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Literatura Popular en Guadalajara

Nuestra Señora la Virgen de la Antigua de GuadalajaraCuentos, leyendas, autos sacramentales, piezas de representación, romances populares… cuando la provincia tenía más habitantes, y eran de los que recibían de generaciones anteriores, como si fuera una joya, la tradición oral de sus ancestros, no había quien se perdiera en saber de orígenes o tendencias. Todo era nacido del pueblo, repetido por la gente, aplaudido por chico y grandes.

La provincia de Guadalajara, que tiene una poblacion eminen­temente rural, y siempre ha vivido de esa tierra que todo lo preside y lo determina, posee un rico patrimonio etnológico en forma de litera­tura popular, que creemos interesante debe ser conocido y, sobre todo, protegido y alentado.

Dentro de una tradición eminentemente castellana, la provin­cia de Guadalajara nos muestra hoy su rica variedad de cuentos, de leyendas, de romances, de loas y de autos sacramentales. Evidentemen­te, solo una pequeña cantidad de ellos ha llegado hasta nuestros dias. Las nuevas condiciones de vida, y especialmente la homogeneizacion de la informacion y las metas culturales han impuesto, como en otros aspectos de lo etnológico y costumbrista, la desaparición por olvido e incluso por rechazo de muchas formas tradicionales del vivir.

Los cuentosque “las viejas cuentan al amor de la lumbre” son similares a los del resto de Castilla. Algunas figuras tradicio­nales de la literatura de ficción en Guadalajara están en muchos otros lugares de nuestra región: el hombre del saco, la princesa encantada, los animales que hablan, etc. Todo ello deriva de una tradición que es a la par cultista y popular. Se pierde en la remota Edad Media, de trovadores y poetas palatinos, el origen de estos cuentos hoy popu­lares, y que se han ido transmitiendo de boca en boca durante largos siglos.

Las leyendas, que suelen ser más puntuales, breves y rela­cionadas con el punto geográfico en que se refieren, tienen en Guada­lajara una amplia representación en todas sus formas. Reconocen las leyendas orígenes comunes a otras regiones, a otros pueblos. Como toda literatura popular, las leyendas tienen un origen ancestral, primiti­vo, remodelado por la religión, los usos sociales, la política e incluso las formas de vida de cada pueblo. Y, aunque tamizadas por lo local, muestran un fondo común a muchos lugares.

Pueden considerarse tres tipos de leyendas: las de caracter general; las de caracter estrictamente local, especialmente relaciona­das con hechos milagrosos, apariciones de vírgenes, etc; y las comar­cales, referidas a hechos semi‑historicos. De todas ellas exis­te nutrida representación en nuestra tierra alcarreña.

De las leyendas de tema general no merece la pena insistir. De aquellas que tienen un caracter localista, existen bonitos ejem­plos, como la que refiere que los montes Ocejón, Santo Alto Rey y Moncayo eran tres hermanos a los que, por estar siempre peleándose, su madre los castigó a estar siempre viéndose pero nunca juntos; o aque­llas que en Sigüenza, en Molina y Brihuega refieren la existencia de largos túneles que comunicaban castillos con catedrales; e incluso las que hablan de castillos huecos como en Zafra. Tambien hay leyendas de tipo zoológico, en las que intervienen animales fantásticos, creci­dos por la fantasía popular: la serpiente que cerraba el paso a los viajeros en Salmerón, el oso con el que luchó Alfonso VI en los páramos boscosos del Badiel, o el perro que en Albalate encontró a la orilla del Tajo la Cruz milagrosa.

La mayoría de las leyendas, sin embargo, son de tipo mario­lógico, relacionadas con la aparición de la Virgen Maria, en los inicios siempre de la repoblación de la comarca, en los momentos en que surge el pueblo de la nada. La variedad de leyendas relacionadas con apariciones e invenciones de la Virgen es tan grande que se hace imposible particularizar. Abundan las formas de aparición sobre ár­boles, en ruinas, en cabañas, y aquellas otras que ante pastores, labradores y gentes casi siempre humildes, María pide que en aquel lugar se levante una ermita o santuario en su honor.

En el plano de las leyendas de fondo histórico, nuestra tierra posee un rico venero de dichos relacionados con los moros y la reconquista del territorio por parte de los cristianos. Son leyendas elaboradas durante los siglos en que esa reconquista se llevaba a cabo, o poco despueé, pero siempre por parte del elemento conquista­dor. Destacan algunas como las que suponen las conversiones milagrosas de destacados gerifaltes musulmanes: del terrible moro Montesinos que asolaba las alturas de Cobeta; de Aly‑Maymon en las cercanías de Sopetran; de la princesa Elima en su castillo de la Peña Bermeja de Brihuega, etc. Tambien hay leyendas que cuentan amores de guerreros cristianos y princesas moras. O las que refieren lugares y trances donde los islamitas dejaron enterrados sus valiosos tesoros, todos ellos encantados. Finalmente, han sido las leyendas referidas a la reconquista del territorio las que con mayor viveza han llegado hasta nuestros días, e incluso aun suscitan discusiones y estudios: sirva de ejemplo la conseja que dice como Alvar Fañez conquistó la noche de San Juan del año 1085 la ciudad de Guadalajara, y en otros pueblos de la Alcarria, aplicados a sí mismos, refieren parecida hazaña. En algunos puntos de nuestra geografía provin­cial, esa con­quista guerrera y preñada de heroismos la protagoniza Ruy Diaz de Vivar, el Cid Campeador.

