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En el tercer centenario de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara

Felipe v real fabrica de paños de guadalajara

Se cumplen ahora los tres siglos justos desde que el rey Felipe V, de la dinastía Borbón, fundara y diera un impulso extraordinario a la que sería primera gran fábrica real de paños de la nación. Como estas cosas no suelen ser consideradas apenas por los poderes decisorios e impulsores de la vida cultural ciudadana, al menos que vayan estas líneas en recuerdo de aquel gran centro fabril, eje de un desarrollo que fue, en su día, muy potente.

Muy diversas fueron las circunstancias que propiciaron este acontecimiento. Dos concretamente están en la raíz del asunto: la destrucción de la ciudad y el padecimiento de sus habitantes durante la Guerra de Sucesión (1701-1713) y el apoyo que la ciudadanía arriacense había dado al partido ganador, el del rey Felipe [V] de Borbón, quien para demostrar el aprecio que esta importante ciudad de su nuevo reino le suponía, decidió celebrar sus bodas con Isabel de Farnesio en el mejor palacio de la ciudad, en el que era propiedad de los Mendoza duques del Infantado.

El Concejo elevó al Rey sus razonadas peticiones de ayuda, fundamentalmente dirigidas a la condonación de sus deudas fiscales, y a la rebaja drástica de los impuestos durante los siguientes 10 años. Además de acceder a ello, el Rey pensó en favorecer más especialmente a esta ciudad, también avalada por los Mendoza ante su trono. Y así fue que se decidió la creación de esa gran fábrica de paños que para el abastecimiento de la administración estatal, y para la ciudadanía en general, se estaba necesitando.

Puso a su frente, a través del favorito cardenal Alberoni, al barón Juan Guillermo de Ripperdá, un holandés con gran don de gentes y que alcanzó en esos años la categoría de “favorito” de la reina Isabel de Farnesio. Durante unos pocos años, (entre 1715 y 1726) Ripperdá controló las finanzas y la maquinaria del Estado borbónico, siendo primero Secretario de Estado.

Aunque la Real Fábrica de Paños se estableció, en un principio, en 1717, en Aceca (Toledo), lo mal dispuesto de sus instalaciones hizo que se decidiera por contar con Guadalajara para su establecimiento real, cosa que ocurrió en 1719. Entonces llegaron los 50 operarios (con sus familias, y con sus telares) procedentes de Leiden, una ciudad holandesa muy cercana a Amsterdam. De entonces es la llegada a Guadalajara de las familias Fluiters, Vandelmer, y German, entre otras).

El movimiento de esta fábrica fue impresionante desde el primer momento: la ciudad creció, en habitantes, en edificios, en economía y buen pasar. Se crearon a mediados de siglo XVIII otras dos fábricas de paños (San Fernando junto al Jarama, y Brihuega junto al Tajuña) para que aportaran trabajadores a la gran producción de la capital. La fábrica se instaló en los edificios que habían servido de palacios a los marqueses de Montesclaros, frente al palacio de los duques del Infantado, rematando por el norte la plaza que se formaba ante dicho palacio. Se tuvo que ampliar con materiales sacados del ruinoso Alcázar, en el que luego hubo de ponerse una serie de anejas construcciones para dar cabida a la producción.

A mediados del siglo XVIII, cuando era controlada por las arcas reales, tomó el nombre de Real Fábrica de Sarguetas de San Carlos, y poco después, en 1757, los Cinco Gremios Mayores de Madrid pasaron a controlarla durante diez años mediante contrato con la monarquía. Dicen los cronistas de aquellos tiempos que “la prosperidad se instaló en la ciudad: se construyeron más casas y sus habitantes gozaron de una mejor calidad de vida disfrutando de buenos trajes y calzado. Viéndose que entre ellos había un evidente aire de satisfacción”. Desaparecieron por completo los ociosos, pobres y vagabundos, que antes abundaban, y en definitiva la fábrica llegó a dar trabajo a más de un millar de personas en un principio, llegando en unos años a casi cinco mil. Esta breve historia del inicio de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara viene a reafirmar esa idea, que para algunos es obvia, a nada que se analice el paso de los siglos sobre ella, de que Guadalajara es ciudad que anda a trompicones, tan pronto crece y todo se llena de alegría, como se para y mengua, se destruye y atasca…

En 1767 tomó de nuevo el propio Estado borbónico la dirección y administración de la Fábrica. De nuevo aumentó la producción, y todo fueron sonrisas, estadísticas al alza, y un buen nivel de vida. Hasta que llegó 1808, y con él los comienzos de la gran guerra contra los franceses, la Guerra de la Independencia. En ese año fue saqueada por los galos, aunque se mantuvo en funcionamiento, porque la administración josefina necesitaba sus productos, pero tras la guerra cerró definitivamente sus puertas, en 1822, quedando todo el mundo en paro y la fábrica en progresivo deterioro, hasta que en 1833 el Estado ayudó de nuevo a Guadalajara con la creación, y construcción sobre las antiguas ruinas de la Fábrica, de la Academia Militar del Arma de Ingenieros, que fue rehecha, sede de grandes figuras de la ciencia y la milicia, motor del nacimiento de la aerostación, y finalmente le tocó ver como, en 1924, la malaventura se cebaba nuevamente en ella por el incendio fortuito del edificio entero.

