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Despoblados de la Sierra

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Mañana sábado va a celebrarse, esta vez en Condemios de Arriba, un nuevo “Día de la Sierra”, que completará la docena de los celebrados. Un día de afirmación, de reivindicación, y de amistades. Un día de elaborar proyectos, de confirmar necesidades y de cantar y bailar todos juntos. Este año, con una pesada losa que se cierne, más aún, sobre todos: la de la despoblación.

Mañana sábado tenemos una cita en Condemios de Arriba. Será sede del XII Día de la Serranía, y en la mañana se centrarán los actos con el pregón que este año correrá a cargo de la periodista Raquel Gamo Pascual, y la entrega del galardón “Serrano del Año” que en esta ocasión ha correspondido a don Agustín González, sacerdote de Atienza, mientras que los actos culturales se centrarán en una Exposición de fotografías con imágenes de pueblos abandonados, despoblados y desaparecidos del área serrana, así como una charla de José Antonio Ranz Yubero, autor del libro recientemente editado “Despoblados de la provincia de Guadalajara”, sobre ese mismo tema.

La llegada a Condemios puede hacerse, desde Guadalajara, por Cogolludo y luego serranía arriba por Arroyo de Fraguas y Valdepinillos para bajar a Galve y Condemios, o por Tórtola/Hita/Jadraque para llegar a Atienza y desde allí hasta Condemios. Está relativamente lejos, pero es como todo en la Sierra: si te lo propones, está ahí mismo. El quid está en proponérselo.

Despoblamiento y abandono

En 1992 los arquitectos Tomás Nieto Taberné y Miguel Angel Embid García, publicaron un libro titulado “Matallana”, que recibió la Distinción de Honor del Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla-La Mancha delegación de Guadalajara. Un libro muy raro de encontrar hoy, grande y hermoso, ilustrado y limpio, clarividente. Un libro que, supongo (que para eso están) podrán mis lectores consultar en cualquiera de las bibliotecas municipales de la provincia de Guadalajara.

Tiene este libro muchas cosas dentro. Es un mundo (de información, de hallazgos, de denuncias y de imágenes) sonoro y declaradamente valiente. Porque en ese año (1992) se dejaba ya muy claro el grave peligro que se cernía sobre nuestra tierra. Y que no era la emigración, el despoblamiento, la ruina económica: era más duro aún, porque denunciaba el abandono: nadie se hacía cargo de lo que estaba pasando. Pasaba, sin más.

En este libro hay fotografías de edificios de Matallana, de ruinas, de espacios, una fotografía aérea… también hay planos, alzados, dibujos de detalles. Eran dos arquitectos los que estudiaban el lugar, pero también eran dos responsables actores de la vida social, que decían en su inicio, bajo la imagen impactante de un grupo de edificios tradicionales de Matallana: “…un intento de analizar un conjunto etnográfico de gran originalidad, un grupo de edificaciones, algunas todavía en pie, que constituyen un patrimonio modelo de conocimientos y de técnicas adquiridas, arraigadas, transmitidas y plasmadas en unas formas arquitectónicas resumen de unas formas de vida y de unas actividades, hoy en trance de desaparecer y de borrarse de la memoria colectiva…

morenglos alcolea de las peñas despoblados de la sierra de guadalajara

Tras el estudio multidisciplinar que realizan a propósito de la arquitectura negra de la Sierra Norte de Guadalajara (y que se plasmó en parte en la posterior “Guía de la Arquitectura Negra de Guadalajara” de Nieto y Alegre), aparece una colección fotográfica en la que se incluye lo que para mí es lo más impactante del libro: una serie de tres fotografías debidas a Francisco García Marquina, hechas en 1970, y que da testimonio gráfico de la salida de los últimos habitantes de Matallana. Con lo bien que escribe F.G. Marquina, en esta ocasión le sobraron todas las palabras, porque esas tres fotos dan idea de lo que supone una partida, un viaje sin retorno, una asombrosa forma de partir para siempre. Dos hombres cargan a varias mulas y burros de enseres, baúles, sacos y mantas, bien trabadas sobre sus lomos, mientras una mujer, de pañolón a la cabeza y oscura vestimenta, los observa. Al final, es ella la que aparece acompañando a los animales por la senda que deja atrás el pueblo y las montañas. Estremece.

Ese libro, y algunos otros que luego se han escrito (y seguro otros que aún vendrán) son testigos de una realidad imparable. Me asombra un tanto que hoy se haya armado la administración de tantas herramientas, consistentes en su mayoría en comisiones, agencias, oficinas, subdelegaciones, comisariados y congresillos, para estudiar el fenómeno de la despoblación, cuando la cosa era evidente hace ya cincuenta años, y hoy es algo tan constatable que solo pide soluciones. Y antes de que dichas comisiones, subdelegaciones y agencias se pongan a trabajar, como siempre creo que lo mejor que pueden hacer es ver cómo han resuelto ese problema en otros países de nuestro entorno europeo. Francia y Alemania especialmente, también el Reino Unido de la Gran Bretaña. La tendencia universal al urbanismo, es imparable: todo el mundo quiere vivir en grandes ciudades. Les mola. Pero también hay quien no quiere, o no puede, irse a esas grandes ciudades. Y ha de quedar en los pueblos. Para ellos hay que dar soluciones. Hay unas cuantas formas de hacerlo con dignidad y efectividad. Así que ahora, a aprender, a trabajar, y a calzarse las botas.

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Despoblados de la provincia de Guadalajara

En estos días aparece a la pública consideración, y en los escaparates de las librerías, la obra de Ranz Yubero, Remartínez Maestro y López de los Mozos “Despoblados de la provincia de Guadalajara”. Es un grueso libro de casi 400 páginas, con la información alusiva a medio millar de lugares que tuvieron vida, en su día (algunos de ellos solamente en la Edad Media, y otros recientemente abandonados) y un gran mapa de la provincia en que pueden ser localizados, y ser tomados como referencia para curiosas rutas y viajes “a la nada”.

