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Nueva visión de la Celtiberia histórica

Este es el libro que explica de forma total y contundente todo cuanto conviene saber sobre la Celtiberia histórica.

Este es el libro que explica de forma total y contundente todo cuanto conviene saber sobre la Celtiberia histórica.

El pasado día 11 de Noviembre, se presentó en Guadalajara, entre los numerosos actos del ciclo “Letras de Otoño” de la Diputación Provincial, la obra espléndida que ha editado el Museo Comarcal de Molina de Aragón sobre la Celtiberia en aquella comarca. Un acto sencillo en el que contamos con las palabras de Lucía Enjuto, diputada de Agricultura; de Juan Manuel Monasterio, responsable del Museo Comarcal molinés, y de las arqueólogas y autoras del libro María Luisa Cerdeño y Teresa Sagardoy.

Entre las apasionantes incógnitas que nos han ido quedando suspendidas en el aire, al recopilar datos y analizar memorias de un tiempo muy pasado, pero todavía por describir en su totalidad, como fueron los mil años anteriores al nacimiento de Cristo, vemos que por nuestra tierra pasaron muchas gentes, y muchas cosas.

Era ya tiempo de analizarlas con detenimiento, de volver a apasionarnos ante el eco de aquellas batallas, de aquellos ritos y ceremonias. La otra tarde visitaba con algunos amigos el Museo Arqueológico Nacional, en su remodelación del pasado mes de abril (una obra a la que sin duda hay que aplaudir, y visitarla a menudo) y pasé un buen rato en la zona de las culturas peninsulares prerromanas, en la que tantas cosas curiosas de los celtíberos de nuestro territorio se exponen. Por citar unas pocas: la espada ibérica de Guadalajara con su gran empuñadora de oro; los ajuares guerreros de Aguilar de Anguita, el enorme collar ceremonial de la necrópolis de Maranchón…

Celtíberos por las sierras del Ducado

En el libro que se nos ha propuesto recientemente, dirigido por la profesora Cerdeño, se tratan con pormenor todos los elementos y lugares en los que se encontraron esas piezas de museo. La Arqueología de los celtíberos comenzó a estudiarse en Guadalajara a principios del siglo XX. Aunque ya Joaquín Costa en 1887 se preocupó de analizar su organización política y religiosa, los primeros trabajos sobre Numancia se deben a Loperráez y los de de F. De Padua se dedicaron a Hijes. Pero fue don Enrique de Aguilera y Gamboa, marqués de Cerralbo (1845-1922) quien como erudito y mecenas trabajó durante años en nuestra tierra, desde Sigüenza a Molina. En este libro que comento, aparece un gran capítulo que habla de la evolución de las investigaciones y excavaciones de temática celtibérica en Guadalajara.

Otros capítulos nos hablan (todo en un lenguaje claro, didáctico y riguroso al tiempo) con detalle de la vida cotidiana de los celtíberos: de cómo eran los lugares en que vivían, desde pequeños castros en las alturas (la Coronilla de Chera, o la Cava de Luzón) hasta pequeñas ciudades como los Rodiles en Cubillejo de la Sierra, Castilviejo de Guijosa o incluso Segontia y Thytia (Sigüenza y Atienza). Somos hoy, todavía, en buena medida herederos de los celtíberos.

Encontramos datos de lo que producían, explotaban y comerciaban: desde la sal, hasta la minería, los tejidos, la gran tarea de la cerámica, llegando al análisis, apasionante, de las costumbres funerarias y las creencias. Los celtíberos practicaban la incineración, y sabemos que el lugar donde se practicaba era el ustrinium, fuera de la necrópolis, donde se quemaba el cadáver, vestido y adornado, y envuelto de gran cantidad de leña de pinus silvestris, para que ardiera completamente, dejando luego las cenizas introducidas en tumbas, o en cerámicas, con ofrendas adjuntas.

También de la indumentaria se nos habla, de las armas (los ejemplos que hemos visto en el Museo Arqueológico Nacional son parte de las miles de piezas halladas… entre ellas las espadas de antenas, los puñales, las enormes falcatas, las puntas de lanza metálicas… y los dólmenes como conjuntos funerarios de gran envergadura.

La lengua y la escritura celtibérica 

Un capítulo fundamental, de algo que aún está en ciernes de su conocimiento completo, es el dedicado a la lengua y a la escritura de los celtíberos. Por supuesto que hablaban entre sí, como hacen los humanos desde hace miles de años, con un código emitido por la laringe y modulado por la boca y la cara con el que se han expresado los sentimientos más profundos y las ideas más abstractas. Pero los celtíberos era “ágrafos” en sus primeros siglos, no escribieron nada ni usaban códigos de escritura, hasta sus últimas etapas en las que adoptaron la escritura ibérica levantina y posteriormente los caracteres latinos.

Las autoras de este libro titulado “Los Celtíberos en Molina de Aragón” nos dicen que se han encontrado un centenar de ejemplos en los que aparecen escrituras celtibéricas (monedas, cerámicas, bronces, téseras…) formando un conjunto que supera todo lo que de escritura celta hay en Europa. Eran, pues, los celtíberos muy dados a usar mensajes escritos, aunque hayan quedado pocas huellas. La lengua celtíbera (celta de origen indoeuropeo, muy antiguo, pero con una gran carga de conceptos) se expresó a veces en esos mensajes escritos con signos ibéricos levantinos, que, curiosamente, hemos podido comparar recientemente con la grafía de los amazighe (los hombres libres del desierto bereber) que se sigue utilizando en las tierra orientales del vecino reino de Marruecos.

