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Palazuelos, una fiesta para los sentidos

Castillo de PalazuelosCon mi amigo catalán Isidre Monés estoy preparando un libro sobre Sigüenza y alrededores. La cosa va lenta, pero está echando raíces profundas. Será –cuando llegue a ser algo– una cosa importante. De momento yo escribo y él dibuja.
Y ahora hemos pasado por Palazuelos. En realidad, hemos pasado muchas veces, y en cada una de las tres últimas ha surgido un breve escrito glosando un rincón, una puerta, el castillo…. Esa maravillosa y perdida villa de Palazuelos siempre inspira. Mira, lector, qué puedes sacar en claro de todo esto.

El castillo

En Palazuelos va a encontrar el viajero las huellas de la Edad Media por todos los rincones. No puede escaparse a su presencia. Porque no solamente un castillo completo existe aquí, sino todo el amurallamiento original que a la villa proporcionó su dueño, el marqués de Santillana, en el siglo xv.

Asienta el pueblo en leve ondulación, cerca de Sigüenza, sobre una ancha vega. Su historia se fundamenta en la de los múltiples señores que durante siglos la poseyeron. Tras la reconquista perteneció a la Tierra y Común de Atienza. Poco después, el Rey Alfonso x el Sabio se la donó a doña Mayor Guillén, junto a las villas de Cifuentes y Alcocer. Esta señora se la dejó en herencia a doña Beatriz que llegó a ser reina de Portugal, y ésta a su vez se la transmitió a su hija doña Blanca, abadesa del monasterio de Las Huelgas, en Burgos. Esta lo vendió al infante don Pedro, hijo de Sancho iv, y de éste pasó, también por venta, en 1314, al obispo de Sigüenza don Simón Girón de Cisneros. De ser parte del señorío episcopal de Sigüenza pasó en el siglo xiv en su segunda mitad, a la casa de Mendoza. En 1380, figura incluido entre los bienes del mayorazgo que don Pedro González de Mendoza funda a favor de su hijo Diego Hurtado, futuro almirante de Castilla, de quien pasó, en 1404, a su hija doña Aldonza de Mendoza. Su hermanastro, don Iñigo López, primer marqués de Santillana, la poseyó y comenzó a levantar su castillo y murallas, dejándola a su hijo don Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, quien prosiguió y concluyó las obras.

Después permaneció varios siglos en esta familia mendocina, en la rama de los duques de Pastrana, hasta la abolición de los señoríos. En la subasta que en 1971 hizo el Estado de diversos castillos de la tierra guadalajareña, volvieron a ser propiedad particular «el castillo y las murallas» de Palazuelos. Concretamente el arquitecto Luis Moreno de Cala se hizo con el edificio, que más tarde vendería a sus actuales propietarios.

El castillo se alza inserto en la muralla, en su costado noroeste. Le rodea una barbacana o defensa baja, a la que se penetra desde la villa por una puerta que tuvo puente levadizo, y está escoltada de dos desmochados torreones. El recinto interior tiene una liza que le rodea, y en el centro se alza el cuerpo principal, que consta de un edificio alto, cuadrado, herméticamente cerrado y rodeado de dos cubos en las esquinas y gran torre del homenaje adosada al muro de poniente. La entrada a este recinto interior está en dicho muro occidental. Por ello vuelve a repetirse el sistema zigzagueante de acceso en el caso de este castillo. Su época de construcción data del siglo xv, en su segunda mitad, y podemos atribuirla a los impulsos de don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, y de su hijo don Pedro Hurtado.

La muralla rodea al pueblo en todo su perímetro, excepto en muy leves trozos derribados. Se refuerza en ocasiones con cubos y torreones, y en ella se abren cuatro puertas, consistentes en gruesos torreones de planta cuadrada con cubos en las esquinas, a los que se penetra por uno de sus muros, bajo arco ojival, y se sale hacia el pueblo por otro diferente y lateral. Es el clásico sistema de «acceso en zig-zag» tan propio de la Edad Media para la mejor defensa de las fortalezas, y que los Mendoza utilizaron en casi todas sus construcciones. En algunas de las puertas se ven, desgastados, los escudos de los Mendoza.

La puerta del campo

Dicen que hacer algo imposible es como “ponerle puertas al campo”, porque este es tan grande, que nadie lo puede abarcar y, como el mar, no tiene límites, nos puede siempre.

En Palazuelos, un pueblecito medieval y remoto, situado en medio de los trigales, de los cantuesos y los roquedos inhóspitos de nuestra sierra Ministra, nadie ha puesto una puerta al campo, pero sí que a la villa, que se amuralló por completo en tiempos de la Edad Media, le pusieron una puerta por la que se entraba a la villa o se salía de ella. Con el campo enfrente. Y la llamaron (y aún la llamamos así) “la puerta del campo”.

Este lugar, que no es especialmente significativo en punto a estrategias militares, sí que tuvo importancia en el entramado de los caminos castellanos. Al pie de la sierra Ministra, en el límite de las dos mesetas castellanas, y sobre un valle que comunica Sigüenza con Atienza, perteneció a diversos señores hasta que cayó en manos de los Mendoza, en pleno siglo xiv. Y a mediados del siguiente, sería don Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, quien decidiera fortificarlo, al uso de entonces: un poblado cerrado completamente por murallas, con cuatro puertas abiertas (una a cada punto cardinal) y en el extremo norte un fuerte castillo defensivo. Quedó como el lugar perfecto de habitación humana, en aquellos tiempos de guerras y sustos. Y así sigue, lo cual no es mérito pequeño.

En una de aquellas puertas, la que da al sur, se pusieron los escudos heráldicos de sus poeseedores. A mediados del siglo xv, lo era concretamente don Pedro Hurtado de Mendoza, uno de los hijos varones del marqués. Casado con doña Juan de Valencia, ambos emblemas pusieron tallados en piedra, y cobijados en marcos protectores, sobre todas las puertas de entrada. Para que se supiera que el visitante llegaba a terrreno señorial, a villa de señorío mendocino.

