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Recuerdos mendocinos en Quejana (Alava)

Capilla de San Juan en Quejana

Capilla de San Juan en Quejana

Hace escasas fechas me desplazaba, con mis amigas y amigos de la Asociación “Arquivolta”, hasta las frías y altas tierras de Alava, allá por donde se alzan la Sierra Salvada con sus impresionantes picos fronterizos entre Castilla y Euskadi, y el alto de Altube, cuajado todo de hayedos neblinosos y empapados helechares.

Llegamos a Quejana, una pequeñísima aldea en la que aún se ven restos de muralllas, y la presencia imponente de un conjunto palaciego monasterial dedicado a la Virgen del Cabello, y con la solemne altura de algunas torres medievales, restos de un castillo o residencia de grandes señores.

Los picos cercanos, como el Monte Aro o el mojón Alto, apenas se ven porque se tamizan en el gris de la mañana lluviosa. El autobús cruza sobre el estrecho puente del río Izalde, y accedemos al conjunto. Nuestra guía nos lleva por el laberinto de estancias, y mientras avanzamos por ellas comprobamos que se relacionan en una simbiosis total que hace difícil distinguir unas de otras. Están formadas por muros de mampostería, patios interiores y diminutos ventanales, y rodeadas de varios caseríos antiguos. El considerado palacio dispone de entrada independiente mientras que a los demás núcleos de interés se llega a través de los bajos de la casa del cura, que cuenta con un patio distribuidor.

Es este de Quejana el lugar donde nace el linaje de Ayala, uno de los más señalados de la historia de Castilla. Entramos primero al palacio de los Ayala, que data del siglo XIV, y en el que hasta hace pocos añpos se albergó una comunidad de monjas dominicas, que ahora lo han dejado. Es de planta cuadrada, con torreones en las esquinas, y un pequeño patio interior y central, en el que nos sorprende, de estilo gótico simplísimo, la puerta de entrada a la “Torre del Canciller”

Además de visitar un pequeño museo, nuestro objetivo se cumple al penetrar en el amplio espacio o capilla de San Juan, el lugar sacro donde, tamizado por la luz débil que entra por las altas ventanas, encontramos el enterramiento de don Pero López de Ayala, y de su mujer, doña Leonor de Guzmán. Ambas yacen en horiznotal postura, junta una al lado de otra, ante el altar que ofrece un ancho retablo, réplica del original que se encuentra en un Museo de Chicago (USA) .

El enterramiento del Canciller López de Ayala es una obra exquisita de principios del siglo XV, hecha sobre alabastro pulido, tallado por ignoto artista que representó al magnate y señor del territorio y del castillo en decúbito supino, revestido de armadura y cubierto de capa, con unas manos poderosas enguantadas sosteniendo la gran espada que le retrata de guerrero y político. A sus pies, un enorme perro significando la fidelidad a los cinco monarcas de Castilla a los que brindó sus trabajos. Junto a él, la figura de Leonor de Guzmán, esppléndida de belleza y ajuares, con dos perritos a sus pies. La basamenta del sepulcro, muy plana, tiene tallas curiosas entre cardinas, y el todo apoya en diversos cuerpos de leones, significando la seguridad que los personjes tienen en la Resurrección final.

Junto a estas líneas reproduzco algunas fotos con el aspecto de esta capilla de San Juan, detalles del Canciller, y del retrato pintado que junto a su hijo le muestra severo y elegante. Pero López de Ayala fue un político, militar y literato que cumplió con creces los parámetros del Humanismo, aunque adelantado a ellos casi un siglo. Estos son muy resumidos los datos de su vida.

Memoria de don Pero López de Ayala

Nacido en Vitoria, en 1332, hijo de Fernán Pérez de Ayala y Elvira Álvarez de Cevallos, recibió una cultura libresca porque, al ser segundón, iba destinado al servicio de la Iglesia. Y así ocurre que al morir el primogénito de los Ayala, don Pero que entonces cuenta solo 20 años entra al servicio de la Corte castellana, en la que ocupa el trono Pedro I (llamado “el Cruel” por muchas y bien ganadas razones).

En esa corte ocupó cargos militares, e incluso ejerció de capitán en la flota que Castilla tenía navegando por el Mediterráneo. Pero tanto él como su padre, al iniciarse la lucha armada entre don Pedro y su hermanastro Enrique [de Trastamara], deciden pasarse al bando del aspirante, en 1336: Por el rey matar omnes, non llaman justiçiero, ca sería nombre falso: más propio es carnicero. Y como él mismo refiere en sus escritos, Viendo que los fechos de don Pedro no iban de buena guisa, determinaron partirse dél. Ese apoyo a Enrique, y tras la victoria del mismo en la pelea de Montiel, le supuso la concesión de numerosas y progresivas “mercedes”, entre las que cuentan la de Alférez Mayor del Pendón de la Banda, y luego de la batalla de Nájera los cargos de Alcalde Mayor de Vitoria y posteriormente de Toledo, así como los señoríos de Artziniega, Torre del Valle de Orozco y Valle de Llodio, además de miembro del Consejo Real. Luego fue designado embajador especial ante las monarquías de Inglaterra y Portugal.

