Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

Dos centenarios muy nuestros: Alvar Gómez de Castro y el Segundo Conde de Tendilla

 

Alvar Gomez de Castro Iñigo Lopez de Mendoza Segundo Conde de Tendilla

Aunque en días como hoy el ambiente está cargado de política y fútbol (en Madrid, además, de toros) y muchos están planeando su escapada de fin de semana aprovechando el buen tiempo, creo que es este momento para recordar cómo en este año 2015 tendremos la oportunidad de recordar a dos paisanos que en este año pasaron por el severo trance: uno de ellos, Alvar Gómez de Castro, por nacer en 1515. Y el otro, más veterano, el segundo conde de Tendilla, por morir en las mismas fechas. Fue el año, también, del nacimiento de Santa Teresa, y eso supone que la fecha redonda del 1515, ahora justamente hace cinco siglos, España se movió un poco.

Alvar Gómez de Castro

Castellano de Santa Olalla, en Toledo, don Alvar Gómez de Castro fue un personaje que a lo largo de su vida dejó larga huella en Guadalajara. Por eso deberíamos considerarlo en esta ocasión como un referente al que aplaudir, en el momento en que se cumplen los cinco siglos de su nacimiento.

Aunque de familia de judeoconversos, su tesón vital le alcanzó altos puestos en la confianza de magnates, poderosos y aún en la misma Corte. Recopilador de la obra de San Isidoro de Sevilla, tras sus estudios en el Colegio de San Ildefonso de Toledo, alcanzó la cátedra de Griego en la Universidad de Alcalá, en la que fue tenido siempre como un puntal del humanismo que en ella se fraguó. Él, sin embargo, siempre guardó una admiración sin límites a la figura del fundador de esta Escuela de Sabiduría, don Francisco Ximénez de Cisneros, muerto cuando nuestro autor solo contaba dos añitos de edad.

Conocido en los cenáculos renacenistas como “el eulaliense”, tiró más hacia el Henares que hacia el Tajo, y así descolló con luz propia en la ciudad de Alcalá, en la que fue profesor, consejero y respetado erudito, al tiempo que los duques del Infantado, especialmente el cuarto, don Iñigo López de Mendoza, creador de su corte humanista a la que ya entonces se le dio el nombre de “Atenas Alcarreña”, le tuvieron por maestro y referente en todo lo que fuera cultura libresca y sabiduría clásica.

El académico Francisco de Borja San Román, que publicó en 1928 el testamento de Alvar Gómez, decía de él: “De los humanistas españoles del siglo XVI es, acaso, Alvar Gómez de Castro, sino de los más olvidados, sí de los menos conocidos. Copiosas referencias a su saber y erudición se encuentran en los escritos de sus contemporáneos, y también menudean las citas y los elogios a tan ilustre toledano en las monografía modernas tocantes a la cultura en aquel siglo”. Marcel Bataillon en su clásico Erasmo y España le cita continuamente, y uno de los mejores estudios biográficos sobre el personaje lo ha aportado recientemente, hace unos diez años, la profesora Carmen Vaquero Serrano, con su libro El maestro Alvar Gómez: biografía y prosa inédita.

El único retrato que nos queda (absolutamente idealizado) se debe a Dionisio Santiago Palomares, en la serie que pintó de “toledanos ilustres” por encargo del obispo Lorenzana y que hoy se muestra en la galería aneja a la Sala Borbón Lorenzana en el Alcázar Real de Toledo, concretamente en las dependencias de su Biblioteca Regional.

No acabaríamos si nos pusiéramos a relacionar aquí todos sus escritos. Latinista y epigrafista, investigador y arqueólogo, todos le tuvieron por un escritor brillante y culto, que se manejaba mejor en latín que en la lengua vulgar. Su obra más conocida, publicada originalmente en Alcalá, en 1569, con el título De rebus gestis a Francisco Ximeno Cisnerio, fue reimpresa muchas veces en Europa, donde fue apreciada en los ambientes humanistas como un modelo de historia clásica. Sin embargo, pronto fue traducida, por un alcarreño precisamente, por Domingo Rodríguez, que obtuvo grado de doctor en Medicina por la Universidad del Henares, y aportó su importante tarea al «corpus» bibliográfico de la institución. El interés de la Universidad porque tal obra llegara ampliamente a todos los públicos, llevó a sus dirigentes a encargar su traducción al castellano. Y fue este Domingo Rodríguez ‑natural de Guadalajara según nos dice Francisco de Torres en su historia de nuestra ciudad‑ médico, y poeta en ocasiones, versado en latines y elegante en el decir del idioma, quien dio remate a esta obra. Era ya el último tercio del siglo XVI. José Oroz Reta, en 1984, volvió a traducirla directamente desde el latín, publicándola como De las hazañas de Francisco Jiménez de Cisneros.

El interés especial que para nosotros tiene Alvar Gómez de Castro es haber pertenecido a la brillante corte humanista del cuarto duque del Infantado don Iñigo López de Mendoza. Este gran escritor dedicó al duque, en prueba de afecto y agradecimiento, varias de sus mejores obras. Así, sus “Cartas de Marco Bruto”, traducidas del griego en romance, y sus “Obras de Epicteto” traducidas de la versión latina del Policiano. Refería Gómez de Castro a su amigo Juan de Vergara que en muchas ocasiones entablaba largas conversaciones con el duque sobre asuntos literarios e históricos, y en diversos momentos le califica de “príncipe sapientísimo”. Muy posiblemente fue él quien le gestionó al duque la impresión de su obra Memorial de Cosas Notables, trayendo desde Alcalá de Henares al palacio del Infantado a los impresores Robles y Comellas con toda su maquinaria, para imprimir el primer libro que vió nacer la ciudad de Guadalajara.

En uno de mis últimos libros, Arte y Humanismo en Guadalajara (Aache, 2013), en el que estudio el conjunto de las pinturas de las salas bajas del palacio mendocino de nuestra ciudad, sugiero la posibilidad, -muy alta- de que fuera Gómez de Castro quien elaborara completo el programa iconográfico que luego Rómulo Cincinato llevaría a la realidad y al color con sus pinturas. Ya había intervenido el sabio toledano en un par de temas similares en el valle del Henares: levantando el arco “Publica Laetitia” para el recibimiento del Cardenal Silíceo en su ciudad de Alcalá, y el también efímero arco que se levantó delante de la Puerta del Mercado, en Guadalajara, para recibir en 1560 a la reina Isabel de Valois, cuando acudió a nuestra ciudad a casarse con el rey Felipe II. Poco después, Gómez de Castro publicó el opúsculo Recebimiento que la imperial ciudad de Toledo hizo a la magestad de la reina nuestra señora doña Isabel cuando de forma similar fue recibida en la ciudad del Tajo.

 

El segundo conde de Tendilla

A don Íñigo López de Mendoza (Guadalajara, 1440 – Granada, 1515) se le conoce como “El Gran Tendilla”, porque el título que tuvo por herencia, y que era el segundo de la serie, fue el que siempre prefirió y al que dio lustre. Además era primer marqués de Mondéjar, habiendo en lo político y militar alcanzado el puesto de Alcaide de la fortaleza de la Alhambra, y primer capitán general del nuevo reino de Granada.

