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Un paseo por el ayer y el hoy de Tendilla

Las ruinas del convento jerónimo de Santa Ana, en Tendilla.

Es Tendilla una singular población de la Alcarria de Guadalajara. Situada en el fondo de un profundo valle que surge desde la altura de la meseta, y que como está “tendida” entre sus orillas recibió su nombre de esa circunstancia. Se acompaña de un arroyo, el llamado “arroyo del Prá” y está rodeada de bosques de pinos y olivares.

Su historia, que es antigua, se enmarca entre los intereses medievales de los reyes de Castilla, y de la familia o linaje de Mendoza, que la tuvo entre sus múltiples posesiones en calidad de señorío. Es a partir del siglo XV cuando esta familia acrecienta sus posiciones cortesanas, y la fuerza de los Mendoza consigue para sus villas exenciones, fueros, ferias y prerrogativas, que hacen crecer a Tendilla económica y socialmente. De entre los privilegios concedidos por sus señores, es la “Feria de San Matías” (ahora denominada como “Feria de las Mercaderías”) la que supuso, desde el siglo XV, su progreso y poderío económico.

Ello conllevó el auge de negocios, economías y aparición de edificios singulares, de los que aún quedan restos de importancia.

El patrimonio que debe admirarse en Tendilla

De su primitivo aspecto y obras de arte, quedan bastantes cosas que admirar. Es la primera su conocida Calle Mayor, declarada como Conjunto de Interés histórico-artístico. Más de quinientos metros de soportalados racimos de casas, con un sabor tradicional castellano, ensanchando a trechos su cauce con una plaza, con la iglesia parroquial, con el Ayuntamiento, con algún palacio, etc.
De sus primitivas murallas y castillo quedan muy leves restos. Estuvo cercada en todo su ámbito por fuerte muro, y a la entrada de la villa existió hasta el siglo pasado una puerta de fuerte aspecto, con arco apuntado y torreones adyacentes, llamada la puerta de Guadalajara. En un cerro al sur del pueblo, y en el lugar que aún la tradición señala con el nombre del Castillo, se conservan mínimos restos de lo que fue una magnífica fortaleza, construida en el siglo XV por los primeros Mendoza que aquí asentaron. Sobre abrupta roca, rodeado de foso, el castillo se componía de muros, varios torreones y, en su cogollo, de un edificio con cuatro torres, una de las cuales, más fuerte y ancha, era la del homenaje. En su interior se guardaban importantes pertrechos de los ejércitos mendocinos. Estuvo casi entera hasta el siglo XIX, en que toda su piedra fue aprovechada para construir en el pueblo.

Una magnífica fuente de corte popular, y ancho pilón se ve en una plaza al extremo norte del pueblo, ostentado un gastado escudo de armas de los Mendoza.
En un respiro que la calle mayor se da a sí misma, surge la gran iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, obra inacabada, pero que fue trazada con ideas de sobrepasar con mucho a lo que en toda la Alcarria hasta entonces, y era el siglo XVI, se conocía. De su gran edificio solo se terminó la cabecera y parte de la nave, quedando tan sólo iniciados los arranques de muros y pilastras de los pies del templo, que hoy se pueden ver penetrando a un patiecillo desde la iglesia. Su tamaño y calidad da idea de la pujanza económica del pueblo en el momento de iniciarse la obra. De su primer impulso, en el siglo XVI, es el ábside de paramentos robustos, contrafuertes moldurados y ventanales con dobles arcos de medio punto, lo mismo que se observa en los muros laterales. La portada es obra de comienzos del siglo XVII, con severidad de líneas, achatada proporción y un exorno lineal de cuatro columnas jónicas, un frontoncillo y vacías hornacinas. De las dos torres proyectadas, sólo se terminó una, en el siglo XVIII, bajo la dirección del arquitecto Brandi. En su interior se pueden admirar algunas losas sepulcrales con escudos de armas en ellas tallados, y la imagen de la Virgen de la Salceda, de unos diez centímetros de altura, tallada en madera, y procedente del cercano monasterio de franciscanos de La Salceda.

En la calle mayor se encuentra también el palacio que construyó el secretario real de Hacienda don Juan de la Plaza Solano, nacido en Yélamos de Arriba, y muerto en Madrid en 1739. Es obra sencilla de arquitectura barroca, con portón de almohadillados sillares y escudo cimero. Anejo al palacio está el oratorio o capilla de la Sagrada Familia, obra suya, y de la misma época y estilo. El interior del palacio, conserva intacta su primitiva estructura, y en él se conservan interesantes recuerdos, muebles y retratos de varios miembros de esta familia.

En la calle Franca, paralela por el sur a la calle Mayor, pueden admirarse varias casonas noblescon escudos de armas, grandes portones y hermosas rejas de hierro labrado. En una de ellas, junto al escudo de un hidalgo, cubierto de yelmo y con el símbolo de la cruz, la palma y la espada, significativo de ser de “familiar” de la Inquisición, se lee esta frase: “Siendo inquisidor general el Ilmo. Sr. Diego de Arze y Reynoso, obispo de Plasencia” puesta en honor del máximo gerente del Santo Oficio por su agente alcarreño.