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La obra, que ha sido editada por Aache, como nº 110 de su gran colección “Tierra de Guadalajara” ofrece un catálogo, por orden alfabético, de todos los lugares que tuvieron vida en nuestro territorio, -vida urbana, se entiende, colección de habitantes y actividad socioeconómica-  a lo largo de los últimos mil años. De algunos de esos lugares solo queda el nombre, y es imposible localizarlo. De otros muchos, además del nombre, y las coordenadas, quedan leves huellas, como montículos, acúmulo de piedras, densidad de arbustos, una fuente o una huella de camino. Pero hay todavía largo número de los que se pueden visitar restos importantes: iglesias casi enteras, ermitas, acúmulos de construcciones derruidas, torres vigía, castilletes, cuevas… en todo caso, este “catálogo de olvidos” viene a ser una guía de viaje, una llave para abrir las puertas de un pasado sumido.

Lecturas de Patrimonio: Monasterios de Guadalajara (I)

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Tiene Guadalajara muchos caminos, y muchos lectores están deseando conocerlos: llenarlos de imágenes y emociones. Todos los caminos muestran algún retazo de nuestro viejo patrimonio, Y muchos de esos caminos llegan hasta las ruinas, completas o exangües, de los viejos monasterios que cuajaron esta tierra. Vamos a recorrer esos caminos.

Si nos acercamos (por decir alguno) al monasterio de Monsalud en Córcoles, -entre Sacedón y Alcócer, por la carretera de Cuenca, y nos quedamos allí cuando el silencio del paisaje se haga total, nos parecerá ver, entre las sombras del amanecer, o aún en la noche, seres que caminan en fila y en silencio por los pasillos, los claustros, las naves de los templos que rezuman humedad, o están sentados en vetustos sitiales de madera, a la luz pálida de los velones, y allí entonan monótonos los sones de maitines, las oraciones primeras de un día que así, cada tres horas, volverá a unirlos en la alabanza a Dios, al Señor que todo lo gobierna y de ellos se deja cantar, complacido de oír, día tras día, siglo tras siglo, promesas de fidelidad, hechos de renuncia. Son los monjes.

Unidos en grupos, bajo la advocación de un santo, con el fervor homogéneo de una empresa, desde hace muchos siglos han existido los monjes y han habitado los monasterios. Tras la muerte de Cristo y la implantación de su mensaje por buena parte del mundo, el monaquismo cristiano ha prendido y se ha extendido desde Oriente hasta Occidente. Unos se han dedicado a la oración pura, a la contemplación divina. Otros se han lanzado a las calles y caminos, a socorrer a los necesitados, y a intentar cambiar el mundo. Todavía otros grupos han mezclado, ya en el espíritu medieval más puro, la fuerza de las armas con la justificación de la Fe para emprender tareas de reconquista, de guerra santa, de defensa de los Santos Lugares. De ahí que muchas ramas, muchas facetas, haya protagonizado la historia del monaquismo occidental, aunque en puridad tres estilos finalmente han cuajado y llenado enciclopedias: los contemplativos del Ora et Labora, los mendicantes de infinita presencia y alter-ego de los ONG actuales, y los caballeros‑monjes de las Ordenes Militares.

El desarrollo pleno del cenobitismo, como sociedad pequeña y multiplicada con acción en los medios urbanos y rurales, y participante plenamente del sentido religioso teocéntrico, y del político‑social del feudalismo, ocurre en la Edad Media. Aunque la primitiva regla de San Benito es obra del siglo V, y el auge de Cluny (desarrollo pleno del benedictismo) se opera en el siglo X, será a partir de ese momento, como reacción frente a ella, que la reforma cisterciense capitaneada por Bernardo de Claraval e iniciada en el siglo XII tomará todo su impulso y llenará el Occidente de monasterios (desde España a Jerusalén, desde Irlanda a Grecia) en los que el ideal del monaquismo y de la vida religiosa en comunidad se cumple a la perfección.

Una visión de este quehacer humano aparece tras la virtud y el empuje de Francisco de Asís, quien en el siglo XIII creó la Orden de los frailes pardos, con una visión nueva, más cercana a la problemática humana y social de sus días. Es, junto a la inmediata creación de la Orden de Predicadores por el español Domingo de Guzmán, un intento de llevar el cristianismo activo a los pobres y a los ignorantes. Los franciscanos y dominicos, como órdenes mendicantes (pobres que se mantienen de limosnas) surgen con toda su fuerza en ese momento de la Baja Edad Media, en el que también surge, en otro intento de mejorar actividades eremíticas previas, la Orden de San Jerónimo (1373) que nace precisamente en la tierra de Guadalajara, en Lupiana, y desde ahí se irradiará a España entera, y a América toda.

Creo que conviene, una vez más, dar un repaso a la permanencia (en forma de patrimonio monumental, histórico, anecdótico o incluso paisajístico) entre nosotros de ese testimonio humano y religioso. Porque durante siglos (y aún hoy mismo, aunque con escasa fuerza) sirvió de argamasa para la construcción de una sociedad, de un país, el nuestro, que tantas páginas atesora de heroísmos y atrevimientos, y que no deberíamos olvidar, ni dejar en lo oscuro.

En próximas aportaciones a través de estas páginas, iré dando noticia de ese patrimonio, haciendo lectura del mismo, edificio a edificio, anécdota a anécdota, personaje a personaje. Perdone el lector tanto preámbulo, pero quiero que sirva (al menos para mi afianzamiento personal) como un sustento de esa tarea que fundamentalmente educativa, pero también social y comunicacional, debemos todos alentar en el conocimiento y en la protección de nuestro Patrimonio.

