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Lo esencial de Sigüenza

La Casa del Doncel en SigüenzaEsta tarde tendrá lugar, en la recuperada iglesia románica de Santiago, en la calle mayor de Sigüenza, un acto cultural en el que se van a mostrar algunas, la mayoría, de las esenciales propuestas quye un grupo muy amplio de escritores hace para que Guadalajara sea mejor conocida, y por lo tanto más valorada, en el conjunto del patrimonio monumental, natural y costumbrista español.

Extraidas de las 100 Propuestas Esenciales para conocer Guadalajara (un libro que se ha hecho clásico en los escasos meses que lleva de vida) aparecen algunas que se materializan en Sigüenza, en esta ciudad que tiene milenios a sus espaldas, y en cada esquina muestra un cartel de pasión y certeza.

Esas propuestas surgen de variadas manos: de escritores y escritoras que sienten la ciudad, conocen su pretérito, y la aman hasta el punto de que están fraguando con sus ganas el futuro que merece, y que no es otro (tal como están las cosas) que el de sobrevivir alegre y confiada.

La Catedral

Eje de la ciudad episcopal, memoria densa levantada en piedra de los siglos que como en escalones la han hecho, este edificio que es religioso pero parece un castillo tiene en sus veres y en sus sentires mucha pasión acumulada.

Sin duda uno de sus mejores conocedores, por sabiduría y amores, es el académico Francisco Javier Sanz Serrulla, quien plasma en pocas palabras ese denso peregrinar por los siglos que ha tenido la catedral seguntina.

Más o menos viene a decir que Sigüenza tiene un perfil propio “entre el cénit de su castillo y el declive de su Alameda” y que entre ambos “se alza, como a mitad, su poderosa catedral de aspecto sobrio” a la que todos conocen por la denominación latina, “la Fortis Seguntina”.

Tras hablarnos del lento crecer del templo, que por grande fue largo, nos lo describe abrevidamente, pero transmitiéndonos el escalofrío de su atención medida: “Precede a la fachada un atrio cerrado con puertas de hierro en 1783, casi cuatro siglos después de que se levantara la torre derecha, mientras la izquierda se alzó dos siglos más tarde por deseo del obispo Fadrique de Portugal. Sobre la gran puerta principal, o “de los Perdones”, en medio de las torres, luce un medallón con la imposición de la casulla de San Ildefonso y sobre éste un gran rosetón para iluminación de la nave central”.

Y acaba describiendo, a la fuerza brevemente, los valores que el interior atesora. Diciendo de sus tres naves, la mayor y central alcanzando los 27 metros de altura, de sus retablos góticos y renacentistas, de su altar mayor manierista, de sus enterrmientos, órgano, coro, sacristías, predicatorios, rejas… a la fuerza todo breve escepto cuando llega a otra propuesta especial, magnífica, que se destaca en el interior catedralicio: “el gran icono seguntino: la figura –anónima- de Martín Vázquez de Arce, “El Doncel de Sigüenza”, entre las más bellas esculturas funerarias de todo el orbe.”

El Castillo

Como ya son muchas las veces que he subido hasta la cumbre de Sigüenza, el altozano que se corona con el castillo que fue de arévacos y luego de obispos, y como lo he visto en ruinas y por lo suekos, y luego vivo y cuajado, puedo contar algo sobre este edificio tan singular.

Primitivo castro celtíbero y luego romano, asiento después de visigodos y árabes, fue reconstruído y continuamente ampliado tras la reconquista de la ciudad en 1124, sirviendo durante siglos de residencia a los señores y obispos. Fueron los siglos XIV al XVI los de su mayor esplendor, pues al comienzo de éllos el obispo Girón de Cisneros construyó las dos torres gemelas del paramento norte, que hoy sirven de entrada. El Cardenal Mendoza también hizo importantes ampliaciones, y ya en el siglo XVIII el titular del señorío episcopal, Díaz de la Guerra, llevó a cabo algunas obras. Tras años de abandono en los siglos XIX y XX, en que casi alcanzó la categoría de ruina total, entre 1972 y 1976 fue reconstruído, restaurado y acondicionado para servir de Parador Nacional. Con éllo se ha conseguido el rescate de este monumento clave de la ciudad de Sigüenza, dinamizando su vida cultural y turística, pues las condiciones ambientales de este Parador le hacen ser preferido de continuo por muchos viajeros y grupos. Al mismo tiempo, sirve como centro de reuniones científicas, políticas, culturales, etc., muy diversas. Puede visitar­se a cualquier hora, al menos en las áreas más utilizadas.

