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Arte perdido desde los conventos

El relicario de San Bartolomé, que primero estuvo en el monasterio jerónimo, luego en la parroquia de Lupiana, y al fin en 1900 se perdió para siempre.

El relicario de San Bartolomé, que primero estuvo en el monasterio jerónimo, luego en la parroquia de Lupiana, y al fin en 1900 se perdió para siempre.

Como todo el mundo sabe, la mayor parte del patrimonio artístico de nuestra provincia se fraguó desde instancias religiosas (iglesias, catedrales, y fundamentalmente conventos y monasterios) y por serlo han sufrido también, especialmente en los dos últimos siglos, unas pérdidas y agresiones que les han llevado a muchas piezas a desaparecer o cambiar de lugar de origen.

En este artículo quiero repasar los avatares de algunos conjuntos monasteriales, y sobre todo de sus piezas artísticas muebles, a través de un escrito poco conocido y que aquí quiero comentar y aplaudir, porque está escrito por uno de nuestros jóvenes investigadores, que siguen laborando por analizar el pretérito de nuestra tierra.

El autor es Francisco Javier Ramos Gómez, y el escrito se titula “Las artes plásticas en los conventos de la provincia de Guadalajara y su odisea” que apareció entre las páginas 125 a 143 del libro “Celosías. Arte y Piedad en los conventos de Castilla-La Mancha durante el siglo de El Quijote”, publicado en Toledo, en 2006, como catálogo de la Exposición que con ese mismo título se celebró en el Museo de Santa Cruz.

Se trata de una aportación estimable, que queda un poco perdida en el contexto de un gigantesco “libro/catálogo” muy bien editado, eso sí, con todo el lujo posible, (los mejores papeles, las mejores fotos…) a que nos tenía acostumbrado el anterior equipo de gobierno de la Junta de Comunidades.

Este trabajo de Ramos Gómez viene a tratar del arte en los conventos de Guadalajara, y en la época del Quijote, esto es, en los inicios del siglo XVII. Lo divide en tres partes, en las que trata primeramente del desarrollo de las distintas órdenes religiosas en la provincia. Un tema ya tratado, entre otros por mí mismo, aunque el autor no ha juzgado conveniente mencionar mi obra “Monasterios y Conventos de la provincia de Guadalajara. Apuntes para su historia” que con casi 400 páginas apareció en 1974 revelando por primera vez muchísimas noticias sobre todos los monasterios y conventos de nuestra tierra. Viene a ser un resumen muy comprimido de ella.

La segunda parte trata de los monasterios que mayor relieve alcanzaron en esa época como propietarios de obras de arte. Y la tercera habla de la desaparición y desintegración del patrimonio artístico de esas instituciones, tomando como referencia en este caso a la obra “Patrimonio Desaparecido de la provincia de Guadalajara” de José Luis García de Paz, a quien sí cita.

Arte en los monasterios alcarreños

Nos dice el autor que la zona más poblada de conventos fue la Alcarria, con 38 de los 60 que analiza. Y nos dice que los primeros que asentaron fueron los benedictinos y cistercienses, tras la Reconquista. Venidos los monjes, y sus abades, en su inmensa mayoría de la Galia (eso lo añado yo, porque está comprobado). Hace Ramos un buen resumen de cuanto se ha investigado y escrito hasta el momento, extendiéndose con los jerónimos, por ser Orden que nació en la Alcarria, y añadiendo datos sobre la llegada y asentamiento de los franciscanos, y los carmelitas, fundamentalmente.

Entra en cada uno de los conventos que hay, o hubo, en nuestra provincia, y relaciona con brevedad pero buen tino las obras de arte que había en ellos. No descubre ninguna nueva, y por la brevedad del aporte obvia otras importantes, como lo contenido en el convento de La Salceda, en Peñalver-Tendilla, según nos lo cuenta quien fuera su guardián franciscano, fray Pedro González de Mendoza, hijo de la princesa de Éboli.

En San Francisco de Pastrana describe el altarcillo de la familia Miranda que fue a parar a la Colegiata y aunque estuvo en el Museo, este verano aún paraba en la nave del Evangelio del templo mayor pastranero, con una talla extraordinaria en su centro (que Ramos atribuye al círculo de Gregorio Fernández) y un par de retratos al óleo en las basas de sus columnas laterales, de los que no aventura autor, pero que yo me arriesgo a filiárselas a Luis Tristán, discípulo que fue del Greco. De Guadalajara señala la memoria del gran retablo de Juan de Borgoña que existió en la iglesia de la Piedad y cuyo descubrimiento (documental, pues la pieza de arte desapareció hace mucho) debemos a Tomás López Muñoz en 2002.

Destaco que Ramos encuentra el dato (en una publicación de Junquera) de que el retablo de la Trinidad de Juan Bautista Maino, que hoy se ve en El Prado, estuvo en el convento de las monjas concepcionistas de Pastrana. Y que el retablo que para la iglesia del convento de las concepcionistas de Guadalajara (que hubo y ya no está, en la plaza de Moreno) mandó hacer don Jusepe Gómez de Ciudad Real y Mendoza, lo talló en 1588 el escultor madrileño Agustín de Campos con traza del arquitecto Alonso Román. De la Orden carmelita referencia la abundante carga que ha quedado en la iglesia del convento de San Pedro en Pastrana, constituyendo todo un Museo Carmelitano, y de Bolarque habla de su estructura, planos y obras de arte, pero a una velocidad que no le permite dedicarle más de 20 líneas y, por supuesto, sin hacer alusión al libro que sobre ese desierto carmelita escribimos en 1999 Angel Luis Toledano Ibarra y yo mismo, dando a conocer por primera vez la historia y el arte de ese lejano enclave.

Patrimonio conventual desaparecido

En la tercera parte del libro nos da un buen resumen de lo que sobre exclaustración y desamortización en la Alcarria escribió Luis Miguel de Diego Pareja, contándonos cómo la llamada Administración Provincial de Bienes Nacionales, a partir de la Guerra de la Independencia, fue abriendo conventos, sacando papeles, obras de arte, libros y memorias, quedando ya, y especialmente a partir de la Desamortización de Mendizábal en el cuarto decenio del siglo XIX, esparcidos unos y perdidos otros, para siempre.

