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Pastrana revive en su festival ducal

Ana de Silva y MendozaUn festival que no puede pasar desapercibido, entre los que este verano se celebran por nuestra provincia, es el que este fin de semana va a tener lugar en Pastrana, la capital de la Alcarria por estos días. Color, evocación, majestuosidad, y un denso racimo de ofertas culturales y lúdicas.

En la secuencia dinámica, viva y alentadora de este Festival, van a tener protagonismo este año, -según nos cuentan las previsiones de quienes lo organizan-, dos mujeres de la familia Mendoza, que tuvieron a Pastrana en sus venas metidas. Porque ambas, además hermanas, fueron hijas del primer duque pastranero y de su mujer doña Ana, la princesa de Éboli. Ambas, además, bautizadas con el mismo nombre, por llevar el de su madre, por la devoción a la santa madre de María.

Hay que distinguir, en todo caso, a una de otra. Aunque la vida, como suele ocurrir, y a pesar de esa hermandad y comunión en un linaje principalísimo, las llevó por caminos muy diferentes. A la primera, la mayor de todos los vástagos principescos, se la denomina habitualmente Ana Gómez de Silva y Mendoza, con el primer apellido completo del padre, añadido del de la madre. A la segunda, que además fue la última en nacer del vientre de la princesa, se la llama simplemente Ana de Silva y Mendoza.

Ambas van a ser, según proponen los organizadores de este Festival ducal que ahora comienza, protagonistas de los desfiles y las representaciones. La primera, festejada en la calle. La segunda, a través de una representación teatral, dentro del triste marco de un título elocuente: “Una clausura constante”

Ana Gómez de Silva y Mendoza

La primera de estas damas es llamada doña Ana Gómez de Silva y Mendoza. Es la segunda hija de los príncipes de Éboli (el primogénito fue un chico, Diego, que murió cuando contaba solo cinco añitos). Nacida en julio de 1561, con tan solo cuatro años de edad es ya destinada por sus padres a un ventajoso casamiento: se capitula con el que luego sería VII duque de Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán. Tranquilos todos, sin embargo, porque aunque la prometida era una niña, la boda real se consumaría años después, en 1574, con la novia ya crecidita, de 13 años. Hoy hubiera sido imposible, legalmente, ese casorio. Pero eran otros tiempos, y la costumbre imperaba.

Bodas celebradas en Pastrana, y bendecidas por el Rey (principal factor), obispos y monseñores. También por los padres de los contrayentes. El joven don Alonso sería luego nombrado, por Felipe II, Almirante de la gran flota que mandaría en 1588 a invadir la isla de la Gran Bretaña, y que como de todos es sabido, y a pesar del apelativo que en el Escorial se le puso de “Armada Invencible”, se vió superada de los vientos y de la mala fortuna, quedando destrozada y la mayoría de sus marineros ahogados por aquí y por allá.

Vuelto el duque a sus lares, y reunido con su esposa la joven doña Ana, con ella se dedicó a lo que más gusto le daba, y a lo que su alta jerarquía le impelía: tuvo catorce hijos con ella, y ambos se dedicaron a administrar sus tierras, dilatadas por toda la Andalucía.

Aunque su principal palacio lo tenían en Sanlúcar de Barrameda, asomados al mar, a doña Ana le gustaban especialmente los grandes bosques y marismas de su propiedad que hacia occidente casi hasta la Punta Umbría se extendían junto al Oceáno. Tantos ratos pasaba allí, tan bonito fue el palacio que se construyó en medio del bosque, que a aquello empezaron a llamarlo “el coto de Doña Ana” y hasta hoy ha llegado, felizmente conservado como uno de los Parques Naturales más espléndidos de Europa.

Viene a cuento, hablando de esta señora, recordar ahora algo que últimamente ha salido a luz, gracias a las investigaciones de la profesora Lucía Gómez Fernández, y que retratan de muy elocuente modo la corte, principesca y enorme, de los duques de Medina Sidonia en su idílico apartamiento del Sur. Fueron muy aficionados a la música estos señores. Tanto, que marcaron una época y dieron lugar a su renombre como corte musical. En la obra de esta profesora “Música, nobleza y mecenazgo. Los duques de Medina Sidonia en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda (1445-1615)” se refiere con pormenor lo grandioso de su aparato musical.

Así sabemos que los duques mantuvieron una Capilla de Música compuesta de entre 30 y 40 músicos. De ellos, 16 eran cantores, 8 mozos de capilla, uno organista, uno arpista, 7 ministriles, tres vihuelistas, 6 trompetas y un atabalero. En 1535 era organista el inglés John Husley.

En el Capítulo “La duquesa doña Ana de Silva y la música” se nos dice que también había esclavos interpretando instrumentos, y cantando. De los doscientos esclavos que tuvo el matrimonio, muchos de ellos, especialmente indios, los dedicaron a la música. Se les daba bien, como hoy todavía, lo de tocar y cantar. Entre los mejores aparecen los nombres de Sebastián Vázquez, Andrés de Villalar y Alejandro de la Serna. Eso a mediados del siglo XVI. Y más tarde aparecen Pedro Guerrero, Antonio de Macotera y Luis de Narváez. La propia duquesa doña Ana tocaba varios instrumentos.

