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Abultado aniversario en Valverde

Valverde de los ArroyosEn este año se cumplen, exactamente, los 450 de la fundación de la Cofradía del Santísimo, eje de la fiesta, y la tradición, de Valverde de los Arroyos. Este próximo fin de semana se sucederán los actos en la localidad serrana para conmemorar tan abultado aniversario.

Un Cabildo de Coronados

En estos días se cumple un suculento aniversario en Valverde: los 450 años de la fundación de esa Cofradía del Santísimo cuyos miembros danzantes protagonizan, al inicio de cada verano, una solemne y colorista fiesta al pie del Ocejón. Una fiesta que ya declarada de Interés Turístico reune cada vez a más curiosos a contemplar sus ritos y movimientos.

El domnigo 21 va a celebrarse el aniversario de modo local y sencillo, con una fiesta muy para los valverdeños. Acudirá el señor Obispo de la diócesis, don Atilano Rodríguez, a más de una serie de sacerdotes relacionados con la localidad: habrá una misa cantada, en latín, original de Pío X, y un “Cantar de los Hermanos”, más la procesión de Minerva ante la Cruz parroquial, en el Portalejo, imposición de medallas y exposición de documentos, más una danza previa a la comida de hermandad.

La noticia de que la Cofradía del Santísimo de Valverde se fundó en 1568 (hace, pues, exactamente 450 años) aparece referida en un documento manuscrito, de la Visita que hizo, en 1752, don Francisco Jalón, cura párroco de Montejo, por mandato del Obispo de la diócesis de Sigüenza. Allí se declara que en el año 1568 se creó la “Cofradía del Santísimo Sacramento” con sobrenombre de Los Coronados, y que entonces constaba de 12 hermanos, más el abad y su objetivo era el de asistir “revestidos de sobrepellices” y cantar en las procesiones del Corpus y otros oficios divinos, asistiendo además a una “Misa de Cuerpo de Cofradía”.

El objetivo inicial al constituir esta hermandad o cofradía era, al parecer, algo más ambicioso que una simple reunión de varones adultos y amigos. Nos lo epxlica con todo detalle Juan Antonio Marco Martínez, en su obra sobre “Valverde de los Arroyos, parroquia y parroquianos”. Él nos da como fecha más antigua de la Cofradía la de 1606, que es la de la famosa Bula Papal de Paulo V en la que se constituye y aprueba la Cofradía del Santísimo Sacramento, a la par que otras basadas en las características de la iglesia de Santa María de Minerva en Roma, que tienen como misión principal la de acompañar y exaltar al cuerpo de Cristo, el Corpus Christi, en su festividad y en la de su Octavo Día. Esa Bula, que existió en Valverde y muchos la vieron y leyeron, desapareció sin dejar rastro en el primer tercio del siglo XX (quizás un incendio, un robo, la Guerra…) pero se sabe de otros lugares de España en que hay Bulas del mismo tipo y fecha, que ayudan a comprender lo que decía la de Valverde.

Esa constitución de Cofradía inicial se transforma luego en “Cabildo de Coronados”. Nada tenía que ver con un “Cabildo” o reunión de eclesiásticos al estilo del catedralicio de Sigüenza, y al hablar de “coronados” tampoco se hace referencia a la costumbre de los danzantes de bailar cubiertos de altos gorros floreados ante el Santísimo.

Al parecer, y según los datos y apreciaciones de Marco Martínez, estos “Cabildos de Coronados” de los que hay muchos otros ejemplos en Castilla y Aragón, serían como una especia de “acolitado permanente”, para actuar en un lugar y una fiesta determinada. Un grupo de vecinos que tendrían una tonsura por haber alcanzado las órdenes menores de la clerecía, a los que enseguida se unieron seglares constituyendo todos la Cofradía.

El caso es que durante siglos, de un modo u otro, a esta unión de serranos valverdeños que hoy todavía forman parte de la Cofradía del Santísimo, se la denominó con ese pomposo nombre de “Cabildo de Coronados” que aún usa y del que está orgullosos. La fiesta, en todo caso, tiene todos los visos de ser muy antigua, y de haber servido de unión, y de estímulo, a los habitantes de este territorio, tan hermoso pero hasta hace poco tan remoto y alejado de la civilización, como el resto de pueblos de la Sierra Negra de Guadalajara y Segovia.

En todo caso, recordar aquí que, ese seguro, fue en 1568 cuando se fundó en Pinilla de Jadraque (Pinilla de las Monjas le llamaban entonces) el “Cabildo de La Asunción de Nuestra Señora” y que se conformaba de 25 clérigos y 15 seglares, y que acudía a solemnizar con su presencia y cánticos las solemnidades religiosas de los pueblos del entorno (a más de Pinilla, Medranda, Membrillera y La Toba. Del siglo XVI son otros cabildos, ya desaparecidos, pero de los que se tiene noticia, en El Atance, Valdelcubo, Anguita y Sotodosos, todos ellos formados por asociación de clárigos y seglares para solemnizar fiestas.

Un libro que lo explica todo 

El domingo próximo habrá también un hueco para recordar el libro que acaba de aparecer, y que explica en el detalle más minucioso esta fiesta, sus aniversarios y sus valores. Lo han escrito José María Alonso Gordo, y Emilio Robledo Monasterio y lleva por título “Las danzas de la Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos”. Edición de los Autores. Guadalajara, 2018.

Un total de 372 páginas forman estas “Danzas de Valverde de los Arroyos” en formato de un libro grande, de 17 x 24 cms., cargado de cientos de fotografías en color. Se complementa con extraordinarios dibujos de Angel Malo Ocaña, que presiden el inicio de cada capítulo, y lleva un Prólogo cargado de sabiduría firmado por Joaquín Díaz, uno de los más reputados entendidos del foclore español.