Las ruinas del monasterio jerónimo de Santa Ana

Parte importante del Patrimonio Histórico-Artístico de la Villa de Tendilla es su antiguo Convento Jerónimo de Santa Ana.

Sobre la empinada ladera que por el mediodía arropa a la villa de Tendilla, se alzan medio escondidas entre un bosquecillo de pinos las ruinas mínimas de lo que fuera el monasterio jerónimo de Santa Ana, fundado en el último cuarto del siglo XV por los señores del lugar.

Este monasterio jerónimo se fundó en 1473, a instancias del primer conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza, y su esposa doña Elvira de Quiñones. Se inició su construcción en ese año y con la ayuda económica del conde de Tendilla enseguida pudo albergar una comunidad de monjes pardos que se dedicaron a la oración y la vida contemplativa. Los condes adquirieron a perpetuidad el patronato de la capilla mayor y el derecho a ser enterrados en ella. Así ocurrió con los fundadores, que a su muerte en 1479 quedaron sepultados bajo unos artísticos mausoleos de corte gótico, tallados en alabastro por el mismo autor o taller que el Doncel de Sigüenza. El hijo de los condes, arzobispo de Sevilla, don Diego Hurtado de Mendoza, favoreció generosamente al cenobio, pagando el retablo, y muchas joyas. Quedó también enterrado en su capilla mayor, aunque luego lo llevaron a la catedral sevillana, donde hoy descansa bajo un mausoleo trabajado por Doménico Fancelli.

Tanto los sucesivos señores de Tendilla, como los más humildes de sus habitantes labradores, ayudaron con limosnas y ofrendas durante siglos a los jerónimos de Santa Ana. La Desamortización de Mendizábal acabó en 1836 con la existencia de este monasterio, y aún con la Orden de San Jerónimo. Los frailes exclaustrados se dispersaron por el mundo, dedicándose muchos de ellos a la música. El edificio de Tendilla, expoliado enseguida, y claramente ruinoso, de tal modo que en 1843 se vendió por el Estado al vecino de la villa don Pedro Díaz de Yela en 20.100 reales para que aprovechara la piedra que quedaba.

Los sepulcros de los fundadores, gracias a la comisión Provincial de Monumentos, se desmontaron de aquel lugar abandonado y en 1845 fueron trasladados a Guadalajara, siendo instalados en los extremos del crucero de la iglesia de San Ginés, donde en 1936 aún sufrieron agresión, y hoy, apenas restaurados, permiten hacerse idea de lo que fueron en sus orígenes: unas espléndidas piezas de la escultura funeraria tardogótica.

Sabemos por las referencias que del cenobio nos dio el padre fray José de Sigüenza en su Historia de la Orden de San Jerónimo, que este monasterio estaba construido en un estilo que cabalgaba entre las tradicionales formas góticas y las nuevas renacentistas, y puede calificarse sin duda como una de las primeras edificaciones del nuevo estilo del Renacimiento que de la mano de los Mendoza se introdujo en España. La iglesia, de una sola nave, construida en estilo gótico flamígero, presentaba un testero sobre el que apoyaba un magnífico retablo de pinturas, que hoy se conserva en el Museo de Bellas Artes de Cincinati (USA) debido a los pinceles del círculo que creó en España, en los inicios del siglo XVI, el flamenco Ambrosio Benson. La cabecera del templo, que es lo poco que del mismo queda en pie, ofrece unos arcos muy apuntados reposando en ménsulas lisas. De ellas nacen los nervios de la bóveda que sin duda serían de tercelete y muy combados. Este edificio, a pesar de estar patrocinado por los Mendoza alcarreños, y de haber tenido quizás un arquitecto director del círculo mendocino de Vázquez, Guas ó Trillo, es todavía plenamente gótico, más próximo, por lo tanto, a las normas de los Adonza.

En cuanto a las ruinas de su edificio, conviene decir que hoy vemos los restos de su nave, con los arranques de los haces de columnas adosadas a los muros, y el testero del presbiterio, estrecho y elevado, del que arrancarían bóvedas nervadas, cuyos inicios aún se adivinan. En concreto se ve el arco central de los tres que componían el presbiterio, parte del lateral derecho y el arranque del izquierdo con las mensulillas en las que apoyan. Se añaden las basas y arranques del coro a los pies de la iglesia, así como fragmentos de basas de los soportes de la nave, sin duda de tipo gótico, y lo que podrían ser restos de un portalón que debió cobijar la primitiva portada. El resto de las construcciones no son sino un informe montón de ruinas, enclavadas, eso sí, en un paraje de bellas perspectivas.

