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Bajo las bóvedas de la Colegiata de Pastrana

El catafalco del duque de Pastrana en la ColegiataEn una intención divulgadora, cuando los ejes principales del conocimiento de un edificio ya están bien medidos, me aplico hoy a contar a mis lectores los diversos límites que un edificio solemne y antiguo de la Alcarria tiene y ofrece: en la Colegiata de Pastrana están como aglomerados personajes y piezas, solemnidades y costumbres. Debe saberse, por todos, cuánto de grande contiene este edificio, y las razones por las que conviene ir a visitarlo.

El monumento de orden religioso más relevante de Pastrana es su iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de la Virgen María, y que se conoce tradicionalmente por la Colegiata, pues durante varios siglos tuvo esa categoría canónica, al ser sede de un Cabildo de clérigos, un collegiumde sacerdotes que fue instituido por el duque don Ruy Gómez de Silva para que de ese modo se tuvieran más solemnes funciones religiosas y, al modo de una catedral de segunda categoría, su villa ducal alcanzara también en lo religioso un alto grado de notabilidad.

El grandioso edificio ha sido construido en diversas etapas, recibiendo reformas. En su origen, en el siglo XIV, fue construido como iglesia parroquial de la villa calatrava, a media cuesta en la que asentaba el pueblo frente al edificio sede del Concejo (lo que hoy es remozado Ayuntamiento). Recibió añadidos y detalles, como la portada norte, hoy la principal de entrada, que fue construida en estilo gótico de finales del siglo XV, y finalmente la gran ampliación de las naves y el crucero en la primera mitad del siglo XVII, promovidas por el arzobispo González de Mendoza. Todavía vio nuevas reformas y transformaciones, llegando hasta nosotros como un abigarrado conjunto de estilos, en una estructura total que se hace, al menos a primera vista, difícil de comprender y apreciar.

El coro actual, al comedio de la nave central, es la esencia de la primitiva iglesia de transición, conservando hermosos capiteles medievales. Pero el aspecto que hoy vemos procede de la gran reforma y ampliación que en 1625 se inició por mandado del arzobispo de Granada, obispo de Sigüenza y otras grandezas, don Pedro González de Mendoza, hijo de los primeros duques de Pastrana don Ruy Gómez de Silva y doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que quiso hacer un gran regalo a su villa natal, encargando el proyecto a fray Alberto de la Madre de Dios, excelente arquitecto carmelitano, a la sazón residente en Pastrana. Se derribó todo el viejo templo, a excepción de la nave central, y de los muros laterales, y se construyó de nuevas, en el espacio que hasta entonces ocupaba la cabecera, y aún más allá, una prolongación de las naves y un gran crucero rematado en presbiterio, bajo el cual se abrió incluso una cripta o pabellón mortuorio para los duques fundadores. Tras estas obras, la iglesia quedó tal como hoy se ve.

El viajero puede contemplar, cuando se acerca a la iglesia Colegiata de Pastrana, un informe edificio de altos y cerrados muros, fabricados en sillarejo con esquinas de sillar, y escasos vanos, grandes y de proporciones cuadradas. En torno a la estructura eclesial propiamente dicha se añaden otros edificios auxiliares, incluso viviendas, y solamente descuella sobre las cubiertas de teja árabe la torrecilla en que remata la bóveda del crucero y la torre para el reloj y las campanas, de un solo cuerpo, puesta sobre la bóveda del tramo inicial de la nave central. El ingreso principal lo tiene en el muro del norte, a través de una puerta de estilo gótico anteriormente descrita, a la que precede un patiecillo ó atrio descubierto embaldosado con losas de piedra, algunas de las cuales aún muestra, fragmentado, el cenotafio de cualquier antiguo pastranero. Fue cementerio del lugar este atrio, y hoy es todo un símbolo de la Pastrana sentimental y literaria, pues en su ámbito cayó muerto, en julio de 1973, mientras recitaba sus versos en loor de la Alcarria, el poeta José Antonio Ochaita. Un crucero de piedra y la vegetación que trepa por el muro de la capilla del Santísimo que le sirve de fondo, es la decoración que le da misterio y belleza a este entorno.

Aún queda otra puerta de ingreso al templo, oculta en un patio interior, que no se usa desde hace siglos. Está sobre el muro meridional y consiste en un simple vano semicircular cobijado por arco de sillares de piedra, sin el más mínimo elemento artístico. Nada más cabe reseñar respecto al componente exterior de esta iglesia Colegiata, sino es insistir en su categoría de bandera y contrapunto al resto de tejados y edificaciones de la villa, sobre los que emerge con serenidad y fuerza.

El interior del templo es amplio y magnífico. Consta de tres naves muy anchas, que se abren, en la cabecera, en un gran crucero rematado por breve presbiterio ó capilla mayor. Numerosos altares, capillas adyacentes, dependencias varias y una sacristía completan el abigarrado conjunto. A los pies del templo, a la derecha según entra el visitante, se encuentran dos capillas añadidas. La primera está dedicada al Santísimo Sacramento, y en ella se contienen, colgados por sus muros, diversos lienzos de gran tamaño, entre los que destaca el de Santa Teresa doctora predicando.

