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Un día más en la Sierra Norte

La picota de La Toba

La picota de La Toba

Mañana va a celebrarse –esta vez en La Toba– el “Día de la Sierra”, ya en su décima edición. Un momento y un lugar en que aprovecharemos para saludar a cuantos viven por allí y se toman muy en serio la permanencia de la vida en aquella comarca apartada y silenciosa. Serán unas horas de amistad, música y discursos, de rosquillas y abrazos, para tomar energías y proseguir aguantando, un año más, en aquella latitud vigilada por el Ocejón y animada de los más sinceros deseos de recto progreso, sin olvidar sus esencias.

Creo que no me he perdido, hasta ahora, ninguno de los “Día de la Sierra” que se han venido organizando por parte de la Asociación Cultura Serranía de Guadalajara, con los apoyos institucionales que puntualmente ha ido recabando. Todos esos días han sido de pacífica convivencia, y de imprescindibles alegatos a favor del mantenimiento de una ilusión, y sobre todo de un empuje decidido, para que la vida se mantenga en esa que es, con mucho, una de las comarcas más despobladas y con menos pujanza económica de toda Europa.

No voy a escribir nombres aquí, aunque en el corazón los llevo anotados– de quienes crearon esta Jornada, y la han alimentado con entusiasmo. No son muchos, pero sí enteros y capaces. Gentes de Valverde, de Galve, de Campillejo y de Zarzuela. Gentes que pisaron toda su vida los montes, descubriendo el secreto de la Tierra en sus trochas, y doblando el espinazo para recoger el fruto (también las castañas ahora, aunque esas vienen cayendo de arriba) que tan esquivamente se deja arrancar.

No es momento de hacer poesías a la Sierra, porque las circunstancias actuales requieren más prosa y más golpe de Diario Oficial que simples fotos o poses. En todo caso, y por aquello de haber sido, inmerecidamente, destacado como serrano adjunto y proveedor de combustible literario, sí que quiero hoy dedicarle estas líneas a la Serranía de Guadalajara, a ese conjunto de cerros y veredas que al noroeste de la geografía provincial se alza verde, olorosa y limpia.

Los hitos serranos

Si me pidieran hecer, brevemente, un catálogo de los mayores emblemas, de los hitos si se quiere, de los destellos que en sus mil facies tiene la Serranía de Guadalajara, me atrevería a recitar algunos que podrían ser como flores de un ramo, o referencias inequiívocas de una marca.

Y así recordar, en el acontecer histórico de esta tierra alta y fría, pero siempre caminera y poblada, la destacada preferencia que por Atienza tuvieron los reyes castellanos. El devenir de los siglos (y hay que saber que uno de los signos inequívocos del ser humano es tener historia, y saber contarla) ha proporcionado a esta tierra los cariños de sus jerarcas: de Alfonso VI, que trató de conquistarla; de Alfonso VIII, que premió a los recueros atencinos por haberle salvado la vida y la corona; del propio Felipe V, el primer Borbón, por haberle ayudado en su jornada militar de la Sucesión al trono…

En el acontecer económico, las minas de Hiendelaencina podrían ser ese cartel primero que mostrar, aunque solo fuera por la cantidad de dinero, en forma de plata pura, que salió de las entrañas de esta tierra. La ganadería, el comercio y quizás ahora el turismo, son otros motores, nada desdeñables, a los que mencionar ahora.

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

 

En la monumentalidad, el palacio ducal de Cogolludo es sin duda la perla exquisita de esta corona. Ya sé que la villa ducal se queda, en algunos planteamientos administrativos, fuera de la consideración de territorio serrano, pero a nadie se le escapa que Cogolludo fue siempre, por su situación y vocaciones, un eje clave del desarrollo y configuración de este territorio, llave de sus caminos. El palacio ducal de los Medinaceli pone en a la Serranía en el escaparate mundial del arte y la creatividad.

En el patrimonio orográfico, creo que no hay duda de señalar a pico Ocejón como referente primero. Y en el hidrográfico, al Jarama como el alto hilo de aguas que desde la atalaya del Lobo corre anchuroso hasta las vegas madrileñas.

En el folclore, que es expresión de un sentimiento, aunque sé más difícil la elección, me decanto por las Danzas de Valverde de los Arroyos, en las que música y color se conjuntan, naciendo de un más allá que entronca con la propia raigambre de la especie.

Y más cosas podrían ponerse entre estos hitos serranos, todas cordiales, hondas, muy nuestras: la alfarería de Zarzuela, los castillos medievales de Galve, Atienza, quizás Jadraque en la línea meridional del horizonte. Las jotas y sus letras nobles o pícaras en el final de cualquier fiesta. Los asados de cordero y cabrito en las mesas felices. Tanta cosas, que nos llevaría un largo rato enumerarlas tan sol.

