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10 Castillos imprescindibles de Castilla La Mancha

Un recorrido por Castilla la Mancha nos ofrece panorámicas de su patrimonio ingente: común a la tierra castellana, son esos edificios, los grandes castillos y alcazabas, los que mantiene su memoria.

Una tierra grande, ancha, antigua. Una tierra que hoy vemos luminosa, con viñedos, ciudades monumentales, industrias, juventud que se entrena. Pero Castilla la Mancha es también una tierra de hondas tradiciones, y, sobre todo, un lugar en el mundo donde surgen altos y severos los vestigios de una historia cierta, irrenunciable, cargada de símbolos, certezas y misterios. En ella se alzan (es Castilla… recuerda) los castillos, a docenas. En cualquier recodo del camino surge a lo lejos, en el horizonte, la alzada presencia. Y en llegando se levanta sonoro, poderoso, el oscuro perfil de sus almenas. Los castillos de Castilla la Mancha tienen mucho que decirte, todavía.

Castillos y Fortalezas de Castilla La Mancha

Atienza. En la parte mas al norte de la tierra castellano-manchega, se alza la villa amurallada y roquera de Atienza, poblada hace miles de años por los celtíberos, bastión luego de los musulmanes, y desde hace siglos ocupada de labriegos que admiraron siempre a sus señores, los reyes castellanos, los condes guerreros, dueños de las distancias.

Atienza tiene un castillo roquero sorprendente, al que es muy fácil subir, a pie, desde la plaza mayor. En lo alto de la roca, la torre del homenaje, y al final de sus escaleras, las terraza. Sube allí, observa en torno, escucha y aguanta el viento, poderoso.

Almonacid de Toledo. Sobre la llanura parda toledana se alza en lo más alto de un poderoso cerro esta fortaleza que fue durante siglos propiedad de los arzobispos toledanos. Su estructura es muy curiosa, y muy demostrativa de cómo fueron las construcciones militares medievales: cerca exterior, castillo interior y torre fuerte o del homenaje en su centro.

Belmonte. En la tierra de Cuenca, sobre las anchas llanuras de la Mancha, esta riente pirueta de la arquitectura y la historia. Propiedad de los Pacheco durante siglos, el buen hacer de un arquitecto borgoñón, Juan Guas, levantó esta complicada mezcolanza de torres y patios, de salones y ventanas. Todo tiene el marchamo de lo gótico en Belmonte, y allá se celebran, ahora, luchas y torneos con armas antiguas, entre bravos muchachos que entrenan con sus espadas, lanzas y dagas.
A Belmonte es fácil llegar, subir en coche hasta la puerta misma del castillo, y vagar por su patio, sus salones que evocan a Eugenia de Montijo, sus almenadas torretas donde los guerreros marqueses de Villena nos llaman.

Almansa, el castillo de los Pacheco, que primero árabe y luego cristiano marcó durante siglos la señal de frontera entre Valencia y Castilla. Aunque de origen templario, y real luego, fue poseído por el infante rebelde don Juan Manuel, pasando finalmente a poder de la Corona en tiempos de Enrique III.
Sirvió de referencia en multitud de guerras y batallas, y cumplió fielmente su misión de ser bastión guerrero, perfil de victorias. Hoy luce magnífico sobre la llanada albacetense, y su torre del homenaje, con la cola de muros almenados detrás, es singular y resulta espectáculo.

Sigüenza, también en las tierras altas y fronterizas de la región, es hoy un destino turístico y admirativo. Durante siglos, tras ser fortaleza celtíbera y musulmana, pasó a ser la sede del obispado, y de allí a lugar fuerte y regulador de mestas, impuestos y artistas.
El castillo de Sigüenza se construyó, con el aspecto que hoy vemos, en el siglo XIV, y a mediados del XX estaba en los suelos, en la ruina absoluta. El Estado lo levantó de nuevo, y le dio el destino en el que hoy le encontramos, como Parador de Turismo, meca de la admiración de los viajeros y lugar de encuentros para muchos.

Calatrava la Nueva. Como surgido de una novela de caballerías, la altura exagerada del cerro de los Alacranes ve cómo en su altura se despliega, generoso y abierto, el castillo que llegó a ser la cabeza de la Orden Militar de Calatrava.
Sobre el valle que desde la Mancha baja hacia las sierras béticas andaluzas, la Orden puso en este lugar, inexpugnable, su alcazaba mayor, dándole la estructura perfecta de un castillo medieval de libro: varios cintos, caballerizas, el patio de los caballeros, el templo cristianos, románico puro, la sala del Maestre, y, en lo más alto, la biblioteca, donde se guardan los libros de la sabiduría, los manuscritos del poder.

Guadamur. Que ahora se muestra a los viajeros en visitas guiadas, pero que durante muchos años fue severo lugar de secretos bien guardados. Su perfil enorme y variopinto nos desvela las formas del clásico alcázar castellano. En este caso propiedad de una familia, los López de Ayala, que lo mantuvieron bien cuidado muchos siglos, cabeza y eje de un amplio alfoz feudal. Luego lo tuvo en su poder el marqués de Campoó, y al final ha venido a ser de general conocimiento y fácil visita.