López de Mendoza, el primer poeta del Renacimiento español, es un enamorado de la Naturaleza, de las bellas mujeres, de los desfiles solemnes y del protocolo. Necesita el sonoro aliento de las trompetas y el clamor de los timbales para seguir viviendo. Y todo lo plasma en sus poemas redondos, cortos, emocionantes.

 

Por un valle deleytoso,
do mora gentil compaña,
oí un canto sabroso
de un ave muy estraña

 

Cuando el viajero llega a Palazuelos, suele entrar por la puerta que mira al norte, hosca y de feroz mirada. Pero generalmente sale por la puerta que va hacia levante, dirigiéndose el camino que ante ella surge hasta la cercana Sigüenza. La puerta del campo, sin embargo, en lo más alto del pueblo, no da a ninguna parte. O da a lo que nombra, al campo, a la nada verde y olorosa. Poca gente, si no eran los habitantes de la villa cuando salía a laborar o volvían de sus tareas, la cruzaba. Yo te invito ahora, lector amigo, a que con el recuerdo del marqués orante y guerrero, del poeta sutil y el animoso emprendedor humanistra, te llegues a Palazuelos, y salgas, o entres, por esa puerta del campo que es tan hermosa, de tan quieta, y tan blanca, de piedras leves.

El humilladero de la Soledad

Antes de entrar a Palazuelos, y si escogemos el camino que lleva a Carabias, vamos a encontrarnos con esta ermita de la Virgen de la Soledad, que es también Humilladero. Esto es, ademáds de lugar de culto cerrado, puede serlo en abierto, porque es parada final de un via crucis.

La construyeron los hermanos de la Cofradía de la Vera Cruz, y sabemos que ya a mediados del siglo XVI existía como hoy la vemos.: de planta cuadrada, fuertes muros y aun más fuertes contrafuertes, no la parte un rayo ni la tira un vendaval, por fuerte que sea. A mí lo más hermoso me parece el pórtico delantero, con sus columnas rematadas en capiteles de quiero y no puedo, pero de solemne talla que aguantan lo que sea. En ese atrio se tiene que estar bien resguardado cuando el tiempo se pone malo.

Dentro hay una talla de la Virgen Dolorosa, y otra de Cristo yacente. Y dentro se reunen las gentes piadosas de Palazuelos a rememorar años antiguos y pedir, porque nunca se sabe, un milagrito a la Virgen.

Por aquí delante, a la vista de las murallas y el castillo, antes de partir hacia Carabias, andaría don Onofre Caballero, que fue un donoso individuo que aquí nació, en el interior de las murallas de esta villa a la que él dice que tenía “por mal nombre Engañapobres”, debido a que desde lejos, cualquier caminante que fuera a hacer las Castillas, y al pasar entre Sigüenza y Atienza la viera a lo lejos, pensaría que era castillo de riquezas y anaquel de los buenos manjares, concluyendo (en acercarse y entrar) que nada de eso había, sino hambre también, y miserias.

El Guitón Onofre estaba orgulloso de ser de aquí, de donde el marqués de Santillana quiso poner un fuerte amurallamiento para engañar a los que pasan. Y seguro que se entretuvo, de pequeño, en jugar por los trigos que la rodean, y como en toda primavera incipiente, en los días de su primera luna llena, salir con los cofrades acompañando al Santo Entierro, admirando a fuerza que los jóvenes desarrollan, de los pulmones a la boca, haciendo sonar solemnes las caracolas que anuncian la muerte de Cristo, y la Soledad de su madre.

Así lo narra el escritor Luis Monje, que aún alcanzó a vivir, a principios del siglo XX, aquella mágica nocturnada del Viernes Santo, cuando “Delante del triste cortejo de hombres silenciosos y mujeres enlutadas con mantos en la cabeza, los mozos se relevaban constantemente en el uso de la primitiva trompa, mientras las jóvenes cantaban en grupo un monótono romance alusivo detrás de la imagen de Cristo yacente. En la oscuridad de la noche, entre trigales en flor, el prolongado lamento de la caracola subrayaba la tristeza del momento y ponía una nota emotiva en el fervor de los fieles”.

Esta ermita es un privilegiado mirador de las costumbres de Palazuelos. También a ella llega el bullicio de la Quema del Boto, que se hace en honro a San Roque cuando aprieta el calor del verano. Y en su torno los chicos siguen jugando a la tanguilla, primitiva competición de habilidad y punterías.

Rescatando del olvido a La Isabela

Balneario de La IsabelaEl pasado día 22 de mayo, en acto organizado por la Asociación de Amigos de la Biblioteca Pública Provincial de Guadalajara, y como colofón del ciclo de conferencias “El río que nos une”, intervinieron en una charla con imágenes algunos de los autores de un reciente estudio, muy amplio y detallado, sobre los Baños de la Isabela, una de las atracciones turísticas de la Alcarria tristemente desaparecidas.

El libro, muy detallado en información histórica y en gráficos con planos y fotografías, es obra dirigida por dos profesores de la Escuela de Arquitectura Técnica de la Universidad de Alcalá, con sede en Guadalajara:

Antonio Trallero, Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, especialista en Urbanismo y Francisco Maza, Doctor en Cartografía, SIG y Teledetección por la Universidad de Alcalá e Ingeniero en Geodesia y Cartografía por la misma universidad.

Han sido protagonistas, sin embargo, otras cuatro personas que como trabajo fin de carrera se animaron a investigar, en documentos, archivos y sobre el terreno, todo cuanto quedaba de este conjunto balneario-palaciego de La Isabela. Estas personas han sido Cidoncha Marañón, Núñez Pérez, Ruiz Castillo y Sancho Olóriz, que también elpasado 22 de mayo participaron en la presentación y comentario de la obra.

Su trabajo se realizó a lo largo del año 2005 haciendo un estudio urbanístico, arquitectónico, topográfico y constructivo, con la vista puesta en el terreno, por una parte, y en los archivos por otra.