Pastrana paso a paso

Curiosa es también la memoria que quedó de estos nobles. Tras la muerte de doña Ana, fue enterrada bajo el altar mayor de la basílica de la Caridad, que ella encargó construir a Alonso de Vandelvira.

Y de los ocho hijos que tuvieron, el mayor fue Juan Manuel Pérez de Guzmán, que alcanzaría a ser octavo duque de Medina Sidonia. La hija de este (biznieta ya de la princesa de Éboli) casó con el duque de Braganza, quien alentó la revuelta política y militar de Portugal contra el rey Felipe IV, en 1640, y tras el éxito de su empeño, consiguió ser porclamado rey (de Portugal) con el nombre de Juan IV.

De esa manera se cumplía el más grande y secreto empeño de doña Ana, la princesa de Éboli, de que sus hijos (o sus nietos, o sus bisnietos….. alguien de su sangre y de la de su marido don Ruy Gómez de Silva) alcanzara el trono de Portugal, que siempre pensó les correspondía…

Ana de Silva y Mendoza

La segunda, la más chica, la más desgraciada (aunque no es del todo seguro, porque ella al final escogió su modo de vida) fue también llamada Ana (de Silva y Mendoza). Espectacular es el estudio que le dedica Esther Alegre Carvajal a esta joven pastranera, bajo el título de “Ana de Silva Mendoza” entre las páginas 619 y 652 de la enciclopedia por ella dirigida “Damas de la Casa de Mendoza”.

A esta la destinaron sus padres a casarse con otro buen partido, el heredero del condado de Tendilla y marquesado de Mondéjar, don Iñigo López de Mendoza. Con la mala fortuna de que en unos juegos nobiliarios por la Alcarria se vinieron al suelo, caballo y caballero juntos, muriendo el futuro conde, y dejando a la prometida Ana tan triste que ya sólo quiso estar con su madre, a la que acompañaría fielmente, día tras día, cuando la de Éboli fue encarcelada y casi emparedada por orden de Felipe II en su palacio de Pastrana, muriendo en 1592, y decidiendo la chica que se metía monja para siempre, haciéndolo en el convento de San José de Pastrana, que su madre junto a Santa Teresa había fundado unos años antes.

El retrato que de esta joven ha quedado permanece en el Museo de la Colegiata de Pastrana: jovencísima, apenada, protegida por una camarera amable, (posiblemente su fiel Beatriz Mejía) la joven se despoja de sus joyas, que deja en la mesa que tiene delante, denotando su rechazo al mundo, al siglo, y a las perlas. Se mete monja y allá que se fue, no durante mucho, pues murió en 1614, a los cuarenta y uno de su edad.

Paseando la Sigüenza medieval

La Plaza Mayor de SigüenzaSe celebra este fin de semana una nueva edición del Festival Medieval de Sigüenza. Es una nueva ocasión de visitar la Ciudad que entusiasma, porque guarda puras las esencias de su primitiva construcción, el tiempo del Medievo, las esencias de nuestra vida más lejana.

La plaza mayor y el Ayuntamiento

Llega el viajero al espacio magno del plazal mayor, ese espacio en el que sabe se concrentra la memoria de una ciudad, al unísono que los gritos de sus comerciantes y feriantes.

Y se queda admirado de sus dimensiones, de su estructura, de su estilo. Es probablemente una de las plazas comunales más hermosas de toda Castilla. Un aliento de tradición, de versos, de batallas y de amores recorre la frente de sus edificios. Y en corazón de las casas, del consistorio, y de la catedral, laten historias largas y profundas.

De estructura rectangular, en uno de sus lados, el de levante, se abre una galería porticada que va desde el edificio concejil hasta la Puerta del Toril. Sobre la galería aparecen las casas que se construyeron para alojamiento de los miembros del cabildo catedralicio, y que se adornan con escudos. Enfrente suyo, en el costado de poniente, hay una serie de viviendas para nobles: la del Mirador y la de la Contaduría, erigida por el cardenal Mendoza a fines del siglo XV. En el costado norte la plaza se cierra con la mole pétrea de la catedral, en la que se abría una portada de estilo románico a la que llamaban “la puerta del mercado”, por celebrarse la reunión comercial habitual en la gran plaza, los días de sábado. Y que luego fue recubierta por un añadido colosal y barroco, construido por Bernasconi, sobre el que hoy aparece enhiesta la torre del Santísimo, flacucha y esbelta como torre boloñesa. Finalmente, en el costado meridional, se alza hoy el Ayuntamiento, cual corresponde, pero en un edificio que recibió muchas alteraciones a lo largo de los siglos, y que inicialmente se construyó oara ser palacio sede de los Deanes capitulares, mostrando doble nivel de arquerías, solemnes y espléndidas.

