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Nueva guía de los castillos

guia poetica de los castillos de guadalajaraSiempre de actualidad, los elementos capitales del patrimonio provincial pudieran ser sus castillos, los edificios que dieron nombre a la nación que ocupamos. Y tras varios estudios, libros y conferencias analizándolos, llega ahora una guía muy especial, la poética, de la mano de un escritor emblemático, Juan Pablo Mañueco, que aquí de nuevo nos señala su maestría en la palabra.

No hace muchos días que ha aparecido este que puede ser libro revelador y de cabecera. “Una guía poética y alentadora” como dice el subtítulo de la obra, que se enmarca en la Colección de “Tierra de Guadalajara” de la que hace ya el número 107. Un libro que empezó como un ensayo de poemas para cantar ruinas, y ha acabado en una completa guía de los castillos guadalajareños, con fotos, descripciones, formas de llegar a ellos y poemas que los pintan y ensalzan.

Intenta clasificarlos por orden alfabético, pero no llega a cumplirse del todo el objetivo, pues hay castillos que llevan dos y hasta tres nombres. El primero es Anguix, y el último se pone como siempre el de Zorita, en el confín de la provincia y del abecedario. Por entremedias, van surgiendo el castillo de Vállaga en Illana (al que dedica Mañueco un largo romance al uso clásico) y la atalaya mimetizada de Inesque, entre Pálmaces de Jadraque y Angón. Algunos suenan raros, y otros son elocuentes y archiconocidos. Así Atienza, Molina de los Caballeros y Sigüenza. No falta el real alcázar de Guadalajara, ni la recuperada fortaleza de Guijosa, a la que se añade el Castilviejo que la vigila y la Cava de Luzón, como viejos castillos celtibéricos.

Un libro ameno y sorprendente, un libro que trata de hacer, como todos los libros, amable y cercana la realidad que no vemos porque no nos pilla en el camino de la oficina o el taller, y aún más lejos del camino a la discoteca o el instituto. Ahí están los templos de valor recuperados, como el castillo de Cifuentes, que se restaura estos días, y los sufridos alcázares que han derribado, en nuestros días, la mala intención aliada con el pasotismo oficial, como el castillo calatravo del Cuadrón, en Auñón.

Para todos ellos desgrana Mañueco su meditada oración versificada. La mayoría son sonetos, aunque se escapan romances, alguna otra estrofa mayor, y estrambotes de propina. De entre todos destacan, a mi gusto, tres, que lo son en forma de romances, y son los primeros del libro, en tiempo de hechura, y los que dieron origen a esta obra, presintiendo en su rimado compacto y sonoro ese otro “Romancero castellano” en el que Mañueco trabaja desde hace tiempo, peleando en su lucha permanente entre Cronos y Calíope.

Sonoras rimas para los castillos de Guadalajara

Voy a copiar algunos sonoros clamores que tratan de cantar a estos castillos. Y así de Anguix dice que

 

Mirar por tus ventanales el Tajo

-a hondos metros de la alta escarpadura-

es misterio de Anguix aislado. Abajo

 

esperan riscos y aguas… Y la oscura

sensación de que suena piedra en cuajo

cada vez que el río acrece en figura.

 

O del viejo alcázar de la Guadalajara árabe surge este recuerdo

 

Castillo ignoto que fueras glorioso

cuando alcázar regio de castellanos

reyes en tiempo hubiste, soberanos.

Y luego decadente hasta ruinoso.

 

Mudo mundo de espacio silencioso:

ya no son suaves sedas que en tus manos

ceremoniosos usos cortesanos

tejen, ni en sones suena lar famoso.

 

guia poetica de los castillos de guadalajara

 

De Atienza este poderoso ruido (en forma de soneto) que parece bajar desde la altura,

 

A unas cuarenta leguas se divisa

sus piedras ya: flamea entre los montes.

Sólo que es barco entonces de horizontes

por donde boga Tithia, la insumisa.

 

Arévacos, lusones… La precisa

voluntad de enfrentar de Roma arcontes,

sus leyes y sus normas, los trasmontes

celtíberos su lar fuerte pesquisa.

 

Pero cuando Numancia e igual Termancia

prefieren morir, por no ser romanas,

Tithia cae a legiones inhumanas.

 

Tiempo después la acrece en su importancia.

el rey Alfonso VIII, en Caballada

de arrieros, y aún fuero, en galopada.

 

y de la humilde y machacada peña de Peñahora estas alusiones

 

La Virgen de Peñahora

incendia campos de amor.

que la lleven a Humanes

con fuego a su alrededor.

Epílogo literario en el entorno castillero

En esta “Guía poética de los Castillos de Guadalajara” el escritor Juan Pablo Mañueco nos obsequia con tres poemas finales que nada tienen que ver con ellos, pero que por sí mismos hacen de llamada poderosa, -y en un libro- para considerar hoy otros temas clásicos y sustanciales de nuestra tierra.