Solo se ama lo que se conoce”, es frase que anda por ahí. No sé quien la acuñó, quizás fui yo, pero ya no me acuerdo. En todo caso, esa es la tarea: dar a conocer, en un empeño que no permite descansos ni vacaciones, para que seamos capaces de amar, y después, y con toda razón y fuerza, conservar por siempre.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

Bibliografía monasterial

Para empezar este camino, que ha de hacerse a lo largo de la geografía provincial, conviene ir pertrechado de algunas lecturas, a través de libros, de revistas… mejor aún sería hacerlo de documentos, de Archivos, pero ya se sabe que estas ocupaciones requieren de más tiempo y paciencia. Cuando empecé el análisis de estos lugares, de sus gentes, de sus edificios y avatares, anduve metido en esos archivos recónditos y esas bibliotecas arcanas. De entre ellos, y como orientación, diré que el Archivo Histórico Nacional en su Sección de Clero, en el viejo edificio del CESIC, en la calle Serrano, fue lugar que me brindó muchos datos, y que aún a los investigadores de hoy podrá les permitirá ampliarlos.

Pero para quien vaya a las bibliotecas, especialmente a las bien dotadas de libros (porque ahora hay muchas, pero tienen secciones infantiles o de novelas best-sellers mucho más grandes que las de neta información) hay algunos libros que debe buscar y consultar. Por el ejemplo…

El más clásico. Sería el que Layna Serrano escribió sobre la abadía cisterciense de Ovila cuando vio (era el año 1931) que el multimillonario norteamericano William Randolph Hearst la compraba y se la llevaba -las piedras numeradas- a California. De su investigación personal en archivos y sobre el terreno, tomó una gran información que desarrolló y dio vida a La Abadía Cisterciense de Ovila (1933) hoy muy difícil de encontrar en el comercio de libros de viejo, pues aunque hace 20 años se reeditó también está agotada.

El más completo. Todos los monasterios de Guadalajara fueron analizados en uno de mis primeros libros, Con documentación estudiada por primera vez, profusión de gráficos, y un objetivo de totalidad en cuanto a la recopilación de ruinas, instituciones o personajes, esta obra que firmé en 1974 se ha considerado como la imprescindible para iniciar el contacto con la realidad histórica de los Monasterios y Conventos en la provincia de Guadalajara, que hoy también está completamente agotada, aunque hay bibliotecas que la tienen, y está a la venta en formato DVD.

El más bello. La propia comunidad de monjas cistercienses que habita hoy el monasterio de Santa María del Sistal en Buenafuente, y gracias al apoyo de Ibercaja, ha escrito y editado una hermosa obra que titulan La Buena Fuente del Cister (1995) y en la que describen la historia, el arte, los objetivos y el proyecto futuro de su religioso instituto. Cuajado de hermosos gráficos y editado con elegancia, da una perspectiva completa de esta casa dedicada a Dios, la Virgen y San Bernardo.

El más meticuloso. Ramón Molina Piñedo, monje benedictino de Leyre, y sabio historiador donde los haya, haciendo gala de su sabiduría, de la gran documentación llegada a sus manos, y de esa paciencia propia de su Orden, ha elaborado una historia completa y meticulosa de la más antigua de las abadías benedictinas de la Alcarria: el monasterio de San Juan Bautista de Valfermoso de las Monjas. Con el título de Las Señoras de Valfermoso (1996) es este un libro en el que la organización y avatares de una comunidad femenina benedictina, viva hasta hoy, se diseca por completo. 

El más documental. De Layna también es el monumental estudio sobre todos los conventos y monasterios de la ciudad de Guadalajara. Con documentos originales y una meticulosidad histórica de eficacia indudable, pone en manos del investigador y del curioso la historia de estos centros religiosos que Guadalajara tuvo, en gran número, a lo largo de su historia: Los conventos antiguos de la ciudad de Guadalajara (1946 y reedición en 2010) es otra de las obras fundamentales del cronista Francisco Layna Serrano.

El más apasionado. Sería don Andrés Pérez Arribas, cura párroco de Alcocer a mediados del siglo XX, y apasionado de la historia y el arte de la Alcarria, quien elaboró una amplia monografía sobre El monasterio cisterciense de Monsalud (varias ediciones, progresivamente mejoradas y aumentadas) y en él destacaba sus orígenes, avatares, arquitectura, con muchas fotografías, planos, y explicaciones. Hoy son las de Monsalud unas ruinas que bien recuperadas dan para mucho en esto de nuestra visita al patrimonio monasterial.

Y por supuesto Internet. En la nueva frontera de la comunicación pueden encontrarse datos actualizados sobre los monasterios vivos en Guadalajara, y sobre los muertos, en muy diversos lugares, siguiendo las pautas de búsqueda que cada lector mejor conozca. Todos sabemos, sin embargo, que Internet es hoy un archivo vivo de muchas cosas, pero con una llamativa escasez de datos cuando uno quiere profundizar seriamente en algo. De entrada, puede valer esta dirección: http://www.aache.com/monasterios-de-castilla-la-mancha.

La Tierra de Cobeta

Cobeta

En el corazón de la España despoblada, Cobeta tenía en 2015 un total de 150 habitantes. En las últimas elecciones de abril, votaron 82 personas. Y niños, hay pocos. Esto quiere decir que el despoblamiento se acelera, y lo que fue un éxodo masivo a las ciudades en la segunda mitad del siglo XX, ahora al iniciar el XXI es ya un agotamiento poblacional por simple evolución biológica: los viejos se mueren, y nadie los reemplaza.

He viajado de nuevo a Cobeta, donde miro y anoto. Que yo sepa, no tengo amigo alguno de allí, y es cosa rara, porque en casi todos los pueblos de la provincia tengo algún conocido. Espero que al menos me queden lectores.

