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La trompa de la Catedral de Sigüenza

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Acabando ahora su recorrido el 850 Aniversario de la consagración de la catedral de Sigüenza, y en su Año Jubilar, quiero dedicar un breve recuerdo a una de las obras de arte más luminosas del templo, a pesar de estar el alto, y escondida a las miradas. Es la trompa oriental, un mundo de piedra quye habla y expresa.

Otras veces he dicho que la catedral de Sigüenza es como un baúl antiguo lleno de sorpresas, de joyas, de alegrías devotas. De entre los mil aparejos que salen de ese baúl destaco uno. Está como escondido, en oscuridad, pero tiene tanto latido, tiene tan clara voz, que no me resisto a ponerlo aquí, entre este centenar de mensajes recogidos.

Me estoy refiriendo a la trompa oriental de esta catedral. Un detalle que poco abulta, pero que algunos buenos conocedores de la catedral y del arte románico provincial saben que es verdaderamente clave para la apreciación total de esta temática.

Porque el románico ofrece, como arquitectura, unas formas externas (espadañas, ábsides y portadas) y unas internas (naves, espacios, presbiterios) que le dan carácter y nos permiten clasificarlo, agrupar los monumentos en diversos tipos, en áreas de influencia, en talleres de trabajo, etc. Pero también nos da el arte del Medievo una palabra más en susurro, pero no menos explícita, como es la que nos llega desde los capiteles, desde los canecillos, desde los arcos tallados de las entradas: la iconografía, en suma, que vuelca ante nuestros ojos el mensaje simbólico del hombre medieval.

Y dentro de ese bloque iconográfico del románico de Guadalajara, que aunque no muy denso, sí reúne elementos de subido interés, nos detenemos aquí a analizar la propuesta moralizante que un ignoto clérigo de finales del siglo XII cuajó en una serie de figuras puestas, y talladas con maestría, en el hueco que forma la trompa de la bóveda creada en el ángulo suroriental del crucero catedralicio de Sigüenza.

Está formada dicha trompa por dos arcos, que apoyan sobre sendas ménsulas, y que albergan en su centro un trompillón. Los dos arcos se cubren de tallas de figuras que ahora comentaré, y las ménsulas de apoyo son cabezas, femenina una, monstruosa la otra, y masculinas las dos restantes. El arco más externo presenta cuatro figuras. De izquierda a derecha consideradas se ve primero una figura femenina que tiene sobre sus rodillas apoyada otra figura como de niño, muy pequeña. A continuación aparece un acróbata o saltimbanqui que lanza palos al aire y los pasa por debajo de las piernas. Y finalmente otra figura femenina, vestida solemnemente con un brial y un gran manto sujetado por cinturón, que tiene entre sus manos un instrumento musical que parece una pandereta grande de forma cuadrada. El arco más interno de esta trompa seguntina presenta de cuerpo entero otras dos figuras de músicos que arrancan sonidos e interpretan música sobre los instrumentos de cuerda que sostienen entre sus manos: uno de ellos lo apoya sobre el hombro izquierdo, y el otro entre las piernas. Son instrumentos parecidos a vihuelas.

Estos arcos se apoyan en sus extremos sobre sendas cabezas. Las que sujetan el arco externo son a la izquierda un hombre con poblada barba, de aspecto apacible y bondadoso, y a la derecha un terrible monstruo que devora a un pequeño ser humano (un Leviatán muy caracterizado). El arco interno se sujeta a la izquierda por la cabeza de una mujer que se cubre de un velo todo el pelo, también con apariencia de virtuosa, y a la derecha por un rostro negroide, de pelo ensortijado y labios muy abultados (el negro como demonio).

En el trompillón, dos apacibles figuras de ancianos sentados y dormidos apoyando sus cabezas sobre sus manos.

 

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A pesar de la brevedad de este muestrario iconográfico románico, se funden en su estructura una serie de ideas maestras en la escultura simbólica medieval. De un lado, la representación de ese mundo de espectáculo y vanidad que son los acróbatas, los músicos y las cantantes que les acompañan. El hombre que centra el arco superior hace auténticos malabarismos con unos palos que lanza al aire, y en el inferior dos figuras se dedican a tocar instrumentos, mientras que arriba otra mujer toca el pandero y otra entretiene a su hijo. En cualquier caso, es una polimorfa representación del mundo civil irreligioso que sólo piensa en la fiesta y en la diversión, antítesis del ideal cristiano, espiritual y litúrgico.

Las ménsulas sobre las que apoyan los arcos son representaciones de seres. Ahí están equilibradas las dos tendencias que al hombre medieval se le ofrecen. De una parte, dos cabezas (femenina y masculina) de serena apariencia y exponentes de un comportamiento cristiano. De otra, el Leviatán engullidor de almas y el Diablo de negroide aspecto, ambos exponentes del mal y los peligros que éste genera.

Bajo tal cúmulo de contradicciones y enfrentadas posibilidades, dos seres humanos, ya viejos, meditan o duermen. A ellos es a los que se propone la varia lección de arriba: la consideración del Bien y el Mal, tanto en la tierra como en el Más Allá después de la muerte. Y la necesidad de vigilar, de meditar, de no dormirse ante los peligros. Es, en cualquier caso, una equilibrada muestra de la iconografía moralizante del románico castellano, de neta influencia francesa, pues decoración tan prolija en trompas eclesiásticas no son muy frecuentes en el estilo románico de nuestro país. Esta de Sigüenza es un ejemplar verdaderamente singular, que marca con nitidez la fuerza del arte en nuestras tierras, y en épocas tan remotas con la plena Edad Media, esa época de nacimientos, de proyectos, de seguras convicciones.

