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Luis de Lucena, un paisano con prosapia

El escudo de armas que quiso utilizar Luis de Lucena es un trasunto de su empuje espiritual

De los elementos patrimoniales de la ciudad alcarreña, la capilla de Luis de Lucena es uno de los más curiosos porque no se parece a ningún otro. Resto único de la iglesia de San Miguel, tiene elementos mudéjares y manieristas formando un conjunto que atrae cada año a miles de visitantes. Aquí veremos hoy un breve memorial de la vida de su promotor, un alcarreño del siglo dieciséis.

Vivió Luis de Lucena en su niñez y juventud los años dorados en que don Iñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, levantaba su gran palacio gótico‑mudéjar. Y los vivió en Guadalajara. Llegada la edad del estudio, quizás fue a Alcalá, quizás a Montpellier. No hay papeles que lo confirmen. Pero estudió, de eso no hay duda, y se hizo doctor en Medicina. Tras terminar la carrera, fuese a Toulouse, donde se quedó a residir y ejercer la profesión. Estando allí, en 1523, publicó un libro que poco antes había compuesto. Le preocupaban entonces los temas de la salud pública, y su enemiga, la callada y misteriosa enfermedad de la peste, y la obra se dirige al atento cuidado de la Peste y los útiles remedios contra esta enfermedad.

Hasta ahora, todos cuantos se habían ocupado de Lucena, le hacían eclesiástico al tiempo que médico. E incluso ha habido autores, que le hicieron cura párroco del lugar de Torrejón. Hubo un tiempo en que lo llegué a dudar, y que el único clérigo de la familia habría sido don Antonio Núñez, también canónigo, su hermano. No hay duda de que don Antonio fue cura párroco de Torrejón de Alcolea (hoy Torrejón del Rey) y de las Camarmas (Camarma del Caño y Camarma de Esteruelas) pueblecillos todos pertenecientes entonces al alfoz o común de Guadalajara, en su sesma del Campo, en el pequeño valle del río Torote. Consta en esos documentos que el canónigo Antonio Núñez se hizo construir una casa con granero en Camarma del Caño, así como que Lucena dejó bastantes bienes, fundamentalmente olivares, en el término de Torrejón, para acrecentar los fondos de su fundación pía. Las investigaciones más recientes de Liliana Campos concluyen que Luis de Lucena fue también clérigo. Así es que en eso quedamos.

No fue la dulce Francia el destino último de nuestro personaje, sino los más equilibrados confines de la península itálica, en donde radicó dos largas temporadas de su vida, la última de ellas, y definitiva, desde 1540 a 1552, año de su muerte. Es la época de los grandes Pontífices humanistas, pasado el tumulto de Julio II y sus choques apasionados con Miguel Angel, vienen al solio los más mesurados Médicis, León X, y Clemente VII, este último, Julio, muerto en 1534. Son luego Paulo III, el romano Alejandro Farnesio, y Julio III, Juan María Ciocchi, los que gobernarán a la Ciudad Eterna y sus grandes estados durante la estancia en ellos de Luis de Lucena. En esa época culmina la actividad de Academias particulares, regidas y protegidas por grandes mecenas, generalmente eclesiásticos. A la grande reunión del Cardenal Colonna fue a la que solía acudir Lucena en Roma, y allí compartir estudios y esperanzas, abrir nuevos caminos al saber y lanzar preguntas repetidas sobre el mundo, con otros humanistas españoles. De las relaciones que el Dr. Luis de Lucena tuvo en Roma podemos colegir la importancia de este compatriota en el ancho campo de la general sabiduría. Las citas que de él dieron unos y otros en sus libros, permiten considerar el rango de actividad y dignidad alcanzado por este hombre.

Con Páez de Castro, el humanista que en el pueblo de Quer vio la primera luz y allí, entre libros, códices y reales crónicas dejó la vida, tuvo gran amistad Lucena en la capital romana. Decía Páez que con él tenía mucha conversación y le profesaba un gran afecto. Y aún nos revela el historiador alcarreño, en las cartas a Zurita, un dato misterioso y hasta ahora poco tenido en cuenta, relativo a la personalidad de Lucena: Del doctor Lucena ‑dice Páez‑ tengo entendido es aficionado a secretos naturales. Por ahí le vemos ya como un preocupado del espíritu, ¿quizás en los predios de la parasicología?  Indudablemente, no como alquimista, dado el sentido humanista y racional de su vida.

Con el también español Juan Ginés de Sepúlveda tuvo gran amistad el alcarreño: en 1549, don Luis escribió a Juan Ginés, celebrando la intención de este último de ir a Roma donde  ‑dice Lucena‑ es tan grande el comercio intelectual, y hasta las murallas y las ruinas son escuela de erudición. Con el erudito don Diego de Neila trabajó también, llevando en común la tarea de corregir y editar el Breviario del Cardenal Quiñones, encargo hecho por Clemente VII, y que no se llegó a publicar hasta el Pontificado de Paulo III. De otros eruditos hispanos que en Roma amistaban con Lucena, nos quedan noticias en el testamento que redactó pocos días antes de su muerte. Con Ginés de Reina Lugo, con Francisco de Juan Pérez, con Diego Ruiz Rubiano y Juan Bautista Otonel de Gerona tuvo relaciones. La mezcla que con ellos se hacen otros nombres europeos, flamencos especialmente, nos llevan a pensar en un cierto grado de inclinación hacia algunas de las directrices religiosas y de pensamiento que tan en boga estaban durante aquellas fechas. Sabido es que el reinado de Carlos V es, no solo en el plano grandilocuente de las Dietas y los choques contra luteranos, sino en el soterrado de los alumbrados, erasmistas y otras sectas, un auténtico hervidero de disidentes reformistas, en cuyo papel no es difícil ver a Luis de Lucena. Sabido de todos es que la corte de los Mendoza, en Guadalajara y Pastrana, fue el núcleo más numeroso de estos preocupados del espíritu, y que hacia 1520‑1525 la Inquisición comenzó a hacer la limpia de todos ellos. ¿No es por entonces cuando nuestro doctor Lucena se va a Francia (escribe el libro en 1523) y luego a Roma?