El Real Sitio de La Isabela, así denominado desde comienzos del siglo XIX, había sido lugar de peregrinación y asistencia de mucha genteque sabía que en la orilla derecha del río Guadiela, término de Sacedón, nacían aguas medicinales muy efectivas. Sería el infante don Antonio, hermano del rey Carlos IV, quien acudió allí, enfermo como estaba, reumático perdido, a probar suerte. Y tan bien le fue la probanza, que ya decidió acudir con frecuencia, animando a su sobrino el rey Fernando, a que igual hiciera.

Se decidió desde la Corte pedirle a un afamado científico del momento, don Alfonso Limón Montero, que hiciera un informe más exhaustivo de esta agua, ampliando lo que en 1697 había escrito como “El espejo cristalino de las aguas de España”.

Si en la potenciación de las aguas de Trillo que se hizo bajo el reinado de Carlos III, estudiando composiciones y beneficios de las aguas del Tajo, participaron también científicos de nota, la obra “Análisis de las aguas minerales y termales de Sacedón”, que se hizo cuando empezó a usarlas el Infante D. Antonio, en el mes de julio y agosto de 1800, fue el remate de estos estudios previos.

Pasada la Guerra de la Independencia, Fernando VI honró el lugar con su presencia, y le quiso poner el título de “La Isabela” en homenaje a su esposa, Isabel de Braganza, con la que varios veranos asistió, alojándose en el palacio que al efecto se había construido en Sacedón, pensando ya en levantar jubto al Guadiela un gran centro balneario. Un lugar para el que el subtítulo de este libro de Trallero y colaboradores lo define perfectamente: Balneario, Real Sitio, Palacio y Nueva Población.

Sería el arquitecto Antonio López Aguado quien recibió el encargo, del Rey y sus ministros, de transformar aquel lugar humilde en un emporio lujoso y atractivo para la Corte entera. En el lugar denominado “Dehesa de las Pozas” comenzóse la edificación de una “Casa de Baños”, que sirvió perfectamente para el uso que había de dársele, añadiendo una nueva población, una pequeña ciudad de ortognales trazas, en la parte alta del entorno. Se construyeron puente (uno de piedra, otro de madera, muy atractivo), y se abrieron grandes cantidades de tierras para repoblarlas de árboles, instalar jardines “regios” y añadir unas amplias huertas que hicieran al lugar autónomo. Numerosos arquitectos colaboraron, y de algunos de ellos han quedado los planos que hicieron, concibiendo “La Isabela” como un lugar monumental, grande y atractivo, un espacio de auténtico lujo donde la Corte se encontraría durante el verano.

Pero la situación política vino a romper sueños y espectativas. Los españoles anduvieron a la greña durante decenios, trienios y tercios de siglo, quedando aquello como en suspenso, aunque la gente seguía yendo a la toma de aguas.

Las nuevas modas de trasladarse al mar (Santander, San Sebastián) por parte de la corte, y los destrozos de los carlistas (y liberales) en las instalaciones durante las guerras civiles del siglo XIX, paralizaron totalmente este sueño.

Balneario de La IsabelaEn 1865 fue vendido por la Corona, todo el conjunto, aunque al final hubo que hacerlo en lotes: el palacio por un lado, las huertas por otro, un almendral por otro, la Casa de Baños aparte, etc… En el “Informe de Tasación” que entonces se realizó, muy minucioso, y que los autores del mencionado libro reproducen en su totalidad, con planos anejos, se muestra al detalle cómo era este enclave de la Alcarria junto al Guadiela.

Fue en los años de la Restauración borbónica en los que se puso muy de moda, como en el resto de Europa, el “turismo de balneario”. Si unos iban a Baden Baden, otros a Karlovy Vary, y los de aquí a La Toja, en la Alcarria surgieron dos modelos que fueron muy representativos de aquel movimiento: Los Reales Baños de Carlos III en Trillo, y los Reales Baños de La Isabela en Sacedón. En manos privadas, que intentaron hacerlos retables, aunque siempre con grandes dificultades, debido a lo difícil de los caminos para llegar a ellos, y la carencia de comodidades “a la europa” que tenían ambos.

Después de años de relativo auge, la llegada de la República supuso la casi inasistencia a este lugar de sus tradicionales clientes, entre los que se encontraba el Doctor Marañon, y otros conocidos intelectuales y gentes adineradas.

Ya en 1930 había sido adquirido el conjunto por el marqués de Vega-Inclán, de quien no es necesario hacer aquí el encomio, en punto al entusiasmo que desplegó por toda España en orden a recuperar, -y en buena parte a su costa- el patrimonio arquitectónico e histórico del país. Desde su puesto de Comisario Regio de la Comisaría de Turismo y Cultura Popular se preocupó por la recuperación y divulgación de la cultura española, y entre sus muchas actividades, está la de poner en marcha la idea de los “Psradores Nacionales” que vieron sus primeros ejemplos en los de Gredos, Mérida y la Hostería del Estudiante de Alcalá de Henares. Tras el fallecimiento del marqués, La Isabela pasó a la Fundación Vega-Inclán, dependiente del Ministerio de Educación, hasta que durante la Guerra del 36-39 fue convertido en cuartel, y en sanatorio psiquiátrico (y quizás en centro de reclusión forzada para disidentes, lo cual no está suficientemente estudiado) con lo que finalizó su vida como establecimiento termal. Habían transcurrido solamente 150 años.

Después, vino lo que todos conocen. La construcción por parte del Estado autocrático del general Franco del conjunto de emblases de la cuenca del Tajo, y en particular el de Buendía, supuso la inundación por las aguas del pantano de todo el conjunto de La Isabela, además de la aldea de Poyos. Sus habitantes fueron trasladados a otras poblaciones de España (concretamente a la nueva población de “San Bernardo” en Valladolid, junto al Duero), y los edificios previamente desmantelados. Durante muchos años, nada se veía porque las aguas, altas, lo tapaban todo. Pero ahora, cuando el esquilmo de las aguas castellanas ha dejado el embalse de Buendía practicamente vacío, han vuelto a aparecer los restos de este conjunto monumental e histórico.

