigue que pague tributos al Cid, su señor.

Como capitán de Castilla, Alvar Fáñez desplegará una gran actividad guerrera. Un año antes que el rey Alfonso VI haga suyo Toledo, Minaya conquista la importante ciudad de Guadalajara, punto clave de la defensa del reino moro toledano. Es el año 1085. Al mismo tiempo caerá todo el valle del Jarama y del Henares, como paso previo a la conquista del Tajo. También diversos puntos fuertes de la Alcarria quedan en poder de Castilla. La tradición lo señala así en Horche, donde dicen que Alvar Fáñez entró victorioso la noche antes de hacerlo en Guadalajara. El caso es que él participó también en la recuperación difícil de Zorita y su castillo, en la conquista de Santaver, legendaria atalaya fortificada de los árabes, y aun en la conquista de Toledo. En 1111 se reconquistó, fugazmente, la ciudad de Cuenca, y es a Alvar Fáñez a quien señalan por autor de este hecho. Lo cierto es que él figuró como alcaide de la fortaleza de Zorita, y capitán o delegado regio en Peñafiel, Toledo, Santaver y Cuenca. La ciudad de Guadalajara, aunque por él conquistada, tuvo por primer alcaide a don Fernando García de Hita, familiar del rey, y su delegado en Medinaceli, Uceda Talamanca, Hita, etc.

Se sabe que Alvar Fáñez de Minaya murió el año 1114 quizás en una pelea civil con los del concejo de Segovia. Está enterrado, junto al Cid, en el burgalés monasterio de Cardeña.

Memoria de Alvar Fáñez

Su nombre y su leyenda han quedado prendidos por numerosos lugares por los que su vida y su acción pasaron. En la provincia de Cuenca, y en su comarca de la Alcarria, un pequeño pueblo lleva su nombre. En Alcocer de junto al Guadiela, una de las puertas de su muralla, hoy ya caída, también era denominada con su apelativo. Ya hemos mencionado la tradición que existe en Horche de haber sido tomado el pueblo por las tropas de Alvar Fáñez. Y en Romanones mantienen la leyenda de que el héroe y conquistador pasó allí una temporada, quedando de su estancia algunos restos de armas y un pilón donde -dicen- comía su caballo. En realidad son los restos de la ermita de los Santos Viejos. También en Labros, en las alturas molinesas, y junto al recuerdo del Cid aparece el de Alvar Fáñez, poseedores cada uno de un monte en las cercanías. Todavía en Durón hay fama de que por allí anduvo Alvar Fáñez, y uno de los cerros que limitan por el norte al caserío lleva por nombre el de “cerro” o “atala­ya” de Alvar Fáñez de Minaya, por haber tenido en lo alto de élla un castillo este general victorioso.

Finalmente Guadalajara, la ciudad que es cabeza y Capitana del “valle de castillos” que su nombre indica, tiene por su conquistador a este hombre. Nada documental queda sobre el tema. Ni fecha exacta, ni forma de adquisición, ni hora ni lugar. La tradición del pueblo ha dado bella forma a este hecho. Y así la seguimos dando, tal como en el rodar de los siglos fue tomando su forma y su melodía: en una noche resplandeciente de San Juan, cuando el verano se inicia y las estrellas son más altas y limpias que nunca, un grupo de cristianos se acercan a la fuerte y amurallada ciudad de Guadalajara, donde los árabes llevan ya más de trescientos años dando culto a Alá, y haciendo una cultura propia y magnífica. Se aproximan los soldados, guiados por su capitán Alvarfáñez, al costado sur de la muralla. Atraviesan un hondo barranco y entran sin fuerza por el portón agudo que nadie defiende. Tienen buen cuidado todos de poner las herraduras de sus caballos al revés, y se introducen sin ruido en las casas de la ciudad. A la mañana siguiente, los jerarcas árabes oyen algo de que durante la noche se vieron cristianos por las calles, pero observan que las huellas de sus caballos apuntan hacia afuera: es señal de que se han ido. Por si acaso, cierran las puertas. Y en ese momento las tropas de Alvar Fáñez salen de sus escondites y acaban con la vida de los jefecillos moros, quedando la ciudad conquistada, y como una perla más del reino de Castilla. La puerta por donde entraron, que también se llamó “de la Feria” quedó enseguida con el apellido de Alvar Fáñez. La fecha, un 24 de junio de 1085, grabada en todas las historias arriacenses. Y la leyenda, de labio en labio, como un relato de las Mil y Una noches, primer capítulo de tan larga y fructífera historia.

Una historia novelada

El escritor de raíces alcarreñas, Luis Miguel Díaz González, ha dado vida recientemente a un libro que lleva por título “El Beso del Moro Abengalbón”, y en el que, al hilo de una visión novelada de unas jornadas turísticas por Sigüenza, refiere la historia del héroe castellano, de su oponente (y sin embargo amigo) rey Abengalbón de Molina, y de otros personajes que viven a caballo entre la realidad y el sueño.

