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Guadalajara, vista por un recién llegado

Aunque lo firmo yo, que soy el que se pone cada semana (desde hace unos cincuenta años) tras la identificación que no oculto, el artículo que sigue podría estar firmado por cualquier turista que llegue hoy a nuestra ciudad. La imagen que recibe el recién llegado es muy distinta del que lleva años viéndola, día a día, considerando problemas y beneficios a cada paso. Ambas actitudes tienen valor, y hay que respetarlas.

Guadalajara está en cuesta toda ella, es una ciudad de altos rumbos, y sobre todo si se llega en tren, que es como hay que llegar a las ciudades, desde el siglo XIX, o se llega andando, que es como se llegó siempre, el acceso a la ciudad es todo en cuesta, siempre subiendo.

Primero se cruza sobre el río Henares, que es un río escaso y medio escondido entre cañas, arbustos, matorrales y arboledas que parecen encubrirle a la mirada del viajero que llega. El paso se hace sobre un puente antiguo, poderoso, con aires romanos o moros. Me dicen que se construyó, tal como hoy lo vemos, en la época del califato cordobés de los Omeya, cuando reinaba allá (y acá, que era tierra también suya) Abderrahmán III.

Sigo subiendo por una larga acera entre rampas de piedra, y al final accedo a un plazal irregular, extrañamente dispuesto con fuentes secas, arboledas en línea, y algunos bancos, que tiene por dominante silueta la del palacio de los duques del Infantado (los antiguos, no los de ahora, que esos viven fuera de la ciudad.) Ese palacio, con su fachada solemne de piedra dorada y clavos prendidos entre balcones y miradores, fue una de las joyas del arte isabelino: lo construyó en 1490 don Iñigo López de Mendoza, el segundo duque del Infantado, y dirigió las obras un arquitecto bretón al que llamaban Juan Guas. La verdad es que les quedó precioso: sobre la puerta luce un escudo redondo, solemne, prolijo de emblemas, sostenido por dos salvajes peludos, como hércules dominantes y amenazadores.

Un señor ya mayor al que he parado en la plaza que costea el palacio, me cuenta que aquí vivieron los Mendoza, no juntos, sino uno detrás de otro, y que durante siglos fueron poderosos, solemnes y llenaron la ciudad de palacios, de fiestas, de música y procesiones. El fraile o cardenal togado que exhibe un báculo cruciforme frente a la fachada, se llamó don Pedro González de Mendoza, y al parecer llegó a ser “tercer rey de España” cuando fue gobernada por dos reyes de verdad al mismo tiempo, cosa nunca vista: uno era varón, don Fernando de Aragón, y otro era hembra, doña Isabel de Castilla. El fraile poderoso, que había nacido en Guadalajara, mandaba tanto como ellos, y llegó a ser cardenal de tres títulos, y si se descuida le nombran Papa.

Aquí aparece una placa en un muro que dice que esta es la Plaza de España. Al parecer, llevó muchos otros nombres antes (de la Fábrica, del Conde, de los Caídos en la Guerra Civil) y seguro que este de ahora no será el último nombre que lleve. En España son muy aficionados a cambiarle el nombre a las calles, y a las plazas, lo cual sin duda es más entretenido que lo que hacen los americanos, que las dan un número, y así para siempre.

Esta ciudad, a lo que veo, está en cuesta permanente. Desde el río que vengo subiendo, no se para de ascender. Ahora me enfrento a la Calle Mayor, estrecha y con comercios a los lados. Me dicen que a la izquierda hay un interesante templo, de monjas clarisas, al que hoy llaman Santiago, de arte gótico mudéjar, y que cien metros más adelante está el palacio de don Antonio de Mendoza, un solterón valiente que entretuvo sus años jóvenes en guerras (cuando lo de Granada) y los viejos en rezos y beatitudes: llegó a levantar un estupendo palacio, cuajado de capiteles, portadas talladas, y grandes escudos, aunque dentro se pasaba mucho frío, porque esta tierra es castellana y tiene un aire famoso del que dicen que no apaga un candil pero mata a un hombre.

Llego a la plaza mayor, y en ella me sorprende un edificio (el más visible, al que la mirada va como en imán irresistible) cubierto de andamios, revestido de telajes rotos, junto a otro solar en el que han crecido arbolotes tras unas tapias cubiertas de grafitis. Tiene, eso sí, un más que cumplido edificio de Ayuntamiento, blanco y rosa, con aires de tarta nupcial, en el que se reúnen los munícipes (alcalde y concejales) casi a diario, para decidir en qué se gastan el dinero que les cobran a los habitantes a modo de impuestos.

