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El convento de San Antonio de Mondéjar

01_Mondejar_Convento_De_San_Francisco_Hastial_de_la_FachadaEste año se conmemora (o debería conmemorarse, aquí en Guadalajara donde nació) el quinto centenario de la muerte de un gran humanista, un hombre del pleno Renacimiento como fue don Iñigo López de Mendoza, el segundo de los condes de Tendilla, el primero de los marqueses de Mondéjar, el gran militar, diplomático e incluso músico. En Tendilla, de donde fue señor, sabemos que están preparando algo importante para esta celebración.

Es en Mondéjar, en la Alcarria baja, donde queda vivo, casi por milagro, un edificio que patrocinó el conde tendillano, y que tuvo el cometido de ser pionera estampa del nuevo arte renacentista en Castilla. Seguro que mis lectores han ido alguna vez por Mondéjar, y, preguntando, han podido llegar hasta las ruinas del que fuera convento franciscano de San Antonio, que se alzó a finales del siglo XV en la periferia, más allá de las murallas entonces existentes, de la villa alcarreña. Hoy vamos a ocuparnos de ese edificio, de lo que queda de él, y animar a quienes esto lean a que viajen a Mondéjar y admiren sus restos.

Surge y crece

Aunque reducido a mínimas ruinas, este simbólico edificio fue declarado Monumento Nacional en 1921, lo cual confirma su importancia en el contexto del arte renacentista español. Lo que hoy vemos son los restos (fachada y muros del templo) de la iglesia del convento franciscano de San Antonio, que fue fundado en 1489 por don Iñigo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla, quien en su viaje por Italia tres años antes había conseguido del Papa la Bula que autorizaba su fundación. Su idea en principio fue hacer algo pequeño, que pudiera servir de mausoleo familiar, a imitación de algunas capillas de uso privado asistidas por frailes, al estilo de la Toscana, y de ese modo en alguna carta llegó a referirse a su fundación como un “hermitoruelo”.

La construcción de este monasterio franciscano se desarrolló entre 1489, año de su fundación, y 1509, en que el Conde de Tendilla, al hacer un nuevo testamento, afirma tener ya totalmente terminada su fundación franciscana de Mondéjar. Esta familia, a lo largo de los siglos, permanentemente se ocupó de proteger con limosnas y atenciones a la comunidad de frailes menores, y en muchos documentos y testamentos de los sucesivos marqueses aparecen referencias al convento de San Antonio Extramuros de la villa de Mondéjar, pidiéndoles misas y donando joyas, cantidades en metálico e incluso tierras.

También los acaudalados vecinos de Mondéjar, a lo largo de los siglos, fueron haciendo sustanciosas donaciones a la comunidad francisca. Así, vemos cómo los potentados López Soldado, a lo largo del siglo XVIII, entregan bienes y posesiones, en forma de memorias pías, al convento de San Antonio. Don Juan Bautista Celada hizo en ese mismo siglo una fundación de capellanía muy generosa, en la que dejaba todos sus bienes al cuidado de los franciscanos. Antes, en 1639, el Comisario del Santo Oficio en Mondéjar, don Marcos Alonso Sánchez, había dejado también sus bienes a beneficio del convento. Durante los siglos XVII y XVIII se puso de moda en toda la comarca enterrarse en el templo de los franciscanos de Mondéjar, que había sido construido con la idea de servir de panteón familiar a los marqueses, pero que luego por circunstancias varias solamente acogió a muy pocos de ellos. Esa costumbre hizo aún aumentar los bienes de la comunidad, que se extendían a numerosas huertas, campos de labor, censos y juros de heredad.

Decae y muere

Desde la guerra de la Independencia, todo fueron desgracias para la comunidad y su edificio: la Desamortización lo vació, se aprovechó la piedra, la madera y las tejas. Todo se desmontó y de tan arruinado que estaba en 1916 se utilizaron sus piedras para construir con ellas la nueva Plaza de Toros de la Villa. Ante la posibilidad de perderse lo poco que quedaba de tan bello e importante edificio, en 1921 el gobierno de Alfonso XIII declaró sus ruinas como Monumento Histórico Artístico, lo cual no le ha supuesto otra ventaja que el evitar su derrumbe total, pues todavía hoy deja mucho que desear el estado en que se encuentran estas ruinas del convento de San Antonio, que deberían ser cuidadas y adecentadas con mimo, pues sin exageración puede calificarse a este templo como la primera construcción renacentista existente en España. En ello está ya su Ayuntamiento.

Datos de crónicas

Todo era pequeño en este enclave. De ello tenemos referencia en la carta que el 10 de noviembre de 1509 dirigía el fundador don Iñigo al Cardenal Cisneros, en la que le decía que mi monasterio es bonito, bien labrado e ordenado, pero tan poquita cosa que no paresce syno que se hizo para modelo (como dicen en Italia) de otro mayor, para el lugar basta como la mar para el agua. En las intenciones del segundo conde de Tendilla no estaba prevista la existencia de más de 10 ó 12 frailes para habitarle, y en las Relaciones Topográficas del siglo XVI se decía que este cenobio contaba con el edificio de la Yglesia… con su huerto y lo demás necesario. Ello era un claustro mínimo, ciertos espacios para la vida comunitaria, las celdas de los frailes, y la iglesia con su sacristía. Y nada más.

Genio y figura de un templo nuevo

La iglesia del convento de San Antonio de Mondéjar era una verdadera joya del primitivo grupo de edificaciones protorrenacentistas, con las cuales se introdujo en España el nuevo estilo nacido en Italia un siglo antes. Orientada clásicamente, con el ábside a levante y la portada principal sobre el hastial de poniente, era de una sola nave, planta rectangular, y bóvedas de crucería completadas con terceletes, mas un coro elevado en la zona de los pies del templo. Incluido este templo en la tipología de lo que todavía puede calificarse como “arquitectura isabelina”, la nave única, de reducidas proporciones, con capilla en el testero y coro a los pies, mas ventanales gotizantes en los muros, con capiteles de bolas, y la decoración centrada exclusivamente en la portada, dejando asomar leves detalles novedosos en capiteles y molduras, en ventanales y escudos nobiliarios, componen un conjunto propio del final del siglo XV.

En el centro de la nave del templo existía, cubierta por el enlosado de su pavimento, una gran cripta que diseñó el arquitecto Adonza por encargo del marqués de Mondéjar, mediado el siglo XVI, y que tenía por objeto constituir un ámbito sagrado donde poder enterrarse, en pequeño panteón familiar, los titulares del marquesado alcarreño. Tras las fugaces tareas de restauración realizadas en 1979 en este convento, se encontró y limpió esta gran cripta, formada de bóveda y muros de ladrillo, de la que hoy sólo queda el hueco, que llama la atención por lo grandioso, ocupando buena parte de la planta del templo.

