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Memoria del pan en Guadalajara

fuentelencina
Siempre de moda, por alimento esencial y de todos bien considerado, el pan tiene sus páginas propias en los abiertos libros del costumbrismo y las tradiciones. Por los pueblos de Guadalajara se sabe de panes, y estos se usan como elementos esenciales en sus fiestas y ritos. Aquí recuerdo algunos.
 

El pan ha sido uno de los elementos claves en el concepto naturaleza a respetar, como esencia de la alimentación, y por tanto de la vida. Connotaciones religiosas se le han añadido, a lo largo de los siglos, y en muy diversas civilizaciones. Todos recordamos aún cómo en casa, cuando se caía un trozo de pan al suelo, se le daba un beso, al recogerlo. En el Nuevo Testamento, quizás uno de los milagros más conocidos de Jesús es la “multiplicación de los panes” y de los peces.

Señor, ¿cómo vamos a alimentar a toda esta multitud que nos sigue, si solo contamos con cinco pedazos de pan y dos pescados? Y Jesucristo alzó la mano, bendijo lo que había y ordenó a sus discípulos que empezaran a repartir…. Se saciaron cinco mil personas que allí había. “Yo soy el Pan de la vida”, dijo en varias ocasiones según relatan los cuatro evangelistas.

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Viene este preámbulo a cuento de una revista que (una sola vez al año, y ya es bastante) aparece los veranos en Labros. Se titula como el pueblo, y la creó Andrés Berlanga, la continuó su mujer Enriqueta Antolín, y ahora la continúa otro labreño de bien, Mariano Marco Yagüe, quien en el número de este año nos deja un sabroso recopilatorio de asuntos panificables bajo el título de “El pan bendito”.

Como médico siempre he creído que somos lo que comemos, y que el truco final de una larga y saneada vida es comer lo adecuado, lo beneficioso, en cantidades razonables, evitando lo dañino, lo tóxico… en todo momento. Y que el pan es uno de esos elementos que son fundamentales, porque lo han sido siempre, manifestándose como esencia de la alimentación humana. De ahí las similitudes religiosas entre el pan que se come, y el alimento del espíritu.

Nos recuerda Marco que en la vida tradicional de nuestros pueblos, y durante siglos, el pan estaba presente en los ritos claves de nuestra existencia: el día del bautismo era una ofrenda que se hacía en la iglesia, y que solía hacer la madre de la criatura cuando, cuarenta días después del parto, acudía por vez primera al templo llevando a su hijo en los brazos.

También en las bodas aldeanas el pan era esencial, especialmente en la jornada de la segunda amonestación, en el que la novia llevaba un pan a la iglesia. En otros sitios, se llevaba también el día de la boda. Los ritos de matrimonio en la religión judaica dan también mucho protagonismo al pan.

Y en el trance final, tras la muerte, en esa misa que se celebraba siete días después del entierro, se llevaba pan, lo mismo que en el “cabo de año” al cumplirse el primer aniversario del fallecimiento: en esa ocasión al pan, generalmente redondo, se le ponía una vela en medio, y prendida esta se entregaba al párroco.

Dice Mariano Marco que en Labros se tenía la costumbre (autóctona, no importada de extrañas latitudes) de poner un pan en medio de la mesa, en torno a la que se reunía la familia la noche de Difuntos, a principios de Noviembre. En el tiempo brumoso de las largas noches, el pan se partía en tantos pedazos como miembros tenía la familia, cada uno alargaba la mano para coger una rebanada, y se lo llevaba a los labios, besándolo. Luego lo tomaban untando cosas en él, dulces, salados, etc…

Y en el inicio de muchas fiestas (las clásicas han sido San Antón, San Antonio, y San Roque, pero ha habido muchas más) la víspera de la celebración se repartía “la caridad” o el reparto de pequeños panes a todos cuantos se acercaban a la puerta del templo. En muchos sitios lo llamaban “la costumbre”, añadiendo al pan un trozo de queso, unos garbanzos asados, algunos cañamones, o con un cazo se repartía la limonada, que no era sino vino del año anterior, y rebajado. Con ello se limpiaba el alma, porque el hecho del reparto y la recogida servía para “ganar las indulgencias del santo”.

En todo ello hay mucho de ritual, de mentalización del pueblo, al que se le hace sumiso, agradecido y dispuesto a colaborar con la iglesia y sus ministros. Pero no cabe duda de que el hecho de entronizar al pan como elemento de cohesión social supone un ancestralismo que radica en el entendimiento subyacente de la importancia de ese alimento, que es trigo simplemente, con su levadura, y que lleva la esencia de la vida, porque con pan, y agua, puede un ser humano resistir mucho tiempo sin morir.

De las muchas fiestas que tienen al pan por protagonista, destacaría un par de ellas en nuestra provincia. Por ejemplo, la sopeta de Luzaga, que es un plato que se elabora popularmente a base de pan, vino y azúcar, y que el Ayuntamiento de la villa repartía entre los vecinos el día de San Roque, mediado agosto. Los vecinos acudían con barreños y jarros llenos de migote de pan, sobre los que los concejales echaban el vino. Más que el alimento, divertía la sazón, los chascarrillos, las buenas andanzas de unos que daban y otros que recibían… De ello habla, y de muchas otras historias relacionadas, María Josefa García Callado en su magnífico libro “Antigua historia del pan (Serranías del Alto Tajuña)”.

La otra gran fiesta del pan (que va unida a los toros, como en tantos lugares de la Alcarria) la viví hace años y sé que siguen haciéndola en Fuentelencina. Es para San Agustín, su patrón, el 27 de agosto, aunque los días de antes y después también se celebran festejos sonados. Lo más curioso es la corrida que por las calles y plaza hacen los mozos de un toro o novillo, al que finalmente sacrifican. Con su carne se hace una caldereta que es repartida en forma de sopa, a la puerta de la iglesia, al vecindario y visitantes. En la antigüedad acudían miles de personas a tomar la caridad de San Agustín de Fuentelencina, pues se creía era milagrosa y protectora contra muchos males, en especial de fiebres periódicas. También ese día se reparten, en el ayuntamiento, unos panes con anisillos, muy característicos. El origen totémico de esta fiesta es claro, pues las virtudes atribuidas a la sopa que resulta de guisar el animal, son derivadas de su potencia generatriz, de su fuerza muscular y mitológica, aunque luego el rito se cristianó con el patronazgo de San Agustín. Este tipo de «fiesta de huesos» o «calderetas» hechas con los restos de los toros y novillos lidiados en las fiestas, son muy frecuentes en los pueblos de la Alcarria, y demuestran un origen común y primitivo, totalmente pagano, quizás ibérico.