Me dice una señora de buen ver y acicalado visaje que siga por derecho la calle, que no se me ocurra desviarme por los callejones laterales, porque solo voy a encontrar ruinas, solares vacíos, muros cuajados de pintadas obscenas y ni un solo bar… “aquí no hay nada, mire Ud., aquí hay que hacer las maletas cuanto antes, irse a Alcalá, o a Madrid, o a Azuqueca aunque sea… qué lástima, con lo que fue Guadalajara en sus buenos tiempos…!”

No termino de creerme lo que dice Aurora no sé qué. Porque subo y veo la plaza a la que dicen el Jardinillo, con una fachada barroca (la de los jesuitas antes y que ahora llaman San Nicolás) y entro al templo y me maravillo de su buen estado, de su gran retablo churrigueresco, y sobre todo de ese enterramiento prodigioso de don Rodrigo de Campuzano, guerrero y severo, armado de su cota de malla, con un espadón sobre el pecho y un doncel micro a sus pies, llorando. Que por algo sería.

En la calle mayor alta aún se ve animación: hay un Casino, muy transitado, y hay loterías, joyerías, pañerías, bombonerías, librerías y una tienda donde venden (qué extraño mercado este) números de teléfono y tarjetitas que los llevan. Al final termino en el plazal más ancho de los hasta ahora vistos: le dicen el campo de santo Domingo, y fue antiguamente sede del mercado medieval, delante mismo de sus viejas murallas. En el extremo sur se alza un templo grande, de piedra blanca, con dos campaniles rústicos en lo alto: es San Ginés parroquia, pero fue antaño Santo Domingo convento, donde miraban libros y memoriales los inquisidores vestidos de blanco y negro.

Desde allí la ciudad se abre. Es la moderna, donde al parecer vive la gente, donde se pasea, donde se canta, conde se abre la mirada. A la derecha, el bulevar de las Cruces, que es un bulevar antiguo, de casi dos siglos, y de los pocos que en España quedan así de cumplido. Algo que (espero) no pierda nunca esta ciudad, porque entonces sería ya, seguro, su muerte.

A la izquierda, una calle ancha a la que llaman “la carrera de San Francisco” y en la que cabalgaban los que tenían caballo y lucían arma y cincho para no pagar impuestos. Esto en tiempos antiguos, porque hoy solo se ven coches, camionetas y autobuses pintados de azul. Al frente, la Concordia. Un parque al que se le dio ese nombre hace 150 años porque se trataba de poner paz entre facciones enfrentadas. No se consiguió, es evidente. Pero al menos el parque mantuvo el nombre, como en esperanza perpetua de que algún día se consiga. A los sueños hay que alimentarlos con estas cosas, y perseguirlos siempre.

Siguiendo el paseo central, aunque atravesado, de este parque, se continúa por un paseo densamente arbolado. Subimos hasta la ermita de San Roque, el santo peregrino al que se aplaudía cuando salía en procesión mínima, el 16 de agosto, y los cofrades repartían panecillos y regalos a los niños. Ahora se ha transformado, el interior, en un templo de la ortodoxia cristiana, reservado para los rezos de rusos y rumanos, porque en Guadalajara hay muchos. Sin embargo, a la derecha de la ermitilla, como un galeón que surge del hondo océano, orgulloso y brillante, vemos el Panteón, de la duquesa de la Vega del Pozo, de la duquesa de Sevillano, de la marquesa de los Llanos de Alguazas, doña María Diega Desmaissières, la mujer más rica de España, que a finales del siglo XIX encargó a Ricardo Velázquez Bosco, el arquitecto a sueldo de los más afortunados del país, este edificio y su conjunto anejo, una gloria del arte, de la profusión, del simbolismo. La señora, que por muy rica que fuera no pudo evitar morir soltera, sola y sin compromiso, en la habitación de un hotel de Burdeos, y sin testar, mandó hacer este conjunto que es lo último que debe admirar el visitante en Guadalajara: la fundación San Diego de Alcalá, con un complejo de edificios centrados por un espectacular claustro neorrománico, una iglesia de estética neomudéjar, y un panteón neolombardo, con templo de cruz griega rematado en bóveda de mosaicos, y una cripta en la que, llevada por ángeles de mármol, el féretro de la señora se quedó a medio camino entre su riqueza y la muerte eterna.

A Guadalajara se la puede ver luego, aún más arriba, desde el borde del cerro de San Cristóbal. Para llegar allí hay que conocerse bien el Monte Alcarria, y saberse sus caminos, pero la excursión merece la pena, porque desde la altura de sus mil metros bien oreados y luminosos siempre, se ve no solo la ciudad de Guadalajara como un alfombra, sino el valle entero del Henares, cuajado ahora de pueblecillos, de urbanizaciones, de fábricas y silos, con un fondo teatral de sierras nevadas (allí la Peñalara, el Ocejón, la Somosierra, el Santo Alto Rey, la Bodera, el Lobo…) que cumplen su cometido de poner límite, por el norte, a este gran espectáculo que es el valle del río Henares, al que cantó, entre otros muchos, Cervantes cuando dijo “En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo, hermosísimas pastoras, da siempre fresco y agradable tributo, fui yo nascida y criada”, poniendo el ditirambo en boca de la Galatea.

