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Doña Blanca de Molina

historia del señorío de molinaEn el recuento de las vidas, de las actitudes y memorias que personas concretas han generado, está muchas veces como en resumen la historia de un territorio. El Señorío de Molina, tan singular en orígenes y desarrollo, tiene en sus jerarcas, y más especialmente en doña Blanca de Molina, una palpitante declamación de historia.

En la sucesión de señores de Molina, titulares de la behetría que el fuero manriqueño creó a mediados del siglo XII, la quinta de la serie es doña Blanca Alfonso de Molina, la más querida y brillante en la memoria colectiva de estos nombres antañones y medievales.

Era hija doña Blanca de los cuartos señores de Molina: don Alfonso [de Molina] infante de Castilla (hijo a su vez de Alfonso IX y de Dª Berenguela), y doña Mafalda Manrique, hija del tercer señor don Gonzalo Pérez de Lara, matrimonio con el que se dio cima a la Concordia de Zafra. Casó Blanca con don Alfonso Fernández el Niño, hijo del rey Alfonso X y de una tal doña Aldonza o Landada. Al morir el padre de Blanca, en 1262, acceden al señorío el joven matrimonio. Pero de hecho, quien gobernó siempre la tierra molinesa, durante 30 años consecutivos, fue doña Blanca, pues su esposo se dedicó por entero a la milicia, con su padre el Rey, y anduvo aquí y allá siempre metido en batallas y estrategias, especialmente dirigidas contra las fronteras de Al-Andalus. Murió en 1281, después de una campaña contra Granada, y los molineses apenas le echaron de menos, porque casi nunca le vieron.

Doña Blanca siguió, con más interés si cabe, al quedar viuda, procurando su atención al señorío que gobernaba. Entre sus obras destacan los historiadores la apertura del comercio molinés hacia Aragón y Castilla; la construcción de la iglesia románica de Santa María de Pero Gómez (hoy del convento de Santa Clara), y la fundación en 1284 del monasterio e iglesia de San Francisco. Creó además la Orden Militar de los Ballesteros de San Julián, y amplió a un centenar el número de los miembros del Cabildo de Caballeros, que desde entonces pasó a denominarse de Caballeros de doña Blanca.

Quizás su prueba más difícil fue la guerra que infectó el territorio hacia el año 1283. El alzamiento y rebeldía de don Juan Núñez de Lara, señor de Albarracín, y algo pariente de doña Blanca, contra el reino de Aragón, supuso una guerra que se extendió a Molina porque el tal Núñez se refugió en el alcázar de doña Blanca. El poderoso ejército aragonés entró en el independiente señorío, sembrando la destrucción y la desolación en las aldeas. Doña Blanca reorganizó su ejército, hizo apellidocon sus caballeros, ballesteros y gentes obligadas a batallar, y también penetraron en Aragón, causando daños. El conflicto vino a resolverse en una final batalla, que quedó en la memoria colectiva con el nombre de batalla de las Matanzas, y que aún se localiza el lugar donde se produjo entre los términos de Tordellego y Tordesilos. El choque producido entre los caballeros de doña Blanca, los ballesteros de San Julián y el ejército del Concejo de Molina, contra las huestes aragonesas de los concejos de Teruel, Daroca y los de Albarracín contrarios a su señor, acabó con la victoria del ejército molinés. Después de esta batalla, se firmaron las paces.

Y arreglado el conflicto, a Isabel, la hija de doña Blanca, la solicitaron en matrimonio un par de infantes de Aragón. La idea del rey aragonés Pedro III era la de anexionarse de este modo el Señorío. Sancho IV de Castilla, atento a la jugada, no se quedó quieto. Casado ya con doña María, hermana de doña Blanca, y estando con su corte en León, hizo viajar hasta allí a doña Blanca engañándola con la noticia de que su hermana se hallaba muy enferma. Al llegar nuestra dama a León, fue encarcelada, y allí forzada de la manera que podemos imaginarnos según procedía en todos sus actos Sancho IV apodado el Bravo. Ella se resistió, sufrió en el silencio de la lejanía porque sus súbditos y caballeros no estaban al corriente de lo que ocurría en Castilla, y finalmente tuvo que firmar con Sancho un pacto, en los salones del alcázar de Segovia, por el que doña Blanca desheradaba a su hija Isabel y nombraba su heredera en el señorío a su hermana María. A la hija impusieron boda precisamente con don Juan Núñez de Lara, señor de Albarracín, y así se casaron con gran pompa y circunstancia, aunque a los pocos meses, sin haber llegado a tener descendencia, murió la joven Isabel siendo enterrada en el panteón familiar del claustro del Monasterio de Santa María de Huerta.