Ese libro, y una sorpresa interpretativa sobre los personajes, se va a presentar en la ya cercana Feria del Libro de Guadalajara 2014 (exactamente el sábado 17 de mayo, a la una d ela tarde, en la Plaza Mayor). Aunque antes también se dará a conocer en uno de los lugares que protagonizan el libro: el Restaurante “El Doncel” de Sigüenza. Esto será el viernes anterior, el 9 de mayo, a las 7 de la tarde, en el mismo Restaurante.

A veces nos sorprende la historia que se mezcla con la leyenda, y los libros que amanecen en los restaurantes, pero es que la vida, hoy, es así de compleja.

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Iconografía románica en Labros

El capitel desaparecido de Labros

Labros es villa, antigua y legendaria, en el Señorío de Molina. Asienta sobre un empinado recuesto, protegida del viento norte, oteando un amplio terreno suavemente ondulado donde se cultiva cereal. A su espalda y costados se alza un denso bosque de sabinas. Lugar de paso, desde hace muchos siglos, entre Castilla la Nueva y Aragón.

Entonces (hablamos del siglo XIII) había mucha gente viviendo por aquellos pagos. Gentes que sobrevivían con lo justo, y gente que hacía negocios. Poderosos y eclesiásticos, vates y lectores… entre todos levantaron una iglesia, y la adornaron con imágenes. Y ahora, ocho siglos después, nos da a nosotros por ir a verla, y a discutir sobre lo que significan aquellos adornos.

Algo de historia

Largo y prolijo habla Sánchez de Portocarrero, cronista del Señorío molinés en el siglo XVII, sobre los orígenes romanos, o más antiguos incluso, de Labros, en la que sitúa la Lacóbriga latina. De lo que no hay duda es de que en su iglesia parroquial, con la advocación de Santiago apóstol, hubo durante los siglos medievales, hasta el XVI, un altar mayor en el que presidía una buena talla policromada del Apóstol, rodeada de varias tablas con escenas de su vida y predicación en España. El dato de estar en camino principal entre Aragón y Castilla, existir una tradición legendaria del paso de Santiago, y tener su iglesia a él dedicada, con altar y estatua del mismo, puede hacernos pensar que Labros tuviera cierta relación, aunque remota y muy tangencial, con las peregrinaciones jacobeas de la Edad Media: un punto de atracción para esos peregrinos que seguían, por el interior de la Península, otros caminos diferentes de los habituales. Así es posible que, buscando la llegada de peregrinos y ecos del Camino santiaguista, recibiera su influjo y algún artista foráneo se entretuviera en tallar la portada de su parroquia.

Tras muchos años de abandono, en el siglo XX, y con el templo hundido, la torre a medias y la portada en manos de los ladrones de arte, a principios de este siglo ha recibido una restauración total, y la encontramos espléndida y, aunque el pueblo sigue estando sin vida durante largos meses del año, finalmente recuperada. Desde hace mucho tiempo, nos hemos venido ocupando del estudio y la divulgación de esta importante pieza de la arquitectura románica molinesa1.

Apuntes de arte

La portada de la parroquia de Labros es un ejemplar sencillo y magnífico, muy bien conservado, de arquitectura románica con iconografía sorprendente. Se alberga en un cuerpo saliente, todo él de bien tallado sillar. Su bocina se constituye por tres arquivoltas concéntricas, en degradación, siendo la central moldurada con poco saliente baquetón, y las extremas de arista viva. Una cenefa exterior resalta sobre la arquivolta externa, presentando decoración ajedrezada al centro y de roleos magníficos en los lados. La arquivolta interna descansa en sendas jambas lisas, mientras que en las más externas lo hacen sobre sendas columnas rematadas en capiteles historiados. Estas columnas son cortas, pues sus bases molduradas con suaves curvas apoyan en un pedestal que forma el muro. Los fustes son exentos. Entre capiteles y arquivoltas corre una imposta finamente decorada con roleos románicos. Los capiteles de esta portada son muy interesantes y plenos de simbología medieval. Aquí los describo, de izquierda a derecha del espectador:

1. El capitel primero muestra una figura humana, de ruda silueta, de rasgos masculinos, vestida con túnica larga y sencillos pliegues. Se alza sobre el lomo de un animal, a cuyo cuello se agarra con las manos. Este animal es de difícil identificación, pero semeja un león muy esquemático. Podría tratarse de Sansón agarrándole la quijada al león… En la otra cara del capitel, frente al jinete, aparece un ave con cabeza humana, una arpía de simple trazo, que parece sonreír.