En la Ciudad Eterna, acudió también Luis de Lucena a la “Academia dei Virtuosi”, mantenida por el cardenal Domenico Grimani, gran amigo de Erasmo de Rotterdam. Formaba este estudio uno de los círculos heterodoxos que se movían a la sazón en Roma. Otro grupo destacado de intelectuales era el de Viterbo que seguía a Valdés y en el que había un grupo de españoles que en esa época intervienen, muchos de ellos heterodoxos y espiritualistas. Así, aparecen diversos individuos que se formaron en la Universidad de Alcalá, como Sepúlveda y el alcarreño Páez de Castro. También anduvo en el tema el “embajador” Diego Hurtado de Mendoza, primo del duque del Infantado, y con todos ellos Lucena. Trabajó éste junto a Diego de Mila en la traducción del Breviario Reformado del cardenal Quiñones, tenido por heterodoxo, formando todos ellos parte de un grupo denominado de bayanos de ciertos tintes erasmistas.

Un interesante estudio de la profesora Calí, en el que hace revisión de este ambiente romano, intelectual y artístico, de las Academias humanistas, menciona una y otra vez a Lucena, de quien argumenta ser uno de sus más dinámicos animadores, y decididamente un importante humanista que debió desarrollar su actividad en Italia por estar impedido de volver a España, a causa de sus ideas un tanto reformistas.

Antes de marcharse al extranjero, Lucena se dedicó a recorrer España en busca de antigüedades romanas. El Renacimiento, el afán de vuelta a lo antiguo, apunta uno de sus objetivos de sabiduría al conocimiento de la epigrafía griega y romana. Cada piedra hallada, con cuatro letras dispersas y medio borrosas que tuviera, ya se consideraba un importante objeto de estudio. Don Luis buscó en los lugares de positivo interés arqueológico, desenterró lápidas, y copió sus inscripciones. Formó luego un pequeño tomo con ellas y se las llevó a Italia, donde dio forma a su estudio, que tituló Inscriptiones aliquot collectae ex ipsis Saxis a Ludovico Lucena, Hispano Médico, y que en 1546 ingresó en los archivos del Vaticano, de donde, a fines del siglo XVIII, fue copiado por don Francisco Cerdá y Rico, y llevada la copia a la Academia de la Historia de Madrid. En esta actividad de erudito arqueólogo le menciona Ambrosio de Morales, en sus “Antigüedades de España”. Y como arquitecto y entendido en el arte de las construcciones, a Lucena le alaban algunos afamados autores italianos. Ignacio Danti y Guillermo Philandrier eran, con él, pertenecientes a la academia Colonna, y este último, en sus Annotationes in Vitrubium, señala a Luis de Lucena como “el más perito censor de sus trabajos”. De su quehacer constructivo veremos luego la huella genial que nos dejó en Guadalajara, el monumento que justifica este libro.

Pero aún nos queda mencionar la faceta, quizás menos trascendente, pero que también le dio gran fama, de médico en la corte vaticana. Fue uno de los médicos del Pontífice Julio III. Y de don Antonio de Agustín, otro español en Roma, nos llegó la anécdota, que pone en la obra De libris quibusdam hispanorum variorum Ignacio de Asso, de cómo Lucena le dio un sabio y efectivo remedio contra el dolor de muelas. De su testamento fue albacea el conocido médico doctor Juan de Valverde, que publicó algunas obras de medicina en París y Roma. Como se puede apreciar, es notable el ambiente de exilio en el que Lucena se desenvuelve, lo que puede explicarse por el afán de saber de todos estos españoles, que les lleva a quedarse a vivir en Roma y en otros lugares de Europa o no sólo por ello, sino que corren otros aires de heterodoxia por bajo de esta actitud de pulcro humanismo.

Murió Lucena en agosto de 1552, en la casa donde había vivido, situada en la puerta Leonina, por el campo Marcio. Fue enterrado en la iglesia de Nuestra Señora del Pópulo, en Roma, y a pesar de lo dispuesto al inicio de su testamento, en el que desea ser enterrado en su capilla de Guadalajara, el hecho es que los huesos del doctor Lucena se quedaron para siempre en Italia. El amor a su tierra chica, a sus gentes, a sus familiares y amigos, en un apego exquisito por cuanto constituía su raíz vital, quedó bien patente en el testamento que, aunque firmado el 5 de agosto, pocos días antes de morir, debía tener ya muy preparado y meticulosamente dispuesto. En él instituye una biblioteca pública en Guadalajara, quizás la primera que hubo en España, a situar en el piso alto de la capilla de Nª Srª de los Angeles, que él previamente había diseñado y mandado construir. Su testamento completo, con algunas noticias complementarias a las anteriormente expuestas, fue publicado recientemente, por Aache, en un libro firmado por Liliana Campos Pallarés y titulado “El testamento de Luis de Lucena, humanista y médico de Julio III”, cuya lectura recomiendo vivamente.

Juan Pablo Mañueco, un aluvión de palabras

Con "Guadalajara te doy mi palabra" reaparece Juan Pablo Mañueco en el escenario de las letras arriacenses.

Es Guadalajara una tierra que ofrece una larga nómina de escritores: unos que aparecen y otros que reaparecen. A esta segunda estirpe pertenece el personaje al que hoy me refiero: porque si no nacido en Guadalajara, a la vida, sí que lo hizo a la poesía y a la creatividad. Es uno de nuestros más altos valores, y conviene decirlo, y que se sepa. Juan Pablo Mañueco regresa a la cotidiana cita con sus lectores.

Desde Camilo José Cela (andante de alcarrias) a Francisco García Marquina (palabra que bulle y atina), y desde Alfredo Villaverde (poeta en la cima y voz de honduras) a José Antonio Suárez de Puga (sonetos y medidas voces que no se apagan) en Guadalajara ha vibrado siempre la letra castellana y ha estremecido a todos cuantos han leído a sus autores: importados unos, aquí nacidos otros. Creo, sinceramente, que todos entusiasmados de esta tierra que les acoge, o que lo hizo en su día.

Por eso quiero hoy traer a mis lectores la noticia de un resurgir con fuerza y con mensaje, de una voz que no por antigua se ha olvidado, y que sigue viva y pletórica de realidades y promesas. Es la de un escritor, periodista que lo fue de esta casa, novelista, comentarista político, poeta y hombre de letras en su dimensión más cierta: la de Juan Pablo Mañueco Martínez.