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

Grado del Pico, románico en la Sierra de Pela

grado del pico

Viajamos por la Sierra de Pela, desprovista de vegetación pero ahora ocupada por docenas de grandes molinos aerogeneradores. Tras visitar los templos románicos de Albendiego, Campisábalos y Villacadima (tres joyas del románico guadalajareño) nos adentramos en la provincia de Segovia. Bajamos la Sierra, hacia Ayllón, y el primer pueblo que encontramos es Grado del Pico, apenas a media legua de Villacadima. Allí vemos un magnífico ejemplar de arquitectura románica.

Evidentemente, el grado de similitud y parentesco estructural y decorativo con los templos de nuestra provincia es muy notable. En una época en que los cambios de gusto, de costumbres y actividades variaban no de generación en generación, sino de siglo en siglo, el hecho de que los templos construidos en el entorno de la Sierra de Pela, que es el “parteaguas” de la Penísula Ibérica, sean muy parecidos no debe de sorprendernos. Son de la misma época, pleno siglo XIII, y salidos de las mismas manos.

Grado del Pico pertenece, en la provincia de Segovia, al partido de Riaza. Se encuentra a unos 1.200 metros de altitud, y el pueblo se rodea de amables arboledas, en una especie de amplia nave rodeada, al norte, por el Pico de Grado, el más alto de la Sierra Pela, y al sur y este por las lomas que le separan de Campisábalos, Villacadima y el alto valle del río Sorbe.

En 1136 aparece este pueblo citado como Aguisejo. Y ya en 1149, en un documento de Alfonso VII, se le menciona con el nombre de Grado. En una relación de parroquias de la diócesis de Sigüenza, a la que pertenecía en 1353, se dice que estaba adscrita al arciprestazgo de Ayllón, y de la iglesia, desde siempre dedicada a San Pedro, se dice que tenía un curato y dos beneficios.

Se sube una cuesta leve, desde la plaza, para llegar al templo, que remata el pueblo por lo alto, traspasado de todos los vientos. Los viajeros se llevan una gratísima sorpresa al verla, iluminada por el sol caduco del atardecer, que arranca de esta piedra a medias segoviana y soriana, unos tonos de radical rojez. Parece cargada de sangre, viva, sonora.

Es un templo de estilo románico, construido en el siglo XIII, aunque fue posteriormente ampliado en el XVI. Su muro meridional es el que nos atrae porque está abierto y muestra sus arcos y entradas. El muro de poniente, cerrado, es base de la torre, también románica aunque sin adornos, pero con canecillos de proa de barco. El muro norte está radicalmente cerrado, y el de levante muestra una estructura recta en cuyo centro surge un pequeño ábside semicircular que correspondería con la primitiva cabecera.

En la fachada sur se abre la galería porticada, tan propia de los templos románicos, especialmente segovianos. Consta este atrio de una entrada sobre escalones pétreos, escoltada de dos intercolumnios que tienen, cada uno, dos pares de columnas, y que dan lugar a tres arcos en cada lado. Los arcos van trasdosados por una moldura lisa de sección trapezoidal; el arco de la puerta lleva una moldura de la misma sección pero decorada con 24 cabecitas de lobo, o demoníacas, similares a las que muestra la puerta de la iglesia segoviana de Pecharromán. Los ábacos de los capìteles se recorren de una imposta de entrelazos, muy elegante y bien hecha. Hay similitudes entre Grado del Pico y los templos guadalajareños del norte provincial (Campisábalos, Villacadima, Albendiego, y supongo que Galve, cuando en este pueblo la iglesia era románica, y debía ser de las buenas) pero también guarda fuertes similitudes con los cercanos enclaves segovianos de San Miguel de Fuentidueña, Cozuelos y Pecharromán.

Iconografia romanica de Guadalajara

Esta iglesia, que es capital en el románico castellano, ha sido muy superficialmente estudiada. El investigador Cabello Dodero la mencionó en 1928, y el profesor Isidro Bango Torviso, a mediados del siglo XX, publicó “El maestro de Grado del Pico: un maestro románico aragonés en Castilla”, en las actas de un Congreso de Granada.

La galería de Grado está cegada, desde hace mucho tiempo. Por ello, los capiteles solo nos son accesibles fragmentariamente: siguen sus temas tallados bajo capas de mampuesto y cementos viejos. Sería una gran tarea, y plausible, que alguien decidiera abrir esa galería con medios técnicos suficientes como para rescatar completos los capiteles. Quizás tendríamos otra nueva lectura del conjunto. Pero hemos de conformarnos con lo que vemos.

Y esto es una sucesión, de poniente a levante, de diez capiteles. Que a continuación los enumero y comento:

  1. El primero por occidente es un capitel de simple decoración geométrica, con un rayado vertical, de hondos surcos, muy nítidos y contrastados, ondulándose en la parte superior, aludiendo a su origen vegetal.
  2. Le sigue un capitel con presencia vegetal: racimos de uvas entre pámpanos y sarmientos. Es la Naturaleza en auge, aunque tiene un claro mensaje evangélico.
  3. Interesante representación zoomórfica con figuras del bestiario medieval: de un rostro demoniaco central, salen serpientes y tallos que abrazan las colas de sendas arpías que se representan en los lados. Geometría y vibración transmite el capitel claramente temeroso.
  4. Grandes hojas de verdura muy rayadas y rematadas en valientes volutas superiores.
  5. En la puerta de entrada, dos capiteles escoltan el acceso. Sin duda, los mejores de la iglesia. El primero, occidental, es una representación de la Epifanía. En ella aparece la adoración de los Reyes Magos a Jesús infante, proponiéndonos una “proskynesis” o “beso del pie del Niño”. Las figras, aunque burdas, dan sensación de serenidad, de mucho detalle. Un gran capitel que recuerda el mismo tema, muy habitual en el románico de las Cinco Villas Aragonesa, y que a su vez se inspira en el Liber de Infantia Salvatoris. Tal influencia, probablemente, haya que explicarla mediante la conexión entre Soria y Aragón y el papel transmisor de Silos y la catedral de Burgo de Osma.
  6. El capitel oriental de la puerta de acceso es el mejor tallado y el más espectacular de todos: una pareja de grifos se enfrentan entre sí, guardando caminos. Despliegan sus atributos clásicos, garras y cabeza de águila, cuerpo de león, y enormes alas delicadamente dibujadas.
  7. El primer capitel del intercolumnio oriental es de un esquematismo sorprendente, representa hojas grandes muy rayadas, con leves volutas superiores.
  8. El siguiente muestra también un tallo fino rematado en fruta, y del que salen dos hojas delicadamente talladas a ambos lados. La exhibición de la Naturaleza espléndida.
  9. Con tres figuras enigmáticas, este capitel guarda su secreto porque aún permanecen otras figuras que le completan bajo el tapial viejo. De izquierda a derecha aparecen: a) un ser monstruoso con el cuerpo cubierto de burdas escamas; b) una joven que exhibe en su mano izquierda una planta que podría ser una flor de lis, o un crótalo festivo: c) un individuo noble bien trajeada con una flor o fruto en su mano derecho, y la cabeza atravesada por una flecha o puñal, quizás un santo de devoción local.
  10. Perfecto conjunto de líneas y bolas, en una amalgama geométrica que nos recuerda otras cosas orientales, quizás modelos tomados por los mudéjares de la zona y que en Villacadima y Albendiego se han explayado más ampliamente.
  11. Otro capitel que no he podido ver ni fotografiar, y que sólo se contemplar desde el interior del templo, muestra temas antropomórficos en los que aparecen soldados y tres ángeles con un sepulcro en que reposa un cadáver. Muy probablemente esta representación quiera expresar el momento evangélico de la muerte y entierro de Cristo antes de su Resurrección.

despoblados de la provincia de guadalajara

En el conjunto de los capiteles de Grado del Pico, que es el elemento expresivo de una arquitectura medieval mesurada y muy bien trabajada, lo que destaca es el equilibrio de temas, la medida puesta en escena de lo vegetal, lo mitológico y lo eclesial, en un diálogo sosegado y que sería adecuadamente usado por los ministros de la Iglesia que en ese siglo XIII, y durante dos o tres siglos más, aleccionarían a los fieles, todos analfabetos, sobre los valores cristianos, la esperanza en la Otra Vida, y la necesidad de una vida recta y virtuosa.

Sin más que animar a mis lectores a que vayan a admirar esta iglesia románica que está “pegando con la pared de nuestra provincia” en Segovia, decir que su estilo está en consonancia con el grupo de tallistas de la Sierra de Pela que dejaron hermosos conjuntos en Guadalajara (Albendiego, Hijes, Villacadima, Campisábalos, Galve…) y en Soria (Tiermes, Caracena, etc.) En cualquier caso, una oportunidad de mirar lo que los siglos pasados nos han dejado, y celebrar la suerte de que hayan podido llegar a nuestros días, y hayamos tenido la oportunidad de admirarlos.

Lecturas de Patrimonio: Monasterios de Guadalajara (II)