Juan I, al heredar a su padre Enrique II, sigue considerando la gran personalidad de don Pero López. La querella por el reino de Portugal, tras la proclamación de Juan de Avis como rey frente a las apetencias del rey castellano, supone una nueva guerra, que don Pero aconsejó no llevar a cabo. No obstante, cuando se inició la contienda, él fue el primero en acudir, como militar, en apoyo de Castilla. En la batalla de Aljubarrota (1385) peleó bravamente y cubierto de heridas cayó prisionero, sufriendo cautiverio en los castillos de Leiria y Obidos durante un año largo, siendo rescatado con 30.000 doblas de oro recaudadas por familiares y amigos.

Al regreso, fue confirmado por el rey Juan como Camarero, Copero mayor, y alférez mayor de la Orden de la Banda, retomando sus tareas diplomáticas con el reinado de Enrique III, tras haber intervenido en las Cortes de Guadalajara defendiendo la integridad del reino, ante los deseos de Juan de partirlo. Y finalmente en 1392 consiguió que se firmara la paz entre castellanos y portugueses.

En 1398 fue finalmente nombrado Canciller Mayor del reino, título máximo con el que ha pasado a la historia.

Su actividad intelectual fue también muy notable, amplia, sustentada en una cultura fuera de lo normal para la época, lo que subraya la importancia de su educación en el seno de la familia de los Ayala. Su instrucción comprendía desde la Biblia, a los escritos de Tito Livio, Valerio Máximo, San Agustín, Boecio, San Isidoro, Bocaccio, etc… Su más reconocida obra es el “Libro Rimado de Palacio” que consta de unos 8.200 versos escritos en “cuaderna vía”, y en el que además de una confesión general de sus pasados, describe con ironía la situación de su tiempo, de la sociedad en que vive y los personajes a los que conoce. Es muy virulento con los clérigos y tampoco deja bien parados a los judíos. Se queja amargamente de cómo se acumulan los impuestos sobre los pobres, y cómo ello provoca una crisis demográfica. Y termina con oraciones a la Virgen, haciendo paráfrasis de algunos pasajes del Libro de Job de San Gregorio Magno. Es ese “Rimado de Palacio” sin duda uno de los primeros aportes a la literatura realizados en Castilla.

Además don Pero López de Ayala escribió (dicen que cuando estuvo preso en Portugal) el “Libro de la Caza de las Aves” en el que recoge todo el conocimiento práctico sobre la cetrería, y una “Historia de los Reyes de Castilla”, que incluye muy directamente los reinados de Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III en los que él mismo actuó directamente. En esta obra, el Canciller Ayala analiza los hechos y las circunstancias que los rodean, mostrándose vivaz en los retratos y consiguiendo una moderna, muy atenta a las fuentes y a la realidad viva.

Tradujo multitud de obras clásicas, lo que demuestra su dominio de las lenguas antiguas (las Décadas de Tito Livio, De consolatione philosophiae de Boecio, las Morales de San Gregorio, o la Caída de Príncipes de Bocaccio).

Incluso dejó muestra de su capacidad de análisis genealógico escribiendo el “Linaje de Ayala”.

Entronque de Ayala con Mendoza

Aldonza López de Ayala, hermana del Canciller López de Ayala, casa con el noveno señor de la Casa de Mendoza, don Pero González de Mendoza. Caballero destacado de la corte castellana también, y héroe de Aljubarrota, al haber muerto en la batalla por dejar su caballo al rey Juan I de Castilla para que se salvase.

Hijo de ambos fue don Diego Hurtado de Mendoza, almirante de Castilla, gran señor en la todavía villa de Guadalajara, y padre a su vez de Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana.

Es este el entronque de los Ayala con los Mendoza. De ello puede colegirse (y de su común trabazón con la también alavesa casa de Orozco) cómo la clase dominante de la monarquía de Trastámara está cimentada en personajes de gran valía procedentes de la tierra alavesa: señores de Llodio, de Ayala, de Mendoza, y de otros lugares que hoy cualquiera puede visitar y admirar en las alturas verdes y brumosas de las sierras alavesas.

 

Las saetas, en el corazón de la Semana Santa

Saetas de la Semana Santa EspañolaEn estos días de recogimiento y memoria en torno al misterio de la muerte de Cristo y de su Resurrección, recomiendo salir a las calles de Guadalajara a ver pasar las procesiones que, por revivir misterios de la religión cristiana, aparecerán cuajadas de color morado y escuetos sonidos de lamento y corneta. Quizás asome, desde algún balcón, una saeta. En todo caso, es Juan Pablo Mañueco, un poeta de Guadalajara, quien aquí se alza con su voz a cantarlas: las saetas a la Semana de Guadalajara y de España entera.

Hace solamente escasos días que Juan Pablo Mañueco ha lanzado a la consideración general un manojo de SEIS libros titulados genéricamente “Cantil de Cantos” y en el que aporta nuevas estrofas de su creación. Un verdadero manantial de poesía, clásica y cercana, muy sonora.

En esa colección hay un tomo, el quinto, que está dedicado íntegramente a las Semanas Santas de España, con poemas en forma de Saetas compuestas sobre la estrofa “castellana” de su invención. Creo que este momento es el más adecuado para hacer un repaso, somero y lúcido, sobre las páginas de este libro de Mañueco.

