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El calendario románico de Beleña

Mensario románico de Beleña de Sorbe, joya del románico de GuadalajaraUn grupo de amigos veteranos, hemos visitado hace unos días una de las joyas del arte románico de Guadalajara. Desde Cogolludo se baja en diez minutos…. Porque ahora la carretera que nos lleva a Beleña, desde Fuencemillán, está arreglada y es fácil llegarse hasta este pueblo que parece abandonado, pero que aún mantiene vivos algunos hogares. Allí nos dirigimos hasta la iglesia de San Miguel, a ver su pórtico.

La entrada a los templos era el lugar donde se desplegaba el Tratado de Teología que entendían las gentes en el Medievo. Lo primero que explicaban los clérigos era que la forma circular de sus arcos representaba el Cielo, el lugar sagrado donde moraba Dios. Y que el estrechamiento progresivo de jambas y columnatas suponía el esfuerzo que se pedía a los hombres para mejorar su vida en orden a llegar al Paraiso.

Sobre los arcos, tallados, y en las jambas, y en los tímpanos, surgían las figuras referentes: Cristo, sus Apóstoles, María, los Ángeles, los Bienaventurados…. Pero también los réprobos, los demonios, los vicios plasmados en monstruos deformes. Ese era el código de comportamiento que unas a otras las enseñanzas sumadas suponían.

Beleña [de Sorbe] fue lugar próspero durante la Edad Media, con un codiciado castillo en lo más alto, del que hoy sólo quedan dos paredones cargados de desgracia. En el siglo XIX aún contaba con 40 vecinos, (150 habitantes en total) y 515 fanegas de labor dedicadas a la producción de trigo, vino y aceite. A finales del siglo XX sólo quedaban 3 familias que no juntaban en total las 15 personas. Luego llegó a su despoblación total, y hoy parece que se ha recuperado algo. Sorbe arriba, en término del pueblo todavía, se construyó una presa que sirve para retener el agua del río Sorbe con la que se proporciona agua potable a los habitantes del valle del Henares.

Del conjunto de este pequeño pueblo destaca la iglesia parroquial dedicada a San Miguel, más concretamente su portada de ingreso, valioso ejemplar del arte románico castellano, fechable en el límite de los siglos XII y XIII.

Esta portada, resguardada de las inclemencias atmosféricas por atrio porticado también románico, consta en esencia de cuatro arcos semicirculares en degradación, siendo el interno y externo de arista viva descansando sobra jambas. La segunda arquivolta presenta una molduración muy sencilla de corte cilíndrico, y es en la tercera en la que aparecen sus dovelas esculpidas con las representaciones de los diversos meses del año.

Dos capiteles a cada lado las sostienen. Estas parejas de capiteles tienen una iconografía bastante clara. El primero de los capiteles de la izquierda, muestra a un ser supremo, alto, derecho, elegante y coronado (el Dios del Génesis) que viste a una figura femenina a su derecha (Eva, la primera mujer) mientras a su izquierda aparece una figura masculina (Adán, el primer hombre), con largo pelo, desnudo, y tapándose sus órganos genitales con la mano, urgiendo a Dios a que le vista a él también. En el Génesis se dice: “Yaveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió” (Gen. 3,21).

El capitel adyacente del lado izquierdo de la portada de Beleña, aprovecha su estructura para colocar en él, en gran relieve, tres figuras que son las más dañadas de todo el conjunto. Así y todo, podemos apreciar una figura humana en el centro, que es requerida por dos demonios a sus lados. Figuras deformes, amenazantes, muy desagradables, con todos los caracteres con que en la Edad Media se identifica al Diablo, con cuernos, pezuñas, hocicos, ojos grandes. Estos demonios acechan a un ser central ¿Es el Hombre, amenazado por los Demonios? ¿O es Cristo, tentado por Satán? En todo caso, dos escenas que demuestran que en el origen del hombre está el pecado original y la amenaza del demonio.

 

Iconografia romanica de Guadalajara

 

Los otros dos capiteles, a la derecha de la puerta, muestran, el primero de ellos, a las tres santas mujeres, las Tres Marías, ataviadas al uso medieval, con su tarro de óleos en la mano izquierda, y la derecha levantada en actitud de saludo y deseo de paz, ante el vacío sepulcro de Jesucristo. Y a continuación, el mejor de los cuatro capiteles, en el que se ve el sepulcro de Cristo, abierto, con un lienzo que asoma por su costado y que significa que el muerto se ha ido, custodiado por un ángel que porta una gran cruz, y en la otra cara unos soldados ataviados a la usanza medievales, caídos o cayendo ante la presencia luminosa de Dios resucitado.

Lo más interesante, sin embargo, de la portada románica del templo de Beleña, son los catorce relieves de la arquivolta, los que con su color dorado están pidiendo ser colocados en el lugar interpretativo que les corresponde. Y éste sobrepasa por completo del reducido ámbito de la región y el pueblo de Beleña, para entrar de lleno en la ancha corriente histórica que nace en el mundo pagano de la península itálica y cuaja finalmente en el crisol medieval de la Europa cristiana. Son estos catorce relieves de Beleña un oleaje, tal vez el último y más meridional, de un ancestralismo folclórico, literario y artístico que ha ido dejando múltiples huellas por todo el mundo de herencia latina.

Los doce meses del año. El semicircular regocijo de los trabajos y los goces anuales. La petrificada fragancia de una vida alegre y sin complicaciones. Comenzando por la izquierda su revista, aparece en primer lugar un ángel rudo y sencillísimo. Enero es simbolizado por una escena de la matanza del cerdo. En febrero aparece un viejo calentándose al fuego, junto a una pequeña hoguera. De marzo se trae la poda de los arbustos y árboles. En abril se ve a una joven con ramos de flores en ambas manos. Y en mayo un caballero montado sobra un jamelgo descabezado, sostiene en su mamo un halcón. Junio se representa por un hombre en las faenas de la escarda. En julio aparece el segador cortando la mies. En agosto se pasea un aldeano, sentado en un trillo, y arrastrado por una pareja da bueyes. Septiembre se simboliza por un hombre que arranca el fruto de la vid y la deposita en cestas de mimbre. Octubre por otra figura masculina que vuelca en una cuba el contenido líquido y oloroso de su odre. Noviembre se representa por la tarea da arar el campo, que aquí la hace un hombre con un par de bueyes, esta vez vistos en proyección vertical (tanto ésta como la dovela de agosto son de doble dimensión que las demás). En diciembre se pone a un hombre feliz tras una mesa colmada de alimentos. El último relieve es el de una cara de buen trazado, con labios gruesos y pelo rizado.

