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Cervatos, el románico castellano

CervatosEstos días pasados, con mis amigos y amigas de la Asociación Arquivolta, me he movido por las tierras altas de Palencia, visitando edificios, pueblos, y conjuntos que a través de su arquitectura, la mayoría de estilo románico, evocan el tiempo antiguo del Medievo, en el que valores y aspiraciones eran tan distintas de las actuales. Uno de los lugares más espectaculares, que bien merecen una visita, es la colegiata de Cervatos, en la comarca de Campóo, pero comunidad autónoma de Cantabria.

Desde Aguilar, donde nos hemos alojado en la posada del Monasterio de Santa María la Real, hemos viajado por el Alto Campóo, y entre otras maravillas hemos visitado la iglesia románica de Santa Cecilia en Vallespinoso de Aguilar, y el templo de San Salvador de Cantamuda, al pie de la cordillera cantábrica.

Sin embargo, el más interesante de los edificios visitados ha sido esta Colegiata de San Pedro, en Cervatos (Cantabria), que concentra en un espacio reducido una larga y prolija historia, y, sobre todo, una conjunción de arquitectura y escultura que sorprende por la temática espectacular de muchos de sus detalles en capiteles y canecillos.

El monasterio de San Pedro se creó cuando el territorio era plenamente castellano, y su templo fue construido en el primer tercio del siglo XII, viniendo a ser consagrado en 1199 por don Marino, obispo a la sazón de Burgos, a cuya diócesis perteneció varios siglos este enclave.

Por documentos directos e indirectos se sabe que el monasterio de San Pedro llevó vida precaria, aunque la iglesia centró siempre la atención, de monjes y fieles. Es pequeña, de una sola nave en su interior, a la que se suma un presbiterio recto y un ábside semicircular.

En la portada, construida sobre muro saliente, destacan los arcos de la entrada, de trazado semicircular. Y bajo ellos, lo más espectacular es el tímpano, tallado en tres piedras independientes, pero ensambladas, mostrando una densa ornamentación de caladas cenefas y grandes palmetas de estética mudéjar, como una filigrana o celosía oriental, sobre un par de dinteles monolíticos, uno de ellos cuajado de leones enfrentados. En total vemos seis leones, que proporcionan una idea de fuerza, de firmeza espiritual.

Erotismo románico

Lo más interesante, sin duda, de este templo románico de Cervatos, es la decoración de sus capiteles y canecillos. Porque en ellos se muestra una colección de tipos/as y escenas de explícito carácter sexual, en tan gran cantidad que puede ser calificado como el “Khajuraho castellano” (por si algunos no lo saben, el templo de Kandariya Mahadeva, en Khajuraho, en la India, está a su vez considerado como el monumento con mayor carga explícita de sexo tallado del mundo).

Esas imágenes rotundas aparecen en las ventanas del ábside, y en los canecillos que sujetan la cornisa de la misma estructura. En las ventanas del ábside ya aparecen algunos elementos sorprendentes. Por ejemplo, la ventana meridional del ábside, que se compone de una arquivolta rehundida compuesta de tosco baquetón con bezantes, apea en sendos capiteles historiados que muestran dos figuras que sin duda alguna mantienen a su vez una historia propia, muda, de la que ahora solo percibimos la tallada hilaridad de sus posturas.

El capitel del lado oeste, muestra a una dama casada, puesto que lleva toca en su cabeza. Es esta la única prenda textil que la adorna. Sujeta con las manos sus piernas elevadas con los talones a nivel de las orejas, mostrando con decisión el sexo a la figura del capitel vecino. Y en ese segundo capitel, el del lado este, vemos al “amante” o distinguido partícipe de la historia, provisto de un desproporcionado miembro viril, que se echa las manos a la cabeza, realmente asombrado de o que le ocurre… Más de ochocientos años lleva el “pollo” intentando dar el salto de apenas dos palmos que separan ambos capiteles. ¡Qué tensión! En otro ventanal del ábside vuelve a aparecer la pareja, en capiteles enfrentados, y ya tallados con peor calidad.

Luego pasamos a admirar la totalidad del alero que sujeta la cornisa, en el que aparece una sucesión de figuras talladas sobre canecillos que rompen con todo lo imaginado… Desde un jugador de bolos y un carnero, pasando por una pareja –hombre y mujer- mostrando sus órganos genitales con toda generosidad. A continuación un severo personaje con un grueso libro en las manos y después, una mujer pariendo, con la cabecita del niño asomando por sus bajos. Más una grotesca máscara precede a otra realista escena de cópula y a continuación lo que aparenta ser un jabalí. En este caso, la escena de cópula se presenta desde un ángulo inverosímil, ingeniosa e inédita.

Seguimos mirando hacia arriba, hacia los canecillos del ábside de Cervatos. Increíble la variedad y procacidad de lo que se muestra. Además de los canecillos, las metopas. En una de ellas, la gran alegoría de la lujuria: dos serpientes mordiendo los pechos de una mujer que visto lo visto a su alrededor, es escena muy recatada. Y otro individuo rechoncho y fortachón que en su mano levanta una gran bola, intérpreta quizás de un jugador de bolos montañeses.