El pueblo se asoma a un hondo valle que baja hacia el pintoresco de Arandilla, y escoltada de pinares y prados, la villa de Cobeta, en la sesma del Sabinar, ya en el límite occidental del Señorío de Molina, tiene todavía un aire riente en los buenos días del otoño. Le viene su nombre de la torre o cubo que siempre vigiló su caserío.

Como una comarca del viejo Reino de Castilla, la “Tierra de Cobeta” tuvo existencia real del siglo XII al siglo XIX. A inicios de este, con el nombre de “partido de Cobeta” formaba parte de la Intendencia de Soria, en lo que entonces se denominaba “Castilla la Vieja”. Tras la reordenación de las provincias españolas por el liberal Javier de Burgos, en 1833 (división provincial que se ha mantenido intocable desde entonces) Cobeta pasó a pertenecer a la provincia de Guadalajara.

La más remota historia pone su origen en le repoblación cristiana de la zona, perteneciendo desde un principio al territorio del señorío de los Lara, gozando de su Fuero. En algún sitio he leído que en 1153 don Manrique y su esposa doña Ermesenda donaron Cobeta al Cabildo de la Catedral de Sigüenza, pero no lo veo muy lógico, porque la realidades que durante el siglo XII y casi todo el XIII, este lugar estuvo incluido en el Común de Molina, siendo en 1292 cuando, por testamento de la señora del territorio, doña Blanca Alfonso, pasó por donación a pertenecer al monasterio de monjas cistercienses de Buenafuente del Sistal, junto a sus anejos del Villar y la Olmeda.

En el siglo posterior, concretamente en los mediados del XIV, un caballero denominado Francisco de Tovar se adueñó de Cobeta y su comarca, pero las monjas lograron que les fuera devuelto. Finalmente, en el segundo cuarto del siglo XV, otro caballero de la misma familia que el primero, don Iñigo de Tovar, se apoderó de este pueblo, logrando que oficialmente reconociera el rey Juan II esta usurpación, y dando a las monjas, en cambio, el lugar de Ciruelos. En la familia de los Tovar, emparentada luego con los Zúñigas, más tarde marqueses de Baides, quedó durante siglos este pueblo y sus anejos, el Villar y la Olmeda, más el caserío de Torrecilla del Pinar.

Uno de los escritores molineses más conocidos, don Gregorio López de la Torre y Malo, autor de la “Chorográfica Descripción del Muy Noble, Leal, Fidelísimo y Valerosísimo Señorío de Molina” a mediados del siglo XVIII escribió así (copio textualmente) de Cobeta: “Cobeta es Villa muy antigua, por Instrumentos del año de 1187. Tiene un Castillo muy fuerte, y en su término otro llamado Gazafatem. Esta Villa, con la Olmeda, y el Villar, mandó la Infanta Doña Blanca en su Testamento año de 1293 a las Religiosas de Buena-Fuente. Confirmó esta donación la Reyna Doña María en Astudillo año de 1304, los quales tres Lugares usurpó, después de mucho tiempo, un N. Tobar, apoderándose del Castillo de Cobeta; y por Sentencia dada en Molina en 1372, fueron amparadas las Monjas, y echado Tobar del Castillo; pero poco después volvió Iñigo Tobar à apoderarse del Castillo; y aunque se querellaron ante el Rey, y viendo que no podian echarlo del Castillo, ni gozar el vasallaje, y que el año de 1444 le fueron confirmados a Iñigo Tobar los tres Lugares por Don Juan el II. Y el año de 1479, por el Rey Católico, les fue forzoso a las Religiosas tomar por trueque, y cambio la Villa de Ciruelos, que era del referido Iñigo de Tobar, de lo que se hizo Concordia el año de 1500. Ahora el Señor de Cobeta es Marqués de Vaydes, y Conde de Salvatierra, y otros muchos Estados. En su término está el Santuario de nuestra Señora del Montesino, y otra Ermita del Glorioso San Antonio de Padua.

Cerca del término de Cobeta, en los Pinares de Mazarete, y Anquela, en el Cerro del Gijo, Iñigo de Tobar, y los del Ducado de Medina-Caeli, en el Sitio de la Matanza, y la Naba de los Ahorcados, el año de 1448, en un combate “desbarataron a los Aragoneses, que passaban à los Presidios de Atienza, y Sigüenza, que estaban entonces por los Infantes de Aragon”.

Pocas cosas pasaron después, en Cobeta, porque siguió como tantos pueblos de la Castilla silenciosa viviendo la paz de las normas, todo controlado desde la Corte. Tuvo fama Cobeta por sus minas de hierro, pero se dejaron de explotar debido a que el material que se obtenía era demasiado denso y no llegaba a fundir bien con el material que se extraía de otros lugares del entorno. En el pueblo hubo dos herrerías, (la una propiedad del Conde de Salvatierra, y la otra de los Pelegrín) que fueron incendiadas por las tropas carlistas del general Balmaseda el día 6 de abril de 1840. Siguieron produciendo durante el siglo XIX, hasta alcanzar las 20.000 arrobas de hierro anuales. Sabemos también, en punto a recuerdos marciales, que en el transcurso de la guerra de la Independencia, la resistencia castellana instaló en el pueblo una fábrica de fusiles, (“armas reputadas como de la mejor calidad”), en la que trabajaban armeros vizcaínos, que se cerró en 1814, y de la que hoy no queda ni rastro.

