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El paseo de la Concordia, corazón verde de la ciudad

Concordia_11En estos días aparece una obra, escrita por Pedro J. Pradillo y Esteban, que nos entrega entera y verdadera la larga historia del parque de la Concordia. Va a ser en el próximo otoño, mediado octubre, cuando se presentará en un acto cultural de la Biblioteca Provincial este libro, que ya está despertando un gran interés en los cada vez más numerosos interesados en conocer nuestro patrimonio histórico y cultural.

En mil ocasiones, y por variados motivos, hemos pasado y paseado por La Concordia, en días de húmeda neblina y en atardeceres veraniegos cargados de vencejos y golosinas. Las Ferias tuvieron sus entrañables luces recogidas entre los árboles, y diversos desfiles, juras de banderas y proclamas políticas y ciudadanas se repitieron –de esto hace ya muchos años- sobre el arenal de su salón central. La Concordia ha sido, no cabe duda, el lugar de referencia de una ciudad que ha crecido por sus cuatro costados, que se ha hecho mayor y sabia, pero que mantiene su corazón con el mismo latido y en el mismo lugar de siempre. Su corazón verde. La Concordia.

Rescatamos parte de la memoria de la ciudad

La forma que Pedro Pradillo Esteban tiene de abordar la historia del Paseo de la Concordia, es muy plural y atractiva. Primero estudia, año por año, las decisiones que le hicieron nacer, los sucesivos añadidos, las mejoras paulatinas, formas y colores, árboles, fuentes, kioskos, fiestas, solemnidades, juras de bandera y fiestas de scouts… y luego se entretiene en cribar de periódicos, actas y poemarios, todo lo que se ha escrito sobre el Parque a lo largo de sus 160 años de vida.

Entre esos escritores, quiero citar las frases que Jesús Orea dedica a nuestro más emblemático espacio de entretenimiento. Y así, en la página 197 se desgranan los piropos que el periodista alcarreño le dedicó al paseo de la Concordia en el “Guadalajara Dos Mil” de febrero de 2004:“La Concordia se ha ido convirtiendo con el transcurso de este siglo y medio de historia en mucho más que una simple zona verde. La Concordia fue, al principio y por espacio de muchos años, el único gran parque de la ciudad y, con el paso del tiempo y aunque Guadalajara se fue dotando de nuevas y amplias zonas verdes, ha sido y sigue siendo el parque más emblemático y de referencia de la ciudad, testigo de numerosos aconteceres históricos y sociales y cómplice de no pocos instantes familiares e individuales, guardaos en la memoria y en el corazón de las sucesivas generaciones de guadalajareños”. Estas frases las lanzaba con motivo del 150 aniversario de su creación, que fue conmemorada muy cumplidamente por el Ayuntamiento con una gran fiesta de época, y una breve publicación evocadora.

Los nombres del Parque

Desde su creación en 1854, el Paseo de la Concordia ha recibido diversos nombres. El primero, y que hoy mantiene, se refería a la amistad convenida entre unos y otros partidos políticos, tras los años de tensiones y aún enemistades violentas. Este nombre fue propuesto por don José María Jáudenes, gobernador civil de la provincia a la sazçon, quien además pidió que se pusiera su nombre a la calle que, en redondo, rodea al parque, tal como hoy lo hace la calle del capitán Boixareu Rivera.

El segundo de los nombres, lo recibió en 1937, en plena Guerra Civil. Una asociación “cultural” propuso que se le diera el nombre de Parque de la Unión Soviética, que mantuvo hasta la primavera de 1939 en que pasó a ser denominado con los apellidos del protomártir de la sublevación: José Calvo Sotelo. Al fin, llegó el razonamiento clásico y recuperó el nombre inicial, de La Concordia, en 1981, a petición del alcalde Irízar.

Los inicios del Parque

Sobre las eras de la ciudad, demasiado cercanas ya al área habitacional, tres nombres se coaligaron para dar nacimiento al primer parque de Guadalajara. Concebido como un paseo, despejado y con árboles, el alcalde don Francisco Corrido, con visto bueno de su corporación municipal, y la autorización del gobernador civil Jáudenes, encargó el proyecto al profesor de la Academia de Ingenieros militares, don Angel Rodríguez Arroquía, quien diseñó las obras. El paseo, finalmente, se inauguró a las puertas del verano, concretamente el 13 de junio de 1854. Se componía de “un paseo central y dos bandas de jardines, rodeado todo por las calles del perímetro”.

A lo largo de los años fue cuidado y protegido por el Ayuntamiento, que sabía era este de La Concordia un espacio que daba prestigio a la ciudad, y que se convertía, rápidamente, en punto de encuentro de la ciudadanía. Elllo conllevó numerosas mejoras, paulatinas remodelaciones, y añadidos como especialmente el muro de piedra que se construyó, a inicios del siglo XX, para separarle de la calle “Carrera de San Francisco”.

Se fueron añadiendo fuentes, remodelando los jardines, y el gran kiosko de la música, que se levantó en 1915, diseñado por el arquitecto municipal Francisco Checa. Se pusieron algunos elementos constructivos en su interior, siempre livianos y que por ello fueron efímeros: una biblioteca, algún puesto de bebidas, un tablado para la música, una sala para proyecciones de cine… el libro de Pradillo nos va dando pormenorizadas esas aportaciones, con años, nombres y decisiones. Los arquitectos municipales siempre fueron responsables de las actuaciones y mejoras de La Concordia.

Tiempos modernos

Tras la Guerra Civil, con la ciudad destruida, también al Parque le llegó la hora de mejorar, y dinamizarse. Una de las transformaciones que aún permanece es la vía transversal que se le abrió desde San Roque a la Carrera, con el objeto de que pudieran desfilar, y pasear sin problemas, los cadetes que desde 1940 se alojaban y formaban en la Academia de Infantería que provisionalmente se instaló en el recinto de las Adoratrices. Hoy se ha mantenido y se ha colocado una fuente luminosa en su centro.

También en 1954 se le pusieron dos grandes pilastras que señalaban, y siguen señalando, la entrada principal del parque. Todavía el primer Ayuntamiento democrático intentó grandes reformas, casi espectaculares, como la eliminación del muro hacia la Carrera, la erección de columnatas con estatuas, etc, que no se llevaron a cabo, quedando como hoy lo vemos, satisfecho él, y sus paseantes, del aire decimonónico que aún tiene, a pesar de haberle sumado (y luego retirado) algunas cosas, como bares, bibliotecas, estatuas… Precisamente de esas estatuas, las que hay ahora, las que hubo antaño, hace una relación curiosa y muy ilustrativa de lo que en cada tiempo la ciudad ha considerado “carne de mármol” o recuperación de antigüedades dignas del marco verde de las plantas.