Así es cómo nos brinda el primer poema escrito en idioma celtibérico, sacadas frases y palabras de los tallados bronces que nuestros primeros padres dejaron por las alturas de la sierra del Ducado, de los castros de Luzón, de Anguita, del Ceremeño…

También acogen estas páginas un soneto dedicado a Diego Hurtado de Mendoza, hijo del conde deTendilla, e hijo, pues, de la Alcarria, aunque nacido hacia 1500 enGranada, donde su padre ejercía el cargo de Capitán General del reinoreconquistado, poeta espléndido, renaciente, y autor del “Lazarillo de Tormes”:“Si digo el Lazarillo de tus manos / sale, se ingenia, escribe y ha logrado / oro puro eres de Oro entero humanos”. Dice a este respecto el autor que la cosa le parece trascendente para la literatura, pero aún más para la provincia, porque al ser este autor hijo del Conde de Tendilla, sin duda era alcarreña la sangre que por sus venas corría. Y que se hace hoy necesario reivindicarle como castellano, y alcarreño, más que como andaluz que es en lo que ahora se le tiene.

Juan Bautista Maino, gloria de la Alcarria

Juan Bautista Maino

Retrato de un fraile dominico español, por Juan Bautista Maino (quizás su autorretrato ?)

No hace muchas semanas que a instancias del Colegio de Médicos de Guadalajara preparé una conferencia que, con motivo del bicentenario del Museo Nacional del Prado, trataba de recordar las relaciones que con esa pinacoteca tiene la tierra de Guadalajara: por autores, o por obras. Parece ser que gustó y yo, -es lo que importa- disfruté preparándola, dándola y aprendiendo algunas cosas nuevas. De entre ellas, el recuerdo de un gran artista alcarreño que hoy evoco, Juan Bautista Maino.

Nació Maíno en Pastrana, en 1581. Eran sus padres Juan Bautista Maíno, milanés, de Pavía, y Ana de Figueredo, portuguesa, de Lisboa.

Su padre llegó a la villa alcarreña atraído por las ventajas y encargos que por entonces hacía el duque don Ruy Gómez de Silva, quien necesitaba no solo artistas, sino también mercaderes que supieran distribuir los productos de sus recién instaladas fábricas de sedas, de tapices y de pasamanerías, formando con ellos una especie de “corte comercial” que dio mayor lustre aún a la cortesanía aristocrático que se estaba formando en el entorno de su gran palacio ducal.

Juan Bautista, aún muy joven, fue enviado por su padre a Italia, y allí, rodeado de familiares y amigos, pudo formarse en lo que le gustaba: la pintura. Se educó en las escuelas de Anibal Carracci y Guido Reni, adquiriendo pronto toda la técnica de los clásicos, y consiguiendo una personalidad muy concreta dentro del llamado caravaggismo luminosoque a principios del siglo XVII tuvo cierto auge. De Caravaggio tiene, indudablemente, muchas influencias, y también de El Greco. La huella del caravaggismo es incuestionable en su pintura, si bien Maíno se decantó por un naturalismo de sombras atemperadas, luces claras y transparentes e intenso cromatismo en la senda de Orazio Gentileschi y Carlo Saraceni.

Fue luego, vuelto a España, hombre de la Corte: profesor del príncipe Felipe, cuando alcanzó el trono con el nombre de Felipe IV, recibiendo toda la confianza real. En ese ambiente se movió, aunque en 1613 tomó el hábito de la Orden de los Dominicos en el convento de San Pedro Mártir de Toledo. Una súbita conversión, llevada quizás por la admiración que la vida de esos hombres virtuosos le propuso, pues el año anterior había pintado, de encargo, el gran retablo de la iglesia de ese convento, añadiendo luego otra buena porción de pinturas al fresco en el mismo.

De la obra conocida y conservada del pastranero Juan Bautista Maino, destacan algunas piezas que le consagran como pintor de extraordinaria valía. Así la Adoración de los Reyes Magos, conservada en el Museo del Prado, y que es obra donde el dibujo, la composición y el color se conjugan a la perfección y entusiasman a quien la contempla. Formaba parte ese lienzo, gigantesco y vibrante de color y formas, del retablo mayor de San Pedro Mártir, siglos después disperso por museos, teniendo la suerte de que esa “Epifanía” portentosa, que acompaña estas líneas, quedase en el Prado. Hizo también en 1635, por encargo real, la enorme pintura que se titula Recuperación de la Bahía de Todos los Santos en Brasil, en la que demuestra también su técnica perfecta y su sabiduría; en sus retratos desborda psicología, y detallismo, como se puede comprobar en el retrato de un monje dominico (quizás sea un autorretrato), del Ashmolean Museum de Oxford, o en el San Franciscodel Museo de Grenoble, en que se muestra todo el sentimiento y capacidad de emocionar que los grandes maestros poseen.

De Maino dijo Lope de Vega en su “Laurel de Apolo”: Juan Bautista Mayno a quien el arte debe aquella acción que las figuras mueve. Murió en Madrid, en el convento de Santo Tomás donde a la sazón residía, en 1649.

 

Huella en Pastrana

En la vertiente de retratista que tuvo Maino, y que siempre sorprende, hay dos pequeños mensajes que nos dejó muy cerca de la vista y de la visita. Hoy mismo, cualquiera de mis lectores, puede irse a Pastrana y allí contemplar, de cerca, dos magistrales retratos hechos por Maino.