En Valencia frente al mausoleo de Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza

rodrigo diaz de vivar y mendoza

He podido pasar, por fin, después de haberlo intentado varias veces, al interior del antiguo convento de Santo Domingo (que hoy es Capitanía General)  en Valencia. Y allí en su iglesia, en la capilla real dedicada a los Tres Reyes Magos, he admirado el mausoleo del hijo mayor del Cardenal Mendoza, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, primer marqués de Cenete, y de su segunda esposa, a la que de verdad quiso, madre de sus hijas, doña María de Fonseca. En otra parte de la capilla, hay otra lápida, si cabe más emocionante. Rigurosa y simple, pero con la solemnidad del tiempo sobre el mármol duro: la lápida mortuoria de la hija de ambos, doña Mencía de Mendoza y Fonseca, una de las primeras mujeres humanistas, cultas, protectoras del arte y la literatura…

El enterramiento del marqués de Cenete

En 1554, doña Mencía de Mendoza (hija de don Rodrigo y doña María) mandó labrar en Génova un gran sepulcro en mármol blanco de Paros para sus padres. En el centro de la capilla se colocó, sobre un basamento decorado con ángeles en las esquinas, roleos y carteles tallados, una cama en la que yacen dos figuras: la del varón, revestido con armadura y espada y el yelmo a sus pies; la de la fémina, sosteniendo sobre el pecho un libro de oraciones. Con calaveras en los laterales. Y estas inscripciones (traducidas del latín) en la basamenta: «A don Rodrigo de Mendoza, marqués de Zenete, padre de doña Mencía de Zenete, varón esclarecido. Murió en 22 de noviembre de 1523. A doña María Fonseca de Toledo, marquesa de Zenete, madre de doña Mencía de Mendoza, esclarecida dama. Murió en 16 de agosto de 1521».

Pero en esa capilla está también enterrada la fervorosa hija, que prefirió una simple placa con la talla de sus emblemas heráldicos, y una larga y profusa leyenda en latín, según vemos en fotografía junto a estas líneas.

El monumento funerario de don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza y su esposa doña María de Fonseca, fue diseñado y labrado en Italia. La traza es de Juan Bautista Castello, el Bergamasco, y la talla de Giovanni Ursolini e Gio, sobre mármol de la región de Como. Unas cuantas fotografías de este impresionante monumento funerario acompañan estas líneas.

Unas pinceladas biográficas

Después de ver ese mausoleo, solemne y frío, pero cargado de emoción para quienes valoramos la historia de quienes allí están enterrados, conviene saber algo más, solo un pequeño apunte, del personaje / los personajes que intentan hablarnos desde su fría talla.

Realmente la historia de don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, podría dar para escribirla en formato de novela, que sin duda atraparía con su secuencia de sorprendentes y continuadas sorpresas la atención de cualquier lector. Era hijo mayor de don Pedro González de Mendoza, Cardenal de España, Canciller mayor del Reino de Castilla con los Reyes Católicos, su apoyo en las batallas, en los descubrimientos y en las proezas, y enamorado de Mencía de Lemos, una dama portuguesa que vino en la compaña de la que sería reina por esposa de Enrique IV, doña Juana de Portugal. Con ella tuvo don Pedro dos hijos varones (Rodrigo y Diego) a los que los Reyes reconocieron oficialmente, dándoles doña Isabel el título de “los bellos pecados del Cardenal” y con Inés de Tovar luego un tercero, don Juan Hurtado.

El mayor, nuestro personaje, se hizo legendario en vida, por su hermosura, su carácter abierto, valiente, generoso, único. De él dice el clásico: «Su persona fue tal e de tan linda disposición que ninguno he visto yo tan bien dispuesto, ni tan galán ni tan agraciado en cuanto hacía, ni tan pulido y gentil cortesano. ¡Qué afabilidad, qué lengua y qué hermoso hombre! Y en todo de más extremada ventaja a todos los otros mancebos de su prosapia. A pesar de todo esto, era tenido por travieso e mal sesado».

De su padre recibió el regalo de Jadraque, en cuya altura se construyó un palacio en el que palpitaba la belleza del Renacimiento. Le crearon el título de “Conde del Cid” y su padre aún le regaló el castillo palacio de La Calahorra, para que pudiera subir también al alto cerro que coronaba la comarca cuyo marquesado había conseguido de los Reyes: el Cenete, al norte de Sierra Nevada.

Rodrigo fue valiente capitán en las batallas de la última Reconquista, la de Granada. Y fue embajador en Italia, y en otras partes. Su padre quiso para él los altos honores que en el Lacio a él le habían sido negados. Si don Pedro no pudo llegar a Sumo Pontífice, trató de casar a su hijo con Lucrecia Borgia, la fantástica hija del papa Alejandro. Al final, se torció la empresa.

De sus amores, mejor pasar rápido, y en puntillas. Le designaron por esposa a la hija del duque de Medinaceli, doña Leonor de la Cerda, a la que llevó al castillo jadraqueño, y la dejó sola, mientras él se iba a Italia, con el Gran Capitán… murió muy pronto la joven Leonor, quizás tras enterarse que su marido andaba ya prendado de otra, doña María de Fonseca y Toledo, con la que vivió aventuras sin cuento, por ella fue encarcelado, deportado, y luego aventurado a raptarla y llevarla al castillo de Jadraque, donde pudo al fin tenerla como esposa legítima.