Los autores, durante un año, han visitado y medido, valorado y reconstruido mentalmente aquello. Y sobre planos. Y con las nuevas tecnologías han recompuestos, en imágenes virtuales, lo que fue La Isabela, los edificios, las calles, las plazas, los jardines… Quizás uno de los capítulos más valiosos, aunque hoy sea un puro diletantismo investigador, es el de la aportación de los nombres de los arquitectos que hicieron aquello, y de los que pretendieron mejorarlo. Estaban en nómina lor mejores profesionales de la nación, y entre ellos el antes citado Antonio López Aguado, más Narciso Pascual Colomer, pasando por Silvestre Pérez, Isidro González Velázquez y Custodio Teodoro Moreno, etc.

Balneario de La Isabela

 

Hoy se están organizando excursiones a la ruinas de La Isabela. Es un poco estremecedor pensar que buena parte de lo que fue nuestro patrimonio histórico-artístico, sea hoy motivo para organizar visitas “a ruinas”. Hay gente que va a ver “lo queda de…” Bonaval, Sopetrán, Pelegrina, Galve de Sorbe, Villaescusa de Palositos, San Salvador de Pinilla o La Vereda. También de La Isabela, el gran proyecto que nació en años precarios pero que en los años buenos podría haber llegado a ser algo importante. Todo es soñar, porque, aunque no hubiera habido aguas de pantano, trasvase ni abandono…. ¿Qué sería hoy el Balneario de La Isabela, junto al Guadiela, en Sacedón, de cara a unas vacaciones, con la inmensa competencia de Benidorm o de Marina d’Or…? Pues prácticamente nada.

 

Volviendo a admirar los Tapices de Pastrana

Tapices de PastranaEsta semana ha tenido su colofón el bloque de actos culturales que han tratado de conmemorar el 350 aniversario de la llegada a Pastrana de sus tapices, que hoy constituyen una de las joyas destacadas del patrimonio cultural de Guadalajara, y que han sido analizadas de diversas maneras por especialistas en la materia.

Noticia de unas conferencias

En el pasado mes de mayo y los primeros de este junio, se han celebrado en Pastrana, Madrid y Guadalajara una serie de conferencias que han tratado de rememorar la llegada de los tapices a Pastrana, su realización, su significado, su valoración, los avatares que han sufrido a lo largo de los siglos, etc.

Así, el sábado 20 de mayo intervino en el palacio ducal de Pastrana don Luis Herranz Riofrío, con una ponencia sobre “La parroquia-colegiata, custodios durante 350 años de su colección de tapices”, seguida de una comunicación breve de don Ciriaco Morón Arroyo sobre “Nuestros tapices: mis años de convivencia”. Y en Madrid fue luego el 24 de mayo, en su Real Fábrica de Tapices, doña Concha Herrero Carretero quien intervino sobre “Los tapices de Pastrana en el contexto civil y eclesiástico de la Europa del siglo XV”.

En esta semana que ahora acabamos, han sido Miguel Angel de Bunes Ibarra y Esther Alegre Carvajal quienes en el Centro Cultural “San José” de la Excmª Diputación Provincial han hablado de los tapices, al igual que el pasado miércoles lo hicimos Juan Gabriel Ranera Nadador y yo mismo, explicando el significado de los tapices de la conquista de Arcila y Tánger, y el recorrido de los paños por diversos lugares durante la Guerra Civil española. Ayer mismo, jueves, fueron la especialista y reconocida investigadora de estos elementos, doña Margarita García Calvo, y Pepa Garrido Medina quienes concluyeron con sendos análisis el encomio y estudio de estas piezas.

La llegada

Sin entrar en los detalles de la historia de estos paños o “tapices de Pastrana”, sí que puedo decir que estuvieron, tras su fabricación en Flandes, al menos en dos sitios, unánimemente conocidos y aplaudidos. El primer lugar fue el palacio de los duques del Infantado, en Guadalajara, y el segundo, y definitivo, la iglesia Colegiata de Pastrana donde hoy podemos admirarlos.

La llegada a Guadalajara sigue sin estar aclarada, aunque existen un par de teorías acerca de ella. La segunda, está incluso documentada: el paso de Guadalajara a Pastrana ocurrió con motivo de la boda efectuada entre la octava duquesa del Infantado, doña Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza, y el cuarto duque de Pastrana don Rodrigo de Silva y Mendoza, verificado en 1630. Años adelante, y por las peticiones recibidas del cabildo de clérigos de la iglesia colegial, de la que eran patrones, además de por el poco aprecio que ya desde hacía años venían manifestando estos señores por sus tapicerías más señaladas, el duque de Pastrana decidió entregar a dicha iglesia los seis tapices en que se contenía la batalla de Tunez, como entonces le decían, para que se colgaran de los muros del templo, y para que allí se dejaran a “su” disposición, sin que quedara muy clara de quien era esa disposición: si de los duques de Pastrana, o de la iglesia colegial de dicha villa.

El caso es que desde 1667 permanecieron estos paños custodiados en el templo mayor pastranero, variando de localización a lo largo de los años, saliendo a las calles del pueblo con motivo de la fiesta del Corpus Christi o de otras celebraciones públicas, e incluso llevándolos a otros templos españoles con motivo de grandes fiestas religiosas. Antes habían salido, en época de la República, para ser restaurados en Madrid, quedando en el Museo del Prado, yendo luego a Ginebra y volviendo a Valencia (trasiegos de la Guerra Civil…) y en un tris estuvo la cosa de que se quedaran para siempre en los almacenes o en las salas de la primera pinacoteca española.

El caso es que tras muchos avatares, los paños de Tánger (las escenas de guerra y conquista africana protagonizadas por el rey Alfonso de Portugal y su corte y ejército) han vuelto, espléndidamente restaurados, a Pastrana, donde pueden ser admirados.

Unas palabras evocadoras

Si Pastrana posee múltiples motivos que justifiquen una visita detenida, tal vez sean sus famosos tapices los que rematen, en polícroma algarabía de azules y carmesíes, el peregrinar asombrado por los rincones de la villa. Tras del palacio de los duques, con su severa fachada del siglo XVI; tras del barrio del Albaicín, de los conventos y casas blasonadas, del ocre pálido de portadas y aleros, la recia presencia de la Colegiata se alza en germen de religiosidad e historia. Dentro, el Museo. El oro, la plata, las paciencias fértiles de los antiguos artesanos. Y, al fin, esos tapices fabulosos, donde la Edad Media canta su glorioso fin, cuajado de elegante guerrear y ardiente celo.