El Bronce de Luzaga 

Vuelve este libro a tratar del bronce de Luzaga, de su importancia histórica y de su aparición y pérdida en unos cuantos años del siglo pasado. Largo se ha escrito, especialmente en aquella apasionante Historia de Luzaga que escribió hace años don Eusebio Gonzalo Hernando, sobre el tema. Aquí leemos que, en opinión de las autoras se trata de un contrato de hospitium, una costumbre social celta por la que una persona ajena era aceptada en una comunidad, o un grupo ajeno por otro gran grupo- Este bronce es un pacto de hospitium, firmado entre varias ciudades de la zona: Lutia (Luzaga) una de ellas, añadiéndose el nombre de un notario, testigo, etc.

El mejor ejemplo de la escritura celtibérica es el Bronce de Botorrita (Zaragoza) y el Bronce de Luzaga, más las monedas, las de la ceca de Sekaisa, o Segeda “la grande y poderosa ciudad de los belos” cerca de Calatayud, habiéndose encontrado muchas monedas de esa ceca por el norte de Guadalajara.

El último capítulo de este libro apasionante esta dedicado al “Patrimonio cultural celtibérico” y se refiere a la serie de excavaciones y yacimientos que se han ido dando a conocer, cuando no se han diseñado para su visita y disfrute por parte del gran público. Esa puesta en valor del acervo arqueológico es algo necesario y que poco a poco se va haciendo, aunque últimamente ha sufrido un frenazo. El castro del Ceremeño en Herrería (Molina) es un magnífico ejemplo de lo que puede y debe hacerse con este tipo de yacimientos. A mis lectores les recomiendo que, para entrar aún más de lleno en este mundo de nuestros ancestros, empiecen por ahí, por subir (es muy suave la cuesta) por El Ceremeño de Herrería, a pocos kilómetros antes de llegar a Molina.

El libro presentado

Con el título de “Los Celtíberos en Molina de Aragón. Los pueblos prerromanos de la meseta oriental”, y editado por la Asociación de Amigos del Museo Comarcal de Molina de Aragón, cuenta con 162 páginas de agradable lectura.

La profesionalidad de las autoras garantiza esta obra, que se constituye en la mejor obra de referencia que hasta ahora se ha publicado sobre el pueblo celtíbero en el área de la derecha del Ebro, y más concretamente en las altas parameras de la actual comarca (antaño Señorío) de Molina de Aragón.

Tal como dice en su presentación don Juan Manuel Monasterio, coordinador del Museo Comarcal de Molina de Aragón, y persona que dedica todo su empuje al rescate de la memoria arqueológica de esta remota zona de la España profunda, el libro destaca por su rigurosidad, presentación didáctica y amenidad.

Un Prólogo del profesor Burillo Mozota, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza, pone en valor la obra, que es una aportación rigurosa y a la vez divulgativa sobre ese apasionante periodo, esa sociedad y esas huellas de lo que conocemos como Celtiberia, y que algunos quieren considerar como la esencia de España, la raza antigua y genuina de la “piel de toro”. En Molina de Aragón asentó esta “cultura” con toda su pureza, y lo que hoy podemos encontrar como remotos restos, aún nos impresiona y nos plantea nuevas incógnitas.

Quizás sea lo más importante de esta obra la capacidad de sintetizar y estructurar en capítulos y apartados concretos todo el inmenso saber que ya existe acerca del pueblo Celtíbero. Los planos clarificadores, los esquemas, los cientos de fotografías de piezas, explicadas y clasificadas por tipos… todo colabora a hacer de esta obra un elemento imprescindible para entender el mundo prerromano en las tierras de Molina y la cultura celtibérica y su forma de vivir en el contexto general que este pueblo ocupó en la Península Ibérica.

Es de agradecer la dedicación que la Asociación de Amigos del Museo Comarcal de Molina de Aragón, siempre con el empuje incansable de su coordinador don Juan Manuel Monasterio, ponen en la divulgación de la Historia Antigua y la Prehistoria, en esta amplia comarca de nuestra tierra castellana. La información veraz y asequible es la mejor forma de conseguir que el ambiente cultural cuaje definitivamente y nos permita no solo conocer, sino amar y respetar nuestro legado patrimonial. El libro de las profesoras Cerdeño, Sagardoy y Chordá es uno de esos elementos que lo consiguen plenamente.

El arte en la vida del Marqués de Santillana

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Marco, ruta y significados vitales del Marqués de Santillana

A lo largo de la semana que viene, tengo el honroso compromiso de dar dos conferencias en nuestra ciudad. La primera, el martes 18, en el nuevo Archivo Histórico Provincial, sobre el tema “El Greco y Guadalajara”. La segunda, al día siguiente, el miércoles 19, en la Biblioteca Pública Provincial del palacio de Dávalos, sobre la figura de Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, inaugurando un ciclo sobre personajes literarios de nuestra tierra. A mis lectores habituales invito especialmente a estos actos, en los que espero que junto aprendamos nuevas cosas.

Ahora quiero recordar uns parte, no la menos importante, de la vida y actitud ante ella del marqués de Santillana. Si su peripecia vital la divide entre las dificultades de mantener vivo su patrimonio, de forjar y continuar un puesto en la política castellana, de hacer la Guerra con el debido decoro, y de servir de introductor en la vertiente literaria al Renacimiento que, como amor a lo antiguo, llega desde Italia, al final está, aunque no es lo último, su querencia por el arte, manifestada en una serie de vertientes que quiero recordar ahora.

