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El puente romano de Murel

Puente romano de mural en carrascosa de tajoUn monumento remoto en el tiempo y en el espacio, el puente de Murel, construido por los romanos, y del que muy pocos conocen su existencia. Esta es otra de las joyas patrimoniales de la Alcarria, que ha llegado a estar en ruina absoluta, y que al menos no ha de caer en el olvido. Le dedico hoy estas líneas resumidas y esenciales para mantener su recuerdo.

En el término de Carrascosa de Tajo, que es límite y frontera entre la Alcarria y la Serranía, y sobre las aguas del padre río, se ven todavía monumentales restos de lo que fuera un gran puente levantado por los romanos (con la ayuda de los celtíberos autóctonos, se sobreentiende). Servía para salvar el río en una zona poco habitada, pero con el tránsito de una importante calzada o vía romana, la que iba de Valeria (Cuenca) a Segontia (Guadalajara).

En la red de calzadas que el Imperio Romano trazó como elemento clave de su expansión mundial, eran muchas las que cruzaban la Península Ibérica, partiendo de los puertos y costas levantinas, hacia las ciudades claves y los lugares importantes económicamente de Iberia. Esta calzada de Valeria a Sigüenza suponía el acceso a Segontia y el corazón de la Celtiberia desde las tierras levantinas. Estuvo activo y en pie, en uso por la gente, hasta el siglo XVII, en que se hundiópor alguna avenida fuerte, y ya no se rehizo.

El puente de Murel, en término de Carrascosa, tenía una anchura de 79 metros, de estribo a estribo. Aún existen los restos nítidos de estos estribos, que anclaban el puente a las orillas, más otros cinco pilares sobre las aguas, de los cuales quedan dos en pie, otro caido sobre el lecho, y dos más desaparecidos.

En el entorno del puente tuvo que existir alguna población o villa romana. Porque a mediados del siglo XX un vecino del pueblo, Hilario Moranchel, encontró en la margen derecha del río, y casi dos kilómetros abajo del mismo, una gran lápida hispano romana con una inscripción funeraria del siglo I d. de C. en la que se aludía a un liberto de nombre Licinius Andronicus.

Pero es del año 1186 de cuando data el primer documento encontrado relativo al puente. En él se lee que el rey Alfonso VIII de Castilla lo entrega a la comunidad de monjes cistercienses de Ovila, que el rey había fundadopoco antes. Y que entonces se levantó junto al puente. En lo que era un poblado antiguo, quizás habitado desde época romana. El documento dice concretamente que les dona las tierras comprendidas “…en el río Tajo, desde el puente que hay en Murel hasta el puente de Ovila”. Ese poblado debió existir al menos hasta el siglo XIV, siendo uno de los que fueron despoblados por la epidemia de peste, y ya no volvió a rehacerse. El puente dejó de llamarse de Murel y pasó a ser conocido como “de Carrascosa”, pues así se denomina en las guías de caminos de los años 1546 y 1576.

En las Relaciones Topográficas enviadas en 1578 por los vecinos de Carrascosa al rey Felipe II, se dice que “en dicho río ay una puente por donde pasa el dicho río y es de mucha costa, porque tiene muchos gastos en los reparos de ella, la cual es del señor de esta Villa, y en el dicho río ay algunos peces”.

Siempre con problemas de mantenimiento, los años, los siglos, y las avenidas, hicieron que a finales de 1789 estuviera ya hundido e inutilizado. Aunque dos siglos antes estaba en unas condiciones muy precarias para el paso. Apenas para personas, pero no permitía que lo atravesaran carros ni caballerías. En una sentencia dada en Trillo en 1591, se alude por parte del juez que custodiaba los derechos de los madereros que transportaban troncos por el río, a su mal estado, y culpaba al dueño (el duque de Medinaceli) y dos de sus encargados, a que restituyeran lo caído y arreglaran el puente. El escribano de Carrascosa firmaba este escrito, pero lo cierto es que el puente no podía usarse, y nadie ponía un ochavo en arreglarlo.

La propiedad del puente no era comunal, como en otros muchos casos, sino que fue patrimonial primero de los monjes bernardos de Ovila, y luego estos, en 1565, lo vendieron a don Alonso Piña Mayor, vecino de Almansa, por 4.000 ducados, quien debió darse cuenta a tiempo del mal negocio que hacía, y al año siguiente se lo vendió al señor de la villa y del enorme territorio que conformaba el Ducado de Medinaceli.

Sobre este puente han escrito especialmente Luisa Alcázar García, en un artículo publicado en la Revista Wad-Al-Hayara nº 19 de 1992, muy amplio y documentado, y Francisco García Escribano, en su “Carrascosa de Tajo” (Aache, 1993) con muchas fotografías. También lo menciona Layna Serrano aunque muy de pasada, en su Historia del Monasterio de Ovila.

El hecho de no haber quedado apenas restos visibles, y haberse perdido por falta de uso los caminos que en él confluían, llevó a que durante todo el siglo XIX y XX fuera olvidado. El puente de Trillo cobró protagonismo, y Murel se hundió en el olvido total. No está mal que de vez en cuando se recupere la memoria de este que fue testigo del movido tráfico humano que el Imperio Romano estimuló por nuestras tierras.

