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Viaje al aljibe del castillo de Valfermoso

Valfermoso

Vista panorámica del interior del aljibe del castillo de Valfermoso de Tajuña (Guadalajara)

A Valfermoso de Tajuña se sube por una carretera retorcida en cien curvas. Frente a la ermita de la Virgen de la Vega inicia su andadura esta vía (GU-916) y llegados arriba lo primero que vemos es el castillo, y bajo él, tallado en la roca, está el aljibe que justifica nuestro viaje. Habrá que tener suerte y encontrarlo abierto. Si no fuera así, dirigirse al Ayuntamiento, donde tienen las llaves y el compromiso de abrirlo a los viajeros.

Desde el mirador de Valfermoso, ahora con la otoñada en pleno esplendor, la visión de la Alcarria, con el valle del Tajuña en su centro, es fantástica. Tenemos a los pies un río mínimo, apenas un hilo de agua en esta tierra seca, pero en su torno se adivinan las alamedas fértiles, abrazadas del potente brazo de los campos de cereal, y en las laderas que se ofrecen como la copa de un cáliz por ambos lados, se derrama el aceite de los olivos, la flor de las aliagas, el humilde tono azul del romero que se preña de abejas, mientras que las hileras zigzagueantes de chopos amarillean intensamente el valle. La Alcarria tiene pocas visiones totales (desde el mirador de Alocén, desde la ermita de los Llanos en Hontoba, desde el santuario de la Virgen del Madroñal de Auñón, desde la meseta de la Alcarria sobre Ledanca…) pero este de Valfermoso es quizás el perfil más cierto.

Llegamos a Valfermoso y nos encontramos con quien fue su alcalde en la plaza. El que tenía hace unos años. Rufino Expósito es un buen amigo de viejos tiempos, de caminatas largas y afanes compartidos, que él ha volcado en ayudar a su pueblo y a sus vecinos. Cuando rigió el pueblo le hizo muchas mejoras. Se nota, sobre todo, por quienes llegan ahora después de muchos años. Y Valfermoso tiene, también porque así era el día, toda la luz y el brillo de la Alcarria en el otoño. Nos ha llevado al mirador, que él ha construido con firme baranda metálica y abiertos límites para que dé la sensación a quien en él se ponga de estar volando sobre el valle. Un acierto total.

El aljibe sorprendente

Pero donde la sorpresa de los viajeros se hace mayúscula, es al ver el aljibe del castillo. Aunque ya era conocido, estaba publicado, y figuraba en las guías, recientemente se le ha hecho una limpieza y la subsiguiente restauración, dejándole en punto de admiración. El aljibe de Valfermoso se convierte así, sin oposición, en una de las piezas monumentales más relevantes de la provincia. Explicaré en brevedad donde se encuentra, y qué pinta tiene.

Valfermoso tiene castillo. Mejor dicho, las ruinas agónicas de un castillo. Aunque de origen más antiguo, medieval sin duda, con la estructura que ahora se le supone lo debió construir a mediados del siglo XV don Pedro Laso de Mendoza, hijo del marqués de Santillana, y señor de la villa, que entonces amuralló al completo, dejando algunos portones para su acceso, y convirtiéndola en auténtico “nido de águilas” donde mantuvo su mayorazgo vivo. Quedó luego en manos de sus descendientes, los marqueses de Mondéjar. El castillo en lo más alto de la lomilla en que asienta el pueblo, tenía un circuito de muralla en cuyo extremo sur se alzaba la torre del homenaje (de la que quedan dos altos muros hasta el nivel de las bóvedas) y en el norte otro cubo de planta circular, de refuerzo. Entre ellos, el patio de armas, que por mor de los derrumbes, de los edificios construidos en su torno (la iglesia parroquial, por ejemplo, o un gran frontón) y el uso doméstico dado a lo largo de los siglos a sus dependencias, ha quedado como en alto, viéndose ahora en descarnadura el subsuelo del castillo, donde se construyó un aljibe que ha sido ahora lo visitado y admirado. Lo que a partir de ahora va a ser la atracción principal del pueblo.

Este aljibe fue construido, con seguridad por alarifes árabes venidos de Al-Andalus, que aplicaron sus más correctas técnicas de construcción de estos elementos, tal y como entonces se hacía en Granada, en Almería, o en Málaga. Está hecho con la técnica de los alarifes nazaritas. Será de mediados del siglo XV, y sirvió para almacenar el agua de la lluvia bajo el patio de armas del castillo. Hoy se penetra por el piso del aljibe a contemplarlo. El espacio que estuvo siempre lleno de agua. Por eso, desde abajo, su contemplación es más llamativa, y da mayor sensación de grandeza. Es un espacio de unos 10 metros de largo por 8 de ancho, con una altura de casi 10 metros también (equivalente a cuatro pisos de los modernos). Se cubre por dos bóvedas de ladrillo, ligeramente apuntadas, en una de las cuales se abren sendas aperturas cuadrangulares por donde entraría el agua de la lluvia al recinto estanco. Esas dos bóvedas se sujetan, en su parte central, por una línea de columnas que se unen arriba por tres arcos y dos medios arcos a los extremos. Esos arcos, también de ladrillo, ligeramente rehundidos y con aspecto árabe, se apoyan sobre cuatro columnas de piedra tallada, cilíndricas, que a su vez apoyan en basamentas prismáticas muy altas, y arriba llevan a modo de un capitel liso en el que apoyan los arcos.

Es muy curioso ver cómo los muros y las bóvedas de este recinto, que está realmente excavado en la roca, aunque con piedras sillares en sus límites para evitar los derrumbes, está todavía enjalbegado de mortero y sobre él aparece viva la capa de almagre rojizo que los árabes daban a estos recintos para conseguir su impermeabilización y estanqueidad.

Este aljibe de Valfermoso es conocido desde hace mucho tiempo. Ya Layna Serrano, en su célebre libro sobre los “Castillos de Guadalajara” lo describió y dibujó, apareciendo un artículo completo en el más reciente libro “Arte y artistas de Guadalajara”. También lo estudia y mide Pavón Maldonado, en su obra sobre la “Arquitectura árabe y mudéjar en Guadalajara”, pero nadie lo había visto hasta ahora en toda su majestuosidad completa, puesto que el alcalde Expósito y quienes le han seguido han decidido, con el apoyo de todos los vecinos, limpiar de una vez por todas aquel recinto, de los muretes, derrumbes, aditamentos y suciedades que siempre lo ocuparon, impidiendo su admiración cierta. ¿Qué ha conseguido con ello? Pues dejar a la vista un espacio arquitectónico que es realmente sorprendente, hermosísimo, espectacular. En todo parangonable a los mejores aljibes árabes del mundo islámico.

