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Algunos detalles del románico atencino

Iconografia romanica en el romanico de AtienzaEn mis viajes por el norte de la provincia, muchas veces recalo en Atienza, y siempre descubro algún detalle inadvertido hasta entonces. El estilo románico es, quizás el que más abunda y al que más atención dedican los viajeros. Aquí me entretengo en tres detalles de ese rico acervo: un ábside (el de la Trinidad), una portada (la de Santa María del Val) y un atrio porticado, el de San Bartolomé.

Ábside de la Iglesia de la Santísima Trinidad en Atienza

La villa de Atienza, cuestuda y elegante, con sabor a maderas, olor a fraguas, y ecos de piedras, tiene en nómina siete templos románicos. El viajero que desde Sigüenza se desplaza a esta altura, va a visitar un castillo, un par de plazas, una calle larga, y unas cuantas iglesias románicas. Y los museos que tienen dentro, por supuesto, algo esencial.

Al final de la calle Cervantes, que antes se llamó de Zapatería y no hace falta explicar por qué, arriba de una costanilla se asoma a la izquierda el templo dedicado a la Santísima Trinidad.

Del tiempo románico solo queda el ábside. Eso le pasa a otros templos de la localidad. La razón está en lo que pasó el verano de 1446, cuando los navarros habían tomado la villa, y el reino de Castilla, comandado por su Condestable don Alvaro de Luna, luchó por expulsarlos, siendo tan dura la pelea que hubo de irse casa por casa, templo por templo, quemando y derruyendo al fin casi todo. Las iglesias solo mantuvieron en pie sus ábsides, lo más consistente, y por eso hoy en Atienza son los elementos que se han conservado y pueden admirarse.

Aunque el templo de la Santísima Trinidad de Atienza fue un edificio de características plenamente románicas, y de un volumen muy grande, tras repetidas reformas a lo largo de los siglos hoy sólo nos han llegado algunas formas escuetas que especialmente en el ábside nos permiten contabilizarle entre la nómina de este estilo en Guadalajara.

De nave única, con capillas múltiples en ambos costados, construídas a lo largo de diversas centurias, lo que destaca es su ábside, orientado a levante. En su muro, dividido en cinco paños por adosadas columnas, se abren tres magníficos ventanales. Las semicolumnas que dividen el espacio del muro absidial parten de la cornisa pero no llegan al suelo, apoyando sobre ménsulas con carátulas. Dos impostas exornan el espacio y lo fragmentan en niveles horizontales: una lo recorre a nivel del alféizar de las ventanas, y la otra continúa sus ábacos. Ambas ofrecen rica decoración de entrelazos cuajados de detalles vegetales y geométricos. Las ventanas son abocinadas y se forman por dos arcos: el exterior es baquetonado y el interior carga sobre columnillas acodilladas, con capiteles fina­mente elaborados en los que se ven variados motivos vegetales, finamente tallados, y que nos permiten fechar esta obra hacia finales del siglo XII ó comienzos del XIII, con una neta influencia de construcciones y decoraciones segovianas.

El viajero se animará finalmentem tras disfrutar del equilibrio arquitectónico del ábside, a entrar en el templo, porque hoy es Museo de Arte Antiguo y de la Caballada. Y en él podrá ver el gran retablo, barroco, un Cristo del Perdón de Salvador Carmona, y otro calvario románico junto a piezas antiguas, estatuas, pinturas, orfebrerías…

Un saltimbanqui medieval en El Val

Cuando visitas Atienza, la medieval y empinada villa que conjuga formas y esencias del remoto pasado, no sabes cómo aproevechar la estancia para que en poco tiempo se pueda admirar lo que atesora. Hay varias iglesias románicas, tres museos, un castillo exuberante, un centro de interpretación costumbrista, buenos restaurantes y muchos palacios entre las empinadas callejas. Todo ello da por resultado una visita inolvidable.

Una de las iglesias que merece ser admirada es la pequeña de Santa María del Val, aislada ahora en las afueras, en la parte norte baja de la villa. La iglesia no tiene nada especial, a excepción de su portada. No te vayas de Atienza sdin verla, sin parar un buen rato ante ella, sin analizar sus figuras, y disfrutar moviéndolas –en tu imaginación- como si un espectáculo del Cirque du Soleil fuera.

Porque lo que esta portada ofrece es una estructura encuadrada dentro de un muro levemente saliente puesto sobre la fachada meridional. Se forma por un vano enmarcado de cuatro arquivoltas semicirculares en degradación, siendo la central de ellas la que ofrece el modelo más llamativo y original del románico de la villa. Allí vemos la secuencia, tallada sobre un baquetón saliente, casi exento, de diez figuras, que aparecen enrolladas y contorsionadas al máximo, de unos personajes vestidos al modo medieval, que tocan con los pies su respectiva cabeza, y que se agarran al baquetón con sus propias manos. Semejan figuras de contorsionistas, que en tres ejemplos se tocan la cabeza con un bonete de estilo morisco, en otro de ellos con un capuz de aspecto eclesial, en otro sin gorro, y en los otros cinco ofrecen el pelo suelto, partido en raya central. Uno de ellos pudiera ser una mujer, pues bajo el gorro tapa el cuello con ancho brial. Y otro de ellos, en expresión difícil de interpretar, cruza dos dedos de una mano.

El tema de los contorsionistas en la decoración de los templos románicos, bastante frecuente en el arte francés, es muy escaso en el español. El sentido simbólico que se le ha dado parece bastante claro: en la Edad Media existía un grupo social de saltimbanquis, acróbatas y contorsionistas que iban de pueblo en pueblo ofreciendo su espectáculo semicircense. Se acompañaban de personajes marginales, prostitutas y cantantes. Por parte de la oficialidad jerárquica religiosa, en una sociedad netamente teocéntrica como era la Medieval occidental, estaban muy mal vistos, pues se supone que distraían a los fieles de sus obligaciones cristianas, y les entretenían en sus ejercicios de piedad a lo largo de las rutas de peregrinación. Es más, formaban todos ellos en el grupo de las sectas o sociedades secretas que llamaban los goliardos y que formaban la «Corte de los Milagros». Entre otros muchos escritores sacros de la Antigüedad, San Agustín es claro al decir que no quiero que entréis en comunión con los demonios… estos se deleitan con cánticos llenos de vanidad, con espectáculos frívolos, con las variadas torpezas de los teatros, con la locura del circo…” Honorio de Autun calificaba a los juglares comoministros de Satán, y decía que para ellos no había esperanza de salvación. Se quedaban fuera del templo, retratados en la puerta…. Pero para ellos era el futuro, porque a la vista está: siete siglos después de haber estado allí bailando, siguen sonriéndonos.