Empieza el texto con una situación al lector del lugar en que se centra la acción: “Nos encontramos en un pueblo escondido entre las laderas del pico Ocejón, a 1.255 metros de altitud, y rodeado de cumbres…” Ya solo con echar un vistazo al Indice, el lector se percata de la amplitud del tema y de la meticulosidad de su estudio. Nada ha quedado fuera de la lupa de los autores. que bordan la obra por dos caminos: el de ser naturales de Valverde, y haber crecido entre el sonido de los instrumentos serranos, y el de ser rigurosos analistas de la fiesta que tratan, en la que llevan de un modo u otro comprometidos toda su vida.

Así empiezan con “La Octava del Corpus” a hacer un análisis de la fiesta de Valverde y de otras similares, haciendo por ejemplo alusión al nombre popular de “Coronados” que se le daba a los cofrades.

Sigue luego el capítulo de “Las danzas rituales” de origen medieval y las analizan una por una. Allí aparecen las danzas de castañuelas, la danza de la Cruz, El Verde y El Cordón, siguiendo luego la relación de danzas de cintas y finalmente las danzas de palos: “El Capón”, “los Molinos” y “La Perucha” de la que transcriben letra y música. Dicen al lector cuanto saben de las danzas perdidas, y de las danzas parcialmente recuperadas, como “El Garullón” y “Las Campanillas”.

Ponen el foco seguidamente sobre el grupo de los danzantes: el gaitero, el botarga, el registro, los danzantes propiamente dichos, y los niños danzantes. Hay referencias genealógicas, nominales, entrevistas a los que permanencen vivos… y en general se constituye esta parte del libro en una vibrante demostración de cariño y admiración por estos protagonistas.

Luego se adentran los autores en la descripción del “Vestuario y accesorios de la danza”, con profusión de fotografías y dibujos, todo en color. Terminando con una historia y relación de acontecimientos en los tiempos actuales.

Finalmente nos ofrecen un interesante estudio, quizás la parte más valiosa del libro, en el que se viaja a la comprensión de otras danzas, en la Región, en la provincia, en la Serranía, con utilización de flores, de cintas y espejuelos, más el tamboril, la gaita y la dulzaina, la conexión con el folclore segoviano, etc.

La llectura de este libro es la espoleta, sin duda, para volver a Valverde, y una posibilidad de adentrarse en el conocimiento definitivo, completo, asombroso, de estas danzas y de las gentes que las hicieron posibles.

Ferias y Mercados de Guadalajara

Feria de Cifuentes

Feria de ganado molar en Los Parrales de Cifuentes

Siguen celebrándose, aquí y allá, las “Ferias Medievales” que obedecen ya, casi en forzada secuencia, a un programa que marcan las empresas organizadoras y que venden a los Ayuntamientos que quieren marcarse dos días y medio de bullanga y visitantes. Pero las Ferias y Mercados genuinos, tienen una larga historia que aquí voy a recordar, aunque sea deprisa y corriendo.

Hoy 12 de octubre es el de Cantalojas, la Feria y Mercado de Ganaderías de la Sierra, el que tendrá lugar por aquellas alturas frías.

En esta época de recogida de cosechas, de preparación para el invierno que en Castilla es largo y duro, se celebraban muchas de las antiguas ferias y grandes mercados de nuestra tierra. En Guadalajara, concretamente, era para San Lucas (18 de octubre) cuando por concesión del rey Alfonso X el Sabio se celebraban sus famosas ferias de ganado y mercaderías.

Aquí tratamos cosas de tiempos pasados, para que al menos su memoria quede, si no conseguimos que se mantengan vivas sus esencias: las ferias, que primero fueron de ganados y mercaderías, y los mercados, donde la población se aprovisionaba de todo aquello que no podía producir por sí misma. El trueque y la supervivencia. Esencia de la vida. Y en esas formas de vida, en esas costumbres antañonas que parecen salidas de una fábula de Tolkien, pero que se desarrollaban en Cifuentes, en Jadraque, en Molina, en Tendilla, en Uceda o en la propia Guadalajara, aparecen nuestros ancestros con singularidad y fuerza.

Las ferias se establecían en tiempos pretéritos a partir de una concesión real: eran un bien, tanto económico como social, y aquellos burgos que recibían la merced de celebrarlas podían considerarse bienquistos, existiendo su nombre en el favorecedor latido del corazón de un monarca. A Guadalajara, siendo todavía villa, se las concedió Alfonso X en 1253 (quince días después de la Pascua) y en 1260 (quince días para San Lucas, al inicio del otoño). En Atienza fue Alfonso VIII quien dio carta de salvaguarda a todos los recueros establecidos en la villa, para que anduvieran libres de impuestos por todo el reino. Y a Cifuentes, Fernando III en 1242 protegió su mercado de mulas, y en 1289 Sancho IV dictó la orden de que los recueros cifontinos anduvieran libres de pagos por todos los caminos de Castilla.

El bien se concretaba en poder tener, durante 7 o más días (a veces se alargabn dos semanas enteras) establecido el derecho a poner a la venta cualquier mercadería, sin pagar los impuestos establecidos por esas transaciones, y a que los mercaderes venidos desde otros lugares del reino, o incluso más allá de ellos, no tuvieran que pagar impuestos en su camino, ni en los puentes, ni en las entradas y salidas de las villas por las que pasaban. El beneficio estaba asegurado, y los precios podían ser mejores para el comprador… todos ganaban. Y, lo más importante de todo, así se estimulaba la producción, y el consumo: que es en esencia la base del crecimiento económico y de la riqueza.

