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La iglesia de San Gil, en Molina

iglesia de san gil en molina de aragonMolina de Aragón, ciudad de rancia tradición, “heroica en grado sumo”, y sumida en la supervivencia, tiene elementos que la anclan en un pasado interesante y destacable en el conjunto de España. Lo consigue por su historia y por su patrimonio. Y de sus viejos edificios algunos destacan especialmente, como este templo dedicado a San Gil, que hoy hace de parroquia única del burgo.

Santa María la Mayor de San Gil fue construida, allá por los siglos XII o XIII, como uno de los primeros templos del recién creado Señorío. Por ser una ciudad pujante y en continuo crecimiento, la de San Gil sería de inicio una sencilla construcción románica, una iglesia de barriada. Asentada en terreno blando y movedizo, su torre, airosa y altísima, fue cediendo en verticalidad y llegó a quedar tan notablemente torcida que, durante años, décadas, gozó de fama y nombradía por España; tanta que, cuando Fernando el Católico, aún joven, pasó de Aragón a Cas­tilla, en Molina no se perdió la visita a la torre inclinada de San Gil, que debía competir con la de Pisa en inestables equilibrios. El cronista Núñez dice de ella que parecía «tenerse en el ayre y ponía temor verse qualquiera debajo della». El Católico Fernando, ante el estu­por y curiosidad de los molineses, cumplió el rito obligado de cuantos visi­tantes se acercaban a San Gil, y, poniendo las puntas de los pies y la tripa pegada a la misma torre, no se podía tener si no le ayudaban, «y assí llevó que contar de esta torre, como cosa que parecía maravillosa».

El caso fue que, andando los años, el resto de la iglesia vino al suelo y solo la torre torcida se mantuvo. Hacia 1524 se comenzó a levantar de nuevo la iglesia, ya en un estilo de decadente y fácil gótico, con un mucho de ramplón manierista. Gruesos muros y la capilla mayor estaban ya levantados a mitad del siglo XVI. Y la historia de la torre siguió: a princi­pios del siglo XVII vino un maestro de obras, llamado Juan Fernández, aureolado de fama por haber levantado, y con buen arte y valentía, la ca­pilla de los Garcés de Marcilla en el convento de San Francisco. Dijo que él se comprometía a levantar una hermosa torre que hiciera olvidar la fama de la anterior. La empezó, pero a poco murió. Y añade el cronista que a su muerte heredaron esta obra suya un yerno suyo y otros canteros, que, aunque le heredaron la hacienda, no le heredaron el arte ni la pericia. Hi­cieron proporciones equivocadas. A poco se hundió lo que llevaban hecho. Vinieron nuevos maestros, dejándola a medias, pues el terreno debía ofre­cer unas características de poca fiabilidad; llegando a gastar 6.000 ducados en levantar tan solo tres estados la torre; y así, sin concluir, se inauguró el siglo XVII.

En esa época, la iglesia de San Gil recibió la advocación de Santa María la Mayor, siendo ya la más importante de la capital del Señorío. La no­bleza molinesa hizo generosas donaciones y se fundaron y levantaron ca­pillas insignes. El Cristo de las Victorias, imagen antiquísima que estuvo en el altar mayor de la primitiva iglesia, sirvió para presidir la capilla fun­dada por el regidor de Molina, don Antonio de Peñalosa, cuyo constructor fue el maestro de obras Juan de Aguas, quien, estando subido a los andamios, cayó de un tablado que no estaba bastante seguro, de que murió. Otra capilla famosa era la de la Virgen del Pilar, en cuyo altar existía pri­vilegio apostólico de que, por cada misa que en él decía un miembro del Cabildo eclesiástico, salía libre un alma del purgatorio. Otra curiosidad del templo era el grandioso y bien timbrado órgano que construyó, hacia el año 1600, un fraile pasajero, que «de su tamaño no hay otro más perfecto en España, y si se hubiera de querer dar lo pesarían a oro algunas cathe­drales». Hasta dos relojes, como signo de opulencia y modernismo, tenía el templo.

De sus múltiples capillas, piezas de orfebrería, ornamentos, altares y cuadros, no se acabaría nunca de hablar. Eran muy numerosos. En esta iglesia tenía su sede el Cabildo de Clérigos de Molina, antiquísima y pode­rosa institución originaria de los primeros años del Señorío. El cura de este templo lo era también de Prados Redondos, Chera, Otilla, Aldehuela, Valsalobre y Castellote, hasta los años de 1500, en que el cura y vicario Pedro Alonso repartió varios beneficios entre sus sobrinos y familiares, entregando el curato de Prados Redondos a otro sobrino, con lo que em­pobreció el cargo.

