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Viaje a los pueblos que ya no lo son

Despoblado de MorenglosDesde la Edad Media hasta hoy, se cuentan en nuestra provincia más de 500 lugares las características de pueblos abandonados, despoblados y olvidados. El viajero se ha decidido a poner aquí, en brevedad mayúscula, cinco de ellos. Hay más, muchos más, por descubrir y visitar.

Por una vez dejamos las carreteras señaladas en los mapas, renunciamos a visitar los pueblos, sus plazas, sus templos y sus hontanares sonoros, y nos vamos a visitar esa otra Guadalajara inmensa, atónita, y silenciosa, que yace perdida entre los recovecos de la geografía provincial: nos vamos a ver despoblados, lugares donde hubo alguna vez un pueblo, y que tras el ataque de una peste, de una plaga o de una contingencia atmosférica ó social, quedó vacío de habitantes, y empezó a hundirse.

Morenglos

En los páramos de la tierra atencina, cerca de la villa de Alcolea de las Peñas, se pueden visitar los restos de un antiguo poblado al que hoy todavía se conoce con su primitivo nombre. Es Morenglos. Un lugar impresionante y misterioso, que ofrece en cada ángulo de su breve extensión la oferta de un origen remoto y el misterio de su estructura permite elucubrar sobre sus funciones.

El centro del lugar es una roca contundente, caliza, muy firme, que surge aislada sobre un valle alto de erosión. En lo alto de la roca hubo un templo, de construcción medieval sin duda, de estilo románico, del que solo queda en pie la espadaña, pero en la que se adivina el arranque de su triangular remate con los huecos para las campanas. En las piedras de su muro occidental se ven numerosas marcas de cantería.

Repartidas sobre la superficie de la roca, aparecen numerosas tumbas talladas en ella, todas de origen medieval, unas grandes, y otras muy pequeñas, de niños, sin duda. Están orientadas, dentro de un indudable rito cristiano. Y lo más curioso aún del despoblado de Morenglos, al que aún nadie ha dado la importancia que el lugar merece, es la suma de cuevas y cavidades artificiales que hay excavadas en la roca que sustenta el conjunto. Esas cuevas, profundas algunas, altas y espaciosas, talladas hace muchos siglos, tuvieron la misión de resguardar de las inclemencias del tiempo a los habitantes iniciales del lugar ¿Fue eremitorio? ¿Lugar de prácticas religiosas, o sagradas? ¿Resguardos de caza, o de pastores? En todo caso, Morenglos es hoy uno de los espacios que más llaman la atención en este conjunto de más de 500 despoblados que López de los Mozos y Ranz Yubero han estudiado en la provincia.

La Golosa

Caminando por la Alcarria pura de Fuentelencina y Berninches, sobre el páramo que se asoma a los hondos y pacíficos valles de la tierra alcarreña, ahora verdes a rabiar en esta primavera espléndida, se encuentran los viajeros con el despoblado de La Golosa, un lugar que, como tantos otros, dicen que se comieron las termitas, pero que en realidad (y está documentado) se despobló tras la Peste Negra de mediado el siglo XIV. Sus habitantes, los que quedaran tras la epidemia, decidieron fundir su término con el de Berninches. Hoy queda, aislada entre los pedazos de tierra en barbecho y cereal granando, la silueta espléndida de su iglesia románica, en la que aún se ven sus altos muros (le falta la techumbre) y la planta alargada con semicircular ábside, además de la portada de arcos de medio punto sostenida sobre capiteles de decoración vegetal. Muy leves son los restos que en el entorno quedan de casas y edificios, pero aún se columbran, y más en vista desde satélite. La Golosa es ejemplo magnífico de despoblado medieval con huellas fehacientes e historia documentada.

La Torre de los Moros de Luzón

Otro de los lugares despoblados a los que merece la pena ir es a la “Torre de los Moros” en término de Luzón. Desde la villa, donde se puede aparcar el coche, se baja andando por camino cómodo, y junto al río Tajuña que acaba de nacer, hasta llegar a un estrechamiento del valle, que se abriga de alzados rocosos en sus laterales. A la derecha, en el costado norte, surge una torre antigua, de piedras bastas y color rojizo, a la que llaman “Torre de los Moros”. Es de planta cuadrada y no tiene vanos de ningún tipo: debía ser simplemente de vigilancia. En su torno se ven restos de antiguas construcciones, constitutivas de un poblado que sin duda existió, y tuvo vida.

Frente a la torre, en el costado sur del valle, otras ruinas se alzan, pero estas son de castro celtibérico, uno de los mejores que pueden verse en la provincia. Ya estudiado por Valiente Malla en su obra sobre la Arqueología provincial, el castro de La Cerca impone por la monumentalidad de sus muros. El lugar, hermoso y bucólico, debió ser siempre muy poblado, desde antiquísimos tiempos.

San Marcos

Al despoblado de San Marcos, o de la Santa Fe, en término de Aldeanueva de Guadalajara, se llega con vehículo todoterreno por caminos cómodos desde la carretera que va de Centenera a Atanzón. Desde la distancia se distingue la masa arquitectónica de su antigua iglesia. Un gran ábside, de piedras y ladrillos, poligonal, se conjugaba con la torre, de la que quedan las basamentas. Hay quien lo llama “Centenera la Vieja” o “Centeneruela”. El caso es que desde su altura, en el borde de la meseta, se divisa un breve valle por el que discurre el arroyo Matayeguas. Este despoblado, mencionado en 1752 y en el Diccionario Geográfico de Madoz (1849) del que dicen Ranz, López y Remartínez que aquí venían los monjes jerónimos de Lupiana a decir misa es también muy llamativo y claro exponente de lo que son este grupo (medio millar, nada menos) de despoblados de nuestra provincia.

