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Cruces de procesión y parada

El Cristo del anverso de la Santa Cruz Aparecida de Albalate de Zorita (Guadalajara)

Hasta el mes de Diciembre estará abierta al público, en el patio central del Museo Diocesano de Arte Antiguo de Sigüenza, la Exposición “Con este signo vencerás” dedicada a la muestra de cruces parroquiales de la diócesis que se inauguró a finales del mes de julio. Pudimos visitarla y disfrutar de su montaje y, sobre todo, de sus piezas excepcionales.

En el contexto del rico patrimonio artístico guadalajareño, destacan las cruces parroquiales, elementos de arte exquisitamente trabajados, en siglos antiguos, y que hoy por su fragilidad y sobre todo por su peligro de ser robadas permanecen a buen recaudo, en museos o en las parroquias y pueblos, con sistemas de protección “a la antigua usanza” pero que van dando resultado: normalmente se conservan, en diferentes domicilios particulares, troceadas, uniéndose en la ocasión de salir procesionalmente con motivo de la fiesta local o en romerías. Es una lástima que elementos artísticos de tan alto valor tengan que conservarse así, pero a esto se ha llegado, cinco siglos después de haberse elaborado, porque ahora su valor es más monetario que sacro, y ahí está su riesgo, y su peligro.

Recomiendo vivamente la visita de esta exposición, que se ha montado con motivo del quinto centenario del hallazgo o “invención” de la Santa Cruz Aparecida de Albalate de Zorita. Aunque en ella solamente se van a ver las cruces que se conservan en el Museo Diocesano de Sigüenza desde que este se creó, hace ahora unos 40 años. Las mejores se mantienen en los pueblos, y aunque yo tuve en su día la suerte de poder admirarlas, fotografiarlas y estudiarlas, hoy se complica mucho esta visita.

De todas las grandes cruces parroquiales, procesionales y de parada, que aún quedan en la provincia, yo destacaría algunas, solo por dar una idea de lo que hablamos. Hay muchas más. Y así recordaría la cruz de Ciruelas, de estilo gótico, en plata sobredorada, obra de finales del siglo XV o principios del XVI, que lleva las marcas de la ciudad de Sigüenza y del platero Martín Osca, su autor. En el anverso aparece al centro Cristo crucificado con escenas de la Pasión en los extremos de los brazos de la cruz, y en el reverso una imagen de la Virgen María. La macolla, en dos pisos, muestra a los doce apóstoles. Recordaría también la cruz de Valfermoso de Tajuña, en plata con múltiples detalles iconográficos sobre chapas y repujados, obra de comienzos del siglo XVI, que pertenece a la escuela o taller de orfebrería de Sigüenza, y denota ser de mano del mismo artista que la anterior,  Martín Osca. Destacan en esta Cruz las figuras de Cristo cru­cificado y la Virgen María, así como diversas escenas de la Pasión.

De la escuela seguntina, recordar la cruz procesional de Villar de Cobeta, junto a Buenafuente, que es procesional, magnífica, del siglo XVI, realizada en los talleres de orfebrería de Sigüenza por el que fue platero del Cabildo seguntino Pedro de Frías. Dicha cruz, en plata tallada y repujada, muestra en su anverso central a Cristo crucificado y en su reverso a San Pedro revestido de pontifical. En los extremos de los brazos aparecen bien talladas imágenes de los símbolos de los evangelistas, cartelas, angelillos, etc.

De los talleres segovianos quedan varias cruces por los pequeños pueblos de nuestra Sierra alta, la que ahora llamaos “Sierra Norte de Guadalajara”. Así hemos visto una en Cantalojas, donde se guarda todavía el ejemplar destacado de su cruz, que es de comienzos del siglo XVI y reúne las características de otras cruces serranas, todas salidas de los talleres segovianos de orfebrería. Y otra en Valverde de los Arroyos, soberbia obra de orfebrería renacentista, hecha en el siglo XVI en los talleres de Segovia por el orfebre Diego Valles. En el centro del anverso aparece Cristo crucificado, y en el reverso un grupo de la Piedad rematada por un friso de traza gótica. Este es el aire que tiene la cruz por ser de iguales dimensiones sus cuatro palos. En los extremos de los brazos, y en los medallones romboida­les de su achatada macolla, aparecen grabadas toscamente varias figuras de santos y santas con sus atributos.

En la Campiña es Uceda donde se guarda uno de los mejores ejemplares de toda la provincia: su magnífica cruz procesional, de gran tamaño, en planchas de plata repujada, toda ella realizada a mano por un buen orfebre de Toledo de comienzos del siglo XVI, llamado Abanda. Son magníficos el Cristo que centra el anverso de la cruz, y algunos de los grandes medallones que cubren los extremos en sus brazos, con escenas de la vida de Jesús, y varias imágenes de Santos. Alguno de sus detalles vemos en representación gráfica junto a estas líneas.

Y finalmente la mejor sin duda de toda Guadalajara, esta en la Alcarria, y guardada como oro en paño: la de La Puerta, cuya parroquia es propietaria de una magnífica cruz procesional de plata repujada, obra de mitad del siglo XVI, debida al orfebre conquense Francisco Becerril. Mide 97 cm. de altura y 47 cm. de envergadura. En el anverso presenta una importante talla en plata de Cristo crucificado; en el reverso, gran medallón con el arcángel san Gabriel acuchillando al Demonio. En los extremos, arriba, el pelícano simbólico alimentando a sus crías, y santas mujeres; y los cuatro evangelistas en magnífi­cos escorzos renacientes. En la macolla, de dos pisos, aparecen los doce apóstoles cobijados bajo doseles sostenidos por columnas y cariátides, todo ello rodeado de profusa decoración de grutescos, roleos, trofeos y cartelas.

Si del Señorío de Molina hubiéramos de escoger una cruz, la mejor de todas puede que sea la de Alustante: cruz procesional que talló y ejecutó el platero seguntino Jerónimo de Covarrubias en 1565, y de la que algunas piezas, como el Cristo crucificado del anverso y la Virgen María en Asunción del reverso, son piezas supremas del arte de la escultura en plata.