Y, por supuesto, este Día de la Sierra, que ahora palpita de nuevo, y que deberá hacerlo ya durante muchos años, en todos los lugares donde se alberga el cantar de sus gentes.

La Toba

Toca hablar, aunque sea brevemente, de La Toba, este lugar que habita la Serranía desde hace siglos y aconteceres. Con su nombre de repoblación, y su clara raigambre geográfica, acoge mañana el Día de la Sierra, y mostrará a cuantos hasta allí lleguen su perfil cabal, sus monumentos, plazas y horizontes, entre los que caben unos cuantos bosques de roble solemne que a mí particularmente me han enamorado desde hace muchos años.

La Toba se encuentra en los primeros alzamientos del territorio serrano, y perteneció en principio al territorio de Atienza, quedando luego incluido en los dominios de Gómez Carrillo, a quien se lo regaló Juan II en atención a diversos servicios prestados, pasando luego a la familia de los Mendoza mediante trueque hecho por el cardenal don Pedro González de Mendoza, y ya en esta estirpe, como uno de los lugares correspondientes al marqués de Cenete y conde del Cid.

Consiguió La Toba el privilegio de villazgo en el siglo XVI, y de él se conserva como pétreo recuerdo la gran picota que se alza en su calle principal, de bella estampa gotizante, rematada su cilíndrica columna en tosco capitel e irregular pica.

La iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, posee una recia espadaña, de forma triangular con dos huecos para las campanas, sobre el liso muro orientado a poniente. El resto del templo es obra del siglo XVI, incluso posterior, con la fuerza de su monumental silueta pétrea. En la puerta hay una buena guarnición de clavos e hie­rros. De los cinco altares que existían en el interior sólo se conservan tres: el mayor es un monumental retablo barroco de principios del siglo XVIII, con interesante armazón y hermosas columnas. Se preside por una moderna imagen del santo titular, y a los lados aparecen sendas telas barrocas representando dos vírgenes mártires. Otros dos retablos late­rales, del mismo estilo y traza, aunque más pequeños, se parangonan con el mayor.

Guarda esta parroquia (donde sea ahora, porque le he perdido la pista física) una interesantísima cruz procesional, magnlfica pieza de orfebrería renacentista, pro­ducto clásico de la escuela de platería que en el siglo XVI se desarro­lló en Sigüenza. Va firmada por el pla­tero Martín de Covarrubias, y es todo un monumento, aunque sea mueble.

En el suelo de la nave aparece una losa de la sepultura de Gregorio Zúmel, con su escudo nobiliario y la fecha de 1557. Una lápida colocada a la derecha del altar mayor, con un escudo de armas y la leyenda «Omnia nomine domini Iesu Christi», es testimonio del recuerdo que la villa de La Toba dedica a su hijo predilecto, don Juan Ricote Alonso, obispo auxiliar de la diócesis de Madrid-Alcalá, con la fecha de su consagración episcopal, en 20 de mayo de 1951.

Son estas, en fin, algunas notas apresuradas que quieren dibujar el perfil de La Toba en este Día (será mañana) de la Sierra al que nos convoca un año más la Asociación Cultural Serranía de Guadalajara. Así sacamos de su perenne olvido a estas tierras, a este pueblo también y a sus gentes que sin alharacas ni manifestaciones piden con su trabajo la atención de quienes pasamos por delante de su perfil bravío. Un hurra sincero, un apoyo sin dudas, un compromiso de humano nivel que procurará, unido al de mis lectores, a que La Toba, en la Sierra, prosiga su camino junto a los demás enclaves de esta comarca que tanto amor nos invoca.

Guadalajara entera

El pintor Miguel Ximénez, de Pareja, gloria del gótico aragonés

Miguel Ximenez, pintor aragones

Muy poco conocido hasta ahora, traigo hoy la referencia, forzosamente breve, de un gran artista alcarreño que tuvo sus momentos de gloria en el reino de Aragón, en la segunda mitad del siglo XV, alcanzando entonces merecida fama, honores y hasta el título de pintor real de la Corte de Fernando el Católico.

Nacido en Pareja, mediado el siglo XV, cuando aquella era villa señalada del Obispado de Cuenca, y muy cuidada por sus obispos y señores, tal como recientemente ha dado a conocer el investigador Angel Montero Sánchez. Aunque no quedan en la villa alcarreña de origen datos de su nacimiento, ni documento alguno, en Aragón sí que ha dejado una importante huella, sabiendo por ella su origen alcarreño.