  • Subimos, a pie preferiblemente, desde la grandiosa Plaza Mayor, por la empinada cuesta, viendo iglesias y palacios a cada lado. Y arriba, sobre la gran explanada, se destaca el grandioso recinto, todo él rodeado de fuerte muro almenado, en cuyas esquinas, y a trechos en los paramentos, surgen torreones de refuerzo. La puerta principal se orienta al norte, y se precede de un patio defendido por alto murallón. Por unas escaleras escoltadas de las dos torres gemelas del obispo Girón de Cisneros, se pasa al vestíbulo, y de éste al patio central, en el que destaca un pozo antiquísimo, y galerías de madera. Son reseñables algunos salones, como el del trono, hoy decorado en rojo sus paramentos, donde administraban justicia los obispos; y el de doña Blanca, de grandes dimensiones, para exposiciones y convenciones. También se conserva la capilla, y una pequeña estancia puesta allí por orden del rey Pedro I el Cruel: es la torre de la Mariblanca similar en aspecto a todas las demás, y donde dice la leyenda que pasó amargas jornadas de cautiverio la reina de Castilla, doña Blanca de Borbón. La presencia del castillo culminando la ciudad, con su silueta almenada y torreada, es lo que confiere a Sigüenza su neto carácter medieval.

La iglesia de Santiago

En la calle que de la catedral sube al castillo, a la izquierda aparece el templo que sirvió primero de parroquia al barrio medio, y luego de templo conventual a las clarisas: es la iglesia de Santiago, una joya del estilo románico, mucho tiempo en ruinas, y ahora felizmente recuperada, poco a poco.

De ese emblema seguntino, de esa propuesta esencial, se encarga la cronista oficial de Sigüenza, la profesora María Pilar Martínez Taboada, quien la describe así y anima a los viajeros a lanzar su brindis por ella, su aplauso por el futuro que la espera.

“A finales del siglo XII y en las primeras décadas del XIII, siendo obispo de la ciudad D. Rodrigo y Alfonso VIII el rey de Castilla, un nuevo taller catedralicio alzó las tres portadas de su fachada occidental, ejemplo singular del estilo tardorrománico… A su semejanza se elevaron las portadas de las nuevas iglesias de San Vicente y Santiago, que vieron ampliarse sus fábricas en el mismo momento en que se construían las 90 casas de la Travesaña Baja, para acoger a una población en continuo crecimiento gracias al paso de la Mesta por la ciudad, población en su mayoría de comerciantes y artesanos judíos y mudéjares”.

Con estas frases nos define época y estilo. Es un templo románico con una portada abocinada en cuyas arquivoltas surgen las tallas de temas vegetales y geométricos, propios de esos artesanos mudéjares que la ejecutaron. Una maravilla de templo medieval, que tras sufrir un bombardeo en la Guerra Civil quedó huérfana de cuidados y sumida en el abandono. Hasta que ahora, recientemente, el impulso de la ciudadanía, y las instituciones, especialmente del Ayuntamiento seguntino, y la Asociación de Amigos de la Iglesia de Santiago, se ha iniciado su restauración, que avanza lentamente pero con paso firme.

El Museo de Arte Antiguo

En el viejo palacio de los Gamboa, pero arreglado y pulcro, frente a la catedral se abre el Museo Diocesano de Arte Antiguo. Es el legado de un obispo sabio, don Laureano Castán Lacoma, que quiso recoger entre sus muros tantas y tantas piezas del arte medieval, renacentistas y barroco que andaba medio perdido por las pequeñas iglesias diocesanas. Se constituyó con ello –y tras diversas ampliaciones y adecuaciones a los nuevos tiempos- un Museo extraordinario que es la esencia del arte, del color y los símbolos seguntinos.

Su director actual, el sacerdote Miguel Angel Ortega Canales, nos hace un repaso somero, pero atractivo, de este Museo y de su contenido.

Y nos dice que en él se “trata de conservar el rico patrimonio artístico y cultural de nuestra diócesis, que coincide con los límites geográficos provinciales; por ello, la colección de obras de arte que el visitante encontrará, recoge algunas de las mejores obras de arte de nuestra provincia de Guadalajara, lo que permitirá al visitante conocer la historia, su arte y la religiosidad de las distintas comarcas de nuestra geografía diocesana”.

Nos explica que entre las cientos de piezas ofrecidas, hay representaciones de la mayoría de los pueblos de Guadalajara, y entre los artistas que firman obras, podemos encontrar los nombres de Zurbarán, Salzillo, Salvador Carmona, Juan de Villoldo, Pedro de Andrade y obras salidas del taller de Tiziano

De entre toas sus piezas, destaca su director “la colección de escultura románica, cuya procedencia ya nos desvela la zona geográfica por donde comenzó la incursión de la reconquista con su correspondiente repoblación en estos territorios. A través de sus retablos renacentistas, se descubre el cambio socio-económico típico de esta época con la aparición de una clase social nueva, la burguesía. En las obras de transición al barroco se puede constatar las huellas que por causa de calamidades, como la mortandad de peste en todo el Valle del Henares, quedan reflejadas en el arte propio de este período, al igual que los cambios iconográficos sugeridos por las directrices del Concilio de Trento”. Y, en definitiva, nos viene a decir que todo lo expuesto en este Museo es expresión de épocas, sentimientos y zozobras de las gentes que las hicieron.

Con estas palabras, y con las de los anteriores participantes en el repaso a las propuestas esenciales de Sigüenza, queda listo el proyecto de viaje que te recomiendo, lector amigo, que no dejes para más adelante. A la semana que viene, además, llegarán las anuales Jornadas Medievales de Sigüenza, en la que estos cuatro edificios cabrán junto a un buen yantar y un paseo por los espectáculos, escenarios y puestos de mercaderías que adormarán Sigüenza.