Sobre los monasterios, especialmente sobre sus ruinas, sus recuerdos, sus palabras claras, cabe mucho qué decir. Después de haber sabido algo sobre su bibliografía y lugares donde encontrar recursos documentales, hoy me entretengo en referir detalles curiosos de ellos: los que siguen vivos tras muchos siglos de actividad; las luces y las sombras de los monasterios… y algunos detalles sobre sus obras de arte perdidas. Luces y sombras de los monasterios En los monasterios medievales de Guadalajara, y a lo largo de los largos siglos de su existencia, surgieron las luces de señalados méritos, alternando con las sombras de los grandes pecados. De las luces, merece recordarse la que supuso el cultivo de la música sinfónica por parte de los frailes jerónimos de Lupiana. De siempre dedicaron buena parte de su tiempo a la interpretación de instrumentos, de piezas sacras, y de coros numerosos y bien conjuntados. En el siglo XVIII alcanzaron tal perfección en el arte musical, y formaron una orquesta de tal categoría, que toda la producción de la música sinfónica europea (de Beethoven a Haydn, de Bach a Mozart) tenía en Lupiana su inmediato estreno. Entre ellos se educó el padre Félix Flores, natural de Guadalajara, que llegó a ser la admiración de los medios musicales madrileños en la mitad del pasado siglo. Sería, en fin, un tema de auténtico interés, analizar la aportación a la música hecha por los jerónimos de San Bartolomé. Cuando tras la Desamortización de Mendizábal se vació el monasterio y se disolvió la Orden, la mayoría de sus miembros pudieron ganarse la vida gracias a estos conocimientos musicales. De las sombras hay que resaltar el lamentable espectáculo de auténtica "lucha civil" que en los años iniciales del siglo XVI dieron varias agrupaciones conventuales, especialmente de franciscanos, al negarse los que vivían completamente instalados, y con un sistema muy relajado de vida, a aceptar y poner en práctica las reformas impuestas por la superioridad, a instancias sobre todo del Cardenal Cisneros. Así ocurrió en Molina de Aragón, cuando fue llegado el momento de abandonar la regla claustral y adoptar la Observancia reformada. el guardián de los claustrales, fray Gonzalo de Tarancón, se opuso de tal manera a la medida, que se "encastilló" en el convento con sus frailes, y dijo que de allí no le sacarían sino por las malas; que él no se iba ni reconocía las nuevas normas. Era el año 1525, y tan serio se puso el asunto que no quedó más remedio que acudir a la autoridad civil, expidiendo el Emperador Carlos I una Provisión Real por la que mandaba a su alguacil de Casa y Corte, Cristóbal Cacho, que con la ayuda de Regidores, Oficiales, Justicias, Caballeros, Escuderos y hombres buenos de la Villa tomaran al asalto el convento, sacaran del mismo a los frailes claustrales, y pusieran en su uso a los de la Observancia Regular. Obras de arte perdidas De la enorme riqueza en obras de arte que guardaban los monasterios medievales de Guadalajara, hoy quedan muy escasos restos. En incendios fortuitos, tras la invasión napoleónica, y sobre todo como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal, se perdieron numerosas piezas de gran valor. De algunas de ellas ha quedado memoria, y aquí la ponemos, aunque solo sea para constancia de tanta pérdida, y evidencia de la riqueza habida. El Alcocer estuvo, hasta la Guerra civil de 1936-39, la estatua yacente y la correspondiente momia de doña Mayor Guillén de Guzmán. Se trataba de una pieza tallada en madera, a tamaño mayor del natural, y policromada. Obra del siglo XIII en su segunda mitad, era sin duda la pieza más antigua de la escultura funeraria en la provincia de Guadalajara. Estuvo primeramente en el convento de monjas clarisas de San miguel del Monte, pasando luego al convento de estas en la misma villa de Alcocer, de donde desapareció sin dejar rastro en los primeros días de la Guerra Civil. En La Salceda, el gran convento de la reforma franciscana situado entre los términos de Tendilla y Peñalver, hubo piezas de supremo interés: un manuscrito miniado medieval con comentarios del Beato Amalio al Apocalipsis de San juan. Pudiera tratarse de alguno de los que hoy lucen en colecciones de famosas bibliotecas europeas y americanas. O simplemente se fragmentó en hojas sueltas. También hubo, entre varios cientos de cuadros, alguno con la firma de Tiziano, ó del flamenco Francisco Flores. Y una fabulosa colección de cerámica talaverana que, rodeando el claustro en sus paredes, ofrecía imágenes de santos de la Orden y escenas de la vida de María. En Tendilla, en el convento jerónimo de Santa Ana, y embelleciendo el muro principal del presbiterio de su iglesia, -único resto actual de ese edificio- existió un gran retablo de pinturas y esculturas en el que lucía la mano de los primitivos flamencos ó castellanos de los años iniciales del siglo XVI. Además de imágenes pintadas representando a San Jerónimo y el Calvario lucían los escudos policromados de los Condes de Tendilla, etc. Hoy se encuentra instalado en el Museo de Arte de la ciudad de Cincinatti, en los Estados Unidos de América. En Valfermoso de las Monjas existió, hasta finales del siglo XIX, un cuadro que representaba sobre lienzo a la que fuera abadesa, doña Juana Calderón, en el siglo famosa por haber sido comedianta de nota conocida por la Calderona, e incluso amante del rey Felipe IV. Las monjas creían se trataba de alguna virtuosa santa de la Orden, hasta que don Juan Catalina García López, cronista provincial, en una visita al monasterio a finales del siglo XIX lo identificó, incluso afirmando que se debía sin duda al pincel de Velázquez. Hoy no se encuentra entre los muros de este cenobio vivo. En Lupiana, la iglesia del monasterio jerónimo de San Bartolomé, tenía su techumbre decorada al fresco con inmensas escenas, figuras e historias allí puestas por los pinceles de Zúcaro, Tibaldi y Carducho, venidos desde Italia al mandado de Felipe II para decorar el Escorial. Hacia 1923 se hundieron las bóvedas de nave y coro, quedando solamente, y ya muy deteriorada, la del presbiterio. Los monasterios vivos De los monasterios con raíz medieval que en este libro se historian y describen, hay algunos, muy pocos, que permanecen aún vivos, ocupados por comunidades que siguen manteniendo el espíritu de sus primigenias reglas, y cultivando el recuerdo de sus antiguos fundadores. Permiten, además, que el hombre de hoy contacte con el mensaje cristiano emanado de los antiguos patriarcas del Medievo, y en medio del sosiego y la paz de sus templos y sus claustros, lo reciba y asimile. Son solamente dos los monasterios con estas características. Ambos de comunidades femeninas. Pero los dos con muchos siglos a la espalda de historia y actividad. Monasterio de San Juan Bautista, de monjas benedictinas, en Valfermoso de las Monjas. Fundado en 1186, por el matrimonio atencino don Juan Pascasio y doña Flambla. Hace poco celebró, con toda solemnidad, el octavo centenario de su fundación. Ha tenido una existencia continuada, siempre ocupado a excepción de breves períodos en la Guerra de la Independencia y Guerra Civil. Su edificio fue tan maltratado en esta última, que hoy es casi nuevo por completo, aunque el templo mantiene su estructura original. La actual comunidad de benedictinas de Valfermoso se dedican a la oración y ponen a disposición de peregrinos y visitantes una pequeña hospedería. Monasterio de Santa María de la Buenafuente del Sistal, de monjas cistercienses, en Buenafuente del Sistal, término de Villar de Cobeta. Fundado en 1246, por doña Sancha Gómez. Vivió de forma continuada ocupada por comunidad de monjas bernardas, siempre dependientes del monasterio de Huerta, en Soria. Durante 50 años en el siglo XV debieron exiliarse al cercano enclave de Alcallech. También lo abandonaron en la Guerra de la Independencia y en la Guerra Civil. Hace unos 50 años se puso en venta, pero consiguió remontar su crisis y hoy es un espléndido foco de espiritualidad y vital dinamismo. Su edificio, recientemente restaurado, conserva todo el genuino sabor medieval de su primitiva construcción, especialmente expresiva en el templo de estilo románico. La comunidad de monjas bernardas se dedica a la oración, y en su Casa de Ejercicios y Oración brinda asilo a quien lo pida.

Sobre los monasterios, especialmente sobre sus ruinas, sus recuerdos, sus palabras claras, cabe mucho qué decir. Después de haber sabido algo sobre su bibliografía y lugares donde encontrar recursos documentales, hoy me entretengo en referir detalles curiosos de ellos: los que siguen vivos tras muchos siglos de actividad; las luces y las sombras de los monasterios… y algunos detalles sobre sus obras de arte perdidas.