2. Capitel de fina ornamentación geométrica. Es el típico motivo del entrelazo, o encestado, a base en este caso de triple hilo. Es heredero claro este capitel de los magníficos ejemplares que de lo mismo existen en Silos, más extensos, con mayor finura tratados, pero con hilo simple o doble, no triple como en Labros, donde el artista, minucioso en su trabajo, se entretuvo en su tarea con mimo. En la provincia de Guadalajara aún vemos, en diversos lugares, capiteles de este mismo aspecto: en la capilla del castillo de Zorita de los Canes, a donde llegó desde la cercana ciudad visigótica de Recópolis. En el ábside de Campisábalos, en la portada de Hijes. Es motivo muy utilizado en el románico español, que lo hereda de los trabajos previos de iluminación de letras capitales en códices más antiguos, y a éstos llega desde el oriental, bizantino. Este entrelazo o encestado, pudiera incluso estar relacionado con un posible simbolismo de “ofrenda” contenida en cestos. Todo ello recibi­do de diferentes y antiguas civilizaciones, elaborado y perdido su sentido concreto. En todo caso, este capitel entrelazado de Labros es una bella pieza románica en esta tradición.

3. Capitel en el que aparecen, ocupando sus dos caras, sendas representaciones de arpía, de rostros humanos sonrientes. Están tratadas con simplicidad, pero con acabado gusto. Cuerpos llenos, alas pegadas con marcada talla de plumas, y cabezas rudas. De difícil identificación estas arpías, y conocido simbolismo en el bestiario románico, en el que se les concede el valor de seres que atraen con su canto y su simpatía al viajero o navegante, para perderle y matarle. Puede tenerse como representación diabólica frente a la que es necesario precaverse.

4. El último capitel ya no existe. Se ha colocado en su lugar una pieza de superficies lisas que suplen su volumen. Fue robado cuando la iglesia, abandonada, estaba a punto de conocer su restauración. Pero han quedado muchas fotos y yo mismo lo contemplé repetidas veces, lo fotografié y lo estudié. Por ello puedo ahora completar el estudio de la portada diciendo que ese cuarto capitel lo conformaba una gran figura central, semejando un anciano de alto gorro y poblada barba, revestido de ropajes ampulosos. A este ser le acosan otros dos elementos zoomórficos, parecidos a monos o perros, que se le suben a la espalda, como tratando de herirle, morderle o inferirle alguna injuria. Al ser imposible la identificación iconográfica de la escena no se puede tampoco discernir el sentido iconológico de la misma. Aunque pudiera tratarse de un modo muy general, de un ser benéfico atacado por otros dos maléficos. La eterna lucha del Bien contra el Mal, en sus mil formas, venía a ser de este modo expuesta en este otro capitel.

Resumen de iconografía

No se puede hablar, en esta portada de Labros, de un programa completo, de una conexión de sus cuatro capiteles. Los motivos que en ella aparecen son claramente herederos de Silos y otros edificios norteños. Su aparición, simple testimonio del gusto de una época y un artista por colocarlos, como en la gran abadía benedictina, unos junto a otros, en sumación de efectos estéticos. Su carga simbólica hablaría muy claro, cada uno por si, haciendo de esta portada, en un muy secundario ramal de las rutas jacobeas, resumen breve de otras grandes portadas. Se constituye la iglesia de Labros, sin embargo, como un buen ejemplar, hasta ahora muy poco conocido, del románico molinés.

Es un dato a tener en cuenta el que aporta un viajero que se mueve con hondura y saber por los remotos caminos de España2. Firma como Juancar347 sus impresiones reflejadas en numerosas bitácoras, y dice de Labros que “La visión de esas arpías, o quizás, de esas sirenas que mantienen las crías sobre su lomo, tal vez no sea una visión demasiado sorprendente en un estilo que recurría a lo simbólico y lo mitológico para educar, previsiblemente en las facetas de virtudes y pecados, blanco y negro, cielo e infierno, a una población extremadamente ignorante, sin posibilidad de educación y fácilmente moldeable, como gustaba a prelados y señores. Ni tan siquiera en la presencia de los nudos eternos, magníficamente labrados, y sus posibles raíces célticas cabría tampoco sorprenderse, pues resultan elementos tan comunes como los otros, cuando no más. Ahora bien, cuando se ve a un solitario jinete que parece ajeno a la secuencia mostrada por arpías, nudos y sirenas, no se puede evitar preguntarse si cabe la hipotética posibilidad de hallarnos ante un elemento teóricamente poco frecuente en el románico de la provincia -al menos, en mi ignorancia, no recuerdo otro-, como pueda ser aquél sobre el que recaen nombres tan carismáticos como “el caballero verde” o caballero apocalíptico o, rizando el rizo cultural, caballero cygnatus, en clara referencia a una mitología, la celta, para nada desconocida en estas misteriosas tierras”. Viene a decirnos que ese caballero de Labros, que sin duda es uno de los personajes más llamativos y misteriosos a un tiempo de la iconografía románica en Guadalajara, está dictando en su sonoro y permanente silencio la riqueza de su expresión y la dificultad que se guarda en su interpretación. Todo un símbolo de la espléndida simbología pétrea de nuestros edificios medievales.

