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A la sombra de la Hoz del Gallo

Una nueva propuesta de viaje, esta vez por los altos parajes molineses, a la sombra de los rojizos monolitos del barranco del Gallo, y aprovechando que ya es pleno verano en aquella zona tendente más bien a los fríos y las lluvias, es la que aquí propongo a mis lectores. La visita al santuario de la Virgen de la hoz, patrona del Señorío, y de los paisajes que forman su entorno espectacular.

Los amigos del viaje por Guadalajara, de la captura de imágenes, de la vivencia de fiestas, y de la admiración de paisajes (por no añadir el auténtico motivo de muchos, que es gozar la paz de la tierra silenciosa) han tenido un buen motivo hace una par de semanas para trasladarse al “barranco de la Hoz”, junto a Molina de Aragón, y vivir allí un día completo de luz, de rocas, de aguas cristalinas, y de fiesta: se celebró, un año más, como desde el siglo XIII viene ocurriendo, la romería del “Butrón”. Y allí se dio a conocer y se intentó volver, al reino de la magia y la leyenda, al mismo tiempo que de introducirse en la corriente de los siglos y ser un elemento más de esa fuerza imparable.

El barranco de la Hoz del Gallo, formado entre profundos cortados de la arenisca roca por las aguas cantarinas y siempre transparentes de ese río molinés (el “padre río” que le llamaba don Diego Sánchez de Portocarrero), se encuentra en el término de Ventosa, pero muy cerca (a diez minutos apenas, en coche) de Molina de Aragón. Sus murados límites se constituyen por elevados cantiles rocosos de piedra arenisca rojiza, que dibujan sobre el alto cielo mil caprichosas formas. Entre los roquedales se asoman los pinos y una variada vegetación. En el fondo del barranco de la Hoz, hay lugares donde apenas queda sitio para el paso del río y la carretera. Por los alrededores, desde Ventosa y Corduente, y hasta Torete, se encuentran numerosas arboledas, merenderos, lugares naturales donde poder pasar el día de excursión.

El lugar de la Hoz

En los más profundo de ese barranco asienta desde hace siglos el santuario de Nuestra Señora de la Hoz: la voz de la tradición dice que, poco después de la Reconquista, a principios del siglo XII, un vaquero de Ventosa había perdido una de sus reses, y anduvo buscándola todo el día sin hallarla. Al internarse por la Hoz del Gallo se le hizo de noche y creyó estar también él perdido. Al rato vio salir luz de entre unas rocas; acudió, y vio cómo sobre un pedestal rocoso se encontraba una pequeña imagen de la Virgen. Acudió luego al pueblo, y tras varias deliberaciones, se decidió llevar la talla a Molina, colocándola en la iglesia mayor de la villa. Pero al día siguiente, la Virgen había desaparecido de su nuevo altar y volvió a aparecer en el barranco. Esto ocurrió por dos o tres veces. Al final, se decidió levantar alguna ermita o santuario en el mismo enclave donde se apareció al vaquero de Ventosa. La devoción hacia la Virgen de la Hoz creció muy pronto, o fue alentada, como patrona de la Vega del Gallo, de la ciudad de Molina, y del Señorío o Común entero, que pronto también inició sus romerías hacia este lugar.

Ya desde entonces, los molineses pusieron a la Virgen de la Hoz del Gallo como su abogada ante el Cielo. Cualquier problema de la ciudad o del Común tenía su referencia en forma de plegaria a la Madre de Dios allí venerada.

En aquel remoto y paradisíaco lugar se instalaron, en el siglo XII, algunos monjes o canónigos regulares de San Agustín, quizás venidos de Francia, pues el obispo seguntino don Joscelmo adquirió el lugar de su dueño, el conde molinés don Pedro Manrique de Lara, en 1272. Estos hombres, mitad religiosos, mitad guerreros, edificaron el templo para la Virgen bajo la misma roca monumental, y junto a él pusieron su refugio claustral, pequeño monasterio, con hospedería para los romeros. Se constituía así un típico enclave mariano que levantó devoción por todo el territorio molinés. La tradición quiere que aquí hubo también caballeros templarios cuidando del lugar, pues al parecer esta Orden fue dueña de los enclaves de Ventosa y Cañizares. Lo único cierto es que ya mediado el siglo XIV, la Hoz era propiedad del monasterio cisterciense de Ovila, que aquí puso algunos de sus monjes blancos para cuidar, material y espiritualmente, del enclave

La ermita y la hospedería

Cuando el viajero llega hasta el corazón de la Hoz del Gallo, se encuentra con que el edificio del templo es obra del siglo XV. Está materialmente “incrustado” bajo la enorme roca, y muestra un portón apuntado con arquivoltas y un escudo del Cabildo molinés. El interior, que ha sido recientemente restaurado con acierto, es muy sencillo, de una nave, y en el altar se nuestra la imagen de la Virgen, que es talla románica del siglo XIII, hoy parcialmente revestida de brocados, sedas y coronas.

Aneja está la Hospedería, que ofrece también detalles arquitectónicos y ornamentales del siglo XVI, algunos grutescos populares, y ciertos escudos del Cabildo molinés. Y junto a estos dos edificios se ha instalado, adecuando un antiguo edificio, una nueva hospedería que sirve para poder comer y pasar la noche al abrigo de las rocas y con el arrullo de las aguas.  Pero el atractivo popular y paisajístico del conjunto, anula cualquier otra condición artística que, en todo caso, es mínima.

La devoción del Señorío de Molina fue siempre grande hacia este santuario. En la capital se organizaron varias cofradías a lo largo de los siglos. Nobles y letrados hicieron donaciones sustanciosas. Muchos pueblos acudían en masa para hacer romería en su entorno, especialmente los de Corduente, Ventosa, Lebrancón, Rillo, Herrería, Canales, Rueda y Tierzo, así como Molina ciudad, y el hoy turolense pueblo de Odón, que en sus orígenes fue molinés. Estas romerías se hacían acudiendo el pueblo entero, presidido de sus cruces y pendones, sobre carros ataviados de flores, haciendo luego los “dances” ante la Virgen. Ella siempre benefició a sus fieles con miles de milagros, y ellos dejaron cuajado su santuario de ofrendas y ex‑votos, que aún pueden verse en el camarín alto de la Virgen.

