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Vuelve Vaquerizo a donde solía

Vaquerizo_01Acaba de ofrecernos un nuevo libro, de poemas esta vez, antológico y capital, el escritor alcarreño Francisco Vaquerizo Moreno. Aunque no quiere presentaciones ni voces sincopadas, yo no me resisto a decir que ese libro se ha hecho, como expresión honda de un escritor que nunca ceja, y así nos deja ese titular que aparece junto a la imagen de un hombre andando entre hierbas y amapolas: “De mis pasos en la tierra”.

 

Tenía Cervantes dos visiones distintas de la poesía. Como dedicación enervante y enfermiza casi. O como paso seguro a los más altos límites del ser humano. La opinión de Cervantes andaba pues entre lo esperpéntico y lo
sublime. Hizo decir a la sobrina de don Quijote que “hacerse poeta era una
enfermedad incurable y pegadiza”
y en La Gitanilla, sin embargo, proclama
que “la poesía es una joya preciosísima … una bellísima doncella, casta,
honesta, discreta, aguda, retirada y que se contiene en los límites de la
discreción más alta”.
En esa ambigüedad puede situarse el nuevo libro poético de Francisco Vaquerizo, aunque todo cuanto en él se lee está destinado a subir la apreciación de los lectores por el mundo que les rodea, por el milagro de vivir, por la alegría de descubrir gentes, lugares, sentimientos…

Nos llega, por tanto, una nueva entrega, en este caso poética, del acervo literario de un autor provincial que lleva ya contabilizados más de 35 títulos en su haber. Tras varios tomos de relatos, novelas y teatro, ahora nos alcanza con su gran antología, una especie de recuperación de toda su obra poética no publicada todavía, de esa que andaba desperdigada, solamente recitada, guardada en las estanterías –a veces arcanas- del ordenador… y Francisco Vaquerizo se ha arremangado, una vez más, y ha dado de sí cuanto puede, que es mucho, y nos ofrece este grandioso poemario, en el que sin duda vemos cómo da la talla de escritor de primera.

El libro, editado sobre papel ahuesado, se distribuye en seis grandes capítulos que ofrecen poemas relacionados entre sí. La primera de las aportaciones son los “Poemas Religiosos” en los que Vaquerizo se muestra devoto absoluto de la Virgen, en las diversas advocaciones provinciales, y de algún que otro Cristo, pasando con su jugoso escribir sobre escenarios sacros y acontecimientos píos. El segundo capítulo lo titula “Versos del Quijote” y son reflexiones sobre personajes, anécdotas y capítulos de la primera novela del mundo. Le siguen los poemas que se acogen bajo el título de “Memoria de Italia” en los que Vaquerizo evoca sus viajes por la península latina, y en los que afluyen a los ojos y a la memoria del lector los lugares más emblemáticos de la cultura itálica.

Más adelante, y bajo el epígrafe de “Versos de los caminos” el autor se explaya en la memoria de su patria más cierta, la infancia, que recorre a través de los caminos de su pueblo, de su comarca, de la vida toda que ha recorrido, diciéndonos que en ellos está la vida y a su búsqueda hay que ir por ello.

En “Versos de homenaje” el autor nos muestra sus dotes versificadoras con homenajes escritos a los amigos, las figuras que admira, compañeros de viaje y personas con las que tiene amistad y a las que profesa devoción. Entre ellos, el que denomina “Soneto Quevedesco” (está en la página 215, tras otro tríptico de Sonetos en homenaje a Quevedo) y que para muchos lectores, estoy seguro, contará como lo mejor del libro. Un gran capítulo cuajado de hallazgos y reflexiones. Que viene a ser el eje y corazón de la última parte del libro, lo que Vaquerizo denomina “Versos de fantasía” y que no es sino un cajón de sastre en el que incluye reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre la tristeza y la alegría, sobre el amor y el desengaño, mostrándose firme en su voluntad humana a través del ejercicio del humanismo poético. Homenaje a su propia vida en el que se incluyen algunos sonetos perfectos, sonoros y con fuerza. Todo un libro de potencia creadora, de alta sonoridad y de afirmación sincera de que el autor sabe lo que es la vida, y sabe cómo expresarlo.

 

Canto al Quijote

 

En este año que comienza, y que vamos a dedicar, una vez más, a memorar el Quijote, y lo que sobre él escribió Cervantes, llega Vaquerizo con una buena cosecha de poemas en homenaje a don Alonso… poemas que ha escrito en tiempos, en años y en siglos anteriores, lo que viene a significar que hasta la médula le llega esta sinfonía de pensamientos y frases, todas tamizadas por el dolor y la dureza de la vida que llevó el alcalaíno.

Así, nuestro autor alcarreño, Vaquerizo, se enfrenta a la obra cervantina y busca al Quijote, para analizarlo, y cantarlo. Y dice de entrada que “Ha sido un viaje inútil / porque, después de andar y andar caminos, / no he conseguido dar con don Quijote”.

En la simpática letanía que Vaquerizo le reza a “San Quijote” vienen frases como esta, que dan brillo a su encendida y perenne jaculatoria:

 

De tantas penurias, de tantas ruindades,

de quienes, subidos a sus vanidades,

nos venden recetas para la ocasión;

de las conferencias a tanto el minuto,

de las procesiones con san Sisebuto,

de los recitales

y juegos florales,

líbranos, Señor.

 

Imita con humildad pero con un gran sentido del humor y sabiendo lo que se dice, a Rubén Darío en aquella impactante “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”. Y consigue un resultado brillante y entretenido. Por otra parte, se lanza a la exultante endecha de don Quijote con estas frases:

 

Tú no necesitas mentiras piadosas,

ni floridos versos ni floridas prosas,

porque eres tú mismo fragante florón

y el modo más cierto de llegar a honrarte,

es seguir tus pasos, alzar tu estandarte

y dejar los cuentos para otra ocasión.

 

Y ahora que está tan en boca de todos la Venta famosa (¿sería la de Manjavacas, junto a Mota del Cuervo?) en la que el ventero armó caballero a don Quijote, Vaquerizo nos lanza estos romances que vienen a poner en su sitio la valentía del Caballero de la Triste Figura:

 

A su venta allegó, un día,

aquel hidalgo manchego,

que no tuvo semejante

porque no pudo tenerlo

ni como hombre bondadoso,

ni como cristiano viejo,

ni como andante a caballo,

ni como amador discreto.