Notas al texto

1 Antonio Herrera Casado: Labros: un románico inédito, en “Nueva Alcarria” de 7 de julio de 1973. y Antonio Herrera Casado: Simbología medieval en Labros, en “Nueva Alcarria” de 24 de abril de 1982.

2 Juancar347, en el blog “Guadalajara se hace camino al andar: Labros”, 18 agosto 2012.

 

 

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Monsalud abre de nuevo sus puertas

La sala capitular del monasterio cisterciense de Monsalud, completamente recuperada.

En esta primavera del 2014 que ahora se inicia, acaba de abrir sus puertas a las visitas y la admiración de todos el monasterio cisterciense de Monsalud. Bueno, mejor dicho, lo que queda de ese monasterio, porque en su mayor parte son ruinas, aunque ahora bastante bien tratadas, consolidadas, limpias… un gozo es pasear por las alas de su claustro, ahondar el misterio de su sala capitular, levantar los ojos hacia las altas bóvedas de su templo románico. Merece visitarlo, y pronto.

La historia de Monsalud

Monsalud en Córcoles fue uno de los más importantes monasterios cistercienses de toda Castilla. Su origen se sitúa en el siglo XII, aunque se hace difícil concretar el momento exacto de su fundación. Aunque hoy vemos su solemne esqueleto asentando junto al arroyo que desde las alturas alcarreñas de Casasana baja hasta el valle del Guadiela, parece que su primitiva fundación tuvo lugar algo más al norte, concretamente en la orilla derecha del río Tajo, en el término de Auñón, en la heredad de Villafranca donde hoy se levanta la ermita de Nuestra Señora del Madroñal, más o menos. Eso fue en 1138, y se debió dicha fundación al propio rey de Castilla, Alfonso VII, quien con sus reales manos, según nos dice el historiador del cenobio -el padre Cartes-, puso la primera piedra del mismo.

Pero enseguida, en 1140, la fundación se trasladará al término de Córcoles, donde hoy la vemos. Cedió terrenos para ello don Juan de Treves, un poderoso canónigo de la catedral toledana, afecto al rey, y que tenía ya por entonces el título de arcediano de Huete. Desde ese momento, y con un grupo de frailes cistercienses venidos de la abadía de Scala Dei, fue levantándose Monsalud, que venía a ocupar, de todos modos, el lugar en el que asentaba una ermita muy venerada, dicen que en honor de la Virgen, pero que sin duda arrastraba anteriores cultos sanatorios de remoto origen pagano.

En 1167, este Juan de Treves amplió su donación, entregando a la comunidad cisterciense de Monsalud la posesión total y el señorío completo de la aldea de Córcoles. Enseguida, el propio rey Alfonso VIII confirmaría esa donación, y él mismo, en 1169, señalaría los límites de su dominio abacial. Dice la tradición que el monarca castellano, tras haber reconquistado en 1177 la ciudad de Cuenca, acudió a Monsalud, implorando a la Virgen remedio pues venía fatigado de graves tristezas y dolencias de corazón: solo con ser ungido con el aceite de sus lámparas desaparecieron esos problemas, y así se convirtió este milagro sobre el rey, en el primero de los que a lo largo de los siglos se sucedieron en este lugar.

Larga, muy larga es la historia de este monasterio, pues tuvo vida desde mediados del siglo XII a mediados del XIX. Y en siete siglos pasan muchas cosas. No es este lugar para contarlas, al menos por menudo. Yo las conté, tranquila y ampliamente, en un libro titulado “Monasterios y Conventos de la provincia de Guadalajara. Apuntes para su historia”, que la Diputación Provincial me editó en 1974. Desde entonces, hace ya cuarenta años, muchos otros han escrito sobre Monsalud, incluso han elucubrado sobre fechas de fundación, pero no hay que darle vueltas, están muy claras. Yo las encontré en los documentos originales, que se conservan en el Archivo Histórico Nacional, sección de Conventos Suprimidos. Un estudio de Jorge Díaz Ibáñez, publicado en la Revista “Cistercivm” nº 201, de 1995, páginas 357-469,  viene a ampliar levemente lo ya dicho con anterioridad,  y poco antes Concepción Abad Castro, en 1990, en el Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte, de la UAM, II:47-50, del año 1990, viene también a describir historia y arte del edificio, en esta ocasión con más amplitud, aunque sin llegar a la que despliega Andrés Pérez Arribas, en sus dos ediciones, la segunda muy ampliada con respecto a la primera, de su obra “El Monasterio de Monsalud en Córcoles” (1978 y 1998, respectivamente).

