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Reflexiones

Estamos en plena cuarentena, impuesta por el Estado, para evitar que aumenten los contagios del coronavirus, un ente a medias entre lo vivo maligno y lo natural peligroso: la Humanidad convivió siempre con elementos vivos (desde osos de las cavernas hasta mosquitos anofeles) que le podían fastidiar su curso vital en un instante, de un manotazo rasgante, de un leve picotazo en el cuello. Hemos aprendido a convivir con esos peligros, a combatirlos, a triunfar de ellos, pero… de un día para otro, y sin que los científicos sepan muy bien de qué manera, el planeta se ve invadido por una proteína microscópica que al entrar en contacto con el ser humano, le daña, y hasta le mata. 

Uno de los primeros problemas que se han destacado de este cursus horroris, ha sido su expansión, fácil y rapidísima: surge en una aldea de la remota China (donde tantas cosas han ocurrido a lo largo de la Humanidad pero que no han tenido influencia en ella) y a los tres meses está el planeta entero infectado, doliente y en peligro de muerte. Eso ha ocurrido gracias a la movilidad de la gente, sobre todo en aviones, que les permiten estar hoy aquí y mañana en los antípodas. Llevando el  virus encima, tosiéndolo, dejándolo pegado en manivelas y chaquetones. A España ha llegado gracias a compatriotas nuestros que estaban en China, y se han venido enseguida, pasando antes por Italia, y dejándolo todo perdido. Si se hubieran estado quietecitos, en sus casas….!!!! Llegó a Madrid (que por algo le llaman el rompeolas de las Españas) y desde allí, desde la capital, nos lo han traido a las pequeñas ciudades, a los pueblos, a las remotas aldeas…. Gracias. Ya pertenecemos todos al globalizado planeta Tierra.

Esta puede ser la reflexión primera. La otra, de más honda envergadura, es cómo vamos a desprendernos de este virus, no ya a nivel médico, para que el que todavía la Ciencia del siglo XXI no conoce la forma de curarlo, sino a nivel mental, a poder pensar que puedo apañarme por mi mismo. No: porque esto ha calado, y ya todos tenemos la selección mental hecha, y la conclusión adquirida, de que somos más bien propensos, somos frágiles, como unos simples seres vivos sobre un plantea despiadado, y caeremos “como chinches”. De nada vale tener un “Ferrari”, ni un “master” en merchandising, ni una “buena posición tanto social como económica”. No: la proteína automutante se te puede posar en la punta de la nariz, y de ahí directamente al último alveolo de tus pulmones, a hincharlos, a reventarlos. Y tú, sin apenas tener tiempo para asimilarlo, a dejar de latir, de pensar, y de tener.

En estos tiempos tan duros con los que hemos sido premiados, y que muchos tratamos (sin conseguirlo) de justificarlos en la Fe, en la confianza de un Sumo Hacedor Benéfico y Amable, y en los Sacramentos administrados por los ministros de la Religión que cada uno profese, solo cabe plantearse, con crudeza y realismo, la esencialiad de uno, la de su latir, su mirar, y su quehacer: aferrarse a la trayectoria de su vida, sin importar si pueda llegar a ser más o menos larga, pero sí a su propia consistencia, al calado de su obra, a la proyección más o menos amplia de su mensaje. Echarle un vistazo a los seres que nos rodean, a los que queremos y nos han querido, y calcular el recuerdo que de nosotros pueda quedar en ellos. Y, sobre todo, la longitud temporal, y el calado en distintos niveles, del hacer y el decir que de nuestra vida emanó: de los libros firmados, de las charlas dadas, de las fotografías hechas, de los pensamientos paridos, de las amistades fraguadas, de las facetas vitales -personales y sociales- puestas al descubierto. Serán muchas o pocas, será alguna o no será nada… lo que más rabia da es que esto se concluya con un simple soplo de aire: el que ha permitido que te entre el virus en el árbol respiratorio. Y que, por muchos esfuerzos que hagann sobre ti tus paisanos, la vida se acabe.

El Ministerio de Agricultura en Madrid en relación con el Panteón de la duquesa de Sevillano de Guadalajara

Un libro que sirve de regalo a los visitantes ilustres del Palacio de Fomento, en Madrid, me ha servido para encontrar algunos datos complementarios relativos a la construcción y ornamentación del que fuera ministerio de Agricultura, construido a fines del siglo XIX por Ricardo Velázquez Bosco. El libro se titula “El Palacio de Fomento”, es su autor Juan Carlos Arbex y es segunda edición del original, hecho en Madrid, en 1988.

No trato de valorar el libro, de resumirlo o de destacar los elementos más singulares o interesantes del mismo, sino de espigar los datos que tienen relación con el otro gran complejo arquitectónico que por le misma época realizó en Guadalajara el arquitecto Velázquez, a instancias de doña María Diega Desmaissières, condesa de la Vega del Pozo: la Fundación San Diego de Alcalá y panteón fúnebre familiar.