Mi propuesta al respecto sería la de recuperar estas ruinas venerables, y ofrecerlas a la contemplación de los viajeros y curiosos. Deberían hacerse simples tareas de limpieza, y de acceso a través de paseos de buen firme, pasarelas de madera, algunos carteles indicativos desde el pueblo, una somera iluminación, y cuidado habitual de limpieza y mantenimiento del entorno. Y nada más.

 

Los viajes de don Pedro Castillo por Guadalajara

Pedro Castillo Galvez

El profesor don Pedro Castillo Galvez

Queda claro que es a través de los libros como muchos se quedan a vivir tras la muerte. En estos días hemos tenido ocasión de leer los “Viajes por la provincia de Guadalajara” que en forma de libro nos trae la memoria de quien fuera profesor, y maestro de maestros en Guadalajara, don Pedro Castillo Galve.

Gracias al entusiasmo y el filial recuerdo de Augusto Castillo Abascal, en estos días he podido pasearme por las páginas de un libro que ha recuperado su existencia gracias a las modernas tecnologías de la edición. La palabra amable y sabia de quien fuera “maestro de maestros” y para el que muchos corazones alcarreños siguen teniendo un buen gesto de agradecimiento, ha rebrotado en páginas y fotografías, y ahora está al alcance de cualquiera en un libro que, firmado como corresponde por el autor de los textos, es expresión de un cariño unánime. “Viajes por la provincia de Guadalajara”. Así se ha bautizado el conjunto de textos que don Pedro Castillo escribiera en los años 60 y 70 del pasado siglo, y que guarda muchos valores. Los vemos a continuación.

Los viajes de don Pedro por Guadalajara

En esta obra que comento, y que puede ser una herramienta muy útil para maestros y profesores, Pedro Castillo plasmó un viejo requerimiento que los enseñantes tienen, y que deberían mantener como norte preciso en su actuación. Y es el de dar a conocer la tierra en que viven sus alumnos, contarles su historia, señalarles sus monumentos, hablarles de sus personajes y alentarles a conocer sus fiestas.

Siguiendo las pautas que por entonces, en la segunda mitad del siglo XX, dictaba el Ministerio de Educación y Ciencia, Castillo Gálvez se propuso no solamente recomendar a sus alumnos esa tarea de conocimiento y reconocimiento de la provincia, sino que él mismo se embarcó en la tarea, larga pero amable, de elaborar un texto, de escribir los capítulos, ilustrarlos, y hacerlo todo a través del viaje y la visión directa: nacerían así una serie de viajes por los partidos judiciales (a la sazón eran nueve) que se presentarían escritos a máquina, ilustrados con fotos, encuadernados incluso, y que consiguieron en algún caso llevarse algún premio nacional.

La esencia de la tarea era bien sencilla: formar un grupo de alumnos y alumnas de Magisterio que, junto a un profesor tutor, o con el propio Pedro Castillo, se comprometieran a viajar por los caminos (alguna carretera había, sí, pero en muchos casos eran caminos de tierra) y llegar a los enclaves principales de cada partido judicial. Desde Guadalajara a Molina pasando por Brihuega, Cifuentes, Sacedón y Sigüenza, acabando en la Sierra de Atienza y Cogolludo y rematando en la Alcarria baja de en torno a Pastrana.

De cada lugar ponían un poco de historia, hacían una descripción pormenorizada de los monumentos, hacían alusión a las bellezas naturales, también a las fiestas, y acababan el capítulo con la reproducción de una poesía alusiva a ese entorno, que solía ser de José Antonio Ochaíta, de Jesús García Perdices, de López García en Tendilla o de Cortijo Ayuso en Pastrana. Aunando todo tipo de información en un solo capítulo, juntando historia con poesía, datos de arte con geografías, etc.

Pedro Castillo Galvez

Todo ello iniciado con una visión general de la provincia, y que nos da idea de cómo se encontraba ésta por entonces (habitantes, industrias, comunicaciones, perspectivas…) sabiendo que el futuro estaba más en el turismo que en la industria, aunque aquel pasaba especialmente por la esperanzada realidad de los Embalses de la Alcarria, que hoy sabemos fue una esperanza rota.

Don Pedro Castillo se apoyó en los escritos e informaciones que le proporcionó su bien amigo Francisco Layna Serrano, a quien le gustó especialmente la idea de hacer estas “cartillas” formativas sobre la realidad de la tierra, y aplaudió siempre el proyecto, que vino a acabar con éxito y mejor formación de los alumnos.

Todo esto es lo que se plasma en el libro que acaba de salir de la imprenta. Estos “Viajes por la provincia de Guadalajara” de don Pedro Castillo Galve hicieron por la provincia mucho más que futuros discursos hueros y rimbombantes de mesiánicos políticos vendehúmos, que también vinieron luego. Hoy sale en papel impreso aquel proyecto que debería tener continuación, o al menos mantenimiento, y enseñar a ver a las jóvenes generaciones los valores que están depositados en la tierra en que viven, antes que lanzarles al descubrimiento de un mundo ajeno y que solo trata de conquistarles para venderles algo.