Quien sí ha aportado alguna novedad, tras tantos años, ha sido recientemente el profesor Javier de Santiago Fernández, quien ha publicado en 2012, en la revista “Hispania Sacra” nº 64, págs. 67-96, un trabajo titulado “Comunicación publicitaria en el monasterio cisterciense de Nuestra Señora de Monsalud, en Córcoles (Guadalajara)”, y en el que aporta, fundamentalmente, noticia y transcripción de las inscripciones epigráficas que se conservan, discute la que mencionó el padre Cartes en el siglo XVIII, ya desaparecida pero posiblemente falsa, y nos entrega el texto de la más difícil, la gran placa inserta en el muro del fondo de la capilla del evangelio de la cabecera monasterial, y que concluye en que además de ser la única inscripción medieval existente en toda la provincia alusiva a la ceremonia litúrgica de la consagración de un espacio, es una “Consecratio” que conmemora la consagración de un altar en esa capilla, en el año 1282, dedicado a Santa María [de Algra], Señor San Miguel, y [Santa Bnia], conteniendo las reliquias de otros mártires. El trabajo del profesor Santiago Fernández es realmente plausible, por la dificultad que supone leer un documento epigráfico tan complejo.

El arte de Monsalud

Pero al viajero que hoy se acerca a las ruinas visitables ya de Monsalud, estas disquisiciones posiblemente le traigan sin cuidado. Va a admirar, y a disfrutar con ello, un gran edificio que permanece en pie desde la remota Edad Media. Enorme, hermoso, solemne, con detalles estupendos del románico primitivo, y con sus añadidos renacentistas y aún barrocos de largos siglos posteriores de evolución.

Hace unos días que me acerqué, después de muchos años, a este recinto que fue sagrado y hoy es monumental. Vacío desde 1835, por la Desamortización, y declarado Monumento Nacional en 1931, fue hundiéndose abandonado de todos hasta que en los años finales del siglo XX, y tras insistir en la necesidad de su consolidación, gracias a un Taller Escuela se detuvo su imparable derrumbe. Consiguió después una restauración, a partir de 2006, y la continuación hasta 2011, siempre a cargo del plan del 1% cultural, abriéndose al público en ese año, pero cerrándose después. En estos primeros días de marzo de 2014 ha vuelto a abrir, a cargo su mantenimiento y cuidado de una empresa que viene, con toda su ilusión, a hacerse cargo de mantener vivas y cuidadas estas ruinas. Felicito a los entusiastas promotores (Javier y Daniel) que se han dado a cuidar de Monsalud y de la cercana Ercávica, y les deseo mucha suerte en esta singladura.

Para quien vaya hasta allí, cualquier día de viernes, sábado o domingo, mañana y tarde, será toda una sorpresa encontrarse con los enormes edificios que nos hablan directamente desde la historia más remota.

El conjunto monasterial de Monsalud es, sin duda, y a pesar del consolidado estado ruinoso en que se encuentra, el más completo y espectacular de los monasterios medievales de la tierra alcarreña. Pueden admirarse hoy en día todas las estructuras arquitectónicas que le componían, y que le hacen paradigmático de un modo de vida monacal ya hundido en el recuerdo.

El conjunto se encuentra rodeado de una amplia cerca de piedra, con algunos garitones esquineros. Circuía el recinto monasterial y su huerta. La primera de las edificaciones que nos encontramos al llegar es la portería, monumental capilla construida en el siglo XVII con un  frontis que lo remata, en el que aparecen talladas en la piedra caliza las figuras de San Benito y San Bernardo, escoltando otra hornacina vacía, y teniendo por superior adorno un frontón triangular en el que aparece el Padre Eterno.

La iglesia se sitúa al sur del claustro, justo al contrario de lo habitual en los monasterios medievales. Es curioso constatar cómo la planta de este cenobio alcarreño parece un reflejo especular de las habituales plantas monasteriales. Quizás se construyó así para aprovechar la forma del terreno. El caso es que la iglesia, majestuosa todavía a pesar de su fragmentaria conservación, ofrece el aspecto contundente de la arquitectura románica de transición, modulada por las ideas estéticas del Císter. Su construcción es de finales del siglo XII ó comienzos del XIII, aunque la inicial estructura románica, que se retrata en las cubiertas abovedadas de los ábsides, se levantó luego en las naves y en el ábside central, quedando en unas proporciones esbeltas y airosas. Tiene el templo tres naves, más alta la central, con dos tramos cada una, y una amplio crucero, rematando en cabecera con tres ábsides, estructura clásica de los templos monasteriales masculinos, en los que debían aprovechar al menos tres monjes a decir la misa al mismo tiempo.

Muros de fuerte sillería, pilastras sobre las que apoyan las bóvedas de crucería, crucero cubierto de lo mismo, y ábsides que ofrecen parte anterior de planta cuadrada, y posterior de limpio trazado semicircular, con ventanales estrechos y alargados. Al exterior se comprueba que los ábsides están en dos niveles, más alto el central, apoyados sus tejados en cornisa formada por múltiples modillones de roleos.