En el diccionario de Madoz se nos dice que, a mediados del siglo XIX, la población tenía 70 edificios, en los que moraban 81 vecinos (o familias), que venía a corresponderse con unas 300 “almas” (o bocas que comen, para entendernos).

planeta mendoza

 

El castillo de Cobeta

La antiquísima torre, puesta sobre elevado cerro, y con toda seguridad sede primitiva de algún castro celtibérico, fue rehecha por don Iñigo López Tovar, en el siglo XV, poniendo sobre el breve cerro un castillo al estilo de la época, que sirviera no sólo de circunstancial defensa contra las incursiones de los aragoneses y navarros por la región, sino de morada para él y su familia. Allí murió, en 1491, este señor, que dispuso ser enterrado en la parroquia de la villa. Sobre la puerta del castillo tenía colocadas sus armas talladas en piedra.

El castillo que probablemente construirían como tal lo Lara molineses, se componía de un recinto cuadrado con cubos en las esquinas, y la torre del homenaje, cilíndrica, con almenas sobre el grueso moldurón de su remate, y que es lo único que hoy queda, hueca y desalmenada, ha sido rehecha hace poco y aunque se nota demasiado, al menos ha salvado su integridad y buena planta. Desde su altura, a la que recomendamos subir, se admiran espléndidos panoramas boscosos.

En el caserío, de cuidadas calles y grandes casonas de recia sillería rojiza, destaca la iglesia parroquial, inexpresivo edificio del siglo XVII, en cuyo interior puede admirarse un retablo mayor barroco, obra firmada por Juan de Sancho, en 1699, y un enorme órgano en el coro alto. Existe en la calle principal una casona con portalada de barrocas tallas en sus jambas, y dintel, característico ejemplar del modo de decorar su vivienda la burguesía rural molinesa en el siglo XVIII. También debe admirarse una impresionante reja en el edificio del Ayuntamiento, que posee bello campanario de complicada tracería férrea.

Castillos y Fortalezas de Castilla La Mancha

 

La ermita de Montesinos

En el término de Cobeta, sobre el valle del río Arandilla, y en un lugar de extraordinaria belleza, en que las altas rocas de arenisca rojiza se mezclan con la exuberante vegetación, está la ermita de Nuestra Señora de Montesinos, un gran edificio de portón adovelado, con buena guarnición de hierros, y su interior cuajado de recuerdos marianos de esta venerada advocación, de la que se cuenta un origen legendario: se apareció María a una pastorcilla manca, y le ordenó que avisara al capitán moro Montesinos, que guardaba el fuerte castillo de Alpetea para el rey de Valencia, y le anunciara que ante él haría un gran milagro. La Virgen restituyó a la pastorcilla el brazo que le faltaba, y el capitán, impresionado, se convirtió al cristianismo y erigió en aquel lugar una ermita. En ella se reúnen las gentes de todos los lugares del entorno (Cobeta, el Villar, la Olmeda, Torremocha, Torrecilla, Selas, Anquela y Aragoncillo) en alegre romería la víspera de la Asunción.

La ermita fue guardada por Francisco, durante muchos años, quien se esmeró en tenerla limpia, en homenajear a la Virgen a diario, y en contar su historia (la real, y la inventada) a cuantos se acercaban a verla. Ahora se puede llegar en coche cómodamente por camino asfaltado desde Cobeta. Es lugar que no debe dejar de conocer quien quiera llevar la mejor imagen de la Guadalajara inédita. Pero ha de hacerlo en excursión a pie, desde Arandilla, o desde Cobeta. Sabrá mejor el recuerdo.

Dentro de la capilla del caballero San Galindo en Campisábalos

Campisabalos capilla del caballero san galindo

Una vez más me he acercado por Campisábalos, en la altura máxima de la sierra de Pela, a buscar ese “aire más limpio de España” del que pueden presumir y estar orgullosos. En el interior de su iglesia, una capilla se abre, la del Caballero San Galindo. Vamos a visitarla.

Primero hay que llegar a Campisábalos. Se puede hacer desde Atienza, por la carretera que va  hacia  Ayllón, y Aranda de Duero. O quizás mejor por la vena grande de la Sierra, desde Cogolludo subir por Veguillas y Arroyo de Fraguas, cruzando el Campanario y bajando hacia Galve de Sorbe. Es más hermoso el recorrido. El caso es llegar, al alto, generalmente con abrigo. Y allí charlar con los paisanos, mirar el Centro de Interpretación, que lo han dejado perfecto, y llegarse a la iglesia, puesta bajo la advocación bajo el santo de las tormentas, San Bartolomé.

Casi todos mis lectores saben ya de qué va este templo. Es románico, es del siglo XIII, recibió reformas en siglos posteriores, cuando le alzaron una torre en el extremo suroriental. Y muestra valiente su ábside semicircular, su atrio porticado con unas laudas primitivas, una portada elegante, y un interior soberbio. Pero, sobre todo, con una capilla adosada a su fachada sur, la capilla que llaman “del Caballero San Galindo”, a la que por nada del mundo debe dejar el viajero de echar un vistazo, aunque sea rápido, pero mejor intenso, detallado, a todos y cada uno de sus detalles. Que son estos.

En el exterior, esta capilla tiene de destacable su portada, que se abre en un cuerpo saliente de piedra sillar mediante arcada formada por cinco arquivoltas de trazo semicircular, con una estructura y decoración muy parecida a la de la aneja parroquia y a la de san Pedro de Villacadima. Una de las arquivoltas se cuaja de roleos vegetales, y los capiteles don de idéntica consistencia vital, con una preciosa cornisa en la que se ven tallados elegantes y risueños canecillos. Aún más: la superficie del muro de la capilla, tiene a media altura tallado sobre los pétreos sillares una secuencia de 14 escenas que constituyen un curioso mensario, legible de derecha a izquierda, y con sendas escenas de la vida cotidiana al principio y el fin de su serie mensual. El ábside de la capilla, que es de planta rectangular, se ilumina a través de un ventanal muy llamativo, con un óculo circular tramado de filigranas mudéjares talladas en la piedra. Los especialistas relacionan este templo muy directamente con el de Villacadima, a media legua al norte, y con los de Santa María del Rey, en Atienza; Santa María, en Tiermes; la Anunciación, en Alpanseque y San Pedro de Caracena, estas últimas en Soria. Es lógico, porque están próximas y todas debieron su construcción a un mismo equipo de maestros constructores, escultores y canteros.

