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Santuarios de la Alcarria

Santuarios_de_Cuenca

Baltasar Porreño escribió “Santuarios del Obispado de Cuenca”, un gran libro que ha permanecido inédito en manuscrito hasta ahora, y en el que entre otros lugares estudia en profundidad la historia y leyendas de Salmerón en la Alcarria guadalajareña.

Una obra esperada, casi mítica, que en Cuenca especialmente y en la Alcarria toda se consideró siempre como fundamental para conocer, de primera mano, la historia de algunos pueblos y sus santuarios en las fronteras del Tajo, el Guadiela y el Cabriel… ese viejo manuscrito que todos sabíamos había escrito Baltasar Porreño, pero que nadie encontraba, por fin sale a la luz. Y con su mismo título de “Santuarios del Obispado de Cuenca y personas ilustres en santidad que en él ha habido”.

Una paciente tarea de búsqueda y analisis 

Esta obra que hoy nos llega es capaz de introducirnos ampliamente en la vida y obra de uno de los escritores más prolíficos del Siglo de Oro, y también de los menos conocidos. Porque Baltasar Porreño nos dejó mucha obra que, en parte fue impresa, y en parte quedó inédita, en manuscrito, y de esta mucha se ha perdido. Sabemos que pasó su vida escribiendo, poniendo sobre el papel sus infinitos conocimientos, pero no llegó a ver impresa sino una mínima parte de esa ingente obra. Hoy, por suerte, vemos que se pone en manos de los lectores y curiosos del siglo XXI la buscadísima Relación de los Santuarios de Cuenca, que durante siglos anduvo perdida en añejos archivos.

El trabajo que nos ofrece en esta ocasión la especialista en filología, y profesora de la Universidad Autónoma de Madrid, Pilar Hualde Pascual, es muy ambicioso, y el gran tamaño de esta obra, y su enorme carga gráfica, ha impuesto el destino final de la edición: esto es, se ha optado por sacarlo en formato digital, como PDF, grabado en disco incluido en carpeta de plástico, con carátula que le da portada y explica su contenido.

Baltasar Porreño, un gran historiador alcarreño

La Introducción o capítulo I de este libro está dedicado, con gran amplitud, al análisis biográfico y búsqueda bibliográfica de Baltasar Porreño. Nacido en Cuenca, en 1569, en el seno de una familia de intelectuales, estudiosos y artistas, se formó en la Universidad de Alcalá de Henares, y se ordenó de clérigo, actuando ya muy joven como Vicario General de la diócesis de Cuenca, y viviendo luego y optando por ser “cura de pueblo” en Huete, Sacedón y Córcoles, fundamentalmente. La mayor parte de su obra la escribió durante su estancia en Sacedón, que duró varios decenios.

La autora de este libro analiza los escritos de Porreño, dividiéndolos en libros impresos (los que se imprimieron en vida del autor y los que lo hicieron después de su muerte) y libros inéditos que quedaron como manuscritos (la parte más numerosa) localizados algunos de ellos, y considerados perdidos otra buena parte de los mismos. Relativos a la provincia de Guadalajara es curioso señalar que uno de sus manuscritos es el titulado “Vida y hechos hazañosos del Gran Cardenal de España, don Pedro González de Mendoza, Arzobispo de Toledo” y entre los perdidos figura el “Catálogo de los milagros de Nª Srª de los Llanos de Hontoba”. Fueron perdidos quizás lo más granado de su obra, como la “Historia de la Ciudad de Cuenca” y la “Historia de San Julián, obispo de Cuenca”, mientras que a caballo entre una y otra categoría (perdido y hallado el manuscrito) aparece esta obra titulada “Santuarios del Obispado de Cuenca y personas ilustres en santidad que en él ha habido”, de la que hoy se sabe que tuvo dos partes, aunque la primera nadie la vió nunca, y esta segunda que se dio por perdida, luego la localizó el erudito alcarreño don Juan Catalina García López en la Biblioteca Real de Madrid, desapareciendo de allí y apareciendo, tras la Guerra Civil, en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, que es donde la ha hallado la autora de este libro que comentamos. A la Biblioteca Real llegó en época de Carlos IV, y tras la Guerra la reclamó y consiguió llevar a Salamanca el catedrático de esta Universidad, Antonio Tovar, en 1954.

Los santuarios que aparecen estudiados en este gran libro, y que seguro han de interesar mucho a la gente que en Cuenca, Guadalajara y Valencia se apasionan por el viejo patrimonio de la tierra, son los siguientes:

Nuestra Señora de Tejeda, junto a Garaballa

Nuestra Señora del Puerto, en Salmerón

La Santa Cruz de Carboneras

Nuestra Señora del Socorro, en Valdeolivas

Nuestra Señora de los Remedios, en Cuenca

Nuestra Señora del Sagrario, en Garcinaharro

Nuestra Señora del Soterraño, en Requena

Nuestra Señora de Llanes, en San Pedro Palmiches.

El Santuario de Nuestra Señora del Puerto, en Salmerón (Guadalajara)

Seguro que el más interesante para mis lectores es el Santuario de Nuestra Señora del Puerto, en Salmerón. Por si no lo saben todavía, les explico donde está: a la izquierda de la carretera que desde Alcocer se dirige (pasado Millana) a Salmerón, como un kilómetro y medio antes de llegar al pueblo. Hoy se ve allí un pequeño edificio, con aspecto de ermita, pero con todas sus paredes abiertas, como un humilladero. Es lo que pervive de un complejo monumental que desde la profunda Edad Media sirvió de lugar de descanso, de posada, de “puerto seguro” para caminantes, y como en esos lugares suele ocurrir, se centró la devoción a la Virgen que tomó esa advocación de Nuestra Señora del Puerto, y hasta en el siglo XIV, exactamente en 1340, vió como un caballero alcarreño, don Gil Martínez de Espejo, fundó allí un convento de monjes agustinos, en memoria del fabuloso encontronazo que dicen las leyendas que tuvo el tal caballero frente a una gran sierpe (un dragón a la clásica usanza, co piel de serpiente, cuernos, grandes morros y mucho fuego por ellos) a la que venció con un espejo. En una batalla que parece reproducir fielmente la lucha de Perseo contra Medusa.