La fiesta del “Butrón” de la Hoz, que acaba de celebrarse, remonta su origen al siglo XIII. Se inició cuando el pueblo molinés sufrió una epidemia tras la que se prometió hacer romería hasta el Santuario, juntos el Concejo molinés y el Cabildo eclesiástico, repartiendo allí, tras las ceremonias religiosas, alimentos a todos, en forma de pan, sardinas y vino. En ese inicio está la visión teocéntrica de la vida, que explica el bien y el mal como procedente de la divinidad: la enfermedad sólo podía mandarla, y luego curarla, Dios Todopoderoso. Rogarle a El, o a su Madre la Virgen, era el modo más directo de enfrentar la desgracia. Un recuerdo de aquel pensamiento queda hoy en este viaje a pie por los caminos del Señorío, en la ribera del río Gallo, juntos civiles y eclesiásticos, cruces y bastones, cánticos y rezos. La honda luz tamizada por las rocas será, como siempre, el mejor marco para contemplar el paso de la tradición secular, y de paso, encontrar en su silencio esa paz que tanto nos hace falta.

Un libro que lo rememora

En estos días aparece un libro, escrito por persona religiosa y sabia, sor María del Mar Castro Malo, que viene a ser un “Obsequio a Nuestra Señora de la Hoz” (ese es su título) y en el que aparecen con detalle todas las historias, los aconteceres, los milagros y las sabidurías populares que rodean a este enclave tan cordial para los molineses.

En varios capítulos, la autora va recordando la historia de Molina y su Señorío, los pueblos y sus advocaciones marianas, las ermitas y los bosques. Entra luego de lleno en la memoria histórica del enclave geológico: en la aparición legendaria de María virgen, en los frailes y romeros. Realmente es una secuencia detallada de cuanto se ha escrito y sabido sobre el lugar.

Acompañado de circunstanciales expresiones de devoción y apasionamiento por el lugar, la autora desgrana con minucia los milagros que allí se han verificado, extraídos de otros libros y anales; y cuenta sobre todo cómo se celebra anualmente la romería del Butrón y la fiesta de La Loa, que es representación teatral de un Auto Sacramental en el que pastores y peregrinos, ángeles y diablos se persiguen y finalmente se coaligan en la alabanza a la Virgen, la de la Hoz, la molinesa.

El libro, espléndidamente editado y cuajado de imágenes a color de la naturaleza, los elementos formes, las fuentes y los pinos, las rocas y los recuerdos, merece la pena ser considerado, especialmente ahora, en que la Hoz y sus sorpresas vuelven a estar de actualidad.

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Naturaleza y Vida en el arte románico de Guadalajara

Iconografia romanica en Guadalajara

Se ha celebrado, entre los días 4 a 6 de julio, en la ciudad de Sigüenza, el primer Congreso de Arqueología Medieval de Guadalajara, que ha constituido todo un éxito de organización y asistencia, aportándose en las numerosas comunicaciones e intervenciones, datos muy valiosos para ir reconstruyendo el pasado remoto de nuestros pueblos, de nuestras tierras.

A veces las leyendas que hoy damos por tales, emergen de la historia con total naturalidad. Y con el paso de los siglos toman categoría legendaria los hechos que, mucho tiempo antes, fueron cotidianos.

En el “Libro de la Montería” de Alfonso Undécimo de Castilla, se nos dice que la caza del oso era habitualmente practicada por los nobles, lo mismo que la cetrería, y el acoso y muerte de los jabalíes, en infinidad de lugares de esta tierra. Por señalar algunos:

En la historia del monasterio alcarreño de Sopetrán, en pleno valle del río Badiel, se cuela la leyenda de que al Rey Alfonso Sexto, en 1072, “La Virgen la había librado de morir a garras de un Oso cuando andaba a cacería por esos contornos”, y en agradecimiento el rey mandó reconstruir el viejo monasterio medio hundido.

También nos informa ese “Libro de la montería” que “Santotis es buen monte de oso en verano”, y que los había muy numerosos en el monte de Pie de Fuste: bueno de oso, junto a Zarzuela [de Galve] y Valverde [de los Arroyos]. Y en tierras molinesas el monte de Valquemado “es buen monte de oso”, lo mismo que “la garganta de Orea, que es buen monte de oso todo el verano”.

Y en las pinturas de los techos de las salas bajas del Palacio del Infantado, pintadas a finales del siglo XVI por Rómulo Cincinato en Guadalajara, se nos muestran escenas de la caza de venados, jabalíes y avutardas por los duques a caballo, mientras entre los elementos de la fauna que habitualmente poblaba la primera Alcarria de Horche, Yebes y Lupiana, aparece entre otras especies la del lince ibérico.

En Salmerón aún corre la voz de que en “el Puerto” que lindaba con la población, una enorme serpiente que amenazaba a los caminantes fue finalmente abatida por Gil Martínez.

Mientras que en Canales de Molina, un aldeano me contaba hace mucho tiempo que allí la leyenda decía que un dragón enorme que echaba fuego por sus orificios guardaba a una doncella hasta que un día el dragón, en medio de una estampida de luz y explosiones, se fue hacia el cielo llevándose a la joven molinesa y dejando allí un montón de cachivaches que luego se tallaron fielmente en la llamada “Piedra Escrita” del término.

Estas elucubraciones y memorias vienen a cuento de poder expresar, en cierto marco de fuerza simbólica apoyada en realidades remotas, la idea de que el hombre del Medievo usó los elementos naturales que veía, o de los que alguien que los había visto le hablaba, para pasarlos al contexto material y perdurable del arte. En este caso, de la escultura románica, surgida en nuestra provincia, y más concretamente en su mitad occidental fundamentalmente, en el siglo XIII.

Detalles de la Naturaleza en el románico de Guadalajara

La Naturaleza surge, en su vertiente vegetal y animal, en numerosos detalles escultóricos de esa época. Solo para afirmar esa relación entre el medio natural en el que viven los artistas, y la plasmación artística de lo que ven en capiteles, arquivoltas y canecillos, es por lo que he escrito esta comunicación.