El sentido intensamente cristiano que rezuma el conjunto se obtiene al considerar la relación que unas y otras figuras y escenas (representadas en los capiteles y dovelas) tienen entre sí, y de forma secuente. El eje del mensaje es la sucesión de los meses con sus faenas, y al ser presentado en semicírculo, supone ser parte de un círculo, que es el símbolo de la eternidad. Por lo tanto, aparece el hombre como sometido a la fatalidad de un círculo eterno de trabajo. Sin embargo, la historia sagrada muestra que ese círculo tiene una salida, y es la Fe en Cristo. A través de ella se llega a la Salvación. El trabajo, representado en los doce meses cuyas representaciones están taladas en el arco, es el camino para pasar desde el pecado original a la salvación.

Los dos capiteles de la izquierda son claramente alusivos al pecado original y a la tentación del Demonio. La expulsión del Paraíso, y la asechanza de Satán infieren el castigo del trabajo humano. Pero los dos capiteles de la derecha muestran la evidencia de la Resurrección de Cristo tras su Pasión y Muerte, con lo que suponen de salvación del alma tras su salida del cuerpo. Frente al pecado y la tentación, se opone la resurrección, la salvación. En una sucesión eterna. Es esta la clara evidencia de la utilización de la escultura en época medieval como homilía y demostración permanente del discurso teológico. La “Biblia Pauperum” que está tallada en los edificios románicos, y que surge con otros guiones, pero con el mismo lenguaje, en muchísimos edificios de esta época.

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Aunque las representaciones de los meses en el mensario de Beleña queda bastante clara, no lo es tanto el significado de las dos figuras que abren y cierran la sucesión de esos meses. Son, concretamente, un ángel y un demonio.

Interpretaba bien Layna Serrano las dos figuras extremas de esta portada: aunque el ángel primero es de clara y fácil identificación, no la era tanto esa cabeza del extremo derecho, de ensortijados cabellos y abultada prominencia labial. Era el diablo, sí. Durante la Edad Media europea es comúnmente representado el Malo con los rasgos de la negritud. Herencia de antiguas filosofías segregacionistas, en las que se quería mostrar a los seres de raza negra como carentes de alma y, más aún, poseídos por el Demonio. En la doctrina simbólica tradicional, las razas oscuras son hijas de las tinieblas, aludiendo la representación del negro a la parte más instintiva y baja del hombre. No es extraño, pues, que a un ángel se contraponga un negro: son el Bien y el Mal para el anónimo escultor de Beleña.

El hecho, aún, de que estos dos símbolos abran y cierren el coto circular de lo meses, nos hace meditar todavía: sabido de todos es que el nombre del mes de enero, en todos los idiomas europeos, es derivado muy directo del nombre del dios Jano (January, Janvier, Januar, etc.) habiendo perdido en castellano la jota inicial por la que, aún siendo también derivado suyo, no lo parece. El dios Jano era para los romanos el encargado de regir el destino, el tiempo como camino recorrido y por recorrer. Se le suele representar con una cabeza con dos rostros, que miran al pasado y al futuro, por lo que, desde muy remotos tiempos, se le eligió para ser representación del comienzo del año, y así aparece en muchos menologios romanos y, por tradición conservada, en otros medievales ya cristianos. En algunos, como en el de la catedral de Pamplona, situado en las claves circulares de su bóveda, aparece enero representado por un hombre con dos cabezas, y sosteniendo una gran llave en cada mano. Con ellas se pueden abrir la “puerta del Cielo y la puerta del Infierno” (“Janua Caeli” y “Janua Inferni”), según la representación pseudocristiana de algunas leyendas. Creo que en Beleña es claro el cometido de esas dos rudas figuras: enero se desdobla en ellas, adquiere carácter de sucinta homilía, y recuerda que en el principio de la vida hay ya dos puertas, dos caminos: el del cielo y el del infierno. Que no son mitos: que están, de verdad, al comienzo y al fin de cada año, esperando su cosecha de seres humanos.

Solemne presencia del Renacimiento

Palacio de don Antonio de Mendoza en Guadalajara e iglesia de La Piedad obras de Lorenzo Vazquez y Alonso de CovarrubiasDe vez en cuando conviene repasar presencias y memorias de los lugares y edificios que nos rodean, o por los que pasamos a diario. Aquí va el recuerdo y la alabanza de un fantástico espacio histórico de nuestra ciudad: el palacio que construyó Antonio de Mendoza, magnate y guerrero, y la iglesia adjunta que mandó elevar su sobrina Brianda de Mendoza, devota, beata… y alumbrada.

Lo que sí consiguieron estos dos personajes, tío y sobrina, Antonio de Mendoza y Brianda de Mendoza, fue contratar a los mejores arquitectos de su época: primero a Lorenzo Vázquez de Segovia, para construir el palacio, y después a Alonso de Covarrubias, para proyectar, levantar y tallar hasta hasta en su más mínimo detalle la iglesia.

El palacio de Antonio de Mendoza

En el centro de la ciudad vieja (del “casco antiguo” como ahora se le llama), en la antigua colación de San Andrés, donde habitaba a finales del siglo XV nutrida colonia hebrea, puso don Antonio de Mendoza su gran palacio renacentista, una de las primeras muestras que del estilo recién importado de Italia se elaboraron en Castilla.