 

 

Guillermo, el maestro de obras

Guillermo de Bidous

 

Dedicado a  todos los amigos y amigas de Villaescusa de Palositos, que este año, una vez más, emprenderán la “Marcha de las Flores” para pedir que se abra el camino que va a su pueblo.

Séame permitido que, de vez en cuando, eche una cana al aire, y me entre por los pagos de la literatura pura, de esa que entretiene, que alecciona, y a nadie hiere. Andando las Alcarrias, una de las que más me duele es la que va entre el foso del Guadiela y el arroyo de la Puerta, cruzando de Salmerón a Viana. Porque en el alto está, abandonada, en ruina progresiva, tras murallas de metal sobre el viejo camino de Santiago, esa iglesia que fue dedicada a Santa María y que presidía en su altura la puebla de Villaescusa de Palositos. Muchas veces la he visitado, constatando su progresivo derrumbe, adecuadamente denunciado en público (pues tiene responsables muy claros) y de tanto pensar sobre ello me salió esta entelequia, que espero entretenga, más que aleccione.

Caminando no hace mucho por una estrecha trocha de la Alcarria, me vino a las manos un cilindro de plomo muy lastimado de los soles y las heladas. Lo abrí enseguida, y sin dificultad salió de su interior, entero, un pergamino arrugado pero con buena letra de principios del siglo XIV. Me costó leerlo, pero al final conseguí desentrañar la historia que en él aparecía. Y que venía a ser más o menos esta.

Fatigado de los años y de los caminos, del trabajo y las penalidades, un tal Guillermo quiere dejar constancia de su existencia, y pone sobre el pergamino con su propia letra esta que es vida entera y resumida. Dice que ha llegado hasta aquí, al Val de San García, retirado y cansado, tras muchos caminos y tareas, pero que nació en la Gascuña, en un pueblecito que llamaban Bergouey Viellenave, a orillas del río Bidouze, y que en aquella tierra de lluvias creció, junto a sus padres y sus dos hermanos, Irvin y Louis. No recuerda el nombre de su madre, pero sí el de su padre, que murió cuando él tenía unos catorce años. Se llamaba Guillermo, como él.

Se fue con los hombres que habían elevado la iglesia de Saint Jacques, en su pueblo, y que como  picapedreros que eran se dirigían a Saintes, donde pasó un año picando piedra para la catedral de San Pedro, y luego más de dos anualidades con un equipo que estaba construyendo el templo de la Abadía de las Damas. Aprendió mucho, y cierto día se hizo amigo de un muchacho que viajaba hacia Compostela, y que le animó a irse con él al lejano Finisterre. Cruzaron la Gascuña entera, y por San Juan de Pie del Puerto subieron a Roncesvalles, de donde siguieron camino a Pamplona, y hacia Oriente, despistados, se fueron hasta Jaca y San Juan de la Peña, donde él decidió quedarse otro mes más porque allí picaban la piedra unos artesanos exquisitos, de los que aprendió sus técnicas.

Siguió siempre hacia el sur, y al oeste, y perdido por los campos largos de la Transierra castellana vino a dar en un pueblo grande, amurallado, que tenía sonadas fiestas de ganado, y allá quedó picando para levantar el castillo que presidía el lugar, al que llamaban Siete Fuentes. Allá decían que era obra de moros, pero se estaba cayendo, y la que tenía el señorío del lugar, una marquesa llamada doña María, quería a toda costa mantenerlo en buen estado. Presumía guerras. Se hizo con muchos amigos, y Guillermo se hizo enseguida con la dirección de la obra. Ganó lo suficiente para comprarse un caballo, y dos mulas, que consiguió baratas en la feria, y un año después se echó a los caminos, porque el arcipreste del pueblo le encargó que levantara un templo en una pequeña aldea del señorío, un lugar recién poblado al que habían puesto el nombre de Villaescusa por ser lugar donde sus recién llegados habitantes no pagaban impuestos. No fue dificil llegar, tras tener que pasar el Tajo sobre un enorme puente protegido por una torrecilla, en un lugar al que llamaban Torrillo.

Cuando llegó a Villaescusa vió que allí vivían, en pequeñas chozas de piedra cubiertas de entramados de ramas, unas veinte familias, que venían de la Merindad de Gamiz, gentes dedicadas enseguida a la agricultura, porque el terreno de secano era alto, y fértil, y de recoger la leche de las cabras, que bebían y transformaban en quesos. Le llamó la atención el lugar, en alto, batido de los vientos, aunque a resguardo de un cerrete en el que se veían viejos edificios medio hundidos, y al que llamaban Los Paredones, de donde habían sacado la mayoría de las piedras para sus cabañas.

