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En el valle de los Yélamos

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La fuente del Moro en Yélamos de Abajo (Guadalajara)

En el corazón de la Alcarria discurre el arroyo de San Andrés, humilde curso de agua, que nunca se seca, y que baja desde la meseta que media entre el Tajo y el Tajuña, corriendo hacia este último río, horadando la tierra alcarreña, escoltado de arboledas densas, de nogales prietos, de alturas carrascales y un verdor permanente. En sus orillas, pasado Irueste, y antes de llegar a San Andrés, nos sorprenden dos pueblos, muy próximos uno a otro, que vamos a recorrer en esta tarde.

Yélamos de Abajo

Encajonado su caserío entre las cercanas laderas, pendientes y cubiertas de olivos y abundante vegetación, del valle que forma el arroyo de San Andrés, se aparece el pueblo de Yélamos de Abajo a quien viene ascendiendo, de sorpresa en sorpresa paisajística, este hermoso y recoleto valle, quizás de los más expresivos de la Alcarria, y en el que es fama que tiene los nogales mas grandes, viejos y de sabroso fruto de la comarca toda. Para el simple excursionista, los entornos de Yélamos son pintorescos y llamativos, dispuestos a la acampada, la merienda campestre o el goce puro y simple de la naturaleza. La prestancia del caserío entre arboledas y montes, también posee una fuerza innegable de urbanismo rural.

Su historia es remota. Ya en la epoca árabe, o quizás incluso antes, hubo algún punto vigía en los entornos. Lo que sí es seguro, pues la existencia de restos de torreón en lo alto de la ladera frontera del pueblo así lo confirman, es que sirvió de control o vigía para las rutas que utilizaban este valle, y asé es fácil colegir que desde el momento de la reconquista de la comarca alcarreña, en el siglo XII, hubo pueblo en este concreto espacio. Además, lo confirman documentos que explican como fue su primer señor un médico llamado don Gonzalo, señor también de Archilla y otros enclaves de la orilla del Tajuña. En 1186, este personaje hizo donación de Yélamos a la Orden Militar de Santiago, pero poco después, el pueblo quedó con categoría de aldea del Común de Villa y Tierra de Guadalajara, sujeta a la jurisdicción comunera del territorio, y solo en última instancia al Rey de Castilla.

Durante un intervalo del siglo XIII, fue posesión de los arzobispos de Toledo (1240) pasando otra vez al alfoz guadalajareño. En 1629, adquirió del rey Felipe IV el título de Villa con jurisdicción propia, comprándose a sí misma, por la enorme suma de 1.450.000 maravedíes, pagados por el concejo en tres plazos. Durante la guerra de Sucesión, en 1710, sufrió el saqueo y destrucción a que le sometió el ejército del archiduque austríaco Carlos, que ya marchaba en retirada tras su derrota en Villaviciosa.

Entre el acervo monumental de Yélamos de Abajo, destacamos la Torrecilla, de la que solo restos mínimos quedan sobre la orilla izquierda del valle, frente al pueblo: es testimonio de la existencia de una torre vigía medieval en ese lugar; la iglesia parroquial está dedicada a Nuestra Señora de la Zarza, se sitúa en lo más alto del pueblo, como en una repisa de la abrupta ladera, y es de fábrica de sillar y sillarejo calizo, mostrando en el muro de poniente una torre moderna y en el muro sur una puerta de ingreso, muy sencilla, de arco semicircular adovelado. El interior es de dos naves, pues aunque en el siglo XVI el templo fue construido con una sola, posteriormente se le añadió otra al sur, quizás para aumentar su capacidad ante el crecimiento del vecindario. Ambas naves se separan por pilares que rematan en grandes capiteles adornados de roleos y cabezas de ángeles. La capilla del bautismo se cubre de bella cúpula nervada. En ella se puede admirar una magnífica pila bautismal románica cuya copa se decora con arcos tallados. En la puerta, aparece una buena cerraja del siglo XVIII, firmada por el rejero complutense Carlos Visiera.

Rematando el presbiterio, aparece el retablo mayor, barroco, con ornamentación del estilo y columnas salomónicas. Solo quedan las pinturas altas, representando el Nacimiento de Jesús y la Epifanía, pues el resto fue destruido en 1936.

A la entrada del pueblo aparece un pilar de piedra o picota, de cuyo extremo superior cuelgan cuatro argollas de hierro, llevando grabada esta leyenda sobre el cuerpo pétreo: “Reinando Carlos IV. Se edifico a espensas de propios de esta leal y real villa. Ano de 1794″. Es la más moderna de todas las picotas que con forman el catálogo provincial, al menos de las clásicas, porque fue levantada muy pocos años de que dejaran de existir los señoríos y las jurisdicciones propias.

Tambien es de destacar en Yélamos de Abajo un curioso elemento, de veteranía cierta: la fuente del Moro, situada al extremo occidental del pueblo, como escondida entre espesa vegetación, consistente en gran muro de sillería del que surgen dos caños que van a dar sobre una superficie estrecha, también de sillar, desde la que el agua escurre a un amplio pilón muy plano. Ha sido considerada como obra de posible construcción romana. Y es una pena que hoy, aunque muy limpio el entorno, no mane agua, porque algo ha debido pasarle a las conducciones subterráneas por las que discurre el manantial, que no aflora en la fuente, sino por los aledaños.