Esta leyenda se ha ido repitiendo de boca en boca, de siglo en siglo, y hoy son muchos en la Alcarria quen la conocen y repiten. El lugar donde asienta este pequeño y humilde santuario, sin duda es mítico, tiene fuerza, concita energías antiguas. Por allí pasaban, y se cruzaban, caminos de ganaderos (cerca está la Galiana), calzadas secundarias romanas, que conducían a las gentes desde Ercávica a Segontia, y desde la Baja Edad Media la “Ruta de la Lana”, hoy camino santiaguista plenamente aceptado tras estudios y documentos, y espacio de peregrinación, de relaciones viajeras, de sorpresas continuas. No es un lugar cualquiera, Nuestra Señora del Puerto, es un lugar de mérito.

De lo que fue convento de agustinos, nada queda. Las ruinas de este convento, vivo y famoso durante siglos, empezaron a crecer cuando su abandono tras la exclaustración propiciada por la Desamortización de Mendizábal. Y sin llegar a ser solemnes y hermosas, al menos daban la impresión clara de lo que había sido el conjunto. Yo mismo las conocí e incluso llegué a hacerlas fotografías que conservo: el convento agustino de Salmerón…. Pero a comienzos de este siglo en que estamos, por avatares que (como siempre, en esto de la destrucción del patrimonio) no pueden expresarse claramente porque puede haber problemas relativos al físico de uno mismo, desaparecieron. Ya no queda nada, ni rastro, de aquel cenobio de origen medieval.

No me resisto a copiar aquí para el disfrute de mis lectores el texto original de Baltasar Porreño acerca de la fundación, y los avatares del nacimiento, de este santuario famoso, el de Nuestra Señora del Puerto en Salmerón. El texto, afortunadamente recuperado y ahora publicado, es de una sencillez y expresividad que emociona leerlo:

El conbento de san Agustin de la villa de Salmerón se llama N(uest)ra Señora del Puerto, porque sigún tradiçión de los antiguos en esta parte havía un monte tan espeso y tan çerrado, que por lo temeroso que era de pasar se llamava el Puerto; aquí se criavan animales fieros i serpientes ponçoñosas, i era monte mui aparejado para caça y montería. Suçedió, pues, que un caballero que era despensero maior de don Ju(an), hijo del infante Don Manuel, i se llamava Xil Martínez, andando un día a caça por estas tierras, llego a este puerto i le salio un animal de los feroçes que en él avía, que diçen era una sierpe, la qual aco/metió a él para despedaçarle, y el cavallero biéndose afligido pidió socorro al çielo, inbocando el favor de la Virgen Sanctísima, a quien prometió, si le librava de aquel peligro, haçerle un conbento de rreligiosos en aquel mismo lugar; y fue caso milagroso que estando el cavallero ia casi rrendido de la serpiente se le apareçió la Virgen María Nuestra Señora, que sigún algunos diçen es la imajen que oi dia se llama Nuestra Señora de Afuera, la qual está fuera del conbento, en una hermita, o humilladero junto a él, i en señal del amor que le tenía lo defendió y amparó del peligro en que estava, a la qual merçed agradeçido el dicho cavallero, en cumplimiento de su promesa, edificó este convento el año de mill y treçientos y quarenta i uno, puniéndole por nombre Nuestra Señora del Puerto, al qual conbento dexó mucha haçienda, i labró en él la iglesia, claustros y rrefitorio, i murió labrando la casa, y está enterrado en la capilla mayor, al lado derecho del evangelio, donde se bee su entierro con un bulto suio y en él su figura de piedra franca…

El libro recuperado 

Esta edición de tan importante obra, se realiza a base de un estudio previo sobre la biografía del autor. Considera Pilar Hualde que Baltasar Porreño debería figurar entre los autores de primera línea del siglo XVI, porque escribe bien y proporciona abundante información. Analiza además su lenguaje y forma de escribir. Y a continuación dedica un capítulo a cada uno de los santuarios objeto del manuscrito, con estudio previo de la autora narrando historia, descripción actual, leyendas, anécdotas y gran carga gráfica, y poniendo a continuación el texto íntegro de Porreño dedicado a cada santuario, apareciendo en todos reproducida alguna página o fragmento de ese tema.

Aquí, finalmente, la ficha técnica de tan importante obra: Hualde Pascual, Pilar“Santuarios del Obispado de Cuenca y personas ilustres en santidad que en él ha habido”. Aache Ediciones. Guadalajara, 2015. Colección Libros Digitales. 490 páginas, de ellas 100 con ilustraciones a todo color. Formato PDF grabado sobre CD e incluido en carpeta de plástico con carátulas. ISBN 978-84-92886-83-8.

Criado de Val en el recuerdo

Criado_de_Val_muereAcaba de dejarnos, aunque siempre seguirá con nosotros su recuerdo, don Manuel Criado de Val, el profesor que dio vida a la Alcarria por muchos de sus costados. Una verdadera figura clave de la cultura en Guadalajara durante el siglo XX, unánimemente reconocida, pálpito de Hita, generoso caminante de sus caminos, vocero de Cervantes, santiguador de los espacios carmelitas, estudioso de las letras, de los letrados, y de las estanterías donde sus recuerdos se guardan.

Cuando tantas figuras de relumbrón se nos cuelan hoy en día, y tantas noticias de ultimísima hora se suben a titulares, no aguantando en ellos más que esa ultimísima hora, porque no dan para más, la actividad del profesor Criado de Val ha supuesto un podio desde cuya altura hoy nos mira, siempre comprensivo, amigable, dispuesto a darnos su razón y su conocimiento. Fue un maestro, en el más amplio sentido de la palabra.

A los 97 largos años, ha fallecido en Madrid, donde también había nacido, el profesor don Manuel Criado de Val, ligado a la Alcarria por muchas razones. La primera de todas, porque de ahí le venía la sangre, ya que su padre era natural de Rebollosa de Hita, balconada sobre el Henares desde la que él, aún muy pequeño, descubrió el mundo de las coplas y los juglares, de los canónigos recitadores y los caballeros empeñados.

Pero Criado era, con el corazón, y con la pluma, alcarreño de pura cepa. En la Alcarria de Sopetrán quiso tener su casa, y allí la puso, entrañable, minúscula, oronda de antiguas piezas y de miles de libros, en el “molino de Sopetrán” al que se quedó pegada su memoria y allí seguirá, hagan con él lo que hagan. Porque el molino de junto al monasterio, perdido entre la hojarasca, ajeno a todo, guardará el eco de sus palabras, de sus amistades, de sus reuniones sencillas en las que con tantas gentes del ancho mundo quiso rodearse.