Íñigo López de Mendoza y Quiñones fue hijo de Íñigo López de Mendoza y Figueroa y nieto de Iñigo López de Mendoza de la Vega, primer marqués de Santillana. Gente poderosa y acaudalada, protagonistas de la política de Castilla en la segunda mitad del siglo XV, en los reinados de Juan II, Enrique IV y los Reyes Católicos. Nuestro personaje, tras alcanzar el título de marqués de Mondéjar (1512) concedido por su protector y amigo Fernando de Aragón, viudo ya de la reina Isabel de Castilla, dejaría que fuera su descendencia quienes alcanzaran la consideración de “Grandes de España” por concesión del emperador Carlos.

Todos ellos sirvieron en Granada, como alcaides de la fortaleza y capitanes generales del reino, siendo los encargados de velar por el orden en aquél territorio que se manifestó tan coflictivo, por causa de los moriscos, durante todo el siglo XVI.

El segundo conde fue hombre ilustrado, político de altura y protector de las artes. De la primera faceta ha quedado constancia en su notable relación epistolar (se han conservado un conjunto de 5.000 cartas, hoy publicadas), con gentes de categoría como Pedro Mártir de Anglería y el propio Rey Fernando, y con sus administradores y consejeros. Dióse a la poesía también, y en el “Cancionero General” de Hernando del Castillo (Toledo, 1520) aparecen cuatro breve composiciones por él escritas.

En el panorama político de la Castilla de la segunda mitad del siglo XV, López de Mendoza descuella como acompañante de su padre, en 1459, en la embajada que mandó el rey Enrique IV al Concilio de Mantua, y en las batallas contra el reino de Portugal, y en la toma de Madrid a favor de la princesa Isabel siempre se le encuentra.

Guerrero fue de los más destacados de la corte castellano-aragonesa en los años cruciales de la reconquista de Granada. Protegido por su tío el Gran Cardenal don Pedro de Mendoza, de él tomó la cultura y el amor a las artes, a la protección de los sabios y escritores, al coleccionismo y a las ganas de construir edificios movedosos.

En ese capítulo de protector de las Bellas Artes, destaca don Iñigo López de Mendoza como constructor de dos importantes monasterios: el de Santa Ana para jerónimos, en Tendilla, y el de San Antonio para franciscanos, en Mondéjar. En su viaje a Italia como embajador de los Reyes Católicos, a partir de 1486, se empapó de los modos constructivos y ornamentales de la península itálica, y allí llevó al arquitecto Lorenzo Vázquez de Segovia quien sería luego, de su mano y de la de su tío el Gran Cardenal, introductor del Renacimiento en Castilla.

Estando en el Vaticano, luciendo como un gran magnate hispano, el Papa Inocencio VIII le concedió algunos privilegios para fundar hospitales y recibir rentas en Tendilla, concediéndole entonces la divisa de la “Buena Guia” que pondría a partir de entonces en los emblemas heráldicos de su linaje. El Papa le regaló, además, un precioso estoque por considerarle “defensor de la Cristiandad”. Atribuido al orfebre romano Giacomo Magnolino, quedó siempre en su familia, pero perdióse en el siglo XVII, y apareció en el XIX en el mercado de arte, comprándola para su colección Lázaro Galdiano, quien la puso en su Museo de la Calle Serrano como una de las piezas más espléndidas del Renacimiento.

Los años de la toma de Granada los vivió intensamente junto al resto del ejército mendocino, codo con codo con la armada castellana. Dicen que en enero de 1492, fue don Iñigo el primero en escalar a la torre más alta de la Alhambra y poner en sus almenas el pendón de Castilla. De ahí que los Reyes le nombraran de inmediato Alcaide de la fortaleza y enseguida Capitán general del nuevo Reino de Granada.

En Guadalajara, aparte de haber nacido y vivido su infancia, nos dejó (hoy ya en lamentable ruina, tras siglos de abandono) los monasterios de Santa Ana en Tendilla y San Francisco en Mondéjar, primores del nuevo arte renacentista.

A su muerte, ocurrida en la ciudad del Darro, sus restos fueron depositados en el monasterio de San Francisco que él había mandado construir en el recinto de la Alhambra (donde hoy está el Parador Nacional), pero el abandono del convento durante el siglo XIX propició la dispersión de todo su contenido, y hoy no queda huella de su tumba. No sabemos, pues, donde quedaron sus huesos, o sus cenizas, perdidas de seguro en el viento.

Podrían escribirse muchas más líneas para recordar a este ilustre paisano. Fue Helen Nader quien mejor trazó su semblanza en el volumen sexto de la “Historia de Andalucía” editada por la Fundación José Manuel de Lara en 2006. Ella escribe el gran capítulo “Un noble renacentista en Andalucía: el conde de Tendilla” y también es de resaltar la biografía que en 2003 le dedicó Juan Manuel Martín García, amén de los escritos que a su propósito le dedicó el alcarreño José Luis García de Paz. Ni que decir tiene que también el Cronista Layna Serrano, en su segundo tomo de la “Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI” le dedicó muchísimas páginas.

Este próximo otoño, la ciudad de Granada le va a dedicar un gran Congreso de estudiosos e investigadores, entre el 5 y el 7 de Noviembre. Con este congreso se pretende revisar, desde un perspectiva multidisciplinar, el papel que desempeñó don Íñigo López de Mendoza, en una coyuntura histórica muy convulsa, como fueron los años que siguieron a la conquista del emirato nazarí. Su papel de político, guerrero, humanista y protector de las artes seguro que dará para muchos nuevos estudios.

No estaría de más que en Guadalajara se recordara, de algún modo, estos aniversarios tan redondos, los de estos dos personajes que, cada uno a su modo, contribuyeron a forjar “el alma de la ciudad”.

Méritos y deméritos de una ciudad dubitativa

Villaflores_Ermita_Patrimonio_de_Guadalajara_141122

Estado actual de la ermita del poblado de Villaflores en el municipio de Guadalajara.

En los días de reflexión que preceden a la esperada fecha de las elecciones locales, la posibilidad de elegir representantes se nos antoja como un ideal en el que los ciudadanos debemos poner lo más difícil del envite: elegir bien. El pueblo nunca se equivoca, lo tengo por cierto, y de nuestra ciudad hay un buen plantel, este año, donde escoger. Mientras sigamos condenados al sistema de listas cerradas, lo más difícil es elegir el grupo que nos representará en los siguientes cuatro años.

En materia cultural, y de patrimonio, son muy pocas las propuestas que se han hecho para estos comicios. La mayoría, son entelequias imposibles de cumplir. Y algunas, más lógicas y positivas, necesitarán en todo caso de la voluntad permanente de quienes las asuman como compromisos.

Estamos en este inicio del siglo XXI como ante una encrucijada de caminos. Y quienes nos dirigen, o aspiran a hacerlo, no parecen saber muy bien qué camino tomar, porque antiguos caminos se cerraron y otros no se encuentran bien trazados todavía.

En anteriores campañas se prometieron acciones culturales que no se llegaron a cumplir, y otras sin embargo se llevaron a cabo sin previamente haberlas anunciado. En cualquier caso, este es un buen momento para recapitular sobre los brillos y las sombras de nuestro patrimonio, de nuestro acervo cultural local, de las esencias que deberían mantenerse para que no se caiga en la idoloatría de lo moderno y se olvide el enraizado sostén de nuestra historia.