Con ayuda de los más jóvenes, día sí día no, Guillermo se puso a la tarea: plantó estacas, midió con sus pies, allanaron el terreno alto, recogieron en las mulas cuantas buenas piedras sillares encontraron en los paredones, y otras más, de esquinas, que ellos picaron con el arte que él sabía. Poniendo varas largas y rectas junto a los muros, fueron alzando paredes, que fue cosa fácil con los muros del sur y el norte, aunque el de poniente hubo que reforzarlo antes para alzarle más y poner los huecos altos de las campanas. Donde Guillermo más se esmeró fue en el ábside, la parte de la iglesia que daba a la salida del sol. Talló con otros (su mejor amigo era Gil de Molina, que terminó siendo su capataz) los pilares adosados, y dejó para el final la talla, que hizo él personalmente, con sus saberes de muchos años en tantos lugares, de la ventanita del ábside y de la puerta  del templo, a la que dotó de medias bolas sobre los sillares de los arcos. Cuando en ello estaban, a Gil se le ocurrió la idea de que Guillermo, al que llamaba maestro, debía de poner en una piedra, con ese buen arte de la talla que tenía, su nombre y la noticia de haber sido él el constructor del templo. Y así lo hizo: en una mañana frenética, de otoño ya frío, relamiéndose los labios esculpió sobre un sillar calizo: “Guillemus fecit hac ecclesia” en un latín que no hablaban pero que juzgaban culto y solemne. Después y montando los correspondientes poyatos y andamios, colocaron el techo con tablones sacados de los pinos que se arrastraban, en el verano, por el hondo Tajo. Al final, y tras casi dos años de tarea, dejaron terminado el templo del villorrio.

Vino poco después un arcediano, que procedía de Cifuentes, el sucesor de quien le había encargado a Guillermo la obra. Y quedó entusiasmado de lo que había hecho. Le dio los parabienes y le dijo que tendría noticia de esto el obispo de la diócesis de Sigüenza, cabeza espiritual de aquellas tierras, que era por entonces un alto individuo llamado don Andrés. Aquel fue un día de alegría (lástima que esta dure tan poco en la casa del pobre!) y allí quedó a pasar el invierno, que fue el de 1264, muy crudo entonces, con nevadas que duraron largas jornadas, dejando helados los campos hasta la primavera. En abril se decidió a bajar hasta Cifuentes, atravesando otra vez por el puente del Torrillo, y allí ¡oh maravilla! se encontró con que le recibieron de mil amores: don Esteban, el arcediano que había consagrado el templo de Villaescusa, llamó al alcalde de la villa, y a poco llegó doña María Guillén, la señora, a la que fue presentado. Todos acordaron que Guillermo debía ser el maestro que, con cuantos ayudantes eligiera, se pusiera a tallar las mil figuras que querían que aparecieran en las arquivoltas de la puerta de Santiago, aquella puerta occidental del gran templo cifontino donde los peregrinos (muchas gentes venidas del Levante, de Villena, de las altas tierras de las avellanas) cogían fuerzas para seguir su camino, por la ruta de los laneros, hacia Compostela.

Y en esas estuvo, otros dos años, -dice en su papel Guillermo que los mejores de su vida- tallando figuras para aquél orondo portón gigantesco. Las que mejor le salieron, la de don Andrés, el obispo; don Vasco, el alcalde; doña María, la señora, y doña Beatriz, su hija, que al parecer había llegado a más que a princesa.

Y esto era lo que aparecía en aquel pergamino que me encontré en el suelo un día que me perdí por los pagos de Carralavilla, entre Cifuentes y Val de San García.

Objetivo: «Planeta Mendoza»

Planeta Mendoza

Planeta Mendoza es el gran diccionario del linaje mendocino.

Este próximo lunes, 6 de mayo, en la sala de Actividades Múltiples del Centro Cultural “San José” de la Excmª Diputación Provincial, y a las 8 de la tarde, vamos a tener ocasión de asistir a la presentación de un nuevo libro, que supone la llegada de un planeta, de un universo aún, de un verdadero diccionario, quizás de una enciclopedia entera, de una biblioteca inmensa, de datos, nombres y anécdotas. Porque llega el “Planeta Mendoza.

Decir Mendoza, en Guadalajara, es abrir la primera página de un gran libro de historia. De una fuente por la que mana un agua abundante, limpia y nutriente. De un espectáculo de espadas, gualdrapas, ceremonias, sonoros palacios y virreyes, de heroínas y beatos, de cardenales y fiestas. Los Mendoza son una saga numerosa, prolija y extendida casi universalmente, que nació en los altos llanos alaveses, y cuajó en la seca tierra de la Alcarria. Expandiendo personas, e intereses, por toda la península ibérica, y aún dejando su huella al otro lado del Océano.