Señala la tradición que en Yélamos de Abajo hubo una importante y numerosa aljama judía, que ocupó lo que hoy es “barrio de Toledillo”, en el extremo occidental del pueblo. Es muy celebrada la fiesta de San Antonio de Padua, y desde hace pocos años han resucitado la costumbre de “la botarga” que salía el miércoles santo revestido de colores chillones y asustando a la chiquillería con su antorcha encendida.

Yélamos de Arriba

Siguiendo el valle del arroyo de San Andrés, a pocos kilómetros del anterior enclave de Yélamos de Abajo, se encuentra su homónimo de Arriba, también enclavado en bellísimo paraje de vegetación cerrada y siempre densa, arropado el caserío entre empinadas cuestas y terraplenes abruptos que confieren al entorno un cierto aire serrano, marcando uno de los lugares más bellos de toda la Alcarria, de cuyo cómputo paisajístico es notabilísimo ejemplo.

Aparece este lugar en las viejas crónicas de historia como una aldea del amplio alfoz o Común de Villa y tierra de Guadalajara, y se confirma su existencia ya en el siglo XII, cuando debió ser fundado o erigido en la tarea repobladora de los monarcas castellanos. Andado ya el siglo XV, concretamente en 1430, el rey Juan II la entregó en señorío, junto con otras aldeas desmembradas del Común guadalajareño, a su cortesano Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, a quien estaba obligado por numerosas ayudas de él recibidas. Ya en poder de los Mendoza, el hijo del marqués, el famoso gran Cardenal Mendoza, lo cambió junto con Atanzón y Pioz al caballero Alvar Gómez de Ciudad Real, en cuya familia quedó durante varios siglos.

Destaca en este pueblo su amplia plaza mayor, ejemplo señalado de urbanismo rural alcarreño: es un espacio alargado, en uno de cuyos extremos, el de poniente, aparece la fuente pública, muy antigua, junto con un olmo, y una serie de edificios y viviendas de tipo popular del siglo XIX. En los laterales del plazal destacan algunos caserones de noble presencia, rematados sus adintelados portones con escudos de armas, uno de los cuales [dicen] perteneció a un familiar de la Inquisición, aunque el escudo que lleva en su frontal no tiene relación con la institución de vigilancia de la Fe. En el conjunto sobresale el edificio del Ayuntamiento, que posee una torrecilla para el reloj, y ha sido modernamente modificado.

En la parte más elevada del pueblo, destaca la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Zarza. Se precede de un gran atrio descubierto, o cementerio, rodeado de barbacana de piedra sillar, a la que se accede por ancha y cómoda escalera de lo mismo. El edificio es de fábrica de sillar en esquinas y contrafuertes, y de sillarejo el resto. La puerta muestra un vano adintelado con jambas y dovelas de sillar liso y bien labrado, sin el más mínimo detalle artístico. El ábside está orientado a poniente, es poligonal, y sobre él se alza la torre, de planta cuadrada. Cerca del pueblo, en pintoresca postura, sobre una colina destaca la sencilla ermita de San Roque. Por el término repartidos se ven numerosos ejemplares de “cabañas de pastores” hechas a la “piedra seca”, y que suponen una de las arquitecturas populares más primitivas, simples y hermosas de la Alcarria, que por no tener protección legal alguna, están desapareciendo totalmente.

Botargas y máscaras que saludan al invierno

Botargas y máscaras: la botarga de Arbancón

La máscara de la botarga de Arbancón. Dentro va el Mere.

En estos días próximos de inicios de febrero, y cuando se suceden las fiestas de la Candelaria, San Blasillo, San Blas y Santa Agueda, los pueblos de la Campiña Alta y de la Sierra se encuentran sorprendidos por la aparición de algunos enmascarados y coloristas personajes que hacen sonar sus cencerros por las calles empinadas. Son ancestrales costumbres que aún pueden ser admiradas en determinados lugares emblemáticos, que aquí se señalan.

Diferentes todas, pero con elementos que las unen y las hacen semejantes en su origen, consisten las fiestas de botargas y carnavales en la aparición por las calles de los pueblos de uno o varios personajes, revestidos de trajes hechos a retazos de trapos multicolores, y cubiertas sus caras de máscaras (de goma, de madera, de cartón, de tela…) que los hacen extraños aunque todos sepan quien es el personaje. Ellos se dedican a revolver el sustraot sical pegando, robando, persiguiendo y asustando a la chiquillería, al mocerío femenino o a los forasteros.

La primera de todas salió en Valdenuño Fernández, el domingo 10 de enero, en la llamada “Fiesta del Niño” que tiene lugar en ese pueblo campiñero el domingo más cercano a la Festividad de la Epifanía. Además de un grupo de danzantes que participan en la misa mayor, y luego recorren las calles tocando instrumentos y alegrando el ambiente, se perfila entre ellos la figura juguetona y llamativa de la botarga, que asusta y divierte.

Aparecen después por la Campiña otras fiestas similares, en torno a los días de San Sebastián (19 de enero) y La Paz (24 de enero). Así, en Montarrón asoma por los espacios abiertos, y al frío del invierno le crece esta simpática fiesta, que realmente empieza la víspera, con procesión, baile de la botarga ante el santo, y golpeteo de castañuelas pidiendo “la voluntad” a la gente. Luego sale el 22 de enero, en la Ronda, y el 23 por San Ildefonso, al que llaman “día de la Caridad Chica”, corriendo las calles mientras los pequeños se burlan de él y le cantan “Botarga la larga, la cascarulera, más vale mi culo que todas tus tetas”. El traje está hecho de piezas de paño multicolores, destacando en él un higo que lleva alfileres para que se pinchen los que quieren quitárselo.

