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Rollos y Picotas

Valdeavellano picota

La Picota de Valdeavellano

Siguiendo el camino de recordar y alentar la visita de los elementos patrimoniales que forman el contexto de las esencias de nuestra tierra, me paro hoy a considerar la historia, evolución y significado de los rollos y picotas. Y de entre todos los de la provincia de Guadalajara, el más destacado de ellos, que es sin duda el que se conserva en Fuentenovilla.

La historia de los rollos y las picotas es la historia de una confusión. ¿Son la misma cosa o son cosas diferentes? Al monumento de similares características, se le denomina rollo en unas localidades, y en otras se le llama picota. Aunque existe sin duda una diferencia conceptual en ambos términos, la forma de llamarlo en uno y otro sitio es simplemente el resultado de un largo proceso de tradición oral, conser­vándose en algunas comarcas el nombre de picota, en otras el de rollo, y en muchas zonas dándosele ambos nombres.
Puede decirse que la picota fue elemento de ejecución de justicia. Es la primitiva denominación y el uso más antiguo. Un poste de ejecución penal, donde los condenados por un tribunal debían someterse al escarnio y la vergüenza pública (de ahí viene la frase poner-a uno- en la picota), o donde incluso eran ajusticiados, quemados, ahorcados o colgados de unos garfios de hierro. Se colocaba siempre lejos de poblado, en algún otero o cerro, junto a los caminos. Otra forma de denominar a esta pieza era la de horca, que tenía el sentido evidente de colgar para ahorcar al reo de la justicia. El rollo, por el contrario, era símbolo de soberanía y jurisdicción, y representaba el concepto de soberanía autónoma en lo jurisdiccional por parte de la localidad que lo exhibía, y que tenía por tanto el título de villa. Sabemos que, muy excepcionalmente, en alguna localidad se alzaron monumentos distintos para la función penal y para el simbolismo jurisdiccional.
La mayoría de los ejemplos que hoy quedan por Guadalajara cumplían la función de rollo, esto es, significaban de forma evidente la capacidad de auto-jurisdicción que como villa gozaban. Por eso, más que un baldón eran un lujo. Y así lo entendieron los antiguos.
Entre sus características, conviene resaltar algunas cuestiones, muy definitorias: El rollo es un monumento levantado con autorización real.Su estructura es de gradas, basa, fuste, capitel y remate.Se localiza en las entradas/salidas o en la plaza del pueblo.Se ajusta perfectamente al marco urbano en que asienta.Tiene pretensión de elemento artístico.Está realizado con materiales que le confieren permanencia, como la piedra caliza, o la berroqueña, bien tallada, y a veces añade blasones, cadenas, garfios, etc.
Podríamos calificarlos, en punto a estilos, en góticos puros, góticos de tradición, renacentistas plenos, y renacentistas decadentes.
Los rollos y picotas se extendieron en su momento de mayor auge, el siglo XVI, por toda España, Portugal e Iberoamérica. En España, es especialmente la meseta castellana (la superior y la inferior, incluyendo las tierras de Madrid) la que ve mayor número de estos monumentos. Pero también existieron, y aún se encuentran algunos dispersos, en Alava, Navarra, Asturias y Andalucía. En Portugal, especialmente en su mitad norte, fueron también numerosos. Y también en Hispanoamérica fue relativamente frecuente, pues aquellas localidades fundadas ex-novopor los españoles, y a las que el Rey confería ya de entrada el título de villa con jurisdicción propia, levantaron sus rollos en la plaza central.
Las villas que podían erigir y exhibir públicamente un rollo, lo hacían en virtud de algunos de estos tres mecanismos:Concesión del título de Villa por el Rey o señor; escriturasde fundación de una nueva Villa, o por cambio de jurisdicción y nombramiento de Villa.
Cuando se producía oficialmente la concesión y, unos meses después, la erección pública del rollo, se procedía a celebrar ceremonias muy amplias y concurridas, con ritos meticulosamente observados y recibidos con alborozo por las poblaciones. Este ceremonial de creación de Villa y erección del rollo se hacía a través de los siguientes pasos:primeramente la concesión del título por el rey o documento público.Seguirdamente tenía lugar la visita al lugar del Juez de Comisión.Posteriormente se producían las visitas de las jerarquías locales y el Juez a la taberna, la carnicería, los lugares públicos diversos del lugar.Y finalmente se acababa con el amojonamiento meticuloso del término, que te´nia lugar en medio de una verdadera romería.
Ya hemos visto que la época fundamental en que se alzan los rollos y picotas son los siglos XVI y XVII. Cientos de ellos se alzaron nuevos, o se renovaron, en esas centurias. Todavía en el siglo XVIII, aunque ya en franca decadencia, se elevaron algunos. Y solamente unos escasos lo hicieron a comienzos del XIX o en algún momento de predominio absolutista de dicho siglo. El siglo XIX es, por definición, el momento en que ve la desaparición, por decreto, de estos monumentos, que a pesar de todo, muchos pudieron salvarse.
Aunque en el siglo XIX se promulgaron en dos ocasiones (Cortes de Cádiz y regencia de María Cristina) decretos para destruir totalmente estos monumentos, por lo que entonces se pensaba que significaban de opresión, muchos se salvaron, por no haber llegado la noticia de los decretos a los pequeños pueblos, pero no todos sobrevivieron al abandono y los elementos meteorológicos. Desde 1929 comenzaron a aparecer decretos que apoyaban su protección, y hoy puede decirse que muchos pueblos tratan de recuperar sus perdidos rollos, o reconstruirlos.
La provincia de Guadalajara es la que mayor cantidad de rollos y picotas tiene en la actualidad, conservados de antiguo, o recuperados y rehechos. Más de cinco docenas de elementos podemos encontrar si nos dedicamos a viajar en su búsqueda.
Por poner un ejemplo, el más llamativo, de todos ellos, debemos recordar el de Fuentenovilla. Se encuentra emplazada en el centro de la clásica Plaza Mayor, sobre cuatro gradas circulares de piedra. Consiste su estructura en dos columnas cilíndricas superpuestas de gran esbeltez; el fuste de la inferior es liso y a modo de pedestal sostiene a la superior que es acanalada y termina en un capitel del que sobresalen en sus cuatro esquinas sendos cuerpos de monstruos humanos con cabezas de animales; como cimera de base cuadrada se levanta una balaustrada con adornos o pináculos en los ángulos esquineros; en su centro se elevan tres troncos de pirámide superpuestos y en disminución, correspondiendo el más pequeño al más alto y cuyos simulados tejadillos están cubiertos de escamas, alzándose sobre el último una bella cruz de hierro forjado. Es obra del siglo XVI en sus finales, aunque el privilegio de Villa le fue dado un siglo antes, en el año 1495.Se atribuye su diseño y construcción al taller de los hermanos Adonza, que venidos de Granada a instancias del señor de Mondéjar, capitán general del Reino, fueron los encargados de construir la gran iglesia parroquial mondejana, y derramar algo de sun ingenio renacentista por lugares mínimos como este de Fuentenovilla.