Inmediatamente de entrar en aquel recinto, que tiene una luz mágica de reverberaciones rojizas, al viajero le vienen a la memoria espacios como la gran cisterna de Estambul, quizás el mejor y más grande aljibe del mundo musulmán. O las estancias a esto mismo dedicadas en Cáceres (el que fue de la primitiva alcazaba cacereña, luego palacio de las Veletas, y hoy en los bajos del Museo de la ciudad). O la serie de aljibes del Albaicín granadino, especialmente los de San Cristóbal, San Miguel y el de Trillo, este último del siglo XIV, y muy parecido en estructura al de Valfermoso. En cualquier caso, este precioso monumento que los de Valfermoso han sabido rescatar, y posteriormente restaurar con acierto, se ha puesto en valor con la promoción de su visita.

Valfermoso de Tajuña tiene, con todo, un buen puñado de razones para ser visitado en estos días luminosos y amarillentos del otoño: su situación en lo alto del cerro, que llama a gritos para que hasta él se suba; su visión paradisiaca del valle desde el mejor mirador de la Alcarria; y ahora su aljibe moruno, excepcional y entre los mejores de toda España. Un primera fila que acaba de aumentar su valor porque sus vecinos lo han limpiado y han comprendido, por fin, su importancia y su valor.

Yo, para terminar, recomiendo hacer cuanto antes una visita a este aljibe del castillo de Valfermoso. Va a ser una sorpresa agradable para cuantos lo vean, y servirá para reafirmarnos todos en algo que ya sabíamos y aquí se manifiesta: que Guadalajara es un joyel de emociones, una fuente nunca acabada de sorpresa.

Excursiones extraordinarias

Hace unos años publiqué un libro que titulaba La ruta del Arcipreste y otros viajes extraordinarios que transcurría, en etapas cortas, por las provincias de Guadalajara, Segovia y Madrid. Desde Alcalá de Henares a Sotosalbos cruzando la sierra y visitando entre medias Hita, Tamajón y El Vado. Y luego me dedicaba en sus páginas a visitar pueblos, paisajes y memorias de la Alcarria, la Sierra, la Campiña y el Señorío de Molina. El libro (es en cierto modo lógico, cuando uno ametralla con tantos títulos y tan seguidos) pasó desapercibido entre los guadalajareños, pero entre sus páginas quedan retazos y días que al viajero se le hacen especialmente mágicos. De ese libro he querido rescatar, actualizado, este viaje a Valfermoso de Tajuña. Con el que quiero sencillamente animar a todos a que vayan, admiren su castillo, y no dejen, por nada del mundo, de admirar su aljibe.

A Pastrana vuelven sus tapices

Guerra_en_Africa

Hoy viernes 10 de octubre se inaugura la nueva etapa, ya restaurado el entorno, y arreglados por varios siglos los Tapices Flamencos, del Museo de la Colegiata de Pastrana. Un día histórico, sin duda, al que desde aquí saludamos. Por fin vuelven los tapices donde solían.

Hace más de cuarenta años, en estas mismas páginas, publiqué mis impresiones sobre estos tapices. Que desde entonces he admirado, -como han hecho tantos otros viajeros y estudiosos- y a los que siempre que he podido he vuelto para sentir la fuerza y la solemnidad que de ellos emanan.

Un largo viaje para los tapices pastraneros

Cuando hoy se abran las puertas del Museo de la Colegiata de Pastrana, los invitados a esta ceremonia que bien puede calificarse de histórica verán los tapices flamencos de las conquistas africanas del rey Alfonso restaurados y colocados en soportes y con la suficiente amplitud y visibilidad que merecen. Imagino que será así, porque aún no me ha sido dado verlos.

Las correrías de los paños han sido numerosas y variopintas. Se les podría llamar ya, sin exageración, como “los tapices viajeros”. Sus viajes se iniciaron en el siglo XV, una vez realizados en Borgoña, cuando llegaron a Castilla, que no a Portugal, donde hubiera sido lo lógico. De Toro quizás, o por los caminos que llevan desde los puertos cántabros a Guadalajara, se pusieron adornando los muros del palacio del Infantado en nuestra ciudad.

De allí, a finales del siglo XVII, se llevaron a Pastrana, para servir de ornato a su iglesia colegiata, fundada como tal y protegida por los duques don Ruy y doña Ana (él de Silva, de Mendoza ella). Muchas veces salieron a la calle, a orearse, a servir de adorno al paso del Santísimo en su procesión veraniega. Luego, en tiempos de la República, se llevaron a Madrid, y quedaron alojados en el Museo del Prado, donde una mañana lluviosa de 1932 el presidente don Manuel Azaña los contempló y expresó su deseo de que quedaran para siempre en Madrid, porque sospechaba que “los alcarreños” no iban a entenderlos muy bien… incluso se iniciaron los trámites para reproducirlos a su tamaño natural, no sé con qué objeto. Para protegerlos durante la Guerra Civil se llevaron desde Madrid a Valencia, a las torres de Serrano, y luego a Ginebra. El caso es que tras la Guerra, el general Franco decidió regalarle las copias al Estado Portugués, que hoy los mantiene perfectos y visibles en el palacio real de Guimaraes, y hacia 1950 regresaron desde Ginebra a Madrid y de allí a Pastrana.

Tras años de estar en la alcarreña villa en unas condiciones más que precarias, la fundación “Carlos de Amberes” inició su restauración con vistas a su exposición en una gran muestra artística a celebrar en Bruselas. Más de 300.000 euros costó la limpieza y restauración de estos paños medievales, realizada por la Real Manufactura De Wit, de Malinas, en 2009. Otras ayudas para la restauración llegaron de la Fundación Caja Madrid, y del Fondo In Bev-Baillet Latour de Bélgica. El periplo de su viaje, que ha durado cuatro años, ha pasado por lugares como el Museo de Arte e Historia de Bruselas, el palacio del Infantado de Guadalajara, el Museo de Arte Antiga de Lisboa y el Museo de la Santa Cruz de Toledo. Los dos últimos años han discurrido (y obtenido ingresos por ser mostrados) en la National Gallery de Washington, en el Meadows Museum de Dallas, además de en San Diego y en Indianápolis. En el año 1992, en un viaje que hice a Nueva York, me encontré con uno de ellos, magníficamente instalado, en una exposición que se montó en los bajos del edificio IBM en la Lexington Avenue de Manhattan. Qué bien lucía allí, iluminado y en el aire, sobre un fondo absolutamente negro.

Una joya , la mejor quizá, del patrimonio artístico alcarreño 

Breves datos dejo aquí sobre esta colección de tapices flamencos, hoy por fin recuperados, restaurados y vibrantes en su asiento de Pastrana. Me resulta difícil expresar mi alegría por saber que han vuelto, y lo han hecho así, con todos los honores.