La portada de acceso al templo se coloca en su muro de poniente. Es de arco rebajado, con decoración de bolas, propia de finales del XV o incluso posterior. Desde la huerta se accedía al templo por otra puerta abierta en el muro sur del crucero. Esta es una bella portada de pleno sabor románico, con profunda bocina en la que caben varios arcos semicirculares adornados de baquetones simples y apoyados en capiteles de decoración vegetal.

En el límite entre nervaturas de las bóvedas y columnas adosadas a los pilares y muros del templo, aparece una amplia colección de capiteles románicos, en los que toda la decoración se hace a base de elementos vegetales y geométricos, muy bellos, muy de sabor cisterciense.

Desde el brazo norte del crucero se sale de la iglesia hacia un pasadizo que lleva, en dirección este, a la sacristía, y en dirección oeste, al claustro. Aquí se conservan tres de sus pandas cubiertas, concretamente las del norte, oeste y sur, y aunque fue construido en la segunda mitad del siglo XVI, ofrece una estructura de pleno sabor gótico. Fuertes machones sujetan al exterior las bóvedas de complicadas formas estrelladas.

Sobre el costado oriental de este claustro se abre la gran Sala Capitular, uno de los espacios más bellos y evocadores de Monsalud. Se abre a lo que sería corredor claustral (hoy al patio directamente) a través de un alto arco apuntado, y se escolta de dos ventanales del mismo estilo, en cuyos basamentos se ven los huecos de los enterramientos de dos maestres calatravos. El interior es un espacio de dos naves divididas en tres tramos, por medio de dos columnas centrales a partir de las cuales, y desde sus grandes capiteles de tema vegetal, se alzan las bóvedas de complicada crucería. Hacia el norte se prolonga el monasterio con estancias diversas: el refectorio, la celda abacial, y en un segundo piso, sobre la sala capitular, el dormitorio de novicios, desde el que se abría una puerta que viene a dar en un coro sobre el brazo norte del crucero. Hoy estas dependencias en piso superior no son visitables.

Aún debe contemplarse la portada principal del cenobio, en estilo renacentista, muy bien recuperada, rematada con el escudo heráldico de la Congregación Cisterciense de Castilla. A través de esa puerta, y cruzando un zaguán de bella bóveda estrellada, se pasaba a las laterales dependencias de la Hospedería, o de frente se entraba al claustro.

Mucho más podría decirse de este edificio, de este conjunto solemne y evocador. De los detalles que le pueblan (puertas, escudos, fechas, pechinas) de los volúmenes que le constituyen y avaloran, o de la historia minuciosa de monjes, milagros y peregrinaciones. Para entrar en esos detalles ya están los libros. Pero para entrar en contacto con tanta maravilla, asombrarse de sus formas, y formar parte del batallón de quienes defienden el patrimonio monumental de la Alcarria, con una visita detenida cualquier día de un fin de semana primaveral, será suficiente. Hacerlo, eso sí, cuanto antes…

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Libros de Guadalajara en Toledo

El pasado martes 11 de marzo se inauguró en Toledo, en la Sala Borbón-Lorenzana de la Biblioteca Regional, sita en el Alcázar Real, la exposición “Los libros de Aache en Toledo”, que viene a ser una muestra antológica de lo que esta editorial alcarreña, que ya ha cumplido los veinticinco años de existencia y labor continuada, ha contribuido a la cultura escrita, bibliográfica y activa de nuestra provincia y, como acaba de reconocerse, de nuestra región autonómica.

Con una asistencia más que nutrida de interesados en el mundo del libro y la cultura, algunos procedentes de Guadalajara, y la mayoría de Toledo y otros lugares de la Región, el pasado día 11 de marzo a media mañana quedó inaugurada la exposición Los libros de Aache en Toledo, y que con la abreviatura de “ExpoAache” va a estar abierta todos los días a excepción de los domingos, y hasta el próximo 29 de marzo, en la sala Borbón-Lorenzana del Alcázar Real de Toledo.

Ni que decir tiene que, como creador en su día, hace ya más de 25 años, de esta empresa cultural, que ha recibido premios y alabanzas desde los más variados ámbitos de la Región castellano-manchega, me he sentido enormemente satisfecho de haber alcanzado este galardón (así lo considero, exponer tantos años de trabajo en un lugar tan emblemático) y solo quiero agradecer a cuantos me han ayudado en esta tarea a que llegara a tan señalada meta.

Autores destacados

La densa aportación de títulos, de temas, de referencias escritas sobre la provincia de Guadalajara, que la editorial Aache ha conseguido en los 500 títulos publicados hasta este momento, reconoce una enorme deuda de gratitud a los autores que han escrito libros y han aportado sus investigaciones, para que pasaran luego a la sede impresa de los libros. En esta tarea de la edición, que considero solo se puede hacer desde la perspectiva de un intenso amor hacia los libros (hoy es imposible plantear una empresa de este tipo con el objetivo de ganar dinero, porque es absolutamente imposible [de toda imposibilidad]), me he visto siempre apoyado de los autores, que han prestado, en su mayoría generosamente, sus investigaciones y sus desvelos para acrecentar la nómina bibliográfica que pusiera a Guadalajara en el lugar que le corresponde de la cultura histórica y monumental de España.