Cosas que se hicieron bien

No es por casualidad que las elecciones locales se celebren siempre en primavera. Los manuales que usan los que saben a lo que van, dicen que esa es la mejor época porque luce la ciudad en sus parques, en sus cielos, en sus perspectivas amables.

Si me lanzo a pasear por las Cruces me encuentro con que el paseo está, más o menos, como hace 10 años, pero tampoco necesitaba de mejoras. Se ha ido a lo seguro, a dejarlo bien, transitable, humano. Sin embargo, la acción sobre una vía antigua y con raigambre, la llamada Calle de Barrionuevo (alta y baja) que luego fue llamada de Ingeniero Mariño y Ramón y Cajal, a principios del pasado siglo, ha sido tratada con buena disposición, con aceras más amplias, con lucimiento de ángulos y esquinas, consiguiendo una amabilidad indudable, aunque haya tenido sus puntos oscuros, como el cerramiento total del ámbito frente a Santa María que ocupó en siglos atrás el gran palacio renacentista del Cardenal Mendoza, y que debería haber sido estudiado (excavado) más a fondo (aunque en el fondo sigue, eso es seguro, esperando otra oportunidad). Y los árboles que se han plantado delante del Convento de San José, que dentro de otros diez años taparán por completo su perspectiva.

Al llamado “Eje Cultural” no se le pueden poner –casi– peros, porque ha mejorado una zona de la ciudad que estaba claramente olvidada y degradada. Sigue teniendo demasiados solares que se desangran por sus muros, pero eso está en otro contexto, en el de una ciudad que ha crecido, que sigue creciendo, por otros horizontes. Y eso es muy difícil de reconducirlo.

Las ruinas de San Gil se explicaron en color y formas, aunque siguen estando condicionadas por la agresiva presencia del “Edificio Negro” al que yo no veo otro porvenir lógico que su derribo y su transformación en una edificación acorde con la arquitectura tradicional de la ciudad. Tras siglos de agresiones, hoy se hace difícil definir cual sea la “arquitectura tradicional” de Guadalajara. Pero seguro que no es la que vemos en el “Edificio Negro” al que se plantea un cambio de color y un aplique de jardín vertical, utilizado en algunas ciudades y edificios contemporáneos, pero que ahí tampoco creo que sea razonable colocar.

Se restauró perfectamente San Francisco, y la cripta de los Mendoza. Ahí ha recuperado Guadalajara buena parte de su memoria, y sin duda que quienes lo visitan, cada vez más viajeros lo hacen, se admiran de lo que aquello fue y de lo bien que se ha recuperado.

En otros pequeños detalles, ámbitos como el Paseo de la Concordia, San Roque, el del antiguo Ferial, el nuevo que se está completando junto a la Cárcel, continuación del de San Juan Bosco, dinamizan la ciudad en esos pulmones que siempre parecen pocos, que deberían estar rodeándonos y conteniéndonos siempre: los parques y jardines. Sigue siendo Guadalajara una ciudad ajardinada, y ese es mérito de los Ayuntamientos que han sabido cuidarla, porque esos ámbitos son útiles para todos los ciudadanos, sin excepción.

Una estatua creció en los nuevos barrios, la de San Juan Pablo primero. Aparte del significado estrictamente católico que tiene la imagen, yo siempre aplaudo la colocación de estatuas, de monolitos, de placas que nos recuerden cosas, gentes, voluntades, efemérides…

El Museo Francisco Sobrino, recién inaugurado, ha venido a recuperar un viejo edificio a punto de hundirse, y se ha hecho con gran dignidad, con belleza, con una gran fuerza de voluntad, al menos en lo que se refiere al contenido, a su disposición y a sus materiales. Pedro J. Pradillo, técnico de Patrimonio del Ayuntamiento, ha puesto toda su imaginación y capacidad en transformar aquellas naves vacías en un Museo de verdad, a pesar de que la obra escultórica (la esencia de Sobrino) solo podemos verla en fotografías.

Y otra recuperación sonada y aplaudida es la del “Centro de Familia” del barrio de los Manantiales, que ha puesto en valor una ruina de larga evolución, la del Cuartel del Henares, edificado de 1920,y que sirvió como almacén y lugar de actividades del Servicio de Aerostación español.

Cosas que se hicieron mal

El abandono es a veces peor que el maltrato. Hay lugares donde se juntan las dos calamidades: uno es la antigua Fábrica de Automóviles “Hispano-Suiza” de la que mejor es no hablar. Mejor ni acordarse ya de eso. Aunque, a pesar de todo, algunos nos acordamos siempre.

Otro es el edificio del Laboratorio de los Ingleses, uno de los últimos reductos de la arquitectura industrial de la Ilustración, que sigue en pie de milagro, aunque ya está sentenciado.

Y el tercero, el que más me duele, es el espacio de Villaflores, término de Guadalajara. Uno de los espacios (propiedad de la ciudad, gestionado por la corporación Municipal) en los que el olvido (de los propietarios) se ha aliado con el maltrato (de los intocables) consiguiendo una perspectiva difícil de explicar en pocas líneas. Hace ya años (por ejemplo, en febrero de 1980, y en estas mismas páginas) ya advertí de lo que podía allí sobrevenir, dando ideas de cómo el Ayuntamiento podría actuar para recuperar un hermoso lugar del entorno ciudadano. Ni en el peor de mis sueños hubiera imaginado que aquello llegara a lo que ha llegado. Hace poco nás de un mes se declaró, por parte de la Junta de Comunidades, Bien de Interés Cultural, y hace unas semanas, pocos días antes de la campaña electoral, el Ayuntamiento ha dicho que va a convocar un concurso de ideas para recuperar y dar uso al “Poblado de Villaflores”. Llega tarde, muy tarde: porque aquello está destruido, masacrado, aniquilado salvajamente y en la más absoluta impunidad. Habrá que construirlo de nuevo, y no inventárselo porque aún quedan fotografías que unos y otros hemos ido haciendo de aquel entorno mágico, joya que debiera haber sido de Guadalajara. Ese palomar (por solo mencionar el edificio más llamativo del conjunto) que hace ahora un siglo diseñara el arquitecto Velázquez Bosco y pagara la duquesa de Sevillano, está a punto de caerse. Hace ya años le creció una higuera en lo alto. Y las raíces de las higueras son bombas de relojería, destrozan todo lo que tocan. Aparte de las pintadas multicolores a las que, una capa sobre otra, se le ha sometido al monumento en los últimos decenios.

Voces diversas se han ido alzando para demandar protección sobre ese entorno. Ya es tarde, pero algo se podrá hacer, porque de seguir mano sobre mano, aquello terminará por desaparecer del mapa. La mayoría de las voces eran de poetas, de soñadores, de gentes de confusa filiación a las que tampoco se les ha dado mayor importancia.

Cosas que no se hicieron

Uno de los elementos que ha figurado repetidamente, con gallarda firmeza de bandera, en los programas electorales de uno y otro partido, ha sido la instalación de un “Museo de Historia de la ciudad”, en el sentido en que ya lo tienen la mayoría de las capitales de provincia españolas, las grandes (y medianas) ciudades de la Comunidad Europea, y aún muchas otras de todos los continentes.