Nos dice López de los Mozos en el Prólogo que María Victoria Fernández y Juan Pablo Mañueco (sus autores) han empleado para la composición de estas saetas suyas, una copla nueva, creada por él, a la que ha bautizado y puesto un nombre tan sonoro como el de “castellanas”, en este caso, de arte menor, que convierte en saetas por el tema y por la repetición que significa el estribillo de alguna de sus estrofas.

Y aún añade el historiadores y etnógrafo alcarreño en dicho Prólogo, que “Aunque, sin duda, la belleza de los pasos procesionales y el celo de las cofradías y hermandades se concentre, como siempre ha ocurrido, en la procesión del “Silencio y Santo Entierro”, que tiene lugar dicho Viernes Santo y que da comienzo a las ocho de la tarde en la parroquia de San Ginés, desde donde la comitiva procesional va recogiendo los pasos de las diferentes parroquias -San Nicolás, Santiago y Santa María-, desde donde -como concatedral que es y, por lo tanto, primera iglesia de la ciudad, junto con la   catedral   de   Sigüenza- comienza   la   procesión general, que suele encabezar el obispo de la diócesis Sigüenza-Guadalajara y el resto de las autoridades locales y provinciales, hasta regresar al punto de origen después de haber recorrido las calles principales de la ciudad”.

Personalmente, una de las que más me han llamandola atención es esta: la “Saeta del Henares y del Cristo del Amor y de la Paz”, para ser escuchada el Viernes Santo por la mañana. Tiene tres fragmentos. El primero es “El milagro”, el segundo “La Saeta”, y el tercero y último “El retorno”. En todos ellos despliega Mañueco su redonda sencillez expresiva. Con cosas como estas:

 

Estaba andando el Henares

y, de pronto, se ha parado,

que hasta sus aguas ha llegado

clarín, trompeta y timbales…

 

¡Saeta de Amor y Paz!

¡Oh, si todos te escucharan

como oye Guadalajara

los sones de este cantar!

 

Tú eres, Jesucristo amado,

la Verdad: Amor y Paz.

Henares te lleva ya,

hacia rumbos muy lejanos.

 

Y la saeta a la Semana Santa de Sevilla es otra de las que Mañueco nos lanza con sinceridad constructiva, manojo de versos, que piden voz rota, voz fuerte y sentida:

 

¡Que el río Guadalquivir,

vestido de nazareno,

al sufrir de Dios dé freno

y con agua va a acudir!

 

¡Para que ese Dios moreno,

que aún tiene que sufrir,

no se nos vaya a morir

sin un trago macareno!

 

Otra de las saetas que nos ponen frente a la procesión del Viernes Santo de Guadalajara es la dedicada por Mañueco al Cristo Yacente del Santo Sepulcro, el de la Concatedral de Santa María, que tan serenamente es paseado por sus cofrades la tarde del Viernes Santo. Esta va entera.

 

Cristo, Cristo, va pasando,

Cristo, Cristo, ensangrentado.

Cristo, Cristo, desfilando,

con la lanzada al costado.

 

Sangre le cae manando

de su cabeza, aflorado

reguero de amor bajando

para limpiar el pecado.

 

Yacente Cristo que, al lado,

trae penitentes llorando,

 

y una música que gime

mientras Jesús nos redime.

 

Se aleja el tambor sonando

por el Cristo sepultado,

 

Ya la trompeta esperando

queda a Dios, resucitado.

 

En estas últimas estrofas se revela el sentido religioso, envuelto en el estético, que la Semana Santa de Guadalajara tiene ante quienes la presencian y la viven. Serán estos que ahora llegan unos días muy especiales, pues en ellos se aúna la religiosidad tradicional de una tierra fervorosa, y el interés por las manifestaciones populares, cada año más cuidadas y preparadas.
El tiempo cuaresmal, y la semana que culmina en el Viernes Santo, el aniversario de la muerte de Jesucristo en la Cruz del Gólgota, es un tiempo propicio a la poesía, a la meditación calmada, al análisis de tiempos pasados y su entronque con los futuros. Este elemento tan consustancial al pueblo alcarreño como es la Semana Santa, en la capital y en todos sus pueblos, sin duda merece nuestra consideración, y el aplauso hacia cuantos la hacen posible, vistosa y entrañable.

Bonaval recupera la esperanza

Monasterio cisterciense de Bonaval

Monasterio cisterciense de Bonaval

El pasado sábado 25 de marzo, viajó hasta las ruinas del monasterio cisterciense de Retiendas, en la profundidad de la Sierra norte escondidas, el presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, señor García-Page, acompañado de mumerosas autoridades regionales y provinciales. Es la primera vez que un presidente regional (y van ya siete en nómina) dedica un día a viajar hasta aquel enclave, que es una parte fundamental de nuestro patrimonio histórico-artístico. Sustancial para conocer nuestra historia. En la visita planteó una actuación de defensa y recuperación, con dinero público, de aquel enclave monumental. Mantengo viva la esperanza, y espero por ella que sea realidad lo prometido.