Todos estamos metidos en el Viaje a la Alcarria

Libros_Sobre_el_Viaje_a_la_AlcarriaEn estos días de inicios del mes de junio, se cumplen los 70 años ya de aquel “Viaje a la Alcarria” que hizo el escritor Camilo José Cela, y que poco después publicaría en forma de libro, constituyéndose en uno de los más leídos de la literatura europea del siglo XX.

Van a conmemorarlo un buen puñado de publicaciones, de ceremonias y acontecimientos. Van a poder recorrerse de nuevo sus etapas, y verlas y leerlas en libros varios, de los que aquí doy noticia.

 

Apoyado –como era de esperar- por la primera institucin por el gobierno de la Junta de Comunidadescio:a propuesta especial, magntesora. Diciendo de sus tres naves, la mayor y centraón provincial, nuestra Diputación, pero también por el gobierno de la Junta de Comunidades, y por varios ayuntamientos alcarreños, la memoria de este Viaje ha cuajado en un buen número de publicaciones, algunas ya conocidas, y otras nuevas que vienen a ser expresión de ese interés permanente que la gente tiene por aquel viaje, por aquel personaje, y por aquella época que empieza a ser, -de tan lejana- un poco histórica.

 

Entre los libros aparecidos, destacaría varios con diferentes valores. Uno de ellos, la “Guía del Viaje a la Alcarria” que escribiera y publicara en 1999 el escritor y biógrafo de Cela, Francisco García Marquina, y en el que se apuraba sorbo a sorbo el Viaje y sus circunstancias, descubriendo anécdotas y sutiles detalles que ayudaba a transformar una composición literaria en una aventura personal. Ahí es donde nos enteramos que Cela hizo el “Viaje a la Alcarria” en tres veces, y no solo, sino acompañado por el fotógrafo Karl Wlasak y la periodista Cristina Stichaner. Que unas veces –como él dice- fue andando, y otras en coche de línea, aunque fijándose muy bien en lo que veía al pasar (porque los coches de línea en esa época, 1946) iban muy despacio y levantando mucho polvo.

 

Similar en intenciones, aunque con resultados diferentes, es el libro “Buscando a Cela en la Alcarria” que firmaron en 1981 Salvador Toquero y Santiago Barra. Buscaron lo mismo, personajes y sucedidos, testimonios de testigos y alguna que otra suposición. Ahora ha vuelto a salir, con el apoyo de Diputación, y una sorprendente portada debida al pintor Antonio Burgos.

 

También es de estos días la reedición del libro de Pedro Aguilar Serrano, que vio por primera vez la luz en 2002, “Las cosas de don Camilo”, y que narra anécdotas y valoraciones del Nobel cuando vivía en Guadalajara, pues el autor (que durante una temporada fue además director de este semanario) tuvo ocasión de compartir jornadas, mesas y sobremesas con el Premio Nobel, al que llegó a conocer muy bien.

 

Otra aportación de Diputación a este aniversario, ha sido un “cuaderno de viaje” que con el título de “¡Viaja! a la Alcarria” firman en texto y disposición Laura Domínguez y Fernando Toquero, con fotos de Enrique Delgado y dibujos de Salvador González Salado. Impreso en nuestra ciudad, ha dado un agradable manotazo a los viejos libros descriptivos y se ha sabido imponer con la frescura de una propuesta sonriente y dinámica, para que el “viaje a la Alcarria” lo haga cualquiera, cualquier día, de cualquier manera. Una forma más de convertir la memoria de este libro en una bien sustentada, firme, definitiva, propuesta de camino turístico por Guadalajara.

 

También Juan Pablo Mañueco acude a las celebraciones celianas con una obra en la que como es habitual conjuga la prosa con la poesía, componiendo un “Viaje a la Alcarria, versión .XXI que añade por subtítulo “Donde se narra la primera salida de Alcarriante”, en un juego continuo de equivalencias entre Cela y Cervantes, entre el Quijote y el viajero de la Alcarria antigua.

 

La biografía de Cela, en sus páginas 452 a 462, explica con detalle y precisión el análisis que el autor de la misma, Francisco García Marquina, hace de esta obra, en el contexto de la literatura celiana de viajes. “Cela. Retrato de un Nobel” es la gran biografía del escritor gallego que acaba de aparecer, firmada por nuestro amigo García Marquina. Y en ella viene a decir, en torno al “viaje…” que “la Alcarria escrita por Cela es como el retrato en que el pintor desentraña y plasma los rasgos de quien así queda perpetuado para la posteridad”. Y acude a las consideraciones que hace José María Pozuelo en su edición crítica del “Viaje a la Alcarria” acerca de la capacidad del autor para crear un paisaje y retratarlo tan atinadamente que a partir de ese momento acuda a la mente de cualquiera su libro, como elemento inseparable del viaje. “La misión del escritor es dar voz al mundo” –dice Marquina- “y hacer que a través de su palabra el paisaje pueda entenderse”.