El autor de este libro, como colofón de su estudio histórico y documental, plagado además de imágenes, planos, grabados, fotografías de festividades y desfiles… propone en su epílogo que se recupere aún más nítidamente el aspecto inicial, eliminando (por ejemplo) los falsos montículos que le hacen perder perspectiva, o aumentar el espacio de la explanada central que permita el uso del parque en todas las estaciones.

La segunda parte de esta obra, la titula Pradillo de “Crónica ilustrada”, y en sus páginas van apareciendo crónicas periodísticas, textos de actas municipales, versos de Luis Cordavias, retratos de tipos clásicos del entorno, como “el Arenero”, Perico “el Buche”, Cesáreo “el Barquillero” o el guarda Bernardo a quien muchos aún recordamos con su ancha banda de cuero y la insignia metálica que le confería un poder omnímodo.

Muchos de esos textos son testimonio escalofriante de hechos reales, y otros son sueltos y gacetillas de anécdotas desternillantes. Los firman Salvador Toquero, Rubén Madrid, Jesús Orea, Pedro Aguilar, Gil Montero, Ochaita y los redactores de “Flores y Abejas” y “Nueva Alcarria”.

Con todo ese material, dispuesto en una agradable y manejable formato de libro cuadrado, entre imágenes continuas y evocadoras de tiempos palpitantes, discurre este libro que muchos alcarreños van a tener, desde ahora, como de cabecera, porque por más que se lea y se relea, siempre nos sorprenderá algo nuevo y divertido.

El libro sobre La Concordia

En el camino de los análisis históricos y patrimoniales, nos llega ahora este magnífico estudio del doctor Pradillo Esteban sobre el más antiguo y clásico de los parques de la ciudad de Guadalajara.

Se trata de un libro con edición muy cuidada, muchos gráficos y cómoda tipografía, en el que el autor aborda la memoria de esta parte latiente de la capital a través de dos grandes partes: la primera, es el estudio histórico y documental. La segunda, un anecdotario a través de escritos ajenos, recortes de periódico, y fotografías antiguas.

Estos son los datos concretos del libro que acaba de aparecer publicado por la editorial Aache y la colaboración del Axcmº Ayuntamiento de la ciudad: Pradillo y Esteban, Pedro J.: “El Paseo de la Concordia. Historia del corazón verde de Guadalajara. Aache Ediciones. Guadalajara, 2015. 208 páginas, 20 x 20 cms. grabados en color. Encuadernación en cartoné. ISBN 978-84-15537-73-1. PVP, 24 €.

 

Las bodegas de Horche

Horche_Una_Bodega_que_fue_industrialUno de los atractivos que hoy ofrece la cercana población de Horche, son sus bodegas. Un impresionante conjunto de excavaciones en lo profundo de la tierra, en las vertientes del cerro en que el pueblo asienta, y años/siglos de permanente cuidado, de vida inyectada, de actividades, cantos y cosechas, han consumado una realidad espléndida, que hoy es meta de muchos viajeros, alegría de tantos ruteros.

En los folletos de turismo que Horche ha preparado, y en algunos libros que han salido a luz, las bodegas horchanas se constituyen en eje de admiración y meta de peregrinaje.

De las muchas cuevas que hay en el término de Horche, figuran ocho en el catálogo local de edificios protegidos. Son las siguientes:

– Bodega de Sixto. En la calle de la Concepción.

– Bodega de Muñoz Moya. En la calle de El Vallejo.

– Bodega de Alfredo. En la calle de El Palomar.

– Bodega de Felipe “El Hortelano”. En la calle de Herencio.

– Bodega de Salas. En la calle de El Vallejo.

– Bodega de Joaquín Escribano. En la calle de El Palomar.

– Bodega de las Francisquillas. En la calle de El Palomar.

– Bodega de la Piedra de la Comuna. En la calle de la Iglesia.

Todas estas y muchas más pueden ser visitadas, y aunque tienen propietario, y un uso privado, lógicamente, no es difícil acceder y verlas, olerlas y sentirlas, con ese ambiente húmedo, vinoso y antiguo que de sus muros emana.

Las Bodegas hoy

Desde muy antiguo, en Horche se dedicó la población al cultivo de la vid y a la producción del vino. Entre otras cosas, por supuesto. Y con los altibajos propios de los acontecimientos (guerras, epidemias, etc.) que esporádicamente han sucedido. Hoy sigue siendo un eje de vida y actividad. Y aunque el vino de Horche no se produce en grandes cantidades, ni es de primera fila, el objetivo se cumple, porque lo que se pretende es disfrutar cosechando, viéndolo crecer, y degustándolo en camaredería y amistad.

Las bodegas y el vino de Horche son más bien una justificación para vivir felices, más que un objetivo económico.

Por todos se repite que estas bodegas y este cultivo son de origen árabe, lo cual es más bien difícil, puesto que el Islam prohíbe y siempre prohibió el uso del vino y las bebidas alcohólicas. Más bien su origen podría datarse en en el siglo XVI, cuando empezó a disminuir el comercio de la lana, y en esta parte de la Alcarria tuvo que acelerarse el cuidado a los campos y a la agricultura. No sería hasta mediados del siglo XVI que comenzaran a labrarse y cuidarse las bodegas horchanas, tiempo en que disminuyó el pastoreo y aumentó el cultivo de los viñedos. Y que ya siguió, cada vez más floreciente, hasta los comienzos del siglo XX, en que la llegada de la epidemia de filoxera acabó prácticamente con todo este panorama.

Nos cuenta en su “Historia de Horche” Juan Luis Francos, la evolución histórica y patrimonial de estas bodegas horchanas. Él mejor que nadie, como Cronista Oficial que fue de la Villa de Horche, sabía de estas construcciones, de sus características, de sus peciuliaridades. Y así me atrevo a tomar de su libro estas frases que mejor que nada describen esta temática que hoy quiero resaltar, especialmente para que sean muchos los viajeros que se lleguen a Horche a visitarlas y disfrutar de ellas.