El castillo de Jadraque

castillo de jadraqueTiempo de otoño, tiempo de visitar Guadalajara. Riberas amarillentas y alturas azules. Una sucesión de pueblos en silencio, de castillos olvidados, de monasterios en ruina. Pero todo ello se amalgama en una sucesión de sugerencias que nos prestan el dictado de su esencia secular. Hay que volver a la tierra, caminarla, subir a sus altos cerros. Por ejemplo, el que mantiene al castillo de Jadraque, con latido. 

El viajero que por la tierra de Guadalajara, o por toda Castilla, busca visitar las viejas fortalezas medievales y admirar sus estampas, llegará de forma obligada ante Jadraque, y recordará la frase que el pensador José Ortega y Gasset le dedicó en uno de sus viajes, que venía a decir que se trata del cerro más perfecto del mundo. Sea o no cierta esa afirmación, el caso es que el castillo jadraqueño, en el borde de la Alcarria y en el inicio de la Campiña del río Henares, ofrece un aspecto soberbio culminando con silueta humana la sencillez de un fragmento de hermoso paisaje.

Recordamos su historia

Le llaman a este el castillo del Cid, porque en la tradición popular queda la idea de haber sido conquistado a los árabes, en lejano día del siglo xi, por Rodrigo Díaz de Vivar, el casi mitológico héroe castellano. La erudición oficial había descartado esta posibilidad por el hecho de que en El Cantar de Mío Cid aparece don Rodrigo y su mesnada, tras pasar temerosos junto a las torres de Atienza, conquistando Castejón sobre el Henares, y ostentando durante una breve temporada el poder sobre la villa y su fuerte castillo. Se había adjudicado este episodio al pueblecito de Castejón de Henares, de la provincia de Guadala­jara, que, curiosamente, está junto al río Dulce, apartado del Henares, y sin restos de haber tenido castillo.

El poeta de la gesta cidiana se refería a una fortaleza de importancia, vigilante del valle del Henares, a la que llaman Castejón los castellanos, en honor de su aspecto, pero que para las crónicas árabes puede tener otro nombre. Era éste Xaradraq. Y fue concretamente el Jadraque actual el que conquistó el Cid en sus correrías por esta zona de la baja Castilla en los años finales del siglo xi. Teoría ésta que todavía se confirma con el hecho de haber sido denominado durante largos siglos, en documentos de diversos fines, Castejón de Abajo a Jadraque, que hoy tiene una ermita dedicada a la Virgen de Castejón, de la que es fama estuvo mucho tiempo venerada en lo alto del castillo.

Todo esto viene a cuento de confirmar para este casti­llo del Cid de Jadraque su origen cierto en la conquista del héroe burgalés. Antes, sin embargo, ya tenía historia. Por el valle del Henares ascendía la Vía Augusta que desde Mérida a Zaragoza conducía a los romanos. En la vega se han encontrado abundantes restos, en forma de cerámicas y monedas, de esta época romana.

 

castillos de castilla-la mancha

 

En tiempos de la dominación árabe, Jadraque fue asiento de habitación importante, recibiendo de esta cultura su nombre, y poniendo en lo alto del estratégico cerro, vigilante de caminos y del paso por el valle, un fuerte castillo. Uno más de los que el califato primero, y luego el reino taifa de Toledo, puso para vigilar desde la orilla izquierda del Henares su marca media o frontera con el reino de Castilla. Jadraque, durante esta época de los siglos x y xi, formó como uno más en el conjunto de estratégicos puestos vigilantes o castillos defensivos que los árabes pusieron en la orilla izquierda del fronterizo río: Alcalá de Henares, Guadalajara, Hita, el mismo Castejón o Jadraque, Sigüenza, etc, formaron el Wad‑al‑Hayara o valle de las fortale­zas que daría nombre a la actual ciudad de Guadalajara.