Era lógico que el arquitecto, como entonces ocurría en toda Europa y mundo occidental, se auxiliara de otros artistas especializados en la construcción de sus grandes obras. En el caso del Palacio de Fomento, y lógicamente en el de la fundación guadalajareña, contó con la colaboración de pintores, escultores, rejeros, ceramistas, jardineros y artesanos diversos.

Los ornamentos cerámicos de las fachadas se lo encargó el arquitecto al ceramista Daniel Zuloaga. Hizo unos bajorelieve cerámicos preciosos, espectaculares.

Los hierros que sostienen techumbres en el interior se hicieron en los Altos Hornos de Vizcaya.

Las esculturas del remate de la fachada son de Agustín Querol.

Se empleó mármol de Carrera, mármol de Robledo de Chavela, y piedra blanca de Novelda.

Las balaustradas de hierro de las escaleras interiores son de las industrias GONZÁLEZ, de Madrid.

Todo el conjunto está cerrado con una extraordinaria verja de hierro, elaborada en los talleres López, de Madrid.

Las pinturas de los techos son realizadas por Manuel Domínguez Sánchez, y por Alejandro Ferrant y Fischermans, siempre dedicado a la pintura de historia. Había colaborado en los techos de San Francisco el Grande, en el Palacio de Linares, etc, y en Guadalajara pinta el Calvario del Panteón.

La escultura es encargada al catalán José Alcoverro y Amorós.

Muy joven empieza también a colaborar allí el escultor Angel García, a quien se adjudican las esculturas de la Industria y Minerva, y los cuerpos desnudos y ornamentaciones que llenan las enjutas de las bóvedas.

Otro escultor colaborador fue Ricardo Bellver y otro importante fue Querol, en el remate, en bronce.

De la cerámica se ocupó Daniel Zuloaga. Hijo de Eusebio Zuloaga, un infatigable artesano que dedicó su vida a la Corona, que transmitió a sus hijos Guillermo, Plácido, Daniel y Germán todo su entusiasmo por este arte. Trataron de hacer con ayuda real una gran empresa de cerámica nacional española, que les fue mal, por problemas de los materiales aragoneses utilizados. La empresa “La Moncloa” se vino abajo, y solo Daniel Zuloaga fue capaz de afrontar los encargos de Velázquez Bosco para sus obra: el palacio de Cristal, el palacio Velázquez del Retiro, y el Palacio de Fomento.

Tendilla, latido permanente

Fachada del palacio barroco de los López Cogolludo

Tiene la Alcarria muchos puntos fuertes para usar en su promoción turística, de viajeros que quieren palpar el latido permanente de la España interior, conocer sus perfiles, saber de sus viejas historias seculares, mirar en panorámica las hermosas huellas de un pasado que sigue dictando su memoria. A Tendilla conviene ir, y pronto, porque tiene muchos mensajes por transmitirnos.

Es Tendilla una singular población de la Alcarria de Guadalajara. Situada en el fondo de un profundo valle que surge desde la altura de la meseta, y que como está “tendida” entre sus orillas recibió su nombre de esa circunstancia. Se acompaña de un arroyo, el llamado “arroyo del Prá” y está rodeada de bosques de pinos y olivares.

Su historia

Su historia, que es antigua, se enmarca entre los intereses medievales de los reyes de Castilla, y de la familia o linaje de Mendoza, que la tuvo entre sus múltiples posesiones en calidad de señorío. Es a partir del siglo XV cuando esta familia acrecienta sus posiciones cortesanas, y la fuerza de los Mendoza consigue para sus villas exenciones, fueros, ferias y prerrogativas, que hacen crecer a Tendilla económica y socialmente. De entre los privilegios concedidos por sus señores, es la “Feria de San Matías” (ahora denominada como “Feria de las Mercaderías”) la que supuso, desde el siglo Xv, su progreso y poderío económico.

Ello conllevó el auge de negocios, economías y aparición de edificios singulares, de los que aún quedan restos de importancia. De su primitivo aspecto y obras de arte, quedan bastantes cosas que admirar. Es la primera su conocida Calle Mayor, declarada como Conjunto de Interés histórico-artístico. Más de quinientos metros de soportalados racimos de casas, con un sabor tradicional castellano, ensanchando a trechos su cauce con una plaza, con la iglesia parroquial, con el Ayuntamiento, con algún palacio, etc.