Entre esos autores, ha habido académicos y profesores de la más alta consideración. No deben ser olvidados los nombres de don Luis Cervera Vera, arquitecto y académico de Bellas Artes (publicó en Aache un extraordinario libro sobre Tendilla); de don Faustino Menéndez-Pidal y Navascués (actual secretario de la Real Academia de la Historia) que publicó en esta editorial su tratado de “Sigilografía Española”; de don Manuel Criado de Val, reconocido investigador del idioma, que en concreto prestó su nombre a la reconocida “Historia de Hita y su Arcipreste”; del profesor emérito de literatura, don José Serrano Belinchón, quien ha aportado a Aache numerosos títulos, claves para entender la historia y el ser de la provincia (especialmente ese gran Diccionario Enciclopédico que es todo un monumento al saber provincial); de José María Alonso-Gamo, que fue Premio Nacional de Poesía, con sus reconocidos libros sobre Catulo y Santayana; de don Francisco Layna Serrano, cronista provincial de Guadalajara, y académico por partida doble, Premio Fastenrath de la Academia de la Lengua, por sus “Obras Completas”, todo un monumento al saber provincia; de don Alfredo Villaverde Gil, presidente de la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha, por sus libros de viajes; de don Luis Monje Ciruelo, el decano de la prensa alcarreña; de don Francisco García Marquina, escritor reconocido en ámbitos internacionales; de don José Antonio Suárez de Puga, cronista de la ciudad de Guadalajara….. bueno, de varios cientos más, todos ellos y todas ellas de reconocida valía.

Cuando me pongo a considerar la lista de los autores y autoras que han dado vida con sus libros a la editorial Aache, y a la amistad que todos ellos me han brindado, quedo asombrado y casi hasta asustado… porque esa amistad y esa consideración son el mejor bagaje que la editorial lleva en su cartera.

Colecciones de referencia

La vida de una editorial está en sus colecciones. Desde el momento de su nacimiento, Aache pensó que todos los libros que publicara debían ir enmarcados en el título y corona de una colección, porque un libro solitario a veces puede perderse, en el bosque denso y cerrado de la bibliografía, pero un libro encuadrado en una colección, navega en mejor barco, con otros compañeros.

Así empezó con la colección más emblemática y numerosa hasta ahora, la denominada “Tierra de Guadalajara”, que camina firme (esta primavera conseguirá llegar) hacia el número 90, y en la que se han ido encuadrando estudios monográficos sobre los aspectos más variopintos de la provincia de Guadalajara: historias de pueblos (Sigüenza fue el primero, pero le siguieron Cifuentes, Tendilla, Pastrana, Horche, Yebes…), guías de monumentos (el palacio del Infantado fue también su inicio, pero siguieron el palacio de don Antonio de Mendoza, el Panteón de la condesa de la Vega del Pozo, la fuente de los Cuatro Caños de Pastrana, el castillo de Jadraque, la Casa del Doncel..), estudios de temas costumbristas (las fiestas Tradicionales de Guadalajara que fueron recogidas por López de los Mozos, más los estudios de artesanía y alfarería de Eulalia Castellote, la Cocina de Guadalajara de Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, o la Feria de las Mercaderías de Tendilla, por José Luis García de Paz, quien añadiría a la colección uno de sus títulos más emblemáticos: el “Patrimonio Desaparecido de Guadalajara”).

Con similares intenciones surgieron otras colecciones, como la de “Tierra de Castilla-La Mancha” en la que se han recogido, en diez volúmenes, una buena parte del acervo patrimonial de la Región autónoma, o la de “Tierra de Madrid” que ha ofrecido visiones de pueblos, monumentos y castillos de esa comunidad vecina. A punto está de iniciar su andadura una cuarta colección de este tipo, la titulada “Tierra del Quijote”, en la que van a aparecer estudios (de historia, de arqueología, de viajes y referencias literarias sobre la universal obra cervantina) referidos a pueblos de la región.

Pero otras muchas colecciones fueron surgiendo, nítidamente definidas por sus títulos, en temas como los viajes literarios (“Viajero a pie” es su título, y la inauguró García Marquina con  su “Guía del Viaje a la Alcarria” seguido de plumas ilustres como el catedrático Carrero Eras, el novelista Urioste y Ramón y Cajal, o el inolvidable charlista Felipe Olivier y López-Merlo), como los estudios universitarios (los “Scripta Academiae” han reunido ya treinta títulos de aspectos históricos principalmente, pero también médicos, biográficos y hasta de interpretación templaria…), siguiendo con la Colección “Letras Mayúsculas” en la que van casi 40 títulos de obras literarias, novelas, ensayos, primeras apariciones de escritores luego consagrados (recuerdo aquí a Juan Laborda, a Soledad López, a García Seror, a Luis Miguel Díaz… el próximo va a ser el profesor Pinel Martínez que va a obsequiarnos con una novela centrada en Arbancón).