A largo y ancho de sus extraordinarias dimensiones (11 x 4 metros, de media) aparecen lizadas en seda y lana las movidas escenas de la conquista de Tánger y Arzila por el rey Alfonso V el Africano, de Portugal. En ellos aparecen interpretados, con toda fidelidad, el conjunto de soldados, armas, estandartes, elementos de guerra, barcos, ciudades, escudos y una infinidad de detalles que tomaron parte en ellos, destacando la figura del rey y de su hijo el príncipe Juan.

De las seis grandes tapicerías que narran estos hechos históricos, fundamentos del Renacimiento, hay claramente definidas dos series distintas. La primera serie, la más hermosa y antigua, consta de cuatro paños, y son obra de algún taller del norte de Francia, o de los Países Bajos meridionales, realizados hacia 1475‑1480. El autor de los cartones pensamosque pudiera haber sido el pintor flamenco Dierick Bouts o algún seguidor muy próximo a su estilo. La segunda serie, compuesta por dos paños solamente, es algo más moderna, y procede de algún taller de Brabante, estando realizados entre 1490‑1500, y son de pintor y taller claramente diferente.

Dejo aquí el texto que publiqué en NUEVA ALCARRIA en 1973, y que aunque debería recibir alguna corrección de apreciación, puede valer ahora para recibir, cuarenta años después, estas piezas insignes restauradas.

Los tapices de Pastrana (1973)

“Si Pastrana posee múltiples motivos que justifiquen una visita detenida, tal vez sean sus famosos tapices los que rematen, en polícroma algarabía de azules y carmesíes, el peregrinar asombrado por los rincones de la villa. Tras del palacio de los duques, con su severa fachada del siglo XVI; tras del barrio del Albaicín, de los conventos y casas blasonadas, del ocre pálido de portadas y aleros, la recia presencia de la Colegiata se alza en germen de religiosidad e historia Dentro, el Museo. El oro, la plata, las paciencias fértiles de los antiguos artesanos. Y, al fin, esos tapices fabulosos, donde la Edad Media canta su glorioso fin, cuajado de elegante guerrear y ardiente celo.

Muchos años, y aun siglos, llevan esos tapices góticos en la Colegiata pastranera. Cuando a mediados del siglo XIX escribía Pérez y Cuenca una “Historia de Pastrana”, decía de ellos: “Hay también una hermosa colección de tapices antiguos bien trabajados; se dice lo fueron en esta villa: representan algunas guerras de las cruzadas y otros sucesos. Tenían en vez de cenefa, unas inscripciones que faltan ya a la mayor parte”. Y luego trata de copiar lo que, en caracteres góticos, aparece escrito en ellos.

Como se comprueba fácilmente, el señor Pérez y Cuenca andaba bastante despistado en cuanto al significado y origen de los tapices, que, andando el tiempo, serían redescubiertos por dos grandes sabios portugueses, José de Figueiredo y Reynaldo dos Santos, quienes en 1915 viajaron a Pastrana y encontraron estas maravillas. El estudio de estas tapicerías, obra cumbre de este arte en el siglo XV, fue así completándose poco a poco, sin que se llegara a una conclusión definitiva en cuanto al modo de su venida a España y a Pastrana, aunque sí respecto a los asuntos que en ellos se trata.

Con la intención de dar por finalizados estos estudios, don Eustaquio García Merchante escribió una obra, en castellano, que venía a recopilar cuanto sobre ellas se había dicho. Y ahora nosotros sobre diversos aspectos de estos renombrados tapices diremos algo más.

Los temas tratados en estas obras son guerreros en exclusiva. Se trata de las acciones de conquista que el rey portugués Alfonso V, “el Africano” de sobrenombre, llevó sobre las plazas norteafricanas en las que se había propuesto hacer sentir la naciente autoridad ultramarina de Portugal. En uno de ellos se representa el desembarco en Arcila, con tres distintas escenas. En la central aparece, sobre una barca, la figura brillante y majestuosa del rey, vestido de arnés gótico de acero cubierto de brocado de Florencia. Junto a él, su hijo, el príncipe D. Juan, y D. Enrique de Meneses, alférez mayor del Reino. Un par de trompetistas, con casco rojo y jubones azules, adornados sus instrumentos con el escudo portugués, hacen dorar los aires con su brillante sonido. El siguiente tapiz viene a representar el cerco de la ciudad de Arcila. A lo lejos se ven aún los gallardetes que lucen las naves ancladas en la costa; es curiosa en él la aparición de las primeras armas de artillería (bombardas apoyadas en pies de madera) con que los portugueses se disponen a combatir al moro. También en esta ocasión aparece don Alfonso V, ahora sobre caballo, y con la ya conocida vestimenta guerrera. El siguiente paño relata el asalto de la plaza de Arcila, que tuvo lugar el día de San Bartolomé, 24 de agosto, en el año 1471. Junto al monarca y su hijo, otros importantes caballeros de la Corte portuguesa aparecen en esta ocasión: D. Duarte de Almeyda, “el hombre de hierro”, lleva el pendón real delante de Alfonso V; D. Juan de Silva, camarero mayor del infante, era de la familia de la que luego saldrían los duques de Pastrana. En otra obra de esta multicolor colección vemos representada, en tres escenas, la toma de la ciudad de Tánger. A la izquierda aparece la entrada del ejército portugués, luciendo gran aparato militar y de vestimenta, y comandado por el Condestable mayor del Reino, D. Juan, hijo del duque de Braganza y luego marqués de Montemor. En el centro del tapiz aparece la ciudad de Tánger, idealizada por el dibujante, y, finalmente, a la derecha, se ve la salida de los moros de la ciudad, escena en la que el color de los vestidos, los turbantes y los velos forman un conjunto de difícil olvido. Aún quedan otros dos tapices de tema portugués en Pastrana: el cerco de Alcázar Seguer y la posterior entrada en dicha ciudad. En este último aparece el momento en que la comitiva real de D. Alfonso penetra en el templo (anteriormente mezquita) que fue bautizado con el título de Nuestra Señora de la Misericordia, y a continuación la investidura de caballero que hace el rey a algunos de sus vasallos que en la jornada guerrera se han distinguido.

En cuanto al aspecto artístico de las tapicerías, estudia Dos Santos por una parte las posibilidades de que fuera Nuño Gonçalves, el mejor pintor del siglo XV peninsular quien los diseñara. La admite, en fin, basándose en el perfecto, en el íntimo y admirable conocimiento que de todos los detalles de la vida portuguesa tiene el diseñador y dibujante. En cuanto al lugar de ejecución, acaba admitiendo que fueron tejidos en los talleres flamencos de Tournai, por el artífice Pasquier Grenier, en el último cuarto del siglo XV. Las posibilidades apuntadas de que fueran tejidos en Pastrana o Portugal carecen de fundamento, pues aunque en la villa alcarreña existieron importantes industrias de seda y tejidos, tuvieron su nacimiento a finales del siglo XVI y su florecimiento auténtico en el XVII. En el último siglo de la Edad Media, ni Castilla ni Portugal estaban en condiciones de producir tamaños complejos artísticos.