Por ello quiero hoy dedicar mis páginas de Nueva Alcarria al recuerdo de este lugar, de estas ruinas, de la historia que las hicieron vivas hace muchos siglos. Porque solo manteniendo vivos, palpitantes, los testigos del pasado, podremos intentar avanzar hacia el futuro

La presencia

La imagen, un tanto idealizada, que todos tenemos de los antiguos monasterios, románticamente derruidos, silenciosamente apartados del mundo, con unas enredaderas escalando los muros de celdas y capillas, sólo nos la ofrece en Guadalajara el abandonado cenobio cisterciense de Bonaval, escondido en un profundo y solitario vallejo de la serranía de Tamajón, entre altas y rocosas montañas, espesos bosques de encinas y argentíferos arroyos. Desde Retiendas es fácil llegar. Se comienza a andar por un camino que, a 200 metros del cementerio del pueblo, en la carretera que de dicho lugar va hacia el pantano del Vado, surge a la izquierda. Sólo se escuchan los pájaros, que los hay a millares, y el rumor suave y lejano del arroyo que corre paralelo. El camino es umbrío, parece que de un momento a otro saldrá de algún recodo un monje cabalgando un pollino, o que si no andamos vivos y despiertos, nos puede ocurrir lo que a San Virila en Leire, que por saber lo que era la Eternidad, pasó 300 años escuchando el canto de un jilguero.

Al abrirse el vallejo después de dos quilómetros de andadura, aparece la mole pálida y grisácea del monasterio. Es su estructura muy característica del construir del Cister en el siglo XII o comienzos del XIII. El templo, tal como aparece hoy, es casi tan ancho como largo. De sus tres naves, sólo queda una, la de la epístola, cubierta. Las otras no tienen otra techumbre que el Sol y las estrellas.

Las tres capillas de la cabecera quedan bastante enteras y conforme al originario trazo, cubiertas también de sus primitivas cúpulas nervadas. Abundan los capiteles sencillos o foliados, dentro de la simplicidad ornamental que la reforma espiritual de San Bernardo introdujo. Adosada a la capilla del Evangelio, se halla la sacristía, de encañonada bóveda semicircular, tal vez lo más primitivo del monasterio.

Al exterior, sobre la cara meridional, iluminada y feliz, se abre la puerta del templo, en un estilo netamente bernardo, cisterciense, de apuntado arco cargado de archivoltas, que a su vez descansan en sendos capiteles foliados. Sobre ella se abre un elegante ventanal también de traza transicional entre el románico y el más primitivo gótico. A su derecha, en un saliente del muro que acaba arriba en cuatro o cinco almenas, camina en espiral la escalera de acceso a la torre (más vigía que piadosa) y desde la que hoy se puede caminar tranquilamente por los tejados de la iglesia. Finalmente, los tres ábsides vienen a calcar fielmente la estructura interna de las capillas, iluminándose la central con tres altos ventanales, delgados y esbeltos, orlados de puntas de diamante y acabados en apuntado arco.

Para completar esta somera descripción de lo que hoy queda de Bonaval, he de señalar cómo todavía rodean la iglesia, por occidente, los altos muros, de ladrillo y argamasa, que en su día constituyeron el habitáculo de los monjes. El muro septentrional se hundió hace pocos años. Son construcción mucho más moderna que la iglesia, y sin interés arqueológico.

La historia

De la historia de Bonaval poco se puede decir, pues metido en este hondón de las montañas, poca fue su esperanza y poco su temor. Siempre pasó desapercibido, tanto en los favores reales, como en los castigos de airados enemigos. No quiere esto decir, sin embargo, que no tuviera, sobre todo en los momentos de su iniciación, importantes ayudas de los monarcas castellanos, a uno de los cuales, concretamente a Alfonso VIII, se debe su fundación. En 1164 concedió aquel «buen valle» a unos pocos monjes cistercienses, de cuya orden nueva y pujante era ferviente admirador, para que habitándolo «velut precarium» (como de prestado) sirvieran de barrera en caso de, ya improbable, nueva invasión moruna. Poco después, en 1175 y por escritura fechada en Fitero, uno de los más antiguos e importantes cenobios bernardos del territorio hispano, Alfonso VIII cedía definitiva y completamente Bonaval a la orden de los monjes blancos, y a su abad don Nuño en representación de todos ellos, «tanto de los presentes como futuros monjes que allí vivan». Los primeros pobladores fueron venidos del Monasterio de Valbuena, en Palencia.

En esta carta, que podríamos llamar «de fundación», Alfonso VIII, junto con su mujer doña Leonor, hace merced a don Nuño Abad y Monjes de la Orden Cisterciense, del Monasterio de Santa María de Bonaval, en el que desde algunos años antes habitaban, para que lo poseyeran perpetuamente, con todos sus pechos, derechos y demás pertenencias. Poco antes habían «apeado, delineado y dividido» las posesiones territoriales del cenobio, para que fuera de todos públicamente conocido.