 

Sigüenza medieval, en tres miradas

Sigüenza Festival MedievalEste fin de semana se celebran en Sigüenza sus “Jornadas Medievales”, que suponen una apertura a visitantes y habitantes de las puertas de la historia sobre las calles y edificios seguntinos. La Asociación Medieval Seguntina, con el esfuerzo de todos sus miembros, monta un gran espectáculo de calle, con cenas medievales, representaciones históricas, mercado y demostraciones, durante dos días. Una fiesta visual y sonora que merece ser conocida.

Tres grandes festivales medievales celebra la provincia en este mes de julio. El primero siempre es el de Hita, el más antiguo y arraigado, que tuvo lugar el pasado sábado 1 de julio. El segundo, este de Sigüenza, rememorando la prisión en su castillo de la reina doña Blanca de Castilla. Y el tercero, que tendrá lugar el próximo sábado 15, será en Pastrana, en torno a la figura de la princesa enamorada y presa, doña Ana de Mendoza y La Cerda, la de Éboli.

Esa visión medieval de la realidad, buscada en sus perfiles como a través de un caleidoscopio, permite a muchos vivir la esencia de un tiempo remoto reflejado en los perfiles actuales, y me permite a mí evocar tres retazos de la ciudad de Sigüenza, tal como fue en aquellos siglos medievales. A través de tres destellos que podrían ser unas piedras talladas (las gárgolas), una visita real (la de los Reyes Católicos a la Catedral) y el drama de la prisión de doña Blanca, eje de esta efeméride y celebración. A ellos vamos.

Las gárgolas de la catedral

El paseante mira a lo alto, como debe hacerse siempre que se aproxima a un monumento antiguo. En el caso de la catedral verá muchas cosas (torres, campanas, veletas, rosetones…) pero si para con minucia la vista en los bordes altos de los muros, y en las cornisas, se sorprenderá al encontrar unas figuras retorcidas, monstruosas, desgastadas y gritonas. Son las gárgolas.

Qué fueran estas piezas de la arquitectura medieval, gótica sobre todo, pero también usadas en épocas anteriores y posteriores, es algo que conviene desvelar desde ahora mismo.

Dicen que su nombre castellano deriva del francés gargouille (garganta), y su cometido es canalizar a través de su cuerpo el agua que desde el tejado viene para que salte por su boca a la calle. Por eso eran largas, airosas, con espantosos cuellos deformes. Pero la talla de esas piedras se esmeró en la época del gótico con animales y seres monstruosos, imposibles, atemorizadores. Seguro que por hacer hermosas imágenes de adorno. Pero también (y yo me inclino a ello) por cumplir el cometido que todo elemento icónico tiene en el arte medieval. Para servir de aviso, de lección, de mensaje permanente.

En la catedral de Sigüenza, las cornisas de los muros de la nave mayor se sostienen de canecillos, se mezclan con metopas (de entre ellas destacan las que muestran un oso, dos leones afrontados, o seres de largas patas) y finalmente dejan paso a la graciosa liviandad de las gárgolas, cuyo cometido es conocido de todos: dejar que el agua que resbala, tras la lluvia, de los tejados, caiga en fuente lejos de los muros, a la calle, para que no se dañen las estructuras catedralicias.

El origen de la gárgola dicen que viene de un dragón temible que asoló, en época lejana, el entorno de Paris: Gargouille se llamaba, y tenía un cuerpo escamoso, unas alas membranosas, un cuello largo y reptante, unas grandes cejas, y un hocico delgado con potentes mandíbulas, escupiendo fuego y echando un aliento apestoso que todo lo destruía. Un sacerdote cristiano, llamado Romanus, dominó a la bestia enseñándola una cruz, la cortó la cabeza y al fin la colgó de lo más alto del Ayuntamiento de Rouen.

Las gárgolas que desde entonces se ponen en los edficios románicos y góticos tienen esa apariencia monstruosa. Dicen unos que eran demonios que escapaban del templo y se quedaban petrificados. Decían otros que eran espíritus protectores, desde fuera, de las iglesias y su sacro recinto. El mensaje que podía marcarse señalándolas con el dedo, era en todo caso modulable a la conveninencia de quien declamaba, o del momento, fiesta, u ocasión en que se esbozaba. Como siempre, el arte obrando de mensaje interpretable y duradero.

En la catedral de Sigüenza hay muchas gárgolas, aunque ya desgastadas por el tiempo inclemente, por los disparos guerreros, por el simple paso del tiempo. Unas tienen formas de leones, otras de dragones. Demonios quizás, y animalejos de mitológico origen. Hay que pararse, de vez en cuando, a mirarlas, a admirarlas, a redimirlas de su atenazante parálisis. Este fin de semana, esta Jornada Medieval Seguntina puede ser un momento ideal para ello.

Llegan los Reyes a la catedral de Sigüenza

En el otoño de 1487, llegan a Sigüenza los Reyes Católicos. Eran entonces “nuestros señores, los reyes”. Isabel, la de Castilla, y Fernando, el de Aragón, uniendo en su cetro común (el único que sostienen con ambas manos en el medallón central de la universidad de Salamanca) la mayor parte de las tierras ibéricas. Tan solo quedaba Portugal, aislado contra el Océano, y Granada, sumida en las luchas internas de sus linajes y dinastías, matándose entre sí abencerrajes y nazaríes. (Bueno, y también Navarra, que iba a su aire).