El interior de esta capilla tiene mucho de mágico. En todo caso, de sorprendente, de poco habitual. Es un espacio único, una sola nave, de unos seis metros de largo por cuatro de ancho, con acceso desde el exterior al sur, y con comunicación al templo parroquial a través de una puerta al norte. En ese espacio único, orientado canónicamente con los pies al poniente y el presbiterio y ábside al levante, nos llaman la atención varias cosas, que intentaré desmenuzar a continuación.

Iconografia romanica de Guadalajara

Quizás sea la primera el severo ámbito creado. Para mí, la esencia de la arquitectura es el espacio, lo que hay de vacío entre el pavimento, los muros, las columnas y los abovedamientos. El hueco en el que nos movemos. Que cuando es sagrado se revela en templo. Su abovedamiento es de cañón y en la cabecera de cuarto de esfera. Varias columnas adosadas a los muros rematan en capiteles foliados sobre los que cargan arcos fajones. El arco toral que da paso al presbiterio de esta capilla descansa sobre columnas cortas, pareadas, robustas, que sostienen sendos capiteles de gran interés iconográfico: el de la derecha, correspondiente a la epístola, ofrece en su decoración, aunque muy desgastadas, unas figuras de grifos. Y el de la izquierda, correspondiente al evangelio, muestra un bello conjunto iconográfico de clara filiación silense, presentando en su cara ancha dos animales fantásticos sobre los que cabalgan aves de encapuchada cubierta, y sobre las caras estrechas un par de centauros disparando sus flechas sobre las aves centrales. Una corrida imposta sobre los capiteles recorre todo el ábside. Esos dos animales cuadrúpedos, que muy bien pudieran ser esfinges, con torsos y cabezas humanas, que se dan la espalda, y que en sus lomos sostienen unas aves cuyas cabezas son también humanas y se cubren de cogullas, representando sin duda arpías, enfrentando sus caras. Aunque no exactamente como aquí, en el claustro de Silos aparecen muchas parejas de animales y grupos en esta disposición, con este aire. Son seres imaginarios, que proceden de las leyendas orientales, persas, caldeas, que podrían identificarse con esfinges, con arpías, en todo caso, con seres malignos que pueblan el submundo. A sus costados, en las partes estrechas del capitel, sendos centauros que disparan flechas, como sagitarios. Son seres benignos, que atacan a los malos. En definitiva, una psicomaquia evidente y aleccionadora.

En el ámbito del presbiterio, en su costado del evangelio, se abre un arco en el muro que cobija un sepulcro. Es el del benefactor de la capilla, el caballero San Galindo. Ese arco se defiende del exterior por una reja y el enterramiento que aparece tras ella parece estar mal encajado en el espacio. Una especie de féretro incómodo que al caballero, -debe decirse, para que a todos nos deje más tranquilos- le importó muy poco, porque a los muertos ya no les importa nada de lo que en este mundo queda tras ellos.

En mitad del muro norte de esta capilla aparece un escudo y una inscripción, que conviene anotar, mirar, fotografiar. De siempre se ha atribuido el escudo al caballero fundador de la capilla. Es lo lógico. Aunque según dice la lápida, en texto que más adelante copio, fue el Concejo atencino quien puso el mensaje y el emblema. Se ha dado por supuesto que las armas corresponden al que allí llaman todavía el “caballero Galindo”, «caballero San Galindo» o «caballero” a secas. Sin embargo, ha habido quien piensa que el escudo sería del Concejo de Atienza, lo cual es imposible, por cuanto en el siglo XVI ese emblema heráldico municipal no existía con las características que hoy tiene. Sin duda que identifica al personaje allí enterrado.Ese escudo podría definirse como cuartelado, apareciendo en el primer campo tres flores de lis puestas de dos y una, un castillete rechoncho, un león rampante casi volcado de espaldas, y unas murallas sobre rocas. Lo curioso es que se acola de un águila bicéfala y se cima con una corona burda, que podría aludir al símbolo regio del emperador Carlos. Es un escudo raro, digamos que “poco canónico” pero evidentemente antiguo.

Esta es la leyenda tallada bajo el escudo que luce en el muro de la capilla del Caballero San Galindo: EN ESTA CAPILLA DONDE STA LA REXA / DE HIERO ESTA SEPVLTADO EL CVERPO D / EL CAVALLERO SAN GALINDO Y DE LA DI / CHA CAPILLA Y OSPITAL Y VIENES Y RENT / AS SVYAS SON PATRONES LA YVSTIZIA / Y REGIMIENTO DE LA VILLA DE ATIENZA / HIÇOSE POR MANDADO DE LOS YLLES / SS. LDO ALBAREZ ALCALDE MAYOR / POR SV MAG DE LA DIHA VILLA Y DON / GR DE MEDRANO BRABO ALFEZ M / OR FRANO DEL CASTILLO IVAN DE RIB / EROS GRD PINEDO BR DE HIXES A LO / PEZ DE GVZMAN FRAN QVES VE / RO…

Y esta es la transcripción que puede colegirse de ella: En esta capilla donde está la reja de hierro está sepultado el cuerpo del caballero San Galindo y de la dicha capilla y hospital y bienes y rentas suyas son patrones la Justicia y Regimiento de la Villa de Atienza. Hízose por mandado de los Ilustres Señores Licenciado Alvarez, alcalde mayor por Su Magestad de la dicha villa y Don Gerónimo de Medrano Bravo, Alférez Mayor, Francisco del Castillo, Juan de Riberos, Grd. Pinedo, Br. de Hijes, López de Guzmán, Francisco Quesvero