 

Y el gran libro que firma Jesús Orea, y que se adivina definitivo en su valor de guía de descubrimientos y saberes. Para siempre quedará el libro que acaba de aparecer, y que se titula “Viaje a la Alcarria para familias”. Una obra completísima en la que el autor, especializado en la divulgación de historias y paisajes, recorre los caminos celianos, desde Guadalajara a Zorita de los Canes, y el conjunto lo divide en 20 etapas, dando de cada una un recuerdo histórico del lugar, una oferta de elementos a visitar, un resumen del costumbrismo y las fiestas que deben verse, para terminar cada uno con la sugerencia de que sean los más pequeños los que con sus padres, “en familia”, descubran paso a paso esta Alcarria que nos dejó pintada Cela para siempre.

El libro, editado por Diputación Provincial, está magníficamente diseñado por Agueda Herrera, e ilustrado con sugerencias infantiles por Nora Marco Alario, constituyendo una explosión de color y gráficos que se mueven en un diseño minimalista entre el caudal de información aportado por Orea.

De este libro, que dará mucho que hablar, y mucho que descubrir, solo decir que me ha entusiasmado, y que lo veo certero y perenne. Se presentará en Diputación el próximo martes 28 de junio, cerrando con ese acto un mes de intensas evocaciones celianas.

La mirada de Cela sobre el patrimonio alcarreño

01_infantadoAhora que rememoramos el “Viaje a la Alcarria” que a pie y con mochila hizo Camilo José Cela en el mes de junio de 1946, vuelvo a leer sus andanzas y siempre me maravillo de los diversos valores del libro clave del Premio Nobel. Uno de esos valores es, sin duda, el descriptivo: de sus gentes, de sus paisajes, pero no de su patrimonio. Porque como ahora veremos, no lo trató demasiado, ni en profundidad ni en cariños.

En las pocas jornadas que duró el Viaje por la Alcarria de Camilo José Cela, y que él plasma, en los dos años siguientes, en un libro contundente y definitivo, pasó por un país pobre y lejano, pero cargado de glorias antiguas, y de patrimonio denso, conocido, estudiado, ya famoso. En esos años, Layna Serrano se ocupaba de historiar Cifuentes, los castillos alcarreños, los monasterios y las cabalgadas de reyes, santos y magnates. Cela salió al campo con su mochila y su cuaderno de notas. Sin apenas más referencias que las que le habían dado sus amigos del café Gijón: Alonso Gamo, Emeterio Arbeteta, Domínguez. Y volvió a casa con el asombro que las gentes que pululaban los caminos y los soportales de los pueblos le habían causado, y mucho material informativo para abultar su final capítulo sobre Pastrana, gracias a la conversación que sostuvo con el médico de la villa, en ese momento don Francisco Cortijo Ayuso.

Por hacer un repaso a ese tratamiento que del patrimonio hace Cela en su “Viaje a la Alcarria”, doy aquí los datos testigos del desapego que la silueta monumental le supuso.

Cuando subiendo desde la estación del tren hacia el centro de Guadalajara, pasa por la plaza de los Caídos, dice Cela que ve a un lado el palacio “del duque del Infantado”. Y que está en el suelo, que es una pena. “Debía ser un edificio hermoso. Es grande como un convento o como un cuartel”. Ahí acaba su análisis del palacio que ahora pugna por ser declarado Patrimonio de la Humanidad. También es verdad que entonces llevaba diez años con las huellas del bombardeo, sin tocar.

En Taracena, dice simplemente que “es un pueblo de adobes, un pueblo de color gris claro, ceniciento, un pueblo que parece cubierto de un polvo finísimo”. Y en Torija pasa como de puntillas junto al castillo, diciendo que el pueblo, que está subido en una loma “desde la entrada tiene un gran aspecto, con su castillo y la torre cuadrada de su iglesia”.

Solamente en la torre de Fuentes se fija, vista a lo lejos, y ya en la meseta le llama la atención el pino japonés (en realidad era un cedro) más que el edificio del palacio de Ibarra. Por desgracia, todo estaba destruido, tras los ocho años que hacía desde el fin de la Guerra.

En Brihuega se entretiende un poco más, pero es con la gente. Con los monumentos tiene poco trato, y solo se dedica a copiar el cartelón conmemorativo que luce sobre la Puerta de la Cadena, y se deshace en elogios frente al Jardín de la Fábrica de Paños, de la que dice que “no queda nada”.

Por Masegoso pasa de refilón, describiéndole en plan poético (“Masegoso es un pueblo grande, polvoriento, de color de plata con algunos reflejos de oro a la luz de la mañana, con un cruce de carreteras”), pero sin ajustarse a la realidad, pues en esos años acaba de ser reconstruido por Regiones Devastadas de su ruina absoluta.

Y tras pasar junto a Moranchel, llega a Cifuentes, donde se admira del púlpito gótico de la iglesia, y hasta cuenta la aventura de su rescate por el párroco como un ejemplo del tesón alcarreño. Describe además la “Casa de la Sinagoga” con su patio destartalado, y acaba equivocándose con la torre del Salvador (la parroquia) de la que dice que quedó partida en dos por una bomba, cuando eso le ocurrió a la vecina espadaña del convento de Santo Domingo.