De ese matrimonio nacieron cuatro hijas, siendo la mayor doña Mencía [de Mendoza], quien heredó el gusto de sus padres por el arte y la cultura, de tal modo que ha sido considerada, al contemplar entera su larga vida, una de las mujeres que más destacó en esos ambientes en el siglo XVI. Casada primero con Enrique III de Nassau-Breda, y tras vivir con él en los Países Bajos, volvió a casarse, tras quedar viuda, con don Fernando de Aragón, duque de Calabria y Virrey de Valencia. Protegió artistas y acaudaló una colección enorme de obras de arte.

Don Rodrigo tuvo que vivir aún momentos difíciles, tras ser nombrado por el emperador Carlos Capitán General del Reino de Valencia, cuando en 1521 se produjo el levantamiento de las Germanías. Gracias a la ayuda de su hermano Diego, entre ambos contuvieron aquella auténtica revolución. Durante ella, murió la esposa de don Rodrigo, María de Fonseca, y él ya cansado, no mayor, pero muy triste, se fue también al otro mundo, en 1523. Sería su hija Mencía quien habilitara los papeles, y los mandatos, para que, andando los años pudieran contar con un apoyo de mármol en el que mantener eterno el amor que se juraron muchas veces.

Del hermano de don Rodrigo también conviene decir algo, aunque breve: Diego de Mendoza colaboró en los ejércitos hispanos por Italia, junto al Gran Capitán, ganando el título de Príncipe de Mélito (una localidad del reino de Nápoles) en 1506. Fue nombrado primer capitán general del Reino de Valencia colaborando con su hermano en la revuelta de las Germanías. Se casó con doña Ana de la Cerda y Castro, hermana de la primera mujer de Rodrigo, y nieta suya fue doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que llegaría a obtener el ducado de Pastrana y ser Princesa de Éboli.

planeta mendoza

La verdad es que, en punto a genealogía, y a sorpresas y aventuras por toda España de los Mendoza originarios de Álava y en Guadalajara asentados, podríamos estar hablando horas y horas. Para centrarse mejor, con índices y capítulos bien medidos, yo aconsejo hacerse (como si de libro de cabecera se tratase) con el “Planeta Mendoza” de José Luis García de Paz, donde está todo (con aventuras y bibliografía incluidas) sobre los famosos personajes de nuestra tierra. De los que esta vez hemos conseguido encontrar a algunos de ellos en una recóndita capilla de un convento valenciano.

 

Museos de Castilla La Mancha

Museo Nacional de Teatro en Almagri

Hoy hace ocho años que el gobierno de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha me concedió el honor, que me supera, de nombrarme Hijo Predilecto de Castilla-La Mancha. Al parecer lo hicieron por considerar que había empleado una parte considerable de mi tiempo al estudio y divulgación del patrimonio histórico-artístico de la Región. En realidad, ese ha sido uno de mis empeños personales. Me doy por muy satisfecho que así lo hayan reconocido.

Por eso hoy quiero -en este nuevo “Día de la Región de Castilla-La Mancha”-, encomiar parte de ese patrimonio, y animar a todos a que lo conozcan, recorriendo sus pueblos, recalando en sus museos. Con esa intención escribí hace años, junto a José María Ferrer, un voluminoso libro que titulamos “Museos de Castilla-La Mancha” y del que hago ahora memoria, porque formó parte de un proyecto que ambos entendimos se sustentaba en el creciente interés de la población por conocer en su dimensión más absoluta el patrimonio heredado de sus antecesores en esta comunidad regional,  en este antiguo reino de Toledoal que hoy se han sumado algunas comarcas orientales y territorios serranos, y que ya están enmarcados en un proyecto común de convivencia y de perspectiva unitaria.

Tras haber recopilado todo lo más interesante de los castillos, los palacios, las plazas, los ayuntamientos, los monasterios, los rollos y picotas, y los tapices de la Región, nos decidimos ir a sus museos. En los que encontramos un patrimonio sorprendente, numeroso, bello y aleccionador como el que contienen los casi doscientos museos vivos que Castilla-La Mancha tiene abiertos hoy en día.

Recogíamos en este libro el denso contenido de estas instituciones, que van desde los clásicos museos arqueológicos y artísticos, esencia de la museística, almacén de piezas que a todos pertenecen por únicas y explicativas de la historia y el arte de un lugar, hasta los museos etnográficos, en los que se recogen piezas de la cultura popular de cada pueblo, elementos de la vida cotidiana de siglos anteriores, y que puede decirse que son muy parecidos, por no decir iguales, en la mayoría de ellos. Pero que suponen la evidencia de un interés plausible por que no se pierda la esencia de un pueblo y de unos modos de vida. Un bloque muy notable lo forman los museos dedicados a figuras literarias ligadas al territorio: Fernando de Rojas, Cervantes, Quevedo, Cela y sus obras, La Celestina (en Puebla de Montalbán), El Quijote (en Ciudad Real, Esquivias y El Toboso), El Buscón (en Villanueva de los Infantes y Torre de Juan Abad), El Viaje a la Alcarria (en Torija). También son numerosos los dedicados a los artistas nacidos o afincados en la región: el ceramista Ruiz de Luna (Talavera), los escultores Victorio Macho (Toledo) y Francisco Sobrino (Guadalajara), más los pintores como El Greco (Toledo), López Villaseñor (Ciudad Real), Gregorio Prieto (Valdepeñas), Alfredo Palmero (Almodóvar del Campo), López Torres (Tomelloso), Guerrero Malagón (Urda). Destacables son también las iniciativas de coleccionistas como Antonio Pérez para crear su propio museo en Cuenca y la cesión de la mayor parte de la riquísima colección de cerámica de Vicente Carranza a Toledo y a Daimiel. No faltan interesantes proyectos relacionados con la arqueología industrial (en Puertollano y en Almadén), así como otros museos especializados dedicados a los toros, al ferrocarril, a las navajas, a la alfarería, a los rosarios,…