Los romancesson composiciones rimadas que cuentan leyendas o cuentos conocidos de otro modo. En este sentido, es bastante escasa la tradicion en Guadalajara, o al menos han sido muy escasos los ejemplos de romances especificamente alcarreños, serranos o molineses que se han conservado hasta nuestros días.

Uno de los aspectos mas interesantes de la literatura popu­lar de Guadalajara son las loasy los autos sacramentales. Ambas son piezas literarias destinadas a la representacion teatral, comunitaria, que suele ponerse en práctica en espacios abiertos, como plazas de pueblos, puertas de santuarios, etc., y en ocasiones festivas de tipo religioso. La tradición popular confunde generalmente con ambos nom­bres, loasy autos, a estas representaciones. E incluso les da otros muchos y variados nombres: saienetes, comedias o funciones. Por ello creo que es más conveniente, al menos desde un punto referencial unico, denominarlas como piezas de representación.

De ellas, unas tienen por contenido aspectos divertidos de las relaciones humanas. Se ven retratados tipos o personajes conocidos de todos. Y se celebran humorísticamente sus andanzas y problemas. Pero las piezas que más raigambre poseen en Guadalajara, y se han hecho famosas incluso fuera de nuestras fronteras son las llamadas loasy los autos sacramentalesde determinados lugares. Sin llegar a tener el caracter del auto barroco culto, como él presentan situa­ciones de maniqueísmo a ultranza, con perennes luchas del Bien y el Mal, y triunfo permanente del primero. Se relacionan, por supuesto, con la religión católica, sus misterios y ritos, y se representan con motivo de fiestas populares religiosas, muy especialmente en torno al “Corpus Christi” o sus octavas.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

Sabemos por noticias documentales de la existencia de estos Autos en lugares como Horche, Valdenuño‑Fernández, Saúca e incluso el mismo Guadalajara. Las calles y plazas de estos lugares servían en los inicios del verano para representar estos autos. Hoy en día aun quedan algunos y se siguen representando en Utande, en Molina de Aragón, junto al barranco de la Virgen de la Hoz, en la fiesta llamada de la Loa, y en Hinojosa, con motivo de la Soldadesca. En Majaelrayo tambien se representan las loas del Santo Niño. Pero donde estas piezas de la literatura  popular alcanzan mayor variedad e interés es en el serrano enclave de Valverde de los Arroyos, donde se han conservado al menos cinco de estas piezas, y se tiene referencia de la antigua existencia de muchas otras.

En las fiestas de la Octava del Corpus, Valverde revive todos los años, al compás de las danzas y los vivos colores de sus cofrades del Santisimo, la representación de sus ancestrales piezas en el portalejojunto a la iglesia. Obras como El papel del Género huma­no, El Auto de San Miguel, El sainete de Cucharón, la Loa de las Tres Virtudes y la Loa del Pastor y del Galán,ponen en estas fiestas su nota de color y de gracia espontánea. Las representaciones se hacen por hijos del pueblo, a costa de su trabajo personal, de su prepara­ción y entusiasmo. De ese caracter eminentemente popular de las obras de Valverde surgieron cosas como esa pieza titulada La Mentira Prove­chosaque escribió en 1929 Macario Benito bajo el seudonimo de Beyma, pastor de Ocejón, y que venía a ser “un juguete cómico para represen­tar en verso en dos actos y un epilogo”, bueno para ser hecho entre amigos. En esa misma tradición popular, surgió hace unos años otra excelente pieza, firmada por los autores Emilio Cuenca y Margarita del Olmo, en que con la técnica ancestral de la loaversificada se pone en representacion una leyenda que habla de la aparición y devoción a la Virgen de Castejón en la Villa de Jadraque.

Todas estas son, en definitiva, formas tradicionales, pero vivas y permanentemente renovadas, de la literatura popular, que en la provincia de Guadalajara han tenido durante muchos siglos un gran predicamento entre su poblacion de carácter eminentemente rural, y gracias al continuado interés por salvar y proteger las raices autóc­tonas y costumbristas, siguen interesando y manteniendose. El esfuerzo de todos por recoger, cultivar y mantener viva esta “literatura popu­lar” nunca será en vano.

Un alcarreño ilustre: el doctor Malo de Poveda

El doctor Malo de PovedaDe los muchos nombres que la Alcarria ha dado para el arte, la ciencia y el progreso, de Salmerón han salido varios. Y de entre ellos quiero hoy destacar uno, la figura de un médico, especialista en enfermedades pulmonares, un hombre ocupado y preocupado, un español de raza: el doctor don Bernabé Malo de Poveda y Écija, visible ya en los anales médicos y literarios españoles.

Ha sido gracias a la amabilidad de mi buen amigo Tomás Santana Rey, que he tomado contacto con la figura histórica del doctor Bernabé Malo de Poveda y Écija, natural de Salmerón, y que tuvo una activa vida profesional y científica en la segunda mitad del siglo XIX.

De porte señorial, tal como podemos verle en el único retrato que ha quedado de él, encontrado casi entre los restos de su vieja casa de Montalbo (Cuenca), deteriorado y descolorido, pero evidencia de que alguien de buena mano trazó su silueta: calvo, con gafas, serio y concentrado. Parece tener unos 51 años, que fue a la edad en que se casó.