Así, al hablar de Sopetrán, cuenta las obras de arte que allí había. Y menciona las “tablas de Sopetrán” que se encuentran en el Museo del Prado. Entonces yo no sabía que el relieve central de su retablo fue a parar en esos avatares a los Estados Unidos, y hoy se muestra en el Museo de “The Cloister” de Nueva York. Por eso Ramos no menciona este dato. Muestro junto a estas líneas el referido relieve, una pieza “de Museo” que también se fue de la Alcarria a los USA. Una más…

Es curioso lo que cuenta sobre el busto / relicario de San Bartolomé de Lupiana, aunque algo sobre ello había ya adelantado José Ramón López de los Mozos. Al parecer llegó al monasterio jerónimo a principios del siglo XVII procedente de la Vall d’Hebrón, en una procesión ceremoniosa de las que se hacían entonces, y se trataba de un busto en bronce, policromado y revestido en parte de plata, obra de Gaspar de Ledesma, de 1616. Una verdadera joya, que describe Isabel Mateo y colaboradoras en su obra “El arte de la Orden Jerónima, historia y mecenazgo”, Madrid, 1999. En 1700 le añadieron un templete churrigueresco. En 1820 lo trasladaron a la parroquia de Lupiana, y de allí lo robaron en 1870, quitándole entonces las piedras preciosas y los elementos de valor, siendo abandonada y luego recuperada. Finalmente, en 1900, víctima de otro robo, desapareció para siempre. Al menos, ha quedado una foto que vemos junto a estas líneas.

Catálogo de piezas

En el apartado de catálogo de piezas del libro “Celosías” aparecen bastantes procedentes de pueblos de Guadalajara, especialmente surgidas en la Alcarria carmelita, teresiana y mística. El hoy restaurado y recientemente inaugurado Museo de la Colegiata de Pastrana acoge bastantes elementos relacionados con la producción artística en los conventos y el barroco brilla en piezas como las que el hijo de la princesa de Éboli, el mínimo fray Pedro González de Mendoza, regaló a la Colegiata de la que fue patrono y restaurador: así el Relicario de la Regla de San Francisco, obra en ébano, bronce y piedras duras; el Templete relicario de la Virgen de la Salceda, obra de hacia 1610-1616 salida de un taller madrileño de orfebrería, y que hoy luce en la parroquia de Tendilla, o la Cruz Guía que, según Ramos producida en taller local pastranero, regaló el clérigo. Un retrato espléndido, ahora limpio de sus oscuridades seculares, de don fray Pedro, es el que se ve en el Museo, con la severidad en el rostro y la actitud propias de un Pantoja de la Cruz, aunque la autoría no es clara, y podría también tratarse de una obra de Matías Jimeno, quien por otra parte realizó el retablo mayor de la Colegiata por encargo del mismo fraile.

De las piezas carmelitas y teresianas, muchas de ellas conservadas hoy en el Museo del convento regido por los franciscanos, en Pastrana, destaca la serie de grandes cuadros representando las fundaciones de Santa Teresa y el apoyo de los duques don Ruy y doña Ana a la santa. Obras de autor anónimo aunque restauradas recientemente, son brillantes y didácticas. También destaca el “Éxtasis de San Juan”, pintado por un seguidor de Bartolomé Carducho en 1620 y conservado en el Museo Provincial de Guadalajara, o el “San Diego de Alcalá convirtiendo en flores la limosna de los pobres”, que se parece mucho a las cosas salidas del pincel de fray Juan Sánchez Cotán. Ahora espléndido de colores, es obra de hacia 1610 y se expone en el nuevo Museo pastranero.

Para acabar, y tomándolo de este libro espléndido, “Celosías” en el que todo lo relativo a Guadalajara ha sido redactado y equilibradamente valorado por Francisco Javier Ramos Gómez, dejar aquí el soneto que nada menos que don Luis de Góngora dedicó a fray Pedro González de Mendoza, el aristócrata hijo de los duques de Pastrana, que tanto ayudó a la Colegiata, a La Salceda y que hasta anduvo de obispo por Sigüenza y acabó en Granada, que es de donde Góngora le elevó a los altares de la inmortalidad con este poema:

 

Consagróse el seráfico Mendoza,

gran dueño mío, y con invidia deja

al cordón flaco, a la capilla vieja,

báculo tan galán, mitra tan moza,

 

pastor que una Granada es vuestra choza,

y cada grano suyo vuestra oveja,

pues cada lengua acusa, cada oreja,

la sal que busca, el silbo que no goza,

 

sílbela desde allá vuestro apellido,

y al Genil, que esperándoos peina nieve

no frustréis más sus dulces esperanzas;

 

que sobre el margen, para vos florido,

al son alternan del cristal que mueve

sus ninfas coros, y sus faunos, danzas.

Voz y memoria para José Luis García de Paz

01_Jose_Luis_Garcia_De_PazEn los próximos días, y más concretamente el lunes 15 de diciembre, a las 7 de la tarde, va a celebrarse un acto que nos propondrá la memoria de un estudioso e investigador, además de defensor y valedor del patrimonio histórico-artístico de nuestra provincia. Cronista oficial de Tendilla durante escasos meses, pero escritor y conferenciante durante muchos años, el recuerdo se nos irá hacia José Luis García de Paz, a quien la Diputación Provincial va a rendir, en el Salón Multiusos del Centro Cultural “San José”, merecido homenaje.

El patrimonio de Guadalajara sigue sufriendo, como lo ha hecho en estos dos últimos siglos, agresiones y decapitaciones que se mezclan sin embargo con recuperaciones y regresos. El progresivo deterioro de la iglesia románica de Villaescusa de Palositos, podría compensarse con la inauguración del Museo de la Colegiata de Pastrana con sus renovados tapices. Y la continuada agresión que sufre, día a día, el poblado agrícola de Villaflores, en término de Guadalajara, puede tener su compensación con la inauguración en la Catedral de Sigüenza y en el contexto del Expacio Greco 2014 de los recuperados tapices de Palas Atenea.

Pero el resultado puede entenderse de forma engañosa. Porque lo que se recupera es algo que nunca debió llegar al extremo de tener que salvarlo, y lo que se pierde o está a punto de perderse no volverá jamás, ni aun con las mejores intenciones y los más generosos presupuestos. Una obra perdida, como el castillo del Cuadrón en Auñón, es una obra perdida para siempre. Y una costosa recuperación como la del Teatro Zorrilla de Milmarcos, podría haberse ahorrado si no se le hubiera dejado hundirse poco a poco, a lo largo de años.

El tema del patrimonio artístico en Guadalajara está cada vez más de actualidad, y la sensibilidad de la gente (precisamente porque lee, se interesa y tiene cada vez un punto más de cultura) aumenta en cada punto que se descubre en peligro. José Luis García de Paz, autor de un libro memorable como fue “Patrimonio Desaparecido de Guadalajara”, cuajó con sus ideas, sus estudios y sus propuestas muy hondo, y así hoy es reconocido en su tierra, en la Alcarria y aún más lejos.

Presencia de Fernández Pardo en Guadalajara

Será un día muy señalado el próximo lunes 15 de diciembre, porque además vamos a contar en Guadalajara, y en el acto homenaje a García de Paz, con la figura de excepción de un historiador concienzudo y unánimemente reconocido como es don Francisco Fernández Pardo.