Por los páramos trigueños de la sesma del Campo, se encuentran muchos despoblados, breve muestra de la abundante secuencia de pueblos que tuvo el Señorío de Molina en tiempos medievales. El de Chilluentes está hoy, cómodo de alcanzar, entre Tartanedo y Concha. Sobre una leve costanilla alzada como un altar antiguo sobre los trigos aún verdes, se ve la gran torre vigía del lugar, enorme (más de 14 metros tiene) y con una disposición de sus piedras basales que recuerda lo islámico. Sus muros interiores aún muestran las huellas de vigas y construcciones habitadas. Cerca de ella, se alza entera la iglesia de origen románico. Hace ya muchos años que pasé por allí y pude fotografiar y dibujar esta iglesia y sus detalles. Hoy ha sido expoliada, y de su ventanal central del ábside, ilustrado con dibujos tallados en el siglo XII, nada queda. En el entorno se ven muchos restos de edificios, mínima expresión de aquel pueblo que fue, y ya es vaho.

En el término de Villaverde del Ducado, aunque la mejor forma de llegar a él es desde Luzaga, quedan los restos de un despoblado al que los antiguos denominaron “Portiella”. Estaba subido en alta roca vigilante de un estrecho valle que discurre desde los altos de Alcolea hacia el Tajuña, y de él quedan pocos montones de piedra aquí y allá diseminados, y su vieja iglesia románica, que se mantuvo siempre dedicada a la memoria de San Bartolomé y hoy ha sido incluso restaurada y da gusto verla.

Hace unos años que el tándem formado por Ranz Yubero, López de los Mozos y Remartínez Maestro escribió un libro capital titulado “Despoblados de la provincia de Guadalajara” y que editado por la Caja de Ahorro Provincial de Guadalajara, apenas alcanzó difusión. Justo es que en este momento en que se ha rendido homenaje a López de los Mozos con motivo de la aparición de su libro póstumo, le recordemos al final de estas líneas, que quieren emocionar y alentar viajes y descubrimientos.

Bernardo de Brihuega, cronista real

Bernardo de BrihuegaHace muchos siglos, en el remoto XIII de nuestra era, existió un clérigo al que llamaban (sencillo apelativo, señal de que era muy conocido) Bernardo de Brihuega. Este hombre llegó (desde no se sabe dónde, pero muy probablemente desde el burgo alcarreño del que tomó nombre) a la Corte de los monarcas castellanos, que como todo el mundo sabe era itinerante: hoy acá en Ciudad Rodrigo, mañana en Salamanca, después en Arévalo, y así.

De lo que hizo, de cómo fue, de lo que escribió y de lo que pensaba este señor, ha quedado poca huella. Pero aún puede darse por contento de que ha quedado algo más de lo que dejó la media de los castellanos en aquel siglo. Que es como decir nada de nada. De Bernardo de Brihuega ha quedado memoria de que escribió una Crónica del Reino. Algo importante, sin duda. Algo que supone su relevancia, cuando vivió, y su proyección en los siglos futuros. Aunque, como ha solido ocurrir en nuestro país, de su obra solo haya quedado el recuerdo (nebuloso, encima) pero ni una letra coherente. Aparte del título.

El hallazgo

En 1887, un austriaco que andaba indagando bibliotecas por España (Rodolfo Beer), encontró un manuscrito firmado por nuestro paisano, Bernardo de Brihuega, al cual por no encontrar el título dijo tratarse de un compendio titulado “Los cinco libros que compiló Bernardo de Brihuega por orden del Rey don Alfonso el Sabio”, pero que en realidad contenía un acopio de revueltas memorias dedicadas a glosar vidas de santos y mártires. Resultó que ese manuscrito ya estaba recogido por un bibliófilo español, don Nicolás Antonio, quien en su “Bibliotheca vetus” nos dice que en la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial andaba depositado el “Flores (id est Vitae) Sanctorum Christi Martyrum & Confessorum Hispanice, in Bibliotheca Escuarelensi Lit. F. Plut. I n. 1 atque ítem in Regia Matritensi”, y también en la Biblioteca Real de Madrid.

Esta obra, que no era sino una aportación a la gran Crónica de España en la que estaban trabajando varios miembros del gabinete real, aportaba relación de los personajes que en el mundo de la religión, el martirio y la santidad habían existido en España en siglos pasados. Beer hace relación breve del contenido de la obra de Bernardo de Brihuega, y encuentra que la esencia de su Tratado está en la referencia de múltiples santos y mártires. Así trata de San Jerónimo, Paulino obispo, Santa Polagia, San Ambrosio, San Hilario, San Martín, Santa Eulalia, incluso de San Cosme y San Damián. Aporta luego un listado de emperadores romanos y de santos martirizados en sus mandatos. Siguen las vidas de santos más recientes, llegando a San Alcuino. En este documento, completamente escrito en latín, él mismo se llama “Bernardus Briocanus” y se dice ser “eius clericus et alumpnus et ecclesie canonicus dignum duxi ecclesiastica incidencia temporum Imperatorum”. Queda claro que estaba anejo, en todo y con intimidad, a la escuela de estudiosos, redactores e intelectuales de la corte Alfonsina.