Nació en Salmerón, en 1844, de una familia que, por el apellido de su padre, Malo, debía proceder de Valdeolivas, donde no es raro este apellido, aunque el Écija de su madre es hoy todavía corriente en la villa alcarreña de su nacimiento. Sabemos, porque está documentado, que andando los años cambió (y fue registrado oficialmente en el Boletín Oficial de la Provincia) su apellido que pasó a ser “Malo de Poveda” pues unió en uno solo los dos de su padre. Quedando como segundo el de su madre. Hubo quien dijo que lo hizo por heredar los bienes de los Poveda (que eran los ricos de Montalbo), pero lo más probable es que fuera por algunos posibles mofas que, ya entre estudiantes, y aún después, le vendrían, al ser doctor y apellidarse Malo, como si eso fuera un impedimento para alcanzar una saneada clientela, al uso del tiempo.

Casó mayor, en 1895, con una jovencísima viuda, Juana Cañizares Morcillo, de 24 añitos entonces. Quizás no entraba en el cómputo de sus más que abundantes virtudes el conveniente criterio de la economía, y debió de gastar (ella, que venía sin un real en el bosillo) más de la cuenta, socavando poco a poco los pilares financieros de la familia de don Bernabé. Esto es un suponer, aunque en el testamento que el médico hizo en 1920, y aparte de muchas otras consideraciones personales que en él hace, al principio coloca esta frase que es contundente y expresiva: “Yo creo en Dios. Enfermo crónico de la aorta por causas puramente emocionales (graves disgustos domésticos) según diganóstico del decano de los especialistas españoles, mi maestro y amigo don Antonio Espina….. casado el año 1895 con doña Juana Cañizares Morcillo y separado de ella en 1915, del modo que se llama amistoso, después de muchos años de sufrimiento y de una decepción absoluta, mi criterio en cuanto a lo económico ha de ser lógicamente y forzosamente distinto y aún opuesto al criterio general”.

Ello supuso que todos sus bienes, que él pretendía fueran pocos a su muerte, quedaran a la administración de un grupo de sus amigos (entre los que figuraba, curiosamente, el sabio Rufino Blanco Sánchez) y que los bienes inmuebles heredados de sus ancestros los Poveda de Montalbo quedaran para la creación de un gran centro educativo para el pueblo conquense, en el que hoy todavía, y por esta razón, se venera su memoria. Murió en 1927, bastante solo, y aislado, lo cual lamentó mucho en sus últimos años. La viuda (que le atendió en su enfermedad última, que quede claro) era muy querida en Montalbo, donde la llamaban “la doctora”, y sobrevió hasta 1944, que fue empezó a pensarse en levantar el centro educativo que había fundado el doctor Malo de Poveda.

Estos datos, que pueden parecer anecdóticos, los proporciona un estudioso montalbeño, don Antonio Escamilla Cid, que ha seguido al milímetro la vida personal, y la actividad científica, de este alcarreño que sube a estas páginas especialmente por esa segunda parte, la de su proyección generosa y destacada en la historia de la Medicina Española.

La carrera de Medicina la estudió en la Universidad Central de Madrid (hoy llamada Complutense…) y puso enseguida su atención, desde la generalidad d ela Medicina Interna, en las afecciones torácicas y pulmonares, y más concretamente en la tuberculosis, que esn la segunda mitad del siglo XIX alcanzó grado de pandemia, siendo un azote social y llevándose prematuramente a la tumba a millones de seres en todo el mundo. Preocupados por esa enfermedad estaban todos los médicos de Occidente, y en los estudios (capitaneados por Koch) tendentes a encontrar la causa y sobre todo el remedio de la enfermedad, formaron muchos médicos, y entre ellos, y como de los más destacados en España, Bernabé Malo de Poveda y Écija, a quien aquí recordamos.

Guia del Viaje a la Alcarria de Camilo Jose Cela por Garcia Marquina

De su obra, que es amplia y prolija, destacaremos sus actividades asistenciales (tenía consulta abierta en la calle Vélez de Guevara, en el primer piso del número 5), sus labores organizativas de asociaciones profesionales y estatales tendentes a la prevención y cura de la enfermedad, y finalmente su empeño investigador, que cuajó en numerosos libros, cartillas, manuales, conferencias y comunicaciones en congresos.

Del gran caudal de bibliografía que ha podido reunir el investigador Escamilla Cid, deben destacarse los libros “La lucha contra la tuberculosis en España”, el “Manual de Tisiología Popular”, el catáologo de los “Nuevos instrumentos de percusión clínica”, la “Guía sinóptica para el diagnóstico y asistencia de los enfermos tuberculosos” y un gran trabajo sobre otro de los temas que más le preocuparon, “Alcohol y alcoholismo ante la higiene: ensayo de estudio médico-social”. Todo ello publicado en las dos primeras décadas del siglo XX, que fueron las más productivas de Malo de Poveda.

Entre sus obras cabe destacar una de ficción, “Amor y Conciencia”, que viene a ser un “drama en tres actos” precedido de un prólogo o conferencia acerca de la actividad médica y curativa, y en la que el protagonista es un doctor que tiene muchísimos parecidos con el autor de la obra.

Como activo intérprete de la lucha contra la enfermedad, Malo intervino enla creación de la Comisión Permanente contra la Tuberculosis, que posteriormente pasó a denominarse “Real Patronato contra la Tuberculosis”, estando presente como secretario general de la Asociación Antituberculosa Española, y con cargo de elevado rango en el Ministerio de la Gobernación, en su vertiente de protección de la población frente a la pandemia. Participó en todos los Congresos, nacionales e internacionale sque sobre el tema se organizaron, y en aquellos años figuró a la cabeza de los activos protagonistas contra el mal bacilar que tantas vidas se llevó injustamente.

