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Los judíos, protegidos de los Mendoza

Mose ben Sem-Tob de Leon, autor de El Zohar o Libro del Esplendor.El pasado 27 de noviembre dio comienzo en la Biblioteca Pública Provincial un ciclo de conferencias bajo el tema de “Los judíos en la Guadalajara medieval”. En ese ciclo han intervenido, o van a intervenir, prestigiosas figuras de la Universidad y los estudios históricos en torno al tema, apasionante siempre, de nuestro pasado hebreo. Y analizarán, o ya han analizado, múltiples aspectos de esa presencia judía en Guadalajara. Uno de esos aspectos es el de la protección, continuada, que los Mendoza dieron a los judíos.

Judíos al servicio de la Casa de Mendoza

Una relación, la de los Mendoza y la población judía de Castilla, que tradicionalmente fue siempre abierta y considerada. Llegando en algunos casos a una estrecha colaboración y a un destacado servicio de los hebreos hacia los Mendoza. Precisamente en los finales del siglo XV se acentuó esa colaboración, en la que se mezcló el interés cultural por el financiero, todo hay que decirlo.

Uno de los cargos con que los judíos colaboraron con los Mendoza fue la figura de la mayordomía. Así era en tiempos de don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, y de su hijo, el que llegara a ser primer duque, Diego Hurtado de Mendoza, cuando su mayordomo en Hita (el delegado de su señorío y bienes –además del cobro de los impuestos-) era un judío. Corría el año 1465. En un documento de ese año, dice el marqués que encarga de los asuntos financieros a don Hudá Alasar, mi mayordomo en la mi villa de Hita, o a otro cualquier mayordomo o arrendador que después de vos sea en el dicho cargo.

Además contamos, a través de los documentos, con otro judío a su servicio: don Abrahem Gavison, recaudador general de los territorios ducales, y a quien el segundo duque del Infantado, don Íñigo López de Mendoza, encargó en 1480 los “… 600.000 mrs. que yo le ove de dar para la paga de la gente de armas de mi casa para que las tenga en sy cierto tiempo para me los tornar a mi camara, segund se contiene en las condiciones de cierto arrendamiento que fiso… Don Abraham Gavison aceptó el cristianismo, para no tener que irse de su amada tierra de Castilla.

Otro personaje que destaca en el servicio de los Mendoza es don David de la Hija, quien a finales del siglo XV actuó como mayordomo del duque del Infantado en su villa de Buitrago, protagonizando un sonado pleito contra el mercader Julián Florentín, en el que actuó de mediador y protector el propio duque.

Juderías en los señoríos mendocinos

Sabemos ya, muchas veces aquí lo he contado, que durante la Baja Edad Media el linaje de Mendoza ejerce el señorío “de hecho” en la ciudad de Guadalajara, en la Campiña del Henares, y en buena parte de la Alcarria. Pero no “de derecho”, pues la ciudad caracense era de señorío real, aunque sobre ello pleitearan largos decenios los Mendoza.

En el siglo XIV reciben del rey los señoríos de Buitrago y de Hita, que son localidades de larga tradición, por su inerés estratégico sobre ríos, puentes y caminos, y en los cuales había ya por entonces importanes aljamas judías. En el reinado de Pedro I “el Cruel” tuvo la responsabilidad de la recaudación de los impuestos reales el judío Samuel ha-Leví, quien decidió poner en el castillo que coronaba el cerro en el que asentaba Hita el protocolo de oficinas y almacenaje de esa recaudación general de impuestos.

Si como hemos visto en alguna de las charlas hasta ahora dadas en la Biblioteca Provincial, las aljamas más poderosas y densas de la provincia eran las de Atienza, Hita y Guadalajara, en ellas no hubo, al parecer, problemas en 1391, cuando la población cristiana empezó a matar judíos en un progrom incontrolado. En la villa de Hita vivían, en 1492, un total de 600 judíos, contabilizados en 120 familias. De ellas saldría la invención –una famosa novela muy leída hace años- de Beatriz Lagos en su “La halconera de Hita”.

Hubo también judíos en Cogolludo, que terminó perteneciendo a los Mendoza, y en Torija, lugar de clásica tradición mendocina, y de nutrida presencia de recueros por estar en el camino real de Aragón. Eso mismo ocurría en Atienza, donde la profesión de recuero (transportista) era mayoritaria, y los judíos asentadores, mercaderes y prestamistas tenían establecidos fuertes entramados de negocio e intereses. La de Atienza fue, en la Baja Edad Media, la aljama más poderosa y nutrida, contando con un barrio entero, amurallado, en el que existirían varias sinagogas. De todo ello ha quedado muy contado y casi invisible patrimonio.

Como lugares de señorío mendocino, y ya en menor cuantía, contaron con grupos y comunidades judías las localidades alcarreñas de Trijueque, Tendilla, Jadraque, Tamajón y Mondéjar.