 

De paseo por Italia

 

En su libro de poemas, que es antología prodigiosa e inacabale, Francisco Vaquerizo nos sumerge en el mágico mundo del arte y las formas de Italia. Son rimas que surgen del recuerdo de sus viajes por ese jardín de las memorias largas. En sus páginas surge Venecia, Pisa, Roma y Florencia. Surgen formas y escorzos, fantasías y esa visión tan clerical y gozosa a un tiempo, de la Roma brillante en la que luce, al fondo, como una última lucecita, la de la mesa del Papa escribiendo:

 

Sobre la noche romana,

el viento se detenía,

la luna se bautizaba

en las aguas tiberinas

y allá, por el Vaticano,

el Santo Padre andaría

en su mesa de trabajo

firmando la última Encíclica.

 

Se lleva, sin embargo, una enorme desilusión cuando llega a Venecia y se encuentra, como se la encuentran todos los turistas, sucia, húmeda, fría, y desabrida. Y dice evocando la Venecia que vive en sus recuerdos, o en sus quiméricas esperanzas:

 

Aquella Venecia eterna / de los oros y las auras, / de los amantes anónimos,

/ de las escondidas máscaras / y de los altos navíos / que de Oriente regresaban…

Aquella Venecia, digo, / ¿dónde demonios estaba?

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Versos como homenajes

 

Que el poeta desgrana en honor de amigos y amigas, de maestros y alumnos, de alcarreños y cantores, de clérigos escritores y de aldeanas figuras. A todos y a todas con cariño y admiración les dedica sus versos en los que pone, siempre, su íntimo pensamiento, su atisbo de reconocimiento a la humanidad entera.

El primer homenaje se lo dedica a su padre, en un soneto ya muy conocido, pero que uno no se cansa nunca de leer:

 

Mi padre fue un labriego enamorado,

curtido de honradez y de paciencia,

sin más sabiduría ni más ciencia

que la que da la escuela del arado.

 

A Jesús de las Heras, su amigo, y amigo de todos, le dedica otro soneto del que destaco este terceto:

 

Jesús es el caudal, la demasía,

la memoria, la cima, el desafuero

y el torrente verbal de cada día.

 

Y a Alvaro Ruiz Langa de otro soneto entresaco este terceto estupendo:

 

Lo considero, amén de otros amenes,

como el amigo fiel que nunca falla;

de los que dices ven y allí lo tienes.

 

Los caminos de la infancia

 

Todos sabemos, y asumimos, que los caminos más hermosos de nuestra vida son los que recorrimos en la infancia. Estaban abiertos, eran largos, a veces se cubrían de hojas doradas, de nieve, de amapolas en sus bordes… De esos caminos toma evocaciones Vaquerizo y construye un buen número de sus magníficas composiciones, de las que aquí quiero, para terminar, destacar algunas que saben llegar hondo.

 

Ahora que la vida, a todos

nos ha dejado maltrechos,

ahora que ya da lo mismo

un pepino que un pimiento,

un docto que un ignorante,

una sonrisa que un duelo,

fuente de la Fuente Arriba,

una cosa te prometo:

pese a todos los pesares,

irás en mi pensamiento

hasta que mi corazón

exhale el último aliento.

 

Tambien nos deja los recuerdos del verano rural, de la siega, de las estrellas de agosto, henchidos de sencillez y nostalgia:

 

Las noches en los Llanillos, / acabada la tarea / y oyendo sonar las tres /en el reloj de la iglesia, / estaban llenas de paz, / de misterio, de inocencia / que sobrepasan con mucho / la imaginación y dejan / una oleada de luz / y de encanto en nuestras venas.

 

Estos son, pues, los hilos con los que Vaquerizo mueve su libro, su pomeario titulado “De mis pasos en la tierra”, y que a lo largo de sus 268 páginas nos brinda ideas, sentimientos, felices hallazgos y mucha, mucha sabiduría parda, de esa que surge tras haber vivido, sin pausa, docenas de años.

 

En Toledo aparece Don Quijote

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Este pasado miércoles 21 de enero, y en la Biblioteca Regional, sita en el Alcázar Real de Toledo, se ha presentado públicamente la Colección de Libros “Tierra del Quijote”.

Una iniciativa cultural nacida en Guadalajara, de la mano de la editorial alcarreña Aache, que pretende con ello aportar su grano de arena a las celebraciones conmemorativas del cuarto Centenario de la edición de la parte segunda del Quijote.

Otra vez el Año Quijote

De muchas maneras podremos rememorar la aparición de esa segunda parte del Quijote, la novela/diálogo en la que Cervantes plasmó los problemas de la nación, de sus habitantes, de sus regidores y de sus minorías étnicas (un retablo de lo más contemporáneo) junto con sus propios problemas, y los que él entendía que eran “invariantes castizos” del espíritu español, y por extensión humano.

Como de la administración regional no podemos esperar grandes ideas, calculo que van a ser las instancias particulares y personales, el empuje del caldo cultural castellano-manchego (que existe, y se nota) y los ánimos siempre pujantes de las asociaciones culturales que mantienen los ciudadanos a su costa, los que van a dar la nota de esta conmemoración.

Así hemos visto la primera representación. Fue el pasado miércoles 21 de enero, en el gran salón de actos de la séptima planta del Alcázar Real de Toledo, donde está ubicada la Biblioteca Regional de Castilla-La Mancha, con numerosa asistencia de interesados en el tema, se presentó la Colección de libros “Tierra del Quijote”, que pretende como ya lo ha demostrado con los cuatro primeros títulos que ha puesto en manos de sus lectores, ir estudiando las conexiones entre las poblaciones de la región en las que la novela de Don Quijote desarrolla sus aventuras, y en los que protagonistas (quijote, sancho, dulcinea, caballero del verde gabán, barbero, cura, etc…) y sus hechos narrados tienen consistencia geográfica.

Así, los títulos de los libros lo dicen todo y me ahorran mayores definiciones: el primer título es “Pedro Muñoz ¿ese lugar de la Mancha?” en el que se estudia la evolución histórica de la Mancha santiaguista y la gran probabilidad de que el hidalgo don Alonso Quijano fuera de esos de ganancia que andabn por aquella tierra. El segundo es “Tomelloso, pobladores y fundadores” analizando el primitivo surgir de esa ciudad manchega, por la pasaron desde tiempos prehistóricos gentes de caminos y caminerías sin fin. El tercero, “Manjavacas y la venta del Caballero” viene a ser la plasmación en libro de los descubrimientos de sus autores sobre el Camino de Toledo a Murcia, en el que aseguran se basó Cervantes para poner a sus personajes y sus aventuras. En ese sentido, el despoblado de Manjavacas, que hoy mantiene una laguna y junto a ella un centenario santuario, fue el lugar donde hubo una venta (documentada) donde pudo fijarse Cervantes para imaginar a su don Alonso armado caballero en noche tibia. Finalmente, el libro cuarto lleva por título “Socuéllamos, las tinajas del Caballero del Verde Gabán”, y en él se estudian muchas cosas relativas al tema, como la estructura y permanencia hoy de las casas encomienda, las casas de tercia y los almacenes de trigo y pósitos de estos grandes pueblos, en los que vivían hidalgos de todo tipo, empeñados en dar vida a su agricultura, sus bosques, sus viñedos…

La razón de esta Colección de libros “Tierra del Quijote”, según expliqué (porque sin mayores méritos para ello soy el director de ella) en Toledo, es la de sacar a luz nuevas investigaciones que se están haciendo estos últimos años sobre la posibilidad de que la novela cervantina estuviera muy entrañada en la tierra, en las gentes reales que en ella vivían en aquellos años finales del siglo XVI, y que por lo tanto sea esa tierra todavía más genuina en punto a servir de acogimiento a una ficción de dimensiones universales.