Decía Francos que “Las cuevas o bodegas se excavaban en el terruño, en la parte baja de las casas, con entrada desde el portal, y en los aledaños del caserío. Eran corrientemente húmedas y de extensión apropiada a la producción familiar. Con techos abovedados, pasillos, generalmente rectos, con huecos a derecha e izquierda para las tinajas y alguna estantería de madera, siempre húmeda, algo salitrosa, sobre las que se colocan botellas, garrafas, damajuanas, vasos y útiles varios. Mantienen una temperatura bastante uniforme, entre doce y catorce grados, que va bien para los caldos, por lo que además se utiliza como almacén para productos perecederos de la huerta. De su grado de temperatura dependía la cocción más temprana o más tardía de los caldos y de su grado de humedad el sabor. Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, cuando la producción era menor por la filoxera, las situadas en las casas fueron arreglándose, se les hizo arcos de piedra o ladrillo, se las dotó de luz eléctrica y se las acomodó para tener una estancia más acogedora que favorezca la tertulia y la merienda. Las situadas en el extrarradio sufrieron suertes diversas. Algunas se hundieron por el abandono, otras se quedaron sin tinajas, rotas por las “peñas” que las ocuparon para disponer de más espacio. Otro tanto ha ocurrido con las cuevas, posiblemente las más antiguas, situadas en la calle La Cañada, por donde circula el encierro taurino desde que existe la plaza de toros estable. Las bodegas se han conservado con más o menos respeto y se han levantado edificios para tertulias y meriendas, a la vez que para disfrutar de los mencionados encierros”.

Otros datos de bodegas

Si a la Alcaria hay que ponerle fechas, tradicionales, que todos esperan (o esperaban) con ansiedad y perspectivas, eran estas: la vendimia y su posterior pisado de la uva, el esquileo y la matanza del cerdo. Con mayor o menor fuerza, reducidas a veces tan solo a unas pocas familias o individuos, todo ello se mantiene. En Horche, por ejemplo, la matanza del cerdo prácticamente no se practica y poquísimos son los que se ocupan en el inicio del verano de esquilar a sus rebaños, pero sin embargo la vendimia queda, palpitante y granada, esperada siempre, deseosos muchos de dedicarse durante días, y semanas, de vendimiar, pisar, recoger y conseguir vinos, cada vez mejores, para presentarlos luego al gran Concurso de Vinos Locales que se celebra el último domingo de abril, y que cada vez tiene más popularidad.

Pequeños detalles en torno a este mundo de los licores en Horche son los que nos recuerda Francos en su obra: que hubo producción de aguardiente (en 1905 lo producían Antonio Muela Garrido y Rafael Pacheco González), y que durante años alcanzó fama comarcal la bodega de “El Metro”, que tenía forma circular y en la cual taberna había carteles d elas estaciones del Metro de Madrid, acogiendo grupos que venían a merendar y sirviendo a todos el vino horchano del que hubo años que llegaron a servirse 400 arrobas (6.400 litros) en un solo verano. Hoy es Horche meta de viajeros, de ruteros, y de visitantes curiosos que buscan alcanzar los ecos de tiempos añejos y de lugares silenciosos. Todo lo que se haga por atraer ese público, y esa corriente, aunque minoritaria, de turistas, será bien empleado.

Cómo contactar

Para hacer la “Ruta de las Bodegas” de Horche hay que contactar previamente con la Oficina de Turismo “Villas Alcarreñas”, que está en la carretera de Yebes, s/n en el Telef. 949 290 683. La ruta tiene lugar los sábados, domingos y festivos, y comienza a las 11:30 desde la referida Oficina de Turismo. Dura 2 horas aproximadamente, cuesta 5 € por persona, y se visita la plaza mayor, el lavadero y las fuentes principales, el Museo Etnográfico y dos o ttres bodegas, según disponibilidad, teniendo en la última un aperitivo y degustación de vino. Merece la pena apuntarse, no se olvidará esta actividad.

El libro que nos cuenta la Historia de Horche

La obra capital para conocer Horche, su historia, su patrimonio (también sus bodegas) sus fiestas y sus personajes, es la que escribió Juan Luis Francos hace unos años, y que hoy se manifiesta como fuente principal del conocimiento de esta villa alcarreña.

Esta “Historia de Horche es un libro denso, en el que quizá el autor quiso incluir todo lo mucho que él había recopilado sobre la villa de Horche, como si previera la necesidad de acabar el trabajo. Con numerosas fotografías (actuales y antiguas, ésas proporcionadas por diferentes vecinos) y planos, el libro contiene 416 páginas, incluyendo algunos documentos transcritos, unos completos y otros resumidos. Historia, leyendas históricas, patrimonio artístico, breves biografías de horchanos ilustres, callejero, oficios, apodos, fiestas tradicionales, costumbres actuales y pasadas, fuentes, bodegas, la agricultura, datos demográficos y de las actas municipales, etc, etc.

El autor del libro

Hace ahora 6 años que se presentó este libro en Horche. Ya no estaba, sin embargo, el autor, que había muerto pocos meses antes, en el verano del 2008. “El amigo Juan Luis”, como le llamábamos por su amabilidad y simpatía, aunque gallego de Santiago, acabó en Madrid por su trabajo y en Horche por su matrimonio con Mari Carmen Cogolludo. Su trabajo en la industria le hizo viajar continuamente hasta su prejubilación a los 58 años. Entonces pudo centrarse con pasión en la historia y costumbres alcarreñas (centradas en Horche y alrededores), y por los toros.

Fue motor tanto de la actividad cultural de la Casa de Guadalajara en Madrid como de la Asociación “Juan Talamanco” de Horche. Asimismo fue Académico Correspondiente de la R.A.H., miembro de la Asociación Castellano-Manchega de Periodistas y Escritores de Turismo, y colaborador (y corresponsal en Horche) de “Nueva Alcarria”, donde publicó en fascículos su obra principal, la “Enciclopedia Taurina de Guadalajara”. A título personal les recomendaría leer su “Muerte al Castilla” (Parteluz, 1998) acerca de la participación de alcarreños en la guerra de 1898 en Filipinas. Como académico correspondiente, colaboró con diferentes ítems del Diccionario Biográfico de la R.A.H.

Recuperó una pequeña celebración en Horche la noche de San Juan en conmemoración de la conquista cristiana de la villa, que los antiguos cronistas indicaban que se realizó ese día por el propio Alvar Fañez de Minaya, inmediatamente antes de la toma de Guadalajara. Cerca de la festividad de la Inmaculada, la Asociación “Juan Talamanco” de Horche que él presidió entregaba, en colaboración con el ayuntamiento, sus premios anuales, que incluyen a un estudiante de la localidad, propuesto por el claustro de profesores del colegio de la villa. Mantuvo una cierta polémica como partidario de la recuperación del nombre tradicional de la localidad, “Orche” sin la H. No pudo llegar a ver completamente restaurada la iglesia parroquial, hecho que menciono por las veces que me hablaba de ella durante las obras. En la hemeroteca provincial pueden comprobarse los diferentes homenajes que ha ido recibiendo desde su fallecimiento.