Carteles del Cosmos en San Bartolomé

De las múltiples iglesias románicas que vió Atienza levantarse entre sus muros a lo largo de los siglos medios, hoy solamente quedan siete de estos templos: unos mejor conservados que otros, pero todos interesantes: están, de un lado, los de la Trinidad y San Gil, dentro del casco poblacional, con sus ábsides llamativos y potentes; está la gloria iconográfica de Santa María del Rey en la alto del cerro, bajo el castillo; y están los templos del Val y San Bartolomé aislados también, por los bajos de la población, camino de las sierras sorianas.

Este de San Bartolomé es un dignísimo ejemplo del arte románico castellano, casi paradigmático y elocuente por sí sólo de lo que fue la potencia de esta población de arrieros y comerciantes en la Edad Media castellana. Situado este templo en la parte más baja de la poblacion, se rodea de una valla alta de piedra y se precede de un pradillo con árboles que le confieren un encantador aspecto en su aislamiento. Es obra que se conserva casi en su integridad. Construida en la primera mitad del siglo XIII, en una piedra de la escalera que sube a la espadaña se lee ERA M.CCLXI (1223) que la fecha, y el nombre de Bohar que puede ser la firma del arquitecto o artífice que la levantara.

Su ábside es de planta cuadrada, y se ve adornado con finas columnas adosadas. Su espadaña es también románica. Así como la galería porticada con arcos de medio punto (los fustes de sus columnas fueron tallados y abalaustrados en el siglo XVI) y la puerta de ingreso con dos arcos semicirculares decorados con roleos y finos entrelazos de sabor mudéjar, así como algunos capiteles decorados con figuras humanas.

En el siglo XVI se hicieron importantes reformas en este templo, alzando su techumbre y poniendo nuevo artesonado de madera; construyendo la casa del santero y la casa‑curato, luego destinada para hospedería, dispuesta en torno a la cabecera de la nueva nave lateral añadida por el lado norte; y la capilla y sacristía del “Cristo de Atienza”. En su interior merece destacarse el retablo barroco del presbiterio; el gran arco triunfal románico que le precede; y la capilla barroca del Cristo de Atienza, decorada con profusion y exceso, debida al maestro Pedro de Villa Monchalián, quien la construyó en 1703. La gran verja que la cierra es obra del gran artista cifontino Pedro de Pastrana, obra también del siglo XVIII. El retablo de esta capilla lo construyó, entre 1703 y 1708 el artista Diego de Madrigal. En el centro de ese barroquísimo retablo se ve el grupo gótico, magnífico, de Cristo en la Cruz abrazado por José de Arimatea, y San Juan y la Virgen María contemplando la escena. Obra del siglo XIII, se trata de un Descendimiento en conjunto iconográfico poco visto en el arte español. Es, de todos modos, obra capital de la escultura gótica en la provincia de Guadalajara.

Lo primero que ve el viajero al llegar a San Bartolomé, es su galería porticada. Que será la que se quede grabada para siempre, en la retina y el corazón, como símbolo del Medievo atencino. Este templo merece sin duda un viaje ex-profeso desde Sigüenza, para contemplar no sólo su maravillosa silueta, y acercarse al silencioso misterio de su patio anterior, donde resuenan los pasos tenues de los siglos medievales, sino que en su interior hay elementos suficientes para ver de cerca la maravilla del arte de esos pasados tiempos. Y, de propina, ver entero y verdadero ese cuadrilátero ábside, libre ahora de la casa del santero, orgulloso de mostrar el gran ventanal románico magníficamente conservado.

Sigüenza fortificada, una visita apresurada

Arco del portal mayor en Sigüenza

El Portal Mayor, de Sigüenza, visto desde el interior de la ciudad. Acuarela de Isidre Monés i Pons

Como estamos preparando un libro sobre el tema de “Sigüenza y alrededores”, y aun a riesgo de que nos copien la idea antes de llevarla a cabo plenamente, hoy adelanto algunos de los aspectos que aparecerán en esa obra, en la que yo pongo el texto y el artista catalán Isidre Monés i Pons pone las ilustraciones. Una por ficha, y son sesenta en total. La ciudad entera, y los alrededores. En esta ocasión, paseamos junto a las piedras nobles y medievales de la Sigüenza fortificada.