La Santa Cruz Aparecida Albalate de Zorita

Pero el motivo de estas líneas es la conmemoración del quinto centenario de la aparición, o hallazgo, de una de las más antiguas cruces procesionales de la Alcarria: la de Albalate de Zorita, que surgió de debajo de una piedra en septiembre de 1514, pero que sin duda, a poco que se a analice, muestra ser una obra de mayor antigüedad, del siglo XIII probablemente, si no más antigua.

En una capilla del fondo de la nave del evangelio, en la espléndida iglesia parroquial de Albalate, se guarda y venera la llamada Santa Cruz Aparecida, o Cruz del Perro, patrona de Albalate y motivo central del escudo de la villa. Es doble su valor: artístico, y sentimental. Se trata de una joya de la orfebrería del siglo XIII, hecha en bronce dorado, con 47,5 cms. de altura y 28 cms. de envergadura, rematando sus extremos en escuetas flores de lis, sobre las que se aparecen los relieves en bronce de cuatro rudas efigies representando a María Virgen [izquierda], a San Juan [derecha] y a San Pedro y San Pablo [arriba y abajo] o al menos a dos apóstoles. Cuatro gemas de cristal de roca se sitúan en el promedio de los brazos, y en el centro aparecen la imagen de Cristo crucificado. En el reverso de la cruz aparecen, también grabados, los símbolos de los evangelistas, y en su centro se ve la figura de Jesús en actitud de bendecir, de medio cuerpo, como clásica representación del Rey y Juez que por sus detalles (terminación estriada de los cabellos y rostro imberbe) nos sugiere la imagen más preciada de Cristo en los tiempos medievales, la de la Vera Icona, aquella cruz que se conservó en el Sancta Sanctorum del Patriarcado Lateranense de Roma. De sus brazos cuelgan dos cadenillas. Su apelativo de Cruz del Perro deriva de su milagroso hallazgo, ocurrido en septiembre de 1514, en la orilla del río Tajo, en el lugar conocido con el nombre de Cabanillas, donde aún hoy se ven los restos de una ermita construida en el siglo XVIII. Fue un perro [la podenca Consula, por más señas] el que, bajo una gran roca, encontró escarbando esta pieza de orfebrería, sin duda guardada allí en siglos anteriores. La devoción de Albalate por esta Cruz fue en aumento: en 1542 se fundó la Cofradía de pajes esclavos de la Santísima Cruz Aparecida, y se conserva como fiesta mayor del pueblo la del 27 de septiembre, en memoria de la fecha del hallazgo, siendo paseada en esta fecha sobre adornada carroza por toda la villa. Vinieron personalmente a contemplarla y adorarla el Emperador Carlos I y Felipe III.

El mejor estudio hasta ahora realizado de esta cruz procesional, se debe a don Miguel Angel Ortega Canales, director del Museo Diocesano de Arte Antiguo, de Sigüenza, que lo ha publicado en el contexto de la obra “Con este signo vencerás” que sirve de catálogo a la exposición conmemorativa del quinto centenario del hallazgo de esta cruz, y que como dije al principio, está abierta hasta diciembre en el referido museo seguntino.

En ese trabajo, meticuloso y serio, don Miguel Angel nos desvela sus apreciaciones sobre la iconografía de esta cruz, en la que hay rasgos muy especiales, como su traza de cruz latina primitiva, los cristales de roca del centro de los brazos, y las cadenillas que de ellos cuelgan con pequeños cristales, en costumbre heredada del arte visigodo y aún bizantino. O la peculiaridad de las figuras netamente románicas que surgen en los extremos flordelisados de la cruz (con María Virgen, San Juan, y los apóstoles Pedro y Pablo, más las  representaciones de los símbolos del Tetramorfos (Angel-Hombre, Aguila, Toro y Leon) en las esquinas del reverso.

En todo caso, una circunstancia este del quinto centenario de la Cruz de Albalate, para apreciar esta parcela de nuestro patrimonio, y acumular aplausos, atenciones, estudios y protecciones sobre el mismo, que buena falta le hace.

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Rebuscando en la historia de Guadalajara

El marqués de Santillana, en su escriptorio de Guadalajara

Se abren hoy, un año más, las Fiestas (y el recuerdo de las Ferias) de Guadalajara. Pregón, jolgorio, discursos amables y muestras del espléndido bronceado que los alcarreños y alcarreñas han cosechado a lo largo del pasado mes en las playas del Mediterráneo. Una mezcla ya habitual, en la que lo cultural y lo lúdico, lo institucional y lo populachero, se arraciman en la misma habitación, de la que todos salen contentos, y algunos –muy pocos, esa es la verdad– confundidos y preocupados. No tiene la menor importancia. De lo que se trata es de pasar la vida, y que cada día sea diferente (y a ser posible mejor) que el anterior. 

Historia e historias de Guadalajara

A lo largo de los siglos ha habido numerosas gentes que, aquí nacidas o venidas de fuera, han dedicado largas horas y aun años en investigar y escribir la historia de la ciudad de Guadalajara.

Sería largo de contar cuales han sido los mejores relatos de nuestra vicisitud: desde los Anales de la Ciudad de Medina y Mendoza, hasta el libro que bajo el título de “Guadalajara ciudad”, a lo moderno, hace un par de años fue el producto de un compacto equipo de profesionales que han sabido captar lo que necesita el hombre de hoy para saber, en visión rápida, de su ayer, de sus ayeres.

Hasta ahora, como digo, ha habido muchos intentos de escribir la His­toria de Guadalaja­ra. De ellos han resultado algunos manuscritos, difíci­les de consultar y ya medio borrosos, y otros libros que también se han hecho, con el pasar de los años, raros ejemplares de bibliófilo. Categoría que han adquirido ya las más recientes, pues una que puse en pública consideración hace no más de veinte años, hoy ya es un libro difícil de encontrar.