Sus monumentos
De sus primitivas murallas y castillo quedan muy leves restos. Estuvo cercada en todo su ámbito por fuerte muro, y a la entrada de la villa existió hasta el siglo pasado una puerta de fuerte aspecto, con arco apuntado y torreones adyacentes, llamada la puerta de Guadalajara. En un cerro al sur del pueblo, y en el lugar que aún la tradición señala con el nombre del Castillo, se conservan mínimos restos de lo que fue una magnífica fortaleza, construida en el siglo XV por los primeros Mendoza que aquí asentaron. Sobre abrupta roca, rodeado de foso, el castillo se componía de muros, varios torreones y, en su cogollo, de un edificio con cuatro torres, una de las cuales, más fuerte y ancha, era la del homenaje. En su interior se guardaban importantes pertrechos de los ejércitos mendocinos. Estuvo casi entera hasta el siglo XIX, en que toda su piedra fue aprovechada para construir en el pueblo.

Una magnífica fuente de corte popular, y ancho pilón se ve en una plaza al extremo norte del pueblo, ostentado un gastado escudo de armas de los Mendoza.
En un respiro que la calle mayor se da a sí misma, surge la gran iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, obra inacabada, pero que fue trazada con ideas de sobrepasar con mucho a lo que en toda la Alcarria hasta entonces, y era el siglo XVI, se conocía. De su gran edificio solo se terminó la cabecera y parte de la nave, quedando tan sólo iniciados los arranques de muros y pilastras de los pies del templo, que hoy se pueden ver penetrando a un patiecillo desde la iglesia. Su tamaño y calidad da idea de la pujanza económica del pueblo en el momento de iniciarse la obra. De su primer impulso, en el siglo XVI, es el ábside de paramentos robustos, contrafuertes moldurados y ventanales con dobles arcos de medio punto, lo mismo que se observa en los muros laterales. La portada es obra de comienzos del siglo XVII, con severidad de líneas, achatada proporción y un exorno lineal de cuatro columnas jónicas, un frontoncillo y vacías hornacinas. De las dos torres proyectadas, sólo se terminó una, en el siglo XVIII, bajo la dirección del arquitecto Brandi. En su interior se pueden admirar algunas losas sepulcrales con escudos de armas en ellas tallados, y la imagen de la Virgen de la Salceda, de unos diez centímetros de altura, tallada en madera, y procedente del cercano monasterio de franciscanos de La Salceda.
En la calle mayor se encuentra también el palacio que construyó el secretario real de Hacienda don Juan de la Plaza Solano, nacido en Yélamos de Arriba, y muerto en Madrid en 1739. Es obra sencilla de arquitectura barroca, con portón de almohadillados sillares y escudo cimero. Anejo al palacio está el oratorio o capilla de la Sagrada Familia, obra suya, y de la misma época y estilo. El interior del palacio, conserva intacta su primitiva estructura, y en él se conservan interesantes recuerdos, muebles y retratos de varios miembros de esta familia.
En la calle Franca, paralela por el sur a la calle Mayor, pueden admirarse varias casonas nobles con escudos de armas, grandes portones y hermosas rejas de hierro labrado. En una de ellas, junto al escudo de un hidalgo, cubierto de yelmo y con el símbolo de la cruz, la palma y la espada, significativo de ser de «familiar» de la Inquisición, se lee esta frase: «Siendo inquisidor general el Ilmo. Sr. Diego de Arze y Reynoso, obispo de Plasencia» puesta en honor del máximo gerente del Santo Oficio por su agente alcarreño.

Las ruinas de los jerónimos

Parte importante del Patrimonio Histórico-Artístico de la Villa de Tendilla es su antiguo Convento Jerónimo de Santa Ana.

Sobre la empinada ladera que por el mediodía arropa a la villa de Tendilla, se alzan medio escondidas entre un bosquecillo de pinos las ruinas mínimas de lo que fuera el monasterio jerónimo de Santa Ana, fundado en el último cuarto del siglo XV por los señores del lugar. 

Este monasterio jerónimo se fundó en 1473, a instancias del primer conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza, y su esposa doña Elvira de Quiñones. Se inició su construcción en ese año y con la ayuda económica del conde de Tendilla enseguida pudo albergar una comunidad de monjes pardos que se dedicaron a la oración y la vida contemplativa. Los condes adquirieron a perpetuidad el patronato de la capilla mayor y el derecho a ser enterrados en ella. Así ocurrió con los fundadores, que a su muerte en 1479 quedaron sepultados bajo unos artísticos mausoleos de corte gótico, tallados en alabastro por el mismo autor o taller que el Doncel de Sigüenza. El hijo de los condes, arzobispo de Sevilla, don Diego Hurtado de Mendoza, favoreció generosamente al cenobio, pagando el retablo, y muchas joyas. Quedó también enterrado en su capilla mayor, aunque luego lo llevaron a la catedral sevillana, donde hoy descansa bajo un mausoleo trabajado por Doménico Fancelli.