Muchas razones para el aplauso

En este momento de su muerte, regresa Criado de Val a estas páginas por algunos señalados hitos en su actividad reciente y por muchas razones que se han ido acumulando en los últimos años y que, incomprensiblemente, no han gozado del merecido comentario en la prensa provincial, ni en los mentideros de lo cultural, a pesar de su dimensión objetiva. La primera de ellas es que el Ayuntamiento de Hita, hace escasos años, decidió por unanimidad nombrar Hijo Adoptivo de la villa del Arcipreste a don Manuel Criado de Val. Lógico y obligado. Si alguien había revitalizado la esencia de lo que es Hita, de lo que ese nombre ha significado en la historia y en la literatura de Castilla, ha sido don Manuel. Cuando asistimos al florecer, tantas veces forzado, de las «culturas nacionalistas» de otros pueblos de España, la cultura de Castilla, las raíces y las esencias de nuestra tierra parecen esconderse, vergonzosas, o como sin ánimo, a descansar y a esperar tiempos mejores. ¿Por qué no decir que en Hita, aquí mismo, -desde la ventana de mi estudio veo cada tarde enhiesto el pico de su cerro pardo-, se fraguó buena parte del destino de Castilla? ¿Por qué no contar a todos que en sus templos, en sus plazas, en las bodegas/bodegos de su cuesta se atizaron las primeras letras de nuestra más genial composición poética? Criado de Val, desde hace más de 50 años, con la creación y mantenimiento de sus Festivales Medievales, y no digamos ya con la redacción de su grandiosa «Historia de la Villa de Hita y su Arcipreste», se ha convertido en el ambientador primigenio de ese lugar y su comarca. Hijo Adoptivo de Hita. Enhorabuena, profesor.

Pero el panegírico no acaba ahí. A veces, y en España sobre todo (en Guadalajara también ocurre, ahora se verá) los méritos de una persona los reconocen clamorosamente en el extranjero y aquí todo se va en un mirar por encima del hombro. Criado de Val ha organizado, entre otras muchas cosas, nada menos que diez Congresos Internacionales de «Caminería Hispánica», un tema científico que ha recibido cultivadores en todos los continentes. Los dos primeros se celebraron en nuestra ciudad, y el tercero, en México, en la ciudad de Morelia más concretamente, en cuya Universidad del Estado de Michoacán con ese motivo se creó la cátedra de estudios de Caminería Hispánica, a la que dieron el nombre de “Profesor Manuel Criado de Val”. Todo un detalle que no hace sino reconocer internacionalmente la valía de nuestro profesor alcarreñista. Vinieron después otros Congresos, en l’Aquila (Italia), en Lyon (Francia), en Colombia también, y en Cádiz, en Madrid, en Valencia…

Criado de Val fue, hasta pocos meses antes de fallecer, un joven incansable. Tenía siempre tantos proyectos, tantas ideas, tantas ocupaciones, que no se preocupó de que un día le vendría la muerte. Seguro que la ha mirado con cara de extrañeza, como diciendo: ¡Eh, tú! ¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Olvídame, que estoy muy ocupado…! Y es que por ese modo de ser no puede extrañarnos que hace escasos años, la Revista “Cuadernos de Etnología de Guadalajara”, en su número 28, ofrecía un artículo de este “joven profesor” en el que aportaba una identificación geográfica nueva para uno de los lugares clásicos del Libro de Buen Amor, el lugar de «Valdevacas» en el que don Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, dice que su personaje de ficción don Carnal se encontraba como en su «lugar amado». Muchos interpretaron ese espacio como un pequeño y solitario despoblado situado en la provincia de Segovia, cerca de Sotosalbos. Pero la ciencia y la paciencia de Criado de Val, tras analizar viejos legajos y leer recientes estudios, llegó a la conclusión de que este lugar se encontraba en nuestra provincia, muy cerca de Brihuega, en el territorio histórico propiedad de los arzobispos de Toledo, justo en la ladera izquierda del valle del río Ungría entre Valdesaz y Caspueñas, entre los olivares de los Tinados y el Alto del Cerrillo: allí está (cualquiera puede verlo en un mapa del 1:50.000) Valdevacas «el mi lugar más amado» del personaje al que parodia el Arcipreste. Lógicamente, el Cardenal don Gil de Albornoz.

Imposible resumir en estas líneas –que están tratando de ser un íntimo y personal recordatorio de tantas horas junto a don Manuel, más que una biografía al uso- todo cuando hizo, pensó, maduró y escribió en su larga y fructífera vida. Entre otras cosas, el Atlas de Caminería Hispánica, una portentosa obra en la que aunó el trabajo de muchos colaboradores haciendo él mismo de director de una enorme y compleja orquesta. De esta obra, me consta, que se ha agotado en pocos años, se siguen pidiendo ejemplares de librerías y universidades de todo el mundo. En España la tarea de Criado de Val, aunque aplaudida, no fue nunca reconocida en su verdadera dimensión. Porque lo mucho que hizo en Hita (a veces contra la subida de la marea, que suele aparecer de vez en cuando en nuestros pueblos) y otras a favor pero él siempre sin pestañear y con el corazón lanzado varios metros por delante, tampoco lo saben muchos: cincuenta años de Festival Medieval, obras y obras de teatro, músicas y botargas, y detrás de todo un esfuerzo de año entero, de llamadas, de compromisos, de noches en vela.

La Televisión también fue su espacio, el que le dio más fama, y en el que consiguió (solamente durante unos años, luego la barbarie se ha apoderado del lenguaje hasta en esos altos medios) que los españoles se tomaran un poco en serio lo de pronunciar bien, utilizar adecuadamente las palabras para expresar las ideas y los deseos. “El espectador y el lenguaje” tendría que haberse establecido como asignatura, incluso, en el Bachillerato!

Y aún sin acabar todos los temas, sin entrar ni por asomo en los aspectos de la Alcarria que él cuidó y alentó, no puedo dejar de recordar (con admiración) la etapa en que don Manuel Criado apoyó la revitalización y nueva vida del Monasterio benedictino de Sopetrán. Él fue quien creó la sociedad de condueños de aquel espacio histórico, y quien durante años, batallando quijotescamente contra molinos y vizcaínos, contra leguleyos y aprovechados, trató por todos los medios de darle vida a ese lugar que es raíz histórica del valle del Badiel, de la primera Alcarria, de nuestra provincia. Ahora todo olvidado, silencioso, muerto con esa muerte absurda que levanta los dedos en V y admite aplausos.