El castillo de los Obispos, en Sigüenza

  • En lo más elevado de la ciudad de Sigüenza se alza la mole pétrea del castillo o fortaleza que fue residencia de los obispos seguntinos. Primitivo castro celtíbero y luego romano, asiento después de visigodos y árabes, fue reconstruido y continuamente ampliado tras la reconquista de la ciudad en 1124, sirviendo durante siglos de residencia a los señores y obispos.
  • Fueron los siglos XIV al XVI los de su mayor esplendor, pues al comienzo de ellos el obispo Girón de Cisneros construyó las dos torres gemelas del paramento norte, que hoy sirven de entrada. El Cardenal Mendoza también hizo importantes ampliaciones, y ya en el siglo XVIII el titular del señorío episcopal, Díaz de la Guerra, llevó a cabo algunas obras. Tras años de abandono en los siglos XIX y XX, en que casi alcanzó la categoría de ruina total, entre 1972 y 1976 fue reconstruido, restaurado y acondicionado para servir de Parador Nacional. Con ello se ha conseguido el rescate de este monumento clave de la ciudad de Sigüenza, dinamizando su vida cultural y turística, pues las condiciones ambientales de este Parador le hacen ser preferido de continuo por muchos viajeros y grupos. Al mismo tiempo, sirve como centro de reuniones científicas, políticas, culturales, etc., muy diversas. Puede visitar­se a cualquier hora, al menos en las áreas más utilizadas.
  • Subimos, a pie preferiblemente, desde la grandiosa Plaza Mayor, por la empinada cuesta, viendo iglesias y palacios a cada lado. Y arriba, sobre la gran explanada, se destaca el grandioso recinto, todo él rodeado de fuerte muro almenado, en cuyas esquinas, y a trechos en los paramentos, surgen torreones de refuerzo. La puerta principal se orienta al norte, y se precede de un patio defendido por alto murallón. Por unas escaleras escoltadas de las dos torres gemelas del obispo Girón de Cisneros, se pasa al vestíbulo, y de éste al patio central, en el que destaca un pozo antiquísimo, y galerías de madera. Son reseñables algunos salones, como el del trono, hoy decorado en rojo sus paramentos, donde administraban justicia los obispos; y el de doña Blanca, de grandes dimensiones, para exposiciones y convenciones. También se conserva la capilla, y una pequeña estancia puesta allí por orden del rey Pedro I el Cruel: es la torre de la Mariblanca similar en aspecto a todas las demás, y donde dice la leyenda que pasó amargas jornadas de cautiverio la reina de Castilla, doña Blanca de Borbón. La presencia del castillo culminando la ciudad, con su silueta almenada y torreada, es lo que confiere a Sigüenza su neto carácter medieval. Entre sus muros, felizmente recuperados, la historia episcopal y guerrera de la ciudad aún palpita, y el viajero mantendrá de su visita a este recinto un recuerdo imborrable.

El castillo de Sigüenza merece visitarse por muchos motivos, y en cualquier caso es fácil hacerlo, pues la entrada es libre, tanto a su patio como a sus dependencias. Se llega fácilmente en coche hasta su recinto externo, y a pie se penetra en el círculo interno del patio, donde aparece el viejo pozo. Los salones con sus escudos, sus reposteros y obras de arte están abiertos a la contemplación general, e incluso puede completarse el viaje con una suculenta comida, a base de típicos platos seguntinos, en su restaurante situado en uno de los más solemnes salones. Habitualmente, en el verano se ofrecen exposiciones de pintura e incluso actos de tipo cultural en el seno de este castillo, que hacen todavía más sugerente su visita.

El Portal Mayor de Sigüenza

Caminamos por la Travesaña alta (hay quien lo escribe con “b”, así: “Trabesaña”, y no yerra), desde San Vicente hasta la muralla. Y alcanzamos, primeramente, el Portal del Hierro, que ya hemos descrito, y seguimos bajando la cuesta, pronunciada, hasta llegar al Portal Mayor de Sigüenza, quizás el más hermoso de los accesos, o salidas, de la ciudad.

Era este un hueco por donde la gente, en la Edad Media, lo mismo que hoy, entraba al burgo, o salía de él. Este portal es fruto de la ampliación del recinto amurallado de la ciudad, en el siglo XIV, construido a instancias del obispo y señor, don Girón de Cisneros. Por fuera es plano, murallón de sillarejo dorado, arco de medio punto. Señala el espacio de salida. Pero por dentro, consigue un conjunto espectacular, pues el propio arco contiene, en su parte alta, un altarcillo con baranda, dedicado a la Virgen de la Victoria, y remata en tejado de teja árabe y hasta una espadaña con un pequeño campanario.

A los lados, en el interior, se construyeron palacios, con orondos portalones de arcos semicirculares, ventanas talladas en sus bordes, y rejas exquisitas cubriéndolas. Algún escudo, canecillos aquí y allá, y el nombre de la cuesta, imposible más expresivo: “rompeculos” por el peligro que en el invierno su helada superficie puede alterar el equilibrio de los viandantes. Por eso siempre tuvo el pavimento, en ese lugar, un denso empedrado.

El Portal Mayor era la vía de salida de la ciudad medieval hacia el Arrabal, que estuvo ocupado por los moros que se quedaron a vivir aquí, o que vinieron en años de bonanzas. Fuera del arco nunca hubo dificultad para el crecimiento del barrio,  y aunque la pendiente era, y es, acentuada, se nutrió enseguida, y permaneció creciendo, de casas de labradores, de artesanos, de comerciantes orondos y guasas continuas… es el de afuera un barrio de labradores, es “el Arrabal”.

El Portal Mayor es, probablemente, el elemento urbano más retratado de Sigüenza, más aún que su plaza mayor, o que la Casa del Doncel. Porque conjuga belleza con rusticidad, alardes con sonidos de campana. Tiene el aire esencial de un viejo burgo castellano, y nos concita a estar pasando bajo su arco una y otra vez. Como en un mantra o plegaria que solicita volver a un tiempo ido, a una edad inocente y sin pecados.

El portal del Hierro

En Sigüenza hay que hacer alguna vez el recorrido de sus murallas. Ya sabes que rodeaban por completo a la ciudad, en la época medieval que siguió a su conquista, y que esa muralla fue haciéndose, construyéndose, más amplia según pasaban los siglos. Hoy quedan restos de ella, porque muchos edificios y viviendas se construyeron adosados a ella.

En la parte baja de la ciudad medieval, la catedral quedaba fuera de la muralla, y fue en los años finales del siglo XV cuando, a instancias del señor y cardenal Pedro González de Mendoza, se derribó buena parte de esa muralla, apareciendo en su lugar la que es hoy Plaza Mayor seguntina. Junto a ella, aún vemos uno de los arcos de entrada, el del Toril, y por la parte de levante de las casas que escoltan la calle mayor, todavía se mantiene casi entera. Hasta la iglesia de Santiago se construyó pegada a ella.

Lo mismo ocurrió en el costado occidental de la ciudad. De aquella fuerte muralla, almenada y a trechos protegida por torreones, solo quedan restos mínimos y dos puertas: el Portal Mayor y la Puerta del Hierro. Y esta es la que ahora vamos a admirar, y a evocar.