Son los de don Juan Miranday su esposa Ana Hernández. Se encuentran en los laterales de la predela del retablo dedicado a Santa Teresa que se colocó en la nave del Evangelio de la iglesia parroquial de la Asunción de Pastrana. Demasiado cerca del público, pero si todos los respetan, mejor, porque se admiran más fácilmente. Ese retablo procede de la iglesia del convento franciscano que está por encima del palacio ducal, y se trajo a la Colegiata cuando la exclaustración. Los maravillosos rostros y estudios de paisajes que llevan esos cuadritos nos hicieron pensar a algunos en el pincel de Luis Tristán, pero al fin ha sido Leticia Ruiz, en su estudio definitivo sobre el autor, quien los ha atribuido a Juan Bautista Maino.

Y ello tiene, además, un apoyo histórico, porque hoy se sabe que Juan Miranda era de origen portugués (como la madre de Maino), que fue la mano derecha del duque de Pastrana, y su administrador en la villa, además de Regidor de la Villa de Pastrana en algún momento de los inicios del siglo XVII, así como el administrador de los bienes que fueron de la población morisca cuando su expulsión en 1609. Este Miranda se dedicaba al trato de sedas, al comercio de sedas, al igual que los padres de Maino, por lo que puede decirse que eran “colegas” y con bastante probabilidad íntimos amigos.

El 18 de mayo de 1628 otorgó testamento Juan Miranda y decidió enterrarse en la iglesia del convento de San Francisco, donde mandó hacer capilla familiar con retablo y custodia. Maino hizo los retratos de estos oferentes para colocarlos a los lados de la predela. Y los dejó perfectos, basándose en su pincelada “minuciosa y moderada”. Tras los retratos, muy realistas, los santos protectores (San Francisco sobre don Juan, y San Juan Evangelista sobre doña Ana) y unos paisajes atormentados.

La otra gran obra que liga a Maino con Pastrana es el retablo de la Santísima Trinidad, hoy en el Museo del Prado (en depósito) aunque su propietario sigue siendo el convento de San José de Pastrana, del que salió en aquellos días de tensión y barullo del verano de 1994. Este retablo se dio a conocer en 1977 por el profesor Junquera y Mato. Estuvo siglos en el convento de Nuestra Señora de la Concepción de Pastrana (ahora llamado de San José, o de las monjas de Abajo), pues fue encargado por una monja del mismo, que llegó a ser abadesa del mismo.

Eso lo sabemos por las cartelas pintadas de la predela en las que se lee:

  1. Nombre de la patrocinadora: “este altar hizo doña Ana de Morales, a honor de la Santísima Trinidad”.
  2. Y en la otra “Compró el altar su sobrino el licenciado Francisco Fernandez con Licencia del Prelado y Convento

El retablo se hace para una comunidad de monjas que le había hecho préstamos hipotecarios a Maino y a sus padres, para poder comprarse su casa en Pastrana, y que en enero de 1608 acabó pagando, yendo personalmente a la villa. El retablo tiene dos cuerpos. Es de estructura de tabernáculo muy característico del arte toledano. En la parte superior aparece la Encarnación, que es obra estupenda en la que destacan las figuras de María y el Arcángel San Gabriel, y en la ventana se ven arquitecturas de la ciudad de Roma (el cuadro lo pintó Maino estando en Roma): la “torre delle Milizie” que era anexa a los mercados de Trajano y a los foros imperiales, y que era conocida como “Torre de Nerón”. Y bajo ella los perfiles del “Convento de monjas dominicas de Santa Catarina a Magnanapoli”, que fue derribado en 1924.

En la parte inferior del retablo, en el cuadro más grande, está la Trinidad, revestidos Padre e Hijo de suntuosos vestidos, entre nubes y acompañados de ángeles vivos y en movimiento, que forman una orquesta con sus instrumentos musicales, al estilo de lo que empieza a usarse en el arte italiano a principios del siglo XVII. Vemos concretamente ángeles que llevan viola (el más grande y bien vestido), el laud, el órgano portátil y el cornetín. Bien restaurado, colorista, de limpios perfiles y exactas proporciones, este retablo de la Trinidad procedente de Pastrana y hoy admirable en el Museo del Prado, es joya de la que bien podemos presumir los alcarreños.

Referencias bibliográficas

Aunque fueron en sus inicios Diego Angulo Íñiguez y Alfonso Pérez Sánchez quienes rescataron la memoria de este pintor español del Siglo de Oro, han sido luego el profesor Junquera y Mato, y muy especialmente Leticia Ruiz Gómez, ésta en el Catálogode la exposición antológica que sobre el pintor alcarreño se presentó en el Museo del Prado en el otoño de 2009, quienes más y mejor información han recabado sobre este artista. Y que ha venido a precisar año de nacimiento y nombre y origen de los padres del pintor, que como vemos aúnan ese sentido de la universalidad que tiene nuestro país en los comienzos del siglo XVII, acogiendo emigrantes desde muy diversos lugares de Europa, para inyectar savia nueva al árbol de España.