La Naturaleza animal se plasma en la escena del friso de la capilla del caballero San Galindo en la localidad serrana de Campisábalos: allí se ve cómo dos aldeanos o peones alancean a un jabalí, sobre cuyo lomo se lanzan a morder algunos perros. Es la evidencia de una forma de cazar (por deporte, o más bien por necesidad) animales tan peligrosos. En los canecillos del ábside de ese mismo templo, aparece un aldeano provisto de un palo muy grueso, que va a descargarlo sobre el animal que está tallado en el contiguo canecillo: un conejo de enormes orejas.

El aprovechamiento del mundo animal se plasma también en ese mensario de Campisábalos, muy deteriorado, pero con mejor visibilidad en el de  la puerta principal de la iglesia de Beleña de Sorbe, en la que se ve una escena del sacrificio de un cerdo por parte de un aldeano. Aunque se le localiza en Enero, lo habitual era proceder a ese sacrificio, a la “matanza” que aún hoy se continúa haciendo en nuestra Alcarria, por los meses de Noviembre y Diciembre.

En esa misma portada de Beleña, algunos de sus elementos tallados expresan la relación del Hombre con la Naturaleza: mientras que en el mes de Diciembre aparece un varón dándose una gran comida, el mes de Mayo se representa por un caballero cazador con un azor en su mano. La siembra, el arado, la siega y la trilla de los cereales se expresan también en esas dovelas.

La portada del Salvador, en Cifuentes, aún siendo un monumental retablo románico de teológica complejidad, en el que se ofrece una Psicomaquia de múltiples intérpretes, nos sorprenden algunos detalles que delatan la observación del artista en la Naturaleza y en la Vida que le rodea. Así, en la parte izquierda de la chambrana exterior de esa portada, aparece por una parte un ser monstruoso que quiere representar al Diablo, pero que en realidad muestra un enfermo de bocio multinodular, con dos enormes bultos saliéndole de la parte central del cuello. Próximo a él, otro demonio muestra la facies típica de un labio leporino. Y aún en parte alta y difícil de ver, el tallista nos deja la visión de un parto, mostrando tallada a una mujer con las piernas separadas entre las que aparece, boca abajo, un pequeño ser que se supone está naciendo. Lo más curioso de todo es que la parturienta tiene cuernos y atributos diablescos, y el bebé se representa con una corona y un cetro en la mano, significando muy a las claras que se trata de un Rey. Lo que ya supone una clara crítica al orden establecido en el siglo XIII castellano, y que decía que el Rey lo era “por la Gracia de Dios”.

Fauna quimérica en el románico alcarreño

Aunque emparejados, o enfrentados, y puestos en renglón que habla de significados simbólicos y teológicos, algunos otros elementos del mundo animal vemos en el románico alcarreño, como las parejas de cigüeñas y de serpientes que hay talladas en la pila bautismal de Esplegares. Allí se trata de explicar que la cigüeña atrapa a las serpientes, como todos saben, pero el contexto en el que está es claramente didáctico y simbólico, de instruir acerca de la capacidad de vencer que tiene la “virtuosa” cigüeña, animal monógamo por excelencia, a la “diabólica” serpiente, que lo es por haber inducido a Adán y Eva a cometer el pecado original.

Lo real y lo inventado a veces se mezclan, como ocurre en un capitel de la galería meridional de la iglesia románica de Sauca. En él se observan tallados a un león y a un grifo, que pelean. Seguro que lo hacen en expresión simbólica de la lucha del Bien contra el Mal, de la Virtud contra el Pecado, pero lo hacen con animales que aunque son reales, el autor los tiene por míticos, puesto que seguro que no ha visto ningún ejemplar de ellos. En el siglo XIII posiblemente ningún habitante de Castilla había visto en directo un ejemplar de león. Y de grifo, menos aún, aunque alguien, mucho antes, y muy lejos de allí, sí que llegó a ver los restos fosilizados de algún pterosaurio y que llegaron a dar vida a la leyenda del grifo como animal mitad ave mitad león, enorme de tamaño y fortísimo en sus capacidades. Esencia del evemerismo o capacidad de creación de mitos a través de evidencias no explicadas científicamente. Hasta la arqueología en la Antigüedad sirvió siglos después para la creación de mitos que se reflejaron en el arte.

El mecanismo es similar en la creación del dragón como elemento diabólico: un ser enorme, malvado, que ataca a los humanos, y los destroza o incluso los devora, echando por sus fosas nasales líquido o vapor, no es otra cosa que la plasmación de un cocodrilo del Nilo, y la transmisión oral y gráfica de ese mito que se va complicando hasta hacerle portavoz del Infierno: como tal aparece en una viga del coro de la iglesia de Valdeavellano, tragándose además a un individuo que posiblemente pecó, y así le fue.

La flora en el arte románico

Pero el artista del siglo XIII tiene otros elementos a mano, que abundan en la Naturaleza en la que vive, que los observa y los plasma con su capacidad. Son los elementos vegetales. A los que luego los intérpretes, los didactas, generalmente los clérigos, les van a dar significados diversos, simbolismos y razones inventadas. Pero a nosotros nos interesa ver cómo los escultores románicos plasman las grandes hojas, simples y estilizadas, del acanto, en los capiteles de la catedral de Sigüenza, o en los de la galería de Saúca, de Carabias y de Jodra. Entre otros muchos lugares.

O el tallista de los capiteles de la galería de Pinilla de Jadraque se atreve a representar con gran pulcritud la piñas (que luego alguien interpreta como expresión de la inmortalidad), mientras que el escultor de Labros talla un capitel con el trenzado triple con el que se hacen los grandes cestos de la época, útiles en tantos aspectos de la cotidianidad. También resaltar los palmitos que se ven en Alcocer, los robles de San Bartolomé de Atienza, las extraordinarias variedades de flores que resaltan en las metopas de la fachada de la iglesia de Santa Clara de Molina, las enormes palmas de la portada de Tartanedo, o las vides de Santa María del Rey de Atienza.

Otros elementos de la Naturaleza y de la Vida plasmados en el arte románico de Guadalajara, podrían ser los botos y barricas de madera que aparecen en los canecillos del ábside de la ermita de Santa Catalina en Hinojosa; las cabezas de perros y lobos del alero del templo de La Puerta; el perro pastor de la portada de Valdeavellano, o las palomas que beben en un cuenco en un capitel de la iglesia de Romanillos de Atienza.