Tanto los sucesivos señores de Tendilla, como los más humildes de sus habitantes labradores, ayudaron con limosnas y ofrendas durante siglos a los jerónimos de Santa Ana. La Desamortización de Mendizábal acabó en 1836 con la existencia de este monasterio, y aún con la Orden de San Jerónimo. Los frailes exclaustrados se dispersaron por el mundo, dedicándose muchos de ellos a la música. El edificio de Tendilla, expoliado enseguida, y claramente ruinoso, de tal modo que en 1843 se vendió por el Estado al vecino de la villa don Pedro Díaz de Yela en 20.100 reales para que aprovechara la piedra que quedaba. 

Los sepulcros de los fundadores, gracias a la comisión Provincial de Monumentos, se desmontaron de aquel lugar abandonado y en 1845 fueron trasladados a Guadalajara, siendo instalados en los extremos del crucero de la iglesia de San Ginés, donde en 1936 aún sufrieron agresión, y hoy, apenas restaurados, permiten hacerse idea de lo que fueron en sus orígenes: unas espléndidas piezas de la escultura funeraria tardogótica.

Sabemos por las referencias que del cenobio nos dio el padre fray José de Sigüenza en su Historia de la Orden de San Jerónimo, que este monasterio estaba construido en un estilo que cabalgaba entre las tradicionales formas góticas y las nuevas renacentistas, y puede calificarse sin duda como una de las primeras edificaciones del nuevo estilo del Renacimiento que de la mano de los Mendoza se introdujo en España. La iglesia, de una sola nave, construida en estilo gótico flamígero, presentaba un testero sobre el que apoyaba un magnífico retablo de pinturas, que hoy se conserva en el Museo de Bellas Artes de Cincinati (USA) debido a los pinceles del círculo que creó en España, en los inicios del siglo XVI, el flamenco Ambrosio Benson. La cabecera del templo, que es lo poco que del mismo queda en pie, ofrece unos arcos muy apuntados reposando en ménsulas lisas. De ellas nacen los nervios de la bóveda que sin duda serían de tercelete y muy combados. Este edificio, a pesar de estar patrocinado por los Mendoza alcarreños, y de haber tenido quizás un arquitecto director del círculo mendocino de Vázquez, Guas ó Trillo, es todavía plenamente gótico, más próximo, por lo tanto, a las normas de los Adonza.

En cuanto a las ruinas de su edificio, decir que hoy vemos los restos de su nave, con los arranques de los haces de columnas adosadas a los muros, y el testero del presbiterio, estrecho y elevado, del que arrancarían bóvedas nervadas, cuyos inicios aún se adivinan. En concreto se ve el arco central de los tres que componían el presbiterio, parte del lateral derecho y el arranque del izquierdo con las mensulillas en las que apoyan. Se añaden las basas y arranques del coro a los pies de la iglesia, así como fragmentos de basas de los soportes de la nave, sin duda de tipo gótico, y lo que podrían ser restos de un portalón que debió cobijar la primitiva portada. El resto de las construcciones no son sino un informe montón de ruinas, enclavadas, eso sí, en un paraje de bellas perspectivas.

Ojalá se pudieran recuperar de algún modo estas ruinas venerables, y ofrecerlas a la contemplación de los viajeros y curiosos. Para ello deberían hacerse simples tareas de limpieza, y de acceso a través de paseos de buen firme, pasarelas de madera, algunos carteles indicativos desde el pueblo, una somera iluminación, y cuidado habitual de limpieza y mantenimiento del entorno. Y nada más.

Como resumen

En este resumen que expongo, con la única finalidad de dar a conocer un pueblo de nuestra Alcarria, y promocionar su visita y disfrute, solo aparecen los valores de la villa como en pequeños destellos, que sin embargo estudio en más detalle en un libro que publiqué hace muchos años, “Tendilla, historia y arte”, y que ahora ha vuelto a ser reeditado ante la demanda de muchos viajeros por hacerse con él. En sus páginas útiles, al final del libro, se anotan los lugares (restaurantes, casas rurales, museos, festividades, actividades) que puede ser de ayuda al visitante para planificar una visita, de horas o de días, en esta localidad. En todo caso, el ánimo viajero es lo que debe primar ante cualquier otra consideración, para darle vida (o para devolvérsela) a esta Alcarria que ahora parece estar estupefacta.

Campillo de Dueñas

Altar mayor de Campillo de Dueñas, joya del barroco

En la ladera norte de la sierra de Caldereros o de Zafra, entre jarales y encinares de gran extensión, sobre tierra árida y fría, asienta esta población de remota y ajetreada historia. Fue armada, sin duda, cuando la repoblación del territorio molinés, en época en la que don Manrique de Lara creó Señorío sobre el Común de villa y tierra de Molina, y concedió Fuero y libertades al país y a sus gentes. Quiere la tradición que el sobrenombre que tiene Campillo «de Dueñas» es referido a que fue señorío de dos mujeres, doña Inés y doña Beatriz de la Cueva, últimas habitadoras del lugar cuando en el siglo XIV, y principios del XV, las continuas guerras entre Castilla y Aragón forzaron a la despoblación de la localidad. Después, el Común de Molina pidió a la reina Isabel la Católica que declarase todo el término de Campillo, en calidad de territorio yermo, propiedad comunal. Y así ocurrió en 1479. 