Los dos elementos que hoy fundamentalmente podemos admirar son la portada y el hastial de la cabecera. En ellos quedan las piedras talladas que componen los elementos que, lógicamente, tenían mayor relieve en el concepto general del templo. La portada tiene, en esquema, una estructura sucinta de bocina con arco de medio punto. Ese arco se adorna con múltiples detalles que llegan a recubrirle de “plateresca” ornamentación protorrenacentista, en un estilo netamente toscano, con grandes similitudes respecto a las portadas del Colegio de la Santa Cruz de Valladolid y del palacio de los duques de Medinaceli en Cogolludo, obras que como hoy se sabe fueron diseñadas por el arquitecto Lorenzo Vázquez de Segovia.

La portada se forma por un gran arco semicircular con varias arquivoltas cuajadas de fina decoración de rosetas, hojas, bolas, etc., apoyadas en casi desaparecidas jambas con similar ornamento. En las enjutas del arco, y acompañados de plegada cinta, aparecen los escudos del matrimonio fundador, don Iñigo López de Mendoza y doña Francisca Pacheco. Todo ello se escolta por dos semicilíndricos pilastrones cubiertos de talla vegetal y rematados en compuestos capiteles.

El entablamento de este arco es riquísimo, ocupado por un friso con delfines, que aparecen atados en parejas por sus colas, y cabezas de alados querubines, añadidos de series de bolas y dentellones. Encima va un amplio arco, de tipo escarzano, que forma un tímpano, con candeleros a sus lados y por frontispicio se ve una especie de gablete con molduraje de cornisa. Dicho arco está ocupado por una pequeña imagen de la Virgen con el Niño en brazos, sedente, sobre gran medallón circular de fondo avenerado, al que ciñen cornucopias con estrías y cintas plegadas. El fondo del gablete se llena de robusto follaje que orla el arco del tímpano. Se trata de una especie de cardo espinoso, muy revuelto y con una gran palmeta en medio, cargada de grano, quizás una mazorca de maíz, similar en todo a las que circuyen el arco de la puerta en el palacio ducal de Cogolludo.

Esta portada, cuyos elementos son plenamente italianos, es una de las primeras aportaciones del estilo renacentista en España. En todos sus detalles puede leerse la novedad venida de la Toscana. Es más, su simbolismo parece claramente referido a la devoción que los Mendoza, y concretamente el primer marqués de Mondéjar, tienen hacia la Virgen María, a la que colocan sobre un fondo de venera en el que clásicamente se sitúa a Afrodita naciendo del mar, junto a los cuernos o cornucopias de la abundancia, rodeado todo de cintas que simbolizan el triunfo, dando en conjunto el mensaje de una victoria emparejada de la Madre de Dios y de los Mendoza sobre el entorno.

El otro resto conventual que hoy podemos admirar, es el muro del testero, en el que se ven como los apeos superiores se constituyen por pilastras finísimas, recuadradas con molduras, y corrido encima va un entablamento muy pobre y sin talla; los capiteles llevan estrías, volutas acogolladas y una flor en medio. Los tímpanos de dicho testero, de arcos muy apuntados, aparecen ocupados por grandes escudos dentro de láureas: el central muestra la cruz de Jerusalen, quizás en recuerdo del título cardenalicio del tío del comitente, el Cardenal don Pedro González de Mendoza, vivo aún cuando este templo se construía, y a los lados, las armas del fundador, don Iñigo López, que son las de Mendoza sobre una estrella y con la leyenda BVENA GVIA adoptada por los Mondéjar, más las de su mujer doña Francisca Pacheco.

Lo que –como colofón- es evidente, es el abandono en que ha estado, desde hace un siglo, este monumento capital, esta joya del Renacimiento. Al fin, desde hace un año, ha venido a las manos y propiedad del Ayuntamiento de Mondéjar. Ello ha supuesto el inicio de unas tareas de limpieza y consolidación, que presagian algo bueno, como será su conservación cuidadosa, y su puesta en valor en el contexto del patrimonio monumental alcarreño.

Concha, en el camino real

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Una casa singular en Concha, un pueblo del Señorío de Molina que guarda notables ejemplos de arquitectura popular.

Al borde del antiguo «camino real» que desde Madrid conducía a Zaragoza, y resguardado del viento norte por un leve recuesto en el cual asienta, Concha tuvo en lo antiguo, como tantos otros lugares del Señorío molinés, inmensos caudales ganaderos.

Ahora, casi vacío, al viajero le impresiona la grandiosidad de sus edificios, de su templo parroquial, de su casa del mayorazgo, de sus fuentes y corralizas… 

La grande y ancha plaza mayor asienta en lo bajo. Grandes edificios populares encuadrados fielmente en el modo de construir de la comarca. De siglos anteriores, se ven restos de casonas nobles, reformados portalones adovelados, alguna fachada de ventanas con dinteles tallados. En otra plaza, una gran fuente de principios de este siglo. Ya en el borde del antiguo camino real la casa que llaman «del mayorazgo», levantada en el siglo XVII por la familia López Mayoral, gentes dedicadas al cultivo ganadero, y con algunos miembros destacados en el campo cultural; en ella vivió don Gregorio López de la Torre y Malo (1700‑1769). En su casa –ahora cerrada- se conserva todavía la antañona estructura primitiva: ancho portal con soberbio empedrado de dibujos geométricos. Gran escalera de tramos cortos: cocina típica, y, en la cara meridional, donde estuvieron las cuadras, puerta tallada en sillar montada de balcón con fecha del siglo XIX, y en el interior restos de pinturas en una saleta de recibimiento. Algunas curiosas rejas en los escasos vanos, y un huerto al fondo.

Cruzando el arroyo por sencillos puentes, se llega a la aislada iglesia parroquial, obra del siglo XVII. Dedicada a San Juan. La puerta de ingreso es de arco semicircular, de gran dovelaje, majestuosa. En ella se lee: «Iglesia de Asilo». El interior consta de una sola nave, con bóvedas de crucerías sobre el presbiterio poligonal. Columnas adosadas en los muros, rematadas en capiteles estilo renacimiento, corriendo entre ellos un friso estilo griego. En el interior se admiran varios retablos interesantes, barrocos. El mayor, totalmente dorado, sostiene una talla de San Juan, y otras de Santo Domingo y San Francisco. Es obra del artista molinés Miguel Herber, quien lo levantó en el siglo XVIII. En otro, más pequeño, buenas tallas de San Antonio y San Esteban.

Otro retablo presenta una primitiva talla de San Juan, obra del siglo XVI, que proviene de una ermita de los alrededores. El más interesante retablo es el de la Virgen del Pilar, en el que hoy se venera una pequeña talla de San Antón. Se remata con talla en bajorrelieve de Jesús Niño entre San José y la Virgen. En la predela, aparece una talla alargada en la que de modo rudimentario y muy popular, aparece la Virgen María sobre un pilar, teniendo a su izquierda dos mujeres arrodilladas y a su derecha tres hombres en la misma postura, el último de ellos de aspecto infantil. A lo largo de un pequeño friso de esta predela se lee lo siguiente: «Este retablo hizo a su costa y debozión el L. D. Gregorio López de la Torre y Dª Francisca Martínez Año de 1737». Las figuras talladas representan indudablemente a los donantes, y el más joven de los varones es su hijo Joaquín, que heredó el mayorazgo.