Y más allá apareciendo incrédulo un ser itifálico de rasgos faciales deformes que se echa las manos a la cabeza, asombrado quuizás de la monstruosidad de su miembro. Hacia la derecha vemos otra dama con los tobillos a la altura de las orejas mostrando sus partes bajas mientras que por encima de ella sobresale una cabecita de alguien que se encarama a sus espaldas. Entre los canecillos aparecen las metopas, en las que predominan los animales, que se animan y hacen lo mismo que los humanos, o sea, reproducirse y disfrutar. Un conjunto escultórico único en España, sorprendente y divertido.

Escultura medieval en Cervatos

En el interior del templo de Cervatos encontramos una sola nave con bóveda de nervaduras al gusto gótico, rehecha probablemente por desplome de la original. Magnífica es, también, la cabecera del templo. Recordando el templo del interior del castillo de Loarre, aquí nos sorprende una serie de diez arquillos ciegos con bellos capiteles historiados y por encima tres ventanales al modo jaqués. Esos diez arquillos ciegos absidales apean en once capiteles de buena factura que tienen además un valor añadido: están justo frente a nuestros ojos por lo que su contemplación en directo es magnífica. Este es otro de los disfrutes de Cervatos, ver con detalle y parsimonia los capiteles del ábside interior.

El primero de ellos, comenzando por el lado norte junto al vano abierto en el presbiterio que permite acceder a la construcción adosada, muestra dos leones con sus cabezas juntas, bajo las que asoma otra cabecita humana, de tosca hechura. El siguiente capitel muestra un par de aves con sus cabezas vueltas sobre el lomo con los picos juntos. Sobre ellas y en las volutas, aparece un motivo repetido en esta iglesia, la estructura del “oleaje” como líneas onduladas y repetidas, aludiendo al agua, al viaje… sabe Dios a qué aludiendo. Este motivo del oleaje protagoniza el tercer capitel.
En el cuarto, dos serpientes muerden los pechos de una mujer a la que falta la cabeza, en repetida alegoría a la lujuria. Le siguen tres cabecitas y en la cara opuesta del capitel, un San Pedro, titular del templo, portando báculo y llaves. El siguiente muestra entrelazos geométricos. Y el sexto cuatro leones con sus cabecitas juntas en las esquinas, alternando con otras humanas y más oleajes. Que vuelve a mostrarse en el séptimo, el mejor de todos. Alzándose con un protagonismo arcano, entre musical y naturalista, alternativa del mundo al hombre. En los siguientes capiteles se ven elementos vegetales, leones, ajedrezados jaqueses y oleajes.

En todo caso, y como una muestra más de un amplio viaje cuajado de sorpresas, esta visita a la colegiata de San Pedro de Cervatos, en Cantabria, que recomiendo vivamente a mis lectores.

 

Guadalajara entera

Leyendas festivas con final feliz

Fiestas ahora, y días de salir. Pero preludio también de sesiones de charla, de evocación y análisis. Entre los cohetes se cuela un recuerdo alcarreñista, una jornada de fiesta antigua, un hecho cierto que registraron los viejos cronistas. Nada menos que la lucha de un toro y un león, en la gran plaza frente a palacio, y el accidente que le siguió, digno de haber llenado hoy las portadas de todos los periódicos. Vamos a recordarlo.

El león que se subió a las escaleras de palacio 

De entre las muchas leyendas que aún circulan, entre los eruditos solamente, relativas a cosas sucedidas en Guadalajara en siglos pasados, me gustaría traer al recuerdo de todos, la que dicen ocurrió en nuestra ciudad a comienzos del siglo XVI, y que fue protagonizada por quien entonces era uno de los mayordomos del duque del Infantado, Diego de la Serna y Bracamonte.

Dicen que este buen hombre, que ya gozaba fama de valiente y forzudo entre sus convecinos, demostró lo que valía en la ocasión memorable en que vino a nuestra ciudad el rey de Francia, Francisco I. Mejor será dicho que “le trajeron”, porque el Rey de Francia nunca hubiera venido, por sus propios medios, a nuestra ciudad. Pero ocurrió que se metió en guerras, y más concretamente contra el Rey de España, Carlos de Habsburgo, y perdió. Perdió en Pavía, donde fue hecho prisionero, y traído a la fuerza hasta Madrid. A su paso por Guadalajara ocurrió lo que ahora cuento.

Los duques y el Concejo le ofrecieron un espectáculo nuevo y alborotador: consistía en poner a luchar a un toro y a un león de los que guardaba el duque en su particular parque zoológico, que tenía en el edificio de las Caballerizas frente al palacio del Infantado. En la plaza que se formaba delante de su espléndida fachada, pusieron a ambos animales a luchar, con el infausto resultado de que el león se escapó, se metió al patio [nunca mejor nombrado de los leones], sembrando el pánico entre los asistentes, y quedándose finalmente agazapado en el descansillo de la escalera del palacio.