Nacido en Logroño (1937), es licenciado en Psicología y Doctor en Filosofía, y académico de la Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jordi de Barcelona. Ha impartido la enseñanza de la Filosofía, de la Historia e Historia del Arte en distintos Institutos de Enseñanza Media y Escuelas de Magisterio y tras ejercer largos años como Jefe de la Obra Cultural de la Kutxa en San Sebastián, se ha dedicado a la investigación sobre la evolución del patrimonio artístico y cultural español. Experto en arte, su dedicación ha cuajado en temas como la recuperación y exhibición de la obra de Navarrete “el Mudo” (exposiciones en El Escorial, Logroño, Zaragoza, etc.); en descubrimientos de pinturas como la “Inmaculada” de Ribera aparecida en la parroquia de San Andrés de Calahorra y de otros valiosos conjuntos artísticos casi desconocidos como los derivados de la obra pictórica realizada por Francisco Domingo Marqués (exposiciones en las salas de Bancaixa en Valencia, Alicante, etc.). Sería largo, prolijo y fuera de lugar hacer ahora alusión a las tareas didácticas y de intervención en la recuperación de numerosos conjuntos arquitectónicos y museísticos del norte de España, destacando –por nombrar uno al menos- en el rescate y difusión del retablo mayor de la Imperial Iglesia de Palacio (Logroño), obra del escultor Arnao de Bruselas cuyos conjuntos se exhibieron en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, Salas de Caja Sur de Córdoba, Sala de Exposiciones de la Real Academia de San Fernando, Museo de la Universidad en el palacio de Santa Cruz en Valladolid, etc.

Ha sido comisario de numerosas exposiciones de arte a lo ancho de toda España, y en diversas ciudades europeas como Bruselas o París (Salas del Instituto Cervantes), Dublín (National Gallery of Ireland), Lisboa (Palacio Galbeias) o Museo Nacional de Túnez, en cuyas ciudades dio a conocer la exposición titulada “De Rembrandt a Goya” que concernía a una selección de los mejores grabados hallados en España.

Aunque Fernández Pardo quiere huir de cualquier encasillamiento, y mostrarse siempre como un humanista a quien nada de lo que se relacione con el patrimonio cultural español le es ajeno, debo decir que ha visto publicada su obra sobre Psicología en numerosos títulos, así como de sociología, educación y aún novela histórica (“La Ruavieja” y “El golpe en la crisma”), o el ensayo (“La otra alternativa”, premio Ciudad de Irún, prólogo de José Luis Pinillos). Numerosas conferencias y artículos de carácter científico aparecidos en distintos diarios nacionales y revistas como el Bulletin Hispanique, Instituto de Estudios Riojanos y en publicaciones universitarias le avalan como una personalidad de las letras y la cultura española actual. Quizás lo más señalado y por lo que será siempre recordado Fernández Pardo es por su obra monumental, “Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español”, que ha ido elaborando a lo largo de los últimos 30 años y que entre el 2007 y el 2014 ha visto su publicación en seis tomos, el último de los cuales acaba de aparecer.

Un libro monumental

Mucha sabiduría dentro del cuerpo de este libro monumental, sabio y sorprendente. El autor es don Francisco Fernández Pardo. El título “Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español”. Es el Tomo VI de la obra completa. La edición es del autor y se ha impreso en Madrid en 2014. Tiene 904 páginas, 800 grabados, muchos de ellos en color. Su tamaño es de 22 x 30 cms, la encuadernación en tapa dura y pesa casi cinco kilos. Una obra de gran lujo cuyo ISBN es el 978-7392-780-2 y su precio 88,40 €.

Todavía me tiemblan las manos, desde que terminé de pasar la última página de este libro, considerando con asombro lo que en él se contiene. Una información detallada, meticulosa, y muy abundante, acerca de una increíble variedad de temas referentes al expolio del patrimonio artístico español a lo largo de los siglos, y muy especialmente en los últimos cien años.

Sin palabras me he quedado para poder calificar este libro. Bastaría, para transmitir levemente el mensaje que contiene, copiar los títulos de los 37 capítulos que en él aparecen, aparantemente independientes unos de otros, con temas específicos, pero todos enlazados por el problema común. Por citar algunos, que pueden dar idea del volumen de información y de los derroteros que alcanza la obra: “La piqueta municipal contra fuentes, rollos, molinos, teatros, comercios…”, o “La implicación de España en el expolio nazi”, sin olvidar “Los expolios arqueológicos en España” o “Los tristes designios del tesoro bibliográfico y documental”. Cada uno de sus capítulos es por sí mismo una enciclopedia de datos, de noticias, de valoraciones y de imágenes.

Por dar idea de qué va, a pesar de su variada temática, conviene quizás empezar por el artículo dedicado a las que considera Fernández Pardo “Cuatro ciudades degradadas: Cuenca, Almería, Murcia y Málaga”. Cuando pensamos que en Guadalajara se han hecho, a lo largo de los últimos cien años, un cúmulo de despropósitos difíciles de resumir aquí, el asombro se nos dispara al ver lo que se ha cometido en otras, en esas ciudades españolas a las que Fernández Pardo considera el ejemplo más relevante de la destrucción patrimonial. Hay trabajos dedicados a “Los atentados contra las casas blasonadas” y en la responsabilidad de tantos destrozos no perdona a nadie, desde los ayuntamientos, los ministerios de Fomento, Cultura y demás… a la propia Iglesia Católica, que sale mal parada en el trabajo titulado “Las funestas consecuencias del Concilio Vaticano” o en este otro dedicado a “La Iglesia, el Estado y los impostores del arte”.

La dedicación del profesor Francisco Fernández Pardo (Logroño, 1937) al estudio de este tema tan variopinto, pero que hiere a la raíz de la nación y de sus individuos, lleva ya 30 años de militancia casi exclusiva. Son tan grandes, tan numerosas y tan escandalosas las historias que conoce, que revela en sus libros y que expone en sus conferencias, que muchas veces han rayado en lo que hoy se denomina “incorrección política”, pero que no hacen sino exponer con crudeza los atentados que nuestra herencia cultural y artística han sufrido por parte de una sociedad ajena a las valoraciones culturales del patrimonio, y atentas casi siempre al enriquecimiento y a la vanidad de quienes dirigen las instituciones.

El autor completa con este sexto tomo su gran obra que totaliza las 4.000 páginas, y que en los cinco libros anteriores, con el mismo título, y actualmente agotados en librerías e imposibles de encontrar si no es en Bibliotecas, aborda de forma metódica y por épocas la “dispersión y destrucción” del patrimonio hispano. En este libro, absolutamente recomendable para quienes se interesan por la integridad y recuperación de monumentos, documentos y piezas clave de nuestra esencia social, Fernández Pardo toca en esos 37 capítulos los temas intemporales y puntuales del tráfico patrimonial, su destrucción, su abandono y en algunos casos su afortunada recuperación y restauración. Hay de todo.