Quiero aquí recordar aquellas ocasiones en las que gentes de toda una comarca se daban cita en algún pueblo importante de nuestro entorno, y con la excusa de celebrar a un santo, o de cambiar una mula, se pasaban varios días fuera de casa, familias enteras, cambiando de circunstancia y adquiriendo elementos de comida, de vestido y de entretenimiento para todo un año. Una economía de supervivencia, muy autócrata, anticonsumista, marcaba las formas de estos mercados. Sin embargo, algunos de éllos eran especialmente atractivos, sorprendentes, reuniendo cosas en sus puestos que venían de muy lejos, y que le hacían ser una especie de Meca para alcarreños, campiñeros y serranos. Ese era el caso, por ejemplo, de Tendilla, cuya gran feria dedicada a San Matías reunía a miles de personas de los entornos, y aún de toda Castilla, y era tan curiosa como nos lo demuestra la Relación que los de la Villa mandaron a Felipe II en 1580, y que no me resisto a copiar entera porque realmente lo merece y posibilita, con poco esfuerzo, que el lector se traslade “in mente” a esa calle mayor soportalada, que antaño era el eje mayor de un pueblo digno y de un mercado señero y arrraigado.

Decía así la tal relación: “Cada un año se hace una feria la mejor que se hace en esta Comarca, de la qual feria resulta mui gran provecho y ganancia a los vezinos, así en las posadas como en otras grangerías que se exercitan los que se quieren aprovechar; tiene treinta días: trataré de las calidades que tubiera noticia: la Mercadería que a esta feria más viene y hace ventaja a las demás del Reyno, es la mucha suma y cantidad de paños de todas suertes, y para ello concurren mui buenas calidades: la primera, ser la feria de coyuntura que todo el imbierno se han labrado los paños, y ser la primera del año; lo otro, estar la villa en parte tan cómoda de donde se hacen y labran, pues está tan cerca de Segovia, de donde traen tan buenos paños velartes, finos, negros, y rajas, y otras suertes de finos paños; de la Ciudad de Cuenca vienen los mejores Mercaderos: traen mui escogidos y finos paños de subidas, y cendradas colores de todas las serranías y comarcas desta Ciudad de Cuenca, y de molina, Medinaceli, Sigüenza, Soria, vienen paños de todos géneros, y cordellates finos, a causa de que en estas partes hay la más fina lana del Reyno; de Aragón vienen Cordellates mui finos; de la Rioja, torrecilla de los Cameros, vienen muchos paños, y así mismo destas comarcas y pueblos de la Alcarria, y Ynfantazgo, de la ciudad de Huete y su tierra, Marquesado de Villena y Mancha vienen muchas suertes de paños: así mismo vienen muchas tiendas de paños subidos, granas, paños estrangeros, sedas terciopelos, rasos y damascos que traen Mercaderes gruesos de Toledo, Madrid, Alcalá, Medina del Campo y otras partes; para todos estos paños vienen infinidad de mercaderes de todo el Reyno y fuera dél, para las quales mercaderías hay asignadas partes donde se pone lo de Cuenca, Toledo, Segovia, con los demás géneros de paños por buena orden: pónense mui principales tiendas de sedas, joyerías mercería, que traen Mercaderes gruesos que venden a otros de menos cantidad; están juntas estas tiendas que parecen una Alcaycería de Granada que parece estar toda la vida de asiento: hay otras tiendas de Mercadería de Flandes, lienzos y otras cosas preciadas: vienen muchos vizcainos con lienzos preciados, y Mercaderias extrangeras: vienen muchos portugueses, traen muchas suertes de lienzos, y hilo de mucho valor; traen mucha especería, añir, brasil y otras muchas cosas curiosas y preciadas, como es drogas y conservas de la Yndia; pónense mui grandes tiendas y aparadores de Plateros: viene mucha cera, pescados de todos géneros, por ser principio de Quaresma: véndense muchas cabalgaduras; tíranse a la Andalucía y a los Reynos de Granada, Murcia y Valencia: vienen otros muchos géneros de Mercaderías, que especificarlas sería nunca acabar“.

Allí se congregaban, en la calle mayor de Tendilla, con el rumor palpitante de la humanidad que compra y vende, las gentes de Castilla toda, de la Mancha, de los pequeños lugares de la Alcarria. Y así ocurría en Guadalajara, en Sigüenza, en Brihuega, en Jadraque, y en tantos otros sitios.

Todos los reyes, a instancias de sus obispos, concedieron a Sigüenza franquicias para sus ferias. La principal de ella, celebrada a mediados de agosto, fue otorgada por la reina María de Molina, en 1320, siendo en su inicio artesanal y de comercio.

La gran feria de Maranchón, entre el 8 y el 12 de septiembre, se consolidó a principios del siglo XIX como una de las más importantes de España, en cuanto a trato de caballerías.

Y la de Molina de Aragón, que venía celebrándose desde el inicio mismo del Señorío, por fuero de don Manrique a comienzos del siglo XII, tuvo su apoyo legal contundente en época de Felipe IV, en 1628, cuando el monarca, agradecido a la villa por sus apoyos en la campaña de Cataluña, le puso la feria de semana completa en la primera de septiembre.

En todo caso, si algún lector quiere aumentar conocimientos y allegar datos sobre todas y cada una de las ferias otorgadas por los reyes en siglos pasados a los pueblos de Guadalajara, debe consultar este libro estupendo del profesor Pedro Ortego Gil, con el qie ganó el Premio de Investigación Histórica “Layna Serrano” en 1990: “Aproximación histórica a las Ferias y Mercados de la provincia de Guadalajara”. Excmª Diputación Provincial. Guadalajara, 1991. Todo un tratado de historia local y de evocaciones.