Luces y sombras de los monasterios

En los monasterios medievales de Guadalajara, y a lo largo de los largos siglos de su existencia, surgieron las luces de señalados méritos, alternando con las sombras de los grandes pecados.

De las luces, merece recordarse la que supuso el cultivo de la música sinfónica por parte de los frailes jerónimos de Lupiana. De siempre dedicaron buena parte de su tiempo a la interpretación de instrumentos, de piezas sacras, y de coros numerosos y bien conjuntados. En el siglo XVIII alcanzaron tal perfección en el arte musical, y formaron una orquesta de tal categoría, que toda la producción de la música sinfónica europea (de Beethoven a Haydn, de Bach a Mozart) tenía en Lupiana su inmediato estreno. Entre ellos se educó el padre Félix Flores, natural de Guadalajara, que llegó a ser la admiración de los medios musicales madrileños en la mitad del pasado siglo. Sería, en fin, un tema de auténtico interés, analizar la aportación a la música hecha por los jerónimos de San Bartolomé. Cuando tras la Desamortización de Mendizábal se vació el monasterio y se disolvió la Orden, la mayoría de sus miembros pudieron ganarse la vida gracias a estos conocimientos musicales.

De las sombras hay que resaltar el lamentable espectáculo de auténtica «lucha civil» que en los años iniciales del siglo XVI dieron varias agrupaciones conventuales, especialmente de franciscanos, al negarse los que vivían completamente instalados, y con un sistema muy relajado de vida, a aceptar y poner en práctica las reformas impuestas por la superioridad, a instancias sobre todo del Cardenal Cisneros. Así ocurrió en Molina de Aragón, cuando fue llegado el momento de abandonar la regla claustral y adoptar la Observancia reformada. el guardián de los claustrales, fray Gonzalo de Tarancón, se opuso de tal manera a la medida, que se «encastilló» en el convento con sus frailes, y dijo que de allí no le sacarían sino por las malas; que él no se iba ni reconocía las nuevas normas. Era el año 1525, y tan serio se puso el asunto que no quedó más remedio que acudir a la autoridad civil, expidiendo el Emperador Carlos I una Provisión Real por la que mandaba a su alguacil de Casa y Corte, Cristóbal Cacho, que con la ayuda de Regidores, Oficiales, Justicias, Caballeros, Escuderos y hombres buenos de la Villa tomaran al asalto el convento, sacaran del mismo a los frailes claustrales, y pusieran en su uso a los de la Observancia Regular.

Obras de arte perdidas

De la enorme riqueza en obras de arte que guardaban los monasterios medievales de Guadalajara, hoy quedan muy escasos restos. En incendios fortuitos, tras la invasión napoleónica, y sobre todo como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal, se perdieron numerosas piezas de gran valor. De algunas de ellas ha quedado memoria, y aquí la ponemos, aunque solo sea para constancia de tanta pérdida, y evidencia de la riqueza habida.

El Alcocer estuvo, hasta la Guerra civil de 1936-39, la estatua yacente y la correspondiente momia de doña Mayor Guillén de Guzmán. Se trataba de una pieza tallada en madera, a tamaño mayor del natural, y policromada. Obra del siglo XIII en su segunda mitad, era sin duda la pieza más antigua de la escultura funeraria en la provincia de Guadalajara. Estuvo primeramente en el convento de monjas clarisas de San miguel del Monte, pasando luego al convento de estas en la misma villa de Alcocer, de donde desapareció sin dejar rastro en los primeros días de la Guerra Civil.

En La Salceda, el gran convento de la reforma franciscana situado entre los términos de Tendilla y Peñalver, hubo piezas de supremo interés: un manuscrito miniado medieval con comentarios del Beato Amalio al Apocalipsis de San juan. Pudiera tratarse de alguno de los que hoy lucen en colecciones de famosas bibliotecas europeas y americanas. O simplemente se fragmentó en hojas sueltas. También hubo, entre varios cientos de cuadros, alguno con la firma de Tiziano, ó del flamenco Francisco Flores. Y una fabulosa colección de cerámica talaverana que, rodeando el claustro en sus paredes, ofrecía imágenes de santos de la Orden y escenas de la vida de María.

En Tendilla, en el convento jerónimo de Santa Ana, y embelleciendo el muro principal del presbiterio de su iglesia, -único resto actual de ese edificio- existió un gran retablo de pinturas y esculturas en el que lucía la mano de los primitivos flamencos ó castellanos de los años iniciales del siglo XVI. Además de imágenes pintadas representando a San Jerónimo y el Calvario lucían los escudos policromados de los Condes de Tendilla, etc. Hoy se encuentra instalado en el Museo de Arte de la ciudad de Cincinatti, en los Estados Unidos de América.

En Valfermoso de las Monjas existió, hasta finales del siglo XIX, un cuadro que representaba sobre lienzo a la que fuera abadesa, doña Juana Calderón, en el siglo famosa por haber sido comedianta de nota conocida por la Calderona, e incluso amante del rey Felipe IV. Las monjas creían se trataba de alguna virtuosa santa de la Orden, hasta que don Juan Catalina García López, cronista provincial, en una visita al monasterio a finales del siglo XIX lo identificó, incluso afirmando que se debía sin duda al pincel de Velázquez. Hoy no se encuentra entre los muros de este cenobio vivo.

En Lupiana, la iglesia del monasterio jerónimo de San Bartolomé, tenía su techumbre decorada al fresco con inmensas escenas, figuras e historias allí puestas por los pinceles de Zúcaro, Tibaldi y Carducho, venidos desde Italia al mandado de Felipe II para decorar el Escorial. Hacia 1923 se hundieron las bóvedas de nave y coro, quedando solamente, y ya muy deteriorada, la del presbiterio.

despoblados de la provincia de guadalajara

 

Los monasterios vivos

De los monasterios con raíz medieval que en este libro se historian y describen, hay algunos, muy pocos, que permanecen aún vivos, ocupados por comunidades que siguen manteniendo el espíritu de sus primigenias reglas, y cultivando el recuerdo de sus antiguos fundadores. Permiten, además, que el hombre de hoy contacte con el mensaje cristiano emanado de los antiguos patriarcas del Medievo, y en medio del sosiego y la paz de sus templos y sus claustros, lo reciba y asimile.