 

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En ese momento, doña Blanca, viuda desde diez años antes, sin hijas pues Mafalda murió niña e Isabel acababa de fallecer, quedó muy deprimida y como paralizada. Enfermó, y solo dos años después, viendo que la gravedad era suma y (según declara al inicio del postrero escrito) como quiera que sea doliente en los miembros del cuerpo, el mismo día de su muerte (el 10 de mayo de 1293) firma el Testamento que quizás estaba redactado desde bastante antes, y que es una pieza importante y curiosísima de la historia molinesa que bien merece la pena glosar.

La esencia del testamento es que deja el señorío de Molina al rey Sancho IV de Castilla, como la había obligado este a firmar algún tiempo antes, con amenaza y en prisión. Menos mal que el rey tuvo al final un detalle, y también ese mismo día, extendió otro solemne documento sobre bello pergamino miniado, en el que hacía donación por juro de heredat, en toda su vidadel señorío de Molina a su esposa doña María, hermana de doña Blanca, de tal manera que el Señorío continuó teniendo señora de la familia de los Lara, y manteniendo su convivencia foral y sus instituciones vivas. Así siguió hasta 1321 en que murió doña María de Molina, siendo entonces su nieto, Alfonso XI, ya como rey de Castilla, quien lo heredó añadiendo a la corona el título de Señor de Molinaque ha seguido siendo, hasta hoy mismo, uno de los títulos del Rey de España.

El Testamento de doña Blanca es un documento por demás curioso, de cuya redacción detallada haré gracia a mis lectores, pero no quiero dejar pasar la ocasión de comentar algunas cosas curiosas que de él se coligen. Lo redactó doña Blanca ante el notario público de Molina, Lope García, y en él pedía, después de las clásicas invocaciones de piedad y fe hacia Dios, la Santísima Trinidad y la Virgen María, que su cuerpo fuera enterrado en la iglesia de sumonasterio de San Francisco de Molina, ante el altar de Santa Isabel, trasladando desde allí a la nave principal el de su hija fallecida años antes. En ese testamento es donde Blanca reparte señoríos a diestro y siniestro, de las pequeñas aldeas del territorio. Y reparte sus dineros entre sus criados, amigos, servidores y allegados, más capellanes, mayordomos y escribanos… un rasgo de generosidad que nunca se ha olvidado en Molina.

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En Trillo, admirando sus paisajes

Estos días celebra Trillo sus fiestas patronales, en el homenaje anual a la Virgen del Campo, y en la sensación de un año que acaba y se preparan nuevas cosas para el siguiente. A propósito de estas fiestas, y en medio de ellas, hago un recuerdo a los paisajes tan interesantes que nos ofrece este pueblo de la Alcarria.

Trillo se ha ganado en estos últimos años varias etiquetas: la de villa nuclear, la de pueblo rico, la de espacio con más capacidad de crecer y prosperar que otros muchos de la Alcarria. Trillo es, sin embargo, uno de esos lugares íntimamente, antiguamente, alcarreños, lleno de encanto no perdido, y sobre todo, con ganas de enseñarlo y hacer partícipes a los demás de ello. Sobre todo ahora, con la renovada actualidad de contar en su término una industria de las que están siendo capitales en el siglo que empieza, una industria del ocio. Porque su Balneario, en medio de una Naturaleza generosa y fantástica, viene a poner a Trillo en otra dimensión de famas diferente a la actual. Ya se está comprobando…

Esa Naturaleza de Trillo que no está suficientemente conocida. Sobre los tejados de la villa planean las siluetas de las conocidas «Tetas de Viana», montañas simbólicas, cargadas de historia, bellas por antonomasia. En el mismo pueblo, la cascada del río Cifuentes y su entorno, hoy bien urbanizado, aunque quizás de forma excesiva. El agua, en cualquier caso, sigue cayendo y produciendo esa sonoridad alegre que llama la atención de quien por allí circula. Y en el término, muy cerca de las casas, tras la revuelta del río, los Baños, con sus arboledas umbrosas, su música de pájaros, sus roquedales que vigilan desde Villavieja, un interesantísimo poblado de época celtibérica, aún por estudiar…

Para degustar la belleza del pueblo de Trillo, y de su entorno, hay que ir un poco informado. Y eso es lo que persiguen las líneas que vienen a continuación.