El profesor Castillo Gálvez

Conviene recordar, aunque sea someramente, la figura de don Pedro Castillo Gálvez, nacido en Archilla en 1912, y estudiante en Guadalajara de la carrera de Magisterio, que superó con facilidad, accediendo al Cuerpo Nacional de Maestros en 1934, siendo destinado primeramente a la escuela de Casa de Uceda. Tras la Guerra, en octubre de 1940 pasó al Grupo Escolar Cardenal Mendoza, ubicado entonces en la plaza de Santa María, y poco después por oposición obtuvo la plaza de regente de Anejas, siendo en 1945 transformado el cargo en director de la Escuela Graduada Aneja. Que es el puesto en que se mantuvo muchos años, hasta su jubilación en 1982.

Como algunas de las actividades docentes que practicó conviene recordar que dirigió el periódico “Voz Escolar”, que estaba destinado a alumnos y familias. Recibió la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, en 1966, y en octubre de 1974 fue nombrado Caballero de la Orden del Monasterio de Yuste, siendo propuesto en 1980, por parte de la Asociación de Padres de Alumnos del centro en que ejercía para recibir la placa al Mérito Docente de Alfonso X el Sabio. La Caja de Ahorro Provincial, a propuesta de la Comisión de Obras Sociales, instituyó en 1986 el Premio “Pedro Castillo Gálvez” de Redacción Escolar, como homenaje, en su nombre, al cuerpo de Docentes de Guadalajara.

Puede decirse que don Pedro Castillo tuvo una destacada presencia en la Guadalajara de la segunda mitad del siglo XX, época en la que le tocó vivir, como político y actor de la vida socioeconómica de esta tierra. En 1954 fue elegido concejal en el Ayuntamiento de Guadalajara por el tercio de Cabezas de Familia, instituyendo en su mandato un “Día del Niño” en las Fiestas de la capital. Influyó decisivamente para completar la construcción y puesta en funcionamiento del Grupo Escolar “Isidro Almazán” en el barrio de la Estación. Participó activamente en las gestiones para la construcción de una nueva sede para la Escuela Normal de Magisterio, y propició la construcción de nueva planta del Grupo Escolar “Cardenal Mendoza”. El Ayuntamiento le dedicó, tras su muerte (que ocurrió en 1996), una calle en los barrios de junto al río. Y este periódico “Nueva Alcarria”, en 1997, le nombró “Popular en Valores Humanos”, que recogió su hijo Augusto y que vino a materializar el cariño que había sabido cosechar entre sus conciudadanos a lo largo de su vida.

De todos cuantos han hablado de él, porque le conocieron y aprovecharon sus enseñanzas, se pueden resumir en dos apelaciones sus características, sin lugar a duda. Una fue la de “hombre bueno” que sin duda es a lo que muchos aspiramos a ser, aunque es difícil. Y otra la de “maestro de maestros” porque su vida entera la dedicó a la formación y profesionalización de los enseñantes.

Presencia de Guadalajara en Galicia

Monasterio de montederramoUn viaje reciente a la Ribeira Sacra de Orense y Lugo, me ha permitido contactar con una de las joyas del arte renacentista de la zona, más en concreto con el viejo monasterio de Montederramo (Orense) donde se puede admirar un claustro que evoca de inmediato las formas y las proporciones del mejor renacimiento alcarreño.

Al llegar, a través de estrechas y sinuosas carreterillas, al orensano monasterio de Montederramo, se palpa en la plaza del pueblo el ambiente heredado de la lejana Desamortización. Lo que fuera un solemne espacio, amplio y luminoso ante la enorme fachada del templo conventual, regido de benedictinos, de cánticos y liturgias, hoy es una pequeña plaza cuajada de coches aparcados, una sucesión (en el muro del monasterio) de bares, terrazas, puestos de chuches, una casa rural, una paragüerería, y mucha bulla.

Pasamos, sin embargo, a ver este antiguo eje de los monacatos. Una iglesia fastuosa, aunque vacía; un claustro gótico, rehecho y con banderitas de colores recordando que hasta hace unos años fue Colegio Público; unas salas con eco, y añadidos almacenes del anejo restaurante. Solo una cosa en Montederramo merece verse, y asombrarse ante ella. Esa es el Claustro de la Hospedería, el Claustro de la Portería, o el Claustro abierto, porque era el lugar donde entraban y posaban los visitantes, desde antiguos tiempos a hoy mismo, ya que es la única parte visitable sin guía y sin permisos.

Concebido como un patio civil y palaciego, preludio del convento en lo que de Colegio de Artes y Teología tenía, en sus muros se abrían las estancias del Archivo, la Cillería, la Botica, y al fondo las caballerizas, dejando un estrecho paso para entrar al gran claustro reglar, ese sí habitado y meditado por los monjes.