La Crónica Real

Pero en realidad lo que Bernardo de Brihuega escribió, y por lo que estuvo muy considerado en su tiempo, en la Corte castellana, fue una “Crónica de España” de la que hoy no se conoce ejemplar, pero se sabe con certeza que hubo una versión manuscrita en la biblioteca que el Conde de Gondomar, don Diego Sarmiento de Acuña, tenía en Valladolid, en los comienzos del siglo XVII. En el Índice de esa biblioteca, aparece la obra “Bernaldo de Brihuega. Chronica de España. Folio; sin fin”. Es escrito de 1623 y se conserva en la sección Manuscritos de la Biblioteca Nacional, en Madrid.

¿Cómo era, y qué decía, esa “Crónica de España” escrita por Bernardo de Brihuega? Estaba escrita, sin duda, en castellano, pues el autor de ese Índice más arriba señalado lo incluye en la sección “Libros de mano en castellano. Historias de los Reinos de España”, habiendo otra sección de libros en latín. No era, tampoco, la Crónica del rey Sabio, ni parte de ella, porque también estas obras se catalogan en ese tiempo, pero claramente diferenciadas de la del briocense.

Para el autor de este descubrimiento, precisamente el sabio cronista alcarreño don Manuel Serrano y Sanz, se suscita un último problema, y es la posibilidad de que el autor de Brihuega contribuyera con sus vastos saberes a la redacción de la “Crónica General” que por orden del Rey Alfonso décimo fue haciéndose en varios talleres y estudios eruditos. Se sabe que Bernardo de Brihuega formaba parte del grupo de estudiosos e historiadores que vivían en torno al monarca, quien le denomina “clericus et alumpnus”. Habrá que suponer de sus saberes enormes, de sus cavilaciones diarias y de su plática continua con los colegas que hacían de la Corte Alfonsina un núcleo de cultura y saberes sin parangón en la Europa medieval.

Una propuesta

Cuando una tierra, como la alcarreña, no anda muy sobrada de personajes históricos, encontrar el recuerdo de un famoso en ella nacido, puede dar pie a que siglos después se le memore. De tal manera, que no sería exagerado pedir que el Ayuntamiento de Brihuega le dedicase algún tipo de recuerdo, en forma de nombre de calle, lápida de cerámica o bronce, rotonda donde dar la vuelta o camino por el que seguir… una mención, de tipo general, a ese “Don Bernardo de Brihuega, historiador de España, aquí nacido en el siglo XIII”. Cualquier detalle será bien recibido, y potenciará la imagen de villa dedicada con delicadeza a la conservación de sus fastos pretéritos y sus señalados hijos.

Antonio Barbero, el dibujante de ABC

Antonio Barbero Núñez

Antonio Barbero Núñez (1889-1962)

La semana pasada se inauguró, y va a estar abierta dos meses en las salas del Museo “Francisco Sobrino” en el antiguo Matadero, una exposición que viene a revelar la obra y capacidades de un personaje alcarreño al que en poco se tuvo, -en nada, mejor dicho- durante un siglo. Ahora gracias a las investigaciones de Pedro Pradillo y Felipe Hernández Cava, se han recuperado memorias de su vida y, sobre todo, obras debidas a su ingenio.

Es muy saludable que una ciudad recuerde a sus hijos notables. Todos los habitantes de una ciudad son importantes, porque son los glóbulos rojos de sus arterias, que le inyectan oxígeno y alegría a sus calles, pero hay algunos que le han puesto mayor mérito, y han dejado una huella, por esas calles/plazas, o por las memorias escritas y recordadas, de la ciudad.

Uno de esos personajes fue Antonio Barbero Núñez, que nació en Guadalajara, en 1889, y murió en Madrid en 1962, tras llevar una vida de incertidumbres primero, de expectativas y proyectos después, de miedos y u peligros finalmente, aunque a todo se sobrepuso y fue capaz de dejar una huella. Que ahora se rescata y nos enseñan.

Por dos cosas fundamentalmente destacó Antonio Barbero, ambas incluidas en el mundo del periodismo y la información: por ser uno de los primeros “críticos de cine” que hubo en España, y por ser un estupendo ilustrador.

 

En el mundo de la cinematografía, se metió a través del empresario Sagarra, quien a través de la “Gran Empresa Sagarra” levantó en Madrid el Real Cinema, el Príncipe Alfonso y el cinema España, santuarios de la proyección pública. Para él se puso Barbero a hacer carteles de películas. Tiempos después, nuestro personaje alcanzó a crear la revista “La pantalla” (Semanario español de Cinematografía) apareciendo como el mejor crítico de cine del momento. A través de esa perspectiva cinematográfica, entra a formar parte de la redacción de “Blanco y Negro”, “ABC” y “Campeón” cabeceras de Prensa Española, donde ya quedaría adscrito, incluso en el “ABC Republicano” que se crea en julio de 1936, cuando el gobierno del Frente Popular expropia el periódico a los Luca de Tena y se lo entrega como órgano de expresión al partido “Unión Republicana”. En él siguió Barbero colaborando a diario, dibujando, haciendo cabeceras, crítica de cine, etc. Y tras abril de 1939, por ello le vendría una depuración, un severo correctivo de un par de años en la cárcel, y después un “ahí te quedas” del que ya apenas saldría hasta 1962 en que murió, apenas sin elementos de subsistencia.