Una biografía de urgencia

Aunque nacido en Madrid, Criado de Val era oriundo de Rebollosa de Hita, de donde era su padre. Fue creador del “Festival Medieval de Hita”, en 1961, y en él ha puesto, año tras año, la imagen literaria, etnográfica y vital del Medievo castellano, presentando además sus innumerables obras teatrales y sus adaptaciones a la abierta escena de la plaza de los clásicos de la literatura castellana, española y universal.

Fue director de la Sección de Estudios Gramaticales del Instituto “Miguel de Cervantes” del CSIC, y director de publicaciones filológicas como “Boletín de Filología Española”, “Español Actual” y “Yelmo”.

Autor de numerosos libros, entre los que destacan “Teoría de Castilla la Nueva”, “Historia de la villa de Hita y su Arcipreste”, “Fisonomía del Español y de las lenguas modernas”, así como creador y director del programa de TVE “El espectador y el lenguaje”. Hace diez años publicó, en la alcarreña editorial Aache, el capital estudio “Don Quijote y Cervantes, de ayer a hoy” en el que vuelca todo su saber sobre la obra cumbre de la literatura castellana, y sus mil entronques con el resto de los escritores castellanos.

El Profesor Manuel Criado de Val, conocido investigador de la lingüística castellana y de la literatura medieval y clásica de España, fue quien promovió los estudios de Caminería Hispánica, habiendo sido organizador y director de los diez Congresos Internacionales que sobre esta materia se han celebrado. Su enorme saber, junto a un gran equipo que formó en su torno, le posibilitó publicar hace pocos años el inmenso estudio “Atlas de la Caminería Hispánica”, que hoy se revela como esencia de la cultura y raíz de Castilla. Otras obras publicadas son: Fisonomía del español, Teoría de Castilla la Nueva, Gramática española y comentario de textos,  Estructura general del coloquio, Diccionario del español equívoco y La imagen del tiempo: verbo y relatividad. En la editorial Aache vio publicados su estupendo análisis “Historia de la Villa de Hita y su Arcipreste”, más la Antología de sus Estudios sobre Cervantes y el Quijote, y todos los tomos (miles de páginas, cientos y cientos de comunicaciones) de los diez Congresos de Caminería Hispánica que él presidió.

Moratilla de los Meleros

Moratilla_Picota

Remate del rollo jurisdiccional de Moratilla de los Meleros (Guadalajara), tallado a mediados del siglo XVI sobre piedra caliza de la Alcarria. Se representan animales, ángeles, diablos y seres mitológicos.

En lo hondo del valle alcarreño de su nombre, que lleva un hilillo de agua al más grande de Renera, y de ahí al Tajuña, se asienta esta villa que rezuma tipismo por sus cua­tro costados. El nombre ya indica que fue lugar de siempre dedicado a la industria de la miel, pues está en el corazón de la Alcarria, aunque en el siglo XVIII llegó a tener también muy florenciente industria de telares en que se elaboraban paños, lienzos y seda.

Su caserío, en suave recuesto asentado, guarda todavía muy interesantes ejemplos de arquitectura popular con edificios construidos a base de tapial y yeso, con entramados de carpintería.

Algo de historia 

Fue este lugar, prontamente repoblado tras la Reconquista, dado en señorío por los reyes castellanos a una familia de caballeros de Segovia: fue el primero don Pedro Miguel, titu­lado primer señor de Moratilla; el segundo don Miguel Pérez y el tercero don Gutiérrez Miguel de Segovia, todos durante la segunda mitad del siglo XII. Pero aunque sigue apare­ciendo algún caballero más de esta familia como señor de Moratilla, el hecho es que en 1176 donó este lugar a la Orden de Calatrava el rey castellano Alfonso VIII. Y en el poder de esta Orden militar de tan ancho predominio por la Alcarria, siguió hasta el siglo XVI en sus comienzos, en que Carlos I la enajenó y luego hizo Villa, que continuó siendo de realengo.

Su variado patrimonio

Lo primero que conviene ver, porque es a mi entender lo más llamativo e interesante, es el rollo o picota. A la entrada del pueblo, por el camino que desde nor­deste viene de Fuentelencina, se alza este elemento patrimonial, sobre el recuesto que es preciso subir para entrar al pueblo desde el vallejo.

Se trata de un ejemplar de la primera mitad del siglo XVI, sin duda, uno de los más hermosos e interesantes ejemplares de picotas de la provincia de Guadalajara. Sobre una gradería cir­cular de varios escalones superpuestos en disminución, apa­rece primero la basa, que presenta en cada una de sus cuatro caras sendos relieves con figuras, ya muy desgastados e irre­conocibles. En uno de ellos aún se distingue un hombre des­nudo, con una corna en la mano. Se trata de un conjunto que juega con el simbolismo del número cuatro ¿estaciones climá­ticas?, ¿los trabajos de Hércules?, ¿los cuatro vientos o puntos cardinales? Sobre esta basa se alza el fuste de la columna, con dos tipos de estriaje. Arriba, un grande y hermoso capitel, plenamente plateresco. Sobre el lado que mira el pueblo, lleva tallada una figura que parece tener espigas. Encima de ella, una carátula diabólica. Sobre los cuatro lados del pináculo, ros­tros de angelillos. Culmina todo con gran pináculo. De los cuatro brazos que pendían del remate de la picota, se distinguen aún, las cabezas de leones muy desgastadas. En cualquier caso, volvemos a encontrar la simbología de las figuras mudas sobre la piedra calcárea de la Alcarria. En una época, mediado el siglo XVI, en la que el Humanismo, como una moda que todo lo invade, se atreve a plantear cuestiones cuasi filosóficas sobre los paneles que sostienen el símbolo de villazgo de Moratilla. Sin las tallas que sobre la piedra se hicieron hacia 1550 son los trabajos de Hércules, estamos recibiendo afectuosmente el mensaje de un héroe pagano. Si son representaciones d elos vientos, nos dejamos arrastrar por relato escueto de los clásicos (también paganos). Y si son las cuatro estaciones, o mismo: solo nos falta elucubrar acerca de si esas cuatro figuras serían otros tantos santos y santas, como propuesto equilibro del cercano Trento, que ya por entonces se está fraguando. Pero no lo parece. Es una época en que la libertad de opinión y pensamiento ha volado muy alto. Tardará mucho en volver.