Creo que está más que justiifcado este recuerdo al doctor Bernabé Malo de Poveda y Écija, alcarreño de Salmerón, no solo por lo anecdótico de su vida personal, sino sobre todo por la gran capacidad de trabajo, y los esfuerzos permanentes que por mejorar la vida de sus conciudadanos desarrolló a lo largo de su vida. Quedó enterrado en Madrid, en sepultura adquirida y tras un entierro modesto “en coche de dos caballos” por su expreso deseo de “no molestar a los amigos con el compromiso de un acompañamiento que debe reservarse solo a los muy íntimos y que, por serlo, sepan de mi defunción”.

50 Autores en busca de 100 Propuestas

Cincuenta autores en busca de cien propuestasHace un par de años saqué adelante un libro, titulado “Cien Propuestas esenciales para conocer Guadalajara”, que tuvo una buena repercusión en la sociedad guadalajareña, llegando a presentarlo, a petición de algunas instituciones y asociaciones, en diversos pueblos de la provincia.

Fue una idea que surgió charlando entre amigos, la de hacer una referencia de nuestras maravillas (monumentales, gastronómicas, paisajísticas, históricas y arqueológicas) y así poner en las manos de muchos esa propuesta (centuplicada) de conocer bien Guadalajara, de conocerla a fondo.

Cargado de nombres, de imágenes, de planos y sugerencias, nacieron estas “100 Propuestas esenciales para conocer Guadalajara” que si algún valor tienen es el de contar con cincuenta firmas que le han hecho posible y dado vida.

He tenido la suerte de que más de 50 amigos y amigas hayan querido colaborar en este libro, cada uno con las quinientas palabras que le spedí que pusieran en torno a un monumento, un acontecimiento, un paisaje… Todos han cumplido a la perfección, y a todos les agradezco su colaboración. Porque han dado la razón a quienes piensan que esta provincia hay que hacerla entre todos. Especialmente entre quienes la conocen a fondo, y la quieren viva.

Hoy me ocupo simplemente de hacer relación de todos esos cincuenta autores que han hecho posible esta aventura, que es algo más que un libro. Es todo un “centálogo” de amenas posibilidades, de obligados caminos y aventuras aseguradas.

Entre ellos hay nombres clásicos, que fraguan con su palabra el clasicismo de estas páginas: está José Antonio Suárez de Puga que nos entrega un poema sobre Beleña; Francisco García Marquina, que nos da certera su visión del Arcipreste de Hita, y Alfredo Villaverde Gil, que nos dice también, en esencia, quien fue el Marqués de Santillana. Y está, en fin, el más veterano, Luis Monje Ciruelo, que nos da noticia del lugar donde vivió su niñez, Palazuelos.

Hay firmas consolidadas, con muchos años de escritura detrás, muchos saberes. Y aquí están sus nombres y sus aportaciones: José Serrano Belinchón, tal vez quien más páginas ha escrito sobre nuestra provincia, que aquí nos habla del Hayedo de Tejera Negra.

Está Tomás Gismera Velasco, que nos dicta y resume todo sobre La Caballada y hace malabarismos para meter en 500 palabras la biografía de Layna Serrano.

Está también la veteranía de Santiago Arauz de Robles, con su evocación de la Vega de Arias, y Juan José Bermejo, especialista en puentes, con su estudio sobre el de Guadalajara capital.

Se presentan entre ellos las firmas de Pedro Aguilar, que pone en valor el Festival Medieval de Hita, y Benjamín Rebollo Pintado, quien expresa los significados de las botargas personificadas en la de Peñalver.

Están además las plumas de Andrés Acosta González representando al colectivo de amigos del Arte Paleolítico y la Cueva de los Casares, o María Pilar Martínez Taboada, cronista seguntina, con su voz clara diciendo el renacer de un viejo edificio románico, la iglesia de Santiago en Sigüenza.

Tenemos la suerte de contar en este libro con los escritos de Angela Ionesco, siempre expresión del monasterio de Buenafuente, y de Juan Pablo Mañueco, poeta y novelista, que en esta ocasión nos entrega un breve ensayo sobre el Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo.

Además de la colaboración de Francisco Martín Macías, poniendo en valor ambientes serranos, como la Ciudad Encantada de Tamajón, y la de Agustín Tomico Alique, rutero incansable, que en este libro se va a la laguna de Taravilla , y al salto de Poveda, esencias del Alto Tajo.

Suenan además las plumas de Pedro Pradillo y Esteban, el más indicado para hablar en este catálogo de La Concordia de Guadalajara; o Javier Sanz Serrulla, que nos dice la esencia de la catedral seguntina; sin olvidar a don Agustín González Martínez, alma de los Museos de Atienza, quien nos los explica y resume.

Firmas imprescindibles en este libro eran las de serranos como José Fernando Benito Benito, quien nos presenta la maravilla natural de Valverde de los Arroyos, y José María Alonso Gordo, que se encarga de analizar la fiesta valverdeña de la Octava del Corpus. A ellos se añaden Luis Monje Arenas, viajero empedernido, que aquí nos invita a acompañarle en su ascensión a las Tetas de Viana, y Teodoro Alonso Concha, descubridor y defensor de los ángeles de Tartanedo…

La voz de Jesús Orea es múltiple en este libro. Y lo es porque sabe expresar con precisión las cosas que cuenta. En esta ocasión nos dice lo que es el castillo de Torija, y su contenido, y lo que significa el Tenorio Mendocino.