En Castilla-La Mancha hay también otros espacios que atesoran un rico tesoro artístico, aunque sin tener en la puerta el rótulo de Museo. Hemos incluido en este grupo algunos conventos y templos de la ciudad de Toledo. También se da escueta noticia de Parques Arqueológicos, Centros de Interpretación y Parques Naturales, que las normas internacionales califican también como museos, así como otros pequeños museos o colecciones, que no dejan de tener interés, aunque sin duda, su oferta es más modesta o de interés más restringido.

Como ocurre en el conjunto español, la mayor parte de los museos y colecciones en Castilla La Mancha son de titularidad pública. De ellos hay 17 centros de la Administración Central, de los cuales 6 los gestionan directamente los ministerios de Cultura y Defensa, y otros 11 son gestionados por la Junta de Comunidades; son éstos los antiguos museos provinciales y algunos otros especializados que funcionan como sus filiales. De otros 7 museos corresponde su titularidad y gestión a la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, entre los que destaca el Museo de las Ciencias de Castilla La Mancha, con sede en Cuenca. El grueso numérico de los museos públicos corresponde a las colecciones de iniciativa municipal con 83 instalaciones, casi todas ellas dedicadas a la etnografía y antropología. De los museos del sector privado, 32 corresponden a la Iglesia (catedralicios, diocesanos, parroquiales) y 33 a fundaciones y otros titulares y asociaciones. Estos son los datos oficiales; pero nosotros hemos dejado a un lado algunos hoy no visitables y por el contrario hemos incluido otros no recogidos en la estadística, cuyo interés artístico está fuera de duda, pese a que no se ajustan a los esquemas reglamentarios.

Porque este acopio de noticias sobre museos no tiene tan sólo la intención del catálogo y la referencia para otros estudios o búsquedas, sino que espera servir de guía multifacética para los viajeros que, cada vez en mayor número, hacen de Castilla-La Mancha su destino de fin de semana, de día de fiesta, en orden a mejor conocer tan ancha y espléndida tierra.

Nuestros Museos preferidos

De los casi doscientos espacios que catalogados como museos incluíamos en dicho libro, es cierto que algunos son especialmente preferidos, por varias razones, que brevemente explico.

Por decir algo del mejor montado, con mayor contenido documental y diversidad de aspectos que le hacen único en España, tiene que ser mencionado el Museo Nacional de Teatro de Almagro. Creado a finales del siglo XIX, se ha ido incrementando con el paso de los años gracias a donaciones de artistas, autores, aficionados… su última, y esperemos que definitiva ubicación, en el palacio de los maestres de la Orden de Calatrava de Almagro, en la plaza mayor de esta ciudad manchega, y frente al Corral de Comedias, en un edificio diseñado para la función que realiza, es todo un ejemplo de Museo con mayúsculas. En Valdepeñas no hay que perderse la Fundación Gregorio Prieto con obras del artista y piezas de su colección en una preciosa casona rehabilitada, y los amantes del arte contemporáneo no deben dejar de visitar el Museo Municipal, donde figura una amplia selección de las obras premiadas de nuestros mejores artistas del último medio siglo. Les encantará también el nuevo museo Comarcal de Daimiel y, en la capital, el museo de Ciudad Real con una espléndida colección arqueológica y la sorprendente exposición permanente “Hace tres millones de años”.

En Guadalajara y más en concreto en la villa medieval de Atienza, le han surgido a la población, de apenas 500 habitantes, cuatro museos extraordinarios, que son tres de ellos dedicados al arte parroquial (San Gil, la Trinidad y San Bartolomé) y otro de ellos dedicado a la “Vida Tradicional” de la provincia. Gracias a personas cono Agustín González y José Antonio Alonso, han nacido y se conservan.

En Cuenca saltan los museos de la naturaleza y del arte moderno. En la capital, nos quedamos con el emblema mejor de la moderna dimensión del arte español: su Museo de Arte Abstracto, generado desde Zóbel hasta los más recientes nombres y dinamizadores del espacio, que además asienta en un lugar privilegiado, único, como son las Casas Colgantes de Cuenca. Un poco más arriba de la roca que es Patrimonio de la Humanidad toda, está el laberinto conventual y rompedor de Antonio Pérez, cuya fundación, hecha de cuadros, objetos encontrados y libros, es otro ejemplo de arte museificado, sorpresa y cuestión permanente para el visitante. Aún en Cuenca, en la Huete alcarreña, con varios museos por sus calles, destacamos la Fundación Florencio de la Fuente, en la que se han encontrado dos dinámicas generosas: la del donante de tanta obra de arte, y la del Ayuntamiento que ha restaurado y puesto a disposición un gran edificio histórico como es el antiguo convento de los mercedarios optenses.