Por entonces, aquellas alturas quedaron vacías, silenciosas y yermas. Pero años después, ya en el siglo XVI, Campillo se repobló con nuevas gentes llegadas dispuestas a la utilización de sus términos para pasto, y un largo pleito llevado ante la Cancillería de Valladolid acabó en 1581 favorablemente a los nuevos pobladores del lugar. Eran gentes llegadas desde el País Vasco, al llamado de una prometida riqueza y franquicias. Desde entonces fue Concejo perteneciente al Señorío al Rey, y partícipe de los derechos comunales del Señorío molinés.

Pueblo grande, en llano, extendido, cómodo de andar, en él destacan algunos viejos caserones, que no remontan su antigüedad a más allá del siglo XVIII. Algunas fuentes generosas (y fundamentales en aquella altura de escasos manantiales) y anchas plazas.

Como edificio interesante hay que destacar la iglesia parroquial, dedicada a Santa Catalina, que es de enormes dimensiones, está aislada del pueblo, a saliente, y es obra hecha de una vez en el siglo XVII, en la segunda y definitiva repoblación. Muestra la portada, en alto, sobre el muro oeste, y se escolta de una bella torre de ornamentación barroca. El interior es de una sola nave, con planta cruciforme, y gran cantidad de altares barrocos, con profusión decorativa del mismo estilo por bóvedas, pilastras y frisos. Es un templo que impresiona de riqueza y grandiosidad. De ella puede decirse que es todo un museo del arte barroco, desde sus balbuceos en el siglo XVII hasta su afirmación solemne en el XVIII.

La iglesia se construyó, prácticamente de la nada, en el siglo XVII, en mampostería bien dispuesta, con sillares en todos sus ángulos. A los pies, en el muro occidental, se abre la gran portada, sencilla, pero coronada por un frontón partido en cuyo centro se emparejan sendas rosáceas bien talladas, posiblemente en el siglo XVIII.

Su interior, muy diáfano, es de una sola nave de cuatro tramos, con arcos de medio punto, teniendo por cubierta bóvedas de lunetos. Un arco triunfal también de medio punto. Y el crucero, muy amplio, se cubre de cúpula sobre pechinas decoradas con pinturas que muestran a los cuatro evangelistas acompañados de sus símbolos. En los brazos del crucero y la capilla mayor la cubrición es similar a la de la nave. Presenta un coro alto, a los pies, donde se alberga el órgano, y una sacristía de cielo raso con cuadros y esculturas. Hasta la pila bendita, a la entrada, es del siglo XVII.
Por Campillo de Dueñas no llegó a pasar ninguna guerra ni revolución significativas, de esas que quieren cambiar el modo de vida de la gente a base de destruir todo lo que habían hecho sus anteriores generaciones. Por eso es modélica la conservación y la limpieza/belleza del conjunto y sus partes.

Sabemos quienes fueron los autores de tanta hermosura. Por ejemplo, del edificio, se encargó un arquitecto (un maestro de obras lo llamaban entonces) venido de la Montaña santanderina, de las Castilla húmeda. Se llamaba Antonio Martínez, y se presenta en sus declaraciones como natural de Güemes, donde habría nacido en torno a 1685, siendo desde su casamiento con Clara de Villa y Vegas vecino de Ambrosero, aunque los último años había sido “residente en algunas villas y lugares de este obispado de Sigüenza”. Traía muy buenas referencias de obras anteriores (en otras posteriores también las acumuló) por nuestra tierra. Así, por los aderezos que le hizo a la iglesia de Miralrío, declararon que “…habiendo llamado para ellos a Antº Martinez mro. de canteria y albañileria de quien tiene entera satisfacion por lo esperimentado en las obras que ha visto su mrd. executadas por el susodicho a toda ciencia y conciencia y menos interesado en obras que otros maestros…”, manifestándose en parecidos términos el Provisor que en La Barbolla le encarga hacer su iglesia parroquial, y que fue el último de sus trabajos. 