Y siguen las colecciones: el “Archivo Heráldico de Guadalajara”, o el “Proyecto Lucena”, que nació quizás con más anhelos de los que podía y se quedó en eso, en proyecto, aunque con dos títulos mayúsculos, la “Escultura funeraria en España” de Ricardo de Orueta, y el “Elogio y Nostalgia de Sigüenza” de Alfredo Juderías. Y, por supuesto, la colección bandera de la editorial Aache, las “Obras Completas de Layna Serrano” que está en marcha, sigue viva, desde 1993 en que para conmemorar el centenario del nacimiento del cronista empezó a recoger todos sus libros y ahora lo está haciendo, -en volúmenes grandes, lujosos, cuajados de ilustraciones sorprendentes- con sus artículos y trabajos dispersos.

Una tarea cultural

Que la cultura está en todas partes, es algo incuestionable. Está en el teatro, en la música, en los recitales poéticos, en el cine, en la fotografía, en la pintura y escultura, en la enseñanza… y Guadalajara tiene, y ha tenido, mil y una formas de llegar a la Cultura a través de esas manifestaciones. Pero uno de los lugares donde con mayor presencia se decanta la Cultura es, sin duda, en los libros. Porque son más perennes, saben aguantar mejor el paso del tiempo, son capaces de llegar a más gente, durante más tiempo.

Y esa capacidad generadora de cultura que tienen los libros depende también de que estos existan, de que se hagan ediciones atractivas, bien diseñadas, abundantes… para que sean muchas manos las que los sostengan, y muchos ojos, y muchas mentes, las que pasen sobre sus líneas y acaparen lo que enseñan. Por eso la tarea de una editorial ha sido siempre benéfica, fundamental. Personalmente (y una vez más, la última ya, pido perdón por hablar en primera persona de estos temas) me siento muy feliz de haber creado esta (Aache, hace ahora 25 años) y haberla hecho así de grande, de nutrida y de gozosa. Porque solo quiero que de ella quede algo en el recuerdo de quienes la sepan: que trató de ofrecer el saber antiguo, las palabras nuevas, y siempre, siempre, la alegría de vivir plasmada sobre el papel y custodiada entre las tapas de sus libros.

El lugar de la exposición

La Sala Borbón-Lorenzana, sita en la 8ª planta (de ascensor) de la Biblioteca Regional de Castilla-La Mancha, en el edificio del gran Alcázar Real de Toledo, es uno de esos lugares “con magia” en los que uno piensa que ha cambiado de siglo –incluso de personalidad y de latidos- cuando se encuentra inmerso en ella.

Se trata de un enorme espacio rectangular, cubiertos sus muros de estanterías de madera, tras cuyas celosías de cristal asoman los lomos pardos, negros y rojizos de miles y miles de libros antiguos. En esas vitrinas se guarda la colección bibliográfica que da nombre a la sala, la Colección Borbón-Lorenzana, que por su riqueza y singularidad se constituye en una de las más importantes colecciones de libros de Europa. Está compuesta por unos 700 manuscritos, 414 incunables y más de 100.000 libros impresos entre los siglos XVI y XIX.

El origen de esta Colección está en la Biblioteca Arzobispal que el cardenal ilustrado Francisco Antonio de Lorenzana abrió en su Palacio en 1773 por mandato del rey Carlos III. En ella, reunió el legado bibliográfico de los fondos pertenecientes a sus antecesores en el arzobispado, libros valiosos y objetos curiosos que él mismo trajo de su estancia en Méjico, y más de 9.000 libros propiedad del colegio de Jesuitas. Dicha colección se enriqueció en 1794 con los libros del futuro cardenal Luis María de Borbón. Tras la Desamortización de Mendizábal, llegaron a Toledo miles de libros procedentes de los conventos exclaustrados, y que se añadieron a la Biblioteca Arzobispal. Esos miles de volúmenes pasaron luego al Hospital mendocino de la Santa Cruz, en 1919, y de allí a la Casa de la Cultura en 1966. Cuando se creó, en 1998, la Biblioteca Regional de Castilla-La Mancha, el conjunto de muebles y libros se puso en ella, adecuando una gran sala con las medidas exactas para acoger el conjunto original.

Entre los ejemplares más importantes destaca el Catholicon de Joannes Balbus, las Introductiones latinae de Antonio de Nebrija, una Biblia de Plantino, así como ejemplos de lujosas encuadernaciones y cubiertas mudéjares. Muchos libros iluminados, compendios heráldicos, y un extraordinario conjunto que hacen de esta sala un verdadero monumento de la cultura de nuestra tierra. Algo que por sí mismo merece la pena visitar. Y esta va a ser una ocasión excepcional de hacerlo.

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