En Toledo resulta difícil espigar sólo unos ejemplos. Puestos a señalar, hemos de apuntar la sorpresa de la recuperación -como visita cultural- al templo de los Jesuitas, el nuevo montaje de la encantadora Casa Museo de Victorio Macho, la soberbia colección de cerámica de la Colección Carranza expuesta en salas del Museo de Santa Cruz, las visitas a mundos tan herméticos como son los conventos de clausura (unos abiertos con horario de visita y otros que requieren la complicidad de las monjitas para visitar el templo y algunos otros espacios habitualmente acotados). También son ahora posibles algunas visitas nocturnas aprovechando las soberbias iluminaciones del cuadro del Entierro del Conde de Orgaz o del monasterio de San Juan de los Reyes, sin descartar el componente turístico de las visitas que nos permitirá en algunos casos (San Román, Santo Tomé, Jesuitas) contemplar la ciudad de Toledo desde las alturas de sus torres.

Esa perspectiva se acrecienta con el siempre vivo Museo de Santa Cruz, el remodelado Taller del Moro y el grandioso Museo del Ejército, todos ellos en Toledo, así como las colecciones de Bellas Artes del Museo de Ciudad Real en la nueva sede del antiguo convento de la Merced.

Quizás suenen estas palabras, –de preferencia personal acerca de un conjunto de centros y espacios con múltiples valores–, un tanto aldeanas y cortas de vista. Si uno se adentra, y los autores de la recopilación museística que comento no lo hemos hecho, en la consideración científica y universal del fenómeno museístico, todo lo que aparece en esa obra no sea más que un folleto monumental explicativo de todos y cada uno de los museos existentes en este pequeño espacio de Europa que se denomina Castilla-La Mancha, con una formulación a su vez un tanto miope o estrábica. Porque los teorizantes de la cuestión, han quedado de acuerdo en que la Museología es una «ciencia social» que no sólo produce un enfrentamiento dialéctico público-museo, sino que trata al mismo contenido del museo como un elemento esencialmente socializado. Lo que antaño, o en su origen, fue un cuadro o una cántara de propiedad individual, destinada a mejorar la forma de vida y el placer de un individuo, ahora es tomada por el mundo todo, por la parte de la sociedad que lo contempla, y que lo hace suyo al menos en la teórica secuencia de ver, entender y anotar. Todavía queda la socialización definitiva del contenido museístico con el permiso universal y sin excepciones de fotografiar las piezas en él contenidas. Tema que no se ha conseguido, ni mucho menos, y a pesar de unas leyes que en lo social están a la cabeza del mundo occidental. El miedo al trípode y a lo que encima de él aparece, quizás como un atavismo difícil de erradicar, no se ha desprendido todavía de muchos administradores de museos.

En todo caso, este es el momento de empezar a viajar y a ver espacios de color y música. Tarea hay, el camino está abierto, y las maravillas muchas.

 

Ocho siglos de fuero

Fuero de Guadalajara

El domingo se cumplirá, con exactitud documental, ochocientos años de que el rey (de entonces) don Fernando III de Castilla y de León, concediera a la villa de Guadalajara su Fuero Largo, una especie de Constitución Ciudadana por la que habrían de regirse y ordenarse sus habitantes. Ocho siglos justos es un muy buen aniversario, como para celebrarlo.

La vida municipal de Guadalajara, en tiempos antiguos, giraba en torno al fuero que podía haber recibido, de sus señores temporales, y que en el caso de nuestra ciudad, siempre fue el Rey de Castilla. Ya es sabido que nuestra nación, compuesta de numerosas aldeas, villas y algunas ciudades, no tenía un corpus legislativoúnico, sino que el territorio estaba sujeto a los fueros y tradiciones de gobierno autóctono de dichos establecimientos urbanos.

En un principio, en los albores de la nación castellana (más de mil años cuenta ya en su haber) las costumbres de origen germánico eran las que establecían la ley por la que se regían los individuos. Un derecho consuetudinario y unas normas que, poco a poco, fueron emanando de las cancillerías reales, para ordenar los temas penales y hacendísticos, fundamentalmente.

Los reinos cristianos peninsulares, en la Edad Media, carecían de un Derecho común y unificado. Además de la costumbre, los jueces castellanos juzgaban por fazañas, que servían como modelo a otras sentencias y venían (desde una interpretación personal y puntual) a sentar jurisprudencia. Pero enseguida aparecieron los fueros, que eran los documentos y sumas legales que pasaron a ser tratados de derecho de todo tipo: civil, penal, mercantil, etc., con algunas diferencias de unos lugares a otros, y suponiendo cierta dispersión legal puesto que cada ciudad se regía por su propio fuero, que era muchas veces amejoradopor los reyes, sobre todo tras las peticiones que se hacían en las Cortes. En nuestra zona fueron los fueros de Sepúlveda y Cuenca los que sirvieron para centrar bases jurídicas y servir de manadero de otros fueros locales.