Este claustro, que de primera impresión nos recuerda al de San Bartolomé en Lupiana, o al del palacio de don Antonio de Mendoza en Guadalajara, es de planta cuadrada y se organiza con una arquería baja de medio punto, sostenida por columnas de fuste liso con capiteles jónicos muy rudimentarios (porque la talla sobre el granito gallego nuca puede ser fina, sino algo basta y rudimentaria) y un segundo cuerpo superior, adintelado a un ritmo que dobla el de los arcos inferiores con columnas y zapatas, con volutas y mascarones inspiradas en las de madera utilizadas en los patios de la zona de la Alcarria. De esa manera se evoca el ritmo plateresco y renaciente de los patios alcarreños, cosa que también vemos en el cercano monasterio de Santo Estevo de Ribas de Sil, en su claustro grande. El remate se compone de friso decorado con motivos florales sobre el que apoya una cornisa moldurada. En ambas galerías se mantienen las primitivas cubiertas planas de madera.

A los capiteles jónicos con volutas en las esquinas de Montederramo, se le añade una colección de medallones que rellenan las enjutas de los arcos, y que uno por uno nos maravillan, y nos dejan con ganas de leer el programa conjunto que entre todos ellos se nos muestra. Y que no es fácil. Reconozco que me he tenido que apoyar en las interpretaciones de otros, para entender el sentido último de esa profusión y variedad de medallones.

En ellos vamos a ver figuras que representan al Padre Eterno, al Niño Jesús como Salvador, al Espíritu Santo en forma de paloma, a la Virgen María, a los apóstoles principales (San Pedro, San Pablo, Santiago el Mayor y San Juan) así como al fundador de la Orden San Bernardo, más el emperador Carlos de Habsburgo y a su hijo Felipe II. Esto en el nivel inferior delm patio, mientras que en el superior, que cuenta con el doble de arcos, y más enjutas, con profusión se nos aparecen figuras, cartelas, escenas y símbolos muy abigarrados (son en total 16 ahora) en los que se identifican con cierta dificultad seres fantásticos imspirados en los emblemas de Alciato y otros tratadistas humanistas, además de los escudos correspondientes al Císter e instituciones con él relacionadas, como Claraval, Calatrava, etc.

Esa amalgama de símbolos, personajes, y cifras, nos recuerdan las epopeyas talladas de Covarrubias, de Vandelvira y otros grandes de la decoración “a la romana” en Castilla. Es complicado hacer una síntesis de su relación mutua, y aún más complicado leer con nitidez el mensaje dictado. En el que se pone en relación lo que de Escuela tiene este claustro monasterial con la Encarnación, la Redención, la Corredención y los dones del Espíritu Santo, mostrando a la Virgen María en un papel esencial de la Virgen de mediadora y corredentora.

En el ala norte aparece Dios Padre, y en el ala oriental está el Niño Dios como Salvador, introduciendo la Luz al Mundo. En la panda occidental está el Espíritu Santo, y en la Sur se muestra la salutación angélica Ave Maria gratia plena sobre uno de los antepechos y rodeando un jarrón con tres lirios en referencia a la triple virginidad de María: antes, durante y después del parto, Virgen entre las vírgenes.

En el resto de las tarjetas talladas en los antepechos superiores pueden leerse los dones del Espíritu Santo, pues san Bernardo en dos de sus tres sermones dedicados a la festividad de la Anunciación, los desarrolló en relación con el misterio de la Encarnación, aludiendo a la flor que surgirá de la raíz de Jesé sobre la que se posará el espíritu del Señor. Coligiendo de esta interpretación teológica la intención bernarda de dar protagonismo a la Virgen, subrayando el hecho de que en la Encarnación del Verbo participan las tres personas de la Santísima Trinidad, por lo que se presentan (antropomórficamente) el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Este ámbito arquitectónico, severo y oscuro por el material con que está hecho, y porque refleja el habitualmente grisáceo ambiente gallego, se ha atribuido en su autoría a Juan de la Sierra el Viejo, quien lo construiría entre 1575 y 1578. Su estructura clásica a base de arcos, recuerda mucho a las construcciones que cincuenta años antes se han hecho en Castilla. En todo caso, y como de él decía Chamoso Lanas, el claustro de la portería de Montederramo es un típico claustro renacentista español.

Especialmente las obras que dirigidas por Lorenzo Vázquez aparecen en Cogolludo, Valladolid, Guadalajara, Mondéjar y La Calahorra. O por otros en San Pedro Mártir de Toledo, San Bartolomé de Lupiana o Santo Domingo de Ocaña.

En todo caso, una llamada en voz baja a la severidad del mensaje teológico, en esta tierra que es la cuna de los trasgos y las meigas, en la que aparece siempre el bullir de los diosecillos célticos y el paganismo vital bajo la humedad del musgo boscoso.