Aunque también ocurrió un cierto aprovechamiento de las ciscunstancias que se dieron en 1492, en la hora del Edicto de Expulsión que los Reyes Católicos proclamaron. Aunque los judíos de los territorios mendocinos eran muchos, ricos e influyentes, muchos tuvieron que marcharse. Y de las prisas por dejar todo lo que tenían, malvender lo que se quedaba (especialmente casas y solares) y rescatar en metálico parte de lo atesorado, resultó el hecho, comprobado documentalmente, de la venta de muchos edificios y locales por parte de los judíos en la calle mayor de su aljama de Guadalajara, que sin duda era la actual “Calle del Museo”. Al costado norte de esa calle, todos vendieron, y todo lo compró don Antonio de Mendoza, quien a partir de 1492 montó las obras que concluyeron en edificación preciosa, de su gran palacio, el primer edificio renacentista de la ciudad y uno de los primeros de Castilla, que luego devendría en Convento de la Piedad mantenido por su sobrina doña Brianda de Mendoza.

Entre los judíos alcarreños, destacan algunas figuras de las que siempre que sale este tema se habla. Uno fue Moisés Arragel, primer traductor de la Biblia al castellano, y otro Isaac Abravanel, comentarista de la Kábala y hombre de gran fortuna, que ofreció grandes sumas al rey Fernando [el Católico] para evitar su expulsión en 1492. Aunque quizás el más importante de todos fue Mosé ben Sem Tob de León, autor del “Zohar” o libro del Esplendor, uno de los textos más importantes de la Kabalah hebrea.

Incluso sabemos que también en los años finales del siglo XV, sería un judío de la comunidad hebrea de Sigüenza quien haría de maestro de la lengua rabínica al entonces vicario de la diócesis, don Gonzalo Ximénez de Cisneros, más tarde gran eclesiástico, arzobispo, canciller e inquisidor.

Los Mendoza tuvieron esa especial afinidad con los hebreos, a los que consideraron amigos y colaboradores. Apreciando su cultura, respetando su religión, y compartiendo con ellos el camino (entonces grande, y ancho) de una España/Sefarad que, de seguro, habría sido aún más grande y próspera si hubiera seguido contando con el trabajo y el ingenio de los judíos.

El Renacimiento en Guadalajara

 

La picota de Horche, recuperada

El rollo o picota de Horche en GuadalajaraHa costado años, pero al fin se ha hecho realidad: en Horche han colocado su rollo o picota, que es monumento histórico que recuerda parte de su evolución concejil, y que ha vuelto a la vida tras la meticulosa tarea de reproducción del monumento por parte del escultor local Juan Francisco Ruiz.

En los últimos días del pasado mes de noviembre, ha quedado colocada la reproducción de lo que fuera el rollo o picota de Horche. Se ha instalado, por parte del Ayuntamiento, en una amplio espacio al inicio del Camino del Cementerio, con buena visibilidad y alcanzando el relieve que todo monumento histórico y patrimonial debe tener en una sociedad culta.

El trabajo, de varios años de dedicación, ya en la jubilación de su actividad manual y artística, ha sido realizado por Juan Francisco Ruiz, quien ha ido tallando las 32 piezas de piedra caliza que la constituyen, y que suman 22.000 kilos trabajados con delicadeza y pasión a un tiempo.

Las dimensiones, proporciones, distribución y detalles de esta picota, obra en su origen plateresca, han sido con precisión calculadas, y rescatadas de la armonía que estas piezas tienen en otras localidades que han conservado en su integridad, a lo largo de los siglos, este signo de autonomía jurídica.

Los datos históricos y la distribución de sus partes y adornos, se los dio a Ruiz el historiador local, cronista oficial de la villa de Horche, y académico correspondiente de la Real de Historia, Juan Luis Francos Brea (1940-2008), quien no llegó a ver impresa su moumental “Historia de Horche” (publicada por Aache en 2009, un año después de su muerte, y en la que estudiaba con detalle la evolucirica del elemento).n la que estudiaba con detalle la evFrancos Brea (acadntegridad, a lo largo de los siglos, este signo de autoón histórica del monumento).

Horche alcanza el título de villa

En el año 1537, Horche alcanza el título de villa, y lo hce gracias al esfuerzo mancomunado de toda su población, pues tal título lo concede el rey de España a aquellas aldeas que son capaces de aportar, en el conjunto de sus habitantes, la cantidad solicitadas por las arcas reales como compra de tal título.

Las ganas que los de Horche tenían de independizarse del Concejo de la Ciudad de Guadalajara, que les controlaba en todo cuanto hacían, y les adminitraban justicia, en grado que ellos consideraban impropio, fue lo que hizo que aceptaran el reto que la Hacienda del rey proponía, y se esforzaron en reunir la cantidad de 5.000 ducados “que montan un quento y ochocientos setenta y cinco mil maravedís”, para con ellos pagar su libertad. A una se pusieron todos los vecinos, y lograron reunir el millón ochocientas setenta y cinco mil monedas de un maravedí que se les pedían.

Aceptando las razones (y los dineros) aportados por el Concejo y homes buenos de Horche, mediante Privilegio de Villazgo y Jurisdicción de la Villa de Horche, “dado en la Villa de Valladolid a veinte días del mes de Diciembre, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesu-Christo, de mil y quinientos y treinta y siete”, la Cancillería real acepta la petición y establece la forma de pago del siguiente modo: “en nuestro nombre puestos en nuestra Corte, la mitad de ellos a veinte días de este presente mes de Diciembre de este presente año de mil quinientos y treinta y siete, e la otra metad en los pagamentos de la Feria de Villalón del año venidero de mil quinientos treinta y ocho de contado”.