En esos días de La Paz aparece la botarga de Fuencemillán, que ejerce un vecino del pueblo que se ofrece voluntario a salir revestido con el traje de paños de colores, portando en la mano la porra con la figura de San Pablo tallada y sujetando campanillas a la cintura. La celebración de San Pablo en este día recuerda al apóstol que primero persiguió a los cristianos, y dicen que eso es lo que hace la botarhga, perseguir a los que van a misa, “dando la vara” a todos y rascando con la porra a los chicos y a la gente para que le dén limosna. Como es “anticristiano” no entre en la iglesia, y cuando la gente sale del oficio religioso, los persigue. Sin duda esta de Fuencemillán es una botarga que evidencia su origen pagano, precristiano, cuajada de rituales.

En Robledillo de Mohernando también hay fiesta el 24 de Enero, y aquí la botarga reune una catacerística especial, porque está protagonizada por un niño, al que acompañan otros muchachos del pueblo, todos escolares, revestidos con trajes de la Campiña, y llevando dulces y meriendas que les dan los mayores para disfrutar comiéndolas en el campo por la tarde. Esa “botarga infantil” de Robledillo, que tan bien estudió Sinforiano García Sanz, sale unos años sí y otros años no, en función de la cantidad de escolares que haya y de las ganas que tengan de rememorar esas viejas tradiciones.

Variable como lo es el Carnaval, la impresionante celebración de las Botargas y Mascaritas de Almiruete llega puntual el sábado de ese ciclo. Este año corresponderá al sábado 6 de febrero. Aquí en Almiruete el componente humano de su fiesta de Carnaval, las botargas y las mascaritas, se constituye por el pueblo en su conjunto, aunque el desfile lo integran una treintena de personas, las más entrenadas para subir y bajar las fuertes cuestas del pueblo: o sea, los más jóvenes del censo.

Se inicia la celebración bajando de los cerros que rodean al pueblo por el norte, un amplio grupo de muchachos que van con vestimentas pastoriles, consistentes en calzón y camisa blanca, zagones y abarcas, bandas negras en el pecho y en la espalda, llevando cencerros colgando y una máscara sobre la cara. En las calles les esperan las “mascaritas” que lucen, sobre todo, elementos florales en su vestido y máscara. Unos y otros son portadores de porrones con los que ofrecen vino con el que ofrecen vino a los forasteros y a quienes les miran, haciendo sonar en alto jolgorio los cencerros que les cuelgan de la cintura. El colorido tan vivo de trajes y máscaras, el ingenio y la sofisticación de unos y otras hacen de esta fiesta un rito de color y sonidos que merece verse, a pesar del frío que, tradicionalmente, impregna el ambiente

Y ahora en la próxima jornada de la Candelaria, que este año se funde casi con el inicio del Carnaval, alargándose por toda la semana, encontramos lo más granado de las celebraciones de botargas en Campiña y Sierra. Es en esta Candelaria del 2 de febrero, o en sus proximidades festivas (sábado o domingo más cercano) cuando sale el grueso del conjunto botarguil de Guadalajara.

El 2 de febrero es la botarga de Retiendas, la de la Candelaria. El personaje lleva un traje de colores, con careta, cachiporra y castañuelas, y un saco con pelusa de espadaña que va arrojando sobre la cabeza de los vecinos, al adorar al Niño y al salir de la iglesia, como si fuera un rito purificador. Dicen que la Virgen, en la presentación del Niño en el Templo, y dada su impureza, puso al botarga para que la gente le mirara a él y no a ella. El botarga mientras dura la procesión por la cuestuda calle principal, hasta el puente, va siempre de cara a la Virgen y gritando “Viva la Virgen Santísma”. Antes, durante la misa, la botarga ha bailado ante la imagen de María. Luego, la fiesta se complementa por la tarde, en las cuestas que rodean al pueblo, con una pelea entre dos botargas; hay un botarga bueno y otro malo. El bueno, el que durante la mañana ha estado en misa y en la procesión, lleva un pajarito de mazapán que intenta quitárselo el botarga malo. Pero como no lo consigue, termina tirándose y rodando por las cuestas.

También en Aleas había este día 2 de febrero fiesta de botarga, pero hoy se ha trasladado al verano, cuando San Roque, para que pueda acudir más gente a la fiesta. Antiguamente, la botarga salía por las calles, y tapada su cara con una careta de madera en la que lucía una enorme nariz torcida, similar en todo a una conocida actriz española, era perseguida por los niños, a los que ella trataba de asustar. Su traje es de los más coloridos del conjunto, llevando un gran capuchón en la cabeza, más cachiporra tallada con la que pega a quien puede.

También en Arbancón se desarrolla la fiesta de botarga el 2 de febrero. Aquí fue protagonista (a pesar de que el personaje de la botarga siempre fue anónimo, teóricamente) Hermenegildo Alonso, más conocido como “el Mere”, que además de actor fue tallista de máscaras, y de castañuelas y cachiporras, llegando a realizar estas piezas por encargo, para particulares y museos. El botarga que sale ahora, con su traje multicolor en el que predominan los azules, lleva capucha, máscara de madera y cencerros a la cintura. Así lo ví, tal como lo reflejo en el dibujo que acompaña a estas líneas, hace 40 años en que le contemplé corriendo tras la chiquillería. Siempre llevaba una naranja en la mano, que trataba de restregar a la gente por la cara. Un símbolo de fertilidad, sin duda.