Es grande y hermosa esta puerta. Dice Basilio Pavón, que es el investigador que más sabe de esto, que la Puerta del Hierro se abriría en el siglo XV, con objeto de relacionar la ciudad con el arrabal nuevo que se pegaba a la muralla y en el que habitaban los musulmanes abajo y los judíos arriba. El arco se compone de un arco de medio punto y dos torres circulares a sus lados, de acusado peralte, sobresaliendo de la muralla tres metros y medio. Y entre el arco exterior y el interior hay un espacio, casi una habitación, con cuatro mochetas, que le hace recordarnos muy mucho las puertas islámicas, y aún es probable que delante del arco exterior hubiera en lo alto una buharda vigilante.

Le llamaron “del hierro” a este portal, porque en plaza de delante y en su entorno tenían sede algunos herreros con sus fraguas y talleres. En ese lugar, además, se cobraban los portazgos sobre las mercancías que entraban a ser vendidas en el inmediato mercado de la actual plazuela de la Cárcel. Por allí vivían muy densamente los artesanos y comerciantes de Sigüenza, que se distribuían por las calles de la bajada al Portal Mayor, la de la Sinagoga y la de Herreros. Así es que no parece exagerado pensar que toda esta zona de la ciudad estaba poblada de familias hebreas, que debieron marcharse tras el edicto de los Reyes Católicos en 1492. Con todo, la comunidad judía y su lugar de habitación, la judería seguntina, tuvo gran importancia durante la Edad Media. Así lo recoge Marcos Nieto en su estupendo estudio sobre el tema, y en ese lugar ambienta su estupenda novela “La llave de oro” Miriam Martínez Taboada. Todo lo que ella dice es evocador de aquel barrio, de aquel entorno. Incluso hay quien ha contado que el propio cardenal Cisneros, en los años de su estancia en la ciudad, aprendió el hebreo de un judío seguntino que habitaba en este barrio: “Tan aficionado como esto era de las letras y de hacer fundaciones, si bien la Sagrada Escritura era toda su inclinación, pues como otro Jerónimo, empezó a aprender la lengua Hebrea y Caldea de un judío de esta ciudad (Sigüenza) para entenderla perfectamente y fueron tan buenos estos principios, que se valió mucho de ellos en el trabajo de la Biblia Complutense”, eso es lo que nos dice Jerónimo de Quintanilla.

Así es que fijaos si este Portal del Hierro, viniendo de unas cosas a otras, ha tenido importancia en los anales de la ciudad. Este es el momento para correr, para subir la cuesta, y admirarlo. Cuando atardece y el sol de poniente le ilumina directo, es cuando más refulge.

La capilla de Luis de Lucena, hace un siglo

La Capilla de Luis de Lucena a comienzos del siglo XXHoy nos asombramos, y aplaudimos, del resultado que ofrece la capilla de Nuestra Señora de los Angeles, que fundó a principios del siglo XVI el humanista Luis de Lucena, en la cuesta de San Miguel. Pero los avatares que ha sufrido esa capilla han sido muchos. Hoy traigo al recuerdo de mis lectores su peripecia secular.

Concretamente en 1914, y tras varios años de pelear en instancias madrileñas por conseguir de algún modo protección para el edificio, que se venía al suelo sin remisión, un seguntino de pro, académico de la Real de Historia por entonces, don Manuel Pérez-Villamil, de quien ahora se cumplen los 100 años justo de su fallecimiento, consiguió que la Academia de Bellas Artes de San Fernando promoviera su declaracion de Monumento Nacional, que actualmente tiene, y gracias a ello no se derribara, como estaba previsto.

En ese proyecto salvador influyó mucho el por entonces primer ministro del Gobierno de España, don Alvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, que apoyó la idea. Se consiguió comprar la capilla a sus dueños, que la tenían abandonada, y así se dedicó a almacén de las obras de arte desperdigadas por la ciudad. Se acumularon algunas estatuas, y posteriormente se llevaron los restos de la capilla de los Orozco (de la derruida iglesia de San Gil) y de los enterramientos de los condes de Tendilla (destruidos en julio de 1936 en la iglesia de San Ginés).

Rescato ahora de un viejo boletín el escrito que envió don Manuel Pérez-Villamil a “su” Academia de la Historia, para apoyar esta declaración de nombramiento de Monumento Nacional, consiguiendo salvar esta joya del arte del Renacimiento en Guadalajara.

Capilla de Luis Lucena, vulgo de los Urbinas, en la ciudad de Guadalajara.

Nada tan grato para mí como informar a la Academia acerca del mérito histórico de la capilla mal llamada de los Urbinas que existe, aunque desmantelada y ruinosa, en la capital de la Alcarria, y que por iniciativa, que mucho la honra, de nuestra hermana la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, trátase de elevar a la categoría, muy merecida, de monumento nacional.

Cuando yo era niño y hacía mis primeros estudios en Guadalajara, la histórica capilla se hallaba ya enterrada en los escombros de la iglesia de San Miguel, a que desde su fundación estuvo unida, y comenzaba a iniciarse ya la implacable ruina que aqueja y acaba sin remedio con los edificios abandonados. Hay que decir cómo se hallará al presente con el estrago de tantos años de desamparo, aislada en un lugar que carece de la vigilancia del tránsito, abierta a los mendigos, que pernoctan en sus escondrijos, convertida en blanco de los muchachos que se ufanan con la certera puntería de sus pedradas, y amenazada siempre de ser derribada para obtener el escaso aprovechamiento de los materiales que no han podido arrancarse con la mano y furtivamente transportarse.

A pesar de todo, y de haber desaparecido las estatuas de sus sepulcros, las lápidas que ilustraban su historia, las molduras que decoraban sus altares, y hasta buena parte de las pinturas al fresco que cubrían sus bóvedas, aún el descarnado esqueleto que queda en pie es tan notable por su fisonomía, su apostura, sus mutilados miembros y los recuerdos que guardan entre sus venerables despojos, que bien puede calificarse de monumento único entre los que la arquitectura española conserva de la décimosexta centuria.