Tres museos de Atienza

San Gil de Atienza

El ábside de San Gil, vista interior.

Hace una semana, y como preparación imprescindible para un nuevo libro que voy a editar sobre Atienza, con textos de mi compañero de páginas en “Nueva Alcarria” el profesor emérito don José Serrano Belinchón, que tantas leguas ha recorrido por los caminos de la Sierra Norte, estuve recorriendo de nuevo la villa esencia del castellanismo.

Acompañado de don Agustín González, hicimos el recorrido por los Museos de arte religioso. Una imprescindible mirada a la entraña de nuestra tierra, a la que debemos siempre devolver el rostro, y ponerlo frente a sus viejas respuestas. En los objetos de esos museos (que son cuadros, esculturas, piezas de orfebrería, telas y documentos) está la razón de un largo cuento de siglos. Cuento de cantidad, no de falsas alegorías. Cuento de cientos de clamores expresivos. Raudal de imágenes y tradiciones. Esencia de muchas vidas. Que hay quien las ve rancias, agotadas, polvorientas. Pero que yo las miro y me parecen palpitantes, explicándose aún, echándole gasolina a la vida.

La tenacidad de don Agustín González comenzó a manifestarse, y de qué manera, hace treinta años, cuando al llegar de párroco al pueblo vió que había cientos, miles quizás, de piezas artísticas arrinconadas, presuntas víctimas de chamarileros voraces. Él las ordenó, las clasificó, las estudió, y se puso a organizar tres espacios (tres iglesias vacías ya de culto; San Gil, San Bartolomé, Santísima Trinidad, románicas las tres, esencias de la historia) para albergarlas. El resultado está a la vista: salvado todo, es hoy meta de miles de viajeros que acuden, no en tropel, porque no es bueno el tropel, sino en razonable devoción, a ver el arte de los viejos tiempos.

Si Atienza es requerida, cada semana, cada día, como un destino preferente de viaje interior, es por unas cuantas razones que tienen que ver con su historia, con su patrimonio, con su folclore y con su gastronomía. Los cuatro ingredientes que montan el menú más seguro para descubrir los pequeños pueblos de nuestra España entraña.

De Atienza destaca su tinte medieval en el urbanismo, su airosa silueta en el patrimonio castillero, y sus orondos semicírculos en las portadas de las iglesias románicas que la salpican… también la sonoridad y emoción de una fiesta que es pulcra razón de la patria, la salvación por sus habitantes del rey niño Alfonso [VIII] cuando iba a ser violentado por su tío el rey de León. Y a más de esa “Caballada” tiene otra poderosa razón de llamada: la gastronomía, que se mece sobre los sabores y las texturas del cabrito asado, esencia de los pastizales y las bosquedas de la Serranía.

Entre las ofertas artísticas, hay un milagro en Atienza, y es la salvación “a puñados” de cientos de piezas de arte que sin valor litúrgico habrían perecido a manos de chamarileros si no hubiera llegado un hombre con determinación que se propuso salvarlas y enseñarlas. Don Agustín González Martínez fue la mano que domeñó la diáspora, y el empeño certero de crear un museo tras otro, para albergarlas. De ahí fueron naciendo, sucesivamente, y sobre otras tantas iglesias ya sin culto, los tres museos de Atienza. Tres lugares donde el viajero pasa el rato admirando de todo: desde telas y orfebrerías, a pinturas y fósiles. Un mundo de saberes, de colores y sugerencias, que hoy por hoy es la llamada más recia que nos hace Atienza desde su altura.

Estos tres museos se han ido montando, abriendo y acogiendo visitantes, progresivamente, a lo largo de los últimos treinta años. Localizados en tres iglesias que habían quedado sin culto, pero enteras y cuajadas de obras de arte, estos museos ofrecen el retrato veraz de una población que durante siglos fue capital señera de Castilla, cruce de caminos y emporio de riqueza.

El primero que se montó fue el de San Gil, ocupando entera la iglesia de tal nombre, con ábside románico y portada plateresca. En su interior de tres naves surgen los elementos pictóricos, escultóricos y la orfebrería y tejidos, que conviene mirar con detenimiento y de cuyo conjunto, por mencionar algo, cabe destacar el grupo de cuadros pintados por Soreda con profetas y sibilas (para la iglesia de la Trinidad), más una preciosa talla de la Inmaculada de Salvador Carmona, sin olvidar la delicada pintura, enmarcada suntuosamente, de la Verónica de la Virgen, que se atribuye a algún pincel del entorno de Juan de Juanes. En su coro alto se muestra una interesante recopilación de piezas arqueológicas de la zona atencina. Y a destacar, en un cuartito bajo, la pila bautismal de la que fue parroquia.

Después se abrió el Museo de San Bartolomé, en la iglesia del mismo título, aislada entre árboles, y precedida de un atrio románico encantador. En su interior, y centrando el barroquísimo altar de la capilla del Cristo, destaca el grupo escultórico del Descendimiento de Cristo, gótico, que es al mismo tiempo patrón del pueblo: una joya de la escultura medieval que conmueve y asombra. Se añaden pequeños y grandes retablos, exvotos, tallas renacentistas y el valioso conjunto de fósiles que donó al templo el coleccionista Rafael Criado Puigdollers. Es un conjunto de piedras que tuvieron vida, y que no envidia aningún otro almacén de fósiles del mundo. Ni siquiera el Museo Nacional de Ciencias Naturales tiene tanto y tan bueno…

Finalmente, la tercera de estas iglesias museificadas es la de la Santísima Trinidad, al final de la calle Cervantes y en el inicio de la subida al castillo, mostrando un grandioso ábside semicircular románico con ventanales y cenefas pulcramente talladas. En su interior, de una sola nave con numerosas capillas laterales, se ven retablos (el mayor, de pintura y escultura, trazado y tallado por Diego del Castillo, debe lo mejor de su arte al pintor madrileño Matías de Torres), la escultura del “Cristo del Perdón” sobre la bola del mundo, de Luis Salvador Carmona, y el Calvario románico que en la capilla del bautismo se acompaña de la pila medieval de la primitiva parroquial, más escudos, tablas diversas, y solemnidad sin tasa.