Y acabo esta referencia y recuento de botargas con la que salía el 2 de febrero en Beleña de Sorbe, y que ahora se viste en el verano, cuando las fiestas patronales reúnen a más gente, en Agosto. Traje arlequinado con capuchón, con predominio de azules y rojos, más la careta, los cencerros y la cachiporra. Su actividad, similar a las anteriores, consiste en correr las calles, meterse en los portales, pedir limosna o comestibles, y andar (pero siempre callado) por las cuestas y tras los más pequeños.

Cuando a mitad del siglo pasado el etnólogo Julio Caro Baroja vino, a peticion de Sinforiano García Sanz, por estas tierras preserranas, a ver y filmar las botargas de Guadalajara, nadie se enteró. Luego hemos visto la película que grabó, y los comentarios y análisis que nos dejó en sus escritos. Entre estas dos personas se consiguió revitalizar el tema y atraer la atención de estudiosos y visitantes. Posteriormente ha sido el investigador de nuestras costumbres, José Ramón López de los Mozos, quien se ha dedicado a desentrañar los ritos, y a recomendar las fórmulas que más de una “botarga renacida” ha puesto en práctica.

Tuve la suerte de acudir con él a varias de estas manifestaciones, que han quedado grabadas, en películas y fotografías, por parte de muchos otros curiosos que siempre se han sorprendido de estas fiestas, de botargas y enmascarados, que aunque existen por toda Europa, en nuestra provincia alcanzan una singularidad muy destacada.

Una ruta densa, por los castillos de Madrid

Castillo de Aulencia

El castillo de Aulencia, sobre el río Guadarrama

Vamos a dar una vuelta por lugares vecinos. Por lugares con una historia que muchas veces se entremezcla con la nuestra. Porque los ríos sobre los que ponemos nuestra mirada, nacen en la misma Sierra, y los antiguos propietarios y señores del territorio tenían mando sobre una y otra de sus orillas. Un somero repaso a los mejores castillos de la Comunidad de Madrid, como oferta de viaje a esa tierra castellana a la que conviene asomarse de vez en cuando.

Común en historia y personajes con la nuestra, la Tierra de Madrid ofrece un amplio repertorio de pueblos encastillados, de lugares amurallados y atalayas vigilantes sobre sus ríos. No son solo fortalezas, en la mayoría de los casos muy bien conservadas o restauradas, sino que pretenden ser, además, escenarios vivos en los que poder disfrutar de recreaciones teatralizadas, conciertos o exposiciones que muestran la vida en el pasado de estos monumentos. Vemos los más destacados, como una oferta de viaje y aventura. 

Castillo de Manzanares el Real

 

Situado a los pies del embalse de Santillana, se encuentra el castillo de Manzanares el Real, el más emblemático y mejor conservado de la Comunidad de Madrid. Fue edificado, en estilo gótico Isabelino, en 1475 por Diego Hurtado de Mendoza. El castillo, de planta cuadrangular, está construido enteramente en piedra de granito. Tiene cuatro torres, tres circulares y la del homenaje, de forma octogonal. Sus vértices están adornadas con unas bolas al más puro estilo isabelino, y que en cierto modo recuerda la ornamentación del palacio del Infantado de Guadalajara, puesto que ambos fueron diseñados y dirigidos por Juan Guas.
El castillo está dispuesto en seis alturas, y circundado por una barbacana, cuyas saeteras llevan esculpidas en bajo relieve la cruz del Santo Sepulcro de Jerusalén. Otros elementos defensivos del edificio son sus troneras. Cabe destacar sus colecciones artísticas de tapices, pinturas de caballete, armaduras y muebles de los siglos XVI al XIX.

Castillo de Villarejo de Salvanés

 

El castillo de Villarejo de Salvanés está situado en el municipio homónimo en la zona suroriental de la Comunidad. A pesar de que sólo se conserva la torre del homenaje, constituye una muestra arquitectónica única en España, al disponer los cubillos agrupadamente en los lados y no en las aristas, como es habitual en la arquitectura militar española.
No hay consenso a la hora de establecer la fecha de construcción de este castillo. Algunas hipótesis sostienen que fue construido en el siglo XIII para reforzar las conquistas cristianas de la zona de influencia del Tajo, arrebatadas en los siglos anteriores a Al-Ándalus. Otras teorías establecen un origen anterior al siglo XIII e, incluso, algunos investigadores aventuran que el edificio medieval que ha llegado hasta nuestros días puede asentarse sobre los restos de una primitiva fortaleza romana. Independientemente de cuando fue su construcción, lo que sí es seguro es que el castillo de Villarejo de Salvanés formaba parte del sistema defensivo que protegía el paso por el antiguo Camino de Toledo (o Toledano), así como por la llamada Senda Galiana (calzada romana que enlazaba la Galia e Hispania, en uso durante la Edad Media).
La torre tiene cuatro plantas y está rematada con matacanes simulados. La práctica ausencia de vanos es otra de sus características, con la excepción de unas ventanas resaltadas con sillares. Está construida en sillarejo y la argamasa utilizada es la cal.

Una gran idea: visitar los castillos de Madrid

Castillo de Buitrago del Lozoya

 

El pueblo, que se extiende sobre un meandro del río Lozoya, se encuentra en plena Sierra de Guadarrama, fue uno de los principales enclaves geoestratégicos de la Marca media de Al-Ándalus. De esta época data su recinto amurallado, apareciendo en el remate el castillo de Buitrago.