Iconográficamente, estos tapices representan un enorme valor para el estudio de la marina medieval, de la que tan escasos documentos gráficos, directos, nos han quedado. Portugal, país cuyos únicos horizontes de expansión y grandeza estaban en el Océano, tuvo necesidad de desarrollar al máximo esta industria, mitad guerrera y mitad colonizadora. En estos paños aparece en su mayor momento de esplendor. Pero los tapices pastraneros de Alfonso V también poseen un inestimable valor desde el punto de vista del estudio de vestimentas guerreras, pudiendo clasificarse esta colección como el más amplio y fidedigno exponente del aparato militar del siglo XV: no sólo las armaduras, celadas, adargas, lanzas, plumajes…. sino el complejo cúmulo de toda clase de armas: espadas, arneses de los caballos, artillería ligera, ballestas, etc. Hay un detalle en estos tapices que llama la atención de cuantos los admiran: es el emblema que aparece en muchos de los estandartes que portan las tropas portuguesas y que simboliza el reinado de Alfonso V. Se trata de un círculo, en el que aparece una rueda de aspas, y a su alrededor múltiples gotas doradas sobre fondo de color púrpura. En una travesaña de la rueda se inscribe la palabra jamais. Muchas han sido las interpretaciones que los historiadores han dado a este emblema real. Una de las más románticas, y que Reynaldo de Santos acepta como buena, es la que interpreta el llanto del rey por la muerte de su mujer doña Isabel: constantes lágrimas arrojadas por el continuo rodar de la vida, a causa de la mujer que jamás podría olvidar.

¿Cómo llegaron a Pastrana estas joyas del arte de la tapicería? Diversas opiniones se han encontrado a este respecto, aunque las del padre franciscano, natural de Pastrana, fray Lorenzo Pérez, son las que mayor carácter de verosimilitud poseen. Creía este religioso que, muy poco después de ser tejidos, concretamente el año 1475, en el transcurso de la batalla de Toro, en la que los Reyes Católicos desbarataron por completo los planes de apetencia política en Castilla del portugués D. Alfonso, cayeron en poder de Isabel y Fernando, quienes los debieron donar a los Mendoza, en esa ocasión representados por dos de sus más grandes figuras: D. Diego Hurtado de Mendoza, segundo Marqués de Santillana y, desde aquella efemérides guerrera, duque del Infantado, y D. Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal de España. A uno de estos dos se los regalarían, y en el palacio recién construido de Guadalajara permanecieron durante dos siglos, hasta que en 1667 fueron llevados a Pastrana, concretamente al recinto de su iglesia Colegiata, donde han permanecido hasta hoy guardados. Su arribada a Pastrana tuvo el siguiente motivo: casó doña Catalina de Mendoza y Sandoval, heredera de los títulos del Infantado, con don Rodrigo de Silva y Mendoza, que lo era de los de Pastrana, y estos tapices, afincados desde tanto tiempo antes en Guadalajara, pasaron como dote matrimonial al lugar cabeza del nuevo matrimonio.

Allí continúan, expuesta al público su monumental grandeza, su acrisolado sueño de colores, su exquisita dulzura y trabazón de historias…”

Un nuevo Alvar Fáñez que amplía su territorio

Alvar

En estos días aparece un libro, que va a ser presentado precisamente esta tarde, en el Palacio del Infantado, en el que se nos dan noticias importantes, por lo novedosas, de uno de los personajes que, siempre a caballo entre la historia y la leyenda, ha sido venerado en Guadalajara como héroe y conquistador.

El libro, que va firmado por Plácido Ballesteros San José, se encarga de sacar a don Alvar Fáñez de Minaya de la Leyenda, poniéndole casa en la Historia. Y lo primero que hace es quitarle el apelativo, y dejarle en Fáñez sin más. Lo del Minaya, al parecer, era un complemento cariñoso que equivalía a “mi hermano” o algo así, utilizado entre amigos en la Castilla medieval. Una buena dosis de estudio y meditación sobre los documentos (el único y el más seguro camino para la investigación en Historia) permiten a Plácido Ballesteros entregarnos, a través de las líneas de su apasionante estudio, la figura de un nuevo personaje, que solo hereda del anterior su aura de caballero esforzado y valiente, de político tenaz y gestor consciente de las tareas que su monarca le había asignado. Y que no eran otras que las de dirigir las huestes de su ejército, y, cuando ya muerto el rey Alfonso VI, y la nación se entregó a una anarquía en la que nadie sabía quien mandaba, Alvar Fáñez se encargó de la tarea más dura y capital, la de defender el reino, y en especial su capital, Toledo, del enemigo islámico que apuntaba a reconquistarla: durante los años 1109 a 1114, Alvar Fáñez fue el capitán general del ejército castellano en la defensa de la línea del Tajo y de Toledo frente al poder almorávide comandado por Alí Ben Yusuf.

Una biografía clara y lineal

Nacido en una familia de infanzones de la Bureba, concretamente en el valle de Orbaneja, perteneció a la familia de los Fáñez, y casó con Mayor Pérez, hija del conde Pedro Ansúrez, uno de los más firmes apoyos en Castilla de la monarquía. Su infancia la vivió sabiendo de los conflictos surgidos entre los hijos del rey de León Fernando el primero, los cuales fueron sucesivamente anulados (García preso de por vida, Sancho asesinado en el cerco de Zamora, y Urraca y Elisa de figurantes en corte) por el más fuerte de todos, Alfonso el sexto, quien gobernaría una nación fuerte y unida durante largos decenios (Galicia, Portugal, León y Castilla, con todas sus Asturias del Cantábrico) y acabaría conquistando la gran ciudad, Toledo, en 1085, tras una sabia urdimbre de pactos, alianzas y compromisos. Posiblemente sin derramar una gota de sangre.

Si el rey se enfrenta en esos años, de finales del siglo XI, al poderoso caballero Ruy Díaz de Vivar, y a pesar de que las sagas legendarias ponen a Alvar Fáñez junto al héroe caballeresco enfrentado al Rey, lo que Ballesteros propone es algo nuevo, y es la razón sencilla y evidente de que Alvar se alineó siempre en la corte junto a su Rey, figurando en sus documentos don diversos títulos, y apareciendo (sobre todo a través de las Crónicas históricas escritas por los árabes en esos años) como el principal adalid y capitán del ejército castellano en la comprometida tarea de someter a los reinos islámicos de taifas, de acuciarles en el pago de sus parias e impuestos, de tratar alianzas con unos y otros (los reyezuelos de Valencia, de Zragoza, de Sevilla, de Murcia y Badajoz, entre otros) y finalmente en planear con sabiduría y determinación las acciones que llevarían a la toma del reino completo de Toledo, y el mantenimiento de esta tierra para siempre ya ajena al imperio almorávide, gracias a la defensa difícil y heroica en ocasiones de la Toledo asediada.