La reconquista definitiva de este castillo fue hecha por Alfonso vi, en el año 1085. Quedó en principio, en calidad de aldea, en la jurisdicción del común de Villa y Tierra de Atienza, usando su Fuero y sus pastos comunales. Tras largos pleitos de los vecinos, a comienzos del siglo xv consiguieron independizarse de los atencinos, y constituirse en Común independiente, con una demarcación de Tierra propia y un abultado número de aldeas sufragáneas.

Pero enseguida se vio que esa liberación de la tutela de Atienza iba a costar la entrada en un señorío particular. Fue en 1434 cuando el rey Juan ii hizo donación de Jadraque, de su castillo y de un amplio territorio en torno, a su parienta doña María de Castilla (nieta del rey Pedro i el Cruel), en ocasión de su boda con el cortesano castellano don Gómez Carrillo. El estado señorial así creado fue heredado por don Alfonso Carrillo de Acuña, quien en 1469 se lo entregó, por cambio de pueblos y bienes, a don Pedro González de Mendoza, a la sazón obispo de Sigüenza, y luego Gran Canciller del Estado unificado de los Reyes Católicos.

Fue este magnate alcarreño, árbitro de los reinos castellano y aragonés, jefe de la casta mendocina, y hábil político al tiempo que notable intelectual, quien inició la construcción del castillo de Jadraque con la estructura que hoy vemos. En un estilo que sobrepasaba la clásica estructura medieval para acercarse al carácter palaciego de las residencias renacentistas, a lo largo del último tercio del siglo xv fue paulatinamente cons­truyendo este edificio que finalmente, en el momento de su muer­te, entregó a su hijo mayor y más querido, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, marqués de Zenete y conde del Cid. Casó este bravo soldado, querido de corazón por los Reyes Católicos y admirado como uno de sus más valientes e inteligentes soldados, con Leonor de la Cerda, hija del duque de Medinaceli, en 1492.

A la muerte de su primera esposa, cinco años después de la boda, casó segunda vez con doña María de Fonseca, viviendo con ella desde 1506 en la altura del castillo, y naciéndole allí entre sus muros la que sería andando el tiempo condesa de Nassau, doña Mencía de Mendoza, quien siempre guardó un gran cariño hacia la fortaleza alcarreña, y a ella se retiró a vivir en 1533 cuando quedó viuda de su primer marido don Enrique de Nassau. El boato de las nobles cortes mendocinas, de aire inequívocamente renacen­tista, cuajó también en estos tiempos en los salones de este castillo, que fue morada del amor y el buen gusto. Hoy se sabe que aquí mandó construir don Rodrigo, a su arquitecto Lorenzo Vázquez, una cosa parecida, aunque en menor escala, a su castillo de La Calahorra en Granada. Se han encontrado restos de capiteles y barandas de claro signo protorrenaciente.

Abandonado este castillo de sus dueños, el manirroto Mariano Girón, duque de Osuna y el Infantado, a finales del siglo xix decidió venderlo, y fue el propio pueblo, representado en su Ayuntamiento, quien acudió a comprarlo, en la simbólica cantidad de 300 pesetas. Era el año 1889. El cariño que siempre tuvieron los jadraqueños por su castillo, en el que acertadamente siempre han visto el fundamento de su historia local, les llevó hace cosa de 30 años a restaurarlo en un esfuerzo común, mediante aporta­ciones económicas y hacenderas personales, lo cual es un ejemplo singular que debería repetirse en tantos otros lugares donde las deshuesadas siluetas de los castillos parecen llorar su abandono.

Visitamos el castillo

El castillo de Jadraque está construido en la cima de un cerro de proporciones perfectas. Su alargada meseta, que corre de norte a sur estrecha y prominente, se cubre con las construcciones pétreas de este edificio que hoy nos muestra su aspecto decadente a pesar de las restauraciones progresivas en él efectuadas. La altura y el viento suponen una agresión continua a estas viejas paredes medievales.

El acceso lo tiene por el sur, al final del estrecho y empinado camino que entre olivos asciende desde la basamenta del cerro. La entrada se encuentra entre dos semicirculares y fuer­tes torreones.

La silueta o perímetro de este castillo es muy unifor­me. Se constituye de altos muros, muy gruesos, reforzados a trechos por torreones semicirculares y algunos otros de planta rectangular, adosados al muro principal. No existe torre del homenaje ni estructura alguna que destaque sobre el resto. Los murallones de cierre tienen su adarve almenado, y las torres esquineras o de los comedios de los muros presentan terrazas también almenadas, con algunas saeteras.

El interior, completamente vacío, muestra algunas par­ticularidades de interés. Al entrar a la fortaleza, tras el paso del portón escoltado como hemos dicho por sendos torreones fortí­simos, se accede a un empinado patio de armas que siempre estuvo despejado, y que se encuentra en una cuestuda terraza de nivel inferior al resto del edificio. Por un portón lateral abierto en el grueso muro que define al castillo propiamente dicho, se accede a un primer ámbito, de forma rectangular, con aljibe pequeño central, que fue sede de la edificación castrense propia­ mente dicha. Más adelante, hoy circuído por los altos murallones almenados, se encuentra el ancho receptáculo de lo que fue casti­llo‑palacio levantado por el Cardenal Mendoza.