El Arte como decorado

Durante la Baja Edad Media, la actitud frente al arte es muy diferente a la que siglos después, y por supuesto actualmente, se ha tenido. En una síntesis de urgencia, podrían esbozarse cuatro cultos que se quieren rendir con la producción artística: el culto a la personalidad, que viene a cuajar en retratos, escudos heráldicos y detalles alusivos a personajes concretos; el culto a la muerte, que se refleja en enterramientos de diverso tipo; el culto a la fama, con elevación de palacios y profusa decoración en elementos muebles de todo tipo, y el culto a la piedad religiosa, que se concreta en la construcción de iglesias, altares, etc. Para todos estos cultos, tiene el marqués de Santillana su idea concreta, y quizás sin proponérselo, elabora una serie de obras de arte que van a servir de decorado a su magnificencia, y expresarán con mayor insistencia, su significado vital

La personalidad

El culto a la personalidad lo desarrolló en el retrato que mandó hacer, de sí y de su mujer Catalina Figueroa, en el retablo del Hospital de Buitrago. Cuidó de encargar ese trabajo a uno de los más exquisitos artistas del momento: el maestro Jorge Inglés, quien supo dar no solo el detalle fiel de unos ropajes, de una fisonomía, sino el auténtico espíritu del caballero: inquisitivo, atento, inteligente, con la mirada inquieta, y suave al tiempo, de quien observa y quiere ser observado. Una feliz manera de dejar a los siglos su nombre y su imagen: de vestir en decorado su vida transitoria.

La muerte

Para la muerte tuvo el marqués un especial cuidado en hacer algo digno de su persona. Un hombre como él, que al decir de sus biógrafos estuvo siempre preocupado y atento al tránsito final, puso un énfasis especial en preparar su morada definitiva. Fue su padre el Almirante Diego Hurtado quien puso las bases de una gran capilla funeraria para el linaje mendocino, en la capilla mayor o presbiterio de la iglesia monasterial de San Francisco. Un incendio a finales del siglo XIV deshizo lo ya realizado, y así el marqués don Iñigo tuvo que levantar de nuevo este recinto, en el que, suponemos, pues ninguna noticia concreta o descripción nos ha llegado, colocaría enterramientos ostentosos para él y los suyos. Quizás alguna estatua yacente, quizás pinturas… el caso es que en la capilla mayor de San Francisco quedó su cuerpo, bajo enterramiento majestuoso y digno.

La fama

Para el culto a la fama desarrolló la construcción de algunos palacios: sabemos que mejoró mucho sus viejas casonas mayores de la colación de Santiago en Guadalajara. No se conoce descripción de ellas, pues unos veinte años después de su muerte, su nieto Iñigo las derribó por completo para levantar el actual palacio ducal. Sí se preocupó, siempre, de rodearse de joyas, telas preciosas, estandartes y decoración lujosa que aumentara la autoridad de su persona. Incluso en los libros que fue poniendo en su famosísima librería, su escudo de armas, tenido de ángeles, figuraba en cada página, miniada por legión de copistas.

La piedad

Su piedad, en fin, fue cultivada y cuajó también en obras de arte. Sabemos que encargó tres altares para la iglesia del hospital que fundó en Buitrago. En uno de ellos, el de los Angeles, puso una imagen de la Virgen comprada a un mercader de Medina. También sabemos que mandó traer de Flandes otra imagen para el monasterio de Sopetrán. Aquí, en las cercanías de su villa de Hita, favoreció siempre la construcción del cenobio benedictino, en el que lucieron espléndidas las formas del último gótico. En Guadalajara también promocionó obras arquitectónicas para la religión: conventos de San Bernardo, de Santa Clara, de San Francisco. Era, en definitiva, el inquieto latir de don Iñigo puesto en cada parcela de su vivir: en este caso, la tarea artística, como complemento visual a su inquietud permanente. Como decorado de una obra que se sabía protagonizando.

La Ceremonia como una de las bellas artes

La época de don Iñigo acoge toda ceremonia como clave de un prestigio. En el Arte Cisoria de Enrique «el Nigromante» se especifica cómo debe presentarse el pavo en las mesas regias: la cola puesta en ruedo, con mantellina al cuello, de paño de oro de tercenel en el que las armas del Rey son pintadas. Un apresto de tal categoría, sólo cumple a una gastronomía real; es un signo de autoridad y preeminencia. Todo cuanto se hace en la sociedad bajomedieval castellana es tendente a resaltar, con la ceremonia, la calidad de la persona. Cuando don Alvaro de Luna, en 1422, fue elevado a la categoría de Condestable de Castilla, organizó una fiesta en la que todos los cavalleros e escuderos e pajes de la casa en la qual había muchos fijos de condes e de grandes omes e personas prencipales, procuraron salir mui ricamente vestidos e arreados a las fiestas e justas e servir mui nueva e apuestamente en todos los otros entremeses: alli fueron sacadas ropas muy ricas, que el Condestable habia dado a todos ropas de seda, e alli salieron bordaduras e invinciones de muy nuevas maneras e muy ricas, e collares e cadenas e joyeles de grandes prescios …

Igualmente hace, en años posteriores, el marqués de Santillana: todo acto público que realice, será una ceremonia que procure la atención de los demás, intentando en todo caso elevar su acción a «cosa memorable».

Así, cuando acudió con su familia, en 1433, a las Cortes de Madrid, hizo el viaje en comitiva de extraordinario fasto, obsequiando al rey con un torneo en el que fue mantenedor, construyendo un palenque circuído de adornadas galerías, cuajadas de tapices y reposteros, añadiendo bandas de ministriles, músicos y pajes, que aclamaban a los justadores, entre los que se encontraban el condestable Luna y varios hijos del marqués de Santillana.