En el año 2010, con motivo del 550 aniversario del nombramiento de Guadalajara como ciudad, pareció que el tema iba a arrancar definitvamente. Se montó una extraordinaria exposición con los materiales que han ido poco a poco adquiriéndose y recuperándose; se editó una catálogo magnífico, titulado “Guadalajara, historia de la ciudad, 1460-2010”, todo ello comisariado por el doctor en Historia don Pedro J. Pradillo y Esteban, y al final se llevó todo a unas habitaciones en el sótano del CMI “Eduardo Guitián” al otro lado del barranco del Alamín, donde algunas veces se abre a visitas guiadas previamente concertadas con grupos. Cualquier parecido con un “Museo de Historia de la Ciudad” es pura casualidad. El Ayuntamiento actual, en su exitosa campaña electoral de 2011, volvió a prometer la construcción del referido museo.

Tampoco voy a insistir de nuevo en lo que debería ser, cómo debería estructurarse, donde podría instalarse. Porque ya lo he propuesto otras veces (por ejemplo, en estas páginas, en septiembre de 2004, septiembre de 1997, mayo de 1992, octubre de 1990) y porque el Ayuntamiento dispone de personal propio para realizar esta tarea. Lo que sin duda le falta, le ha faltado hasta ahora, es la voluntad clara y decidida (la determinación, como dicen los que saben de grandes batallas) de hacer ese Museo de Historia de la Ciudad. Tendría su utilidad clara, y su público. Ayudaría mucho a los vecinos a conocerse mejor, su pasado, sus fechas y emblemas, sus razones de ser..

Y acabo pidiendo perdón por atreverme a opinar de estas cosas, que ya sé que tienen mejores pensadores dándole vueltas día y noche. Pero es que siempre que puedo, -quizás esta de una nueva campaña electoral sea buena ocasión de repetirlo- apoyo la idea de cuidar al máximo nuestro patrimonio heredado, de evitar su destrucción, deterioro, abandono, mixtificación… de hacer que chicos y grandes conozcan con seriedad las páginas de nuestra historia, y abrir el camino de una mejor conciencia colectiva hacia lo que no deja de ser una “raíz social” que el día que se seque moriremos todos.

Todo esto puede sonar a demasiado conservador, a un poco-bastante carca, pero como hasta ahora he tenido la suerte de moverme con bastante amplitud por el mundo, puedo decir que esta protección a las esencias del pasado local están mantenidas con pulcritud, y hasta con entusiasmo, en lugares tan varios como… bueno, no es este lugar para presumir de viajes, pero sí de insistir en ello. Si no se hace, en muchos sitios se van a reir de nosotros.

Este año no hay Feria del Libro

FeriaLibro2015dHoy hubiera sido uno de los varios días, luminosos y rientes, de la Feria del Libro de Primavera de Guadalajara. Polémicas y declaraciones, cartas y reuniones, malentendidos y al final una incuestionable falta de voluntad política, la decisión final sobre la Feria se ha sentenciado: el 2015 se queda sin ella.

Y así de sencillo ha sido el tema. El Ayuntamiento de Guadalajara, su equipo de gobierno, ha decidido finalmente no celebrar la Feria del Libro. Empeñado el Equipo de Gobierno en ponerla en la Plaza Mayor, finalmente no se ha celebrado. Los libreros, y la mayoría de la población según se ha manifestado en una amplia encuesta, la prefieren en La Concordia. Pero esa voluntad popular, claramente manifestada, no se ha escuchado.

En estos días que la Feria hubiera ocupado, con sus casetas, recitales, presentaciones y firmas de famosos, los umbríos laterales del paseo de entrada a la Concordia, entre otros muchos se hubieran presentado a los lectores, que de en año en año esperan novedades, algunos libros que considero de interés comentar aquí.

Uno con la historia de un pueblo cercano, Aldeanueva de Guadalajara, cuyo templo parroquial es ejemplo extraordinario del románico mudéjar; otro sobre Huertapelayo, el pueblecito del Alto Tajo que guarda sorpresas de Naturaleza en todos sus rincones. Otro aún sobre cocina (la de los dulces tradicionales) guadalajareña, y finalmente el esperado libro sobre “La Concordia”, que hubiera encontrado su lugar natural para su presentación.

De Aldeanueva de Guadalajara puedo decir que, finalmente, el libro se presentó el pasado viernes 1º de mayo en el propio pueblo. En el local de “El Granero”, y que sirvió para amenizar una tarde de primavera en la cercana población.

El libro ha sido escrito por el abogado don Mariano Rueda Juan, autor de otras historias locales, y persona que sabe moverse en archivos y largas relaciones antiguas. Una de ellas, que protagoniza entero un capítulo de la obra, hace alusión al pleito que durante el siglo XVIII enfrentó a las poblaciones de Atanzón y Aldeanueva por el uso y aprovechamiento de los terrenos que antiguamente formaron el ya extinguido pueblo de Centenera de Suso (del que hoy quedan evidentes ruinas en lo alto de la orilla izquierda del arroyo Matayeguas, y al que se llama popularmente San Marcos), y que la sentencia final, dictada en la Real Chancillería de Valladolid, en 1754, decía que “FALLAMOS atento a los autos y méritos del proceso de este dicho pleito y causa que habemos de declarar y declaramos por propio y privativo de dicha villa, Concejo y vecinos de Aldeanueva, el término despoblado de San Marcos según se demarca y deslinda en el mapa y vista ocular ejecutada en este pleito”.

De Aldeanueva hablan largo y tendido muchos viejos documentos: las Relaciones Topográficas, el Catastro de la Ensenada, los papeles de la Desamortización… En 1845, el diccionario del ministro Madoz da una definición muy certera. Y entre otras muchas cosas dice que “Tiene 84 casas de un solo piso. Combatido de todos los aires, porque no tiene ninguna altura que le domine en muchas leguas; de clima, sano y frío, las enfermedades que se sufren son agudas”. O sea, que no se andaban con problemas crónicos: todos vivían sanos hasta que les llegaba el momento, de golpe.

Hablando de enfermedades, es muy sustanciosa la relación que Rueda Juan nos da de la epidemis de gripe de 1918 en Aldeanueva. Una trifulca considerable entre el alcalde y las otras fuerzas vivas (médico y párroco) se sustanció en las páginas del “Flores y Abejas” que entonces tuvo de muchas cosas que ocuparse, por motivo de aquella peste que se llevó a cientos de miles de españoles.

El libro sobre Aldeanueva acaba con un capítulo espectacular, el referido a su iglesia parroquial. En él se habla de la arquitectura románica en la que está construido el templo, con sus formas solemnes, medievales, y sus materiales espléndidos, la piedra y el ladrillo. Además toca otros elementos patrimoniales, como el Vía Crucis de piedra granítica que va de la iglesia a la ermita de la Soledad: uno de los pocos ejemplos completos de estos itinerarios píos que quedan en la provincia.

De Huertapelayo, decir que también se lució el libro en el pasado Día de Sant Jordi en la Rambla de Badalona. La autora de “Historias y Leyendas de Huertapelayo”, la escritora Marta Embid Ruiz, hubiera asistido a esta presentación en la capital de la Alcarria, aunque se reserva su papel para este próximo verano, en el lugar acorde con el título.