 

A los pies del templo se abre la Capilla de las Reliquias, cuyo fondo está ocupado por unas grandes puertas de madera que al abrirse muestran, en gran hornacina, una enorme cantidad de relicarios barrocos, de los siglos XVII y XVIII, conteniendo reliquias muy diversas y numerosas (ronda su número las trescientas) y en las paredes laterales de esta capilla se conservan los sepulcros de dos personajes que forman parte de la historia de Pastrana. A la derecha, don Francisco de Contreras, y a la izquierda su esposa doña María de la Gasca. Ambos ofrecen sendos frontales, en cuyo centro aparecen los respectivos escudos de armas, con leyendas alusivas a su vida. Proceden estos sepulcros de la iglesia del que fuera convento reformado ó desiertocarmelita de Bolarque, a cuya fundación y construcción colaboraron decisivamente estos señores, que pasaron en vida largas temporadas en aquella soledad retirados junto a los frailes pardos.

El coro central del templo, que ocupa la nave principal de la vieja iglesia calatrava, alberga la vieja sillería coral que sirvió, en sus tiempos, como lugar de reunión y ceremonia para el grupo de clérigos que formaban el capítulo colegial de este templo y que le dio su nombre más habitual de Colegiata. Hoy sólo acoge un pequeño órgano y algunos bancos, más la referida sillería, tallada en el siglo XVII por el mondejano Antonio Arteaga Cano, que no tiene interés artístico alguno.

Las naves laterales, anchas y altas, se cubren de bóvedas de crucería, sin apenas decoración. Albergan múltiples altares y pinturas, la mayoría procedentes de los exclaustrados conventos de Bolarque y de la villa (los de franciscanos y carmelitas). De entre todos ellos destacaría especialmente, en la nave del evangelio, el altar dedicado a Santa Teresa, procedente de la iglesia de San Francisco, y en cuya predela aparecen dos pequeñas tablas, con los retratos de los oferentes (Juan de Miranda y Ana Hernández) pintados por Juan Bautista Maino.

Llegados finalmente al crucero del templo y a su cabecera, admiramos en este lugar la grandiosidad de proporciones, la luminosidad y el buen gusto arquitectónico que le impuso su creador, el arquitecto carmelita fray Alberto de la Madre de Dios. Esta cabecera de la Colegiata de Pastrana ofrece tres naves que se abren al crucero, el cual remata en estrecho presbiterio. Las naves laterales son de menor altura que la central, y se cubren por bóvedas de arista decoradas con placas lisas de yeso; la nave central está cubierta de dos grandes casquetes ó bóvedas semiesféricas, rebajadas, apoyadas sobre pechinas, sin tambores; y la capilla mayor ó presbiterio, así como los dos brazos del crucero, rematan en bóvedas de cañón con lunetos. Los pilares que sostienen el conjunto son grandes pilastrones de orden toscano cuyas sencillas líneas se unen, apenas sin solución de continuidad, con la cornisa del entablamento.

También cubre una de las paredes de la nave central, y colocado en alto, el gran órgano parroquial, obra realizada por el organero Domingo de Mendoza, maestro de capilla de Felipe V, en 1704, tal y como reza una cartela puesta en la parte superior del cuadro del teclado.

Ocupando el fondo de la capilla mayor o breve presbiterio, aparece el magnífico altar mayor de la Colegiata, obra extraordinaria del manierismo castellano, cuajada de pinturas y algunas pequeñas esculturas en su parte baja. Este retablo fue realizado hacia 1637, siendo el autor de sus pinturas Matías Jimeno. Al parecer, el cuadro central con la figura de San Francisco de Asís, y el resto de los lienzos, en un total de diez, representando santas mártires, fueron enviados desde Sigüenza, en 1635, por el Obispo don Pedro González. Presenta el retablo dos cuerpos y un gran remate. Las columnas que separan entre sí los lienzos, y sus coronamientos, están hechas en los diversos órdenes arquitectónicos, con alternancia de frontones curvos, rectos y rotos. En el primer cuerpo aparecen las imágenes de Santa Catalina, Santa Bárbara, y otras dos, y en el segundo cuerpo Santa Casilda, Santa Margarita, Santa Inés y Santa Águeda. En el centro de ese segundo cuerpo vemos una magnífica pintura representando a San Francisco de Asís, en pie, sosteniendo una cruz roja de doble travesaño, y con la leyenda adjunta: LA VERDADERA IMAGEN DE NUESTRO PADRE SAN FRANCISCO. Sobre las pinturas del primer cuerpo aparecen algunos cobres con escenas de la vida de Cristo, y en el centro del primer cuerpo, sobre el Tabernáculo y Sagrario, una extraordinaria pintura representando a Nuestra Señora de la Asunción, sobre piedra de ágata, original del pintor francés Jacques Stella. Se la regaló el Papa Urbano VIII al tercer duque de Pastrana, Ruy Gómez de Silva, cuando fue embajador de España ante la Santa Sede. El retablo se remata con una lienzo representando el Calvario, escoltado de otras dos mártires, y fuera de él, sobre el muro, al fresco dos pinturas con las armas heráldicas del Obispo Mendoza.