Decir Mendoza, en Guadalajara, es explicar el origen de su mejor palacio, de varios otros monumentos, de iglesias, monasterios y horizontes de fiestas y hazañas. Es recordar a los grandes, los fundadores de un linaje que brilla: el marqués de Santillana, el primer duque del Infantado, el gran Cardenal Pedro González, el adelantado de Cazorla y el primer conde de Tendilla; de los príncipes de Mélito, marqueses de Mondéjar, vizcondes de Torija, señores de Galve, Duques de Pastrana, marqueses de Cañete y de Priego, señores de Almazán, “medinacelis y condestables”, y un largo etcétera.

En todos y en cada uno de ellos se concretan páginas de la historia de Guadalajara. Por decir algunas, la construcción del palacio que hoy preside la plaza de España en Guadalajara, el palacio ducal, obra del bretón Juan Guas; el empeño de llevar adelante y con rapidez la catedral de Sigüenza, en la que don Pedro González se compromete, con bóvedas, escudos, coros y predicatorios; la erección del palacio renacentista de Jadraque, en lo alto del cerro donde hoy solo sobreviven los muros en forma de castillo; el monasterio de Sopetrán, monumento al abandono y a la dejadez; el palacio de Cogolludo, joya de una gran corona del humanismo renacentista; el monasterio de Lupiana, aupado de los Mendoza capitalinos, y de los Pecha, más el castillo de Beleña, el Ayuntamiento de Tamajón, las ruinas salvadas del San Antonio de Mondéjar o el solemne mausoleo encriptado de San Francisco de Guadalajara.

planeta mendoza

Pero también es hablar de la participación de sus miembros señeros en acciones de guerra, de paz, y de progreso. Solo tres ejemplos, por si pueden orientar: la batalla de Toro, en 1475, que supone la victoria de la corona de Castilla frente a la de Portugal, en un momento clave de la evolución peninsular; la fundación de la Universidad de México, en 1551, por parte de su primer virrey, el alcarreño Antonio de Mendoza; o el acogimiento que en un momento determinado los Mendoza hacen de la familia de los Cervantes, empleando al padre, ayudando a los hijos, pensando incluso (eran tiempos de duques poderosos) traerse la Universidad cisneriana a la ciudad de Arriaca… algunos datos, muy pocos, pero significativos, de lo que fueron capaces determinados individuos. Más a ello sumar la acción valiente de María Pacheco (una Mendoza de pura cepa) en la revuelta comunera de Toledo, o el continuo ir y venir de Ana de Mendoza, duquesa de Pastrana y princesa de Éboli, en el Madrid filipino del control portugués.

Y hasta en una tarea tan rabiosamente actual como es el cotilleo de las anécdotas, las interpretaciones de los actos y el rebullir de los galardones, en este Planeta Mendoza se verán las causas de la separación del Almirante don Diego Hurtado de Mendoza de su esposa Leonor de la Vega; las andanzas luteranas del tercer duque que no le costaron la cárcel inquisitorial porque se le acabó la vida justo a tiempo; las desavenencias del marqués de Santillana con su hermanastra Aldonza de Mendoza, que acabaron en guerras y cañonazos; los amoríos de la princesa de Éboli (y por qué fuera tuerta) con el ministro Antonio Pérez; el empeño de Luisa de Carvajal por evangelizar las islas británicas, o incluso la increíble valentía del torijano don Bernardino de Mendoza, capaz que fue de ejercer de embajador y espía a un mismo tiempo en la Corte de la Pérfida Albión (lo de pérfida es por su reina, Isabel I, en los finales del siglo XVI). Una retahíla de sorpresas novelescas, juntas todas en un mismo tomo.

García de Paz, autor del Planeta

Es el autor de este “Planeta Mendoza” el recordado profesor tendillano José Luis García de Paz (1959-2013) que profesionalmente fue doctor en Química y profesor de Química Física en la Universidad Autónoma de Madrid, y que por su origen alcarreño tuvo un gran interés por el conocimiento de todo lo relacionado con la historia y el patrimonio de la Alcarria, y en general de la provincia de Guadalajara, habiendo llegado a escribir y ver publicados diversos libros referentes al Patrimonio Desaparecido de Guadalajara, Castillos y Fortalezas de la provincia, la Guerra de la Independencia en este territorio, la Feria de las Mercaderías de Tendilla y otros temas.