 

En el mundo de la ilustración, tras intentar demostrar su valía en revistas, periódicos y agencias, fue abriéndose paso con entusiasmo. Leer el libro que Hernández Cava ha escrito, con acopio minucioso de datos y fechas, es percatarse de la “vida de acción” que Barbero tuvo en el Madrid del primer tercio del siglo XX.
En 1908 mandó un dibujo a ABC que se lo publicaron en “Blanco y Negro”. Un éxito que apenas se creía: pero a partir de ahí empezó a colaborar con “Madrid Cómico”, con “El gran Bufón” entre 1912-1913, con “Polichinela” en 1912, saltando ya a la vista de todos con un estilo propio, en el que asienta con toda comodidad y rotundidad en “el lenguaje gráfico de las vanguardias” (cubismo, postismo… es el Madrid de 1928 a 1936, una época tremenda de creatividad, de humor, de espectáculo y de arte nuevo).

Tuvo una imprenta propia, “Zero”, que quebró por la huelga que le hicieron los trabajadores. El dueño sin un duro, y los obreros al paro… todo muy español. Siguió en la redacción de “Buen Humor” (que no le faltaba) fundada por Sileno, con Ramón Gómez de la Serna de referente. A nuestro Barbero lo emplearon de “cazador de chistes”, o sea decía él: se dedicaba a recopilar cuanto chiste escuchaba, para darle forma, redacción y, sobre todo, forma y dibujo.

Entró luego a colaborar en “Chiquilín” la revista infantil fundada por Bonet y que dirigía Enrique Jardiel Poncela. Sin duda son, esos felices veinte, “tiempos de humor”…

Creó la revista “Ellas” (que no le fue muy bien, y luego decoró casi todas las portadas de “La Novela Mundial”. Hay que tener en cuenta que en esa época todavía no existía la Televisión, ni la Internet, y la gente -de todos los niveles- leía mucho, muchos libros, muchas novelas, muchas revistas y periódicos. Fue el tiempo glorioso de las imprentas, de los dibujantes, de los editores, de las redacciones!

En 1928 Antonio Barbero se anima a crear otra revista, que soporta y dirige: “La pantalla” (Semanario español de Cinematografía), apareciendo en ella como el mejor crítico de cine del momento. Se suma entonces a la redacción de “La Codorniz”, y en 1929 empieza a escribir sobre cine en ABC y en Blanco y Negro.

Tuvo relaciones también con el mundo del espectáculo, que fue tan movido y plural en el Madrid de preguerra. En su familia había habido grandes personajes de la música, especialmente su abuelo Apolinar Barbero Sanz (natural de Hita, nacido en 1817), y su tío Pablo Barbero (Hita también, 1845) quien además de crear una Banda de Música en Guadalajara tras la Revolución de 1868, luego en Madrid se hizo una figura de la música popular, compositor y directivo de teatros…

 

En la exposición del Museo “Francisco Sobrino” vamos a ver, sobre todo, obra gráfica de Antonio Barbero. En una mesa central aparecen ejemplares de las revistas por él creadas, de los libros a los que puso portada, de páginas impresas de sus narraciones, y en los muros, bien enmarcados, espectaculares ejemplos de ilustraciones para relatos por entregas, novelas, folletines, portadas incluso, de ABC y Blanco y Negro. En esta exposición se comprueba la fuerza, la creatividad, la imaginación y la técnica de Antonio Barbero, quien años después de su paso por el mundo, y en este universo en el que prima lo visual y el movimiento, nos lanza su mensaje de contenido optimismo, de visión espléndida y febril, plausible y casi loca perspectiva: un artista en toda regla, que lo fue a través de una vida complicada. Un ejemplo, creo yo, de lo que debería ser la vida de la gente: el entusiasmo, unido al esfuerzo, y a conquistar el mundo, que al final solo se abre a quienes trabajan y no se rinden.

En el 475 aniversario del nacimiento de fray José de Sigüenza

Un nuevo aniversario cultural contemplamos en Guadalajara, concretamente el 475 aniversario de uno de los mejores escritores del Siglo de Oro español. Y que fue nacido en nuestra tierra, concretamente en Sigüenza, con una peripecia vital de película, y unos resultados espectaculares: de una familia marginal, al estrellato filipino.

Interesantísima es esta figura, y una de las más destacadas que en nuestra provincia de Guadalajara vio la luz a lo largo de los siglos.

Como en una definición de urgencia, podría decirse de él que fue religioso jerónimo, historiador y poeta, desarrollando su actividad en la segunda mitad del siglo XVI, en plena Edad de Oro hispana. Se conoce con certeza también el lugar y fecha de su nacimiento: Sigüenza, 1544. Esa es la razón de que, cuando años después entró en la Orden religiosa de San Jerónimo, tomara por apellido el de su ciudad natal, como era costumbre entre los frailes de la misma.

Fue su padre un clérigo seguntino, sochantre de la catedral, llamado Asensio Martínez. Su madre tuvo una vida irregular: se llamó Francisca de Espinosa, nacida en Espinosa de los Monteros (Burgos) habiendo estado primeramente casada con un tal de Franca, de quien tuvo dos hijos: Juan de Franca, capitán en Flandes, y Pedro de Franca, clérigo en Sigüenza. Tras quedar viuda, tuvo otros dos hijos naturales: Isabel Fernandez y Librada Hernandez, y, finalmente, de su unión con el sochantre nacieron José (el escritor jerónimo que nos ocupa) y Matea de Espinosa, que casó con Jerónimo de Franco, joyero, vecino de Sigüenza. Así pues, el nombre secular del fraile jerónimo sería el de José Martínez Espinosa.