Todo el término de Concha es poco accidentado y dedicado a la agricultura y bosques. Existen canteras de jaspe encarnado y amarillo. En su término se encuentran los restos del antiguo pueblo de Chilluentes, que aún estaba habitado en el siglo XVII. Quedan restos de edificios, fragmentos de una torre vigía y ruinas de la que fue su iglesia, muy probablemente de estilo románico, dedicada a San Vicente Mártir.

 

Don Gregorio López de la Torre y Malo

 

En Concha reverbera la memoria de un personaje muy especial del siglo XVIII. Que allí vivió, allí escribió, y allí recibió, -en su casona- a muchos grandes personajes de la historia.

Gregorio López de la Torre Malo (1699 – 1771) nació en la localidad de Mazarete, hoy provincia de Guadalajara, en el extremo oriental del señorío del Ducado de Medinaceli, frontera casi con el Señorío de Molina. Murió en Concha, en la sesma del Campo del Señorío de Molina. Pasó su vida entre esos dos pueblos, especialmente en el último, donde tenía la gran mansión que se denominaba la “Casa del Mayorazgo”, levantada en la orilla del que fue muchos años Camino Real de Madrid a Zaragoza. Vivió además en Madrid, donde ejerció su profesión de abogado, así como en Molina de Aragón, donde tenía también casa.

Era su familia de hidalga prosapia. Pertenecían a los López Mayoral, de Mazarete, ricos ganaderos durante los siglos XVI al XVIII, con casa raiz de enormes proporciones y talladas portadas, con escudos y símbolos ganaderos. De su casa natal, entera hasta hace unos años, y ahora derribada, se han conservado algunos fragmentos de fachada y ventanales.

Tuvo también ancestros en Tortuera, de donde eran los López notables terratenientes y ganaderos, con muchos de sus miembros en cargos de importancia de la administración borbónica, y eclesiástica, tras haber pasado por las aulas de Alcalá, y Salamanca.

Estudió en Alcalá y se hizo licenciado en ambos derechos. Abogado de los Reales Consejos y casado con Dª. Francisca Martínez Malo y Cubillas, natural de Concha, en este lugar vivió durante muchos años, dedicado a la lectura, a la escritura y a la administración de sus bienes. A su cuñada y Abadesa del monasterio cisterciense de la Buenafuente del Sistal, en el Señorío de Molina, le dedicó una de sus más interesantes obras: “Carta Histórica a Doña Librada Martínez Malo, priora del Monasterio de Buenafuente”. Su obra más notable, publicada en 1746, es la “Chorográfica descripción del muy noble, leal, fidelísimo y valerosísimo Señorío de Molina”. Esta obra ha sido recientemente reeditada por Aache, y pone en manos de los actuales lectores las búsquedas y hallazgos de don Gregorio.

Dice de él Julian González Reinoso en su obra inédita “Libros de las Genealogías del Señorío de Molina”, en su capítulo 21 dedicado a los “de la Torre” que entre otros individuos de esta familia destacó “Don Gregorio López de la Torre Malo, natural de Mazarete y vecino de Concha, Abogado de los Reales Consejos, escribió una Historia breve de Molina y su Señorío, año 1740, que corre impresa, y asimismo editó el Índice de todos los documentos del Archivo del Ayuntamiento de Molina”.

De cuando vivía en Concha, don Gregorio tuvo la costumbre de anotar en un cuaderno los personajes (famosos para su época) que transitaban por el Camino Real que pasaba junto a su casa. En ese documento, se puede comprobar, con asombro, la cantidad de gente que pasaba entonces, mediado el siglo XVIII, por este Camino Real que comunicaba Madrid con Zaragoza, y nos permite imaginar la amabilidad con que nuestro escritor recibía a todo tipo de caminantes, peregrinos, infantes de España y ministros de su gobierno… todos tenían que andar, en carrozas o a pie, sobre mulas o en tartanas desvencijadas, por aquellas sendas polvorientas de la sesma del Campo. Entre otros muchos, saludó allí al Conde de Aranda, quien paró un rato a charlar con don Gregorio, a las sombra de las acacias.

 

Arquitectura popular en Concha

 

No hace mucho que el catedrático (ya jubilado) del Instituto “Buero Vallejo” de Guadalajara, Teodoro Alonso Concha, publicó un libro que todos cuantos le han leído han calificado de capital para el conocimiento del Señorío de Molina. Titúlase el tal libro “Arquitectura popular de Tierra Molina” y es obra conjunta de historiadores, arquitectos, y molineses, ensamblados todos sus saberes por el del caminante y observador, Alonso Concha.

De todo cuanto en ese libro se expone, y que está referido a la arquitectura popular en el Señorío de Molina, con datos generales, y particulares de todos y cada uno de los pueblos de la comarca, lo referido a Concha no tiene desperdicio, y aquí lo resumo. Lo primero que nos dice es que hoy Concha es uno de los casos más agudos del despoblamiento molinés. Toda la comarca está en colapso, ya lo sabemos, ante la incapacidad operativa de nuestros políticos, que al parecer han decidido que aquello no tiene remedio, o ellos no lo conocen. El caso es que Concha, como muchos otros pueblos del entorno, está prácticamente vacío. Quedan en pie sus grandes y añejos edificios. Y quedarán así mientras los descendientes de quienes los levantaron sigan ocupándose, a temporadas, de ellos. El día en que se olviden, todo vendrá al suelo.

Una de las cosas que más llama la atención en Concha es la abundancia de inscripciones sobre las piedras de las casas, en los dinteles, jambas y remates. Hay frases, dibujos, caras, rosetas y jaculatorias. Una está en un caserón en medio del pueblo, que nos dice así: Alabado sea elSantísimo Sacramento del Altar.MDCXXX-VI. Otra en la parte baja lleva inscrita la fecha de 1657 con un adorno final, y aún hay otro edificio mayúsculo, del siglo XVIII, que en una ventana sobre el portalón de arco rebajado muestra esta frase: “Esta casa se hizo a costa de los vecinos de Concha siendo regidores Juan…Joseph Martínez…1766”. Le añade un símbolo de “victor”, que es propio de quienes habían estudiado y alcanzado grado en la Universidad. Es curioso que siendo un edificio construido con los bienes de propios del Ayuntamiento, y por lo tanto propiedad del pueblo, figure el símbolo personal de un licenciado.