Sigüenza en versos

Francisco Vaquerizo Moreno, autor del libroLa Catedral de Sigüenza está en pleno aniversario. Un tiempo redondo, completo, monumental: nada menos que 850 años hace que fue consagrado su recinto como iglesia, como lugar sacro, como catedral incluso, sede de los obispos que ostentaban el señorío de la ciudad, y del territorio en torno. Ese aniversario es ahora celebrado de mil maneras.

Muchos sabéis ya que mi edificio favorito, en punto a monumentalidad y aporte de sugerencias artísticas, es la catedral de Sigüenza. Sobradas razones tiene para ello. De cuantas veces he ido hasta su silueta, y circulado por su interior, me ha surgido alguna sorpresa, he descubierto (para mí) algún detalle nuevo, y he podido disfrutar, en su silencio, con la evocación de lo que hicieron antañones personajes que la quisieron tanto, o más, que nosotros hoy.

De aquella pasión sincera, de aquel análisis espontáneo de sus muros, de sus espacios altos, de sus detalles afiligranados, ha salido algún que otro escrito, y un libro concreto, que firmé hace ahora un par de años, y que edité por mi cuenta en la colección “Tierra de Guadalajara”. Ese libro sobre la catedral de Sigüenza dice cuanto sé de ella, y narra la admiración que siento al verla.

Pero hay que reconocer que con mejores palabras, y con más apasionadas razones, la han descrito otros, de tal manera que han conseguido solemnizar su grandeza, y alzar sus mensajes de piedra en forma de palabra, de palabras rimadas, de sonoros versos.

Por ejemplo, y hoy es el motivo de mis líneas, el libro que acaba de escribir Francisco Vaquerizo Moreno, uno de los escritores que con más limpieza y solemnidad han puesto en rima la impresión que Sigüenza y sus edificios, especialmente la catedral, le han ofertado a lo largo de su vida. Yo he podido recorrer algunas calles, algunos pasadizos y aún patios traseros de la Ciudad Mitrada junto a su atinada visión de las cosas, y creo que siempre he aprendido y disfrutado, porque Vaquerizo saber poner en palabras nuevas y bien acordadas lo que este burgo medieval y añejo nos brinda a través de los ojos, y de otras variadas sensaciones.

Un canto a Sigüenza

En estos días ha aparecido (y casi desaparecido, porque se ha vendido tanto, que ha sido un “visto y no visto”) un libro de Vaquerizo que lleva por título “Poemario. La Catedral de Sigüenza”. Un título que lo dice todo, y que no necesita ni prólogos ni preámbulos, porque desde la primera página se explica a sí mismo a través de sus líneas rimadas, de sus versos tensos y sonoros.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

El libro se extiende a lo largo de un centenar de páginas, y atraviesa por diversos capítulos la fronda pétrea de la catedral. A través de escenas, de estancias, de individuos y situaciones históricas. Por referir el título de esos capítulos, y aproximarnos a su meollo, van aquí los temas: “La Ciudad”, “La Catedral”, “El Doncel”, “Don Bernardo de Agen” y “Martín de Vandoma”. Con esos mimbres se teje el libro de este centenario y pico. Con visiones de la Sigüenza clásica, con endechas a su catedral, con poemas sólidos a don Martín Vázquez de Arce, con romances suscitados por la hazaña quimérica del primer obispo, y por la vena triste y portentosa del artista venido de no se sabe dónde y aquí fallecido, tras dejar el edificio cuajado de sus honestas tallas. Muy bien ilustrado, el libro de versos se transmuta en algo más: de ser arroyo límpido y montaraz pasa a ser catarata de flujos sonoros, y acaba todo como un coda sinfónico que emociona.

Especialmente El Doncel

De todo cuanto narra y versa Vaquerizo en este su último (por ahora) libro de versos, quizás lo más sugerente sea el escenario prestado al Doncel. Desde su capilla de mediana luz y brillos tímidos se escuchan los poemas del vate alcarreño. Primeor aparece un “Tríptico del Doncel” que parece un altar ante el que yace el guerrero. Después viene ese famoso trance poético que ya en ocasiones anteriores exhibió el poeta, el dedicado al Libro que Martín Vázquez de Arce sostiene entre las manos, y que lee, o ha leído, pensando luego en lo que sus páginas dicen. Sobre ello cavila Francisco Vaquerizo:

 

Sin el Libro no fuera posible tu milagro

de fundir en un eco la piedra y el espíritu,

el tiempo cubriría de muerte tu reposo,

no cabría en tu gesto la síntesis del mundo,

toda tu metafísica quedaría indefensa

y tu alma saltaría en mil pedazos.

 

Todavía un breve canto al personaje se sucede del gran “Romancero del Doncel” que presta la garra de la métrica antigua a lo que es gesta también  pretérita, insólita y que hoy sería vista de cualquier manera menos heroica. En ese “Romancero” transmite el poeta la fuerza de su memoria en torno al personaje:

 

Trajeron a Martín Vázquez

a su Sigüenza del alma,

para consagrar su muerte

a la suprema enseñanza

de perennizar el tiempo

leyendo la misma página.