Avisada por pregoneros desde días antes, el ambiente en la ciudad de Sigüenza era de expectación y nerviosismo. Todos lavaban sus caballos, limpiaban sus vajillas y aderezaban las fachadas de sus casas. La calle mayor quedó como los chorros del oro. Porque el 5 de noviembre, tras llegar desde el valle y subir por la puerta de Guadalajara hasta la catedral, oyendo allí un solemne “Te Deum”, los monarcas sobre sus caballos subieron, acompañados del señor de Sigüenza, y obispo de la diócesis, don Pedro González de Mendoza, que era además gran canciller del reino, su primer ministro, hasta la residencia de este, el gran castillo que culminaba el burgo. Descansó al día siguiente la comitiva, y el 7 partió con su séquito, hacia Zaragoza, don Fernando de Aragón. Mientras que Isabel de Castilla quedó, agasajada por la admiración de la ciudad y los ciudadanos, siete días más en la fortaleza, de charla con sus damas, cortesanos y el Cardenal.

En esta ocasión, a sugerencias de la reina, don Pedro González de Mendoza aportó los caudales necesarios para construir el gran coro de la nave central, y patrocinó y pidió a Mateo Alemán que tallara un púlpito para la predicación de la Epístola, ante el pilar esquinero del presbiterio. Y lo encargó en madera, con sus escudos tallados, y las figuras de Santa Elena (inventora de la Santa Cruz en Jerusalen), San Jorge caballero dañando al dragón, y Santa María in Dominica, apoyada liviana sobre una barcaza de madera. Los tres títulos cardenalicios de que disfrutaba don Pedro González, el de Mendoza.

Esa presencia de la corte en Sigüenza fue recordada durante años, durante siglos. Siempre quedó en el ambiente la solemnidad aquella. Cierra los ojos por un momento, lector amigo, e imagina a doña Isabel, engalanada y sonriente, sobre un caballo engualdrapado de oro y gules, subiendo a paso lento la calle que hoy lleva el nombre del Cardenal, desde la fuente ante la puerta de Guadalajara, hasta el rellano de la catedral…

Ese recuerdo ha venido a cuajar, recientemente, en un hermoso libro que ha escrito Miriam Martínez Taboada, y que ha titulado “El misterio de la llave de oro”. Además de la llegada de los reyes, por sus páginas pulula la vida cotidiana, la variedad de sujetos y madamas que daban vida a la Sigüenza de fines del Medievo, y el jolgorio de los barrios artesanos, moriscos y hebreos. Por sus calles desfilan los sochantres, los médicos judíos, los herreros musulmanes, los bachilleres eruditos… y aquella jornada nos es devuelta, viva y colorista, entre la prosa de Miriam Martínez y el asombro ilustrado de Isidre Monés.

La reina doña Blanca, prisionera

Es esta una historia, que no leyenda, de triste recordación. Aunque no hayan quedado documentos en la ciudad que la atestigüen, sabemos con seguridad de la reclusión a la que fue sometida, por orden de su marido el rey Pedro [el Cruel] de Castilla, entre los años 1355 y 1359, la que fuera venida desde Francia, la hija más querida de su rey galo, para ser esposa del castellano.

Por tener el rey una amante, María de Padilla, a la que nunca dejó, porque la quería de veras y fue además madre de sus hijos, el problema se complicó al recibir la reina verdadera el apoyo de buena parte de la Corte. Su marido la enviaba prisionera a los castillos más fuertes del reino. Estuvo en Medina Sidonia, en Arévalo, y en el alcázar de Toledo antes, pero siempre era aclamada y salvada por quienes enfrentados al rey Pedro veían en ella un símbolo de protesta.

En el castillo seguntino estuvo doña Blanca retenida. No encarcelada, ni aherrojada con cadenas, como algunos han dicho. Simplemente custodiada para que no ejerciera de “primera dama”. Acompañada de personas de su confianza, como su secretario Ottobón de Oliva; su capellán y secretario Juan Oyuel; y los caballeros que la custodiaban Iñigo Ortiz de la Cueva y Ruy Pérez de Soto, además del caballero Hinestrosa, quien se portó caballerosamente con ella. También asistida por su dama doña Leonor de Saldaña.

¿Donde estuvo “prisionera” doña Blanca en el castillo seguntino? Es su antiguo Cronista Martínez Gómez-Gordo quien nos informa sobre la cuestión. La leyenda dice que estuvo encerrada en un pequeño cuarto de la denominada «Torre de doña Blanca», también conocida como «Torre de Mari-Blanca». Pero no estuvo confinada estrechamente en dicho lugar. Ella podía deambular por toda la fortaleza, incluso bajar a la ciudad, aunque sin poder salir de ella.

El cronista seguntino, en un bellísimo y bien cimentado libro, trata ampliamente del tema, y nos dice que Blanca de Borbón «desde sus aposentos, vería en sus cuatro años de encierro, allá abajo, lejos del recinto amurallado de la ciudad, cómo se iba levantando, de sol a sol, con parsimonia y con mucho ajetreo de menestrales, la primera torre de la hermosa y sólida catedral. Y en sus graves estrecheces económicas… mandando a su dama de compañía, doña Leonor, pignorar pieza tras pieza en las Travesañas, la judería de la ciudad, su riquísimo ajuar de novia, cargado de rica pedrería».

Podemos hoy visitar, transformado en Parador Nacional de Turismo, el castillo seguntino, y recibir la información de quien nos guíe acerca de los lugares donde la reina de Castilla vivió prisionera: la torre de doña Blanca, el salón con su nombre, la capilla…. Y pensar que desde las almenas ella vería pasar, entre nubes y atardeceres, el sin sentido de la vida. Quede todo ello para la imaginación del huésped. Y aquí la constancia del hecho de su residencia, durante cuatro largos años, entre corredores largos y fríos aposentos.