En el siglo XIX se siguieron levantando casas nuevas, todas de una recie arquitectura. Aunque portadilla de un almacén pequeño, es muy destacable la portada que muestra la cabeza de un paisano tallada en lo alto, y que vemos junto a estas líneas. Hay otras que llevan inscrito sobre la piedra el símbolo de la “flor de la vida”, un conjunto de rosetas trazadas al compás que los antiguos decían servir para evitar la llegada de brujas y malos espíritus a la casa que la ponía en su fachada. Hay una casona que muestra una torreta de planta circular adosada a un esquina. Y la gran “Casa del Mayorazgo”, al principio descrita. Todo en Concha es majestuoso, señorial y duradero. Como un poblado de antiguas civilizaciones que sobrevivió al abandono y el silencio…

De la arquitectura religiosa y aparte del templom parroquial que antes he descrito, quedan tres ermitas en los caminos de salida del pueblo: dos son pequeñas, dedicadas a San Roque y a la Virgen de la Soledad, y otra está en medio de las eras, y es grande, con un estupendo campanario, dedicada a San Juan.

Como en todos los pueblos molineses, tiene Concha algunos buenos ejemplares de pairones en los bordes y cruces de sus caminos: uno es el de Carranchuela, en el camino que va a Anchuela del Campo, y otro es el pairçon de Carrachilluentes, que está en la orilla de la senda que al despoblado del que antes he hablado.

Nos cuenta Alonso Concha lo que queda del conjunto de edificios públicos y comunales: Ayuntamiento, escuelas y carnicería. Fue luego “Hogar del Productor” y más recientemente “Consultorio Médico”. Al final, se ha levantado un nuevo edificio destinado a “Centro Social” que se ha hecho, desde un despacho de Toledo, con una estructura de tejadillos, tejas grises, revoco en blanco y ajeno en todo a la arquitectura tradicional de Concha. Es el lugar, al fin, que más se usa cuando en verano acuden al pueblo los hijos de quienes lo poblaron el siglo pasado. Una gran fuente con fecha de 1928 alegra el entorno, y el viejo lavadero restaurado con acierto, muestra su techumbre de madera.

El estudioso Alonso valora al final cuanto en torno a la arquitectura popular se ha hecho en este pueblo (vale su valoración para los demás pueblos de Tierra Molina) y se asombra de cómo se ha podido llegar a tal desmadre: revocos de cemento, terrazas de ladrillo, fachadas forradas de baldosines tipo sanitario… incluso una casa la han restaurado decorando los vanos de puerta y ventanas con conchas marinas… evocación del mar, quizás, o alusión al nomnbre del pueblo…?

 

 

Los libros que nos hablan de Concha

 

Solamente acabar recordando esos dos libros de reciente aparición en los que se nos habla de Concha, en detalle y con sabiduría. Uno es el que firma como coordinador y principal autor Teodoro Alonso Concha, “Arquitectura Popular de Tierra Molina”, en cuyas páginas 207-210 se revela con muchas fotos, datos y valoraciones lo relativo a la arquitectura de Concha. Y otro la “Chorográfica Descripción del Muy Noble, Leal, Fidelísimo y Valerosísimo Señorío de Molina” de Gregorio López de la Torre y Malo, con un estudio previo mío, y la reproducción completa de esta antigua Historia del Señorío, con descripción detallada de todos y cada uno de los pueblos que lo componen.

Las cruces parroquiales, un patrimonio escondido

CrucesEl año pasado se celebró en Sigüenza una exposición (asentada en el patio de su Museo Diocesano de Arte Antiguo) que nos mostró juntas, estudiadas, perfectamente expuestas, todas las cruces parroquiales de pueblos de la provincia que hoy se guardan en ese museo diocesano. Hay elementos interesantes, y muy bien conservados. Están representados todos los estilos, desde el románico al barroco y neoclásico, y fueron muy bien estudiadas por don Miguel Angel Ortega Canales, director del Museo Diocesano de Arte Antiguo, de Sigüenza.

en el Catálogo que de esta exposición se hizo, que además lo comenté en mi colaboración de NUEVA ALCARRIA de 12 de septiembre de 2014. Pero… lo que allí había no era, ni con mucho, lo mejor.

Lo mejor de la orfebrería alcarreña y provincial se mantiene hoy guardada en sacristías, en casas particulares, en hondos baúles al resguardo de los ladrones… y de las miradas admirativas de quienes buscamos el arte por su limpio perfil, por su expresión de humana grandeza, por su belleza sin más.

Cuando hace ahora 10 años, escribí la obra “El Renacimiento en Guadalajara” que tan amablemente me editó este periódico a través de su división editorial, NUEVA ALCARRIA, como suplementos coleccionables semanales, dediqué uno de los últimos capítulos a esa “herencia recibida” que es el arte en sus mil formas. Y una de ellas era la orfebrería renacentista.

A lo largo de los siglos, el arte de la orfebrería ha ido dejando en las tierras de la provincia de Guadalajara un gran número de piezas que llegaron a constituir un conjunto valiosísimo, dado que por su situación en el centro de la Península Ibérica, y su proximidad a Madrid, encauzó hacia ella diversas corrientes y habilidades de artesanos y artistas de todo el territorio nacional. Raro será el pueblo, en los siglos XV, XVI y XVII, que no poseyera al menos su gran cruz parroquial, algunos cálices, una custodia y otras piezas menores que, de haberse conservado, hubieran proporcionado hoy un riquísimo acervo de materiales para el estudio de esta parcela del arte. Unas piezas fueron fundidas para fabricar otras nuevas. Otras fueron robadas; aquéllas, vendidas; las más, perdidas y destrozadas sin beneficio para nadie.

Por mencionar las más espectaculares piezas que el arte de los plateros renacentistas nos han dejado, desde sus centros orfebres de Sigüenza, Guadalajara y Pastrana, debemos recordar en primer lugar la cruz procesional de Alustante, ejecutada en plata sobredorada, obra muy estimable de la orfebrería del siglo XVI, perfectamente conservada. En el anverso figura al centro la imagen de Cristo crucificado. Arriba, una Verónica; a la derecha, una mujer orante; a la izquierda, una mujer con un libro; abajo, la Magdalena, de rodillas. Son representaciones de las santas mujeres que acompañaron a Cristo. En el reverso aparece, al centro, imagen de la Virgen con Niño en brazos, hermosísima pieza. Arriba, San Juan; a la derecha, San Lucas; a la izquierda, San Marcos, y abajo, San Mateo, cada uno con su correspondiente atributo. El resto de la Cruz se cubre con grutescos y algunos medallones más, cuatro en cada lado, con pequeñas caras de mujeres, así como angelillos, trofeos, armas, bichas y roleos vegetales. Su estilo es plenamente plateresco, siendo obra fechada, en cartela bajo el Cristo, en 1565. El punzón de la cruz es de Covarrubias. La marca es de Sigüenza. Su autor, evidentemente, fue Martín de Covarrubias, platero de Sigüenza.