Único, porque parece mudéjar y no es mudéjar, parece gótico y no es gótico, obra del Renacimiento y no responde a los cánones clásicos; es un edificio exótico, sin dejar de ser español, muy original, y parece ser una imitación, algo, en fin, en que se funde y amalgama con una sencillez severa y elegante todas las corrientes del arte español que llegan a juntarse, como los estados cristianos y mahometanos, bajo el cetro de los Reyes Católicos y el Imperial de Carlos V.

Es una fábrica de ladrillo rectangular muy adornada, a la vez que robustecida por cubos en sus vértices, y cerrados estos, como aquella, por cornisa de matacanes, con adornos de ladrillos combinados en anchas fajas y con óculos y ventanales que semejan saheteras en la parte superior de sus muros; de la piedra al ladrillo, y de la fachada de un gran palacio a la disposición de una pequeña capilla, un monumento tan extraño que acrecienta la originalidad artística sin salirse de las normas más o menos simbólicas de la arquitectura que integra con elementos tan diversos el palacio de los Mendozas.

Pero si es tan interesante el valor artístico de este singular y profanado monumento alcarreño, subede punto su importancia histórica sabiendo que fue fundación de uno de aquellos españoles insignes que dieron tanta honra y autoridad a España en el siglo XVI, llevando al otro lado de sus fronteras los destellos de su talento soberano y los frutos de su sabiduría no superada por extranjeros. Luis del Lucena, nacido en Guadalajara en los últimos años del siglo XV, fue hombre de tan singulares dotes de inteligencia, y alcanzó al caudal de conocimientos que, aun siendo clérigo, fue doctísimo en la medicina y, aún siendo médico, dominó las ciencias filosóficas y la teología como los más ilustres escolásticos de su época, compartiendo con su paisano Páez de Castro y con Jerónimo de Zurita el cultivo de la historia, y mezclando con estas tareas el estudio de los secretos naturales, como decía de él el mismo Zurita para ponderar la universalidad de sus conocimientos en todas las disciplinas humanas.

Fundación de tan ilustre alcarreño fue la capilla de Nuestra Señora de los Angeles en la iglesia de San Miguel, de Guadalajara, según consta en la inscripción que aún se conserva en uno de sus torreones, y cuya fecha es la de 1540. Pero no fue esta capilla la única fundación suya en Guadalajara, sino que, unida a ella, estableció una librería pública de libros en lengua castellana, según declara en su testamento otorgado en Roma, donde le sorprendió la muerte en 1552. En esta biblioteca, cuya organización y régimen de gobierno establece metódicamente en dicho testamento, había de darse una cátedra de teología moral, pero sin reducir por eso la adquisición de libros de aritmética y geometría, de arquitectura y pintura, y otras artes manuales, de filosofía natural y de historia, abarcando con sabia previsión todas las necesidades que la cultura española podía exigir en aquellos tiempos.

Cuando no fuera más que como monumento histórico que recuerda la fundación de este gran español que, adelantándose al curso de los tiempos, supo redactar un reglamento de ordenación de libros como el que había de observarse en la biblioteca de Guadalajara, adjunta a la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, el citado monumento debe conservarse con afán y acudir a conservarlo por todos los medios de que pueda disponer el Estado.

Bien merece esta reparación la memoria de Luis de Lucena, cuya desgracia póstuma ha sido tanta que hasta su nombre perdió la fundación cuando, porque enlaces de familia, su herencia pasó a la de los Urbinas, en cuyas manos desacertadas comenzó la decadencia, que vino a rematar en vergonzosa venta ejecutada por tan desaprensivos y escasos patronos.

En vano la Comisión de Monumentos de Guadalajara ha procurado velar por la conservación de tan raro y glorioso trofeo de las glorias alcarreñas; ni sus recursos ni su influencia han bastado a contener la ola de vandalismo que ha borrado de nuestro suelo tantos y tan insignes monumentos en que estaban vinculadas las glorias de la patria.

Por eso la Academia de la Historia cumplirá, a mi juicio, con los altos fines de su instituto, uniendo su autorizada voz a la de la de Bellas Artes de San Fernando para que, declarada Monumento Nacional la mal parada Capilla de Lucena, recobre una existencia que tanto honra a España, y que, de consuno le disputan hoy las injurias del tiempo y el abandono y la ingratitud de los hombres.

El superior criterio de la academia resolverá, no obstante, lo más acertado. 

Madrid, 27 de febrero de 1914

 

El calendario románico de Beleña

Mensario románico de Beleña de Sorbe, joya del románico de GuadalajaraUn grupo de amigos veteranos, hemos visitado hace unos días una de las joyas del arte románico de Guadalajara. Desde Cogolludo se baja en diez minutos…. Porque ahora la carretera que nos lleva a Beleña, desde Fuencemillán, está arreglada y es fácil llegarse hasta este pueblo que parece abandonado, pero que aún mantiene vivos algunos hogares. Allí nos dirigimos hasta la iglesia de San Miguel, a ver su pórtico.

La entrada a los templos era el lugar donde se desplegaba el Tratado de Teología que entendían las gentes en el Medievo. Lo primero que explicaban los clérigos era que la forma circular de sus arcos representaba el Cielo, el lugar sagrado donde moraba Dios. Y que el estrechamiento progresivo de jambas y columnatas suponía el esfuerzo que se pedía a los hombres para mejorar su vida en orden a llegar al Paraiso.

Sobre los arcos, tallados, y en las jambas, y en los tímpanos, surgían las figuras referentes: Cristo, sus Apóstoles, María, los Ángeles, los Bienaventurados…. Pero también los réprobos, los demonios, los vicios plasmados en monstruos deformes. Ese era el código de comportamiento que unas a otras las enseñanzas sumadas suponían.