La voz de Juan Guas

Me llega a las manos, con una cordial dedicatoria del autor, este libro que es capital para el conocimiento del patrimonio monumental de Castilla, nuestra tierra. Una obra concienzuda, amplia, muy trabajada. Una obra muy bien ilustrada (porque todo lo que se refiere al arte debe serlo) y muy bien editada, por maestros del tema. En definitiva, un bello libro que promete ser útil.

Todo el que conoce Guadalajara, y sabe algo -aunque sea por encima, someramente- del palacio de los duques del Infantado, que es la bandera de su patrimonio monumental, tendrá oído algo acerca de su autor, o autores, que son pregonados en letras góticas sobre la cenefa tallada en piedra que recorre la arquería inferior del Patio de los Leones. Uno de ellos es el arquitecto, Juan Guas. Y el otro el tallista de las esculturas y detalles, Egas Cueman. Ambos europeos, pero asimilados a la cultura castellana desde muy jóvenes en que llegaron a Castilla.

Juan Guas es el gran arquitecto del reinado de los Reyes Católicos. El autor de obras tan estupendas como el castillo de los Mendoza en Manzanares el Real; del palacio de los duques de Alba en su territorio patrimonial, Alba de Tormes; de la hospedería real de Guadalupe, del claustro catedralicio de Segovia, del gran monasterio franciscano de San Juan de los Reyes, en Toledo, y, por supuesto, del palacio del Infantado en Guadalajara…

En esta obra que me llega, el arquitecto Javier Solano Rodríguez, -quien tantas pruebas ha dado, especialmente de la mano de Nueva Alcarria, de sus saberes en torno a Guadalajara- hace un estudio novedoso, completo y definitivo sobre este artista hispano. De Juan Guas analiza todo: la vida (que es breve, oscura y con poca documentación) y sobre todo la obra, en la que lucen las galas del gótico isabelino y que por sí misma crea un estilo con identidades propias, muy bien definidas, cargadas de esos “invariantes castizos” que a Chueca Goitia le gustaba tanto exhibir como prueba de la singularidad del arte español ante el resto de Europa. Alguien dijo de Juan Guas que, aunque bretón en su origen, construía edificios “ad modum Yspaniae”. Todo lo que hace, diseña, dirige, formula y levanta en España tiene un sello inconfundible. Todo forma parte de su completo muestrario. Y todo eso es lo que estudia y nos enseña Javier Solano en este libro singular, titulado “Juan Guas, arquitecto”.

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El libro se constituye en seis grandes capítulos, precedido de unos cuantos prólogos y rematado por una bibliografía amplia, notas al texto y agradecimientos. El primero de los capítulos trata de la forma en que llega el arte europeo a la Castilla de finales del siglo XV, manejado por los grandes aristócratas, y la corte real, contratando a figuras de relieve de Borgoña y a muchos aprendices y ayudantes. El segundo tramo explica la actuación de Guas, todavía joven, en diversos monumentos de Segovia, al amparo de cabildos, Villenas y Trastamaras. Es el tercero y más grande de los capítulos de este libro en el que Solano entra con amplitud a tratar el arte arquitectónico propiciado por el linaje de Mendoza en tierras del centro de España (lo que entonces era “Reino de Toledo” y provincia de Guadalajara, incluyendo sobre Cogolludo, Guadalajara y Pioz, las alturas de Manzanares el Real. Esta parte, fundamental, del libro es la que a los alcarreños nos supone un mayor interés y caudal de datos bajo una perspectiva muy homogénea.

Juan Guas Arquitecto

 

En el cuarto, también sustancial, de los capítulos que componen el libro, estudia Solano las obras que para los Reyes Católicos levanta Juan Guas, convertido ya en arquitecto aplaudido por todos, especialmente por la Corte. El quinto capítulo nos habla de epílogos vitales, con noticias curiosas y análisis de la estela que deja el maestro borgoñón: Lorenzo Vázquez especialmente, y al fin un sexto capítulo en que el autor destaca los elementos -atribuibles a Guas- que han quedado dispersos por Castilla, y que sin tener la documentación apropiada que le digan autor de ellos, sí que proclaman por su estilo la mano cercana del gran arquitecto (Belmonte, Turégano, Mombeltrán, Alba de Tormes…)

Decía al principio que el libro promete ser útil, y al final, tras recorrer su índice, se entrevé que sí lo es ¿Y cuando un libro es útil? Pues hay muchos tipos de utilidades: la principal, creo yo, -y perdón por la aventura literaria que conlleva la definición-, cuando a través de sus páginas te evades de ti, y te introduces en otro mundo, en otra sociedad, en otro ser que actúa de protagonista. Pero los libros son útiles cuando son herramientas para alcanzar otros objetivos vitales. Uno de esos objetivos es saber más de algún tema. Y en concreto de arquitectura, de arquitectos, de caminos creativos, de propuestas simbólicas…