En Mondéjar, la cruz parroquial es obra extraordinaria, en plata sobredorada, de mitad del siglo XVI, con gran riqueza de ornamentación plateresca, abundantes grutescos, plenos de fuerza e imaginación, sobre la superficie de los brazos. En buen estado de conservación, aunque le faltan algunas imágenes de los extremos. En el anverso hay un magnífico Cristo crucificado. En los medallones: arriba, San Francisco; derecha, la Magdalena; izquierda, un santo; abajo, San Jerónimo. En el reverso, al centro, magnífica placa cuadrada, con el Descendimiento de la Cruz. En los medallones sólo vemos el de la izquierda, representando a Santiago. En la macolla, y distribuidos a lo largo de sus dos pisos, aparecen los doce apóstoles. Mide 1,08 metros de altura y 52 cm. de envergadura. Aunque no se ve en ella punzón ni marca, es obra segura del platero toledano Juan Francisco, por semejanza con otras obras documentadas de este autor.

De su mismo estilo (aunque ni mucho menos de la misma mano, del mismo taller) es la cruz procesional de Trillo, que pude admirar el mes pasado gracias a la amabilidad de su actual párroco, don Santiago, quien se encargó no hace muchos años de llevarla a un taller de Madrid para su limpieza y restauración. Ya la estudié en su día, en mi análisis inicial de la orfebrería guadalajareña (en el nº 4 de la Revista Wad-Al-Hayara, año 1977) diciendo de ella ser “Cruz procesional, de plata sobredorada, obra de fines del siglo XVII. Regularmente conservada. Al centro del anverso, Cristo crucificado. Al centro del reverso, la Asunción de la Virgen. En los extremos, evangelistas y santos padres, obras de molde, de poco mérito. No aparece marca ni punzón. De autor desconocido”. Ahora limpia, sin duda es una pieza de arte que impresiona. Ojalá dure mucho tiempo tal como está ahora.

En La Puerta, la cruz procesional es de plata repujada y sobredorada, compuesta por el orfebre conquense Francisco Becerrill a mediados del siglo XVI; muy bien conservada, muestra enorme riqueza de imágenes y decoración profusa de roleos, grutescos, trofeos y cartelas. Tiene 97 cm. de altura y 47 cm. de anchura. En el centro del anverso, hay una impresionante talla de Cristo crucificado. En los extremos, arriba, el pelicano simbólico alimentando a sus crías, y santas mujeres. En el reverso, al centro, gran medallón con el arcángel San Gabriel, acuchillando al demonio, y en los extremos, los cuatro evangelistas en magníficos escorzos de gran originalidad. En la macolla, de dos pisos, aparecen los doce apóstoles cobijados bajo doseles sostenidos por columnas y cariátides, todo ello rodeado de profusa decoración de grutescos.

Otra admirable pieza de la orfebrería renacentista en la Alcarria es la cruz procesional de Valfermoso de Tajuña, toda ella en plata repujada y con detalles a cincel. Obra de principios del siglo XVI, aunque con estructura todavía gótica (silueta y macolla), los detalles ornamentales son ya platerescos. Es en todo similar a la de Ciruelas. En el anverso aparece, al centro, Cristo crucificado, en chapa de plata. En los extremos de la cruz aparecen: escenas de la Pasión de Cristo y figuras de los Apóstoles. En el reverso, presidido por una imagen de la Virgen en chapa de plata, aparecen más escenas de la Pasión y santos. Podría ser de la autoría de Martín Osca, platero seguntino, como la de Ciruelas.

Obra de Pascual de la Cruz es la de Casas de San Galindo, hecha en el siglo XVI en su segunda mitad. Cada brazo de la cruz tiene dos abultamientos. En el más externo aparece grabado un angelillo, y en los internos aparecen las imágenes de los evangelistas y los santos padres, con actitudes muy parecidas a los de otras cruces de la comarca. Su estilo es muy similar, en estructura y ornamentación, a la cruz parroquial de La Toba, obra del seguntino Martín de Covarrubias.

Terminaba mi repaso a la orfebrería provincial citando lo que hay en el Museo Diocesano de Sigüenza, y de que he hablado al principio de estas lineas: además de cuatro cruces románicas de metal y una de madera con restos metálicos, hay una cruz renacentista de plata sobredorada, otra cruz procesional de comienzos del siglo XVI, procedente de El Cardoso de la Sierra, obra de Diego Valles, platero segoviano, otra cruz renacentista, muy delgada, otra de Pascual de la Cruz, además de cuatro cálices góticos y platerescos, siete custodias, y dos incensarios. Esos inventarios se repiten por iglesias de toda la provincia, en Cogolludo, Mondéjar, Alocén, Pastrana…

Una visita [imprescindible] al Castillo de Zorita

Un nuevo libro sobre el castillo de Zorita

Un nuevo libro sobre el castillo de Zorita

En estos días aparece un nuevo libro que viene a mostrar y divulgar un elemento capital del patrimonio histórico-artístico alcarreño: el más que milenario edificio del castillo calatravo de Zorita de los Canes, que fue estudiado por Layna Serrano a comienzos del siglo pasado, y lleva ahora décadas de lenta y persistente restauración, devolviéndonos vivo y palpitante este impresionante elemento de nuestra historia.

Cómo llegar y visitar este castillo

Zorita de los Canes está ubicada en la orilla izquierda del río Tajo, al sur de la provincia de Guadalajara. Tiene actualmente 103 habitantes y está a 642 metros sobre el nivel del mar. Se llega fácilmente por la carretera N-320 que comunica Guadalajara con Cuenca, y a la altura de El Berral se toma la CM-200 que lleva hasta Pastrana, sobrepasando esta localidad descendiendo al valle del Tajo, en dirección a Tarancón, pero nada más pasar el río se desvía a la derecha una pequeña carretera, la GU-219 y a 2 Kms. aparece Zorita.

El viajero debe aparcar su vehículo en la parte baja, junto al río y las murallas antiguas, para desde ahí, a pie, dirigirse a visitar la fortaleza. También se puede acceder y tener buenas vistas del conjunto castillero, siguiendo la carretera que se dirige hasta el cercano enclave de Recópolis, a 2 Kms. de la población en dirección Sur. En esa carretera, tomar la desviación que surge, bajo la avanzada prominencia castillera sobre el río, a la izquierda, en dirección a Almonacid.

La subida a lo alto, en todo caso, es fácil para cualquier persona en condiciones físicas normales. Siempre con cuidado en las rampas que pueden resultar resbaladizas, y en la altura del castillo, donde el firme tiene continuas subidas y bajadas, huellas revestidas de vegetación de los derrumbes antiguos de muros y estancias.

La planta del castillo de Zorita se alarga de norte a sur, estando rodeado todo el recinto con una fuerte muralla, que en muchos lugares lo único que hace es reforzar la cortada roca caliza, obteniendo de este modo, visto a distancia, el efecto de ser todo, roquedal y castillo, una misma cosa. Estos muros, dotados antaño de almenas, ya se encuentran desmochados, aunque en los últimos años se han ido restaurando y consolidando. Y el acceso a este bastión militar se hacía y aún hoy se hace, por dos caminos, penetrando al mismo por dos puertas.