Fue “descubierto” este pintor por don Manuel Serrano y Sanz, Cronista Oficial de la provincia de Guadalajara, a comienzos del siglo XX, en su serie de trabajos sobre pintores aragoneses del siglo XV, publicados en la “Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos”. Y fue él quien centró su actividad (que no su vida) entre 1462 y 1505, haciéndole discípulo o seguidor en el estilo, de Bartolomé Bermejo, y colaborador permanente con Martín Bernat. Esa colaboración se fraguó en el retablo de San Pedro de la Seo de Zaragoza, a la que siguió el del altar mayor del monasterio de San Agustín de la capital zaragozana. Y aún nos declara Serrano, a través de documentos por él hallados, la participación de Ximénez en la pintura de los retablos de Salvatierra de Escá, de Malanquilla (junto a Salvador Gutiérrez), de Alfocea, de la iglesia del monasterio de la Merced de Zaragoza, y de la mismísima basílica de Nuestra Señora del Pilar, en Zaragoza, este en colaboración con su hijo Juan. Serrano nos añade que este pintor se encargó de hacer el retablo de Paniza, y otro del que firmó contrato en 1475 para la villa de Escatrón.

El estudio clásico de Chandler Rathfon Post, en el tomo VIII de su “History of Spanish Painting” (1941) sitúa la obra completa de Miguel Ximénez en el marco del tardogótico de raíz más flamenquizante que imperó en buena parte del territorio aragonés en la segunda mitad del siglo XV, en parangón con lo realizado por sus dos máximas figuras, Martín Bernat y Bartolomé Bermejo.

lo que caracteriza a las obras de Ximénez es su mayor linealismo en la definición de los contornos y la simplificación y artificiosidad con que traduce los plegados de las telas.

Algo más dice de él Montserrat Gumá, 2004, en su “Guía del Museu Nacional d’Art de Catalunya”, pero sobre todo quien recientemente ha centrado la figura de Ximénez es el investigador Alberto Velasco González, en su trabajo sobre “Aportaciones a los catálogos de pinturas de Miguel Ximénez y Martín Bernat, pintores de Zaragoza” en la revista “Ars & Renovatio”, nº 3 (2015), páginas 1992-232.

 

Arte y Artistas de Guadalajara

La obra más destacada de Miguel Ximénez

Lo más relevante de la obra de Ximénez ha quedado en Aragón, para cuyas iglesias se le solicitaba su arte en forma de retablos y tablas sueltas. Muchas de esas obras, bien documentadas, se conservan en los lugares de origen; otras han ido a parar a Museos de relieve, por la categoría del artista, y algunas otras desaparecieron en guerras y revoluciones. Las vemos a continuación.

Una de sus grandes obras fue el retablo de La Piedad, San Miguel Arcángel y Santa Catalina de Alejandría, para la iglesia de Santa María de Ejea de los Caballeros (en la comarca de las Cinco Villas de Zaragoza). Es de 1475 aproximadamente, y de su deslumbrante conjunto solo ha quedado la predela, que se llevó y hoy muestra en el Museo Nacional de Prado. El resto del retablo fue quemado en los primeros días de la Guerra Civil en 1936.

Para el monasterio de Sigena, en Huesca, pintó en 1494 el retablo de “San Juan Bautista, San Fabián y San Sebastián”, y con todas las obras de arte de este monasterio se llevó al Museo Nacional de Arte de Cataluña, donde hoy se encuentra expuesto.

De la colaboración con Martín Bernat surgió, entre otras obras, el retablo de “La Santa Cruz” para la iglesia parroquial de Blesa (Teruel), que hoy se encuentra como joya del gótico en el Museo Provincial de Zaragoza.

Y para la iglesia parroquial de oscense pueblo de Tamarite de Litera pintó, entre 1500 y 1503) el retablo mayor, que fue también quemado en la Guerra Civil, y del que solo quedó una tabla, dedicada a San Miguel, y que hoy es propiedad y se expone en el Museo de Arte de Filadelfia.

Arte y Artistas de Guadalajara

Santa Librada desvelada

Santa Librada en SigüenzaEl pasado día 9 de septiembre, en la sala de “El Torreón” de Sigüenza, tuve ocasión de participar en la presentación de un libro que considero de calidad y altura, por muchos motivos, pero especialmente porque trata de un tema querido para cuantos tenemos algo o mucho que ver con Sigüenza: Santa Librada, su milenaria devoción en la ciudad del alto Henares y los múltiples perfiles que aún arroja en una visión que bien podría calificarse de poliédrica.

En las postrimerías del verano, Sigüenza requiere del uso de un buen chaquetón al aparecer las primeras estrellas sobre las calles empinadas y la Alameda. El pasado 9 de septiembre hacía realmente frío en Sigüenza, lo que no fue impedimento para que la Sala de Actos del Centro Cultural “El Torreón” se presentara abarrotada de público para ser testigo de la presentación de un libro que ha supuesto un enorme trabajo por parte del autor, y que aporta un manantial rumoroso y denso de noticias sobre Santa Librada, la ancestral figura patronímica (o matronímica, según se mire) de la ciudad de Sigüenza, de su diócesis, y de sus gentes todas.