La más antigua de las Historias de Guadalajara conocidas es la que escribiera don Francisco de Medi­na y Mendoza a mediados del siglo XVI. La tituló Anales de Guadalajara y hoy se consi­dera perdida. La consultó y utilizó muchas de sus noti­cias el siguiente historiador que acometió el intento: el jesuita Hernando Pecha, en 1632, quien redactó su Historia de Guadalaxara, y como la Religión de Sn. Gerónimo en España fue fundada y res­taurada por sus Ciudada­nos, quedando manuscrita y casi olvidada en los ana­queles de la Biblioteca Nacio­nal hasta que en 1977 se publicó por vez primera, a cargo de la Institución Pro­vincial de Cultura «Marqués de Santillana» con un estu­dio previo realizado por mí. Le siguió inmediatamente des­pués la Historia de la nobilí­sima ciudad de Guadalaxara, escrita en 1647 por el regidor Francisco de Torres, que se quedó manuscrita por los siglos, y que no hace mucho también vio la luz gloriosa de la imprenta. Poco después apareció, en elegante edición clásica, de 1653, la Historia eclesiástica y seglar de la muy noble y muy leal ciudad de Gua­dalaxara escrita por el licen­ciado Alonso Núñez de Cas­tro.

Nada más se hizo en este sentido hasta el siglo XX, en que los sucesivos cronistas locales se afanaron en con­seguir llevar a buen puerto esta vieja aspiración de los buenos arriacenses. Y así don Juan Catalina García pro­porcionó muchos materiales para poder escribir esa Historia en su obra La Alcarria en los dos primeros siglos de la Reconquista, y don Manuel Pérez Villamil hizo lo propio en los amplios Aumentos que le puso a la publicación de las Relaciones Topográfi­cas mandadas escribir a finales del siglo XVI por el rey Felipe II. Sería, sin embargo, don Francisco Layna Serrano quien diera cima a su monu­mental obra titulada Historia de Guadalajara y sus Mendo­zas en los siglos XV y XV/, publicada por primera vez en 1942, en cuatro gruesos volúmenes, y que hoy de nuevo está en las librerías gracias a una edición mejorada que, en buena parte, ha sido posible gracias al patrocinio del Ayuntamiento guadalajareño.

Una historia movida y con mensaje 

A la historia de Guadalajara nadie puede achacarle que sea aburrida o monótona. Aquí han pasado una inmensidad de cosas. La mayoría buenas, aunque también ha habido momentos de gran dolor y amargura. Posiblemente se hayan concentrado en el pasado siglo XX las más fuertes de las emociones todas: aquella centuria tuvo los momentos de mayor esplendor (hoy mismo, Guadalajara es una ciudad abierta, luminosa y llena de vida, riqueza y alegría) y días de terrible angustia y tristeza (léase el 6 de diciembre de 1936, para quien tenga algo de memoria). Pero en general, como en botica, ha habido de todo.

En la historia que no hace mucho escribió y publicó el profesor Antonio Ortiz y sus colaboradores, las cosas de Guadalajara están tratadas con eficiencia, con claridad y perspectiva. Aparecen los primeros balbuceos de lo que pudiera ser un grupo de mínimos asentamientos prehistóricos en los taludes del río Henares. El recuerdo del paso de los romanos. La sonoridad del nombre árabe que quedó para siempre definiéndonos. Y ese sucederse de reyes, de señores, de Mendozas, de fiestas y edificaciones, que forman la historia más conocida.

Sin embargo, el libro que los profesores del Liceo Caracense nos ofreció hace unos años, va más allá. No es una historia al uso, con notas a pie de página, documentos, opiniones. Es una historia lineal, sencilla, pero completa. Una historia de Guadalajara que está, sobre todo, engarzada plenamente con la historia de España. Yo aún diría que es esta la que se cuenta, y a cada paso que da la Patria, en Guadalajara resuena de un modo peculiar. Y se nos dice.

Así son los momentos del Medievo, con la explosión de soberanía y autogobierno populares (concejo de Guadalajara). El Renacimiento de los sistemas centralizados, con los Reyes Católicos y los primeros monarcas de la Casa de Austria (el auge mendocino). La decadencia (Fábrica de Paños de quita y pon). La guerra contra los franceses (El Empecinado). Las revoluciones y movimientos revolucionarios/reaccionarios (la monja de las llagas, Moreno y Marlasca, el Ateneo…) Y al fin la Guerra Civil, con su rastro de tragedia (los fusilamientos, Ortiz de Zárate, Marcelino Martín, italianos y republicanos…)

Todo ese bamboleo de cosas que suceden en España, tiene en Guadalajara su imagen especular. Por eso la historia/historias de Guadalajara que unos leen, otros encuentran, y todos al final repiten y saborean, son los elementos sustanciales de mantener a la ciudad con vida. Aparte de los cohetes, de los gigantes y cabezudos, de las peñas/charangas y de las quedadas culturales, es el recuento de la historia, de sus personajes, de sus hechos memorables, lo que nos infunde personalidad. Porque lo que aquí ha ocurrido, lo que aquí se ha construido, lo que aquí se ha vivido, es irrepetible y no tiene réplica en otra parte. Si estamos en Guadalajara estamos, sin más remedio, en el río de su historia, formamos parte de ella. Este es un buen momento para recordarla.

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Los tapices de la Catedral de Sigüenza

Fragmento de tapiz flamenco del siglo XVII, de la Serie "Palas Atenea" que ahora se recuperan en la catedral seguntina.

En estos días se recuperan, finalmente limpios y restaurados, cuidados para vivir sin problemas otros trescientos continuados años, la primera  serie de dieciséis tapices barrocos que se conservan en la catedral de Sigüenza, hasta ahora poco conocidos y parcialmente estudiados, pero que a partir de ahora van a ser una señal más de su identidad artística y cultural.

Justo en este verano, se recuperan restauradas dos de las colecciones más importantes de tapices que hay en España, y ambas en Guadalajara: la de Pastrana y la de Sigüenza. Es para estar contentos, y sobre todo para ir a verlos de nuevo…

En la catedral de Sigüenza, aparte de otras mil joyas del arte, que de una manera u otra hemos ido viendo, están colgados de sus muros, desde hace 350 años, un bloque de paños o tapices barrocos a los que hasta ahora apenas se les había tenido en consideración, y ello por varias causas: una la de que eran muestras de temática pagana, con temas mitológicos y aspectos guerreros. Otra, que estaban cada vez más viejos, con sus colores apagados de puro sucios, y mal traídos y llevados en cada una de las agresiones o restauraciones que el templo ha ido sufriendo.