Recuerda esta anécdota, con todo lujo de detalles, el escritor jesuita Hernando Pecha en su “Historia de Guadalaxara” y aprovecho a darla aquí, transcrita para que no pierda nada de su original referencia contemporánea: Don Yñígo López de Mendoza, quarto duque de el Infantado (es una confusión del historiador jesuita, pues se refiere realmente a don Diego Hurtado, tercer duque) tenía en su casa leones, tigres y onzas, solo para obstentación de su grandeza = Quando hospedó en esta ciudad al Rey Françisco de Françia que venía preso a la Corte de el emperador Carlos Quinto, entre otras fiestas con que le festejó una fue lidiar un león con un toro, hízose en la Plaza de el duque una empalizada y quando se celebraba el encuentro, es­capóse el león y se entró en el Patio de el duque despe­jándole de gente, que no paró en él nadie huyendo todos y subiéndose a los corredo­res a guareçerse de el león = Huvo en toda la casa una turbaçión grande, porque se entravan los hombres y las mugeres hasta las Piezas más secretas huyendo de el león /Servía a los duques de Mayordomo un híjodalgo, hombre prinçipal muy va­liente y de grandes fuerzas, que se llamava Diego de la Serna Bracamonte, pareçió­le que a él incumbía por ra­zón de su offiçio quitar el Al­boroto, y sossegar la gente, y evitar alguna desgraçía de matar, o maltratar el león los que encontrase; que se atrevió a acometer una te­meridad que le pudiera cos­tar la vida, tomó una hacha ençendida en la mano izquier­da, y en la derecha su espa­da desembaynada, y solo baxó por ía escalera en busca de el leon bravo y enfurezi­do, topole en la Mesa de en medio de la misma escalera, açercósele a él, y encandiló­le con la luz de la Hacha y arrinconóle, puso la espada debajo de el Brazo izquierdo y con la mano assióle de la Melena, y casi en peso le­bantado, llevó al león por todo el patio y passeóle por la Plaza, entróle en la Huerta de el duque donde estava la leonera, y dexóle ençerrra­do en ella, con admiraçión de el Rey de Françia, de el duque, y de los demás, que no acabavan de darle gra­çias por averlos librado de las garras y presas de el león.

Esta curiosa anécdota prueba, de un lado, la valen­tía de aquel famoso Diego de la Serna, y de otra, nos pone bien a los ojos las fies­tas raras y las costumbres caprichosas de los Mendo­za arriacenses, que para en­tretenerse, y entretener a sus ilustres visitantes, no vaci­laban en soltar un toro y un león en la plaza delante del palacio, y pasar la tarde viendo cómo se despedaza­ban entre sí los animales. Tiempos aquéllos…

Otras fiestas de nota

Fiesta grande la que se dio en nuestra ciudad los primeros días del mes de febrero de 1560, cuando se celebró aquí la boda del Rey Felipe [II] con la princesa de Francia, Isabel [de Valois]. Era esta la tercera boda del rey Felipe, y se desarrolló en Guadalajara, durante unas memorables jornadas que ocuparon los primeros días del mes de febrero de 1560, en torno a la Candelaria y San Blas. Parece que hubo suerte y no nevó, ni tampoco hizo un frío ruin. Se conoce que todavía había invierno para rato.

En la calle, la fiesta duró varios días: se pusieron mesas con comida en las principales plazas, y fuentes de vino en la Plaza Mayor y en la del Concejo. Delante del palacio, en lo que entonces era enorme plaza ducal, se celebraron corridas de toros, una de diez toros la tarde de la boda, y los siguientes días juegos de cañas y distracciones caballerescas, que el rey y la reina, con toda su corte, contemplaban desde la galería alta de la fachada (aún no había hecho el 5º duque las reformas que dejaron el frontal palaciego tal como hoy lo vemos).

Solo los cronistas de la época nos hablan con algún detalle de aquellos días, pero es fácil imaginar que las anécdotas se sucedieran sin descanso. El Rey, que al parecer (y por excepción festiva) vistió completamente de blanca seda, siguió despachando papeles con sus secretarios, y aquí en Guadalajara pasó unos pocos días, para luego seguir, en comitiva alegre, por el valle del Henares, hacia Alcalá, y de allí por las vegas hasta Toledo, donde aún tenía su alcázar regio plagado de la parafernalia administrativa de su gran imperio.

El pueblo de Guadalajara dio pruebas de su capacidad acogedora, porque la jornada de esta boda real, que como es lógico quedó anclada en los anales históricos de la ciudad, fue recordada por muchos años, de generación en generación, cambiándole a veces entretenimientos y consejas. Porque el tiempo –y más ahora que alguien le ha acelerado– no perdona y borra a trozos los pasados momentos.

la catedral de sigüenza

Fiesta a la Virgen, por todas partes

Santuario de Nuestra Señora la Virgen de la Antigua en GuadalajaraEn estos días, y más concretamente hoy 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen María, se suceden por muchos pueblos de España las celebraciones en su homenaje y recuerdo. Son densas y ancestrales las fiestas en honor de la Virgen, en sus miles de advocaciones repartidas. Hoy recordamos, al menos, tres de esas advocaciones festivas en Guadalajara.

Por poner tres ejemplos, vibrantes y cercanos, de fiesta en torno a la Virgen, recuerdo aquí tres lugares en los que la tradición mariana se adensa. Uno es en nuestra propia ciudad, porque esta tarde desfilará por las calles centrales, multitudinaria, la procesión con la Virgen de la Antigua. Pero en otros dos espacios de la provincia, más medidos pero también con fuerza, se homenajeará a la Madre de Dios. Por ejemplo, en la Serranía del Ducado, en su Santuario mayor dedicado a la Virgen de la Salud de Barbatona. Y en la Alcarria, en Budia, en su gran casona solitaria del Peral de la Dulzura. Vamos a acercarnos a estos lugares, a mirarlos un momento, a recordar sus ofertas.