En definitiva, y a través de unos cuantos ejemplos, hemos tratado de demostrar que el arte de la Edad Media, específicamente el desarrollado durante el siglo XIII en la actual provincia de Guadalajara, utiliza de forma habitual y con naturalidad los elementos que encuentra en la Naturaleza que rodea al artista, plasmando este también algunos de los elementos que constituyen su vida habitual, sus preocupaciones y sus aspiraciones.

Un libro que lo explica todo

En el pasado mes de mayo apareció el libro “Iconografía románica de Guadalajara” en el que explico, con mayor detalle, muchas de las representaciones que de temas de la naturaleza (real o imaginada) aparecen en el arte románico alcarreño. Se ven así detalladas reflexiones tras la descripción del mensario de Beleña de Sorbe, o ante las numerosas figuras (angeles, reyes, enfermos y diablos) que pueblan la portada de la iglesia de Cifuentes.

Son 160 páginas cargadas de imágenes y descripciones que, a la definitiva, lo que tratan es de buscarle el sentido a lo que los maestros tallistas del Medievo dejaron en nuestra tierra grabado. El libro se encuentra ya en librerías, Biblioteca Pública de Guadaljaara y por Internet un amplio comentario en http://librosdeaache.blogspot.com.es/2014/05/iconografiaromanicaenGuadalajara.html.

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Guadalajara medieval

Un canecillo románico de la iglesia de Millana, en la Alcarria.

Hoy se inaugura en Sigüenza el primer Congreso de Arqueología Medieval de Guadalajara, que durante 3 días va a protagonizar de algún modo la vida cultural y científica en este inicio del verano guadalajareño. Los profesores Guillermo García-Contreras (U. de Granada) y Lauro Olmo (U. de Alcalá) van a conducir con sabia mano las sesiones de este Congreso, que se iniciará con un Homenaje a quien tanto batalló, durante decenios, por la cultura seguntina, su cronista doctor Martínez Gómez-Gordo, recientemente fallecido.

Lo que conocemos acerca de la prehistoria, la historia antigua, la época medieval, en Guadalajara, es apenas un pequeño fragmento de lo que en realidad ocurrió y todavía queda por descubrir, estudiar, analizar y exponer a las generaciones futuras.

Para ello, se han propuesto una veintena de historiadores, arqueólogos y estudiosos de los tiempos viejos, entre hoy viernes y el domingo, comunicar sus más recientes hallazgos, sus investigaciones y excavaciones, así como visitar espacios en los que la Edad Media es todavía protagonista, e incluso debatir, al final de mañana sábado, en una mesa redonda, sobre los aspectos diversos que el patrimonio medieval seguntino mantiene bajo velos.

Las sesiones tendrán lugar en el espacio cultural “El Pósito” de Sigüenza, y la asistencia es libre, debiendo estar inscrito, no obstante, para participar en las visitas guiadas y excursión del domingo, así como para recibir las actas del Congreso.

En busca del paleoambiente 

El Congreso reunirá a un grupo de expertos que investigan sobre el periodo medieval de las distintas regiones y comarcas del centro peninsular. En él se darán a conocer resultados de investigaciones que siguen inéditas (sobre todo excavaciones), y se propondrán nuevas vías de conocimiento del período medieval, sobre todo para la reconstrucción del paleoambiente, como llamada de atención sobre las carencias que aún tiene la historiografía sobre el periodo medieval en Guadalajara.

Esto del paleoambiente suscita interrogantes entre muchos que se acercan a la historiografía medieval. Pero no es nada difícil entenderlo: se refiere al estudio de cómo en un determinado momento (la Edad Media, en nuestro caso) se mostraba la Naturaleza en nuestro entorno. Cuáles eran su clima, sus paisajes, la abundancia o escasez de agua, la existencia o no de fauna, de recursos naturales, de dificultades para la vida, de elementos que los hombres construyen para vencer a esa Naturaleza y a ese ambiente en el que deben desarrollarse.

El paleoambiente relativo a edades muy remotas es tarea de estudio por parte de geólogos, pero el relativamente cercano, como el de la Edad Media (total, unos 600-1000 años atrás) lo acometen los historiadores (a través de documentos escritos) y los analistas del arte y los arqueólogos, a través de las manifestaciones materiales heredadas de aquella época, como distribución de ciudades y edificios, restos de alimentos, de telas, de residuos, y evolución de las formas de vida. El clima antiguo, por ejemplo, es algo bastante fácil de analizar, recogiendo datos de las crónicas medievales, analizando secuencialmente las anécdotas que en ellas se cuenta: así sabemos que la plena Edad Media, sin llegar a ser una época de glaciación, sí que fue mucho más fría que la actual, presentando –al menos en Castilla- largos y muy fríos inviernos, con grandes nevadas, y otoños/primaveras muy lluviosos. En definitiva, las estaciones se marcaban mucho más que ahora, con una de las cinco estaciones que entonces se consideraban (invierno, primavera, verano, más el estío, de 15 de julio a 15 de agosto, y luego el otoño, bien caracterizados y acusados.

Algunos nos hemos fijado en otras catas que sobre el estado del medio ambiente, la naturaleza y la vida, podemos hoy colegir. Y así hemos ido a través del arte buscando las huellas de una naturaleza que se manifiesta, en forma de animales que hoy no existen, de comportamientos humanos como el vestido, la división del año en tareas específicas, la abundancia de bosques o de plantas. Pero otros investigadores han realizado esta búsqueda de forma más científica aún, analizando depósitos de polen, de alimentos, de tejidos, y de capas de minerales en estratos, en el conjunto de los restos medievales que pueden concretarse en Guadalajara.

La Naturaleza que rodeaba al artista y al simple caballero, agricultor o paisano, se nos muestra hoy, algo velada, pero con nitidez en algunos casos, a través de escenas talladas o pintadas, y que nos dan evidencias de la vida habitual de entonces, de las preocupaciones de las gentes, de sus aspiraciones.

Algunas propuestas de investigación

En este Congreso de Arqueología Medieval, en el que han trabajado numerosas personas e instituciones, y para el que pido la máxima atención y consideración hacia sus participantes y los temas que traen, van a participar gente que habitualmente trabaja en investigaciones en las universidades de Alcalá de Henares, de Granada, de Valencia, de Madrid (la Complutense) y de Castilla-La Mancha, además de personas que habitualmente trabajan en archivos y en museos de nuestra provincia. Así quiero destacar la presencia de profesores de la talla de don Lauro Olmo (arqueólogo), de don Ricardo Izquierdo Benito (experto medievalista) de don Plácido Ballesteros (estudioso del Cid y Alvar Fáñez, además de la sociedad medieval alcarreña), de doña Amparo Donderis Guastavino (archivera de Sigüenza) y de doña Pilar Hualde Pascual (filóloga de la Autónoma de Madrid) entre otros muchos.