Numerosos enterramientos de la nobleza molinesa tenían aquí su asien­to. En competencia con el convento de San Francisco, su suelo se cubría de grandes lápidas donde, entre yelmos y escudos, yacían señores, hijos­dalgo y caballeros de Molina, y en las capillas las estatuas de olorosa y húmeda piedra ponían su sello de misterio e impenetrabilidad.

Así aguantó esta iglesia de San Gil, que era grande, opulenta, cuajada de altares y devociones, durante siglos. Esencia de la catolicidad contrarreformista, que vino a alargarse hasta los tiempos del Papa Leon XIII (o sea, hasta ayer mismo) y que al entrar daban ganas de persignarse entero con el agua bendita que colmaban sus pilas de la entrada. Cierto es que el asalto francés de 1811 dejó al templo, –como al resto de la ciudad­– chamuscado y vacío, profanado y desgualdramillado. Y más cierto aún que el templo sufrió un gran incendio en 1915, que lo vino a dejar ya sin otra cosa que los muros humeantes.

El 29 de septiembre de 1924, tras su reconstrucción, fue inaugurado nuevamente este templo, que es hoy la iglesia grande y por antonomasia de la capital del Señorío de Molina. Hacia 1980 se le añadió otro mérito. Vacía la aldea de El Atance, en territorio seguntino, para construir sobre ella un embalse, el retablo de su templo fue desmontado y traído a San Gil. Le ha dado un valor extraordinario, porque lo tiene el retablo, y solo con ello se justifica una visita al templo. Se trata de un gran retablo renacentista, con tallas y pinturas, policromado y hermoso, con imágenes y escenas de la vida de Cristo. De esa forma ha seguido latiendo esta iglesia molinesa, la más querida y principal, siempre de sorpresa en sorpresa.

Lecturas de Patrimonio: los viejos monasterios y sus anécdotas

La importancia que cobran los monasterios, especialmente en los tiempos medievales y modernos, se debe a la promoción de los supuestos milagros que se obran entre sus muros y a las peregrinaciones multitudinarias que desde remotas latitudes se encaminan hacia ellos. Veremos aquí algunos de esos milagros y las más famosas de sus peregrinaciones.

Milagros en los monasterios

El milagro aparece en una sociedad en que no hay razón científica para explicar los males y los bienes que acuden sobre el interés personal de cada individuo. La razón de la enfermedad era el castigo divino, como sentencia respecto a malas acciones. Y la curación solo se obtenía por el milagro, también por decisión divina. Cuestiones son estas propias de la sociedad teocéntrica.

Algunas cuestiones, la mayoría coincidentes con antiguas creencias y ritos sanatorios de origen pagano, hicieron que ciertos monasterios medievales de Guadalajara se convirtieran en auténticos centros taumatúrgicos, a los que en tiempos pretéritos acudían miles de enfermos, necesitados y peregrinos en busca de soluciones a sus problemas. De algunos de estos lugares, y de los milagros que se operaban en ellos, se conservan relaciones pormenorizadas y curiosísimas. De otros, solo la tradición, o dispersas notas que nos permiten sospechar que también fueron centros milagrosos. Veamos algunos.

Monsalud. Fue sin duda el lugar taumatúrgico más importante de la Alcarria, durante largos siglos. Decía el padre Cartes que aquí señaladamente hace Nuestra Señora muchos milagros en los hombres y mugeres que están poseydos de los demonios, los quales en entrando en el término deste Santo Monesterio, suelen hazer grandes extremos como quien no puede sufrir verse en tierra de la Madre de Dios. Varios mecanismos ó rituales conllevaban la sanación milagrosa en Monsalud: el voto previo de peregrinación, y la estancia allí durante nueve días; la advocación Señora de Monsalud, valedme; y el más usado que era la salutación previa del padre sacristán, la unción del enfermo con el aceite de las lámparas del templo, y la ingestión del pan bendito. Era fama que la Virgen de Monsalud se mostraba poderosísima contra la rabia, melancolías de corazón y mal de ojo, haciendo sus efectos sobre los seres humanos y los más variados animales.

Sopetrán. En la Fuente Santa, una ermita junto al monasterio, que hoy se conserva íntegra con un gran ventanal gótico, tenía lugar la sanación de los quebrados (hernias abdominales) especialmente infantiles. La inmersión brusca del enfermo en el agua fría de la fuente milagrosa, operaba el milagro.