Sin embargo, el campo en el que descolló fue el análisis biográfico del linaje de Mendoza. Inmerso en las genealogías, figuras singulares, aspectos biográficos y patrimoniales de los personajes de esa saga, trabajó sin descanso para organizar un corpus de conocimiento que brindara a los lectores de hoy la visión panorámica, clara y contundente, de este grupo social hispano. Y lo hizo, no solamente investigando sobre fondos bibliográficos serios y amplios, sino entrevistándose con especialistas, tanto españoles como extranjeros, e incluso planeó abrir nuevos caminos al dedicarse de pleno a la investigación sobre los Mendoza en el Archivo General de la Nobleza, para lo que planificó un año sabático completo, -al que tenía derecho por sus 25 años de docencia universitaria- y que comenzaba exactamente en octubre de 2013, justamente en el momento en que concluyó su vida.

Desde 1996, y gracias a las nuevas tecnologías de la información telemática, por sus conocimientos avanzados de informática creó sobre el servidor de la Universidad Autónoma de Madrid un sitio al que denominó, coloquialmente, como “Planeta Mendoza” y en el que fue abriendo páginas en las que de forma breve se exponían biografías y datos sobre los Mendoza más variados. Tuvo un gran seguimiento este núcleo de la red, al que él puso título oficial de “Los Mendoza, poderosos señores” y que se encontraba alojado en www.uam.es/depaz/mendoza/, hasta que, a principios de 2019, las directrices de la Universidad madrileña, por no contar el sitio con un responsable directo, lo cerraron, dejando a todos sus seguidores (era muy consultado por investigadores, estudiosos y lectores esporádicos) sin la posibilidad de acceder a la información que García de Paz había ido acumulando y estructurando.

Su viuda, doña María Jesús Casado, facilitó grabados sobre disco compacto los textos que se habían utilizado para montar el sitio, y ofreció el permiso suficiente para pasar dicha información a formato impreso sobre papel, consiguiendo montar este libro que ahora aparece editado.

Esta idea había surgido ya en vida de José Luis García de Paz, pero él consideraba de verdadera utilidad el hecho de tener viva, con sus enlaces bien trabados, la confluencia de datos abierta en la red. También se habló, poco después de su fallecimiento, de reunir a través de una publicación sobre papel esta información sobre los Mendoza, pero al mantenerse abierta de forma pública no se juzgó procedente. Ahora, al comprobar cómo la Universidad Autónoma de Madrid ha cerrado de forma definitiva esta fuente de conocimiento, es cuando ha surgido, en la editorial Aache de Guadalajara, dedicada en cuerpo y alma al estudio, divulgación y publicación de temas relacionados con la cultura provincial, la idea de poner sobre papel impreso este gran “Planeta Mendoza” que viene a ser, no sólo un merecido homenaje a la figura del estudioso José Luis García de Paz, sino una herramienta viva, concreta y eficaz para tener información rápida y veraz sobre los Mendoza, ese linaje humano que tantas páginas de la historia de Guadalajara, de Castilla y de España escribió durante los pasados siglos.

Algunos datos del Planeta Mendoza

Es este un libro que hoy aparece y se presentará el lunes. Y que aún tendrá un largo recorrido, especialmente en la Feria del Libro de Guadalajara 2019 que se inaugura el próximo jueves 9 de mayo.

Con 460 páginas, y muchas ilustraciones, el libro de García de Paz titulado “Planeta Mendoza” es una de las aportaciones culturales que esta semana recibe nuestra ciudad de manos de la editorial Aache de Guadalajara.

En su Índice, con veinte entradas, aparecen temas como los Orígenes de los Mendoza, la Saga de los Infantado, los Éboli y Pastrana, los Mendoza en América, los poetas mendocinos, la heráldica de los Mendoza, los condes de Tendilla y marqueses de Mondéjar, las mujeres Mendoza (tres son, y lo firma María Jesús Casado, tratando de Mencía de Mendoza, María Pacheco y Cristina de Arteaga), los vizcondes de Torija, los marqueses de Cañete, los de Montesclaros, los Mendoza santos, caballeros, espías y manirrotos…

Termina el libro (ISBN 978-84-17022-83-9 y PVP 20 €.) con un Índice Onomástico monumental, con 500 entradas a lo largo de 16 páginas. En resumen, una enciclopedia para llevar en la mano. Y en ella a los Mendoza enteros.

Un parque para Monje Ciruelo

Luis Monje CirueloHoy miércoles 1 de mayo (2019) he tenido la suerte de asistir al homenaje que la Ciudad de Guadalajara ha tributado a Luis Monje Ciruelo. En un precioso día de sol, de flores y pájaros, ha consistido en la dedicación, mediante unas palabras y una placa grande, de un Parque de la zona de “La Chopera” a “Luis Monje Ciruelo”. Todo un detalle del consistorio capitalino, de su alcalde, el doctor Antonio Román Jasanada, quien personalmente ha explicado las razones de esta decisión.
Está muy bien, creo, que los Ayuntamientos hagan homenaje, aunque sea de esta forma tan sencilla y humana (tan barata, además) a las personas que han tenido una actividad determinante en esa ciudad, y la hayan conformado en lo que es a través de su trayectoria vital. Es el caso de Luis Monje Ciruelo, quien ostenta un récord, asombroso y único en el mundo: lleva 80 años escribiendo artículos, informaciones, y opiniones, en el mismo periódico, desde que dicho periódico (“Nueva Alcarria”) se fundó. Ambas cosas (la fundación del periódico, y el inicio de sus escritos en sus páginas) se remontan a 1939.