Rememorado todo en esta jornada medieval, la que te espera, lector, maña y pasado, si hasta Sigüenza decides acercarte.

Cisneros en Sigüenza

CisnerosDesde el pasado día 23 de mayo, en que se inauguró, hasta el fin de octubre en que será clausurada, Sigüenza acoge generosa la exposición “Cisneros, de Gonzalo a Francisco”, que se sitúa a caballo entre la catedral, el Museo Diocesano de Arte Antiguo, y algunos rincones emblemáticos de la Ciudad del Doncel. En ella se ven numerosas piezas y ambientes relacionados con el Cardenal Cisneros, el personaje del que ahora se cumplen los cinco siglos exactos de su fallecimiento.

Donde informarse

Tres son los elementos impresos en los que se sustenta esta exposición, y que muy brevemente comentaré. Es el primero un sucinto catálogo/resumen del significado de la exposición: esa transición de nombres que para Ximénez de Cisneros, de familia hidalga de Torrelaguna, le supuso pasar de ser llamado Gonzalo, en el bautismo, a Francisco, cuando entró en religión. Él sería un erudito, un estudioso y un humanista, pero también fue un religioso, un fraile franciscano, un reformador de la sociedad de su tiempo. Y, al final de sus días, y casi a la fuerza, él fue un político, regente –nada menos- de una Castilla que se quedó sin monarca al fallecimiento de doña Isabel, la primera de este nombre en Castilla.

El otro elemento impreso sobre el que apoya esta exposición, es un folleto desplegable en el que se muestran los once ambientes urbanos en que se rememora al cardenal, y los cinco espacios catedralicios en los que se evoca su paso por el templo. Sencillo y didáctico, escrito por Pilar Martínez Taboada, nos sirve de guía para visitar Sigüenza y su catedral en cualquier momento, ilustrado además profusamente.

El tercero de esos elementos, es una joyita bibliográfica que, además, recomiendo a cuantos se dedican a coleccionar libros sobre la provincia, que no se lo pierdan. Se vende en la Exposición, al precio de 1 Euro, pero su valor es enorme, porque es sencillo, y hermoso. Lo ha escrito Jesús Orea Sánchez, y lleva por título “Cisneros. Vida y obra resumidas de un gran cardenal”, con texto por él escrito y con unas páginas finales desarrolladas por Nora Marco Alario para que sirvan de didáctico acompañamiento a la visita de la exposición por parte de los niños.

Este libro expone en 40 páginas la vida de quien fuera el fundador de la Universidad de Alcalá y creador con su equipo de la Biblia Complutense, hombre atento al devenir de los tiempos, y avanzado en sus visiones sociales y cientificas. Pero hombre también muy ligado a la tierra en la que nació (no olvidemos que Torrelaguna, su villa natal, en el siglo XV era perteneciente a la provincia de Guadalajara) y por tanto desarrolló parte de sus actividades en Uceda, en Sigüenza, y en la Salceda de Peñalver/Tendilla, de cuya memoria se extraen en esta exposición numerosas piezas.

Desarrollo de la exposición

Para la exposición que ahora se ha abierto, y a la que invito a mis lectores a que la visiten, se han aportado muchas piezas desde numerosos ámbitos. Está promovida tanto por el Obispado de Sigüenza-Guadalajara, como por la Universidad de Alcalá de Henares y su Instituto de Estudos Cisnerianos, más la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, con la colaboración de su Servicio de Cultura, y el propio Ayuntamiento de Sigüenza. Fruto de esa amplia colaboración es la muestra que se ha inaugurado.

Comisariada por tres personas que saben de qué hablan y que no han escatimado esfuerzos para conseguir un evento redondo y brillante: la profesora María Dolores Cabañas, de la Universidad de Alcalá de Henares; el doctor Plácido Ballesteros, jefe del servicio de Cultura de la Diputación Provincial, y don Miguel Angel Ortega, director del Museo Diocesano de Arte Antiguo de Sigüenza, en donde tiene lugar la Muestra.

En ella, sobresalen varias piezas excelentes, tanto en pintura como en escultura y sobre todo en bibliografía, con presencia de documentos de archivo en los que aparecen firmas y escritos del Cardenal, todos ellos procedentes de la catedral. Pero también está la memoria franciscana del convento de la Salceda, en la Alcarria, con un estupenda reproducción del desierto o jardines eremíticos donde Francisco vivió solitario, o la muestra de trajes de época que en un par de salas del claustro catedralicio se exponen: son muchos de los trajes empleados en el rodaje de la serie televisiva “Isabel”, muy bien expuestos y explicados.

De los tres ámbitos en los que se desarrolla la Exposición sobre Cisneros (Museo, Catedral y Ciudad), es difícil decidir cual de ellos impacta más. En el Museo, hay dos salas y el patio central ocupados en mostrar varias docenas de cosas: ya digo, libros, documentos, pero también cuadros, esculturas… una reproducción completa de la imprenta complutense en la que se forjó la Biblia Políglota, más orfebrería, retratos y mucho ambiente, porque el Museo Diocesano respira siempre solemnidad y certeza.