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Los autores de los libros

Varios han sido hasta ahora los autores de estos libros. Del primero de ellos, el profesor de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid, Pedro Andrés Porras Arboledas, nadie duda de su capacidad analítica de la historia del siglo XVI, de sus estructuras jurídicas, y de la sociedad manchega de esa época: documentos a cientos avalan sus teorías. De Juan Luis Segura Cobo, presidente de “Foro Castellano” en Tomelloso, le avalan otros libros, y especialmente de María Isabel Sánchez Duque, arqueóloga que actualmente dirige el Museo “Juan Mayordomo” de historia de Pedro Muñoz en Ciudad Real, su trabajo paciente, de años, en la búsqueda sobre el terreno de caminos, yacimientos, y marcas de una vida remota, intensa y cierta. Es finalmente Francisco Javier Escudero Buendía, conocido en Guadalajara por la biografía que hace ya años escribió sobre el primer virrey de América, el alcarreño don Antonio de Mendoza, y sobre el palacio de la encomienda que él mandó construir en Socuéllamos, el autor que más insistentemente ha inspirado la colección y está sacando, cada mes, cada día casi, nuevos documentos que avalan teorías hasta ahora insospechadas. Por ejemplo, la que dice que Cervantes se inspiró en un tipo concreto, con nombre y apellidos, con casona en Miguel Esteban y traje de armadura férrea que andaba por los caminos de la Mancha alanceando enemigos…

De esta teoría lanzada por Escudero Buendía y Sánchez Duque, se han hecho eco todos los periódicos (todos los del mundo, me refiero, desde Toledo a San Petersburgo, y desde Sidney a Belgrado) en los pasados meses. Y de su personalidad, de sus investigaciones y de sus propuestas quiero hacer ahora también un breve resumen, porque lo que ellos encuentran, presumen y sospecha, pueden derivar cambios radicales en la consideración de la novela cervantina y de su universal protagonista.

En la presentación de los libros “Tierra del Quijote” de anteayer en Toledo, se habló de esto fundamentalmente. De las teorías que apuntan a un origen real, personal, palpable, documental, del personaje cervantino. En “La Razón”, “El Mundo” y “El País” de los últimos domingos, han aparecido varios reportajes a plana entera contando la esencia de estos hallazgos, que sin duda van a quedar reflejados en un próximo número de la Colección “Tierra del Quijote”.

El historiador y la arqueóloga que en el número 3 de la Colección desvelaron la localización del lugar en el que se alzaba la venta donde se armó caballero Don Quijote de la Mancha, han avanzado sus nuevos descubrimientos históricos y aseguran que la trama de El Quijote tuvo protagonistas reales, coetáneos de Miguel de Cervantes y vecinos de los municipios manchegos de El Toboso y Miguel Esteban.

Pedro de Villaseñor, que era amigo de Cervantes como el escritor alcalaíno reconoce en “Los trabajos de Persiles y Sigismunda“, y Francisco de Acuña, otro hidalgo manchego, intentaron matarse a lanzazos en el camino de El Toboso a Miguel Esteban en 1581, según documentos que se conservan en el Archivo Histórico Nacional, en su sección de Órdenes Militares. En ellos se evidencia que a diario, Villaseñor y Acuña iban vestidos como caballeros medievales, con cascos, broqueles, cotas, montantes y dagas, de lo que Escudero y Sánchez Duque consideran que Miguel de Cervantes bien pudo conocer estos hechos -ya que los Villaseñor eran sus amigos- y parodió con su novela una historia y personaje reales.

“Encontramos que los Acuña intentaron matar a los Villaseñor vestidos de caballeros, con todo el aparataje medieval, y nos dimos cuenta de que la historia de Don Quijote no es inventada, es real: es lo que hacían los enemigos de los Villaseñor contra ellos. Increíble pero cierto, está documentado”, afirma con énfasis Escudero. Antes de esa fecha está documentado en 1573 el intento de asesinato de otro Villaseñor, Diego, en El Toboso y aquí aparece un tercer personaje, Rodrigo Quijada, que fue procesado aquel año y cuya vida fue, cuanto menos, polémica. A su apellido, Quijada, pudo añadir Cervantes un sufijo peyorativo que derivó en Quijote. Escudero explica que El Quijote es “una parodia, una burla” y teniendo en cuenta que no se escriben novelas para burlarse de amigos, Cervantes debió gestarla para “ridiculizar” a quienes eran no ya sus enemigos, sino los enemigos de los Villaseñor.

Según manifestaron en Toledo hace un par de días Escudero y Sánchez Duque, todavía se encuentran en la fase preliminar de sus estudios, pero el camino emprendido se ve fértil. Y afirman “lo que parece evidente es que el Quijote está dedicado a burlarse de esos enemigos de los Villaseñor que, posiblemente, también sean enemigos de Cervantes o a quienes Cervantes consideraba enemigos”.

En el entorno visitado, documental y geográfico, los autores de estos libros han llegado hasta el regidor Rodrigo Quijada, de quien han hallado media docena de documentos, ninguno de los cuales le retrata como un hombre “bueno”, ya que fue “un personaje muy polémico que estuvo muy mal visto en todos los pueblos de la zona”, y que, según su biografía, se merecía el maltrato que se le da al Quijote en la novela. Este individuo debió morir hacia 1581, según datos que ha aportado Alfonso Ruiz Castellanos, cronista de Quero (Toledo) e investigador de los Villaseñor. Todos los personajes, además, confluyen en un entorno geográfico muy concreto (la Mancha santiaguista de Quintanar, Mota del Cuervo, Alcázar de San Juan, Campo de Criptana, El Toboso, Tomelloso…), que además fue visitado y era conocido por Miguel de Cervantes.