Muchos años, y aun siglos, llevan esos tapices góticos en la Colegiata pastranera. [Ahora vemos que son exactamente 350 esos años]. Su estudio más cabal fue llevado a cabo por dos grandes sabios portugueses, José de Figueiredo y Reynaldo de Santos, quienes en 1915 viajaron a Pastrana y encontraron estas maravillas. El estudio de estas tapicerías, obra cumbre de este arte en el siglo XV, fue así completándose poco a poco, sin que se llegara a una conclusión definitiva en cuanto al modo de su venida a España y a Pastrana, aunque sí respecto a los asuntos que en ellos se trata.

Con la intención de dar por finalizados estos estudios, don Eustaquio García Merchante escribió una obra, en castellano, que venía a recopilar cuanto sobre ellas se había dicho.

Los tres tapices de Arcila y el de Tánger

Los tapices que se pueden considerar unidos en una oferta coordinada y bien secuenciada de hechos, son los que refieren un acontecimiento preciso y bien datado, la semana del 21 al 28 de agosto de 1471, cuando el ejército de Portugal, comandado personalmente por su rey Alfonso [V] y su hijo el príncipe Juan, más la totalidad de su corte guerrera, atacaron militarmente y conquistaron la ciudad de Arcila, en la costa atlántica del norte de África, y a continuación la entrada en la ciudad de Tánger, abandonada por sus habitantes.

Mi intervención el pasado miércoles en este ciclo de conferencias se dirigió precisamente al análisis de esos cuatro grandes paños, que llevan por título, respectivamente, estos temas: “El desembarco de Arcila”, “El cerco de Arcila”, “La toma de Arcila” y “La entrada en Tánger”.

Aunque el análisis minucioso nos llevaría un rato largo, sí puedo decir que la aparición de los temas y los personajes en ellos representados es verdaderamente deslumbrante. Es la primera vez que unos tapices, medievales aún, flamencos, exquisitos, no tratan de religión o mitología, sino que son verdaderas crónicas “periodísticas” de unos hechos ocurridos realmente.

En el primero de ellos se representa el desembarco en Arcila, con tres distintas escenas. En la central aparece, sobre una barca, la figura brillante y majestuosa del rey, vestido de arnés gótico de acero cubierto de brocado de Florencia. Junto a él, su hijo, el príncipe D. Joao, y D. Enrique de Meneses, alférez mayor del Reino. Un par de trompetistas, con casco rojo y jubones azules, adornados sus instrumentos con el escudo portugués, hacen dorar los aires con su brillante sonido.

El siguiente tapiz viene a representar el cerco de la ciudad de Arcila. A lo lejos se ven aún los gallardetes que lucen las naves ancladas en la costa; es curiosa en él la aparición de las primeras armas de artillería (bombardas apoyadas en pies de madera) con que los portugueses se disponen a combatir al moro. También en esta ocasión aparece D. Alfonso V, ahora sobre caballo, y con la ya conocida vestimenta guerrera.

El siguiente paño relata el asalto de la plaza de Arcila, que tuvo lugar el día de San Bartolomé, 24 de agosto, en el año 1471. Junto al monarca y su hijo, otros importantes caballeros de la Corte portuguesa aparecen en esta ocasión: D. Duarte de Almeyda, “el hombre de hierro”, lleva el pendón real delante de Alfonso V; D. Juan de Silva, camarero mayor del infante, era de la familia de la que luego saldrían los duques de Pastrana. Y muchos otros.

En la cuarta obra de esta multicolor colección vemos representada, en tres escenas, la toma de la ciudad de Tánger. A la izquierda aparece la entrada del ejército portugués, luciendo gran aparato militar y de vestimenta, y comandado por el Condestable mayor del Reino, D. Juan, hijo del duque de Braganza y luego marqués de Montemor. En el centro del tapiz aparece la ciudad de Tánger, idealizada por el dibujante, y, finalmente, a la derecha, se ve la salida de los moros de la ciudad, escena en la que el color de los vestidos, los turbantes y los velos forman un conjunto de difícil olvido.

Hay muchas razones para admirar estos conjuntos, y entre ellas la aparición de los emblemas propios de la monarquía portuguesa, con insistencia repetidos sobre su superficie. Así vemos la empresa real, que no es otra cosa que una rueda de molino, de cuyas aspas salen miles de gotas de agua, como lágrimas. Es de plata la rueda, sobre un fondo de gules, y junto a ella aparece la palabra jamais. Otro emblema es el escudo de la dinastía de Avis, con sus cinco escudetes cargados de quinas, el mismo escudo que hoy lleva el estado portugués en su bandera. Y el tercero, más simple, de blanco con la cruz potenzada en rojo, es la cruz de San Jorge, patrón del reino, y al mismo tiempo expresión de la intención últims que esa empresa conquistadora levaba, y que no era otra que la intención de Cruzada, de ir poco a poco, y cada uno por sus medios, reconquistando los territorios antaño cristianos y ocupados por los mahometanos.