En el suelo aparece un enorme foso cuadrado, hoy cubierto con maderamen para evitar caídas accidentales, y que bien pudo servir de sótanos y almacenamiento de provisiones y bastimentos. Más adelante, ya en el fondo del edificio, se ven los restos, en varios niveles, de lo que fuera el palacio propiamente dicho. A través de una escalera incrustada en el propio muro del norte, se asciende al adarve que puede recorrerse en toda su longitud. El castillo poseyó un recinto exterior del que quedan algunos notables restos, como la basamenta de la torre esquinera del norte.

La amplitud del interior, la homogeneidad de su silue­ta, y una serie de detalles en la distribución de los ámbitos destinados a lo castrense y a lo residencial, nos muestran al castillo de Jadraque como una pieza netamente renacentista y ya moderna. Entre sus medio derruidos muros, sobre el vacío silencio de sus patios, resuenan aún los ecos de los personajes ilustres que allí habitaron, desde el Cid Campeador, que en calor de un verano subió a golpe de espada, hasta el marqués del Zenete, don Rodrigo, que allá en la altura tuvo su corte de amor y sueños.

Catedral de Sigüenza: un paseo por las alturas

Sacristia de las Cabezas de la catedral de SigüenzaEn los 850 años que ahora se cumplen de la consagración del templo mayor de la diócesis, la catedral por antonomasia, cumple recordar algunos detalles del edificio, porque en ellos está la claves, las claves, de su significado último.

Con la llegada del siglo XVI, en España se abren las puertas a nuevos modos de construir, y, sobre todo, a nuevos modos de representar. Lo que llamamos “Renacimiento”, y que en esencia es la toma de conciencia del hombre por su papel en el Universo, verá plasmados sus principios en muchos ámbitos: en la literatura, en la filosofía, en la política, y por supuesto en el arte.

Y en ese impulso constructivo, renovador de formas, que se centra por templos y palacios, a la catedral de Sigüenza le tocarán los mejores elementos de la provincia. Es lógico, puesto que es el lugar donde más posibilidades hay de hacer cosas nuevas, y donde más presupuestos existen, y más generosos, para levantar y experimentar.

Durante el episcopado de don Bernardino López de Carvajal se construyen los mejores ejemplos del Renacimiento en la catedral. Este obispo, que nunca llegó a aparecer por la Ciudad Mitrada, ya que vivió siempre implicado en los asuntos vaticanos, dio sin embargo dinero para construir retablos, estancias y obras públicas. Su sucesor, don Fadrique de Portugal, hizo lo mismo, y en competencia con ellos, el Cabildo de la catedral también se esmeró en propiciar novedades constructivas y decorativas.

La sacristía de las Cabezas

Es la Sacristía mayor de la catedral, la que el Cabildo encomendó a Alonso de Covarrubias, la que muestra más interés en cuanto a techos se refiere. Se esconde su portada en una oscuridad que no merece, ya avanzado el tránsito por la girola. La estancia ha sido calificada entre las más impresionantes obras de la arquitectura del Renacimiento europeo, y consiste en una gran estancia rectangular, en cuyos lados mayores se abren amplias hornacinas, en las cuales se alberga la cajonería con talla profusa, magnífica, plena de figuras y simbolismo. Merecería hacerse un detallado estudio de la simbología y mensajes que esas tallas de madera sobre cajones y aparadores llevan. Es uno de los elementos que aún permanecen arcanos en el conjunto catedralicio.

En las enjutas de los arcos que forman los muros de la estancia, aparecen enormes medallones representando bustos de profetas y sibilas. Todos son preciosos elementos escultóricos que completan el conjunto. Entre esos medallones, hay pilastras adosadas y rematadas de bellísimos capiteles. Sobre la corrida cornisa se inicia la gran bóveda, de medio cañón, seccionada en cuatro partes, en las cuales aparecen varios centenares de casetones circulares, bien alineados, ocupados por rosáceas y cabezas humanas, estas últimas todas diferentes, provistas de una expresividad increíble, debidas a un verdadero genio del arte: Alonso de Covarrubias, que fue el diseñador de este recinto, aunque la talla directa se hizo, años más tarde, hacia 1550, por Martín de Vandoma, quien en esta pieza se consagró como un consumado artista. Muchas de estas cabezas (hay 304 en total) son retratos de personajes de la época, incluyendo al Papa, al Emperador, a la mujer de éste, a diversos canónigos, cardenales, ofi­ciales del templo, etc.

 

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

 

Y ese es otro de los trámites que le quedarían por descubrir a quien se enfrentara con un espíritu analista y erudito a la estancia eclesiástica, tratando de ver en ella algo más que la belleza de proporciones y adornos. Hay un mensaje en esa bóveda que nadie ha dejado escrito. Porque en los documentos del archivo capitular figuran los nombres de los canónigos que decidieron su construcción, y aún de quienes quedaron encargados de trazar el orden de los adornos a poner en ella, pero en ninguna parte ha quedado escrito, o al menos no se ha encontrado todavía, el por qué de esa distribución, de tantas cabezas. Sin duda se está representando en la bóveda una perspectiva de “gloria” para los bienaventurados, dando por supuesto que en el ámbito sagrado de un templo, las bóvedas son la imagen consistente de la Gloria, y quienes ocupan los techos, están asentados en ella. O van a estarlo, porque en esta sacristía de las cabezas de Sigüenza, hay representados personajes que en ese momento estaban vivos: el jefe del Estado, el emperador Carlos, entre ellos.

