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Trillo en la mirada de un viajero del siglo XIX

traje tipico de la alcarriaEste fin de semana va a desarrollarse en Guadalajara el Primer Encuentro de Etnología, y en él van a participar varias docenas de estudiosos sobre los temas que se refieren a esa disciplina, de la que fue abanderado y uno de los iniciadores, nuestro amigo José Ramón López de los Mozos, a quien se tributará en el transcurso de dicho encuentro un merecido homenaje.

Durante la tarde de hoy, en el Museo de Guadalajara (sito en el palacio del Infantado) y los días de mañana y el domingo, se celebrará por vez primera un Encuentro Provincial de Etnología. Pretende ser este encuentro un foro de intercambio y de debate sobre diversos temas relacionados con la cultura tradicional de la provincia de Guadalajara, abierto a investigadores, profesionales, docentes, estudiantes y público en general.

El Encuentro se establece con motivo de celebrar la llegada al número 50 de la Revista “Cuadernos de Etnología de Guadalajara” que la Excmª Diputación Provincial viene editando desde 1987, y en la que han cabido cientos de aportaciones de muchos estudiosos en torno a los temas costumbristas de nuestra provincia.

En el desarrollo de este Encuentro, se abordarán diferentes aspectos de la cultura tradicional de la provincia de Guadalajara tales como actividades productivas, indumentaria, música y danza, vocabulario, cultura material, museología, arquitectura, gastronomía, costumbres, religiosidad popular y posteriormente estos trabajos se reunirán en edición impresa constituyendo el número 50 de “Cuadernos de Etnología de Guadalajara”, Revista de Estudios del Servicio de Cultura de la Diputación Provincial, estando prevista su salida para el segundo semestre de este año.
La ponencia inaugural tendrá lugar en el Museo de Guadalajara hoy viernes a las 17:30 horas y correrá a cargo de Concha Herranz, Jefa de Colecciones del Museo del Traje, que hablará sobre “Indumentaria tradicional de Guadalajara en los fondos del Museo del Traje de Madrid“, y tras la primera sesión de comunicaciones, en el Centro San José se realizará una proyección de cine etnográfico sobre Guadalajara que ha sido seleccionada por Julián de la Fuente Prieto (Universidad de Alcalá de Henares), que también hará una introducción a la misma.
Mañana sábado 21, desde las 9 horas se celebrarán las sesiones (tres por la mañana y una por la tarde) de lectura de comunicaciones en el Museo de Guadalajara (en la planta primera del palacio del Infantado, salón de actos), complementándose con unas demostraciones de artesanía a cargo de los profesores de la Escuela de Folklore de la Diputación de Guadalajara. La jornada concluirá en la Sala de Exposiciones del Centro San José con la inauguración de la muestra “Temas etnográficos en los fondos del Centro de la Fotografía y la Imagen Histórica de Guadalajara (CEFIHGU) de la Diputación de Guadalajara”.
Finalmente, el domingo 22, los participantes se desplazarán a Atienza, donde serán recibidos en el Ayuntamiento de la localidad para seguidamente realizar una visita a la “Posada del Cordón”, que alberga el Centro de Interpretación de la Cultura Tradicional de Guadalajara dependiente de la Diputación Provincial, Y allí mismo, a las 16:30 h. la profesora titular de la Universidad de Alcalá de Henares Eulalia Castellote Herrero presentará la ponencia de clausura: “Arte y tradición en Guadalajara“, a la que seguirá las conclusiones, puesta en común, entrega de diplomas y clausura del Encuentro.

 

la españa de cela

La mirada de un asturiano sobre el Trillo del siglo XIX

Mi participación en este Encuentro de Etnología se va a centrar en la recuperación de un viejísimo “cuaderno de campo” con dibujos que realizó, a finales del siglo XIX, un asturiano viajero y rico, don Sebastián de Soto y Cortés Posada, que durante varios años, entre 1875 y 1880 acudió a “tomar los baños” a los de Trillo.

En ese cuaderno plasmó, si no con excelencia, sí con oportunidad y acierto de curioso, imágenes de una tierra, la Alcarria, en esa época, en la que todo “llegaba de Madrid”, aunque allí se seguía viviendo casi en la Edad Media. De tal modo, que a lo largo de una veintena de grandes láminas, Soto realiza retratos de edificios de Trillo (la iglesia, la posada, la plaza mayor, algunos palacios…) de arboledas y paisajes y, sobre todo, de personajes de la época y de tipos de la localidad. Aparecen así el boticario, el gerente de los baños, el alcalde, y otros tipos ataviados con la indumentaria tradicional (chaquetas, fajas, moños, sombreros…) dando una estampa de verismo y un retrato perfecto de un tiempo ido.