De sus propuestas investigativas, que van a comunicar en sus intervenciones, destacaría las de don Antonio Malpica Cuello (Universidad de Granada) “La Arqueología del Paisaje Medieval: Formaciones sociales y agroecosistemas en la Península Ibérica” y la de don Lauro Olmo Enciso (Universidad de Alcalá) “De la tradición al paisaje: construcción historiográfica y nuevos desafíos de la investigación en la arqueología medieval de Guadalajara”. Ambas son las que abren el Congreso hoy viernes por la mañana, a continuación de un homenaje que el Congreso tributa a la memoria de quien fuera Cronista Oficial de la ciudad de Sigüenza, doctor Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo.

Ya por la tarde, en el salón de actos del Centro Cultural seguntino “El Pósito”, van a intervenir Blanca Ruiz Zapata, Mª José Gil García y Lauro Olmo Enciso con su trabajo sobre “Paisaje y reconstrucción paleoambiental de la época medieval en la provincia de Guadalajara”, como esencia programática del propio Congreso, acabando la tarde con una visita guiada por las murallas de Sigüenza a cargo de la profesora de la Complutense, y actual cronista seguntina, doña Pilar Martínez Taboada.

Para mañana sábado la jornada va a ser igualmente densa de aportaciones. Yo destacaría, de las anunciadas en el programa, las que por la mañana dictarán Miguel Ángel Cuadrado Prieto y Mª Luz Crespo Cano, del Museo de Guadalajara, sobre “Datos arqueológicos para definir la ciudad de Guadalajara en época islámica”, y la que el propio organizador, profesor Guillermo García-Contreras Ruiz, de la Universidad de Granada, dará sobre “Poblamiento rural y gestión del agua en la Marca Media de al-Andalus: los valles del Alto Henares”.

La tarde se enmarca con la intervención magistral de don Plácido Ballesteros San José, jefe del Servicio de Cultura de la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, sobre “La primera ocupación cristiana en la actual provincia de Guadalajara (1085-1125). Datos para una reinterpretación” y la intervención de doña Amparo Donderis Guastavino, directora del Archivo Municipal de Sigüenza sobre el tema “La huella de la historia en tierras de Guadalajara: fuentes documentales para el estudio de la arqueología”.
La Conferencia de clausura será pronunciada por el profesor don Ricardo Izquierdo Benito, de la Universidad de Castilla-La Mancha, quien hablará sobre “La Arqueología Medieval en Castilla-La Mancha”. Poco antes, y entre otras aportaciones breves a la misma temática, yo mismo tendré la ocasión de aportar mis investigaciones sobre el tema “Naturaleza y Vida en el arte románico de Guadalajara”, a eso de las 6 de la tarde.

Un Mesa redonda en torno al patrimonio seguntino 

Como complemento a tal diversidad de temas de investigación, el Ayuntamiento de Sigüenza ha querido ofrecer, en el reverso de una medalla que entregue antigüedad y actualidad, una Mesa Redonda que a eso de las 8:30 tendrá lugar en el mismo lugar, el salón de actos del “Pósito”, y que versará en líneas generales sobre “La Sigüenza medieval desde diferentes perspectivas”. Entre los intervinientes, Antonio Pérez Henares, Plácido Ballesteros Sanjosé, Pilar Martínez Taboada, Javier Davara, Lauro Olmo, y yo mismo.

Quizás sea el momento de hacer una serie de reflexiones acerca de las fortalezas y debilidades (como se dice en el lenguaje empresarial) de la ciudad de Sigüenza, de cara a la promoción de su riqueza patrimonial y especialmente de la de corte medieval, aunque en esa revisión se engloben todos los estilos al unísono. Porque por haber tenido un casco antiguo perfectamente conservado, y por haberlo cuidado con esmero, se ha alcanzado un más que notable segundo puesto entre las ciudades más visitadas turísticamente de nuestra Región. Pero por otra ha de enfrentarse el siempre pendiente reto de mantener vivo ese casco viejo, de dinamizarle incluso, y de aportarle valores nuevos, como centros de interpretación, museos, comercios especializados, y hacerle sede de entidades culturales que supongan inyectarle vida.

En ese camino nos veremos, aunque el recorrido intenso y muy preparado para estos días y este Congreso que hoy comienza ha de dar por resultado unos frutos seguros.

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La torre de Muduex cumple 100 años

La torre de Muduex, construida en 1914

Mañana sábado 28 de junio se va a celebrar en Muduex, por todo lo alto, y con un retoque sin fin de campanas, que su torre parroquial cumple cien años. Que es un aniversario redondo y solemne. La torre se cayó hace mucho tiempo, y en 1914 decidieron restaurarla y dejarla como nueva, tal que ahora se ve. Volvemos la vista atrás, y recuperamos un documento de entonces…

Es Muduex un pueblo del valle del Badiel, y en lo más profundo de su discurso plácido se encuentra, recostado sobre la vertiente septentrional que, en rápida cuesta, cae desde la meseta alcarreña que por uno y otro lado escolta, cubierta de cereal, a este hermoso e inesperado vallejo cuajado de alame­das y huertos, con sus laderas cubiertas de densa vegetación de monte bajo y olivar en escasos puntos. La erosión de estas vertientes dan aún una mayor vistosidad al aspecto hundido de sus pueblos y al verde restallante de su vegetación.