Y se hizo de la siguiente manera: «desde la Yglesia de Arretiendas (Retiendas), directamente asta el Molino del lugar de Tamajón situado en la Sierra, y por la otra parte desde la misma Ygiesia, en derechura hasta el camino de Guadalaxara, como corrían las aguas en el término de la villa de Uzeda, y a la otra parte desde el Valle de Sotos (Valdesotos), hasta la sierra de Elvira, y de dicho valle a la Serranía, transitando más allá de ella, hasta el valle de Muratel (Muriel, en el Sorbe)», dándoles todas las tierras, heredades, labradas y por labrar, aguas, prados, pastos, haciendas, rentas y demás derechos que se incluyen en los referidos términos. Les dio también el lugar de Carranque con todas sus pertenencias, y en Uceda les hizo dueños de ciertas viñas con un huerto, y otra tierra que estaba contigua a otra que pertenecía a Fernando Martínez.

Como se ve, la extensión de las tierras monasteriales era, ya en sus comienzos, bastante grande. Con el tiempo fue creciendo todavía, aunque nunca llegó a un grado excesivo. Muchos particulares, en la difícil hora de salvar su alma por todos los medios, se hacían rumbosos al testamentar, y dejaban tierras y bienes para los monjes. Así, en 1228, don García de Alfariela donaba a Bonaval «todo quanto y avíe en Sotojo, casas y viñas y heredades, y huertos y molinos, assí como don García lo avíe con sus entradas y con sus salidas», donación que fue confirmada por el «concilio de Hita» en aquel mismo año.

Por parte de las personas reales, recibió de Alfonso IX, en 1224, una nueva heredad, esta vez en «Alcazariella», señalándola con todo cuidado sus términos y fronteras. En 1253, Alfonso X, junto a su mujer doña Violante, confirmó todos los privilegios y donaciones de sus antepasados. Incluso el que Enrique 1 dio en Segovia, a 17 de febrero de 1216, eximiéndole de pagar portazgo o pasaje, lo mismo que hará, en 1218, Fernando III, acogiendo bajo su protección a Monasterio, abad y monjes, así como a sus renteros, pastores y ganados, para los que da permiso puedan pastar en cualquier parte de su reino, y pasen todos los puertos y caminos sin pagar las tasas acostumbradas. Todo ello sería confirmado nuevamente por Juan II, en 1417.

La vida de esta abadía continuó en su tono discreto, metódico y feliz, ocupada en construir su templo, claustro y viviendas, administrar sus posesiones, y servir de ejemplo, unas veces bueno, otras no tanto, a las sencillas gentes de la región, agria y difícil, de la serranía de Tamajón. Tuvieron, como es lógico, sus pleitos y discusiones, muy especialmente con el Concejo de Uceda, a propósito de ciertas heredades en aquel término. En 1459 se, hizo la reconciliación de unos y otros, siendo abad don Diego.

Llegada la hora de las reformas y primeros ajustes de la Orden, Bonaval vio reconocida su poca importancia, al perder su carácter de abadía, ser incorporada a la Congregación Cisterciense de Castilla, y quedar sujeta, en forma de priorato, a la jurisdicción de los bernardos de Monte Sión, en Toledo. Poco a poco fue adquiriendo el carácter sumiso y humilde de «residencia para ancianos» de la orden cisterciense, en donde se preparaban a bien morir, al tiempo que descansaban de su más o menos ajetreada vida, los más veteranos monjes blancos de Castilla. Su clima y su tranquilidad fueron alabados incluso por los historiadores de otras órdenes religiosas.

En 1713, acabada la guerra de Sucesión con la victoria del Borbón Felipe, quinto de su nombre en España, le fue nuevamente reconocido a Bonaval su exención de pagos al Estado, confirmándole su posesión de territorios anejos, en Carranque, y en Uceda: todo para que continuasen, como desde hacía más de 500 años venían cumpliendo, con oraciones y ruegos a Dios por las personas reales.

Aunque no sufrió grandemente en la guerra de la Independencia, por haber sido aquel territorio poco castigado de la francesada, no pudo resistir, sin embargo, el embate del trienio liberal que en 1821 acabó con algunos venerables cenobios, entre ellos el de Bonaval. Los monjes se retiraron a su casa madre, en Toledo, y el edificio fue vendido a particulares, que no se preocuparon en absoluto de su conservación, viniendo a la ruina en que hoy le vemos.

Su archivo se dispersó en su mayoría; sus libros, sus joyas, sus pertenencias más diversas cayeron en manos (por no decir garras) de anticuarios y oportunistas, y solamente algunas piezas artísticas pasaron a la parroquia de Retiendas, donde hoy se veneran. Entre ellas contamos un Crucificado de toscas y populares maneras, y una deliciosa imagen gótica, sedente, tallada en alabastro, que tienen por milagrosa en el pueblo, y que representa un importante documento artístico del arte del siglo XV en sus finales. Nada más, si no son algunos capiteles repartidos por casas y en la fuente del pueblo, queda de Bonaval.

La Casa del Doncel en Sigüenza

La casa del Doncel en Sigüenza

La casa del Doncel en Sigüenza

Ejercicios saludables para refrescar la memoria. Visitas pausadas en ciudades que nos llaman. Un paso tras otro, fijándose bien donde se pone el pie, donde los pasos nos llevan. A través de qué sitios.