Todavía queda por visitar en este templo la cripta que se encuentra bajo el altar mayor, y que fue construida con objeto de contener los restos mortuorios de todos los duques de Pastrana. En un intento de remedar los grandes enterramientos subterráneos que los reyes de España habían hecho en El Escorial, ó los propios Mendoza cabeza de la familia, los duques del Infantado, acababan de construir en la iglesia de San Francisco de Guadalajara, don Pedro González de Mendoza mandó excavar esta cripta que, obviamente, quedó como una hermana pequeña de las anteriores, aunque no falta de grandiosidad y belleza. Por sus escaleras que se abren en el lateral del altar, se baja a la cripta, espacio estrecho y alargado en cuyas paredes se abren nichos que albergan urnas de mármol y títulos del difunto. Tiene planta de cruz latina, y en su cabecera se ve un sencillo altar de piedra, con hornacinas rectangulares en sus muros donde se alojan varias urnas funerarias de mármol rosado, o de sencilla piedra caliza, en las que se alojan los restos de los duques. Es de anotar que hoy en Pastrana, en esta cripta mortuoria, se acogen los restos de todos los grandes Mendoza alcarreños, y no solamente de los duques de Pastrana. Aquí están, en teoría, los huesos del primer marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza; de su padre el gran Almirante de Castilla, don Diego Hurtado de Mendoza, o de sus sucesores los diversos duques del Infantado que ostentaron la capitanía de la casa hasta el siglo XIX. Ello es porque sus restos, albergados en la cripta de San Francisco de Guadalajara, fueron sacados de sus tumbas, profanados y revueltos cuando los franceses invadieron la capital de la Alcarria, siendo recogidos luego y traídos a este panteón, más pequeño, pero mejor cuidado y más seguro, donde ya solamente se pudo decir que estaban todos, sin posibilidad de especificar más nada.

Nueva guía de los castillos

guia poetica de los castillos de guadalajaraSiempre de actualidad, los elementos capitales del patrimonio provincial pudieran ser sus castillos, los edificios que dieron nombre a la nación que ocupamos. Y tras varios estudios, libros y conferencias analizándolos, llega ahora una guía muy especial, la poética, de la mano de un escritor emblemático, Juan Pablo Mañueco, que aquí de nuevo nos señala su maestría en la palabra.

No hace muchos días que ha aparecido este que puede ser libro revelador y de cabecera. “Una guía poética y alentadora” como dice el subtítulo de la obra, que se enmarca en la Colección de “Tierra de Guadalajara” de la que hace ya el número 107. Un libro que empezó como un ensayo de poemas para cantar ruinas, y ha acabado en una completa guía de los castillos guadalajareños, con fotos, descripciones, formas de llegar a ellos y poemas que los pintan y ensalzan.

Intenta clasificarlos por orden alfabético, pero no llega a cumplirse del todo el objetivo, pues hay castillos que llevan dos y hasta tres nombres. El primero es Anguix, y el último se pone como siempre el de Zorita, en el confín de la provincia y del abecedario. Por entremedias, van surgiendo el castillo de Vállaga en Illana (al que dedica Mañueco un largo romance al uso clásico) y la atalaya mimetizada de Inesque, entre Pálmaces de Jadraque y Angón. Algunos suenan raros, y otros son elocuentes y archiconocidos. Así Atienza, Molina de los Caballeros y Sigüenza. No falta el real alcázar de Guadalajara, ni la recuperada fortaleza de Guijosa, a la que se añade el Castilviejo que la vigila y la Cava de Luzón, como viejos castillos celtibéricos.

Un libro ameno y sorprendente, un libro que trata de hacer, como todos los libros, amable y cercana la realidad que no vemos porque no nos pilla en el camino de la oficina o el taller, y aún más lejos del camino a la discoteca o el instituto. Ahí están los templos de valor recuperados, como el castillo de Cifuentes, que se restaura estos días, y los sufridos alcázares que han derribado, en nuestros días, la mala intención aliada con el pasotismo oficial, como el castillo calatravo del Cuadrón, en Auñón.

Para todos ellos desgrana Mañueco su meditada oración versificada. La mayoría son sonetos, aunque se escapan romances, alguna otra estrofa mayor, y estrambotes de propina. De entre todos destacan, a mi gusto, tres, que lo son en forma de romances, y son los primeros del libro, en tiempo de hechura, y los que dieron origen a esta obra, presintiendo en su rimado compacto y sonoro ese otro “Romancero castellano” en el que Mañueco trabaja desde hace tiempo, peleando en su lucha permanente entre Cronos y Calíope.

Sonoras rimas para los castillos de Guadalajara

Voy a copiar algunos sonoros clamores que tratan de cantar a estos castillos. Y así de Anguix dice que

 

Mirar por tus ventanales el Tajo

-a hondos metros de la alta escarpadura-

es misterio de Anguix aislado. Abajo

 

esperan riscos y aguas… Y la oscura

sensación de que suena piedra en cuajo

cada vez que el río acrece en figura.

 

O del viejo alcázar de la Guadalajara árabe surge este recuerdo

 

Castillo ignoto que fueras glorioso

cuando alcázar regio de castellanos

reyes en tiempo hubiste, soberanos.

Y luego decadente hasta ruinoso.

 

Mudo mundo de espacio silencioso:

ya no son suaves sedas que en tus manos

ceremoniosos usos cortesanos

tejen, ni en sones suena lar famoso.

 

guia poetica de los castillos de guadalajara

 

De Atienza este poderoso ruido (en forma de soneto) que parece bajar desde la altura,

 

A unas cuarenta leguas se divisa

sus piedras ya: flamea entre los montes.

Sólo que es barco entonces de horizontes

por donde boga Tithia, la insumisa.