Algo de historia

Tras la reconquista de la comarca a los árabes por el reino castellano (siglo XI), Muduex quedó en calidad de aldea en el alfoz o Común de la Tierra de Hita, regida por su Fuero. Pasó con el total del territorio a don Iñigo López de Orozco, y ya a finales del siglo XIV quedó en propiedad de don Pedro González de Mendoza, gran caballero en la corte castellana, poniendo dicho señorío en su mayorazgo, del que ya nunca salió hasta el siglo XIX en que la primera Constitu­ción española abolió este sistema de relación social. Los Men­doza, pues, y su rama principal de los duques del Infantado, fueron los señores de Muduex. Se sabe que poseyeron nume­rosas y buenas tierras en su término los monasterios jeróni­mos de San Blas de Villaviciosa y de San Bartolomé de Lupiana, gozando de gran parte de los impuestos que el Rey y el arzobispo toledano cobraban en su término. Fue declarada Villa en 1607, y eximida de la jurisdicción de Hita. Sus primeros alcaldes, nombrados por la duquesa del Infantado, fueron Lorenzo Gascón de Mesa (por el estado de los hidal­gos) y Esteban del Molino (por el estado de pecheros).

Aún pueden verse, ya muy desmantelados, algunos leves restos de lo que fueron murallas de pueblo, y se señalan dos lugares en los que estuvieron sendos cubos o torreones defen­sivos, restos remotos de un antiquísimo castillo. Nuestro amigo Antonio Nieto Tejedor hizo en su día un estupendo dibujo que señalaba la distribución de la alcazaba y el resto del pueblo.
La iglesia parroquial está bajo la advocación de la Nati­vidad de Nuestra Señora. Es obra de arquitectura románica, posteriormente modificada con ensanches y reformas. Su puerta de ingreso está formada por varias arquivoltas semicirculares que apoyan en columnas adosadas rematadas en sencillos capiteles de formas vegetales, pero está protegida por un atrio cerrado. Al exterior, el ábside es también románico, como la puerta, y conserva algunos modi­llones. El resto del templo es aumento del siglo XVI, a base de mampostería y ladrillo. La torre, alzada sobre los pies del templo, como veremos tuvo su época de esplendor, de decadencia y de final empuje, pues justamente hace un siglo que, después de estar caída por los suelos, se reconstruyó en un estilo neomudéjar que llama vivamente la atención de quien la contempla. Pudiera (esto lo digo simplemente como apunte posibilista) haber tenido al mismo Ricardo Velázquez Bosco por tracista, aunque hubiera sido solamente darle la silueta y la colocación de sus adornos en ladrillo.
Su interior, de una sola nave, pre­senta escasas muestras artísticas. Del magnífico retablo principal -obra plateresca de bue­nas pinturas y tallas, y que fue destruido durante la Guerra Civil de 1936-39-, sólo queda un resto de una de las tablas centrales, en la que aparece una escena de la vida de la Vir­gen María. También puede admirarse una talla de San José con el Niño, barroca; otra de San Diego de Alcalá, de la misma época, muy aceptable, y una magnífica de Santa Ana dando de mamar a la Virgen, románica, del siglo XIII, recientemente restaurada, una de las obras de escultura románica más importantes que conserva la provincia de Guadalajara.

La restauración de la torre

Un cuaderno de apuntes (que hemos podido consultar gracias a la amabilidad del cura párroco de Muduex, don Francisco Monge) escrito en 1914 por el secretario del Ayuntamiento, don Saturio Pascual, refiere con todo detalle el proceso de restauración de este monumento, verdaderamente singular en el contexto neomudéjar alcarreño, y la consiguiente crónica de su inauguración, hace ahora exactamente 100 años.

La torre de la iglesia de Muduex se vino al suelo, de puro vieja y sin cuidados, el año 1876. Nadie había hecho nada por recuperarla, pero alguna circunstancia se tuvo que producir para que el tema se animara, y desde la iniciativa del cura párroco, a la sazón don José María Valle, que fue apoyado en Toledo por las altas instancias diocesanas, al apoyo de quien entonces era Ministro de Fomento y Educación, el Conde de Romanones, siempre atento a la recuperación de las esencias monumentales de esta provincia, y posiblemente quizás también por parte de la duquesa de Sevillano, doña María Diega Desmaissiéres, quien a la sazón construía en Guadalajara su gran complejo educativo “San Diego de Alcalá” así como el Panteón para acoger los restos de sus padres. Todo ello se conjuntó en conseguir de una parte el dinero necesario, y de otra el proyecto de la obra, que tiene unas características que le instalan plenamente en la corriente del neomudéjar alcarreño, y que en esos años estaba capitaneada por el arquitecto ducal, Ricardo Velázquez Bosco, aunque también otros arquitectos locales estaban siguiendo esas pautas y haciendo cosas interesantes.

El pueblo entero se brindó a colaborar en forma de peonaje, completamente gratis, para restaurar esa torre. Y así el mismo 29 de enero (de 1914) se retiraron las campanas, todavía tiradas por el suelo, y se empezó a despejar el lugar de antiguos desmoches. Durante el mes de febrero se derribó lo poco que quedaba, se limpió el entorno, y ya el 7 de marzo se pudo colocar la primera piedra. El contrato se había firmado, por parte de la parroquia, con los maestros de obras José e Inocente Santamaría, de Muduex, así como con Jesús Fernández para labrar la piedra. Tenía que estar hecha, a destajo, en el plazo de 3 meses, y el importe total de 3.000 pesetas sería pagado en tres plazos.

Dice el cronista que no pararon de trabajar ningún día, y que el 10 de abril (que era viernes santo) se acabó la parte baja de la torre, toda ella de sillería y sillarejo, como puede verse en las fotografías adjuntas. La segunda mitad de abril y todo el mes de mayo se dedicó a la construcción de la parte más vistosa de la torre, el cuerpo de las campanas, que como se ve está hecho de ladrillo, con curiosos juegos geométricos en su superficie, rematados en cornisas de profusa ornamentación, y rematada por baranda en la que surgen pináculos, todo en ladrillo e imitando sin duda lo que se está haciendo en la obra de la Condesa de la Vega del Pozo de Guadalajara.

El mes de junio se remató poniendo el chapitel, la veleta luego, y finalmente las campanas. Dice el cronista que por entonces se dedicaron a “pintar la torre” dejándola lista para la inauguración, que estaba previsto hacerla el día 30 de junio, que ese año era domingo.

Pero a punto estuvo de estropearse todo porque con motivo de las opiniones encontradas, entre dos grupos de vecinos, sobre el lugar donde debería ir colocada la campana grande, se paralizó todo, y hubo –como dice el secretario en su crónica- un motín que encabezó Román Tejedor pero que siguieron otros muchos y muchas, de tal modo, que al final el alcalde hizo lo que demandaban, que era colocar la campana en el hueco de la cara izquierda de la torre, donde había estado antiguamente, y no en el de la cara principal, que es donde querían ponerle las autoridades.