La ermita de Nuestra Señora de la Antigua, en Guadalajara

La antigua iglesia de Santo Tomé, obra mudéjar del siglo XIII, en la que dice la tradición que oró Alvar Fáñez al conquistar la ciudad de Guadalajara, y en donde se colocó una antiquísima imagen de la Virgen, que se veneró con el nombre de Nuestra Señora de la Antigua, y fue aceptada como patrona de la ciudad, fue reconstruida por completo a fines del siglo XIX, conservando de lo primitivo solamente el ábside, semicircular, de fábrica de mampostería con hiladas de ladrillo interpuestas, en cuya parte alta aparecen tres bellos arquitos ciegos, lobulados y muy característicos de lo que el estilo mudéjar arriacense produjo. Se corona el ábside con una espadaña moderna, y en el muro meridional, se ve la entrada al templo, obra también del siglo XIX, pero respetuosa con el conjunto del edificio.
En su interior, de una sola nave y coro alto a la parte del ábside, destaca un altar moderno con pinturas y camarín en el que aparece la imagen de Nuestra Señora de la Antigua. En el muro derecho, correspondiente a la epístola, se abren varias capillas, que fueron fundadas y construidas paulatinamente por familias linajudas de la ciudad. Así, en una de ellas se ve a la entrada una buena reja plateresca de hierro forjado, obra del siglo XVI, con escudos de Guzmán, y otra con reja de la misma época y escudo de los Enríquez y Zúñiga. Otra capilla, la de la Ascensión, hoy perfectamente restaurada, conserva algunas tallas de la época, y una buena arquitectura renacentista muy sobria; el techo cuajado de escudos policromados, y esta leyenda corriendo por el friso: “Esta capilla de la Ascensión de NRA SRA restaurose por los ills señores licenciado Luis Alvares y Doña Isavel de Çúñiga y Valdés su mujer, dotáronla de una misa cada día acabóse año de mil 583”.
La curiosidad estructural de esta ermita/santuario en que se alberga el culto a la Virgen patrona de la ciudad de Guadalajara, Nuestra Señora de la Antigua, es que tiene el altar puesto sobre el muro de poniente, correspondiente a los pies, y la parte oriental, del ábside, está junto a la entrada. Todo ello proviene de la época moderna en que se reconstruyó por completo este viejo edificio de origen medieval.
La devoción a la Virgen de la Antigua, con siglos de tradición, se centra en el 8 de septiembre, en el que la corporación municipal, acompañada de buena parte del pueblo arriácense, sacan en procesión la talla de la Virgen, la homenajean con flores, cánticos y hogueras, y la trasladan desde la concatedral de Santa María hasta esta ermita en que permanece el resto del año. Se cuenta y no acaba de milagros, protecciones y otros prodigios. El momento de la subida de la imagen al camarín, apareciendo tras los cientos de kilos de flores que se han depositado antes, es verdaderamente espectacular.

Barbatona

Sobre un oterillo que domina escueto vallejo recurrente del Henares, y a la orilla del denso pinar que por levante escolta a la ciudad de Sigüenza, a muy pocos kilómetros de ésta, y hoy en la carretera que va hasta Alcolea del Pinar, asienta el caserío de Barbatona, formado por algunas casas y centrado por la gran ermita de la Virgen la Salud, núcleo de la vida de este enclave durante largos siglos.
Efectivamente, desde el momento de la reconquista de Sigüenza, y la entrega que de ella hizo Alfonso VII a sus obispos, el lugar de Barbatona quedó incluido en su término, y su pequeña iglesia fue sufragánea de la primera parroquia de la ciudad del Henares (San Pedro), siéndolo luego de la de San Vicente. La tradición de la aparición de la Virgen a un pastorcillo entre las ramas de un pino, y su rápida fama de milagrosa, que la hizo tomar el título de Virgen de la Salud, centró desde aquellos remotos tiempos (siglo XII) la vida del enclave. Se levantó una iglesia pequeña, de sillar y sillarejo areniscos, rojizos, con una espadaña triangular sobre el muro de poniente y una sola y estrecha nave. La imagen de la Vir¬gen, allí venerada a lo largo de muchas centurias, es una talla románica, sedente, con el Niño en brazos, hoy repintada, pero de buena factura, que denota haber sido ejecutada en el siglo XIII.
Siendo ya incapaz para contener las multitudinarias rome¬rías, la antigua iglesia se abandonó al culto, construyéndose junto a ella la nueva ermita o santuario, cuyas obras duraron desde 1739 a 1755, fecha a partir de la cual se utilizó para el culto a la Virgen, siguiendo en años posteriores los aumentos y mejoras. Así, en 1825 se alargó la nave central; en 1835 se le añadieron las dos naves laterales; en 1854 se puso el pórtico metálico y se levantó la actual espadaña. Una amplia barbacana o mirador sobre el paisaje circundante se extiende ante el santuario, y en prolongación de ella la hospedería de peregrinos, que fue levantada en 1881, y en 1925 se amplió con un segundo piso, el amplio salón, con que hoy cuenta. De todos los edificios del caserío, quizás sea el más antiguo rela¬cionado con la devoción mariana la llamada casa de la Virgen, que la cofradía levantó en 1766 y que, construida en sillar rojizo de arenisca, ostenta sobre la puerta un gran escudo del obispo Santos Bullón. Al interior del santuario destaca el gran retablo de corte barroco, compuesto de tres cuerpos con gran¬diosa ornamentación de columnas estriadas y muchos detalles vegetales. Arriba, escoltado por ángeles, gran escudo del obispo Santos Bullón, que ayudó a construirlo en la segunda mitad del siglo XVIII. En su centro aparece la imagen de la Virgen de la Salud, instalada sobre plataforma giratoria, que permite ser vista de frente desde su camarín. Se accede a éste por una escalera que parte desde las puertas laterales del retablo. El techo del camarín fue decorado, a comienzos del siglo XIX, con sencillas pinturas al fresco en que se ven los atributos y símbolos de la Virgen. El resto del santuario, recientemente restaurado, lo vemos ocupado en sus paredes con decenas de lápidas en que se inscriben nombres y fechas de quienes se vieron atendidos en sus demandas de salud por la Virgen. Antiguamente, la profusión de exvotos y cuadros votivos era ingente y llenaba los muros, las columnas y casi hasta las techumbres. Hoy se ha limpiado tal abundancia y sólo se mantienen los más antiguos y curiosos. Son de gran interés los cuadros o pinturas votivas en que se explican e iluminan milagros de la Virgen.
La devoción a este santuario y a su imagen se mantiene viva y profunda en el ánimo de las gentes de la provincia de Guadalajara y otras regiones limítrofes. La Cofradía de la Vir¬gen de la Salud se creó en 1734, en Sigüenza, y aún allí tiene su sede y funciona. Sus cofrades se encargan de cuidar el san¬tuario. Se celebran dos romerías anuales: una en mayo, en la que forman siempre varios miles de personas, y otra en septiembre, la que tiene lugar ahora.