De esas ruinas, solo se conservó el picadero de caballos, y los edificios meridionales que servían para hacer ejercicios tácticos y prácticos a los cadetes. Rehecha parte del conjunto, muy a lo corto, fue sede de Archivos militares y del Colegio de las Religiosas Cristinas. Tras muchos años de vacío, en ese mismo lugar donde sucesivamente se elevaron los palacios de los Montesclaros, la Real Fábrica de Paños y la Academia General de Ingenieros y en los jardines de su alrededor frente al palacio del Infantado, va a establecerse parte de la Universidad de Alcalá de Henares, como centro de enseñanza superior, recuperándose el espacio, en vivo, para la ciudad.

Como anécdota, conviene recordar que fue en esta Real Fábrica de Paños de Guadalajara, y en 1733, cuando se produjo una gran conflicto laboral, que se ha considerado la primera huelga en nuestro país, y que ha sido estudiada con detenimiento por Aurora García Ballesteros y por Manuel Martín Galán. En realidad, el primer conflicto se produjo ya en 1719-20, cuando los holandeses pedían que siguiera su compatriota Ripperdá de director, pero es en 1733 cuando las razones y sistemática de la alteración cobran caracteres casi modernos, según lo estudia Enrique Alejandre Torija con mucho detalle en libros y artículos.

Ver más detalles sobre este centro fabril, que supone parte de la historia de la ciudad, en https://enwada.es/wiki/Real_Fábrica_de_Paños:_1822

Molina: piedras que hablan

Casa Grande del Obispo

La Casa Grande del Obispo Díaz de la Guerra, en Molina de Aragón.

Tiene el Señorío de Molina, comarca y territorio histórico, un denso pasado, cuajado de caminos, de aventuras ganaderas, de encuentros guerreros, de solemnes entradas y aparatosos edificios que daban idea de lo grandioso de la economía de sus dueños. Señales y aspavientos: pairones y casonas, eso es de lo que trato en estas líneas. Rescatando memorias, animando a que las conozcáis.

Los pairones molineses

He viajado mucho por Molina. He recorrido sus caminos (los de asfalto, y los de tierra sencilla) y he charlado con la gente con la que me he encontrado en ellos. Hace muchos años (en 1973 aproximadamente), hice un viaje a pie por los rayanos, por Milmarcos, Fuentelsaz, por Setiles y Alustante… y me fui encontrando en todas partes gente y pairones. Hoy solo quedan los segundos, porque los primeros, la gente, parece que ha desaparecido. Molina se está quedando desierta.

¿Y qué son los pairones molineses? El tío Domingo, de Setiles, me decía para qué servían: son como faros en medio de la llanura nevada. En invierno, cuando el frío es intenso y la nieve cubre por completo el paisaje, solamente quedan de referencia los pairones, que marcan los cruces de caminos. Y si se le pone una vela encendida a las Benditas Ánimas del Purgatorio, a las que la mayoría están dedicados, por la noche parecen brillar en la distancia, como pequeños faros…

Servían para otra cosa, más sutil y administrativa. Servían para marcar los límites de los municipios, para decir al caminante (durante siglos la gente fue, a pie, o en caballería, por los caminos de uno a otro pueblo) que salía de Cillas y entraba en Tortuera. O que llegaba a Tordesilos si había salido de Alustante. Eran estos “hitos” o “pairones“, como auténticos “altares de camino“, esbeltos y completamente tallados en piedra o reciamente construidos con ladrillo, surgiendo en los cruces de caminos, en los límites de los términos municipales, en lo alto de las colinas, junto a ermitas y pozos, o simplemente en medio de los campos de labor.

Se suelen rematar estas columnas pétreas, de pequeñas cruces de hierro forjado, o con hornacinas en las que aparecen azulejos con la imagen de San Roque, San Antón o las Ánimas del Purgatorio. El hecho de que siempre se pongan en cruces de cami­nos, a la vera de sendas o en el cambio de términos municipales, añadiendo la petición que sus polícromas cerámicas hacen de una oración por las almas de los difuntos, pudiera remontar su origen a las costumbres paganas, y romanas, de saludar con una frase la presencia de las tumbas de los antepasados, situadas normalmente en las orillas de los caminos.