Esta dispersión de leyes llevó a diversos intentos de unificación por parte de algunos reyes, especialmente Fernando III que tomó las primeras medidas al mandar traducir el antiguoLiber Iudiciorumvisigodo, llamado entonces el Fuero Juzgo, y que se concedió a los lugares del Valle del Guadalquivir que fue conquistando en el siglo XIII. Por su parte Alfonso X intentó hacer una recopilación más completa, incluso inspirada en el Derecho Romano, mandando componer el Fuero Real, un cuerpo de leyes unificado que pretendió imponer en todos sus reinos, aunque con progresiva dificultad dada la oposición de la población, que prefería el sistema antiguo. Sí que consiguió la unificación de leyes en aspectos de la vida cotidiana (matrimonios, herencias) y aun en la cuestión penal, tras promulgar su Código de las Siete Partidas. Sin embargo, se siguieron entregando a las poblaciones “fueros” locales que determinaban y concretaban la tradición en las relaciones humanas a nivel muy concreto, de villa y ciudades. En nuestra provincia, esto es lo que ocurrió en lugares como Molina de Aragón, Zorita, Brihuega, Valfermoso de las Monjas, y por supuesto Guadalajara, que a lo largo del siglo XII recibió dos Fueros Reales, sucesivamente, de manos de Alfonso VII (el llamado “Fuero Corto”) y de Fernando III (el llamado “Fuero Largo”) y del que se cumplen ahora, exactamente, ocho siglos de su concesión en 1219.

El Fuero de Alfonso VII, o “Fuero corto”

Al poco de la reconquista de Guadalajara, Alfonso VII concede a la ciudad el primero de sus fueros, conocido como el «fuero corto» por su escasa extensión en comparación con el que le luego le concedería Fernando III. El documento indica la fecha de concesión, 5 de mayo de 1171. Desapareció el original, pero se conserva la transcripción de una copia en romance, y en él aparecen varias normas de tipo penal, procesal o mercantil, sin ningún orden en su presentación. Es posible que estuviera inspirado en las normas del Fuero de Alcalá de Henares, y en todo caso debe considerarse que estas normas son las típicas de un fuero de territorio fronterizo, porque su principal objetivo es el de animar a la población a repoblar los territorios recientemente conquistados, siendo todas ellas normas benéficas que ayudan a esa repoblación.

Son destacables las que hacen alusión a la exención del pago de portazgo y montazgo en cualquier lugar de Castilla y a las garantías de protección al comercio y a los transeúntes. Por ser un fuero tan corto y poco concreto, el siguiente rey, Alfonso VIII, afecto a las tierras de Guadalajara, trató de mejorarlo, aunque no llegó a concretarse en un nuevo fuero, al menos que yo sepa. Algunos reyes dictaron disposiciones suplementarias (privilegios) para completarlo. Pero finalmente será Fernando III quien realice esta reforma.

El Fuero de Fernando III, o “Fuero largo”

El 26 de mayo de 1219, tal como aparece escrito al final del documento, fue el día en que el rey Fernando III signó un nuevo Fuero para la Villa de Guadalajara. Un documento del que han quedado tres copias conservadas, arcanas y poco vistas, pero estudiadas a conciencia primero por Antonio Ortiz García, y luego por Pablo Martín Prieto. Una está en El Escorial, otra en el Archivo Histórico Nacional, y la tercera (que es la más “bonita” y espectacular, en la Biblioteca de la Universidad de Cornell (USA). A principios del siglo XX alguien vendió esta copia a la universidad norteamericana, que es de donde han partido los mejores estudios sobre este Fuero. En 1924 se publicó un estudio sobre él, en la colección“Elliott Monographs”de la Universidad de Princeton, que apenas se ha conocido en España.

Este fuero es mucho más completo que el anterior y mejor organizado, completando y ordenando los aspectos que no desarrollaba el anterior. Por ejemplo, en él se estipulan las figuras de los cargos públicos que rigen el municipio, y que son el juezy los alcaldes, principalmente, a cuyo conjunto se denominaba Concejo. Cada colacióno barrio tenía su alcalde, que controlaba una puerta o barrio de la ciudad, el “portillo”, y es por ello que estos cargos, en general, eran denominados como “aportellados”, y se sorteaban anualmente entre los vecinos del barrio. En todo caso, en el Concejo había dos estados representados: el de los nobles e hidalgos, y el de los pecheros o gente común.

 

La primera autoridad que este Fuero crea es el “juez”, quien ostenta el poder ejecutivo y se encarga de dictar sentencias y de que se cumplan escrupulosamente (“prender las caloñas”, se decía). Los alcaldes (cuya etimología procede del árabe “al-caid”) se encargaban de juzgar los pleitos presentados por los vecinos, en un nivel simple, habiendo “jurados” para cada caso. En este fuero se crea la figura del “andador”, o alguacil, que daban notificaciones y cobraban los impuestos de la villa y su alfoz.

El “Fuero largo” de Fernando III para Guadalajara es un monumento histórico, aunque conservado hoy (y en copia) fuera de la ciudad, pero que debería concitar una admiración por parte de autoridades y ciudadanos. Su interés radica en considerar las formas en que vivían las gentes de 1219 y la forma en que sus conflictos eran dirimidos y articulados. El elemento jurídico válido era el juramento ritualy la firma, en que a los litigantes se les exigía prestar juramento de forma solemne, acompañado -dependiendo de la gravedad de la acusación- de un cierto número de vecinos que se corresponsabilizasen con ellos de dicho juramento. Formaba parte también del ritual justiciero el combate judicial, llamado rieptoo desafío. Este aspecto ser reservaba para las causas más graves, como muerte violenta, violación, etc. A los acusados (y condenados) por uno de estos delitos, además de la pena pecuniaria que le fuera impuesta, se le declaraba “por enemigo”, quedando a disposición del agraviado que podía desafiarle en un determinado plazo para vengar la ofensa.