En el extremo oriental del pueblo se ve una ermita dedi­cada a la Virgen de la Oliva, que no tiene más interés que el meramente devocional, pues su fábrica es de sillarejo y al mediodía presenta, bajo atrio arquitrabado, la portada sencilla de ingreso. Es edificio de planta cuadrada, con muros cerrados de mampostería y sillarejo, y en su costado meridional se abre la portada, que es de arco semicircular adornada de sillares irregulares, y protegida por un tejaroz que apoya en dos columnas de corte clásico. Se asciende a ella por una escalinata que a su costado muestra una fuente. En el interior, de una sola nave, muy alargada, de bóveda vaída, en la cabecera se alza el altar rematando el presbiterio, que es cuadrado, con bóveda hemiesférica y adornos geométricos sobre las pechinas. En el altar, moderno, figura de la Virgen de la Oliva.

Al extremo occidental, sobre un altozano, se levanta la iglesia parroquial dedicada a la Asunción. Su portada, orientada al sur, es de estilo románico, resto único de la pri­mitiva construcción del siglo XIII. Presenta cuatro arquivoltas de doble baquetón liso, que descansan en las correspondientes columnas y capiteles, ya muy desgastados, con decoración foliácea. Toda la puerta se incluye en un cuerpo saliente del muro sur de la iglesia, que en el resto de su edificio es de mampostería, llevando algo de cantería sobre estribos en la cabecera poligonal, y en la torre adosada a los pies.

Como el resto del templo, que ahora veremos en detalle, es del siglo XVI, nos hace suponer que del primitivo edificio medieval solamente se conservó la portada, al hacer la ampliación renacentista, porque les pareció curiosa, o, simplemente, porque se le tenía cariño a su disposición y aspecto.

El interior de este templo presenta una sola nave, tal como vemos en el plano adjunto, y se compone de planta de cruz latina, con magníficas techumbres de crucería gótica sobre el crucero, presbiterio y parte de la nave, que cargan sobre pilares adosados a los muros, recubiertos de medias pilastrillas. Así es que la figura planimétrica del templo de Moratilla se parece un tanto a un árbol, porque presenta una nave escueta y estrecha, que conservó el aire del templo medieval, y una cabecera enorme, profusa de capillas, crucero, presbiterio y altas bóvedas, como si ahí se hubieran querido lucir los maestros constructores del Renacimiento. Existe un coro alto a los pies del templo, y vuelvo a insistir en que todo el conjunto, excepto la puerta, es obra homogénea de comienzos del siglo XVI. Fueron sus autores el maestro cantero Juan de los Helgueros, que la concluyó hacia 1516, y García de Yela, que añadió la sacristía en 1538. A los pies del templo, y de forma no simétrica con respecto a la nave, se alza una torre cuadrada y de cantería con vanos simples semicirculares en su cuerpo alto. Junto a la cabecera y en su lado norte se alzó una sacristía semirectangular y cubierta con techumbre de madera artesonada al interior, cori formas acasetonadas y achaflanadas cuadradas y sin ninguna otra decoración. Tuvo un retablo construido, hacia 1520, por Diego Ramírez, escultor de Huete, del que nada ha quedado.

El espectacular artesonado mudéjar 

Quizás lo más curioso y admirable de este templo sea el magnífico arteso­nado de madera, que en forma ochavada se decora con profu­sión de trazos geométricos de tradición mudéjar y muchos otros detalles renacentistas, y que cubre por completo la nave. Es obra de hacia 1516, realizada por el carpintero Alonso de Quevedo, vecino de Alcalá de Henares, probable autor de la magnífica techumbre de madera de la capilla de San Ildefonso de aquella ciudad. Y ello se colige de que el tasador de esta obra alcarreña es Pedro Gumiel, autor de la iglesia de San Ildefonso de Alcalá, aneja ahora a la Universidad, y de otras obras en las que el Cardenal Cisneros dejó a cargo de su sabiduría y buen arte a este Gumiel que al menos como tasador pasaría a principios del siglo XVI por Moratilla.

Hace ya bastantes años, mi amigo Pedro Lavado Paradinas escribió un artículo sobre este artesonado en la Revista Wad-al-Hayara, y como él es un auténtico especialista en arte mudéjar, creo que lo mejor es reproducir íntegro su texto descriptivo de esta pieza única: “Esta es techumbre de madera ochavada de limas mohamares sobre trompas de lacería pintada a partir de estrellas de ocho, cintas y figuras de diseño renacentista. Los faldones de la armadura son de lazo ataujerado con las mismas estrellas de ocho y crucetas, imitando la labor apeinazada de las primitivas techumbres y los fondos de la tablazón pintados con figuras de tema renacentista; floreros y formas vegetales simétricas al estilo del plateresco. El almizate se cuaja completamente del lazo citado, resaltando en él los clavos dorados y los fondos de las estrellas con florones también policromados y dorados. El arrocabe policromado se decora con animales afrontados perdidos en una maraña vegetal y de formas platerescas en tonos azul, rojo, ocre y negro, y delimitado por dos líneas corridas de arquillos ciegos a manera de moldura”.

Des­taca en el interior de este templo un Calvario de talla gótica, donación particular procedente de otra provincia. El milagro, ahora que vemos la historia conperspectiva larga, es que hayan quedado estas huellas del tiempo pretérito alzadas y en admiración en pueblo tan pequeño como Moratilla. Se debe ello, sin duda, al cariño que sus habitantes han mostrado a su patrimonio, y al celo y acierto con que han sabido defenderlo y promover su cuidado.

Otro programa iconográfico humanista en Pastrana

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Uno de los doce medallones tallados en madera que adornan el friso del artesonado de la sala grande del palacio ducal de Pastrana.

En los salones altos, de la primera planta, del palacio de los Duques de Pastrana, en esta localidad alcarreña, se pueden contemplar unos programas iconográficos consistentes en la expresión de la filosofía humanista a través del neoplatonismo de Marsilio Ficino, materializados en la madera tallada de los grandes artesonados que cubren las principales salas de esta noble mansión.

Bien es sabido que la expresión del Humanismo, como tendencia filosófica y social que trata de poner al ser humano como eje de la vida, la ciencia y la cultura, es la forma en que el Renacimiento se manifiesta en la Europa occidental, dejando atrás, a partir del Cuatroccento, los largos siglos de fórmula teocéntrica, en los que la Iglesia y sus ministros controlaron por completo la sociedad mediante la continua advertencia de que toda expresión del humano comportamiento debía estar sometida a la doctrina cristiana.

La conjunción de ambas tendencias (el poder supremo de Dios y la libre voluntad y expresión del Hombre) dieron lugar a una serie de teorías que fueron en principio reprimidas (Erasmo de Rotterdam, los hermanos Valdés, etc.) y posteriormente permitidas, dejando paso a una visión del Humanismo neoplatónico más abierta y fructífera, al menos en el campo de la creatividad artística, formal y literaria.