Los dos investigadores que en Toledo fueron protagonistas de este empeño, en el inicio del año conmemorativo de la Edición de la Segunda Parte del Quijote, intuyen que sus estudios traerán polémica, pero avanzan que van a seguir trabajando para demostrar si, por ejemplo, Rodrigo Quijada fue enemigo de Cervantes o de sus amigos los Villaseñor “y se merecía que se burlaran de él en la novela”. En este sentido, repitieron que indagar en los Villaseñor, Acuña, Quijada y otros hidalgos de la zona es “una buena línea de investigación porque es el caldo del que bebe Cervantes” y porque puede dar respuesta a la pregunta de por qué dedicó Cervantes una novela a una ciudad que no era la suya y a unos determinados personajes.

Tanto tiempo de investigaciones, tanto empeño en su línea, y tantas coincidencias entre documentos de archivos del siglo XVI y restos arqueológicos de caminos y cañadas, nos permite suponer que Escudero y Sánchez Duque van a demostrar en próximos números de la colección “Tierra del Quijote”, y en varios foros internacionales en 2015, una nueva visión de la novela que, en cualquier caso, será de obligada relectura en este año que ahora comienza.

El secreto de la Cueva de los Casares

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Uno de los más señalados monumentos de nuestra provincia, está siempre en la oscuridad, no hay forma de ponerle bombillas: se trata de la Cueva de los Casares, un auténtico santuario del arte rupestre paleolítico. La Cueva de los Casares está siempre llena de misterios. Entre las cien figuras talladas en la roca de su oscuro vientre, hay animales y hombres, hay vida retratada desde hace miles y miles de años. Y aparte de ser crónica de su tiempo, y templo propiciatorio, es también, muy posiblemente, el lugar donde aparece dibujado el mito más antiguo generado por la mente humana: el de la entrada en el caos de la muerte.

La cueva, en resumen

Aunque ya hace ya casi 90 años que se conoce la Cueva de los Casares (1928) y exactamente 80 que fue declarada Monumento Nacional (1935) este elemento patrimonial localizado en Riba de Saelices, en las serranías del Ducado de nuestra provincia, aún es desconocida para la mayor parte de los habitantes de Guadalajara.

La Cueva de los Casares, en las orillas del río Linares, a 1.162 metros de altitud sobre el nivel del mar, en lo alto de un fuerte recuesto rocoso, es una de las joyas patrimoniales de nuestra tierra, no sólo de Guadalajara provincia, sino de Castilla-La Mancha, y aún de España entera. Quien fue guía oficial de la cueva, Emilio Moreno Foved, me contó hace tiempo que eran más los extranjeros que acudían a visitarla, que españoles.

Hoy esa tendencia se está invirtiendo, afortunadamente, y más en el último año, pues fue en la primavera de 2014 que se adjudicó al grupo de los Museos de Molina de Aragón la gestión de su mantenimiento, cuidado y puesta en servicio para mantenerla abierta, durante los fines de semana, y en otras fechas a petición de grupos de visitantes. La tarea que desde hace unos meses ha tomado con diligencia y entusiasmo el grupo que capitanea José Manuel Monasterio, y otros colaboradores, de Molina de Aragón, está consiguiendo lo que hace unos años hubierta parecido un milagro: que a la Cueva de los Casares acudan visitantes, españoles, paisanos, interesados ciudadanos en indagar y admirar el arte paleolítico que alberga nuestra tierra más próxima.

La Cueva de los Casares fue habitada por los hombres del Paleolítico Medio desde hace, al menos, 30.000 años. Los estudios de Antonio García Seror, a la espera de nuevas excavaciones y análisis más científicos con métodos que aún no se han puesto en marcha en este caso, hablan de “modernizarla” un tanto. Y podría acercarse esa fecha hasta los 10.000 años antes de Cristo. En esa época se calcula que hicieron sus grabados, en el discurso de ritos propiciatorios de victoria y fecundidad. A lo largo de los 264 metros de longitud/profundidad que tiene la Cueva de los Casares, se encuentran 168 grabados bien identificados y explicados, lo cual pone a Casares en la primera línea de las cuevas con contenido de arte paleolítico de todo el mundo. Aunque las de Peche y Atapuerca ofrecen también buen número de grabados, y otras muchas han ido apareciendo en los últimos decenios por la Península, ninguna iguala en cantidad, calidad y diversidad de temas a la de Riba de Saelices. Se encuentran en ella 9 escenas completas, 72 figuras aisladas, y 40 signos o trazos sueltos. Son 96 figuras claras de animales y 20 antropomorfos indiscutibles los que allí están tallados. De ellos son seguros 25 caballos, 17 ciervos, 1 reno, 6 uros o grandes toros, 8 cabras, 1 bisonte, 2 felinos, 1 rinoceronte lanudo, 1 mamut y un disfraz de mamut, 1 glotón, 1 comadreja, 1 nutria, 2 liebres, 1 ave, 1 serpiente y 21 peces. Entre los antropomorfos, surgen humanos en muy diversas actitudes: desde grupos tirándose al agua, hasta parejas en cópula, danzas rituales, enmascarados y una Venus o mujer de anchas caderas y enorme vientre, que entronca con el canon habitual paleolítico del matriarcado voluminoso. Además, múltiples signos entre los que abundan las mandorlas rayadas de vulvas, como símbolos de la reproducción y la sexualidad.

Fueron don Juan Cabré Aguiló y su hija Encarnación quienes, tras el descubrimiento de la Cueva por el maestro de la Riba, Rufo Martínez, y por el cronista provincial, Francisco Layna, se pusieron de inmediato a realizar el estudio de los grabados, mediante calcos, publicando en revistas de arte y arqueología sus hallazgos, que fueron progresivamente aplaudidos por el mundo científico. Beltrán y Barandiarán, de la Universidad de Zaragoza, años más tarde completaron el estudio con análisis estratigráficos, puramente arqueológicos de superficie. Y otros especialistas han ido a buscar, a medir, a interpretar. Hace 10 años, un núcleo de 25 personas que conformaban la Agrupación de Amigos de la Cueva de los Casares, y tras otro periodo de estudios, fotografías e investigaciones, llegaron a presentar el fruto de su dedicación en un libro fascinante. Y aún más recientemente, el libro Ensayos sobre el Hombre de Antonio García Seror, puso sobre el tapete la actualidad permanente de esta Cueva en el ámbito de la ciencia antropológica, al plantearse nuevas fechas de su realización, y, sobre todo, nuevos significados de sus grabados. Lo vemos a continuación.

El mito de la zambullida en el caos

Muchos autores, desde remotos tiempos, han explicado la muerte del hombre como la entrada en un espacio caótico, húmedo, en el que los pájaros corren por debajo del agua, y los peces vuelan por el aire. Ese desorden, al que entra el hombre cuando muere, no es otro que el acabamiento de la vida. Los antiguos egipcios decían que la muerte era el cruce del gran río Nilo. En la orilla derecha vivían, en grandes palacios y ciudades, y en la orilla izquierda se enterrraban, bajo inmensas montañas de pálidas rocas. El tránsito se hacía sobre el agua, en una barca. Y otro mitos, al parecer más modernos, decían que la muerte era una zambullida en el agua: el hombre desnudo, se lanza desde una roca hacia la masa de agua, que le espera, cuajada de peces, aves y animales. Así lo vemos en unas pinturas murales griegas de Paestum, en la Magna Grecia itálica, y en otras de origen etrusco, de Tarquinia.