Fue poco a poco almacenando documentación acerca de Horche, atraído por la obra que escribiera el padre Talamanco en el siglo XVIII y que se reeditó gracias, en gran parte, a su esfuerzo. Y de tanta documentaicón acumulado, de tanto saber compartido con las gentes del pueblo, nació esta “Historia de Horche” a la que sin reservas aplaudo.

Santa Teresa en Pastrana

Relicario_De_Santa_Teresa_de_Jesus_en_la_Colegiata_de_PastranaEste año se cumplen los quinientos del nacimiento de Teresa de Ahumada, Santa Teresa, sin más. Una mujer de personalidad muy fuerte, de avanzada mentalidad, que ha terminado siendo nombrada “Doctora de la Iglesia” por su biografía plena de novedades, de doctrina y de actitudes nuevas, pilares de la Iglesia Católica. Cumbre de la mística y de la literatura española, patrona, al fin, de los escritores y escritoras de España.

Nacida en Avila, un 28 de marzo de 1515 y fallecida en Alba de Tormes un 4 de octubre de 1582. Teresa de Jesús, como se nombró ya en religión, debe ser considerada como uno de los personajes más característicos y definidores de la historia de Pastrana, pues en esta villa dio vida a dos de sus más queridas fundaciones, y avanzó muchos pasos en la visión que tenía de la misión carmelitana en el mundo en el que le tocó vivir.

Con apenas 19 años, y en contra de la voluntad de su padre, ingresó en el convento de la Encarnación de Avila como monja de la Orden Carmelitana, fraguando ya desde entonces, gracias a su inteligencia fuera de lo común, y su personalidad singular y dinámica, la Reforma de la Orden del Carmelo que a lo largo del siglo XVI español llevaría a cabo de múltiples maneras.

Una de ellas fue la de fundar conventos conforme a la Regla renovada que ella sembró por toda Castilla, Andalucía y buena parte de España. Tanto en su Avila natal, como en Madrid, Salamanca, Valladolid, Guadalajara misma, y, por supuesto, Pastrana, lugares todos ellos centros de la espiritualidad renacentista castellana, y en buena parte regidos o controlados por los Mendoza que apoyaron siempre la reforma teresiana.

Otra manera de alentar el nuevo espíritu fue la escritura. Santa Teresa de Jesús escribió y vio publicados numerosos libros de espiritualidad en los que plasmó toda su teoría del misticismo: Las Moradas como teórico y literario; el Libro de las Fundaciones como histórico, y el Libro de su Vida como autobiográfico, son los elementos fundamentales, sin olvidar el Camino de perfección, en todos los cuales puso su maravilloso estilo que la ha llevado modernamente a ser declarada Doctora de la Iglesia y patrona celestial de los escritores.

En Pastrana, Teresa de Jesús acudió al llamado de los duques, en 1569, fundando en la villa dos conventos: uno de monjas, el de la Concepción, y otro de frailes, el de San Pedro. Durante tres meses vivió en el palacio de los duques, dirigiendo las tareas de instalación de las nuevas comunidades. Así pues, Pastrana forma parte indeleble de la vida de Santa Teresa, y es justo reconocerla como uno de los personajes claves de la historia de la villa.

 

Datos del camino

En el ámbito místico y religioso de la España carolina, en los momentos que emerge la idea erasmista, el impulso reformista luterano, y el deseo unánime de hacer algo en el campo universal de la religión cristiana, cuando Castilla bulle con sus alumbrados, la jovencísima Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, de nobles orígenes en la ciudad de Avila, decide con su hermano irse a “tierra de infieles” para allí sufrir el martirio. Les detienen de inmediato y tratan de dedicarla a la costura y demás entretenimientos femeniles de la época. Pero ella es tenaz, y en contra de la voluntad de su padre (la madre había muerto cuando ella iniciaba la adolescencia) ingresa en la Encarnación y profesa en 1534. Enferma luego, de extraña enfermedad en que se mezcla lo físico y lo mental, somatizando sus anhelos espirituales, la joven Teresa pasa unos años entre la casa familiar y el convento. Hasta que en 1560 decide el voto de aspirar siempre a lo más perfecto… y así surge la idea de reformar la Orden en que ha profesado.

Con esa idea crea en la misma Avila el convento de San José (1561) con ayuda económica de su familia, y propone a unas cuantas monjas que la siguen que han de volver a la austeridad, a la pobreza y a la clausura… A partir de entonces, las fundaciones se suceden, los permanentes caminares, los escritos, las visiones.

El camino llega a Pastrana

En Pastrana y al llamado de los duques don Ruy Gómez y doña Ana de Mendoza, llega Santa Teresa para fundar conventos. Buena y mala sintonía, desde el princpio. Dos mujeres con fuerte personalidad, que acabarían por chocar en varios puntos.

El día 23 de junio de 1569, Teresa de Jesús fundaba el monasterio de carmelitas descalzas de Pastrana (Guadalajara). Se trata de una fundación que, desde el principio hasta el final (solamente duró viva cinco años) va a estar marcada por la personalidad de Teresa, modulada por doña Ana. Qué cuadro forman, tan certeramente expresivo del siglo XVI español: el misticismo y la política, personificados en dos mujeres con ideas.

Quizá al saber que su parienta doña Luisa de la Cerda había fundado en su señorío de Malagón un convento de carmelitas descalzas, y atraída por la creciente popularidad de Teresa de Jesús, la princesa de Éboli se decide también ella, a fundar.

Todo lo anota Teresa en su diario de viajes, el “Libro de las Fundaciones”. Se encuentra en Toledo cuando le llega el aviso de que la princesa la espera para iniciar la fundación de un monasterio de monjas descalzas y reformadas en su villa de Pastrana. Se siente tentada a dar largas, presintiendo quizás las dificultades que iban a sobrevenirle, porque en esa época ya era conocida de todos las personalidad extravagante e intrigante de “la señora”. Pero finalmente, aconsejada por su confesor, y sopesando los inconvenientes que supondrían desairar a la princesa, decide ir. Sabe bien, porque está muy al tanto de los asuntos de la Corte, que es importante tener al Secretario Real, don Ruy Gómez de Silva, de su parte, y finalmente se decide a atender la petición de esta nueva fundación, que luego sería doble: de monjas y frailes. Ella misma lo confiesa en sus memorias, cuando escribe que “a algo más que a fundar, va a Pastrana”.