Era este señor hijo del primer duque del Infantado, don Diego Hurtado de Mendoza, y junto a él y sus numerosos hermanos y familiares, que constituían la lucida corte mendocina de Guadalajara, intervino en la guerra de Granada, mostrándose en ella valeroso. Permaneció siempre soltero, y al retirarse de la guerra decidió construirse casa propia, elevando este palacio con la colaboración de artistas que ya su tío el gran Cardenal Mendoza había tomado a su servicio, y que fueron los introductores en Castilla del modo renacentista de construir, decorar y concebir el arte.

Muerto don Antonio en 1510, con el palacio ya concluido, pasó (por testamento) a manos de su sobrina, también soltera a la sazón, doña Brianda de Mendoza y Luna, hija del segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza. Piadosa señora que reunió en su torno a una nutrida colección de espirituales congéneres, todos muy en la línea de incrementar la pureza del cristianismo, en la onda que movió primero en Castilla don Francisco de Cisneros, y luego, en toda Europa, y con más fuerza, Erasmo de Rotterdam. Lo que en esas reuniones se decía, y se hacía, no ha quedado reflejado de forma fidedigna en documentos de archivo, pero por indirectas alusiones parece que aquello rozaba, aunque fuera muy de lejos, el naciente luteranismo.

Sin embargo, y gracias al influjo en curias y vaticanas cortes de algunos miembros de la mendocina corte, doña Brianda recibió en 1524 una Bula de Clemente VII para fundar beaterio de la Orden Tercera de San Francisco, y añadir un Colegio de Doncellas.

Para esta institución, habilitó doña Brianda el palacio de su tío, y ldecidió entonces añadirle una gran iglesia, de la que carecía, en la que colaboraron los mejores artistas castellanos del primer tercio del siglo XVI. A la muerte de la fundadora, en 1534, ya estaba definitivamente acabado el edificio.

A raíz del Concilio de Trento, el beaterio se convirtió en convento de monjas franciscanas, que albergó denso plantel de la doncellez y viudedad de la aristocracia alcarreña. En 1835 fue disuelta su comunidad, y el edificio utilizado para Museo Provincial primero, Diputación Provincial después, incluyendo la cárcel pública y final y definitvamente Instituto de Enseñanza Media.

El conjunto de las fachadas del palacio e iglesia constituye uno de los rincones de Castilla donde más rico y elocuente se muestra el albor renacentista. La portada del palacio ofrece un arco semicircular, finamente decorado, apoyado en sendas pilastras; todo ello enmarcado a su vez por otras pilastras de profusa decoración a base de carteles, armaduras, trofeos militares y frutos, rematadas por capiteles de complicada representación vegetal. Dos cartelas rematan en alto esas pilastras tan militares, y lo hacen con frases de alabanza a Dios. Una dice “Doce Me Facere Voluntate Tuam” y la otra “Quia a Deus Meus est V”. Que vendría a ser el equivalente, en latín, del refrán castellano: “A Dios rogando, pero con el mazo dando”. A principios del siglo XX se cercenó el remate de esta portada, que mostraba en grande el escudo tallado de los Mendoza. En su lugar se colocó un balcón.

A través de pequeño zaguán se sube hasta el patio del palacio, obra magistral de la arquitectura civil del Renacimiento: de planta cuadrada, en cada lado aparecen seis columnas, cilíndricas, de liso fuste que sostienen capiteles de clara raigambre alcarreña, consistente en una corona de hojas ciñendo el arranque del capitel, cuyo cuerpo se adorna de poco profundas estrías, y la moldura superior se adorna de ovas. Cargan sobre estos capiteles magníficas y anchas zapatas de labrada madera, y corre sobre todas ellas una doble cornisa prolijamente adornada.

El segundo piso del patio consta del mismo número de columnas, capiteles bellísimos, similares zapatas y más pronunciado alero. Ente una y otra columna corre un antepecho calado, con la piedra tallada en dibujo que semeja panal. Sobre el muro norte de este claustro luce un gran escudo imperial tallado en piedra de Tamajón, que procede de la Puerta del Mercado.

En el ala de levante se abre el gran hueco de la escalera de honor, de tres tramos, con pasamanos de bien tallada piedra, calada en forma de panal su barandilla, con gran escudo de Mendoza y Luna sobre fondo avenerado, en su tramo central. La parte de galería alta que queda sin muro en la parte en que se abre la escalera, se apoya en tres columnas con capiteles de rica decoración a base de copas y delfines.

El hueco de la escalera se cubre por gran alfarje renacentista a base de una combinación de tradición mudéjar en la que se conjuntan irregulares hexágonos cubiertos de rica decoración plateresca. La parte baja de los muros de patio y escalera se cubren de una buena colección de azulejos sevillanos de comienzos del siglo XX. Tras haber sido este edificio sede del Instituto Nacional de Enseñanza Media “Brianda de Mendoza”, ha estado durante unos años vacío y, tras una detenida y meticulosa restauración, volvió a ser destinado a sede del “Liceo Caracense”, también Instituto de Enseñanza Media. El autor de este palacio fue muy posiblemente el maestro Lorenzo Vázquez, introductor del Renacimiento arquitectónico en los estados mendocinos.

 

Palacio de don Antonio de Mendoza en Guadalajara e iglesia de La Piedad obras de Lorenzo Vazquez y Alonso de Covarrubias

 

La iglesia de la Piedad

Aneja al palacio de Antonio de Mendoza, formando ángulo sus respectivos muros, se alza la iglesia que doña Brianda de Mendoza promovió y encargó a Alonso de Covarrubias, para que sirviera de templo del cenobio que sobre el palacio heredado de su tío quiso fundar.