El modo más cómodo de llegar a su altura era a través de un cómodo camino de ronda, que partiendo desde el fondo mismo del valle del arroyo Bodujo, que le limita por Levante, ascendía lentamente bajo los muros del lado oriental. Protegido a su vez por poderosa barbacana, atravesaba la torre albarrana, una de las piezas mejor conservadas, más atractivas y originales de este edificio, y llegaba hasta el extremo norte de la meseta, entrando a la parte del albácar o patio de armas del castillo. Desde él, se entraba a la fortaleza a través de una puerta abierta en la muralla y de un puente levadizo de madera, ahora inexistente, que saltaba el hondo foso tallado sobre la roca. El otro camino, en zig zag y más empinado, era el que accedía desde la villa.

La superficie del castillo aparece hoy irregular, aunque se ha limpiado mucho de antiguos derrumbes. Sabemos que la mayor parte de su superficie estaba ocupada por edificios de basta construcción destinados a albergar a los caballeros y a los sirvientes. Bajo el subsuelo, tallados en la roca, un laberinto de pasadizos, salas y covachas para servir de refugio y almacenes. Era este de Zorita, sin duda, un castillo medieval hecho para la guerra, y para la defensa, una auténtica fortaleza de origen árabe que acabó siendo modulada por los cristianos de la orden de Calatrava, y finalmente acabó como bastión curioso y llamativo de los estados propiedad de los duques de Pastrana, que aún mantuvieron alcaide entre sus muros. Luego ya la ruina progresiva, y el abandono, hasta nuestros días, en que la tenacidad de los zoriteños, dirigidos siempre por su alcalde Dionisio Muñoz Domínguez, ha conseguido salvar de la ruina, y progresivamente consolidar y restaurar, en lenta tarea, la silueta y el contenido de este impresionante castillo.

Y ahora pasamos a visitar, en un orden que se me antoja lógico o más cómodo, los principales elementos que caracterizan a la fortaleza.

Puerta de entrada al castillo

Al final de un empinado sendero que sube desde el caserío de la villa, y dejando a nuestro lado derecho los restos de una pequeña muralla con aspecto de barbacana, nos encontramos con la que llamaron puerta del hierro, que forma parte del piso inferior de la llamada torre de armas. Esta puerta muestra de interés la conjunción de dos elementos sucesivos: el más externo es un arco apuntado, gótico, sobre el que aparece el hueco para el rastrillo que cerraba herméticamente la puerta, y el más interno y, por supuesto, más antiguo, netamente árabe, de época califal, en forma de herradura poco acentuada. Bien restaurada esta puerta, que sin duda era la principal del castillo, hoy nos muestra la conjunción de distintos estilos y épocas.

Iglesia de la fortaleza

En la superficie plana de lo alto de la fortaleza se alza la iglesia, obra medieval de época cristiana, que puede datarse en el siglo XII. De una sola nave, de planta rectangular sin crucero, tiene su puerta de entrada a poniente, mediante un sencillo vano rematado en arco semicircular, y el muro en alto culminado por espadaña maciza. El ábside, de planta semicircular, está incluido en la fuerte consturcción del torreón del Gallo, que surge espléndido sobre la roca en el costado oriental de la fortaleza. De muros muy amplios, entre 1 y 2,5 metros de espesor, construidos en sillarejo simple con algunos sillares en la basamenta, el interior se cubre de una bóveda de piedra de medio cañón reforzada con arcos fajones que se apoyan en capiteles muy hermosos de tradición visigoda y que podrían haber sido traídos desde la ciudad de Recópolis, desde su basílica, como elementos más dignos y reutilizables. Como esos capiteles no culminan columnas o pilares adosados, hoy tienen función de ménsulas, de las que además cuelgan unos ganchos de hierro que posiblemente sirvieron en tiempos antiguos para de ellos colgar tapices o colgaduras varias.

El ábside se cubre por bóveda de cuarto de esfera, embellecida por cuatro arcos de refuerzo en disposición radiada apoyados en capiteles similares a los de la nave, y en el presbiterio, surge bóveda nervada de crucería muy primitiva. Una ventana de notorio derrame ilumina el conjunto. Observará el viajero que en el centro de la nave surgen unas escalerillas estrechas que bajan a una pequeña cripta construida debajo del pavimento del ábside. Es curiosa su pequeña portadita de entrada, formada por dos arcos concéntricos de medio punto enmarcados por un alfiz moldurado, y en su interior encontramos minúscula nave y correspondiente ábside semicircular con bóveda de cuarto de esfera labrada, como el resto de la cripta, en la roca viva. A este espacio le cupo la custodia, durante la Edad Media, de la imagen románica tallada en madera de Nuestra Señora la Virgen del Soterraño, hoy conservada en el convento de monjas concepcionistas de Pastrana.

De los muros del ábside surgen, a través de sendas puertecillas, una escaleras que llevaban, las del lado del evangelio, a una breve estancia que sirvió de sacristía, y las del lado de la epístola, por una escalera de caracol muy estrecha, a la terraza sobre el torreón del Gallo en el que se inserta el ábside.

El corral de los Condes

Al sur de la iglesia, nos encontramos un amplio patio en el que destaca el muro sur del templo, y en él insertados dos lucillos que sirvieron de enterramientos a ciertos caballeros calatravos, posiblemente maestres de la Orden en la época en que esta tuvo su sede principal aquí en Zorita. Son muy sencillos y se adornan escuetamente de sendas cruces calatravas.

Sala del moro

De este patio se accede, bajando unos breves escalones, a una estancia de aspecto solemne y misterioso, muy amplia y oscura, a la que llaman Sala del moro y que algunos piensan pudo ser cárcel de los prisioneros cristianos en época de la dominación árabe. Los muros densos solo se abren por una estrecha saetera orienta al este, y por la puerta de acceso en su costado norte. La bóveda, hemiesférica, se compone de hiladas de piedra, concéntricas, que rematan en su clave con un piedra tallada en forma de cabeza de felino. De su boca cuelga una argolla que posiblemente sirvió para a su vez colgar de ella una lámpara. Esta sala sirvió, sin duda, como lugar de reunión solemne de los caballeros calatravos.

Terraza de la Princesa de Éboli

Desde la sala del moro, y por estrecho pasadizo que surge a su derecha, se accede a la terraza de la Princesa de Éboli, un estrecho espacio que culmina lo que en su día fue un bastión artillero aterrazado, desde el que se podía defender la fortaleza frente al Tajo, y el camino por el que se bajaba, protegido por alta coracha, hasta el río a por agua. En todo caso, nunca fue problema en el castillo de Zorita la reserva de agua, pues en su interior existieron grandes aljibes para almacenar la de la lluvia, y un pozo que extraía agua de manantial, cavado profundamente en la roca, y que permitía la subida de agua mediante un sistema de manivela clásica.