Ermita de Nuestra Señora del Peral de la Dulzura

En la alcarreña villa de Budia, el 8 de septiembre se festeja también a su patrona, la Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora del Peral de la Dulzura. Lejos de la villa, en la parte más elevada del término, y en el cruce de carreteras que llevan desde Budia a San Andrés, a Brihuega y a Valdelagua, se alza el complejo del Santuario dedicado a esta imagen, un conjunto de edificios en los que destaca la iglesia o ermita de la Virgen, pero que añade otros como hospedería, y casas de alojamiento para los peregrinos.
En este lugar estuvo ubicado el primitivo pueblo de Budia, y que quizás con motivo de la peste bubónica del siglo XIV se trasladó al actual emplazamiento de la villa, quedando abandonado, pero no desapareciendo, pues permaneció siempre la ermita y algunas edificaciones, que fueron rehechas en la segunda mitad del siglo XVII y en ocasiones posteriores restauradas y ampliadas.
Los vecinos de Budia fueron los que costearon esta construcción, que vio cómo el 14 de Septiembre de 1686, se decía en su interior la primera misa. La construcción reúne las características de buen edificio y de entorno atractivo, pues el conjunto de las construcciones se halla custodiado por una pequeña valla o calicanto de piedra, al que se accede por algunos portones cómodos.
El edificio ofrece una fachada lisa a poniente, superada de una espadaña de dos vanos para las campanas, con remate semicircular y pequeñas pirámides en el centro y los laterales. En la parte baja, la gran portada ofrece un vano simple escoltado de pilastras que sostienen amplia imposta sobre la que descansa un frontón partido en su centro para albergar adorno de bola, que también lucen en pareja a los lados de dicho frontón. En el centro del frontón, una cartela tallada en piedra dice “Año 1688. El Peral de Dulzura”.
El interior es espacioso y llama la atención por su grandiosidad volumétrica. Tiene tres altares principales de tipología barroca, con columnas salomónicas, mucha decoración vegetal, angelillos, cartelas, etc. Y otros dos retablos, más pequeños, que pudieran haber sobrevivido a la anterior iglesia. De una sola nave, el crucero es muy marcado, y sobre el mismo surge un alto y luminoso cimborrio que fue construido después, en 1849.
Lo que más llama la atención del templo es el camarín, reconocido museo a donde van a parar todos los regalos que hacen los devotos a la Virgen. Había en él, al decir del historiador Falcón Pardo “algunas curiosidades artísticas, muy buenos cuadros, especialmente una sacra familia en marfil” y la pareja de tallas de la Dolorosa y el Ecce Homo de Pedro de Meno, que hoy finalmente paran en la iglesia parroquial de la villa.
Se añaden al templo la espaciosa casa con habitaciones para el santero, y el clero, justicia y cofradías cuando subían a la ermita en días de romería; y no hay duda que para levantarla se aprovecharon de los edificios antiguos y de la primera iglesia que todavía se adivina en lo que constituyen las cuadras.
El lugar de El Peral, sin embargo, tiene más atractivo por lo que de belleza natural tiene que por su arquitectura. Con respecto a la piadosa tradición del aparecimiento de la Virgen en el tronco de un peral a un pastor, solo queda la tradición que así lo apoya.

La influencia de Alonso de Covarrubias en el Renacimiento alcarreño

Grutescos renacentistas en la portada de la iglesia de El Cubillo de Uceda en Guadalajara

Grutescos renacentistas en la portada de la iglesia de El Cubillo de Uceda en Guadalajara


Bastantes iglesias de la provincia de Guadalajara, situadas todas ellas en el territorio administrado antiguamente por la archidiócesis de Toledo, ofrecen portadas compuestas con arquerías, arquitrabes y ornamentos que en su conjunto recuerdan el modo de hacer de Alonso de Covarrubias y su escuela. Por haber sido este artista el arquitecto mayor de las obras de ese arzobispado, y haber visitado en numerosas ocasiones la Alcarria, Guadalajara y Sigüenza, es posible que en ellas pusiera la mano y la idea. De ahí que las llamemos hoy “iglesias covarrubiescas”.  Aquí hago ahora un repaso de las mejores.