Pues bien, esa misma imagen, aparece tallada en la pared de la Cueva de los Casares, en el seno A, y cuenta con una antigüedad mucho mayor: 10.000 años al menos, quizás más, quizás 30.000. Podría ser. Lo que es seguro, es que se trata de la representación más remota de ese mito. Y ello nos lleva al corazón mismo del secreto de la Cueva: ¿Quiénes grabaron aquellas señales, aquellos perfiles, aquellas escenas? Primitivos cromañones que solo cazaban, comían y se reproducían? ¿O seres que tenían ya creado un complejo código de imágenes, de símbolos, de metáforas, y de teorías acerca de su existencia?

Esta es la teoría que desgrana Antonio García Seror en su libro “Ensayos sobre el Hombre” que con el subtítulo de “Arqueología, Antropología y Religión” editó AACHE en 2005, y en él ofrecía, además de estudios curiosos sobre el Ejército Romano, la mujer en Mesopotamia, y visiones sobre el antisemitismo, San Pablo y San Agustín, una información muy amplia, y unas reflexiones muy novedosas, sobre la datación de la Cueva de los Casares, la composición de la sociedad que la habitaba, y el sentido último de sus grabados.

La Asociación de Amigos de la Cueva 

Un amplio grupo de aficionados a la Prehistoria, la Arqueología y la Historia Antigua, con especial énfasis en el Arte Rupestre, ya sea Paleolítico, Levantino o Esquemático, constituyeron hace años la Asociación de Amigos de la Cueva de los Casares y del Arte Pelolítico. Entre ellos hay profesionales de diferentes campos: Historiadores, Matemáticos, Ingenieros, Médicos, Fotógrafos, Biólogos, etc… Con sede en el Ateneo de Madrid, una de las metas que se propusieron fue la de hacer una nueva recopilación, estudio y catálogo fotográfico de los grabados de la Cueva, dando como resultado un libro impactante, que les editó AACHE, y que ha servido para animar a muchos visitantes a acercarse hasta la Riba a ver , con la luz clara que en la mano llevan ahora los guías de la cueva, aquellos grabados remotos.

Un zoológico paleolítico

En la larga galería de los Casares, sorprenden las imágenes grabadas de animales desaparecidos hace miles de años. Es cierto que allí se ven, clarísimos, los grandes mamuts del Paleolítico, que sin duda poblaban estas tierras frías del Ducado, y los uros gigantescos, sin olvidar el rinoceronte peludo (rinocherus tichorinus) que habitó por toda la Península Ibérica hasta finales del Solutrense, en los inicios de la última glaciación. Los más abundantes son los caballos, de los que se ven manadas, ejemplares sueltos, cabezas estilizadas y otras minuciosamente talladas, como retratos casi. Hay un glotón, animal perteneciente a la familia de los mustélidos, propio de los climas muy fríos. Su talla dataría de los finales momentos del Solutrense. El resto, como renos gigantes, una leona, liebres, cabras, un bisonte… eran animales a los que tenían que enfrentarse, en lucha y caza, los hombres que habitaban la Cueva de los Casares. En un clima realmente hostil, y con unas condiciones primitivas.

A mis lectores recomiendo, una vez más, que se acerquen cuanto antes a visitar esta cueva que es de lo más interesante del patrimonio artístico paleolítico, esencia de la cultura y el nacimiento mítico del espíritu humano. Para ello recomiendo ponerse antes en contacto con el Museo Comarcal de Molina de Aragón, situado en la Plaza de San Francisco, s/n de Molina de Aragón; o llamando al teléfono 949 831 102 o por e-mail: museosdemolina@gmail.com.

Conversaciones con Juan Pablo Mañueco sobre el realismo simbólico

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Nos encontramos a Juan Pablo Mañueco en el lugar más probable. El juego de la probabilidad es infalible con este escritor alcarreño. Está en la calle. Sube la Mayor o baja el Amparo, pero Juan Pablo Mañueco, tras haber pasado unas horas en su despacho, escribiendo, sale a la calle: la vive y la respira. Por eso escribe tan cercano a ella, sabiendo de lo que habla.

En tan solo seis meses, ha publicado seis libros. Unos de poesía, otros de prosa. Todos nutridos de un sustancioso bagaje intelectual e informativo, con el que Mañueco camina y dispensa palabras que sirven para aprender, disfrutar, soñar incluso.

De esos libros, conviene repasar sus títulos, y quizás, preguntándole a él, sus contenidos. Porque la tarea de un escritor es –primero de todo- hablar consigo mismo, entenderse de verdad con ese extraño ser que cada uno llevamos dentro. Y luego, repartir a los demás esas palabras, esos conceptos y esas medidas palabras que llevan sonido y mensaje. Los libros que Mañueco ha publicado en los pasados meses, todos a través de la editorial Aache de Guadalajara, son estos: “Guadalajara, te doy mi palabra” (versos en torno a Guadalajara y sus gentes, con el palacio del Infantado en la portada); dos tomos de la obra “Castilla, este canto es tu canto”, en los que analiza con profundidad y rigor la evolución histórica y literaria de nuestra nación, Castilla, a través de autores, personajes, batallas y ciudades; aunque en un solo tomo, el “Viaje por Guadalajara /¿Dónde estáis los que solíais?”  es un libro doble, son dos libros: en uno aparece la novela de un día de verano, un viajero que recorre la ciudad, de arriba abajo, encontrando monumentos, gentes, intervenciones afortunadas, y desastres sin cuento. Y el otro, entremezclado entre los capítulos de la novela, es un largo poema que constituye la glosa vital del personaje, aludiendo a las mil cosas que un poeta alude normalmente, la vida, la muerte, el recuerdo, la nostalgia… finalmente, en diciembre apareció el sexto volumen de Mañueco, dedicado íntegramente a la poesía, los “Cuarenta sonetos populares y cinco canciones diversas”, en el que la diversidad nos envuelve con temas tan sorprendentes como el canto certero a los Encierros de Guadalajara, la alegría por la décima copa de Europa conseguida este verano por el Real Madrid, una serie de sonetos de amor encendido y brillante, o la desgranada elegía del tiempo a través de los meses de un mensario.

 

Intercambio de palabras

Paseando lentos la plaza de Santo Domingo, Mañueco y el cronista hablan de Guadalajara y de la poesía.

 

H.C. ¿Qué persigues al escribir poesía, tanta y con tanto entusiasmo?