Una capilla rococó dedicada a la Purísima, y una larga estancia reuniendo documentación y piezas relativas a la Caballada, sirven para conocer en detalle esta tradición festiva tan querida de la población.

Así es que, repito, si Atienza siempre reune las condiciones para una escapada, y el abrazo amable de sus callejas en cuesta y sus enormes plazas soportaladas, estos tres museos son remate de cualquier aventura viajera: el ánimo de conocer cosas nuevas, en el interior de esta España que tanta razón alcanza para saberse grande, cuaja sin problemas en esta villa castellana, que fue eje y cruce de caminos, meta para muchos de una mejor vida, y puerto seguro de caminantes, siempre.

Un dentista de Alovera en el siglo XVIII: Félix Pérez Arroyo

En estos días me ha llegado a las manos un libro que no tiene desperdicio, por su belleza y por su interés. Un libro que debería enorgullecernos, porque surge de los saberes y las prácticas sanitarias de un pasiano nuestro en el siglo XVIII, el aloverano Félix Pérez Arroyo, quien destacó en su profesión de “cirujano dentista” durante los últimos años del siglo XVIII, y que en esta ocasión nos es dado saber sobre él y sobre su obra.

El autor

En la calle de Atocha de Madrid, en su iglesia parroquial de San Sebastián, donde fueron bautizados y se hallan enterrados muchos famosos personajes de los siglos pasados, siendo quizás el más sonoro de sus inquilinos el dramaturgo y poeta Félix Lope de Vega y Carpio, descansa también Félix Pérez Arroyo, un científico campiñero de quien ha quedado escasa memoria, pero que que recientemente ha visto enaltecer sus méritos gracias a la pluma e investigaciones de nuestro académico de número profesor Francisco Javier Sanz Serrulla, quien ha escrito un magnífico estudio biográfico de este olvidado profesor, maestro en el arte de la cirugía dental, y autor de un libro que muy utilizado por los profesionales del siglo XIX, se ha reeditado en estos días, en formato facsímil, dentro de la Colección “Clásicos de la Odontología Española” de la que hace ya el número 8.

El científico positivista Félix Pérez Arroyo, nació en la villa de Alovera, junto al río Henares (Villanueva de Alovera se llamaba entonces), en 1755, siendo bautizado en la iglesia parrquial de aquella población. Nada se sabe de su infancia y estudios, pero sí que pronto inició su actividad de “cirujano hernista”, una especie de practicante o “paramédico” como se dice ahora, especializado en el tratamiento de las hernias, afección siempre tan frecuente, y por entonces molesta y larga, al no existir la posibilidad de su resolución quirúrgica. Era por ello que muchos profesionales se dedicaban a la fabricacón de “bragueros” y a su arreglo, colocación y perfeccionamiento, individualizando su uso en las personas afectas de hernias.

Durante años debió ser muy activo en estas tareas, pues además de practicar su arte en los Reales Hospitales de Madrid (el General y el de la Pasión), se ofreció a ejercer y tratar “las quebraduras” (hernias) de los militares. Pudiera haber estado activo también en su domicilio de la Calle de la Visitación, en el nº 5, de Madrid, atendiendo a enfermos herniados. En todo caso, sabemos que a partir de 1799 y durante los último 8 de su vida, se dedicó también a otras tareas menores de la cirugía como eran las sangrías, la aplicación de ventosas o la extracción y limpieza de dientes y muelas. Todavía en los inicios del siglo XIX, en nuestro país no existía una profesión que expresamente se dedicara por entero y en exclusiva al cuidado de las enfermedades de los dientes: no existían los “dentistas” como los conocemos hoy.

Sin embargo, Pérez Arroyo se animó a dedicarse por entero a esta tarea, pudiendo ser considerado uno de los adelantados de su tiempo en el tratamiento de las enfermedades dentarias. Y animándose, a finales del siglo XVIII, a escribir un libro (este libro que ahora vemos publicado en su formato facsímil) que recoge todo el saber en torno al tema en su época, aunque bien es verdad que la mayoría de su texto no es obra suya sino traducción de otras famosas y prestigiosas publicaciones de entonces, en especial de “Le Chirurgien dentiste” de Pierre Fauchard.

De su dedicación principal al tratamiento de las hernias conviene recordar el uso que hace de la resina de ocuje, de la que se obtenía el “bálsamo de María”, pomadas extraídas en América de un árbol (el ocuje o calambuco) y cuyo uso propuesto por Pérez Arroyo fue finalmente aprobado por el Real Tribunal del Proto-Medicato. Así, en su casa madrileña, nuestro autor se dedicaba a fabricar muelles elásticos para las hernias umbilicales e inguinales, además de otros utensilios y elementos curativos de problemas uterinos (los “pesarios” para las procidencias de útero), especulum para el último tramo del sistema digestivo, máquinas fumigatorias, y, por supuesto, las conocidas “opiatas” para limpiar y conservar la dentadura. “Todo aprobado” según manifestaba en sus anuncios.