Cubillo de Uceda - La iglesia parroquial dedicada a Nuestra Señora de la Asunción es un edificio muy interesante, en cuyo aspecto exterior destaca, en primer lugar, el ábside o cabecera, orientado a levante, de origen netamente mudéjar. Pero el conjunto del templo fue erigido en el siglo XVI. Destaca sobre el muro de mediodía un atrio muy amplio, compuesto de esbeltas columnas de capitel renacentista, sobre pedestales muy altos, lo que le proporciona una gran airosidad y elegancia. La portada de este muro es obra de severas líneas clasicistas. En el hastial de poniente, a los pies del templo, y centrando un muro de aparejo a base de hiladas de sillar y mampuesto de cantos rodados, muy bello, destaca la portada principal, obra magnífica de la primera mitad del siglo XVI, ejemplar manifiesto del estilo plateresco de la escuela toledana. El ingreso se escolta de dos jambas molduradas y se adintela por un arquitrabe de rica decoración tallada con medallón central y abundantes grutescos, amparándose en los extremos por semicolumnas adosadas sobre pedestales decorados y rematados en capiteles con decoración de lo mismo. Se cubre todo de gran friso que sostienen a los lados sendos angelillos en oficio de cariátides; dicho friso presenta una decoración a base de movidos y valientes grutescos, rematando en dentellones. En la cumbre de la portada, gran tímpano semicircular cerrado de cenefa con bolas y dentellones, albergando una hornacina avenerada conteniendo talla de San Miguel, y escoltada por sendos flameros. Sobre el todo, ventanal circular de moldurados límites. El interior es obra de la misma época, mitad del siglo XVI, y ofrece un equilibrado ámbito de tres naves, más alta la central, separadas por gruesos pilares cilíndricos rematados en capiteles cubiertos de decoración de grutescos muy bien tallados. La capilla mayor se abre a la nave central, y se cubre con bóveda de cuarto de esfera, mientras que el resto del templo tiene por cubierta un magnífico artesonado de madera, de tradición ornamental mudéjar, aunque con detalles platerescos, todo muy bello y bien conservado, obra de la primera mitad del siglo XVI. El conjunto del templo, en su aspecto arquitectónico y ornamental, está claramente dentro del ámbito artístico del plateresco toledano, muy en la línea de lo que hacen por estas tierras Alonso de Covarrubias y los de su escuela.

Malaguilla - Su iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora del Valle, tiene una portada principal, en el muro sur, de desbordante estilo plateresco, con detalles ornamentales finamente ejecutados, con pilastras adosadas, capiteles, friso, enjutas talladas, etc. El interior es de buenas proporciones, y del mismo estilo.

Cerezo - Su iglesia parroquial está dedicada a Santa María de la Piedad y presenta como más interesante al exterior una buena portada plateresca sobre el muro meridional, tallada con gusto y en el estilo de lo que se hizo en el reino de Toledo durante la primera mitad del siglo XVI. Consta de un moldurado arco semicircular con dos grandes y bien tallados medallones en las enjutas, en los que se ven efigies de un hombre y una mujer, representando muy posiblemente a Adán y Eva. Se escolta este ingreso por dos semicolumnas adosadas, sobre pedestales y rematadas en capiteles compuestos con decoración de roleos y angelillos. El piso superior se exorna con decoración de bolas y dentellones, y sobre él luce una venera central, semicircular, rodeada en su interior por tallas de monstruos enfrentados, y en su remate un par de angelillos teniendo un búcaro. A los lados de la venera, surgen sendos flameros. El interior es de dos naves, cubiertas de buen artesonado de madera con detalles ornamentales de tradición mudéjar, obra también de la primera mitad del siglo XVI.

Renacimiento en Guadalajara

Lupiana - En lo mas alto del pueblo está la iglesia parroquial dedicada a San Bartolomé. Obra del siglo XVI, su aspecto exterior es sólido, destacando la presencia de la torre, fechada en 1676, mientras que en el muro meridional se abre la portada, obra magnífica de estilo plateresco, muy desgastada ya por los elementos atmosfericos: consta de un vano de medio punto, escoltado por columnas estriadas que apoyan en gruesos pedestales, decorados con buena iconografia, y rematadas en bellos capiteles de grutescos, cabecillas de angelillos y calaveras. Sobre ellos, un friso de prolija decoracion plateresca, y en las enjutas sendos medallones representando las figuras de San Pedro y San Pablo en medio relieve y de exquisita factura. Encima del conjunto, una hornacina hoy vacia. En el interior, al que se pasa a traves de una cancela con buenos ejemplares de fallebas y piezas de forja popular, se admira la equilibrada arquitectura de sus tres naves, que forman un armónico conjunto de inspiración gótica, pues las pilastras que les separan son conglomerados de columnillas adosadas, con bases gotizantes y remates en collarines de talla vegetal, que sostienen arcos apuntados, atravesados de otros escarzanos en el tramo de los pies del templo. La nave central se cubre con grandioso alfarje o artesonado de madera, con detalles de lacería mudejar en tres almizates o harneruelos centrales. La cabecera del templo consta de gran arco triunfal, semicircular, escoltado de haces de columnillas rematadas en pequeños capiteles de decoración foliácea, que da entrada al presbiterio, de planta rectangular, compuesto de dos tramos sucesivos, cubiertos de bellísimas nervaturas góticas y terminando en las esquinas con sendas veneras. Los bordes del recinto presentan cenefas y frisos de estuco en relieve con prolija decoración plateresca de grutescos y roleos, obra toda del siglo XVI.