Este libro, de estructura limpia y clara, nos transmite las esencias de un pequeño pueblo serrano. La geografía nos habla de sus montes, altitudes, clima, flora y fauna. La prehistoria, de sus habitadores primeros, celtíberos por supuesto, y de sus huellas más o menos visibles. El patrimonio, muy reducido a la iglesia y algunas construcciones típicas, nos muestra los brillantes colores del altar barroco de su pequeña iglesia. La Naturaleza se alarga a mostrar paisajes, picachos, cascadas, puentes y fuentes, excursiones posibles… y finalmente los capítulos, entrañables y cordiales, que nos desgranan las leyendas que cuentan en el pueblo, las historias de emigrantes, las tareas de los pinares, los remedios caseros, y un largo etcétera de curiosas noticias sobre el tejido rural y tierno de un pueblo que existe de milagro, porque en Huertapelayo, que por la forma de desarrollarse España en los años 60 del pasado siglo hubiera llegado a desaparecer sin duda, hoy es un lugar de mítica peregrinación, un lugar al que apetece ir, y más después de pasear la vista por las páginas escritas y los grabados coloristas de este libro que Marta Embid ha cuidado tanto, y con él ha conseguido tan excelente resultado.

Del Recetario del Dulce Artesano en Guadalajara, también quiero sumar la noticia de que ha sido ya presentado en la propia Diputación Provincial, patrocinadora de la publicación, el pasado Día del Libro, 23 de abril. Con la asistencia de la Presidenta Ana Guarinos, y de los hijos del autor, Milagros y Antonio Ferrero, que supieron conservar y dar forma de libro a las innumerables recetas que su padre, desde el obrador de la Confitería Villalba, supo crear para recreo de los paladares alcarreños…

El libro, vistoso y atrayente por sus cientos de fotos, su color y sus claras ofertas de dulces a través de recetas, muestra la obra de Antonio Ferrero Boya (1921-2005) artesano del dulce, siempre reconocido por su aportación a la artesanía del dulce en Guadalajara, siendo sus especialidades más notables los famosos “feos”, las pastas de almendra, las pastas de piñones, el turrón de yema, los merengues de café, el huevo hilado, los bizcochos borrachos, las trenzas de hojaldre y el roscón de Reyes. De su vida sencilla y laboriosa poco puede decirse que no tenga que ver con los obradores de las pastelerías.

Para cuantos de jóvenes nos acercamos muchas veces a los escaparates de la confitería Villalba, en la calle mayor de Guadalajara, y sentíamos cómo se nos hacía la boca agua al ver aquellas golosinas maravillosas que endulzaban las tardes infantiles (los feos, los hojaldres dulces, los merengues de café, las pastas de piñones…) es ahora emocionante comprobar que todas se han reunido, escritas y fotografiadas, en este libro que es como un tesoro precioso, como un pasaporte a la infancia, y como un legado generoso del que el autor quiso que nos apropiáramos todos. Sus hijos Antonio y Milagros han sabido recoger aquel deseo de su padre, y han conectado con la sociedad no solamente rehaciendo aquellas suculentas nimiedades, sino recogiendo en este libro tan cuidado los afanes de Antonio Ferrero.

Al final, mencionar otro libro que hubiera tenido seguro su cabida en esta Feria nonata. La historia del Paseo de la Concordia, “el corazón verde de Guadalajara”, una deliciosa crónica escrita por Pedro J. Pradillo, de la que daré noticia en breve, porque va a ser presentado, en todo caso, muy pronto, aunque ya pasadas las elecciones. Un libro que será clave en el conocimiento de la ciudad, de su intrahistoria, de sus gentes, de sus costumbres, de sus mínimas alegrías y de sus sobrepasadas tristezas.

La historia de este Paseo de la Concordia, que al no poder ser presentado en ese ámbito natural y lógico, como era la propia Concordia, (y así se pensó hacer desde el momento en que cuantos nos pusimos a trabajar en su plasmación lo habíamos pensado) es una sucesión de visiones urbanísticas de distintas épocas.

Libro de historia, de arte y de costumbres, la obra de Pradillo rescata la memoria de un pueblo, y lo hace con sencillez, llaneza, aire divulgativo, estilo accesible a todos. Consta de dos partes: en la primera, y a través de diversos capítulos, por épocas, nos cuenta por qué, cuando y quién hizo el Paseo, las sucesivas reformas, añadidos, proyectos… reuniones, actos, concentraciones. En fin, una visión documental, y muy precisa, complementada con fotografías a todo color, y con una segunda parte en la que el autor rescata de periódicos locales muchas noticias referentes a la Concordia, algunas verdaderamente curiosas, otras hilarantes y todas destinadas a quedarse en el corazón de los alcarreños que aman su ciudad y la viven.

En esta ocasión, en este 2015 que está resultando tan raro, al menos en lo que se refiere a la promoción de la cultura en Guadalajara, la fallida Feria del Libro no va a evitar que los libros corran, de mano en mano, y que las gentes vayan, estos días de espléndida primavera, a comentarlos, a añorarlos incluso, entre los bancos y las avenidas floridas de esta Concordia que en esta ocasión se ha quedado un poco triste, por haberse quedado sin su Feria del Libro de Primavera.

Cuevas y eremitorios de la sierra de Atienza

Aspecto del interior de la Cueva "La Cárcel" en Alcolea de las Peñas (Guadalajara), una muestra espectacular de eremitorio visigótico.

Aspecto del interior de la Cueva “La Cárcel” en Alcolea de las Peñas (Guadalajara), una muestra espectacular de eremitorio visigótico.

Hoy me entretengo en rememorar algunos viajes de juventud, hechos hace más de 40 años, por las serranías atencinas. Y valorar, con más serenidad ahora, lo entonces descubierto, que no fueron sino un conjunto de cuevas, de alojamientos en la roca, de curiosas formaciones, que –lo reconozco- primero atribuí a épocas prehistóricas, a los celtíberos de la zona, en torno al cogollo importante de Tiermes, pero que luego, analizando unas y otras cosas por la provincia, y ligando sus significados (Pastrana, Valdearenas, Hita, Jadraque…) llego a la conclusión de que fueron cosas hechas en la Alta Edad Media, en torno al siglo VI cuando los visigodos la poblaban, que tampoco está nada mal, en punto a antigüedad, pero con otro sentido, no guerrero o pervivencial, sino religioso, eremítico puro.

Las cuevas de Ujados

El territorio de esta parte de la sierra atencina, una ancha franja que cubre los territorios de Ujados, Hijes y Albendiego, tiene formaciones de época triásica que se desarrollan en lastras de poca altura y valles secos. En esas líneas rocosas muy roijizas en su aspecto, y de suave trato con el pico, se fueron excavando cuevas aquí y allá, y hoy las encontramos casi intactas, con su mudo mensaje de siglos muy antiguos.

Bajando desde Ujados, la primera que nos encontramos es la Cueva de la Peña Gorda. Presenta dos entradas pero un solo seno, muy amplio, de unos 2 x 3 mts. Con una pequeña oquedad al centro del muro como si fuera una alacena o lugar para guardar una imagen.

La Cueva de la Puentecilla es una de las más curiosas, está situada a unos 800 mts al este de la Cueva de la Peña Gorda. Según vemos en el croquis adjunto, tiene una disposición sumamente curiosa e inédita, pues tras la entrada estrecha va presentando habitaciones horizontales al exterior, que se comunican con otros similares más interiores, pero desarrollando una planta en zigzag. El pasillo tiene un metro de ancho, y la altura no supera el metro y medio.