Sala subterránea de los caballeros calatravos

En las últimas tareas de restauración se ha limpiado y adaptado para la visita una gran sala subterránea que posiblemente sirvió también para las reuniones de los caballeros calatravos, reuniones que podemos imaginar estratégicas o incluso iniciáticas. Esta es una de las varias salas que sabemos existían talladas y comunicadas entre sí en la propia roca sobre la que se alza el castillo. El material calizo de la fortaleza es blando y fácil de taller, por lo que puede suponerse que el conjunto del castillo estuvo tallado y como si fuera una inmensa cueva o espacio palustre, daría cobijo a cientos de personas, animales y provisiones, con vistas a resistir asedios muy largos.

En esta sala visitable, [que en realidad son dos salas sucesivas, muy ampliamente comunicadas entre sí], a la que se accede desde la superficie por una escalera tallada de cómodo acceso, encontramos que el círculo central está rehundido y presenta una forma de omega sin mayores intenciones esotéricas, y los muros se tallan de modo que dejan usar su parte inferior como asiento corrido para albergar a los caballeros sentados.

El albácar o plaza de armas

Se denomina albácar al espacio diáfano que suele haber ante los castillos, y en el que se abre la puerta principal, muy defendida, de entrada a la fortaleza. Este albácar, en Zorita, se sitúa en el extremo norte de la alargada meseta pétrea sobre la que se alzó la fortaleza. Se accedía a él por el camino de ronda que pasaba bajo el arco de la torre albarran. Se talló un profundo foso para separarle del castillo, que a su vez tenía muralla en esa zona. Y el paso desde el albácar al recinto principal se hacía a través de puente levadizo. En el albácar se levantaron, en los siglos centrales del Medievo, edificios de vivienda destinados a los judíos de la población, de tal modo que aquella zona se constituyó en judería. Hoy se ve vacía de construcciones y el foso en parte relleno de derrumbes.

La Torre Albarrana

La silueta de esta torre albarrana, y del arco que protege, es la protagonista del costado oriental del castillo de Zorita. Aunque la muralla de la fortaleza alta tenía en ese lugar una torre cuadrangular, denominada torreón de los vizcaínos, la torre exterior o albarrana vigilaba la entrada al castillo por el camino de ronda puesto a oriente. Se compone de un cuerpo de torre muy elevado que engarza con el recinto amurallado de la meseta. Tenía almenas y terraza, más algunos vanos saeteados. Bajo ella pasa el camino a través de dos arcos apuntados, adornados con cenefa de puntas de diamante, y una cartela en la que se lee Pero Díaz me fecit Era 1328. Está ampliamente rastrillada esta puerta, de tal modo que los atacantes que quiseran penetrar por ella, se exponían a recibir la correspondiente lluvia de piedras, aceite, etc, con que desde arriba podían ser obsequiados.

En definitiva, una visita necesaria (imprescindible, diría yo) para cuantos quieren conocer a fondo la Alcarria y sus innumerables vestigios monumentales. En Zorita se junta todo, la historia densa de las luchas de Castilla contra Al-Andalus, el nacimiento de la Orden de caballería de Calatrava, revueltas y sinsabores, a la par que se admiran los restos de su grandioso alcázar medieval. Un tiempo –el que nuestros lectores pasen allí arriba- que facilitará su viaje a la Edad Media sin apenas más esfuerzos que el de subir la fuerte rampa que a la altura nos lleva desde el pueblo.

Un Festival huérfano: Hita sin Criado de Val

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La figura de Manuel Criado de Val preside la celebración del 55 Festival Medieval de Hita

Para mañana sábado 4 de julio está anunciado el Festival Medieval de Hita: ya el 55 de los celebrados, sin interrupción, y esta vez, por primera vez, sin su creador al lado, sin la figura de don Manuel Criado de Val apoyándolo, como lo vino haciendo esos 54 años precedentes. 

En julio de 1961 se celebraba el primer Festival Medieval de Hita, impulsado por el entusiasmo y el saber hacer del profesor don Manuel Criado de Val. Fallecido este ilustre castellano-manchego, el pasado 5 de marzo de 2015, es esta la primera ocasión en la que no estará su fundador en el palenque, en las bambalinas, en la primera fila de su resplandor.

La primera vez se representaron “Los amores de don Melón y doña Endrina” como parte extraída del “Libro de Buen Amor” que Criado desentrañó con la fina cuchilla de su ingenio. Al mismo tiempo, y en el palenque abierto a los pies del cerro donde don Juan Ruiz y don Iñigo López de Mendoza pasearon, se celebraban las justas medievales, los juegos de bohordos, de cañas, de sortijas y estafermos. Y arriba junto a San Pedro se daban raciones de carne de matanza y platos de cabrón con ruibarbo como merecida recompensa gastronómica a quienes hasta allí subían.

Ahora está catalogado como fiesta de Interés Turístico Nacional, y siguen acudiendo a miles los espectadores. Un aplauso será especial este año para don Manuel. A quien días antes, concretamente el pasado sábado 27 de junio, memoró el cronista Suárez de Puga como amigo, colaborador y admirador suyo que fue. Siguieron y seguirán las botargas y los bufones arrastrando sus coloristas ropajes por las calles empinadas del burgo, y el mercado sonará, como sonarán a la noche las notas del Joglars de la Bota, con su música y bailes medievales. Será tras la representación de “Las truhanerías de Pathelin”, una comedia medieval francesa que este año se ha encargado de adaptar y dirigir Manuel Galiana.

Cuando se fue don Manuel Criado de Val

En el momento, siempre triste, de cantar la memoria de algún amigo, a quien la muerte ha vencido y nosotros hemos sido testigos de ello, se agolpan los datos, las valoraciones y las anécdotas. Así me ocurrió no hace mucho con Manuel Criado de Val, fallecido el pasado mes de marzo en Madrid, y a quien en esta ocasión que era tan suya quiero memorar porque ha dejado tras sí una estela densa de trabajos, hallazgos y consecuciones. No puede decirse de él, como de algunos hay que decir, por desgracia, que fuese un malogrado varón: Criado de Val, a lo largo de sus 98 años de vida, casi todos los ha dedicado a estudiar, a analizar, a crear teorías y abrir caminos. Desde un punto de vista intelectual, científico, más que humano. No creo que pueda cantarse nada mejor de alguien: decir que ha analizado el mundo en su torno, y que le ha dado nuevo sentido.

Don Manuel hubiera podido generar una leyenda, como la gente que muere con muy avanzada edad. Pero no quiso. Pocos quedarán –y esos sin memoria ya- que le recuerden cuando era pequeño. Por tanto, nadie sabe lo que entonces haría. Él no lo ha contado, porque él no ha contado nunca nada de su vida. La entendió como vehículo para contar la de los demás. La de don Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, por ejemplo. O la de Hernando Colón, el hijo del Almirante. O la de Cervantes y sus muchachos (Quijote y Sancho) a los que terminó por conocer como si fueran de la familia. No acabaríamos nunca de referir sus intereses, sus pasiones, siempre nacidas del amor a lo bien dicho, a la palabra justa, al diccionario… si de alguna manera hubiera de definir la tarea (y eso con amplitud y demasiada generalidad) de don Manuel Criado de Val, debería decir que fue el mejor defensor del diccionario que ha tenido España en este pasado siglo.