Su recinto defensivo es de origen musulmán. Construido en el siglo XI, fue restaurado casi continuadamente hasta 400 años después. La muralla está constituida por dos elementos principales en un recorrido de más de 800 metros: el adarve bajo y el adarve alto
Su estilo arquitectónico es mudéjar y su planta es casi cuadrada, de unos 45 metros de lado. Consta de siete torres, que presentan formas variadas (cuadradas, rectangulares y pentagonales), de sillarejo y ladrillo, con arcos de medio punto y de herradura. Dispone de un patio de armas central, y contaba con barbacana y foso, pero quedó destruido en el siglo XVIII y, desde entonces, no se ha reformado.

El castillo fue habitado por temporadas por Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, quien encargó al pintor Jorge Inglés un gran retablo dedicado a Nuestra Señora de los Angeles para poner en el Hospital de la villa. Tambiçen alojaron sus muros a Juan la Belraneja.

Castillo de la Coracera

 

El castillo de la Coracera está situado en el municipio de San Martín de Valdeiglesias, en el extremo suroccidental de la Comunidad. También es conocido como castillo de San Martín de Valdeiglesias. La denominación de la Coracera proviene de uno de sus antiguos propietarios, Antonio Corcuera, cuyo apellido habría degenerado con el paso del tiempo. Fue una errata en un folleto publicitario de los años setenta la que dio origen a su actual nombre.
El castillo fue mandado levantar por Álvaro de Luna en el siglo XV, como residencia y pabellón de caza. No obstante, existen referencias de una construcción anterior, que datan de tiempos de Alfonso VIII de Castilla, en los siglos XII y XIII.
La fortaleza está construida en piedra berroqueña. Es de planta cuadrada y se articula alrededor de la torre del homenaje de forma pentagonal y una torre que hace la función de albarrana. El conjunto está rodeado de una barbacana, de unos cuatro metros de altura.
Además de por Álvaro de Luna y sus herederos, la fortificación ha sido utilizada por distintas personalidades históricas, entre las que destaca la reina Isabel la Católica, que residió en ella cuando fue proclamada heredera de la Corona de Castilla. Tras muchos años de ruina, ahora se ha restauraod y luce espléndido, mereciendo una visita.

Castillo de Aulencia

 

Localizado en el término municipal de Villanueva de la Cañada, el castillo de Aulencia se alza sobre el cerro Horcajo, situado cerca de la confluencia de los ríos Aulencia, corriente de la que toma su nombre, y Guadarrama.
El castillo podría tener un origen musulmán, aunque no existe suficiente documentación al respecto, se supone que fue residencia del jefe árabe de la zona, al que tributaban todos los pueblos del entorno. Las primeras referencias escritas son muy posteriores. Se sabe que, en el siglo XIV, su propietario era García Fernández, y que, en el siglo XV, pasó a manos de Alfonso Álvarez de Toledo, noble al servicio de Juan II de Castilla. Hasta prácticamente el siglo XIX, no vuelve a haber referencias escritas sobre el castillo.
El edificio es de pequeñas dimensiones. Está formado por un núcleo principal de planta cuadrada, de unos 25 metros de lado, alrededor del cual se extiende una barbacana exterior. Su elemento más destacado es la torre del homenaje, de más de 20 metros de alto, que se halla adosada a una de las esquinas de la construcción. Además de la torre del homenaje, aún se mantienen en pie ocho torres cilíndricas, repartidas entre los vértices y los centros de los cuatro lados del edificio principal. Los muros del núcleo principal poseen un grosor de un metro y medio y aproximadamente seis metros de altura. Es sin duda uno de los más espectaculares castillos d ela Comunidad madrileña, aunque cuesta algo de trabajo encontrarle.

Castillo de Villaviciosa de Odón

 

El Castillo de Odón se construyó a principios del siglo XV por iniciativa de los primeros Condes de Chinchón. Durante el levantamiento comunero, los Capitanes Diego de Heredia y Antonio de Mesa, arrasaron el Castillo en 1521. En 1583 don Diego Fernández de Cabrera encargó su reconstrucción a Juan de Herrera, el arquitecto real.
En 1846, se creaba la Escuela Especial de Ingenieros de Montes, que ocuparía y adaptaría el Castillo y la finca anexa dos años después. La fortaleza recuperó el uso militar en 1886, con la instalación del Colegio de Educandos del Cuerpo de Carabineros, aunque por poco tiempo. Igual que otros castillos, fue usado como granero y casa de labor durante muchos años. La Guerra Civil española lo convirtió en cuartel de tropas. Al fin, en 1965 lo adquirió el Estado para restaurarlo en profundidad y, desde 1972, acoge el Archivo Histórico del Ejército del Aire.
Inicialmente, el castillo de Odón tenía una planta triangular con tres torres circulares en sus vértices. Juan de Herrera añadió el cuarto vértice y un torreón cuadrado de doce por trece metros y veinticinco de altura como torre del homenaje. Lo que queda hoy de todo aquello es un castillo-palacio muy robusto, especialmente en sus torres, con muros de hasta tres metros y medio de grosor.