No le fue fácil la vida, de todos modos. Casado (con Ana María Atienza) y con un hijo (Quintín Pérez-Arroyo Atienza, estudiante en Alcalá) al final de sus días tuvo que hacer declaración de pobreza en su parroquia, en 1806, falleciendo tres años después, en 1809, en días difíciles para Madrid (contando solamente 54 de su edad) y teniendo que aportar todavía cinco ducados para los gastos de la ceremonia de inhumación en la parroquia de San Sebastián.

 

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

 

El libro

El libro que dejó escrito y firmado el campiñero Félix Pérez Arroyo, lo titulaba solemnemente “Tratado de las operaciones que deben practicarse en la dentadura, y método para conservarla en buen estado, Recopilado de los mejores autores y adornado con láminas que manifiestan la diferencia, forma y figura de los instrumentos necesarios para dichas operaciones” con esa pomposidad que pretendía explicar en el título el contenido de la obra. En tamaño cuarto, el original consta de 237 páginas, y tras una “Introducción” del propio autor, y con retrato del mismo, siguen los once capítulos que constituyen la obra, y acaba con cuatro grandes y hemrosas láminas desplegables mostrando los instrumentos quirúrgicos y de dentista que el autor usaba. Y que como la mayor parte del contenido, proceden del ya mencionado libro de Pierre Fopuchard, al que traduce.

Son muy diversos los temas que ofrece, y vienen expuestos sin un orden lógico, lo cual extraña dada la pulcritud clasificatoria que distingue a la ciencia francesa. En el segundo capítulo trata del “Apretamiento de los dientes”, y el tercero de cómo deben conservarse los dientes, dada su evidente utilidad. Entre otras lindezas, trata de los aparatos y sistemas que entonces se usaban para mantener limpia la dentadura, destacando los mondadientes hechos del cañón de una pluma, mucho más recomendable sque los metálicos.

El cuarto tema es el modo de remediar la carie de los dientes, y el quinto trata sobre el “modo de emplomar los dientes con las precauciones y requisitos necesarios para hacerlo metódicamente”. Esta era la forma de rellenar los huecos de las caries, y se usaba nada menos que plomo, estaño, o bien oro, sin despreciar la cera. Y aun explica como y de qué manera se echaban esas sustancias en el interior de la caries, limándose luego (leyendo estas prácticas, no es de extrañar que en el subconsciente colectivo de la raza humana haya quedado sumido un terrible pavor a la visita del dentista).

En el sexto capítulo habla de cómo ha de hacerse la limpieza de los dientes, y en siete se explica al lector como se liman los dientes cuando se hacen demasiado largos. Luego en el ocho se entra de lleno en la actuación quirúrgica, la extracción de muelas y dientes. Esta es (según nos dice en su estudio el profesor Sanz Serrulla) una traducción exacta del capítulo del mismo tema en la obra del francés Fouchard. Para esta práctica, capital en el arte del dentista, Pérez Arroyo inventó un “pelicán compuesto” que describe así: “por lo que he inventado en su lugar un nuevo pelican capaz de poder satisfacer con primor y seguridad á todas quantas extracciones de dientes, colmillos, sobredientes, raygones y muelas que se puedan ofrecer; siendo su inteligencia muy facil, como se dirá en adelante; y al mismo tiempo un instrumento en donde se encuentran reunidas todas las ventajas que se pueden desear” y que supone una de las mejores aportaciones del guadalajareño a la ciencia.

El capítulo nueve setitula “De la colocacion de los dientes artificiales en lugar de los naturales”.Sorprende la relación de materiales que en el siglo XVIII y en el siguiente se usaban para poner dientes artificiales. Todo un catálogo de maravillas que puede concretarse en “dientes de humanos, de hipopótamos, de buey, caballo, mula o astas de vaca marina o incluso astillas de marfil. En el siguiente capítulo habla de obturadores palatinos y otras prótesis, con una técnica elevada. Por último, el capítulo final nos habla de lo más novedoso del momento, la “transplantación de los dientes”. Pide que se estudie con gran detalle los tamaños, tanto del donante como del receptor, para que ajusten bien, y luego propone la técnica de ligar el diente implantado a los demás mediante ligaduras muy firmes, metálicas. Debía quedarle al paciente una boca “para comérsela”.

El profesor Sanz Serrulla termina su magnífico estudio sobre Pérez Arroyo y su obra “Tratado de las operaciones…” con esta frase, que resumen perfectamente el alcance de la obra de nuestro paisano: Pérez Arroyo da a la imprenta un compendio práctico dirigido no a cirujanos de alto nivel, quienes, por otro  lado, no asumen la mayoría de las intervenciones buco-dentales, sino a “dentistas”, y antes que a sus pobres experiencia y formación recurre a los autores más a propósito, los franceses Dionis y, sobre todo, Fauchard, para articular un útil repertorio donde el lector encuentre el modo de realizar las operaciones más habituales que se practican en la dentadura. Es esto lo que persigue y no otra cosa”.

 

Nociones de heráldica

Escudo de SigüenzaEspaña ha tenido la suerte, a pesar de sus periódicas revoluciones, agresiones gratuitas a sus monumentos y ajustes de cuentas con el pasado, de conservar un inmenso acopio de escudo heráldicos tallados, pintados, grabados y forjados en mil y un monumentos. De los escudos se ocupa una ciencia, la Heráldica, a la que podemos definir como la ciencia que trata de la creación e interpretación de los escudos de armas. Ciencia compleja donde las haya sujeta a numerosas normas que, en ocasiones, complican la vida a quien pretende acercarse por primera vez a ella: Aquí intento hacer un aproximación breve y útil a la misma.