Así, tras años de progresiva decadencia, ha tenido que ser un grupo de entusiastas seguntinos, y más concretamente los que Antonio Manada y Gloria de las Heras encabezan con su Fundación “Ciudad de Sigüenza”, y su proyecto “Sigüenza Universo Greco” los que se hayan movido sin parar en la tarea de conseguir su limpieza y rescate, su definitiva inserción en el conjunto de obras artísticas que componen el museo vivo catedralicio. El próximo lune se va a inaugurar la exposición que los muestra, y quedamos a la espera de que, en lo que resta de año, todos ellos en su conjunto, museificado y vivo, queden para la admiración de seguntinos y viajeros.

Los tapices barrocos de la Catedral de Sigüenza

Dos estudios han recibido, hasta ahora, los tapices barrocos de la catedral de Sigüenza. Uno, el primero, el que de ellos hizo Margarita García Calvo en la Revista “Goya” el año 2004.Y el segundo el de Victoria Ramírez Ruiz, en la segunda parte del libro “Tapices y textiles de Castilla-La Mancha”
editado por Aache en 2007. Una colección doble, pues se trata de dieciséis paños, enormes y vistosos, que completan dos series, una dedicada a la “Historia de Rómulo y Remo” y otra a las “Alegorías de Palas Atenea”, que vienen a representar, ambas, en un sentido globalizador, las virtudes cívicas que la mitología atribuyó a ambos personajes, uno inventado y el otro quizás histórico.

Durante años, esta serie de tapices se mantuvo dispersa colgando de los muros de naves y estancias interiores de la catedral seguntina, como la Sacristía de las Cabezas, la antigua Librería del Cabildo y la Sala Capitular de verano.

Estos tapices fueron donación hecha por don Andrés Bravo de Salamanca, obispo que fue de la diócesis entre los años 1662 a 1668, año en el que tras fallecer fue enterrado en la capilla del Santo Cristo del trascoro, con su escudo de armas sobre su sepulcro y en el retablo que mandó construir. Hombre del pleno barroco, viajero y estudioso, admirador de los clásicos, había cursado sus primeros estudios universitarios teológicos en Sigüenza, pasando luego a Salamanca a completar su formación, y alcanzando pronto la mitra de Cartagena y Murcia, desde donde manifiesta su voluntad, por el gran cariño que tenia a la ciudad, de ser enterrado en Sigüenza. Para llevar a cabo su deseo, escribe en 1661 al arcediano de Almazán, Andrés de Manrique manifestando que “por el gran afecto que tenia a esta iglesia deseaba enterrarse en ella y que deseaba saber en que parte de la capilla mayor le darían entierro y cuanto había de dar de limosna a la fabrica”.  Lo curioso es que al año siguiente, en 1662, sería nombrado obispo de esta diócesis, y suponemos que eso le llenó de satisfacción y ya solo quiso, viéndose mayor y cercana la muerte, hacer una gran donación del mejor arte del momento a su catedral querida.

Se sabe que en 1664, cuando don Andrés Bravo ya llevaba dos años de obispo en la Ciudad Mitrada, en los últimos días del mes de Noviembre sorprendió a todos mandando colgar una gran colección de tapices que había adquirido y regalaba a la catedral, al cabildo, y a la ciudad de Sigüenza. Según nos refiere Pérez Villamil en su libro sobre la historia del edificio catedralicio, las Actas Capitulares de diciembre de 1664 dicen ”como su ilustrísima el señor obispo, nuestro prelado, ha sido servido de dar a la iglesia una colgadura de diez y seis paños y que había amanecido colgada el día de San Andrés”. Estos paños no eran, sin embargo, los   que ahora admiramos, sino una serie de “boscajes” y de paños con adornos florales, muy del estilo de Audenarde, pero que alegraban los severos muros y servía para mitigar el duro frío de las estancias.

El deseo del Obispo era regalar la gran serie doble de 16 paños que había encargado hacer en Flandes y que por fin se acabaron en 1668, llegando a Sigüenza en torno a la fecha de su muerte. En su testamento lo especificó claramente, y en una nota del Inventario de Tesorería de 1824 vuelve a quedar señalada claramente la cuestión del regalo y llegada de estos paños a Sigüenza, pues se dice en ella que el Obispo Bravo de Salamanca donó “una colgadura de tapicería de Flandes que se comprara de 16 paños, los 8 de la Historia de Rómulo y Remo y los otros 8 de el Triunfo de las armas y las letras con el coro de las nueve musas, todas las colgaduras tienen figuras grandes y se pone en invierno en la Capilla Mayor, la regaló a esta Santa Iglesia el Ilustrisimo A. Brabo”.

Temas contenidos en los tapices

Unas cuantas líneas debe dedicarse a la descripción de los temas de estos tapices. Para saber de qué van. Muchas series que han salido de las imparables fábricas y telares flamencos llevan completas historias mitológicas, y otras relatos históricos, entre estas últimas quizás las más conocidas y espléndidas sean las de la Historia de la conquista de Africa por los portugueses, conservada en la Colegiata de Pastrana, y la de los Triunfos del Emperador Carlos, admiradas en los salones del palacio de La Granja. Aparte de otras espléndidas en el Museo Estatal de Arte de Bélgica.

En Sigüenza, la colección de tapices nos muestra una primera serie denominada como la “Historia de Rómulo y Remo”, y que nos muestra primeramente a Fáustulo, pastor de ovejas, encuentra a una loba amamantando a Rómulo y Remo, seguido de Fáustulo, pastor de ovejas,entrega los niños a su mujer para que los alimente y Faústulo presenta al rey a Rómulo y Remo para que los reconozca desde la cuna. Son los siguientes Una vez erigida Roma, Rómulo es coronado rey y Rómulo presenta un proyecto de leyes a Hércules. Y termina la serie con Los romanos raptan a las mujeres sabinas, Las mujeres sabinas reconcilian entre sí a los romanos y sus padres y Rómulo da muerte al rey Tacto y el sabino es exterminado.