Tras una vida intensa de acción, de ejemplo y de memorias, Alvar Fáñez vino a morir a manos de sus paisanos, “la gente de Segovia”, en una acción ocurrida en el verano de 1114 en lugar inconcreto de Castilla, defendiendo (él) a la reina legal de la nación, doña Urraca, y ellos al que aún siendo su marido, Alfonso el primero “el Batallador” de Aragón, no era reconocido como rey en muchos lugares del reino castellano. En cualquier caso, avatares de la política del momento, que todo lo dirimía con un espadón en la mano o una ballesta agazapada.

A Alvar Fáñez le fue reconocido su valor y su aportación suma a la nación con diversos títulos, que varían de un documento a otro, pero que le muestran como uno de los cortesanos más destacados del reinado de Alfonso VI: Duque de Toledo es quizás el más rimbombante. Señor de Zorita, también, alcaid toledano, “dominantem in Toletum et Pennafidele” poco después de la muerte de Alfonso VI, y por supuesto los títulos que en sus últimos años le dan los documentos de “strennus dux christianorum” y “tunc temporis Toletani principis” que vienen a ser la consideración suma de una figura que se dedica a defender, como general en jefe, la ciudad de Toledo, asediada durante meses por los almorávides africanos.

Nada que ver con la figurilla de “ayudante del Cid” como personaje que corre y vuela sobre las mesetas castellanas acosando moros y conquistando ciudades, en un papel de “par” del rey que Menéndez Pidal y otros historiadores del siglo XX quisieron dar a este caballero burgalés. Para desmontar esa leyenda del cid y de Alvar Fáñez, el profesor Ballesteros San José dedica su obra al análisis limpio y sereno de todos los documentos de la época. De lo [poco] que dicen esos documentos, y de las deducciones [absolutamente lógicas] que de ellos saca, alcanza a construir una figura nueva, alejada de la visión que dieron en añejos siglos los Cantares de Gesta y las leyendas que corrieron de boca en boca y que llegaron, con éxito, a anclar en los libros de la vieja historia castellana, como la General Estoria de Alfonso X, en la que se incluye el Cantar de Mio Cid como fuente indiscutible.

De este libro, que es modélico y apasionante, que se lee de corrido, y que alimenta una visión nueva de la tierra en que vivimos y de las gentes que la hicieron en un pasado lejano, se pueden sacar muchas conclusiones nuevas. Como está escrito con claridad y didactismo, cualquiera puede llegar a la conclusión definitiva: la de que Alvar Fáñez es un hombre cabal que asciende en la escala del poder militar y político de una Castilla medieval en la que el rey Alfonso VI es protagonista magno. Y de que su tarea es la de ayudarle, colaborar en su visión integradora (alianzas en Europa, contención de los islamistas, relación cordial con los aragoneses) y mantenedora de una difícil paz a la que él se dedica con pasión diaria. Es, además, señor de amplios territorios, aquellos a los que las crónicas de la época denominan como “illam terram quae fuit de Alvaro Fannici” y que comprendían la parte del sur y el oriente de la actual Guadalajara y casi entera la actual provincia de Cuenca, con Zorita, Ercávica, Uclés, Huete, Cuenca y Alarcón como hitos capitales de un territorio que pretendía ser frontera entre la Castilla agrandada y la Valencia árabe, ambas acosadas desde 1086 por el imperio integrista de los almorávides de Africa.

De las muchas cosas, en fin, que sacamos en conclusión útil y apasionante de este libro, destacaría el hecho de que a nuestro héroe arriacense deberemos cambiarle (reducirle, mejor dicho) el nombre, dejándoselo en Alvar Fáñez, aunque agregándole, como mucho, lo “de Zorita” por haber sido allí [y eso ya se sabía desde hace tiempo] capitán, castellano, y señor… También sacamos la conclusión de que en Molina [de Aragón] no existió reino taifa como habitualmente se ha creido, y que la conquista de Guadalajara en noche de luna sanjuanera con ardides y esfuerzo queda en la más pueril (aunque bonita) de las leyendas, dejando la imagen del caballero arrogante y su mesnada ante las murallas de la vieja ciudad como buena imagen de un tiempo ido en un escudo heráldico bueno para los desfiles. Una desmitificación que se hacía necesaria y que a golpe de documento y de raciocinio ha conseguido hacer el profesor Plácido Ballesteros, en este libro que hoy se presenta en nuestra ciudad.

Aires de leyenda para todos

Al mismo tiempo, en el acto de esta tarde va a ser presentada la novela que ha escrito Antonio Pérez Henares, también paisano y entusiasta de los tiempos idos (al tiempo que de los movidos presentes) y que titula “La Tierra de Alvar Fáñez”. Como este libro aún no lo he leído, no puedo opinar ni resumirlo, aunque sé que está cimentado en los datos reales que Ballesteros le ha proporcionado. La fuerza de “Chani” como escritor-torrente, la emoción que pone en sus páginas, el tema de la guerra, el amor y las pasiones circulando sobre las tierras de la Alcarria, el Tajo y los bosques de más allá del horizonte, seguro que ha cuajado en un gran libro. Con ambos (el de Ballesteros y el de Pérez Henares) tendrá el lector fiel asegurada muchas horas (y aún días y semanas) de lectura entretenida. Y esto es algo que siempre es de agradecer: que la gente y el paisanaje se dedique a mirar, una tras otra, las líneas de los libros, a enterarse bien de lo que dicen, y a opinar luego, con el bagaje de lo que han visto sus propios ojos, esos que no se dejan engañar nunca, por cantos de sirenas.

Los libros, enemigos principales de quienes nos quieren adormecer con simples frases, son los mejores aliados para alcanzar un mundo más claro y firme. Los libros de Ballesteros (historia pura y sensata evocación) y Pérez Henares (aventura y sorpresa nacidas de la vieja crónica) son bienvenidos aquí, son aplaudidos y vitoreados, porque con ellos Guadalajara se hace, de verdad, más abierta y diáfana, más sin paredes.

Luis de Lucena, un paisano con prosapia

El escudo de armas que quiso utilizar Luis de Lucena es un trasunto de su empuje espiritual

De los elementos patrimoniales de la ciudad alcarreña, la capilla de Luis de Lucena es uno de los más curiosos porque no se parece a ningún otro. Resto único de la iglesia de San Miguel, tiene elementos mudéjares y manieristas formando un conjunto que atrae cada año a miles de visitantes. Aquí veremos hoy un breve memorial de la vida de su promotor, un alcarreño del siglo dieciséis.