Chinchilla de Montearagón es otro de esos lugares que se ven desde muy lejos, porque su perfil castillero destaca sobre las planas mesetas de los Llanos albacetenses. Aunque acabó siendo uno de los penales más temidos de España, antes escribió largos capítulos de la historia castellana, con capítulos firmados por los Pacheco, marqueses de Villena, que no dudaron, generación tras generación, en ir aumentando la fortaleza hasta dejarla como hoy la vemos, espléndida en su lejana presencia y con mil detalles de arquitectura militar medieval en sus detalles, también visitables.

Molina de Aragón, en el límite más septentrional de la región, tiene el castillo más extenso de España, una colosal fortaleza que además se completa con una torre albarran la “Torre de Aragón”, que por sí mismo ejercía de castillo completo.

Este complejo castillero, que domina desde un suave cerro la ciudad entera que junto al río Gallo se extiende a sus pies, tuvo su origen en una fortificación celtíbera, luego rehecha por los musulmanes, y al fin transformada en eje del territorio feudal de los Lara, condes de Molina, señores que mantuvieron la propiedad y el control de este Señorío molinés durante más de dos siglos, como un estado independiente entre Aragón y Castilla. De visita obligada.

Toledo. El Alcázar. Sí, este también es un castillo de Castilla La Mancha. Quizás el más antiguo, el más importante históricamente. Porque ahí donde está, en lo más alto de la ciudad, sobre el foso del Tajo, fue lugar de residencia de los reyes visigodos de Hispania, y también alcázar real de muchos reyes castellanos, incluido el emperador don Carlos, su último y más solemne inquilino. En el edificio pusieron manos los mejores arquitectos y artistas, incluso el gran patio central lo diseñó y labró Alonso de Covarrubias.

Sede luego de la Academia de Infantería, finalmente ha quedado destinado a sede cultural, la más prestigiosa biblioteca de la Región, y el Museo del Ejército Español. Un lugar, por tanto, de obligada visita.

 

 

 

 

El puente romano de Murel

Puente romano de mural en carrascosa de tajoUn monumento remoto en el tiempo y en el espacio, el puente de Murel, construido por los romanos, y del que muy pocos conocen su existencia. Esta es otra de las joyas patrimoniales de la Alcarria, que ha llegado a estar en ruina absoluta, y que al menos no ha de caer en el olvido. Le dedico hoy estas líneas resumidas y esenciales para mantener su recuerdo.

En el término de Carrascosa de Tajo, que es límite y frontera entre la Alcarria y la Serranía, y sobre las aguas del padre río, se ven todavía monumentales restos de lo que fuera un gran puente levantado por los romanos (con la ayuda de los celtíberos autóctonos, se sobreentiende). Servía para salvar el río en una zona poco habitada, pero con el tránsito de una importante calzada o vía romana, la que iba de Valeria (Cuenca) a Segontia (Guadalajara).

En la red de calzadas que el Imperio Romano trazó como elemento clave de su expansión mundial, eran muchas las que cruzaban la Península Ibérica, partiendo de los puertos y costas levantinas, hacia las ciudades claves y los lugares importantes económicamente de Iberia. Esta calzada de Valeria a Sigüenza suponía el acceso a Segontia y el corazón de la Celtiberia desde las tierras levantinas. Estuvo activo y en pie, en uso por la gente, hasta el siglo XVII, en que se hundiópor alguna avenida fuerte, y ya no se rehizo.

El puente de Murel, en término de Carrascosa, tenía una anchura de 79 metros, de estribo a estribo. Aún existen los restos nítidos de estos estribos, que anclaban el puente a las orillas, más otros cinco pilares sobre las aguas, de los cuales quedan dos en pie, otro caido sobre el lecho, y dos más desaparecidos.

En el entorno del puente tuvo que existir alguna población o villa romana. Porque a mediados del siglo XX un vecino del pueblo, Hilario Moranchel, encontró en la margen derecha del río, y casi dos kilómetros abajo del mismo, una gran lápida hispano romana con una inscripción funeraria del siglo I d. de C. en la que se aludía a un liberto de nombre Licinius Andronicus.

Pero es del año 1186 de cuando data el primer documento encontrado relativo al puente. En él se lee que el rey Alfonso VIII de Castilla lo entrega a la comunidad de monjes cistercienses de Ovila, que el rey había fundadopoco antes. Y que entonces se levantó junto al puente. En lo que era un poblado antiguo, quizás habitado desde época romana. El documento dice concretamente que les dona las tierras comprendidas “…en el río Tajo, desde el puente que hay en Murel hasta el puente de Ovila”. Ese poblado debió existir al menos hasta el siglo XIV, siendo uno de los que fueron despoblados por la epidemia de peste, y ya no volvió a rehacerse. El puente dejó de llamarse de Murel y pasó a ser conocido como “de Carrascosa”, pues así se denomina en las guías de caminos de los años 1546 y 1576.

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En las Relaciones Topográficas enviadas en 1578 por los vecinos de Carrascosa al rey Felipe II, se dice que “en dicho río ay una puente por donde pasa el dicho río y es de mucha costa, porque tiene muchos gastos en los reparos de ella, la cual es del señor de esta Villa, y en el dicho río ay algunos peces”.