En Budia, donde como es lógico no almacenó buenos recuerdos, se fija en las “casas antiguas, con un pasado probablemente esplendoroso” Y disfruta anotando los nombres sonoros de sus calles: Lechuga, Boteros, Estepa, Hastial, Bronce, Real, Hospital…

En Pareja solo se soprende del olmo añoso, al que llaman olma, que es “copudo, matriarcal, un olmo tan viejo, quizá, como la piedra más vieja del pueblo”.

Y luego pasa, de camino hacia Córcoles y Sacedón, junto a las ruinas del monasterio de Monsalud, de las que nadie le explica nada, y él resuelve su andanza junto a ellas diciendo que “pasa entre los muros, cubiertos por la yedra, de un convento en ruinas, rodeado de olmos y de nogueras. En el claustro abandonado pacen dos docenas de ovejas negras. Cuatro o seis cabras negras trepan por los muros deshechos, aún milagrosamente en pie, y una nube de cuervos, negros también, como es natural, devoran entre graznidos la carroña de un burro muerto y con los ojos abiertos y el cuerpo hinchado al sol”.

Poco explica de Sacedón, si no es su admiración general por el urbanismo de lo que entonces era un pueblo cabeza de partido: “Sacedón es un pueblo hermoso y de calles anchas, abiertas. Hay varias casas de tres pisos y muchos comercios bien abastecidos. . . El caserío se extiende bastante y la torre de la iglesia destaca airosa sobre todo él”.

A bordo del autobús, llega a Tendilla, donde su larga y soportalada calle, joya del urbanismo alcarreño, le merece a Cela esta sola frase: “Tendilla es un pueblo de soportales planos, largo como una longaniza y estirado todo lo largo de la carretera”. Sin duda que al viajero le interesa, sobre todo, la gente y sus historias, sus gestos y sus comportamientos, pero resulta un poco decepcionante comprobar que lo que hoy nos entusiasma a muchos, a él apenas le suscitara un par de líneas.

Pastrana, suprema

La llegada a Pastrana parece cambiarle el ritmo a Camilo. De pronto se siente transportado a otra época, se empapa de la magia de la localidad alcarreña, en la que la princesa de Éboli, los moriscos, y los pañeros parecen clamar a diario el mensaje de grandeza. Y los duques, y sus criados, y los palacios y conventos… entonces se lanza a contar todo lo que ve. Todo menos los tapices, porque explica Cela que en ese año 1946 estos seguían todavía guardados en Madrid, mientras las autoridades locales de Pastrana y Guadalajara seguían haciendo gestiones y reclamando su regreso.

Es sin duda don Francisco Cortijo Ayuso, “don Paco, el médico”, y también don Mónico, el alcalde, quienes le refieren por menudo a Cela lo que Pastrana tiene, lo que ha tenido, lo que puede tener.

Y así, impresionado ya desde la plaza (“La plaza de la Hora es una plaza cuadrada, grande, despejada, con mucho aire”.) entra en el palacio, del que tambien dice, como dijo del palacio del Infantado en Guadalajara, que “da pena verlo”. Y añade: “El viajero no sabe de quién será hoy este palacio —unos le dicen que de la familia de los duques, otros que del Estado, otros que de los jesuítas—, pero piensa que será de alguien que debe tener escasa simpatía por Pastrana, por el palacio, por la Éboli o por todos juntos”. No estaba diciendo sino que fuera de quien fuera, no había derecho que aquel hermoso edificio estuviera tan desasistido, tan ruinoso y abandonado… Afortunadamente, todo ha cambiado a día de hoy, y a Cela le aplaudimos, como lo hacemos a quienes restauraron ese palacio para siempre (y no se nos olvida quien fue, don Manuel Gala, rector entonces de la Universidad de Alcalá…)

Camilo va describiendo cuanto ve en Pastrana a su paso por plazas y callejuelas. Así da gusto, visitar un pueblo con las autoridades, en plan complaciente, a un lado. Cuando llega a la Fuente de los Cuatro Caños, se percata de que no mana agua de ella, y “en las grietas de la losa nacen unos yerbajos desgarbados”. Pero para que pueda sacar una fotografía (y ahí se refiere a su acompañante Karl Wlasak, no a él, que no llevaba máquina de fotos) “el alcalde ordena que se dé agua a los caños, y el alguacil, entonces, va a buscar un hierro y los desatasca”, momento que aprovechan unas mujeres –nos dice Camilo- “para llenar sus cántaros y sus botijos”.

Del interés de Cela por el patrimonio artístico de la Alcarria queda como una losa esta frase que él mismo escribe al aire de su visita a la Colegiata: “El sacristán es muy erudito y va explicando al viajero una porción de cosas que pronto se le olvidan”. Sin embargo, le queda en la memoria que en la iglesia “está enterrado el ermitaño Juan de Buenavida y Buencuchillo, que debió ser todo un personaje”.

Es el único pueblo de todo el Viaje a la Alcarria que Cela describe con pormenor, con su gracia y su galanura de siempre, pero a modo, en detalle.

Por abundar en las cosas que ha visto, o le han contado, refiere hasta el detalle que “frente al convento, en el cerro La Cuesta de Valdeanguix, están las cuevas del Moro, largas y profundas, alguna hasta de sesenta metros. El viajero ni sube al cerro ni desciende a las cuevas. Pastrana es mucho pueblo para pateárselo entero en un solo día, y el viajero no se encuentra con ánimo para dar ni un solo paso más”. En todo caso, con este paso por Pastrana, y poco antes de llegarse hasta Zorita y despachar al castillo con la frases “debió ser una verdadera fortaleza”.