“El día 20 de junio se terminó la torre, y entonces izaron el banderín en la azotea y se fijó el 30 de junio para la inauguración de la torre, no poniendo el badajo (de la campana) hasta ese dia”.

La jornada inaugurativa fue solemne y todo el pueblo disfrutó con ella: se hicieron procesiones, se dispararon cohetes “y candelillas” por las noches, todos se vistieron de gala, hubo comidas (y bebidas) y hasta don Manuel, el terrateniente de “La Casa del Monte” les dio a los de la ronda una generosa propina (25 pesetas…!). El domingo 30 de junio a las 9 de la mañana se le colocó el badajo a la campana, que ya desde ese momento no cesó de voltear y tocar (dicen que se oía a dos leguas a la redonda. ¡Qué alegría una campana sonando sobre la Alcarria!). Y poco antes de la misa, programada a las 10, el cura de Muduex, junto al de Hita y otro venido de Guadalajara, bendijeron la nueva torre.

Dice el cronista que el señor cura, después, “echó un discurso al pie de la torre, tan sublime, y tan emocionante, que conmovió a todos los que estábamos presentes, los cuales, al terminar el orador, prorrumpieron en vivas y aplausos”.

La misa solemne la oficiaron varios sacerdotes, entre ellos don Juan Lorenza, de Hita; don Vidal Lorenzo, de Trijueque y don Eugenio Cascajero, que era párroco de Santiago en Guadalajara y profesor de Religión en su Instituto. En la ceremonia, el párroco de Muduex ofició de pianista y cantante, acompañado de varios jóvenes del pueblo.

Por la tarde, se celebró una procesión sacando por las calles de Muduex a la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, cosa nunca vista allí, rodeada de cánticos y cohetes. Y a continuación, y este es el dato curioso, “el Capellán de la Condesa de la Vega del Pozo en su poblado de Villaflores…” pronunció “un sermón elocuente, admirable, incomparable, lleno de grandezas, ¡como nunca se oyó en esta villa!: le tributaron una cariñosísima ovación y vivas que el orador rechazó, considerándolo superior a su limitada sabiduría”.

Como no podía ser de otra manera, la jornada concluyó con una gran comida que en la casa del secretario se organizó y asistieron más de 40 personas. Y concluye el cronista de la época: “Poco antes de anochecer vino una gran tempestad, acompañada de relámpagos y truenos, que dio fin a la fiesta”. Era lógico que cayera una tormenta, porque son (o antes lo eran) muy frecuentes por San Pedro.

La fiesta que se prepara, esta vez, en el Centenario de la Torre de Muduex, va a ser parecida, con procesión, actos litúrgicos, cohetes y comidas. Nos tranquiliza, en el fondo, ver que esta tierra sigue fiel a sus tradiciones y hace de siglo en siglo las mismas cosas para entretenerse.

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Las tarascas del Corpus en Guadalajara

La tarasca del Corpus de Guadalajara en 2006

Aunque ayer fue la festividad del Corpus Christi, -de siempre la fiesta más bullanguera y brillante de la ciudad, durante largos siglos- no será hasta el domingo que aparezca por sus calles de nuevo la procesión con la Custodia y el acompañamiento solemne de los miembros de la Cofradía de los Apóstoles, que son alcarreños de pura cepa revestidos de primeros discípulos y acompañados de niños y niñas que han realizado su Primera comunión en días-semanas-años precedentes.

La festividad del Corpus Christi ha tenido desde hace largos siglos muy cumplida manifestación en nuestra ciudad. Además del significado puramente religioso, que hoy prima, en épocas anteriores fue una auténtica “fiesta popular”, en la que todo el mundo se echaba a la calle, en una jornada en la que solía ser buena la temperatura, y además de asistir a los oficios religiosos y contemplar el paso de la procesión, con su Cofradía de los Santos Apóstoles revestidos según antiquísima tradición, se divertían con las representaciones teatrales que el Ayuntamiento ofrecía, así como con los desfiles de pantomimas, gigantes, cabezudos y tarascas. Por la tarde había alguna justa de tipo medieval como residuo del predominio caballeresco en la Edad Media.

De este modo, podemos decir que la fiesta del Corpus alcanzó toda su plenitud en el siglo XVI, época de la que existen muchos datos relativos a su celebración, entre ellos los contratos que hacía el Ayuntamiento a las compañías de comediantes y danzantes para que ejecutaran sus saberes en las calles. En 1586, el Concejo contrató a un tal Angulo, “maestro de hacer comedias”, para que se encargara de realizar todo el conjunto de actos profanos que ese día tendrían lugar en Guadalajara: dos representaciones teatrales, en forma de autos sacramentales, y otra de simple devoción; tres entremeses cortos en las calles de la ciudad; una danza de máscaras, y otras cosas. Por todo ello, el Ayuntamiento debía pagar al tal Angulo 150 ducados. Por esos años, el Concejo contrató a dos vecinos de la ciudad (Miguel Zapata y Pedro Palacios) para que por su cuenta montaran la “Historia del Martirio de San Mauricio y el Emperador Maximiano”, que además contaría con la presencia de ocho tarascas para que en forma de danza amenizaran la función.

La tarasca del Corpus

En un artículo publicado el pasado año en la Revista “Hispania Nostra”, nos contaba José Ramón López de los Mozos cómo la primera vez que aparece mencionada la tarasca de Guadalajara, es en un documento del Archivo Municipal de 1614, aunque se sabe que ya antes existía. Allí se describe pormenorizadamente, esta figura singular, y que dio pie a su rescate y reproducción en las procesiones de hace unos 10 años en nuestra ciudad, cuando Josefina Martínez era concejala de festejos, y de su entusiasmo surgió la recuperación de esta figura que nuevamente ha quedado arrinconada, cuando todo lo que sean raíces deberían ser estimuladas y recuperadas.