Santa Librada, lo que se esconde detrás”, es el título de este voluminoso libro que firma el investigador Marcos Nieto Jiménez, de quien luego aportaré datos. Una obra considerable, de casi 500 páginas, con muchas imágenes, y un estilo germánico en el que se aportan datos y más datos, que el autor trata de enlazar y poner en relación, aunque reconociendo, desde el principio, y dejándolo muy claro al final, que es tarea realmente dificultosa.

Porque la historia de Santa Librada es entretenida, asombrosa y con diferentes versiones a cual más sorprendente.

En el transcurso de los siglos se ha producido una lenta elaboración, muchas interpretaciones, y diferentes visiones de la historia de este personaje, de tal modo que se han creado legendarias exposiciones de su vida, de su martirio, de sus milagros (pocos), devociones, monumentos, iconografía, etc. en torno a ella. Todo reunido, en este trabajo monumental, muy documentado, con numerosísimas ilustraciones, aunque como digo siguen siendo numerosas las incógnitas abiertas todavía, de tal modo que la búsqueda de la verdad sigue en marcha, pero con unas directrices claramente marcadas por esta obra.

Es tan completo el estudio, y abre tantas vías, que aparte de saber algo más de Santa Librada, el lector termina sabiendo mucho más de cuando empezó sobre mártires, martirologios, y tendencias teológicas, en una larga secuencia de visiones sobre relatos apostólicos, devocionarios, santorales y leyendas populares. “Lo que se esconde detrás” de Santa Librada son varias leyendas, distintos orígenes, los campos de Tras Os Montes en Portugal, la Toscana en Italia y la Occitania en Francia, aunque esta comarca seguntino-medinacelense no es ajena en absoluto a sus andanzas.

Entre los numerosos aportes apasionantes que Nieto ofrece, está la posibilidad de que Santa Librada sea el residuo devocional de una primitiva, y pagana devoción a diosas de las fuentes en el valle de la Varenosa, entre Sigüenza y Pelegrina. También contempla el hecho de que sea una transposición de la figura venerada en Europa de Wilgefortis, la mártir barbuda crucificada, o incluso que fuera en su tiempo, allá por el siglo XIII, un emblema de los Templarios que en sus movimientos militares y religiosos la alzaran como emblema de fortaleza y rigor.

En Sigüenza, desde luego, figura la existencia de su tradición martirial, de sus reliquias ciertas, y de su devoción popular, desde ese mismo siglo XIII, en que pudo ser traida por el primero de los obispos seguntinos, don Rodrigo, procedente del sur de Francia. Ya que existen dos Bulas papales datadas en los años de 1250 y 1253, otorgadas por el Papa Inocencio IV al obispo seguntino Pedro II, la primera en Aviñón y la segunda en Roma.

Además de ello, y al unísono con una devoción a San Sacerdote que se mantuvo varios siglos en Sigüenza y aún hoy se mantiene en buena parte del mediodía francés, la catedral seguntina mantuvo el recuerdo de la santa aunque sin levantarla monumentos hasta comienzos del siglo XVI en que el obispo Fadrique de Portugal decide ocupar el muro septentrional del ala norte del crucero con un gran retablo dedicado a la Santa y a sus ocho hermanas, que figura talladas en hornacinas, a más del gran retablo de Juan de Soreda mostrando la interpretación del martirio de Librada por decapitación, y no por crucifixión como luego la iconografía más proclamada la ha ido poniendo ante nuestros ojos.

Santa Librada, lo que se esconde detrasEn este sentido de mostrarnos todas las imágenes posibles de Santa Librada es donde el libro de Nieto Jiménez alcanza cotas de excepcionalidad. Son docenas y docenas de figuras, de todo tipo, procedentes de toda Europa (algunas de América) que muestran a Santa librada en diferentes formas y aptitudes. Destacan piezas extraordinarias hasta ahora no reconocidas, como las tallas de Astorga, o de San Miguel de Madrid, una portentosa talla del escultor barroco Luis Salvador Carmona…

Es imposible ni siquiera resumir ideas y datos que Marcos Nieto aporta en este estudio modélico y monumental sobre Santa Librada. Solo me queda invitar a mis lectores a que se hagan con él, y lo lean, u lo analicen, y lo mediten, y lo disfruten en sus imágenes, porque es toda una aventura adentrarse en esta obra magnífica.

El arca de Santa Librada

Uno de los elementos patrimoniales más antiguos que dan testimonio de la existencia de la santa y de su culto, es el arca que se construyó para ser depositaria de sus restos corporales. No se sabe donde se construyó el arca: unos dicen que podría ser italiana, pero es muy posible que se realizara en Sigüenza, o al menos en esta ciudad se ha mostrado siempre, sin que conste su llegada desde otro lugar.

La fecha de su construcción, tal como hoy existe, es de los comienzos del siglo XIV. Aunque debió de reformarse sobre una pieza bastante anterior, tal como muestra el estilo de las figuras que la adornan. La época se concreta en el episcopado de don Simón Girón de Cisneros, porque la tapa del arca va cuajada de su emblema heráldico.