100 Propuestas Esenciales para conocer Guadalajara

100 Propuestas Esenciales para conocer Guadalajara

Aún cabe señalar las colaboraciones de Rafael Bachiller, director del Observatorio Astronómico Nacional, quien nos habla del Cielo de Guadalajara, o Plácido Ballesteros Sanjosé, analista de la fuente de Albalate, más las firmas de Ismael Gallego Puchol, alma mater del Museo de la Batalla de Abánades; Miguel Angel Ortega Canales, que es lo mismo del Museo Diocesano de Arte Antiguo de Sigüenza, del periodista Raúl Conde Suárez, que nos ofrece su visión del castillo de Galve, y de Juan José Llena da Barreira, que analiza a fondo el retablo plateresco de Balconete.

Y hay firmas jóvenes, que llegan con fuerza, que saben y quieren…

Por ejemplo, la de Víctor Foguer Condado, que nos ilustra sobre los encierros de Brihuega y el río Ungría.

La de Amador Ayuso Cuevas, cuyas ideas han centrado cosas como la naturaleza boscosa del valle del río Tajuña, la fuente de Fuentelencina o la viga románica de Valdeavellano.

Eduardo Pastor Illana, que se lo sabe todo de Lupiana, es quien habla del monasterio jerónimo de San Bartolomé.

Tomás Barra Florián, creciendo en saberes, aporta la esencia del palacio de Antonio de Mendoza, en la capital, como Jesús de Velasco Cubillo lo hace sobre el Palacio del Infantado, o Juan Gabriel Ranera Nadador, que sabe exponer resumida la gran historia que hay detrás de los Tapices de Pastrana.

Aparecen en estas plumas jóvenes Marta Embid Ruiz, quien nos habla de su pueblo, de Huertapelayo, y Diego Sanz Martínez, que también aporta temas molineses al conjunto (retablo de Alustante, y el barranco de la Hoz).

Es Elena Romera Valdehita quien nos guía, como ella sabe hacerlo de bien, por Brihuega.  Y Javier Fernández Ortea nos abre la puerta, como ha hecho a diario durante los últimos años, del Monasterio de Monsalud, explicando su historia antigua y futura. También nos sirve de guía por Atienza Juan Jesús Asenjo, como lo hace el biólogo Alfonso Herrera Bachiller en sus andanzas por los parajes más salvajes de la provincia. Neófito también, pero con largos saberes, es José María Alonso Noguerales, que nos trae el aire fresco del Ocejón y la Sierra.

Hay algunas firmas de personas que ya no viven. De una u otra manera, yo contaba con sus textos, de otros libros, de artículos, y los he puesto. Es un pequeño homenaje a su memoria.

Ahí están los nombres de José Luis García de Paz (que nos habla de la Princesa de Éboli), y de José Ramón López de los Mozos, con sus saberes múltiples, que desgrana  los méritos de fiestas como las Mascaritas de Almiruete o los Diablos de Luzón, más la esencia alcarreña de la calle mayor de Tendila.

De Dimas Fernández-Galiano, que inició las excavaciones en Recópolis,

De Jesús Valiente Malla, profesor de la Universidad de Alcalá, sobre el acueducto romano de Zaorejas.

De Juan Luis Francos, que conocía las bodegas de Horche como nadie.

De Felipe María Olivier y López de Merlo, que nos dejó tantas páginas sobre las picotas: pues ahora la mejor, la de Fuentenovilla.

Y del propio Layna Serrano, que nos habla de castillos, del de Zafra concretamente.

100 propuestas esenciales para conocer guadalajara

100 propuestas esenciales para conocer guadalajara

Acabo esta relación diciendo que yo también he escrito algunas de estas propuestas. En concreto, otras cincuenta. De esas que me han llamado siempre con su fuerza y carisma, y no quería dejar de cantarlas, de anunciarlas a todos. Creo, en definitiva, que hemos montado, entre cincuenta amigos y amigas, un buen coro, y que nos hemos hecho oir. Ahora, que todos los demás prosigan el viaje, porque hay cien pautas para montarlo.

Rollos y Picotas

Valdeavellano picota

La Picota de Valdeavellano

Siguiendo el camino de recordar y alentar la visita de los elementos patrimoniales que forman el contexto de las esencias de nuestra tierra, me paro hoy a considerar la historia, evolución y significado de los rollos y picotas. Y de entre todos los de la provincia de Guadalajara, el más destacado de ellos, que es sin duda el que se conserva en Fuentenovilla.