Además cuenta el señor Soto sus viajes por Cifuentes, y por Villaescusa de Palositos, en aquellos veranos. Y ofrece la anécdota que le ocurrió en este último pueblo, en el que charlando con unos aldeanos, estos le ofrecieron unos platos antiguos de cerámica decorada, para que los dibujara con tranquilidad en el Balneario, o donde quisiera. Y él se los devolvió al año siguiente, con la admiración de unos y otros al comprobar que en “este país” siempre son más numerosas las gentes honradas, que las que van a pillar lo que encuentren. Así ha sido siempre, y así sigue siendo, afortunadamente, hoy en día.

De la figura de Sebastián de Soto y Cortés se han ocupado otros autores, porque el individuo fue coleccionista de arte, artista él mismo, y estudioso de las artes. Quien más ampliamente le estudia es Constantino Suárez, en su Diccionario de asturianos artistas, así como Fermín Canella y Secades, en su necrológica. Tuvo una gran finca con palacio incluido en Labra y Posada, cerca de Cangas de Onís. La visité hace años, y comprobé lo grandioso de su legado.

Lo curioso, en todo caso, de su aportación, es esa forma tan directa de plasmar en apuntes rápidos a los tipos, a las gentes de Trillo, y de otros lugares de la Alcarria, mostrando con claridad sus formas de vestir, de peinarse, y de acicalar las mulas en las que transportaban mercancías. Sin duda que sus imágenes, sin ser prodigio artístico, hoy se evidencian utilísimas para tener constancia de la forma de vida de nuestra tierra en tiempos pasados.

Cela y España

La España de CelaNos llega a las manos un nuevo libro de Francisco García Marquina. Esto es ya una buena noticia, por sí misma. Porque la veteranía y pulcritud del escritor madrileño ha ido decantando hacia caminos de perfección y asombro. Lo que suma interés a la noticia es que ese nuevo libro trata de Cela, y aún se alza el mérito, y el interés, al saber que el análisis que en él hace es el de “Cela y España” como un emparejamiento obligado.

Cela en Guadalajara

Todos sabemos, a estas alturas, del gran cariño que el gallego Camilo José Cela tuvo a la tierra (los pueblos, las comarcas, la provincia entera…) de Guadalajara. Lo demostró muchas veces, con sus viajes, sus residencias, sus escritos en prensa, en libros, en conferencias…

Al menos en tres lugares tuvo casa y vivió largas temporadas nuestro autor. Primero en Caspueñas, en el “Molino de las Truchas” en el que su amigo García Marquina le prestó cobijo en épocas difíciles. Segundo en El Clavín, en un chalet que le alquiló un alcarreño amigo mío, y en el que hasta una noche me invitó a cenar, para celebrar el cumpleaños de su por entonces esposa Marina Castaño. Y tercero en la casa / finca de “El Espinar” inserta en el conjunto residencial “El Cañal”, que fue antiguo pueblo reconvertido en finca de los Cienfuegos a finales del siglo XIX.

Se pateó la provincia entera, especialmente la Alcarria, a través de un itinerario que por ya conocido no entro a describir. De ese recorrido, hecho a trechos, y en ocasiones varias, nació luego, en 1948 (hace ahora 70 de su primera edición en formato libro) la obra “Viaje a la Alcarria” que alcanzaría –pasados los años- los 10 millones de ejemplares editados… que ya es decir. Recorrió de nuevo aquellos pueblos, bastante cambiados ya, en 1973, cuando se cumplían los 25 del nacimiento de la obra. Y en ese periplo tuve la fortuna de acompañarle, según he contado en otros lugares.

Aún más tarde, en 1986, volvió a recorrerla, esta vez con el amparo de la parafernalia mediática, en Rolls Roice y con choferesa negra, más algún escarceo en globo y un multitudinario yantar en Caspueñas.

Pero de Guadalajara hubo de marcharse, no por voluntad propia, que bien claro lo dijo, sino por el imperio de la voluntad femenina, la de su mujer entonces, doña Marina, a quien tanto quería, y por quien bebía los vientos de tal modo que le hizo levantar el campamento y marcharse a Madrid, a morirse.