Hoy recordaremos precisamente esa imagen de la tarasca que amenizaba habitualmente las procesiones y representaciones del día del Corpus en toda España, siendo en Madrid muy sonada esta figura, y alcanzando en Guadalajara un relieve primordial. La Tarasca era una máquina de madera montada sobre ruedas, habiendo en su interior uno o varios individuos que la hacían moverse y caminar. Dicen los escritores de la época que representaba al demonio Leviatán, y parece ser que su nombre deriva de la ciudad provenzal de Tarascón, donde según la tradición existió un gran demonio o serpiente a la que venció en lucha Santa Marta. En las procesiones españolas del Corpus salía este armatoste como recuerdo del demonio vencido por la santidad.

El viajero Brunel, en su “Voyage en Espagne” que redactó a partir del que hizo en 1655, describe así la Tarasca que aparecía en la procesión del Corpus de Madrid: “un serpentón de enorme tamaño, con el cuerpo cubierto de escamas, de vientre ancho, larga cola, pies cortos y boca grande y abierta. Pasean por las calles a este espanto de niños, y sus conductores, ocultos bajo el cartón y papel de que se compone, le manejan con tal arte, que quitan los sombreros a los descuidados. Los aldeanos sencillos le tienen mucho miedo, y, cuando los coge, la gente ríe a carcajadas”. Era esa la especialidad de la Tarasca de Madrid: coger los sombreros de la gente descuidada, especialmente de los aldeanos que ese día se echaban al camino para acudir a la fiesta más sorprendente de la Corte, que en esa jornada bien podía calificarse “de los milagros”.

En Guadalajara, como hemos visto, salían varias tarascas habitualmente. No hemos encontrado descripción concreta de las mismas, pero en cualquier caso representaban lo mismo: culebras o dragones que se entretenían en asustar a la gente, especialmente a la menuda. Una referencia a esta costumbre la encontramos en la biografía que de fray Pedro de Urraca escribió en el siglo XVII el fraile mercedario Felipe Colombo. Dice que cuando el jadraqueño Urraca fue a América, por hacerse el simple aparentó asustarse mucho, como si un niño fuera, de la tarasca que salía en la procesión del Corpus en Lima. Y dice que a pesar de haber visto muchos años salir a la tarasca en las procesiones del Corpus en Guadalajara, aparentó asustarse como de cosa nunca vista.

La tarasca se completaba con otra figura que, sobre un sillón, desfilaba montada encima del artilugio: era la “tarasquilla”, y solía ser una chica joven que vestía con cierta extravagancia, pero generalmente sacaba a la calle las últimas modas del vestir y peinar, de forma que todas las mujeres se fijaban en élla, sabiendo cuales serían las tendencias de la moda femenina en los meses siguientes. En los días posteriores a la procesión, peluqueros y sastres no daban a basto haciendo peinados o vestidos que fueran “como los de la tarasquilla”, porque así era la costumbre y a todas les gustaba. Venía a ser un anuncio “televisivo” sobre ruedas y en plena procesión del Corpus Christi.

Esa figura de la tarasca, aunque hoy ya no se ve en ninguna de las procesiones del Corpus, era un elemento sustancial de la misma, y durante muchos siglos fue uno de sus atractivos. No el único, pues al menos en Guadalajara la cantidad de comparsas, gigantes y cabezudos, danzantes, botargas, músicos y comediantes que desfilaban por las calles junto a la carroza del Santísimo, sumados a los Apóstoles, a los soldados y a las gentes que representaban al pueblo en los cargos del Concejo, formaban bajo el sol brillante de Castilla un variopinto conjunto que, con los ojos de la imaginación, vemos y añoramos.

En su ya referido escrito*, López de los Mozos recoge la memoria del dragón como ser representativo del mal (especialmente el que en la “Leyenda Aurea” se menciona a propósito de la vida de Santa Marta), y sigue viajando por las memorias de las celebraciones procesionales del Corpus en toda España, y especialmente en el valle del Henares, donde salieron siempre “rocas” o “castillos” con representaciones sacras, en unos ritos magníficos que llenaban las ciudades durante todo un día. Así ocurría en Alcalá de Henares, y así ocurría en Guadalajara, en cuya procesión se añadía la presencia de los miembros de la Cofradía de los Apóstoles, desde el siglo XV.

López de los Mozos aporta el testimonio de Miguel Mayoral Medina, historiador de Guadalajara en el siglo XIX, y la amplia y colorista descripción que en su novela “El Corpus Christi de Francisco Sánchez” hace de la tarasca y de la procesión el escritor Salvador García de Pruneda.

En su escrito, nos vuelve a enumerar el investigador López de los Mozos los elementos que componían la tarasca, y que la constituían en gran dragón articulado, llevado por dentro por diversos individuos que en algunos lugares le hacía mover su gran lengua bífida, o reptar su enorme cola asustando a los niños, y llegando hasta el público con su cabezota, un poco al estilo de lo que hoy vemos en las celebraciones del Año Nuevo Chino, en las que el dragón, largo y articulado, es sin embargo símbolo del bien y la alegría. Las connotaciones mitológicas, religiosas, y etnográficas de todo tipo que la tarasca ha supuesto a lo largo de siglos, dan pie a López de los Mozos para ilustrarnos acerca de la riqueza del patrimonio inmaterial que debe mantenerse a toda costa, y aún más en esta Guadalajara que tan iconoclasta resulta, olvidando obstinadamente los elementos que mejor marcan nuestra evolución y nuestras costumbres más queridas: las botargas de febrero, y la tarasca del Corpus son dos de esos elementos que han sido postergados sin que sepamos muy bien por qué.

Es más, y aunque los tiempos no corren muy favorables para las demostraciones de piedad popular, haría bien el Ayuntamiento en potenciar esta procesión del Corpus con algunos de los elementos que la constituían y hacían famosa. Quizás utilizando alguna carroza que mostrara escenas de los antiguos gremios, o, mejor aún, montando aparte, al paso de la procesión, o después por la tarde, alguna representación callejera de un Auto Sacramental, cosa que no sería en absoluto inventada, sino basada en la más pura y añeja de las tradiciones arriacenses.

Porque, insisto y acabo, todo lo que sea recuperar antiguas tradiciones y costumbres, y darlas hoy revividas y nuevas a las gentes (muchas de ellas venidas desde muy lejos) que hoy la pueblan, sería una forma de hacer ciudad, de darla consistencia.

Nota:

* López de los Mozos, José Ramón: “La tarasca de Guadalajara. Una representación del mal domesticado”. Revista “Hispania Nostra”, Junio 2013, nº 11, págs. 52-55. Ilustraciones.

 

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