Este libro que ha escrito el arquitecto Javier Solano le consagra como un gran investigador, aunque aún más como un gran divulgador del arte y la historia. Llevo tiempo pensando en que, tal como están los tiempos, tiene más mérito divulgar, dar a conocer a los demás lo que tú sabes y has aprendido, que el mero y simple hecho de adquirir conocimientos. La erudición se consume a sí misma: hay que elaborar los saberes, darles forma y color, ponerlos en una bandeja, y pasarlos ante las manos, los ojos, los oídos y los corazones de quienes esperan aprender. En ese sentido, y sin entrar detalles, -que es lo que deberá hacer el lector de este libro, y cuanto antes- debo decir que es este un libro modélico, porque afronta el estudio de un personaje que hizo cosas, construyó edificios, inventó ornamentos y fraguó destinos. Los edificios que surgieron tras el diseño y bajo la dirección metódica de Juan Guas, son hoy esencia del arte y la cultura de Castilla, de esta nación firme y segura (que existe, que tiene vida incluso aunque ella casi ni lo sepa) que supo proyectarse sobre la faz incierta del planeta. En esos capítulos que he reseñado, ilustrados, anotados, comentados en todos sus detalles, Javier Solano alza un monumental estudio biográfico y analista de la realidad que aún puede contemplarse (complementada con ese otro rastro de edificios desaparecidos o modificados) y al fin llega, con emoción y respeto, hasta el lugar ínfimo de la ciudad de Toledo donde reposan, desde hace más de quinientos años, los restos mortales de un verdadero genio de la Arquitectura.

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Datos bibliográficos del libro de Solano: Javier Solano: “Juan Guas, arquitecto”. Edición de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Toledo, 2018. 360 páginas. 22 x 22 cms. ISBN: 978-84-7788-676-1

Auñón, puentes y fuentes

Auñon puente medieval sobre el TajoEn estos días me ha llegado una publicación que perfila nítidamente la ruralía de la Alcarria, los entresijos de un pueblo, sus coordenadas antiguas. Se trata de Auñón, y el autor, que es el conocido profesor del Amo Delgado, aplica el mejor método que se ha inventado para describir un territorio: se lo patea de arriba abajo, apuntando cuanto ve.

Una de las perspectivas más claras que he tenido siempre para conocer los pueblos, y sus territorios en torno, ha sido la hechura de sus toponimias: saber los nombres de sus cerros, de sus bosques, de sus arroyos; conocer las denominaciones que los naturales dan a sus caminos, a los “más allá” de sus recorreres, a las navas y los ejidos.

Porque a través de ellos se llega a lugares encantadores, a perspectivas grandiosas, a limpias imágenes. Y ello se hace a través de sus caminos anchos, de sus estrechas sendas, de sus carrias viejas, pasando sobre los puentes, parando en las fuentes, y anotando sus nombres que siempre son sonoros, explicativos, muy de adentro.

Caminos, puentes y fuentes de Auñón

Acaba de entregarnos su libro don Alberto del Amo Delgado. Es un alcarreño veterano y sabio, al que muchos conoceréis porque ha sido profesor de numerosas generaciones. Ha dado clases en los institutos, y ha charlado con todos, sobre lo humano y lo divino. Él es de Auñón, y no reniega de su pueblo: le quiere y le pregona. Ya en ocasión anterior escribió un buen libro sobre El Madroñal de Auñón, y luego con los años del retiro ha querido dejarnos escrito, e impreso, su saber de nombres y su evocación de sitios.

Tras un ameno y sabio prólogo de D. Ignacio Centenera, la parte más contundente de esta obra la constituye el estudio y análisis minucioso de los caminos que desde Auñón iban a las mil esquinas de su término y a los colindantes. Esas esquinas que quedan perennemente, como talladas en mármol, reflejadas en las páginas 30 a 34 de su libro, y en las que cientos de apelativos entrañables se salvan del olvido. Allí está “el Palacio”, “la Raya”, “el Quadrón” y “la fuente de Valdegavilanes”. Allí están los recodos, las alturas y los navazos. La tierra que conoció el autor cuando (como nos dice en el preámbulo) pasaba los veranos de descansos de sus estudios en el pueblo de sus padres, labradores en él, siempre apegados a esa tierra en la que estamos enraizados. Porque no podemos despegarnos de ella, porque de ella hemos salido y a ella volveremos. De eso saben mucho los que saben de Chi Kung y orientales filosofías.

Nos ofrece el autor un par de mapas detallados, con los caminos que surgen de la villa y se orientan en todas direcciones. Meticulosidad que se vuelve finalmente incapaz de evitar la desaparición de muchos de esos caminos, por la sencilla razón de que ya no se usan. Todos van en coche por las carreteras, y algunos valientes y aventureros se animan a veces a ir en BTT o motos todo terreno por los viejos trazados.