La iglesia del convento de la Piedad fue erigida hacia 1530, participando el maestro Alonso de Covarrubias en su traza y en la talla de la portada, una de las joyas del arte plateresco castellano. Se presenta ésta entre dos salientes contrafuertes, entre los que salta un arcosolio con el intradós cuajado de casetones con rosetas, y rematado en calada crestería y tejadillo que cubre el conjunto. La puerta propiamente dicha se compone de un alto arco semicircular cubierto de fina decoración, sobre pilastras; a los lados, bellísimos balaustres sobre pedestales, todo tapizado de profusa y delicadísima decoración plateresca, con magníficos capiteles rematados en cabezas de carneros; encima, varias molduras y un ancho friso de grutescos con escudo central; sus extremos rematan en flameros, mientras en el centro surge una hornacina avenerada flanqueada de pilastrillas y roleos, con un extraordinario grupo de la Piedad, de aire en cierto sentido gotizante, en que se ve a Cristo tendido en los brazos de María, acompañada de San Juan y la Magdalena. Los escudos de Mendoza y Luna completan el conjunto.

El interior era magnífico templo de altas cúpulas de nervatura y frisos con frases alusivas; un gran retablo, hoy desaparecido, de la mano de Juan de Borgoña; rejas, enterramientos, etc. Nada quedó de ello: el presbiterio se derribó para ensanchar la calle que corre detrás; su altura se dividió en dos para crear en la parte baja capilla del Instituto, y en la alta salón de actos, en el cual aún se observan los arranques de las bóvedas, y escudos esculpidos en las ménsulas. Sólo quedó el sepulcro de la fundadora, doña Brianda de Mendoza, en cuya urna de tallado alabastro blanquecino se aprecian, algo desgastados después de haber permanecido largos años bajo escombros, los escudos de armas de la familia Mendoza y Luna. Uno de los laterales del enterramiento terminó tras la Guerra Civil en el Museo de Detroit (Michigan, USA). Se cubre este enterramiento, que también fue trazado y tallado por Alonso de covarrubias, con una gran pieza de jaspe rosáceo.

 

El beaterio de la Piedad en Guadalajara

Brianda de Mendoza

Brianda de Mendoza, creadora del beaterio de la Piedad, en Guadalajara, en el siglo XVI.

En estas jornadas que estamos recordando el inicio, hace ahora 500 años, de la Reforma Luterana en Europa, y tras haber recordado a los “alumbrados” alcarreños la semana pasada, quiero traer hoy al recuerdo uno de los focos en los que la piedad iluminista y un soplo de aire renovador se posó entre los muros de la ciudad: concretamente la aventura beatífica de doña Brianda de Mendoza, y el experimento que en su palacio-convento de La Piedad se inició en el primer cuarto del siglo XVI.

Uno de los núcleos menos estudiados con relación a la piedad alumbrada en Guadalajara ha sido el beaterio de la Piedad, que luego fue transformado en Convento de religiosas franciscanas por su fundadora doña Brianda de Mendoza.

La historia de esta institución es bien conocida, y su edificio aún permanece entero en pie, constituyendo además una de las joyas de la arquitectura protorenacentista en Guadalajara. Parece como si esa característica de ser pionero en el arte, le hubiera conferido también al monumento el carácter de pionero en el pensamiento y la religiosidad de aquella época.

Es a don Francisco Layna Serrano, Cronista Provincial de Guadalajara, a quien debemos las principales noticias de este que fue primero beaterio y luego convento de La Piedad en Guadalajara. En su libro “Los conventos antiguos de la ciudad de Guadalajara” lo trata con gran detenimiento. E inicia su estudio con las biografías de sus creadores: de una parte don Antonio de Mendoza, caballero y militar de la familia del duque del Infantado, y de otra su sobrina, doña Brianda de Mendoza. Muy influidos ambos, desde el final del siglo XV, por las ideas humanistas que proceden de Italia, tanto a nivel literario, como filosófico y teológico. Pasaremos de los detalles de sus vidas. Y, por supuesto, no entraré en la descripción o análisis del conjunto arquitectónico del palacio-convento-colegio de La Piedad, del que me ocuparé la semana próxima.

Antonio de Mendoza era el séptimo hijo del matrimonio de don Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado, y de doña Brianda de Luna, su primera mujer. Formó parte de “la casa” del segundo duque del Infantado, don Iñigo López, su hermano mayor, y constructor con Juan Guas del palacio ducal que hoy conocemos.

Sobrina carnal de don Antonio, como hija del segundo duque del Infantado, fue doña Brianda de Mendoza y Luna, quien siguiendo el ejemplo de su tío permaneció soltera toda su vida. Habría nacido en torno a 1470, muriendo en 1534. Era hermana, por tanto, de Diego Hurtado de Mendoza, tercer duque del Infantado, nacido en 1461 y muerto en 1531. Al morir su tío y mentor, don Antonio de Mendoza, en 1510, heredó todos sus bienes y edificios, especialmente el palacio que él mandara construir a Lorenzo Vázquez.

Y en ellos decidió instalar instituto religioso. La época era muy dada a que una dama soltera, ya talluda (tenía 40 años) y con dinero, se planteara fundar. Y en ese momento decidió montar una casa en la cual se recogiera y amparara deter­minado número de mujeres, unas para entrar en religión y otras para educarse con ho­nestidad hasta la hora del casamiento, hacedero merced a la dote que recibieran de la institución según disposiciones de la fundadora.

En 1524 consiguió ver aprobada la fundación de su beaterio por un Breve Apostólico, y se trajo de otro convento a doña Catalina Mexía, para que hi­ciera de madre ministra, y a seis beatas más, comenzando entonces su vida semimon­jil en la casa, sin que por ello la fundadora redujese su tren de dama aristocrática, que no dejó nunca. El beaterio se instaló en el propio palacio, aunque fueron construyéndose en su gran solar nuevas edificaciones. Y dos años después, en 1526, se comenzaron las obras de la iglesia, dirigidas por Alonso de Covarrubias a la que finalmente puso retablo Juan de Borgoña.