Muchas otras apreciaciones se pueden sacar de estos tapices. Pero en todo caso, lo mejor es hacerlo con ellos delante, puestos avizor para no pdernernos ningún detalle, para no dejar de sorprendernos ante las actitudes y los rostros de los protagonistas, y para ir repasando vestimentas, armas, insturmentos de músicas, pendones…

Pasos por la Alcarria

Moratilla de los Meleros

Remate del rollo de Moratilla de los Meleros

Todos los días son buenos para andar la Alcarria. Yo ando por ella todas las semanas: me paro en Trillo, avisto en Alocén las aguas (hoy ya lejanas, mínimas) del embalse de Entrepeñas, como en Durón, en “El Cruce”, y subo la cuesta de Budia, entre chopos y olmos, mirando a lo lejos la altura y grosor del santuario del Peral de la Dulzura. Todo son nombres rotundos, acuosos y antiguos en la Alcarria. Todo son caminos de tierra, carrascales vencidos, nubes como mantos deshilachados, abejas todavía…

Llegamos a Moratilla

Estos días he paseado por algunos lugares muy concretos. Moratilla de los Meleros, por ejemplo. Moratilla es Alcarria pura, es un motivo de exposición antológica. Sumida en un vallejo estrecho y verderón, sus laderas cuajadas de olivos, sus alcarrias espléndidas de cereales, su hondura preñada de hortales mínimos. El caserío desvencijado y sonriente de maderas y desconchones al aire, callejas empinadas, bullicio todavía en los rincones. Su sobrenombre lo confirma. Es la tierra «de los Meleros», de los que se ocuparon en la industria rural y tierna de la miel. Los de Moratilla a producir, los peñalveros a vender.

La picota de Moratilla

Y en esta puerta y corazón de la Alcarria, un pueblo generoso con ancha tradición. A la entrada del pueblo, en el camino que viene desde Fuentelencina, situada a una legua corta de distancia, allá donde sale el sol, está la picota. El símbolo que demostraba un rango superior, el privilegio de ser «villa de por sí» y tener el poder de la justicia sobre sus propios vecinos. En 1580, cuando se enviaron a Felipe II las relaciones topográficas, Moratilla ya era villa y no se recordaba desde cuándo. Lo fue, desde luego, en la primera mitad del siglo XVI, aunque desde muchos siglos antes había sido un punto más en el territorio calatravo de Zorita. En esos días, de final del siglo XVI, la villa de Moratilla tenía unos hombres que hacían su justicia y regimiento, nombrando alcaldes, regidores y alguaciles para el buen gobierno de sus vecinos. Habitantes llegó a tener unos dos millares, y aún más, pues es fama que tuvo grandes talleres de tejidos, además de la tradicional industria melera.

En testimonio de tan recia personalidad jurídica, con un no disimulado orgullo y justificable alegría, los de Moratilla levantaron en los años del Renacimiento hispano el rollo que demostraba su rango de villa. Colocada sobre un altozano en la costanilla de entrada al pueblo sobre el camino de Fuentelencina, «en dirección del primer sol del día», se trata de uno de los más notables ejemplares de picota de toda la provincia y aún de Castilla la Nueva entera. Lástima que, también, cuente entre las más deterioradas. Ello hace que sólo nos sea posible su muy somera descripción, y el aprecio que de ella hacemos más se deba a las sospechas de lo que fue, que a la realidad que se nos muestra.

Sobre cuatro circulares basamentos, dispuestos en escalinata, se alza el monumento, que se apoya en una grande y cúbica basa decorada en sus cuatro caras por sendas figuras masculinas. Tan desgastadas y destrozadas están estas figuras, que hoy es prácticamente imposible reconocer nada en ellas. En una se distingue, difícilmente, un hombre, desnudo, con una gran corna en la mano. Semejantes figuras aparecían en las otras caras del podium. Se trataba, indudablemente, de un simbolismo del número 4, y pensamos en que serían representaciones de las cuatro estaciones del año; o bien de los cuatro vientos (generalmente representados desnudos y con grandes cornas en la mano) o incluso de algunos trabajos de Hércules. Me inclino por la segunda posibilidad, dado el oficio de estas picotas de presidir caminos y «hablar a los cuatro vientos» de un título de villa.

 

rollos y picotas

 

Más arriba, y sobre variadas molduras de clásico dibujo, aparece la columna cuyo fuste presenta dos tipos diferentes de estriación. El capitel que la remata es grande, hermoso, plenamente plateresco. Tallado en él, y sobre la cara que mira al pueblo, una figura agachada aparece con algunas espigas en la mano. Y un fruto, esta picota, de trabajos y de merecimientos.

De los cuatro clásicos brazos que sobresalen de la picota, y cuyo fin remoto y teórico era el de servir de «percha» a los ajusticiados, emergen sendos leones o dragantes, ya muy desgastados, y algunos rotos.

Aún sigue ascendiendo la picota. En ansias de picar el cielo, de ser la más alta y lucida de todas. En otra estructura cúbica se decoran sus caras con rostros diabólicos, muy expresivos. Y sobre ella, otras cuatro facies, esta vez de angelillos, en perenne ascenso. Con formas vegetales se acaba, como en un rizo sempiterno, el monumento.

En el estudio que está por hacer de los rollos y picotas en nuestra tierra alcarreña, este ejemplar de Moratilla destacará eminente y meritorio. No sólo cumple su misión de documento, señalando al pueblo como villa, sino que sus anónimos autores y diseñadores quisieron cuajarlo de mensajes, refundir en él todo el significado que tal título judicial suponía para una entidad poblacional. Es un cartel, una explicación, y al mismo tiempo un alarde de buen hacer de tallista. Lástima que las injurias del tiempo y de los hombres hayan deslustrado tanto su primitivo aspecto, y hoy tenga tal apariencia de tullido, aun con ser un noble elemento arquitectónico. Para el viajero que cruce la Alcarria por Moratilla de los Meleros, será parada obligatoria su vista a la picota.

Llegando a Pastrana

He seguido el camino y me he llegado hasta Pastrana. Pasando antes por Renera (oh, el Ayuntamiento tan clásico y cómodo) y por Hueva (oh, la Casa Consistorial, también amable, con su rollo de piedra en perenne saludo) donde termino visitando los tapices, la colección de paños que es, ya, la más famosa del mundo.

En estos pasados días, se ha conmemorado el 350 aniversario de su llegada a la villa. El pasado sábado hablaron de ellos dos eminencias del arte, la historia y el pensamiento hispano: don Luis Herranz Riofrío, y don Ciriaco Morón Arroyo. Los encomiaron y los definieron, dándoles perfil humano. A la semana que viene, otros serán los que vuelvan a hablar de ellos, en Guadalajara y Madrid, como elementos claves del arte europeo.