Construida en madera, presenta un revestimiento de plata repujada, y está guardada de tal manera que muy pocas personas han logrado verla. Los datos sobre ella los consigue el autor tras el análisis de la reproducción que en yeso se hizo en 1946 del arca original. En ella se muestran las cuatro paredes, dos de ellas largas, en su frente y espalda, y dos cortas en los extremos, más la tapa, que es a dos aguas, y por tanto muestra amplia iconografía, como el resto de los paneles.

El arca primitivamente estuvo colocada en el interior de una urna de piedra caliza tallada y pintada en la parte central y superior del altar de Santa Librada del brazo norte del crucero de la catedral de Sigüenza, mandado levantar por el obispo don Fadrique de Portugal a inicios del siglo XVI. Y en 1946 se decidió hacer un vaciado de sus estructuras originales, plasmándolo sobre yeso en relieve, reproduciendo en este material la totalidad del arca.

El análisis que Nieto Jiménez hace de la iconografía de esta pieza es realmente interesante, porque cuenta, describe, identifica y trata de emparejar unas figuras con otras. De tal modo que entre ellas señala a los apóstoles (las únicas figuras ciertas) Pedro y Pablo, rodeados de mujeres, jóvenes, santas, con o sin nombre, aunque él piensa que alguna de ellas sería Polixena, una figura de la Antigüedad en la que estaría el origen de Santa Librada. Además hay repetidas figuras episcopales, que lógicamente podrían identificarse con don Simón Girón, y sus escudos, más unas anillas en los extremos bajos del arca que aclaran su función, la de ser transportada sobre los hombros de los devotos, en procesiones de reliquias, antaño muy frecuentes.

Arca de Santa Librada

El autor

Marcos Nieto Jiménez (Madrid, 1960) es Licenciado en Biología, aunque nunca ha ejercido esta profesión. Se formó en los nuevos estudios de programación de sistemas, y en ese tema trabajó hasta la crisis de 1992, entrando a continuación, y por oposición, a trabajar en el Consejo Superior de Seguridad Nuclear, donde sigue su actividad, tanto en Madrid como en otros puntos de España. Terminó por levantar una casa en Sigüenza donde había estado la de sus padres.
Desde muy pequeño, y guiado por su padre, se dedicó a investigar en arte y antigüedades. Recorrió castillos y ruinas buscando sus secretos, consistentes básicamente en pequeños fragmentos de cerámica que coleccionaba y catalogaba rudimentariamente; participó como peón en la excavación de la necrópolis de Prados Redondos y tras ello, colaboró estrechamente con Nuria Morere cuando realizó su inventario arqueológico de la región seguntina, aportándola noticias y acompañándola en los reconocimientos del terreno.
Su afición por la investigación histórica y documental se inicia en 1980, en que con un grupo de colaboradores se dedica a inventariar el patrimonio artístico de la comarca seguntina, con el apoyo del Obispado. Colaboró con don Gerardo López, párroco de San Vicente, inventariando los ex-votos de Barbatona, y se sumió entre los venerables documentos del Archivo Histórico Diocesano, encontrando muchos datos que le han ido sirviendo para elaborar los tres libros que hasta ahora ha firmado: “Las sinagogas de Sigüenza” (1998), “Los cuerpos santos de Medinaceli” (2012) y el más reciente y que aquí comento, “Santa Librada. Lo que se seconde detrás” (2017). Un breve pero denso curriculum a considerar.

El libro

Estos son los datos finales bibliográficos que precisan la obra: Marcos Nieto Jiménez: “Santa Librada. Lo que se esconde detrás”. Aache Ediciones de Guadalajara. 2017. 480 páginas. ISBN 978-84-17022-27-3. P.V.P.: 22 €.

Antonio Ortiz García. Una despedida

Antonio Ortiz GarciaEl pasado 20 de septiembre, y a la edad de 65 años, fallecía quien fuera destacado autor e historiador de nuestra provincia, Antonio Ortiz García, catedrático de Historia en Enseñanzas Medias, durante muchos años, y autor de numerosos libros que nos han abierto puertas al conocimiento de nuestro pasado.

El 13 de junio de 1990, dedicado como todos los trecesdejunio a la festividad de San Antonio de Padua, decidimos presentar juntos y a la limón nuestro libro sobre el Palacio de don Antonio de Mendoza. Hacía mucho calor, como suele hacerlo todos los trecesdejunio, y en el patio de ese palacio alcarreño, que ya por entonces se llamaba Instituto “Liceo Caracense”, nos encontramos un buen número de alcarreños y alcarreñas para evocar nuestros tiempos de alumnos, y para explicar la razón por la que habíamos puesto nuestro saber, escaso pero apasionado, sobre ese palacio en un pequeño libro.