 

J.P.M. En los últimos seis meses, he publicado también la novela que antes has citado, “Viaje por Guadalajara” y dos pequeñas obras de teatro, que van incluidas en ese libro poliédrico que es la novela mencionada, pero sí es cierto que me tengo más por poeta que por prosista. Y que incluso mi prosa literaria pretendo que no sea solo meramente narrativa o descriptiva, sino que, además, se adentre en la expresión metafórica y se enriquezca creativamente.

 

¿Qué pretendo al escribir? Lo que cualquier ser humano o artista: expresarme. En mi caso, mediante la palabra escrita. Lo hago desde siempre, desde que iba a la escuela primaria en Tórtola de Henares, o desde que estudié el bachillerato, en Valencia, y ya entonces dirigía la revista del colegio, que incluso vendíamos en los kioscos de la zona, con contenido de críticas de libros, con entrevistas, noticias del pueblo… Desde siempre, me acuerdo de mí mismo escribiendo.

 

H.C. En tus últimos libros has introducido novedades poéticas que conviene destacar. Una de ellas es el “Realismo Simbólico” ¿Qué pretende este movimiento?

 

J.P.M. Con el “realismo simbólico” propugno una doble fusión: acercar la prosa narrativa a lo poético y, al mismo tiempo, conseguir que la poesía cuente historias y tenga argumento narrativo. Como ocurría antes de 1850, lo cual permitía que tuviera mucha más aceptación que en estos momentos y que hoy nos parece lo propio de la novela… Esto es lo que ha permitido el despegue de este género, en detrimento de la poesía, y su aceptación mayoritaria por el público desde finales del siglo XIX…

 

Que determinadas poesías tengan también argumento es lo que puede acercar la poesía al gran público, recuperando el terreno perdido. La poesía –lírica, épica o dramática– es la que gozaba de las preferencias de la gente entonces, antes de la eclosión de la novela realista decimonónica, que comenzó a relegar a la poesía al reino de lo minoritario (y sólo a lo lírico), precisamente porque supo unir los conceptos de “novela en prosa” con el de “personajes que dialogan dentro de un argumento que relata cosas”.

 

Por otra parte, el “realismo simbólico”  a lo que aspira, incluso dentro de la novela en prosa, es a no ser meramente prosaica, sino que se dote también de un alto contenido poético o alegórico que llene su lenguaje de significaciones adicionales.

 

En novela, ya intenté ese “realismo simbólico” con mi primera narración larga publicada, “Soberano don Nadie” (2006), obra de la que no estoy satisfecho, aunque alcanzó dos ediciones. En cambio, sí creo haberlo llevado a la práctica adecuadamente con “Viaje por Guadalajara”, que aún es novedad en las librerías.

 

H.C. ¿Qué grado de realismo y qué grado de simbolismo tiene “Viaje por Guadalajara”?

 

J.P.M. “Viaje por Guadalajara”, por un lado, es puro realismo tradicional: se describe un recorrido de doce horas por la ciudad que efectúa un forastero, en un día a finales del pasado mes de agosto. Visita la ciudad y se va encontrando con personas concretas con nombres y apellidos que se citan, con establecimientos  de la ciudad  que se mencionan (restaurantes, cafeterías, librerías, iglesias, conventos, palacios, y con camareros, hosteleros, trabajadores bancarios, sacerdotes, paseantes…) también concretos, que le van saliendo al paso durante su recorrido.

 

En el apartado simbólico, en cambio, hay descripciones de plazas, calles o parques de la ciudad que en nada se diferencian de la prosa poética.

 

E incluso, a veces, hay escenas aéreas o descripciones de lugares desde todos los planos, en picado y contrapicado, que podrían tomarse por escenas cinematográficas, o por el guión para hacer una película.

 

Incluso cuando se llega al parque de la Concordia, se asiste, entre los árboles del parque y el cielo de la Concordia, que se oscurece, a la proyección cinematográfica de varios cortos, que son las escenas que acabamos de leer en la novela y que ha ido grabando una misteriosa cámara autónoma que acompaña al Viajero durante todo su periplo, tomando imágenes de cuanto le sucede.

 

¿Más simbolismo en la novela? Pues sirva como ejemplo el siguiente: en determinado lugar un tanto recóndito de la ciudad el Viajero se encuentra con una especie de “aleph” borgiano que le transporta hasta el primer día de la Creación del Universo o al momento inicial del Big Bang (que eso no queda claro en la novela) y luego, a través de ese “aleph” retorna vertiginosamente a la Tierra y a la ciudad de Guadalajara, en el Tercer Día de la Creación, cuando aún no ha surgido el ser humano, sino sólo los vegetales.

 

El lugar de la –hoy- ciudad de Guadalajara al que retorna, no es un lugar cualquiera… Concretamente, es el Paraíso Terrenal (que en la Biblia no acaba de precisarse su ubicación, pero en la novela sí se delimita con exactitud: está aquí, a poca distancia del centro urbano de Guadalajara, sin ir más lejos). Y, además, para aumentar la evocación literaria, en ese momento está brotando en el Jardín del Edén el Árbol de las Letras del Bien y del Mal, que se describe bastante detenidamente.

 

H.C. En tus recientes libros, has introducido importantes novedades formales, como varias nuevas métricas. Una de ellas es la “victoriola”. ¿Qué es esto, en concreto?

 

J.P.M. La fusión de las dos estrofas más sublimes de la lírica castellana: el soneto y la lira. Con estos padres, el resultado tiene que ser también interesante, creo yo.

 

Esto es una “victoriola”: dos liras entre dos cuartetos, uno al inicio y otro al final. Con rimas consonantes que se repiten entre el primer cuarteto y la primera lira, por un lado, y la segunda lira y el segundo cuarteto, por otro.

 

La victoriola también admite variaciones –que los cuartetos sean serventesios, que les acompañen largos estrambotes en tercetos encadenados donde se cuenten largas o breves historias, etc…- de las que ya publiqué ejemplos también en “Castilla, este canto es tu canto. Parte II”. Y la he seguido usando desde entonces. Mis próximos libros llevan muchas victoriolas.

 

H.C. Aportas también la “sonetina”. ¿Qué es en concreto este nuevo metro?

 

J.P.M. La sonetina es producto muy reciente, de finales de 2014, a consecuencia del cansancio que me produjo la composición de tantos sonetos durante el año. Es una innovación dentro del soneto.

 

Consiste en un soneto de arte menor, de ocho sílabas, lo cual no es una novedad. Hasta aquí es una variante que ya se había utilizado con anterioridad, sin mucho éxito, porque evidentemente no resiste la comparación con el soneto endecasílabo, el que aclimataron al idioma castellano el catalán Juan Boscán y el toledano Garcilaso de la Vega.