Saber algo de historia, por ejemplo. Decir que en el lugar de Trillo existe población desde tiempos antiquísi­mos, pues los restos arqueológicos que hay en lo alto del cerro de Villavieja, como los que se encuentran en las inmediaciones de la ermita de San Martín nos están diciendo que hubo población desde los tiempos prehistóri­cos.

La población, más moderna, junto al río, tiene su origen tras la reconquista de la zona, que se verificó a finales del siglo XI, cuando la recuperación definiti­va, por Alfonso VI, de Atienza, Guadalajara y Toledo. En el Común de Villa y Tierra de Atienza quedó Trillo, rigiéndose por su Fuero. El señorío de ésta que entonces era simple aldea, quedó en manos de particulares, al menos desde el siglo XIII. Así, vemos que hacia 1244 era señor de Trillo don García Pérez de Trillo, noble castellano, de quien lo heredó su hijo don Pedro García de Trillo. Su viuda doña Mayor Díaz y su hija Francisca Pérez lo poseían en el comienzo del siglo XIV, cuando en 1301 las amparó el rey Fernando IV ante el asalto que por parte de alborotadores del reino sufrieron en su cortijo o castillete.

Doña Mayor poseía «el lugar entero de Trillo» en 1304, año en que le fue confirmada esta posesión por parte del mismo rey Fernando IV, contra Rodrigo Pérez que pedía inexistentes dere­chos. El 20 de octubre de 1313 tomó posesión del lugar, como señora del mismo, doña Francisca Pérez, que había casado con don Gil Pérez. En 1315 tuvieron que mantener lucha contra don Diego Ramírez de Cifuen­tes, que las usurpó parte del señorío. Las hijas de este matrimonio, doña Sancha, doña Toda y doña Mayor Pérez vendieron Trillo y su entorno, con todas sus pertenencias, sus términos, vasallos, molinos, montes, etc., al infante don Juan Manuel, en 1325, en precio de veinte mil maravedís. Y éste comenzó ese año la construcción de un poderoso castillo en lo más alto del pueblo. De un “torrillo” que luego afianzaría el nombre del pueblo.

Desde esta fecha hasta mediado el siglo XV, Trillo siguió los mismos avatares históricos que Cifuentes. En 1436 pasó a poder de la familia de los Silva, condes de Cifuentes, y a la jurisdic­ción de esta villa. Durante largo tiempo, Trillo sostuvo pleitos contra Cifuentes arguyendo que tenía jurisdicción propia, y que no tenía por qué ser considerada un barrio de la villa. Pero este derecho y solicitud no fue plenamente reconocido hasta que en 1749 Trillo fue declarado Villa por sí, con jurisdicción propia. En el siglo XVIII sufrió graves daños en la guerra de Sucesión, y luego en el XIX los franceses hundieron el puente, en su retirada, no siendo reconstruido hasta 1817.

Para el viajero que hoy llega a Trillo, son de interés no sólo las calles y plazas del pueblo, en las que a pesar de las modernizaciones de los últimos años, que han corrompido en buena medida el ambiente tradicional, aparecen buenos ejemplares de casonas típicas, con clavos y alguazas antiguas, etc., y muchos rincones de gran belleza urbanística rural.

Destaca la iglesia parroquial dedicada a Santa María de la Estrella, situada en eminencia sobre el río y llegándose a ella desde la plaza mayor, o desde un puentecillo que cruza sobre el río Cifuentes. Es obra grandiosa del siglo XVI, con fuerte fábrica de mampostería y sillar, alta torre, y atrio cubierto rodeado de barbacana sobre el río. Tiene tres puertas de acceso, pero es la del mediodía la principal, con detalles ornamentales del período renacentista (segunda mitad del siglo XVI) y buenos hierros en clavos, argollas, cerrajas, etc. El interior es de una sola nave, con techumbre de madera muy sencilla.

El retablo que cubre la pared del fondo del presbiterio está traído desde el abandonado templo parroquial de Santamera, y es una verdadera joya (además, muy bien restaurado) de la pintura renacentista. Múltiples escenas de la Vida de Cristo, y algunas figuras de santos y santas tradicionales, le adornan con su fuerza multicolor.