El origen de esta plaza tiene fecha concreta, a finales del siglo xv, cuando gobernaba la diócesis como obispo don Pedro González de Mendoza, y como vicario y ejecutor real de cuanto en Sigüenza se hacía, don Gonzalo Ximénez de Cisneros, que luego llegaría a ser Cardenal Regente. De 1492 exactamente es la provisión episcopal mendocina, en la que se ordena trasladar el mercado desde la plaza alta en que ttadicionalmente se celebró (la hoy llamada Plazuela de la Cárcel) a esta frente a la catedral. Se derribó lo que de muralla estorbaba para su amplitud, y se comenzaron a construir las casas de ambos costados. En los primeros años del siglo xviya estaba la plaza tal como hoy la vemos.

Mi amiga Pilar Martínez Taboada, que es cronista oficial y sin duda la persona que hoy más sabe de Sigüenza y sus vericuetos urbanísticos, ha conseguido hallar los nombres de los canteros, maestros y arquitectos –de cualquier forma llamamos a los masones constructores- que levantaron esta fábrica de piedra y luz: Francisco de Baeza, Fernando de las Quejigas, Juan de Coterón y el maestro Pedro, dirigidos todos ellos por la sabia prudencia de quien como chantre capitular administraba los fondos con que pagar la obra: don Fernando de Coca, fiel servidor del Cardenal, cuyo enterramiento talló, al final de sus días, el mismo taller de escultores que se encargaron de la estatua del Doncel. Coca, sin embargo, quedó enterrado en la iglesia de San Pedro, de Ciudad Real.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

 

La calle mayor de Sigüenza

Toda ciudad que se precie tiene un calle mayor. Una calle que te lleva desde la catedral al castillo, desde la picota al ejido, desde la fuente grande al palacio marquesal, desde la estación del tren hasta el quiosco de la música… y así es como Sigüenza también tiene su calle mayor, a lo grande, a lo espléndido, con las esencias de una historia centenaria, con la naturalidad de las cosas que son así desde siempre, sin que nadie las planificara. Empieza en el desahogo delante del ayuntamiento y la catedral, junto a los edificios de canónigos y mercaderes, desde la plaza mayor, y va ascendiendo, porque el burgo está en cuesta, a lo más alto, a la atalaya desde la que se divisa el horizonte múltiple, donde el poder asienta y las referencias son claras. Desde la catedral hasta el castillo.

El desarrollo urbanístico de Sigüenza lo ha estudiado mejor que nadie su cronista María Pilar Martínez Taboada. Ella es quien ha analizado, con paciencia y tino, la forma en que nació esta aldea y fue afanando edificios y bocacalles desde la vega del río a la altura del viejo castro aguileño. Cada siglo un avance, cada momento su cerrada muralla, sus portalones, sus calles atravesadas, sus hitos de poder y relumbre. Ella es quien nos ha dicho que el eje de Sigüenza fue siempre su calle mayor. Y así volvemos a comprobarlo.

Subiendo desde la plaza, dejamos a un lado y a otro esos establecimientos vetustos, de apagado eco, de intenso color en sus entresijos: la casa de antigüedades de la señora Costero, el escaparate de Alonso e Hijas con sus cerámicas de alfar del monte, la portada mínima de esa gran casa de comidas que lleva el nombre de la calle mayor en que asienta, o el caserón de la Universidad que da cobijo en forma de hospedería a estudiantes y peregrinos junto a la casa del Doncel… otras casas heredadas, de padres a hijos, de remotos hidalgos a gentes de hoy, y esos palacios que arremeten al sol con sus escudos y sus ventanales conopiales. Todo en esta calle, a la que podría llamarse rúa de antigua que es, suena a clásico, a verdadero, a eterno…

La calle mayor de Sigüenza es la unión de dos viejas ciudades: la de en torno al río, extramuros, con su catedral de afuera, y la más alta del castillo y las defensas. Tras la reconquista, se creó la “puebla alta”, rodeando al castillo, y la “puebla baja” en torno a la naciente catedral. En la Baja Edad Media se unieron ambos núcleos, creando la verdadera Sigüenza que fue articulándose en torno a calles que seguían las curvas de nivel del cerro. Esa es la ciudad medieval (Sigüenza tiene otras ciudades, la romana perdida, acaso la islámica, seguro que la renacentista, y la barroca, abajo junto a la Alameda) y esta es la calle que la vertebra, de imprescindible paseo.

La Casa del Doncel

Hemos subido la calle mayor de Sigüenza, y nada más admirar la portada de Santiago nos vamos a la derecha, por la Travesaña Alta, y enseguida se nos abre, también a manderecha, la plaza de San Vicente. Serena, callada, y presidida por un hermoso edificio medieval. Es el que llamaron, durante siglos, “palacio de los Bédmar” pero que ahora conocemos por la “Casa del Doncel”. Y veréis por qué.

Se construyó en el siglo XV, sobre otro viejísimo edificio del XII, esta casona acastillada (fíjate que lleva almenas en lo alto de su fachada). La pusieron escudos sus dueños, que eran los del linaje de Arce: los Vázquez de Arce, emparentados con los de Sosa, portugueses. En el último cuarto del siglo XV, en los años que sintieron el político quehacer de los Reyes Isabel y Fernando, sus dueños le dieron forma y contenido. Era el señor de la casa don Fernando de Arce que casó con doña Catalina de Sosa, y tuvieron por hijos a Martín, a Fernando y a Mencía. Aunque pocas veces habitaron el edificio, sí que estaban orgullosos de él, y aún los sucesores lo cuidaron y ampliaron en el siglo XVI.