El Renacimiento en España tiene muchos constructores, pero sin duda el foco de artistas (pintores, arquitectos, escultores, poetas y dramaturgos) con eje en Toledo es el que da pie a la consolidación de estas ideas en nuestro país, mediado el siglo XVI. La expresión literaria y aún gráfica de que la Gloria prometida será dispensada tanto a los fervientes cristianos como a los paganos de buena voluntad, se revela en numerosos espacios artísticos: catedrales, techumbres, retablos, tapices y pinturas, a través de múltiples y complejos programas iconográficos. En la provincia de Guadalajara, a partir de 1550, son numerosas estas manifestaciones artísticas, de las que, por poner solamente unos ejemplos, debemos recordar las techumbres de la capilla de Luis de Lucena, y los programas de pinturas de las salas bajas del palacio del Infantado, ambas en Guadalajara, más la “sacristía de las cabezas” en la catedral de Sigüenza, las portadas de iglesias como Peñalver, Pareja, Malaguilla, el claustro del monasterio jerónimo de Lupiana, y el sotocoro de la iglesia de Romancos, todas ellas obras de la segunda mitad del siglo XVI, y realizadas por artistas del entorno de Alonso de Covarrubias.

El palacio de los duques de Pastrana

La remodelación y restauración, muy afortunadas, del palacio ducal de Pastrana, ha permitido poner en valor un programa humanista desarrollado en sus magníficos artesonados de madera, que durante muchos años habían permanecido ignorados, oscuros y en gran parte perdidos. En esos paños de la “carpintería mayor” que algunos extraordinarios artistas tallaron en los frisos de dichos artesonados, se puede observar hoy una nueva versión del “coro de bienaventurados” que han conseguido estar en las esferas superiores, las que se acercan a Dios, a pesar de haber iniciado la subida desde perspectivas distintas, cristianas o paganas.

El espacio que contiene lo que llamo programa iconográfico humanista del palacio de Pastrana se concreta en cuatro salas de la planta noble, a la que se accede ahora por la escalera de cuatro tramos del fondo del patio. De cara a la fachada principal hay tres salas, más alargada la central, que da sobre el balcón principal, y cuadradas las laterales, una de ellas, la de la esquina de levante, llamada “Sala de la Hora” o sala de la princesa (en los documentos se la llama recuarto de hacia los huertos), más la sala interior dedicada a capilla de palacio, también de planta cuadrada.

Todos estos salones fueron ornamentados con espléndidos artesonados de madera de pino, cuyos fondos dibujan una serie de complejas estructuras basadas en casetones ochavados, o hexagonales, muy finamente cuajados de hojas, bolas y perlas en conjunciones llamativas, complicadas geometrías y diseños de tradición mudéjar, aunque plenamente renacentistas. La sala grande es una artesa gigante, espectacular, y la sala de la capilla tiene la particularidad de estar construida en forma de cúpula ascendente.

Pero el interés iconográfico de este conjunto artístico radica en los frisos que sustentan los artesonados. Las cuatro salas mencionadas presentan sus frisos tallados en madera, compuestos longitudinalmente a base de figuras humanas, enmarcadas en tondos, escoltadas por parejas de grutescos, y a trechos separadas por escudos de armas. En las cuatro salas se repite el esquema, aunque en cada una de ellas las características de sus adornos son distintas en calidad, apareciendo la más perfecta la serie del salón principal. Están muy restaurados, y algunas figuras son tallas contemporáneas, del siglo xxi. Pero se han hecho conforme al resto de lo conservado, y siempre que se ha podido siguiendo fielmente las imágenes que viejas fotografías nos han legado.

El mensaje humanista de los frisos pastraneros

En los frisos de las cuatro salas del palacio ducal de Pastrana aparecen, como acabo de decir, dispuestos linealmente y en alternancia imágenes de varones y hembras, escoltados por grutescos, y alternando con escudos. Los emblemas heráldicos, en todo caso, son de Mendoza, exclusivamente. Son de doña Ana de Mendoza, condesa de Mélito, la nieta del Cardenal Mendoza que adquirió del Emperador esta villa calatrava de Pastrana. Ello supone ya un mensaje claro: el linaje mendocino es quien construye el palacio, quien ordena su ornamentación preciosa, y quien se protege, en las alturas de las esferas celestes, de personajes que forman la corte celestial del olimpo neoplatónico: santos y héroes, cristianos fieles y virtuosos de la antigüedad. Bien es verdad que ninguna de las figuras que vemos en estos frisos llevan elemento identificativo alguno. No hay santos con atributos, ni héroes con cartelas. Debemos suponérselas. Y debemos pensar que aparecen (por poner un ejemplo) Hércules y Santa Catalina, o Aristóteles y San Pablo. Pero en ningún caso es posible identificarlos.

En todo caso, podemos circunscribir este conjunto iconográfico en un contexto muy preciso y homogéneo, porque sabemos no solamente quienes fueron sus autores y tallistas (luego lo vemos), sino que podemos fechar con exactitud el momento de su realización, que es entre 1549 y 1555, esto es, el comedio preciso del siglo XVI. El momento en que una cosa similar se hace en la iglesia parroquial de Romancos (ver mis trabajos en “Nueva Alcarria” de 28 de junio y 5 de julio de 2013) y especialmente en la catedral de Sigüenza, la tarea de construcción y sobre todo de decoración de la Sacristía Nueva (conocida también como “sacristía de las cabezas”), que se hace entre 1550 y 1554, en este caso a cargo del escultor Martín de Vandoma.

Lo de Pastrana está realizado personalmente por dos escultores madrileños, Justo de Vega y Nicolás de Nieva, y, al igual que en Sigüenza, siguiendo las trazas dadas por Alonso de Covarrubias, quien sin duda tuvo el asesoramiento, en materia conceptual y filosófica, de letrados y canónigos seguntinos. También en Alcalá de Henares, sede importantísima y señorío del arzobispado toledano, en su palacio se tallan techumbres, salas y patios con programas similares de medallones y tondos escoltados de grutescos. Lo de Alcalá es también de Covarrubias, y de Luis de Vega, aunque por desgracia está perdido (para siempre?) tras el incendio de 1939. El impulsor de las obras del palacio arzobispal complutense fue el arzobispo Alonso de Fonseca y Ulloa, quien además de sus ideas humanistas prestó apoyo a Erasmo de Rotterdam y otros adelantados del pensamiento, proyectando a la Universidad cisneriana como uno de los baluartes iniciales del Humanismo renacentista. En esa constelación de avances y formas que plasman un pensamiento están, sin duda, los artesonados del palacio ducal de Pastrana, como el programa del sotocoro de Romancos, la sacristía de las cabezas de Sigüenza, y las portadas de Peñalver (ver mi artículo en “Nueva Alcarria” de 12 julio 2013), Trijueque, Cerezo y Malaguilla, más la portada del propio palacio ducal de Pastrana, en la que a más del escudo de Mendoza y la Cerda, y de la frase que pregona el linaje, una pareja de medallones, en uno el busto de un hombre, en otro el de una mujer, sin identificar por ningún cartel, suponemos que aluden al diálogo de la Virtud y la Fuerza, y sin duda entroncan con la variedad programática de los frisos de los artesonados, que convierten a este palacio en un Templo de la Fama, en un reducto de la Virtud como meta ideal del nuevo humanismo.