En su ciudad natal trazó sus primeros caminos en las letras: aprendió a leer y escribir, estudió gramática y canto; fueron sus profesores el maestro Torrijos y el licenciado Velasco en Gramática, y el maestro Chacón en canto. El año 1561 comenzó sus estudios en la Facultad de Artes de la Universidad de Sigüenza, obteniendo en 1563 el grado de bachiller en Artes. Inmediatamente inició sus estudios de Teología en el mismo centro, y al terminarlos, con 22 años, solicitó el hábito jerónimo. Un tiempo antes, en esa juventud decidida de los 21 años, marchó con un compañero suyo, seguntino también, Antón Mayor, a Valencia y Játiva, con pretensión de embarcarse en la expedición de socorro a la isla de Malta, cercada por los turcos. Falló su intento, sufrió una enfermedad, y finalmente llamó a las puertas del monasterio segoviano de El Parral, donde tomó el hábito jerónimo el 16 de junio de 1566, haciendo la profesión al año siguiente.

Tras esa fecha, se encierra ya la vida religiosa y de estudio, el encuentro perenne con Dios y su Escritura. Fechas correlativas marcan su paso por diversos centros jerónimos, monasterios donde su nombre gozó de la merecida fama de sabiduría y rectitud que le adornaban, y en los que dio enseñanza o ejerció la dirección. En principio, siguió estudiando, y así estuvo perfeccionándose en artes y teología en Santa María de Párraces (Segovia) hasta 1571. Al año siguiente fue ordenado de subdiácono, diácono y sacerdote. En 1575 terminó sus estudios en El Escorial, y en 1577 volvió a El Parral, donde se dedicó a la docencia, hasta 1579. De este año, hasta 1582, volvió a su ciudad natal, a Sigüenza, donde fue profesor de Artes en el Colegio de San Antonio de Portaceli, que los jerónimos tenían agregado a la Universidad. De 1582 a 1584 estuvo nuevamente en El Parral, leyendo artes, y en este último año fue elegido prior de dicho monasterio, para el trienio de 1584 a 1587, año en que pasó a el Escorial, definitivamente, como predicador. En esta casa, mimada del rey Felipe II, fray José de Sigüenza ocupó los cargos de bibliotecario, archivero y reliquero (1591‑1594), encargándosele la tarea de escribir la Historia de la Orden jerónima en ese año. De 1594 a 1597 es rector del Colegio escurialense, y en 1603 se le nombra prior del monasterio, siendo reelegido en 1606, año de su muerte.

Durante su estancia en El Escorial, ya es sabido el firme apoyo que recibió del monarca hispano, encargándosele en muchos casos la distribución de ornamentación del monasterio, obrando de auténtico cerebro director de la múltiple y complicada iconografía científica de aquella casa. Consejero a todos los efectos del rey Felipe, fue hombre en perpetuos deseos de aprender, y se reunió con otros sabios (Arias Montano, Pedro de Valencia, fray Lucas de Alaejos, etc.) con los que comunicó sus ideas un tanto avanzadas en materia religiosa.

Llevado de su inquietud (y quizás también movidos sus acusadores de envidia y despecho) fray José de Sigüenza fue sometido a un duro proceso por el Santo Oficio de la Inquisición. En la primavera de 1592 es sacado de El Escorial y llevado, preso, al monasterio de la Sisla, en Toledo. El fiscal de su causa, Soto Camano, le declaró por hereje, apóstata de nuestra santa fe católica, y ley evangélica, excomulgado, perjuro, y siendo puesto a cuestión de tormento, el cual le sea dado y repetido cuantas veces hubiese lugar a derecho. Fue absuelto de todas las acusaciones que se le imputaban, y quedó libre en febrero de 1593.

La obra realizada por fray José de Sigüenza fue enorme, y sus amplios conocimientos humanísticos, decantados en el tamiz de una honda espiritualidad cristiana, quedaron reflejados a lo largo de sus múltiples aspectos desarrollados en el campo de las letras. Fue ante todo un prosista excepcional, y literariamente se le puede encuadrar en el Siglo de Oro español, dentro del segundo Renacimiento, constituyendo su pluma una de las cimas estilísticas de la literatura hispana, y si desde el punto de vista histórico es una autoridad indiscutible, también ocupa un lugar de relevancia como teólogo, comentarista patrístico, autor ascético, y poeta. En este último terreno, el padre Sigüenza alcanzó sus mayores cotas en sus Paráfrasis de Salmos, traducciones libres en verso de algunos salmos bíblicos. También escribió diversos Villancicosy sonetos muy bien compuestos.

Como teólogo, el padre Sigüenza ahondó continuamente en las raíces del cristianismo, basado en la escuela de teología tomista, de lo cual es buena prueba sus Comentarios a la Suma de Santo Tomás. A través de sus largos contactos con Arias Montano, el jerónimo se inclinó hacia los estudios positivos, como revalorización de la Sagrada Escritura, y del testimonio de los Padres de la Iglesia. Otras interesantes obras suyas en este aspecto son la Vida de San Jerónimo y la Historia del Rey de Reyes. Como autor de temas ascéticos, fray José de Sigüenza debe ser destacado gracias a su Instrucción de maestros, obra que sintetiza su magisterio espiritual, y en la que se pone de relieve su mayor acento en la ascética que en la mística.