No está mal, para un espacio tan pequeño, encontrarse con tantas curiosidades. Solo queda la última, que sería saber quien fue el “caballero San Galindo” del que tanto se ha hablado, y casi siempre de oídas. Es Marcos Nieto Jiménez quien viene en nuestra ayuda, a referirnos algunos datos en torno a este misterioso personaje. De un interesante trabajo que dejó colgado en Internet este autor seguntino, se puede colegir que solo existen leyendas en torno al personaje, que no quedan documentos fidedignos. El nombre, Galindó Galindo, era frecuente en la Edad Media en las tierras del Alto Aragón. El propio Cid Campeador se acompañaba de algún Galindo ó Galindez.
Y de este de Campisábalos se dice que fue hombre cumplido y rico que dejó parte de sus bienes para fundar un hospital que administraría el Concejo de Atienza. Es más, en la provincia, Alcarria abajo, hay otro pueblo que se denomina “Casas de San Galindo”. Nadie sabe quien fuera este señor. De él ha corrido también leyenda de su amor incestuoso con su hermana (la “galinda” de la que le separaron al nacer, y luego pasados los años se enamoraron y acabaron juntos…. Hasta que descubierto el parentesco, de común acuerdo decidieron enterrarse vivos en el sepulcro de la capilla de Campisábalos…

Dejémoslo aquí, porque a la historia, cuando es parca en documentos, le salen los refranes y las leyendas cabalgando sin freno por los laterales. Dejémoslo ahí, y acordemos la memoria vaga con la certeza de ese enterramiento, de ese escudo, de esa leyenda, de esos capiteles orondos, de ese templo minúsculo, bello, como una joya de piedra tallada.

El mecenazgo de los Mendoza

Patrimonio de todos es la memoria histórica del linaje mendocino. Porque hicieron como es a esta tierra de la Alcarria. Desde el poder, pero también desde la voluntad de dejar memoria de sí mismos, y de su tiempo. A través del mecenazgo, dejaron razón de su ser.

Aunque los Mendoza llevaban ya en tierra de la Alcarria (procedentes de su llanada alavesa) desde mediado el siglo XIV, es a fines del siglo XV cuando empiezan a desarrollar de forma evidente, y aún perceptible, su afán de mecenazgo. Coincide con la llegada al trono de Castilla del rey Juan, el segundo, y se desarrolla después con gran impulso en los reinados de Enrique, el cuarto, de Isabel y Fernando y de su nieto Carlos, el emperador.

Sobre este tema del “Los Mendoza y el ideal del mecenazgo renacentista” desarrolló un importante estudio la doctora María Teresa Fernández Madrid.

Repaso ahora algunos de los temas que pudieran constituir un largo tratado sobre ello, especialmente los caminos por los que desarrollaron ese mecenazgo: el arte, las fundaciones, las fiestas, el apoyo a los escritores y a los libros, la meditada intención de dejar estela.

Es a los Médici italianos a los que en muchas cosas siguen. Los conocen, de referencias, de estampas. Y los admiran. Saben que el poder territorial está fundamentado en el asombro de los mandados. Y que la trama de fastos no hace sino anclar más profundamente el ancla de su nave. Aunque el mecenazgo (palabra que procede, en clara metáfora nominal, del rey Mecenas de la antigua Grecia) surgió en la antigua Roma, el Renacimiento elevó el concepto hasta sus cotas más elevadas, prestándole una serie de connotaciones específicas que serán transmitidas a generaciones posteriores. Fue Maquiavelo quien atribuyó como una cualidad prioritaria la liberalidad que todo gobernante debe poseer, y este don debía unirse al deseo de ostentación, de prestigio personal, de persecución de la fama póstuma, como características de un mecenas ideal.

 

Los Médici desarrollan su política de prestigio artístico irradiando la fama de Florencia por toda Italia y apoyando claramente a los humanistas como exaltación suprema de las glorias toscanas, siendo principal en ello el papel de Lorenzo el Magnifico, como experto interesado en la estética y en el coleccionismo.

Los Mendoza, desde Guadalajara, pero con numerosos anclajes en el resto de España, se presentan como una nueva clase nobiliaria con un pasado [relativamente] glorioso que no va a pararse en barras.  Desde sus inicios al lado de los monarcas, progresivamente van afianzando su poder, su influencia, hasta terminar siendo “validos”, figuras esenciales en la estructura del poder final.

Y desde sus puestos de cortesanos discretos, hasta el máximo (ocupado por Pedro González de Mendoza, como Canciller de la nueva monarquía de los Reyes Católicos) poder político, militar y religioso, ellos van encargando a maestros arquitectos, escultores, pintores, urbanistas y poetas, las tareas de adorno y brillantez de su rastro.

¿Por donde empezar? Por los edificios, sin duda. Por los palacios para su habitación, con grandes escudos sobre los portalones y las ventanas. Por los conventos y monasterios en los que se alcen coloristas los retablos, las cruces doradas y los atavíos de seda para los oficiantes. Con sus escudos siempre, con su heráldica pregonera del linaje antiguo y seguro. ¿Ejemplos? Decenas de ellos. Aquí en la Alcarria el convento de San Antonio para los franciscanos en Mondéjar. La mole monasterial de Santa María de Sopetrán, en la Hita de junto al Badiel para los benedictinos. El suntuoso templo de San Francisco en lo alto de la colina que se yergue junto a Bejanque, en Guadalajara…. Sin contar lo que a finales del siglo XV había mandado hacer al bretón Juan Guas el segundo duque don Iñigo en la parte baja de Guadalajara, ese gran palacio ducal que de inmediato fue envidiado hasta por los mismos monarcas castellanos.