Son solamente dos los monasterios con estas características. Ambos de comunidades femeninas. Pero los dos con muchos siglos a la espalda de historia y actividad.

Monasterio de San Juan Bautista, de monjas benedictinas, en Valfermoso de las Monjas. Fundado en 1186, por el matrimonio atencino don Juan Pascasio y doña Flambla. Hace poco celebró, con toda solemnidad, el octavo centenario de su fundación. Ha tenido una existencia continuada, siempre ocupado a excepción de breves períodos en la Guerra de la Independencia y Guerra Civil. Su edificio fue tan maltratado en esta última, que hoy es casi nuevo por completo, aunque el templo mantiene su estructura original. La actual comunidad de benedictinas de Valfermoso se dedican a la oración y ponen a disposición de peregrinos y visitantes una pequeña hospedería.

Monasterio de Santa María de la Buenafuente del Sistal, de monjas cistercienses, en Buenafuente del Sistal, término de Villar de Cobeta. Fundado en 1246, por doña Sancha Gómez. Vivió de forma continuada ocupada por comunidad de monjas bernardas, siempre dependientes del monasterio de Huerta, en Soria. Durante 50 años en el siglo XV debieron exiliarse al cercano enclave de Alcallech. También lo abandonaron en la Guerra de la Independencia y en la Guerra Civil. Hace unos 50 años se puso en venta, pero consiguió remontar su crisis y hoy es un espléndido foco de espiritualidad y vital dinamismo. Su edificio, recientemente restaurado, conserva todo el genuino sabor medieval de su primitiva construcción, especialmente expresiva en el templo de estilo románico. La comunidad de monjas bernardas se dedica a la oración, y en su Casa de Ejercicios y Oración brinda asilo a quien lo pida.

 

Un complejo mensaje sobre la piedra de Gárgoles

gárgoles de abajo

En la iglesia de Gárgoles de Abajo, en su portada, hay un conjunto de símbolos tallados, tan claros y diáfanos, que nos hablan de un pensamiento universal y panteísta: algo inaudito en una época, el siglo XVII en que fue tallada, en la que cualquier desviación de la ortodoxia católica era examinada con lupa por el Tribunal de la Inquisición. Al parecer, nada especial ocurrió en Gárgoles, y todos miraron para otra parte.

Gárgoles nace como aldea en la repoblación de la Edad Media. Está en el camino entre Cifuentes (lugar de poder junto a un manantial importante, bajo la sombra de un viejo castillo) y la orilla del Tajo. Territorio clásicamente adscrito al Común de Atienza, y luego propiedad de los Carrillo y finalmente de los Silva. Entre Cifuentes y Trillo, los Gárgoles. El de abajo alcanzó el título de “Villa de por sí” y con jurisdicción propia en el siglo XVII.

Como todos los lugares de la católica España, alzaron los vecinos un edificio para templo. Este que ahora vemos, al subir hasta la cota más alta del pueblo, es obra del siglo XVII, fabricado entero con buena piedra sillar.

Su interior es de magníficas dimensiones, y en el exterior destaca su torre rematada con terraza y circuito de pináculos con bolones; una portada sencilla, con vano moldurado, en poniente, y en el del sur la entrada principal, magnífico elemento de arco semicircular escoltado por dos pilastras adosadas sobre altos pedestales. Aquí es donde el viajero empieza a preocuparse, al ver que la decoración del panel frontal de la fachada ofrece unos elementos decorativos que le hacen, en principio, dudar, y luego, al comprobar que es cierto lo que ve, y el orden en que está puesto, a asombrarse.

Porque esto es lo que se ve en la portada principal de la iglesia de Gárgoles de Abajo. En la fotografía que acompaña a estas líneas puede analizarse con mayor precisión:

  1. Dos pirámides estilizadas rematan las pilastras laterales.
  2. Una cruz centra el conjunto, rematando sus brazos en sendas bolitas.
  3. Una flor de lis
  4. Un círculo perfecto del que surgen rayos: el disco solar.
  5. Una pentalfa o sello de Salomón
  6. Una piña
  7. Y a los lados, y formando cruz con lo anterior, dos cruces patadas.

Todo ello es conjunto de símbolos que al viajero le dejan un poco descolocado, porque pertenecen, la mayoría de ellas, al imaginario de lo esotérico, más que a la propia esencia del cristianismo. Así es que yo creo que lo mejor que puede hacerse ahora es resumir el simbolismo de todos esos signos que en Gárgoles se muestran juntos, como enlazados, en conversación mutua, y a su vez dispuestos en cruz, como también la imagen adjunta lo demuestra. Símbolos diversos, de orígenes remotos, de sentido universal, pero puestos en cruz, lo que viene a unificarlos en un lenguaje metafórico más definitivo, el que supone la unión en Cristo y su símbolo de todo lo hasta entonces elaborado.

 

La pirámide

Hay dos pirámides, como escoltando la portada. La pirámide es uno de los símbolos mas trascendentales de la humanidad, y viene a representar la armonía del mundo, la luminosidad, la grandiosidad de la tierra poblada. La idea antigua y simbólica es que la pirámide es esencia del espíritu superior, por evolución descendente. Lugar elegido para enterramiento de los más grandes jerarcas, a quienes sus sacerdotes inducían a pensar que en ese lugar la travesía a la eternidad sería cómoda y agradable. Las pirámides han existido, en tiempos antiguos, en todas las civilizaciones (Egipto, Sumeria, el Extremo Oriente…)

 

La flor de lis

La flor de lis es un símbolo de poder, de soberanía, de honor y lealtad, y también de pureza de cuerpo y alma. Se utiliza desde muy antiguo, y es el emblema principal de la monarquía francesa, y de los Borbones. Lis (o lirio) es palabra francesa que tiene ese significado: lirio, o iris. Es además un pequeño árbol, que se sustancia con la vida, con la resurrección, con la luz, con la gracia de Dios.
Elemento simbólico precristiano, los franceses elaboraron una compleja teoría histórica en torno a sus primeros monarcas como descendientes directos de Cristo. Pero desde antes, y hasta hoy mismo, en muchos lugares se ha tenido por símbolo de la luz y de la resurrección.