De toda la estirpe, el más famoso llegó a ser don Martín, Vázquez de Arce, y Sosa, a quien mataron los moros en la Vega de Granada, en el verano de 1486, y a quien sus padres lo trajeron a enterrar en su capilla de la catedral. Allí talló alguien, después, una estatua representando al muchacho, tendido, lector primero y luego meditando, y desde hace muchos años todos cuantos le ven, dicen de él: “Ese es el Doncel, el de Sigüenza, que mataron los moros en la vega de Granada, cuando solo contaba veinticinco años”.

Durante mucho tiempo fue residencia de unos y otros, pasó la propiedad de mano en mano, y vino a caer, a finales del siglo XX, en las de la Universidad de Alcalá, que lo restauró y acondicionó como espacio cultural.

La fachada nos muestra una casa-torre, con un paramento de piedra sillar, en el que se abre, a la calle, un gran portón adovelado, con escudos en la clave y a los lados. Se suman a él dos pisos, el segundo con una ventana orlada de bolas, y sobre la cornisa de los mismo, y sobre las gárgolas, unas almenas rematadas en cascabeles.

En su interior encontramos numerosos detalles originales en estilo mudéjar, como alfices, artesonados, y ventanillas. Hay en compleja distribución una variedad de estancias, distribuidas en pisos diversos, en entreplantas. Y así, a la entrada, hay un puesto informativo; en el sótano, un restaurante; a la izquierda, subiendo por una estrechas escaleritas, un sucesión de salas de exposición, donde ahora se alberga la donación de pinturas y dibujos de la familia Santos / Viana. En el primer piso, se alberga el Archivo Histórico Municipal de Sigüenza. Aún más arriba, el Museo de la Guitarra de Romanillos. Y aún pueden encontrarse otra pequeña sala de conferencias, dependencias administrativas, y una terraza.

Y estas son las andaduras que competen al viajero que quiere saber de esta vieja ciudad, ahora (durante 3 días) ocupada de mercaderes y viajeros sonoros. Pero durante el resto del año callada y misteriosa, pujante de silencios que la hacen verdadera.

Paseando en torno a Sigüenza

El pinar de Sigüenza el tiempo bueno ya, el que te permite andar sin preocupaciones de fríos ni lluvias, fijándote solo en el camino. Vamos a darle hoy la vuelta a Sigüenza, desde su pinar famoso, hasta Barbatona, para volver luego por el valle del Henares asomándote al final a la Obra del Obispo. El trazado de esta excursión es largo, pero con buen tino (o mejor aún, planificando la ruta en bici, o aun en coche) se hace en un día.

El Pinar

En principio nos dirigimos, atravesando el Vadillo, por el camino del Bosque, hacia el pinar de Sigüenza. Deslindado, amojonado y ordenado. Así es como hoy se encuentra el Pinar de Sigüenza, una estación forestal que lleva ese nombre. Y que no es muy antiguo, pues sabido de todos es que su existencia deriva y es fruto de una reforestación de la zona que se hizo a partir de 1940. El Pinar se codea primero con la “Pinarilla”, junto a la Ciudad Mitrada, y luego con el “Pinar de Barbatona”, hacia el nordeste. Para ser más concretos, el Pinar de Sigüenza es la zona de pinos que hay debajo de la Pinarilla, desde el Oasis hasta el Morretón; a un lado discurre la cuerda de la carretera de Alcolea y al otro, el camino de la Lastra y el Arroyo del Vado.

Se trata de una gran mancha arbórea de pino resinero que limita al norte con el monte la Pinarilla y la finca La Lastra, al sur con la Cuerda, baldíos de Barbatona y valle de Valdemerinas, al oeste con la Cuerda y al este con el término de Alcuneza, el Morretón y el pinar de Barbatona. Administrativamente pertenece al Ayuntamiento seguntino, en cuyo “Libro de Bienes” consta como una de sus propiedades.

Un paseo por los caminos y las praderas del sotobosque, par
a admirar la masa densa y olorosa de los árboles y descubrir las formas intrépidas de las rocas.  Eso es lo que debe hacer el lector nada más acabar de leer estas líneas. Bajar andando, desde por la mañana, a través de la carretera que sale de detrás del castillo, o por el arco del Toril, bajar por el camino que sale a su derecha y va rodeando primero la muralla para luego cruzar ante “El Bosque”, la finca amurallada que marca el inicio del paseo hacia la “Piedra del Huso”, uno de los más espectaculares monumentos de la Naturaleza en el entorno seguntino.