Una obra en la vanguardia

De nuevo llega Juan Pablo Mañueco y nos sorprende con una obra literaria, aparecida en estos días por librerías y redes sociales, que en esta ocasión va dedicada por completo a la nación castellana, de la que trata, poéticamente, de todos sus perfiles y desde múltiples perspectivas. Conjuntando dos tomos, bajo el mismo título se abarcan visiones muy diferentes de Castilla, a través de su historia, su literatura, sus paisajes, sus ciudades y su porvenir.

Solo paseando por su índice vamos a entrever la trama de esta obra, que se dedica al análisis (en su primera parte) de la literatura castellana, en todo su recorrido desde la inicial Bardulia hasta el Siglo de Oro.

De hondo e interior venero

que en cascada entre piedra y musgo brota

no es Cadagua un reguero

que porte escasa gota.

Un mundo en murmullo ya en su agua flota.

Así comienza, desde la altura cántabra, la voz de Mañueco a referirnos todas las expresiones que la literatura ha tenido en nuestra tierra, la Castilla original y señera en la que nos albergamos. Son las jarchas primero, con las glosas emilianenses y silenses, las que nos saludan, y proponen seguir sabiendo de los libros de gesta, a los que da nombre el Cantar del Mio Cid, pero que se acompañan con el cantar de los Siete Infantes de Lara y los escritos de Bernardo del Carpio. Siguen los múltiples cánticos del mester de clerecía, en los aparece Gonzalo de Berceo, tan sonoro e  íntimo, o el cantar a Fernán González, más los escritos del rey Alfonso el Sabio y los escritos emanados de la universidad salmantina.

Con la lírica didáctica continúa Mañueco, y ahí se extiende glosando al Arcipreste, a nuestro Juan Ruiz, el de Hita, a Pero López de Ayala, a don Juan Manuel y a esos ignotos maestros que componen el romancero viejo, la lírica popular junto a la lírica culta.

Este tratado solemne, bien escrito, ameno y didáctico, concluye con las obras de los más modernos vates castellanos: desde el marqués de Santillana a Juan de Mena, y desde Jorge Manrique a La Celestina, todos ellos ligados, de un modo u otro, con esta provincia actual que ha sido siempre clave y latido de Castilla. Todo el poema está escrito en liras (y en romances y en seguidillas, y luego hay cuartetas, sonetos, canciones medievales, coplas asonantadas, etc).

El primer tomo concluye con un Himno a Castilla, una canción para los comuneros, algunas seguidillas y un cántico final a la señora Castillesquieu, de cuyo apelativo tendrá el lector cumplida razón si hasta la página final alcanza. En el segundo de los tomos, el autor de tamaña obra nos alegra el corazón con sus sonoros y bien compuesto cantos a los pueblos y ciudades de Castilla. Tantos y tantos rincones íntimos, solemnes, queridos y añorados, como el naciente Duero en Soria, el Puentecurvo de Pancorbo, los faros de Cantabria, la plaza mayor de Valladolid o el trasiego de almenas en Ampudia.

Aunque luego siguen volando sus versos, empecinados y airosos, sobre los temas más puramente alcarreños, tan nuestros. Y así Mañueco  se pone ante la Virgen de la Leche de Alonso Cano, ante las ruinas del alcázar capitalino, o ante los leones del patio mágico del palacio ducal de los Infantado. Un septenario de preguntas por las iglesias de Guadalajara sigue a esta serie, que se constituye en un denso añoro por la ciudad en que vive el autor, y en la que pasean sus numerosos lectores.

Quizás para los críticos que aborden este libro, esta obra única en dos tomos, resulte difícil clasificar su estilo, su intención final. Yo no lo creo, porque ante la diversidad de pasos que va dando por sus páginas, el autor manifiesta siempre su fácil versificación, su rigor de pensamiento, y su facilidad para el neologismo. El mismo autor nos lo explica a media voz: escribe en “realismo simbólico”, que es la realidad pasada por el tamiz intenso de los símbolos de la imaginación poética y literaria…

Sinceramente, creo que estos versos son muy, muy buenos. Con ellos acabo esta visión sucinta, y asombrada de esta Castilla este canto es tu canto de Juan Pablo Mañueco:

Nadaba el mar en torno y era tarde,

la hora roja que el cielo incendia en brasas,

cuando el hachón en llamas notó escasas

candelas granas y corinto en que arde.

 

Nadé mar adentro aun, nada cobarde,

por ver, añil y ocre, la lid en que asas

del mar calan ámbar fuego. Sus rasas

chispas rubias brincaban ya sin barde.

 

Lumbre púrpura así se defendiera:

azuzando el azul fuera del agua.

Lid de olas garzas y rubí en degrado

 

que, si el limón en fuego de la hoguera

volvió pavesa, así la acuosa fragua

ceniza fue luego en luctuoso nado.

 

Más tarde, bruno tanto mar y cielo

se escuchó sólo el ritmo en desconsuelo

de oleaje, plañiendo negro duelo.

Pero si hay alguna espectacular aportación en esta obra, que vaya más allá de la erudición y la capacidad descriptiva, es la creación de una nueva forma de composición poética, y más concretamente de la “Victoriola”, a base “dos liras entre cuartetos”. De las varias que nos entrega Mañueco, quizás sea esta, una de las que rematan el libro, la que a mí más me gusta:

EL TORO DE LA LLUVIA

(Victoriola con cuartetos serventesios)

 

El toro de la lluvia nubes trota,

soberbio en los arpones

que escalan la remota

borrasca en que agua inducen sus pitones.

 

Hinca sus dos hachones

hasta causar la mengua de la gota

al cielo, que astas de iones

cornean cota a cota

por escalar venero en donde brota.

 

Desencadena toro

de tormentas, de rayos y aguaceros

tu acción de meteoro,

con los sabios aceros

que agudizan tu frente, delanteros.

 

Haz que el cielo despliegue su tesoro

a tus bastones fieros

y que se rinda al toro

agua en vuelo herida a lluvia

por la furia astral de tus punteros.