Para que nada quede en duda, doy aquí el listado pormenorizado de los temas que trata en su obra. Son suficientes para aclarar cualquier duda: I: A vueltas con la iconoclastia; II: La implicación de España en el expolio nazi; III: El opaco destino del Patrimonio Real; IV: Los grandes acaparadores del arte español; V: La dispersión de las colecciones privadas y sus beneficiarios; VI: Peripecias e iniciativas para salvar el patrimonio; VII: Los tristes designios del tesoro bibliográfico y documental; VIII: Continúa la destrucción del patrimonio industrial; IX: La incuria del Estado y las ventas de la Iglesia; X: Los tesoros de la Iglesia, ¿en propiedad o en depósito?; XI: La dstrucción monumental que no cesa; XII: Los atentados contra las casas blasonadas; XIII: La piqueta municipal contra fuentes, rollos, molinos, teatros, comercios.; XIV: Desmantelamiento y emigración de la arquitectura; XV: El aciago intervencionismo urbano; XVI: El nuevo verticalismo en arquitectura y otros abusos; XVII: Cuatro ciudades degradadas: Cuenca, Almería, Murcia y Málaga; XVIII: Los desastres urbanísticos del litoral español; XIX: Las funestas consecuencias del Concilio Vaticano; XX: Ventas, atentados y robos continuados; XXI: Venta y peregrinaje del patrimonio pictórico; XXII: Los beneficiados de los expolios; XXIII: Los expolios arqueológicos en España; XXIV: El saqueo del patrimonio cultural subacuático; XXV: La situación del Arte Rupestre; XXVI: Pinturas y dibujos evadidos; XXVII: Tráfico ilícito y recuperación de obras de arte; XXVIII: El fracaso de las restituciones; XXIX: Desorientación y declive en la pintura y en la escultura; XXX: La desaparición de la artesanía. Sus consecuencias; XXXI: Banalización y mentira del arte; XXXII: El Arte como mercancía especulativa; XXXIII: Defender lo nuestro; XXXIV: La Iglesia, el Estado y los impostores del Arte; XXXV: No todo ha sido destrucción; XXXVI: El agujero sin fondo de la financiación cultural; XXXVII: ¿Qué obstáculos impiden la protección del Arte?

Mujeres añejas y próximas

Mendozas_Damas_06

El pasado día 18 de noviembre, la Excmª Diputación Provincial hacía la presentación, ante un público muy numeroso y fundamentalmente femenino, de una obra literaria e histórica, de un libro en suma, que por tener tantas lecturas nos va a acompañar una temporada, entre las manos, ante los ojos, y junto al corazón: las Damas de la Casa de Mendoza han llegado para quedarse.

El libro ofrece una impresionante galería de biografías femeninas a cuyas protagonistas las une un vínculo, y es que todas son pertenecientes, por nacimiento o compromiso matrimonial, a la Casa o Linaje de Mendoza, uno de los que fueron claves en la historia de la España medieval y moderna. Muy diversas autoras y autores, todos historiadores, dirigidos por Esther Alegre Carvajal, aportan en artículos monográficos las biografías de 29 damas, agrupadas por “Casas” o ramas del linaje mendocino. Se aportan estudios añadidos de esas ramas con detallados árboles genealógicos, que ayudan a comprender no solo la vida, individual, de estas protagonistas de la historia española, sino el ámbito en que desarrollaron esas vidas.

El volumen, muy bien diseñado editorialmente, todo a color, con buen papel y nítida tipografía, se inicia con un estudio de la directora de la obra, la profesora Esther Alegre Carvajal, quien bajo el epígrafe de “Introducción” hace de forma clara y precisa un análisis de la estructura vital de estas mujeres. Habla de sus relaciones con la familia, la infancia, el matrimonio, la viudez, la transmisión cultural, la religión (varias fueron medio monjas, medio beatas, promotoras de conventos, amigas devotas de frailes y obispos, etc…) la devoción y la ideología. Se sigue de un estudio del investigador José Antonio Guillén Berrendero, sobre “Lo femenino en la tratadística nobiliaria castellana de la Edad Moderna”.

El libro se va estructurando en el análisis de las diversas “Casas” que proceden del tronco común de los Mendoza. Y así se inicia por la Casa del Marqués de Santillana. Esta, como el resto de las “Casas” lleva al principio un meticuloso árbol genealógico en el que aparecen personajes, casamientos, hijos y demás parentela, señalando en rojo las féminas que aparecen luego biografiadas. En este primer bloque, surge el estudio de doña Aldonza de Mendoza, realizado por Isabel Beceiro Pita, apareciendo una introducción general al grupo marquesal a través de un estudio previo de Esther Alegre.

Es la “Casa del Infantado”, la más importante y nutrida de todas, la que luego pasa a ser estudiada, y en cuyo numeroso grupo de damas destacan los estudios sobre doña Ana de Mendoza, la sexta duquesa del Infantado, que escribe Angeles Baños Gil, y sobre doña Brianda de Mendoza, la fundadora del convento de la Piedad en la ciudad del Henares. En el siguiente capítulo, sobre “La Casa de Tendilla y marqueses de Mondéjar” destaca el estudio magnífico de Fernando Martínez Gil sobre doña María Pacheco, cuya vida apasionada y guerrera describe con brevedad y buen tino.

En “La Casa de los marqueses de Zenete y Condes de Mélito” destaca el estudio espléndido de Esther Alegre sobre la princesa de Éboli, doña Ana de Mendoza y de la Cerda, esencia de la fuerza femenina de la Casa Mendoza. Continúan otros estudios sobre damas de la Casa de los “Condes de Coruña y Vizcondes de Torija”, con un estudio inicial de su conjunto por Ana Vives Torija, y es finalmente Alicia Yela Yela quien se responsabiliza del estudio de algunas damas de “La Casa de Almazán”, entre las que destaca la también aventurera existencia de Luisa de Carvajal y Mendoza, mitad monja mitad espía en la Inglaterra del siglo XVII.

Este voluminoso y bien presentado libro está llamado a ser esencia de los estudios mendocinos, sobre todo porque reúne (aunque en una clave monográfica y femenina) diversas personalidades, épocas y tendencias. Ilustrado a conciencia, con retratos, edificios, detalles, los ya citados árboles genealógicos, y una carga densa de bibliografía y notas, es sin duda un apasionante mundo de saberes y recuerdos. El mismo subtítulo del libro, así lo expresa: “historias, leyendas y olvidos”. Lo que predomina son las primeras, pero de todo hay en él, para alegría de cuantos aún disfrutan con los libros, las historias, las leyendas y los olvidos.

Una historia: la de doña Ana de Mendoza, sexta duquesa del Infantado

Aunque ya tratada por otros autores previamente (Layna Serrano en su gran Historia de Guadalajara y sus Mendoza, y un reciente trabajo monográfico de Aurelio García López) la figura de doña Ana de Mendoza sorprende siempre, porque fue una de las primeras mujeres que en Castilla disfrutó del título pleno, durante muchos años, y de las prerrogativas de mando anejas, de uno de los más importantes linajes (los Mendoza) y mayorazgos (el del Infantado), teniendo en su palacio ducal de Guadalajara asiento y presencia.