Siempre con problemas de mantenimiento, los años, los siglos, y las avenidas, hicieron que a finales de 1789 estuviera ya hundido e inutilizado. Aunque dos siglos antes estaba en unas condiciones muy precarias para el paso. Apenas para personas, pero no permitía que lo atravesaran carros ni caballerías. En una sentencia dada en Trillo en 1591, se alude por parte del juez que custodiaba los derechos de los madereros que transportaban troncos por el río, a su mal estado, y culpaba al dueño (el duque de Medinaceli) y dos de sus encargados, a que restituyeran lo caído y arreglaran el puente. El escribano de Carrascosa firmaba este escrito, pero lo cierto es que el puente no podía usarse, y nadie ponía un ochavo en arreglarlo.

La propiedad del puente no era comunal, como en otros muchos casos, sino que fue patrimonial primero de los monjes bernardos de Ovila, y luego estos, en 1565, lo vendieron a don Alonso Piña Mayor, vecino de Almansa, por 4.000 ducados, quien debió darse cuenta a tiempo del mal negocio que hacía, y al año siguiente se lo vendió al señor de la villa y del enorme territorio que conformaba el Ducado de Medinaceli.

Sobre este puente han escrito especialmente Luisa Alcázar García, en un artículo publicado en la Revista Wad-Al-Hayara nº 19 de 1992, muy amplio y documentado, y Francisco García Escribano, en su “Carrascosa de Tajo” (Aache, 1993) con muchas fotografías. También lo menciona Layna Serrano aunque muy de pasada, en su Historia del Monasterio de Ovila.

El hecho de no haber quedado apenas restos visibles, y haberse perdido por falta de uso los caminos que en él confluían, llevó a que durante todo el siglo XIX y XX fuera olvidado. El puente de Trillo cobró protagonismo, y Murel se hundió en el olvido total. No está mal que de vez en cuando se recupere la memoria de este que fue testigo del movido tráfico humano que el Imperio Romano estimuló por nuestras tierras.

 

Sigüenza medieval, en tres miradas

Jornadas Medievales de Sigüenza

Jornadas Medievales de Sigüenza

Sigüenza Festival Medieval

Este fin de semana se celebran en Sigüenza sus “Jornadas Medievales”, que suponen una apertura a visitantes y habitantes de las puertas de la historia sobre las calles y edificios seguntinos. La Asociación Medieval Seguntina, con el esfuerzo de todos sus miembros, monta un gran espectáculo de calle, con cenas medievales, representaciones históricas, mercado y demostraciones, durante dos días. Una fiesta visual y sonora que merece ser conocida.

Tres grandes festivales medievales celebra la provincia en este mes de julio. El primero siempre es el de Hita, el más antiguo y arraigado, que tuvo lugar el pasado sábado 1 de julio. El segundo, este de Sigüenza, rememorando la prisión en su castillo de la reina doña Blanca de Castilla. Y el tercero, que tendrá lugar el próximo sábado 15, será en Pastrana, en torno a la figura de la princesa enamorada y presa, doña Ana de Mendoza y La Cerda, la de Éboli.

Esa visión medieval de la realidad, buscada en sus perfiles como a través de un caleidoscopio, permite a muchos vivir la esencia de un tiempo remoto reflejado en los perfiles actuales, y me permite a mí evocar tres retazos de la ciudad de Sigüenza, tal como fue en aquellos siglos medievales. A través de tres destellos que podrían ser unas piedras talladas (las gárgolas), una visita real (la de los Reyes Católicos a la Catedral) y el drama de la prisión de doña Blanca, eje de esta efeméride y celebración. A ellos vamos.

Las gárgolas de la catedral

El paseante mira a lo alto, como debe hacerse siempre que se aproxima a un monumento antiguo. En el caso de la catedral verá muchas cosas (torres, campanas, veletas, rosetones…) pero si para con minucia la vista en los bordes altos de los muros, y en las cornisas, se sorprenderá al encontrar unas figuras retorcidas, monstruosas, desgastadas y gritonas. Son las gárgolas.

Qué fueran estas piezas de la arquitectura medieval, gótica sobre todo, pero también usadas en épocas anteriores y posteriores, es algo que conviene desvelar desde ahora mismo.

Dicen que su nombre castellano deriva del francés gargouille (garganta), y su cometido es canalizar a través de su cuerpo el agua que desde el tejado viene para que salte por su boca a la calle. Por eso eran largas, airosas, con espantosos cuellos deformes. Pero la talla de esas piedras se esmeró en la época del gótico con animales y seres monstruosos, imposibles, atemorizadores. Seguro que por hacer hermosas imágenes de adorno. Pero también (y yo me inclino a ello) por cumplir el cometido que todo elemento icónico tiene en el arte medieval. Para servir de aviso, de lección, de mensaje permanente.

En la catedral de Sigüenza, las cornisas de los muros de la nave mayor se sostienen de canecillos, se mezclan con metopas (de entre ellas destacan las que muestran un oso, dos leones afrontados, o seres de largas patas) y finalmente dejan paso a la graciosa liviandad de las gárgolas, cuyo cometido es conocido de todos: dejar que el agua que resbala, tras la lluvia, de los tejados, caiga en fuente lejos de los muros, a la calle, para que no se dañen las estructuras catedralicias.