Castillo de Chinchón

 

Lo vemos alzado al sur del casco urbano de la localidad de mismo nombre. Construido en el siglo XV, está constituido por dos cuerpos cuadrangulares imbricados, con esquinas rematadas en torres cilíndricas que se sitúan en las esquinas de cada uno de los cuerpos.
El actual castillo se construyó sobre una anterior fortaleza que sufrió daños de consideración en el ataque que realizaron las tropas comuneras en el año 1520 por lo que fue demolido y en su lugar se construyó el actual entre los años 1590 y 1598. El actual edificio sufrió varios incendios y expolios durante la guerra de Sucesión española. Ya en los siglos XIX y XX fue usado como casa de labranza y fábrica de licores.
El castillo de Chinchón está construido en mampostería caliza concertada, con rellenos de argamasa y piedras. Los vanos y las molduras están realizados en sillería, salvo la puerta de acceso, levantada parcialmente en sillarejo. En ésta se exhibe el blasón de los Condes de Chinchón, enmarcado por sillares almohadillados. A su alrededor hubo un foso del que sólo se conserva el lado de la fachada principal, con el puente levadizo que lo cruza.


Atalaya de Torrelodones

 

La atalaya de Torrelodones o torre de los Lodones se encuentra en el municipio de Torrelodones. Fue erigida en algún momento indeterminado del período omeya de Al-Ándalus, entre los siglos IX y XI y tenía como misión vigilar uno de los caminos que se dirigía hacia los pasos de la Sierra de Guadarrama. Las atalayas se levantaban a cierta distancia de los pasos naturales del Sistema Central, al sur de los actuales puertos de Somosierra, Tablada o El León, sobre cerros no muy distantes de las poblaciones y mediante sucesivas humadas, avisaban de los posibles ataques cristianos que se podían producir contra las poblaciones andalusíes más en vanguardia, tales como Buitrago del Lozoya, Torrelaguna o Talamanca de Jarama.
El edificio consta de dos partes, la torre cilíndrica de once metros de altura y maciza hasta una altura de aproximadamente tres metros desde el suelo. Está coronada por una sucesión alterna de nueve almenas prismáticas y nueve piramidales, con un cuerpo lateral de planta rectangular. Sus lados miden alrededor de 5,3 y 3,5 metros. Se encuentra igualmente almenado, con un total de cuatro almenas.

Las juderías de Cuenca y Guadalajara

Biblia_Romanceada_traducida_y_comentada_por_Moises_Arragel_De_Guadalajara_en_1430

Las juderías de Cuenca y Guadalajara

Ya va por la segunda edición el libro que ha escrito el profesor y académico don Miguel Romero Saiz en torno al tema “Las Juderías de Cuenca y Guadalajara”, en el que se analiza la historia de sitios, gentes y culturas a las que hoy damos poca importancia, aun formando parte de nuestra propia cultura, la de esta Sefarad en que vivimos.

Cuando, hace un par de años preparaba su edición, que ha sido posible gracias al riesgo corrido por la editorial conquense Alderabán, me pidió el profesor Romero que le escribiera el prólogo. Y tras leerme el libro, que recomiendo vivamente, salieron estas palabras que sirvieron entonces para darle la bienvenida, y ahora para centrar a mis lectores en un tema que siempre estará de actualidad, aunque perdido y catapultado en el silencio de los siglos.

Prólogo a Las juderías castellanas

Todos sabemos que se leen pocos libros, cada vez menos. Y que de los pocos libros que se leen, el Prólogo no se lo lee casi nadie. Pero mi amigo Miguel Romero me pide que, por favor (y sin que sirva de precedente) le prologue este libro que a lo largo de los últimos años ha escrito, después de haber leído mucho, investigado otro tanto, y dádole al magín para recomponer con sentido una información lejana y heterogénea. Y yo no dudo en complacerle. Así es que aquí va este Prólogo que llega con el objetivo, simplemente, de abrirle la puerta al libro que acaba de llamar a nuestras manos.

El gran sabio y humanista Gregorio Marañón y Posadillo, llegó a escribir tantos prólogos que, cuando años después de su muerte mi paisano Alfredo Juderías se lió a editar las Obras Completas del médico madrileño, tuvo que reservar un tomo entero (unas mil páginas) para recogerlos todos. Con Marañón nacía, pues, el género prólogo como una de las vertientes contundentes y nítidas de la Literatura. A propósito de lo cual, el maestro de sabios decía que sólo le interesaban los prólogos como oportunidades para escribir, poco, sobre algún tema que no dominaba. Y, en todo caso, nunca haciendo el resumen del libro, ni el panegírico del autor, sino aportando su visión al tema. Su visión personal.

En este prólogo persigo la idea de alentar al lector a que entre en el mundo que el libro describe. Un mundo particular, lejano, pero aún vivo, el de los sefardíes, el de aquellos judíos que vivieron, conforme a su religión, en la España que ellos llamaban Sefarad, y que un día de 1492 tuvieron que abandonar, deprisa y corriendo, a la fuerza, desperdigando sus vidas, sus haciendas, y sus familias, por el ancho mundo. Abriendo un nuevo capítulo a la Diáspora. No voy a decir cómo el autor cuenta eso en su libro, ni quien sea Miguel Romero, al cual ya todos conocen, y más aún si han adquirido este libro y se disponen a leerlo.

Lo que sí quiero decir es que el mundo sefardí está muy vivo aún, de tal manera que cuando uno se acerca, aunque sea de refilón, a él, notará que emana un latido, un perfume especial, una fuerza evocadora y un rito cultural que impresionan. Yo tengo una amiga que vive en Estambul, Beki Bardabid por más señas, que aún siendo turca de pasaporte es española por sus ancestros. Que hizo años ha una tesis doctoral para la que algo ayudé, sobre los refranes que dicen las viejas al calor del fuego, aquellos refranes que don Iñigo López de Mendoza, el alcarreño marqués de Santillana, recogió en sus correrías castellanas mediado el siglo XV, y cuando leyó los textos del marqués y los comparó (ese era el objeto de su trabajo académico) con los refranes que se decían en su sociedad turco-sefardí, quedó asombrada de cuanto se parecían… esa es la esencia del sefardí (de la lengua y del sujeto) cuando uno lo conoce: es como si nos saludara un hálito fresco de la España remota, cuajado durante siglos en un habitáculo transparente del cielo, y nos desbordara en sonidos, en amabilidad, en intenciones.