Aún más sonada fue la fiesta, de varios días de duración, que dio en Guadalajara cuando casó, en 1436, a su hijo primogénito Diego Hurtado con la sobrina del Condestable, Brianda de Luna. El mismo rey Juan II asistió al festejo, que se desplegó por calles y plazas de la ciudad, donde corrió el vino sin parar, se sirvieron manjares a todos, se hicieron juegos de toros, torneos caballerescos, danzas nocturnas, mascaradas y simulacros guerreros, mas una «mesa franca» con fuentes de vino en la que el pueblo todo de Guadalajara constató (pues en definitiva era eso lo que se buscaba) quién era el señor de todo aquello.

Para el epílogo de cualquier acción guerrera, el marqués reserva una buena dosis de ceremonia, hasta el punto de que una victoria ‑en la guerra civil o en la de los moros‑ no tiene sentido si no va seguida de su correspondiente espectáculo, como parte integrante de un ciclo ritual: «batalla‑celebración». Tras la victoria de Huelma, la entrada de estandartes y banderas se hace con arreglo a unas fórmulas dictadas por don Iñigo. Igualmente, al terminar la batalla de Olmedo, y obtener del Rey el título de marqués de Santillana, se celebra en Burgos una ceremonia de inusitada magnificencia, cuya descripción nos la refiere Hernando Pecha con todo detalle, aunque aquí no hay espacio para transcribirla. No me resisto, sin embargo, a copiar las líneas en que Iñigo López recibe del rey Juan, a título personal, el de marqués de Santillana:

Hizo el Rey preparar muchas fiestas, aderezóse una sala grande en el Palacio Real de Burgos, colgóse toda con paños de brocado de tres altos con su dosel rico debajo del cual estaba el solio y silla del Rey y su Magestad sentado acompañado de toda la corte. Llegó Iñigo López de Mendoza armado con peto y espaldar, hincóse de rodillas, a los pies del Rey, cercáronle los Reyes de Armas con sus cotas e insignias, los Ricos‑Hombres y grandes de Castilla a la redonda; Gonzalo Ruiz de la Vega hermano de Yñigo tenía el Pendón de puntas con las armas de Mendoza, arrimado al Rey puesto en pie. En esto, un Rey de Armas a grandes voces comenzo a decir: ‑‑Nobleza, Nobleza, Poder y gran Estado; sepan todos como el Rey nuestro Señor, por sus servicios y méritos, ilustra y haze merced de Marqués de Santillana y Conde del Real de Manzanres a Yñigo López de Mendoza. Entonces el Rey le armó caballero y le ciñó la espada y púsole de su mano el estoque de marqués. Acabó aquello, como no podia ser de otra manera, con un espléndido banquete.

Y al fin, como ejemplo de esta exaltación del arte, en lo material y en personal, cabe recorder aquí uno de los momentos más cavilosamente preparados por don Iñigo, concretamente el de su muerte, meticulosamente preparado y establecido como ceremonia ritual. Cara a esa posteridad, a esa trascendencia en los otros que, como hombre del Renacimiento, sabía que tenía certeza de su existencia, Iñigo López organizó todo un «espectáculo» que fue luego cuidadosamente transcrito por su secretario y admirador Pero Díaz de Toledo. Se esfuerza este en mostrar el tránsito del marqués como una ceremonia digna, cuajada de mensajes morales, transmisora en resumen de toda una imagen vital. Le recuerda que nuestra vida es una peregrinación y viaje. Reproduce en su obra un hipotético diálogo entre el autor y el moribundo. Este, en un arrebato final de efectismo, decidió desvelar el misterio de su insignia heráldica: era este una celada, y en esa hora de la cercana muerte, tomando una vela entre las manos dijo: Dadme esa candela; vamos a descubrilla. Y dirigiéndose al doctor Pero Díaz de Toledo, añadió sobre su misteriosa empresa, que desde su juventud usara en ceremonias, batallas y torneos: Por quanto en algunos passados me preguntastes que qué propósito me avía movido a traer por mote las palabras que en mis reposteros e banderas he traydo todo el tiempo passado de mi vida, et yo non vos respondí, nin declaré mi propósito a otro alguno, ante ha seydo opinion de todos los mas que me lo han visto que yo lo traía por la vanidad del mundo: e la verdad es que mi proposito e entencion siempre fue teniendo gran esperanza en Nuestro Señor Dios que avría misericordia de mi, yo tomé por devoción, por tener continuamente en mi memoria a Nuestra Señora, de traer este mote Dios e Vos; entendiendo por aquel Vos a Nuestra Señora et queriendo desir que la misericordia de Dios e la devocion de Nuestra Señora e su intercesion e ruego me avían de traer en camino de salvación. La escena, en una estancia de su palacio de Guadalajara. Era el 25 de marzo de 1458. Así acabó la vida de este gran hombre, repujada en oros, gules y sinoples, trompeteada en almenas y descrita por los cronistas que a lejos llegaban, a este siglo nuestro, tan descreído. Hasta él ha llegado su memoria. Quizás porque no lo hizo tan mal…

En el centenario de Avelino Antón

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Anteayer miércoles 5 de Noviembre se ha cumplido el Centenario de uno de nuestros más queridos y entusiastas escritores de Guadalajara, y de este periódico, [la] “Nueva Alcarria” en concreto. Ese aniversario, redondo y magno, que hubiera sido feliz con él en vida, se hizo imposible tres semanas antes, el 13 de octubre, en que nuestro admirado amigo murió, en las puertas de lo que muy pocos alcanzan, lúcidamente: el centenario de su nacimiento.