El origen de la gárgola dicen que viene de un dragón temible que asoló, en época lejana, el entorno de Paris: Gargouille se llamaba, y tenía un cuerpo escamoso, unas alas membranosas, un cuello largo y reptante, unas grandes cejas, y un hocico delgado con potentes mandíbulas, escupiendo fuego y echando un aliento apestoso que todo lo destruía. Un sacerdote cristiano, llamado Romanus, dominó a la bestia enseñándola una cruz, la cortó la cabeza y al fin la colgó de lo más alto del Ayuntamiento de Rouen.

Las gárgolas que desde entonces se ponen en los edficios románicos y góticos tienen esa apariencia monstruosa. Dicen unos que eran demonios que escapaban del templo y se quedaban petrificados. Decían otros que eran espíritus protectores, desde fuera, de las iglesias y su sacro recinto. El mensaje que podía marcarse señalándolas con el dedo, era en todo caso modulable a la conveninencia de quien declamaba, o del momento, fiesta, u ocasión en que se esbozaba. Como siempre, el arte obrando de mensaje interpretable y duradero.

En la catedral de Sigüenza hay muchas gárgolas, aunque ya desgastadas por el tiempo inclemente, por los disparos guerreros, por el simple paso del tiempo. Unas tienen formas de leones, otras de dragones. Demonios quizás, y animalejos de mitológico origen. Hay que pararse, de vez en cuando, a mirarlas, a admirarlas, a redimirlas de su atenazante parálisis. Este fin de semana, esta Jornada Medieval Seguntina puede ser un momento ideal para ello.

Llegan los Reyes a la catedral de Sigüenza

En el otoño de 1487, llegan a Sigüenza los Reyes Católicos. Eran entonces “nuestros señores, los reyes”. Isabel, la de Castilla, y Fernando, el de Aragón, uniendo en su cetro común (el único que sostienen con ambas manos en el medallón central de la universidad de Salamanca) la mayor parte de las tierras ibéricas. Tan solo quedaba Portugal, aislado contra el Océano, y Granada, sumida en las luchas internas de sus linajes y dinastías, matándose entre sí abencerrajes y nazaríes. (Bueno, y también Navarra, que iba a su aire).

Avisada por pregoneros desde días antes, el ambiente en la ciudad de Sigüenza era de expectación y nerviosismo. Todos lavaban sus caballos, limpiaban sus vajillas y aderezaban las fachadas de sus casas. La calle mayor quedó como los chorros del oro. Porque el 5 de noviembre, tras llegar desde el valle y subir por la puerta de Guadalajara hasta la catedral, oyendo allí un solemne “Te Deum”, los monarcas sobre sus caballos subieron, acompañados del señor de Sigüenza, y obispo de la diócesis, don Pedro González de Mendoza, que era además gran canciller del reino, su primer ministro, hasta la residencia de este, el gran castillo que culminaba el burgo. Descansó al día siguiente la comitiva, y el 7 partió con su séquito, hacia Zaragoza, don Fernando de Aragón. Mientras que Isabel de Castilla quedó, agasajada por la admiración de la ciudad y los ciudadanos, siete días más en la fortaleza, de charla con sus damas, cortesanos y el Cardenal.

En esta ocasión, a sugerencias de la reina, don Pedro González de Mendoza aportó los caudales necesarios para construir el gran coro de la nave central, y patrocinó y pidió a Mateo Alemán que tallara un púlpito para la predicación de la Epístola, ante el pilar esquinero del presbiterio. Y lo encargó en madera, con sus escudos tallados, y las figuras de Santa Elena (inventora de la Santa Cruz en Jerusalen), San Jorge caballero dañando al dragón, y Santa María in Dominica, apoyada liviana sobre una barcaza de madera. Los tres títulos cardenalicios de que disfrutaba don Pedro González, el de Mendoza.

Esa presencia de la corte en Sigüenza fue recordada durante años, durante siglos. Siempre quedó en el ambiente la solemnidad aquella. Cierra los ojos por un momento, lector amigo, e imagina a doña Isabel, engalanada y sonriente, sobre un caballo engualdrapado de oro y gules, subiendo a paso lento la calle que hoy lleva el nombre del Cardenal, desde la fuente ante la puerta de Guadalajara, hasta el rellano de la catedral…

Ese recuerdo ha venido a cuajar, recientemente, en un hermoso libro que ha escrito Miriam Martínez Taboada, y que ha titulado “El misterio de la llave de oro”. Además de la llegada de los reyes, por sus páginas pulula la vida cotidiana, la variedad de sujetos y madamas que daban vida a la Sigüenza de fines del Medievo, y el jolgorio de los barrios artesanos, moriscos y hebreos. Por sus calles desfilan los sochantres, los médicos judíos, los herreros musulmanes, los bachilleres eruditos… y aquella jornada nos es devuelta, viva y colorista, entre la prosa de Miriam Martínez y el asombro ilustrado de Isidre Monés.