Empieza estudiando la Plaza Mayor de Auñón, como origen natural de los caminos, y sigue analizando los trayectos de los seis Caminos Reales que de ella partían hacia los pueblos más importantes del contorno. Quizás el más practicado durante los pasados siglos era el que buscaba el puente sobre el Tajo, porque no solo franqueaba el río sino que llevaba hasta los Molinos de la Vega, el molino harinero, etc. Para comprender, someramente, el lenguaje y la contundencia de los datos que aporta en su obra el profesor del Amo, no tengo inconveniente en reproducir un párrafo de su capítulo dedicado al Camino Real a Sacedón (el que pasaba por el puente) en el que dice:

“Nada más pasar San Miguel nos adentramos en una fértil vega, que comenzando en el Perdiguero termina en el río Tajo. Este paraje se extiende a los dos lados del Barranco procedente de Valdearmuña. Este topónimo del Perdiguero hace alusión a un lugar donde antiguamente los perros cazaban las perdices, que eran abundantes en el término de esta villa. Esta palabra

se cita en una carta de testamento legítimo de Alonso Pérez, hecho el día siete de diciembre del año 1556; decía: “Yo Alonso Pérez de Alonso Pérez, vecino de Auñón […] presento mi testamen­to y postrera voluntad en la forma siguiente: […] A mi mujer le mando[…] el olivar y viña que tengo en el Perdiguero”.

El puente romano 

El puente romano de Auñón es el mejor ejemplo de este patrimonio que Alberto del Amo estudia en su libro. Es un puente espléndido, solemne y con largos siglos de historia a sus espaldas. Se puede decir de él que está situado junto a la Sierra del Agua, sobre el río Tajo, y corriente abajo desde la presa de Entrepeñas. Tiene una longitud de 88 metros, y una anchura de calzada de 3,40 metros, alcanzando los 11 metros de anchura su principal ojo. Enorme, su altura sobre el agua varía, lógicamente, del caudal y hoy, sobre todo, del almacenamiento que el embalse de Bolarque tenga, aunque no suele ser muy grande y por lo tanto la altura del puente sobre la lámina del río es considerable.

Se sabe que ya en la Baja de Edad Media estaba construido. Y que mucho del tráfico que usaba el puente de Zorita terminó por aprovechar este paso de Auñón, que también andaba custodiado de cerca por un castillo calatravo, el del “Cuadrón” lamentablemente desaparecido hace pocos años. Sirvió para el despegue económico de las localidades cercanas, no solo de Auñón, sino también de Fuentelencina y, sobre todo, de Pastrana. Estos concejos contribuyeron a su construcción y a su mantenimiento con cuotas y derramas, y así sabemos que en tiempos del rey Enrique IV de Castilla, en 1461, contribuyeron estos municipios con unos 1.500 maravedises “de la moneda corriente de blancas viejas” para su mantenimiento, obteniendo a cambio la prerrogativa de que sus vecinos, y comerciantes, pasaran gratis por él, sin pagar el obligado impuesto del “pontazgo” que todos los caminantes debián apagar al usar estas construcciones, que siempre fueron “de peaje”.

La propiedad del puente era del concejo de Auñón, y de la Orden de Calatrava que la tutelaba. Nos cuenta Alberto del Amo, a propósito de este puente famosos, que antiguamente los visitadores (de la Orden calatrava) mandaban reparar lo que veían defectuoso. Así pidieron en los inicios de la Edad Moderna que se hiciera un pretil a la entrada del puente y otro a la salida, parecidos y conforme a los pretiles que ya tenía el puente, porque era necesario por “la neçesydad q ay dello para la segurjdad de la dha puente y por aver sydo mandado en lass visytaçipnes pasadas, de parte de Su Majestad e Horden, vos mandamos q quando el Conçejo tenga posybjlidad para ello, lo hagáis hazer como os a sydo mandado por escusar el dho peljgro”.

Sufrió el puente grandes desperfectos en las Guerra de Sucesión, y especialmente en la de la Independencia, en la que vivió su principal epopeya el 23 de marzo de 1811, cuando el Empecinado y el general Villacampa atacaron su posición, y tras una dura batalla los franceses se vieron obligados a retroceder hasta Auñón, perdiendo muchos soldados. También en las guerras carlistas jugó importante papel, lo que justifica su nombradía durante siglos. Al haberse construido poco más arriba del cauce que cruza el pantano de Entrepeñas, el puente de Auñón ha perdido toda su importancia, de tal modo que hoy está aislado en medio de una Naturaleza espléndida, pero olvidado de todos y empezando a notar los desperfectos que el abandono le proporciona.

Alberto del Amo Delgado

El profesor Alberto del Amo Delgado, autor del libro sobre los Caminos, puentes y fuentes de la villa de Auñón en la Alcarria de Guadalajara.

El autor

Una breves y obligadas palabras sobre el autor de este interesante aporte: Don Alberto del Amo Delgado es hombre de medida palabra que no presume de sus múltiples saberes. Nacido en Auñón, en 1936,hizo estudios de Magisterio, ejerciendo de Maestro Nacional. Obtuvo luego la Licenciatura en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, y más tarde alcanzó el grado de Doctor en Filosofía Pura, por dicha Universidad, con  su tesis “El Idealismo religioso en Augusto Comte”.Está en posesión de un Máster en “Fundamentos de Psicología de la Educación”por la Universidad Autónoma de Madrid, y ha sido Profesor Titular del Departamento de Psicopedagogía y Educación Física de la Universidad de Alcalá de Henares.