En esta obra sobre damas mendocinas, es María Ángeles Baños Gil quien se atreve de nuevo con esta biografía, desmenuzando la historia de esta gran señora, hija del quinto duque don Iñigo López de Mendoza, y ya analizada con detalle por quien fue su biógrafo oficial y contemporáneo, el jesuita Hernando Pecha. Doña Ana alcanzá a ser, sin duda, una de las mujeres más ricas de España, lo que sobrellevó como pudo, pues según su biografo a ella lo que le gustaba era ir a Misa, organizar procesiones por el patio de los Leones, y sobre todo coleccionar reliquias, de las que llegó a tener cientos, y muy bien pagadas.

El capítulo de Baños Gil es impecable, muy bien documentado, organizado y atrayente para el lector. De esta manera nos enteramos, por fin, de la vida y milagros de esta señora, que fue tan devota, y tan santa, que solo le faltó hacerlos. Protectora de los franciscanos, a lo quen paga un nuevo retablo para su gran iglesia, y de las carmelitas, a las que funda el convento de San José, en la calle del Barrionuevo. Es, en todo caso, una personalidad fuerte a la que como Helen Nader califica, un “agente activo que formó parte de las decisiones de la Casa noble a la que representaba”.

Una leyenda: la de doña Ana de Mendoza, princesa de Éboli 

A la tuerta llamativa, que a nadie dejó (ni aun hoy deja) indiferente, se le han dedicado muchos libros ya, muchas novelas, análisis documentales, obras de teatro, canciones, películas y celebraciones populares. Todos creen saber de ella (era doña Ana, de Mendoza, y de la Cerda, mujer de Ruy Gómez de Silva, el primer ministro del rey Felipe, y fue monja carmelita cuando enviudó, y amante quizás, del propio rey, pero seguro que de su primer ministro Antonio Pérez… mil cosas fue) pero la historia real de doña Ana se queda a veces sepultada bajo el peso de su leyenda. Y Esther Alegre consigue revelar esa historia, sacudiéndose la leyenda como si de un polvo secular se limpiara de un gesto altivo la estatua marmórea que la cobija. En los sótanos de la Colegiata pastranera quedan sus restos, en urna de alabastro, y en pinceles soberbios, dibujos humildes, repeticiones sin fin de su figura tuerta, queda su imagen.

Confiesa Esther Alegre que le ha servido de mucho para escribir este nuevo capítulo sobre doña Ana, el libro que el año pasado publicó en Alemania Trevor Dadson y H.H. Reed titulado “Epistolario e historia documental de Ana de Mebndoza y de la Cerda, princesa de Éboli”. En él se vuelve a analizar, a través escuetamentre de documentos, el asunto del intento en que doña Ana se movió mucho tiempo, tratando de conseguir para alguno de sus hijos la corona de Portugal, que ella creía que les correspondía, mientras que todo camino hacia ese objetivo se cerraba por el hecho de haber acaparado la corona de Portugal el rey Felipe II de España. Teoría que ha ido reforzándose progresivamente, especialmente a partir de las tesis de Spivakovsky, y que aquí vuelve a ser analizada con mayores razones.

En este capítulo sobre la Princesa de Éboli que Esther Alegre aporta al libro sobre las Damas de la Casa de Mendoza, se construye una historia (en mi opinión) completa, seria y quizás definitiva sobre doña Ana de Mendoza, dejando en su sitio lo que es leyenda de una biografía, de una vida aunque corta, tan compleja.

Un olvido: el de todos hacia Luisa de Carvajal y Mendoza 

Es Alicia Yela Yela quien se encarga ahora de rescatar del olvido a un personaje que cabalga entre la historia y la leyenda, pero que ofrece a través de su biografía un relato emocionante y sabroso de la vida en España e Inglaterra en pleno siglo XVI. De las fechas capitales de su vida (Jaraicejo,1566 – Londres,1614) ya se colige que esta “dama Mendoza” anduvo el mundo más que otras de sus antecesoras.

En este capítulo, trabajado en profundidad, y con el rigor histórico más absoluto, Yela Yela alcanza todos los rincones de la compleja biografía de esta dama (extremeña) pero mendocina aunque fuera remotamente y a través de sangres colaterales. Y entra de lleno en lo que se sabe para colegir lo que se adivina: porque una persona, una fémina por más señas, que actúa de espía y de agitadora política en la Inglaterra del siglo XVI, a favor de los católicos y de España, es un caso excepcional y que da materia para una novela. Ya en su tiempo se escribió su biografía como uno de los hechos maravillosos que, además, confirmaban la supremacía española en Europa. Luis Muñoz, en 1640, y en la Imprenta Real de Madrid, dio a luz el libro “Vida y virtudes de la Venerable Virgen Doña Luisa de Carvajal y Mendoza. Su jornada en Inglaterra y los sucesos de aquel reino”. Si alguno de mis lectores quiere entretenerse, divertirse y asombrarse un buen rato, al menos este capítulo del “olvido” de Luisa de Carvajal y Mendoza ha de leerse.

Un libro imprescindible

Aparece como directora de la obra la profesora Esther Alegre Carvajal, siendo su título el de “Damas de la Casa de Mendoza”. Lo ha hecho la Editorial Polifemo, de Madrid, y tiene 784 páginas, más numerosas ilustraciones, todas a color. Impreso en tamaño 17 x 24 cms. y encuadernación en cartoné, con un ISBN 978-84-16335-00-8, y un precio de venta de 50 €.

En el libro colaboran 15 autores / as, y en él se recogen las biografías de 29 damas del linaje mendocino, más o menos todas emparentadas, criadas, muertas o proclamadas en Guadalajara y su tierra. Viene a colmar un importante hueco en la historiografía de Guadalajara y la Casa Mendoza, el linaje que marcó durante siglos el rumbo de su historia. Una carga gráfica llamativa, toda en color, y sobre la contenida y novedosa información le hacen acreedor al mejor de los aplausos, y sin duda a ser tenido en cuenta como candidato a encabezar la lista de best-sellers alcarreños en estas Navidades.

En el Renacimiento seguimos, admirando sus muros

Renacimiento_Guadalajara

Hace más de siete años que “NUEVA ALCARRIA”  publicó, por fascículos, la obra “El Renacimiento en Guadalajara”, que sin duda ha servido para rescatar un tanto la memoria de aquellos siglos en los que la idea del Hombre como eje del Universo tomó carta de naturaleza. Cientos de imágenes, y referencias a personajes, libros y monumentos desfilaron por sus páginas, llegando a calar con nitidez en la memoria de objetos, presencias y siluetas inequívocas.

El Renacimiento tiene, como el románico rural, o la naturaleza boscosa del Alto Tajo, una consistencia de personalidad alcarreñista, y la definición de tierra, la categoría de identidad y el marchamo de raigambre, lo sacamos de ahí, de esas cosas que parecen que tienen menos valor porque ya estamos acostumbrados a ellas.