La reina doña Blanca, prisionera

Es esta una historia, que no leyenda, de triste recordación. Aunque no hayan quedado documentos en la ciudad que la atestigüen, sabemos con seguridad de la reclusión a la que fue sometida, por orden de su marido el rey Pedro [el Cruel] de Castilla, entre los años 1355 y 1359, la que fuera venida desde Francia, la hija más querida de su rey galo, para ser esposa del castellano.

Por tener el rey una amante, María de Padilla, a la que nunca dejó, porque la quería de veras y fue además madre de sus hijos, el problema se complicó al recibir la reina verdadera el apoyo de buena parte de la Corte. Su marido la enviaba prisionera a los castillos más fuertes del reino. Estuvo en Medina Sidonia, en Arévalo, y en el alcázar de Toledo antes, pero siempre era aclamada y salvada por quienes enfrentados al rey Pedro veían en ella un símbolo de protesta.

En el castillo seguntino estuvo doña Blanca retenida. No encarcelada, ni aherrojada con cadenas, como algunos han dicho. Simplemente custodiada para que no ejerciera de “primera dama”. Acompañada de personas de su confianza, como su secretario Ottobón de Oliva; su capellán y secretario Juan Oyuel; y los caballeros que la custodiaban Iñigo Ortiz de la Cueva y Ruy Pérez de Soto, además del caballero Hinestrosa, quien se portó caballerosamente con ella. También asistida por su dama doña Leonor de Saldaña.

¿Donde estuvo “prisionera” doña Blanca en el castillo seguntino? Es su antiguo Cronista Martínez Gómez-Gordo quien nos informa sobre la cuestión. La leyenda dice que estuvo encerrada en un pequeño cuarto de la denominada «Torre de doña Blanca», también conocida como «Torre de Mari-Blanca». Pero no estuvo confinada estrechamente en dicho lugar. Ella podía deambular por toda la fortaleza, incluso bajar a la ciudad, aunque sin poder salir de ella.

El cronista seguntino, en un bellísimo y bien cimentado libro, trata ampliamente del tema, y nos dice que Blanca de Borbón «desde sus aposentos, vería en sus cuatro años de encierro, allá abajo, lejos del recinto amurallado de la ciudad, cómo se iba levantando, de sol a sol, con parsimonia y con mucho ajetreo de menestrales, la primera torre de la hermosa y sólida catedral. Y en sus graves estrecheces económicas… mandando a su dama de compañía, doña Leonor, pignorar pieza tras pieza en las Travesañas, la judería de la ciudad, su riquísimo ajuar de novia, cargado de rica pedrería».

Podemos hoy visitar, transformado en Parador Nacional de Turismo, el castillo seguntino, y recibir la información de quien nos guíe acerca de los lugares donde la reina de Castilla vivió prisionera: la torre de doña Blanca, el salón con su nombre, la capilla…. Y pensar que desde las almenas ella vería pasar, entre nubes y atardeceres, el sin sentido de la vida. Quede todo ello para la imaginación del huésped. Y aquí la constancia del hecho de su residencia, durante cuatro largos años, entre corredores largos y fríos aposentos.

Rememorado todo en esta jornada medieval, la que te espera, lector, maña y pasado, si hasta Sigüenza decides acercarte.

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Cisneros en Sigüenza

CisnerosDesde el pasado día 23 de mayo, en que se inauguró, hasta el fin de octubre en que será clausurada, Sigüenza acoge generosa la exposición “Cisneros, de Gonzalo a Francisco”, que se sitúa a caballo entre la catedral, el Museo Diocesano de Arte Antiguo, y algunos rincones emblemáticos de la Ciudad del Doncel. En ella se ven numerosas piezas y ambientes relacionados con el Cardenal Cisneros, el personaje del que ahora se cumplen los cinco siglos exactos de su fallecimiento.

Donde informarse

Tres son los elementos impresos en los que se sustenta esta exposición, y que muy brevemente comentaré. Es el primero un sucinto catálogo/resumen del significado de la exposición: esa transición de nombres que para Ximénez de Cisneros, de familia hidalga de Torrelaguna, le supuso pasar de ser llamado Gonzalo, en el bautismo, a Francisco, cuando entró en religión. Él sería un erudito, un estudioso y un humanista, pero también fue un religioso, un fraile franciscano, un reformador de la sociedad de su tiempo. Y, al final de sus días, y casi a la fuerza, él fue un político, regente –nada menos- de una Castilla que se quedó sin monarca al fallecimiento de doña Isabel, la primera de este nombre en Castilla.

El otro elemento impreso sobre el que apoya esta exposición, es un folleto desplegable en el que se muestran los once ambientes urbanos en que se rememora al cardenal, y los cinco espacios catedralicios en los que se evoca su paso por el templo. Sencillo y didáctico, escrito por Pilar Martínez Taboada, nos sirve de guía para visitar Sigüenza y su catedral en cualquier momento, ilustrado además profusamente.

El tercero de esos elementos, es una joyita bibliográfica que, además, recomiendo a cuantos se dedican a coleccionar libros sobre la provincia, que no se lo pierdan. Se vende en la Exposición, al precio de 1 Euro, pero su valor es enorme, porque es sencillo, y hermoso. Lo ha escrito Jesús Orea Sánchez, y lleva por título “Cisneros. Vida y obra resumidas de un gran cardenal”, con texto por él escrito y con unas páginas finales desarrolladas por Nora Marco Alario para que sirvan de didáctico acompañamiento a la visita de la exposición por parte de los niños.