Pero no fue fácil ponerse de acuerdo. La princesa quería decidir sobre la disposición del convento, el tamaño y la distribución de las habitaciones, y hasta del número de monjas, pero Teresa no transigía en este punto: ella era quien sabía cómo debía ser un convento, y así se lo dijo en la cara: don Ruy, que era hombre de paz en todo caso, supo ponerla entre ambas, y así salió adelante la fundación, las fundaciones.

La Princesa de Éboli, monja carmelita

Ana de la Madre de Dios fue el nombre con que la princesa quiso ser llamada cuando decidió –en un gesto teatral– volver la espalda al mundo y encerrarse en el monasterio de Pastrana, a la muerte de su marido, el 29 de julio de 1573.

Todavía estaba el príncipe de cuerpo presente, cuando la Princesa decidió irse a Pastrana, y allí entrar en el convento fundado cuatro años antes. Cuando lo supo la priora Isabel de Santo Domingo, no dudó en exclamar: «¿La princesa monja? Ya doy la casa por deshecha».

Uno de los carmelitas más fielmente seguidores de Teresa de Jesús, fray Jerónimo Gracián nos viene a contar cómo se vivió en Pastrana aquella tan embarazosa situación:

«Viendo, pues, que si se quedaban en Pastrana los dos [el padre Mariano y el propio Gracián], se habían de ofrecer ocasiones por donde acudiendo a la parte de la priora y la religión o favoreciéndole, habían de quedar los dos mal con la princesa y su casa y por consiguiente toda la religión, o favoreciendo las cosas de la princesa, habían de hacer mal a la perfección y observancia, determináronse de poner tierra en medio y ausentarse bien lejos de Pastrana dejando encomendado a Dios el negocio de la princesa y las monjas, que parecía ser imposible parar en bien» (MHCT, 3, p. 557).

Efectivamente, la situación se hizo insostenible. Y hasta llegó a tomar cartas en el asunto la santa fundadora, quien escribió una carta a la princesa intentando que entrara en razón. Incluso la priora de Pastrana, un día y otro, la insistía sobre el problema que estaba creando. Pero al fin sería, como en tantas otras cosas, el propio rey Felipe II quien pondría fin a la pesadilla, haciéndose eco de las quejas que le llegaron por distintas instancias, y la conminó a abandonar el monasterio y ocuparse de su hacienda y de sus hijos.

Esas fueron las razones fundadas, la carta real, por las que doña Ana, obedeciendo, abandonó los muros del convento en enero de 1574, aunque desde su palacio, unas cuantas calles más arriba, empezó a ponerles zancadillas a las monjas, privándolas sonoramente de la limosna que su marido el duque, y ella misma, les había asigndado, incluso manifestado legalmente en el testamendo del duque.

Y en estas circunstancias, la Madre Teresa, que tantas cosas había visto ya en su vida, le escribe en estos términos al padre Báñez: «He gran lástima a las de Pastrana. Aunque se ha ido a su casa la princesa, están como cautivas, […] Ya está también mal con los frailes, y no hallo por qué se ha de sufrir aquella servidumbre» (Cta. 54, principios enero/1574). Así es que la propia fundadora toma una determinación, que es sencillamente la de pedir a las monjas de Pastrana que se vayan de allí. Autorizada por los varones carmelitas, el Provincial y el Visitador, les pide a las monjas pastraneras que abandonen el monasterio, y que lo hagan con el mayor sigilo, en la noche del 6 al 7 de abril de 1574, dirigiéndose a Segovia, para allí añadirse a la fundación que acababa de hacer en la ciudad castellana. En carta a doña Ana, le dice cuanto lo siente, y le devuelve lo que la Orden había recibido de los Duques pastraneros.

La princesa, herida en su amor propio por esta fuga, tardó poco en poner una nueva comunidad de monjas en el edificio de la parte baja de Pastrana. Llamó a una comunidad de concepcionistas franciscanas, y se instalaron rápidamente. Al parecer, y como venganza o rabieta, a través de terceras personas denunció a la Inquisición el Libro de la Vida que Teresa de Jesús le habría permitido leer, tras rogárselo ella encarecidamente. Recibió Santa Teresa la noticia de esta denuncia en 1575, estando en la fundación de Beas de Segura. Le sirvió para tomar fuerzas, y de allí se fue a Sevilla, a poner en marcha otro convento. Esta situación la describe magistralmente Sánchez Adalid en su reciente libro “Y de repente, Teresa” que acabo de leer y que me ha parecido magistral en su forma y en las noticias que aporta, entre ellas esta relación de la Princesa, resentida y vengativa, frente a una fortísima Teresa de Jesús a quien nada ni nadie puede derribar.

Todas estas viejas noticias, que se hacen actuales al compás de la celebración del Centenario de Santa Teresa de Jesús, tienen a Pastrana por sede del “corre, ve y dile”, y a la princesa de Éboli, con esta nueva faceta de mujer intrigante, nerviosa, inestable en sus decisiones, repentina y caprichosa, como protagonista permanente de la villa de Pastrana, que sigue empapada de su memoria, de la del duque su marido (que fue, no lo olvidemos, aunque portugués o precisamente por eso, primer ministro de la monarquía hispana en el momento de máximo esplendor territorial) y de la santa católica que todavía despierta admiración y aplausos.

La cruz de Albalate de Zorita

Albalate_Anverso_De_la_Santa_Cruz_Aparecida

Anverso de la Santa Cruz Aparecida de Albalate de Zorita

Este pasado verano se celebró, con el ritual debido, el quinto centenario del hallazgo de la “Santa Cruz Aparecida” de Albalate de Zorita. Una pieza artística de incalculable valor, única en su género, antigua a más no poder, y relevante por sus detalles iconográficos. Ahora quiero, pasado el rebullir de las celebraciones, compartir estos datos sobre su historia y su arte, que en buena parte tomo del estudio que sobre ella hizo don Miguel Angel Ortega Canales, director del Museo de Arte Antiguo de Sigüenza.

La Cruz del Perro (como también se la conoce a la Santa Cruz Aparecida de Albalate de Zorita) es una Cruz procesional, realizada en bronce sobredorado, sin macolla y sin cañón cañón, con solo sus cuatro brazos ornamentados, en un formato y disposición que nos hace pensar en el tipo de cruces que precedían a los ejércitos cristianos en las batallas, como signos de ayuda y protección divina, según la leyenda constantiniana, que decía “Con este signo vencerás”.