No ha podido ser, cantarle el “Centenario feliz”, pero al menos sabemos que se ha ido con la conciencia tranquila de haber servido a su comunidad, a sus paisanos, durante años y años de recto convivir, y aún de disfrutar en las tareas con las que pasó sus días, que fueron exactamente 32.500, repartidos entre la villa de El Casar, donde nació, la ciudad de Asturias, y esta Guadalajara en la que quedó para siempre, y donde ha muerto y ha sido sepultado.

Como de vez en cuando aparecen por aquí las memorias de quienes hicieron algo perdurable por su tierra, en esta ocasión no quiero que pase desapercibido este centenario, aún a cuenta de juntarse en el tiempo la despedida y la celebración.

Avelino Antón ha sido conocido por muchos guadalajareños, porque ha estado en esa avanzadilla de la sociedad que es la enseñanza. También en el periodismo. Ha estado mucho tiempo en primera fila, más de lo que una carrera política, por apegada que sea a la reincidencia, puede permitirse. Incluso en política estuvo, pero poco tiempo, en el anterior régimen, de concejal. Haciendo lo único que él sabía: ayudar a sus vecinos. De Avelino Antón podría decir ahora muchas cosas, porque le admiré y él me admitió entre sus amigos. Pero de lo que estoy seguro es que deja un buen sabor de gusto en esta ciudad que no es propensa a llevarse pasteles a la boca, ni en este ni en ninguno de sus tiempos anteriores.

Nacido en un pueblo de la Campiña, en El Casar [de Talamanca entonces], el 5 de noviembre de 1914. Con apellidos muy de allí (el Antón y el Auñón forman parte del acervo secular de aquel viejo casar que heredó nombre de los árabes y estuvo siempre avizorando el valle ancho y riente del Tajuña.

Muy joven aún pasó a vivir, y a estudiar, en Oviedo, donde su padre ejerció de ordenanza en un instituto. Al trasladarle a Guadalajara, a ese mismo puesto de ordenanza, en el de Enseñanza Media que aún ni siquiera se llamaba de Brianda de Mendoza, la familia quedó de por vida en esta ciudad, viviendo primero frente al Hotel España, y luego tras la Guerra en las casas de la hoy calle de Cifuentes, frente a lo que entonces era el Campo de Fútbol del Productor.

Cursó la carrera de maestro en la Escuela Normal y empezó enseguida su carrera de enseñante, que duró 49 años. Llegó a ser maestro y director en el Colegio Cardenal Mendoza, lo que entonces se conocía como “El Banco” y luego pasó a la Escuela de Maestría, cuando se abrieron las enseñanzas “laborales”, jubilándose allí, cuando el centro se titulaba Instituto Politécnico. De cualquier modo, -porque los nombres no marcan a las cosas-, Avelino Antón fue siempre un docente apasionado, dedicado, consciente de que tenía entre manos la formación de sus alumnos, la enseñanza en su más amplio sentido. Y de ahí que ahora, al morir, y al recordar el centenario de su nacimiento, muchos alcarreños que le conocieron, ya talludos le mentan como “su profesor”, un hombre que les mostró caminos y por eso no pueden olvidarle.

De su intenso trabajo, cabe recordar cómo daba clases particulares a los alumnos del Instituto y hacía aparatos de radio y televisión en un pequeño taller de electrónica, en el que además reparaba los estropeados. Es afición ya le venía de cuando, poco después de la Guerra Civil, trabajó en el estudio de Tomás Camarillo, donde hacía las facturas y era su conductor.

Al jubilarse, se enroló en las clases de la Universidad para Mayores que organizó la Universidad de Alcalá aquí en Guadalajara, y al diplomarse en Humanidades fue sin duda el más veterano de los que recogió el título, con más de 90 años a las espaldas. Por entonces, y aún más recientemente, aprovechaba los sábados por la mañana para irse a Madrid, él solo, en el tren, y visitar las exposiciones culturales de la capital de España. De todo sabía, todo le interesaba, a todo llegaba a través de los dos ordenadores que tenía en su despacho, uno para escribir, otro para recibir información por Internet, disfrutar de películas, editar sus fotos… ¡como un chaval!

De su paso por el Instituto recordaba a diversas personalidades, que fueron amigos suyos: a Buero Vallejo, entre ellos. Viajó mucho, y entre otras cosas dedicó mucho tiempo y energías a presidir la Asociación Provincial de Enfermos de Diabetes, procurando que la atención a estos pacientes fuera perfecta, dándoles cursos, información y facilidades para cuidarse, como él mismo hacía.

Su trabajo fue recompensado con diferentes premios como la Cruz de Alfonso X el Sabio al Mérito Docente (que es Cruz que se da a muchos maestros, y maestras, pero no a todos…), la Cruz del Servicio Español de Magisterio al Mérito Docente, fue secretario provincial y luego socio de honor de Unicef, premio especial de la Asociación de la Prensa de Guadalajara y Popular Especial de Nueva Alcarria en el año 2002. Pocas cosas para lo que él hubiera merecido. Pero Avelino Antón, educado y ceremonioso, rayano en la perfección del comportamiento social, sabía que esas son medallas que uno arrastra, antes o después a la tumba. O ni siquiera allí, porque se quedan guardadas en algún cajón despistado del que sus hijos o nietos lo sacarán más adelante con sorpresa, y entre algunas lágrimas. Antón sabía que el mejor premio es siempre el afecto de los demás, y la mejor herencia, el recuerdo afectuoso de quienes le conocieron.

Empezó a manejarse en el periodismo poco después que se creara Nueva Alcarria, del que conmemoramos el pasado mes sus 75 años de vida. Él inició sus colaboraciones de la mano de su amigo, docente como él y entonces director de “Nueva Alcarria”, Antonio Delgado, que le pidió que escribiese alguna colaboración para el periódico.  A partir de entonces, se dedicó a realizar reportajes sobre la ciudad, encargándose de las secciones cultural y religiosa, durante los años difíciles de la Dictadura.