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El 27 de julio de 1997, Cela publicó en el diario ABC un artículo (en mi opinión, memorable) donde justificaba su marcha de Guadalajara, y explicaba en dos rotundos párrafos (que no eran nuevos, sino que los había escrito para el prólogo de mi libro “Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara”, en su segunda edición de 1988) la razón de su querencia por esta tierra. Así decía:

Andar, un pie tras otro, con sosiego y buena voluntad, la tierra propia y aun la ajena, es un regalo que los clementes dioses hacen al hombre cuando éste se lo pide con la clara voz que presta la humildad a la inteligencia. De mí puedo decir, porque lo experimenté desde muy joven, que hay pocos placeres, tanto del cuerpo como del espíritu, comparables al deleite del camino cuando el día nace y la luz empieza a dibujar las siluetas de los montes y los caseríos, los árboles y el ave en vuelo, la mujer que cruza, el niño que despierta y el mozo que canta a voz en grito para espantar el fantasma del sueño que se resiste a huir. En el camino residen la verdad y la belleza, la calma, el equilibrio y la mesura, porque a las nociones opuestas -la mentira, la fealdad, la prisa y el desmedido propósito- las barre el viento fresco que orea cada mañana la costra del decorado del hombre desde que el mundo es mundo.
Descubrí estas tierras de Guadalajara -la campiñera, la alcarreña, la serrana y la molinesa- hace ya muchos años, antes lo di a entender, hace ya tantos que todavía supe caminarlas a golpe de pinrel, y desde entonces vuelvo a ellas siempre que puedo y sin mayor violencia de la voluntad ni el ánimo porque aquí, por estas trochas y estos acogedores andurriales, encontré siempre amistad y buen deseo, hombres ternes y aplomados y mujeres hermosas y amorosas, nubes que se dejan cruzar por la cigüeña que vuela con parsimonia y por el hombre que va en globo, y un vino deleitoso que tanto baja al cabrito asado por el gaznate como el mal de amores por los entresijos, los laberintos y demás recovecos del corazón.

El nuevo libro de García Marquina

De nuevo nos ofrece García Marquina, el gran estudioso y conocedor de la vida y la obra de Camilo José Cela, unas cuantas reflexiones sobre el escritor gallego, de quien hace dos años, al cumplirse el centenario de su nacimiento, publicó su obra cumbre “Cela, retrato de un Nobel”.

Ahora, y ya en la tranquilidad de las relecturas, de los análisis objetivos, de las valoraciones desenfadadas, Marquina se enfrenta a un pequeño reto, impuesto por sí mismo: buscar la huella de España y los españoles en la obra de Cela. No ha sido difícil, porque toda ella está impregnada de esas premisas. Cela se siente español (antes que gallego) y se siente humano (antes que la crítica lo divinizase, en su día, cuando el Nobel). Hoy Cela está muerto, la españolidad es un plato vacío, y la crítica se ha olvidado casi al completo de él. Pero aún queda un devoto, un estudioso, un analista sin cansancio: Francisco García Marquina se acerca a la hondura de la obra literaria y cultural de C.J.Cela. Y nos dice lo que piensa de ella.

A lo largo de 76 entradas, a modo de breves análisis o artículos, Marquina nos ofrece aspectos claves de la visión que Cela tiene de España, y de su maquinaria literaria, en profundidad. Las entradas iniciales versan sobre temas más conocidos, resúmenes de sus libros de viajes, análisis del “Viaje a la Alcarria”, la visión de Galicia, su sentido del vagabundeo, la sencillez de un libro, y el coleccionista de decires. Las siguientes ahondan en aspectos más puntuales, pero todos desveladores del escribir celiano: costumbres perdidas, su idea de España, la República y la Guerra Civil en su obra, visión de la mujer, de los niños, de los minusválidos, de los prepotentes, de las autoridades y de las gentes marginales. De la tauromaquia también. Y de Picasso…

Esta obra, que es enciclopedica sobre el sentir hispano de Cela, no tiene desperdicio. Al menos la variedad está asegurada, y la cascada de frases, de anécdotas y de posturas está muy bien llevado. Hay un artículo que puede simbolizar perfectamente la intención de este libro de Marquina sobre la literatura celiana. Es el que que aparece en la página 93 y siguientes, “El arte de ver y contar”donde pudiera decirse que se resume la intencion del Nobel español, de hacer una literatura clara y sencilla, directa, utilizando para ello la más compleja carga de la artillería léxica. Ahora lo que importa es leer este nuevo libro de Marquina, un libro de ensayo literario, un libro que trata, fundamentalmente, de España y de sus gentes. Y a través de él comprender mejor el por qué del cariño que Cela tuvo siempre a Guadalajara.

Los datos del libro

García Marquina, Francisco: “La España de Cela”. Aache Ediciones. Colección “Letras Mayúsculas” nº 47. Guadalajara, 2018. Páginas 262. Tamaño 13,5 x 21 cms. ISBN 978-84-17022-55-6. PVP: 15 €.