Este libro expone en 40 páginas la vida de quien fuera el fundador de la Universidad de Alcalá y creador con su equipo de la Biblia Complutense, hombre atento al devenir de los tiempos, y avanzado en sus visiones sociales y cientificas. Pero hombre también muy ligado a la tierra en la que nació (no olvidemos que Torrelaguna, su villa natal, en el siglo XV era perteneciente a la provincia de Guadalajara) y por tanto desarrolló parte de sus actividades en Uceda, en Sigüenza, y en la Salceda de Peñalver/Tendilla, de cuya memoria se extraen en esta exposición numerosas piezas.

Desarrollo de la exposición

Para la exposición que ahora se ha abierto, y a la que invito a mis lectores a que la visiten, se han aportado muchas piezas desde numerosos ámbitos. Está promovida tanto por el Obispado de Sigüenza-Guadalajara, como por la Universidad de Alcalá de Henares y su Instituto de Estudos Cisnerianos, más la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, con la colaboración de su Servicio de Cultura, y el propio Ayuntamiento de Sigüenza. Fruto de esa amplia colaboración es la muestra que se ha inaugurado.

Comisariada por tres personas que saben de qué hablan y que no han escatimado esfuerzos para conseguir un evento redondo y brillante: la profesora María Dolores Cabañas, de la Universidad de Alcalá de Henares; el doctor Plácido Ballesteros, jefe del servicio de Cultura de la Diputación Provincial, y don Miguel Angel Ortega, director del Museo Diocesano de Arte Antiguo de Sigüenza, en donde tiene lugar la Muestra.

En ella, sobresalen varias piezas excelentes, tanto en pintura como en escultura y sobre todo en bibliografía, con presencia de documentos de archivo en los que aparecen firmas y escritos del Cardenal, todos ellos procedentes de la catedral. Pero también está la memoria franciscana del convento de la Salceda, en la Alcarria, con un estupenda reproducción del desierto o jardines eremíticos donde Francisco vivió solitario, o la muestra de trajes de época que en un par de salas del claustro catedralicio se exponen: son muchos de los trajes empleados en el rodaje de la serie televisiva “Isabel”, muy bien expuestos y explicados.

De los tres ámbitos en los que se desarrolla la Exposición sobre Cisneros (Museo, Catedral y Ciudad), es difícil decidir cual de ellos impacta más. En el Museo, hay dos salas y el patio central ocupados en mostrar varias docenas de cosas: ya digo, libros, documentos, pero también cuadros, esculturas… una reproducción completa de la imprenta complutense en la que se forjó la Biblia Políglota, más orfebrería, retratos y mucho ambiente, porque el Museo Diocesano respira siempre solemnidad y certeza.

En la Catedral, son diversos los entornos que han sido señalados para memorar la presencia en ellos del Cardenal cisneros. Desde la capilla de la Anunciación, en la nave del evangelio, en la que lucen espectaculares las yeserías que salieron –sin duda- de las manos de los artesanos que colaboraron en el Colegio de San Ildefonso de Alcalá, hasta el púlpito de la epístola, en el que los escudos de Mendoza y sus títulos cardenalicios nos indican la flecha, o el camino, por el que transitó Cisneros años antes.

La ciudad… para qué entretenerse. Está pidiendo, como siempre, como desde hace siglos, un paseo por ella. Esta vez un paseo explicado, medido y organizado, con señalamiento de recuerdos cisnerianos en 11 puntos seguntinos: en los arcos de la muralla, en la calle del Hospital de San Mateo, en la iglesia de San vicente y su frontera Casa del doncel, en el propio castillo, al que tantas veces subiría don Gonzalo Ximénez.

Paralelos actuales

Y en este maratón de visita y evocación, un recuerdo que parece surgir de las casualidades de la historia. La exposición, montada con tanto acierto en el Quinto Centenario de Cisneros, se titula “Cisneros: de Gonzalo a Francisco”. Y trata de explicar, entre otras cosas, cómo el cambio de vida y horizontes de un hombre genial se materializa un día en el cambio de su nombre. ¿No le suena al lector esa operación, pero más reciente, en un personaje todavía vivo, y en la cúspide de la Iglesia Católica? Seguro que ya ha caído. “Bergoglio: de Jorge a Francisco”. El actual Pontífice de Roma, nacido argentino como Jorge Bergoglio, ha cambiado su nombre al acceder al trono de la Iglesia.

La trayectoria vital de Gonzalo/Francisco Ximénez de Cisneros también fue espectacular. Y aun con la lentitud propia de una época en que los viajes se hacía a pie o sobre mula y las comunicaciones no iban más allá que los correos reales a caballo, a él le dio tiempo a fraguar una serie de ideas importantes que aún hoy admiramos, y entre ellas no es la menor esa Universidad de Alcalá, que ahora se ha volcado en el recuerdo de este hombre, tan ligado como aquí hemos visto a Sigüenza, y a la Alcarra. Justo es que le recordemos en este año de su quinto centenario.