La Salceda. Aquí se hicieron importantes milagros, que más parecen operaciones quirúrgicas en toda regla. Había en la iglesia muchos ex-votos. El más milagrero de sus frailes fue fray Julián de San Agustín, natural de Tolosa de Francia, siempre cargado de un cilicio de más de 20 Kgrs. y haciendo milagros y prodigios de todo tipo, a lo largo del siglo XVI.

Buenafuente. El Cristo de la Salud tenía la virtud de gestionar milagros a través del agua en la fuente que mana dentro de la iglesia monasterial.

Cifuentes. En las dominicas la Cabeza y ciertas Canillas de las piernas de San Blas conseguían abundantes curaciones milagrosas entre los múltiples devotos de la Alcarria, llegando a su culminación con aquella en que resucitó a un niño hijo de un hidalgo de Salmerón llamado Pedro Falcón.

 

Peregrinaciones a monasterios

Se ha considerado al cristianismo medieval como esencialmente peregrino, y en él legiones de hombres y mujeres dedicaron largas temporadas de sus vidas a viajar por el mundo visitando los lugares donde se conservaban reliquias de santos, o donde era fama que se producían milagros, se arrojaban demonios, o expresaban su palabra famosos varones en santidad y letras.

En realidad, la cuestión era que al hombre (léase también a la mujer) le gustó siempre viajar, descubrir parajes y ciudades nuevas a sus ojos. Saber de otras costumbres, ver cómo vestían en otros sitios, probar sus alimentos sugestivos y curiosos. Como una agencia de viajes podría considerarse a la Iglesia medieval, suscitadora de peregrinaciones por todos sus dominios.

En los monasterios de Guadalajara se dieron varias de estas circunstancias, y por ello algunos de sus cenobios de origen medieval fueron meta de peregrinaciones en aquellos años, o en posteriores épocas. Son estos los más importantes.

Sopetrán. Sus cronistas consideran que la peregrinación original a Sopetrán se produce al unísono del milagro en el que la Virgen se apareció sobre un árbol al moro Petrán, hijo de Al-Mamun de Toledo, quien traía prisioneros a un enorme número de cristianos. En ese momento, el moro se convirtió, y los cristianos fueron liberados. Solemne manera, sin duda, de iniciar una peregrinación.

San Francisco de Atienza. Miles de gentes, a lo largo de los siglos, atrajo a este convento la existencia en él de las Santas Espinas de Cristo. Entre otros ilustres peregrinos que acudieron a rezar ante ellas, se cuentan los monarcas Felipe II (1592), Felipe III y Felipe IV (1660). En el transcurso de la Guerra de Sucesión, fue el primer Borbón, Felipe V, quien las visitaría en 1706.

Monsalud. Las peregrinaciones a este cenobio cisterciense estaban en función de solicitar la milagrosa actividad de Nª Sª de Monsalud, en su altar venerada. A la cura de cuantas aflicciones figuraban en su catálogo de especialidades (la rabia, las aflicciones y melancolías de corazón, los endemoniados y el mal de ojo) acudían cientos, miles de peregrinos cada año.

Alto Rey. La subida en peregrinación a lo alto del Santo Alto Rey, a rezar ante el altar puesto sobre la roca de esta ermita que antaño fue cuidada de canónigos regulares de San Agustín, fue tradicional entre las gentes de la comarca. Hoy todavía se celebra esta romería, y muy numerosa, el primer sábado del mes de septiembre.

La Salceda. Las peregrinaciones se hacían, fundamentalmente, por parte de los habitantes de los pueblos del entorno (Peñalver y Tendilla), aunque desde comienzos del XVII, y a tenor de los privilegios que su guardián, fray Pedro González de Mendoza, consiguió para cuantos visitaran el altar mayor en el que aparecía un trono en forma de sauce para sostener a la Virgen, llegaron aquí hasta reyes, como Felipe III y su mujer Margarita, en 1604.

Tendilla. La tradición de una ermita dedicada a Santa Ana, y las peregrinaciones que desde el fondo de la Edad Media se verificaban a este lugar, llevaron al conde de Tendilla, a fines del siglo XV, a levantar en ese lugar el monasterio de jerónimos dedicado a la Santa. Aquí acudió de incógnito, y vestido de peregrino, el rey Juan II de Aragón, y en su hospital anejo se curaban algunos de los que allí llegaban.

También en Gárgoles de Arriba acudían peregrinos a la ermita de San Blas, donde la tradición decía que había sido martirizado el santo de Capadocia, mediante un certero corte del gaznate, al más puro estilo islamista. De aquello surgió la idea de que la arena del entorno (que habría sido impregnada de su santa sangre) era curativa de los males de garganta. Por cada curación, los fieles regalaban una rosquilla al santo. De ahí que hoy veamos a San Blas de Albalate desfilar por las calles del pueblo con su brazo derecho saludando a la romana y cuajado de rosquillas de tela que los/las fieles le lanzan agradecidos.