La segunda serie de tapices está dedicada a las Alegorías de Palas Atenea. Comienza con Marte huye, Júpiter se alegra por el final de la guerra obtenido por Palas y la Paz, continuando con La recompensa de las armas, El triunfo y la gloria de Palas y la Paz y Los cobardes y perezosos son puestos en fuga por Palas. Después continúa con Palas y la Paz conducen a los esforzados al templo del Honor, La gloria de las musas estimuladas por la Paz, Los sacrificios divinos son restaurados por Palas y la Paz y Palas triunfante acompañada de las musas por el triunfo de las armas.

Descripción de los Tapices 

La serie de tapices que se va a exponer en estos días en la Catedral, ya limpios y consolidados, es la de la “Alegoría de Palas Atenea”. Se considera como fuente literaria principal del conjunto la “Iconología” de Césare Ripa, a excepción del paño “La gloria de las musas estimuladas por la paz”, que se conservó muchos años en la Sacristía de las Cabezas, que tiene su referencia principal en los relatos de  las “Metamorfosis” de Ovidio.

Ofrecen todos estos paños la  representación de las virtudes que la mitología atribuye a la diosa Palas, y que siempre se han considerado como lecciones de ejemplaridad cívica. Cada uno de los personajes es representado con sus clásicos atributos, lo que permite su fácil identificación. Quedan señalados más arriba sus títulos, y junto a estas líneas vemos algunas imágenes de los mismos.

Queda para una posterior actuación de limpieza, aun manteniéndose muy bien conservados, los ocho tapices de la “Historia de Rómulo y Remo”, esta inspirada en episodios de  la “Historia de Roma desde su fundación” de Tito Livio. Relata los primeros años de la fundación de Roma, hasta la lucha con los sabinos. Y sus títulos, que ya hemos reseñado anteriormente, hacen alusión a escenas de esa historia fabulosa relatada por el padre de los historiadores.

Autoría de los tapices

La clave de la autoría, muy nítida en estas series de paños seguntinos, está en las marcas que aparecen en la parte baja de los mismos, junto a sus cenefas inferiores. En las dos series aparecen cuatro cenefas diferentes, aunque del mismo estilo y con motivos muy similares: escudos, espadas, armaduras, flores y frutos. La bordura superior siempre aparece centrada por una cartela, en la que puede leerse una inscripción en latín que muy brevemente describe la escena representada y que por ello hace en este caso muy fácil su identificación. Todos los tapices llevan en su orillo inferior la pareja de letras BB (que significan Brabante-Bruselas) con un escudete en medio que identifca claramente la marca de la ciudad en la que han sido realizados, más los monogramas de los dos talleres en que se hicieron, famosísimos y prestigiosos en aquella época, segunda mitad del siglo XVII: son en concreto los de Ian le Clerc  y D. Egegermans.

Estos dos tapiceros pertenecieron a las más clásicas sagas de tapiceros de Bruselas, que llenaron la Europa barroca con sus producciones. Lo que todavía queda oculto es el nombre del artista que pintó los cartones que servirían de base a los tapices. La profesora García Calvo aventura un nombre, el de Charles Poerson, flamenco que vivió entre 1609 y 1667, o alguno de sus ayudantes y seguidores, todos ellos adscritos a un estilo barroco y sencillo a un tiempo, muy descriptivo y sin complicaciones técnicas, más pendientes de que la escena, las actitudes y los decorados sean perfectamente inteligibles, ajenos a novedades estilísticas.

La Exposición

Los próximos días 29 y 30 de julio se podrá disfrutar de dos “Jornadas de Puertas Abiertas” en la catedral de Sigüenza, para visitar la exposición de “La Anunciación” de El Greco, propiedad del Cabildo seguntino, en su nueva ubicación, la Capilla de la Concepción del claustro catedralicio. Y para poder admirar los ocho tapices flamencos de la serie “Alegorías de Palas Atenea”, en la gran sala contigua, convertida en Museo de los Tapices de la catedral. Estos ocho tapices han sido restaurados en los últimos meses en la Real Fábrica de Tapices de Madrid, bajo la supervisión del Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE).

Con esta dos exposiciones, organizadas por Sigüenza Universo Greco, entidad de la que forman parte el Cabildo y Ayuntamiento de Sigüenza, la Diputación Provincial de Guadalajara, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Fundación Ciudad de Sigüenza y la Fundación Martínez Gómez-Gordo, Sigüenza y su catedral se unen de manera singular a las celebraciones del IV Centenario del fallecimiento del genial pintor.

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A la sombra de la Hoz del Gallo

Una nueva propuesta de viaje, esta vez por los altos parajes molineses, a la sombra de los rojizos monolitos del barranco del Gallo, y aprovechando que ya es pleno verano en aquella zona tendente más bien a los fríos y las lluvias, es la que aquí propongo a mis lectores. La visita al santuario de la Virgen de la hoz, patrona del Señorío, y de los paisajes que forman su entorno espectacular.

Los amigos del viaje por Guadalajara, de la captura de imágenes, de la vivencia de fiestas, y de la admiración de paisajes (por no añadir el auténtico motivo de muchos, que es gozar la paz de la tierra silenciosa) han tenido un buen motivo hace una par de semanas para trasladarse al “barranco de la Hoz”, junto a Molina de Aragón, y vivir allí un día completo de luz, de rocas, de aguas cristalinas, y de fiesta: se celebró, un año más, como desde el siglo XIII viene ocurriendo, la romería del “Butrón”. Y allí se dio a conocer y se intentó volver, al reino de la magia y la leyenda, al mismo tiempo que de introducirse en la corriente de los siglos y ser un elemento más de esa fuerza imparable.

El barranco de la Hoz del Gallo, formado entre profundos cortados de la arenisca roca por las aguas cantarinas y siempre transparentes de ese río molinés (el “padre río” que le llamaba don Diego Sánchez de Portocarrero), se encuentra en el término de Ventosa, pero muy cerca (a diez minutos apenas, en coche) de Molina de Aragón. Sus murados límites se constituyen por elevados cantiles rocosos de piedra arenisca rojiza, que dibujan sobre el alto cielo mil caprichosas formas. Entre los roquedales se asoman los pinos y una variada vegetación. En el fondo del barranco de la Hoz, hay lugares donde apenas queda sitio para el paso del río y la carretera. Por los alrededores, desde Ventosa y Corduente, y hasta Torete, se encuentran numerosas arboledas, merenderos, lugares naturales donde poder pasar el día de excursión.