Hemos subido la calle mayor de Sigüenza, y nada más admirar la portada de Santiago nos vamos a la derecha, por la Travesaña Alta, y enseguida se nos abre, también a manderecha, la plaza de San Vicente. Serena, callada, y presidida por un hermoso edificio medieval. Es el que llamaron, durante siglos, “palacio de los Bédmar” pero que ahora conocemos por la “Casa del Doncel”. Y veréis por qué.

Se construyó en el siglo XV, sobre otro viejísimo edificio del XII, esta casona acastillada (fijáos que lleva almenas en lo alto de su fachada). La pusieron escudos sus dueños, que eran los del linaje de Arce: los Vázquez de Arce, emparentados con los de Sosa, portugueses. En el último cuarto del siglo XV, en los años que sintieron el político quehacer de los Reyes Isabel y Fernando, sus dueños le dieron forma y contenido. Era el señor de la casa don Fernando de Arce que casó con doña Catalina de Sosa, y tuvieron por hijos a Martín, a Fernando y a Mencía. Aunque pocas veces habitaron el edificio, sí que estaban orgullosos de él, y aún los sucesores lo cuidaron y ampliaron en el siglo XVI.

De toda la estirpe, el más famoso llegó a ser don Martín, Vázquez de Arce, y Sosa, a quien mataron los moros en la Vega de Granada, en el verano de 1486, y a quien sus padres lo trajeron a enterrar en su capilla de la catedral. Allí talló alguien, después, una estatua representando al muchacho, tendido, lector primero y luego meditando, y desde hace muchos años todos cuantos le ven, dicen de él: “Ese es el Doncel, el de Sigüenza, que mataron los moros en la vega de Granada, cuando solo había cumplido veinticinco años”.

Durante años fue residencia de unos y otros, pasó la propiedad de mano en mano, y vino a caer, a finales del siglo XX, en las de la Fundación “Ciudad de Sigüenza”, y de ellas a la Universidad de Alcalá, que lo restauró y acondicionó como espacio cultural.

La fachada nos muestra una casa-torre, con un paramento de piedra sillar, en el que se abre, a la calle, un gran portón adovelado, con escudos en la clave y a los lados. Se suman a él dos pisos, el segundo con una ventana orlada de bolas, y sobre la cornisa de lo mismo, y sobre las gárgolas, unas almenas rematadas en cascabeles.

En su interior encontramos numerosos detalles originales en estilo mudéjar, como alfices, artesonados, y ventanillas. Hay en compleja distribución una variedad de estancias, distribuidas en pisos diversos, en entreplantas. Y así, a la entrada, hay un puesto informativo; en el sótano, un restaurante; a la izquierda, subiendo por unas estrechas escaleritas, un sucesión de salas de exposición, donde ahora se alberga la donación de pinturas y dibujos de la familia Santos / Viana. En el primer piso, se alberga el Archivo Histórico Municipal de Sigüenza. Aún más arriba, el Museo de la Guitarra de Romanillos. Y aún pueden encontrarse otra pequeña sala de conferencias, dependencias administrativas, y una terraza.

El libro de la Casa del Doncel

Esto que acabo de relatar, en definición de urgencia, es cuanto puede conocer quien llegue a Sigüenza y se enfrente al edificio, desde la calle, o incluso en una visita rápida, en un vistazo puntual.

Pero hay muchos misterios encerrados en ese edificio. O los había, porque ahora han sido desvelados. Un grupo numeroso de gente, de estudiosos, arquitectos, profesores, artesanos… se enfrentaron a la masa gris de la casona, y empezaron a preguntarla, a develar al fin sus secretos. Y se plasmó todo el saber y los hallazgos en un libro que a mí me parece perfecto.Multidisciplinar, como ahora se dice. Técnico y llano, visual y certero.

Este libro, que lleva por título “La Casa del Doncel en Sigüenza” es un estudio muy amplio sobre este monumental edificio, rescatado de la ruina por la Universidad de Alcalá. Un equipo coordinado por Aurelio García López, con la aportación técnica de los arquitectos Carlos Clemente y Marta Rubio, el genealogista Antonio Sevilla, el estudioso Pedro Lavado Paradinas, y otros especialistas en arqueología y restauración, dan vida a este completísimo estudio de uno de los edificios emblemáticos de Sigüenza, símbolo de la Edad Media en tierras castellanas. Incluso yo mismo me cuelo por sus páginas, con un estudio que califico “vital y artístico” de la vida de Martín Vázquez de Arce.

El Índice del libro lo dice todo, y sirve de perfecto resumen para saber de qué va esta obra, que si eres “de letras” te va a interesar seguro, porque habla de historia, de personajes, de urbanismo, de arte mudéjar y gótico, de exposiciones y detalles mínimos y sorprendentes.

La presentación es de Virgilio Zapatero, quien a la sazón (cuando se publicó el libro) era Rector Magnífico de la Universidad alcalína. Le introducción corría acargo de Francisco Domingo, también a la sazón alcalde y regidor primero de la ciudad seguntina.

El capítulo primero lo firman Carlos Clemente San Román y Marta Rubio Marín, arquitectos, con una “Introducción a la visita de la Casa del Doncel”.