Una de las primeras caminadas que pueden hacerse por el pinar es la del camino del Cementerio. Aun siendo muy corta, para quien quiera entrenarse es suficiente. Y para tomar contacto con este bosque sutil y diferente: en los alrededores del cementerio seguntino, que es uno de los más agrestes que conozco, se levantan unas rocas desde las que pueden contemplarse, en vista inédita y majestuosa, la catedral y el castillo. Desde el levante, y especialmente en las primeras horas de la mañana, iluminados como para una fiesta, se alzan estos dos monumentos capitales de la ciudad, rojizos y dorados, valientes.

Otra de las rutas es la que va por el camino de El Vado y busca la Piedra del Huso. Saliendo de la puerta del Toril, como antes he dicho, y bajando por el camino que aparece a la derecha, tras pasar delante de “El Bosque” y las instalaciones deportivas de la Sagrada Familia, se encuentra el caminante con las rocas areniscas que en mil formas parecen mostrarse parlantes y decididas. La Piedra del Huso tiene más de 30 metros de altura sobre el suelo, y según se la mire parece el perfil de un guerrero, o el rostro agresivo de un leopardo. En esa zona, que va junto a un riachuelo, además de los pinos omnipresentes aparecen árboles de ribera: chopos y sauces.

Siempre es una aventura, un regocijo y un pelear con el viento la decisión de caminar por el Pinar. Debería ser una asignatura imnprescindible para quien quiera llevar bien alta la insignia de seguntino.

Barbatona

Al final del paseo (que es largo, y agradable) por el Pinar de Sigüenza, arribamos a Barbatona.

En nuestro recorrido por Sigüenza y sus alrededores no podemos prescindir de hacer una visita a Barbatona. El poblado y el santuario de la Virgen de la Salud, que lo centra. Hay dos días en el año en que se puede ir, aun sabiendo que se condensa el pertsonal: el primer domingo de mayo y el primero de septiembre. Yo prefiero iur en días soesegados, cuando el templo está vacío, y el silencio nos puede. La Virgen, en lo alto del retablo, lanzando su sonrisa morena y tierna. Y la memoria de tantas peregrinos, de tantos milagros y sus orígenes quizás paganos. Sentarse y mirar, saberse en el remolino de la historia, de la tradición y de la entraña popular.

A Barbatona se llega en coche desde Sigüenza en poco más de cinco minutos. Andando, atravesando el poinar, ya es más largo, aunque da tiempo a pensar en estas cosas. La devoción a esta advoación de la Virgen tiene su origen remotísimo, nacido en los tiempos medievales en los que tantas imágenes se «aparecían», cuando en realidad lo que ocurría es que se encontraba alguna talla escondida anteriormente, por miedo a las invasiones árabes, entre algunas rocas o zarzas. Dice la leyenda, en este caso de Barbatona, que la Virgen se apareció a un pastor entre las ramas de un pino, y así las gentes de la región indicaban un árbol ya viejo y desgastado con el nombre del «Pino de la Virgen». El hecho es que la talla de María se fraguó en la baja Edad Media, posiblemente en el siglo XIII, aunque su aspecto de hoy, que lo evoca, nada tiene de antiguo, de tantas restauraciones que he recibido.

La primitiva ermita, de corte medieval y chata espadaña triangular de remoto origen medieval, fue utilizada para el culto mariano hasta 1835, en que se comenzó a levantar el templo actual. En 1854 se puso el pórtico metálico y se alzó la espadaña, y, finalmente, en 1865 se le agregaron las dos naves laterales. Una amplia barbacana o mirador sobre el paisaje circundante, se extiende ante el santuario, y en prolongación de ella la hospedería de peregrinos, que fue levantada en 1881, y en 1925 se amplió con un segundo piso y un amplio salón.

En el interior destaca el gran retablo de corte barroco, con dos pares de columnas estriadas y rodeadas de voluta vegetal, sin gran mérito en cuanto a su razón artística, pero ostentando en el centro la imagen de la Virgen de la Salud, instalada sobre una plataforma giratoria, que permite ser vista de frente desde su Camarín. Se accede a éste por una escalera que parte desde las puertas laterales del retablo. El techo del Camarín se encuentra decorado con sencillas pinturas al fresco en que vemos los atributos y símbolos de la Virgen.

Una de los elementos que dieron fama a Barbatona eran los ex-votos que se entregaban a la Virgen, por parte de todos aquellos enfermos, sufrientes y gentes de la tierra que se consideraban sanados y confortados por ella. Esos ex-votos se hicieron en forma de pinturas sobre tabla, y entregando piezas de cera representando partes del cuerpo, las primero enfermas y después sanadas. Las normas actuales dictadas por la jerarquía eclesiástica las han hecho desaparecer. Una pena…

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

La fuente de la Obra del Obispo

Y al fin de nuestro periplo, nos encontramos con las vallas de este magna obra del barroco seguntino, de la Ilustración completa. La “Obra del Obispo”, menuda categoría… y a ellas pegada al “Fuente del Obispo”, que no debe despistarnos… porque en Sigüenza hay varias que llevan este nombre, y otras varias que podrían llevarlo, ya que la mayoría fueron construidas por orden de algún obispo, señores espirituales y temporales de la ciudad y del territorio durante siglos.