El lugar de la Hoz

En los más profundo de ese barranco asienta desde hace siglos el santuario de Nuestra Señora de la Hoz: la voz de la tradición dice que, poco después de la Reconquista, a principios del siglo XII, un vaquero de Ventosa había perdido una de sus reses, y anduvo buscándola todo el día sin hallarla. Al internarse por la Hoz del Gallo se le hizo de noche y creyó estar también él perdido. Al rato vio salir luz de entre unas rocas; acudió, y vio cómo sobre un pedestal rocoso se encontraba una pequeña imagen de la Virgen. Acudió luego al pueblo, y tras varias deliberaciones, se decidió llevar la talla a Molina, colocándola en la iglesia mayor de la villa. Pero al día siguiente, la Virgen había desaparecido de su nuevo altar y volvió a aparecer en el barranco. Esto ocurrió por dos o tres veces. Al final, se decidió levantar alguna ermita o santuario en el mismo enclave donde se apareció al vaquero de Ventosa. La devoción hacia la Virgen de la Hoz creció muy pronto, o fue alentada, como patrona de la Vega del Gallo, de la ciudad de Molina, y del Señorío o Común entero, que pronto también inició sus romerías hacia este lugar.

Ya desde entonces, los molineses pusieron a la Virgen de la Hoz del Gallo como su abogada ante el Cielo. Cualquier problema de la ciudad o del Común tenía su referencia en forma de plegaria a la Madre de Dios allí venerada.

En aquel remoto y paradisíaco lugar se instalaron, en el siglo XII, algunos monjes o canónigos regulares de San Agustín, quizás venidos de Francia, pues el obispo seguntino don Joscelmo adquirió el lugar de su dueño, el conde molinés don Pedro Manrique de Lara, en 1272. Estos hombres, mitad religiosos, mitad guerreros, edificaron el templo para la Virgen bajo la misma roca monumental, y junto a él pusieron su refugio claustral, pequeño monasterio, con hospedería para los romeros. Se constituía así un típico enclave mariano que levantó devoción por todo el territorio molinés. La tradición quiere que aquí hubo también caballeros templarios cuidando del lugar, pues al parecer esta Orden fue dueña de los enclaves de Ventosa y Cañizares. Lo único cierto es que ya mediado el siglo XIV, la Hoz era propiedad del monasterio cisterciense de Ovila, que aquí puso algunos de sus monjes blancos para cuidar, material y espiritualmente, del enclave

La ermita y la hospedería

Cuando el viajero llega hasta el corazón de la Hoz del Gallo, se encuentra con que el edificio del templo es obra del siglo XV. Está materialmente “incrustado” bajo la enorme roca, y muestra un portón apuntado con arquivoltas y un escudo del Cabildo molinés. El interior, que ha sido recientemente restaurado con acierto, es muy sencillo, de una nave, y en el altar se nuestra la imagen de la Virgen, que es talla románica del siglo XIII, hoy parcialmente revestida de brocados, sedas y coronas.

Aneja está la Hospedería, que ofrece también detalles arquitectónicos y ornamentales del siglo XVI, algunos grutescos populares, y ciertos escudos del Cabildo molinés. Y junto a estos dos edificios se ha instalado, adecuando un antiguo edificio, una nueva hospedería que sirve para poder comer y pasar la noche al abrigo de las rocas y con el arrullo de las aguas.  Pero el atractivo popular y paisajístico del conjunto, anula cualquier otra condición artística que, en todo caso, es mínima.

La devoción del Señorío de Molina fue siempre grande hacia este santuario. En la capital se organizaron varias cofradías a lo largo de los siglos. Nobles y letrados hicieron donaciones sustanciosas. Muchos pueblos acudían en masa para hacer romería en su entorno, especialmente los de Corduente, Ventosa, Lebrancón, Rillo, Herrería, Canales, Rueda y Tierzo, así como Molina ciudad, y el hoy turolense pueblo de Odón, que en sus orígenes fue molinés. Estas romerías se hacían acudiendo el pueblo entero, presidido de sus cruces y pendones, sobre carros ataviados de flores, haciendo luego los “dances” ante la Virgen. Ella siempre benefició a sus fieles con miles de milagros, y ellos dejaron cuajado su santuario de ofrendas y ex‑votos, que aún pueden verse en el camarín alto de la Virgen.

La fiesta del “Butrón” de la Hoz, que acaba de celebrarse, remonta su origen al siglo XIII. Se inició cuando el pueblo molinés sufrió una epidemia tras la que se prometió hacer romería hasta el Santuario, juntos el Concejo molinés y el Cabildo eclesiástico, repartiendo allí, tras las ceremonias religiosas, alimentos a todos, en forma de pan, sardinas y vino. En ese inicio está la visión teocéntrica de la vida, que explica el bien y el mal como procedente de la divinidad: la enfermedad sólo podía mandarla, y luego curarla, Dios Todopoderoso. Rogarle a El, o a su Madre la Virgen, era el modo más directo de enfrentar la desgracia. Un recuerdo de aquel pensamiento queda hoy en este viaje a pie por los caminos del Señorío, en la ribera del río Gallo, juntos civiles y eclesiásticos, cruces y bastones, cánticos y rezos. La honda luz tamizada por las rocas será, como siempre, el mejor marco para contemplar el paso de la tradición secular, y de paso, encontrar en su silencio esa paz que tanto nos hace falta.

Un libro que lo rememora

En estos días aparece un libro, escrito por persona religiosa y sabia, sor María del Mar Castro Malo, que viene a ser un “Obsequio a Nuestra Señora de la Hoz” (ese es su título) y en el que aparecen con detalle todas las historias, los aconteceres, los milagros y las sabidurías populares que rodean a este enclave tan cordial para los molineses.