En el segundo aparece Antonio Sevilla Gómez (por desgracia ya fallecido) quien nos habla de heráldicas, como era lógico, y lo titula “La Casa de los Arce en Sigüenza, conocida como la Casa del Doncel”.

El tercero tiene de nuevo por autores a Carlos Clemente y Marta Rubio, y nos adentran en el complejo tema del “Proceso y métodos de la restauración del edificio”.

El coordinador general del libro, y destacado historiador provincial, Aurelio García López, interviene en el cuarto y lo protagoniza con sus análisis de la casa como “Un ejemplo de arquitectura civil de transición entre el estilo gótico al hispano-flamenco”

Es en el capítulo quinto donde entro personalmente con un trabajo, en el que me dediqué a fondo durante una temporada”, bajo el título de “El Doncel Martín Vázquez de Arce: aspecto vital y aspecto artístico”, y en el que creo que conseguí definir cabalmente la figura de este joven caballero que agoniza en el Medievo y resucita en el Renacimiento.

La sexta parte del libro la firma el arqueólogo Ildefonso Ramírez González, con su trabajo sobre “La investigación arqueológica, descubrimientos y hallazgos de cerámica”.

La séptima parte de este gran volumen de esencias seguntinas se debe a la pluma y trabajos de Antonio Sánchez-Barriga Fernández, quien desvela una parte sustancial de la restauración en su trabajo “La recuperación de las yeserías y elementos singulares de la Casa del Doncel”.

Todavía un octavo y singular capítulo ofrece muchas novedades y retrata en su verdadera dimensión mudéjar a la edificación y sus contenidos. Se titula “La Casa mudéjar del Doncel de Sigüenza” y lo firma el acreditado investigador del estilo mudéjar en España, Pedro J. Lavado Paradinas.

Al final, y antes de la bibliografía general y los índices, un revelador noveno capítulo de Ignacio Navarrete Valera confiesa la “Estructura de la madera, los métodos aplicados en su conservación y recuperación”, dando cuenta con elementos técnicos de cuanto trabajo, y tan bien llevado, ha supuesto la recuperación de este palacio, que hoy afortunadamente se puede visitar y disfrutrar por todos, pues hasta este proceso restaurador el caserón estuvo siempre cerrado y a punto de haberse venido abajo y acabar (como tantas cosas en nuestra provincia) en los anales de lo perdido.

Como último detalle respecto a esta obra, que ha sido recibida con entusiasmo por cuantos están interesados en estos temas del patrimonio histórico-artístico de Sigüenza, decir que pudo hacerse realidad gracias al mantenido entusiasmo de la editorial AACHE de Guadalajara, que corrió de forma total con los gastos, pues en esta ocasión ni la Universidad propietaria, ni el Ayuntamiento de Sigüenza, ni otras instituciones públicas (como hubiera sido de esperar) apoyaron la obra en ningún sentido.

 

 

Monstruos y leyendas en el románico de Sauca

Capitel de los monstruos en la iglesia románica de SaucaAunque pueda parecer que estos temas importan a pocos, me consta que hay quien busca en sus salidas por la provincia los testigos mudos y tallados de época pretéritas, las expresiones temerosas y asombradas de mundos por venir.

En el arte románico de Guadalajara hay decenas de detalles iconográficos que nos sorprenden y estimulan a saber más de ellos, a reflexionar, indagar y suponer. Hoy llegamos al soportal de Sauca, a mirar sus elementales historias talladas en la piedra.

La iglesia románica de Sauca

La pequeña villa de Sauca, que se encuentra alzada en la paramera de la serranía del Ducado, perteneció desde la reconquista a la Tierra y Común de Medinaceli, y siglos adelante quedó incluido en los estados extensísimos del ducado de Medinaceli, tenido por la familia de los La Cerda, en la que se mantuvo hasta el siglo XIX.

De su patrimonio destaca la iglesia parroquial, obra arqui­tectónica del estilo románico rural, levantada en el siglo XII en sus finales o principios del XIII, poco después de la definitiva repobla­ción de la zona. Consta de un edificio con gran espadaña sobre el muro de poniente, con un par de grandes vanos para las campanas, y un remate de airoso campanil, todo en rojizo sillar construido. El alero del templo está sostenido por múlti­ples canecillos y modillones tallados. El interior, de una sola nave, modificado en siglos posteriores, no ofrece tampoco nada de interés, excepto la primitiva pila bautismal, también románica del siglo XII.

Lo más destacable de esta iglesia es su gran atrio porticado, que se abre en los muros del sur y del poniente del templo. El principal acceso lo tiene al sur, a través de un arco en la galería que da acceso al amplio espacio donde, en la Edad Media, se celebrarían las reuniones del Concejo. A cada lado de este arco de ingreso se abren cinco vanos cobijados por arcos ado­velados semicirculares, que apoyan en columnillas pareadas rematadas en bellos capiteles bien tallados. El cimacio de los capiteles se continúa sobre el muro esquinero del atrio, a modo de imposta, para enlazar con la arcada del ala de poniente, en la que se abren un total de seis vanos, uno de ellos más alto, que servía de ingreso, y los otros sustentados en columnillas también pareadas y capiteles. Aparte del valor arquitectónico que posee este templo, son de destacar al visitante y aficionado a este estilo la magnífica colección de capiteles que forman en su galería porticada.