En este libro, Romero entra con profundidad en la España antigua de los judíos. Se mueve como sólo un historiador de verdad sabe hacerlo (por eso ha conseguido recientemente el nombramiento de académico correspondiente en Cuenca de la Real Academia de la Historia) entre papeles viejos, bibliografías, memorias raptadas y conversaciones vivas. Después de recoger todo cuanto se puede saber sobre las aljamas de Cuenca, de Guadalajara, de Maqueda (y de Huete, de Hita, de Sigüenza y de Valdeolivas), sobre los encausados por el Santo Oficio de la Inquisición en los tribunales de Sigüenza y Cuenca, y sobre la increíble historia de la composición de la Biblia “de la Casa de Alba” que el alcarreño Moisés Arragel compuso en el siglo XV por encargo de Luis de Guzmán, el gran maestre de la Orden de Calatrava.

Y cuando ya nos ha dejado medio ciegos con tanta luz aportada, con tanto dato acumulado sobre la mesa, con tanto apellido caliente y tan alta cifra de sufrimientos, entra a narrarnos una aventura personal, que se hace novelesca en algunos momentos, y que nos muestra al autor como lo que es: un intelectual que sabe dónde va, a qué puertas llama y qué preguntas hace. El encuentro de Romero con Elías Canetti en su casa de Zürich, pocos años antes de que el escritor (Premio Nobel ya, el primero concedido a un sefardí) muriera, es una página, son muchas páginas cargadas de un clamor erudito, de una sabiduría gaya y espléndida, desbordando juventud y ganas de infinito. Romero, que es cronista oficial de Cañete, que fue un poco antes nacido en Boniches, que ama Cañete como nadie (de ahí sus Alvaradas contundentes y sonoras) se encontraba con el señor Cañete (Elías Canetti) que aun nacido en Bulgaria y errante, como todos los judíos, por los mundos de la pena, se consideraba parte de esa Sefarad a la que los españoles no hemos sabido cuidar porque nadie nos ha enseñado a hacerlo.

En este libro, que es grueso pero leve, surgen tantas fuentes de las que beber que nos parece pantanoso. El estudio de Moisés Arragel, el judío de Guadalajara, al que califica de “hombre honesto, inteligente, culto y laborioso” se ofrece como una mirada de profundo humanismo hacia un pasado que siempre ha dado miedo. ¿judío, español, comentarista de la Biblia, castellano…? La voz de los sefardíes se ha multiplicado por el mundo, siempre fuera de su Sefarad querida. Esa voz múltiple y hermosa, que Beki Bardavid ha recogido con mimo, que Margalit Matitihau ha puesto en sus versos dulces, que García Seror ha investigado a través de los manuscritos de su tatarabuelo Mardochée, que Eliyá Carmona ha buscado en viejos códices, se encuentra en este libro. Que al final -tras leer sus capítulos varios- demustra ser de una contundente estructura pensada y cuajada.

Como decía al principio, y como todos constatamos a diario, los libros se leen poco, cada vez menos. Y el esfuerzo de los autores por construirlos es apenas admirado, en nada correspondido: una tarea titánica, la de subir al papel, cada día, miles de palabras que al final nos vencen y nos tiran, cuesta abajo, hacia el abismo. Siempre quedan, sin embargo, libros como este de Miguel Romero, que salvan una idea antigua, un rumor leve de algo que casi pasó desapercibido. Tan suave todo, que solamente nos provoca un giro mínimo del cuello hacia atrás, hacia donde nos ha parecido oir esa música, esa noticia curiosa, esa voz que, sin embargo, se nos mete en el alma. Como la de Margarita Monasterio cuando nos dice: “Por la puerta yo pasí / te vide asentada / la yavedura yo bezí / como bezar la tu kara…”

El autor, Romero Saiz

Como en el prólogo que escribí al libro, y que acabo de transcribir más arriba, queda claro la intencionalidad del mismo, y su contenido, en el que resaltan los estudios sobre Moshé Arragel y Elías Canetti, doy aquí, para terminar, unos apuntes breves sobre el autor, a quien considero un sabio, un incansable promotor de actividades culturales y, sobre todo, un buen amigo.

Miguel Romero Sáiz es natural de Boniches (Cuenca), 1952, aunque siempre se ha sentido íntimamente ligado a Cañete por relaciones familiares, participando desde hace mucho en la creación y organización de su Alvarada (homenaje al más señalado hijo del pueblo, el condestable don Alvaro de Luna). Estudió magisterio en la Escuela Normal “Fray Luis de León” acabando sus estudios en 1972, y dedicándose desde entonces a la enseñanza, primero en la Primaria, luego en Secundaria y actualmente en la Universitaria, de la que es profesor de la UNED y su director en Cuenca. Mientras tanto cursó los estudios de la licenciatura de Geografía e Historia que culminó con el grado académico de doctor a través de su tesis “Mudéjares, moriscos e Inquisición en el Señorío de Molina de Aragón”. Desde hace un par de años es académico correspondiente de la de Historia en Cuenca, y Cronista oficial de esa ciudad castellana desde 2014.