Durante muchos años se encargó de la sección “Vida Local”, en la que incluía los natalicios, matrimonios y defunciones que recogía puntualmente de los diferentes registros., y que sin duda eran de las páginas más leídas de un periódico, con las características de hondo localismo que tenía el nuestro. Más adelante, muy aficionado a la fotografía, mejorando siempre las máquinas que portaba y manejaba a la perfección, se encargó de hacer las fotografías para ilustrar el semanario.

Hubo una época en la que Avelino Antón se dedicó a hacer amplios reportajes sobre las empresas, industrias y desarrollos comerciales que se estaban implantando en Guadalajara, en los años del desarrollismo, cuando la ciudad multiplicó por tres su población, se levantaron los polígonos residenciales del Balconcillo, y se abrieron y llenaron de actividad los polígonos industriales del Henares y Balconcillo. Con esos reportajes, la Cámara de Comercio en su centenario le concedió un Premio (de 100.000 pesetas!) y se publicó un libro que reflejaba esa actividad a través de los artículos publicados previamente en “Nueva Alcarria”. Lo tituló “Guadalajara, provincia industrial”. Eran tiempos de optimismo, sin duda.

Un hecho sencillo le retrata bien: tanto amaba a su tierra, que guardaba los periódicos de la misma, y los encuadernaba. De tal modo, que llegó a tener una colección de “Nueva Alcarria” aún más completa que la de la propia editorial. Y fue tan magnánimo, que en 1996, donó su querida colección, su tesoro, a la Diputación Provincial, para que se guardara en la Biblioteca de Investigadores de la Provincia, y sirviera de ayuda a los historiadores y curiosos que necesitaran leerla. Hay una fotografía que acompaña estas líneas en la que se ve al maestro Antón, entregando esta colección a la diputada de Cultural, Carmen Plaza Castro, y al jefe de los servicios culturales, Plácido Ballesteros San José.

En el recentísimo libro que nuestro periódico ha publicado con motivo del 75 aniversario de su existencia, Avelino Antón ha publicado su último artículo en el en el que hace repaso de su vida y vinculación al periódico. En él recuerda cómo conoció el semanario desde sus orígenes “cuando se hacía en la imprenta letra a letra, tipo a tipo” y su relación con las diferentes personas que han marcado su historia. Esa historia del periódico que ha vivido a través de la suya Avelino Antón, casado que fue con María Ávila Carrasco, padre de ocho hijos, abuelo de once nietos y bisabuelo de cinco biznietos.

Todos cuantos le hemos conocido, todos cuantos han escrito ahora de él, por su muerte y centenario parejos, coinciden en una cosa, y no es cuestión de repetirse: que fue un hombre bueno, un hombre trabajador, un ciudadano ejemplar, y que aun sabiendo que la vida tiene un límite, vidas como la de Avelino Antón deberían prolongarse durante muchos más años, durante siglos, como ejemplo permanente de lo que el ser humano debe ser. Un largo aplauso aquí, y un emocionado recuerdo.

La obra escrita de Avelino Antón

El libro que publicó Avelino Antón en 1991 constaba de 190 páginas en las que tienen acogida la información escrita y fotográfica sobre 80 empresas de nuestra provincia, entre las que aparecen algunas tan grandes como la Centro de Trillo, o tan entrañables como el Taller de Peletería de Eusebio Martínez de Almoguera; y desde la magna obra de Juan Santos con sus Transportes Internacionales a la fábrica de hielo y gaseosas “La Industrial”. Su título es “Guadalajara, provincia industrial” y aparecía impreso en Gráficas Nueva Alcarria (otra de las empresas estudiadas) con prólogos de Adrián Piera, Ramón Silgo y una introducción del propio Avelino Antón. Una obra, en definitiva, que marcaba el pulso de Guadalajara en 1991, cuando alcanzaba sus días de mayor dinamismo industrial y social. Desde entonces, poco a poco, todo ha ido viniendo a menos.

En Atienza, fiesta y vida

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Un aspecto del Centro de Interpretación de la Cultura Tradicional, en Atienza.

Hace pocos días, y acompañados por José Antonio Alonso Ramos, alma mater de la casona que lo alberga, visitamos el viejo enclave de la “Posada del Cordón” de Atienza, ahora nuevo “Centro de Interpretación de la Cultura Tradicional de Guadalajara”. Se le queda pequeño el nombre a lo que en realidad es un Museo con todas las de la ley, un gran espacio que nos muestra resumido lo que sobre la vida tradicional y la cultura popular debe saberse en Guadalajara.

En dos pisos, un gran espacio central abierto, un patio trasero, y una oferta múltiple de ámbitos y rincones, el viajero se encuentra, y se sorprende, con este Centro de Interpretación. Después de haber sido caserón gótico al que los siglos fueron empujando hasta vencerle, luego residencia de mayores, y más adelante un espacio sin futuro, la Diputación Provincial de Guadalajara certó cuando pensó en darle un destino cultural, pues eso lo ha revitalizado, le ha hecho sacar pecho, y le ha dotado de una capacidad didáctica que tiene que ser aplaudida sin ambages.

El viajero se va a encontrar en sus salas, anaqueles, cartelones y vitrinas, con piezas, reproducciones y revitalizaciones de antiguas esencias. Desde su entrada, el espacio de este Museo de la Tradición de Atienza se estructura en ocho apartados que, si los vemos por orden, nos van a dar la dimensión del vivir de ayer, guiado por las muestras que se conservan, materiales auténticos que surgen del barro, de la madera, del metal más sencillo, de los telares más primitivos. En esas ocho secciones vamos a encontrar muchas curiosidades de la vida antigua e íntima de nuestros abuelos.