El privilegio de villazgo para Horche dice textualmente, entre otras muchas cosas: “…es nuestra merced, y voluntad de vos eximir, è apartar, è por la presente vos eximimos, è apartamos de la jurisdicción de la dicha ciudad de Guadalaxara, è vos hacemos Villa por vos, è sobre vos, é vos damos, è concedemos jurisdicción Civil, y Criminal, alta, y baxa, mero mixto imperio en esta Villa de horche, y en todos sus términos… e vos damos poder, é entera facultad para que podáis poner, y tener, è pongades, è tengades, Horca, é Picota, y Cepo, è Carcel, y Cadena, y Cuchillo, y Azote, y todas las insignias de Jurisdición que las Villas sobre si de estos Reynos pueden, è deben tener, y usar”.

Nos cuenta Francos que el dinero lo consiguieron los horchanos de la lana que sacaban de sus ovejas, y así pudieron pagar la enorme cantidad pedida, y hacerlo del todo en los últimos días de enero de 1538 (o sea, que hace ahora de ello un total de 480 años). A partir de entonces, se publicó el Privielgio real por todos llos rincones de la villa: “el primer pregón se dio en la Plaza Vieja (a espaldas del horno de arriba, en la calle ancha, donde está la casa de Pablo García), el segundo en la plaza Nueva, que es la actual antes de ser ensanchada, y el tercero en la plaza de la Fuente Vieja. También se pregonó en Lupiana, Romanones y Tendilla”.

Se levantan los símbolos del villazgo

De inmediato se levantaron los símbolos del título de Villa: la horca y la picota. La primera de ellas, de ladrillo y madera, se levantó en un pequeño cerro detrás de la ermita de la Virgen de la Soledad, que aún hoy se conoce con el nombre de Cerro de la Horca. En épocas antiguas se utilizó para colgar los restos de algún ajusticiado, pero el aparato se fue deteriorando y desapareció completamente, quedando de él tan solo el apelativo del cerro en que se levantaba.

Lo que sí propusieron los nuevos regidores fue hacer un gran rollo, de piedra, y ponerlo en la plaza mayor de Horche, como ilustración y evidencia de ese poder que ganaban, el de administrarse, ellos mismos, la justicia. De ahí surgió el rollo (todavía mal llamado “picota”) que lució medio siglo en la plaza, y que un mal viento se llevó. Hasta hoy, que de nuevo se ha levantado, recuerdo de aquellos buenos tiempos.

Nos da noticias de esta primera picota el historiador Juan Luis Francos, que en su gran “Historia de Horche” viene a decir que “La picota se levantó en la Plaza Nueva, y era de yeso y piedra suelta. La levantó el vecino Miguel de la Hoz, sobre cuatro gradas. Pero diez años después, en 1548, se ajustó con el maestro de cantería, Pedro de Medina, en 50.750 maravedís, sustituirla por otra de piedra paxarilla, curiosamente dolada, con cuatro columnetas de labor estriadas en las cuatro esquinas, coronadas de escarpias, y en un ángulo pendiente la argolla, que es para ciertos delitos de mala vergüenza. La desdicha hizo que en el año de 1590, cuando, convertida la plaza en teatro de las Comedias, se ató un cabo de la lona que cubría el teatro a la picota y sobrevino con fuerza una fortísima ráfaga de viento que dio con la picota en el suelo. Ahí acabó la historia de la picota en Horche. Sus piedras fueron sacadas de la plaza y según testimonio de Juan Talamanco, con ellas se levantaron las peanas de la Vía Sacra”.

De huracanes “tirapiedras” sabe bien en Horche, que en su altura aguanta ventoleras de nota. Dijeron los cronistas antiguos que en 1515 el viento derribó un enorme olmo que, con sus ramas, daba sombra a toda la plaza. “Y con la madera de su tronco se construyeron los bancos para el teatro de las comedias, cada uno medía aproximadamente 0,21 metros de ancho por 5,6 metros de largo. Dichos bancos aún existían en 1710 cuando las tropas del archiduque Carlos, en la guerra de Sucesión, incendiaron gran parte de la villa y en él se quemaron los centenarios bancos”, nos dice Francos.

Al hilo de todo esto, conviene recordar la frecuencia y boato con que en Horche se celebraban comedias al aire libre, especialmente en el día de Corpus Christi. Las compañías que venían, contratadas por el Concejo, ensayaban desde días antes. La costumbre se remonta al siglo XV, y hasta principios del XVIII se representaron anualmente, con la expectación consiguiente. Las pagaba la Cofradía del Santísimo, y consta en documentos que en el año 1613 se representaron “El príncipe inocente” de Lope de Vega (llamaban “Torca” a esta comedia, por su protagonista Torcate). Además se pusieron otros días “El duque de Moscovia, y El Emperador Perseguido, ambas de Lope, que era el autor de moda. Tirando la casa por la ventana, además de la pólvora gastada en tracas, y muchas misas y homilías, se representó el romance anónimo que decían de “El duque de Arjona”. En todo caso, una evidencia de cómo en tiempos pasados, sin tele ni carpas, la gente se divertía también a lo grande.

 

rollos y picotas

 

Una obra para la eternidad

El autor de la réplica ahora colocada en Horche, Juan Francisco Ruiz, es un buen conocedor de los materiales de construcción, porque toda su vida la ha pasado entre ellos. La piedra para construir esta picota de Horche la adquirió en Lérida, es una piedra “de ley”, medio arenisca medio caliza, muy blanca, que aguantará bien las inclemencias, y que ya va a ser difícil que un mal viento la tire.