Todo el arte de nuestra región

Historia del Arte de Castilla La ManchaHace pocas fechas, en tarde de aguaceros y amistades, se presentó en el Salón Azul del palacio de los duques del Infantado, de nuestra ciudad, una obra enciclopédica que por singular y entretenida la comento aquí ampliamente. Porque lo merece.

Aunque hoy hablar de arte puede parecer superfluo, con la de problemas socio-económicos a los que nos enfrentamos, sí que es cierto que es un tema que por anejo a la esencia y a la existencia humana, cabe poner cierto énfasis en ello. Ahí están las muestras de arte contemporáneo, generando polémicas, o las cantidades de dinero que sigue moviendo el arte.

Sin embargo, detrás de eso, están los fundamentos propios de la creatividad, y las razones primigenias que al hombre han movido a buscar la belleza en la materia que le rodea, a construir, a pintar, a recitar y a concordar sonidos.

Este que comento ahora es un libro (dividido en dos tomos, fundamentalmente por operatividad técnica, para evitar un volumen demasiado aparatoso) que viene a recopilar la esencia del arte físico (pintura, escultura, arquitectura) de un comunidad autónoma española, de Castilla-La Mancha.

Dirigido por Miguel Cortés Arrese, catedrático de Historia del Arte en la Universidad de Castilla-La Mancha, y por lo tanto el más idóneo candidato a estar al frente de este equipo, participan en el mismo una serie de estudiosos, todos ellos integrados en la institución académica regional. El análisis del índice de estos dos tomos, nos permite situarnos ante su intencionalidad. Es lo que hacemos a continuación. Y el análisis de uno por uno de sus apartados, que aun dentro de una relativa homogeneidad, fructifican de manera diversa en cada caso, nos posibilita comprender el alcance y utilidad de la obra, que es en todo caso totalmente positiva.

El primer capítulo está dedicado al tema “De la Prehistoria a Roma” y en él se analiza de forma general los inicios del arte en esta área peninsular, tanto las manifestaciones de la expresión artístico-utilitaria de la época paleolítica, como de la figurativa del mundo ibérico. El celtibérico queda más silenciado, y lo romano se trata adecuadamente, para luego presentar a modo de monografías, la información relativa a cuatro parques arqueológicos, como son los de Alarcos, Segóbriga, Recópolis y Carranque, insistiendo en todos ellos (menos en el de Recópolis, en el que se presenta de forma genérica la problemática actual de estos Parques) en sus características histórico-artísticas.

El problema del Parque de Recópolis, en concreto, y según se desgrana en este libro, no es pequeño: responsabilidad de un pueblo mínimo, casi sin habitantes, la Junta de Comunidades no aporta ayudas, y la Diputación se limita a subvenir los déficits… así es difícil promocionar nuestro arte, nuestro patrimonio.

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El arte visigodo es tratado por Salgado Pantoja con brevedad y hondura, y por este mismo autor se presenta un estudio, que abarca 62 páginas del libro, del Arte Románico que por fuerza se centra en las provincias de Cuenca y Guadalajara, especialmente en esta última. Riguroso y medido, intenta analizar esta expresión -que es fundamentalmente arquitectónica- del arte medieval, y por la complejidad del tema alcanza a hacer un exhaustivo inventario de este mundo artístico tan pluriforme como es el románico guadalajareño. En el que, al tratar de las decoraciones escultóricas de sus fachadas, nos refiere como de interés la de “Nuestra Señora del Peral”, ermita del XVII que dejó incluida una puerta románica con tallas, y que puede verse en el término de Budia. La fórmula expositiva (que va respaldada por un perfecto conocimiento del tema y un lenguaje claro y elegante) a veces no da para más que la enumeración de las piezas.

El arte andalusí y mudéjar lo trata Miguel Cortés, con sabia contención, pues el tema es abundante, sobre todo en el ámbito toledano. Al mudéjar de Guadalajara, tan desconocido y maltratado, le dedica dos páginas y media, que son de agradecer, aunque se remite finalmente al libro, recién aparecido, de Antonio M. Trallero Sanz, al que da por referencia absoluta.

El arte gótico corre a cargo de Sonia Morales Cano, quien aquí ha de concentrar sus muchos saberes, teniendo por delante la “domus aeterna” de los prelados toledanos, los panteones regios, o los cientos de castillos, ciudades amuralladas y toda la imaginería y pintura que aquella época de la declinante Edad Media dejó sobre los pueblos y ciudades de Castilla-La Mancha.

En el segundo tomo es Pedro Miguel Ibáñez quien analiza en primer lugar el arte del Renacimiento, comprimiéndolo en 44 páginas, y asombra cómo consigue en ese corto espacio analizar con clarividencia lo que supone esta forma expresiva a lo largo de cientos de ejemplos de los que también casi en modo inventario ha de tratar.