 

Pero la innovación que yo le he añadido al soneto de arte menor, y que le da nuevos bríos, sí conduce a una nueva estrofa y, en mi opinión, lleva de posibilidades. Para que sea una  sonetina, yo adiciono, entre cada estrofa del soneto de arte menor, un estribillo de uno o dos versos, que varía ligeramente en su fondo en cada repetición, y que rima por sí mismo, en su forma, teniendo vida propia dentro del soneto corto, aunque manteniendo la unidad temática con ese soneto octosílabo del que forma parte. O, a veces, no, a veces es el contrapunto a lo que se está expresando en el soneto octosílabo.

 

En cualquier caso, la conjunción de una estrofa tan culta como el soneto, en su vertiente octosílaba, con la sencillez popular de los estribillos, normalmente, sentimentales, abre un mundo de posibilidades, a quien quiera explorarlas.

 

Esta novedad se usa ampliamente, por primera vez, en mi libro inicial de 2015, “España, mareas de tus tres mares”, donde se recogen muchos ejemplos de las sonetinas, entre otras estrofas.

 

Y en estas nos plantamos en la plaza mayor, entre las turbas vendedoras de los artesanos andantes. La conversación con Juan Pablo Mañueco se alarga más, aún mucho más. Él siente el poder de la inspiración, la fuerza de la creatividad y el lujo de sus palabras, arrolladoras, saliendo siempre en un tropel fructuoso.

Pero nosotros acabamos aquí la charla publicable, porque más preguntas y respuestas daría, como puede que un día dén, resultado de esta conversación, para otro libro.

Piezas de arte barroco en nuestra provincia

Renera_Manga_Cruz

La manga de la cruz procesional de Renera, en su parroquia. Procede del monasterio jerónimo de San Bartolomé de Lupiana.

Siguiendo el examen que en semanas anteriores hice de las aportaciones del joven investigador Ramos Gómez acerca del patrimonio artístico perdido o rescatado de los conventos de nuestra provincia guadalajareña, y que publica en el Catálogo de la Exposición “Celosías” que tuvo lugar en Toledo en 2006, hoy planteamos el examen de algunas piezas artísticas que aún se pueden admirar en diversos puntos de nuestra geografía, como museos, iglesias y colecciones.

El siglo XVII es en España el momento de la paz, la temporada más larga que nuestra nación ha gozado, bajo el trono de los Austrias, de tranquilidad, pues la metrópoli poderosa no se hubiera permitido una guerra dentro de sus fronteras: todas las que mantenía estaban fuera (Flandes, Portugal, América…), y en su territorio la gente se dedicaba al ocio, mayormente como hoy, y a la producción artística: de esos años son las comedias versificadas de Lope de Vega, los retratos de Velázquez, los quijotes de Cervantes y Avellaneda, y las santas ampulosas de Zurbarán en las casas jerónimas de la Extremadura.

Recuerdos de Bolarque

Un lugar cuajado que fue de arte, y hoy perdido en la espesura de un bosque remoto, fue el convento de la reforma carmelitana a orillas del río Tajo, en término de Pastrana. Al lugar llamaban Bolarque y “desierto” fue el título que le dieron los frailes por lo alejado y solitario que estaba de todo ruido. De su historia escribí, junto con Angel Luis Toledano Ibarra, en 1999, un libro en que se contaba plena su historia, y se describía cómo fue, lo que hubo dentro, y lo que hoy queda: una sobrecogedora ruina engullida por el bosque.

Tras las Desamortización, el lugar quedó abandonado, y sus piezas de arte a merced de cualquiera, por lo que el párroco de Pastrana, don Mariano Pérez Cuenca, mediado el siglo XIX, organizó la operación rescate: así ocurrió que a la iglesia colegiata de Pastrana se llevaron muebles, cuadros, libros y recuerdos. De todos ellos, algunos han quedado que hoy pueden admirarse en el Museo parroquial de Pastrana, o incluso en el Museo Provincial de Bellas Artes, en el palacio del Infantado.

A la colegiata llegó el impresionante retrato de doña María Gasca de la Vega, quien junto a su marido don Francisco de Contreras, ayudaron muchísimo a los frailes recoletos, dotándoles su iglesia e incluso dejando en ella sus retratos, habiéndose perdido el del varón, y quedado solamente el de la hembra. Es este un cuadro sobre lienzo, apaisado, de más de metro y medio de ancho por 80 cms. de alto, en el que la señora, orante se coloca ante una Dolorosa. La obra, en fuerte claroscuro, con unos tintes muy sobrios en la pintura, está filiada por el marqués de Lozoya y Pérez Sánchez a Felipe Diricksen (1590-1679, un pintor español descendiente del dibujante flamenco Anton van den Wyngaerde, que vino a España para trabajar al servicio de Felipe Il. Aparte del carácter severo y realista de la señora, según Ramos “lo mejor del lienzo es el magnífico efecto de realidad del cojín carmesí, de las telas y del libro -como han señalado todos los que han comentado este retrato-, más propio de un pintor de naturalezas muertas que de un retratista”.

De Bolarque proceden también varias piezas espectaculares que hoy se guardan en el Museo del palacio del Infantado: son los grandes arcángeles atribuidos a Bartolomé Román, de la escuela madrileña del primer tercio del siflo XVII. Concretamente San Gabriel y San Miguel, más un San Rafael con Tobías, de formas expresivas, contundentes, amaneradas ya, similares a los de sus series en la Encarnación, las Descalzas Reales, ambas de Madrid, Palma de Mallorca, y San Pedro de Lima (Perú). En ambos, y según explica Ramos, “la brillantez del colorido y el mayor dinamismo en los ropajes y en la postura, sobre todo en la representación de San Miguel… apuntan hacia una cronología tardía vinculada al momento de máximo apogeo de su taller, los años treinta”. Están inspirados estos arcángeles en repertorios de estampas de aquella época, y parece claro que los seres celestiales que pinta Román para Bolarque proceden del “Angelorum leones” de Crispin de Passe. Estos cuadros los encargarían en Madrid don Francisco y doña María, patronos del convento carmelita, y deben ser posteriores a las series de la Encarnación y las Descalzas.

Todavía de Bolarque procede el muy repetido y admirado cuadro de La Virgen de la Leche, de Alonso Cano, que hoy se puede ver en el Museo alcarreño. Una mujer joven, sentada y acogiendo entre sus brazos, preparándose para darle de mamar, a un Niño. Se viste de túnicas y mantos con los colores azul y rojo tan propios de la Virginidad de Madría y su maternidad de Cristo sufriente, y en ella se refleja la atmósfera serena y luminosa de la madurez del artista que queda lejos de su tenebrismo inicial, destacando las delicadas carnaciones en rosas con toques blancos del desnudo del Niño y la cara, manos y pecho de la Virgen. Una obra genial que da categoría nacional a nuestro Museo local.