Son estas: 1º La identidad; 2º el Medio natural y la arquitectura típica de cada comarca; 3º el ciclo anual regido por las estaciones meteorológicas, y por las fiestas y sus ritos; 4º La espiritualidad que nace de las creencias; 5º El ciclo vital del hombre y la mujer; 6º La vida cotidiana en los hogares sencillos de los pueblos; 7º Las artes populares, y la comunicación; t 8º la actividad económica, las artesanías y las técnicas cotidianas para hacer la vida más fácil.

Son en total más de 600 piezas (desde trajes completos de fiesta hasta las mínimas tabas o huesos de cordero con los que los niños jugaban en las plazuelas) las que componen este gran Museo, bien organizado, bien documentado y mejor dispuesto.

Calabazas iluminadas

Nos encontramos en el último día del mes de octubre, esperando que llegue la noche del uno de noviembre, esa fecha que encierra mágicas resonancias en todo el mundo, y desde siglos. El Halloween norteamericano parece quedarse ahora con la exclusiva de estas celebraciones, y la actividad comercial en torno a él ha llegado a mixtificar su sentido, que ya no se le reconoce ni aunque se le mire por el forro.

Sin embargo, la fiesta ha tenido en todas partes del mundo (en el Hemisferio Norte solamente) un sentido muy claro, el de abandonar el verano y recibir al invierno, el de saber que la época de oscuridad, con los días cortos y las noches largas, se nos viene encima, con su carga de misterio e inquietud. Sabemos que ya nuestros antepasados los celtas (y los grupos de ellos surgidos, como los celtíberos, nuestros “primeros padres guadalajareños”) encendían esta noche un fuego especial, el “padre de todos los fuegos”, a partir del cual se tomaban llamas y ascuas para encender todos los fuegos del territorio. Se asaban castañas sobre una gran hoguera, y se bailaba en torno a la luminaria que ardía y chisporroteaba toda la noche. Noches largas iluminadas por el fuego, esencia de la vida humana, junto con el agua.

El “samahain” era esta fiesta de origen celta que suponía un saludo a un nuevo tiempo, el invierno, a un tiempo en el que se producía más fácilmente la comunicación entre los vivos y los que habían cruzado la frontera de la muerte, pero que posiblemente seguían vigilando, enterándose de lo que pasaba en el mundo, entre los suyos.

Eran fiestas de danzas y transformaciones, de disfraces, de máscaras, en las que se aludía a los orígenes [míticos] de la comunidad y se hacía afirmación de la conciencia de que el mundo venía de muy lejos y seguiría vivo por siempre. La fiesta se celebra especialmente en los territorios donde habitaron los celtas (Irlanda, Galicia, Gales, Bretaña…) pero también en sus adyacentes territorios de Europa, de la península ibérica, de las islas británicas, de la Europa atlántica.

También los romanos, tan dispuestos siempre a apoderarse de tierras, gentes y costumbres, celebraban las Saturnales. En esos días de principios del mes nono, se abrían los agujeros de la tierra y por ellos salían resucitados antiguos conocidos, seres de pesadilla, almas livianas, cuerpos antiguos ya enterrados y amortajados, muertos vivientes. Y todos ellos comían, en alegre bacanal y banquete, de los platos que sus deudos dejaban junto a las tumbas.

En otros lugares de la Península, como Cataluña, se celebraban las “castañadas”, en la Andalucía de las Alpujarras la “mauraca” y en toda Galicia el “magosto”: siempre en la noche, siempre junto al fuego, siempre pendientes de que aparecieran los muertos, con la precaución de no ser tocados por ellos.

 La Noche de Ánimas den Guadalajara

En el Museo de Tradiciones Populares que acabamos de visitar en Atienza, nos llaman la atención casi a la entrada dos enormes calabazas agujereadas en las que se han abierto orificios que semejan un rostro humano, dejándolas huecas para en su interior meter una vela y así colgarlas de árboles o ponerlas en rincones del pueblo, o de las casas, y asustar a todos. Las vemos junto a estas líneas, son “calabazas de museo” pero nos traen vivo el recuerdo de otros tiempos, cuando como en Trillo se ponían, en la cuesta que del puente sube a la plaza de la iglesia y el Ayuntamiento, en los recovecos de los pedruscones de los cimientos, y a las chiquillas se las provocaba el susto del año.

También en Huertapelayo creían, como en toda Castilla y Galicia, que esa noche de Ánimas volvían los espíritus de los muertos, las almas “en pena” a vagar por los lugares donde vivieron. En un magnífico artículo titulado “Mitos y leyendas terroríficos: del mundo rural a la tradición urbana”, publicado en la “Revista de Folklore en el año 2000, pp. 87-99, la estudiosa del costumbrismo María Pilar Villaverde Embid nos relata cómo en Huertapelayo se hacía una gran hoguera, que concentraba a buena parte de los habitantes en su torno, mientras otros hacían sonar las campanas de la iglesia, y esperaban cualquier movimiento extraño en las puertas o en los batientes de las ventanas. Las criaturas se asustaban continuamente al ver en los rincones de la aldea las calabazas huecas y talladas con forma de rostro, iluminadas por dentro con una vela. Con esas calabazas lo que se pretendía era asustar a las almas de los difuntos para que no entraran en las casas ni vagaran por el pueblo. También se tapaban las cerraduras con gachas, para que ni por ahí entraran.