En su faceta de historiador, que le ha hecho pasar a la posteridad como concienzudo y erudito artífice, es de destacar su Historia de la Orden de San Jerónimo, compuesta por encargo del Capítulo de la Orden, y que ha conocido múltiples ediciones desde el siglo XVI en que fuera escrita. En este capítulo de la historia, y más concretamente de la artística, es de destacar la Fundación del Monasterio de El Escorial por Felipe II, en la que fray José de Sigüenza se revela como el auténtico cerebroordenador del contenido simbólico del edificio supremo de la Contrarreforma hispana. Los múltiples valores, humanísticos, religiosos y literarios, aportados por fray José de Sigüenza a la historia española, han quedado reflejados en los estudios y valoraciones de múltiples autores, y su valía unánimemente reconocida. Menéndez Pelayo le calificó como uno de los tres mejores estilistas de la lengua castellana, tan solo por detrás de Juan de Valdés y Miguel de Cervantes. Es, no cabe duda, una de las destacadas figuras de la nómina de personalidades de la historia alcarreña, y es por ello que hoy, en el cuarto centenario de su muerte, era obligado dedicarle un recuerdo y una Mirada retrospectiva.

El retrato de Fray José de Sigüenza

Sólo existe un cuadro que identifique claramente a fray José de Sigüenza. Está en El Escorial, en los muros de su solemne biblioteca. Aparece el monje revestido del hábito blanco y la casulla parda propia de la orden de San Jerónimo. Está sentado, t con un largo cálamo escribe sobre un papel, alguno de sus textos clásicos. Ya anciano, para su época, frisando la cincuentena, con un amplio claro de pelo sobre la cabeza, y una mirada un tanto hosca y ceñuda. Decían, todos cuantos le conocieron, que no era simpático, sin más bien adusto: un hombre dotado para la introspección y la soledad, para el estudio y la escritura.

Se dio siempre como autor de ese lienzo, espléndido de factura y hondura psicológica a Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II, pero recientemente se ha revisado esa autoría, y hoy la crítica se inclina por atribuírselo a Bartolomé Carducho. En todo caso, de ese retrato se han levantado luego estampas, grabados, para nutrir colecciones de personajes, llenar galerías de retratos y apostar por las siluetas de los mejores escritores españoles.

Para saber más de Fray José

No son abundantes, pero sí completos y útiles, los textos existentes hasta hoy en día sobre Fray José de Sigüenza. Uno capital es el estudio que hizo el primero de los Cronistas Provinciales, Juan Catalina GARCIA LOPEZ, y que tituló “Elogio de fray José de Sigüenza”, discurso leído en la Academia de la Historia, Madrid 1897, y edición de 1907. Es clásico el texto de F. SANTOS “Vida del V.P.Fr. Joseph de Sigüenza, dentro del volumen “Instrucción de Maestros y Escuela de Novicios, Arte de Perfección Religiosa y Monástica”, Vol. I, Madrid 1793. L. RUBIO GONZALEZ, publicó un “Estudio crítico de los valores literarios de fray José de Sigüenza, en la Revista “Studia Hieronymiana”, I, Madrid, 1973, pp. 399‑520. Y debe ser leido por quien quiera saber a fondo de la aventura inquisitorial en que se vió metido fray José: el “Proceso inquisitorial del Padre Sigüenza, escrito por G. de Andrés y publicado en Madrid en 1975. De 1979 es la publicación en la Revista Wad-al-Hayara de las “Notas para el estudio de la vida y de la obra de fray José de Sigüenza” del hoy arzobispo de Sevilla Juan José Asenjo Peregrina. Está muy actualizado, y con intenciones divulgadoras, el texto que aporta José Luis García de Paz en su aportación a la biografía de Fray José en “Alcarreños Distinguidos”, el sitio web http://www.aache.com/alcarrians donde aparecen cientos de personajes de nuestra tierra.Finalmente, cabe reseñar una gran obra sobre fray José que aún permanece inédita. Es la debida al profesor Antonio Nicolás Ochaita, y en ella recoge, de forma enciclopédica, todo cuanto se sabe y se ha dicho de fray José: una obra que sin duda merecería ser editada coincidiendo con este aniversario (el 475 de su nacimiento) del gran escritor seguntino.

Bajo las bóvedas de la Colegiata de Pastrana

El catafalco del duque de Pastrana en la ColegiataEn una intención divulgadora, cuando los ejes principales del conocimiento de un edificio ya están bien medidos, me aplico hoy a contar a mis lectores los diversos límites que un edificio solemne y antiguo de la Alcarria tiene y ofrece: en la Colegiata de Pastrana están como aglomerados personajes y piezas, solemnidades y costumbres. Debe saberse, por todos, cuánto de grande contiene este edificio, y las razones por las que conviene ir a visitarlo.

El monumento de orden religioso más relevante de Pastrana es su iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de la Virgen María, y que se conoce tradicionalmente por la Colegiata, pues durante varios siglos tuvo esa categoría canónica, al ser sede de un Cabildo de clérigos, un collegiumde sacerdotes que fue instituido por el duque don Ruy Gómez de Silva para que de ese modo se tuvieran más solemnes funciones religiosas y, al modo de una catedral de segunda categoría, su villa ducal alcanzara también en lo religioso un alto grado de notabilidad.