 

De la catedral seguntina saca el autor muchas enseñanzas, evidencia y propósitos. De sus torres altas acampanadas, de sus capillas interiores y aún de los sonidos que devuelven las bóvedas al pisar bajo ellas. Además del “poema azul” que dedica a su amigo Antonio Estrada, en el que pinta de un color no habitual la catedral toda, Vaquerizo se entusiasma al levantar los muros y alcanzar las techumbres. Dice así en el primer poema del libro, que es como definitorio y apologético:

 

Catedral de Sigüenza,

atril abierto al salmo de la vida,

equilibrio del aire, espejo donde

se miran las estrellas,

afirmación de todas las hipótesis.

 

Sin duda que se le hace un gran favor a la catedral con este libro. Porque los ejemplares volúmenes que hasta ahora han tratado de su historia, y de su arte, vienen a complementarse con este que es de cántico y alabanza -también de análisis, de ese que con el bisturí de la palabra busca el nervio fino que mueve los dedos y suelta la lengua hacia lo alto-. Así es que para el Poemario sobre la Catedral de Sigüenzaque Vaquerizo Moreno ha escrito, y publicado, con motivo del 850 aniversario de la consagración del edificio como estancia catedralicia va mi aplauso sincero y entusiasta. Sigo creyendo en él como poeta, pero también como amigo, como sabio analista de las cosas, como justo decidor de las cosas hermosas que nos rodean.

El convento de la Epifanía en Guadalajara

Convento de la Epifania en GuadalajaraEn estos días que la Navidad impregna, con sus sonar y su color, cualquier lugar o actividad de nuestras vidas, pongo en las manos del recuerdo esta presencia monumental que en el centro de Guadalajara se yergue; el convento (que fue de carmelitas y ahora de concepcionistas) dedicado a la Epifanía de Cristo, o a los Santos Reyes. Todos le conocéis, pero hay que ahondar en los detalles.

En el corazón de la vieja ciudad se encuentra todavía, aunque cambiadas las manos que le dirigen, un antiguo convento que forma parte de la historia de la ciudad. En lo bueno y en lo malo. Un enorme edificio y una más que amplia huerta a la que han ido comiendo terreno por allá y por acá, para construir edificios de nuevo tono. Pero el Convento de los Carmelitas sigue vivo, en alto, y dando silueta a la ciudad de Guadalajara.

Fue un benemérito eclesiástico, al parecer muy adinerado, un tal Baltasar Meléndez, de quien quedan las armas talladas, junto a las de la Orden del Carmelo, en la fachada de la iglesia conventual, quien en 1631 donó una cantidad enorme, (100.000 ducados eran mucho dinero) para que la Orden carmelita fundara en el centro de Guadalajara. ¿Motivo de la generosa donación? Meléndez se había declarado entusiasta de Santa Teresa de Jesús, de sus libros y sus mensajes, y había dado todo su caudal para esta misión. Y decía un historiador de por entonces, Núñez de Castro, que “hadescollado en breve tan hermosamente el edificio que a no satisfacerse los ojos se hiciera sospechosa, en tanto apresuramiento, la firmeza”.

Como nos dice Layna en su Historia de los Conventos de Guadalajara, se trata de una “sólida y amplia construcción situada al fondo de la plazuela donde muere una calleja procedente de la antigua plaza de San Nicolás; se ve el templo que arquitectónicamente considerado nada de particular tiene, pues es uno de tantos cortados del mismo patrón en las postrimerías del gusto clasicista con vistas al barroco…” pero en todo caso hoy asombra por su fachada de ladrillo, su lonja len la parte inferior constituída por tres arcos de medio punto labrados en piedra, y su interior en planta de cruz latina con cúpula hemisférica sobre el crucero, tres naves en el tramo inferior y bóvedas de medio cañón adornadas con relevados dibujos geométricos; en torno al templo, se levanta enorme y amplia la casa conventual que es paradigma de gran convento barroco, de esos que dan sustancia y carácter a una ciudad, como fue la Guadalajara del siglo XVII, a la que podía denominarse con toda imparcialidad “ciudad conventual”.

Cayeron bien en Guadalajara, estos frailes que dispusieron por nombre oficial de su convento el “de la Epifanía” o de “los Tres Santos Reyes”. Con ese nombre se le cataloga siempre. Aunque con los avatares posteriores, ahora se le conoce simpemente por “el Carmen”, porque aunque mantenido por franciscanos durante el último siglo, y por las madres concepcionistas, el culto a la virgen del Carmen, la patrona del Carmelo, ha sido initerrumpido. Menos culto se le ha dado a la Epifanía, esa es la verdad, pero el nombre ha quedado en los documentos.