La altura del monumento roza los ocho metros, y antes de ponerse a tallar, el autor estudió y preparó su tarea a conciencia. – No se pueden hacer las cosas de cualquier manera. La altura y la anchura de las piezas tienen que ser proporcionadas y esos datos están escritos en los libros, yo los conozco y los he seguido al pie de la letra- ha declarado Juanfran Ruiz. La tarea la inició hace unos diez años, cuando Juan Luis Francos estaba escribiendo su “Historia de Horche” y le animó a que hiciese esta réplica. El cronista horchano le dio los datos que esgrimía fray Juan Talamanco en su barroca historia de la villa. Y así entre unos y otros, y después de esperar unos cuantos años a que se decidiera el lugar donde ponerla, se ha alzado y es hoy una hermosa realidad.

El románico de junto a Sigüenza

Iglesia de Jodra del Pinar, Guadalajara
En el entorno más inmediato de Sigüenza, surge el románico más primitivo y perfecto. Nuestra tierra es lugar del que surgen formas nuevas (aunque traídas de muy antiguo) y decoraciones inventadas. Ya que estamos ahora dando a conocer los entornos de Sigüenza (las torres, las puertas, las ermitas y las galerías porticadas), esta es ocasión de pararnos ante tres de las iglesias más representativas de ese entorno
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Primero Jodra, la del Pinar

Jodra está a media legua de Sauca, y en el inmediato entorno de Sigüenza. Se puede llegar, incluso, andando. Perteneció este mínimo caserío al Común de Villa y Tierra de Medinaceli, y en su repoblación, allá por la segunda mitad del siglo XII, se llenó de gentes norteñas que pusieron, con la ayuda del cercano obispo seguntino, esta iglesia de traza sencilla pero a la que no falta detalle para considerarla ejemplar en el catálogo de la arquitectura románica de Guadalajara.

Este templo fue construido, ateniéndonos a su estilo y detalles ornamentales, en la segunda mitad del siglo XII, comulgando de las características del románico castellano más simple y puro. El edificio en cuestión está asentado sobre un recuesto, orientado al sur, con amplias vistas sobre el valle que surge al pie del pueblo. Construido con sillarejo y sillar de tipo arenisco, en tonos pardos o incluso fuertemente rojizos, como es normal en toda la zona. Es ese el color de la tierra seguntina.

El templo está perfectamente orientado: ábside a levante, espadaña a poniente, y atrio con entrada a mediodía. Su estado de conservación es muy bueno, y el interior, enlucido sucesivamente con yeso tosco, muestra nítida su estructura primitiva.

En su costado de poniente se alza la pesada espadaña, rechoncha, de remate triangular, con muy obtuso ángulo, en cuyo vértice surge sencilla cruz de piedra. Dos altos vanos de remate semicircular contienen las campanas. Esta espadaña se prolonga hacia el templo, creando un cuerpo macizo, usado como palomar. En su costado de levante, el templo se estrecha, mostrando el rectangular presbiterio y el semicircular ábside, construidos en los mismos materiales. En el centro del ábside se abre una aspillerada ventana de remate semicircular. El alero se sostiene por modillones bien tallados que alternan el tema estriado con el de bisel.

Pero al viajero que llega a Jodra, sin duda lo que más le gusta es el aspecto exterior meridional, en el que se abre la puerta de ingreso, y sobre el que apoya la galería porticada. Esta galería muestra su fábrica de sillar arenisco, y se remata por alero sostenido de bien tallados modillones de tipo biselado. En el frente de esta galería se abren cinco vanos: el central, más ancho y elevado, sirve de ingreso, y a cada lado otros dos, separados entre sí por sencillas columnas cilíndricas rematadas en capiteles con decoración vegetal de superficial talla. El remate de estos vanos es de arco perfectamente semicircular, adovelado, de arista viva. Para acceder al vano central de acceso, hay una escalinata de cuatro tramos, en piedra; los vanos laterales apoyan sobre una basamenta de sillar.

Dentro del atrio, y sobre el muro sur del templo, aparece el portón de ingreso, sencilla pero elegante obra del estilo. Es un vano de arco semicircular, formado por diversas arquivoltas lisas. Se limita por sendas pilastras que rematan en saliente cornisa, y de ellas surge el arco semicircular, adovelado, de arista viva. En torno a él, tres arquivoltas, que descansan, a través de saliente imposta lisa, en sendos capiteles de sencilla y superficial decoración de hojas. Estos apoyan en sus correspondientes columnas adosadas, y ellas, a su vez, lo hacen en basas y en una basamenta corrida.

El interior del templo, con reformas y enlucidos sucesivos, es muy simple. El silencio y la pulcritud rural del conjunto, confieren y levantan de ese impracticado lugar del alma el respeto por los tiempos idos, el amor a los que, siglos hace, nos precedieron…

Luego Sauca, la brillante

La pequeña villa de Sauca, que se encuentra alzada en la paramera de la serranía del Ducado, perteneció desde la reconquista a la Tierra y Común de Medinaceli, y siglos adelante quedó incluido en los estados extensísimos del ducado de Medinaceli, tenido por la familia de los La Cerda, en la que se mantuvo hasta el siglo XIX.