Es muy fácil hacer un homenaje escrito a Luis Monje: porque se dedicó con honradez y profesionalidad de periodista a narrar lo que acontecía en su entorno, y de ese modo ha sido testigo, activo, de los cambios que Guadalajara, la ciudad y la provincia, han experimentado en los últimos 80 años. Además de la prensa local (llegó a fundar una revista “Badiel” que solo duró 3 números) escribió en la nacional, dejando muy a menudo mensajes de Guadalajara en ABC, La Vanguardia y resto de cabeceras nacionales. Ese papel de “periodista local”, de cronista del día a día de una ciudad y una provincia, tiene más mérito que hacerlo en general de un país, de una comunidad o institución más amplia. Porque se está limitado, se juega entre intereses pequeños y cercanos, te cruzas a diario con personas a las que un día das un diez y otras le pones un cero…  porque la vida es así, cambiante y brusca. Monje estaba (y sigue estando, que es lo más grande) en las aceras de esta ciudad, contando lo que ve, opinando sobre lo que sabe y le cuentan.

Al acto han asistido la familia de Monje al completo, muchos de los amigos que aún le quedan vivos, y otros muchos que siendo más jóvenes siempre la admiramos. Ha estado la gente de “Nueva Alcarria” y de algún otro medio ajeno, lo que les honra. Y ha estado la ciudad en la persona de su alcalde, que aunque a estas horas ya va de “interino” por estar esperando nuevas elecciones locales, sigue sabiendo perfectamente cual es su misión, y la cumple al máximo. Antonio Román ha estado muy bien, muy amigo, muy humano, muy DGTV. Un aplauso a todos cuantos han intervenido. Y un abrazo muy fuerte a Luis Monje, que es sabio porque ha vivido mucho, y porque ya tiene, no un árbol, como él quería, sino un inmenso parque cuajado de árboles y sombras, con su nombre.

La Alcarria y el Libro

la alcarria el libro

 

Hoy es un buen día para hablar de un libro, que acaba de ser presentado, y que está siendo uno de los más solicitados en este “Día del Libro” en la primavera de Guadalajara, que está llenando las aceras de nuestra ciudad de publicaciones. Un libro que lleva en su título la definición de sí mismo, escrito por Francisco García Marquina, y titulado La Alcarria: el libro. Este fin de semana, sin duda, va a estar dedicado a los libros, a los que desde aquí saludo como amigos entrañables.

Nadie mejor que el propio García Marquina, -que ha conquistado ya cátedra de escritor y docente en nuestra tierra, tras duras oposiciones ante el pasotismo imperante- para saber cuales son los méritos de aquel libro, el “Viaje a la Alcarria”, que en 1946 escribiera Camilo José Cela, y un año después lo publicara, llegando a alcanzar una tirada que hoy ya supera (en muy diversas lenguas del mundo) los once millones de ejemplares.

Dice don Paco que sin una campaña de promoción comercial (del libro y del autor) como ahora se llevan, cuando se intenta vender un libro, el “Viaje a la Alcarria” ha conseguido ponerse en la cima, y estar (para seguir estando) entre los escasos cinco títulos en lengua española más leídos en el mundo. Y nos enumera las cuatro razones en las que se ha sustentado ese éxito:

1ª porque trata de un viaje “que es el espejo del devenir humano, y esa es la trama de la mayoría de los libros fundacionales de la humanidad”.

2ª porque su “tono arcaico, naturalista, inocente y elegíaco” evoca el ancestral impulso que todos tenemos hacia el tiempo de la infancia y del paraíso perdido de nuestras inocencias.

3ª porque la obra entera transmite una sensación de colores vivos, de aromas ciertos, de voces concretas, en un festival de sensorialidad que nos engancha. Y

4ª y como remate, “porque está escrito con una belleza concisa y de aparente sencillez que realmente es fruto de mucha sabiduría”.

La obra de García Marquina se basa en un artículo suyo que publicó, hace más de veinte años, en la revista “El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia”, con el título de “La sabiduría de un libro sencillísimo” y que aquí amplía y considera con mucha mayor precisión, y también-añado- con el acopio de nuevos saberes adquiridos en estos últimos decenios.