Los protagonistas éramos tres Antonios. Por eso habíamos elegido el día: uno era Antonio Ortiz García. El otro era don Antonio de Mendoza y Luna. El tercero era yo. Nos presentó el delegado (entonces) de Educación en Guadalajara, el profesor Angel Abós Santabárbara. Y lo pasamos estupendamente. Porque las tardes que se dedican a presentar libros suelen ser muy felices para los autores, pasables para los amigos, e insufribles para los que por protocolo no tienen mas remedio que asistir.

Esa fue la primera tarea en la que me embarqué con Antonio Ortiz a trabajar en temas de historia, de arte, de heráldica y patrimonio. Fue un camino largo, frondoso, generoso de encuentros y satisfacciones. Vinieron luego otros libros en común, como el de la “Heráldica Municipal de Guadalajara” en el que yo puse los textos y Ortiz los dibujos, espléndidos, que él realizaba con una maestría pasmosa en ordenador.

Por su cuenta escribió otras cosas que yo ayudé a darle vida a través de ediciones muy cuidadas: su gran “Historia de Guadalajara”, que alcanzó varias ediciones. Su estupenda “Historia de Mandayona” junto a Manuel Rubio. Su estudio sobre los Fueros de Guadalajara. Su recopilación y análisis de las “Relaciones Topográficas de la provincia de Guadalajara” de las que él encontró 18 pueblos más de los que inicialmente había encontrado don Juan Catalina…

Y fueron muchos otros viajes por la provincia, en Sigüenza, en congresos, en actos culturales, en defensas comunes de elementos patrimoniales amenazados, como el sepulcro de doña Brianda de Mendoza, a la que descubrió un día (siendo director del Instituto de Enseñanza Media) despiezada en más de 200 fragmentos, y tuvo que montar un complicado operativo de reconstrucción que al cabo llevó a su posición actual en lo que fuera iglesia de la Piedad.

Todo eso ha venido abajo en un momento. Antonio Ortiz García ha muerto, cuando aún podía haber dado mucho más de su probada capacidad creadora. Y todos cuantos le conocíamos hemos quedado heridos y un poco huérfanos de su saber. De su amistad, ahora perdida, quedará el buen sabor de ratos de conversación, de ideas compartidas, de hallazgos mutuos, de búsqueda de soluciones. Y de su ironía y su especial sentido del humor, de su actitud generosa ante la vida, de su cabal entereza ante los problemas, añorantes de escucharle otra vez y vacíos de su exacta bonhomía.

Resumen apresurado de una vida y una obra

Nacido en Mandayona (Guadalajara), en 1952, falleció en Guadalajara el 20 de septiembre de 2017.

Si una sola frase pudiera contener la definición de Antonio, sería esta: “Historiador y analista del pasado de Guadalajara”, la que mejor le cuadraría.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, desarrolló su carrera profesional como Profesor de Historia de enseñanzas medias, en la categroría de Catedrático, habiendo ejercido en Canarias, Sigüenza y finalmente en el Instituto de Enseñanza  “Liceo Caracense” de Guadalajara, donde fue algunos años director, y donde se jubiló.

Preocupado por la metodología y la práctica de la enseñanza de la historia, desarrolló en sus destinos de Sigüenza y Guadalajara numerosos planes de renovación de esta materia.
Se ocupó en investigar, sobre las fuentes originales, numerosos elementos que conforman la historia de la ciudad de Guadalajara y de los pueblos de su provincia. En ese sentido, una de sus tareas fue la de revisar en profundidad los manuscritos que conforman las “Relaciones Topográficas de Felipe II” en su referencia a Guadalajara, publicando de nuevo ese corpus, con los Aumentos de Juan C. García López, y añadiendo 18 pueblos más que él encontró en su investigación meticulosa. Además fue autor de interesantes obras sobre historia local de Guadalajara, Sigüenza y Mandayona.
Entre sus libros más destacados, todos editados en la editorial alcarreña Aache, debemos mencionar su Historia de Guadalajara, un libro en el que se ofrece entera, de forma didáctica, asequible, y rigurosa, la visión de Guadalajara en su historia, desde sus orígenes hasta nuestros días, con profusa ilustración. Cuanto ha acontecido en nuestra ciudad, desde que en sus alrededores habitaran los iberos, hasta el mandato municipal de Jesús Alique, está minuciosamente relatado por Ortiz.

Cuenta en su haber con el estudio detallado, documental y patrimonial, de una de las claves de la arquitectura renacentista alcarreña, el “Palacio de don Antonio de Mendoza en Guadalajara”, en colaboración conmigo. Además, y esta vez en colaboración con Manuel Rubio Fuentes, escribió y publicó su estudio sobre la “Historia de la Villa de Mandayona”, una perfecta revisión de señores, costumbres, monumentos y anecdotario. En colaboración con otros profesores del Instituto “Liceo Caracense” publicó “Los Fueros de Guadalajara”, en el que analizaba y explicaba de forma divulgativa estos documentos esenciales de la historia de la ciudad, habiendo seguido luego sus investigaciones sobre otros elementos forales de pueblos diversos de la provincia.