De su patrimonio destaca la iglesia parroquial, obra arqui­tectónica del estilo románico rural, levantada en el siglo XII en sus finales o principios del XIII, poco después de la definitiva repobla­ción de la zona. Consta de un edificio con gran espadaña sobre el muro de poniente, con un par de grandes vanos para las campanas, y un remate de airoso campanil, todo en rojizo sillar construido. El alero del templo está sostenido por múlti­ples canecillos y modillones tallados. El interior, de una sola nave, modificado en siglos posteriores, no ofrece tampoco nada de interés, excepto la primitiva pila bautismal, también románica del siglo XII.

Lo más destacable de esta iglesia es su gran atrio porticado, que se abre en los muros del sur y del poniente del templo. El principal acceso lo tiene al sur, a través de un arco en la galería que da acceso al amplio espacio donde, en la Edad Media, se celebrarían las reuniones del Concejo. A cada lado de este arco de ingreso se abren cinco vanos cobijados por arcos ado­velados semicirculares, que apoyan en columnillas pareadas rematadas en bellos capiteles bien tallados. El cimacio de los capiteles se continúa sobre el muro esquinero del atrio, a modo de imposta, para enlazar con la arcada del ala de poniente, en la que se abren un total de seis vanos, uno de ellos más alto, que servía de ingreso, y los otros sustentados en columnillas también pareadas y capiteles. Aparte del valor arquitectónico que posee este templo, son de destacar al visitante y aficionado a este estilo la magnífica colección de capiteles que forman en su galería porticada.

Predomina en el conjunto la decoración vegetal, a base de grandes hojas de palma, cardos estilizados, hojas de acanto, etc., pero todas ellas diferentes, e incluyendo entre sus conjun­tos, algunas veces, pequeñas cabecitas humanas o animales. Un capitel muestra borrosa escena con un arcángel que empuña un bastón crucífero. Quizás San Miguel, jefe de las escuadras celestiales. Y otro capitel, el que remata la columna pareada que escolta, en su lado izquierdo, la puerta de ingreso al ala meridional del atrio, muestra por uno de sus lados un par de figuras sacerdotales, cubiertas de ropajes (la armilausa) típicamente visigodos, como calcados de viejos pergaminos miniados, y por el otro lado deja ver una rudimentaria Anunciación en que el Arcán­gel Gabriel saluda a María, con libro en la mano, y puesta en pie; aún se muestra en este grupo escultórico un par de ani­males monstruosos enfrentados, (un grifo y un león), animales que durante el Medievo aparecen en lucha, como significando la del Bien y el Mal entre los hombres.

Iconografia romanica de Guadalajara

Y al fin el detalle: el capitel de los monstruos, en Sauca

En la galería porticada que da al sur, en la iglesia de Sauca, podemos contemplar algunos capiteles tallados y emparejados, sencillos y misteriosos. Con el defecto de los siglos sobre su superficie, parecen sin embargo que siguen hablándonos. Uno de ellos nos ofrece imagen de la Anunciación, y otro una pareja de eclesiásticos antañones. Quizás el mejor de todos sea el que muestra un par de ani­males monstruosos enfrentados, un grifo y un león, animales que durante el Medievo aparecen en lucha, como significando la del Bien y el Mal entre los hombres. Los modelos de todos ellos son muy arcaicos, lo que nos deja evidencia de que, aún en el siglo XII, los tallistas románicos copiaban modelos de antiguos códices miniados.

Qué sea un león, es cosa sabida de todos. Pero del grifo hay menos datos. El grifo es una palabra griega que identifica a una criatura mitológica, cuya parte superior es la de un águila gigante, con plumas muy definidas, afilado pico y poderosas garras, y la parte inferior es la de un león, con pelaje profuso, musculosas patas y rabo. Hay grifos que se representan con orejas puntiagudas en la cabeza o plumas en la cola. Según explica la tradición, el grifo es ocho veces más grande y fuerte que un león común y no es raro que se lleve entre sus garras a un caballero con su caballo o a una pareja de bueyes. Con sus garras se fabricaban copas para beber, y con sus costillas arcos para tirar flechas. Eso decían los antiguos.

El origen de este animal quimérico está en el Medio Oriente, pues el arte de Babilonia, Persia y Asiria le representó en muchas ocasiones. En el Mediterráneo Oriental también llegó su presencia, en la pintura minoica y en el famoso sarcófago de Hagia Triada. Griegos y romanos siguieron creyendo en los grifos, pasando la creencia al primitivo cristiano, apareciendo nombrado en los “bestiarios” de San Basilio y San Ambrosio, como seres del averno que alteran el sereno discurrir de las buenas gentes cristianas. De ahí que tuviera en un principio la mala prensa de ser un animal peligroso y agresivo.

Pero luego cambió su sentido, y al final del Medievo y sobre todo en el Renacimiento, el grifo es tenido por un ser protector, que mezcla en sí la fuerza, el valor y la vigilancia de los caminos. Uno de los lugares donde con mayor profusión y belleza aparecen los grifos, de todo el arte hispánico, es en el patio de los leones, del palacio del Infantado de Guadalajara. Allí (curiosamente, al igual que en el capitel románico de Sauca) aparecen los grifos y los leones custodiando los emblemas heráldicos de los Mendoza y Luna. En ambos casos, son animales protectores.