Ha escrito numerosos libros, tanto de creación literaria, cuentos infantiles, novelas, biografías (su último título, “Leonor de Inglaterra, reina de Castilla” ha sido un gran éxito de ventas) como de investigación histórica, sobre patrimonio conquense, castillos, viajeros, artículos en numerosos medios de comunicación, e intervenciones en medios radiofónicos, siendo este de “Las juderías de Cuenca y Guadalajara” su último y valioso trabajo por el momento.

En el centenario de Segundo Pastor

Homenaje_a_Segundo_Pastor_MarcoEntre los numerosos centenarios que vamos a celebrar este año en Guadalajara (con el consiguiente movimiento cultural que ello supone) no es el menor el del aniversario justo, el momento clave de los cien años de existencia, del que fuera guitarrista y compositor Segundo Pastor Marco, oriundo de la sierra del Alto Tajo. Parece que sigue fluyendo el sonido cadencioso de su guitarra, genial siempre.

El 23 de junio de 1916 vino al mundo, en Poveda de la Sierra (Guadalajara) Segundo Pastor, que se trasladó con su familia, siendo él aún un niño, a Cuenca, donde estudió el Bachillerato y donde cursó la carrera de Magisterio. Desde entonces se consideró, y le consideraron, conquense de pro, hasta el punto de que fue nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad castellana. A su llegada a Cuenca, fue ayudado por un sacerdote, tío suyo, que le compró su primera guiterra y le procuró una educación de primera, iniciando al mismo tiempo que el Bachillerato, sus estudios musicales con el profesor Chumillas, dando bajo su dirección su primer concierto en el Teatro Cervantes.

En Cuenca formó una orquestina con sus amigos, obteniendo un Premio de la Dirección General de Turismo por su obra “Mayo”. Ejerció como director de la Rondalla de Cuenca, trasladándose luego a Madrid, donde completó sus estudios de Armonía y Composición en el Conservatorio de Música y Declamación. Tuvo por profesor de guitarra a Daniel Fortea.

Aunque Segundo Pastor fue fundamentalmente concertista y virtuoso de la guitarra española, con giras mundiales, tuvo también gran capacidad de composición, tanto de conciertos y suites, como de música de documentales, cine, televisión, series y películas. Fue un magnífico ejecutante de los compositores clásicos, especialmente de Tárrega, de Turina y de Granados, y excelente compositor de piezas para guitarra, considerado entre los cuatro grandes del siglo XX. Alcanzó el grado de catedrático honorario de la Universidad de Oswego en los Estados Unidos, condecorado por el gobierno de Venezuela, académico de las Artes y Letras de Cuenca y durante algún tiempo presidente de la sección de música de la Institución “Marqués de Santillana” de la Diputación de Guadalajara, donde tuve ocasión de compartir con él muchas horas de reunión y amistad.

Viajero incansable por Europa y América, donde dio conciertos memorables como el que sirvió de estreno a su obra Suite de Flandes, con la Orquesta de Conciertos de Nueva York en 1977, o la que con el título Homenaje a la Alcarria sirvió para inaugurar el Conservatorio de Música de la Ciudad de Guadalajara en Jalisco, en 1980, en el que una de las aulas fue bautizada con su nombre. Tuve la gran suerte de estar con él en aquella ocasión (era diciembre de 1980), y de presenciar la anécdota que nos ocurrió, y que retrata a la perfección la forma de ser (al menos por entonces) de los mexicanos: habíamos quedado en que esa tarde, a las 8 de la tarde (era ya de noche, bien cumplida), en el Aula Magna de la Universidad de Jalisco, tendría lugar el gran concierto en que se estrenaría, a nivel mundial, la suite para guitarra “Homenaje a la Alcarria”. A esa hora acudimos una serie de amigos alcarreños que con él viajamos a México, y nos recibió con su clásico “¡Qué bueno que vinieron!” el rector de la Universidad. Pero nadie más había allí, a aquella hora. Nerviosos, inquietos, sobre todo el maestro Pastor, al ver que nadie acudía al acto, esperamos charlando hasta que a eso de las 9:30 empezó a acudir gente y a las 10 era un hervidero de espectadores, ante los que se pudo celebrar el concierto. La explicación que nos dio el rector, y la gente que le asistía, es que “acá en México los horarios no son más que orientativos”. Si un acto se anuncia a las 8, quiere decir que al menos durante un par de hotras más la gente estará llegando y aquello empezará a las diez. Ya sé que mis lectores pensarán que esto no es verdad, que me lo invento, que no es posible que esto ocurra en ningún lugar del mundo. Pues esto es lo que ocurrió en la Guadalajara tapatía aquel día de diciembre de 1980, y lo viví directamente.

De la importante producción para guitarra de Segundo Pastor Marco, cabe destacar La Leyenda del Júcar, Homenaje a la Alcarria, Piezas descriptivas de la Ciudad Encantada, Suite de Nerja y Tríptico del Doncel. Es también autor de un Método Internacional de Guitarra, que ha sido múltiples veces reeditado.

Murió Segundo Pastor, en Madrid, el 9 de noviembre de 1992. Y desde entonces ha figurado en las historias de la música española como un valor seguro y reconocido, tanto a nivel de intérprete (eran su guitarra y la de Narciso Yepes, las mejores de la España del siglo XX) como de compositor. Sería muy lógico que la provincia de Guadalajara, su provincia natal, celebrara de algún modo este centenario, que desde aquí sumamos al de otros ilustres alcarreños.