Castilla, una historia que regresa

breve historia de castillaEn estos días aparece un libro que va a dar mucho qué hablar (siempre que alguien se lo lea antes, claro está). Es una historia de Castilla, que nace con idea de ser breve y clara, de llegar a todos, y que al final expone circunstancias ancladas en el hoy más cercano, y en la actualidad más rabiosa.

Es la obra mayor de Juan Pablo Mañueco. Un escritor que comparte territorio con nosotros, que vive y anda por Guadalajara, y nada de lo que en ella pasa le es ajeno. Alguna vez he comentado obras suyas, poéticas sobre todo, teatrales, también novelas (de tema histórico, literario, legendario) e incluso hace un par de años apareció por estas páginas con motivo de haber batido uno, o varios, récords, pues en solo el año 2017 llegó a publicar 20 obras diferentes, 20 títulos.

Ahora Mañueco aborda el tema de la historia de Castilla. La nación en que vivimos, la que ha dado vida y engendrado caminos de muchas otras. Y es una obra concienzuda, meticulosa, que añade el valor de ser “breve”, o sea, de ir al grano, sin perderse en lamentos ni en valoraciones.

Porque de lo que se trata es de demostrar, con datos y cifras que Castilla es una sola, (“Castilla entera, y con León comunera” como cantábamos algunos, bastantes, hace unas décadas) y no esta amalgama de regiones, parlamentos, juntas, consejeros y banderolas a las que los intereses de las comunidades periféricas nos han condenado.

Una historia de dos mil años

Quizás sea un poco exagerado, pero Mañueco habla de la Castilla de los iberos, de los celtíberos, de los visigodos y de los bárdulos. De la población aborigen de esta tierra que hoy pisamos, moldeada por la cultura romana, reformada por el ancestralismo europeo, y en fin alzada y argumentada en plena Edad Media como una nación regida de Reyes e Instituciones propias. Con más de mil años de historia documental, de símbolos y de canciones que no hay que inventarse ahora, deprisa y corriendo.

Los castellanos, los que hemos leído (y ahora este libro de Mañueco nos da la posibilidad de releer, o de descubrir lo que ignorábamos) y los que hemos andado sus caminos, mirado sus altos castillos, presenciado sus viejas tradiciones arrieriles, deberíamos conocer mejor nuestra historia. Agudizado el problema desde que la actual Constitución Española de 1978 ha creado un “Estado de las Autonomías”, deprisa y corriendo, sin apenas reflexión y con pocos consensos, para dar su final carta de naturaleza a esa “Triespaña” de la que nos habla Mañueco, y que no es otra que la que formaron, –venían formando ya desde mediados del siglo XIX– las oligarquías y fuerzas económicas de Cataluña, de Madrid y del País Vasco, muy especialmente la población de en torno a la ría de Bilbao.

Castilla durante la transición

Uno de los temas que mejor trata Mañueco en su “Breve Historia de Castilla” es la evolución de nuestra nación desde el franquismo, y especialmente durante la Transición. Superadas esas dos etapas, el resto de lo que fue Castilla, y una vez pisoteada, es lo que hoy vemos, unas “regiones autónomas” de segunda (Castilla-León, Castilla-La Mancha, Cantabria, La Rioja) condenadas al parón económico cuando no a la clara regresión, y en algunas  de sus provincias (Segovia, Soria, Guadalajara, Cuenca…) al sistemático vaciado y aprovechamiento de sus recursos en beneficios de otras regiones inventadas (a ver qué es, si no, Murcia, un apéndice del país valenciano y de la Mancha castellana, que ahora tiene su propio parlamento, consejeros y demás banderas).

Dice Mañueco a este propósito que “Conviene recordar que todo lo que supone y suponía intento de recuperar la identidad castellana, de afirmar su sentido histórico, de pedir unos derechos tradicionales, ha sido mal visto por los gobiernos centralistas y autonomistas desde la instauración de la Democracia”. Yo he sido testigo de los intentos que en esos años, a partir de 1976, se hicieron por recobrar el sentido de la nación castellana, sus instituciones y sus emblemas. Y he visto cómo en Atienza se nos persiguió, por la Guardia Civil, y por órdenes de un Gobernador Civil que obedecía normas de Madrid… En aquellos años (y en estos, aunque ya nadie lo hace) sacar a la calle un pendón castellano se contemplaba como directamente subversivo. Y aún dice nuestro autor: “Las tendencias de rechazo al centralismo ha sido la cuestión corriente desde el inicio de la Transición.  Cinco meses después de la muerte del general Franco, concretamente el domingo 25 de abril de 1976 se convocó la primera concentración de Villalar de los Comuneros, para conmemorar la batalla de Villalar del 23 de abril de 1521 y pedir autonomía para Castilla. La convocatoria fue prohibida por el Gobierno y finalmente fue disuelta por las Fuerzas de Seguridad”.