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

 

De todos modos, y aunque existen pairones de antiguo origen, algunos de los siglos XV y XVI, la mayoría de ellos, tanto los muy populares como los más artísticos, son del siglo XVIII en adelante. Encontramos algunos verdaderamente hermosos en Tortuera, en Cubillejo del Sitio, en Rueda de la Sierra y en Anchuela del Pedregal. Servirán siempre para, al tiempo que recordar a los que nos precedieron por los caminos de la vida, saber de las costumbres hondas de las gentes molinesas, que en estos pétreos signos se reconocían como partículas de una ancha corriente vital y multisecular.

Para saber más de pairones, buscad este libro que editó Ibercaja en 1996: “Pairones del Señorío de Molina” y que escribió José Ramón López de los Mozos.

Las Casas Grandes molinesas

Tiene el Señorío de Molina unos 3.000 kilómetros cuadrados de extensión, y en él viven unas 10.000 personas. Si se hace, muy por encima, un cálculo de densidad poblacional, vemos que sale una cifra muy por debajo del índice de desertización. De lo que fuera una comarca (en sus inicios, territorio políticamente independiente de Castilla y Aragón, allá en la Edad Media) nutrida y rica, con mucha agricultura, bosques y ganadería, hoy solo queda un agónico espacio vacío, alto y frío, de anchos horizontes y pueblos silenciosos en los que destacan sus arquitecturas nobles, sus plazales dignos, sus fuentes bravas, y sus casas grandes.

Eran estas (a las que anteriormente yo había llamado “casonas molinesas” y para las que me hice miles de kilómetros buscando su silueta, identificando sus moles y escudos, aprendiendo la historia de sus constructores y habitantes) edificios que destinados a diferentes menesteres, teniendo en común su estampa recia, sus bien tallados muros, sus portalones generalmente rematados con escudos heráldicos, sus patios adosados, sus  escaleras amplias y una serie de características que les dan un rango de preeminencia sobre el resto de las edificaciones del entorno urbano o rural en que aparecen.

Estas casonas están construidas generalmente en los siglos XVII y XVIII, aunque las hay mucho más antiguas, expresión de otros modos de vida, más guerreros, de la Edad Media, frente a los residenciales de los tiempos modernos. Su estructura deriva claramente de las grandes casonas urbanas y fincas de labor del país vasco‑navarro. Ello se debe al hecho de haber llegado hasta el Señorío molinés, desde el siglo XVI en adelante, muchos inmi­grantes norteños, algunos de los cuales, una vez acaudalados agricultores o ganaderos, y con la prosapia de sangre que las gentes de la España verde suelen traer en sus arcas, pusieron la representación de su jerarquía, de su riqueza y de su linaje en forma de permanente arquitectura.

Aunque existen ejemplos de estas edificaciones en casi todos los pueblos del Señorío (y son más o menos unos ochenta), es destacable la abundancia de las mismas en la propia capital del Señorío, y en su franja septentrional, especialmente en las sesmas del Campo y del Pedregal, donde la riqueza emanada de la agricultura fue mucho mayor. Así, merecen visitarse los conjuntos de casonas existentes en Milmarcos, Hinojosa, Tartane­do, Setiles, Rueda, Tortuera y Embid, sin olvidar algunos magníficos ejemplares en El Pobo de Dueñas, Orea, Checa, Peralejos de las  Truchas y Valhermoso.

Todos estos elementos de una arquitectura autóctona muestran la reciedumbre de sus muros, la belleza de sus portones y ventanales, cuajados muchas veces de hierros artesanalmente trabajados, rematadas sus fachadas con orondos escudos de armas, y bien distribuidos sus interiores con zaguanes amplios, en ocasiones bellamente empedrados, escaleras sorprendentes, corra­les resguardados de altas tapias y, en definitiva, el aire en torno de la hidalguía antigua y reciamente hispana.

Para saber más de estos edificios, leer el libro que escribió Teodoro Alonso Concha titulado “Arquitectura popular en Tierra Molina. Destrucción y conservación”, y que fue editado en 2007 por la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha.

Escritores por la tierra de Guadalajara

Mañana sábado, en sesión de mañana, va a continuar en el Teatro Moderno la celebración del Encuentro “Guadalajara en la novela y en la historia” que ha organizado el Excmº Ayuntamiento de la ciudad como aportación cultural al mejor conocimiento de nuestras raíces. En un maratoniano encuentro de autores, y lectores, y en las sedes de la Biblioteca Municipal “José Antonio Suárez de Puga” y Teatro Moderno, una docena de autores comunicarán con su público lector.