En todo caso, es curiosa esta pervivencia de la mitología sobre el arte hispánico, y la aparición en este capitel de Sauca de esa ancestral lucha entre dos animales, que representan el Bien y el Mal, pero alternativamente, sin clarificar nunca, como ejemplo de la lucha de los elementos del Universo no humano, como evidencia del desamparo que la especie de los hombres tiene frente a las fuerzas incontrolables del mundo, del tiempo y del espacio.

El anónimo escultor de la galería de Sauca, recogiendo comentarios, lecciones y sermones que ha oído, coloca escenas bíblicas, personajes respetables del cristianismo, junto a misteriosos animales a los que nunca ha visto. El león y el grifo aparecen en este lugar, mal tallados, pero enfrentados, rampantes, luchando. En representación de esa lucha de la valentía y la cobardía, de la virtud y el pecado, de la lealtad y la traición, en definitiva del maniqueísmo, que por esa época está simbolizando en muchos lugares de la Europa medieval la dual tendencia del catarismo, la heterodoxia albigense. Es una imagen bonita, simplemente, que no nos permite por sí sola llegar a conclusiones más drásticas, como por ejemplo decir que en Sauca, en el siglo XIII, había seguidores del gnosticismo, o que lo fueran los tallistas y escultores de la galería parroquial. Al menos nos da pie para pensarlo y aventurarlo.

Avanzando entre torres por la sierra del Ducado

El castillo de la Torresaviñán

El castillo de la Torresaviñán

En los alrededores de Sigüenza pueden encontrarse numerosos testigos de su pasado estratégico, señorial y caminero. El valle del Henares fue un punto de comunicación entre ambas mesetas, pero también la sierra del Ducado cabalga Castilla y Aragón, y por sus caminos desfilaron antiguamente guerreros y recueros. Las torres que defendían pasos, puentes y caminos quedan todavía en pie. Veamos algunas.

El castillo de la Luna en Torresaviñán

Desde Sigüenza se llega a la Torresaviñán atravesando el río Dulce por Pelegrina. Pasados los cortados donde se puso mirador y recuerdo a Félix Rodríguez de la Fuente, se levanta el camino y se asoma a la llanada alta de la paramera en la que alza su frente el castillo –o lo que queda de él– al que llamaron de la Luna. También se le ve cuando circulamos por la autovía N-II de Madrid a Zaragoza, al atravesar los altos y pelados páramos de la Alcarria alta, haciéndose sorpresa el avistar un castillo montano que parece anclado, en permanente atalaya, sobre el borde de un cerro ofreciendo su escueta torre a la luz y el sueño.

En muy antiguos tiempos, este otero sirvió de habitáculo a los pueblos celtibéricos. Sobre él se construyó, durante la dominación árabe, un torreón vigía, y tras la reconquista y repoblación de la comarca, efectuada en el siglo xii por don Manrique de Lara, se reforzó la torre, levantando verdadero castillo, y poniendo en su derredor un humilde y escaso caserío, con pequeña iglesia dedicada a San Juan o San Illán. El Rey Alfonso xi, en 1154, se lo donó al obispo de Sigüenza, don Pedro de Leucata y a su Cabildo catedralicio, para que lo disfrutaran en señorío, así como su aneja aldea de la Fuente, hoy Fuensaviñán. Pasó posterior­mente a ser propiedad del infante don Juan Manuel, quien reforzó el castillo, y de este caballero feudal, en 1308, a través de venta realizada por su hijo, pasó al obispo de Sigüenza don Simón, que­dando a partir de entonces bajo la jurisdicción de los prelados seguntinos. Bajo este señorío, la población de La Torresaviñán se trasladó a más acogedor y templado lugar, abandonando y dejando solitario el castillo en lo alto del cerro.

El castillo, que las gentes de la comarca llaman de la luna, posee una bella estampa sobre el otero en que asienta. Cons­taba de un breve recinto cuadrangular, de altos muros de mampostería, con cubos en las esquinas y una gran torre del homenaje en su ángulo suroriental, que es casi lo único que per­manece. Rodeado de fosos, hoy ya casi cegados, mantenía una defensa no demasiado fuerte. En realidad, su misión era más de vigilancia que de defensa de un territorio. Lo que queda actualmente muestra las señales de los cuatro pisos que tuvo, con entrada a nivel del primero de ellos, al que sólo podía llegarse por medio de una escala de mano. La estancia baja, con muros de más de dos metros de espesor, sólo tenía la luz que le permitía pasar un estrecho agujero hecho en el suelo de la primera planta. Quizás se utilizó como mazmorra.

La visita de este castillo, que cuando se le ve de cerca es mucho más grande de lo que parece, puede hacerse cómodamente aparcando el coche en la cuneta de la carretera que va hacia La Fuensaviñán, y atravesando los campos se trepa sin dificultad por la loma que nos conduce a su altura. Allí los muros derruidos de la cerca, y la gigantesca presencia de la torre del homenaje, nos dicen claramente de su grandiosidad primitiva.

La torre de las Cigüeñas en Anguita

Anguita está a corto trance de Sigüenza. Total, es subir hasta Alcolea, cruzar (como se pueda) la N-II), y enfilando hacia Molina, mirar primero la rocosa ferocidad de Aguilar, y luego llegar hasta Anguita, donde nos sorprende la situación del pueblo sobre una alta y rocosa lastra que se rompe al norte de la población, lamiendo sus costados el río Tajuña. En ese lugar, de fuerte impacto paisajístico, se creó la primitiva población, y aunque desde época prehistórica fue ocupado, es en la Edad Media cuando adquiere importancia.