Buscando el sentido

En esta techumbre magnífica hay una clara división, en cuatro sectores, aunque no existre evidencia dedistinción programática entre ellos. Cuando nos entretenemos en mirar durante un buen rato, podremos encontrar que en el primer sector (el más externo) aparecen los rostros de un cónsul romano, un viejo con casco, un monje joven, varios efebos y mu­chos viejos de alborotadas barbas. También aparecen algunas jóvenes. En el segundo sector aparecen cuatro figuras totalmente deterioradas por las filtraciones de la bóveda en su pared sur, y otra a medio deteriorar. Son también clérigos (uno muy gracioso, con dos formidables orejas, signo evidente de ser retrato de algún canónigo de la época), profetas, algún turco, etc. En el tercer sector hay una figura totalmente deteriorada, y otras cinco en las que la humedad ha dejado su huella destructora. Aparecen, entre otros, un monje con el capuchón puesto, varias figuras femeninas (una de ellas coronada), un viejo franciscano, tres obispos, un rey joven, (¿el príncipe Felipe?), varios clérigos, árabes, esclavos, etc. En el cuarto sector merece destacar la presencia de un pontífice con su tiara, varios clérigos, un guerrero con prolijo casco renacentista, un cardenal de la Iglesia con su sombrero de anchísimas alas, viejos melenudos, etc.

Iconografia romanica de Guadalajara

El significado de la bóveda y su decoración humana, lo entendemos como expresión de un movimiento filosófico muy del momento, heredado del erasmismo reinante en el primer tercio del siglo XVI español: la corriente neoplatónica surgida en Italia a través de la escuela de Marsilio Ficino trata de “salvar” a los hombres virtuosos de la Antigüedad, y ofrecerles un lugar en el Paraíso cristiano, en el que la Humanidad se alberga por la misericordia de Dios, que acepta en su seno a los paganos que se comportaron correctamente. El Humanismo cristiano dota al ser humano de las dimensiones idóneas para medir el mundo, el Cosmos y el Microcosmos, y le hace a su vez sujeto de la capacidad salvadora universal de Cristo. En esta bóveda, que por su forma semicircular es representación de la Gloria, se representa a la Humanidad redenta y en ella se juntan los cristianos de hoy y los paganos de ayer, los hombres y las mujeres, los jóvenes y los ancianos. Todos ellos tienen un alma similar, que es aceptada por Dios en la altura.

La capilla del Espíritu Santo

Otra estancia espectacular, en cuanto a techos, es la capilla del Espíritu Santo o de las Reliquias, guarda­da por la más bella reja del templo, obra del conquen­se Hernando de Arenas, labrada a expensas del obis­po Fernando Niño de Gue­vara, cuyo escudo aparece forjado y policromado en ella. La capilla es una estancia de planta cuadrada, en la que luce un completo programa icono­gráfico, todo él argumen­tado en infinidad de tallas que lucen con profusión por muros y cúpula, viniendo a dar la imagen de la Iglesia, concebida como un edifi­cio en el que los gentiles aparecen (como estípites) sosteniendo con sus brazos los arcos donde medallones con efigies de profetas y angelillos con los símbolos de la Pasión, mantienen a su vez la gran cúpula, que descansa sobre medallones con los cuatro Evangelis­tas en las pechinas y nume­rosos casetones con efigies de santos en la bóveda, rematado, por encima de la linterna, en la figura de Dios Padre y del Espíritu Santo. La estructura de su iconografía, dentro de un espíritu que se acerca a lo trentino, es de exaltación de la Divinidad, sustentada en la secuencia teológica de su poder: fieles e infieles soportan la Gloria a través de la Pasión de Cristo, de la referencia de su vida a través de los evangelistas, y de la santidad practicante de los santos.

Santa María de la Peña, en Brihuega

Santa Maria de la Peña en BrihuegaDe la Alcarria, miel, y pueblos antiguos, con carácter. Y de entre ellos, Brihuega, destacando por largos siglos de historia en los bolsillos, mucho arte en los detalles de tantos edificios emblemáticos. Hoy me animo a dar de nuevo una vuelta por sus cuestas silenciosas, y al final, bajando siempre, llego al Prado de Santa María, y penetro en la joya de esta tierra, el templo dedicado a Santa María de la Peña.

En el llamado Prado de Santa María, al extremo sur de la población, puede admirarse la iglesia parroquial de Santa María de la Peña, uno de los cinco templos cristianos que tuvo Brihuega y que fue construido, en la primera mitad del siglo XIII, a instancias del arzobispo toledano Ximénez de Rada.

Su puerta principal está orientada al norte, cobijada por atrio porticado. Se trata de un gran portón abocinado, con varios arcos apuntados en degradación, exornados por puntas de diamante y esbozos vegetales, apoyados en columnillas adosadas, que rematan en capiteles ornados con hojas de acanto y alguna escena mariana, como es una ruda Anunciación. El tímpano se forma con dos arcos también apuntados que cargan sobre un parteluz imaginario y entre ellos un rosetón en el que se inscriben cuatro círculos. La puerta occidental, a los pies del templo, se abrió en el siglo XVI por el cardenal Tavera, cuyo escudo la remata. La cabecera del templo está formada por un ábside de planta semicircular, que al exterior se adorna con unos contrafuertes adosados, y esbeltas ventanas cuyos arcos se cargan con decoración de puntas de diamante.