Su testamento lo dictó al escriba­no Alonso de Carranza, el 19 de febrero de 1534, y en él decía, entre otras cosas: –Por quanto my deseo es tener sienpre por espeçial abogada y señora a la Reyna de los Ángeles madre de Dios para que sea intercesora con su glorioso hijo (que) aya piedad de my ányma…, con esta yntinçión é fundado y hedyficado estas mys cassas prinçipales en que moro… y hecho en la plaça de las dhas cassas la yglesia de nues­tra Señora de la piedad, Retablo y otros hedifiçios… para que el Redentor del mundo sea servido, aviendo en las dhas Cassas personas Religiosas y otras seglares para apiadallas…; declara haber allí recogidas seis religiosas con su madre ministra y que su voluntad es que en las casas con su iglesia, huerta y demás dependencias, se constituya una Casa de Beatas sujetas a la regla tercera de San Francisco bajo la advocación de Nuestra Señora de la Piedad, y que viva allí cierto número de doncellas educandas; vienen a continuación las cláusulas en que desarrolla con minuciosidad el Reglamento del Beaterio y Colegio.

Hay que tener en cuenta varios datos que nos van a orientar en el sentido de la afición de Brianda de Mendoza al movimiento espiritual del momento: declara por su abogada a Nuestra Señora de los Angeles (lo mismo que Luis de Lucena), encomienda a la Orden de San Francisco su cuidado, y quiere que estas mujeres que recoge en su beaterio y colegio se dediquen a la Piedad…

Tras la muerte de doña Brianda en 1534, continuó esta Casa siendo de Beatas, hasta que celebra­do el Concilio de Trento fue transformada en convento de religiosas profesas de la Orden de San Francisco. El convento de la Piedad tenía auténtico carácter aristocrático porque en él profesaron bastantes hijas de la nobleza arriacense. Hubo época, en estos comienzos del siglo XVI, y aún más adelante, en que la “misa de doce” en La Piedad era la de más tono de la ciudad, a la que acudía toda la aristocracia, porque en el convento todos tenían alguna parienta ingresada.

El convento de la Piedad, un foco de alumbradas

Vimos la semana pasada cómo entre los muros del palacio ducal de los Mendoza en Guadalajara, tanto en los salones y despachos como en las cocinas, aparecían personajes de elevada piedad. Los principales eran Isabel de la Cruz y Pedro Ruiz Alcaraz, que trabajaba en el palacio como contador de oficio y era hijo de un panadero de familia conversa, pero también estaban María de Cazalla, hermana del obispo fray Juan de Cazalla antiguo capellán de Cisneros, y su esposo Lope de Rueda, destacado burgués arriácense y Rodrigo de Bivar cantor del duque y sacerdote.

Brianda de Mendoza ya es conocida por su piedad evangélica, y así aparece mencionada en el proceso de María de Cazalla. Brianda era de carácter fuerte y según nos dice Layna y Serrano, era “detallista y precavida como se muestra en su testamento y fundación de la Piedad, puédese afirmar que fue mujer sesuda, reflexiva, enérgica y perseverante”.

Después de la muerte de su madre, en 1506, Brianda se dedicó a transmitir los nuevos modelos de espiritualidad interior y el ideal erasmista en el que se incluía el estudio de la Biblia, sin excesivos rigores ascéticos por lo que se consideraba una piedad aliviada. Podemos leer en la última de las “Constituciones” dadas para su beaterio lo siguiente: “Asi mesmo porque más agradable es al Señor la obediencia que el sacrificio, quiero y es mi voluntad que siempre estaréis a la obediencia de los perlados de la orden del glorioso padre Sant Francisco con tanto que ellos os guarden y conserven estas mis ordenaciones y tengan mucho cuidado como se cumpla todo lo por mi ordenado en mi testamento y cobdicilio acerca desta mi institución y fundación y os favorezcan y ayuden en todo lo que es sano os fuere, no os quebrantando cosa alguna de lo por my hordenado”.

Esto nos deja bastante claro que doña Brianda sabía en lo que paraban los “sacrificios”, que muchas veces ocultaban el verdadero espíritu de la Orden franciscana. La espiritualidad de doña Brianda supera los actos exteriores y en ella aparece el concepto paulino del “amor de Dios hacia el hombre” en el que erasmismo y Evangelio se encuentran.

Esta forma de vivir el cristianismo se empareja con la de María de Cazalla, de la que doña Brianda fue de “testigo de abono” en 1533 ante la Inquisición, acompañada de su cuñada María de Mendoza y las criadas Leonor Mexía y Juana Díaz de la Sisla, con Mencía de Mendoza también pariente y seguidora del Evangelio.

En aquel proceso se ve cómo todas insistían en hacer diferencia entre los conventos en los que “non se ni que Dios hay allí”, y aquellos lugares de reunión y vida donde existía el deseo profundo de amar a Cristo crucificado y no “obedecer a un madero que le dan por rey”. Para algunos autores, María de Cazalla y Brianda de Mendoza son como las dos caras de una misma moneda, especialmente por la concepción evangélica de la espiritualidad, especialmente en los conventos y beaterios, pues hay que añadir que en esta época de inicios del siglo XVI, la mujer castellana tenía opiniones, muy bien cimentadas, de muchas lecturas y conversaciones.

Entre las muchas propuestas que doña Brianda hace en las Constituciones de su fundación, aparece el mandato de “servir a Dios no se hace con estrechas y ásperas mortificaciones del cuerpo o “afliximiento de la carne”, sino con el ejercicio de lo bueno y de la virtud: humildad, amor y paz”.

Esta es sin duda una de las características de los “alumbrados recogidos” y que también aparece más adelante en estas Constituciones: “Oración, según dize sant Bernardo, es mensagero fiel e conoçido en la corte zelestial que por siertos caminos sabe penetrar los actos y por mostrarse ante el rrey de la gloria y nunca vuelve sin traer soccorro de gracia espiritual a quien la envia, ordeno y mando que todas las religiosas tengan un quarto de oración sancta en el coro”; y añade la invitación al recogimiento, a encontrar el rostro de Dios en la oración mental que nunca vuelve “sin traer socorro” y gracia.