“Ahora, los arcos y las bóvedas aparecen desaplomados y amenazan venirse al suelo de un día para otro”, Camilo José Cela se salva de la iconoclastia por muy poco, pues aunque su libro es magnífico, me entusiasma, y siempre lo pondré como ejemplo de la mejor literatura española del siglo XX, la verdad es que respecto a la descripción de los edificios, plazas y monumentos se queda más bien escaso.

Lo compensa, sin embargo, con el buen decir, con la piedad que muestra hacia la gente, con su forma de convertir una tierra, la Alcarria, en un paisaje literario para siempre.

La Hoz: tradición y realidad

Molina_Barranco_de_la_Hoz_panoramicajpgBajando el río Gallo desde Molina, junto a los caseríos, antiguos mo­linos, huertas y arboledas, surge a un lado el pueblecillo de Ventosa, y a otro, algo más alejado, el de Corduente, que en verano se infla de gentes y ganas de vivir. Poco más allá, el viajero entra en uno de los más impre­sionantes espectáculos que le puede ofrecer la Naturaleza en la provincia de Guadalajara: bella sobre toda ponderación es la Hoz del río Gallo entre Corduente y Torete. Es el llamado Barranco de la Hoz, por donde el río cangrejero discurre, torrencial o manso, límpido y frío, entre densas choperas y altos y caprichosos murallones de rojiza roca arenisca. A lo largo de varios kilómetros, serpenteando las aguas por donde el gran tajo geológico las manda, se crea un paraje que ha sido siempre justamente alabado, y que hoy sigue gozando del merecido entusiasmo con que muchos se dirigen a él.

En tal marco de agreste naturaleza no es extraño que hasta apariciones milagrosas y sobrenaturales se hallan producido. Suelen ser estos entornos de desusada grandiosidad los que la tradición utiliza para centrar sucesos de orden milagroso y trascendental, ejes de una posterior y larguísima de­voción. Baste recordar, dentro de este mismo teritorio del Señorío molinés, las apariciones y santuarios de la Virgen de Montesinos, en Cobeta, o de Nuestra Señora de Ribagorda, en Peralejos. Ríos estrechos y saltarines, barrancos de misteriosa silueta, de grandiosidad sin límites: bosques y praderas, grutas húmedas. Esos son los puntos donde sucede el prodigio.

Vamos a recordar cómo fue el de la Hoz de Corduente. Discurría uno de los años medios del siglo XII. Un vaquero de Ventosa, que había pa­sado el día apacentando su ganado por los alrededores y montes del pue­blo, notó que le faltaba una res. Se apresuró a buscarla, yendo a inter­narse por la espesura del barranco de la Hoz, entonces densamente cu­bierto de vegetación y poblado de alimañas. Se hizo de noche y se creyó perdido. Y cuando ya flaqueaba en sus esperanzas de salir con vida del difícil trance, vio un gran resplandor junto a la basamenta de un alto grupo de rocas. Guiado por la luz, llegó hasta un lugar donde encontró, sobre un pedestal rocoso, una pequeña imagen de la Virgen, tan perfecta que casi parecía de carne y hueso.

Corrió al pueblo, donde contó el hallazgo, y las gentes en romería se acercaron a ver el prodigio. Entre unas soberanas rocas de increíble altura, sobre una especie de altarcillo natural, allí estaba la Virgen María, tallada en la madera de la comarca, teñida con los colores de sus cielos y sus aguas. Las gentes, entusiasmadas, quisieron llevarla a lugar seguro y poblado: unos decían que a Ventosa; otros, que a Corduente. Al fin se decidió tras­ladarla a la iglesia mayor de Molina. Y en su altar principal se puso. Pero, ante el asombro de los molineses, al día siguiente vieron que el altar estaba vacío y la Virgen había volado, concretamente hasta el mismo punto donde se apareció al vaquero. Vuelta a llevar a Molina, y puestas guardas para evitar una posible sustracción, nada pudieron hacer por impedir que, mi­lagrosamente, la talla de la Virgen volviera a su lugar primero, a lo más abrupto del barranco del Gallo. Fue ello claro indicio, milagrosa urgencia proclamada, de que la Virgen quería quedar en la espesura de la Hoz. Así fue que las gentes, en el lejano siglo XII, decidieron levantar en aquel lugar una ermita, que, con el paso de los años y los siglos, fue tomando auge, en lo espiritual y material, pues allí se instalaron canónigos regulares de San Agustín, pasando luego a ser propiedad del obispo de Sigüenza, y más tarde de los monjes cistercienses de Óvila y Huerta, que administraron largos tiempos los beneficios que un lugar de peregrinaje tan nutrido ofrecía.