La Heráldica se basa en el escudo, pieza defensiva que el combatiente ha usado desde los albores de la humanidad. Efectivamente los escudos, de diferentes tamaños y construidos con todo tipo de materiales: pieles, madera, juncos trenzados y, por supuesto, hierro y acero, han sido empleados sujetos por el combatiente en su brazo izquierdo, mientras en el derecho empuñaban el arma ofensiva, lanza o espada, por todos los pueblos de la humanidad: zulúes africanos, aztecas e incas, hóplitas griegos, legionarios romanos… Y en casi todas las ocasiones el escudo se ha adornado con multitud de elementos y motivos, a veces como emblemas, a veces con el interés de amedrentar al adversario.

Pero el escudo del que tratamos es el que aparece en la Edad Media y entre los combatientes cristianos, tanto en Europa como en las Cruzadas. De forma triangular, era más grande en las tropas de a pie, en las que servía para proteger buena parte del cuerpo, mientras que era más reducido entre los de a caballo por razones operativas. Pronto se decorará con determinados emblemas, entre los que destaca la cruz que distingue a los combatientes cristianos que acuden a las citadas Cruzadas contra los musulmanes.

Y, si bien el de los peones busca cierta uniformidad, similar al empleado en las legiones de Roma, pronto el de los jinetes se va a convertir en distintivo personal del guerrero que lo porta. Y va a coincidir con la aristocratizacióndel caballero como combatiente: aquel que puede costear un caballo de guerra y acude con él a la misma es más apreciado y objeto de multitud de privilegios legales: con frecuencia no paga impuestos y se dedica solo a la actividad militar, entrenándose en el uso de las armas. Ha nacido la caballeríacomo clase social asimilada a la nobleza y, como ella, rodeada de una serie de ritos y consideraciones determinados.

El caballero pelea cubierto de hierro de pies a cabeza: su cuerpo se reviste de una cota de mallas, sobre la que se colocan las piezas de una, cada vez, más complicada armadura: peto, espaldar, grebas, etc. Su rostro se oculta tras el yelmo, vislumbrándose los ojos a través de las rejillas del mismo. Pero el caballero tiene afán de singularizarse, de que lo conozca el compañero y el adversario, sobre todo si es un combatiente afamado; por ello se adorna con plumas y airones en el yelmo, con determinados colores en las vestas sobre su armadura o en las gualdrapas de su caballo y, por supuesto, decora con figuras el escudo que le sirve de defensa: ha nacido la heráldica como ciencia que trata, en principio, en conocer al caballero a través del emblema que emplea en su escudo, y cada vez será más compleja ante el número de combatientes que utilizan estos.

Así, el heraldoera un vocero o pregonero que, a gritos o con el acompañamiento de trompetas, anunciaba la presencia del caballero. Y más que en las batallas, en las justas o torneos a los que tan acostumbrada era la nobleza en los siglos medievales: los caballeros que acudían a los palenques eran proclamados por heraldos entre estentóreas aclamaciones. El heraldo cambia de función: más que un anunciante debe ser un conocedor de los caballeros a través de sus emblemas. De identificarlos, pasa a orientarlos sobre los emblemas que pueden o no portar para no confundirse con otro que emplee los mismos; además, debe establecer un simbolismo para esos elementos y ello le lleva a establecer una, cada vez más compleja, serie de normas y de reglas. El heraldo se ha convertido -valga la redundancia- en experto en heráldica, usando, además, otras denominaciones: persevantes,farautesy, al final, Reyes de Armas: auténticos notarios heráldicos encargados de acreditar el uso apropiado de los emblemas del escudo, prohibiendo, entre otras cosas, el apropiarse indebidamente de aquellos que no corresponden a una determinada persona. La Heráldica se ha oficializado a partir de estos momentos.

Lo que el caballero hace pintar en su escudo se denominan sus armas. Comienza el uso de un lenguaje específico con la frase “trae por armas…”, que es con la que el heraldo saluda al caballero al aparecer por el palenque dispuesto a pelear, describiendo las figuras que lo identifican. Por ello el escudo es, al principio, individualy propio del caballero en cuestión, aludiendo a una hazaña que ha realizado o un empresaque se propone hacer: a ello se denominan armas puras, siendo las que, posteriormente, originarán las del linaje. Era costumbre que el caballero que empezaba su carrera no decorara su escudo hasta realizar alguna hazaña digna de mención, llevándolo limpio, y denominándose, entonces, armas blancasa este emblema.

A partir del siglo XIII se producen ciertos cambios. La caballería deja de tener el papel preponderante que han tenido como tropas combatientes: el empleo del arco largo de los británicos en la batalla de Aljubarrota, en España, o de la ballesta en la de Crecy, acaban con orgullos tropeles de jinetes, que se convierten en presa fácil de los combatientes de a pie. Posteriormente, el uso de la pólvora, acaba definitivamente con dicha preeminencia y la infantería se convierte en la protagonista principal de los combates.

La Heráldica, entonces, ha cobrado ya una nueva dimensión. La caballería se ha aristocratizado del todo, adoptando determinados modos de vida propios de la sangre noble: el escudo se ha convertido en hereditario y, por tanto, identifica a un linaje y no ya al caballero individual. Los apellidos se han hecho también hereditarios y propios de ese linaje, aludiendo al lugar de procedencia o a aquel donde son señores y desconociéndolos el pueblo, que usa nombres propios o apodos alusivos a sus cualidades físicas o a sus oficios: aparecerán las distinciones entre un Rodrigo Díaz de Vivar (Rodrigo hijo de Diego, señor de Vivar) y un simple Martín Tejedor. Y también esta clase alta usa del escudo para decorar sus casas, colocándolo tallado en piedra sobre el dintel o el arco de la puerta: quizás procedente de la costumbre de las tribus germánicas de colgar sus escudos de combate de los dinteles ha nacido esta costumbre que identificará tanto a los orgullosos palacios de la nobleza como a las casas solariegasde caballeros e hidalgos.