Miguel Cortés dedica luego un capítulo especial y monográfico a la figura del artista Domenikos Theotocópoulos, el Greco, que a pesar de no ser de la tierra, aquí, en Toledo, arraigó y marcó una etapa espléndida del arte que hoy se asigna a nuestra Región. Es realmente un artículo de 17 páginas que se lee fácil y nos centra estupendamente la figura del cretense, incluso en sus relaciones (que las tuvo) con la tierra de Guadalajara y Sigüenza.

El arte barroco en Castilla-La Mancha lo trata Fernando Gonzalez Moreno, muy adecuadamente, con su parte de arquitectura, la de escultura, la de pintura y la azulejería y cerámica. Lástima que no haya profundizado, por ejemplo, en la obra del analista documental y tratadista de este estilo, Juan Antonio Marco Martínez, quien avisa en sus escritos de la densidad barroca de los templos de la diócesis de Sigüenza.

El arte de la Ilustración lo trata correctamente Adolfo de Mingo Lorente, quien a la fuerza resume todo lo que sabe sobre el tema, y es Silvia García Alcázar quien se encarga del capítulo del arte del siglo XIX (entre la tradición y la novedad) con ampliación a las primeras décadas del XX, por lo que aporta datos sobre la arquitectura ecléctica y modernista, tomando a los edificios de Ayuntamientos, Diputaciones y Mausoleos de la Nobleza como ejes de esta etapa constructiva, sin olvidar citar a pintores y escultores de la época.

El último capítulo es realmente singular, quizás (junto al del románico) lo mejor de la obra. Lo firma José Rivero Serrano, y lo titula Tramas, temas, nombres, tipos, géneros: arte de los siglos XX y XXI. En su inicio, apunta a lo que siempre que se habla de “Castilla La Mancha” un historiador debe reconocer a priori. Que “Más allá de la artificialidad de sus límites administrativos recientes, lo que queda claro es la suma de unos territorios heterogéneos, que no ocultan la dualidad de su designación y procedencia”. Con ello por delante, Rivero asume la tarea compleja de analizar lo que artistas y pensadores, arquitectos e historiadores, han sido capaces de hacer en los últimos cien años, primero separados, luego juntos, conformando una estructura político-administrativa que en la mayoría de los casos se ha demostrado artificial en punto a la valoración de las surgencias artísticas.

Un gran libro, que se hace obligado tener, leer, valorar, y guardar de archivo. Una estupenda pieza de biblioteca a partir de la cual los autores (variados profesores y profesoras de probado rigor), el coordinador (Miguel Cortés Arrese) y el editor (Alfonso González-Calero) han demostrado que podemos, que debemos, seguir indagando en el pasado común y en la común hazaña de provocar el arte en las tierras y los pueblos de Castilla-La Mancha.

Datos de esta enciclopedia

Cortés Arrese, Miguel (editor) y colaboradores: “Arte en Castilla La Mancha”. 2 Tomos. Almud Ediciones. Albacete, 2018. Tomo I (304 páginas), Tomo II (320 páginas). ISBN: 978-84-946676-8-8 y 978-84-948075-1-0. P.V.P.: 20 €. cada tomo.

Caminos de Semana Santa por Guadalajara

Las ramas de robledillo de mohernandoAcabando marzo, con la primavera recién estrenada, pero aún con el soplido en las sierras del relente que pone la carne de gallina. Es el tiempo en que parece el cielo más nublado, más triste, llorón casi. Es la Semana Santa, un espacio del calendario en el que -colmados los corazones de los devotos con el recuerdo de la Pasión de Cristo, muchas gentes en muchos lugares ponen todo su entusiasmo y su piedad en la manifestación pública de su Fe. La Semana Santa ha llegado a Guadalajara, y aunque muchos están repartidos por playas y jardines, otros se afanan en las callejas empinadas de sus pueblos por revivir las tradiciones que sus antepasados pusieron como bandera de una firme voluntad trascendente.

Guadalajara ciudad va mejorando año tras año el aspecto, la imagen, de su Semana Santa. Una Federación de Cofradías y la colaboración entusiasta del Ayuntamiento capitalino, hace que nuevas procesiones, nuevos atavíos y nuevos pasos pongan en la noche del Jueves y Viernes Santo el rigor de la música fúnebre y los silencios pautados de los capuchinos. El recorrido, la familia entera generalmente, de las estaciones a lo largo del Jueves por la tarde y la mañana del Viernes, daba carácter a la ciudad, más animada que de costumbre, hecha toda una vela, un tul, un sagrario blanco.