En el testamento de doña Brianda, que es amplio y constituye casi un tratado de “piedad recogida” no solo se trasluce el deseo de una piedad de “sentimientos interiores” y recogimiento, sino que se aumenta con la petición de hechos prácticos de misericordia hacia los necesitados.

De todos modos, y aún siendo estos temas propios de estudiosos que conozcan a fondo la espiritualidad, la mística, la teología católica y protestante, y aun las fórmulas renovadoras del espíritu que propone Erasmo de Rotterdam, creo que es interesante esta visión del Convento de la Piedad de Guadalajara, en sus inicios, y de su fundadora doña Brianda de Mendoza, hermana del tercer duque, para entroncar ideas dispersas en una sóla: que en la Guadalajara de inicios del siglo XVI también se cocía una Reforma que aquí fue erradicada por la Inquisición sin existir apenas posibilidad de que se experimentara de una forma general entre la población. Todo quedó reducido a las cuatro paredes de los “edificios mendocinos”.

Los alumbrados en Guadalajara

Erasmo de RotterdamEn estos días se cumplen los cinco siglos exactos de la proclamación por Lutero de sus tesis reformistas. Fue en el castillo de Wittenburg, un mes de octubre, de 1517, y aquello dio lugar a un movimiento religioso, político y social que cuajó en una amplia renovación espiritual y nuevas formas de vida, aun vigentes.

La historia de la Reforma Luterana a lo largo y ancho de España es larga y prolija. Muchos españoles se unieron a las tesis de Lutero, porque ansiaban una Reforma de la Iglesia Catn de la Iglesia, sobre todo en lo referente al comportamiento de los ministros tendila Iglesioa Católica. Si el motivo inicial de la protesta luterana eran las indulgencias, luego se extendió a otras muchas cuestiones.

En España, desde bastantes años antes, se habían encendido luces y se habían elevado voces que pedían un giro en la actuación de la Iglesia, sobre todo en lo referente al comportamiento de sus ministros, de los sacerdotes, jerarcas, monjes, etc…. De esa inquietud nace la reforma que ofrece Francisco de Cisneros (de quien a la semana que viene se cumplen también los cinco siglos de su muerte) y la posibilidad, siempre dificultosa, de llevarla a cabo.

Sobre la Reforma Luterana en Guadalajara se ha escrito muy poco, aunque existen datos abundantes, que han ido saliendo dispersos, pero que al unirlos forman la solución a un puzzle apasionante. En el núcleo de todo ello estarían los alumbrados, los dejados, los iluminados

Se ha escrito mucho sobre ello, libros enteros: Marcel Bataillon en su “Erasmo y España” lo trata muy ampliamente y lo descubre. También quien fuera Cronista Provincial de Guadalajara y catedrático de Historia en la Universidad de Madrid, don Manuel Serrano y Sanz, investigó mucho, y publicó mucho, artículos sueltos pero muy densos y con mucha documentación. Por supuesto don Marcelino Menéndez y Pelayo, en su “Historia de los Heterodoxos Españoles” hace relación de todos. Y el gran libro, posterior, de Antonio Márquez, “Los alumbrados: orígenes y filosofía”. Sin olvidar la “Historia de los Alumbrados” de Alvaro Huerga.

En la tierra alcarreña se va a acoger densamente este movimiento, y a hacerlo en torno a dos núcleos fundamentales: el convento franciscano de Pastrana, y el propio palacio del duque del Infantado.

 

Aspecto general de los alumbrados

 

Surgen los alumbrados de diversos movimientos espiritualistas, nacidos en la segunda mitad del siglo XV, y en los que influyen decididamente los franciscanos, paladines de una reforma eclesiástica que también Cisneros propuso y lideró en su momento.

La Inquisición, creada por los Reyes Católicos en 1482, sospechó desde el primer momento en la existencia de elementos heréticos en la doctrina de los alumbrados e inició una investigación que llevó a la detención de sus principales cabecillas. Muchos nombres en esos grupos, pero Guadalajara ve discurrir los sermones y actividades de dos especialmente relevantes: la beata Isabel de la Cruz y Pedro Ruiz de Alcaraz que resultaron encarcelados en abril de 1524 y sentenciados en un auto de fe de julio de 1529. Otros nombres de aquel movimiento fueron Francisca Hernández, Juan del Castillo y María de Cazalla.

 

Sobre el núcleo de alumbrados en el palacio del Infantado

Diversas cortes castellanas de grandes señores acogieron reuniones y grupos de alumbrados. Ocurrió en Escalona, con el marqués de Villena, y ocurrió en Medina de Rioseco, con el almirante don Fadrique Enríquez, pero también ocurrió en Guadalajara.

A partir de 1520, el palacio del Infantado fue un lugar de reunión de cuantos y cuantas tenían interés en la vida recogida, en las charlas comunitarias sobre la Fe y la Oración interior. Dice Marcel Bataillon que el tercer duque era un hombre accesible a las ideas de Lutero sobre la salvación. Ya mayor, y con achaques de gota, pasaba largas temporadas en el Palacio de Guadalajara, rodeado de hijos y parientes, de amigos y amigas, de religiosos y civiles, de escritores y artistas…

Entre el personal de la capilla del Duque, Isabel de la Cruz, maestra de los alumbrados de Guadalajara, cuenta con varios discípulos. Uno de ellos es Rodrigo de Bivar, que es el maestro de canto. Y Alonso del Castillo, que es capellán del Duque, en 1525.

El tercer Duque del infantado, poco antes de morir, había admitido en su casa a Petronila de Lucena, hermana de Juan del Castillo, impregnada por este de ideas alumbradas.

El tercer duque del Infantado se libró de una segura investigación por parte de la Inquisición, que ya le apuntaba, por morir justamente en esos días, en el otoño de 1531.

En torno a 1532, María Cazalla, acude frecuentemente al palacio a conversar con la duquesa y entra en otros palacios de la aristocracia de Guadalajara.