En definitiva, un viaje tranquilo, una nueva revuelta de guadalajaras y alcarrias, siempre abiertos los ojos para descubrir cosas nuevas. Con la fuerza que la tierra transmite, la seguridad y el apoyo de cualquier latido.

Visitas reales en Guadalajara

Boda de Felipe II e Isabel de Valois en Guadalajara

Boda de Felipe II e Isabel de Valois en el patio de los leones del palacio de los duques del Infantado de Guadalajara

Mañana sábado, a mediodía, llegará a Guadalajara el Rey de España, S. M. Don Felipe [VI] de Borbón y Grecia. Lo hará acompañado de su esposa, S.M. Doña Letizia Ortiz, y presidirá el homenaje a la bandera, a los que han dado su vida por la Patria, y al Ejército Español que nos defiende. Será su primera visita oficial a la ciudad, como Jefe del Estado, y será aclamado, como corresponde, por el pueblo de Guadalajara. Mañana anotaremos en los anales de la ciudad, la visita del “felipe” que nos faltaba.

 

Con este motivo, me he parado a repasar las visitas que a Guadalajara, ciudad y provincia, han hecho los reyes (primero de Castilla, luego de España, y algún que otro europeo) a esta ciudad y su territorio circundante, encuadrado hoy en lo que es la provincia de Guadalajara.

Trataré de ser rápido y sucinto, porque la lista es larga y daría, casi casi, para un libro. Empiezo por los Trastamara, porque los borgoñas son más difíciles de rastrear, aunque sabemos que Alfonso VII estuvo aquí dándonos el Fuero…

Es en junio de 1370 que sabemos que el rey Enrique II de Castilla anduvo por nuestra ciudad. Llegaría al Alcázar Real, propiedad de la corona, y cabeza de una villa de señorío real, como fue casi siempre la nuestra. Por este edificio, y por la vega del Henares, anduvo también Enrique III, de quien sabemos era aficionado a pasar temporadas en el Monasterio benedictino de Sopetrán, junto al río Badiel.

De su hijo Juan II tenemos más noticias. Sabemos, por ejemplo, que el 16 de junio de 1408 firmó en sus salones del alcázar una carta concediendo al monasterio jerónimo de la Sisla una renta perpetua. Sabemos también que el 20 de enero de 1413 firmó aquí las normas de trato para los judíos de Murcia, e incluso que siete años después, el 25 de febrero de 1420, favoreció en una provisión al Concejo murciano para que pudiera proveer una flota de ayuda a Francia.

Será su hijo, Enrique IV de Castilla, quien también alojado en el Alcázar decidió y plasmó en un solemne documento que aún hoy se conserva en el Archivo Histórico Municipal, el nombramiento de Ciudad a Guadalajara, elevándola desde la categoría de villa que hasta entonces tuvo, al preeminente de ciudad, que hoy con satisfacción aún poseemos. Fue la firma un 25 de mayo de 1460.

Luego su hermana, Isabel, casada con Fernando de Aragón, la más itinerante de los monarcas castellanos, vino hasta nosotros. El devenir de la Corte, en tiempo de los Reyes Católicos, fue incesante. Aún sin sede definitiva, el conjunto de reyes, ministros, cancilleres, asesores y escribanos, jueces y jerarcas, clérigos y arzobispos, deambulaban por los reinos de Castilla y Aragón, acogiéndose a palacios privados y amistades sinceras.

El Renacimiento en Guadalajara

 

Por Guadalajara pasaron los Reyes Católicos en numerosas ocasiones. Recuerdo aquí dos solas, por lo famosas y cruciales: una la que hicieron en 1487, cuando camino de Aragón, y acompañados por su Canciller don Pedro González de Mendoza, fueron invitados a visitar y pernoctar en el fastuoso palacio que su hermano el segundo duque del Infantado estaba por entonces construyendo. Ya habitable y digno de recibir a los Reyes, doña Isabel especialmente quedó maravillada del arte de Juan Guas, a quien luego haría su arquitecto de obras reales. Y otra la que hicieron en ese mismo año de 1487, en el mes de octubre, continuando el viaje que le hizo pasar por Guadalajara, a la catedral de Sigüenza. Admiraron allí la fastuosidad del templo, y la reina debió sugerir al Cardenal Mendoza, entonces obispo seguntino, que iniciara la realización de un coro bajo, para llenar el centro de la nave principal. Ese coro es muy parecido al de Santo Tomás de Ávila. Una presencia, en Guadalajara y Sigüenza, de la reina Isabel, que quedó prendida en las crónicas remotas de aquel final del siglo XV.

Sería su hija, la reina doña Juana (nuestra señora), en compañía de su esposo el príncipe Felipe [I, el Hermoso] quienes en 1502 visitaran Guadalajara, en un viaje desde Flandes a Castilla que hicieron acompañados de ilustre corte y con un cronista, Antonio de Lalaing, anotando todos sus pasos.

Carlos I, emperador, primer monarca de la dinastía austriaca, cruzó en numerosas ocasiones nuestra tierra. Por recordar algunas, el viaje de 1534, cuando volvía a Toledo procedente de un largo viaje por Europa, donde entre otros sitios estuvo en Tournai, celebrando el tercer capítulo de la Orden del Toisón de Oro, y visitando sus afamados talleres de tapicería. El 26 de enero de 1534, el emperador Carlos y su numerosa corte llegaron a Sigüenza procedentes de Medinaceli. Sin parar más que para dormir, el 27 caminaron de Sigüenza a Jadraque; el 28 de Jadraque a Hita, el 29 de enero llegaron a Guadalajara, donde pararon tres días en el palacio de los duques del Infantado, ya entonces plenamente integrados en la corte, y el emperador admiró el edificio y sus colecciones de arte. El 1 de febrero de 1534 salió don Carlos de Guadalajara para alcanzar Alcalá [de Henares].

Años antes, tras la batalla de Pavía (vencedora España de Francia), pasó unas cuantas jornadas en Guadalajara un rey extraño, que venía prisionero. El gran rey católico, audaz y bien dispuesto, Francisco I de Francia, prisionero, y con destino a la Torre de los Lujanes de Madrid, pasó una semana en el palacio del Infantado, huésped agasajado por sus señores duques, en jornadas memorables de las que ha quedado constancia meticulosa.