Como vieja ciudad episcopal, centro administrativo y sede de tesorerías diversas, tuvo Sigüenza todos los lujos y comodidades que se podía tener en siglos pasados. Hay fuentes por todos lados. Incluso en el interior de la catedral, en la Sacristía de las Cabezas, existe una que sirvió para que los canónigos limpiaran sus manos antes y después de los ritos capitulares.

Y en la plaza del obispo don Bernardo, frente al costado oriental de la catedral, se sitúa otra solemne fuente de estilo barroco, aplicada al muro de sillar en el cual destaca tallada sobre la piedra rosada de la zona, escudo heráldico de Sigüenza. Por sus tres caños con boca de león sale abundante siempre el agua límpida y fresca.

Pero esta que ahora vemos, situada a unos dos kilómetros del centro por la carretera de Medinaceli, está adosada a la muralla de lo que fue Huerta  del Obispo, y se trata, ya lo veis, de una gran fuente ornamentada, de estilo neoclásico que luce en su frente el gran emblema heráldico de don Juan Díaz de la Guerra, benefactor de  la ciudad y su diócesis. Ocupó la sede y llevó la mitra entre los años 1777 a 1801, y fue la expresión más clara del espíritu ilustrado: abrió caminos, construyó puentes, levantó fábricas de papel, molinos de aceite, colonias agrícolas, pueblos enteros… quería que la gente de su diócesis (señor era de ellos, y de ellos se preocupaba) viviera mejor. Así es que en un terreno propiedad del obispado, aguas arribas del Henares, baldío entonces, mandó construir una gran obra, de la que se hace lenguas don Antonio Ponz en su “Viaje de España”, diciendo así: Para ocuparles ha promovido obras continuamente, y a mucha costa. En primer lugar, un bosque inmediato al Palacio, lleno de plantas poco útiles, lo ha convertido en una hermosísima huerta, con su gran noria, y dos estanques: después ha hecho plantar moreras, y varios árboles frutales; cultivar cáñamos, hortalizas, legumbres, &c. y en fin ha logrado hacer sumamente útil, y fructífero un terreno no menor que de sesenta fanegas con esta operación. Asimismo ha transformado en una hermosísima huerta un prado distante un quarto de legua de la Ciudad, que consta de cien fanegas de sembradura, con plantío de moreras, y cultivo de cáñamo, legumbres, &c. habiéndolo cercado de pared alta, y segura, con sus portadas, canceles, estanques, y aqüeductos: antes redituaba a la Dignidad de este terreno ciento y quarenta reales anuales, y al presente se conceptúa que podrá valer mil pesos de renta anual…

Del circuito monumental de su cerca, destaca adosada junto a la carretera esta fuente. Hoy ya seca, hoy ya perdida, pero monumental, espléndida, reflejo fiel de otros tiempos.

Todo el Románico de Guadalajara

Todo el románico de GuadalajaraUna nueva propuesta nace para que podamos conocer mejor, en más profundidad, en mayor extensión, con mayor rigor y ejemplaridad, el románico que puebla nuestra tierra. Un estilo artístico nacido en la Edad Media y que surge en cada pueblo, en cada esquina casi, como un vigía del tiempo ido.

Muchos viajeros llegan a Guadalajara con la intención de encontrar y admirar las huellas de un pasado lejano y atractivo, de la Edad Media. Sabiendo que esas huellas están firmes en muchos de sus edificios, en cientos de presencias arquitectónicas, en arcos y muros, en capiteles y cornisas, en perfiles exquisitos. Todo ello constituye el arte románico, expresión de una arquitectura y sus complementos hecha para el culto cristiano.

Del gran compendio románico guadalajareño se han hecho ya estudios y se ha procedido a su catalogación y análisis, de formas y significados. Los estudios iniciales de Francisco Layna Serrano se han visto completados posteriormente, a lo largo del siglo XX, por Tomás Nieto Taberné y quizás por quien esto escribe.

Un nuevo análisis

Pero ahora nos llega un nuevo análisis, que trata de actualizar este conocimiento ya suficientemente acreditado, y que intenta completar, aunar y mostrar de un modo panorámico la realidad románica de Guadalajara. Este trabajo lo ha emprendido, y completado con seguridad y éxito, el joven profesor José Arturo Salgado Pantoja, a quien la Fundación “Santa María la Real” de Aguilar de Campóo le ha editado su trabajo “Todo el románico de Guadalajara” en un volumen de más de trescientas páginas, ampliamente ilustrado, y muy bien concebido y desarrollado.

Emprende esta obra una tarea difícil por cuanto pudiera parecer que ya todo estaba dicho en torno a este tema. El autor no sólo ha superado el reto, sino que lo ha mejorado. Porque además del estudio inicial que abriga bajo el título de “Introducción”, dividido en dos partes en que trata “Las tierras de Guadalajara en los siglos del románico” y “Panorama general del románico en Guadalajara”, asume la tarea de catalogar todo vestigio románico que encuentra, añadiendo a la nómina anterior muchas piezas que no se habían considerado inclusas en el estilo, y poniendo sobre la mesa muchísimas piezas hasta ahora no catalogadas o analizadas.