En la Catedral, son diversos los entornos que han sido señalados para memorar la presencia en ellos del Cardenal cisneros. Desde la capilla de la Anunciación, en la nave del evangelio, en la que lucen espectaculares las yeserías que salieron –sin duda- de las manos de los artesanos que colaboraron en el Colegio de San Ildefonso de Alcalá, hasta el púlpito de la epístola, en el que los escudos de Mendoza y sus títulos cardenalicios nos indican la flecha, o el camino, por el que transitó Cisneros años antes.

La ciudad… para qué entretenerse. Está pidiendo, como siempre, como desde hace siglos, un paseo por ella. Esta vez un paseo explicado, medido y organizado, con señalamiento de recuerdos cisnerianos en 11 puntos seguntinos: en los arcos de la muralla, en la calle del Hospital de San Mateo, en la iglesia de San vicente y su frontera Casa del doncel, en el propio castillo, al que tantas veces subiría don Gonzalo Ximénez.

Paralelos actuales

Y en este maratón de visita y evocación, un recuerdo que parece surgir de las casualidades de la historia. La exposición, montada con tanto acierto en el Quinto Centenario de Cisneros, se titula “Cisneros: de Gonzalo a Francisco”. Y trata de explicar, entre otras cosas, cómo el cambio de vida y horizontes de un hombre genial se materializa un día en el cambio de su nombre. ¿No le suena al lector esa operación, pero más reciente, en un personaje todavía vivo, y en la cúspide de la Iglesia Católica? Seguro que ya ha caído. “Bergoglio: de Jorge a Francisco”. El actual Pontífice de Roma, nacido argentino como Jorge Bergoglio, ha cambiado su nombre al acceder al trono de la Iglesia.

La trayectoria vital de Gonzalo/Francisco Ximénez de Cisneros también fue espectacular. Y aun con la lentitud propia de una época en que los viajes se hacía a pie o sobre mula y las comunicaciones no iban más allá que los correos reales a caballo, a él le dio tiempo a fraguar una serie de ideas importantes que aún hoy admiramos, y entre ellas no es la menor esa Universidad de Alcalá, que ahora se ha volcado en el recuerdo de este hombre, tan ligado como aquí hemos visto a Sigüenza, y a la Alcarra. Justo es que le recordemos en este año de su quinto centenario.

Palazuelos, una fiesta para los sentidos

Castillo de PalazuelosCon mi amigo catalán Isidre Monés estoy preparando un libro sobre Sigüenza y alrededores. La cosa va lenta, pero está echando raíces profundas. Será –cuando llegue a ser algo– una cosa importante. De momento yo escribo y él dibuja.
Y ahora hemos pasado por Palazuelos. En realidad, hemos pasado muchas veces, y en cada una de las tres últimas ha surgido un breve escrito glosando un rincón, una puerta, el castillo…. Esa maravillosa y perdida villa de Palazuelos siempre inspira. Mira, lector, qué puedes sacar en claro de todo esto.

El castillo

En Palazuelos va a encontrar el viajero las huellas de la Edad Media por todos los rincones. No puede escaparse a su presencia. Porque no solamente un castillo completo existe aquí, sino todo el amurallamiento original que a la villa proporcionó su dueño, el marqués de Santillana, en el siglo xv.

Asienta el pueblo en leve ondulación, cerca de Sigüenza, sobre una ancha vega. Su historia se fundamenta en la de los múltiples señores que durante siglos la poseyeron. Tras la reconquista perteneció a la Tierra y Común de Atienza. Poco después, el Rey Alfonso x el Sabio se la donó a doña Mayor Guillén, junto a las villas de Cifuentes y Alcocer. Esta señora se la dejó en herencia a doña Beatriz que llegó a ser reina de Portugal, y ésta a su vez se la transmitió a su hija doña Blanca, abadesa del monasterio de Las Huelgas, en Burgos. Esta lo vendió al infante don Pedro, hijo de Sancho iv, y de éste pasó, también por venta, en 1314, al obispo de Sigüenza don Simón Girón de Cisneros. De ser parte del señorío episcopal de Sigüenza pasó en el siglo xiv en su segunda mitad, a la casa de Mendoza. En 1380, figura incluido entre los bienes del mayorazgo que don Pedro González de Mendoza funda a favor de su hijo Diego Hurtado, futuro almirante de Castilla, de quien pasó, en 1404, a su hija doña Aldonza de Mendoza. Su hermanastro, don Iñigo López, primer marqués de Santillana, la poseyó y comenzó a levantar su castillo y murallas, dejándola a su hijo don Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, quien prosiguió y concluyó las obras.

Después permaneció varios siglos en esta familia mendocina, en la rama de los duques de Pastrana, hasta la abolición de los señoríos. En la subasta que en 1971 hizo el Estado de diversos castillos de la tierra guadalajareña, volvieron a ser propiedad particular «el castillo y las murallas» de Palazuelos. Concretamente el arquitecto Luis Moreno de Cala se hizo con el edificio, que más tarde vendería a sus actuales propietarios.

El castillo se alza inserto en la muralla, en su costado noroeste. Le rodea una barbacana o defensa baja, a la que se penetra desde la villa por una puerta que tuvo puente levadizo, y está escoltada de dos desmochados torreones. El recinto interior tiene una liza que le rodea, y en el centro se alza el cuerpo principal, que consta de un edificio alto, cuadrado, herméticamente cerrado y rodeado de dos cubos en las esquinas y gran torre del homenaje adosada al muro de poniente. La entrada a este recinto interior está en dicho muro occidental. Por ello vuelve a repetirse el sistema zigzagueante de acceso en el caso de este castillo. Su época de construcción data del siglo xv, en su segunda mitad, y podemos atribuirla a los impulsos de don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, y de su hijo don Pedro Hurtado.