En mi intervención de mañana, en el Ciclo o Encuentro “Guadalajara en la Novela y en la Historia” voy a poner sobre la mesa una veintena de autores que, desde la remota Edad Media a nuestros días han tenido a Guadalajara, ciudad y territorio, como base de sus operaciones literarias: bien escribiendo desde ella, bien escribiendo sobre ella.

Empezaré, porque irse más atrás es imposible, recordando a Pero Abbat, quien en el siglo XII escribiera el “Cantar de Mío Cid” poniendo al héroe castellano sobre los caminos de la Sierra y el Señorío de Molina. Este autor era un letrado, sabio y comedido, que habría desarrollado su vida en torno al Duero alto y los valles nacientes de Henares y Tajuña,

Seguiré con don Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, clérigo de artimañas y hermosas estrofas, que por el Henares vivió, pues era su sitio de nacimiento, el lugar donde descubrió el mundo, y donde trató de explicarlo. Y de ese descubrimiento, de las formas y de las gentes, de los antiguos escritores y los subidos tonos de poesía renaciente, es también destacado autor don Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, a quien dedicaré otro espacio -breve, como todos- que explique su figura y sus letras, siempre referidas a Guadalajara.

Después del Medievo, el Renacimiento llega, y sobre él cabalgando el Barroco. De esas épocas, a las que fundimos en un Siglo de Oro bien cuajado, surgen entre nosotros dos figuras, al menos, de relieve: uno es Luis Gálvez de Montalvo, poeta y novelista que ejerció de tal en la corte mendocina a la que llamaban “la Atenas alcarreña”, y a la que se unieron otros muchos poetas, tratadistas, cronistas y dramaturgos, pero a los que Gálvez representa en su conjunto. Más la señora de Ávila, doña Teresa de Jesús, la monja renovadora, indagadora de las entrañas del corazón, y fundadora de conventos, que tanto tuvo que decir en Pastrana.

El realismo del siglo XIX, el momento en que la modernidad llega a nuestras puertas, le pilla a Guadalajara deshabitada y despistada. En ella (que es ciudad y provincia anclada todavía en los tiempos medievales) se fijan algunos autores de primera línea para situar parte de sus novelas, aventuras increíbles, demostraciones pintorescas de universos contrapuestos a la corte madrileña, a los lujos astur-cántabros, a las elegancias barceloneses. Y por eso son Leopoldo Alas “Clarín”, don Benito Pérez Galdós y el rebelde Pío Baroja, quienes ponen en sus más célebres novelas a las gentes y los pueblos de Guadalajara: Atienza pasa por las páginas de Narváez, o por las de “La nave de los locos”, pero también es Sigüenza la que aparece en esta nómina de curiosidades, y aún la propia Guadalajara sirve para que Alas cree sobre ella una “Superchería”.

Heredaras esparto de marta marco

 

Las vanguardias filosóficas y antropológicas de un mundo que se estremece ven en las tierras alcarreñas y serranas una peana donde apoyarse. El filósofo José Ortega y Gasset en sus “Notas de Andar y Ver” retrata una serranía seguntina severa y seca, donde él mismo tiene la sensación de andar “sobre los hombros de un gigante”. Mientras que León Felipe refiere, en sus inicios poéticos, la emoción de vivir en Almonacid de Zorita, lugar al que llegó como farmacéutico hace ahora cien años, y al que mañana recordaré con uno de sus más hermosos poemas. De ellos, además, es apéndice, y muy destacado, el poeta de lo local y las emociones profundas, José Antonio Ochaita, uno de los más grandes (y menos reconocido) de la literatura española del siglo XX.

Novelistas que retratan momentos y situaciones históricas, no hay mucho en esta centuria pasada, pero sí puede destacarse al molinés (de Labros) Andrés Berlanga, que planta “La Gaznápira” en lo alto de la sociedad española (lo publica en 1989) y transmite el escalofrío de su anécdota a toda la sociedad, en un lamento que aún dura, porque su protagonista, la progresiva despoblación de la España interior, es un drama que aún sigue desangrando a nuestro país.