La datación es sin duda medieval, y atendiendo a su formato, con los extremos flordelisados, y a la representación iconográfica del Cristo que la preside, se debería atribuir al siglo XIII, aunque todavía podría retrotraerse esta datación al último decenio del siglo XII, ya que de esa época, de ese decenio, es el último episodio bélico que en el entorno pudo obligar a los poseedores de la Cruz a enterrarla antes de vadear el Tajo, por el lugar más accesible en su huida hacia el norte, probablemente para protegerla de una casi segura profanación. Dicho episodio sería la batalla de Alarcos, en 1195, en la que el rey Alfonso VIII fue derrotado claramente, dando lugar a la entrada de sucesivas razzias de almohades, que en esta comarca de en torno al Tajo ocurrieron en 1197.

En cuanto a la estructrura y decoración, me remito a lo que Ortega Canales desmenuza en el escrito que como Catálogo se utilizó el pasado verano para servir de guía informativa en la Exposición conmemorativa de este hallazgo y en la que se vieron, en el patio del Museo Diocesano de Sigüenza, las mejores cruces que guarda la institución museística. Ya me hice eco de esa muestra en mi artículo del 12 de septiembre de 2014.

Se trata de una latina, con el brazo inferior más prolongado que el resto y los brazos inferiores rematados en terminaciones flordelisadas, precedidas por ovales prolongaciones que son decoradas con cristales de roca: estos simbolizan las yemas o brotes que nos recuerdan que el leño seco ha retoñado a la vida, regado con la sangre de Cristo. El análisis iconográfico de Ortega es muy preciso, como no se había hecho hasta ahora, y por eso le sigo en esta referencia respecto al Cristo:

“El crucificado es muy típico de este periodo: a pesar de que conserva la corona, con los ojos abiertos, y el uso de la perizoma (paño) al igual que en las representaciones somáticas en que Cristo es Rey y Juez, ya presenta elementos propios de lo gótico, que paulatinamente mostrará el dolor del Crucificado: un solo clavo para ambos pies, por lo que se representa con un cruce d piernas que favorece la torsión general del cuerpo, y la cabeza se representa más ladeada, para representar con mayor verosimilitud la muerte del ajusticiado. La definición de la anatomía de tráquea, costillar y abdomen refuerzan esa misma idea de dolor. Sobre el Crucificado el titulas de Pilatos en forma abreviada que reza: IHS [Iesus] XPS [Christos] donde se puede observar que este ultimo vocablo griego ha sido latinizado, usando la letra S, en vez de la sigma de la epigrafía griega, C”.

Los brazos de la cruz terminan en forma de flor de lis. Y en las del anverso vemos a la Virgen María y a San Juan Evangelista, a la izquierda y derecha, respectivamente, del Crucificado, mientras que San Pedro y San Pablo se muestra arriba y abajo respectivamente. A la Virgen María se la reconoce por llevar cubierta la cabeza con su manto, el maphorion, y a San Juan porque porta el libro en su mano izquierda, mientras con la derecha muestra su palma abierta, siendo ambos los protagonistas clásicos de la escena final del monte Calvario. Los otros dos personajes son también fáciles de identificar, porque el de arriba es un personaje que lleva unas llaves en su mano derecha y un libro en su izquierda, mientras que el de abajo tiene otro libro que alude, sin duda, a su corpus epistolar. Y además esa pareja de apóstol / no apóstol, se representan juntos desde los inicios del cristianismo.

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Representación de San Pedro en la Santa Cruz Aparecida de Albalate de Zorita

Es muy interesante la representación del reverso, en la que al centro aparece Cristo como Pantocrator alzándose sobre el mundo creado representado a su pies por montañas, como Juez y Señor que sostiene su Evangelio en la mano izquierda, mientras bendice con la derecha. En los extremos en forma de flor de lis, aquí vemos las imágenes del Tetramorfos: arriba el águila; abajo un angel-hombre; a la izquierda el león, y a la derecha el toro. Al no llevar ninguno de ellos el fino pergamino que los identifica como símbolos de los evangelistas, Ortega concluye que esta sería la representación del Tetramorfos veterotestamentario, como símbolo de los cuatro puntos cardinales del Orbe creado, “lo que representaría mejor la representación de esta cruz, según la iconografía del Cosmocrator, al tener la tierra a sus pies, y del Polocrator, al estar rodeado de estrellas”. En este reverso, la brazos están decorados con motivos florales incisos, quizás significando que el leño seco muestra el pecado y la muerte, mientras que la sangre de Cristo derramada sobre él, cuyo fruto es la Vida, se representa por flores y hojas, que se enzarzan entre sí, de forma perenne, sin caducidad estacional, recordando la Eternidad. Como siempre vemos en la iconografía románica, los promotores del programa son capaces de dictar largas enseñanzas y mostrar conceptos hondos, con simples trazos, siempre que los clérigos que muestran o cuidan el elemento artístico sean capaces de explicárselo a los fieles.

Y aún nos ilustra el autor de este estudio con su interpretación del rostro de Cristo, a la que él ve con sus cabellos cortos y el rostro imberbe, siguiendo las características del rostro de Cristo de la más preciada reliquia de Roma, la Vera Icona, custodiada en la capilla de Sancta Sanctorum del Patriarcado Lateranense durante el periodo medieval.

Otro elemento muy característico de esta cruz, y que la hace más antigua de lo que se pensaba, es el hecho de que mantiene dos de sus cuatro cadenillas colgantes originales, rematadas con cristales de roca. Cuando fue encontrada, en 1514, conservaba todavía los cuatro, pero con la visita de Carlos I, el 24 de abril de 1528, perdió dos, pues el monarca solicitó que se las regalaran, para poder obsequiar a la reina con ellas. Quizás en compensación por aquel regalo, Carlos I o bien su nieto Felipe III en las sucesivas visitas que hicieron para adorar la cruz, donaron la reliquia del Lignum Crucis que posee todavía hoy la parroquia y se situa en esta cruz, en la prolongación oval del reverso en su brazo superior. Los elementos colgantes de esta cruz son evidentes vestigios de un ritual netamente visigodo, votivo. Las medidas d ela cruz, nada pequeñas, son de 47,5 cms. de alto y de 28 cms. de ancho.