 

En su penúltimo libro, “La España de Cela”, García Marquina nos confirmó su forma más útil y certera de abordar un tema amplio, a base de breves artículos en los que con nitidez y precisión ofrece su visión de un tema puntual. Lo había hecho antes en su biografía del escritor, “Cela: retrato de un Nobel”, y lo repite ahora en este último -por ahora- libro que nos entrega. “La Alcarria: el libro” va compuesto a lo largo de sus 176 páginas con 23 artículos en los que se aborda el análisis del más veces traducido libro sobre nuestra región, el “Viaje a la Alcarria” de Camilo José cela.

Desde su estructura hasta su visión poética, desde los personajes que en él florecen a las ediciones que ha reconocido. Un par de docenas de miradas, densas y clarificadoras, sobre esta obra que ha conseguido, como dice Marquina en su último párrafo, “hacer universal y legible esta humilde y hermosa región de España”.

Aunque él ya se lanzara en su “Guía del Viaje a la Alcarria” al análisis de la construcción de la obra, a la búsqueda de sus escenarios e intérpretes, y a la didáctica profesión de orientar al lector por ella, en esta ocasión ha ido más allá, porque se ha entretenido en desentrañar el libro entero, en menor espacio, pero con herramientas de lo más fino, casi quirúrgicas, y buscarle el alma, los entresijos, despojándole de grasas y sacando sus latidos.

Dice que Cela “salió al campo, a que no le pasase nada”. Y a usar la palabra en el sentido más artístico de la misma, alzándose como un preciosista del verbo. Pero no son las frases las que definen a esta obra, que por sí misma es una larga frase salpicada de personajes curiosos, llamativos, reales en aquel tiempo (1946) en que vivió el trote caminero. Lo que define la obra de García Marquina es su capacidad de desentrañar, de sacar a flote sus mensajes, sus técnicas, sus proyecciones y sus más definitivos valores, tanto literarios, como históricos y sociales.

Hablando del viaje, Marquina indaga acerca de esta actividad tan primitivamente humana, tan antropológicamente esencial: “La literatura viajera es básica -nos dice- porque el viaje es la metáfora de la vida, y a lo largo del texto el viajero describe un itinerario de descubrimientos”. Qué más da que sea por Guadalajara por donde viaje (Guadalajara es, en el fondo, un mero concepto administrativo y burocrático), por la Alcarria (espacio del mundo con sus propios caminos -de tierra y piedras, tal como se define- y sus propias gentes y costumbres) o por el interior de su jardín. El caso es andar, es descubrir, hablar con la gente, saber de sus vidas, de sus genealogías y de sus ansias.

Y añade Marquina que “también el viaje simboliza el fluir de la vida, que supone tanto el deseo del novedad… como la conciencia de lo efímero” Luego, en su ensayo sobre “Relatos de viaje”, el autor de esta obra nos dice cuales han de ser las cualidades de la literatura de viajes, que toma de Luis Alburquerque: 1ª la inexistencia de una verdadera trama; 2ª la supremacía de un orden espacial, por el que se subordina la narrativo a lo descriptivo, y 3ª las intencionalidad literaria, esto es, el aporte de aquellas palabras, frases y contenidos que el autor piensa embellecen el relato, y solo por ello.

Son otros epígrafes de este estudio sobre el “Viaje a la Alcarria” los que van completando, no solo el conocimiento de la obra, sino, como todo buen libro, el descubrimiento de las necesidades y los deseos del propio lector. Y así nos regala su visión sobre “La palabra de la tierra”, sobre “La tradición viajera”, sobre el “Paisaje” y el “Paisanaje” en los que se entretiene con minuciosidad de entomólogo (en algo había de revelarse la primitiva profesión de biólogo del autor) y nos detalla con explicaciones muy metódicas y útiles los paisajes por los que discurre el libro, y los paisano con los que se encuentra el autor.En este caso con los reales, porque ya sabemos (en otro lugar lo explica) que sobre las páginas del libro Cela eternizó a otros diversos personajes inventados. Es lo que tiene esto de la literatura. De la buena literatura.

La obra, pulcramente editada, ha sido promovida por la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, que con ella ha querido contribuir a rememorar los 70 años que se han cumplido desde su publicación primera. Aparecen grabados de sus primeras ediciones, mención a sus innumerables traducciones, y retratos de sus personajes que han calado en la memoria colectiva (inolvidables Quico Sanz, Félix Marco, Celedonio Torralbo o Julio Vacas “Portillo”) sin olvidar al principal de todos, el viajero vagabundo, personaje al que Cela crea, recrea y en el que finalmente se embute, ya para siempre. Un libro, pues, que sirvió para que su autor se transformase, y para que hoy evoquemos su paso por esta tierra, que tanto ha cambiado, pero que fue como la cuenta, un “torbellino de pasiones”. O algo así.