En los pueblos se ha vivido siempre con mayor intensidad estos días. Son múltiples, casi infinitas, las variedades de celebración. Por recordar algunas, la de Usanos. La procesión del Santo Entierro salía en la noche del Viernes Santo, y durante su recorrido en torno a la iglesia, las ventanas y balcones de todas las casas del recorrido se veían alumbradas por candelas, velas, faroles y candiles de aceite, en los que temblaban sus llamas atónitas y humildes, como si fueran las almas asombradas que se entregaban al rito del misterio, la muerte del Dios. La imagen acostada de Cristo era seguida en Usanos por otra de la Virgen de la Soledad, y esa procesión humilde y sencilla, similar a la de tantos otros pueblos de la Campiña y la Alcarria sigue siendo referente común y habitual de estos días.

En el otro extremo de la provincia, en Fuentelsaz, existe una costumbre en esta época que reconoce un antiquísimo origen: en las ermitas de San Roque y de la Virgen de las Angustias se guardan siete cruces de madera en cada una de ellas; son de madera de sabina, madera incorruptible y recia donde las haya. La costumbre es que el Miércoles de Ceniza, después de la misa, las gentes van a clavar por el campo las referidas cruces, distribuyéndolas junto a los caminos que cruzan el páramo de la Sesma del Campo. De esta forma quedan conectadas las dos ermitas, mediante un auténtico viacrucis, y de esta forma durante toda la Cuaresma, y muy en especial durante la Semana Santa, las gentes de Fuentelsaz pueden hacer las catorce estaciones de la Pasión de Cristo a lo largo del Camino de las Cruces, que es como vulgarmente se le conoce.

En las tardes de los domingos de la Cuaresma, se solían hacer apuestas entre la juventud, para ver quien era capaz de hacer el Vía Crucis entero con varias cruces encima, en plan penitencia. El Viernes Santo, por fin, el pueblo todo se unía en una procesión por este recorrido, mientras los campos, fríos aún, ateridos como pocos, en la altura de Fuentelsaz se sobrecogen ante tal manifestación.

Entre las más curiosas costumbres de la Cuaresma alcarreña, pueden contarse las Ramas de Robledillo. Largos siglos tiene la tradición en este pueblo campiñero de reunirse las mozas y elegir a las Ramas que sustituirán a las que lo fueron el año anterior. Las Ramas no son otra cosa que las tres mozas que durante la Cuaresma, y muy especialmente el Domingo de Ramos, desempeñan unas funciones consistentes en ir por todo el pueblo pidiendo donativos para cera y velas que depués se usarán consumiéndose ante el monumento de Jueves Santo y en todos los actos de esta Semana tan religiosa. El Domingo de Ramos, las Ramas confeccionan una especie de gran escudo de forma ovalada, a base de cintas, medallas, cruces, abalorios, relicarios y miniaturas, poniendo sobre su extremo superior tres ramitas de olivo. Además se adornan dos espadas o floretes con lazos y cascabeles en sus empuñaduras. Armadas con estos tres símbolos, las Ramas de Robledillo se dirigen a la iglesia y allí los depositan ante el altar mayor, en el transcurso de la misa. Ataviadas con falda y chaquetilla negra, blusa blanca con encajes en el pecho, cuello y puños, mantilla de encaje negra en la cabeza, medias blancas y zapato negro, las Ramas de Robledillo son toda una institución en el pueblo y uno de los más sencillos y hermosos manifiestos del folclore religioso de Guadalajara.

Ya con una consolidada tradición, pues lleva más de cuarenta haciéndose, en Hiendelaencina, (el pueblo de las minas de plata), el Viernes Santo se celebra la Pasión Vivente. Consiste esta vistosa celebración en una representación comunitaria al aire libre, en la que intervienen una buena parte de los vecinos del pueblo, todos ellos vestidos con trajes de la época de la Pasión de Cristo, auxiliados incluso por alguna decoración ambiental, especialmente inspirada en los palacios de Poncio Pilato y el Sanedrín, que se montan en dos de los extremos de la Plaza Mayor; en su centro, junto a la fuente, se instala un olivo entre unas matas de romero y unas grandes piedras, figurando así el Monte de los Olivos. Cuando por la calle del Comercio aparece Jesús montado en una borriquilla, rodeado y seguido del pueblo que le aclama con palmas y ramos, mientras algunos extienden sus mantos por el suelo a su paso, puede decirse que comienza la representación, y a partir de ese momento se sucederán las escenas, muy medidas y bien ambientadas, de la Pasión Completa de Jesucristo. Así, pues, a la entrada en Jerusalén seguirán la oración del huerto, el Prendimiento, el juicio ante los jerarcas judíos y romanos, cruzando la plaza los actores de palacio en palacio, acabando en la condena y flagelación, y en la imposición del manto y de la corona de espinas. El tránsito por la calle de la Amargura, con sus caídas con la cruz a cuestas, mas las escenas de la Verónica y el Cirineo, se representan con gran patetismo por la calle del Cementerio y el Camino de la Dehesa, al final del cual, y sobre un pequeño montículo, se desarrolla con gran realismo la escena de la Crucifixión de Jesús entre los dos ladrones, mientras suena el llanto de las tres Marías y los soldados, distraidos, se juegan sus vestidos a los dados. Finalmente, se llega al trance de la muerte, que la representan con tal verismo que parece cierta, pues los efectos especiales preparados al efecto la hacen acompañarse de ruidos de truenos y disparos de flash simulando relámpagos. El espectáculo es realmente emocionante, sobre todo teniendo en cuenta que se desarrolla la Pasión Viviente al aire libre, enmarcada siempre por el paisaje de montañas bravías, muy a menudo aún nevadas, a las que preside el Santo Alto Rey muy cercano.