La historia de los rollos y las picotas es la historia de una confusión. ¿Son la misma cosa o son cosas diferentes? Al monumento de similares características, se le denomina rollo en unas localidades, y en otras se le llama picota. Aunque existe sin duda una diferencia conceptual en ambos términos, la forma de llamarlo en uno y otro sitio es simplemente el resultado de un largo proceso de tradición oral, conser­vándose en algunas comarcas el nombre de picota, en otras el de rollo, y en muchas zonas dándosele ambos nombres.
Puede decirse que la picota fue elemento de ejecución de justicia. Es la primitiva denominación y el uso más antiguo. Un poste de ejecución penal, donde los condenados por un tribunal debían someterse al escarnio y la vergüenza pública (de ahí viene la frase poner-a uno- en la picota), o donde incluso eran ajusticiados, quemados, ahorcados o colgados de unos garfios de hierro. Se colocaba siempre lejos de poblado, en algún otero o cerro, junto a los caminos. Otra forma de denominar a esta pieza era la de horca, que tenía el sentido evidente de colgar para ahorcar al reo de la justicia. El rollo, por el contrario, era símbolo de soberanía y jurisdicción, y representaba el concepto de soberanía autónoma en lo jurisdiccional por parte de la localidad que lo exhibía, y que tenía por tanto el título de villa. Sabemos que, muy excepcionalmente, en alguna localidad se alzaron monumentos distintos para la función penal y para el simbolismo jurisdiccional.
La mayoría de los ejemplos que hoy quedan por Guadalajara cumplían la función de rollo, esto es, significaban de forma evidente la capacidad de auto-jurisdicción que como villa gozaban. Por eso, más que un baldón eran un lujo. Y así lo entendieron los antiguos.
Entre sus características, conviene resaltar algunas cuestiones, muy definitorias: El rollo es un monumento levantado con autorización real.Su estructura es de gradas, basa, fuste, capitel y remate.Se localiza en las entradas/salidas o en la plaza del pueblo.Se ajusta perfectamente al marco urbano en que asienta.Tiene pretensión de elemento artístico.Está realizado con materiales que le confieren permanencia, como la piedra caliza, o la berroqueña, bien tallada, y a veces añade blasones, cadenas, garfios, etc.
Podríamos calificarlos, en punto a estilos, en góticos puros, góticos de tradición, renacentistas plenos, y renacentistas decadentes.
Los rollos y picotas se extendieron en su momento de mayor auge, el siglo XVI, por toda España, Portugal e Iberoamérica. En España, es especialmente la meseta castellana (la superior y la inferior, incluyendo las tierras de Madrid) la que ve mayor número de estos monumentos. Pero también existieron, y aún se encuentran algunos dispersos, en Alava, Navarra, Asturias y Andalucía. En Portugal, especialmente en su mitad norte, fueron también numerosos. Y también en Hispanoamérica fue relativamente frecuente, pues aquellas localidades fundadas ex-novopor los españoles, y a las que el Rey confería ya de entrada el título de villa con jurisdicción propia, levantaron sus rollos en la plaza central.
Las villas que podían erigir y exhibir públicamente un rollo, lo hacían en virtud de algunos de estos tres mecanismos:Concesión del título de Villa por el Rey o señor; escriturasde fundación de una nueva Villa, o por cambio de jurisdicción y nombramiento de Villa.
Cuando se producía oficialmente la concesión y, unos meses después, la erección pública del rollo, se procedía a celebrar ceremonias muy amplias y concurridas, con ritos meticulosamente observados y recibidos con alborozo por las poblaciones. Este ceremonial de creación de Villa y erección del rollo se hacía a través de los siguientes pasos:primeramente la concesión del título por el rey o documento público.Seguirdamente tenía lugar la visita al lugar del Juez de Comisión.Posteriormente se producían las visitas de las jerarquías locales y el Juez a la taberna, la carnicería, los lugares públicos diversos del lugar.Y finalmente se acababa con el amojonamiento meticuloso del término, que te´nia lugar en medio de una verdadera romería.
Ya hemos visto que la época fundamental en que se alzan los rollos y picotas son los siglos XVI y XVII. Cientos de ellos se alzaron nuevos, o se renovaron, en esas centurias. Todavía en el siglo XVIII, aunque ya en franca decadencia, se elevaron algunos. Y solamente unos escasos lo hicieron a comienzos del XIX o en algún momento de predominio absolutista de dicho siglo. El siglo XIX es, por definición, el momento en que ve la desaparición, por decreto, de estos monumentos, que a pesar de todo, muchos pudieron salvarse.
Aunque en el siglo XIX se promulgaron en dos ocasiones (Cortes de Cádiz y regencia de María Cristina) decretos para destruir totalmente estos monumentos, por lo que entonces se pensaba que significaban de opresión, muchos se salvaron, por no haber llegado la noticia de los decretos a los pequeños pueblos, pero no todos sobrevivieron al abandono y los elementos meteorológicos. Desde 1929 comenzaron a aparecer decretos que apoyaban su protección, y hoy puede decirse que muchos pueblos tratan de recuperar sus perdidos rollos, o reconstruirlos.
La provincia de Guadalajara es la que mayor cantidad de rollos y picotas tiene en la actualidad, conservados de antiguo, o recuperados y rehechos. Más de cinco docenas de elementos podemos encontrar si nos dedicamos a viajar en su búsqueda.
Por poner un ejemplo, el más llamativo, de todos ellos, debemos recordar el de Fuentenovilla. Se encuentra emplazada en el centro de la clásica Plaza Mayor, sobre cuatro gradas circulares de piedra. Consiste su estructura en dos columnas cilíndricas superpuestas de gran esbeltez; el fuste de la inferior es liso y a modo de pedestal sostiene a la superior que es acanalada y termina en un capitel del que sobresalen en sus cuatro esquinas sendos cuerpos de monstruos humanos con cabezas de animales; como cimera de base cuadrada se levanta una balaustrada con adornos o pináculos en los ángulos esquineros; en su centro se elevan tres troncos de pirámide superpuestos y en disminución, correspondiendo el más pequeño al más alto y cuyos simulados tejadillos están cubiertos de escamas, alzándose sobre el último una bella cruz de hierro forjado. Es obra del siglo XVI en sus finales, aunque el privilegio de Villa le fue dado un siglo antes, en el año 1495.Se atribuye su diseño y construcción al taller de los hermanos Adonza, que venidos de Granada a instancias del señor de Mondéjar, capitán general del Reino, fueron los encargados de construir la gran iglesia parroquial mondejana, y derramar algo de sun ingenio renacentista por lugares mínimos como este de Fuentenovilla.