 

Arévacos, lusones… La precisa

voluntad de enfrentar de Roma arcontes,

sus leyes y sus normas, los trasmontes

celtíberos su lar fuerte pesquisa.

 

Pero cuando Numancia e igual Termancia

prefieren morir, por no ser romanas,

Tithia cae a legiones inhumanas.

 

Tiempo después la acrece en su importancia.

el rey Alfonso VIII, en Caballada

de arrieros, y aún fuero, en galopada.

 

y de la humilde y machacada peña de Peñahora estas alusiones

 

La Virgen de Peñahora

incendia campos de amor.

que la lleven a Humanes

con fuego a su alrededor.

Epílogo literario en el entorno castillero

En esta “Guía poética de los Castillos de Guadalajara” el escritor Juan Pablo Mañueco nos obsequia con tres poemas finales que nada tienen que ver con ellos, pero que por sí mismos hacen de llamada poderosa, -y en un libro- para considerar hoy otros temas clásicos y sustanciales de nuestra tierra.

Así es cómo nos brinda el primer poema escrito en idioma celtibérico, sacadas frases y palabras de los tallados bronces que nuestros primeros padres dejaron por las alturas de la sierra del Ducado, de los castros de Luzón, de Anguita, del Ceremeño…

También acogen estas páginas un soneto dedicado a Diego Hurtado de Mendoza, hijo del conde deTendilla, e hijo, pues, de la Alcarria, aunque nacido hacia 1500 enGranada, donde su padre ejercía el cargo de Capitán General del reinoreconquistado, poeta espléndido, renaciente, y autor del “Lazarillo de Tormes”:“Si digo el Lazarillo de tus manos / sale, se ingenia, escribe y ha logrado / oro puro eres de Oro entero humanos”. Dice a este respecto el autor que la cosa le parece trascendente para la literatura, pero aún más para la provincia, porque al ser este autor hijo del Conde de Tendilla, sin duda era alcarreña la sangre que por sus venas corría. Y que se hace hoy necesario reivindicarle como castellano, y alcarreño, más que como andaluz que es en lo que ahora se le tiene.

Juan Bautista Maino, gloria de la Alcarria

Juan Bautista Maino

Retrato de un fraile dominico español, por Juan Bautista Maino (quizás su autorretrato ?)

No hace muchas semanas que a instancias del Colegio de Médicos de Guadalajara preparé una conferencia que, con motivo del bicentenario del Museo Nacional del Prado, trataba de recordar las relaciones que con esa pinacoteca tiene la tierra de Guadalajara: por autores, o por obras. Parece ser que gustó y yo, -es lo que importa- disfruté preparándola, dándola y aprendiendo algunas cosas nuevas. De entre ellas, el recuerdo de un gran artista alcarreño que hoy evoco, Juan Bautista Maino.

Nació Maíno en Pastrana, en 1581. Eran sus padres Juan Bautista Maíno, milanés, de Pavía, y Ana de Figueredo, portuguesa, de Lisboa.

Su padre llegó a la villa alcarreña atraído por las ventajas y encargos que por entonces hacía el duque don Ruy Gómez de Silva, quien necesitaba no solo artistas, sino también mercaderes que supieran distribuir los productos de sus recién instaladas fábricas de sedas, de tapices y de pasamanerías, formando con ellos una especie de “corte comercial” que dio mayor lustre aún a la cortesanía aristocrático que se estaba formando en el entorno de su gran palacio ducal.

Juan Bautista, aún muy joven, fue enviado por su padre a Italia, y allí, rodeado de familiares y amigos, pudo formarse en lo que le gustaba: la pintura. Se educó en las escuelas de Anibal Carracci y Guido Reni, adquiriendo pronto toda la técnica de los clásicos, y consiguiendo una personalidad muy concreta dentro del llamado caravaggismo luminosoque a principios del siglo XVII tuvo cierto auge. De Caravaggio tiene, indudablemente, muchas influencias, y también de El Greco. La huella del caravaggismo es incuestionable en su pintura, si bien Maíno se decantó por un naturalismo de sombras atemperadas, luces claras y transparentes e intenso cromatismo en la senda de Orazio Gentileschi y Carlo Saraceni.

Fue luego, vuelto a España, hombre de la Corte: profesor del príncipe Felipe, cuando alcanzó el trono con el nombre de Felipe IV, recibiendo toda la confianza real. En ese ambiente se movió, aunque en 1613 tomó el hábito de la Orden de los Dominicos en el convento de San Pedro Mártir de Toledo. Una súbita conversión, llevada quizás por la admiración que la vida de esos hombres virtuosos le propuso, pues el año anterior había pintado, de encargo, el gran retablo de la iglesia de ese convento, añadiendo luego otra buena porción de pinturas al fresco en el mismo.

De la obra conocida y conservada del pastranero Juan Bautista Maino, destacan algunas piezas que le consagran como pintor de extraordinaria valía. Así la Adoración de los Reyes Magos, conservada en el Museo del Prado, y que es obra donde el dibujo, la composición y el color se conjugan a la perfección y entusiasman a quien la contempla. Formaba parte ese lienzo, gigantesco y vibrante de color y formas, del retablo mayor de San Pedro Mártir, siglos después disperso por museos, teniendo la suerte de que esa “Epifanía” portentosa, que acompaña estas líneas, quedase en el Prado. Hizo también en 1635, por encargo real, la enorme pintura que se titula Recuperación de la Bahía de Todos los Santos en Brasil, en la que demuestra también su técnica perfecta y su sabiduría; en sus retratos desborda psicología, y detallismo, como se puede comprobar en el retrato de un monje dominico (quizás sea un autorretrato), del Ashmolean Museum de Oxford, o en el San Franciscodel Museo de Grenoble, en que se muestra todo el sentimiento y capacidad de emocionar que los grandes maestros poseen.