Marco Martínez, en el libro sobre la arquitectura barroca en el Obispado de Sigüenza, nos consigue algunos datos sueltos, pero muy relevantes, de este arquitecto y sus realizaciones en Campillo de Dueñas. Nos dice, por ejemplo, que la iglesia comenzó a proyectarse en 1725, porque según se lee en un libro de la parroquia “dijo que siendo como era la yglª parrql. que en él habia muy pequeña y tan antigua que estaba amenazando ruina, el concejo y vecinos, celosos del culto divino y de la debida decencia, con fervorosa voluntad determinaron que concurriendo su fabrica con los cortos caudales que tenia se edificase otra, como así se ejecutó y valoró por Domingo Ylisastigui, maestro de obras de este obispado, en mas de 60.000 reales”. La traza y condiciones de este edificio llevaban la firma de Antonio Martínez y Manuel Pascual.
Este edicio de Campillo fue donde el maestro Antonio Martínez pudo por fin diseñar, a lo grande, y sin trabas, el tipo de iglesia anhelado por cualquier maestro de obras: planta de cruz latina con 118 pies de longitud, 34 de ancho más 16 en cada lado del crucero, 33 de alto que alcanzan los 49 en la capilla mayor, y con amplio presupuesto para torre y yeserías. El maestro de obras que colaboró con el tracista fue Mateo Colás. Todo se construyó entre 1725 y 1735, aproximadamente.
La obra arquitectónica se culminó con el acabamiento de la torre, que en su día no se llegó a terminar. En 1795 se le encargó al maestro Juan Antonio Oñate, residente en Villar del Saz, el remate de la torre, añadiéndole un cuerpo más “y este sera de silleria con arreglo al orden toscano puesto en figura de ochavado poniéndole su remate como corresponde”. 

El interior es copioso de retablos, esculturas, y pinturas. Es un museo, como he dicho antes, del estilo barroco. De entre todos y todo, sorprende al visitante el gran retablo mayor, gloria del estilo. Es de proporciones gigantescas, de un pesado barroquismo, construido en 1743 por Miguel Herber, acabado en 1746. De este maestro retablista hay varios ejemplos en el Señorío de Molina, estudiados todos, con documentación directa, y análisis técnico, por Juan Antonio Marco Martínez, especialmente en su obra sobre “El retablo barroco en el antiguo obispado de Sigüenza” con la que ganó el Premio “Layna Serrano” de investigación histórica en 1996.

Era Miguel Herber natural de la localidad de Bello, en la comunidad de Daroa, donde nació en 1708, habiendo desarrollado su arte retablista por el Señorío de Molina, en esa época un lugar de prosperidad e inquietudes artísticas difícilmente imaginables. En Molina de Aragón finalmente estableció su residencia, allí casó y tuvo a su hijo Cristóbal. Murió en 1773, habiendo estado activo hasta el fin de sus días. 
El arte del retablo cobra un nuevo valor en Miguel Herber. No en su primera etapa, de un barroco clásico, a la que corresponde este de Campillo de Dueñas, sino en la segunda, muy fructífera, de “barroco estrepitoso” y del que son ejemplos los retablos de Tordesilos y Tordellego. Nunca alcanzó a hacer nada en el estilo neoclásico.

El retablo de Campillo, que describe muy bien, con los tecnicismos adecuados, Marco Martínez, sorprende por la disposición de columnas, la rotura de márgenes y entablamentos: “El grandioso retablo es un modelo de seis columnas, pues tiene seis repisas en el banco, en el que las dos centrales se transforman en falsas columnas, es decir, basa con escultura en el primer tercio, talla abultada sobre el traspilar en el segundo, y en el último tercio pequeña repisa con chicote que sostiene el entablamento y que tiene su correspondencia de dos salomónicas en el segundo cuerpo”. Las imágenes de talla que campan sobre las repisas representan a San Miguel, Santa Catalina, la Virgen con el Niño, San José, San Juan Bautista, San Pedro, San Pablo, el Ángel Custodio y San Jerónimo.

Casi no me queda ya espacio para, simplemente, enumerar el resto de retablos barrocos, de orden menor, de esculturas y de pinturas, que llenan esta iglesia de Campillo de Dueñas. Un lugar al que hay que viajar, a admirar este maravilloso conjunto de arte.

En el crucero, hay dos retablos con pinturas sobre tablas, presentando santos dominicos en el uno, y un Cristo crucificado en el otro.

En el lado de la Epístola, otro retablo barroco del siglo XVIII, con esculturas de la Virgen del Carmen, San Francisco, y una Inmaculada popular. Y otro más, del mismo siglo, con un lienzo de la muerte de San José, más una escultura de San Roque, del siglo XVII, soberbia, que acompaño en imagen.

No sigo, porque lo que ha de hacer el lector es llegarse a Campillo, penetrar en el templo, y admirar uno a uno tanto bulto, tan expresión y tanta esmerada y limpia policromía. A la salida del pueblo aparece la ermita de Nuestra Señora de la Antigua, patrona de Campillo; la tradición de este edificio es muy antigua, pero la construcción es de hace unos cien años, por lo que no muestra mérito artístico ninguno. Pero ahí queda el dato, que conjunta con todo cuanto he dicho, y que sirve para admirar a los viajeros, y dar testimonio de la riqueza artística de esta Tierra Molina, a la que solo por este mérito del arte acumulado (aparte de otros que bien se ha ganado, por Historia y Naturaleza) merece acudir, de vez en cuando.