El grandioso edificio ha sido construido en diversas etapas, recibiendo reformas. En su origen, en el siglo XIV, fue construido como iglesia parroquial de la villa calatrava, a media cuesta en la que asentaba el pueblo frente al edificio sede del Concejo (lo que hoy es remozado Ayuntamiento). Recibió añadidos y detalles, como la portada norte, hoy la principal de entrada, que fue construida en estilo gótico de finales del siglo XV, y finalmente la gran ampliación de las naves y el crucero en la primera mitad del siglo XVII, promovidas por el arzobispo González de Mendoza. Todavía vio nuevas reformas y transformaciones, llegando hasta nosotros como un abigarrado conjunto de estilos, en una estructura total que se hace, al menos a primera vista, difícil de comprender y apreciar.

El coro actual, al comedio de la nave central, es la esencia de la primitiva iglesia de transición, conservando hermosos capiteles medievales. Pero el aspecto que hoy vemos procede de la gran reforma y ampliación que en 1625 se inició por mandado del arzobispo de Granada, obispo de Sigüenza y otras grandezas, don Pedro González de Mendoza, hijo de los primeros duques de Pastrana don Ruy Gómez de Silva y doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que quiso hacer un gran regalo a su villa natal, encargando el proyecto a fray Alberto de la Madre de Dios, excelente arquitecto carmelitano, a la sazón residente en Pastrana. Se derribó todo el viejo templo, a excepción de la nave central, y de los muros laterales, y se construyó de nuevas, en el espacio que hasta entonces ocupaba la cabecera, y aún más allá, una prolongación de las naves y un gran crucero rematado en presbiterio, bajo el cual se abrió incluso una cripta o pabellón mortuorio para los duques fundadores. Tras estas obras, la iglesia quedó tal como hoy se ve.

El viajero puede contemplar, cuando se acerca a la iglesia Colegiata de Pastrana, un informe edificio de altos y cerrados muros, fabricados en sillarejo con esquinas de sillar, y escasos vanos, grandes y de proporciones cuadradas. En torno a la estructura eclesial propiamente dicha se añaden otros edificios auxiliares, incluso viviendas, y solamente descuella sobre las cubiertas de teja árabe la torrecilla en que remata la bóveda del crucero y la torre para el reloj y las campanas, de un solo cuerpo, puesta sobre la bóveda del tramo inicial de la nave central. El ingreso principal lo tiene en el muro del norte, a través de una puerta de estilo gótico anteriormente descrita, a la que precede un patiecillo ó atrio descubierto embaldosado con losas de piedra, algunas de las cuales aún muestra, fragmentado, el cenotafio de cualquier antiguo pastranero. Fue cementerio del lugar este atrio, y hoy es todo un símbolo de la Pastrana sentimental y literaria, pues en su ámbito cayó muerto, en julio de 1973, mientras recitaba sus versos en loor de la Alcarria, el poeta José Antonio Ochaita. Un crucero de piedra y la vegetación que trepa por el muro de la capilla del Santísimo que le sirve de fondo, es la decoración que le da misterio y belleza a este entorno.

Aún queda otra puerta de ingreso al templo, oculta en un patio interior, que no se usa desde hace siglos. Está sobre el muro meridional y consiste en un simple vano semicircular cobijado por arco de sillares de piedra, sin el más mínimo elemento artístico. Nada más cabe reseñar respecto al componente exterior de esta iglesia Colegiata, sino es insistir en su categoría de bandera y contrapunto al resto de tejados y edificaciones de la villa, sobre los que emerge con serenidad y fuerza.

El interior del templo es amplio y magnífico. Consta de tres naves muy anchas, que se abren, en la cabecera, en un gran crucero rematado por breve presbiterio ó capilla mayor. Numerosos altares, capillas adyacentes, dependencias varias y una sacristía completan el abigarrado conjunto. A los pies del templo, a la derecha según entra el visitante, se encuentran dos capillas añadidas. La primera está dedicada al Santísimo Sacramento, y en ella se contienen, colgados por sus muros, diversos lienzos de gran tamaño, entre los que destaca el de Santa Teresa doctora predicando.

 

A los pies del templo se abre la Capilla de las Reliquias, cuyo fondo está ocupado por unas grandes puertas de madera que al abrirse muestran, en gran hornacina, una enorme cantidad de relicarios barrocos, de los siglos XVII y XVIII, conteniendo reliquias muy diversas y numerosas (ronda su número las trescientas) y en las paredes laterales de esta capilla se conservan los sepulcros de dos personajes que forman parte de la historia de Pastrana. A la derecha, don Francisco de Contreras, y a la izquierda su esposa doña María de la Gasca. Ambos ofrecen sendos frontales, en cuyo centro aparecen los respectivos escudos de armas, con leyendas alusivas a su vida. Proceden estos sepulcros de la iglesia del que fuera convento reformado ó desiertocarmelita de Bolarque, a cuya fundación y construcción colaboraron decisivamente estos señores, que pasaron en vida largas temporadas en aquella soledad retirados junto a los frailes pardos.

El coro central del templo, que ocupa la nave principal de la vieja iglesia calatrava, alberga la vieja sillería coral que sirvió, en sus tiempos, como lugar de reunión y ceremonia para el grupo de clérigos que formaban el capítulo colegial de este templo y que le dio su nombre más habitual de Colegiata. Hoy sólo acoge un pequeño órgano y algunos bancos, más la referida sillería, tallada en el siglo XVII por el mondejano Antonio Arteaga Cano, que no tiene interés artístico alguno.