 

El símbolo solar

El símbolo solar es un círculo con seis rayos. En astrología, el sol es símbolo de la vida, del calor, del día, de la luz, de la autoridad, del sexo masculino y de todo lo que irradia.” “Si la luz irradiada por el sol es el conocimiento intelectivo, el sol es en sí mismo la inteligencia cósmica”. Dicen que la continuada rueda de la vida y la muerte, del renacimiento permanente de la Naturaleza, se simboliza con el disco solar. En definitiva, casi todos los analistas le dan, a este círculo de seis rayos, como emblema del sol, de sus deidades, y como símbolo de resurrección y de inmortalidad.

 

La pentalfa o sello de Salomón

Se llama pentalfa a la estrella de cinco puntas que realmente representa la letra “alfa” en cinco posturas diferentes. En su sentido literal, representa al hombre que controla y domina los cuatro elementos. Además en religiones antiguas era símbolo de la armonía del cuerpo con el espíritu, y siempre se ha tenido como representación de la perfecta salud física, energética y espiritual del ser humano.
Nada que ver con el hebraísmo, los judíos y la káhballa. También se le llama “pentagrama” y en las escuelas gnósticas era la representación de la Estrella Flamígera. Dicen que también representa las Cinco Impresiones de la Gran Luz, mostradas en cada una de sus puntas por sus auxiliares, que son Gabriel, Rafael, Uriel, Miguel y Samael (los cinco enviados de Dios entre los hombres).

 

La piña

Generalmente admitida como sómbolo de la resurrección, del renacer espiritual. Es frecuente encontrarlo en templos e iglesias católicas, y hay quien lo considera herencia de los elementos romanos del cristianismo. Se usa también como símbolo mágico y mitológico de la inmortalidad y la vitalidad permanente, aludiendo a la piña que llevaba en su báculo Dionisio, o Baco. Y como símbolo esotérico y ocultista del conocimiento se la tiene por representación del «tercer ojo», de la glándula pineal, eje del encéfalo, que tomó su nombre por su forma de piña. De ahí que en las religiones hinduistas y budistas se pinten los fieles un punto en el entrecejo, como símbolo del ojo de la luz.

 

La cruz patada

A esta cruz que tiene su brazos unidos en el centro, de similar longitud, y más ancha al exterior que al interior, se le ha denominado también “cruz paté” asociándose desde la Edad Media con la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, también llamada la Orden del Temple y que fue autorizada por el Papa Eugenio III en 1147 como símbolo de la hermandad templaria. Un elemento que ha sido muy utilizado a lo largo de la historia, pues también la siguiente Orden Teutónica la tomó por su emblema, y el Imperio Alemán la tuvo por su símbolo, incluso hoy el ejército alemán la pinta en sus vehículos militares. Esta cruz, de estructura griega, deriva de la primitiva (y precristiana) cruz celta. Desde mucho antes, era símbolo de la unión entre lo divino y lo terrenal. Es, pues, la cruz patada, un símbolo netamente humano, expresión de equilibrio y medida.

 

El mensaje de la portada de Gárgoles

En definitiva, el viajero se queda un tanto atónito ante este conjunto simbólico, que puede decirse, sin miedo a equivocarse, que es ÚNICO en el arte cristiano español. Porque de una forma voluntaria, premeditada, y muy clara por parte de quien la planteó, está exponiendo un conjunto de símbolos que llevan hacia un pensamiento concreto, esotérico, y con toda seguridad ajeno a la doctrina católica. ¿Una herejía en piedra? Tampoco puede decirse eso, porque no se plasmó en un escrito que la explicara. Y no consta que hubiera denuncia, persecución o proceso abierto contra su autor.

Yo me pongo a elucubrar, porque es el único camino que me queda ante esta sorprendente decoración en una iglesia de la Alcarria. Y pienso: el cura párroco ha decidido que los canteros (solían ser de origen montañés, pasiego) a los que ha encargado la construcción de una nueva portada para la iglesia, pongan en el muro una serie de emblemas que puedan ser explicados luego en los sermones festivos. Así se llevaba haciendo durante siglos. Pero, ¿cómo es posible que un clérigo del siglo XVII, en la época de mayor rigor de la justicia inquisitorial, se lance a pedir que en la portada de su iglesia se talle esa serie de elementos paganos, profanos, esotéricos y gnósticos? ¿Quizás ocurrió que fueron los propios canteros, a su albedrío, quienes colocaran esos símbolos, y el cura, muy pegado al terruño, y con pocas luces, no entendiera lo que significaban todos y cada uno de esos símbolos?

Ir más lejos en interpretaciones es consumir líneas y tiempo a mis lectores. Por eso no elucubro más, pero os dejo este dato: el conjunto esotérico y mágico de la portada de Gárgoles de Abajo, un caso único, excepcional, en el arte español de la Contrarreforma.

Despoblados de la Sierra

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Mañana sábado va a celebrarse, esta vez en Condemios de Arriba, un nuevo “Día de la Sierra”, que completará la docena de los celebrados. Un día de afirmación, de reivindicación, y de amistades. Un día de elaborar proyectos, de confirmar necesidades y de cantar y bailar todos juntos. Este año, con una pesada losa que se cierne, más aún, sobre todos: la de la despoblación.

Mañana sábado tenemos una cita en Condemios de Arriba. Será sede del XII Día de la Serranía, y en la mañana se centrarán los actos con el pregón que este año correrá a cargo de la periodista Raquel Gamo Pascual, y la entrega del galardón “Serrano del Año” que en esta ocasión ha correspondido a don Agustín González, sacerdote de Atienza, mientras que los actos culturales se centrarán en una Exposición de fotografías con imágenes de pueblos abandonados, despoblados y desaparecidos del área serrana, así como una charla de José Antonio Ranz Yubero, autor del libro recientemente editado “Despoblados de la provincia de Guadalajara”, sobre ese mismo tema.