Vivió Luis de Lucena en su niñez y juventud los años dorados en que don Iñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, levantaba su gran palacio gótico‑mudéjar. Y los vivió en Guadalajara. Llegada la edad del estudio, quizás fue a Alcalá, quizás a Montpellier. No hay papeles que lo confirmen. Pero estudió, de eso no hay duda, y se hizo doctor en Medicina. Tras terminar la carrera, fuese a Toulouse, donde se quedó a residir y ejercer la profesión. Estando allí, en 1523, publicó un libro que poco antes había compuesto. Le preocupaban entonces los temas de la salud pública, y su enemiga, la callada y misteriosa enfermedad de la peste, y la obra se dirige al atento cuidado de la Peste y los útiles remedios contra esta enfermedad.

Hasta ahora, todos cuantos se habían ocupado de Lucena, le hacían eclesiástico al tiempo que médico. E incluso ha habido autores, que le hicieron cura párroco del lugar de Torrejón. Hubo un tiempo en que lo llegué a dudar, y que el único clérigo de la familia habría sido don Antonio Núñez, también canónigo, su hermano. No hay duda de que don Antonio fue cura párroco de Torrejón de Alcolea (hoy Torrejón del Rey) y de las Camarmas (Camarma del Caño y Camarma de Esteruelas) pueblecillos todos pertenecientes entonces al alfoz o común de Guadalajara, en su sesma del Campo, en el pequeño valle del río Torote. Consta en esos documentos que el canónigo Antonio Núñez se hizo construir una casa con granero en Camarma del Caño, así como que Lucena dejó bastantes bienes, fundamentalmente olivares, en el término de Torrejón, para acrecentar los fondos de su fundación pía. Las investigaciones más recientes de Liliana Campos concluyen que Luis de Lucena fue también clérigo. Así es que en eso quedamos.

No fue la dulce Francia el destino último de nuestro personaje, sino los más equilibrados confines de la península itálica, en donde radicó dos largas temporadas de su vida, la última de ellas, y definitiva, desde 1540 a 1552, año de su muerte. Es la época de los grandes Pontífices humanistas, pasado el tumulto de Julio II y sus choques apasionados con Miguel Angel, vienen al solio los más mesurados Médicis, León X, y Clemente VII, este último, Julio, muerto en 1534. Son luego Paulo III, el romano Alejandro Farnesio, y Julio III, Juan María Ciocchi, los que gobernarán a la Ciudad Eterna y sus grandes estados durante la estancia en ellos de Luis de Lucena. En esa época culmina la actividad de Academias particulares, regidas y protegidas por grandes mecenas, generalmente eclesiásticos. A la grande reunión del Cardenal Colonna fue a la que solía acudir Lucena en Roma, y allí compartir estudios y esperanzas, abrir nuevos caminos al saber y lanzar preguntas repetidas sobre el mundo, con otros humanistas españoles. De las relaciones que el Dr. Luis de Lucena tuvo en Roma podemos colegir la importancia de este compatriota en el ancho campo de la general sabiduría. Las citas que de él dieron unos y otros en sus libros, permiten considerar el rango de actividad y dignidad alcanzado por este hombre.

Con Páez de Castro, el humanista que en el pueblo de Quer vio la primera luz y allí, entre libros, códices y reales crónicas dejó la vida, tuvo gran amistad Lucena en la capital romana. Decía Páez que con él tenía mucha conversación y le profesaba un gran afecto. Y aún nos revela el historiador alcarreño, en las cartas a Zurita, un dato misterioso y hasta ahora poco tenido en cuenta, relativo a la personalidad de Lucena: Del doctor Lucena ‑dice Páez‑ tengo entendido es aficionado a secretos naturales. Por ahí le vemos ya como un preocupado del espíritu, ¿quizás en los predios de la parasicología?  Indudablemente, no como alquimista, dado el sentido humanista y racional de su vida.

Con el también español Juan Ginés de Sepúlveda tuvo gran amistad el alcarreño: en 1549, don Luis escribió a Juan Ginés, celebrando la intención de este último de ir a Roma donde  ‑dice Lucena‑ es tan grande el comercio intelectual, y hasta las murallas y las ruinas son escuela de erudición. Con el erudito don Diego de Neila trabajó también, llevando en común la tarea de corregir y editar el Breviario del Cardenal Quiñones, encargo hecho por Clemente VII, y que no se llegó a publicar hasta el Pontificado de Paulo III. De otros eruditos hispanos que en Roma amistaban con Lucena, nos quedan noticias en el testamento que redactó pocos días antes de su muerte. Con Ginés de Reina Lugo, con Francisco de Juan Pérez, con Diego Ruiz Rubiano y Juan Bautista Otonel de Gerona tuvo relaciones. La mezcla que con ellos se hacen otros nombres europeos, flamencos especialmente, nos llevan a pensar en un cierto grado de inclinación hacia algunas de las directrices religiosas y de pensamiento que tan en boga estaban durante aquellas fechas. Sabido es que el reinado de Carlos V es, no solo en el plano grandilocuente de las Dietas y los choques contra luteranos, sino en el soterrado de los alumbrados, erasmistas y otras sectas, un auténtico hervidero de disidentes reformistas, en cuyo papel no es difícil ver a Luis de Lucena. Sabido de todos es que la corte de los Mendoza, en Guadalajara y Pastrana, fue el núcleo más numeroso de estos preocupados del espíritu, y que hacia 1520‑1525 la Inquisición comenzó a hacer la limpia de todos ellos. ¿No es por entonces cuando nuestro doctor Lucena se va a Francia (escribe el libro en 1523) y luego a Roma?

En la Ciudad Eterna, acudió también Luis de Lucena a la “Academia dei Virtuosi”, mantenida por el cardenal Domenico Grimani, gran amigo de Erasmo de Rotterdam. Formaba este estudio uno de los círculos heterodoxos que se movían a la sazón en Roma. Otro grupo destacado de intelectuales era el de Viterbo que seguía a Valdés y en el que había un grupo de españoles que en esa época intervienen, muchos de ellos heterodoxos y espiritualistas. Así, aparecen diversos individuos que se formaron en la Universidad de Alcalá, como Sepúlveda y el alcarreño Páez de Castro. También anduvo en el tema el “embajador” Diego Hurtado de Mendoza, primo del duque del Infantado, y con todos ellos Lucena. Trabajó éste junto a Diego de Mila en la traducción del Breviario Reformado del cardenal Quiñones, tenido por heterodoxo, formando todos ellos parte de un grupo denominado de bayanos de ciertos tintes erasmistas.

Un interesante estudio de la profesora Calí, en el que hace revisión de este ambiente romano, intelectual y artístico, de las Academias humanistas, menciona una y otra vez a Lucena, de quien argumenta ser uno de sus más dinámicos animadores, y decididamente un importante humanista que debió desarrollar su actividad en Italia por estar impedido de volver a España, a causa de sus ideas un tanto reformistas.