 

 

Un paseo por el ayer y el hoy de Tendilla

Las ruinas del convento jerónimo de Santa Ana, en Tendilla.

Es Tendilla una singular población de la Alcarria de Guadalajara. Situada en el fondo de un profundo valle que surge desde la altura de la meseta, y que como está “tendida” entre sus orillas recibió su nombre de esa circunstancia. Se acompaña de un arroyo, el llamado “arroyo del Prá” y está rodeada de bosques de pinos y olivares.

Su historia, que es antigua, se enmarca entre los intereses medievales de los reyes de Castilla, y de la familia o linaje de Mendoza, que la tuvo entre sus múltiples posesiones en calidad de señorío. Es a partir del siglo XV cuando esta familia acrecienta sus posiciones cortesanas, y la fuerza de los Mendoza consigue para sus villas exenciones, fueros, ferias y prerrogativas, que hacen crecer a Tendilla económica y socialmente. De entre los privilegios concedidos por sus señores, es la “Feria de San Matías” (ahora denominada como “Feria de las Mercaderías”) la que supuso, desde el siglo XV, su progreso y poderío económico.

Ello conllevó el auge de negocios, economías y aparición de edificios singulares, de los que aún quedan restos de importancia.

El patrimonio que debe admirarse en Tendilla

De su primitivo aspecto y obras de arte, quedan bastantes cosas que admirar. Es la primera su conocida Calle Mayor, declarada como Conjunto de Interés histórico-artístico. Más de quinientos metros de soportalados racimos de casas, con un sabor tradicional castellano, ensanchando a trechos su cauce con una plaza, con la iglesia parroquial, con el Ayuntamiento, con algún palacio, etc.
De sus primitivas murallas y castillo quedan muy leves restos. Estuvo cercada en todo su ámbito por fuerte muro, y a la entrada de la villa existió hasta el siglo pasado una puerta de fuerte aspecto, con arco apuntado y torreones adyacentes, llamada la puerta de Guadalajara. En un cerro al sur del pueblo, y en el lugar que aún la tradición señala con el nombre del Castillo, se conservan mínimos restos de lo que fue una magnífica fortaleza, construida en el siglo XV por los primeros Mendoza que aquí asentaron. Sobre abrupta roca, rodeado de foso, el castillo se componía de muros, varios torreones y, en su cogollo, de un edificio con cuatro torres, una de las cuales, más fuerte y ancha, era la del homenaje. En su interior se guardaban importantes pertrechos de los ejércitos mendocinos. Estuvo casi entera hasta el siglo XIX, en que toda su piedra fue aprovechada para construir en el pueblo.

Una magnífica fuente de corte popular, y ancho pilón se ve en una plaza al extremo norte del pueblo, ostentado un gastado escudo de armas de los Mendoza.
En un respiro que la calle mayor se da a sí misma, surge la gran iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, obra inacabada, pero que fue trazada con ideas de sobrepasar con mucho a lo que en toda la Alcarria hasta entonces, y era el siglo XVI, se conocía. De su gran edificio solo se terminó la cabecera y parte de la nave, quedando tan sólo iniciados los arranques de muros y pilastras de los pies del templo, que hoy se pueden ver penetrando a un patiecillo desde la iglesia. Su tamaño y calidad da idea de la pujanza económica del pueblo en el momento de iniciarse la obra. De su primer impulso, en el siglo XVI, es el ábside de paramentos robustos, contrafuertes moldurados y ventanales con dobles arcos de medio punto, lo mismo que se observa en los muros laterales. La portada es obra de comienzos del siglo XVII, con severidad de líneas, achatada proporción y un exorno lineal de cuatro columnas jónicas, un frontoncillo y vacías hornacinas. De las dos torres proyectadas, sólo se terminó una, en el siglo XVIII, bajo la dirección del arquitecto Brandi. En su interior se pueden admirar algunas losas sepulcrales con escudos de armas en ellas tallados, y la imagen de la Virgen de la Salceda, de unos diez centímetros de altura, tallada en madera, y procedente del cercano monasterio de franciscanos de La Salceda.

En la calle mayor se encuentra también el palacio que construyó el secretario real de Hacienda don Juan de la Plaza Solano, nacido en Yélamos de Arriba, y muerto en Madrid en 1739. Es obra sencilla de arquitectura barroca, con portón de almohadillados sillares y escudo cimero. Anejo al palacio está el oratorio o capilla de la Sagrada Familia, obra suya, y de la misma época y estilo. El interior del palacio, conserva intacta su primitiva estructura, y en él se conservan interesantes recuerdos, muebles y retratos de varios miembros de esta familia.

En la calle Franca, paralela por el sur a la calle Mayor, pueden admirarse varias casonas noblescon escudos de armas, grandes portones y hermosas rejas de hierro labrado. En una de ellas, junto al escudo de un hidalgo, cubierto de yelmo y con el símbolo de la cruz, la palma y la espada, significativo de ser de “familiar” de la Inquisición, se lee esta frase: “Siendo inquisidor general el Ilmo. Sr. Diego de Arze y Reynoso, obispo de Plasencia” puesta en honor del máximo gerente del Santo Oficio por su agente alcarreño.