La muralla rodea al pueblo en todo su perímetro, excepto en muy leves trozos derribados. Se refuerza en ocasiones con cubos y torreones, y en ella se abren cuatro puertas, consistentes en gruesos torreones de planta cuadrada con cubos en las esquinas, a los que se penetra por uno de sus muros, bajo arco ojival, y se sale hacia el pueblo por otro diferente y lateral. Es el clásico sistema de «acceso en zig-zag» tan propio de la Edad Media para la mejor defensa de las fortalezas, y que los Mendoza utilizaron en casi todas sus construcciones. En algunas de las puertas se ven, desgastados, los escudos de los Mendoza.

La puerta del campo

Dicen que hacer algo imposible es como “ponerle puertas al campo”, porque este es tan grande, que nadie lo puede abarcar y, como el mar, no tiene límites, nos puede siempre.

En Palazuelos, un pueblecito medieval y remoto, situado en medio de los trigales, de los cantuesos y los roquedos inhóspitos de nuestra sierra Ministra, nadie ha puesto una puerta al campo, pero sí que a la villa, que se amuralló por completo en tiempos de la Edad Media, le pusieron una puerta por la que se entraba a la villa o se salía de ella. Con el campo enfrente. Y la llamaron (y aún la llamamos así) “la puerta del campo”.

Este lugar, que no es especialmente significativo en punto a estrategias militares, sí que tuvo importancia en el entramado de los caminos castellanos. Al pie de la sierra Ministra, en el límite de las dos mesetas castellanas, y sobre un valle que comunica Sigüenza con Atienza, perteneció a diversos señores hasta que cayó en manos de los Mendoza, en pleno siglo xiv. Y a mediados del siguiente, sería don Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, quien decidiera fortificarlo, al uso de entonces: un poblado cerrado completamente por murallas, con cuatro puertas abiertas (una a cada punto cardinal) y en el extremo norte un fuerte castillo defensivo. Quedó como el lugar perfecto de habitación humana, en aquellos tiempos de guerras y sustos. Y así sigue, lo cual no es mérito pequeño.

En una de aquellas puertas, la que da al sur, se pusieron los escudos heráldicos de sus poeseedores. A mediados del siglo xv, lo era concretamente don Pedro Hurtado de Mendoza, uno de los hijos varones del marqués. Casado con doña Juan de Valencia, ambos emblemas pusieron tallados en piedra, y cobijados en marcos protectores, sobre todas las puertas de entrada. Para que se supiera que el visitante llegaba a terrreno señorial, a villa de señorío mendocino.

López de Mendoza, el primer poeta del Renacimiento español, es un enamorado de la Naturaleza, de las bellas mujeres, de los desfiles solemnes y del protocolo. Necesita el sonoro aliento de las trompetas y el clamor de los timbales para seguir viviendo. Y todo lo plasma en sus poemas redondos, cortos, emocionantes.

 

Por un valle deleytoso,
do mora gentil compaña,
oí un canto sabroso
de un ave muy estraña

 

Cuando el viajero llega a Palazuelos, suele entrar por la puerta que mira al norte, hosca y de feroz mirada. Pero generalmente sale por la puerta que va hacia levante, dirigiéndose el camino que ante ella surge hasta la cercana Sigüenza. La puerta del campo, sin embargo, en lo más alto del pueblo, no da a ninguna parte. O da a lo que nombra, al campo, a la nada verde y olorosa. Poca gente, si no eran los habitantes de la villa cuando salía a laborar o volvían de sus tareas, la cruzaba. Yo te invito ahora, lector amigo, a que con el recuerdo del marqués orante y guerrero, del poeta sutil y el animoso emprendedor humanistra, te llegues a Palazuelos, y salgas, o entres, por esa puerta del campo que es tan hermosa, de tan quieta, y tan blanca, de piedras leves.

El humilladero de la Soledad

Antes de entrar a Palazuelos, y si escogemos el camino que lleva a Carabias, vamos a encontrarnos con esta ermita de la Virgen de la Soledad, que es también Humilladero. Esto es, ademáds de lugar de culto cerrado, puede serlo en abierto, porque es parada final de un via crucis.

La construyeron los hermanos de la Cofradía de la Vera Cruz, y sabemos que ya a mediados del siglo XVI existía como hoy la vemos.: de planta cuadrada, fuertes muros y aun más fuertes contrafuertes, no la parte un rayo ni la tira un vendaval, por fuerte que sea. A mí lo más hermoso me parece el pórtico delantero, con sus columnas rematadas en capiteles de quiero y no puedo, pero de solemne talla que aguantan lo que sea. En ese atrio se tiene que estar bien resguardado cuando el tiempo se pone malo.

Dentro hay una talla de la Virgen Dolorosa, y otra de Cristo yacente. Y dentro se reunen las gentes piadosas de Palazuelos a rememorar años antiguos y pedir, porque nunca se sabe, un milagrito a la Virgen.

Por aquí delante, a la vista de las murallas y el castillo, antes de partir hacia Carabias, andaría don Onofre Caballero, que fue un donoso individuo que aquí nació, en el interior de las murallas de esta villa a la que él dice que tenía “por mal nombre Engañapobres”, debido a que desde lejos, cualquier caminante que fuera a hacer las Castillas, y al pasar entre Sigüenza y Atienza la viera a lo lejos, pensaría que era castillo de riquezas y anaquel de los buenos manjares, concluyendo (en acercarse y entrar) que nada de eso había, sino hambre también, y miserias.