En el Fuero se contemplan también los impuestos que se deben pagar, las exenciones de dichos impuestos, y los modos de autogobierno de la villa. Es por tanto un documento que muestra fundamentalmente las normas concedidas por el Rey, para ordenar la vida de la población en los aspectos fiscales y penales, fundamentalmente. Pero también una muestra evidente de la “civilización” que a nuestros paisanos se les concedió con estas normas. Ochocientos años de aquello, y nosotros rememorándolo, como una curiosidad, en tiempos tan ordenancistas, o más, que aquellos.

 

Guadalajara, vista por un recién llegado

Aunque lo firmo yo, que soy el que se pone cada semana (desde hace unos cincuenta años) tras la identificación que no oculto, el artículo que sigue podría estar firmado por cualquier turista que llegue hoy a nuestra ciudad. La imagen que recibe el recién llegado es muy distinta del que lleva años viéndola, día a día, considerando problemas y beneficios a cada paso. Ambas actitudes tienen valor, y hay que respetarlas.

Guadalajara está en cuesta toda ella, es una ciudad de altos rumbos, y sobre todo si se llega en tren, que es como hay que llegar a las ciudades, desde el siglo XIX, o se llega andando, que es como se llegó siempre, el acceso a la ciudad es todo en cuesta, siempre subiendo.

Primero se cruza sobre el río Henares, que es un río escaso y medio escondido entre cañas, arbustos, matorrales y arboledas que parecen encubrirle a la mirada del viajero que llega. El paso se hace sobre un puente antiguo, poderoso, con aires romanos o moros. Me dicen que se construyó, tal como hoy lo vemos, en la época del califato cordobés de los Omeya, cuando reinaba allá (y acá, que era tierra también suya) Abderrahmán III.

Sigo subiendo por una larga acera entre rampas de piedra, y al final accedo a un plazal irregular, extrañamente dispuesto con fuentes secas, arboledas en línea, y algunos bancos, que tiene por dominante silueta la del palacio de los duques del Infantado (los antiguos, no los de ahora, que esos viven fuera de la ciudad.) Ese palacio, con su fachada solemne de piedra dorada y clavos prendidos entre balcones y miradores, fue una de las joyas del arte isabelino: lo construyó en 1490 don Iñigo López de Mendoza, el segundo duque del Infantado, y dirigió las obras un arquitecto bretón al que llamaban Juan Guas. La verdad es que les quedó precioso: sobre la puerta luce un escudo redondo, solemne, prolijo de emblemas, sostenido por dos salvajes peludos, como hércules dominantes y amenazadores.

Un señor ya mayor al que he parado en la plaza que costea el palacio, me cuenta que aquí vivieron los Mendoza, no juntos, sino uno detrás de otro, y que durante siglos fueron poderosos, solemnes y llenaron la ciudad de palacios, de fiestas, de música y procesiones. El fraile o cardenal togado que exhibe un báculo cruciforme frente a la fachada, se llamó don Pedro González de Mendoza, y al parecer llegó a ser “tercer rey de España” cuando fue gobernada por dos reyes de verdad al mismo tiempo, cosa nunca vista: uno era varón, don Fernando de Aragón, y otro era hembra, doña Isabel de Castilla. El fraile poderoso, que había nacido en Guadalajara, mandaba tanto como ellos, y llegó a ser cardenal de tres títulos, y si se descuida le nombran Papa.

Aquí aparece una placa en un muro que dice que esta es la Plaza de España. Al parecer, llevó muchos otros nombres antes (de la Fábrica, del Conde, de los Caídos en la Guerra Civil) y seguro que este de ahora no será el último nombre que lleve. En España son muy aficionados a cambiarle el nombre a las calles, y a las plazas, lo cual sin duda es más entretenido que lo que hacen los americanos, que las dan un número, y así para siempre.

Esta ciudad, a lo que veo, está en cuesta permanente. Desde el río que vengo subiendo, no se para de ascender. Ahora me enfrento a la Calle Mayor, estrecha y con comercios a los lados. Me dicen que a la izquierda hay un interesante templo, de monjas clarisas, al que hoy llaman Santiago, de arte gótico mudéjar, y que cien metros más adelante está el palacio de don Antonio de Mendoza, un solterón valiente que entretuvo sus años jóvenes en guerras (cuando lo de Granada) y los viejos en rezos y beatitudes: llegó a levantar un estupendo palacio, cuajado de capiteles, portadas talladas, y grandes escudos, aunque dentro se pasaba mucho frío, porque esta tierra es castellana y tiene un aire famoso del que dicen que no apaga un candil pero mata a un hombre.

Llego a la plaza mayor, y en ella me sorprende un edificio (el más visible, al que la mirada va como en imán irresistible) cubierto de andamios, revestido de telajes rotos, junto a otro solar en el que han crecido arbolotes tras unas tapias cubiertas de grafitis. Tiene, eso sí, un más que cumplido edificio de Ayuntamiento, blanco y rosa, con aires de tarta nupcial, en el que se reúnen los munícipes (alcalde y concejales) casi a diario, para decidir en qué se gastan el dinero que les cobran a los habitantes a modo de impuestos.