guadalajara por anton van den wyngaerdet

La castellana ciudad de Guadalajara, dibujada en 1565 por Anton van den Wyngaerdet

Quizás sea de lo más interesante de este libro el relato de la evolución de “lo castellano” durante el siglo XX. Cómo trató este tema la segunda República, como lo trató el Franquismo, y cómo lo ha tratado y lo sigue tratando el estado constitucional surgido del referéndum de 1978, en el que catalanes y vascos aprobaron mayoritariamente una Carta Magna que ahora rechazan. Mañueco expone, con toda suerte de detalles, cifras, datos y argumentos, el castigo que desde la llegada de la democracia ha sufrido la provincia de Guadalajara, que ha sido “desangrada” por el agua, la energía y sus gentes. Vaciada a expensas de otras regiones en crecimiento, (sé de algunas calles de la ciudad de Valencia en las que se concentra más población molinesa que en el propio Señorío de Molina)

De la época de Franco viene a decir que es el momento clave del hundimiento demográfico. Es toda una derrota de Castilla. Porque un país sin gentes… vacío, en declive, deja de existir. Esa es la herencia que del franquismo nos tocó soportar en Castilla, su despoblación sistemática. Había que levantar Cataluña, el País Vasco, había que seguir los dictados del auténtico poder, el de las oligarquías industriales y financieras.

Y después del franquismo, ahora mismo, perder la mirada en problemas creados desde instancias aún más lejanas (somos muchos los que pensamos que el problema catalán está manipulado desde fuera de nuestras fronteras, hay fuerzas internacionales interesadas en debilitar a Europa con estas cuestiones de romanticismo trasnochado). Si no hay Castilla en aras de una España fuerte, tampoco puede haber Cataluña por su cuenta. Y la hay, que el romanticismo de los nacionalismos se extienda a todas las regiones de España… y con ello habremos montado la zarzuela perfecta, en el momento perfecto para que otros nos digan lo que hemos de hacer.

De todos modos, amigos lectores, tranquilidad y buen tino. Y echadle un vistazo al libro de Mañueco, porque hay en él mucha historia cierta, y muchos razonamientos sensatos.

Memoria del pan en Guadalajara

fuentelencina
Siempre de moda, por alimento esencial y de todos bien considerado, el pan tiene sus páginas propias en los abiertos libros del costumbrismo y las tradiciones. Por los pueblos de Guadalajara se sabe de panes, y estos se usan como elementos esenciales en sus fiestas y ritos. Aquí recuerdo algunos.
 

El pan ha sido uno de los elementos claves en el concepto naturaleza a respetar, como esencia de la alimentación, y por tanto de la vida. Connotaciones religiosas se le han añadido, a lo largo de los siglos, y en muy diversas civilizaciones. Todos recordamos aún cómo en casa, cuando se caía un trozo de pan al suelo, se le daba un beso, al recogerlo. En el Nuevo Testamento, quizás uno de los milagros más conocidos de Jesús es la “multiplicación de los panes” y de los peces.

Señor, ¿cómo vamos a alimentar a toda esta multitud que nos sigue, si solo contamos con cinco pedazos de pan y dos pescados? Y Jesucristo alzó la mano, bendijo lo que había y ordenó a sus discípulos que empezaran a repartir…. Se saciaron cinco mil personas que allí había. “Yo soy el Pan de la vida”, dijo en varias ocasiones según relatan los cuatro evangelistas.

blog de cultura en guadalajara

Viene este preámbulo a cuento de una revista que (una sola vez al año, y ya es bastante) aparece los veranos en Labros. Se titula como el pueblo, y la creó Andrés Berlanga, la continuó su mujer Enriqueta Antolín, y ahora la continúa otro labreño de bien, Mariano Marco Yagüe, quien en el número de este año nos deja un sabroso recopilatorio de asuntos panificables bajo el título de “El pan bendito”.

Como médico siempre he creído que somos lo que comemos, y que el truco final de una larga y saneada vida es comer lo adecuado, lo beneficioso, en cantidades razonables, evitando lo dañino, lo tóxico… en todo momento. Y que el pan es uno de esos elementos que son fundamentales, porque lo han sido siempre, manifestándose como esencia de la alimentación humana. De ahí las similitudes religiosas entre el pan que se come, y el alimento del espíritu.