Algunos datos biográficos de Mañueco

Nacido en Madrid en 1954, Juan Pablo Mañueco Martínez es licenciado en Filosofía y Letras (sección de Literatura Hispánica) por la Universidad Complutense de Madrid, y ha ejercido la docencia de Lengua y Literatura Españolas, en diversos centros de Enseñanza Media de Guadalajara y de Madrid. Además de profesor, ha actuado como periodista, escribiendo en diversas publicaciones periódicas y fundando y dirigiendo otras, como “La Crónica del Henares”,  habiendo mantenido durante los años 2003 al 2008 una columna semanal de opinión en las cabeceras alcarreñas “Guadalajara 2000″ y en este periódico “NUEVA ALCARRIA”. También colaboró en “Guadalajara. Diario de la Mañana” durante los años 1979 y 1980. Y por su reportaje “Castilla y León: 750 años de unidad”, obtuvo la Mención de Honor en el Premio “Provincia de Guadalajara” de Periodismo, 1981, otorgado por la Diputación Provincial de Guadalajara.
Como poeta, ha publicado previamente dos libros: “Claridad que surge del agua” y “Cancionero y Romancero de la Alcarria”, que obtuvieron el Premio “Provincia de Guadalajara”  de Poesía de 1977 y 1981, respectivamente. Tras un interregno de más de 30 años, Mañueco vuelve a donde solía, y camina por estas trochas de la creación poética, con el aplomo de quien sabe hacerlo, y el enorme bagaje de su cultura y sus lecturas.

Datos de sus obras

Las últimas obras de Juan Pablo Mañueco son una expresión literaria de calidad en las que destacan “Guadalajara, te doy mi palabra”, un libro de 84 páginas en el que se canta a las cosas, las historias y las gentes de nuestra ciudad, y “Castilla este canto es tu canto”, que se ha editado en dos tomos, en cuya parte primera va La historia, la literatura, el futuro. Y en su parte segunda Las ciudades, los paisajes, los estilos. Cada uno de los tomos tiene 156 págs. En un futuro inmediato está prevista la aparición de otro gran libro, algo nuevo y que va a sorprender, porque conjuga la poesía con el teatro y la novela, todo en una especie de antología literaria que nos mostrará al definitivo Mañueco, poderoso de expresión y ofertas. Su título será “Dónde estáis los que soliáis?” y en ella se conjuga la novela de un visitante admirador que recorre la Guadalajara de hoy, colmado de asombros y decepciones, junto a la memoria de personajes y colectivos a los que se canta con limpia sonoridad poética.

Cruces de procesión y parada

El Cristo del anverso de la Santa Cruz Aparecida de Albalate de Zorita (Guadalajara)

Hasta el mes de Diciembre estará abierta al público, en el patio central del Museo Diocesano de Arte Antiguo de Sigüenza, la Exposición “Con este signo vencerás” dedicada a la muestra de cruces parroquiales de la diócesis que se inauguró a finales del mes de julio. Pudimos visitarla y disfrutar de su montaje y, sobre todo, de sus piezas excepcionales.

En el contexto del rico patrimonio artístico guadalajareño, destacan las cruces parroquiales, elementos de arte exquisitamente trabajados, en siglos antiguos, y que hoy por su fragilidad y sobre todo por su peligro de ser robadas permanecen a buen recaudo, en museos o en las parroquias y pueblos, con sistemas de protección “a la antigua usanza” pero que van dando resultado: normalmente se conservan, en diferentes domicilios particulares, troceadas, uniéndose en la ocasión de salir procesionalmente con motivo de la fiesta local o en romerías. Es una lástima que elementos artísticos de tan alto valor tengan que conservarse así, pero a esto se ha llegado, cinco siglos después de haberse elaborado, porque ahora su valor es más monetario que sacro, y ahí está su riesgo, y su peligro.

Recomiendo vivamente la visita de esta exposición, que se ha montado con motivo del quinto centenario del hallazgo o “invención” de la Santa Cruz Aparecida de Albalate de Zorita. Aunque en ella solamente se van a ver las cruces que se conservan en el Museo Diocesano de Sigüenza desde que este se creó, hace ahora unos 40 años. Las mejores se mantienen en los pueblos, y aunque yo tuve en su día la suerte de poder admirarlas, fotografiarlas y estudiarlas, hoy se complica mucho esta visita.

De todas las grandes cruces parroquiales, procesionales y de parada, que aún quedan en la provincia, yo destacaría algunas, solo por dar una idea de lo que hablamos. Hay muchas más. Y así recordaría la cruz de Ciruelas, de estilo gótico, en plata sobredorada, obra de finales del siglo XV o principios del XVI, que lleva las marcas de la ciudad de Sigüenza y del platero Martín Osca, su autor. En el anverso aparece al centro Cristo crucificado con escenas de la Pasión en los extremos de los brazos de la cruz, y en el reverso una imagen de la Virgen María. La macolla, en dos pisos, muestra a los doce apóstoles. Recordaría también la cruz de Valfermoso de Tajuña, en plata con múltiples detalles iconográficos sobre chapas y repujados, obra de comienzos del siglo XVI, que pertenece a la escuela o taller de orfebrería de Sigüenza, y denota ser de mano del mismo artista que la anterior,  Martín Osca. Destacan en esta Cruz las figuras de Cristo cru­cificado y la Virgen María, así como diversas escenas de la Pasión.

De la escuela seguntina, recordar la cruz procesional de Villar de Cobeta, junto a Buenafuente, que es procesional, magnífica, del siglo XVI, realizada en los talleres de orfebrería de Sigüenza por el que fue platero del Cabildo seguntino Pedro de Frías. Dicha cruz, en plata tallada y repujada, muestra en su anverso central a Cristo crucificado y en su reverso a San Pedro revestido de pontifical. En los extremos de los brazos aparecen bien talladas imágenes de los símbolos de los evangelistas, cartelas, angelillos, etc.

De los talleres segovianos quedan varias cruces por los pequeños pueblos de nuestra Sierra alta, la que ahora llamaos “Sierra Norte de Guadalajara”. Así hemos visto una en Cantalojas, donde se guarda todavía el ejemplar destacado de su cruz, que es de comienzos del siglo XVI y reúne las características de otras cruces serranas, todas salidas de los talleres segovianos de orfebrería. Y otra en Valverde de los Arroyos, soberbia obra de orfebrería renacentista, hecha en el siglo XVI en los talleres de Segovia por el orfebre Diego Valles. En el centro del anverso aparece Cristo crucificado, y en el reverso un grupo de la Piedad rematada por un friso de traza gótica. Este es el aire que tiene la cruz por ser de iguales dimensiones sus cuatro palos. En los extremos de los brazos, y en los medallones romboida­les de su achatada macolla, aparecen grabadas toscamente varias figuras de santos y santas con sus atributos.