Me dice una señora de buen ver y acicalado visaje que siga por derecho la calle, que no se me ocurra desviarme por los callejones laterales, porque solo voy a encontrar ruinas, solares vacíos, muros cuajados de pintadas obscenas y ni un solo bar… “aquí no hay nada, mire Ud., aquí hay que hacer las maletas cuanto antes, irse a Alcalá, o a Madrid, o a Azuqueca aunque sea… qué lástima, con lo que fue Guadalajara en sus buenos tiempos…!”

No termino de creerme lo que dice Aurora no sé qué. Porque subo y veo la plaza a la que dicen el Jardinillo, con una fachada barroca (la de los jesuitas antes y que ahora llaman San Nicolás) y entro al templo y me maravillo de su buen estado, de su gran retablo churrigueresco, y sobre todo de ese enterramiento prodigioso de don Rodrigo de Campuzano, guerrero y severo, armado de su cota de malla, con un espadón sobre el pecho y un doncel micro a sus pies, llorando. Que por algo sería.

En la calle mayor alta aún se ve animación: hay un Casino, muy transitado, y hay loterías, joyerías, pañerías, bombonerías, librerías y una tienda donde venden (qué extraño mercado este) números de teléfono y tarjetitas que los llevan. Al final termino en el plazal más ancho de los hasta ahora vistos: le dicen el campo de santo Domingo, y fue antiguamente sede del mercado medieval, delante mismo de sus viejas murallas. En el extremo sur se alza un templo grande, de piedra blanca, con dos campaniles rústicos en lo alto: es San Ginés parroquia, pero fue antaño Santo Domingo convento, donde miraban libros y memoriales los inquisidores vestidos de blanco y negro.

Desde allí la ciudad se abre. Es la moderna, donde al parecer vive la gente, donde se pasea, donde se canta, conde se abre la mirada. A la derecha, el bulevar de las Cruces, que es un bulevar antiguo, de casi dos siglos, y de los pocos que en España quedan así de cumplido. Algo que (espero) no pierda nunca esta ciudad, porque entonces sería ya, seguro, su muerte.

A la izquierda, una calle ancha a la que llaman “la carrera de San Francisco” y en la que cabalgaban los que tenían caballo y lucían arma y cincho para no pagar impuestos. Esto en tiempos antiguos, porque hoy solo se ven coches, camionetas y autobuses pintados de azul. Al frente, la Concordia. Un parque al que se le dio ese nombre hace 150 años porque se trataba de poner paz entre facciones enfrentadas. No se consiguió, es evidente. Pero al menos el parque mantuvo el nombre, como en esperanza perpetua de que algún día se consiga. A los sueños hay que alimentarlos con estas cosas, y perseguirlos siempre.

Siguiendo el paseo central, aunque atravesado, de este parque, se continúa por un paseo densamente arbolado. Subimos hasta la ermita de San Roque, el santo peregrino al que se aplaudía cuando salía en procesión mínima, el 16 de agosto, y los cofrades repartían panecillos y regalos a los niños. Ahora se ha transformado, el interior, en un templo de la ortodoxia cristiana, reservado para los rezos de rusos y rumanos, porque en Guadalajara hay muchos. Sin embargo, a la derecha de la ermitilla, como un galeón que surge del hondo océano, orgulloso y brillante, vemos el Panteón, de la duquesa de la Vega del Pozo, de la duquesa de Sevillano, de la marquesa de los Llanos de Alguazas, doña María Diega Desmaissières, la mujer más rica de España, que a finales del siglo XIX encargó a Ricardo Velázquez Bosco, el arquitecto a sueldo de los más afortunados del país, este edificio y su conjunto anejo, una gloria del arte, de la profusión, del simbolismo. La señora, que por muy rica que fuera no pudo evitar morir soltera, sola y sin compromiso, en la habitación de un hotel de Burdeos, y sin testar, mandó hacer este conjunto que es lo último que debe admirar el visitante en Guadalajara: la fundación San Diego de Alcalá, con un complejo de edificios centrados por un espectacular claustro neorrománico, una iglesia de estética neomudéjar, y un panteón neolombardo, con templo de cruz griega rematado en bóveda de mosaicos, y una cripta en la que, llevada por ángeles de mármol, el féretro de la señora se quedó a medio camino entre su riqueza y la muerte eterna.

A Guadalajara se la puede ver luego, aún más arriba, desde el borde del cerro de San Cristóbal. Para llegar allí hay que conocerse bien el Monte Alcarria, y saberse sus caminos, pero la excursión merece la pena, porque desde la altura de sus mil metros bien oreados y luminosos siempre, se ve no solo la ciudad de Guadalajara como un alfombra, sino el valle entero del Henares, cuajado ahora de pueblecillos, de urbanizaciones, de fábricas y silos, con un fondo teatral de sierras nevadas (allí la Peñalara, el Ocejón, la Somosierra, el Santo Alto Rey, la Bodera, el Lobo…) que cumplen su cometido de poner límite, por el norte, a este gran espectáculo que es el valle del río Henares, al que cantó, entre otros muchos, Cervantes cuando dijo “En las riberas del famoso Henares, que al vuestro dorado Tajo, hermosísimas pastoras, da siempre fresco y agradable tributo, fui yo nascida y criada”, poniendo el ditirambo en boca de la Galatea.