Más recientes son las figuras de otros grandes escritores, como el barcelonés José Luis Sampedro que a este foro llega por haber escrito “El río que nos lleva” en el que retrata un paisaje, y unas gentes, a las que hoy denominamos “El Alto Tajo”. Una novela universal, que desciende por bosques y pueblos diseccionando el alma humana. Y el torijano José María Alonso Gamo, Premio Nacional de Poesía, y cantor en versos de nuestros paisajes y nuestras memorias.

la españa de cela

 

Los más grandes del siglo XX, uno con Premio Nobel (Camilo José Cela) y otro con Premio Cervantes (Antonio Buero Vallejo), también será motivo de algún comentario por mi parte. Porque en ellos se refleja también Guadalajara y su tierra, de muy diversos modos. En el primero, a través de ese “Viaje a la Alcarria” y sus secuelas que puso a la comarca alcarreña en los mapas del mundo. Y porque vivió en El Clavín, y en Caspueñas, y en El Cañal, y se llevó en los ojos, que es como decir en el alma, para siempre esta tierra. En el segundo, porque siempre volvió, aunque desde lejos, a esta ciudad en la que nació y amó con sinceridad: el autor de “Historia de una escalera”, “En la ardiente oscuridad” y “El tragaluz” supo poner a Guadalajara en el pedestal que su pasaporte de bonhomía era capaz de levantar.Sacaré a relucir, finalmente, a dos figuras que, vivas y en situación de alta productiva, son hoy referente de Guadalajara en este ámbito de las letras y las historias. Porque ambas han sabido fundir letras y crónicas en libros que emocionan. Son Almudena de Arteaga y Antonio Pérez Henares. Ambos fabrican con su obra la esencia de la “novela histórica”, que es género tan en boga y al que todos aplaudimos porque nos da razón de nuestra existencia. Como diré en mi charla, creo que es precisamente Pérez Henares (“Chani” para los amigos de esta ciudad) quien trabaja con la esencia de la novela histórica, que es “la presentación de una historia ficticia, con personajes inventados y creados, en medio de una situación histórica muy concreta, bien definida, perfectamente descrita”. De Almudena, recuerdo aquí su gran novela sobre Doña Ana de Mendoza, la Princesa de Éboli, a la que han seguido una docena larga de novelas con figuras relevantes de la historia como protagonistas. Y de Antonio Pérez se hace difícil destacar alguna, cuando hay cosas tan hermosas como “El río de la lamia”, “El corazón del bisonte”, la trilogía de “Nublares” y, sobre todo, esas dos novelas que ponen la Edad Media castellana en el palpitar de la Alcarria: “La tierra de Alvar Fáñez” y “El rey pequeño”, ejemplos monumentales de cómo se escribe, como se cuenta y como se divulga la historia.
Con todos estos hilos, y alguno más que sacaré del tintero en el momento de la charla, pienso colaborar y dar sentido a este ciclo Cultural que nos ha traído el Ayuntamiento, en ejemplo claro de una actuación perfectamente diseñada y al alcance de todos: “Guadalajara en la novela y en la historia” podrá tener en estas palabras que mañana pronunciaré una justificación de ser, de repetir, de dar la oportunidad a la gente de leer para saber, y de entender para vivir.

Cinco Cronistas Provinciales

cinco cronistas provinciales de guadalajaraAunque parezcan salidos, la mayoría de ellos, de antiguos anaqueles cubiertos de polvo, yo creo que la esencia de la figura que encarnan sigue siendo la misma, porque tras ella late la querencia del terruño, la pasión por saber, el empeño por divulgar y proteger. Cinco cronistas provinciales, entre los que me cuentan, y su obra. Hay para leer un rato, y ejercer el sano deporte de aprender cosas nuevas.

Pasados los siglos (hay quien dice que oscuros) de la Edad Media, del teocentrismo y de la razón unánime del imperio monárquico, en los que la memoria histórica era dictada por una serie de Cronistas a sueldo de los reyes y de los magnates (¿alguien se acuerda de Alonso de Palencia, de  Bernal Díaz del Castillo, o de Hernando Pecha?), llegaron los tiempos del liberalismo y las reformas, y en una de esas (a mediados del siglo XIX) se creó la figura del Cronista Provincial, que sería nombrado, con carácter vitalicio, y sin remuneración alguna, por la respectiva Diputación Provincial, para que, ocupando el espectro de los antiguos cronistas reales, dieran fe en sus escritos, indagaciones, libros y comunicaciones, de lo que aconteciera en la provincia respectiva, haciendo historia de ella, defendiendo sus raíces y valores.