En la Campiña es Uceda donde se guarda uno de los mejores ejemplares de toda la provincia: su magnífica cruz procesional, de gran tamaño, en planchas de plata repujada, toda ella realizada a mano por un buen orfebre de Toledo de comienzos del siglo XVI, llamado Abanda. Son magníficos el Cristo que centra el anverso de la cruz, y algunos de los grandes medallones que cubren los extremos en sus brazos, con escenas de la vida de Jesús, y varias imágenes de Santos. Alguno de sus detalles vemos en representación gráfica junto a estas líneas.

Y finalmente la mejor sin duda de toda Guadalajara, esta en la Alcarria, y guardada como oro en paño: la de La Puerta, cuya parroquia es propietaria de una magnífica cruz procesional de plata repujada, obra de mitad del siglo XVI, debida al orfebre conquense Francisco Becerril. Mide 97 cm. de altura y 47 cm. de envergadura. En el anverso presenta una importante talla en plata de Cristo crucificado; en el reverso, gran medallón con el arcángel san Gabriel acuchillando al Demonio. En los extremos, arriba, el pelícano simbólico alimentando a sus crías, y santas mujeres; y los cuatro evangelistas en magnífi­cos escorzos renacientes. En la macolla, de dos pisos, aparecen los doce apóstoles cobijados bajo doseles sostenidos por columnas y cariátides, todo ello rodeado de profusa decoración de grutescos, roleos, trofeos y cartelas.

Si del Señorío de Molina hubiéramos de escoger una cruz, la mejor de todas puede que sea la de Alustante: cruz procesional que talló y ejecutó el platero seguntino Jerónimo de Covarrubias en 1565, y de la que algunas piezas, como el Cristo crucificado del anverso y la Virgen María en Asunción del reverso, son piezas supremas del arte de la escultura en plata.

La Santa Cruz Aparecida Albalate de Zorita

Pero el motivo de estas líneas es la conmemoración del quinto centenario de la aparición, o hallazgo, de una de las más antiguas cruces procesionales de la Alcarria: la de Albalate de Zorita, que surgió de debajo de una piedra en septiembre de 1514, pero que sin duda, a poco que se a analice, muestra ser una obra de mayor antigüedad, del siglo XIII probablemente, si no más antigua.

En una capilla del fondo de la nave del evangelio, en la espléndida iglesia parroquial de Albalate, se guarda y venera la llamada Santa Cruz Aparecida, o Cruz del Perro, patrona de Albalate y motivo central del escudo de la villa. Es doble su valor: artístico, y sentimental. Se trata de una joya de la orfebrería del siglo XIII, hecha en bronce dorado, con 47,5 cms. de altura y 28 cms. de envergadura, rematando sus extremos en escuetas flores de lis, sobre las que se aparecen los relieves en bronce de cuatro rudas efigies representando a María Virgen [izquierda], a San Juan [derecha] y a San Pedro y San Pablo [arriba y abajo] o al menos a dos apóstoles. Cuatro gemas de cristal de roca se sitúan en el promedio de los brazos, y en el centro aparecen la imagen de Cristo crucificado. En el reverso de la cruz aparecen, también grabados, los símbolos de los evangelistas, y en su centro se ve la figura de Jesús en actitud de bendecir, de medio cuerpo, como clásica representación del Rey y Juez que por sus detalles (terminación estriada de los cabellos y rostro imberbe) nos sugiere la imagen más preciada de Cristo en los tiempos medievales, la de la Vera Icona, aquella cruz que se conservó en el Sancta Sanctorum del Patriarcado Lateranense de Roma. De sus brazos cuelgan dos cadenillas. Su apelativo de Cruz del Perro deriva de su milagroso hallazgo, ocurrido en septiembre de 1514, en la orilla del río Tajo, en el lugar conocido con el nombre de Cabanillas, donde aún hoy se ven los restos de una ermita construida en el siglo XVIII. Fue un perro [la podenca Consula, por más señas] el que, bajo una gran roca, encontró escarbando esta pieza de orfebrería, sin duda guardada allí en siglos anteriores. La devoción de Albalate por esta Cruz fue en aumento: en 1542 se fundó la Cofradía de pajes esclavos de la Santísima Cruz Aparecida, y se conserva como fiesta mayor del pueblo la del 27 de septiembre, en memoria de la fecha del hallazgo, siendo paseada en esta fecha sobre adornada carroza por toda la villa. Vinieron personalmente a contemplarla y adorarla el Emperador Carlos I y Felipe III.

El mejor estudio hasta ahora realizado de esta cruz procesional, se debe a don Miguel Angel Ortega Canales, director del Museo Diocesano de Arte Antiguo, de Sigüenza, que lo ha publicado en el contexto de la obra “Con este signo vencerás” que sirve de catálogo a la exposición conmemorativa del quinto centenario del hallazgo de esta cruz, y que como dije al principio, está abierta hasta diciembre en el referido museo seguntino.

En ese trabajo, meticuloso y serio, don Miguel Angel nos desvela sus apreciaciones sobre la iconografía de esta cruz, en la que hay rasgos muy especiales, como su traza de cruz latina primitiva, los cristales de roca del centro de los brazos, y las cadenillas que de ellos cuelgan con pequeños cristales, en costumbre heredada del arte visigodo y aún bizantino. O la peculiaridad de las figuras netamente románicas que surgen en los extremos flordelisados de la cruz (con María Virgen, San Juan, y los apóstoles Pedro y Pablo, más las  representaciones de los símbolos del Tetramorfos (Angel-Hombre, Aguila, Toro y Leon) en las esquinas del reverso.

En todo caso, una circunstancia este del quinto centenario de la Cruz de Albalate, para apreciar esta parcela de nuestro patrimonio, y acumular aplausos, atenciones, estudios y protecciones sobre el mismo, que buena falta le hace.