Palazuelos, una fiesta para los sentidos

Castillo de PalazuelosCon mi amigo catalán Isidre Monés estoy preparando un libro sobre Sigüenza y alrededores. La cosa va lenta, pero está echando raíces profundas. Será –cuando llegue a ser algo– una cosa importante. De momento yo escribo y él dibuja.
Y ahora hemos pasado por Palazuelos. En realidad, hemos pasado muchas veces, y en cada una de las tres últimas ha surgido un breve escrito glosando un rincón, una puerta, el castillo…. Esa maravillosa y perdida villa de Palazuelos siempre inspira. Mira, lector, qué puedes sacar en claro de todo esto.

El castillo

En Palazuelos va a encontrar el viajero las huellas de la Edad Media por todos los rincones. No puede escaparse a su presencia. Porque no solamente un castillo completo existe aquí, sino todo el amurallamiento original que a la villa proporcionó su dueño, el marqués de Santillana, en el siglo xv.

Asienta el pueblo en leve ondulación, cerca de Sigüenza, sobre una ancha vega. Su historia se fundamenta en la de los múltiples señores que durante siglos la poseyeron. Tras la reconquista perteneció a la Tierra y Común de Atienza. Poco después, el Rey Alfonso x el Sabio se la donó a doña Mayor Guillén, junto a las villas de Cifuentes y Alcocer. Esta señora se la dejó en herencia a doña Beatriz que llegó a ser reina de Portugal, y ésta a su vez se la transmitió a su hija doña Blanca, abadesa del monasterio de Las Huelgas, en Burgos. Esta lo vendió al infante don Pedro, hijo de Sancho iv, y de éste pasó, también por venta, en 1314, al obispo de Sigüenza don Simón Girón de Cisneros. De ser parte del señorío episcopal de Sigüenza pasó en el siglo xiv en su segunda mitad, a la casa de Mendoza. En 1380, figura incluido entre los bienes del mayorazgo que don Pedro González de Mendoza funda a favor de su hijo Diego Hurtado, futuro almirante de Castilla, de quien pasó, en 1404, a su hija doña Aldonza de Mendoza. Su hermanastro, don Iñigo López, primer marqués de Santillana, la poseyó y comenzó a levantar su castillo y murallas, dejándola a su hijo don Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, quien prosiguió y concluyó las obras.

Después permaneció varios siglos en esta familia mendocina, en la rama de los duques de Pastrana, hasta la abolición de los señoríos. En la subasta que en 1971 hizo el Estado de diversos castillos de la tierra guadalajareña, volvieron a ser propiedad particular «el castillo y las murallas» de Palazuelos. Concretamente el arquitecto Luis Moreno de Cala se hizo con el edificio, que más tarde vendería a sus actuales propietarios.

El castillo se alza inserto en la muralla, en su costado noroeste. Le rodea una barbacana o defensa baja, a la que se penetra desde la villa por una puerta que tuvo puente levadizo, y está escoltada de dos desmochados torreones. El recinto interior tiene una liza que le rodea, y en el centro se alza el cuerpo principal, que consta de un edificio alto, cuadrado, herméticamente cerrado y rodeado de dos cubos en las esquinas y gran torre del homenaje adosada al muro de poniente. La entrada a este recinto interior está en dicho muro occidental. Por ello vuelve a repetirse el sistema zigzagueante de acceso en el caso de este castillo. Su época de construcción data del siglo xv, en su segunda mitad, y podemos atribuirla a los impulsos de don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, y de su hijo don Pedro Hurtado.

La muralla rodea al pueblo en todo su perímetro, excepto en muy leves trozos derribados. Se refuerza en ocasiones con cubos y torreones, y en ella se abren cuatro puertas, consistentes en gruesos torreones de planta cuadrada con cubos en las esquinas, a los que se penetra por uno de sus muros, bajo arco ojival, y se sale hacia el pueblo por otro diferente y lateral. Es el clásico sistema de «acceso en zig-zag» tan propio de la Edad Media para la mejor defensa de las fortalezas, y que los Mendoza utilizaron en casi todas sus construcciones. En algunas de las puertas se ven, desgastados, los escudos de los Mendoza.

La puerta del campo

Dicen que hacer algo imposible es como “ponerle puertas al campo”, porque este es tan grande, que nadie lo puede abarcar y, como el mar, no tiene límites, nos puede siempre.

En Palazuelos, un pueblecito medieval y remoto, situado en medio de los trigales, de los cantuesos y los roquedos inhóspitos de nuestra sierra Ministra, nadie ha puesto una puerta al campo, pero sí que a la villa, que se amuralló por completo en tiempos de la Edad Media, le pusieron una puerta por la que se entraba a la villa o se salía de ella. Con el campo enfrente. Y la llamaron (y aún la llamamos así) “la puerta del campo”.

Este lugar, que no es especialmente significativo en punto a estrategias militares, sí que tuvo importancia en el entramado de los caminos castellanos. Al pie de la sierra Ministra, en el límite de las dos mesetas castellanas, y sobre un valle que comunica Sigüenza con Atienza, perteneció a diversos señores hasta que cayó en manos de los Mendoza, en pleno siglo xiv. Y a mediados del siguiente, sería don Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, quien decidiera fortificarlo, al uso de entonces: un poblado cerrado completamente por murallas, con cuatro puertas abiertas (una a cada punto cardinal) y en el extremo norte un fuerte castillo defensivo. Quedó como el lugar perfecto de habitación humana, en aquellos tiempos de guerras y sustos. Y así sigue, lo cual no es mérito pequeño.