La Diputación de Guadalajara hizo su primer nombramiento de Cronista en 1875 (pronto se cumplirá el siglo y medio de ello) y lo hizo en la persona de don Juan-Catalina García López, un alcarreño que vivía en Madrid, donde ocupó puestos de responsabilidad en el Museo Arqueológico Nacional, y en la Universidad Central, ocupándose de numismática, bibliografía y saberes arqueológicos varios. Escribió algunos libros, en los que expuso con brillantez sus hondos saberes, fruto de una investigación permanente, vital, en Bibliotecas y Archivos, de tal manera que uno de sus frutos fue la gran obra “Biblioteca de Escritores de la provincia de Guadalajara y bibliografía de la misma hasta el siglo XIX” obra premiada en el Concurso Público de la Biblioteca Nacional en 1897 y luego impresa, al año siguiente, por cuenta del Estado, en la Imprenta de Ribadeneira. Una joya difícil hoy de encontrar. Además publicó “El libro de la provincia de Guadalajara”, más un rasgo histórico de la Virgen de la Antigua, un ensayo de Tipografía Complutense, los Aumentos a las “Relaciones Topográficas de Felipe II” donde se encuentra la raíz de la historia de muchos de nuestros pueblos, y el crucial estudio “La Alcarria en los dos primeros siglos de su reconquista” que le sirvió como discurso de toma posesión de su sillón en la Real Academia de la Historia. Hoy nos queda de don Juan Catalina García lópez, el nombre de una calle, en el centro de Guadalajara, y un retrato suyo en la Sala de Historia Local de la Biblioteca Pública Provincial del palacio de Dávalos.

Siguieron otros escritores e investigadores su senda, marcada siempre por la Diputación Provincial, atenta a ser representada, y apoyada, por gentes de saber y hacer. El siguiente, en 1911, a la muerte de García López, fue don Antonio Pareja Serrada (este de Brihuega) quien tuvo tiempo de escribir una gran historia de su pueblo, y recoger numerosas leyendas antiguas de la Alcarria.

Fallecido en 1925, pasó a ser Cronista Provincial don Manuel Serrano y Sanz, que venía precedido por la fama de sus investigaciones americanistas, y su prestigio como catedrático de Historia, primero en la Universidad de Zaragoza, y luego en la Central de Madrid. Cientos de escritos han dejado constancia de su saber, aunque hoy sean difíciles de encontrar, y algunos se hayan perdido.

A su muerte en 1932, la Diputación Provincial de Guadalajara consideró oportuno nombrar su Cronista a un médico, sobrino del anterior, natural de Luzón, llamado Francisco Layna Serrano, quien a pesar de seguir ejerciendo su profesión durante el resto de su vida, sacó el tiempo suficiente como para investigar cosas tan cruciales como la “Historia de la Ciudad de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI”, escribir una gran “Historia de Atienza” seguida de otra de Cifuentes, más indagar la historia de todos los castillos medievales de la provincia, de toda su arquitectura románica, y aún de desentrañar la historia, dato a dato, del palacio del Infantado. Cuajado todo ello, no solo de la edición, y reedición, de sus libros, sino de homenajes, títulos y aplausos, a los que sin duda se hizo merecedor don Francisco.

A su muerte, en 1971, la Diputación Provincial consideró que quien esto escribe podía hacerse cargo de la tarea de seguir aumentando los conocimientos históricos, de defender el patrimonio y de difundir a todos los niveles (y más en tiempos modernos con elementos comunicativos más expresivos) los valores y las esencias de la provincia de Guadalajara. En eso estoy todavía.

Una antología de los Cinco Cronistas Provinciales

Tras este preámbulo, vengo hoy a comentar la aparición de un libro que me ha llenado de alegría, al ver cómo un equipo de jóvenes investigadores se ha dedicado a recopilar, con brevedad, y certeza, las vidas y obras de todos y cada uno de estos cronistas provinciales de Guadalajara. Los integrantes del “Equipo Paraninfo” de la Universidad de Alcalá, ha dedicado las primeras 32 páginas de su libro titulado “Cinco Cronistas Provinciales” a la referencia de la vida, y a la anotación de la obra, de cada uno de ellos, por orden cronológico de ocupación del cargo.

Después, el resto de la publicación, mucho más amplio, va dedicado a la publicación, en plan antológico, de cinco piezas literarias/históricas/explicativas de temas relacionados con la provincia, una por cada uno de los cronistas. Creo que esto tiene un valor singular, y de ahí mi aplauso. Relaciono brevemente los temas que se exponen en este libro, todos ellos sacados de viejas publicaciones semiperdidas,

De Juan Catalina García López se rescata “Los sellos medievales de Guadalajara” que apareció en el libro “Biblioteca Patria. Vuelos Arqueológicos” publicado en memoria del cronista, y a su muerte, en 1911.

De Antonio Pareja Serrada, aparece “Leyendas briocenses” publicadas en diversos números de la Revista “El Briocense” entre 1907 y 1910.

De Manuel Serrano Sanz se reproduce el casi inencontrable estudio sobre “Pedro Ruiz de Alcaraz, iluminado alcarreño del siglo XVI” que se publicó en la Revista de Archivos, Bibliotecas  y Museos en 1901.