Antes de marcharse al extranjero, Lucena se dedicó a recorrer España en busca de antigüedades romanas. El Renacimiento, el afán de vuelta a lo antiguo, apunta uno de sus objetivos de sabiduría al conocimiento de la epigrafía griega y romana. Cada piedra hallada, con cuatro letras dispersas y medio borrosas que tuviera, ya se consideraba un importante objeto de estudio. Don Luis buscó en los lugares de positivo interés arqueológico, desenterró lápidas, y copió sus inscripciones. Formó luego un pequeño tomo con ellas y se las llevó a Italia, donde dio forma a su estudio, que tituló Inscriptiones aliquot collectae ex ipsis Saxis a Ludovico Lucena, Hispano Médico, y que en 1546 ingresó en los archivos del Vaticano, de donde, a fines del siglo XVIII, fue copiado por don Francisco Cerdá y Rico, y llevada la copia a la Academia de la Historia de Madrid. En esta actividad de erudito arqueólogo le menciona Ambrosio de Morales, en sus “Antigüedades de España”. Y como arquitecto y entendido en el arte de las construcciones, a Lucena le alaban algunos afamados autores italianos. Ignacio Danti y Guillermo Philandrier eran, con él, pertenecientes a la academia Colonna, y este último, en sus Annotationes in Vitrubium, señala a Luis de Lucena como “el más perito censor de sus trabajos”. De su quehacer constructivo veremos luego la huella genial que nos dejó en Guadalajara, el monumento que justifica este libro.

Pero aún nos queda mencionar la faceta, quizás menos trascendente, pero que también le dio gran fama, de médico en la corte vaticana. Fue uno de los médicos del Pontífice Julio III. Y de don Antonio de Agustín, otro español en Roma, nos llegó la anécdota, que pone en la obra De libris quibusdam hispanorum variorum Ignacio de Asso, de cómo Lucena le dio un sabio y efectivo remedio contra el dolor de muelas. De su testamento fue albacea el conocido médico doctor Juan de Valverde, que publicó algunas obras de medicina en París y Roma. Como se puede apreciar, es notable el ambiente de exilio en el que Lucena se desenvuelve, lo que puede explicarse por el afán de saber de todos estos españoles, que les lleva a quedarse a vivir en Roma y en otros lugares de Europa o no sólo por ello, sino que corren otros aires de heterodoxia por bajo de esta actitud de pulcro humanismo.

Murió Lucena en agosto de 1552, en la casa donde había vivido, situada en la puerta Leonina, por el campo Marcio. Fue enterrado en la iglesia de Nuestra Señora del Pópulo, en Roma, y a pesar de lo dispuesto al inicio de su testamento, en el que desea ser enterrado en su capilla de Guadalajara, el hecho es que los huesos del doctor Lucena se quedaron para siempre en Italia. El amor a su tierra chica, a sus gentes, a sus familiares y amigos, en un apego exquisito por cuanto constituía su raíz vital, quedó bien patente en el testamento que, aunque firmado el 5 de agosto, pocos días antes de morir, debía tener ya muy preparado y meticulosamente dispuesto. En él instituye una biblioteca pública en Guadalajara, quizás la primera que hubo en España, a situar en el piso alto de la capilla de Nª Srª de los Angeles, que él previamente había diseñado y mandado construir. Su testamento completo, con algunas noticias complementarias a las anteriormente expuestas, fue publicado recientemente, por Aache, en un libro firmado por Liliana Campos Pallarés y titulado “El testamento de Luis de Lucena, humanista y médico de Julio III”, cuya lectura recomiendo vivamente.

Juan Pablo Mañueco, un aluvión de palabras

Con "Guadalajara te doy mi palabra" reaparece Juan Pablo Mañueco en el escenario de las letras arriacenses.

Es Guadalajara una tierra que ofrece una larga nómina de escritores: unos que aparecen y otros que reaparecen. A esta segunda estirpe pertenece el personaje al que hoy me refiero: porque si no nacido en Guadalajara, a la vida, sí que lo hizo a la poesía y a la creatividad. Es uno de nuestros más altos valores, y conviene decirlo, y que se sepa. Juan Pablo Mañueco regresa a la cotidiana cita con sus lectores.

Desde Camilo José Cela (andante de alcarrias) a Francisco García Marquina (palabra que bulle y atina), y desde Alfredo Villaverde (poeta en la cima y voz de honduras) a José Antonio Suárez de Puga (sonetos y medidas voces que no se apagan) en Guadalajara ha vibrado siempre la letra castellana y ha estremecido a todos cuantos han leído a sus autores: importados unos, aquí nacidos otros. Creo, sinceramente, que todos entusiasmados de esta tierra que les acoge, o que lo hizo en su día.

Por eso quiero hoy traer a mis lectores la noticia de un resurgir con fuerza y con mensaje, de una voz que no por antigua se ha olvidado, y que sigue viva y pletórica de realidades y promesas. Es la de un escritor, periodista que lo fue de esta casa, novelista, comentarista político, poeta y hombre de letras en su dimensión más cierta: la de Juan Pablo Mañueco Martínez.

Una obra en la vanguardia

De nuevo llega Juan Pablo Mañueco y nos sorprende con una obra literaria, aparecida en estos días por librerías y redes sociales, que en esta ocasión va dedicada por completo a la nación castellana, de la que trata, poéticamente, de todos sus perfiles y desde múltiples perspectivas. Conjuntando dos tomos, bajo el mismo título se abarcan visiones muy diferentes de Castilla, a través de su historia, su literatura, sus paisajes, sus ciudades y su porvenir.

Solo paseando por su índice vamos a entrever la trama de esta obra, que se dedica al análisis (en su primera parte) de la literatura castellana, en todo su recorrido desde la inicial Bardulia hasta el Siglo de Oro.

De hondo e interior venero

que en cascada entre piedra y musgo brota

no es Cadagua un reguero

que porte escasa gota.

Un mundo en murmullo ya en su agua flota.

Así comienza, desde la altura cántabra, la voz de Mañueco a referirnos todas las expresiones que la literatura ha tenido en nuestra tierra, la Castilla original y señera en la que nos albergamos. Son las jarchas primero, con las glosas emilianenses y silenses, las que nos saludan, y proponen seguir sabiendo de los libros de gesta, a los que da nombre el Cantar del Mio Cid, pero que se acompañan con el cantar de los Siete Infantes de Lara y los escritos de Bernardo del Carpio. Siguen los múltiples cánticos del mester de clerecía, en los aparece Gonzalo de Berceo, tan sonoro e  íntimo, o el cantar a Fernán González, más los escritos del rey Alfonso el Sabio y los escritos emanados de la universidad salmantina.