Como todas las anteriores, orientada su entrada al sur, a continuación visitamos la Cueva del Tío Grillos, que tiene una breve escalinata de acceso tallada en la roca, ante ella. Muy amplia, alargada, a través de un estrecho pasadizo se llega al último seno, de planta circular, como un cub personalmente en 1972 Ujados, que fueron las que visitlada en la roca, ante ella.a Cueva del T altura no supera el metro y mediículo individual. De esta cueva sí que puede decirse, sin duda, que es uno de los ejemplos más llamativos del complejo de eremitorios altomedievales de la serranía atencina. Mientras que la sala principal por donde se accede a la cueva es un lugar de habitación, con dos nichos mortuorios que al eremita quizás le recuerdan la seguridad del morir, el espacio al que se llega a través de estrecho pasadizo, más reducido, cuadrado, es quizás una capilla, un lugar sagrado donde se recogen reliquias, una imagen, etc o bien quiso ser también espacio funerario. Daza nos da una datación muy ancha para este lugar (y por supuesto para el resto de cuevas eremitorios de Ujados): entre los siglos VI al XI pudo estar ocupado.

La cuarta y última de las cuevas de Ujados, que fueron las que visité personalmente en 1972, es la Cueva de Mingolario, que está como a unos 50 mts. de la margen izquierda del arroyo Pajares. Esta cueva aparece tallada en un alto montículo de arenisca, y actualmente presenta dos entradas, porque probablemente el espacio que había entre el exterior y la cueva, muy fino, ha debido deshacerse con la erosión de los últimos diez siglos… en su origen tuvo una sola entrada que accedía a un espacio bastante grande. Unos tres metros por debajo, en la pared de la roca se abre una oquedad de bordes muy bien cortados y definidos  y que realmente es un nicho, una sepultura, con un metro de alto y unos 80 cms. de ancho, y en cuyo interior solamente cabía un cuerpo tumbado. Es curioso constatar, finalmente, que a escasa distancia de cada una de estas cuevas, hay fuentes, escasas, pero siempre mantenidas. Y que aún en el suelo de las inmediaciones a veces aparecen excavadas breves fosas, como lugares donde el ocupante de la cueva tenía previsto ser enterrado. En todo caso, y a pesar de que son suposiciones, un metódico ascetismo de vida, meditación y muerte.

Eremitorios de Alcolea de las Peñas

Otro de los términos en que más abundantes y curiosos son los elementos rupestres en territorio atencino, es Alcolea de las Peñas. En su término se encuentra, de una parte, Morenglos, y de otra, la Cueva de la Merendilla. Quizás la más espectacular de todas las cuevas altomedievales en la serranía atencina sea la Cueva de la Cárcel tallada en la Peña del Castillo, en Alcolea de las Peñas. Cavada a pico, se compone de dos estancias irregulares: arriba la que se conoce como “cárcel” y abajo la que se denomina “calabozo”. En torno a este lugar se ha elaborado a lo largo de los siglos, y por las gentes del lugar, una leyenda poco creíble de que fue un lugar para encerrar presos políticos, durante siglos. La realidad es más sencilla: se trata de un gran eremitorio, un lugar de habitación en recogimiento para hombres apartados del mundo, que trataban de santificarse y hacer penitencia con una vida somera de ayunos, severidad y meditaciones.

Los dos espacios se comunican entre sí por un pasillo empinado. La superior o “cárcel” tiene vistas al exterior a través de dos ventanucos, con barrotes de hierro en uno de ellos, y se abre a una pequeña superficie que estuvo protegida por baranda y que permite la visión, desde la altura rocosa, de un vasto panorama. El espacio inferior, “el calabozo” es tenebroso, muy cerrado, con un pequeño ventanillo del que recibe ligera luminosidad. Sin duda era el lugar de oración, o quizás también se creó como estancia funeraria.

En Morenglos, a escasa distancia del pueblo de Alcolea de las Peñas, nos encontramos cuevas y algo más. Concretamente los restos de un poblado medieval, del que aún queda sobre el núcleo rocoso la espadaña de su templo románico, que debió estar alzado y casi entero hasta el siglo XIX. Sobre la superficie de la roca, se abren numerosas tumbas talladas, de todos los tamaños y disposiciones. Pero el origen remoto de este lugar es también el de un eremitorio, porque hay una extraordinaria cueva tallada en la parte del mediodía de la roca sustentadora. Esta cueva presenta dos espacios separados por un tabique de roca, y en el espacio oriental se ven restos de una chimenea con el tiro completo excavado en la roca. Monreal nos dice que este tipo de gran eremitorio casi circular es muy típico de otros ámbitos en Rioja y Santander. En el caso de Morenglos se ve que el eremitorio, que posiblemente surgió en época todavía visigoda, generó a la larga un poblado en su derredor, debido al prestigio de los monjes, considerado el lugar como santificado por su bondad, pureza y sabiduría, con restos ya seculares de enterramientos de otros eremitas, etc.

A menos de un kilómetro, por terreno fácil, de Morenglos, también en término de Alcolea de las Peñas aunque en la raya misma con el de Tordelrábano, nos encontramos la impresionante Cueva de la Merendilla, hermosa, grande, espectacular: tallada en el siglo VI. Tiene dos pisos, y en el de arriba, limpio y diáfano, cabían muchas personas, con un enorme pilar en el centro. Se le ha calificado como uno de los principales espacios rupestres de tipo cultural de toda Castilla. Su planta compleja, que vemos junto a estas líneas, ya está hablando de su destino sacro, pues recuerda la disposición de una iglesia, similar a la que vemos en Albelda, en el valle del Najerilla, en la Rioja. Incluso en el pilar de la primera estancia de esta cueva se ve una gran cantidad de grafitos cruciformes, signos inequívocos de su destino cultual. Y además aquí se encuentran, sobre la roca en que está excavada la cueva, los restos de una torre, que como en otros lugares del norte de la península, hacía de campanario y referencia exterior para guiar a los peregrinos que sin duda acudían a este lugar. Daza fecha este espacio entre los siglos VI-VII, sin duda el momento en que surge este complejo mundo eremítico, de cuevas y refugios de hombres santos en la serranía atencina.

Hijes y Albendiego

Junto a Ujados está Hijes, pueblo del que destaca su color rojizo, propio de la arenisca sobre la que se construyó, y material para levantar su templo parroquial y sus casas. En el término de Hijes hay también varias cuevas, destacando el conjunto de ellas denominado de Arroyo Pajares ubicado al nordeste del casco urbano de Ujados, a kilómetro y medio de la carretera y al sureste de Hijes, sobre la margen izquierda del arroyo Pajares. Es este un conjunto formado por una pequeña covacha, en cuyo interior resta una sepultura antropomorfa excavada en la roca. Junto a ella, hay una estructura semirrupestre que en su tiempo tuvo cubierta vegetal. En su pared sureste se localiza un nicho a modo de alacena-altar. Se ha pensado que pudo ser una “laura” o espacio de eremita, estrecho y con sepultura aneja.