La obra de Criado de Val en Guadalajara

En Guadalajara dejó lo mejor de su obra, a pesar de que esta ha sido reconocida por todos en España, en América, en el mundo entero. De Guadalajara (de Rebollosa de Hita) era su padre, y aunque él tuvo en Madrid cuna y luego sepulcro, posiblemente pasó más días en nuestra tierra que en la Corte. Era amigo de andar subiendo cerros, pisando barro y dormitando a la sombra de los cerezos. Encontró en Sopetrán su Valdevacas. Incluso encontró que Valdevacas, “el mío lugar más amado” del Arcipreste de Hita, estaba en Guadalajara, y en concreto en el valle del Ungría, entre Valdegrudas y Aldeanueva. Pero fue en el molino de los monjes de Sopetrán al abrigo del viento norte, bajo los muros severos del cenobio benedictino, donde Manuel e Isa, su mujer, encontraron el reposo de tantos caminares. Allí fueron todos su amigos alguna vez (yo solamente una, porque yo fui, más que amigo suyo, colaborador y admirador siempre).

Ahora me viene a la memoria una anécdota que viví con él, –y con otros amigos más– un día de verano, en lo alto del castillo de Zorita de los Canes. Ya no recuerdo qué año sería, pero fue el lugar que elegí para presentar uno de mis libros, el “Cuaderno de Campo de los Castillos de Guadalajara”. Con Jonás Picazo, Serrano Belinchón y Dionisio Muñoz, y un par de docenas más de amigos, estábamos charlando, echando discursitos y recordando fastos medievales, en el recinto del templo románico de los calatravos, cuando el cielo empezó a nublarse, y enseguida a ponerse muy muy oscuro por la Bujeda. Y todo tan rápido que a los cinco minutos empezó a tronar, y poco más adelante a caer goterones. No lo dudamos: salimos corriendo camino abajo, hacia el pueblo. Pero… ¿y don Manuel? ¿Y doña Isa? Ella se pudo apañar, pero a don Manuel hubimos de cogerle, entre dos amigos, y “a la sillita la reina” bajarle hasta el bar del pueblo. Fue emocionante.

Antes recordé que fue caminante incansable. Su casa de campo, el molino de Sopetrán, lo tenía junto al viejo Camino de Navarra que pasaba junto al río Badiel, en las entrañas de la Alcarria. Y creo que esa pasión por el camino (él ha sido creador del término “Caminería” que por fin consiguió que los sesudos académicos –amigos unos, otros no tanto– colocaran en el Diccionario de la RAE), devenía de su desprecio por los automóviles. Nunca tuvo coche propio, nunca se sacó el carnet de conducir, y así con todo, recorrió más mundo que la media de los mortales. Lo cual viene a confirmar que el coche es una pasión inútil. Ni se vive más, ni mejor, por tenerlo. A él le llevaba su hermana en un BMW pequeño que tenía, viejo siempre y destartalado, pero eficiente. Y los amigos, y los colaboradores.

Anécdotas de Criado de Val

Don Manuel vivía entre estatuas, librerías repletas y salones donde se reunía con gente, a hablar. Un par de pisos de la calle José Abascal casi no abarcaban sus posesiones librescas. Solo tenía eso: libros, papeles, cajas con fotografías. Archivos, álbumes, ediciones de lujo, primeras tiradas, regalos de admiradores… no tenía otra cosa. Amigos también. ¡Qué gran ejemplo para las gentes de hoy! Porque don Manuel supo dónde está la esencia de la felicidad: en las amistades verdaderas, en los paseos andando por el campo, en el descubrimiento de cosas no sabidas, en el amor también, seguro, pero nunca en el dinero, en las cuentas corrientes ni en los registros de la propiedad. ¡Qué sabio era!

Y al hilo de esta remembranza, conviene repetir (me lo repito para no olvidarlo) que don Manuel Criado de Val, alcarreño de origen, nació en Madrid, en 1917. Que fue investigador del CSIC, un cargo importante, señalado y por oposición. Tenía el título académico de Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid y desde 1956 fue profesor en esta Universidad. Fue además Decano de Letras y Jefe de Estudios de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, Jefe de la Sección de Estudios Gramaticales del Instituto Cervantes (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y Director de la Escuela de Investigación Lingüística de Madrid.

Su vida la desarrolló fundamentalmente en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el dirigió institutos, revistas, seminarios y mil tareas sabias, por las que sin duda hubiera pasado a la historia. Pero es que además se animó a organizar cosas, y así creó, como hemos visto, en 1961 el Festival Medieval de Hita en el que recreó la Edad Media henarense con evocaciones dramáticas del Libro de Buen Amor, justas y torneos, danzas de botargas y un sin fin de aportaciones; fue el promotor y dirigió siempre los Congresos Internacionales de Caminería Hispánica. Organizó muchos otros encuentros, en España, Guadalajara y América, sobre temas culturales castellanos, como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Colón, el Arcipreste de Hita, etc. Escribió libros, muchos, y de entre ellos cabe destacar como singulares la Teoría de Castilla la Nueva y la Historia de la villa de Hita y su Arcipreste en los que concretó temas que han pasado a ser de dominio universal.

Ahora que entre todos evocamos, día a día, a don Quijote y Sancho con motivo del cuarto centenario de su segunda salida, y a Cervantes en la ocasión, tan fausta como inédita, de haber sido hallados sus restos en los subsuelos del convento de Trinitarias de Madrid, cabe la oportunidad de recordar sus múltiples trabajos acerca de Cervantes y don Quijote, en revistas, congresos, simposios y conferencias. Todos ellos han sido reunidos en un libro (lo edité en Aache en 2005) que lleva por título “Don Quijte y Cervantes, de ayer a hoy”, y en él se manifiesta Criado como uno de los más agudos cervantistas, y aún quijotistas, de todos los tiempos.

Aunque para mí, su gran obra, su más espléndida aportación a la cultura, fue uno de sus últimos proyectos, rematados con el aplauso del mundo: el gran “Atlas de Caminería Hispánica” en cuya elaboración intervinieron cientos de especialistas europeos y americanos, dejando sentada de forma definitiva su aportación a esta “rama de la ciencia” en la que por su tesón y clarividencia fue nominada La Caminería. Fruto de tantos Congresos, de tantos viajes, de tantas cátedras y reuniones. En definitiva, y espero que sea así, aunque yo no voy a poder estar presente en la ocasión, el aplauso atronador que mañana sábado 4 de julio, a las 10 de la noche, en la plaza mayor de Hita, resuene por don Manuel Criado, le llegue a sus oídos, cansados y aún dispuestos, allá donde se encuentre.