Las ruinas del monasterio jerónimo de Santa Ana

Parte importante del Patrimonio Histórico-Artístico de la Villa de Tendilla es su antiguo Convento Jerónimo de Santa Ana.

Sobre la empinada ladera que por el mediodía arropa a la villa de Tendilla, se alzan medio escondidas entre un bosquecillo de pinos las ruinas mínimas de lo que fuera el monasterio jerónimo de Santa Ana, fundado en el último cuarto del siglo XV por los señores del lugar.

Este monasterio jerónimo se fundó en 1473, a instancias del primer conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza, y su esposa doña Elvira de Quiñones. Se inició su construcción en ese año y con la ayuda económica del conde de Tendilla enseguida pudo albergar una comunidad de monjes pardos que se dedicaron a la oración y la vida contemplativa. Los condes adquirieron a perpetuidad el patronato de la capilla mayor y el derecho a ser enterrados en ella. Así ocurrió con los fundadores, que a su muerte en 1479 quedaron sepultados bajo unos artísticos mausoleos de corte gótico, tallados en alabastro por el mismo autor o taller que el Doncel de Sigüenza. El hijo de los condes, arzobispo de Sevilla, don Diego Hurtado de Mendoza, favoreció generosamente al cenobio, pagando el retablo, y muchas joyas. Quedó también enterrado en su capilla mayor, aunque luego lo llevaron a la catedral sevillana, donde hoy descansa bajo un mausoleo trabajado por Doménico Fancelli.

Tanto los sucesivos señores de Tendilla, como los más humildes de sus habitantes labradores, ayudaron con limosnas y ofrendas durante siglos a los jerónimos de Santa Ana. La Desamortización de Mendizábal acabó en 1836 con la existencia de este monasterio, y aún con la Orden de San Jerónimo. Los frailes exclaustrados se dispersaron por el mundo, dedicándose muchos de ellos a la música. El edificio de Tendilla, expoliado enseguida, y claramente ruinoso, de tal modo que en 1843 se vendió por el Estado al vecino de la villa don Pedro Díaz de Yela en 20.100 reales para que aprovechara la piedra que quedaba.

Los sepulcros de los fundadores, gracias a la comisión Provincial de Monumentos, se desmontaron de aquel lugar abandonado y en 1845 fueron trasladados a Guadalajara, siendo instalados en los extremos del crucero de la iglesia de San Ginés, donde en 1936 aún sufrieron agresión, y hoy, apenas restaurados, permiten hacerse idea de lo que fueron en sus orígenes: unas espléndidas piezas de la escultura funeraria tardogótica.

Sabemos por las referencias que del cenobio nos dio el padre fray José de Sigüenza en su Historia de la Orden de San Jerónimo, que este monasterio estaba construido en un estilo que cabalgaba entre las tradicionales formas góticas y las nuevas renacentistas, y puede calificarse sin duda como una de las primeras edificaciones del nuevo estilo del Renacimiento que de la mano de los Mendoza se introdujo en España. La iglesia, de una sola nave, construida en estilo gótico flamígero, presentaba un testero sobre el que apoyaba un magnífico retablo de pinturas, que hoy se conserva en el Museo de Bellas Artes de Cincinati (USA) debido a los pinceles del círculo que creó en España, en los inicios del siglo XVI, el flamenco Ambrosio Benson. La cabecera del templo, que es lo poco que del mismo queda en pie, ofrece unos arcos muy apuntados reposando en ménsulas lisas. De ellas nacen los nervios de la bóveda que sin duda serían de tercelete y muy combados. Este edificio, a pesar de estar patrocinado por los Mendoza alcarreños, y de haber tenido quizás un arquitecto director del círculo mendocino de Vázquez, Guas ó Trillo, es todavía plenamente gótico, más próximo, por lo tanto, a las normas de los Adonza.

En cuanto a las ruinas de su edificio, conviene decir que hoy vemos los restos de su nave, con los arranques de los haces de columnas adosadas a los muros, y el testero del presbiterio, estrecho y elevado, del que arrancarían bóvedas nervadas, cuyos inicios aún se adivinan. En concreto se ve el arco central de los tres que componían el presbiterio, parte del lateral derecho y el arranque del izquierdo con las mensulillas en las que apoyan. Se añaden las basas y arranques del coro a los pies de la iglesia, así como fragmentos de basas de los soportes de la nave, sin duda de tipo gótico, y lo que podrían ser restos de un portalón que debió cobijar la primitiva portada. El resto de las construcciones no son sino un informe montón de ruinas, enclavadas, eso sí, en un paraje de bellas perspectivas.

Mi propuesta al respecto sería la de recuperar estas ruinas venerables, y ofrecerlas a la contemplación de los viajeros y curiosos. Deberían hacerse simples tareas de limpieza, y de acceso a través de paseos de buen firme, pasarelas de madera, algunos carteles indicativos desde el pueblo, una somera iluminación, y cuidado habitual de limpieza y mantenimiento del entorno. Y nada más.