La devoción de los molineses hacia su Virgen de la Hoz es general y es invariable. Durante siglos se han acercado, en romería, las gentes del Señorío, en solitario, o agrupadas en cofradías y aún municipios enteros. Pueblos como Corduente, Ventosa, Lebrancón, Rillo, Herrería, Canales, Rueda y Tierzo han hecho de siempre manifestaciones devotas hacia su Virgen de la Hoz. Una de las más sonadas y multitudinarias romerías fue la del pueblo de Odón, que, aunque hoy es provincia de Teruel, fue siem­pre parte del Señorío molinés: el segundo día de la Pascua de Pentecostés se acercaba el vecindario entero; hombres, mujeres y niños, montados en carros. Una vez llegados a Molina, en el arrabal de San Juan, se organi­zaba el grupo, que iba precedido de banda de música, y al día siguiente de su llegada al santuario celebraban una solemne fiesta religiosa, tras de la cual se representaba por los mismos vecinos de Odón una loa de «moros y cristianos», que terminaba con originales danzas de «palos y espadas», similares a las que los de la «Hermandad» de la Virgen de la Hoz, de Molina, solían celebrar el 8 de septiembre.

Milagros y favores dispensó de continuo la Virgen a los que con fe la suplicaron. En su santuario, prendido y abrigado entre los grandes riscos, junto al río, aún se ven hoy las huellas de una fidelidad y un continuo ir y venir de gentes, de estilos artísticos, de ex-votos y leyendas. Un viaje a la Hoz, para un molinés, supone un encuentro consigo mismo y con la espiritualidad, añeja y tradicional, de su tierra. Para quien no lo sea, para aquel que simplemente busca encontrar nuevos lugares significativos, el barranco y el santuario de la Virgen se le meterán muy dentro en sus re­tinas y en su corazón, y lo tendrá por bien usado el tiempo y el latido que en llegar hasta ese hermoso rincón del Señorío ha utilizado.

Breve relación es ésta de méritos y grandezas. Quien desee entrar más a fondo en la materia, debe buscar los libros que sobre el santuario y sus tradiciones escribieron autores como Moreno y Abánades, o el más re­ciente de García Perdices en torno a las advocaciones marianas en la pro­vincia de Guadalajara. Sin duda el mejor de todos, a fecha de hoy, es el que firmó hace un par de años la hermana dominica Sor María del Mar Castro Malo. En su estructura, y por este orden, la autora nos cuenta la memoria antañona del Señorío de Molina, con brevedad y exactitud. Le sigue la descripción del barranco de la Hoz, en su aspecto geográfico y naturalista. Siguen recuerdos de la orilla del Gallo, y el cuarto capítulo se extasía en la evocación de la Virgen en todo su esplendor. Luego ofrece a través de diecisiete escalones las memorias históricas del lugar y santuario, describiendo la gruta de la aparición, y los retablos y figuras que hoy habitan el interior de la arenisca roca. Es muy interesante, por lo inédito, el capítulo dedicado a los milagros, sacados de antiguas crónicas y de los exvotos que cuelgan en el camarín de la Virgen. Será, de todos modos, la voz y el verso de José Antonio Suárez de Puga la que pondrá el tono justo de poesía que aquel lugar inspira a cuantos llegan. Sobre el muro de la ermita se leen los poe­mas de este autor alcarreño:

 

A ESTA PARRA

 

Con qué dulce volar la rama espesa

de tu parral, ¡oh, Virgen en clausura!,

por un delgado pámpano se apura

a hacerse vino de tu Santa Mesa.

La vieja sangre de la Biblia ilesa

dentro del dócil vegetal madura

y en el silencio de la estancia pura

derrama, peregrino, su promesa.

Promete, ¡oh, tierno tallo de esperanza!,

un día darte la cosecha entera

de su primer racimo transparente

enseñándotela, pues no te alcanza,

dentro de la sagrada vinajera

de algún misacantano adolescente.

 

 

Memoria de Regino Pradillo

Regino_Pradillo_Pintor

El pintor en su estudio

Hoy se inaugura, en la sede del área artística del Ayuntamiento, el Museo Sobrino más concretamente, una muestra antológica de Regino Pradillo Lozano, uno de los grandes artistas alcarreños del siglo XX. Lo hace con motivo de cumplirse (este próximo otoño) el veinticinco aniversario de la muerte del pintor.

De la galería, poblada y densa, que de alcarreños insignes por su trabajo podríamos formar, asoma con fuerza la figura y la obra de Regino Pradillo, que debe ser considerado como uno de los mejores pintores con que ha contado Guadalajara en el pasado siglo. Además de sus características personales, todo cordialidad, humanidad y dedicación al trabajo, su estilo netamente definido, dentro de una corriente figurativa, le auparon a los primeros puestos de cotización y aprecio de la pintura española de nuestra época.

Nació Regino Pradillo Lozano en Guadalajara, en 1925, y desde pequeño demostró su afición al dibujo y a la pintura. A base de muchos sacrificios por parte de su familia y de él mismo, que dedicó algunas temporadas de sus vacaciones a trabajar como pintor industrial en obras y reformas, consiguió estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, donde se graduó con toda brillantez, consiguiendo a continuación y por oposición el grado de Catedrático de Dibujo de Enseñanzas Medias.