El Guitón Onofre estaba orgulloso de ser de aquí, de donde el marqués de Santillana quiso poner un fuerte amurallamiento para engañar a los que pasan. Y seguro que se entretuvo, de pequeño, en jugar por los trigos que la rodean, y como en toda primavera incipiente, en los días de su primera luna llena, salir con los cofrades acompañando al Santo Entierro, admirando a fuerza que los jóvenes desarrollan, de los pulmones a la boca, haciendo sonar solemnes las caracolas que anuncian la muerte de Cristo, y la Soledad de su madre.

Así lo narra el escritor Luis Monje, que aún alcanzó a vivir, a principios del siglo XX, aquella mágica nocturnada del Viernes Santo, cuando “Delante del triste cortejo de hombres silenciosos y mujeres enlutadas con mantos en la cabeza, los mozos se relevaban constantemente en el uso de la primitiva trompa, mientras las jóvenes cantaban en grupo un monótono romance alusivo detrás de la imagen de Cristo yacente. En la oscuridad de la noche, entre trigales en flor, el prolongado lamento de la caracola subrayaba la tristeza del momento y ponía una nota emotiva en el fervor de los fieles”.

Esta ermita es un privilegiado mirador de las costumbres de Palazuelos. También a ella llega el bullicio de la Quema del Boto, que se hace en honro a San Roque cuando aprieta el calor del verano. Y en su torno los chicos siguen jugando a la tanguilla, primitiva competición de habilidad y punterías.

Rescatando del olvido a La Isabela

Balneario de La IsabelaEl pasado día 22 de mayo, en acto organizado por la Asociación de Amigos de la Biblioteca Pública Provincial de Guadalajara, y como colofón del ciclo de conferencias “El río que nos une”, intervinieron en una charla con imágenes algunos de los autores de un reciente estudio, muy amplio y detallado, sobre los Baños de la Isabela, una de las atracciones turísticas de la Alcarria tristemente desaparecidas.

El libro, muy detallado en información histórica y en gráficos con planos y fotografías, es obra dirigida por dos profesores de la Escuela de Arquitectura Técnica de la Universidad de Alcalá, con sede en Guadalajara:

Antonio Trallero, Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, especialista en Urbanismo y Francisco Maza, Doctor en Cartografía, SIG y Teledetección por la Universidad de Alcalá e Ingeniero en Geodesia y Cartografía por la misma universidad.

Han sido protagonistas, sin embargo, otras cuatro personas que como trabajo fin de carrera se animaron a investigar, en documentos, archivos y sobre el terreno, todo cuanto quedaba de este conjunto balneario-palaciego de La Isabela. Estas personas han sido Cidoncha Marañón, Núñez Pérez, Ruiz Castillo y Sancho Olóriz, que también elpasado 22 de mayo participaron en la presentación y comentario de la obra.

Su trabajo se realizó a lo largo del año 2005 haciendo un estudio urbanístico, arquitectónico, topográfico y constructivo, con la vista puesta en el terreno, por una parte, y en los archivos por otra.

El Real Sitio de La Isabela, así denominado desde comienzos del siglo XIX, había sido lugar de peregrinación y asistencia de mucha genteque sabía que en la orilla derecha del río Guadiela, término de Sacedón, nacían aguas medicinales muy efectivas. Sería el infante don Antonio, hermano del rey Carlos IV, quien acudió allí, enfermo como estaba, reumático perdido, a probar suerte. Y tan bien le fue la probanza, que ya decidió acudir con frecuencia, animando a su sobrino el rey Fernando, a que igual hiciera.

Se decidió desde la Corte pedirle a un afamado científico del momento, don Alfonso Limón Montero, que hiciera un informe más exhaustivo de esta agua, ampliando lo que en 1697 había escrito como “El espejo cristalino de las aguas de España”.

Si en la potenciación de las aguas de Trillo que se hizo bajo el reinado de Carlos III, estudiando composiciones y beneficios de las aguas del Tajo, participaron también científicos de nota, la obra “Análisis de las aguas minerales y termales de Sacedón”, que se hizo cuando empezó a usarlas el Infante D. Antonio, en el mes de julio y agosto de 1800, fue el remate de estos estudios previos.

Pasada la Guerra de la Independencia, Fernando VI honró el lugar con su presencia, y le quiso poner el título de “La Isabela” en homenaje a su esposa, Isabel de Braganza, con la que varios veranos asistió, alojándose en el palacio que al efecto se había construido en Sacedón, pensando ya en levantar jubto al Guadiela un gran centro balneario. Un lugar para el que el subtítulo de este libro de Trallero y colaboradores lo define perfectamente: Balneario, Real Sitio, Palacio y Nueva Población.

Sería el arquitecto Antonio López Aguado quien recibió el encargo, del Rey y sus ministros, de transformar aquel lugar humilde en un emporio lujoso y atractivo para la Corte entera. En el lugar denominado “Dehesa de las Pozas” comenzóse la edificación de una “Casa de Baños”, que sirvió perfectamente para el uso que había de dársele, añadiendo una nueva población, una pequeña ciudad de ortognales trazas, en la parte alta del entorno. Se construyeron puente (uno de piedra, otro de madera, muy atractivo), y se abrieron grandes cantidades de tierras para repoblarlas de árboles, instalar jardines “regios” y añadir unas amplias huertas que hicieran al lugar autónomo. Numerosos arquitectos colaboraron, y de algunos de ellos han quedado los planos que hicieron, concibiendo “La Isabela” como un lugar monumental, grande y atractivo, un espacio de auténtico lujo donde la Corte se encontraría durante el verano.