En varios capítulos, la autora va recordando la historia de Molina y su Señorío, los pueblos y sus advocaciones marianas, las ermitas y los bosques. Entra luego de lleno en la memoria histórica del enclave geológico: en la aparición legendaria de María virgen, en los frailes y romeros. Realmente es una secuencia detallada de cuanto se ha escrito y sabido sobre el lugar.

Acompañado de circunstanciales expresiones de devoción y apasionamiento por el lugar, la autora desgrana con minucia los milagros que allí se han verificado, extraídos de otros libros y anales; y cuenta sobre todo cómo se celebra anualmente la romería del Butrón y la fiesta de La Loa, que es representación teatral de un Auto Sacramental en el que pastores y peregrinos, ángeles y diablos se persiguen y finalmente se coaligan en la alabanza a la Virgen, la de la Hoz, la molinesa.

El libro, espléndidamente editado y cuajado de imágenes a color de la naturaleza, los elementos formes, las fuentes y los pinos, las rocas y los recuerdos, merece la pena ser considerado, especialmente ahora, en que la Hoz y sus sorpresas vuelven a estar de actualidad.

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Naturaleza y Vida en el arte románico de Guadalajara

Iconografia romanica en Guadalajara

Se ha celebrado, entre los días 4 a 6 de julio, en la ciudad de Sigüenza, el primer Congreso de Arqueología Medieval de Guadalajara, que ha constituido todo un éxito de organización y asistencia, aportándose en las numerosas comunicaciones e intervenciones, datos muy valiosos para ir reconstruyendo el pasado remoto de nuestros pueblos, de nuestras tierras.

A veces las leyendas que hoy damos por tales, emergen de la historia con total naturalidad. Y con el paso de los siglos toman categoría legendaria los hechos que, mucho tiempo antes, fueron cotidianos.

En el “Libro de la Montería” de Alfonso Undécimo de Castilla, se nos dice que la caza del oso era habitualmente practicada por los nobles, lo mismo que la cetrería, y el acoso y muerte de los jabalíes, en infinidad de lugares de esta tierra. Por señalar algunos:

En la historia del monasterio alcarreño de Sopetrán, en pleno valle del río Badiel, se cuela la leyenda de que al Rey Alfonso Sexto, en 1072, “La Virgen la había librado de morir a garras de un Oso cuando andaba a cacería por esos contornos”, y en agradecimiento el rey mandó reconstruir el viejo monasterio medio hundido.

También nos informa ese “Libro de la montería” que “Santotis es buen monte de oso en verano”, y que los había muy numerosos en el monte de Pie de Fuste: bueno de oso, junto a Zarzuela [de Galve] y Valverde [de los Arroyos]. Y en tierras molinesas el monte de Valquemado “es buen monte de oso”, lo mismo que “la garganta de Orea, que es buen monte de oso todo el verano”.

Y en las pinturas de los techos de las salas bajas del Palacio del Infantado, pintadas a finales del siglo XVI por Rómulo Cincinato en Guadalajara, se nos muestran escenas de la caza de venados, jabalíes y avutardas por los duques a caballo, mientras entre los elementos de la fauna que habitualmente poblaba la primera Alcarria de Horche, Yebes y Lupiana, aparece entre otras especies la del lince ibérico.

En Salmerón aún corre la voz de que en “el Puerto” que lindaba con la población, una enorme serpiente que amenazaba a los caminantes fue finalmente abatida por Gil Martínez.

Mientras que en Canales de Molina, un aldeano me contaba hace mucho tiempo que allí la leyenda decía que un dragón enorme que echaba fuego por sus orificios guardaba a una doncella hasta que un día el dragón, en medio de una estampida de luz y explosiones, se fue hacia el cielo llevándose a la joven molinesa y dejando allí un montón de cachivaches que luego se tallaron fielmente en la llamada “Piedra Escrita” del término.

Estas elucubraciones y memorias vienen a cuento de poder expresar, en cierto marco de fuerza simbólica apoyada en realidades remotas, la idea de que el hombre del Medievo usó los elementos naturales que veía, o de los que alguien que los había visto le hablaba, para pasarlos al contexto material y perdurable del arte. En este caso, de la escultura románica, surgida en nuestra provincia, y más concretamente en su mitad occidental fundamentalmente, en el siglo XIII.

Detalles de la Naturaleza en el románico de Guadalajara

La Naturaleza surge, en su vertiente vegetal y animal, en numerosos detalles escultóricos de esa época. Solo para afirmar esa relación entre el medio natural en el que viven los artistas, y la plasmación artística de lo que ven en capiteles, arquivoltas y canecillos, es por lo que he escrito esta comunicación.

La Naturaleza animal se plasma en la escena del friso de la capilla del caballero San Galindo en la localidad serrana de Campisábalos: allí se ve cómo dos aldeanos o peones alancean a un jabalí, sobre cuyo lomo se lanzan a morder algunos perros. Es la evidencia de una forma de cazar (por deporte, o más bien por necesidad) animales tan peligrosos. En los canecillos del ábside de ese mismo templo, aparece un aldeano provisto de un palo muy grueso, que va a descargarlo sobre el animal que está tallado en el contiguo canecillo: un conejo de enormes orejas.

El aprovechamiento del mundo animal se plasma también en ese mensario de Campisábalos, muy deteriorado, pero con mejor visibilidad en el de  la puerta principal de la iglesia de Beleña de Sorbe, en la que se ve una escena del sacrificio de un cerdo por parte de un aldeano. Aunque se le localiza en Enero, lo habitual era proceder a ese sacrificio, a la “matanza” que aún hoy se continúa haciendo en nuestra Alcarria, por los meses de Noviembre y Diciembre.

En esa misma portada de Beleña, algunos de sus elementos tallados expresan la relación del Hombre con la Naturaleza: mientras que en el mes de Diciembre aparece un varón dándose una gran comida, el mes de Mayo se representa por un caballero cazador con un azor en su mano. La siembra, el arado, la siega y la trilla de los cereales se expresan también en esas dovelas.