Felipe II también estuvo entre nosotros. La jornada más famosa, sin duda, la del 2 de febrero de 1560, cuando realizó sus bodas con la princesa Isabel de Valois, hija del rey de Francia. Momento único aquel en que al rey se le vió vestido, íntegramente, de blanco, algo inusual en él, fruto de su alegría y esperanza. Otras veces volvió, con peores barruntos, como en 1585, cuando viajaba hacia las Cortes de Monzón.

Su hijo Felipe III también anduvo por estos lares. Fue en 1604, junto a su mujer doña Margarita, hospedándose entonces en el convento de San Francisco, y visitando desde allí toda la ciudad, sus calles y plazas, sus instituciones, sus monumentos, sus conventos y palacios… pidiendo a los ciudadanos que no celebraran fiestas en su honor, que la pareja era feliz solo con verlos…

A Felipe IV le traemos, en fecha conocida, en 1626, cuando camino de Zaragoza paró dos días en el palacio de los duques. Y en fecha desconocida, cuando –dicen- de tapadillo se acercó hasta el monasterio benedictino de Valfermoso de las Monjas, a visitar (trepando las vallas, dicen…) a su abadesa, doña María Inés Calderón, “la Calderona”, actriz de gran fama en el Madrid del Siglo de Oro, y con quien mantuvo relaciones amorosas… tan amorosas, que de ellas resultó el nacimiento del infante (reconocido como tal) don Juan José de Austria.

Su hijo Carlos II pasó por nuestra ciudad en 1679. No fue muy sonado el recibimiento.

Y luego a su fallecimiento, y en plena guerra de sucesión, la majestad de don Felipe [V] de Borbón ya, aposentó en Guadalajara, de regreso de la batalla de Villaviciosa, en diciembre de 1710, tras proclamarse rey frente a las aspiraciones del archiduque Carlos [de Austria]. La ciudad le recibió con los brazos abiertos, y de ahí derivó el cariño que este monarca tuvo siempre a Guadalajara. Tanto, que en 1714 eligió el lugar para casarse. Fue el 24 de diciembre de 1714, y lo hizo con su segunda esposa, doña Isabel de Farnesio. Segundas bodas reales de las que Guadalajara fue testigo.

De los Borbones, quedan memorias varias. Por ejemplo, de Isabel II, tan trotona siempre, hasta su último destino en Francia, sabemos que venía de vez en cuando a Guadalajara, a charlar con su amiga íntima, sor Patrocinio. La que está enterrada en “El Carmen”.

Tras la Revolución Gloriosa, la primera República y el intermedio de Amadeo, Alfonso XII, el restaurador, vino algunas veces por aquí. La fecha más memorable, el 23 de marzo de 1879, cuando con toda la corte y el Ejército procedió a inaugurar el Colegio de Huérfanos Militares en el que había sido palacio del Infantado, poco tiempo antes vendido por su último dueño, el duque de Osuna, a la ciudad.

Alfonso XIII fue un adicto a Guadalajara. Muchas veces vino. En coche unas, otras en tren, y hasta en avión llegó al Henares. El 26 de marzo de 1904, recién ascendido al trono, joven y espigado, se le ve visitando el Parque de Aerostación de los Ingenieros Militares de Guadalajara, en una película que pasa por ser la primera rodada en nuestra ciudad. Admirado y fervoroso de las nuevas tecnologías (los coches, los aviones), “sportman” él mismo en todos los deportes, el Rey volvió el 6 de febrero de 1920, acompañado del conde de Romanones, de Damián Matéu y de Francisco Aritio, a inaugurar las instalaciones de la Fábrica de motores “Hispano-Suiza”. Le acompañaron desde Madrid dos escuadrillas de aviones militares, y fue aquella jornada una de las más memorables en la historia de la ciudad, pues se abría un futuro esperanzador y optimista, al surgir junto al río Henares una fábrica gigantesca de motores de avión, de coches de lujo, de mil cosas que se iban a necesitar en la Humanidad que con el siglo XX se inauguraba.

Volvió Alfonso XIII en numerosas ocasiones a nuestra ciudad. En 1928, por ejemplo , a Molina de Aragón y a visitar a Lino Bueno en su “Casita de Piedra” en Alcolea del Pinar.

El mismo trayecto que hizo, esta vez en helicóptero, y cincuenta años después, el 20 de abril de 1978 el nuevo monarca, Juan Carlos [I] quien acompañado de su esposa S.M. doña Sofía de Grecia, y todo el gobierno, acudieron a Molina de Aragón, donde en clamorosa jornada recibió el título de “Señor de Molina” que habitualmente, y desde hace siglos, los molineses han concedido, voluntariamente, a los reyes de Castilla y de España luego.

Siguió hasta Alcolea, donde visitó de nuevo a los hijos de Lino y visitó la Casita, y finalmente en Guadalajara, ante una multitud entusiasta recorrió a pie la calle mayor e inauguró un barrio de viviendas sociales, las que desde entonces se llaman “Casas del Rey”.

Volvió luego don Juan Carlos I por la ciudad, pero ya siempre en viajes privados, acompañado de cortesanos, a comer/cenar en el restaurante “Amparito Roca”, en la jamonería “Lagos” o a presenciar la lidia y muerte de algunos toros en la Plaza de “La Muralla” de Brihuega.

Será bienvenido mañana don Felipe VI, Jefe de Estado como Rey de España, quien presidirá en un acto que también creo histórico el desfile de la representación de las Fuerzas Armadas que nos defienden. Quizás visite el edificio de la Fundación “San Diego de Alcalá” de madres adoratrices, porque es de lo poco decente que hoy puede enseñársele a un Rey en Guadalajara. No podrá visitar –como hicieran sus ancestros en siglos pasados- el palacio de los duques del Infantado, tapado por andamios, ni el Alcázar Real, en lamentable estado de ruina y abandono, ni la Fábrica “Hispano-Suiza” devorada por la incuria y los años…