Nos recuerda Marco que en la vida tradicional de nuestros pueblos, y durante siglos, el pan estaba presente en los ritos claves de nuestra existencia: el día del bautismo era una ofrenda que se hacía en la iglesia, y que solía hacer la madre de la criatura cuando, cuarenta días después del parto, acudía por vez primera al templo llevando a su hijo en los brazos.

También en las bodas aldeanas el pan era esencial, especialmente en la jornada de la segunda amonestación, en el que la novia llevaba un pan a la iglesia. En otros sitios, se llevaba también el día de la boda. Los ritos de matrimonio en la religión judaica dan también mucho protagonismo al pan.

Y en el trance final, tras la muerte, en esa misa que se celebraba siete días después del entierro, se llevaba pan, lo mismo que en el “cabo de año” al cumplirse el primer aniversario del fallecimiento: en esa ocasión al pan, generalmente redondo, se le ponía una vela en medio, y prendida esta se entregaba al párroco.

Dice Mariano Marco que en Labros se tenía la costumbre (autóctona, no importada de extrañas latitudes) de poner un pan en medio de la mesa, en torno a la que se reunía la familia la noche de Difuntos, a principios de Noviembre. En el tiempo brumoso de las largas noches, el pan se partía en tantos pedazos como miembros tenía la familia, cada uno alargaba la mano para coger una rebanada, y se lo llevaba a los labios, besándolo. Luego lo tomaban untando cosas en él, dulces, salados, etc…

Y en el inicio de muchas fiestas (las clásicas han sido San Antón, San Antonio, y San Roque, pero ha habido muchas más) la víspera de la celebración se repartía “la caridad” o el reparto de pequeños panes a todos cuantos se acercaban a la puerta del templo. En muchos sitios lo llamaban “la costumbre”, añadiendo al pan un trozo de queso, unos garbanzos asados, algunos cañamones, o con un cazo se repartía la limonada, que no era sino vino del año anterior, y rebajado. Con ello se limpiaba el alma, porque el hecho del reparto y la recogida servía para “ganar las indulgencias del santo”.

En todo ello hay mucho de ritual, de mentalización del pueblo, al que se le hace sumiso, agradecido y dispuesto a colaborar con la iglesia y sus ministros. Pero no cabe duda de que el hecho de entronizar al pan como elemento de cohesión social supone un ancestralismo que radica en el entendimiento subyacente de la importancia de ese alimento, que es trigo simplemente, con su levadura, y que lleva la esencia de la vida, porque con pan, y agua, puede un ser humano resistir mucho tiempo sin morir.

De las muchas fiestas que tienen al pan por protagonista, destacaría un par de ellas en nuestra provincia. Por ejemplo, la sopeta de Luzaga, que es un plato que se elabora popularmente a base de pan, vino y azúcar, y que el Ayuntamiento de la villa repartía entre los vecinos el día de San Roque, mediado agosto. Los vecinos acudían con barreños y jarros llenos de migote de pan, sobre los que los concejales echaban el vino. Más que el alimento, divertía la sazón, los chascarrillos, las buenas andanzas de unos que daban y otros que recibían… De ello habla, y de muchas otras historias relacionadas, María Josefa García Callado en su magnífico libro “Antigua historia del pan (Serranías del Alto Tajuña)”.

La otra gran fiesta del pan (que va unida a los toros, como en tantos lugares de la Alcarria) la viví hace años y sé que siguen haciéndola en Fuentelencina. Es para San Agustín, su patrón, el 27 de agosto, aunque los días de antes y después también se celebran festejos sonados. Lo más curioso es la corrida que por las calles y plaza hacen los mozos de un toro o novillo, al que finalmente sacrifican. Con su carne se hace una caldereta que es repartida en forma de sopa, a la puerta de la iglesia, al vecindario y visitantes. En la antigüedad acudían miles de personas a tomar la caridad de San Agustín de Fuentelencina, pues se creía era milagrosa y protectora contra muchos males, en especial de fiebres periódicas. También ese día se reparten, en el ayuntamiento, unos panes con anisillos, muy característicos. El origen totémico de esta fiesta es claro, pues las virtudes atribuidas a la sopa que resulta de guisar el animal, son derivadas de su potencia generatriz, de su fuerza muscular y mitológica, aunque luego el rito se cristianó con el patronazgo de San Agustín. Este tipo de «fiesta de huesos» o «calderetas» hechas con los restos de los toros y novillos lidiados en las fiestas, son muy frecuentes en los pueblos de la Alcarria, y demuestran un origen común y primitivo, totalmente pagano, quizás ibérico.