Con la lírica didáctica continúa Mañueco, y ahí se extiende glosando al Arcipreste, a nuestro Juan Ruiz, el de Hita, a Pero López de Ayala, a don Juan Manuel y a esos ignotos maestros que componen el romancero viejo, la lírica popular junto a la lírica culta.

Este tratado solemne, bien escrito, ameno y didáctico, concluye con las obras de los más modernos vates castellanos: desde el marqués de Santillana a Juan de Mena, y desde Jorge Manrique a La Celestina, todos ellos ligados, de un modo u otro, con esta provincia actual que ha sido siempre clave y latido de Castilla. Todo el poema está escrito en liras (y en romances y en seguidillas, y luego hay cuartetas, sonetos, canciones medievales, coplas asonantadas, etc).

El primer tomo concluye con un Himno a Castilla, una canción para los comuneros, algunas seguidillas y un cántico final a la señora Castillesquieu, de cuyo apelativo tendrá el lector cumplida razón si hasta la página final alcanza. En el segundo de los tomos, el autor de tamaña obra nos alegra el corazón con sus sonoros y bien compuesto cantos a los pueblos y ciudades de Castilla. Tantos y tantos rincones íntimos, solemnes, queridos y añorados, como el naciente Duero en Soria, el Puentecurvo de Pancorbo, los faros de Cantabria, la plaza mayor de Valladolid o el trasiego de almenas en Ampudia.

Aunque luego siguen volando sus versos, empecinados y airosos, sobre los temas más puramente alcarreños, tan nuestros. Y así Mañueco  se pone ante la Virgen de la Leche de Alonso Cano, ante las ruinas del alcázar capitalino, o ante los leones del patio mágico del palacio ducal de los Infantado. Un septenario de preguntas por las iglesias de Guadalajara sigue a esta serie, que se constituye en un denso añoro por la ciudad en que vive el autor, y en la que pasean sus numerosos lectores.

Quizás para los críticos que aborden este libro, esta obra única en dos tomos, resulte difícil clasificar su estilo, su intención final. Yo no lo creo, porque ante la diversidad de pasos que va dando por sus páginas, el autor manifiesta siempre su fácil versificación, su rigor de pensamiento, y su facilidad para el neologismo. El mismo autor nos lo explica a media voz: escribe en “realismo simbólico”, que es la realidad pasada por el tamiz intenso de los símbolos de la imaginación poética y literaria…

Sinceramente, creo que estos versos son muy, muy buenos. Con ellos acabo esta visión sucinta, y asombrada de esta Castilla este canto es tu canto de Juan Pablo Mañueco:

Nadaba el mar en torno y era tarde,

la hora roja que el cielo incendia en brasas,

cuando el hachón en llamas notó escasas

candelas granas y corinto en que arde.

 

Nadé mar adentro aun, nada cobarde,

por ver, añil y ocre, la lid en que asas

del mar calan ámbar fuego. Sus rasas

chispas rubias brincaban ya sin barde.

 

Lumbre púrpura así se defendiera:

azuzando el azul fuera del agua.

Lid de olas garzas y rubí en degrado

 

que, si el limón en fuego de la hoguera

volvió pavesa, así la acuosa fragua

ceniza fue luego en luctuoso nado.

 

Más tarde, bruno tanto mar y cielo

se escuchó sólo el ritmo en desconsuelo

de oleaje, plañiendo negro duelo.

Pero si hay alguna espectacular aportación en esta obra, que vaya más allá de la erudición y la capacidad descriptiva, es la creación de una nueva forma de composición poética, y más concretamente de la “Victoriola”, a base “dos liras entre cuartetos”. De las varias que nos entrega Mañueco, quizás sea esta, una de las que rematan el libro, la que a mí más me gusta:

EL TORO DE LA LLUVIA

(Victoriola con cuartetos serventesios)

 

El toro de la lluvia nubes trota,

soberbio en los arpones

que escalan la remota

borrasca en que agua inducen sus pitones.

 

Hinca sus dos hachones

hasta causar la mengua de la gota

al cielo, que astas de iones

cornean cota a cota

por escalar venero en donde brota.

 

Desencadena toro

de tormentas, de rayos y aguaceros

tu acción de meteoro,

con los sabios aceros

que agudizan tu frente, delanteros.

 

Haz que el cielo despliegue su tesoro

a tus bastones fieros

y que se rinda al toro

agua en vuelo herida a lluvia

por la furia astral de tus punteros.

Algunos datos biográficos de Mañueco

Nacido en Madrid en 1954, Juan Pablo Mañueco Martínez es licenciado en Filosofía y Letras (sección de Literatura Hispánica) por la Universidad Complutense de Madrid, y ha ejercido la docencia de Lengua y Literatura Españolas, en diversos centros de Enseñanza Media de Guadalajara y de Madrid. Además de profesor, ha actuado como periodista, escribiendo en diversas publicaciones periódicas y fundando y dirigiendo otras, como “La Crónica del Henares”,  habiendo mantenido durante los años 2003 al 2008 una columna semanal de opinión en las cabeceras alcarreñas “Guadalajara 2000″ y en este periódico “NUEVA ALCARRIA”. También colaboró en “Guadalajara. Diario de la Mañana” durante los años 1979 y 1980. Y por su reportaje “Castilla y León: 750 años de unidad”, obtuvo la Mención de Honor en el Premio “Provincia de Guadalajara” de Periodismo, 1981, otorgado por la Diputación Provincial de Guadalajara.
Como poeta, ha publicado previamente dos libros: “Claridad que surge del agua” y “Cancionero y Romancero de la Alcarria”, que obtuvieron el Premio “Provincia de Guadalajara”  de Poesía de 1977 y 1981, respectivamente. Tras un interregno de más de 30 años, Mañueco vuelve a donde solía, y camina por estas trochas de la creación poética, con el aplomo de quien sabe hacerlo, y el enorme bagaje de su cultura y sus lecturas.

Datos de sus obras

Las últimas obras de Juan Pablo Mañueco son una expresión literaria de calidad en las que destacan “Guadalajara, te doy mi palabra”, un libro de 84 páginas en el que se canta a las cosas, las historias y las gentes de nuestra ciudad, y “Castilla este canto es tu canto”, que se ha editado en dos tomos, en cuya parte primera va La historia, la literatura, el futuro. Y en su parte segunda Las ciudades, los paisajes, los estilos. Cada uno de los tomos tiene 156 págs. En un futuro inmediato está prevista la aparición de otro gran libro, algo nuevo y que va a sorprender, porque conjuga la poesía con el teatro y la novela, todo en una especie de antología literaria que nos mostrará al definitivo Mañueco, poderoso de expresión y ofertas. Su título será “Dónde estáis los que soliáis?” y en ella se conjuga la novela de un visitante admirador que recorre la Guadalajara de hoy, colmado de asombros y decepciones, junto a la memoria de personajes y colectivos a los que se canta con limpia sonoridad poética.