Y será ahora cuando aparezca la misión de los heraldos de preservar el uso de los escudos de armas a quienes legítimamente tengan derecho a ellos, y solo a ellos. Aparecen los tratadistas heráldicos como D. Juan Manuel, que, por primera vez, escriben sobre estos temas. En los siglos XIV y XV se conoce un gran desarrollo de la Heráldica como ciencia, fijándose sus normas e intentando una reglamentación de la misma de forma muy rigurosa, propia de una sociedad de nobles que intentaban salvaguardar sus privilegios y su statusfrente a los recién llegados. Los escudos empiezan a ser descriptivos de la familiay, por tanto, a narrar las vicisitudes y alianzas de unas con otras. Comienzan a dividirse en partes para incluir los de otros linajes que se unen por matrimonio o para incorporar nuevos elementos diferenciadores, cuya importancia quiera tenerse en cuenta. En la página correspondiente relatamos una de las muchas evoluciones que se produjeron entre las familias de la aristocracia.

Los siglos de la Edad Moderna nos muestran los avatares de la nobleza como clase privilegiada, pero que ha entrado en fuerte controversia: son los siglos XVI, XVII y XVIII que nos muestran nobles orgullosos y pagados de su prosapia, de hidalgos muertos de hambre pero puntillosos en lo que toca a sus ancestros… La Heráldica no se escapa de esas maneras de vida y se convierte en algo fantasioso, vanidoso, con descripciones legendarias y genealogías fantásticas o inventadas, en cuya situación determinados heraldistas, como Salazar y Castro o Alonso López de Haro, tratan de reglamentar y actuar con seriedad en una simbología complicada, profusa y exagerada, tanto de elementos descriptivos incluidos en el escudo como de adornos exteriores del mismo (no en balde estamos en los siglos del Barroco): lambrequines, yelmos y coronas, manteletes, banderas y mantos, tenantes de fantásticas y quiméricas figuras hacen de los escudos piezas de barroca decoración. Tanto en su empleo más usual: el escudo de armas que se talla sobre las puertas de las casas solariegas y palacios, como en otros adornos: reposteros, frentes de chimeneas, decoración de muebles, sigilografía, etc.

El siglo XIX, además de por incidir en los aspectos anteriores, nos hace asistir a la aparición de la Heráldica como emblemática de las instituciones. Efectivamente, el nuevo estado liberal trata de adoptar un emblema que lo identifique, independientemente del de su soberano, al igual que se ha hecho con la bandera: aparecerán los escudos estatales, que con frecuencia estarán inspirados o repetirán los emblemas de sus monarcas o de su pasado histórico, pero también otros de nuevo diseño. Y, por supuesto, asistiremos a la utilización de estos emblemas por las instituciones del dicho estado: ciudades y municipios, provincias…

Y no sólo eso: una gran serie de instituciones públicas y privadas hacen lo mismo, empleando emblemas que pertenecen a la Heráldica como distintivos de universidades, colegios profesionales, unidades y cuerpos militares, institutos de Bachillerato… Hasta -ya en el siglo XX- clubes de fútbol y otros organismos deportivos han usado de estos elementos transformándolos en emblemas y logotipos propios.

En el siglo XX hemos asistido, por una parte, a una excesiva mercantilización de la Heráldica de linajes, transformándola el vulgo en “de apellidos”erróneamente, mientras que una importante serie de tratadistas tratan de enfocar con rigor estos temas: Fernández de Bethencourt, Piferrer, el Marqués de Saltillo, Julio Atienza, barón de Cobos de Belchite, y otros intentan recuperar el antiguo prestigio de la Heráldica como ciencia. Con respecto a lo que se refiere a la descripción de las de los linajes es imposible olvidar la monumental obra de García Caraffa, publicada bajo el título “Diccionario heráldico y genealógico de apellidos españoles e hispanoamericanos”, comenzada a partir de 1920 y que totaliza 80 volúmenes desde entonces, cuya consulta resulta imprescindible cuando de una investigación seria se trate. Más modernos son heraldistas como Cadenas y Vicent, Martín de Riquer, Faustino Menéndez Pidal, Messía de la Cerda o González-Doria.

Y, mientras tanto, pueblos y ciudades, además de personas, reclaman su escudo de armas como alusivo a su pasado y emblema de su presente. En los último siglos hemos asistido al intento de resucitar emblemas perdidos o de crear otros nuevos en un número increíble. Tratamos aquí de recopilar los que a la provincia de Guadalajara se refiere y se ha autorizado su uso: el número de los mismos mostrará la importancia que el tema ha adquirido, y aún siendo nuestra provincia una da las más “despreocupadas” por esta cuestión, y aún España un país poco interesado con respecto a otros por lo mismo. Indicaremos también unas pautas necesarias a seguir por aquellos pueblos que quieran sumarse a la serie de los que han incorporado el uso de un escudo a su propia identidad.

También nuevas entidades políticas han aparecido demandando el uso de los emblemas heráldicos como alusivos a las mismas: la comunidades autónomas. Y, finalmente, y como propio de la evolución del mundo del diseño en nuestros días, estamos asistiendo a la transformación de la antigua Heráldica al mundo del logotipo. Logotipo que, no por ser más moderno y actual, prescinde del originario diseño en forma de escudo y sus componentes.