Predomina en el conjunto la decoración vegetal, a base de grandes hojas de palma, cardos estilizados, hojas de acanto, etc., pero todas ellas diferentes, e incluyendo entre sus conjun­tos, algunas veces, pequeñas cabecitas humanas o animales. Un capitel muestra borrosa escena con un arcángel que empuña un bastón crucífero. Quizás San Miguel, jefe de las escuadras celestiales. Y otro capitel, el que remata la columna pareada que escolta, en su lado izquierdo, la puerta de ingreso al ala meridional del atrio, muestra por uno de sus lados un par de figuras sacerdotales, cubiertas de ropajes (la armilausa) típicamente visigodos, como calcados de viejos pergaminos miniados, y por el otro lado deja ver una rudimentaria Anunciación en que el Arcán­gel Gabriel saluda a María, con libro en la mano, y puesta en pie; aún se muestra en este grupo escultórico un par de ani­males monstruosos enfrentados, (un grifo y un león), animales que durante el Medievo aparecen en lucha, como significando la del Bien y el Mal entre los hombres.

El capitel de los monstruos en Sauca

En la galería porticada que da al sur, en la iglesia de Sauca, podemos contemplar algunos capiteles tallados y emparejados, sencillos y misteriosos. Con el defecto de los siglos sobre su superficie, parecen sin embargo que siguen hablándonos. Uno de ellos nos ofrece imagen de la Anunciación, y otro una pareja de eclesiásticos antañones. Quizás el mejor de todos sea el que muestra un par de ani­males monstruosos enfrentados, un grifo y un león, animales que durante el Medievo aparecen en lucha, como significando la del Bien y el Mal entre los hombres. Los modelos de todos ellos son muy arcaicos, lo que nos deja evidencia de que, aún en el siglo XII, los tallistas románicos copiaban modelos de antiguos códices miniados.

Qué sea un león, es cosa sabida de todos. Pero del grifo hay menos datos. El grifo es una palabra griega que identifica a una criatura mitológica, cuya parte superior es la de un águila gigante, con plumas muy definidas, afilado pico y poderosas garras, y la parte inferior es la de un león, con pelaje profuso, musculosas patas y rabo. Hay grifos que se representan con orejas puntiagudas en la cabeza o plumas en la cola. Según explica la tradición, el grifo es ocho veces más grande y fuerte que un león común y no es raro que se lleve entre sus garras a un caballero con su caballo o a una pareja de bueyes. Con sus garras se fabricaban copas para beber, y con sus costillas arcos para tirar flechas. Eso decían los antiguos.

El origen de este animal quimérico está en el Medio Oriente, pues el arte de Babilonia, Persia y Asiria le representó en muchas ocasiones. En el Mediterráneo Oriental también llegó su presencia, en la pintura minoica y en el famoso sarcófago de Hagia Triada. Griegos y romanos siguieron creyendo en los grifos, pasando la creencia al primitivo cristiano, apareciendo nombrado en los “bestiarios” de San Basilio y San Ambrosio, como seres del averno que alteran el sereno discurrir de las buenas gentes cristianas. De ahí que tuviera en un principio la mala prensa de ser un animal peligroso y agresivo.

Pero luego cambió su sentido, y al final del Medievo y sobre todo en el Renacimiento, el grifo es tenido por un ser protector, que mezcla en sí la fuerza, el valor y la vigilancia de los caminos. Uno de los lugares donde con mayor profusión y belleza aparecen los grifos, de todo el arte hispánico, es en el patio de los leones, del palacio del Infantado de Guadalajara. Allí (curiosamente, al igual que en el capitel románico de Sauca) aparecen los grifos y los leones custodiando los emblemas heráldicos de los Mendoza y Luna. En ambos casos, son animales protectores.

En todo caso, es curiosa esta pervivencia de la mitología sobre el arte hispánico, y la aparición en este capitel de Sauca de esa ancestral lucha entre dos animales, que representan el Bien y el Mal, pero alternativamente, sin clarificar nunca, como ejemplo de la lucha de los elementos del Universo no humano, como evidencia del desamparo que la especie de los hombres tiene frente a las fuerzas incontrolables del mundo, del tiempo y del espacio.

El anónimo escultor de la galería de Sauca, recogiendo comentarios, lecciones y sermones que ha oído, coloca escenas bíblicas, personajes respetables del cristianismo, junto a misteriosos animales a los que nunca ha visto. El león y el grifo aparecen en este lugar, mal tallados, pero enfrentados, rampantes, luchando. En representación de esa lucha de la valentía y la cobardía, de la virtud y el pecado, de la lealtad y la traición, en definitiva del maniqueísmo, que por esa época está simbolizando en muchos lugares de la Europa medieval la dual tendencia del catarismo, la heterodoxia albigense. Es una imagen bonita, simplemente, que no nos permite por sí sola llegar a conclusiones más drásticas, como por ejemplo decir que en Sauca, en el siglo XIII, había seguidores del gnosticismo, o que lo fueran los tallistas y escultores de la galería parroquial. Al menos nos da pie para pensarlo y aventurarlo.