El castillo de Jadraque

castillo de jadraqueTiempo de otoño, tiempo de visitar Guadalajara. Riberas amarillentas y alturas azules. Una sucesión de pueblos en silencio, de castillos olvidados, de monasterios en ruina. Pero todo ello se amalgama en una sucesión de sugerencias que nos prestan el dictado de su esencia secular. Hay que volver a la tierra, caminarla, subir a sus altos cerros. Por ejemplo, el que mantiene al castillo de Jadraque, con latido. 

El viajero que por la tierra de Guadalajara, o por toda Castilla, busca visitar las viejas fortalezas medievales y admirar sus estampas, llegará de forma obligada ante Jadraque, y recordará la frase que el pensador José Ortega y Gasset le dedicó en uno de sus viajes, que venía a decir que se trata del cerro más perfecto del mundo. Sea o no cierta esa afirmación, el caso es que el castillo jadraqueño, en el borde de la Alcarria y en el inicio de la Campiña del río Henares, ofrece un aspecto soberbio culminando con silueta humana la sencillez de un fragmento de hermoso paisaje.

Recordamos su historia

Le llaman a este el castillo del Cid, porque en la tradición popular queda la idea de haber sido conquistado a los árabes, en lejano día del siglo xi, por Rodrigo Díaz de Vivar, el casi mitológico héroe castellano. La erudición oficial había descartado esta posibilidad por el hecho de que en El Cantar de Mío Cid aparece don Rodrigo y su mesnada, tras pasar temerosos junto a las torres de Atienza, conquistando Castejón sobre el Henares, y ostentando durante una breve temporada el poder sobre la villa y su fuerte castillo. Se había adjudicado este episodio al pueblecito de Castejón de Henares, de la provincia de Guadala­jara, que, curiosamente, está junto al río Dulce, apartado del Henares, y sin restos de haber tenido castillo.

El poeta de la gesta cidiana se refería a una fortaleza de importancia, vigilante del valle del Henares, a la que llaman Castejón los castellanos, en honor de su aspecto, pero que para las crónicas árabes puede tener otro nombre. Era éste Xaradraq. Y fue concretamente el Jadraque actual el que conquistó el Cid en sus correrías por esta zona de la baja Castilla en los años finales del siglo xi. Teoría ésta que todavía se confirma con el hecho de haber sido denominado durante largos siglos, en documentos de diversos fines, Castejón de Abajo a Jadraque, que hoy tiene una ermita dedicada a la Virgen de Castejón, de la que es fama estuvo mucho tiempo venerada en lo alto del castillo.

Todo esto viene a cuento de confirmar para este casti­llo del Cid de Jadraque su origen cierto en la conquista del héroe burgalés. Antes, sin embargo, ya tenía historia. Por el valle del Henares ascendía la Vía Augusta que desde Mérida a Zaragoza conducía a los romanos. En la vega se han encontrado abundantes restos, en forma de cerámicas y monedas, de esta época romana.

 

castillos de castilla-la mancha

 

En tiempos de la dominación árabe, Jadraque fue asiento de habitación importante, recibiendo de esta cultura su nombre, y poniendo en lo alto del estratégico cerro, vigilante de caminos y del paso por el valle, un fuerte castillo. Uno más de los que el califato primero, y luego el reino taifa de Toledo, puso para vigilar desde la orilla izquierda del Henares su marca media o frontera con el reino de Castilla. Jadraque, durante esta época de los siglos x y xi, formó como uno más en el conjunto de estratégicos puestos vigilantes o castillos defensivos que los árabes pusieron en la orilla izquierda del fronterizo río: Alcalá de Henares, Guadalajara, Hita, el mismo Castejón o Jadraque, Sigüenza, etc, formaron el Wad‑al‑Hayara o valle de las fortale­zas que daría nombre a la actual ciudad de Guadalajara.

La reconquista definitiva de este castillo fue hecha por Alfonso vi, en el año 1085. Quedó en principio, en calidad de aldea, en la jurisdicción del común de Villa y Tierra de Atienza, usando su Fuero y sus pastos comunales. Tras largos pleitos de los vecinos, a comienzos del siglo xv consiguieron independizarse de los atencinos, y constituirse en Común independiente, con una demarcación de Tierra propia y un abultado número de aldeas sufragáneas.

Pero enseguida se vio que esa liberación de la tutela de Atienza iba a costar la entrada en un señorío particular. Fue en 1434 cuando el rey Juan ii hizo donación de Jadraque, de su castillo y de un amplio territorio en torno, a su parienta doña María de Castilla (nieta del rey Pedro i el Cruel), en ocasión de su boda con el cortesano castellano don Gómez Carrillo. El estado señorial así creado fue heredado por don Alfonso Carrillo de Acuña, quien en 1469 se lo entregó, por cambio de pueblos y bienes, a don Pedro González de Mendoza, a la sazón obispo de Sigüenza, y luego Gran Canciller del Estado unificado de los Reyes Católicos.