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

Grado del Pico, románico en la Sierra de Pela

grado del pico

Viajamos por la Sierra de Pela, desprovista de vegetación pero ahora ocupada por docenas de grandes molinos aerogeneradores. Tras visitar los templos románicos de Albendiego, Campisábalos y Villacadima (tres joyas del románico guadalajareño) nos adentramos en la provincia de Segovia. Bajamos la Sierra, hacia Ayllón, y el primer pueblo que encontramos es Grado del Pico, apenas a media legua de Villacadima. Allí vemos un magnífico ejemplar de arquitectura románica.

Evidentemente, el grado de similitud y parentesco estructural y decorativo con los templos de nuestra provincia es muy notable. En una época en que los cambios de gusto, de costumbres y actividades variaban no de generación en generación, sino de siglo en siglo, el hecho de que los templos construidos en el entorno de la Sierra de Pela, que es el “parteaguas” de la Penísula Ibérica, sean muy parecidos no debe de sorprendernos. Son de la misma época, pleno siglo XIII, y salidos de las mismas manos.

Grado del Pico pertenece, en la provincia de Segovia, al partido de Riaza. Se encuentra a unos 1.200 metros de altitud, y el pueblo se rodea de amables arboledas, en una especie de amplia nave rodeada, al norte, por el Pico de Grado, el más alto de la Sierra Pela, y al sur y este por las lomas que le separan de Campisábalos, Villacadima y el alto valle del río Sorbe.

En 1136 aparece este pueblo citado como Aguisejo. Y ya en 1149, en un documento de Alfonso VII, se le menciona con el nombre de Grado. En una relación de parroquias de la diócesis de Sigüenza, a la que pertenecía en 1353, se dice que estaba adscrita al arciprestazgo de Ayllón, y de la iglesia, desde siempre dedicada a San Pedro, se dice que tenía un curato y dos beneficios.

Se sube una cuesta leve, desde la plaza, para llegar al templo, que remata el pueblo por lo alto, traspasado de todos los vientos. Los viajeros se llevan una gratísima sorpresa al verla, iluminada por el sol caduco del atardecer, que arranca de esta piedra a medias segoviana y soriana, unos tonos de radical rojez. Parece cargada de sangre, viva, sonora.

Es un templo de estilo románico, construido en el siglo XIII, aunque fue posteriormente ampliado en el XVI. Su muro meridional es el que nos atrae porque está abierto y muestra sus arcos y entradas. El muro de poniente, cerrado, es base de la torre, también románica aunque sin adornos, pero con canecillos de proa de barco. El muro norte está radicalmente cerrado, y el de levante muestra una estructura recta en cuyo centro surge un pequeño ábside semicircular que correspondería con la primitiva cabecera.

En la fachada sur se abre la galería porticada, tan propia de los templos románicos, especialmente segovianos. Consta este atrio de una entrada sobre escalones pétreos, escoltada de dos intercolumnios que tienen, cada uno, dos pares de columnas, y que dan lugar a tres arcos en cada lado. Los arcos van trasdosados por una moldura lisa de sección trapezoidal; el arco de la puerta lleva una moldura de la misma sección pero decorada con 24 cabecitas de lobo, o demoníacas, similares a las que muestra la puerta de la iglesia segoviana de Pecharromán. Los ábacos de los capìteles se recorren de una imposta de entrelazos, muy elegante y bien hecha. Hay similitudes entre Grado del Pico y los templos guadalajareños del norte provincial (Campisábalos, Villacadima, Albendiego, y supongo que Galve, cuando en este pueblo la iglesia era románica, y debía ser de las buenas) pero también guarda fuertes similitudes con los cercanos enclaves segovianos de San Miguel de Fuentidueña, Cozuelos y Pecharromán.

Iconografia romanica de Guadalajara

Esta iglesia, que es capital en el románico castellano, ha sido muy superficialmente estudiada. El investigador Cabello Dodero la mencionó en 1928, y el profesor Isidro Bango Torviso, a mediados del siglo XX, publicó “El maestro de Grado del Pico: un maestro románico aragonés en Castilla”, en las actas de un Congreso de Granada.

La galería de Grado está cegada, desde hace mucho tiempo. Por ello, los capiteles solo nos son accesibles fragmentariamente: siguen sus temas tallados bajo capas de mampuesto y cementos viejos. Sería una gran tarea, y plausible, que alguien decidiera abrir esa galería con medios técnicos suficientes como para rescatar completos los capiteles. Quizás tendríamos otra nueva lectura del conjunto. Pero hemos de conformarnos con lo que vemos.