El interior es de gran belleza y puro sabor medieval. Los muros de piedra descubierta de sus tres naves comportan una tenue luminosidad grisácea que transportan a la edad en que fue construido el templo. El tramo central es más alto que los laterales, estando separados unos de otros por robustas pilastras que se coronan con varios conjuntos de capiteles en los que sorprenden sus motivos iconográficos, plenos de escenas medievales, religiosas y mitológicas. La capilla mayor, compuesta de tramo presbiterial y ábside poligonal, es por demás hermosa. Se accede a ella desde la nave central a través de un ancho y alto arco triunfal apuntado formado por archivoltas y adornos de puntas de diamante. Esbeltas columnas adosadas en su interior culminan en nervaturas que se entrecruzan en la bóveda. Su muro del fondo se abre con cinco ventanales de arcos semicirculares, adornados a su vez con las mismas puntas de diamante. Todo ello, especialmente después de la restauración de hace pocos años en que se ha quitado un feo baldaquino que lo ocultaba, le confiere una grandiosidad y una magia que sin esfuerzo nos transporta como en un sueño al momento medieval en que tal ámbito servía de lugar ceremonial para los obispos toledanos, que tanto quisieron a esta villa de Brihuega, señorío relevante de la mitra arzobispal.

El alzado del templo ofrece como hemos dicho la visión de una nave central más alta que las laterales, enlazando así con el carácter de la arquitectura propiamente gótica, en la que los avances técnicos se plasman en una nueva estética. Las grandes arcadas que separan las naves, todas ellas de medio punto, hacen perder al conjunto el neto carácter románico de muro que pesaposibilitando un nuevo tratamiento estético. Una torre se alza a los pies del templo, y que tradicionalmente se ha tenido por construida en siglos más avanzados, quizás en el siglo XVI. En cualquier caso, ya en su origen debió tener una torre en este ángulo noroccidental, aunque fuera de menor elevación que la actual.

Las techumbres de las naves se forman con nervaturas góticas. Sobre la entrada a la primera capilla lateral de la nave del Evangelio se muestra una gran ventana gótica, elemento cumbre del resto de vanos apuntados que ofrecen también el valor, nuevo en el gótico, de la luz como elemento ornamental e incluso simbólico.

En la iglesia de Santa María de la Peña de Brihuega destaca como en pocos sitios el carácter netamente cisterciense de la arquitectura de transición del románico al gótico que promovió en sus territorios toledanos el arzobispo Ximénez de Rada. La escasez de ornamentación, su rigidez y parquedad, es propia de este momento, y del concepto de pureza y renovación que se quiere difundir.

En las molduras y arquivoltas de sus puertas y ventanales, así como en buena cantidad de capiteles se encuentran con exclusividad decoraciones a base de puntas de diamante, hojillas, y pequeños triló­bulos que se ven también en muchos otros lugares de la baja Alcarria y territorio de Cuenca, como Santa María de Alcocer, monasterio bernardo de Monsalud, etc.

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

 

Respecto a los capiteles de este templo, se encuentran algunos elementos iconográficos que brillan por su ausencia en el resto de las iglesias de Brihuega. Dentro de la gran variedad existente en su temática vegetal, pueden encontrarse tres grupos que ofrecerían, respectivamente, una traza fina y muy cuidada, que recuerda a los capiteles de las gran­des catedrales francesas; una flora más jugosa que la acerca a un estilo más rural; y finalmente un grupo de capiteles rústicos que de mano popular y tomando por motivo los anteriores modelos, se repiten en infinitas fajas.

Muchos elementos zoomorfos se ven en este templo tallados: unos proceden de la rica fauna románica, como toros alados, cerdos de gran tamaño que ocu­pan la casi totalidad de la superficie del capitel, de los que, en menor tamaño, y de una forma más naturalista, surgen entre las hojas: pájaros, monos, linces o perros acompañados a veces de hombres. La interpretación de estos anima­les, más de que símbolos abstractos, es simplemente de signos maléficos y benéficos.

También se ven múltiples elementos antropomorfos: gentes aisladas y escenas complejas nos sorprenden talladas con tosquedad en la múltiple riqueza de los capiteles de Santa María. Diversos cánones pueden ser apreciados: unos de figuras rechonchas, como en la Anunciación (en el segundo pilar desde los pies del lado derecho de la nave central), y otros de elementos más estilizados, como las del centauro del pilar del ángulo derecho de los pies. Unas escenas están rígidamente enmarcadas, como la de la Anunciación, mientras que otras como el banquete se muestran en total libertad compositiva. A pesar de la riqueza de imágenes que en este templo se advierte, no encontramos un claro programa iconográfico que las unifique. Parece como si los autores hubieran querido simplemente recordar los hitos principales del Antiguo y Nuevo Testamento, sin más hilación entre ellos. Hay un predominio de los temas marianos, dada la advocación del templo, y algunas son de muy difícil interpretación, como la situada en el extremo inferior del lado de la Epístola, en el que aparece un centauro vuelto hacia atrás dispa­rando sus flechas a un hombre que se encuentra al lado de un león erguido, mientras entre ellos se alza un árbol de dos ramas. Pudieran ser alusiones a la eterna lucha de las fuerzas malignas y benigas sobre el hombre, aunque lo más probable es que se trate de la presencia de Sanson como evidencia bíblica de esas luchas.