Hoy voy a dar tres pasos solamente por el Renacimiento de nuestra tierra, por tres espacios señalados, solemnes y de variado destino. Será una forma de iniciar un camino, el del descubrimiento de lo nuestro, y hacerlo a través de tres espacios que merecen ser visitados, admirados, guardados con celo en el corazón alcarreño que –se supone- llevan dentro todos mis lectores.

La iglesia de los Remedios, el Renacimiento oculto

Entre los numerosos ejemplos que del arte del Renacimiento existen en la ciudad de Guadalajara, es sin duda la iglesia de los Remedios uno de los mejores: exquisita de formas y volúmenes, limpia de colores y atajos para llegar al meollo del estilo, a la esencia de su mensaje.

Esta iglesia se encuentra en la parte baja de la plaza de los Caídos, frente al Alcázar que lentamente se fue recuperando y lentamente, de nuevo, vuelve a quedar en el olvido. Este templo de carisma conciliar, porque trajo su maqueta y medidas el Obispo de Salamanca don Pedro González de Mendoza, de cuando estuvo pasando unos años en Trento, se encuentra habitualmente cerrada. Es propiedad de la Universidad de Alcalá, que la definió en su día –cuando se inauguró- como sede de su Paraninfo en el Campus alcarreño. De entonces acá muy pocas veces se ha abierto, y por tanto su mensaje de belleza espacial, de luz y aires, de pinturas y enterramientos, está velado para la mayoría.

Fundó esta iglesia don Pedro González de Mendoza, hijo del cuarto duque del Infantado, para ser capilla de un colegio de doncellas pobres o huérfanas con la advocación de “Nuestra Señora del Remedio”. Este prócer alcanzó el obispado de Salamanca, y fue uno de los más destacados teólogos españoles de Trento. Al hacer testamento, en 1568, dejó estipulado todo lo concerniente a su fundación, y las obras comenzaron hacia 1574, año de la muerte del prelado. Fue ocupado este edificio posteriormente por una comunidad de monjas jerónimas, establecidas aquí en 1656, y en él mantenidas hasta 1853, en que se trasladaron a las casas de junto a la iglesia de San Esteban, donde estuvieron hasta 1936. El gran edificio conventual anejo a la iglesia, obra neoclásica de magnífico aspecto, fue ocupado en el siglo XIX para Hospital Civil, y luego para Museo Provincial de Pinturas. En el pasado siglo fue derribado, y en su solar se levantó la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado.

La iglesia de Nuestra Señora de los Remedios puede ser clasificada dentro del manierismo de inspiración serliana, al que dio presupuestos teórico‑prácticos el arquitecto toledano Alonso de Covarrubias. La trazaron en 1573 Acacio de Orejón y posiblemente Juan de Ballesteros, y las obras dieron comienzo en 1574, siendo sus artífices los maestros canteros Nicolás de Ribero y Juan de Ballesteros, en una primera etapa, prosiguiendo Diego de Balera, y concluyendo las obras el maestro Felipe Aguilar el Viejo, de Guadalajara.

Al exterior resalta su fachada, constituida por un atrio orientado al norte, que consta de tres arcos de medio punto sobre esbeltas columnas dóricas que apoyan en altos pedestales, ofreciendo un aspecto de ingravidez y gracia renacentista de acusado aire italianizante. En el interior de este atrio aparece la portada, con arco semicircular de ingreso, escoltado por columnas pareadas de corintio capitel, sobre las que corre un friso en el que aparecen tallados los escudos del fundador. El resto del exterior del templo ofrece una cabecera de planta poligonal con contrafuertes, todo en sillería.

El interior es de elegantes y ajustadas proporciones renacentistas: una sola nave, con ancho crucero y capilla mayor de planta poligonal con cúpula de cuarto de esfera en forma de venera. Imita iglesias de Trento. La bóveda del templo es de medio cañón; los arcos fajones que la sostienen, y que arrancan de adosadas pilastras, están decorados con rosetas esculpidas. Por enjutas, lunetos y claves aparecen distribuidos profusamente, y policromados, varios escudos de armas del obispo fundador. A la altura de la imposta, en el arranque de los arcos, una inscripción, en grandes y limpias letras romanas recuerda al prócer constructor.

En el centro del crucero, bajo el pavimento, se abre la cripta en la que descansan los restos del mendocino obispo de Salamanca. Ocupando el fondo del muro del presbiterio, se ve una gran pintura al fresco, de José María Larrondo, representando el espíritu universitario de la cisneriana Alcalá expandiéndose por el valle del Henares.

La Catedral de Sigüenza, el Renacimiento brillante

Aunque en la planta es un templo románico, y en el alzado una mezcla de iglesia y fortaleza góticas, el interior de la catedral seguntina es un clamor de Renacimiento puro.

Con muchos siglos a las espaldas, el templo mayor de la diócesis proclama el buen gusto de obispos, artistas, viajeros y ciudadanos que lentamente la fueron haciendo realidad.

Tiene en estos últimos años la suerte de haber sido mirada con buenos ojos desde el Ministerio de Cultura. Porque le están llegando ayudas sin pausa, para restaurar sus elementos más especiales. Fue primero su sacristía de las cabezas, luego la capilla del Doncel y su estatua universal. Y ahora lo ha sido el claustro de estética gótica y contundencia renacentista el que ha visto producirse su limpieza, consolidación, arreglo perfectos. El pasado verano, incluso, y con motivo del Cuarto Centenario del Greco, algunas salas de su claustro han recibido limpios ya los grandes tapices barrocos que regaló el Obispo don Andrés Bravo de Salamanca, y enn la capilla de la Concepción, otra joya del Renacimiento, se admira el cuadro de “La Encarnación de María” de El Greco.

Fue construido construido en los primeros años del siglo XVI, habiendo sido diseñado por Alonso de Vozmediano, y ejecutado por los maestros canteros Fernando y Pedro de las Quejigas, Juan de la Gureña y Juan de las Pozas. En cada una de sus galerías se abren siete ventanales, ojivales, y tanto éstos como las pequeñas puertas de acceso al patio central, se adornan con rejas platerescas debidas al maestro Usón. Un pozo central de sobrio estilo renaciente centra el umbrío jardín claustral. En los muros se abren diversas capillas y dependencias, entre las que quisiera destacar hoy la llamada “Capilla de la Concepción”, la major del claustro, sin duda, que ha sido también recientemente restaurada, recuperando dimensiones, belleza de bóvedas, asombro de pinturas murales, y presencia de las tribunas que escoltan su entrada y servían para que los obispos siguieran las ceremonias religiosas celebradas en su altar. Esta capilla es obra de 1509, con portada plateresca de pormenorizada ornamentación, y una bóveda de gran efecto, a base de nervaduras y claves secundarias, policromadas bellamente. Se cierra con una muy buena reja hecha por el maestro Usón, a comienzos del siglo XVI, y ahora luce las primitivas pinturas que muestran vistas de ciudades europeas. En su muro principal, “La Encarnación de María” de El Greco. Por la puerta del Jaspe, uno de los complejos protorrenacientes más antiguos de la catedral y de España, se pasa desde el claustro a la nave del Evangelio de la Catedral.