Finalmente, el profesor Ortiz García dedicó sus investigaciones y diversas actuaciones didácticas al estudio de la heráldica, cuajando en una gran libro, escrito también en trabjo común conmigo, y titulado “Heráldica Municipal de Guadalajara“, en el que él dedicó un esfuerzo mayúsculo al dibujo con ordenador de los escudos de los pueblos de nuestra provincia, complementado con un gran estudio introductorio de acercamiento a la heráldica como ciencia auxiliar de la historia, y completando un completo catálogo de los escudos que hoy se usan en los municipios de la provincia de Guadalajara, con estudios individualizados y dibujos a todo color.

Fue participante habitual de los Encuentros de Historiadores del Valle del Henares, y colaborador en congresos y simposios que sobre historia y arte de nuestra provincia se organizaron en el pasado.

Y ahora que he tratado de resumir, concisamente, friamente, los trabajos y los libros que Antonio Ortiz escribió y en los que derramó su saber y su entusiasmo, me doy cuenta con mayor crudeza de la pérdida que su muerte supone, para mí seguro, pero también para los muchos amigos y colaboradores con quienes pasó sus años. Para la familia especialmente ha sido dura su última andadura de achaques. Y para cuantos nos supimos abrigados de su amistad, la pérdida de Antonio Ortiz ha sido también un duro golpe. Ojalá que su memoria dure mucho tiempo, porque en ella es donde los hombres resistimos a la muerte. Por mi parte durará hasta que se pierda la mía.

Cervatos, el románico castellano

CervatosEstos días pasados, con mis amigos y amigas de la Asociación Arquivolta, me he movido por las tierras altas de Palencia, visitando edificios, pueblos, y conjuntos que a través de su arquitectura, la mayoría de estilo románico, evocan el tiempo antiguo del Medievo, en el que valores y aspiraciones eran tan distintas de las actuales. Uno de los lugares más espectaculares, que bien merecen una visita, es la colegiata de Cervatos, en la comarca de Campóo, pero comunidad autónoma de Cantabria.

Desde Aguilar, donde nos hemos alojado en la posada del Monasterio de Santa María la Real, hemos viajado por el Alto Campóo, y entre otras maravillas hemos visitado la iglesia románica de Santa Cecilia en Vallespinoso de Aguilar, y el templo de San Salvador de Cantamuda, al pie de la cordillera cantábrica.

Sin embargo, el más interesante de los edificios visitados ha sido esta Colegiata de San Pedro, en Cervatos (Cantabria), que concentra en un espacio reducido una larga y prolija historia, y, sobre todo, una conjunción de arquitectura y escultura que sorprende por la temática espectacular de muchos de sus detalles en capiteles y canecillos.

El monasterio de San Pedro se creó cuando el territorio era plenamente castellano, y su templo fue construido en el primer tercio del siglo XII, viniendo a ser consagrado en 1199 por don Marino, obispo a la sazón de Burgos, a cuya diócesis perteneció varios siglos este enclave.

Por documentos directos e indirectos se sabe que el monasterio de San Pedro llevó vida precaria, aunque la iglesia centró siempre la atención, de monjes y fieles. Es pequeña, de una sola nave en su interior, a la que se suma un presbiterio recto y un ábside semicircular.

En la portada, construida sobre muro saliente, destacan los arcos de la entrada, de trazado semicircular. Y bajo ellos, lo más espectacular es el tímpano, tallado en tres piedras independientes, pero ensambladas, mostrando una densa ornamentación de caladas cenefas y grandes palmetas de estética mudéjar, como una filigrana o celosía oriental, sobre un par de dinteles monolíticos, uno de ellos cuajado de leones enfrentados. En total vemos seis leones, que proporcionan una idea de fuerza, de firmeza espiritual.

Erotismo románico

Lo más interesante, sin duda, de este templo románico de Cervatos, es la decoración de sus capiteles y canecillos. Porque en ellos se muestra una colección de tipos/as y escenas de explícito carácter sexual, en tan gran cantidad que puede ser calificado como el “Khajuraho castellano” (por si algunos no lo saben, el templo de Kandariya Mahadeva, en Khajuraho, en la India, está a su vez considerado como el monumento con mayor carga explícita de sexo tallado del mundo).

Esas imágenes rotundas aparecen en las ventanas del ábside, y en los canecillos que sujetan la cornisa de la misma estructura. En las ventanas del ábside ya aparecen algunos elementos sorprendentes. Por ejemplo, la ventana meridional del ábside, que se compone de una arquivolta rehundida compuesta de tosco baquetón con bezantes, apea en sendos capiteles historiados que muestran dos figuras que sin duda alguna mantienen a su vez una historia propia, muda, de la que ahora solo percibimos la tallada hilaridad de sus posturas.