Creo que está claro este mensaje que nos transmiten, desde la remota lejanía del tiempo, doña Ana de Mendoza y el maestro Covarrubias: dentro de las formas clásicas del palacio señorial, las imágenes talladas en los frisos de las salas nobles nos hablan del poder del linaje mendocino, de su virtud, de su lucha contra el Tiempo (la obsesión de los poderosos) y de su convicción de estar incluidos en la segura altura de los santos y los héroes. No cabe hablar de identificaciones porque sería inventar: ahí están tallados los hombres y mujeres que el Libro Sagrado del Cristianismo y las Vidas Paralelas de Plutarco nos ofrecen como modelos de vida y protectores en el Más Allá y en las alturas.

Los autores de la obra de Pastrana

Seguramente el mejor estudio que se ha hecho sobre el palacio ducal de Pastrana, es el que firmó el historiador Aurelio García López (Aache Ediciones, 2010, Colección “Tierra de Guadalajara” nº 74) en su libro “El palacio ducal de Pastrana”, y en el que recoge su historia completa, la de sus constructores y habitadores, y mil anécdotas sobre el edificio y la villa. En ese libro, que recoge documentos ya utilizados en escritos anteriores, García López documenta por completo el palacio como proyecto total de Alonso de Covarrubias, tracista del plano, estructura y detalles, confirmando que fue él mismo quien dispuso los esquemas de los artesonados de las salas nobles.

Añade la noticia, basada en documentos, de que dichos artesonados son tallados, entre 1549 y 1555 por los carpinteros Justo de Vega y Nicolás de Nieva, que habían sido autores previamente de artesonados similares en el Alcázar Real de Madrid. Y que es además Juan Rojo, vecino también de Madrid, quien en 1549 recibe el encargo de hacer las maderas de puertas y ventanas del palacio. En el Archivo General de Simancas, este autor encontró los documentos que atestiguan este dato: toda la carpintería de la techumbre de seis salas, la sobrescalera, los desvanes y demás dependencias del palacio se debieron a los carpinteros madrileños Justo de Vega y Nicolás de Nieva, tallistas magníficos que debe recuperar la historia del arte alcarreño como figuras protagonistas de su mejor momento, el del Renacimiento expresivo del humanismo mendocino.

A Recópolis en romería alegre

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El Centro de Interpretación de Recópilis es un auténtico e interesante Museo que nos ofrece la historia del lugar y la evolución de su excavación y sus hallazgos.

El pasado sábado, en romería alegre y multitudinaria, muchos de los socios y socias de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara fuimos a visitar Recópolis. De las curiosidades arqueológicas que la Alcarria abierta nos muestra, sin duda es Recópolis una de las que, con el tiempo, ha ido ganando puntos. Ciudad construida por la monarquía visigoda, destruida, abandonada, oculta y descubierta, a lo largo de muchos siglos, hoy es un atractivo turístico de nuestra provincia, y a su general conocimiento quieren acudir las líneas que siguen.

Un viaje goloso 

Un día agradable cuajado de sorpresas. Para muchos y muchas era la primera vez que acudían al Cerro de la Oliva, a la vieja Recópolis de las crónicas visigodas. No viene mal de vez en cuando echar un vistazo al pasado de nuestra tierra. Sirve para aprender y, sobre todo, para asombrarse desde cuanto tiempo hace que existimos como comunidad. En Recópolis esa larga hilera de acontecimientos, esas civilizaciones sucesivas, esas emociones de vida y entusiasmos se ven pasar como las nubes de un día ventoso sobre nuestras cabezas.

Recópolis es hoy algo más que un yacimiento arqueológico, o una ruina bien cuidada y documentada. Es un museo vivo, un espacio cultural en el que uno disfruta aprendiendo, sabiendo datos nuevos de la historia de la Alcarria, viendo, -casi palpitante- el corazón de la tierra y los elementos que salen de su profundidad, explicando cada uno a su manera qué ocurrió en siglos muy, muy antiguos.

Se llega fácilmente desde Zorita, por camino indicado, a poco más de un kilómetro de distancia, sobre asfalto. Se visita primero el Centro de Interpretación, y luego se pasa, mejor acompañado de guía, a la excavación y vieja ciudad visigoda.

Llegamos a Recópolis 

Atravesado el enclave de Zorita, y dejando a un lado la monumental alcazaba de origen islámico y más tarde calatrava, por un bien señalado y asfaltado camino se llega al área donde nos acoje un Centro de Interpretación que es en realidad un completo Museo de la ciudad y de la historia de sus excavaciones. Con toda amabilidad nos pasan al área de audiovisuales donde nos recibe una película que explica con toda claridad la evolución del enclave.

Bien se advierte, en principio, que esta es la que oficialmente se considera ciudad de Recópolis. La que en el año 578 fundara, de la nada, sobre los yermos campos de junto al Tajo, el rey Leovigildo en homenaje a su sucesor el que sería Recaredo. Porque para alzarse con ese mérito existen otras candidatas. Y no es la menor la que posiblemente se alzó, entre el Tajo y el Guadiela, frente al Club Náutico de Bolarque, y que entre las montañas y pinares aún muestra sus muros arrasados y la gente conoce tradicionalmente como Repópolis. Pero la que centró estudios, conclusiones, excavaciones y aplausos es esta de junto a Zorita.