En el interior del templo, la Sacristía de las Cabezas o Sagrario Mayor, que ofrece la techumbre más asombrosa de los templos españoles, con sus más de trescientas cabezas talladas por Covarrubias, Vandoma y otros extraordinarios escultores del siglo XVI, es el elemento joya del templo. Tiene, incluso, detalle sin cuento, en cenefas, columnas y enjutas, de medallones, bustos y figuras que aún están por describir en su minuciosa esencia. E incluso en los muros de la sacristía se apoyan cajoneras y muebles que, tallados también en el siglo XVI en las más nobles maderas, muestran imágenes y escenas de la Biblia y de las mitologías que con ella se funden en la esencia más clara del Humanismo Renacentista. Una de ellas, que vemos junto a estas líneas, es la ofrenda del alma a los sentidos que la perfeccionan y alegran.

El convento de San Antonio en Mondéjar, el Renacimiento por los suelos

En Mondéjar está otro de los elementos más importantes del Renacimiento, no ya alcarreño, sino español todo. Fueron las ruinas que hoy quedan de su convento franciscano de San Antonio, las que se declararon como Monumento Nacional a comienzos del siglo XX, por reunir todos los caracteres del estilo renacentista.

Sin duda es importante, porque ese edificio conventual fue trazado por el arquitecto Lorenzo Vázquez, a finales del siglo XV, cuando volvió de su viaje por Italia, de la mano del conde de Tendilla, y aquí expresó lo mejor que vió en la península mediterránea: grutescos, lazos, ovas y escudos, con un tondo central sobre la puerta en que aparece la Virgen María y su Hijo tallados con delicadeza en la piedra dorada de la Alcarria.

Es una pena que hoy, todavía, estén las ruinas de San Antonio de Mondéjar en las condiciones en que están. Para quienes no salen, habitualmente, de las cuatro paredes de su pueblo, o de la provincia, aquello no tiene importancia alguna. Para quienes, aunque son pocos, se mueven por España mirando atentamente el patrimonio artístico de nuestra Patria, y se percatan de cómo cuidan por ahí sus templos, plazas, palacios y puentes, es inconcebible que todavía en el siglo XXI el monasterio de San Antonio de Mondéjar siga estando así: vallado en su totalidad, rodeado progresivamente de chalets y urbanizaciones, la hierba creciendo sin freno ante los venerables muros, y el abandono campando por sus cuatro esquinas.

No voy a insistir en el tema, que saco a relucir cada año por ver si a alguien se le mueve la conciencia y hace algo positivo por este monumento. Ahora es ya propiedad del Ayuntamiento mondejano, que sé que tiene intención de arreglarlo. Pero ya saben mis lectores que de buenas intenciones está empedrado el infierno…

La realidad es que la que fue iglesia que don Iñigo López de Mendoza mandó diseñar y erigir al genial Vázquez de Segovia, sigue manteniéndose en pie de verdadero milagro, aunque en todos los libros que hablan del Renacimiento europeo, se la represente como modelo, adelantada y genial destreza del arte de la arquitectura.

Un libro contundente

El libro que yo mismo firmo y que se titula El Renacimiento en Guadalajara está impreso, a todo color con cientos de imágenes, en tamaño gran folio, y en sus 256 páginas se reunen informaciones referidas a los conceptos, los presupuestos filosóficos del Renacimiento, la historia en nuestros lares, el patrimonio monumental que aún nos queda, y los mil y un detalles perdidos por pueblos y aldeas (además de los mencionados en este artículo) que significan claramente el siglo de alegrías y bellezas en el que surgió esta idea, en la que aún queremos seguir viviendo, a pesar de los malos tragos.

Nueva visión de la Celtiberia histórica

Este es el libro que explica de forma total y contundente todo cuanto conviene saber sobre la Celtiberia histórica.

Este es el libro que explica de forma total y contundente todo cuanto conviene saber sobre la Celtiberia histórica.

El pasado día 11 de Noviembre, se presentó en Guadalajara, entre los numerosos actos del ciclo “Letras de Otoño” de la Diputación Provincial, la obra espléndida que ha editado el Museo Comarcal de Molina de Aragón sobre la Celtiberia en aquella comarca. Un acto sencillo en el que contamos con las palabras de Lucía Enjuto, diputada de Agricultura; de Juan Manuel Monasterio, responsable del Museo Comarcal molinés, y de las arqueólogas y autoras del libro María Luisa Cerdeño y Teresa Sagardoy.

Entre las apasionantes incógnitas que nos han ido quedando suspendidas en el aire, al recopilar datos y analizar memorias de un tiempo muy pasado, pero todavía por describir en su totalidad, como fueron los mil años anteriores al nacimiento de Cristo, vemos que por nuestra tierra pasaron muchas gentes, y muchas cosas.

Era ya tiempo de analizarlas con detenimiento, de volver a apasionarnos ante el eco de aquellas batallas, de aquellos ritos y ceremonias. La otra tarde visitaba con algunos amigos el Museo Arqueológico Nacional, en su remodelación del pasado mes de abril (una obra a la que sin duda hay que aplaudir, y visitarla a menudo) y pasé un buen rato en la zona de las culturas peninsulares prerromanas, en la que tantas cosas curiosas de los celtíberos de nuestro territorio se exponen. Por citar unas pocas: la espada ibérica de Guadalajara con su gran empuñadora de oro; los ajuares guerreros de Aguilar de Anguita, el enorme collar ceremonial de la necrópolis de Maranchón…

Celtíberos por las sierras del Ducado

En el libro que se nos ha propuesto recientemente, dirigido por la profesora Cerdeño, se tratan con pormenor todos los elementos y lugares en los que se encontraron esas piezas de museo. La Arqueología de los celtíberos comenzó a estudiarse en Guadalajara a principios del siglo XX. Aunque ya Joaquín Costa en 1887 se preocupó de analizar su organización política y religiosa, los primeros trabajos sobre Numancia se deben a Loperráez y los de de F. De Padua se dedicaron a Hijes. Pero fue don Enrique de Aguilera y Gamboa, marqués de Cerralbo (1845-1922) quien como erudito y mecenas trabajó durante años en nuestra tierra, desde Sigüenza a Molina. En este libro que comento, aparece un gran capítulo que habla de la evolución de las investigaciones y excavaciones de temática celtibérica en Guadalajara.