De Maino dijo Lope de Vega en su “Laurel de Apolo”: Juan Bautista Mayno a quien el arte debe aquella acción que las figuras mueve. Murió en Madrid, en el convento de Santo Tomás donde a la sazón residía, en 1649.

 

Huella en Pastrana

En la vertiente de retratista que tuvo Maino, y que siempre sorprende, hay dos pequeños mensajes que nos dejó muy cerca de la vista y de la visita. Hoy mismo, cualquiera de mis lectores, puede irse a Pastrana y allí contemplar, de cerca, dos magistrales retratos hechos por Maino.

Son los de don Juan Miranday su esposa Ana Hernández. Se encuentran en los laterales de la predela del retablo dedicado a Santa Teresa que se colocó en la nave del Evangelio de la iglesia parroquial de la Asunción de Pastrana. Demasiado cerca del público, pero si todos los respetan, mejor, porque se admiran más fácilmente. Ese retablo procede de la iglesia del convento franciscano que está por encima del palacio ducal, y se trajo a la Colegiata cuando la exclaustración. Los maravillosos rostros y estudios de paisajes que llevan esos cuadritos nos hicieron pensar a algunos en el pincel de Luis Tristán, pero al fin ha sido Leticia Ruiz, en su estudio definitivo sobre el autor, quien los ha atribuido a Juan Bautista Maino.

Y ello tiene, además, un apoyo histórico, porque hoy se sabe que Juan Miranda era de origen portugués (como la madre de Maino), que fue la mano derecha del duque de Pastrana, y su administrador en la villa, además de Regidor de la Villa de Pastrana en algún momento de los inicios del siglo XVII, así como el administrador de los bienes que fueron de la población morisca cuando su expulsión en 1609. Este Miranda se dedicaba al trato de sedas, al comercio de sedas, al igual que los padres de Maino, por lo que puede decirse que eran “colegas” y con bastante probabilidad íntimos amigos.

El 18 de mayo de 1628 otorgó testamento Juan Miranda y decidió enterrarse en la iglesia del convento de San Francisco, donde mandó hacer capilla familiar con retablo y custodia. Maino hizo los retratos de estos oferentes para colocarlos a los lados de la predela. Y los dejó perfectos, basándose en su pincelada “minuciosa y moderada”. Tras los retratos, muy realistas, los santos protectores (San Francisco sobre don Juan, y San Juan Evangelista sobre doña Ana) y unos paisajes atormentados.

La otra gran obra que liga a Maino con Pastrana es el retablo de la Santísima Trinidad, hoy en el Museo del Prado (en depósito) aunque su propietario sigue siendo el convento de San José de Pastrana, del que salió en aquellos días de tensión y barullo del verano de 1994. Este retablo se dio a conocer en 1977 por el profesor Junquera y Mato. Estuvo siglos en el convento de Nuestra Señora de la Concepción de Pastrana (ahora llamado de San José, o de las monjas de Abajo), pues fue encargado por una monja del mismo, que llegó a ser abadesa del mismo.

Eso lo sabemos por las cartelas pintadas de la predela en las que se lee:

  1. Nombre de la patrocinadora: “este altar hizo doña Ana de Morales, a honor de la Santísima Trinidad”.
  2. Y en la otra “Compró el altar su sobrino el licenciado Francisco Fernandez con Licencia del Prelado y Convento

El retablo se hace para una comunidad de monjas que le había hecho préstamos hipotecarios a Maino y a sus padres, para poder comprarse su casa en Pastrana, y que en enero de 1608 acabó pagando, yendo personalmente a la villa. El retablo tiene dos cuerpos. Es de estructura de tabernáculo muy característico del arte toledano. En la parte superior aparece la Encarnación, que es obra estupenda en la que destacan las figuras de María y el Arcángel San Gabriel, y en la ventana se ven arquitecturas de la ciudad de Roma (el cuadro lo pintó Maino estando en Roma): la “torre delle Milizie” que era anexa a los mercados de Trajano y a los foros imperiales, y que era conocida como “Torre de Nerón”. Y bajo ella los perfiles del “Convento de monjas dominicas de Santa Catarina a Magnanapoli”, que fue derribado en 1924.

En la parte inferior del retablo, en el cuadro más grande, está la Trinidad, revestidos Padre e Hijo de suntuosos vestidos, entre nubes y acompañados de ángeles vivos y en movimiento, que forman una orquesta con sus instrumentos musicales, al estilo de lo que empieza a usarse en el arte italiano a principios del siglo XVII. Vemos concretamente ángeles que llevan viola (el más grande y bien vestido), el laud, el órgano portátil y el cornetín. Bien restaurado, colorista, de limpios perfiles y exactas proporciones, este retablo de la Trinidad procedente de Pastrana y hoy admirable en el Museo del Prado, es joya de la que bien podemos presumir los alcarreños.