De Francisco Layna Serrano aparece el también raro estudio en el que descubre los grabados de la Cueva de los Casares y que publica en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones de 1933 bajo el título “El poblado ibérico, el castro y la caverna prehistórica con relieves en la Riba de Saelices”.

En representación de mis escritos (llevo más de 80 libros publicados y varios miles de artículos en estas páginas de “Nueva Alcarria”), los del Equipo Paraninfo han elegido como muy representativo el estudio sobre “La portada de Santiago en Cifuentes”, publicado en la obra “Iconografía románica en Guadalajara” de 2014.

Me es difícil hacer aquí el panegírico de estos personajes, -todos ellos historiadores, escritores, divulgadores y defensores del patrimonio de Guadalajara- por lo que me toca, al estar incluido en su nómina. Pero olvidando mi presencia, de los demás debo decir que han sido, y lo seguirá siendo en siglos futuros, una suerte haberlos tenido de Cronistas Provinciales, porque a través de su dedicación, de sus investigaciones, de sus escritos y publicaciones, hemos podido llegar a entender mejor esta tierra. Y creo que, hacia el futuro, quien viva en ella y no la entienda, ni la conozca en su rica variedad de historia, monumentos y fiestas, no podrá hacer mayor cosa por ella. Solo se ama lo que se conoce (es frase que he repetido hasta la saciedad) y por eso debo dedicar mi aplauso a estos cronistas que me precedieron, por habérmela dado a conocer, y a estos jóvenes del Equipo Paraninfo por haber sacado a la luz pública sus figuras y algo, -vivo y palpitante-, de sus obras.

Viaje a los pueblos que ya no lo son

Despoblado de MorenglosDesde la Edad Media hasta hoy, se cuentan en nuestra provincia más de 500 lugares las características de pueblos abandonados, despoblados y olvidados. El viajero se ha decidido a poner aquí, en brevedad mayúscula, cinco de ellos. Hay más, muchos más, por descubrir y visitar.

Por una vez dejamos las carreteras señaladas en los mapas, renunciamos a visitar los pueblos, sus plazas, sus templos y sus hontanares sonoros, y nos vamos a visitar esa otra Guadalajara inmensa, atónita, y silenciosa, que yace perdida entre los recovecos de la geografía provincial: nos vamos a ver despoblados, lugares donde hubo alguna vez un pueblo, y que tras el ataque de una peste, de una plaga o de una contingencia atmosférica ó social, quedó vacío de habitantes, y empezó a hundirse.

Morenglos

En los páramos de la tierra atencina, cerca de la villa de Alcolea de las Peñas, se pueden visitar los restos de un antiguo poblado al que hoy todavía se conoce con su primitivo nombre. Es Morenglos. Un lugar impresionante y misterioso, que ofrece en cada ángulo de su breve extensión la oferta de un origen remoto y el misterio de su estructura permite elucubrar sobre sus funciones.

El centro del lugar es una roca contundente, caliza, muy firme, que surge aislada sobre un valle alto de erosión. En lo alto de la roca hubo un templo, de construcción medieval sin duda, de estilo románico, del que solo queda en pie la espadaña, pero en la que se adivina el arranque de su triangular remate con los huecos para las campanas. En las piedras de su muro occidental se ven numerosas marcas de cantería.

Repartidas sobre la superficie de la roca, aparecen numerosas tumbas talladas en ella, todas de origen medieval, unas grandes, y otras muy pequeñas, de niños, sin duda. Están orientadas, dentro de un indudable rito cristiano. Y lo más curioso aún del despoblado de Morenglos, al que aún nadie ha dado la importancia que el lugar merece, es la suma de cuevas y cavidades artificiales que hay excavadas en la roca que sustenta el conjunto. Esas cuevas, profundas algunas, altas y espaciosas, talladas hace muchos siglos, tuvieron la misión de resguardar de las inclemencias del tiempo a los habitantes iniciales del lugar ¿Fue eremitorio? ¿Lugar de prácticas religiosas, o sagradas? ¿Resguardos de caza, o de pastores? En todo caso, Morenglos es hoy uno de los espacios que más llaman la atención en este conjunto de más de 500 despoblados que López de los Mozos y Ranz Yubero han estudiado en la provincia.