Y en Albendiego, lugar donde ahora, desde el siglo XIII, resplandece la armonía arquitectónica de la iglesia de Santa Coloma, hubo también hábitat eremítico, con un conjunto de talladas cuevas de las que hoy puede visitarse, porque está cerca del templo, la bien llamada Cueva de Santa Coloma, junto a la carretera que conduce al casco urbano, junto al arcén derecho, a una altura de 2 metros sobre la calzada. Se sitía en el margen izquierdo del río Bornova, que ya por allí baja crecido, y frente a la iglesia que hemos mencionado.

La cueva tiene una gran boca de acceso y en ella se ve una estancia principal, aunque hoy ya muy colmatada, desde la que se pasaba a otras dos pequeñas estancias laterales, con planta más alargada, y entre ellas un acceso de arco de medio punto, todo tallado en la arenisca. Ya hace 40 años, en mi estudio inicial sobre los monasterios de la provincia, indiqué que esta cueva o conjunto eremítico pudo ser el origen de la comunidad de monjes que luego, agrupados en la Orden de Canónigos Regulares de San Agustín, sirvió de esencia para la instalación de un monasterio en Albendiego: los eremitas de toda esta zona, con una tradiicón de varios siglos a sus espaldas, agrupados en un pequeño monasterio, a impulsos del también naciente cabildo de Sigüenza, que creó la figura de “abad de Santa Coloma” para uno de los sillones del coro seguntino. Algo similar ocurrió en San Millán de la Cogolla, y algo así pasó (aunque todo está oscurecido por la lejanía del tiempo y los escasos restos documentales del proceso) en todo el norte de la Península.

Don Quijote de la Mancha atraviesa Guadalajara

El_Quijote_en_Jadraque

Don Quijote lucha con un vizcaíno, a la sombra del castillo de Jadraque. La imaginación de comentaristas e ilustradores, ponen la imagen de Don Quijote de la Mancha rondando con sus aventuras las actuales tierras del Henares, la Alcarria, el Alto y el Señorío de Molina

Ayer se cumplieron los 399 años de la muerte de Cervantes (al año que viene, nuevo centenario tenemos…) y como siempre en el 23 de abril se celebra su memoria, se celebra el Día Universal del Libro (más que nada porque también un 23 de abril murió Shakespeare, quien vino a morir exactamente el mismo día que Cervantes) y se celebra que la Humanidad tuvo un tiempo en la que sus hombres pensaban, sentían y morían de una manera literaria.

En esta circunstancia, y aprovechando ahora que también se cumple el cuarto centenario de la edición de la segunda parte del Quijote, quiero rememorar las andanzas del Caballero de la Triste Figura por tierras de Guadalajara. Sonrisas aparte, y sabiendo de antemano que don Quijote no pasó por esta ni por ninguna otra tierra (siempre conviene aclararlo) sí que podemos evocar su paso irreal, su vuelo genial, su aparición velada entre las nubes de la nostalgia poética en la que a veces nos gusta sumirnos.

Siguiendo el libro de Cervantes, haciendo cábalas de por donde hace caminar a sus protagonistas, hay un momento en esa segunda parte en que obligadamente tienen que cruzar los límites de Cuenca con Guadalajara. Atravesar luego la parte oriental de la provincia. Entrar desde Guadalajara a Zaragoza. Más o menos. Porque van de la Mancha (de Aragón) al valle del Ebro.

Ya en un Congreso Internacional que hace años, demasiados quizás, se celebró en Ciudad Real para establecer el recorrido real de don Quijote por las Españas, me tocó elucubrar sobre su paso por Guadalajara. Y las que a continuación expreso son las ideas que allí expuse, más llevadas de la febril actividad de una mente en vacaciones, que de la realidad documental y cruda.

Camino del Alto Tajo

Miguel de Cervantes conocía, sin duda, todos los lugares donde pone las aventuras concretas y bien localizadas del Quijote, pero no trató en ningún caso de hacer coincidir con exactitud las distancias y los tiempos de sus traslados entre poblaciones y lugares, por lo que, ya de entrada, se ha de advertir que no puede abordarse el estudio del camino de don Quijote con una base científica de ningún tipo, sino, en todo caso, con la relatividad y aproximación que toda construcción literaria conlleva.

Establecer la ruta exacta del paso de don Quijote por la actual provincia de Guadalajara es punto menos que imposible. Sabemos, con certeza lógica, que por ella debió pasar, pues accede a Zaragoza desde la Serranía de Cuenca, y camina en derechura a través de espesos bosques y oscuras sierras, cruzando sin duda el Alto Tajo y las parameras de Molina. Pero en ningún caso el relato de la tercera y definitiva salida del Quijote concreta ningún lugar que permita identificar pueblos, villas o ciudades de la provincia de Guadalajara. Es por ello que el intento de trazar una ruta para don Alonso por el territorio serrano, y molinés de Guadalajara sea una aventura parecida, por quijotesca, ingenua y romántica a las que el propio hidalgo manchego protagonizara.

Pero aquí va el intento. Tras la sonada aventura de la cueva de Montesinos, localizada en plena serranía de Cuenca, en el capítulo 25 de la segunda parte, se suceden algunas nuevas andanzas de don Quijote, entre ellas la del Titiritero, que pudiera localizarse en la venta del Puente Vadillos, a la entrada de la portentosa hoz de Beteta, en la confluencia de los ríos Guadiela y Cuervo. Todo se hace ya “de pasada” cuando don Alonso camina de fijo en dirección al Ebro, el gran río que desea ver y aventurar en él. Ello no obsta para que quieran entretenerse un algo por aquellos contornos. Vemos así que en los capítulos 25 al 27 esos contornos por los que don Quijote y Sancho se entretienen están ocupados por grandes y profundos valles, atravesando una sierra negra de magníficas proporciones. Cervantes conocía bien aquellos lugares de la serranía de Cuenca y el Alto Tajo, pues en alguna ocasión pasó por ellos para visitar a su hija, cuyo marido tenía una fundición inmediata a Carrascosa de la Sierra, en Cuenca.

En el acontecer de los atambores del capítulo 27, la aventurera pareja sigue atravesando paisajes de gran bravura, muy accidentadas sendas y lento caminar. Cuando Sancho rebuznó, lo hizo tan reciamente que todos los cercanos valles retumbaron, lo que viene a damos idea de la grandiosidad del término. No están ya en la Mancha (aunque Cervantes nos dice que el titiritero es de la zona donde andan, de la Mancha de Aragón), sino en territorios fragosos. Tampoco en el propio Aragón, sino en plena serranía ibérica. ¿Provincia de Cuenca, de Guadalajara, de Teruel? Imposible decidirlo.

Lo cierto es que por los Montes Ibéricos atraviesan, y uno de los elementos más claros de ello es la presencia de hayas en su camino. Cervantes, que conocía y amaba los árboles, siempre que los identifica en su novela es con conocimiento de causa. El sabe bien que el haya es una especie rara, propia de lugares fríos y húmedos. Y que en la Mancha no existe, en absoluto. Tampoco en el sur de Aragón. Aunque hoy ya no aparece esta especie en Castilla (los hayedos más meridionales, y bien esquilmados por cierto, están en la sierra de Ayllón y Somosierra, concretamente en el madrileño Montejo y en el guadalajareño Cantalojas, entonces debía haber algunos ejemplares, escasos y llamativos, en la zona del Alto Tajo. Y es por eso que aprovecha Cervantes a describirlos y nombrarlos en su obra, porque él sabe que existen allí.