Hoy son varias las localidades de la provincia que organizan también “Pasión Viviente”. Entre ellas destacaría la de la localidad alcarreña de Albalate de Zorita, que también cuenta con larga tradición en esta presentación religiosa. Es otra alternativa a visitar.

Aunque el Viernes Santo muchos alcarreños lo pasarán lejos de sus habituales lugares de residencia, en muchos otros anidará aún esa nostalgia y el impulso de participar en la celebración litúrgica de la Iglesia: las procesiones, los pasos, el rezo bajo y el adorno sinfin de costumbres ancestrales, dan a estas celebraciones un aire propio, un nuevo valor a nuestras más puras raíces territoriales.

López de los Mozos, ya pasado

Jose Ramon Lopez de los MozosLa semana pasada fallecía, y era despedido por muchos alcarreños que le admiraban, nuestro amigo y compañero, entre otros muchos lugares, de estas páginas de “Nueva Alcarria”. Ahora conviene echar un poco la mirada atrás, y decir algo –tiene que ser breve a la fuerza, para no cansar a mis lectores- por lo que López de los Mozos pasa a la historia de Guadalajara.

El capital más seguro que tiene el hombre, a lo largo de su vida, es el tiempo. En él caben todas las aventuras, el despliegue de las esperanzas, el remate de los esfuerzos. Nada que ver con los dineros, con las propiedades, con las influencias… desnudos llegamos y desnudos nos vamos. Lo que caiga entre medias serán golpes de suerte. Pero a la suerte, que los antiguos la pintaban calva, hay que agarrarla al amanecer, porque pasa muy temprano por la puerta de las casas. Hay que llamarla entrenando, y hay que conquistarla trabajando.

Digo esto a cuento de que a mi amigo José Ramón López de los Mozos, que acaba de dejarnos en amarga nostalgia de amistades, nadie le regaló nada, y lo que ha conseguido (fundamentalmente la amistad y la admiración de muchos alcarreños) ha sido a base de su propio esfuerzo. De eso que los americanos llaman determinación. O sea: plantearse hacer algo, que no han hecho otros antes, y no parar hasta conseguirlo.

Visión de las esencias

José Ramón López de los Mozos estudió en Guadalajara los primarios estudios, se hizo lo que hoy se llama graduado en Pedagogía (o sea, maestro), y se dedicó a la gestión administrativa en la Diputación Provincial de Guadalajara, en el área de la Cultura.
Pero eso que son, en brevedad estricta, los datos académicos y profesionales de su figura, apenas tienen relieve si los emparejamos a las tareas que realizó sin compromiso previo con nadie, tan solo porque le gustaba hacerlas. Y fueron estas, fundamentalmente, la búsqueda de las esencias de Guadalajara, de sus gentes, de sus tierras, de sus fiestas, de sus efemérides, de sus guerras y de sus huellas en la piedra, en el aire, en los sonidos.

Se le ha calificado a López de los Mozos como etnólogo, que viene a ser algo así como estudioso o especialista en los modos de comportamiento humano. Una especie de antropología de base, radicada en su caso sobre un territorio que lleva ya casi dos siglos de existencia: la provincia de Guadalajara.

De ese interés, de su profundo análisis, de su incansable sondeo, han surgido trabajos escritos, libros, artículos, conferencias, asesorías, dictámenes y, sobre todo, la amigable traslación a los demás de cuanto aprendía o encontraba.