La leyenda del hallazgo

En cuanto al tema conmemorado en la ocasión del pasado año, el descubrimiento casual (y como muchos quieren, milagroso) de esta cruz románica en medio del campo, fue según la leyenda que se cuenta en Albalate de la siguiente manera: el 27 de septiembre, de 1514, Alonso Valiente y Alonso Serón encontraron la cruz bajo unas piedras, tras haberlas excavado sus perros toda la noche.

Estos dos jóvenes albalateños hacían de pastores de un rebaño de ovejas en el antiguo término de Cabanillas, que tras su despoblación probablemente en la peste del siglo XIV, labraban los vecinos de Albalate y Almonacid, a las orillas mismas del Tajo. El hermano de Alonso Serón, Juan, era cazador y tenía un perro de caza llamado Cósula. Una noche, estando en la casa de la azeña junto al río Tajo, donde Alonso Valiente -que llevaba una perrilla de acompañante- tenía su ganado, decidieron salir a cazar un conejo para con ello almorzar al día siguiente. Aún era de noche cuando soltaron a los perros, que se dirigieron a un peña, donde empezaron a ladrar y escarbar la tierra. Tras comprobar que no había rastro de madriguera, ataron a los canes y se los llevaron más arriba, al Cerro de Santa Cruz, y volvieron a soltarlos. Pero los perros retrocedieron para dirigirse a la misma peña, sin dejar de ladrar. Juan le pidió a Alonso Valiente que los volviera a coger. Los ataron y los llevaron a un lugar aún más alto, el Carril nombrado, y allí se echaron a descansar hasta que vino el día. Al alba, los perros comenzaron a rastrear por aquellos lugares, neerviosos, y Alonso Valiente y Juan Serón no tardaron en oír de nuevo el ladrido de los perros, que perseguían algún conejo pero que fueron una vez más a dirigir su carrera en la misma peña. Una vez allí, Juan se dirigió a Alonso, y le propuso esta idea -“Mira cómo al final aquel ladrar de los perros de anoche se debía a una cabeza de lagarto que han descubierto”. Pero Alonso, maravillado, al ver lo que parecía, exclamó: -“¡No es un lagarto, que es oro o plata lo que reluce!”-.

Y así Alonso y Juan llamaron a sus hermanos para que trajesen unas herramientas con las que poder excavar y sacar el objeto. Mientras tanto, Alonso Valiente escarbó con las manos hasta comprobar que se trataba de la parte superior del árbol de una antigua cruz. Moviéndola de un lado a otro, logró extraerla. Juan Serón la echó en su capa y decidieron que esa noche volverían a la villa, a Albalate para contarle a la gente la verdad de lo que había ocurrido. Al llegar a la villa, Juan Serón se dirigió a la casa de su padre, Alonso García Serón, donde dejó la cruz sobre una almohada. Y ya por la mañana los alcaldes de la villa y el escribano fueron a la casa y tomaron declaración y apunte de todo lo sucedido. Después de las autoridades civiles vinieron las religiosas, y al final el pueblo entero, montando en ese momento de forma espontánea una gran procesión que llegó a la iglesia parroquial y allí lapusieron en el altar. Finalmente, según termina contando la tradición secular, el gobernador de la provincia calatrava de Zorita viajó hasta Albalate y allí se enteró de lo sucedido, mandando noticias a la Corte. De ahí que pocos años después, el mismísimo Emperador Carlos de Hausburgo quiso acudir en persona a contmeplar esa prodigiosa cruz que aún hoy sigue siendo venerada, y admirada, en sus dos dimensiones más relevantes: la religiosa y la artística.

Fermín Santos en el recuerdo

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Fermin Santos Alcalde, pintor de Alcarrias

Desde el 19 de mayo, y hasta finales de junio, está abierta la Exposición de pintura “Fermín Santos en colecciones particulares madrileñas” en la Sala de Arte del Centro San José, la que lleva por nombre “Antonio Pérez”, en la calle Atienza, 4. Un homenaje al maestro seguntino, a quien la perspectiva de los años –ya de los siglos– le confiere una nueva dimensión, unos perfiles más nítidos.

La tarde del martes 19 de mayo se inauguraba la exposición antológica de Fermín Santos en Diputación Provincial. Un espacio de arte dedicado en este caso a lo nuestro, y a lo clásico. La oportunidad se ha creado en torno a una voluntad largamente cultivada: José Ramón Pérez Acevedo, expresidente de la Casa de Guadalajara en Madrid, ha conseguido reunir a tres grandes coleccionistas de la obra de Santos, y a través del Servicio de Cultura de nuestra Excmª Diputación se ha podido finalmente coordinar este evento.

Las obras han sido facilitadas por parte de un coleccionista clave, don José Picón Martín, más las aportaciones de don José Luis Benavides, y del sobrino del pintor, don Leandro Fernández Santos, quien en la presentación desgranó sus recuerdos íntimos y familiares en torno al gran pintor de Gualda.

Repaso al artista 

Desde la profunda admiración por su obra y por su persona, me atrevo con motivo de esta exposición antológica a recordar de nuevo al maestro, ese humilde y perseverante protagonista de la vida artística de Sigüenza, a quien el Ayuntamiento de la Ciudad Mitrada, a la sazón presidido por el doctor Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, le dio el título de “Cronista Artístico de la Ciudad de Sigüenza”.

Nacido en Gualda (Guadalajara), en 1909, y fallecido en Sigüenza, en 1997, se había
formado en Madrid junto a los mejores pintores de comienzo de siglo,
y gracias a las becas que entonces concedía la Diputación Provincial de Guadalajara,
desarrolló un estilo propio dentro de la temática
del paisaje castellano, urbano, y costumbrista.
Su estilo, personal y tenebrista, se engarza en la mejor tradición
de la pintura negra española.
Tipos, costumbres, toda la fuerza de la raza castellana
y de los rincones puros de Madrid, de Guadalajara,
de Sigüenza y la Alcarria, quedan retratados
en este supremo hacedor del arte del siglo XX.

Sus comienzos por el mundo del arte, desde muy joven, se basaron en las clases de dibujo y pintura recibidas en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Cuatro Caminos, de la mano de Marceliano Santamaría, asistiendo también al taller de ebanistería y barnizado. También acudió por temporadas al Casón del Retiro, a dibujar.