La portada del Salvador, en Cifuentes, aún siendo un monumental retablo románico de teológica complejidad, en el que se ofrece una Psicomaquia de múltiples intérpretes, nos sorprenden algunos detalles que delatan la observación del artista en la Naturaleza y en la Vida que le rodea. Así, en la parte izquierda de la chambrana exterior de esa portada, aparece por una parte un ser monstruoso que quiere representar al Diablo, pero que en realidad muestra un enfermo de bocio multinodular, con dos enormes bultos saliéndole de la parte central del cuello. Próximo a él, otro demonio muestra la facies típica de un labio leporino. Y aún en parte alta y difícil de ver, el tallista nos deja la visión de un parto, mostrando tallada a una mujer con las piernas separadas entre las que aparece, boca abajo, un pequeño ser que se supone está naciendo. Lo más curioso de todo es que la parturienta tiene cuernos y atributos diablescos, y el bebé se representa con una corona y un cetro en la mano, significando muy a las claras que se trata de un Rey. Lo que ya supone una clara crítica al orden establecido en el siglo XIII castellano, y que decía que el Rey lo era “por la Gracia de Dios”.

Fauna quimérica en el románico alcarreño

Aunque emparejados, o enfrentados, y puestos en renglón que habla de significados simbólicos y teológicos, algunos otros elementos del mundo animal vemos en el románico alcarreño, como las parejas de cigüeñas y de serpientes que hay talladas en la pila bautismal de Esplegares. Allí se trata de explicar que la cigüeña atrapa a las serpientes, como todos saben, pero el contexto en el que está es claramente didáctico y simbólico, de instruir acerca de la capacidad de vencer que tiene la “virtuosa” cigüeña, animal monógamo por excelencia, a la “diabólica” serpiente, que lo es por haber inducido a Adán y Eva a cometer el pecado original.

Lo real y lo inventado a veces se mezclan, como ocurre en un capitel de la galería meridional de la iglesia románica de Sauca. En él se observan tallados a un león y a un grifo, que pelean. Seguro que lo hacen en expresión simbólica de la lucha del Bien contra el Mal, de la Virtud contra el Pecado, pero lo hacen con animales que aunque son reales, el autor los tiene por míticos, puesto que seguro que no ha visto ningún ejemplar de ellos. En el siglo XIII posiblemente ningún habitante de Castilla había visto en directo un ejemplar de león. Y de grifo, menos aún, aunque alguien, mucho antes, y muy lejos de allí, sí que llegó a ver los restos fosilizados de algún pterosaurio y que llegaron a dar vida a la leyenda del grifo como animal mitad ave mitad león, enorme de tamaño y fortísimo en sus capacidades. Esencia del evemerismo o capacidad de creación de mitos a través de evidencias no explicadas científicamente. Hasta la arqueología en la Antigüedad sirvió siglos después para la creación de mitos que se reflejaron en el arte.

El mecanismo es similar en la creación del dragón como elemento diabólico: un ser enorme, malvado, que ataca a los humanos, y los destroza o incluso los devora, echando por sus fosas nasales líquido o vapor, no es otra cosa que la plasmación de un cocodrilo del Nilo, y la transmisión oral y gráfica de ese mito que se va complicando hasta hacerle portavoz del Infierno: como tal aparece en una viga del coro de la iglesia de Valdeavellano, tragándose además a un individuo que posiblemente pecó, y así le fue.

La flora en el arte románico

Pero el artista del siglo XIII tiene otros elementos a mano, que abundan en la Naturaleza en la que vive, que los observa y los plasma con su capacidad. Son los elementos vegetales. A los que luego los intérpretes, los didactas, generalmente los clérigos, les van a dar significados diversos, simbolismos y razones inventadas. Pero a nosotros nos interesa ver cómo los escultores románicos plasman las grandes hojas, simples y estilizadas, del acanto, en los capiteles de la catedral de Sigüenza, o en los de la galería de Saúca, de Carabias y de Jodra. Entre otros muchos lugares.

O el tallista de los capiteles de la galería de Pinilla de Jadraque se atreve a representar con gran pulcritud la piñas (que luego alguien interpreta como expresión de la inmortalidad), mientras que el escultor de Labros talla un capitel con el trenzado triple con el que se hacen los grandes cestos de la época, útiles en tantos aspectos de la cotidianidad. También resaltar los palmitos que se ven en Alcocer, los robles de San Bartolomé de Atienza, las extraordinarias variedades de flores que resaltan en las metopas de la fachada de la iglesia de Santa Clara de Molina, las enormes palmas de la portada de Tartanedo, o las vides de Santa María del Rey de Atienza.

Otros elementos de la Naturaleza y de la Vida plasmados en el arte románico de Guadalajara, podrían ser los botos y barricas de madera que aparecen en los canecillos del ábside de la ermita de Santa Catalina en Hinojosa; las cabezas de perros y lobos del alero del templo de La Puerta; el perro pastor de la portada de Valdeavellano, o las palomas que beben en un cuenco en un capitel de la iglesia de Romanillos de Atienza.

En definitiva, y a través de unos cuantos ejemplos, hemos tratado de demostrar que el arte de la Edad Media, específicamente el desarrollado durante el siglo XIII en la actual provincia de Guadalajara, utiliza de forma habitual y con naturalidad los elementos que encuentra en la Naturaleza que rodea al artista, plasmando este también algunos de los elementos que constituyen su vida habitual, sus preocupaciones y sus aspiraciones.

Un libro que lo explica todo

En el pasado mes de mayo apareció el libro “Iconografía románica de Guadalajara” en el que explico, con mayor detalle, muchas de las representaciones que de temas de la naturaleza (real o imaginada) aparecen en el arte románico alcarreño. Se ven así detalladas reflexiones tras la descripción del mensario de Beleña de Sorbe, o ante las numerosas figuras (angeles, reyes, enfermos y diablos) que pueblan la portada de la iglesia de Cifuentes.

Son 160 páginas cargadas de imágenes y descripciones que, a la definitiva, lo que tratan es de buscarle el sentido a lo que los maestros tallistas del Medievo dejaron en nuestra tierra grabado. El libro se encuentra ya en librerías, Biblioteca Pública de Guadaljaara y por Internet un amplio comentario en http://librosdeaache.blogspot.com.es/2014/05/iconografiaromanicaenGuadalajara.html.

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