En el Museo se explican los orígenes, la época visigoda, la sucesiva ocupación por los árabes, y la final estancia, durante al menos otros tres siglos, de gentes del reino de Castilla. Todos ellos pusieron su sello sobre el cerro dominante del río. Sobre un superficie de 33 hectáreas se levantó la urbe visigoda, con basílica principesca y gran palacio real. En el transcurso de los años (y eso que solo se ha excavado y se ve el 10% de su superficie) han ido apareciendo otros elementos que posibilitan el inicio de una explicación plausible. Como por ejemplo, que al ser ciudad real y de referencia en el estado hispánico de los visigodos, en esta urbe se hacía leyes al mismo tiempo que piezas de orfebrería; se fabricaba cristal finísimo y se almacenaban buena parte de las reservas de trigo: incluso existió una ceca, o fábrica de acuñación de monedas, en las que los nombres de los reyes visigodos aparecieron grabados sobre el oro. Un tesorillo encontrado junto a la columna de entrada al presbiterio basilical (y que hoy se conserva en el Museo Arqueológico Nacional) da razón de esa belleza monetal y esa importancia suma en el estado visigodo.

Cosas que hay que ver

Una vez empapados de imágenes, datos y piezas encontradas, desde el Centro de Interpretación se sube al cerro de la ciudad. Una leve subida fácil nos lleva hasta una planicie inclinada desde levante a poniente. En lo más alto, lo primero que nos encontramos, son las ruinas de la antigua basílica cristiana de los visigodos. Transformada luego en ermita románica, y llegada a nosotros en una amalgama extraña pero suntuosa de piedras y equilibrios.

Quedan los abultados restos del presbiterio, con arcos volados de piedra, y muros firmísimos. Además los restos de inicio de muros nos delimitan perfectamente la planta del edificio. Desde una fachada totalmente cerrada, y a través de su única y estrecha puerta, se accedía desde la gran plaza. Era de cruz latina, estando dividida su planta en diferentes espacios que servían a las necesidades funcionales de la liturgia. La cabecera, formada por el ábside – que albergaba el altar- y el crucero, eran los espacios reservados sólo para el clero. La nave central era el lugar destinado a los fieles, los bautizados. Dos naves colaterales flanqueaban a la central y se comunicaban directamente con el transepto.

Sobre el terreno, y según nos explican los especialistas que han estudiado a fondo el edificio, al inicio del templo se encontraba el nártex, el recinto en el que se localizaba la fachada y la entrada principal, una especie de vestíbulo enmarcado por grandes columnas, en el que se albergaban durante las ceremonias los catecúmenos, los que aún no se había bautizado. A un costado se alzaba el baptisterio, lugar fundamental en una basílica visigoda. Bajo su suelo se encontró en 1946 el tesorillo de tremises visigodos, todos de oro y recién acuñados.

La importancia de la planta y restos de este gran templo basilical de Recópolis es su gran parecido con los templos áulicos cruciformes edificados en Bizancio por iniciativa imperial, que inspiraron a las más importantes iglesias aúlicas, dedicadas a los Santos Apóstoles, en muchas ciudades de la Europa controlada políticamente por Bizancio.

Otro de los elementos, a contemplar en Recópolis hoy es el palacio real. El único que existe en la provincia, precisamente para albergar a la realeza visigoda. Era este el lugar donde radicaba el poder: donde vivían y actuaban los delegados gubernamentales, y donde ocasionalmente acudía la Corte. Se levanta, con una planta estrecha y muy alargada, en la parte más alta de la ciudad y en el borde del talud que esta forma sobre el río Tajo: un lugar, sin duda, privilegiado, por las vistas que desde su piso alto se alcanzaba, por el aire que siempre soplaría en sus salones, y por la belleza que tendría su masa sobre el resto de la ciudad.

Según nos cuentan los expertos arqueólogos que han estudiado la ciudad, este conjunto de edificaciones palatinas es el de mayores dimensiones hasta el momento conocido en Europa occidental para este periodo. Además de alojar a los altos dignatarios, este palacio albergaba servicios y funcionarios dedicados a la administración y gobierno de la ciudad y su territorio. Estos estarían en la planta baja, más lóbrega, mientras que la superior, más ornamentada y luminosa, sería lugar de residencia de gobernadores, príncipes y reyes. Al parecer esa planta alta estaba adornada con pavimentos de opus signinum y una importante decoración escultórica. Este edificio se construyó en los años finales del siglo VI, cuando la fundación de Recópolis, y fue recibiendo sucesivas reformas.

Hoy el viajero puede ver un largo espacio con fuertes muros, en algunos lugares reforzados por torreones de planta semicilíndrica, macizos, y en el interior los arranques de poderosos pilares que servirían para sustentar la planta alta.

Detalles y curiosidades 

En el Centro de Interpretación se ven estupendos capiteles rescatados de la basílica, y se comprueba que son similares a otros que existen en la capilla románica del castillo de Zorita. Esa evidencia confirma el hecho asumido desde hace mucho tiempo, de que en época árabe se sacaron de la imperial Recópolis elementos constructivos, y ornamentales, para servir de basamenta, y adorno a la alcazaba árabe de Zorita.

La fuerza que había tenido Recópolis en tiempos visigodos fue la que adquirió Zorita en los del califato cordobés. La “Hispania toletana” se rendía a los pies de “Al-Andalus” y este se llevaba la gloria tallada de la ciudad de Leovigildo hasta el alcázar guerrero y enhiesto sobre la roca de los Beni Dil Num.

Es curioso también en Recópolis, discurriendo por los caminos que marcan al visitante, comprobar el lugar donde estaba una de las puertas de la ciudad. O cómo se han encontrado, muy alejados, fuertes fragmentos de muralla, que delimitaba la gran urbe. También han aparecido, en el nacimiento del arroyo Bodujo, a media legua de la ciudad, los restos de un molino, y algunos fragmentos de acueducto que servían para dirigir el agua de manantiales lejanos a la población. Incluso se ha encontrado, perfectamente reconocible, el lugar que sirvió de cantera para extraer la noble piedra con que construir templos y palacios.

Datos prácticos

El parque arqueológico de Recópolis abre a diario, excepto lunes y martes, durante todo el año. En verano, desde las 10 a las 9 de la tarde. En invierno, desde las 10 hasta las 6. Algunos días señalados festivos, como Navidad y Año Nuevo, está cerrado. Cuesta 5 Euros la entrada, pero es reducida a 2,5 € para jubilados, parados, estudiantes y familias con niños. Incluye la visita guiada a Recópolis y castillo de Zorita. La visita al Centro de Interpretación consta de tres salas y la proyección de un video. En la recepción hay una tienda donde venden libros, postales, recuerdos de todo tipo sobre Recópolis. Los colegios tienen una excelente oferta de talleres (arqueología, cerámica, naturaleza, numismática…) Para cualquier otra duda, llamar al 949 376 898.