Otros capítulos nos hablan (todo en un lenguaje claro, didáctico y riguroso al tiempo) con detalle de la vida cotidiana de los celtíberos: de cómo eran los lugares en que vivían, desde pequeños castros en las alturas (la Coronilla de Chera, o la Cava de Luzón) hasta pequeñas ciudades como los Rodiles en Cubillejo de la Sierra, Castilviejo de Guijosa o incluso Segontia y Thytia (Sigüenza y Atienza). Somos hoy, todavía, en buena medida herederos de los celtíberos.

Encontramos datos de lo que producían, explotaban y comerciaban: desde la sal, hasta la minería, los tejidos, la gran tarea de la cerámica, llegando al análisis, apasionante, de las costumbres funerarias y las creencias. Los celtíberos practicaban la incineración, y sabemos que el lugar donde se practicaba era el ustrinium, fuera de la necrópolis, donde se quemaba el cadáver, vestido y adornado, y envuelto de gran cantidad de leña de pinus silvestris, para que ardiera completamente, dejando luego las cenizas introducidas en tumbas, o en cerámicas, con ofrendas adjuntas.

También de la indumentaria se nos habla, de las armas (los ejemplos que hemos visto en el Museo Arqueológico Nacional son parte de las miles de piezas halladas… entre ellas las espadas de antenas, los puñales, las enormes falcatas, las puntas de lanza metálicas… y los dólmenes como conjuntos funerarios de gran envergadura.

La lengua y la escritura celtibérica 

Un capítulo fundamental, de algo que aún está en ciernes de su conocimiento completo, es el dedicado a la lengua y a la escritura de los celtíberos. Por supuesto que hablaban entre sí, como hacen los humanos desde hace miles de años, con un código emitido por la laringe y modulado por la boca y la cara con el que se han expresado los sentimientos más profundos y las ideas más abstractas. Pero los celtíberos era “ágrafos” en sus primeros siglos, no escribieron nada ni usaban códigos de escritura, hasta sus últimas etapas en las que adoptaron la escritura ibérica levantina y posteriormente los caracteres latinos.

Las autoras de este libro titulado “Los Celtíberos en Molina de Aragón” nos dicen que se han encontrado un centenar de ejemplos en los que aparecen escrituras celtibéricas (monedas, cerámicas, bronces, téseras…) formando un conjunto que supera todo lo que de escritura celta hay en Europa. Eran, pues, los celtíberos muy dados a usar mensajes escritos, aunque hayan quedado pocas huellas. La lengua celtíbera (celta de origen indoeuropeo, muy antiguo, pero con una gran carga de conceptos) se expresó a veces en esos mensajes escritos con signos ibéricos levantinos, que, curiosamente, hemos podido comparar recientemente con la grafía de los amazighe (los hombres libres del desierto bereber) que se sigue utilizando en las tierra orientales del vecino reino de Marruecos.

El Bronce de Luzaga 

Vuelve este libro a tratar del bronce de Luzaga, de su importancia histórica y de su aparición y pérdida en unos cuantos años del siglo pasado. Largo se ha escrito, especialmente en aquella apasionante Historia de Luzaga que escribió hace años don Eusebio Gonzalo Hernando, sobre el tema. Aquí leemos que, en opinión de las autoras se trata de un contrato de hospitium, una costumbre social celta por la que una persona ajena era aceptada en una comunidad, o un grupo ajeno por otro gran grupo- Este bronce es un pacto de hospitium, firmado entre varias ciudades de la zona: Lutia (Luzaga) una de ellas, añadiéndose el nombre de un notario, testigo, etc.

El mejor ejemplo de la escritura celtibérica es el Bronce de Botorrita (Zaragoza) y el Bronce de Luzaga, más las monedas, las de la ceca de Sekaisa, o Segeda “la grande y poderosa ciudad de los belos” cerca de Calatayud, habiéndose encontrado muchas monedas de esa ceca por el norte de Guadalajara.

El último capítulo de este libro apasionante esta dedicado al “Patrimonio cultural celtibérico” y se refiere a la serie de excavaciones y yacimientos que se han ido dando a conocer, cuando no se han diseñado para su visita y disfrute por parte del gran público. Esa puesta en valor del acervo arqueológico es algo necesario y que poco a poco se va haciendo, aunque últimamente ha sufrido un frenazo. El castro del Ceremeño en Herrería (Molina) es un magnífico ejemplo de lo que puede y debe hacerse con este tipo de yacimientos. A mis lectores les recomiendo que, para entrar aún más de lleno en este mundo de nuestros ancestros, empiecen por ahí, por subir (es muy suave la cuesta) por El Ceremeño de Herrería, a pocos kilómetros antes de llegar a Molina.

El libro presentado

Con el título de “Los Celtíberos en Molina de Aragón. Los pueblos prerromanos de la meseta oriental”, y editado por la Asociación de Amigos del Museo Comarcal de Molina de Aragón, cuenta con 162 páginas de agradable lectura.

La profesionalidad de las autoras garantiza esta obra, que se constituye en la mejor obra de referencia que hasta ahora se ha publicado sobre el pueblo celtíbero en el área de la derecha del Ebro, y más concretamente en las altas parameras de la actual comarca (antaño Señorío) de Molina de Aragón.

Tal como dice en su presentación don Juan Manuel Monasterio, coordinador del Museo Comarcal de Molina de Aragón, y persona que dedica todo su empuje al rescate de la memoria arqueológica de esta remota zona de la España profunda, el libro destaca por su rigurosidad, presentación didáctica y amenidad.

Un Prólogo del profesor Burillo Mozota, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza, pone en valor la obra, que es una aportación rigurosa y a la vez divulgativa sobre ese apasionante periodo, esa sociedad y esas huellas de lo que conocemos como Celtiberia, y que algunos quieren considerar como la esencia de España, la raza antigua y genuina de la “piel de toro”. En Molina de Aragón asentó esta “cultura” con toda su pureza, y lo que hoy podemos encontrar como remotos restos, aún nos impresiona y nos plantea nuevas incógnitas.

Quizás sea lo más importante de esta obra la capacidad de sintetizar y estructurar en capítulos y apartados concretos todo el inmenso saber que ya existe acerca del pueblo Celtíbero. Los planos clarificadores, los esquemas, los cientos de fotografías de piezas, explicadas y clasificadas por tipos… todo colabora a hacer de esta obra un elemento imprescindible para entender el mundo prerromano en las tierras de Molina y la cultura celtibérica y su forma de vivir en el contexto general que este pueblo ocupó en la Península Ibérica.

Es de agradecer la dedicación que la Asociación de Amigos del Museo Comarcal de Molina de Aragón, siempre con el empuje incansable de su coordinador don Juan Manuel Monasterio, ponen en la divulgación de la Historia Antigua y la Prehistoria, en esta amplia comarca de nuestra tierra castellana. La información veraz y asequible es la mejor forma de conseguir que el ambiente cultural cuaje definitivamente y nos permita no solo conocer, sino amar y respetar nuestro legado patrimonial. El libro de las profesoras Cerdeño, Sagardoy y Chordá es uno de esos elementos que lo consiguen plenamente.