El capitel del lado oeste, muestra a una dama casada, puesto que lleva toca en su cabeza. Es esta la única prenda textil que la adorna. Sujeta con las manos sus piernas elevadas con los talones a nivel de las orejas, mostrando con decisión el sexo a la figura del capitel vecino. Y en ese segundo capitel, el del lado este, vemos al “amante” o distinguido partícipe de la historia, provisto de un desproporcionado miembro viril, que se echa las manos a la cabeza, realmente asombrado de o que le ocurre… Más de ochocientos años lleva el “pollo” intentando dar el salto de apenas dos palmos que separan ambos capiteles. ¡Qué tensión! En otro ventanal del ábside vuelve a aparecer la pareja, en capiteles enfrentados, y ya tallados con peor calidad.

Luego pasamos a admirar la totalidad del alero que sujeta la cornisa, en el que aparece una sucesión de figuras talladas sobre canecillos que rompen con todo lo imaginado… Desde un jugador de bolos y un carnero, pasando por una pareja –hombre y mujer- mostrando sus órganos genitales con toda generosidad. A continuación un severo personaje con un grueso libro en las manos y después, una mujer pariendo, con la cabecita del niño asomando por sus bajos. Más una grotesca máscara precede a otra realista escena de cópula y a continuación lo que aparenta ser un jabalí. En este caso, la escena de cópula se presenta desde un ángulo inverosímil, ingeniosa e inédita.

Seguimos mirando hacia arriba, hacia los canecillos del ábside de Cervatos. Increíble la variedad y procacidad de lo que se muestra. Además de los canecillos, las metopas. En una de ellas, la gran alegoría de la lujuria: dos serpientes mordiendo los pechos de una mujer que visto lo visto a su alrededor, es escena muy recatada. Y otro individuo rechoncho y fortachón que en su mano levanta una gran bola, intérpreta quizás de un jugador de bolos montañeses.

Y más allá apareciendo incrédulo un ser itifálico de rasgos faciales deformes que se echa las manos a la cabeza, asombrado quuizás de la monstruosidad de su miembro. Hacia la derecha vemos otra dama con los tobillos a la altura de las orejas mostrando sus partes bajas mientras que por encima de ella sobresale una cabecita de alguien que se encarama a sus espaldas. Entre los canecillos aparecen las metopas, en las que predominan los animales, que se animan y hacen lo mismo que los humanos, o sea, reproducirse y disfrutar. Un conjunto escultórico único en España, sorprendente y divertido.

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Escultura medieval en Cervatos

En el interior del templo de Cervatos encontramos una sola nave con bóveda de nervaduras al gusto gótico, rehecha probablemente por desplome de la original. Magnífica es, también, la cabecera del templo. Recordando el templo del interior del castillo de Loarre, aquí nos sorprende una serie de diez arquillos ciegos con bellos capiteles historiados y por encima tres ventanales al modo jaqués. Esos diez arquillos ciegos absidales apean en once capiteles de buena factura que tienen además un valor añadido: están justo frente a nuestros ojos por lo que su contemplación en directo es magnífica. Este es otro de los disfrutes de Cervatos, ver con detalle y parsimonia los capiteles del ábside interior.

El primero de ellos, comenzando por el lado norte junto al vano abierto en el presbiterio que permite acceder a la construcción adosada, muestra dos leones con sus cabezas juntas, bajo las que asoma otra cabecita humana, de tosca hechura. El siguiente capitel muestra un par de aves con sus cabezas vueltas sobre el lomo con los picos juntos. Sobre ellas y en las volutas, aparece un motivo repetido en esta iglesia, la estructura del “oleaje” como líneas onduladas y repetidas, aludiendo al agua, al viaje… sabe Dios a qué aludiendo. Este motivo del oleaje protagoniza el tercer capitel.
En el cuarto, dos serpientes muerden los pechos de una mujer a la que falta la cabeza, en repetida alegoría a la lujuria. Le siguen tres cabecitas y en la cara opuesta del capitel, un San Pedro, titular del templo, portando báculo y llaves. El siguiente muestra entrelazos geométricos. Y el sexto cuatro leones con sus cabecitas juntas en las esquinas, alternando con otras humanas y más oleajes. Que vuelve a mostrarse en el séptimo, el mejor de todos. Alzándose con un protagonismo arcano, entre musical y naturalista, alternativa del mundo al hombre. En los siguientes capiteles se ven elementos vegetales, leones, ajedrezados jaqueses y oleajes.

En todo caso, y como una muestra más de un amplio viaje cuajado de sorpresas, esta visita a la colegiata de San Pedro de Cervatos, en Cantabria, que recomiendo vivamente a mis lectores.

 

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