Budia - La iglesia parroquial dedicada a San Pedro fue construida a lo largo del siglo XVI, destacando en el exterior su portada, extraordinario ejemplo de estilo plateresco en la Alcarria, con ornamentación de grutescos y vegetaciones en magnífica talla, así como medallones, bichas y otros detalles de gran efecto y equilibrio. Su interior es de tres naves, con coro alto a los pies.

Bujalaro - La iglesia parroquial de esta villa junto al Henares, está dedicada a San Antón. Es un edificio de la primera mitad del siglo XVI. Al exterior, y en el muro norte, muestra la portada de ingreso, valioso ejemplar de estilo plateresco, obra de los artífices que en esos momentos trabajan en la catedral de Sigüenza. A uno de esos grandes artistas, como fueron Alonso de Covarrubias, Nicolás de Durango, Francisco de Baeza, etc., debe pertenecer la traza y talla de esta magnífica portada, que tanto se parece a las de las capillas del claustro catedralicio. Se conforma de un arco semicircular flanqueado de adosadas columnas que apoyan en moldurados pedestales, y que se recubren totalmente de decoración plateresca muy fina, rematando en capiteles compuestos, sosteniendo un arquitrabe con leyenda y ornamentación del estilo, coronándose a los extremos por sendos flameros, mientras en el centro se yergue, escoltada por roleos, una hornacina de idénticas características a la de la portada, cobijando bajo venera una talla apreciable, aunque ya muy desgastada por la erosión, de la Virgen María. En la clave del arco de entrada se ve un escudo de las llagas de Cristo sostenido por ángeles, y en las enjutas de dicho arco aparecen San Pedro y San Pablo, con sus respectivos atributos. En el friso de la puerta aparece la siguiente leyenda: Ave Regina Cellor Ave Dna Angelor 1540, que desarrollada y traducida viene a decir: «Salve Reina de los Cielos, Salve Señora de los Angeles, 1540». Sobre la hornacina de la Virgen hay otra frase de difícil lectura, por su desgaste. Y junto a ella, a su izquierda, hay empotrada en el muro una lápida de la época en que se lee, desarrollando las abreviaturas: «Acabóse esta obra siendo cura el reverendo señor bachiller Suárez, Deán de Sigüenza y mayordomo Alonso Martínez Molinero». El interior del templo es de una sola nave, con presbiterio al fondo, algo elevado, al que se pasa por un gran arco de medio punto, algo irregular, apoyado en sendas pilastras con sencilla moldura y decorado con bolas.

Mesones – De la primera mitad del siglo XVI es la fábrica de este templo parroquial, construida en mampostería de sillarejo calizo, con hiladas de ladrillo y algo de sillar en las esquinas. Cobijada por atrio, en el costado meridional del templo se abre la portada principal, que escoltada por jambas profusamente decoradas de grutescos, añade sendos escudos nobiliarios. Un ejemplo limpio y rural del mejor Renacimiento arquitectónico.

Salmerón - Su iglesia parroquial es un enorme edificio de sillería que muestra al exterior tres portadas. La meridional es severamente clasicista, mientras que la del muro occidental presenta un estilo plateresco popular con multiples arcadas semicirculares, en algunos de cuyos arcos se inscriben rosetas, y bustos de apóstoles, con cruz de Calatrava en la clave. La portada del norte, también abierta a la vista y la admiración de los viajeros, presenta una línea renacentista más purista, adornando sus enjutas con un par de escudos. El interior es de aspecto noble y limpia arquitectura renacentista, con algunos retablos interesantes.

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10 Castillos imprescindibles de Castilla La Mancha

Un recorrido por Castilla la Mancha nos ofrece panorámicas de su patrimonio ingente: común a la tierra castellana, son esos edificios, los grandes castillos y alcazabas, los que mantiene su memoria.

Una tierra grande, ancha, antigua. Una tierra que hoy vemos luminosa, con viñedos, ciudades monumentales, industrias, juventud que se entrena. Pero Castilla la Mancha es también una tierra de hondas tradiciones, y, sobre todo, un lugar en el mundo donde surgen altos y severos los vestigios de una historia cierta, irrenunciable, cargada de símbolos, certezas y misterios. En ella se alzan (es Castilla… recuerda) los castillos, a docenas. En cualquier recodo del camino surge a lo lejos, en el horizonte, la alzada presencia. Y en llegando se levanta sonoro, poderoso, el oscuro perfil de sus almenas. Los castillos de Castilla la Mancha tienen mucho que decirte, todavía.

Castillos y Fortalezas de Castilla La Mancha

Atienza. En la parte mas al norte de la tierra castellano-manchega, se alza la villa amurallada y roquera de Atienza, poblada hace miles de años por los celtíberos, bastión luego de los musulmanes, y desde hace siglos ocupada de labriegos que admiraron siempre a sus señores, los reyes castellanos, los condes guerreros, dueños de las distancias.

Atienza tiene un castillo roquero sorprendente, al que es muy fácil subir, a pie, desde la plaza mayor. En lo alto de la roca, la torre del homenaje, y al final de sus escaleras, las terraza. Sube allí, observa en torno, escucha y aguanta el viento, poderoso.