La llegada a Condemios puede hacerse, desde Guadalajara, por Cogolludo y luego serranía arriba por Arroyo de Fraguas y Valdepinillos para bajar a Galve y Condemios, o por Tórtola/Hita/Jadraque para llegar a Atienza y desde allí hasta Condemios. Está relativamente lejos, pero es como todo en la Sierra: si te lo propones, está ahí mismo. El quid está en proponérselo.

Despoblamiento y abandono

En 1992 los arquitectos Tomás Nieto Taberné y Miguel Angel Embid García, publicaron un libro titulado “Matallana”, que recibió la Distinción de Honor del Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla-La Mancha delegación de Guadalajara. Un libro muy raro de encontrar hoy, grande y hermoso, ilustrado y limpio, clarividente. Un libro que, supongo (que para eso están) podrán mis lectores consultar en cualquiera de las bibliotecas municipales de la provincia de Guadalajara.

Tiene este libro muchas cosas dentro. Es un mundo (de información, de hallazgos, de denuncias y de imágenes) sonoro y declaradamente valiente. Porque en ese año (1992) se dejaba ya muy claro el grave peligro que se cernía sobre nuestra tierra. Y que no era la emigración, el despoblamiento, la ruina económica: era más duro aún, porque denunciaba el abandono: nadie se hacía cargo de lo que estaba pasando. Pasaba, sin más.

En este libro hay fotografías de edificios de Matallana, de ruinas, de espacios, una fotografía aérea… también hay planos, alzados, dibujos de detalles. Eran dos arquitectos los que estudiaban el lugar, pero también eran dos responsables actores de la vida social, que decían en su inicio, bajo la imagen impactante de un grupo de edificios tradicionales de Matallana: “…un intento de analizar un conjunto etnográfico de gran originalidad, un grupo de edificaciones, algunas todavía en pie, que constituyen un patrimonio modelo de conocimientos y de técnicas adquiridas, arraigadas, transmitidas y plasmadas en unas formas arquitectónicas resumen de unas formas de vida y de unas actividades, hoy en trance de desaparecer y de borrarse de la memoria colectiva…

morenglos alcolea de las peñas despoblados de la sierra de guadalajara

Tras el estudio multidisciplinar que realizan a propósito de la arquitectura negra de la Sierra Norte de Guadalajara (y que se plasmó en parte en la posterior “Guía de la Arquitectura Negra de Guadalajara” de Nieto y Alegre), aparece una colección fotográfica en la que se incluye lo que para mí es lo más impactante del libro: una serie de tres fotografías debidas a Francisco García Marquina, hechas en 1970, y que da testimonio gráfico de la salida de los últimos habitantes de Matallana. Con lo bien que escribe F.G. Marquina, en esta ocasión le sobraron todas las palabras, porque esas tres fotos dan idea de lo que supone una partida, un viaje sin retorno, una asombrosa forma de partir para siempre. Dos hombres cargan a varias mulas y burros de enseres, baúles, sacos y mantas, bien trabadas sobre sus lomos, mientras una mujer, de pañolón a la cabeza y oscura vestimenta, los observa. Al final, es ella la que aparece acompañando a los animales por la senda que deja atrás el pueblo y las montañas. Estremece.

Ese libro, y algunos otros que luego se han escrito (y seguro otros que aún vendrán) son testigos de una realidad imparable. Me asombra un tanto que hoy se haya armado la administración de tantas herramientas, consistentes en su mayoría en comisiones, agencias, oficinas, subdelegaciones, comisariados y congresillos, para estudiar el fenómeno de la despoblación, cuando la cosa era evidente hace ya cincuenta años, y hoy es algo tan constatable que solo pide soluciones. Y antes de que dichas comisiones, subdelegaciones y agencias se pongan a trabajar, como siempre creo que lo mejor que pueden hacer es ver cómo han resuelto ese problema en otros países de nuestro entorno europeo. Francia y Alemania especialmente, también el Reino Unido de la Gran Bretaña. La tendencia universal al urbanismo, es imparable: todo el mundo quiere vivir en grandes ciudades. Les mola. Pero también hay quien no quiere, o no puede, irse a esas grandes ciudades. Y ha de quedar en los pueblos. Para ellos hay que dar soluciones. Hay unas cuantas formas de hacerlo con dignidad y efectividad. Así que ahora, a aprender, a trabajar, y a calzarse las botas.

despoblados de la provincia de guadalajara

Despoblados de la provincia de Guadalajara

En estos días aparece a la pública consideración, y en los escaparates de las librerías, la obra de Ranz Yubero, Remartínez Maestro y López de los Mozos “Despoblados de la provincia de Guadalajara”. Es un grueso libro de casi 400 páginas, con la información alusiva a medio millar de lugares que tuvieron vida, en su día (algunos de ellos solamente en la Edad Media, y otros recientemente abandonados) y un gran mapa de la provincia en que pueden ser localizados, y ser tomados como referencia para curiosas rutas y viajes “a la nada”.

despoblados de la provincia de guadalajara

La obra, que ha sido editada por Aache, como nº 110 de su gran colección “Tierra de Guadalajara” ofrece un catálogo, por orden alfabético, de todos los lugares que tuvieron vida en nuestro territorio, -vida urbana, se entiende, colección de habitantes y actividad socioeconómica-  a lo largo de los últimos mil años. De algunos de esos lugares solo queda el nombre, y es imposible localizarlo. De otros muchos, además del nombre, y las coordenadas, quedan leves huellas, como montículos, acúmulo de piedras, densidad de arbustos, una fuente o una huella de camino. Pero hay todavía largo número de los que se pueden visitar restos importantes: iglesias casi enteras, ermitas, acúmulos de construcciones derruidas, torres vigía, castilletes, cuevas… en todo caso, este “catálogo de olvidos” viene a ser una guía de viaje, una llave para abrir las puertas de un pasado sumido.