Beleña [de Sorbe] fue lugar próspero durante la Edad Media, con un codiciado castillo en lo más alto, del que hoy sólo quedan dos paredones cargados de desgracia. En el siglo XIX aún contaba con 40 vecinos, (150 habitantes en total) y 515 fanegas de labor dedicadas a la producción de trigo, vino y aceite. A finales del siglo XX sólo quedaban 3 familias que no juntaban en total las 15 personas. Luego llegó a su despoblación total, y hoy parece que se ha recuperado algo. Sorbe arriba, en término del pueblo todavía, se construyó una presa que sirve para retener el agua del río Sorbe con la que se proporciona agua potable a los habitantes del valle del Henares.

Del conjunto de este pequeño pueblo destaca la iglesia parroquial dedicada a San Miguel, más concretamente su portada de ingreso, valioso ejemplar del arte románico castellano, fechable en el límite de los siglos XII y XIII.

Esta portada, resguardada de las inclemencias atmosféricas por atrio porticado también románico, consta en esencia de cuatro arcos semicirculares en degradación, siendo el interno y externo de arista viva descansando sobra jambas. La segunda arquivolta presenta una molduración muy sencilla de corte cilíndrico, y es en la tercera en la que aparecen sus dovelas esculpidas con las representaciones de los diversos meses del año.

Dos capiteles a cada lado las sostienen. Estas parejas de capiteles tienen una iconografía bastante clara. El primero de los capiteles de la izquierda, muestra a un ser supremo, alto, derecho, elegante y coronado (el Dios del Génesis) que viste a una figura femenina a su derecha (Eva, la primera mujer) mientras a su izquierda aparece una figura masculina (Adán, el primer hombre), con largo pelo, desnudo, y tapándose sus órganos genitales con la mano, urgiendo a Dios a que le vista a él también. En el Génesis se dice: “Yaveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió” (Gen. 3,21).

El capitel adyacente del lado izquierdo de la portada de Beleña, aprovecha su estructura para colocar en él, en gran relieve, tres figuras que son las más dañadas de todo el conjunto. Así y todo, podemos apreciar una figura humana en el centro, que es requerida por dos demonios a sus lados. Figuras deformes, amenazantes, muy desagradables, con todos los caracteres con que en la Edad Media se identifica al Diablo, con cuernos, pezuñas, hocicos, ojos grandes. Estos demonios acechan a un ser central ¿Es el Hombre, amenazado por los Demonios? ¿O es Cristo, tentado por Satán? En todo caso, dos escenas que demuestran que en el origen del hombre está el pecado original y la amenaza del demonio.

 

Iconografia romanica de Guadalajara

 

Los otros dos capiteles, a la derecha de la puerta, muestran, el primero de ellos, a las tres santas mujeres, las Tres Marías, ataviadas al uso medieval, con su tarro de óleos en la mano izquierda, y la derecha levantada en actitud de saludo y deseo de paz, ante el vacío sepulcro de Jesucristo. Y a continuación, el mejor de los cuatro capiteles, en el que se ve el sepulcro de Cristo, abierto, con un lienzo que asoma por su costado y que significa que el muerto se ha ido, custodiado por un ángel que porta una gran cruz, y en la otra cara unos soldados ataviados a la usanza medievales, caídos o cayendo ante la presencia luminosa de Dios resucitado.

Lo más interesante, sin embargo, de la portada románica del templo de Beleña, son los catorce relieves de la arquivolta, los que con su color dorado están pidiendo ser colocados en el lugar interpretativo que les corresponde. Y éste sobrepasa por completo del reducido ámbito de la región y el pueblo de Beleña, para entrar de lleno en la ancha corriente histórica que nace en el mundo pagano de la península itálica y cuaja finalmente en el crisol medieval de la Europa cristiana. Son estos catorce relieves de Beleña un oleaje, tal vez el último y más meridional, de un ancestralismo folclórico, literario y artístico que ha ido dejando múltiples huellas por todo el mundo de herencia latina.

Los doce meses del año. El semicircular regocijo de los trabajos y los goces anuales. La petrificada fragancia de una vida alegre y sin complicaciones. Comenzando por la izquierda su revista, aparece en primer lugar un ángel rudo y sencillísimo. Enero es simbolizado por una escena de la matanza del cerdo. En febrero aparece un viejo calentándose al fuego, junto a una pequeña hoguera. De marzo se trae la poda de los arbustos y árboles. En abril se ve a una joven con ramos de flores en ambas manos. Y en mayo un caballero montado sobra un jamelgo descabezado, sostiene en su mamo un halcón. Junio se representa por un hombre en las faenas de la escarda. En julio aparece el segador cortando la mies. En agosto se pasea un aldeano, sentado en un trillo, y arrastrado por una pareja da bueyes. Septiembre se simboliza por un hombre que arranca el fruto de la vid y la deposita en cestas de mimbre. Octubre por otra figura masculina que vuelca en una cuba el contenido líquido y oloroso de su odre. Noviembre se representa por la tarea da arar el campo, que aquí la hace un hombre con un par de bueyes, esta vez vistos en proyección vertical (tanto ésta como la dovela de agosto son de doble dimensión que las demás). En diciembre se pone a un hombre feliz tras una mesa colmada de alimentos. El último relieve es el de una cara de buen trazado, con labios gruesos y pelo rizado.

El sentido intensamente cristiano que rezuma el conjunto se obtiene al considerar la relación que unas y otras figuras y escenas (representadas en los capiteles y dovelas) tienen entre sí, y de forma secuente. El eje del mensaje es la sucesión de los meses con sus faenas, y al ser presentado en semicírculo, supone ser parte de un círculo, que es el símbolo de la eternidad. Por lo tanto, aparece el hombre como sometido a la fatalidad de un círculo eterno de trabajo. Sin embargo, la historia sagrada muestra que ese círculo tiene una salida, y es la Fe en Cristo. A través de ella se llega a la Salvación. El trabajo, representado en los doce meses cuyas representaciones están taladas en el arco, es el camino para pasar desde el pecado original a la salvación.