La Golosa

Caminando por la Alcarria pura de Fuentelencina y Berninches, sobre el páramo que se asoma a los hondos y pacíficos valles de la tierra alcarreña, ahora verdes a rabiar en esta primavera espléndida, se encuentran los viajeros con el despoblado de La Golosa, un lugar que, como tantos otros, dicen que se comieron las termitas, pero que en realidad (y está documentado) se despobló tras la Peste Negra de mediado el siglo XIV. Sus habitantes, los que quedaran tras la epidemia, decidieron fundir su término con el de Berninches. Hoy queda, aislada entre los pedazos de tierra en barbecho y cereal granando, la silueta espléndida de su iglesia románica, en la que aún se ven sus altos muros (le falta la techumbre) y la planta alargada con semicircular ábside, además de la portada de arcos de medio punto sostenida sobre capiteles de decoración vegetal. Muy leves son los restos que en el entorno quedan de casas y edificios, pero aún se columbran, y más en vista desde satélite. La Golosa es ejemplo magnífico de despoblado medieval con huellas fehacientes e historia documentada.

La Torre de los Moros de Luzón

Otro de los lugares despoblados a los que merece la pena ir es a la “Torre de los Moros” en término de Luzón. Desde la villa, donde se puede aparcar el coche, se baja andando por camino cómodo, y junto al río Tajuña que acaba de nacer, hasta llegar a un estrechamiento del valle, que se abriga de alzados rocosos en sus laterales. A la derecha, en el costado norte, surge una torre antigua, de piedras bastas y color rojizo, a la que llaman “Torre de los Moros”. Es de planta cuadrada y no tiene vanos de ningún tipo: debía ser simplemente de vigilancia. En su torno se ven restos de antiguas construcciones, constitutivas de un poblado que sin duda existió, y tuvo vida.

Frente a la torre, en el costado sur del valle, otras ruinas se alzan, pero estas son de castro celtibérico, uno de los mejores que pueden verse en la provincia. Ya estudiado por Valiente Malla en su obra sobre la Arqueología provincial, el castro de La Cerca impone por la monumentalidad de sus muros. El lugar, hermoso y bucólico, debió ser siempre muy poblado, desde antiquísimos tiempos.

San Marcos

Al despoblado de San Marcos, o de la Santa Fe, en término de Aldeanueva de Guadalajara, se llega con vehículo todoterreno por caminos cómodos desde la carretera que va de Centenera a Atanzón. Desde la distancia se distingue la masa arquitectónica de su antigua iglesia. Un gran ábside, de piedras y ladrillos, poligonal, se conjugaba con la torre, de la que quedan las basamentas. Hay quien lo llama “Centenera la Vieja” o “Centeneruela”. El caso es que desde su altura, en el borde de la meseta, se divisa un breve valle por el que discurre el arroyo Matayeguas. Este despoblado, mencionado en 1752 y en el Diccionario Geográfico de Madoz (1849) del que dicen Ranz, López y Remartínez que aquí venían los monjes jerónimos de Lupiana a decir misa es también muy llamativo y claro exponente de lo que son este grupo (medio millar, nada menos) de despoblados de nuestra provincia.

Por los páramos trigueños de la sesma del Campo, se encuentran muchos despoblados, breve muestra de la abundante secuencia de pueblos que tuvo el Señorío de Molina en tiempos medievales. El de Chilluentes está hoy, cómodo de alcanzar, entre Tartanedo y Concha. Sobre una leve costanilla alzada como un altar antiguo sobre los trigos aún verdes, se ve la gran torre vigía del lugar, enorme (más de 14 metros tiene) y con una disposición de sus piedras basales que recuerda lo islámico. Sus muros interiores aún muestran las huellas de vigas y construcciones habitadas. Cerca de ella, se alza entera la iglesia de origen románico. Hace ya muchos años que pasé por allí y pude fotografiar y dibujar esta iglesia y sus detalles. Hoy ha sido expoliada, y de su ventanal central del ábside, ilustrado con dibujos tallados en el siglo XII, nada queda. En el entorno se ven muchos restos de edificios, mínima expresión de aquel pueblo que fue, y ya es vaho.

En el término de Villaverde del Ducado, aunque la mejor forma de llegar a él es desde Luzaga, quedan los restos de un despoblado al que los antiguos denominaron “Portiella”. Estaba subido en alta roca vigilante de un estrecho valle que discurre desde los altos de Alcolea hacia el Tajuña, y de él quedan pocos montones de piedra aquí y allá diseminados, y su vieja iglesia románica, que se mantuvo siempre dedicada a la memoria de San Bartolomé y hoy ha sido incluso restaurada y da gusto verla.

Hace unos años que el tándem formado por Ranz Yubero, López de los Mozos y Remartínez Maestro escribió un libro capital titulado “Despoblados de la provincia de Guadalajara” y que editado por la Caja de Ahorro Provincial de Guadalajara, apenas alcanzó difusión. Justo es que en este momento en que se ha rendido homenaje a López de los Mozos con motivo de la aparición de su libro póstumo, le recordemos al final de estas líneas, que quieren emocionar y alentar viajes y descubrimientos.