Fue este magnate alcarreño, árbitro de los reinos castellano y aragonés, jefe de la casta mendocina, y hábil político al tiempo que notable intelectual, quien inició la construcción del castillo de Jadraque con la estructura que hoy vemos. En un estilo que sobrepasaba la clásica estructura medieval para acercarse al carácter palaciego de las residencias renacentistas, a lo largo del último tercio del siglo xv fue paulatinamente cons­truyendo este edificio que finalmente, en el momento de su muer­te, entregó a su hijo mayor y más querido, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, marqués de Zenete y conde del Cid. Casó este bravo soldado, querido de corazón por los Reyes Católicos y admirado como uno de sus más valientes e inteligentes soldados, con Leonor de la Cerda, hija del duque de Medinaceli, en 1492.

A la muerte de su primera esposa, cinco años después de la boda, casó segunda vez con doña María de Fonseca, viviendo con ella desde 1506 en la altura del castillo, y naciéndole allí entre sus muros la que sería andando el tiempo condesa de Nassau, doña Mencía de Mendoza, quien siempre guardó un gran cariño hacia la fortaleza alcarreña, y a ella se retiró a vivir en 1533 cuando quedó viuda de su primer marido don Enrique de Nassau. El boato de las nobles cortes mendocinas, de aire inequívocamente renacen­tista, cuajó también en estos tiempos en los salones de este castillo, que fue morada del amor y el buen gusto. Hoy se sabe que aquí mandó construir don Rodrigo, a su arquitecto Lorenzo Vázquez, una cosa parecida, aunque en menor escala, a su castillo de La Calahorra en Granada. Se han encontrado restos de capiteles y barandas de claro signo protorrenaciente.

Abandonado este castillo de sus dueños, el manirroto Mariano Girón, duque de Osuna y el Infantado, a finales del siglo xix decidió venderlo, y fue el propio pueblo, representado en su Ayuntamiento, quien acudió a comprarlo, en la simbólica cantidad de 300 pesetas. Era el año 1889. El cariño que siempre tuvieron los jadraqueños por su castillo, en el que acertadamente siempre han visto el fundamento de su historia local, les llevó hace cosa de 30 años a restaurarlo en un esfuerzo común, mediante aporta­ciones económicas y hacenderas personales, lo cual es un ejemplo singular que debería repetirse en tantos otros lugares donde las deshuesadas siluetas de los castillos parecen llorar su abandono.

Visitamos el castillo

El castillo de Jadraque está construido en la cima de un cerro de proporciones perfectas. Su alargada meseta, que corre de norte a sur estrecha y prominente, se cubre con las construcciones pétreas de este edificio que hoy nos muestra su aspecto decadente a pesar de las restauraciones progresivas en él efectuadas. La altura y el viento suponen una agresión continua a estas viejas paredes medievales.

El acceso lo tiene por el sur, al final del estrecho y empinado camino que entre olivos asciende desde la basamenta del cerro. La entrada se encuentra entre dos semicirculares y fuer­tes torreones.

La silueta o perímetro de este castillo es muy unifor­me. Se constituye de altos muros, muy gruesos, reforzados a trechos por torreones semicirculares y algunos otros de planta rectangular, adosados al muro principal. No existe torre del homenaje ni estructura alguna que destaque sobre el resto. Los murallones de cierre tienen su adarve almenado, y las torres esquineras o de los comedios de los muros presentan terrazas también almenadas, con algunas saeteras.

El interior, completamente vacío, muestra algunas par­ticularidades de interés. Al entrar a la fortaleza, tras el paso del portón escoltado como hemos dicho por sendos torreones fortí­simos, se accede a un empinado patio de armas que siempre estuvo despejado, y que se encuentra en una cuestuda terraza de nivel inferior al resto del edificio. Por un portón lateral abierto en el grueso muro que define al castillo propiamente dicho, se accede a un primer ámbito, de forma rectangular, con aljibe pequeño central, que fue sede de la edificación castrense propia­ mente dicha. Más adelante, hoy circuído por los altos murallones almenados, se encuentra el ancho receptáculo de lo que fue casti­llo‑palacio levantado por el Cardenal Mendoza.

En el suelo aparece un enorme foso cuadrado, hoy cubierto con maderamen para evitar caídas accidentales, y que bien pudo servir de sótanos y almacenamiento de provisiones y bastimentos. Más adelante, ya en el fondo del edificio, se ven los restos, en varios niveles, de lo que fuera el palacio propiamente dicho. A través de una escalera incrustada en el propio muro del norte, se asciende al adarve que puede recorrerse en toda su longitud. El castillo poseyó un recinto exterior del que quedan algunos notables restos, como la basamenta de la torre esquinera del norte.

La amplitud del interior, la homogeneidad de su silue­ta, y una serie de detalles en la distribución de los ámbitos destinados a lo castrense y a lo residencial, nos muestran al castillo de Jadraque como una pieza netamente renacentista y ya moderna. Entre sus medio derruidos muros, sobre el vacío silencio de sus patios, resuenan aún los ecos de los personajes ilustres que allí habitaron, desde el Cid Campeador, que en calor de un verano subió a golpe de espada, hasta el marqués del Zenete, don Rodrigo, que allá en la altura tuvo su corte de amor y sueños.