Dicen en Anguita que a la población que hubo aquí inicialmente la llamaron las cuevas de Lonzaga, y que en este lugar es donde acampó el Cid Campeador en su camino del destierro hacia Levante. La verdad es que el texto del “Cantar de Mío Cid” deja bien claro que allí pasaron un tiempo, don Rodrigo y sus mesnadas. Poor lo menos una noche, si no fue más, porque el lugar (que hoy es el “barrio de las cuevas”) invita a quedarse.

Asentado ya el dominio cristiano de la zona, se levantó en el borde de la lastra una elevada atalaya vigilante del estrecho paso sobre el Tajuña, símbolo del control militar de esta zona por los duques de Medinaceli, señores de estas sierras pinariegas. Lo que hoy nos queda de esta torre, a la que llaman de las cigüeñas los lugareños (y no es difícil ni arriesgado suponer por qué) es un murallón empinado y valiente, que ha sido restaurado y se supone que con pretensiones de aguantar ahí, templado al sol y al viento, otros ocho siglos más.

Anguita fue poblada desde varios siglos antes de Cristo por pueblos celtíbe­ros, y su paso estrecho sobre el Tajuña fue lugar de vigilancia y defensa. Tras la reconquista, quedó incluida en el alfoz o Común de Villa y Tierra de Medinaceli, para tras el siglo XV reconocer en señorío a los de la familia la Cerda, y así formar en el llamado ducado de Medinaceli, de cuyas sierras es uno de los más importantes núcleos de habitación.

Aparte de admirar esta torre, incluso de subir hasta su base, pues se ha hecho un camino fácil escoltado de pasamanosde madera, yo recomendaría al viajero que entre en el pueblo, recorra sus calles anchas, en cuesta, mirando caserones de sillar y la gran iglesia con retablos barrocos. A la iglesia parroquial se le dio tradicionalmente calificativo de ermita, mientras que la auténtica parroquia, dedicada a San Pedro, con ciertos visos románicos, estaba junto al río, en el barrio de las cuevas. La iglesia está dedicada a la patrona del pueblo, que es la Virgen de la Lastra (accidente geográfico que supone asentarse en lugar seguro y bien defendido), mientras que junto al río permanece cerrasda, aunque hoy bien compuesta y restaurada, la que fuera parroquia de San Pedro, con unos arcos góticos en el interior que recomiendo también, a quien lo pueda hacer, admirar de espacio y sonriendo. 

El torreón de la Cueva de los Casares

Nos vamos ahora de búsqueda arqueológica. Yo siempre he pensado que los aficionados, y los profesionales, de la Arqueología, son como fieles de una religión antigua, porque creen en lo que no ven, y disfrutan simplemente con estar en los lugares donde, imaginan, hubo una ciudad, un templo, un campo de batalla… de los que no queda absolutamente nada.

Pero siguiendo la carretera que de Sigüenza nos ha llevado a Alcolea, y por ella prosiguiendo nuestro camino del Ducado, arribamos a Riba de Saelices, y desde su caserío tomamos el carril que nos lleva unos kilómetros más arriba, a la cueva de los Casares, que se abre en la orilla izquierda del río Linares, en el costado del Cerro del Mirón, en un paraje abrupto por el que el río discurre encajonado a la puerta de lo que fueron unos pinares que se quemaron, en el Valle de los Milagros.

Aunque no nos iremos de aquí sin entrar en la cueva y admirar sus grabados paleolíticos, lo primero que haremos será admirar el torreón que levantaron los árabes en sus remotos siglos. Así vemos, en lo alto del cantil, una torre desmochada, que ha sido fechada en el siglo IX y que se alza sobre la roca en la que se abre la cueva; esta torre tiene varios rasgos típicamente islámicos en su obra, como son la zarpa o zócalo escalonado sobre el que se asienta, la puerta elevada con respecto al nivel del suelo, la tendencia a regularizar con lajas las hiladas de piedras desiguales, el uso de losas puestas de canto y las bovedillas por aproximación de hiladas al interior de los vanos de la puerta y del pasadizo de la escalera interior. De esas misma y remota época datan un aljibe abierto en el vestíbulo de la cueva, además de restos de cimentaciones que han dado al paraje su nombre de “Los Casares”. Todo esto se puede visitar hoy sin peligros, porque hay guías que lo enseñan.

El interior es algo más, mucho más. Es un templo del arte, de la magia, de la evocación del hombre en sus principios. Descubierta por el doctor Layna Serrano, a indicaciones de don Rufo, el maestro del pueblo, sería excavada y analizada con rigor por Juan Cabré y luego por Barandiarán, Balbín, Acosta, Alcolea y otros equipos. Lo más interesante, sin duda, son las representaciones talladas de los animales que constituían la base de la subsistencia de sus habitantes: caballos, ciervos, rinoceronte lanudo, glotón, algún mamut… y algunas figuras humanas. Destaca “la magnífica cabeza de caballo en la que se ha logrado genialmente una obra maestra… es una gran creación artística lograda con pocas pero certeras líneas grabadas” (según digo de ella Martín Almagro). La época de talla y ocupación, aunque siguen existiendo discrepancias, estaría en torno a la última glaciación, unos 15.000 años a. de C.

Salimos de la cueva, bajamos del cerro, tomamos el camino…. Y regresamos por Riba y Alcolea nuevamente hasta Sigüenza.