Es digno de ser destacado el hecho de que este templo, aun con ser iglesia parroquial de una villa, sobrepasa por sus dimensiones y disposición lo que era tradicional en el siglo XIII enla Alcarria, donde aún se construía habitualmente en estilo románico, con galería porticada al sur, y una sola nave. Las edificaciones litúrgicas promovidas por el arzobispo Rada (Brihuega, Uceda, etc.) tienen tres naves y una funcionalidad que supera lo meramente parroquial, intentando alcanzar un grado más alto, como pequeñas catedrales, respecto al entorno en que asientan.

Este templo recibió una trasformación y ampliación en el siglo XVI. En el verano de 1539 llegó a Brihuega el Cardenal D. Juan de Tavera, quien se prendó del ambiente y situación de la villa en tal grado que no le quedaron ganas de volver a Toledo, pese a la insistencia del Emperador Carlos V que lo reclamaba en la Corte.

De su mecenazgo han llegado hasta nosotros algunas muestras en los templos briocenses: los hubo en la derruida iglesia de San Juan, y los hay en las de San Miguel y San Felipe. Pero fue fundamentalmente en Santa María donde la renovación se hizo en tan gran medida que bien puede decirse que se edificó de nuevo: Derribó y rasgó muros, levantó nuevos arcos de estilo renacentista, edificó capillas adosadas al presbiterio y ábside, tapió ventanales, y construyó un coro al fondo de la iglesia sostenido por un gran arco escarzano, abrió una puerta en el muro occidental rematada de su escudo de armas, construyó la sacristía con el balconcillo, edificó el camarín de la Virgen y acortó el presbiterio. Posteriormente se levantaron adosadas al primitivo algunas otras capillas, como la que dedicada a la Virgen del Pilar mandó hacer don Juan de Brihuega y Río en el siglo XVIII, sobre la nave norte, colocando su escudo de armas al exterior.

Ha habido que esperar al siglo XX para que nuevas e importantes reformas se hicieran sobre el templo. En 1988 se realizó una gran restauración del mismo, lo que ha venido a dignificarle y recuperar su aspecto más primitivo y elegante, pues desmontado el camarín de la Virgen quedó totalmente al descubierto el magnífico ábside primitivo, románico, en el que algunos ventanales se reconstruyeron, recobrando su aspecto original.

Guia del Viaje a la Alcarria de Camilo Jose Cela por Garcia Marquina

Abultado aniversario en Valverde

Valverde de los ArroyosEn este año se cumplen, exactamente, los 450 de la fundación de la Cofradía del Santísimo, eje de la fiesta, y la tradición, de Valverde de los Arroyos. Este próximo fin de semana se sucederán los actos en la localidad serrana para conmemorar tan abultado aniversario.

Un Cabildo de Coronados

En estos días se cumple un suculento aniversario en Valverde: los 450 años de la fundación de esa Cofradía del Santísimo cuyos miembros danzantes protagonizan, al inicio de cada verano, una solemne y colorista fiesta al pie del Ocejón. Una fiesta que ya declarada de Interés Turístico reune cada vez a más curiosos a contemplar sus ritos y movimientos.

El domnigo 21 va a celebrarse el aniversario de modo local y sencillo, con una fiesta muy para los valverdeños. Acudirá el señor Obispo de la diócesis, don Atilano Rodríguez, a más de una serie de sacerdotes relacionados con la localidad: habrá una misa cantada, en latín, original de Pío X, y un “Cantar de los Hermanos”, más la procesión de Minerva ante la Cruz parroquial, en el Portalejo, imposición de medallas y exposición de documentos, más una danza previa a la comida de hermandad.

La noticia de que la Cofradía del Santísimo de Valverde se fundó en 1568 (hace, pues, exactamente 450 años) aparece referida en un documento manuscrito, de la Visita que hizo, en 1752, don Francisco Jalón, cura párroco de Montejo, por mandato del Obispo de la diócesis de Sigüenza. Allí se declara que en el año 1568 se creó la “Cofradía del Santísimo Sacramento” con sobrenombre de Los Coronados, y que entonces constaba de 12 hermanos, más el abad y su objetivo era el de asistir “revestidos de sobrepellices” y cantar en las procesiones del Corpus y otros oficios divinos, asistiendo además a una “Misa de Cuerpo de Cofradía”.

El objetivo inicial al constituir esta hermandad o cofradía era, al parecer, algo más ambicioso que una simple reunión de varones adultos y amigos. Nos lo epxlica con todo detalle Juan Antonio Marco Martínez, en su obra sobre “Valverde de los Arroyos, parroquia y parroquianos”. Él nos da como fecha más antigua de la Cofradía la de 1606, que es la de la famosa Bula Papal de Paulo V en la que se constituye y aprueba la Cofradía del Santísimo Sacramento, a la par que otras basadas en las características de la iglesia de Santa María de Minerva en Roma, que tienen como misión principal la de acompañar y exaltar al cuerpo de Cristo, el Corpus Christi, en su festividad y en la de su Octavo Día. Esa Bula, que existió en Valverde y muchos la vieron y leyeron, desapareció sin dejar rastro en el primer tercio del siglo XX (quizás un incendio, un robo, la Guerra…) pero se sabe de otros lugares de España en que hay Bulas del mismo tipo y fecha, que ayudan a comprender lo que decía la de Valverde.