En esa calidad estuvo algunos años enseñando a las jóvenes generaciones de alcarreños, entre las que con todo orgullo puedo contarme, a dibujar y a tomar afición por las formas y los colores. Después fue a Paris, también como Catedrático de Dibujo y ya como Director del Liceo Español, permaneciendo allí hasta su jubilación, forzada por problemas de salud, en 1989.

Desarrolló una actividad continuada y metódica en su calidad de artista creativo, de pintor, dibujante y grabador. Pradillo dominó todas las técnicas del arte figurativo, y muy especialmente el óleo, en el que destacó por su maestría en el retrato, habiendo llegado a pintar varios centenares de imágenes de muy destacadas personalidades de la vida española y francesa. Concretamente a su pincel se deben algunos de los retratos de las galerías oficiales de Arzobispos de Toledo, de Gobernadores civiles de Guadalajara y de Presidentes de la Diputación de nuestra tierra.

Destacó también en la pintura de escenas y figuras religiosas, adornando con sus grandes paneles la capilla de la Residencia Infantil de Solanillos (Mazarete, Guadalajara), y dejando maravillosas composiciones en los salones del Ayuntamiento de nuestra ciudad, como esa portentosa “La Primera Misa de San Juan”, llena de colorido y equilibrio en sus figuras, que ahora se ha llevado al palacio de la Cotilla, o el clásico lienzo de “la mora” que durante muchos años ‑pues fue una de sus obras de juventud‑ adornó una céntrica pastelería de Guadalajara.

Prefiero, sin embargo, los cuadros de sus paisajes, especialmente aquellos en los que trata la tierra de Castilla, el paisaje austero y difícil de su tierra natal, nuestra Guadalajara. Las ondulaciones, los rastrojos, el distanciamiento neblinoso de los montes y carrascales tupidos, se reflejan magistralmente en las pinceladas llenas de vigor e inteligencia, también de sensibilidad y cariño, de Regino Pradillo. Son, quizás, la mejor expresión de su arte. Además dibujó y pintó al óleo muchos lugares europeos, especialmente de París, de Estrasburgo, de Moscú, etc.

Regino Pradillo destacó además en el dibujo y el grabado

En otras facetas del arte descolló Regino Pradillo. Sin duda son las más conocidas las del dibujo y el grabado. En el primero de éllos realizó multitud de bocetos, apuntes rápidos, composiciones muy sueltas con figuras femeninas, imágenes de la Virgen María, grupos de niños, etc. En el segundo, a pesar de la dificultad que entraña técnicamente, logró Pradillo maravillosas piezas, también con retratos de personajes alcarreños, tipos populares y paisajes entrañables de la ciudad que le vió nacer.

De tanta actividad y singular creatividad, Pradillo cosechó innumerables galardones y la admiración de toda Europa, que paseó con sus exposiciones con un gran éxito. Alcanzó el nombramiento de Académico correspondiente en París de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la Encomienda con Placa de la Orden de Alfonso X el Sabio, la Encomienda al Mérito Civil del Ministerio de Asuntos Exteriores, Académico correspondiente de la Academia del “Second Empire” de París, llevando por otra parte multitud de premios, como la gran Medalla de Oro del Salon de los Artistas Franceses celebrada en el Grand Palais de Paris, trofeo que muy pocos españoles han alcanzado. Los laureles se concretaron en premios tan prestigiosos como las “Palmes Academiques” del gobierno francés, o la Medalla Pedro Pablo Rubens de Amberes, etc. Serían incontables de referir sus premios y pormenorizar sus éxitos a lo largo y ancho de toda Europa. Sus exposiciones en París, en la sede de la UNESCO, en Bruselas, en Estrasburgo, en Londres, eran esperadas con atención, y por éllas desfilaba la más selecta sociedad de esas capitales comunitarias.

Cuando Regino Pradillo, en la cumbre de su gloria, se sintió enfermo, continuó alentando su afabilidad con todos, pero volvió los ojos hacia su España querida, hacia su Guadalajara natal más concretamente, donde todos le conocíamos más en calidad de amigo que de pintor internacionalmente consagrado. A sabiendas de que acababa su vida, eligió esta ciudad para morir en élla. La salida de este mundo se concretó el viernes 18 de de noviembre de 1991. Su memoria, y su gran obra pictórica, quedó para siempre grabada en los mejores anales de Guadalajara. Y en esa galería de sus gentes más memorables, su figura.

Aunque en la Exposición que el Ayuntamiento de Guadalajara ha preparado, y que hoy se inaugura, con motivo del XXV aniversario del fallecimiento de Pradillo, habrá muestra de sus diversas facetas, no voy a entrar por mi parte en la valoración artística ni en el análisis de méritos, sino que quiero consumar con estas palabras la admiración que desde muy joven sentí por el arte y la faceta humana de Regino Pradillo, y el aplauso que de forma espontánea dediqué a cuanto hacía. De sus pinceladas cálidas, de su teoría del color, y de la consideración de sus propuestas paisajísticas, dejo que hablen otros especialistas. Me quedo con la satisfaccion de haber conocido a tan gran artista, y de haber disfrutado de sus obras, que con tanta precisión y sencillez supieron mostrar las mil caras de esta tierra en la que nacimos, de esta Guadalajara que sigue enredada en nuestros corazones.