Las noticias más claras sobre la implicación del duque del Infantado en el movimiento alumbrado, aparecen en el proceso de Petronila de Lucena, en un extracto de una disposición de Diego Hernández, de 1532, en que se dice textualmente:

“después la llevaron al Duque del Infantado defunto que envió por ella para su Maldonada, y dende a ocho días que ella fue, fallesció. E fue su hermano Lucena e un licenciado su pariente y otros por ella cuando supieron la muerte del Duque y entonces me dixo Lucena en Santiago que era el Duque gentil e que creía que estaba en lo de la salvación general con lo de Luteroe que no desconformaba en sentirlo, y no sé si me dixo que su hermana era mujer de gran marco e que si el Duque viviera que hablara con ella, que privara mucho con él porque le diera de sentir gran cosa”.

 

Alumbrados destacados de Guadalajara

De los nombres que aparecen en los diversos procesos cuya documentación se ha conservado, destacan dos fundamentales: una es Isabel de la Cruz, religiosa de la tercera orden franciscana. Vive en Guadalajara, su ciudad natal, en la parroquia de santo Tomé, y enseña a bordar a las hijas de los principales (esto lo dice Serrano y Sanz en su escrito sobre Pedro Ruiz de Alcaraz). En 1519, Isabel de la Cruz es denunciada en compañía de Pedro Ruiz de Alcaraz, Quien dice a grandes voces que es discípulo suyo en materia espiritual. Ella es quién enseña el ”dejamiento” a fray Diego de Barrera, maestro de los alumbrados de Pastrana. A través de Alcaraz y de los Cazalla, Isabel es la principal inspiradora de los dejados de Castilla la Nueva. Su proceso se ha perdido, pero sabemos que esta mujer fue realmente la más importante de este movimiento. Isabel de la Cruz era considerada como conversa. Finalmente, en 1529 se ordenó el encarcelamiento de Isabel de la Cruz, a quien le quitaron el hábito de tercera. Bataillon ve indicios de que en general toda la orden de San Francisco está de parte de los iluminados y alumbrados, pues así se expresaron cuando fueron requeridos a declarar en defensa de Isabel de la Cruz.

La otra es María Cazalla, quien ejerce, en compañía de su hermano fray Juan de Cazalla, obispo y previamente capellán de Cisneros, un verdadero apostolado por la espiritualidad personal e íntima. La encontramos a su lado en Pastrana en 1522, en los momentos en que el Evangelio del dejamiento se difunde por estos lugares. De vuelta a Guadalajara, difunde la buena palabra en los palacios de la aristocracia y deja llegar su huella hasta entre los clérigos de Alcalá.

Esta Cazalla estaba casada con un importante burgués de Guadalajara, Lope de Rueda, y era madre de varios hijos. Fue muy influyente en la vida religiosa de Guadalajara y sus alrededores, haciéndose oir en las casas nobles de la ciudad y muy especialmente en el palacio del Infantado. Siempre en persecución obsesiva de la perfección, al principio se dejó influir por la beata Mari Nuñez, que con ella vivía.

Se llevó a decir que Pedro Ruiz de Alcaraz y María Cazalla concedían a Isabel de la Cruz “mayor autoridad que a San Pablo y que a todos los santos”.

El otro núcleo de alumbrados en la tierra de Guadalajara es el formado por algunos frailes franciscanos de Pastrana, previamente instruidos por otros procedentes de Cifuentes. Fueron estos franciscanos Francisco de Ocaña y el guardián del convento fray Juan de Olmillos, cuyos éxtasis, sermones y atrevimientos proféticos armaron gran revuelo. También en Pastrana aparecen implicados Villafaña y Olivares.

Un día más en la Sierra Norte

La picota de La Toba

La picota de La Toba

Mañana va a celebrarse –esta vez en La Toba– el “Día de la Sierra”, ya en su décima edición. Un momento y un lugar en que aprovecharemos para saludar a cuantos viven por allí y se toman muy en serio la permanencia de la vida en aquella comarca apartada y silenciosa. Serán unas horas de amistad, música y discursos, de rosquillas y abrazos, para tomar energías y proseguir aguantando, un año más, en aquella latitud vigilada por el Ocejón y animada de los más sinceros deseos de recto progreso, sin olvidar sus esencias.

Creo que no me he perdido, hasta ahora, ninguno de los “Día de la Sierra” que se han venido organizando por parte de la Asociación Cultura Serranía de Guadalajara, con los apoyos institucionales que puntualmente ha ido recabando. Todos esos días han sido de pacífica convivencia, y de imprescindibles alegatos a favor del mantenimiento de una ilusión, y sobre todo de un empuje decidido, para que la vida se mantenga en esa que es, con mucho, una de las comarcas más despobladas y con menos pujanza económica de toda Europa.

No voy a escribir nombres aquí, aunque en el corazón los llevo anotados– de quienes crearon esta Jornada, y la han alimentado con entusiasmo. No son muchos, pero sí enteros y capaces. Gentes de Valverde, de Galve, de Campillejo y de Zarzuela. Gentes que pisaron toda su vida los montes, descubriendo el secreto de la Tierra en sus trochas, y doblando el espinazo para recoger el fruto (también las castañas ahora, aunque esas vienen cayendo de arriba) que tan esquivamente se deja arrancar.

No es momento de hacer poesías a la Sierra, porque las circunstancias actuales requieren más prosa y más golpe de Diario Oficial que simples fotos o poses. En todo caso, y por aquello de haber sido, inmerecidamente, destacado como serrano adjunto y proveedor de combustible literario, sí que quiero hoy dedicarle estas líneas a la Serranía de Guadalajara, a ese conjunto de cerros y veredas que al noroeste de la geografía provincial se alza verde, olorosa y limpia.

Los hitos serranos

Si me pidieran hecer, brevemente, un catálogo de los mayores emblemas, de los hitos si se quiere, de los destellos que en sus mil facies tiene la Serranía de Guadalajara, me atrevería a recitar algunos que podrían ser como flores de un ramo, o referencias inequiívocas de una marca.