Esa constitución de Cofradía inicial se transforma luego en “Cabildo de Coronados”. Nada tenía que ver con un “Cabildo” o reunión de eclesiásticos al estilo del catedralicio de Sigüenza, y al hablar de “coronados” tampoco se hace referencia a la costumbre de los danzantes de bailar cubiertos de altos gorros floreados ante el Santísimo.

Al parecer, y según los datos y apreciaciones de Marco Martínez, estos “Cabildos de Coronados” de los que hay muchos otros ejemplos en Castilla y Aragón, serían como una especia de “acolitado permanente”, para actuar en un lugar y una fiesta determinada. Un grupo de vecinos que tendrían una tonsura por haber alcanzado las órdenes menores de la clerecía, a los que enseguida se unieron seglares constituyendo todos la Cofradía.

El caso es que durante siglos, de un modo u otro, a esta unión de serranos valverdeños que hoy todavía forman parte de la Cofradía del Santísimo, se la denominó con ese pomposo nombre de “Cabildo de Coronados” que aún usa y del que está orgullosos. La fiesta, en todo caso, tiene todos los visos de ser muy antigua, y de haber servido de unión, y de estímulo, a los habitantes de este territorio, tan hermoso pero hasta hace poco tan remoto y alejado de la civilización, como el resto de pueblos de la Sierra Negra de Guadalajara y Segovia.

En todo caso, recordar aquí que, ese seguro, fue en 1568 cuando se fundó en Pinilla de Jadraque (Pinilla de las Monjas le llamaban entonces) el “Cabildo de La Asunción de Nuestra Señora” y que se conformaba de 25 clérigos y 15 seglares, y que acudía a solemnizar con su presencia y cánticos las solemnidades religiosas de los pueblos del entorno (a más de Pinilla, Medranda, Membrillera y La Toba. Del siglo XVI son otros cabildos, ya desaparecidos, pero de los que se tiene noticia, en El Atance, Valdelcubo, Anguita y Sotodosos, todos ellos formados por asociación de clárigos y seglares para solemnizar fiestas.

Un libro que lo explica todo 

El domingo próximo habrá también un hueco para recordar el libro que acaba de aparecer, y que explica en el detalle más minucioso esta fiesta, sus aniversarios y sus valores. Lo han escrito José María Alonso Gordo, y Emilio Robledo Monasterio y lleva por título “Las danzas de la Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos”. Edición de los Autores. Guadalajara, 2018.

Un total de 372 páginas forman estas “Danzas de Valverde de los Arroyos” en formato de un libro grande, de 17 x 24 cms., cargado de cientos de fotografías en color. Se complementa con extraordinarios dibujos de Angel Malo Ocaña, que presiden el inicio de cada capítulo, y lleva un Prólogo cargado de sabiduría firmado por Joaquín Díaz, uno de los más reputados entendidos del foclore español.

Empieza el texto con una situación al lector del lugar en que se centra la acción: “Nos encontramos en un pueblo escondido entre las laderas del pico Ocejón, a 1.255 metros de altitud, y rodeado de cumbres…” Ya solo con echar un vistazo al Indice, el lector se percata de la amplitud del tema y de la meticulosidad de su estudio. Nada ha quedado fuera de la lupa de los autores. que bordan la obra por dos caminos: el de ser naturales de Valverde, y haber crecido entre el sonido de los instrumentos serranos, y el de ser rigurosos analistas de la fiesta que tratan, en la que llevan de un modo u otro comprometidos toda su vida.

Así empiezan con “La Octava del Corpus” a hacer un análisis de la fiesta de Valverde y de otras similares, haciendo por ejemplo alusión al nombre popular de “Coronados” que se le daba a los cofrades.

Sigue luego el capítulo de “Las danzas rituales” de origen medieval y las analizan una por una. Allí aparecen las danzas de castañuelas, la danza de la Cruz, El Verde y El Cordón, siguiendo luego la relación de danzas de cintas y finalmente las danzas de palos: “El Capón”, “los Molinos” y “La Perucha” de la que transcriben letra y música. Dicen al lector cuanto saben de las danzas perdidas, y de las danzas parcialmente recuperadas, como “El Garullón” y “Las Campanillas”.

Ponen el foco seguidamente sobre el grupo de los danzantes: el gaitero, el botarga, el registro, los danzantes propiamente dichos, y los niños danzantes. Hay referencias genealógicas, nominales, entrevistas a los que permanencen vivos… y en general se constituye esta parte del libro en una vibrante demostración de cariño y admiración por estos protagonistas.

Luego se adentran los autores en la descripción del “Vestuario y accesorios de la danza”, con profusión de fotografías y dibujos, todo en color. Terminando con una historia y relación de acontecimientos en los tiempos actuales.

Finalmente nos ofrecen un interesante estudio, quizás la parte más valiosa del libro, en el que se viaja a la comprensión de otras danzas, en la Región, en la provincia, en la Serranía, con utilización de flores, de cintas y espejuelos, más el tamboril, la gaita y la dulzaina, la conexión con el folclore segoviano, etc.

La llectura de este libro es la espoleta, sin duda, para volver a Valverde, y una posibilidad de adentrarse en el conocimiento definitivo, completo, asombroso, de estas danzas y de las gentes que las hicieron posibles.