Así me parece justo destacar que a los ya conocidos elementos románicos (clásicos unos, como la catedral de Sigüenza, el conjunto de templos de Atienza, las iglesias porticadas de Sauca, Pinilla, Carabias, Tortonda, etc…, y mínimos pero entrañables otros como el ábside de Santiuste, la espadaña de Bochones o la portada de Teroleja) el autor añade numerosísimos elementos hasta ahora con incluidos en el recetario habitual del románico de nuestra provincia.

Este aporte se centra, fundamentalmente, en varias docenas de pilas bautismales que se mantienen, desde los siglos XII y XIII, en los cuartos generalmente oscuros y casi siempre destinados a trastero, de las capillas bautismales de los pies de los templos. Unas en sus lugares de oriegen, otras trasladadas, estas pilas suman un portentoso acopio de formas y decoraciones, que por sí mismas podrían haber constituido otro estudio específico.

Además añade el autor las construcciones o elementos parciales de estética mudéjar, tal como portadas, ábsides, ventanales, y torreones, de tal modo que con esta visión la capital, Guadalajara, consigue entrar en un libro dedicado al arte románico. Este aspecto de incluir en el estudio de lo románico lo puramente mudéjar ha sido siempre controvertido. Porque no solamente son estéticas diferentes, sino que corresponden (al menos en Guadalajara) a periodos diferentes, siendo lo mudéjar más moderno.

También nos presenta en esta nómina románica (el libro está acertadamente estructurado en un listado alfabético de poblaciones) algunos restos de torres de defensa, como la de Albalate en Luzaga, y por ende pasa a considerar elementos de este estudio los castillos de Molina de Aragón, de Atienza, incluso el alcázar de Guadalajara. No cabe poner peros a esta cuestión, puesto que esas fortalezas militares y elementos defensivos están construidos en los siglos XI y XIII que son los de la arquitectura románica en nuestra tierra.

Acabamos el análisis de este libro con un aplauso a la aportación de numerosos elementos hasta ahora desconocidos, especialmente a portadas escondidas y no conocidas aún, o a templos derruidos de lugares despoblados, entre los que aparece Matas, frente a Palazuelos, o la portada de la iglesia de El Peral, de Budia, hoy incluida en la casa del santero de su gran ermita patronal.

la catedral de sigüenza

Concluye Salgado su gran trabajo con un breve Glosario de términos alimentado del valor de las imágenes, así como el índice de localidades, y un breve recapítulo de “Vestigios” en el que suma esos fragmentos de antiguas portadas románicas que como en el caso de Galve de Sorbe, se incrustaron en los muros de las nuevas iglesias actuales.

También ha tenido el acierto de consignar aquellos elementos que, formando hasta hace poco parte del acervo románico de Guadalajara, han sido derruidos de forma incomprensible y reprobable, como es el caso de la iglesia románica de Nuestra Señora de Almuña en Almoguera, y de la iglesia del depoblado de San Miguel de Vállaga en Illana. Ejemplos que demuestran que el arte románico de Guadalajara debe ser fielmente analizado, estudiado y protegido, porque el peligro de agresiones externas sobre sus elementos no ha desaparecido del todo. Y, en este sentido, aplaudo la valentía que el autor muestra al denunciar, una vez más (a ver si alguien con responsabilidad en el tema se toma la molestia de actuar de una vez) la situación de la iglesia que fue parroquial del desaparecido pueblo de Villaescusa de Palositos, y que hoy es una triste ruina en acelerado estado de deterioro. También Salgado se asombra de que el camino público que accede a la antigua villa alcarreña esté cortado por una valla cerrada, siendo como es parte del “Camino de Santiago”. Y se lamenta del estado, del abandono, de la incuria que sobre este edificio ha caído, sin merecerlo en absoluto. Una prueba más de la incultura que sigue predominando en este país que, antaño, fue guía de las naciones.

En definitiva, una gran libro al que (de nada puede decirse que sea perfecto) aplaudimos y damos la bienvenida, porque va a dar mucha información nueva, bien descrita, y certera, a los muchos seguidores (ojalá fueran muchos más) que el románico de Guadalajara tiene todavía.

Un libro que convence

Salgado Pantoja, José Arturo: “Todo el románico de Guadalajara”. Editorial Fundación Santa María La Real”. Aguilar de Campóo (Palencia), 2018. 12 x 23 cms. 320 páginas. Numerosas ilustraciones. ISBN: 978-84-17158-08-8. P.V.P.: 22 €.

Arropado en la contracubierta posterior, asoma un mapa de la provincia, y una vez desplegado nos damos cuenta de que en él aparecen señalados todos los pueblos y enclaves en los que hay testimonios románicos… impresionado se queda quien maneja el mapa, al comprobar que prácticamente en todos los lugares, y con mayor densidad en la mitad norte de la demarcación, se reseñan piezas de este estilo.

El lector, sin embargo va a ir, después de leer –a lo mejor por encima, porque son cosas que ya se sabe- la Introducción, a ver una por una las cosas que nos ofrece el autor. Algunas, las más notables, ya conocidas, pero otras seguro que sorpresivas, y unas cuantas impresionantes.