En una de aquellas puertas, la que da al sur, se pusieron los escudos heráldicos de sus poeseedores. A mediados del siglo xv, lo era concretamente don Pedro Hurtado de Mendoza, uno de los hijos varones del marqués. Casado con doña Juan de Valencia, ambos emblemas pusieron tallados en piedra, y cobijados en marcos protectores, sobre todas las puertas de entrada. Para que se supiera que el visitante llegaba a terrreno señorial, a villa de señorío mendocino.

López de Mendoza, el primer poeta del Renacimiento español, es un enamorado de la Naturaleza, de las bellas mujeres, de los desfiles solemnes y del protocolo. Necesita el sonoro aliento de las trompetas y el clamor de los timbales para seguir viviendo. Y todo lo plasma en sus poemas redondos, cortos, emocionantes.

 

Por un valle deleytoso,
do mora gentil compaña,
oí un canto sabroso
de un ave muy estraña

 

Cuando el viajero llega a Palazuelos, suele entrar por la puerta que mira al norte, hosca y de feroz mirada. Pero generalmente sale por la puerta que va hacia levante, dirigiéndose el camino que ante ella surge hasta la cercana Sigüenza. La puerta del campo, sin embargo, en lo más alto del pueblo, no da a ninguna parte. O da a lo que nombra, al campo, a la nada verde y olorosa. Poca gente, si no eran los habitantes de la villa cuando salía a laborar o volvían de sus tareas, la cruzaba. Yo te invito ahora, lector amigo, a que con el recuerdo del marqués orante y guerrero, del poeta sutil y el animoso emprendedor humanistra, te llegues a Palazuelos, y salgas, o entres, por esa puerta del campo que es tan hermosa, de tan quieta, y tan blanca, de piedras leves.

El humilladero de la Soledad

Antes de entrar a Palazuelos, y si escogemos el camino que lleva a Carabias, vamos a encontrarnos con esta ermita de la Virgen de la Soledad, que es también Humilladero. Esto es, ademáds de lugar de culto cerrado, puede serlo en abierto, porque es parada final de un via crucis.

La construyeron los hermanos de la Cofradía de la Vera Cruz, y sabemos que ya a mediados del siglo XVI existía como hoy la vemos.: de planta cuadrada, fuertes muros y aun más fuertes contrafuertes, no la parte un rayo ni la tira un vendaval, por fuerte que sea. A mí lo más hermoso me parece el pórtico delantero, con sus columnas rematadas en capiteles de quiero y no puedo, pero de solemne talla que aguantan lo que sea. En ese atrio se tiene que estar bien resguardado cuando el tiempo se pone malo.

Dentro hay una talla de la Virgen Dolorosa, y otra de Cristo yacente. Y dentro se reunen las gentes piadosas de Palazuelos a rememorar años antiguos y pedir, porque nunca se sabe, un milagrito a la Virgen.

Por aquí delante, a la vista de las murallas y el castillo, antes de partir hacia Carabias, andaría don Onofre Caballero, que fue un donoso individuo que aquí nació, en el interior de las murallas de esta villa a la que él dice que tenía “por mal nombre Engañapobres”, debido a que desde lejos, cualquier caminante que fuera a hacer las Castillas, y al pasar entre Sigüenza y Atienza la viera a lo lejos, pensaría que era castillo de riquezas y anaquel de los buenos manjares, concluyendo (en acercarse y entrar) que nada de eso había, sino hambre también, y miserias.

El Guitón Onofre estaba orgulloso de ser de aquí, de donde el marqués de Santillana quiso poner un fuerte amurallamiento para engañar a los que pasan. Y seguro que se entretuvo, de pequeño, en jugar por los trigos que la rodean, y como en toda primavera incipiente, en los días de su primera luna llena, salir con los cofrades acompañando al Santo Entierro, admirando a fuerza que los jóvenes desarrollan, de los pulmones a la boca, haciendo sonar solemnes las caracolas que anuncian la muerte de Cristo, y la Soledad de su madre.

Así lo narra el escritor Luis Monje, que aún alcanzó a vivir, a principios del siglo XX, aquella mágica nocturnada del Viernes Santo, cuando “Delante del triste cortejo de hombres silenciosos y mujeres enlutadas con mantos en la cabeza, los mozos se relevaban constantemente en el uso de la primitiva trompa, mientras las jóvenes cantaban en grupo un monótono romance alusivo detrás de la imagen de Cristo yacente. En la oscuridad de la noche, entre trigales en flor, el prolongado lamento de la caracola subrayaba la tristeza del momento y ponía una nota emotiva en el fervor de los fieles”.

Esta ermita es un privilegiado mirador de las costumbres de Palazuelos. También a ella llega el bullicio de la Quema del Boto, que se hace en honro a San Roque cuando aprieta el calor del verano. Y en su torno los chicos siguen jugando a la tanguilla, primitiva competición de habilidad y punterías.