El retablo como el que Don Diego Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Santillana, encargó al pintor flamenco al que hoy conocemos como “Maestro de Sopetrán”, tiene una doble finalidad: ostentación del patronato en las fiestas religiosas que se celebren en el convento, y mantener despierta la memoria del donante, pues en una de las tablas aparece retratado el propio comitente, orando arrodillado ante la imagen de María Virgen. Es la fértil cosecha de la pintura, derramada en retablos, en páginas de libros pergaminos, en los techos de capillas y atrios palaciegos.

De las pinturas de altares se pasa a los enterramientos, esos recipientes destinados a contener la frágil y perecedera carne de cualquiera. Porque ellos saben que han de morir, como cualquier humano, y que sus restos serán poco tiempo después una mezcla de gusana y desmantelada osamenta. Aunque en ellos se plantea el más sofisticado y difícil de los retos: retratar al magnate y dejarle en aparente eternidad, vital y ejemplar, por los siglos. Tuvo ese enterramiento el marqués, en San Francisco, aunque se perdió del todo. Y lo tuvo (y aún lo tiene) su hijo don Pedro, aunque en el presbiterio de la catedral toledana. Lo tuvieron también sus otros hijos Iñigo López, conde de Tendilla, en su convento jerónimo de la villa alcarreña, trasladado luego a la iglesia de San Ginés de Guadalajara, donde fue pasto de las antorchas revolucionarias del verano del 36. Y su otro hijo Pedro Hurtado, adelantado de Cazorla, en ese mismo lugar mostrando hoy los muñones.

Edificios, pinturas, esculturas… el mecenazgo mendocino da lugar un poco después, mediado el siglo XVI, a la Academia literaria a la que algunos aduladores pusieron título de “Atenas Alcarreña”. En ella brilló el cuarto duque como escritor y editor de su propia obra. Llamando a figuras como Luis Gálvez de Montalvo, Alvar Gómez de Ciudad Real, o Alvar Gómez de Castro, escritores de poemas, de tratados de oratoria, de novelas pastoriles.

En el estudio que al principio he mencionado de Fernández Madrid, dícese que “niMédicisniMendozapensabanquelapoesíaeraunhechointrascendente,uncultoprivadoounaevasión,sinoqueopinabanqueeraunaparticipaciónpersonalpara elconocimientodelosvaloreshumanos”. De ahí que no solo protegieran a los poetas y escritores, sino que los emularan. Entre esos escritores, y por el interés propio del linaje, los Mendoza apoyan a historiadores a los que encargan (o ruegan) que hablen de sus orígenes familiares, de las batallas en que se distinguieron, de las razones que, siglo tras siglo, en suma continua, fueron construyendo el monolito de su fama y su poderío. Medina de Mendoza, Hernando Pecha o Núñez de Castro son algunos de esos escritores/recopiladores de memorias mendocinas (es ya el siglo XVII) en que hoy se cimenta el conocimiento correlativo del linaje alavés.

Otro de los caminos del mecenazgo discurre por el coleccionismo. El humanismo fomentó el desarrollo del coleccionismo como erudición, como fuente de estudio de la antigüedad. De ello bien sabía el Cardenal Mendoza, quien en su palacio frente a Santa María de Guadalajara sumó enjambres de pájaros y raros animales, dispuestos en jaulas y patios para asombro de sus visitantes. Mientras en las salas de arriba enseñaba sus cajones pletóricos de monedas romanas, celtíberas, etruscas y merovingias junto a las medallas que los florentinos tallaban para él y los grandes de la itálica península. Libros coleccionaron, más por el placer de tenerlos que de leerlos. Y gabinetes para las curiosidades que, -lástima, siempre ha sido así- son las más endebles de las criaturas frente a los siglos.

 

 

Y aunque este breve recordatorio en torno al mecenazgo mendocino no quiere entrar en profundidades, que aquí no cabrían, sí que debe acabar con la obligada referencia a la arquitectura, que es la más visible de las imágenes prestadas por el poder a la posteridad. Templos parroquiales, catedrales incluso, conventos muchos…. Y en ellos torres, gárgolas y retablos, campanas y escudos por doquier. Las residencias personales, desde el castillo tardomedieval al lujoso y funcional palacio renacentista, tienen de mano de los Mendoza sus expresiones más exquisitas. De una parte, esos castillos de Pioz y Jadraque que manda construir el gran Cardenal Mendoza, o el lujo castillero y a la par palaciego de La Calahorra en Granada, obra de Lorenzo Vázquez por encargo del hijo del cardenal, el bravo don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza.
Sin olvidar el palacio ducal de Guadalajara, joya del gótico flamígero debido al ingenio de Guas y Cueman, o la exquisita y equilibrada razón numérica del palacio de don Antonio de Mendoza en su palacio de la colación de Santiago. A la que, en la cuarta década del siglo XVI, mandó doña Brianda de Mendoza completar con una iglesia a don Alonso de Covarrubias… y en su fachada, tallada personalmente por el toledano, poner un relieve casi miguelangelesco de La Piedad, y unos escudos mendocinos entre grecas que más parecen salidos de la vibrante sensualidad de la Toscana que brotados del seco perfil de la Alcarria.

Y aquí junto a estas líneas quedan inscritos algunos aspectos de ese mecenazgo que los Mendoza reparten por nuestra tierra: palacios, sepulcros, pinturas… de todo ello puede saberse, en más detalle, si de ellos se sabe. Y aquí recuerdo, porque es obligado, o a mí me lo parece, a José Luis García de Paz, y su obra recopilatoria sobre los Mendoza, que tallada a lo largo de más de veinte años, y durante un tiempo brindada en la red mundial, había desaparecido y acaba de ser recogida y reparada en un libro fundamental y de obligado conocimiento, el “Planeta Mendoza” que en todo caso recomiendo leer, y consultar a ratos.