Guadalajara en el Museo del Prado

museo de san juan y santa catalina en siguenza

Recomposición del retablo de San Juan y Santa Catalina, uniendo los fragmentos conservados en el Museo del Prado y en la Catedral de Sigüenza

Hace un par de meses se cumplieron los dos siglos de la fundación del Museo del Prado, que es hoy el lugar más emblemático del arte español, y centro de referencia del arte pictórico universal. Nuestra tierra de Guadalajara ha dejado su huella en los muros de ese Museo: a través de autores, de obras, de anécdotas y de imágenes. Hoy vemos algún detalle sobre ello.

Una de las asociaciones culturales más pujantes, activas, y atentas que hay en Guadalajara es sin duda la Asociación de Amigos de la Biblioteca, que con sus más de 300 socios no para de organizar ciclos de conferencias, viajes literarios, recitales y encuentros, cánticos y talleres. El gran ciclo iniciado el año pasado que continúa en este, es el dedicado al Segundo Centenario del Museo del Prado. En él se han expresado a través de conferencias un buen número de profesores universitarios, entre los que cabe mencionar a José Antonio Ruiz Rojo, Javier Blanco Planelles, Francisco Peña Martín, Pedro J. Pradillo y Esteban, y Eloísa García Verdejo, todos ellos con temas relativos a la historia del Museo, a pintoras, a escultores, a la mitología, etc… Y ahora, concretamente el próximo martes 17 de marzo, me tocará a mí clausurar este ciclo con una charla sobre “Guadalajara en el Museo del Prado”, en la que intentaré relacionar la gran pinacoteca de origen real, con los autores, los temas y los cuadros relativos a Guadalajara. Poniendo en valor, una vez más, el de la carga cultural (histórica y patrimonial) que nuestra provincia tiene, ha tenido siempre, en el contexto de los avatares culturales hispanos.

Cuadros y pintores de Guadalajara en el Prado

Muy variados son los temas que unen a Guadalajara con el Prado. Pintores aquí nacidos, y con destacada obra en la pinacoteca son -entre otros- Juan Bautista Maino (de Pastrana), Alejo Vera (de Viñuelas) Casto Plasencia (de Cañizar) y Pablo Pardo (de Budia). Cuatro grandes artistas españoles de los que hay huella viva y mucha carga de genialidad en las salas del Prado.

Pero también hay una muestra clave del genio pictórico de El Greco, con los restos de su Apostolado de Almadrones, que tan larga e interesante historia suscitó. De otros autores, como Hernando del Rincón, hay expuesta obra que entronca con la leyenda aúrea de San Cosme y San Damián, en un cuadro que he de analizar en detalle.
Y la genialidad de Jorge el Inglés traducida a retablo, el de los Gozos de Santa María, con el retrato del comitente, don Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, y primer gran retrato del Renacimiento en España.

Más adelante nos encontramos con la maravilla de las Tablas de Sopetrán, que también los Mendoza regalaron al monasterio del Badiel, y otros asuntos que entroncan el arte nacido en los límites provinciales, y que ahora tienen acogida en la pinacoteca madrileña. Y entre ellos, el repartido retablo de San Juan y Santa Catalina, de la catedral de Sigüenza, al que voy a dedicar a continuación un análisis algo más detallado.

El retablo de Sigüenza

Actualmente está expuesto, en la Sala 51 B, dedicada a la pintura gótica castellana, el retablo de San Juan y Santa Catalina que procede de la catedral de Sigüenza. Durante mucho tiempo, concretamente desde 1930 en que el Patronato del Tesoro Artístico lo adquirió a Don Apolinar Sánchez Villalba, estuvo en los almacenes del Museo del Prado, pero hoy se ha destacado en la exposición permanente por ser muy revelador del estilo gótico italianizante producido en la Castilla de la segunda mitad del siglo XV.

Lo que vemos en el Prado es una parte (la mitad, aproximadamente) de este retablo que se fabricó y estuvo entero durante siglos en la capilla de San Juan y Santa Catalina, de la catedral seguntina.

Expuesto actualmente (cosa que no es habitual), el retablo de San Juan y Santa Catalina procede de la capilla del mismo título en la catedral de Sigüenza, ocupada por el enterramiento de Martín Vázquez de Arce, “El Doncel” y toda su familia. El retablo, a juzgar por el estilo de sus pinturas, es obra de mediados del siglo XV, y según el investigador Heriad Dubreuil (1972), fue encargado por don Gastón de la Cerda, cuarto conde de Medinaceli, quien por entonces ostentaba el patronazgo de la capilla absidal de levante en el testero de la catedral seguntina. Esta capilla estuvo dedicada, durante el tiempo que la apadrinaron los Medinaceli, a Santo Tomás de Canterbury, pasando a ser de la advocación de San Juan y Santa Catalina cuando la adquirieron los Vázquez de Arce para su enterramiento, a finales del siglo XV.