Rebuscando en la historia de Guadalajara

El marqués de Santillana, en su escriptorio de Guadalajara

Se abren hoy, un año más, las Fiestas (y el recuerdo de las Ferias) de Guadalajara. Pregón, jolgorio, discursos amables y muestras del espléndido bronceado que los alcarreños y alcarreñas han cosechado a lo largo del pasado mes en las playas del Mediterráneo. Una mezcla ya habitual, en la que lo cultural y lo lúdico, lo institucional y lo populachero, se arraciman en la misma habitación, de la que todos salen contentos, y algunos –muy pocos, esa es la verdad– confundidos y preocupados. No tiene la menor importancia. De lo que se trata es de pasar la vida, y que cada día sea diferente (y a ser posible mejor) que el anterior. 

Historia e historias de Guadalajara

A lo largo de los siglos ha habido numerosas gentes que, aquí nacidas o venidas de fuera, han dedicado largas horas y aun años en investigar y escribir la historia de la ciudad de Guadalajara.

Sería largo de contar cuales han sido los mejores relatos de nuestra vicisitud: desde los Anales de la Ciudad de Medina y Mendoza, hasta el libro que bajo el título de “Guadalajara ciudad”, a lo moderno, hace un par de años fue el producto de un compacto equipo de profesionales que han sabido captar lo que necesita el hombre de hoy para saber, en visión rápida, de su ayer, de sus ayeres.

Hasta ahora, como digo, ha habido muchos intentos de escribir la His­toria de Guadalaja­ra. De ellos han resultado algunos manuscritos, difíci­les de consultar y ya medio borrosos, y otros libros que también se han hecho, con el pasar de los años, raros ejemplares de bibliófilo. Categoría que han adquirido ya las más recientes, pues una que puse en pública consideración hace no más de veinte años, hoy ya es un libro difícil de encontrar.

La más antigua de las Historias de Guadalajara conocidas es la que escribiera don Francisco de Medi­na y Mendoza a mediados del siglo XVI. La tituló Anales de Guadalajara y hoy se consi­dera perdida. La consultó y utilizó muchas de sus noti­cias el siguiente historiador que acometió el intento: el jesuita Hernando Pecha, en 1632, quien redactó su Historia de Guadalaxara, y como la Religión de Sn. Gerónimo en España fue fundada y res­taurada por sus Ciudada­nos, quedando manuscrita y casi olvidada en los ana­queles de la Biblioteca Nacio­nal hasta que en 1977 se publicó por vez primera, a cargo de la Institución Pro­vincial de Cultura «Marqués de Santillana» con un estu­dio previo realizado por mí. Le siguió inmediatamente des­pués la Historia de la nobilí­sima ciudad de Guadalaxara, escrita en 1647 por el regidor Francisco de Torres, que se quedó manuscrita por los siglos, y que no hace mucho también vio la luz gloriosa de la imprenta. Poco después apareció, en elegante edición clásica, de 1653, la Historia eclesiástica y seglar de la muy noble y muy leal ciudad de Gua­dalaxara escrita por el licen­ciado Alonso Núñez de Cas­tro.

Nada más se hizo en este sentido hasta el siglo XX, en que los sucesivos cronistas locales se afanaron en con­seguir llevar a buen puerto esta vieja aspiración de los buenos arriacenses. Y así don Juan Catalina García pro­porcionó muchos materiales para poder escribir esa Historia en su obra La Alcarria en los dos primeros siglos de la Reconquista, y don Manuel Pérez Villamil hizo lo propio en los amplios Aumentos que le puso a la publicación de las Relaciones Topográfi­cas mandadas escribir a finales del siglo XVI por el rey Felipe II. Sería, sin embargo, don Francisco Layna Serrano quien diera cima a su monu­mental obra titulada Historia de Guadalajara y sus Mendo­zas en los siglos XV y XV/, publicada por primera vez en 1942, en cuatro gruesos volúmenes, y que hoy de nuevo está en las librerías gracias a una edición mejorada que, en buena parte, ha sido posible gracias al patrocinio del Ayuntamiento guadalajareño.

Una historia movida y con mensaje 

A la historia de Guadalajara nadie puede achacarle que sea aburrida o monótona. Aquí han pasado una inmensidad de cosas. La mayoría buenas, aunque también ha habido momentos de gran dolor y amargura. Posiblemente se hayan concentrado en el pasado siglo XX las más fuertes de las emociones todas: aquella centuria tuvo los momentos de mayor esplendor (hoy mismo, Guadalajara es una ciudad abierta, luminosa y llena de vida, riqueza y alegría) y días de terrible angustia y tristeza (léase el 6 de diciembre de 1936, para quien tenga algo de memoria). Pero en general, como en botica, ha habido de todo.

En la historia que no hace mucho escribió y publicó el profesor Antonio Ortiz y sus colaboradores, las cosas de Guadalajara están tratadas con eficiencia, con claridad y perspectiva. Aparecen los primeros balbuceos de lo que pudiera ser un grupo de mínimos asentamientos prehistóricos en los taludes del río Henares. El recuerdo del paso de los romanos. La sonoridad del nombre árabe que quedó para siempre definiéndonos. Y ese sucederse de reyes, de señores, de Mendozas, de fiestas y edificaciones, que forman la historia más conocida.

Sin embargo, el libro que los profesores del Liceo Caracense nos ofreció hace unos años, va más allá. No es una historia al uso, con notas a pie de página, documentos, opiniones. Es una historia lineal, sencilla, pero completa. Una historia de Guadalajara que está, sobre todo, engarzada plenamente con la historia de España. Yo aún diría que es esta la que se cuenta, y a cada paso que da la Patria, en Guadalajara resuena de un modo peculiar. Y se nos dice.