Los dos capiteles de la izquierda son claramente alusivos al pecado original y a la tentación del Demonio. La expulsión del Paraíso, y la asechanza de Satán infieren el castigo del trabajo humano. Pero los dos capiteles de la derecha muestran la evidencia de la Resurrección de Cristo tras su Pasión y Muerte, con lo que suponen de salvación del alma tras su salida del cuerpo. Frente al pecado y la tentación, se opone la resurrección, la salvación. En una sucesión eterna. Es esta la clara evidencia de la utilización de la escultura en época medieval como homilía y demostración permanente del discurso teológico. La “Biblia Pauperum” que está tallada en los edificios románicos, y que surge con otros guiones, pero con el mismo lenguaje, en muchísimos edificios de esta época.

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Aunque las representaciones de los meses en el mensario de Beleña queda bastante clara, no lo es tanto el significado de las dos figuras que abren y cierran la sucesión de esos meses. Son, concretamente, un ángel y un demonio.

Interpretaba bien Layna Serrano las dos figuras extremas de esta portada: aunque el ángel primero es de clara y fácil identificación, no la era tanto esa cabeza del extremo derecho, de ensortijados cabellos y abultada prominencia labial. Era el diablo, sí. Durante la Edad Media europea es comúnmente representado el Malo con los rasgos de la negritud. Herencia de antiguas filosofías segregacionistas, en las que se quería mostrar a los seres de raza negra como carentes de alma y, más aún, poseídos por el Demonio. En la doctrina simbólica tradicional, las razas oscuras son hijas de las tinieblas, aludiendo la representación del negro a la parte más instintiva y baja del hombre. No es extraño, pues, que a un ángel se contraponga un negro: son el Bien y el Mal para el anónimo escultor de Beleña.

El hecho, aún, de que estos dos símbolos abran y cierren el coto circular de lo meses, nos hace meditar todavía: sabido de todos es que el nombre del mes de enero, en todos los idiomas europeos, es derivado muy directo del nombre del dios Jano (January, Janvier, Januar, etc.) habiendo perdido en castellano la jota inicial por la que, aún siendo también derivado suyo, no lo parece. El dios Jano era para los romanos el encargado de regir el destino, el tiempo como camino recorrido y por recorrer. Se le suele representar con una cabeza con dos rostros, que miran al pasado y al futuro, por lo que, desde muy remotos tiempos, se le eligió para ser representación del comienzo del año, y así aparece en muchos menologios romanos y, por tradición conservada, en otros medievales ya cristianos. En algunos, como en el de la catedral de Pamplona, situado en las claves circulares de su bóveda, aparece enero representado por un hombre con dos cabezas, y sosteniendo una gran llave en cada mano. Con ellas se pueden abrir la “puerta del Cielo y la puerta del Infierno” (“Janua Caeli” y “Janua Inferni”), según la representación pseudocristiana de algunas leyendas. Creo que en Beleña es claro el cometido de esas dos rudas figuras: enero se desdobla en ellas, adquiere carácter de sucinta homilía, y recuerda que en el principio de la vida hay ya dos puertas, dos caminos: el del cielo y el del infierno. Que no son mitos: que están, de verdad, al comienzo y al fin de cada año, esperando su cosecha de seres humanos.

Solemne presencia del Renacimiento

Palacio de don Antonio de Mendoza en Guadalajara e iglesia de La Piedad obras de Lorenzo Vazquez y Alonso de CovarrubiasDe vez en cuando conviene repasar presencias y memorias de los lugares y edificios que nos rodean, o por los que pasamos a diario. Aquí va el recuerdo y la alabanza de un fantástico espacio histórico de nuestra ciudad: el palacio que construyó Antonio de Mendoza, magnate y guerrero, y la iglesia adjunta que mandó elevar su sobrina Brianda de Mendoza, devota, beata… y alumbrada.

Lo que sí consiguieron estos dos personajes, tío y sobrina, Antonio de Mendoza y Brianda de Mendoza, fue contratar a los mejores arquitectos de su época: primero a Lorenzo Vázquez de Segovia, para construir el palacio, y después a Alonso de Covarrubias, para proyectar, levantar y tallar hasta hasta en su más mínimo detalle la iglesia.

El palacio de Antonio de Mendoza

En el centro de la ciudad vieja (del “casco antiguo” como ahora se le llama), en la antigua colación de San Andrés, donde habitaba a finales del siglo XV nutrida colonia hebrea, puso don Antonio de Mendoza su gran palacio renacentista, una de las primeras muestras que del estilo recién importado de Italia se elaboraron en Castilla.

Era este señor hijo del primer duque del Infantado, don Diego Hurtado de Mendoza, y junto a él y sus numerosos hermanos y familiares, que constituían la lucida corte mendocina de Guadalajara, intervino en la guerra de Granada, mostrándose en ella valeroso. Permaneció siempre soltero, y al retirarse de la guerra decidió construirse casa propia, elevando este palacio con la colaboración de artistas que ya su tío el gran Cardenal Mendoza había tomado a su servicio, y que fueron los introductores en Castilla del modo renacentista de construir, decorar y concebir el arte.

Muerto don Antonio en 1510, con el palacio ya concluido, pasó (por testamento) a manos de su sobrina, también soltera a la sazón, doña Brianda de Mendoza y Luna, hija del segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza. Piadosa señora que reunió en su torno a una nutrida colección de espirituales congéneres, todos muy en la línea de incrementar la pureza del cristianismo, en la onda que movió primero en Castilla don Francisco de Cisneros, y luego, en toda Europa, y con más fuerza, Erasmo de Rotterdam. Lo que en esas reuniones se decía, y se hacía, no ha quedado reflejado de forma fidedigna en documentos de archivo, pero por indirectas alusiones parece que aquello rozaba, aunque fuera muy de lejos, el naciente luteranismo.

Sin embargo, y gracias al influjo en curias y vaticanas cortes de algunos miembros de la mendocina corte, doña Brianda recibió en 1524 una Bula de Clemente VII para fundar beaterio de la Orden Tercera de San Francisco, y añadir un Colegio de Doncellas.