En la paramera de Molina

Caminan don Quijote y Sancho hasta tres días por terreno áspero, durmiendo y reposando bajo estos densos bosques. Atraviesan sin duda el páramo de Molina, en uno de cuyos términos les sucede la aventura de los alcaldes que rebuznaron y se enfrentaron las gentes de dos pueblos entre sí, saliendo como siempre Sancho molido. Es imposible averiguar cual sean estos pueblos, si es que Cervantes pensó en alguno en concreto. Los estandartes que llevan, con un burro por mueble, no identifican a ninguno de la zona molinesa. En aquellos desiertos, encuentran una alameda para descansar, y al final de otros dos o tres días de marcha arriban a Zaragoza, al Ebro concretamente.

En el mapa o Carta Geográfica de los Viages de don Quixote y sitios de sus aventuras que según las teorías de Pellicer dibujó Manuel Antonio Rodríguez, se le hace avanzar desde Priego y Beteta a cruzar el Tajo por Peñalén ó mejor, creo yo, tras pasar por Cabeza del Hierro, hacerlo por Poveda de la Sierra, subiendo luego por Taravilla tras saltar el río Cabrillas y llegando a Molina de Aragón, población de gran importancia entonces y que, sin embargo, no es referenciada de ningún modo en la obra. Seguirían la paramera o meseta molinesa por la sesma del Campo, siguiendo la ruta de Rueda de la Sierra, Hinojosa, Milmarcos y bajando al Jalón por donde ya cómodamente llegarían hasta Zaragoza.

Llegados al Ebro, les sucede la aventura de las aceñas en medio del río, y tras ella viene la larga y trascendental secuencia del gobierno de la Ínsula por Sancho, mantenida durante diez días.

Es aquí donde cabe entretenemos un poco, y aclarar la teoría expuesta por Serrano Vicens, quien suponía que tal aventura y universal parábola ocurrió en la ciudad de Molina de Aragón, y más concretamente en la corte provinciana de los Hurtado de Mendoza, que en Castlinuevo tenían una gran casa ó palacete donde recibieron a Sancho y le mantuvieron de engañado señor durante esos días.

Dice Serrano y otros que le han seguido, que atendiendo a las palabras con que Cervantes comienza el capítulo 30 de la segunda parte, se apartaron del famoso río, bien pudiera ser que acudieran hasta Molina de Aragón a vivir en ella esta secuencia. El texto del Quijote dice que al otro día, al ponerse el sol y salir de una selva, vieron a la duquesa cazando. Esos datos han hecho suponer a algunos que la acción discurre en Molina. Pero esta suposición es totalmente imposible. Y ello por una razón muy sencilla. Si don Quijote y Sancho desde Zaragoza y el Ebro van encaminándose hacia Barcelona, no van a retroceder tan enorme espacio de terreno y menos en un sólo día. Aparte de que el hecho de que «salieran de una selva» no nos permite pensar en que fuera el territorio molinés, pues allí tampoco las hay. Otros autores han supuesto, creo que con mucha más objetividad, que la aventura de la Ínsula ocurre en Aragón, en algún lugar cercano a Zaragoza y a las orillas del Ebro. García Soriano y García Morales, en su edición explican, siguiendo a Pellicer, que el hecho ocurre en Buenvía, cerca de la villa de Pedrola, en el palacio de los duques de Villahermosa, don Carlos de Borja y doña María Luisa de Aragón, y la Ínsula propiamente dicha habría estado en Alcalá de Ebro. De allí a Barcelona, donde pierde ya todas sus esperanzas y es herido, ‑­en el alma, que es el peor sitio‑ don Quijote, quien con Sancho vuelve, cabizbajo y como en un vuelo, a su aldea natal, donde muere pocos días después.

No cabe duda que la vuelta de Barcelona a la Mancha, pasando el Ebro y la Serranía Ibérica, la haría esta pareja cerca de la tierra molinesa. Quizás desde Daroca siguiendo el curso del Jiloca y cruzando las sierras de Albarracín y bordeando por oriente a Cuenca, alcanzara de nuevo su llanura manchega y llegara a Argamasilla (¿o a Santa María del Campo Rus, como quiere Serrano Vicens?) a morir. Nada dice Cervantes que pueda orientamos al respecto.

Tras lo expuesto, con la brevedad y aun parquedad de datos que el tema impone, queda claro que la Ruta del Quijote por la provincia de Guadalajara pasó por sus territorios más orientales, por las fragosas serranías del Alto Tajo, por Molina de Aragón, capital de antiguo territorio histórico, y su paramera de anchos caminos y fríos cierzos. Concretar más es imposible.

Opiniones para todos los gustos

Para el próximo mes de mayo tenía yo pensado hacer un razonado homenaje a Cervantes y al Quijote en la Feria del Libro de Primavera de Guadalajara. Feria que este año (después de décadas de tradición librera y primaveral) no se va a celebrar, porque el Ayuntamiento así lo ha decidido.

El homenaje sería a través de un libro que edité hace 15 años (y ahora he reeditado) bajo el título, en dos tomos, de El Quijote entre todos, y a través de la presentación de un nuevo gran proyecto, el Quijote manuscrito, una obra monumental que ofrecerá el Quijote completo, escrito cada capítulo por un cervantista acreditado, en 45 lenguas y dialectos, y prologado por José Saramago. En cualquier caso, lo iré comentando en estas páginas que tan amablemente me cede, cada semana, “Nueva Alcarria”.

En “El Quijote entre todos” lo que hicimos un montón de amigos y amigas, entre escritores e ilustradores (nos juntamos más de 300 para el evento, que se presentó en “La Casa de la Torre” de El Toboso, y luego en todas las provincias castellano-manchegas, y aun en el Ayuntamiento de Madrid) fue comentar individualmente todos y cada uno de los capítulos de las dos partes del Quijote.

Por Guadalajara aparecieron en este libro firmas como las de José Antonio Suárez de Puga, Francisco García Marquina, Pedro Aguilar, Andrés Berlanga, María Antonia Velasco, José Serrano Belinchón, Alfredo Villaverde, Julie Sopetran, Lorenzo Díaz, Manuel Criado de Val, Alfredo García Huetos, Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, Manu Leguineche, Pedro Lahorascala, Ramón Hernández… y entre el centenar y medio de ilustradores, aparecieron los dibujos al Quijote firmados por César Gil Senovilla, Antonio Burgos, Raúl Santos, Rodrigo García Huetos, Amador Alvarez, Jesús Campoamor, Rafael Pedrós, Luis Gamo Alcalde, Sopetrán Domenech…

En esta colección de nombres, se espiga en todo caso una parte de ese grupo, amplio y variopinto, que tiene o ha tenido hasta hace poco nuestra provincia, de gentes dispuestas siempre a colaborar en una tarea cultural, venga de donde venga, porque casi siempre las más ingeniosas y atractivas vienen desde la iniciativa privada. Por “El Quijote entre todos” se materializa la idea que Cervantes dejó plasmada de que la vida es una charla entre amigos, un diálogo bien avenido, una propuesta continua de acciones dedicadas a mejorar el mundo, y a hacer sus caminos más transitables y despejados. Por Guadalajara anduvo la sombra del Caballero de la Triste Figura. Y ahora permanece, como dando ánimos.