Y así recordar, en el acontecer histórico de esta tierra alta y fría, pero siempre caminera y poblada, la destacada preferencia que por Atienza tuvieron los reyes castellanos. El devenir de los siglos (y hay que saber que uno de los signos inequívocos del ser humano es tener historia, y saber contarla) ha proporcionado a esta tierra los cariños de sus jerarcas: de Alfonso VI, que trató de conquistarla; de Alfonso VIII, que premió a los recueros atencinos por haberle salvado la vida y la corona; del propio Felipe V, el primer Borbón, por haberle ayudado en su jornada militar de la Sucesión al trono…

En el acontecer económico, las minas de Hiendelaencina podrían ser ese cartel primero que mostrar, aunque solo fuera por la cantidad de dinero, en forma de plata pura, que salió de las entrañas de esta tierra. La ganadería, el comercio y quizás ahora el turismo, son otros motores, nada desdeñables, a los que mencionar ahora.

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

 

En la monumentalidad, el palacio ducal de Cogolludo es sin duda la perla exquisita de esta corona. Ya sé que la villa ducal se queda, en algunos planteamientos administrativos, fuera de la consideración de territorio serrano, pero a nadie se le escapa que Cogolludo fue siempre, por su situación y vocaciones, un eje clave del desarrollo y configuración de este territorio, llave de sus caminos. El palacio ducal de los Medinaceli pone en a la Serranía en el escaparate mundial del arte y la creatividad.

En el patrimonio orográfico, creo que no hay duda de señalar a pico Ocejón como referente primero. Y en el hidrográfico, al Jarama como el alto hilo de aguas que desde la atalaya del Lobo corre anchuroso hasta las vegas madrileñas.

En el folclore, que es expresión de un sentimiento, aunque sé más difícil la elección, me decanto por las Danzas de Valverde de los Arroyos, en las que música y color se conjuntan, naciendo de un más allá que entronca con la propia raigambre de la especie.

Y más cosas podrían ponerse entre estos hitos serranos, todas cordiales, hondas, muy nuestras: la alfarería de Zarzuela, los castillos medievales de Galve, Atienza, quizás Jadraque en la línea meridional del horizonte. Las jotas y sus letras nobles o pícaras en el final de cualquier fiesta. Los asados de cordero y cabrito en las mesas felices. Tanta cosas, que nos llevaría un largo rato enumerarlas tan sol.

Y, por supuesto, este Día de la Sierra, que ahora palpita de nuevo, y que deberá hacerlo ya durante muchos años, en todos los lugares donde se alberga el cantar de sus gentes.

La Toba

Toca hablar, aunque sea brevemente, de La Toba, este lugar que habita la Serranía desde hace siglos y aconteceres. Con su nombre de repoblación, y su clara raigambre geográfica, acoge mañana el Día de la Sierra, y mostrará a cuantos hasta allí lleguen su perfil cabal, sus monumentos, plazas y horizontes, entre los que caben unos cuantos bosques de roble solemne que a mí particularmente me han enamorado desde hace muchos años.

La Toba se encuentra en los primeros alzamientos del territorio serrano, y perteneció en principio al territorio de Atienza, quedando luego incluido en los dominios de Gómez Carrillo, a quien se lo regaló Juan II en atención a diversos servicios prestados, pasando luego a la familia de los Mendoza mediante trueque hecho por el cardenal don Pedro González de Mendoza, y ya en esta estirpe, como uno de los lugares correspondientes al marqués de Cenete y conde del Cid.

Consiguió La Toba el privilegio de villazgo en el siglo XVI, y de él se conserva como pétreo recuerdo la gran picota que se alza en su calle principal, de bella estampa gotizante, rematada su cilíndrica columna en tosco capitel e irregular pica.

La iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, posee una recia espadaña, de forma triangular con dos huecos para las campanas, sobre el liso muro orientado a poniente. El resto del templo es obra del siglo XVI, incluso posterior, con la fuerza de su monumental silueta pétrea. En la puerta hay una buena guarnición de clavos e hie­rros. De los cinco altares que existían en el interior sólo se conservan tres: el mayor es un monumental retablo barroco de principios del siglo XVIII, con interesante armazón y hermosas columnas. Se preside por una moderna imagen del santo titular, y a los lados aparecen sendas telas barrocas representando dos vírgenes mártires. Otros dos retablos late­rales, del mismo estilo y traza, aunque más pequeños, se parangonan con el mayor.

Guarda esta parroquia (donde sea ahora, porque le he perdido la pista física) una interesantísima cruz procesional, magnlfica pieza de orfebrería renacentista, pro­ducto clásico de la escuela de platería que en el siglo XVI se desarro­lló en Sigüenza. Va firmada por el pla­tero Martín de Covarrubias, y es todo un monumento, aunque sea mueble.

En el suelo de la nave aparece una losa de la sepultura de Gregorio Zúmel, con su escudo nobiliario y la fecha de 1557. Una lápida colocada a la derecha del altar mayor, con un escudo de armas y la leyenda «Omnia nomine domini Iesu Christi», es testimonio del recuerdo que la villa de La Toba dedica a su hijo predilecto, don Juan Ricote Alonso, obispo auxiliar de la diócesis de Madrid-Alcalá, con la fecha de su consagración episcopal, en 20 de mayo de 1951.

Son estas, en fin, algunas notas apresuradas que quieren dibujar el perfil de La Toba en este Día (será mañana) de la Sierra al que nos convoca un año más la Asociación Cultural Serranía de Guadalajara. Así sacamos de su perenne olvido a estas tierras, a este pueblo también y a sus gentes que sin alharacas ni manifestaciones piden con su trabajo la atención de quienes pasamos por delante de su perfil bravío. Un hurra sincero, un apoyo sin dudas, un compromiso de humano nivel que procurará, unido al de mis lectores, a que La Toba, en la Sierra, prosiga su camino junto a los demás enclaves de esta comarca que tanto amor nos invoca.

Guadalajara entera