Las naves laterales, anchas y altas, se cubren de bóvedas de crucería, sin apenas decoración. Albergan múltiples altares y pinturas, la mayoría procedentes de los exclaustrados conventos de Bolarque y de la villa (los de franciscanos y carmelitas). De entre todos ellos destacaría especialmente, en la nave del evangelio, el altar dedicado a Santa Teresa, procedente de la iglesia de San Francisco, y en cuya predela aparecen dos pequeñas tablas, con los retratos de los oferentes (Juan de Miranda y Ana Hernández) pintados por Juan Bautista Maino.

Llegados finalmente al crucero del templo y a su cabecera, admiramos en este lugar la grandiosidad de proporciones, la luminosidad y el buen gusto arquitectónico que le impuso su creador, el arquitecto carmelita fray Alberto de la Madre de Dios. Esta cabecera de la Colegiata de Pastrana ofrece tres naves que se abren al crucero, el cual remata en estrecho presbiterio. Las naves laterales son de menor altura que la central, y se cubren por bóvedas de arista decoradas con placas lisas de yeso; la nave central está cubierta de dos grandes casquetes ó bóvedas semiesféricas, rebajadas, apoyadas sobre pechinas, sin tambores; y la capilla mayor ó presbiterio, así como los dos brazos del crucero, rematan en bóvedas de cañón con lunetos. Los pilares que sostienen el conjunto son grandes pilastrones de orden toscano cuyas sencillas líneas se unen, apenas sin solución de continuidad, con la cornisa del entablamento.

También cubre una de las paredes de la nave central, y colocado en alto, el gran órgano parroquial, obra realizada por el organero Domingo de Mendoza, maestro de capilla de Felipe V, en 1704, tal y como reza una cartela puesta en la parte superior del cuadro del teclado.

Ocupando el fondo de la capilla mayor o breve presbiterio, aparece el magnífico altar mayor de la Colegiata, obra extraordinaria del manierismo castellano, cuajada de pinturas y algunas pequeñas esculturas en su parte baja. Este retablo fue realizado hacia 1637, siendo el autor de sus pinturas Matías Jimeno. Al parecer, el cuadro central con la figura de San Francisco de Asís, y el resto de los lienzos, en un total de diez, representando santas mártires, fueron enviados desde Sigüenza, en 1635, por el Obispo don Pedro González. Presenta el retablo dos cuerpos y un gran remate. Las columnas que separan entre sí los lienzos, y sus coronamientos, están hechas en los diversos órdenes arquitectónicos, con alternancia de frontones curvos, rectos y rotos. En el primer cuerpo aparecen las imágenes de Santa Catalina, Santa Bárbara, y otras dos, y en el segundo cuerpo Santa Casilda, Santa Margarita, Santa Inés y Santa Águeda. En el centro de ese segundo cuerpo vemos una magnífica pintura representando a San Francisco de Asís, en pie, sosteniendo una cruz roja de doble travesaño, y con la leyenda adjunta: LA VERDADERA IMAGEN DE NUESTRO PADRE SAN FRANCISCO. Sobre las pinturas del primer cuerpo aparecen algunos cobres con escenas de la vida de Cristo, y en el centro del primer cuerpo, sobre el Tabernáculo y Sagrario, una extraordinaria pintura representando a Nuestra Señora de la Asunción, sobre piedra de ágata, original del pintor francés Jacques Stella. Se la regaló el Papa Urbano VIII al tercer duque de Pastrana, Ruy Gómez de Silva, cuando fue embajador de España ante la Santa Sede. El retablo se remata con una lienzo representando el Calvario, escoltado de otras dos mártires, y fuera de él, sobre el muro, al fresco dos pinturas con las armas heráldicas del Obispo Mendoza.

Todavía queda por visitar en este templo la cripta que se encuentra bajo el altar mayor, y que fue construida con objeto de contener los restos mortuorios de todos los duques de Pastrana. En un intento de remedar los grandes enterramientos subterráneos que los reyes de España habían hecho en El Escorial, ó los propios Mendoza cabeza de la familia, los duques del Infantado, acababan de construir en la iglesia de San Francisco de Guadalajara, don Pedro González de Mendoza mandó excavar esta cripta que, obviamente, quedó como una hermana pequeña de las anteriores, aunque no falta de grandiosidad y belleza. Por sus escaleras que se abren en el lateral del altar, se baja a la cripta, espacio estrecho y alargado en cuyas paredes se abren nichos que albergan urnas de mármol y títulos del difunto. Tiene planta de cruz latina, y en su cabecera se ve un sencillo altar de piedra, con hornacinas rectangulares en sus muros donde se alojan varias urnas funerarias de mármol rosado, o de sencilla piedra caliza, en las que se alojan los restos de los duques. Es de anotar que hoy en Pastrana, en esta cripta mortuoria, se acogen los restos de todos los grandes Mendoza alcarreños, y no solamente de los duques de Pastrana. Aquí están, en teoría, los huesos del primer marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza; de su padre el gran Almirante de Castilla, don Diego Hurtado de Mendoza, o de sus sucesores los diversos duques del Infantado que ostentaron la capitanía de la casa hasta el siglo XIX. Ello es porque sus restos, albergados en la cripta de San Francisco de Guadalajara, fueron sacados de sus tumbas, profanados y revueltos cuando los franceses invadieron la capital de la Alcarria, siendo recogidos luego y traídos a este panteón, más pequeño, pero mejor cuidado y más seguro, donde ya solamente se pudo decir que estaban todos, sin posibilidad de especificar más nada.