Hubo una época en que este enorme convento protagonizó algunos sonados pleitos. Todas las casas de religión los tenían, porque querían utilizar sin tasa sus derechos “sagrados”, aunque progresivamente fueron apareciendo controversias por parte de burgueses, aristócrstas y pueblo llano.

Renacimiento en Guadalajara

A mediados del siglo XVII, y al advertir la comunidad que el agua de la noria era insuficiente para sus necesidades de abastecimiento y riego, intentaron sacar agua del manantial alto del Sotillo desde un depósito y cañerías que nacían en un pago que ellos habían adquirido previamente, y al que llamaron (y aún llamamos) “Haza del Carmen”. Lo trataron de impedir los Infantado, y los franciscanos (muy protegidos suyos), pero al final la justicia dio la razón a los carmelitas, a través de una «Ejecutoria del pleito del agua entre el convento de Carmelitas Descalzos y el duque del Infantado y el convento de San Francisco», pleito fallado a favor de aquéllos en 1663.

Todo fue bien en este Convento del Carmen hasta que en 1836 se decretó la Desamortización del ministro Mendizábal, quedando este convento, como otros miles más en toda España, a disposición del Estado. De aquella época es un curioso documento titulado “Inventario de todos los bienes del suprimido convento de Carmelitas Descalzos”fechado a 31 de marzo de 1836. En él se percata el lector de cuánto habían llegado a poseer estos frailes: terrenos, edificios, derechos, censos, obras de arte, etc. Todo requisado. Y las obras que se suponía podían servir al culto, distribuidas por otros lugares. De entonces consta documentalmente el traslado de un exquisita imagen representando a San Elías (del taller de Salzillo) a la iglesia parroquial de Ranera, de donde luego fue a parar al Museo Diocesano de Arte Antiguo, que es donde hoy se admira. Y otra que se describía como “Santa Teresa llevada al Cielo por un ángel” de la que se ignora el paradero.

El posterior destino de este Convento de la Epifanía fue un tanto triste: se utilizó en principio como almacenes estatales, depósito de quintos en las levas para guerras, luego se utilizó como primer destino de un Instituto de Segunda Enseñanza, y aún parece ser que actuó como depósito carcelario durante algún tiempo. Poco a poco deteriorándose, cuando el reinado de Isabel II se destinó nuevamente a convento, alojando allí a unas cuantas monjas franciscanas concepcionistas de la Reforma hecha por sor Patrocinio, “la monja de las llagas”, consejera de la Reina. Allí vivieron y cuidaron del templo, siendo enterrrada su fundadora en la gran capilla aneja al brazo del Evangelio. Durante largos años lo ocuparon también frailes franciscanos, que al final se han ido, el pasado año.

El templo es de una valía excepcional. Por un par de razones, por sus dimensiones y decoración, y por la autoría de sus planos, que se deben al montañés fray Alberto de la Madre de Dios, uno de los grandes arquitectos del Barroco español.

Aunque los planos son de 1632, la construcción del templo se hizo entre 1638 y 1646, terminándose la gran masa del edificio conventual, situado por detrás del templo, en 1652; una inmensa huerta lo rodeaba por sur y poniente, llegando hasta el actual paseo de las Cruces, que debe su nombre a la erección de un Calvario en ese lugar por los frailes.

Guadalajara entera

La portada de la iglesia, construida en los años inmediatamente posteriores, posee la típica estructura de los edificios carmelitanos. En élla alterna el rojo del ladrillo con la blanca piedra de Horche. Tres arcos semicirculares soportan la carga de un gran paramento dividido en tres calles por pilastras de ladrillo. En la central, una hornacina con talla moderna y gran ventanal. En las laterales, escudos de la Orden del Carmelo y del fundador Baltasar Meléndez. De remate, frontón triangular con óculo circular, y a un lado la espadaña de ladrillo. En el interior, de tres naves, destaca una pintura de la Trinidad, del siglo XIX, en el remate del altar mayor, y en el extremo de la epístola del crucero una gran reja de coro desde la que puede contemplarse la tumba de Sor Patrocinio. Su espacio es solemne y severo, no carente de elegancia. Los retablos, totalmente modernos, de la segunda mitad del siglo XX, y en las pechinas de la bóveda del crucero, las pinturas de los cuatro evangelistas, debidas al pincel del pintor alcarreño Carlos Santiesteban.

Se completa este convento, al que precede una de esas recoletas plazas de la Guadalajara antigua, sencilla y silenciosa, con un busto de bronce en memoria del poeta (cuasi carmelitano) y al que tentado estoy de preceder su nombre con el fray de los buenos, José Antonio Ochaita, quien en esta plaza también recitó, en los veranos de la ciudad vieja, sus versos emocionados. La talla es del escultor Navarro Santafé. Y el mérito de que todo quede en esta pulcra vanidad del olvido, es de quienes saben que en esta ciudad aún quedan, y deben quedar, estos señalados puntos de la memoria viva y del silencio.