Referencias bibliográficas

Aunque fueron en sus inicios Diego Angulo Íñiguez y Alfonso Pérez Sánchez quienes rescataron la memoria de este pintor español del Siglo de Oro, han sido luego el profesor Junquera y Mato, y muy especialmente Leticia Ruiz Gómez, ésta en el Catálogode la exposición antológica que sobre el pintor alcarreño se presentó en el Museo del Prado en el otoño de 2009, quienes más y mejor información han recabado sobre este artista. Y que ha venido a precisar año de nacimiento y nombre y origen de los padres del pintor, que como vemos aúnan ese sentido de la universalidad que tiene nuestro país en los comienzos del siglo XVII, acogiendo emigrantes desde muy diversos lugares de Europa, para inyectar savia nueva al árbol de España.

La voz de Juan Guas

Me llega a las manos, con una cordial dedicatoria del autor, este libro que es capital para el conocimiento del patrimonio monumental de Castilla, nuestra tierra. Una obra concienzuda, amplia, muy trabajada. Una obra muy bien ilustrada (porque todo lo que se refiere al arte debe serlo) y muy bien editada, por maestros del tema. En definitiva, un bello libro que promete ser útil.

Todo el que conoce Guadalajara, y sabe algo -aunque sea por encima, someramente- del palacio de los duques del Infantado, que es la bandera de su patrimonio monumental, tendrá oído algo acerca de su autor, o autores, que son pregonados en letras góticas sobre la cenefa tallada en piedra que recorre la arquería inferior del Patio de los Leones. Uno de ellos es el arquitecto, Juan Guas. Y el otro el tallista de las esculturas y detalles, Egas Cueman. Ambos europeos, pero asimilados a la cultura castellana desde muy jóvenes en que llegaron a Castilla.

Juan Guas es el gran arquitecto del reinado de los Reyes Católicos. El autor de obras tan estupendas como el castillo de los Mendoza en Manzanares el Real; del palacio de los duques de Alba en su territorio patrimonial, Alba de Tormes; de la hospedería real de Guadalupe, del claustro catedralicio de Segovia, del gran monasterio franciscano de San Juan de los Reyes, en Toledo, y, por supuesto, del palacio del Infantado en Guadalajara…

En esta obra que me llega, el arquitecto Javier Solano Rodríguez, -quien tantas pruebas ha dado, especialmente de la mano de Nueva Alcarria, de sus saberes en torno a Guadalajara- hace un estudio novedoso, completo y definitivo sobre este artista hispano. De Juan Guas analiza todo: la vida (que es breve, oscura y con poca documentación) y sobre todo la obra, en la que lucen las galas del gótico isabelino y que por sí misma crea un estilo con identidades propias, muy bien definidas, cargadas de esos “invariantes castizos” que a Chueca Goitia le gustaba tanto exhibir como prueba de la singularidad del arte español ante el resto de Europa. Alguien dijo de Juan Guas que, aunque bretón en su origen, construía edificios “ad modum Yspaniae”. Todo lo que hace, diseña, dirige, formula y levanta en España tiene un sello inconfundible. Todo forma parte de su completo muestrario. Y todo eso es lo que estudia y nos enseña Javier Solano en este libro singular, titulado “Juan Guas, arquitecto”.

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El libro se constituye en seis grandes capítulos, precedido de unos cuantos prólogos y rematado por una bibliografía amplia, notas al texto y agradecimientos. El primero de los capítulos trata de la forma en que llega el arte europeo a la Castilla de finales del siglo XV, manejado por los grandes aristócratas, y la corte real, contratando a figuras de relieve de Borgoña y a muchos aprendices y ayudantes. El segundo tramo explica la actuación de Guas, todavía joven, en diversos monumentos de Segovia, al amparo de cabildos, Villenas y Trastamaras. Es el tercero y más grande de los capítulos de este libro en el que Solano entra con amplitud a tratar el arte arquitectónico propiciado por el linaje de Mendoza en tierras del centro de España (lo que entonces era “Reino de Toledo” y provincia de Guadalajara, incluyendo sobre Cogolludo, Guadalajara y Pioz, las alturas de Manzanares el Real. Esta parte, fundamental, del libro es la que a los alcarreños nos supone un mayor interés y caudal de datos bajo una perspectiva muy homogénea.

Juan Guas Arquitecto

 

En el cuarto, también sustancial, de los capítulos que componen el libro, estudia Solano las obras que para los Reyes Católicos levanta Juan Guas, convertido ya en arquitecto aplaudido por todos, especialmente por la Corte. El quinto capítulo nos habla de epílogos vitales, con noticias curiosas y análisis de la estela que deja el maestro borgoñón: Lorenzo Vázquez especialmente, y al fin un sexto capítulo en que el autor destaca los elementos -atribuibles a Guas- que han quedado dispersos por Castilla, y que sin tener la documentación apropiada que le digan autor de ellos, sí que proclaman por su estilo la mano cercana del gran arquitecto (Belmonte, Turégano, Mombeltrán, Alba de Tormes…)