Pero la situación política vino a romper sueños y espectativas. Los españoles anduvieron a la greña durante decenios, trienios y tercios de siglo, quedando aquello como en suspenso, aunque la gente seguía yendo a la toma de aguas.

Las nuevas modas de trasladarse al mar (Santander, San Sebastián) por parte de la corte, y los destrozos de los carlistas (y liberales) en las instalaciones durante las guerras civiles del siglo XIX, paralizaron totalmente este sueño.

Balneario de La IsabelaEn 1865 fue vendido por la Corona, todo el conjunto, aunque al final hubo que hacerlo en lotes: el palacio por un lado, las huertas por otro, un almendral por otro, la Casa de Baños aparte, etc… En el “Informe de Tasación” que entonces se realizó, muy minucioso, y que los autores del mencionado libro reproducen en su totalidad, con planos anejos, se muestra al detalle cómo era este enclave de la Alcarria junto al Guadiela.

Fue en los años de la Restauración borbónica en los que se puso muy de moda, como en el resto de Europa, el “turismo de balneario”. Si unos iban a Baden Baden, otros a Karlovy Vary, y los de aquí a La Toja, en la Alcarria surgieron dos modelos que fueron muy representativos de aquel movimiento: Los Reales Baños de Carlos III en Trillo, y los Reales Baños de La Isabela en Sacedón. En manos privadas, que intentaron hacerlos retables, aunque siempre con grandes dificultades, debido a lo difícil de los caminos para llegar a ellos, y la carencia de comodidades “a la europa” que tenían ambos.

Después de años de relativo auge, la llegada de la República supuso la casi inasistencia a este lugar de sus tradicionales clientes, entre los que se encontraba el Doctor Marañon, y otros conocidos intelectuales y gentes adineradas.

Ya en 1930 había sido adquirido el conjunto por el marqués de Vega-Inclán, de quien no es necesario hacer aquí el encomio, en punto al entusiasmo que desplegó por toda España en orden a recuperar, -y en buena parte a su costa- el patrimonio arquitectónico e histórico del país. Desde su puesto de Comisario Regio de la Comisaría de Turismo y Cultura Popular se preocupó por la recuperación y divulgación de la cultura española, y entre sus muchas actividades, está la de poner en marcha la idea de los “Psradores Nacionales” que vieron sus primeros ejemplos en los de Gredos, Mérida y la Hostería del Estudiante de Alcalá de Henares. Tras el fallecimiento del marqués, La Isabela pasó a la Fundación Vega-Inclán, dependiente del Ministerio de Educación, hasta que durante la Guerra del 36-39 fue convertido en cuartel, y en sanatorio psiquiátrico (y quizás en centro de reclusión forzada para disidentes, lo cual no está suficientemente estudiado) con lo que finalizó su vida como establecimiento termal. Habían transcurrido solamente 150 años.

Después, vino lo que todos conocen. La construcción por parte del Estado autocrático del general Franco del conjunto de emblases de la cuenca del Tajo, y en particular el de Buendía, supuso la inundación por las aguas del pantano de todo el conjunto de La Isabela, además de la aldea de Poyos. Sus habitantes fueron trasladados a otras poblaciones de España (concretamente a la nueva población de “San Bernardo” en Valladolid, junto al Duero), y los edificios previamente desmantelados. Durante muchos años, nada se veía porque las aguas, altas, lo tapaban todo. Pero ahora, cuando el esquilmo de las aguas castellanas ha dejado el embalse de Buendía practicamente vacío, han vuelto a aparecer los restos de este conjunto monumental e histórico.

Los autores, durante un año, han visitado y medido, valorado y reconstruido mentalmente aquello. Y sobre planos. Y con las nuevas tecnologías han recompuestos, en imágenes virtuales, lo que fue La Isabela, los edificios, las calles, las plazas, los jardines… Quizás uno de los capítulos más valiosos, aunque hoy sea un puro diletantismo investigador, es el de la aportación de los nombres de los arquitectos que hicieron aquello, y de los que pretendieron mejorarlo. Estaban en nómina lor mejores profesionales de la nación, y entre ellos el antes citado Antonio López Aguado, más Narciso Pascual Colomer, pasando por Silvestre Pérez, Isidro González Velázquez y Custodio Teodoro Moreno, etc.

Balneario de La Isabela

 

Hoy se están organizando excursiones a la ruinas de La Isabela. Es un poco estremecedor pensar que buena parte de lo que fue nuestro patrimonio histórico-artístico, sea hoy motivo para organizar visitas “a ruinas”. Hay gente que va a ver “lo queda de…” Bonaval, Sopetrán, Pelegrina, Galve de Sorbe, Villaescusa de Palositos, San Salvador de Pinilla o La Vereda. También de La Isabela, el gran proyecto que nació en años precarios pero que en los años buenos podría haber llegado a ser algo importante. Todo es soñar, porque, aunque no hubiera habido aguas de pantano, trasvase ni abandono…. ¿Qué sería hoy el Balneario de La Isabela, junto al Guadiela, en Sacedón, de cara a unas vacaciones, con la inmensa competencia de Benidorm o de Marina d’Or…? Pues prácticamente nada.