De ahí que sea hoy considerado como el más atento estudioso de las botargas de nuestra tierra. Por empezar por algo. Pero también de los refranes, de los gentilicios, de los topónimos, de las danzas, de los ritos ancestrales, de las canciones de ronda, de los mayos, de los autos sacramentales, de las vestimentas, de las estelas funerarias… interminable sería la relación de los temas tocados por nuestro amigo, que pueden plasmarse en un listado de títulos, de referencias bibliográficas, de breves resúmenes. Algún día, y por alguien que tenga el esfuerzo entre sus virtudes anclado, deberá hacerse esa relación, y aún sacar a luz una antología de sus mejores aportaciones.

Como editor tuve la gran suerte de poder sacar a librerías su obra mejor calificada, las “Fiestas Tradicionales de Guadalajara”, y como historiador, colaborar con él (y junto a García de Paz) en la redacción de una Historia de Peñalver en la que López de los Mozos aportó un enorme aluvión de datos antropológicos y etnológicos hasta entonces desconocidos.

También “Nueva Alcarria” tuvo la suerte de contar con su ancho saber en la preparación de otro libro, gigantesco y hermoso, sobre “Guadalajara: Fiesta y Tradición” cuya portada acompaña a estas notas. Habrá que hacer esa antología, aunque sea labor dificil, porque el fruto de su pluma y sus trabajos de investigación han dejado un reguero de cientos de títulos y temas.

Análisis de los libros

Otra de las tareas en las que López de los Mozos destacó, y se hizo único, fue en la bibliográfica, en la recopilación de datos escritos y publicados sobre temas provinciales. De esa manera, se ocupó de llenar siempre las páginas de Bibliografía de revistas de tanta altura como “Revista de Folklore”, “Cuadernos de Dialectología”, “Wad-Al-Hayara” y “Cuadernos de Etnología de Guadalajara”, que él fundó, y de la que no ha podido llegar a ver impreso el número 50, que se proyecta para este año. En él deberá figurar un homenaje, aunque sea mínimo, a su figura de creador de caminos. Sus ultimas aportaciones las hizo precisamente en estas páginas de “Nueva Alcarria”, en las que semanalmente durante casi ocho años ha cuajado su análisis bibliográfico en la sección “Baúl de Libros”.

Colaboramos juntos, durante estos últimos diez años, en un blog bibliográfico que ha alcanzado en este tiempo a tener un cuarto de millón de lectores. Se trata de “Libros de Guadalajara” (www.librosdeguadalajara.blogspot.com), y que a lo largo de este tiempo ha colgado en pantallas casi 700 referencias bibliográficas y artículos de análisis sobre libros de Guadalajara. Aunque lo creé yo y lo mantengo aún, pero fue López de los Mozos quien lo nutrió de contenido. Creo que esta es otra de sus grandes obras, que no deberían caer en el olvido, ni andar perdidas en el silencio de nuestra sociedad local.

La senda cultural

En otro aspecto, más amplio, más diverso y posiblemente más conocido, trabajó José Ramón en su fructífera dinámica social. Fue en eso que ahora llamamos dinamización cultural. Participó desde sus inicios en la “Institución Provincial de Cultura Marqués de Santillana”, eje dinamizador de la cultura provincial durante un par de décadas. Estuvo activo en el Núcleo “Pedro González de Mendoza” y fue uno de los creadores y mantenedores de “Enjambre”, un grupo literario con mucha fuerza.

Allí donde se fraguaba una actividad cultural que supusiera mover los ánimos de la siempre adormecida sociedad guadalajareña, estaba López de los Mozos. Por ejemplo, en el alumbramiento de los “Encuentros de Historiadores del Valle del Henares” que tal catarata de aportaciones científicas ha supuesto para esta tierra. Desde el primero de esos Encuentros, en 1988, hasta el último del pasado año, José Ramón ha sido secretario y alma mater de la organización de los mismos.

La Biblioteca de Investigadores de la provincia de Guadalajara, y en el contexto oficial de la Diputación Provincial, fue iniciativa suya y a su tarea incasable se debe su creación, organización y existencia. Aparte de reunir por todas partes donde pudo los miles de libros alcarreñistas que hoy la integran, captó la aportación fundamental de Sinforiano García Sanz, también bibliófilo y coleccionista. Quizás sea (aun en el difícil parangón de todas sus actividades) esta la más importante de todas.

Últimamente presidió la Asociación de Amigos del Museo de Guadalajara, dirigiendo su Revista, participando en los coloquios y congresos que organiza, en los viajes culturales a espacios arqueológicos, etc. Y todo ello, todo lo que he referido aquí brevemente, y deprisa en esta hora prieta de la despedida, sin tener carnet de conducir, y sin haber pilotado nunca un coche. Que hoy por hoy, según están los tiempos, parece todavía más titánica y milagrosa circunstancia.