Y esto es una sucesión, de poniente a levante, de diez capiteles. Que a continuación los enumero y comento:

  1. El primero por occidente es un capitel de simple decoración geométrica, con un rayado vertical, de hondos surcos, muy nítidos y contrastados, ondulándose en la parte superior, aludiendo a su origen vegetal.
  2. Le sigue un capitel con presencia vegetal: racimos de uvas entre pámpanos y sarmientos. Es la Naturaleza en auge, aunque tiene un claro mensaje evangélico.
  3. Interesante representación zoomórfica con figuras del bestiario medieval: de un rostro demoniaco central, salen serpientes y tallos que abrazan las colas de sendas arpías que se representan en los lados. Geometría y vibración transmite el capitel claramente temeroso.
  4. Grandes hojas de verdura muy rayadas y rematadas en valientes volutas superiores.
  5. En la puerta de entrada, dos capiteles escoltan el acceso. Sin duda, los mejores de la iglesia. El primero, occidental, es una representación de la Epifanía. En ella aparece la adoración de los Reyes Magos a Jesús infante, proponiéndonos una “proskynesis” o “beso del pie del Niño”. Las figras, aunque burdas, dan sensación de serenidad, de mucho detalle. Un gran capitel que recuerda el mismo tema, muy habitual en el románico de las Cinco Villas Aragonesa, y que a su vez se inspira en el Liber de Infantia Salvatoris. Tal influencia, probablemente, haya que explicarla mediante la conexión entre Soria y Aragón y el papel transmisor de Silos y la catedral de Burgo de Osma.
  6. El capitel oriental de la puerta de acceso es el mejor tallado y el más espectacular de todos: una pareja de grifos se enfrentan entre sí, guardando caminos. Despliegan sus atributos clásicos, garras y cabeza de águila, cuerpo de león, y enormes alas delicadamente dibujadas.
  7. El primer capitel del intercolumnio oriental es de un esquematismo sorprendente, representa hojas grandes muy rayadas, con leves volutas superiores.
  8. El siguiente muestra también un tallo fino rematado en fruta, y del que salen dos hojas delicadamente talladas a ambos lados. La exhibición de la Naturaleza espléndida.
  9. Con tres figuras enigmáticas, este capitel guarda su secreto porque aún permanecen otras figuras que le completan bajo el tapial viejo. De izquierda a derecha aparecen: a) un ser monstruoso con el cuerpo cubierto de burdas escamas; b) una joven que exhibe en su mano izquierda una planta que podría ser una flor de lis, o un crótalo festivo: c) un individuo noble bien trajeada con una flor o fruto en su mano derecho, y la cabeza atravesada por una flecha o puñal, quizás un santo de devoción local.
  10. Perfecto conjunto de líneas y bolas, en una amalgama geométrica que nos recuerda otras cosas orientales, quizás modelos tomados por los mudéjares de la zona y que en Villacadima y Albendiego se han explayado más ampliamente.
  11. Otro capitel que no he podido ver ni fotografiar, y que sólo se contemplar desde el interior del templo, muestra temas antropomórficos en los que aparecen soldados y tres ángeles con un sepulcro en que reposa un cadáver. Muy probablemente esta representación quiera expresar el momento evangélico de la muerte y entierro de Cristo antes de su Resurrección.

despoblados de la provincia de guadalajara

En el conjunto de los capiteles de Grado del Pico, que es el elemento expresivo de una arquitectura medieval mesurada y muy bien trabajada, lo que destaca es el equilibrio de temas, la medida puesta en escena de lo vegetal, lo mitológico y lo eclesial, en un diálogo sosegado y que sería adecuadamente usado por los ministros de la Iglesia que en ese siglo XIII, y durante dos o tres siglos más, aleccionarían a los fieles, todos analfabetos, sobre los valores cristianos, la esperanza en la Otra Vida, y la necesidad de una vida recta y virtuosa.

Sin más que animar a mis lectores a que vayan a admirar esta iglesia románica que está “pegando con la pared de nuestra provincia” en Segovia, decir que su estilo está en consonancia con el grupo de tallistas de la Sierra de Pela que dejaron hermosos conjuntos en Guadalajara (Albendiego, Hijes, Villacadima, Campisábalos, Galve…) y en Soria (Tiermes, Caracena, etc.) En cualquier caso, una oportunidad de mirar lo que los siglos pasados nos han dejado, y celebrar la suerte de que hayan podido llegar a nuestros días, y hayamos tenido la oportunidad de admirarlos.