Cervantes visita la tumba del Doncel

Cervantes visita la tumba del Doncel

Cervantes admira la escultura funeraria del Doncel (dibujo de Isidre Monés Pons)

En un reciente libro que he presentado, esta pasada “Feria del Libro”, y que además de mis textos lleva 60 ilustraciones magníficas de Isidre Monés Pons, hablo de la posible (casi segura) visita que Miguel de Cervantes hizo a Sigüenza y, por supuesto, a la estatua yacente de Martín Vázquez de Arce. De él sacaría algunas conclusiones, seguro.

Hoy

Se acentúa el interés por el tema después de que hace algunos días, en el diario “El Pais” apareciera un reportaje hablando de la “mentira” que supone llamar “doncel” a Martín Vázquez de Arce, cuando a su muerte, con 26 años talludos ya, tenía mujer e hija. Con la audacia propia de los primerizos, el periodista achacaba el error y la mentira a Ortega y Gasset, a Unamuno, y a todo lo que le olía a rancio y desfasado, tan solo por pertenecer al mundo de la cultura del siglo XX. Pero el tema está ya muy trillado, y existen magníficos libros que explican el proceso que agrupa tantas y diversas cosas: la vida del comendador santiaguista Vázquez de Arce, su muerte, su enterramiento, la admiración suscitada y el proceso de darle un nombre como referente de viaje, al tiempo que se le exalta a la categoría de arquetipo. Uno de los mejores libros es el que escribió Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, “El Doncel de Sigüenza” y que ha sido leido, valorado y aplaudido por miles de lectores. Entre los que no se encuentra el periodista de “El Pais” que ha creido ser el sagaz detective que desmonta un mito.

Ayer

Ya sé que no hay papeles ni documentos que lo confirmen. Ya sé que es mucho elucubrar. Pero no deja de emocionarme pensar que Cervantes pudiera acudir, a la catedral de Sigüenza un día, y contemplar con serenidad la del Doncel don Martín, aprendiendo de su postura, de su mirada perdida y su ideal en dulzura, tantas lecciones que él mismo pusiera en práctica luego, a lo largo de su vida.

Es un investigador serio y paciente, don Antonio Mendoza Mendoza, en su monumental estudio sobre la patria de Cervantes y el origen del Quijote, titulado “El regocijo de las musas”, quien aventura esta situación, esta visita. Lo hace con numerosos y previos considerandos: sabiendo de quien era discípulo Cervantes en 1569, y los favores que su maestro había recibido de un gran mecenas poco antes. Todos ellos se encontrarían, es lógico, en algún lugar. La fecha es segura, el mes de marzo de 1569. La ciudad, Sigüenza, La catedral, visita obligada. La admiración ante el sepulcro de don Martín Vázquez de Arce, caballero de Santiago y lector empedernido, imposible de eludir, porque ya entonces hacía más de dos generaciones que el monumento estaba, y servía de asombro a quienes ante él paraban.

Esta disquisición viene a cuento de varias cosas probadas. La primera, que Miguel de Cervantes fue discípulo del maestro Juan López de Hoyos, cronista de Madrid, catedrático del Estudio de la Villa y párroco de San Andrés. La segunda, que este afamado escritor e intelectual fue encargado por la corona de escribir el epitafio poética de la reina Isabel de Valois, en 1568, y que redactó largamente contando con algunos versos de sus discípulos, que entre otros muchos a la sazón eran Miguel de Cervantes y Luis Gálvez de Montalvo.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

Y la tercera, que a López de Hoyos protegió durante el reinado de Felipe II un personaje de gran relieve en la Corte y en la Curia, el eclesiástico don Diego de Espinosa, quien entre otros títulos, a más de Cardenal de la Iglesia Romana, Inquisidor General de España, y Presidente del Consejo Real, alcanzó a ser nombrado Obispo de Sigüenza, en 1568, y lo fue hasta su muerte en 1572. Tomó posesión del cargo en una visita inicial hecha en marzo de 1569, y allí se rodeó de cuantos le admiraban o lisonjeaban, acciones que suelen ir parejas cuando la púrpura deslumbra a todos. En esa estancia –todavía corría un vientecillo fresco por Sigüenza- debió acudir Miguel de Cervantes y así conocer la ciudad, de donde, como todos sabemos, tomó imágenes y personajes para sus obras.

Como verá el lector es agradable, y a veces útil, colarse entre las páginas de los libros, por muy cuajados de información que estén, como este del profesor Mendoza, a quien Sigüenza también le hizo tilín en su juventud, y de ahí sacara, tras muchas jornadas de silenciosa admiración y pasmo ante la rígida dulzura de don Martín, la idea de que el Quijote sublima esa figura del caballero lector, del caballero valiente y honrado que tiene en la cabeza mil aventuras leídas, o soñadas…

No habrá que desaprovechar esta idea, la de Cervantes inspirándose en El Doncel de Sigüenza para crear a su personaje, don Quijote de la Mancha.