Almonacid de Toledo. Sobre la llanura parda toledana se alza en lo más alto de un poderoso cerro esta fortaleza que fue durante siglos propiedad de los arzobispos toledanos. Su estructura es muy curiosa, y muy demostrativa de cómo fueron las construcciones militares medievales: cerca exterior, castillo interior y torre fuerte o del homenaje en su centro.

Belmonte. En la tierra de Cuenca, sobre las anchas llanuras de la Mancha, esta riente pirueta de la arquitectura y la historia. Propiedad de los Pacheco durante siglos, el buen hacer de un arquitecto borgoñón, Juan Guas, levantó esta complicada mezcolanza de torres y patios, de salones y ventanas. Todo tiene el marchamo de lo gótico en Belmonte, y allá se celebran, ahora, luchas y torneos con armas antiguas, entre bravos muchachos que entrenan con sus espadas, lanzas y dagas.
A Belmonte es fácil llegar, subir en coche hasta la puerta misma del castillo, y vagar por su patio, sus salones que evocan a Eugenia de Montijo, sus almenadas torretas donde los guerreros marqueses de Villena nos llaman.

Almansa, el castillo de los Pacheco, que primero árabe y luego cristiano marcó durante siglos la señal de frontera entre Valencia y Castilla. Aunque de origen templario, y real luego, fue poseído por el infante rebelde don Juan Manuel, pasando finalmente a poder de la Corona en tiempos de Enrique III.
Sirvió de referencia en multitud de guerras y batallas, y cumplió fielmente su misión de ser bastión guerrero, perfil de victorias. Hoy luce magnífico sobre la llanada albacetense, y su torre del homenaje, con la cola de muros almenados detrás, es singular y resulta espectáculo.

Sigüenza, también en las tierras altas y fronterizas de la región, es hoy un destino turístico y admirativo. Durante siglos, tras ser fortaleza celtíbera y musulmana, pasó a ser la sede del obispado, y de allí a lugar fuerte y regulador de mestas, impuestos y artistas.
El castillo de Sigüenza se construyó, con el aspecto que hoy vemos, en el siglo XIV, y a mediados del XX estaba en los suelos, en la ruina absoluta. El Estado lo levantó de nuevo, y le dio el destino en el que hoy le encontramos, como Parador de Turismo, meca de la admiración de los viajeros y lugar de encuentros para muchos.

Calatrava la Nueva. Como surgido de una novela de caballerías, la altura exagerada del cerro de los Alacranes ve cómo en su altura se despliega, generoso y abierto, el castillo que llegó a ser la cabeza de la Orden Militar de Calatrava.
Sobre el valle que desde la Mancha baja hacia las sierras béticas andaluzas, la Orden puso en este lugar, inexpugnable, su alcazaba mayor, dándole la estructura perfecta de un castillo medieval de libro: varios cintos, caballerizas, el patio de los caballeros, el templo cristianos, románico puro, la sala del Maestre, y, en lo más alto, la biblioteca, donde se guardan los libros de la sabiduría, los manuscritos del poder.

Guadamur. Que ahora se muestra a los viajeros en visitas guiadas, pero que durante muchos años fue severo lugar de secretos bien guardados. Su perfil enorme y variopinto nos desvela las formas del clásico alcázar castellano. En este caso propiedad de una familia, los López de Ayala, que lo mantuvieron bien cuidado muchos siglos, cabeza y eje de un amplio alfoz feudal. Luego lo tuvo en su poder el marqués de Campoó, y al final ha venido a ser de general conocimiento y fácil visita.

Chinchilla de Montearagón es otro de esos lugares que se ven desde muy lejos, porque su perfil castillero destaca sobre las planas mesetas de los Llanos albacetenses. Aunque acabó siendo uno de los penales más temidos de España, antes escribió largos capítulos de la historia castellana, con capítulos firmados por los Pacheco, marqueses de Villena, que no dudaron, generación tras generación, en ir aumentando la fortaleza hasta dejarla como hoy la vemos, espléndida en su lejana presencia y con mil detalles de arquitectura militar medieval en sus detalles, también visitables.

Molina de Aragón, en el límite más septentrional de la región, tiene el castillo más extenso de España, una colosal fortaleza que además se completa con una torre albarran la “Torre de Aragón”, que por sí mismo ejercía de castillo completo.

Este complejo castillero, que domina desde un suave cerro la ciudad entera que junto al río Gallo se extiende a sus pies, tuvo su origen en una fortificación celtíbera, luego rehecha por los musulmanes, y al fin transformada en eje del territorio feudal de los Lara, condes de Molina, señores que mantuvieron la propiedad y el control de este Señorío molinés durante más de dos siglos, como un estado independiente entre Aragón y Castilla. De visita obligada.

Toledo. El Alcázar. Sí, este también es un castillo de Castilla La Mancha. Quizás el más antiguo, el más importante históricamente. Porque ahí donde está, en lo más alto de la ciudad, sobre el foso del Tajo, fue lugar de residencia de los reyes visigodos de Hispania, y también alcázar real de muchos reyes castellanos, incluido el emperador don Carlos, su último y más solemne inquilino. En el edificio pusieron manos los mejores arquitectos y artistas, incluso el gran patio central lo diseñó y labró Alonso de Covarrubias.

Sede luego de la Academia de Infantería, finalmente ha quedado destinado a sede cultural, la más prestigiosa biblioteca de la Región, y el Museo del Ejército Español. Un lugar, por tanto, de obligada visita.