Castillos y Fortalezas de Castilla La Mancha

Castillos y Fortalezas de Castilla La Mancha

 

La Navidad en Santa María de la Fuente la Mayor

Natividad en Santa María la Fuente la MayorTodos ya preparando, de alguna manera, la conmemoración del Nacimiento de Cristo. La Natividad de Jesús, la Navidad que se repite, año tras año y siglo tras siglo. Huellas de ese aniversario quedan por múltiples lugares de nuestra tierra, y ahora me parece buen momento para ponernos frente al retablo de la iglesia de Santa María, y recordar esta Navidad, y analizar las formas en que su autor, hace casi cuatro siglos, la recompusiera.

La iglesia (hoy con el título de concatedral) de Santa María de la Fuente la Mayor, en Guadalajara, ocupa el espacio (según se dice tradicionalmente) de la mezquita mayor, de cuando la ciudad llevaba por nombre el Wad-al-Hayara que le pusieron los musulmanes, sus creadores.

Tras la conquista, y posterior cristianización del entorno, se construyó un templo que, como siempre ocurría en las ciudades preivamente tenidas por los árabes, se le puso el título de Santa María, se dijo que era “la mayor” de las iglesias del burgo, y se le apellidó “de la Fuente” por haber una en la plazuela que se abría ante su costado de poniente.

El templo, construido en estilo mudéjar, se ha ido colmando de piezas de arte, de enterramientos, de liturgias y escudos a lo largo de los siglos. Quizás uno de los elementos más espléndidos del templo sea su retablo principal, el que decora la pared del fondo de su presbiterio.

Esta obra portentosa fue realizada en el primer tercio del siglo XVII, siendo diseñado por el artista franciscano fray Francisco Mir, concretamente en 1624. Se estructura en dos cuerpos y tres calles, estando ocupados sus espacios expositivos por magníficas escenas de talla en relieve representando pasajes de la Vida de la Virgen, así distribuidas: la Natividad y la Epifanía en el nivel bajo, y la Anunciación y la Visitación en el alto, presididas todas al centro por una representación muy cuidada de la Asunción de María. Sobre ella la Trinidad. Y en lo alto un Calvario. Es obra manierista bien policromada y tratada en sus tallas y aspectos estructurales con mesura y elegancia. Iconográficamente responde a la distribución plenamente trentina de consideración de María Virgen como eje de la adoración hacia su Hijo Jesús Cristo, y a través suyo de la Trinidad completa. Una reafirmación católica en los turbulentos años de las luchas de religión en Europa.

En esta hora de la Navidad, en el asombro ante las obras de arte pasadas que nos muestran las secuencias del Nacimiento y primeros meses de Jesús, este retablo tiene dos paneles que son sustanciales, magníficos de talla, exquisita obra de arte.

El panel dedicado a la Natividad es el más profuso en personajes. Nada menos que trece figuras aparecen en la escena. Las dos principales, José y María, en pie en el borde izquierdo del conjunto. Admirando la presencia del Niño Jesús, recién nacido, desnudo y recostado sobre un pedestal cubierto con una simple tela. Le acercan (por detrás de María) sus hocicos la mula y el buey. Y a la derecha del panel, en actitud orante y admirativa, los pastores, los primeros que le adoran. Son cuatro personajes, que aparecen de cuerpo entero los dos delanteros, y solo en busto los dos traseros. Los que aparecen enteros van ataviados con trajes de cierta calidad, mostrando ser pastores pudientes, pues uno de ellos deja caer de su cinto una cantimplora muy hermosa, quitándose el tocado ante Jesús.

Se ve otro pastor, anciano, de cuerpo entero, con cayado en la mano, simulando estar en lo alto de un cerro. Y luego completan el conjunto cinco ángeles, dos de ellos sobre la cabeza del Niño, orando junto a él, y tres más como volando, ante el escenario de arquitectura clásica que Mir pone a este panel, como al resto de las escenas del retablo.

El panel dedicado a la Epifanía es muy clásico en su composición, y muy revelador del orden iconográfico del momento. En el centro, la sagrada pareja (José y María) con el Niño Jesús en el centro. rodeados de los tres reyes a los que acompañan dos criados. Frente al Niño, aparece Melchor, el más anciano de los magos sabios, que le ofrece oro abriendo una caja, en la que el Niño mete la mano. Es el principal, por edad y por ser de raza blanca.

Le siguen a la derecha del panel, Gaspar, más joven con aspecto más moreno, y llevando un contenedor de incienso, acompañado de un paje. A la izquierda, en el extremo más exterior, Baltasar, de raza negra, con su paje, y levantando también la cápsula de la mirra. El rey Melchor va destocado ante el Niño, aunque ha dejado su corona en el suelo, como signo de reverencia. Los otros magos, van tocados, con sus respectivos atavíos, turbante y gorro africano. A la escena acompañan los dos animales de Belén, la mula y el buey. Y en el fondo, una severa arquitectura clásica.

Serán estos días una ocasión de oro para bajar hasta Santa María, y allí llegarse ante este altar rutilante de dorados y óleos, vibrantes la figuras, como sonando. Es la imaginería de la Navidad que celebramos, y por tanto un instante de tradición, de saberse dentro de este río inmenso, seguro en su cauce, perenne en su caudal, de la Humanidad cristiana.

Arte y Artistas de Guadalajara