Para esta institución, habilitó doña Brianda el palacio de su tío, y ldecidió entonces añadirle una gran iglesia, de la que carecía, en la que colaboraron los mejores artistas castellanos del primer tercio del siglo XVI. A la muerte de la fundadora, en 1534, ya estaba definitivamente acabado el edificio.

A raíz del Concilio de Trento, el beaterio se convirtió en convento de monjas franciscanas, que albergó denso plantel de la doncellez y viudedad de la aristocracia alcarreña. En 1835 fue disuelta su comunidad, y el edificio utilizado para Museo Provincial primero, Diputación Provincial después, incluyendo la cárcel pública y final y definitvamente Instituto de Enseñanza Media.

El conjunto de las fachadas del palacio e iglesia constituye uno de los rincones de Castilla donde más rico y elocuente se muestra el albor renacentista. La portada del palacio ofrece un arco semicircular, finamente decorado, apoyado en sendas pilastras; todo ello enmarcado a su vez por otras pilastras de profusa decoración a base de carteles, armaduras, trofeos militares y frutos, rematadas por capiteles de complicada representación vegetal. Dos cartelas rematan en alto esas pilastras tan militares, y lo hacen con frases de alabanza a Dios. Una dice “Doce Me Facere Voluntate Tuam” y la otra “Quia a Deus Meus est V”. Que vendría a ser el equivalente, en latín, del refrán castellano: “A Dios rogando, pero con el mazo dando”. A principios del siglo XX se cercenó el remate de esta portada, que mostraba en grande el escudo tallado de los Mendoza. En su lugar se colocó un balcón.

A través de pequeño zaguán se sube hasta el patio del palacio, obra magistral de la arquitectura civil del Renacimiento: de planta cuadrada, en cada lado aparecen seis columnas, cilíndricas, de liso fuste que sostienen capiteles de clara raigambre alcarreña, consistente en una corona de hojas ciñendo el arranque del capitel, cuyo cuerpo se adorna de poco profundas estrías, y la moldura superior se adorna de ovas. Cargan sobre estos capiteles magníficas y anchas zapatas de labrada madera, y corre sobre todas ellas una doble cornisa prolijamente adornada.

El segundo piso del patio consta del mismo número de columnas, capiteles bellísimos, similares zapatas y más pronunciado alero. Ente una y otra columna corre un antepecho calado, con la piedra tallada en dibujo que semeja panal. Sobre el muro norte de este claustro luce un gran escudo imperial tallado en piedra de Tamajón, que procede de la Puerta del Mercado.

En el ala de levante se abre el gran hueco de la escalera de honor, de tres tramos, con pasamanos de bien tallada piedra, calada en forma de panal su barandilla, con gran escudo de Mendoza y Luna sobre fondo avenerado, en su tramo central. La parte de galería alta que queda sin muro en la parte en que se abre la escalera, se apoya en tres columnas con capiteles de rica decoración a base de copas y delfines.

El hueco de la escalera se cubre por gran alfarje renacentista a base de una combinación de tradición mudéjar en la que se conjuntan irregulares hexágonos cubiertos de rica decoración plateresca. La parte baja de los muros de patio y escalera se cubren de una buena colección de azulejos sevillanos de comienzos del siglo XX. Tras haber sido este edificio sede del Instituto Nacional de Enseñanza Media “Brianda de Mendoza”, ha estado durante unos años vacío y, tras una detenida y meticulosa restauración, volvió a ser destinado a sede del “Liceo Caracense”, también Instituto de Enseñanza Media. El autor de este palacio fue muy posiblemente el maestro Lorenzo Vázquez, introductor del Renacimiento arquitectónico en los estados mendocinos.

 

Palacio de don Antonio de Mendoza en Guadalajara e iglesia de La Piedad obras de Lorenzo Vazquez y Alonso de Covarrubias

 

La iglesia de la Piedad

Aneja al palacio de Antonio de Mendoza, formando ángulo sus respectivos muros, se alza la iglesia que doña Brianda de Mendoza promovió y encargó a Alonso de Covarrubias, para que sirviera de templo del cenobio que sobre el palacio heredado de su tío quiso fundar.

La iglesia del convento de la Piedad fue erigida hacia 1530, participando el maestro Alonso de Covarrubias en su traza y en la talla de la portada, una de las joyas del arte plateresco castellano. Se presenta ésta entre dos salientes contrafuertes, entre los que salta un arcosolio con el intradós cuajado de casetones con rosetas, y rematado en calada crestería y tejadillo que cubre el conjunto. La puerta propiamente dicha se compone de un alto arco semicircular cubierto de fina decoración, sobre pilastras; a los lados, bellísimos balaustres sobre pedestales, todo tapizado de profusa y delicadísima decoración plateresca, con magníficos capiteles rematados en cabezas de carneros; encima, varias molduras y un ancho friso de grutescos con escudo central; sus extremos rematan en flameros, mientras en el centro surge una hornacina avenerada flanqueada de pilastrillas y roleos, con un extraordinario grupo de la Piedad, de aire en cierto sentido gotizante, en que se ve a Cristo tendido en los brazos de María, acompañada de San Juan y la Magdalena. Los escudos de Mendoza y Luna completan el conjunto.

El interior era magnífico templo de altas cúpulas de nervatura y frisos con frases alusivas; un gran retablo, hoy desaparecido, de la mano de Juan de Borgoña; rejas, enterramientos, etc. Nada quedó de ello: el presbiterio se derribó para ensanchar la calle que corre detrás; su altura se dividió en dos para crear en la parte baja capilla del Instituto, y en la alta salón de actos, en el cual aún se observan los arranques de las bóvedas, y escudos esculpidos en las ménsulas. Sólo quedó el sepulcro de la fundadora, doña Brianda de Mendoza, en cuya urna de tallado alabastro blanquecino se aprecian, algo desgastados después de haber permanecido largos años bajo escombros, los escudos de armas de la familia Mendoza y Luna. Uno de los laterales del enterramiento terminó tras la Guerra Civil en el Museo de Detroit (Michigan, USA). Se cubre este enterramiento, que también fue trazado y tallado por Alonso de covarrubias, con una gran pieza de jaspe rosáceo.