Decía al principio que el libro promete ser útil, y al final, tras recorrer su índice, se entrevé que sí lo es ¿Y cuando un libro es útil? Pues hay muchos tipos de utilidades: la principal, creo yo, -y perdón por la aventura literaria que conlleva la definición-, cuando a través de sus páginas te evades de ti, y te introduces en otro mundo, en otra sociedad, en otro ser que actúa de protagonista. Pero los libros son útiles cuando son herramientas para alcanzar otros objetivos vitales. Uno de esos objetivos es saber más de algún tema. Y en concreto de arquitectura, de arquitectos, de caminos creativos, de propuestas simbólicas…

Este libro que ha escrito el arquitecto Javier Solano le consagra como un gran investigador, aunque aún más como un gran divulgador del arte y la historia. Llevo tiempo pensando en que, tal como están los tiempos, tiene más mérito divulgar, dar a conocer a los demás lo que tú sabes y has aprendido, que el mero y simple hecho de adquirir conocimientos. La erudición se consume a sí misma: hay que elaborar los saberes, darles forma y color, ponerlos en una bandeja, y pasarlos ante las manos, los ojos, los oídos y los corazones de quienes esperan aprender. En ese sentido, y sin entrar detalles, -que es lo que deberá hacer el lector de este libro, y cuanto antes- debo decir que es este un libro modélico, porque afronta el estudio de un personaje que hizo cosas, construyó edificios, inventó ornamentos y fraguó destinos. Los edificios que surgieron tras el diseño y bajo la dirección metódica de Juan Guas, son hoy esencia del arte y la cultura de Castilla, de esta nación firme y segura (que existe, que tiene vida incluso aunque ella casi ni lo sepa) que supo proyectarse sobre la faz incierta del planeta. En esos capítulos que he reseñado, ilustrados, anotados, comentados en todos sus detalles, Javier Solano alza un monumental estudio biográfico y analista de la realidad que aún puede contemplarse (complementada con ese otro rastro de edificios desaparecidos o modificados) y al fin llega, con emoción y respeto, hasta el lugar ínfimo de la ciudad de Toledo donde reposan, desde hace más de quinientos años, los restos mortales de un verdadero genio de la Arquitectura.

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Datos bibliográficos del libro de Solano: Javier Solano: “Juan Guas, arquitecto”. Edición de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Toledo, 2018. 360 páginas. 22 x 22 cms. ISBN: 978-84-7788-676-1

Auñón, puentes y fuentes

Auñon puente medieval sobre el TajoEn estos días me ha llegado una publicación que perfila nítidamente la ruralía de la Alcarria, los entresijos de un pueblo, sus coordenadas antiguas. Se trata de Auñón, y el autor, que es el conocido profesor del Amo Delgado, aplica el mejor método que se ha inventado para describir un territorio: se lo patea de arriba abajo, apuntando cuanto ve.

Una de las perspectivas más claras que he tenido siempre para conocer los pueblos, y sus territorios en torno, ha sido la hechura de sus toponimias: saber los nombres de sus cerros, de sus bosques, de sus arroyos; conocer las denominaciones que los naturales dan a sus caminos, a los “más allá” de sus recorreres, a las navas y los ejidos.

Porque a través de ellos se llega a lugares encantadores, a perspectivas grandiosas, a limpias imágenes. Y ello se hace a través de sus caminos anchos, de sus estrechas sendas, de sus carrias viejas, pasando sobre los puentes, parando en las fuentes, y anotando sus nombres que siempre son sonoros, explicativos, muy de adentro.

Caminos, puentes y fuentes de Auñón

Acaba de entregarnos su libro don Alberto del Amo Delgado. Es un alcarreño veterano y sabio, al que muchos conoceréis porque ha sido profesor de numerosas generaciones. Ha dado clases en los institutos, y ha charlado con todos, sobre lo humano y lo divino. Él es de Auñón, y no reniega de su pueblo: le quiere y le pregona. Ya en ocasión anterior escribió un buen libro sobre El Madroñal de Auñón, y luego con los años del retiro ha querido dejarnos escrito, e impreso, su saber de nombres y su evocación de sitios.

Tras un ameno y sabio prólogo de D. Ignacio Centenera, la parte más contundente de esta obra la constituye el estudio y análisis minucioso de los caminos que desde Auñón iban a las mil esquinas de su término y a los colindantes. Esas esquinas que quedan perennemente, como talladas en mármol, reflejadas en las páginas 30 a 34 de su libro, y en las que cientos de apelativos entrañables se salvan del olvido. Allí está “el Palacio”, “la Raya”, “el Quadrón” y “la fuente de Valdegavilanes”. Allí están los recodos, las alturas y los navazos. La tierra que conoció el autor cuando (como nos dice en el preámbulo) pasaba los veranos de descansos de sus estudios en el pueblo de sus padres, labradores en él, siempre apegados a esa tierra en la que estamos enraizados. Porque no podemos despegarnos de ella, porque de ella hemos salido y a ella volveremos. De eso saben mucho los que saben de Chi Kung y orientales filosofías.

Nos ofrece el autor un par de mapas detallados, con los caminos que surgen de la villa y se orientan en todas direcciones. Meticulosidad que se vuelve finalmente incapaz de evitar la desaparición de muchos de esos caminos, por la sencilla razón de que ya no se usan. Todos van en coche por las carreteras, y algunos valientes y aventureros se animan a veces a ir en BTT o motos todo terreno por los viejos trazados.