Así son los momentos del Medievo, con la explosión de soberanía y autogobierno populares (concejo de Guadalajara). El Renacimiento de los sistemas centralizados, con los Reyes Católicos y los primeros monarcas de la Casa de Austria (el auge mendocino). La decadencia (Fábrica de Paños de quita y pon). La guerra contra los franceses (El Empecinado). Las revoluciones y movimientos revolucionarios/reaccionarios (la monja de las llagas, Moreno y Marlasca, el Ateneo…) Y al fin la Guerra Civil, con su rastro de tragedia (los fusilamientos, Ortiz de Zárate, Marcelino Martín, italianos y republicanos…)

Todo ese bamboleo de cosas que suceden en España, tiene en Guadalajara su imagen especular. Por eso la historia/historias de Guadalajara que unos leen, otros encuentran, y todos al final repiten y saborean, son los elementos sustanciales de mantener a la ciudad con vida. Aparte de los cohetes, de los gigantes y cabezudos, de las peñas/charangas y de las quedadas culturales, es el recuento de la historia, de sus personajes, de sus hechos memorables, lo que nos infunde personalidad. Porque lo que aquí ha ocurrido, lo que aquí se ha construido, lo que aquí se ha vivido, es irrepetible y no tiene réplica en otra parte. Si estamos en Guadalajara estamos, sin más remedio, en el río de su historia, formamos parte de ella. Este es un buen momento para recordarla.

Los tapices de la Catedral de Sigüenza

Fragmento de tapiz flamenco del siglo XVII, de la Serie "Palas Atenea" que ahora se recuperan en la catedral seguntina.

En estos días se recuperan, finalmente limpios y restaurados, cuidados para vivir sin problemas otros trescientos continuados años, la primera  serie de dieciséis tapices barrocos que se conservan en la catedral de Sigüenza, hasta ahora poco conocidos y parcialmente estudiados, pero que a partir de ahora van a ser una señal más de su identidad artística y cultural.

Justo en este verano, se recuperan restauradas dos de las colecciones más importantes de tapices que hay en España, y ambas en Guadalajara: la de Pastrana y la de Sigüenza. Es para estar contentos, y sobre todo para ir a verlos de nuevo…

En la catedral de Sigüenza, aparte de otras mil joyas del arte, que de una manera u otra hemos ido viendo, están colgados de sus muros, desde hace 350 años, un bloque de paños o tapices barrocos a los que hasta ahora apenas se les había tenido en consideración, y ello por varias causas: una la de que eran muestras de temática pagana, con temas mitológicos y aspectos guerreros. Otra, que estaban cada vez más viejos, con sus colores apagados de puro sucios, y mal traídos y llevados en cada una de las agresiones o restauraciones que el templo ha ido sufriendo.

Así, tras años de progresiva decadencia, ha tenido que ser un grupo de entusiastas seguntinos, y más concretamente los que Antonio Manada y Gloria de las Heras encabezan con su Fundación “Ciudad de Sigüenza”, y su proyecto “Sigüenza Universo Greco” los que se hayan movido sin parar en la tarea de conseguir su limpieza y rescate, su definitiva inserción en el conjunto de obras artísticas que componen el museo vivo catedralicio. El próximo lune se va a inaugurar la exposición que los muestra, y quedamos a la espera de que, en lo que resta de año, todos ellos en su conjunto, museificado y vivo, queden para la admiración de seguntinos y viajeros.

Los tapices barrocos de la Catedral de Sigüenza

Dos estudios han recibido, hasta ahora, los tapices barrocos de la catedral de Sigüenza. Uno, el primero, el que de ellos hizo Margarita García Calvo en la Revista “Goya” el año 2004.Y el segundo el de Victoria Ramírez Ruiz, en la segunda parte del libro “Tapices y textiles de Castilla-La Mancha”
editado por Aache en 2007. Una colección doble, pues se trata de dieciséis paños, enormes y vistosos, que completan dos series, una dedicada a la “Historia de Rómulo y Remo” y otra a las “Alegorías de Palas Atenea”, que vienen a representar, ambas, en un sentido globalizador, las virtudes cívicas que la mitología atribuyó a ambos personajes, uno inventado y el otro quizás histórico.

Durante años, esta serie de tapices se mantuvo dispersa colgando de los muros de naves y estancias interiores de la catedral seguntina, como la Sacristía de las Cabezas, la antigua Librería del Cabildo y la Sala Capitular de verano.

Estos tapices fueron donación hecha por don Andrés Bravo de Salamanca, obispo que fue de la diócesis entre los años 1662 a 1668, año en el que tras fallecer fue enterrado en la capilla del Santo Cristo del trascoro, con su escudo de armas sobre su sepulcro y en el retablo que mandó construir. Hombre del pleno barroco, viajero y estudioso, admirador de los clásicos, había cursado sus primeros estudios universitarios teológicos en Sigüenza, pasando luego a Salamanca a completar su formación, y alcanzando pronto la mitra de Cartagena y Murcia, desde donde manifiesta su voluntad, por el gran cariño que tenia a la ciudad, de ser enterrado en Sigüenza. Para llevar a cabo su deseo, escribe en 1661 al arcediano de Almazán, Andrés de Manrique manifestando que “por el gran afecto que tenia a esta iglesia deseaba enterrarse en ella y que deseaba saber en que parte de la capilla mayor le darían entierro y cuanto había de dar de limosna a la fabrica”.  Lo curioso es que al año siguiente, en 1662, sería nombrado obispo de esta diócesis, y suponemos que eso le llenó de satisfacción y ya solo quiso, viéndose mayor y cercana la muerte, hacer una gran donación del mejor arte del momento a su catedral querida.

Se sabe que en 1664, cuando don Andrés Bravo ya llevaba dos años de obispo en la Ciudad Mitrada, en los últimos días del mes de Noviembre sorprendió a todos mandando colgar una gran colección de tapices que había adquirido y regalaba a la catedral, al cabildo, y a la ciudad de Sigüenza. Según nos refiere Pérez Villamil en su libro sobre la historia del edificio catedralicio, las Actas Capitulares de diciembre de 1664 dicen ”como su ilustrísima el señor obispo, nuestro prelado, ha sido servido de dar a la iglesia una colgadura de diez y seis paños y que había amanecido colgada el día de San Andrés”. Estos paños no eran, sin embargo, los   que ahora admiramos, sino una serie de “boscajes” y de paños con adornos florales, muy del estilo de Audenarde, pero que alegraban los severos muros y servía para mitigar el duro frío de las estancias.