A la noche siguiente, la del uno al dos de noviembre, la noche de los difuntos, todos en el pueblo se dedicaban a tapar las cerraduras con gachas. Esto se ha estado haciendo, hasta no hace mucho tiempo, en las sierras del centro de España, en las del Alto Tajo, Cuenca, Teruel y Valencia.

Como ahora ya no se le tiene miedo ni a los muertos ni a los resucitados, pues esta costumbre ha decaído, o se plantea en forma de broma. Lo demás, la importación de espíritus yanquis (a los que no falta la tradición remota de estas creencias célticas) a base de fiestas, disfraces sanguinolentos y alcohol, mucho alcohol… es de todos conocidos. Ya mejor no opino

Más datos de este Centro de Interpretación

Está ubicado en la antigua Posada del Cordón, en la localidad serrana de Atienza, situada a unos 85 kilómetros al norte de Guadalajara capital. Aunque tiene pensado dedicar sus espacios a exposiciones temporales o monográficas, y a ser centro y eje de actividades relacionadas con la vida tradicional, como ocurrió el pasado día 25 en que vivió una jornada de evocaciones guiados por el analista de lo popular, el etnógrafo Joaquín Díaz, realmente la esencia del centro se centra en esos más de 40 paneles informativos, el vídeo introductorio, y las siete pantallas interactivas en las que pueden verse noticias de todos los pueblos de la provincia, bailes y cantos recogidos, procesos artesanales, fiestas tradicionales, etc.

Además, el Centro de Cultura Tradicional de Atienza se ofrece para asesorar y facilitar documentación sobre el Patrimonio Etnográfico de Guadalajara, a investigadores, centros de enseñanza, asociaciones culturales, grupos de música y danza y otras entidades.

Los horarios de apertura son los sábados, mañana y tarde (de 11 a 14 y de 16 a 18:30 h.) y los domingos y festivos de 11 a 14 h. Se nos hace un poco corto ese horario, porque habría que dar facilidades a cuantos viajeros se acercan a Atienza, en otros días u horas de la semana, para que lo puedan admirar. En todo caso, el Centro de Interpretación se ofrece también para realizar visitas guiadas para colegios, grupos culturales, etc, contactando antes con ellos, en el 949 399 293.

Memorias monjiles de El Toboso

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Interior del Museo de las Trinitarias de El Toboso, un lugar cuajado de recuerdos, y de arte.

El pasado sábado se celebró en El Toboso (Toledo) la Reunión anual o Congreso de la Asociación de Escritores de Castilla la Mancha. Con una nutrida representación de escritores de todas las provincias, y bajo la presidencia del alcalde toboseño, Marciano Ortega, y del alcarreño Alfredo Villaverde, presidente de la Asociación, se desgranaron numerosas comunicaciones referentes a la prestigiosa villa manchega en la que (se dice…) vivió siglos ha doña Dulcinea, el amor imposible de don Quijote de la Mancha.

En esa ocasión me encargué de revisar la historia y el contenido patrimonial de los conventos que todavía existen (y de los que han existido) en El Toboso. Los monasterios y conventos son testimonios arquitectónicos y humanos de tiempos pasados, por lo que como toda mirada hacia atrás encierran enseñanzas y curiosidades. Aunque ya traté de ellos con mayor amplitud en un libro que sobre este patrimonio monasterial en la región publiqué hace años, aquí van algunos apuntes de este curioso y admirable patrimonio.

En El Toboso existen diversos monasterios, a cual más interesante. Son tres exactamente, dos vivos aún, de monjas, y otro ya desaparecido, aunque con leves rastros monumentales.

  1. Monjas franciscanas clarisas 

El primero de ellos está ocupado por monjas franciscanas, llamadas también clarisas, y dedicado a la Concepción de María.

Fundado en el siglo XVI, y muy reformado en el XX, conserva de su estructura primitiva la portada de la iglesia, de gran belleza arquitectónica.

Su origen se remonta a los inicios del siglo XVI, y más concretamente a 1515, época en la que junto a la ermita dedicada a Santa Bárbara, se destinó un viejo caserón a residencia de un conjunto de beatas que, al estilo de la época, entre doncellas y viudas se recogían para orar y sobrellevar en compañía sus precariedades. Ese beaterio se convertiría, en 1546, y gracias al apoyo de don Antón Martínez, clérigo natural de El Toboso, en convento de la Regla de San Francisco.

En la Relaciones Topográficas enviadas por la villa en 1575 a Felipe II, se menciona esta institución como convento dedicado a “La Sentencia” y albergante de mujeres que a mitad eran beatas, a mitad profesas. Ya entonces estaba dedicado a la Concepción de Nuestra Señora. Todas llevaron, durante un siglo, vida recoleta y penitente, humilde y sobria, pues se albergaron en el primitivo edificio.

Y no sería hasta un siglo después, en 1670, que se levantara la primitiva iglesia conventual, pequeña todavía, sin particularidad alguna, salvo el porche principal que era todo de sillería, con dos grandes columnas dóricas. Su fachada, en piedra tallada, podríamos considerarla del Renacimiento tardío, y del interior, solo el primer tramo de la nave se conserva, en barroco sencillo, pues el resto de la fábrica fue rehecho casi en nuestros días, hacia 1975, teniendo también el resto del convento ese aire de tradición y ruralía que emana de la reconstrucción meticulosa a que se le sometió en el último cuarto del pasado siglo.

Las monjas, que practican el severo régimen de clausura, sobreviven gracias a la elaboración artesanal de dulces. Y raro es el visitante de la villa que se va de ella sin haber comprado algún paquete de las “pelusas”, esos sabrosos compuestos de pasta elaborada con harina y yema de huevo, que al final se adornan con una espiral de clara y azúcar. (más…)