Finalizada la guerra civil, y vistas las buenas disposiciones que para la composición y el color tenía el muchacho, ingresa en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, de Madrid, donde tiene por maestros a Vázquez Díaz, Eduardo Chicharro, Benedito, José Garnelo, etc. Ganó entonces, por oposición, una beca de la Diputación de Guadalajara para poder costearse sus estudios en la Escuela de Bellas Artes madrileña. De ahí salió con una gran formación académica, entrando a trabajar en la «Fundación Generalísimo Franco» como decorador de primera, realizando con sus pinceles la decoración de valiosísimas piezas de porcelana. A partir de entonces, la carrera artística de Fermín Santos fue fulgurante, dedicándose por entero a su arte, decorando edificios, recintos, etcétera, y realizando una producción de caballete muy densa y variada.

El favor del público lo tuvo siempre. Incluso ha ido a más, tras su muerte a finales del siglo pasado. Puedo asegurar que está muy buscada su obra en Estados Unidos y en general en toda América, porque al mantener una página web con su biografía, y ser esa prácticamente la única referencia que sobre Fermín Santos existe en la red, muchos coleccionistas me preguntan acerca de la forma de conseguir obra suya.

En vida obtuvo además importantes premios y distinciones. Entre ellas el Premio y Matrícula de Honor Fin de Carrera «Vázquez Díaz», diversas medallas en los Salones de Otoño, y la Paleta de Oro en el Salón Otoño de 1981; la Abeja de Oro de la provincia de Guadalajara, y muchas otras. Sus exposiciones veraniegas en el Castillo de Sigüenza, desde que este fue recuperado como Parador Nacional, reunían siempre a la ciudad entera y al mundo cultural de la provincia. Realizó numerosísimas exposiciones de su obra, siendo las más destacables, la antología que presentó en la Dirección General del Patrimonio Artístico, Archivos y Museos, en las salas de la Biblioteca Nacional de Madrid (1978); otra antológica en la Diputación Provincial de Guadalajara; las anuales y veraniegas muestras en el Parador «Castillo de Sigüenza» ya mencionadas, y otras en el Hotel Vaddam, de Trípoli (Libia) en 1966; en la Galería Bernardi, de Washington, en 1969; en la Galería Quixote, en la Galería Heller, y en la Galería Gavar, de Madrid, así como una magna exposición en el Ateneo de Madrid.

Sobre la pintura, polimorfa y personalísima, de Fermín Santos, han escrito muchas páginas los más prestigiosos críticos de arte españoles, desde Campoy a Camón Aznar, Raúl Chavarri y muchos otros. Todos coinciden en apreciar en la obra de este genial pintor alcarreño los valores indiscutibles del maestro que traza su propio camino y no se doblega ante modas o corrientes. Pintor de Madrid, y de la Alcarria, los abiertos paisajes castellanos, y los rincones humildes de la gran urbe quedan reflejados en sus pinceles con fidelidad absoluta. Además, penetra en el difícil mundo del figurativismo con soluciones valientes, sorprendentes, tendentes a una «escuela negra» en la tradición tenebrista hispana. Puede ser calificado Fermín Santos, con toda justicia, uno de los más destacados pintores españoles, y por supuesto de la provincia de Guadalajara, en el siglo XX.

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Castillos de Jadraque y de Sigüenza, por Fermín Santos

 

El Fermín Santos maestro de Alcarrias

Fermín Santos Alcalde, el pintor de la Alcarria, de Sigüenza, de las magias negras, de las catedrales, de las breves apuntaciones y los nerviosos esquemas rurales, tiene ganado un espacio en la memoria colectiva de esta provincia. Querido y admirado, en su momento tuvo mil amigos que le halagaban, pero su recuerdo se ha ido diluyendo un poco según han ido pasando los años (ya casi veinte) desde su muerte.

Este artista, recio en el espíritu y breve en la figura, que llegó a dar, en su continuada labor de decenios, la tierra de Guadalajara al mundo entero, quiere revitalizarse ahora con esta exposición antológica que Diputación ha organizado. Desde que, pasada la Guerra Civil, Fermín Santos se hiciera famoso en el viejo Madrid de los Austrias, decorando bares y ofreciendo su visión personalísima de las costanillas, tantas frases se han desgranado en torno a su obra y su persona, que parecen haberse agotado las apreciaciones de su legado. Llamarle genio no es nuevo, aunque es justo. Y decir de Santos que fue un hombre sencillo hasta el límite, afable y cariñoso, añadiéndole cualquier adjetivo en ponderación, porque de tan medido nada se desborda, creo que es intentar acercarse a la verdad de su ser. Una forma, quizás demasiado sencilla, pero en cualquier caso efectiva, de acercarse a su esencia y a su verdad, sería llamarle «genio» sin ambages, calificarle del más grande pintor del siglo XX en nuestra tierra, premiado con el seguro aplauso de cuantos quedamos para recordarle.

Una antológica final

¿Quién como Fermín Santos se desbordó de la simple corrección de formas, y se lanzó por caminos nuevos, por expresiones no usadas hasta entonces? ¿Quién se planteó pintar lo que veía de un modo que solamente él veía? La Alcarria y sus gentes, que hacen las cosas y rezan las oraciones como en sombrío, bajo el techo inacabable de las oscuras bóvedas de la tierra, fueron dibujadas por Fermín Santos con el color y la silueta que hasta ese momento nadie había descubierto en ellas. En su tarea silenciosa, durante medio siglo salió a la calle, cada día, papel y lápiz en la mano, y puso relieve a la calleja, horizonte a los arcos de la catedral, música a la fiesta… nunca necesitó Santos recurrir al esquizogesto para quedar finalmente catalogado de primera figura por todos. Como hoy lo está, entre el escalofrío y la lágrima de quienes le conocimos y le admiramos.

En esta exposición solemne que el pasado 19 de Mayo se inauguró en la sala del Espacio de Arte “Antonio López”, tienen cabida el arco de Arrebatacapas, los borrachos de Mundo Nuevo, y las procesiones macabras de un carnaval serrano. Hay además presencia en óleos de Almansa, Jadraque, Sigüenza por supuesto, y Santiuste. Corridas de toros en los pueblos, y mucha algarabía en plazas y mercados.

Poco más voy a decir sobre

Poco más voy a decir sobre Fermín Santos que no haya dicho desde hace tiempo. Todavía me parece adivinarle, junto a cada cuadro, casi escondido tras su bata gris, llenas de color las manos, el rostro limpio de alcarreño sincero, paseándose suave y silencioso. Todos hablaron de su fuerza, de su visión única, de su imaginación desbordante. Fermín Santos está detrás de cada corro: ha llegado sin ser oído, no dice nada. Como los grandes pintores, su expresividad está en el lienzo, sobre el papel nervioso, en los colores que bruscos u opacos se lanzan sobre la superficie, virgen.