El deseo del Obispo era regalar la gran serie doble de 16 paños que había encargado hacer en Flandes y que por fin se acabaron en 1668, llegando a Sigüenza en torno a la fecha de su muerte. En su testamento lo especificó claramente, y en una nota del Inventario de Tesorería de 1824 vuelve a quedar señalada claramente la cuestión del regalo y llegada de estos paños a Sigüenza, pues se dice en ella que el Obispo Bravo de Salamanca donó “una colgadura de tapicería de Flandes que se comprara de 16 paños, los 8 de la Historia de Rómulo y Remo y los otros 8 de el Triunfo de las armas y las letras con el coro de las nueve musas, todas las colgaduras tienen figuras grandes y se pone en invierno en la Capilla Mayor, la regaló a esta Santa Iglesia el Ilustrisimo A. Brabo”.

Temas contenidos en los tapices

Unas cuantas líneas debe dedicarse a la descripción de los temas de estos tapices. Para saber de qué van. Muchas series que han salido de las imparables fábricas y telares flamencos llevan completas historias mitológicas, y otras relatos históricos, entre estas últimas quizás las más conocidas y espléndidas sean las de la Historia de la conquista de Africa por los portugueses, conservada en la Colegiata de Pastrana, y la de los Triunfos del Emperador Carlos, admiradas en los salones del palacio de La Granja. Aparte de otras espléndidas en el Museo Estatal de Arte de Bélgica.

En Sigüenza, la colección de tapices nos muestra una primera serie denominada como la “Historia de Rómulo y Remo”, y que nos muestra primeramente a Fáustulo, pastor de ovejas, encuentra a una loba amamantando a Rómulo y Remo, seguido de Fáustulo, pastor de ovejas,entrega los niños a su mujer para que los alimente y Faústulo presenta al rey a Rómulo y Remo para que los reconozca desde la cuna. Son los siguientes Una vez erigida Roma, Rómulo es coronado rey y Rómulo presenta un proyecto de leyes a Hércules. Y termina la serie con Los romanos raptan a las mujeres sabinas, Las mujeres sabinas reconcilian entre sí a los romanos y sus padres y Rómulo da muerte al rey Tacto y el sabino es exterminado.

La segunda serie de tapices está dedicada a las Alegorías de Palas Atenea. Comienza con Marte huye, Júpiter se alegra por el final de la guerra obtenido por Palas y la Paz, continuando con La recompensa de las armas, El triunfo y la gloria de Palas y la Paz y Los cobardes y perezosos son puestos en fuga por Palas. Después continúa con Palas y la Paz conducen a los esforzados al templo del Honor, La gloria de las musas estimuladas por la Paz, Los sacrificios divinos son restaurados por Palas y la Paz y Palas triunfante acompañada de las musas por el triunfo de las armas.

Descripción de los Tapices 

La serie de tapices que se va a exponer en estos días en la Catedral, ya limpios y consolidados, es la de la “Alegoría de Palas Atenea”. Se considera como fuente literaria principal del conjunto la “Iconología” de Césare Ripa, a excepción del paño “La gloria de las musas estimuladas por la paz”, que se conservó muchos años en la Sacristía de las Cabezas, que tiene su referencia principal en los relatos de  las “Metamorfosis” de Ovidio.

Ofrecen todos estos paños la  representación de las virtudes que la mitología atribuye a la diosa Palas, y que siempre se han considerado como lecciones de ejemplaridad cívica. Cada uno de los personajes es representado con sus clásicos atributos, lo que permite su fácil identificación. Quedan señalados más arriba sus títulos, y junto a estas líneas vemos algunas imágenes de los mismos.

Queda para una posterior actuación de limpieza, aun manteniéndose muy bien conservados, los ocho tapices de la “Historia de Rómulo y Remo”, esta inspirada en episodios de  la “Historia de Roma desde su fundación” de Tito Livio. Relata los primeros años de la fundación de Roma, hasta la lucha con los sabinos. Y sus títulos, que ya hemos reseñado anteriormente, hacen alusión a escenas de esa historia fabulosa relatada por el padre de los historiadores.

Autoría de los tapices

La clave de la autoría, muy nítida en estas series de paños seguntinos, está en las marcas que aparecen en la parte baja de los mismos, junto a sus cenefas inferiores. En las dos series aparecen cuatro cenefas diferentes, aunque del mismo estilo y con motivos muy similares: escudos, espadas, armaduras, flores y frutos. La bordura superior siempre aparece centrada por una cartela, en la que puede leerse una inscripción en latín que muy brevemente describe la escena representada y que por ello hace en este caso muy fácil su identificación. Todos los tapices llevan en su orillo inferior la pareja de letras BB (que significan Brabante-Bruselas) con un escudete en medio que identifca claramente la marca de la ciudad en la que han sido realizados, más los monogramas de los dos talleres en que se hicieron, famosísimos y prestigiosos en aquella época, segunda mitad del siglo XVII: son en concreto los de Ian le Clerc  y D. Egegermans.

Estos dos tapiceros pertenecieron a las más clásicas sagas de tapiceros de Bruselas, que llenaron la Europa barroca con sus producciones. Lo que todavía queda oculto es el nombre del artista que pintó los cartones que servirían de base a los tapices. La profesora García Calvo aventura un nombre, el de Charles Poerson, flamenco que vivió entre 1609 y 1667, o alguno de sus ayudantes y seguidores, todos ellos adscritos a un estilo barroco y sencillo a un tiempo, muy descriptivo y sin complicaciones técnicas, más pendientes de que la escena, las actitudes y los decorados sean perfectamente inteligibles, ajenos a novedades estilísticas.

La Exposición

Los próximos días 29 y 30 de julio se podrá disfrutar de dos “Jornadas de Puertas Abiertas” en la catedral de Sigüenza, para visitar la exposición de “La Anunciación” de El Greco, propiedad del Cabildo seguntino, en su nueva ubicación, la Capilla de la Concepción del claustro catedralicio. Y para poder admirar los ocho tapices flamencos de la serie “Alegorías de Palas Atenea”, en la gran sala contigua, convertida en Museo de los Tapices de la catedral. Estos ocho tapices han sido restaurados en los últimos meses en la Real Fábrica de Tapices de Madrid, bajo la supervisión del Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE).

Con esta dos exposiciones, organizadas por Sigüenza Universo Greco, entidad de la que forman parte el Cabildo y Ayuntamiento de Sigüenza, la Diputación Provincial de Guadalajara, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Fundación Ciudad de Sigüenza y la Fundación Martínez Gómez-Gordo, Sigüenza y su catedral se unen de manera singular a las celebraciones del IV Centenario del fallecimiento del genial pintor.