El autor del retablo, desconocido durante tiempo, fue calificado como “maestro de Sigüenza” por el investigador Post, y posteriormente Gudiol lo identificó con un “Juan Hispalensis” que sí firma un tríptico de semejante técnica y formas hoy en la pinacoteca del Museo Lázaro Galdiano. En el Museo lo dan por obra de “Juan de Sevilla” (a quien podría identificarse con Juan de Peralta), y ofrece una imagen muy italianizante de las figuras, vestidos y ornamentos. Perfecta obra de la pintura gótica castellana del siglo XV.

En el Prado se expone parte del retablo, y la otra parte continúa en Sigüenza.

Perteneció, desde fecha inconcreta, a la Colección de Wenceslao Retana y Gamboa, y en 1930 el patronato de los Tesoros Artísticos lo adquirió al Sr. Sánchez Villalba con destino al Museo del Prado.

En las tablas del retablo que aparecen en el Museo del Prado, solamente aparecen repetidos los escudos con un león rampante. Pero en las tablas que permanecen en la catedral de Sigüenza, con toda claridad están representados, a través de sus respectivos escudos, los linajes de Vázquez, Arce, Sosa y Cisneros, a los que pertenecen los familiares del Doncel, y más concretamente don Fernando Vázquez de Arce [y Sosa Cisneros], el hermano mayor, obispo nombrado de Canarias, y organizador de la capilla tras la muerte de sus padres y hermano, a comienzos del siglo XVI.

En este fragmentado retablo aparecen las historias/leyendas de dos santos muy queridos en Castilla, consideradas fielmente a través de la “Leyenda Dorada” de Santiago de la Vorágine: San Juan Bautista, y Santa Catalina de Alejandría. Ambos aparecen, en la tabla central del retablo, retratados de cuerpo entero, portando sus símbolos de martirio: San Juan con un libro sobre sus manos, y en él apoyando el Cordero sujetando el pendón de Cristo, y Santa Catalina con un una rueda de cuchillas y la palma del martirio.
Del primero de ellos se ven las escenas de su nacimiento, (en Sigüenza) más las de la cena presidida por Herodías, y la entrega de la cabeza de San Juan a este rey por parte de su sobrina Salomé (Prado). De la segunda, se representan las escenas de la prisión de Santa Catalina (Sigüenza) seguidas de la decapitación de la santa, y de su martirio masacrada por la rueda de cuchillas.

El retablo añade una predela (hoy conservada en Sigüenza) con imágenes de reyes bíblicos, profetas y san Juan Evangelista entre santos, y una tabla con la representación de la Crucifixión de Cristo, que remataría el conjunto.

Los estudiosos que alcanzaron a verlo completo en la capilla catedralicia, lo adscribieron al arte de un pintor original y de gusto internacional. Al cual Post denominó como “Maestro de Sigüenza”, mientras que Gudiol identificó con “Juan Hispalensis”, aunque este sin duda es el mismo que en otras obras firma como Juan de Peralta. Sin duda es un autor sevillano, y por ello se ha considerado hoy nombrarle como “Juan de Sevilla” que es al que el catálogo del Prado adscribe el retablo actualmente.

Del referido autor, de quien queda obra en Sevilla, en el Museo Lázaro Galdeano, y en el Museo del Prado (Madrid) / Catedral de Sigüenza (Guadalajara), se sabe que estuvo activo en la primera mitad del siglo XV. Su peculiaridad estilística puede encuadrarse en el gótico internacional. Las figuras de sus cuadros son estilizadas. Tanto, que podrían ser calificadas como irrreales y deformes. Su colorido es muy vivo, las escenas son movidas y abigarradas. En general, se trata de un autor sabio y decidido, que crea ambientes densos, muy llamativos, emocionantes, y que debió captar con sus obras el aplauso de sus contemporáneos. Hoy es un pintor a considerar en el contexto de su época, el siglo XV castellano. De hace unos días es la noticia, generada por el investigador alcarreño Francisco Javier Ramos Gómez, de que los rostros -al menos- de los personajes de este retablo, fueron retocados y mejorados por Juan de Soreda, en la primera mitad del siglo XVI.Es a través de este tema concreto del retablo de San Juan y Santa Catalina que los condes de Medinaceli encargaron para su capilla catedralicia, hemos podido colegir la destacada presencia que Guadalajara tiene en la historia del Museo del Prado, porque su huella permanece en la pinacoteca madrileña a través de autores, de piezas y de relaciones con la tierra en que vivimos.