Recuerdos de Lupiana

A los jerónimos no solamente los exclaustraron de sus conventos, en 1836, sino que la Orden fue, incluso, suprimida. Desapareció de un plumazo y solamente se recuperó y rehizo (y hoy sobrevive con una docena de frailes en toda España) en 1969, tras conseguir en 1925 el rescripto de la Santa Sede.

Del monasterio jerónimo de Lupiana salieron muchísimas obras que fueron repartidas por el pueblo en cuyo término se levanta el cenobio, así como en Horche (allá fueron algunos capiteles hoy utilizados en el atrio de su iglesia), y en pueblos de la comarca en torno, como por ejemplo en Renera y Tomellosa. A la comisión provincial de monumentos llegaron cuadros enrrollados que permanecieron un siglo largo en los almacenes de la Diputación. Entre ellos el “San Jerónimo escuchando la trompeta del Juicio Final”, pintura con garra de Antonio Roalas, que hoy se contempla en el Museo Provincial, como los dos cuadros representando a San Pedro y San Pablo, de lo mejor de la producción de Rómulo Cincinato.

Pero lo que podemos ver, y hemos visto y fotografiado, son también piezas de uso litúrgico, magníficas composiciones de bordados, y composiciones de telas, que examiné con detenimiento en ocasión de preparar junto a José María Ferrer el libro sobre “Tapices y Textiles en Castilla la Mancha”. Sin duda que dos piezas salidas de San Bartolomé de Lupiana, como la manga de cruz procesional de Renera, y el terno de San Miguel que hoy se conserva en Tomellosa, de lo mejor de toda la región en punto a patrimonio textil.

La manga procesional junta la belleza de sus colores, detalles y formas, con la riqueza iconográfica de los moticos en ella labrados. La adjudicación al monasterio jerónimo de la Alcarria se ha hecho en base a la presencia en la pieza de San Bartolomé por un lado, y San Jerónimo por otro, además de la Virgen María con el Niño y San Juan Bautista, todos ellos realizados en sorprendente finura con hilos de colores sobre fondo rojo. Según la descripción que en el catálogo de la exposición “Celosías” que aquí comento hace nuestro paisano Francisco Javier Ramos Gómez, “la función de estas mangas era la de ocultar las manos de quien portaba la cruz y al mismo tiempo la de cubrir una parte del mástil durante las procesiones, de modo que colgaba por debajo de la cruz”. Y aún se atreve a bucear en la posible autoría de esta pieza, que forma parte del patrimonio vivo, aunque recóndito, de nuestro Renacimiento: “aunque no conocemos datos que documenten la fecha, el cliente, ni el autor de la pieza- nos dice Ramos- sabemos que entre los monjes jerónimos hubo numerosos bordadores, sobre todo en El Escorial
y en Guadalupe” Entre ellos destaca a fray Francisco de Loja, que trabajó en El Escorial hasta su muerte en 1589; a fray Juan de Palencia, que estuvo en Guadalupe y que murió en 1603; a fray Lorenzo de Montserrat, natural de
Besançon y que trabajó como director de las labores de bordado en El Escorial; y a su sustituto en el cargo tras su muerte, Diego de Rutiner. Entra dentro de lo posible que alguno de ellos, en esos talleres de alto rango jerónimo, elaboraran esta pieza única.

La otra es el gran terno de difuntos conservado en Tomellosa. En terciopelo negro bordado en oro, plata y sedas de colores, encontramos las piezas que conforman el terno: una capa, una casulla y dos dalmáticas, más el paño de difuntos. Elaborado en los talleres jerónimos de El Escorial o Guadalupe, y utilizado en la Casa Madre de la Orden Jerónima, en Lupiana, según Ramos que lo estudia con detenimiento “La única representación iconográfica que aparece es San Miguel, en uno de los extremos del paño de difuntos. Aparece con un demonio postrado a sus pies, mientras que en su mano izquierda lleva la balanza que le acredita como arcángel psicopompo o pesador de almas. De hecho en cada uno de los platillos de la balanza aparecen dos figuritas en pequeño tamaño que representan el bien y el mal del alma del difunto. Con la mano derecha sujeta una gran cruz con la que tiene inmovilizado al demonio. Se trata de una figura inspirada en repertorios de estampas o de pinturas religiosas de finales del siglo XVI. De esta figura hay que destacar la calidad y variedad en su ejecución de todos los detalles bordados de la armadura, del rostro, de las manos, de la capa y sobre todo de la cota de malla”.

Recuerdos de Pastrana

Finalmente, para completar esta visión de piezas de arte barroco que se conservan en nuestras iglesias y museos, aparentando ser aparición espontánea tras los siglos, pero siendo realmente el colofón de instituciones sacras venidas a menos o disueltas del todo, quiero mencionar y destacar aquí una preciosa pieza que ahora se muestra en el Museo de la Colegiata de Pastrana, y que en este año que comienza del Centenario de la santa abulense, representa como relicario tallado y policromado a Santa Teresa de Jesús.

De madera policromada, esta pieza fue realizada en 1618 para contener una pequeña reliquia de la monja carmelita, que se veneraría a través de una rejilla abierta sobre su pecho, en cuyo espesor se mantendría conservada. Procedente del convento de San Pedro, de frailes carmelitas de Pastrana, lugar fundado por San Juan d ela Cruz en compañía de la santa abulense, y a petición de los duques de Pastrana, en los años finales del siglo XVI, se llevó a Guadalajara junto con la colección de grandes óleos de intenciones didácticas que narraban la fundación de la casa carmelita por don Ruy Gómez y doña Ana de Mendoza, para allí conservarse (guardados de momento, en 1936) en el Museo provinvcial, de donde lo sacó en 1845 don Mariano Pérez Cuenca, párroco pastranero a la sazón.

La pieza es estudiada por Ramos con detenimiento y capacidad, pues sin duda es nuestro paisano un especialista en arte barroco, y sabe captar los enormes valores que encierra esta pieza, de la que nos dice que “destaca por la belleza serena y equilibrada del rostro, propia del ambiente cortesano de principios del siglo XVII. La boca cerrada, la mirada ligeramente caída y concentrada en sí misma, la perfecta simetría de la composición y la delicadeza en la disposición de las manos, hacen de esta pieza un representante perfecto de la escultura de transición entre el renacimiento y el barroco, cuando ya se han abandonado los excesos gestuales y expresivos del
manierismo de los seguidores de Juan de Juni o Alonso Berruguete y cuando todavía no ha llegado el realismo característico del siglo XVII castellano”. Hoy sin duda es una de las piezas más admiradas del nuevo Museo Parroquial de Pastrana.