Empieza estudiando la Plaza Mayor de Auñón, como origen natural de los caminos, y sigue analizando los trayectos de los seis Caminos Reales que de ella partían hacia los pueblos más importantes del contorno. Quizás el más practicado durante los pasados siglos era el que buscaba el puente sobre el Tajo, porque no solo franqueaba el río sino que llevaba hasta los Molinos de la Vega, el molino harinero, etc. Para comprender, someramente, el lenguaje y la contundencia de los datos que aporta en su obra el profesor del Amo, no tengo inconveniente en reproducir un párrafo de su capítulo dedicado al Camino Real a Sacedón (el que pasaba por el puente) en el que dice:

“Nada más pasar San Miguel nos adentramos en una fértil vega, que comenzando en el Perdiguero termina en el río Tajo. Este paraje se extiende a los dos lados del Barranco procedente de Valdearmuña. Este topónimo del Perdiguero hace alusión a un lugar donde antiguamente los perros cazaban las perdices, que eran abundantes en el término de esta villa. Esta palabra

se cita en una carta de testamento legítimo de Alonso Pérez, hecho el día siete de diciembre del año 1556; decía: “Yo Alonso Pérez de Alonso Pérez, vecino de Auñón […] presento mi testamen­to y postrera voluntad en la forma siguiente: […] A mi mujer le mando[…] el olivar y viña que tengo en el Perdiguero”.

El puente romano 

El puente romano de Auñón es el mejor ejemplo de este patrimonio que Alberto del Amo estudia en su libro. Es un puente espléndido, solemne y con largos siglos de historia a sus espaldas. Se puede decir de él que está situado junto a la Sierra del Agua, sobre el río Tajo, y corriente abajo desde la presa de Entrepeñas. Tiene una longitud de 88 metros, y una anchura de calzada de 3,40 metros, alcanzando los 11 metros de anchura su principal ojo. Enorme, su altura sobre el agua varía, lógicamente, del caudal y hoy, sobre todo, del almacenamiento que el embalse de Bolarque tenga, aunque no suele ser muy grande y por lo tanto la altura del puente sobre la lámina del río es considerable.

Se sabe que ya en la Baja de Edad Media estaba construido. Y que mucho del tráfico que usaba el puente de Zorita terminó por aprovechar este paso de Auñón, que también andaba custodiado de cerca por un castillo calatravo, el del “Cuadrón” lamentablemente desaparecido hace pocos años. Sirvió para el despegue económico de las localidades cercanas, no solo de Auñón, sino también de Fuentelencina y, sobre todo, de Pastrana. Estos concejos contribuyeron a su construcción y a su mantenimiento con cuotas y derramas, y así sabemos que en tiempos del rey Enrique IV de Castilla, en 1461, contribuyeron estos municipios con unos 1.500 maravedises “de la moneda corriente de blancas viejas” para su mantenimiento, obteniendo a cambio la prerrogativa de que sus vecinos, y comerciantes, pasaran gratis por él, sin pagar el obligado impuesto del “pontazgo” que todos los caminantes debián apagar al usar estas construcciones, que siempre fueron “de peaje”.

La propiedad del puente era del concejo de Auñón, y de la Orden de Calatrava que la tutelaba. Nos cuenta Alberto del Amo, a propósito de este puente famosos, que antiguamente los visitadores (de la Orden calatrava) mandaban reparar lo que veían defectuoso. Así pidieron en los inicios de la Edad Moderna que se hiciera un pretil a la entrada del puente y otro a la salida, parecidos y conforme a los pretiles que ya tenía el puente, porque era necesario por “la neçesydad q ay dello para la segurjdad de la dha puente y por aver sydo mandado en lass visytaçipnes pasadas, de parte de Su Majestad e Horden, vos mandamos q quando el Conçejo tenga posybjlidad para ello, lo hagáis hazer como os a sydo mandado por escusar el dho peljgro”.

Sufrió el puente grandes desperfectos en las Guerra de Sucesión, y especialmente en la de la Independencia, en la que vivió su principal epopeya el 23 de marzo de 1811, cuando el Empecinado y el general Villacampa atacaron su posición, y tras una dura batalla los franceses se vieron obligados a retroceder hasta Auñón, perdiendo muchos soldados. También en las guerras carlistas jugó importante papel, lo que justifica su nombradía durante siglos. Al haberse construido poco más arriba del cauce que cruza el pantano de Entrepeñas, el puente de Auñón ha perdido toda su importancia, de tal modo que hoy está aislado en medio de una Naturaleza espléndida, pero olvidado de todos y empezando a notar los desperfectos que el abandono le proporciona.

Alberto del Amo Delgado

El profesor Alberto del Amo Delgado, autor del libro sobre los Caminos, puentes y fuentes de la villa de Auñón en la Alcarria de Guadalajara.

El autor

Una breves y obligadas palabras sobre el autor de este interesante aporte: Don Alberto del Amo Delgado es hombre de medida palabra que no presume de sus múltiples saberes. Nacido en Auñón, en 1936,hizo estudios de Magisterio, ejerciendo de Maestro Nacional. Obtuvo luego la Licenciatura en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, y más tarde alcanzó el grado de Doctor en Filosofía Pura, por dicha Universidad, con  su tesis “El Idealismo religioso en Augusto Comte”.Está en posesión de un Máster en “Fundamentos de Psicología de la Educación”por la Universidad Autónoma de Madrid, y ha sido Profesor Titular del Departamento de Psicopedagogía y Educación Física de la Universidad de Alcalá de Henares.