Entre algunas casas y corrales de la parte alta del pueblo, se quieren adivinar los restos del antiguo castillo medieval que construyera don Juan Manuel hacia el año 1325.

El puente sobre el río Tajo es magnífico. Dice la tradición del pueblo que fue construido por los moros. Su origen es medieval, y en el siglo XVI ya llamaba la atención por ser de un solo ojo, muy firme y bello. Necesitó reparaciones en el siglo XVIII. En el XIX, los franceses le derrumbaron, y hacia 1817 se volvió a reconstruir de nuevo, durante el reinado de Fernando VII, como puede leerse en una piedra de la baranda. Aún en el pasado siglo XX ha sufrido reformas, ampliaciones y añadidos.

A dos kilómetros río arriba de Trillo se encuentran los Baños de Carlos III, que pervivieron en su utilización balneoterápica hasta mediado el siglo XX. La utilización de las aguas termales que surgen en la orilla izquierda del Tajo (aguas clorurado‑sódi­cas, sulfato‑cálcico‑fe­rruginosas y sulfato‑ cálcico‑arsenicales) es muy antigua, pues se sabe que los romanos tuvieron aquí asenta­miento y de ellas se aprovecharon (se llamaban Thermidapor ellos). Durante siglos, y en plan absoluta­mente espontáneo, se ofrecieron estas aguas a cuantos precisaban la salud o la mejoría en sus afecciones reumáticas, hasta que en el siglo XVIII, y por parte de la Administración del Estado Borbónico, se puso en marcha el plan de su racional aprovecha­miento y uso. A partir de 1772 se iniciaron estudios, a cargo de don Miguel María Nava Carreño, decano del Concejo y Cámara de Castilla, para aprovechar mejor estas aguas, que entonces se acumulaban «en inmundas charcas donde se maceraba el cáñamo y sin limpieza alguna». Se arreglaron fuentes, se levantaron edificios, se hicieron magníficos jardines, paseos y bancos de piedra, transfor­mando todo en un recinto auténticamente versa­llesco. Don Casimiro Ortega, profesor de Botánica del Real Jardín de Madrid fue encargado de estudiar la composición química y propiedades salutíferas de las aguas. Se inauguraron los baños en 1778, y en 1780 se abrió el Hospital Hidrológico, en el mismo pueblo de Trillo, del que aún queda el edificio.

Y para los que puedan prolongar unas horas más su excursión, decir que en el término de Trillo se conservan las ruinas del monasterio cisterciense de Ovila, que en 1930 fueron vendidas por sus dueños al magnate industrial norteamericano W.R. Hearst, el cual hizo desmontar la iglesia, el refectorio, la sala capitular y parte del claustro, para llevarlo a su país en barco, y allí recons­truirlo. Hoy puede el viajero contemplar en Ovila (si es que le dejan pasar los propietarios, cosa últimamente un tanto complica­da) los restos de la iglesia (muros, arranque de bóvedas, algunos ventanales ojivos), de la bodega (ejemplar completo de recia sillería y bóveda de cañón, del siglo XIII), del claustro (del que quedan dos costados compuestos de doble arquería en severo estilo clasicista, construido a partir de 1617) y de la gran espadaña de la iglesia (de tres vanos para las campanas, obras también del siglo XVII). Este monasterio fue fundado en 1181 por Alfonso VIII, y su historia, larga e interesante, fue escrita en inolvidable libro por Francisco Layna Serrano.

El fraile jerónimo fray José, una gloria seguntina

Vida y Obra de Fray José de SigüenzaLa próxima semana, del lunes 29 julio al jueves 1 agosto, van a celebrarse en Sigüenza sus habituales Jornadas de Estudios Seguntinos, en las que, por celebrarse este año un aniversario relativo al personaje, van a tratar monográficamente sobre Fray José de Sigüenza, el fraile jerónimo que tan buen sabor de boca dejó en la historia de la Literatura Española.

De todos es sabido que la Orden religiosa de San Jerónimo, nació en Guadalajara, muy cerca de su capital, en los bordes de la meseta alcarreña que dan vistas al valle hondo del Matayeguas, por Lupiana. Esta Orden monástica, netamente española, tuvo allí su inicio y “Casa Madre”, extendiéndose por otras tan conocidas como Yuste, Guadalupe y El Escorial, y posteriormente por toda España, y por el conjunto grande de tierras hispánicas sobre América. La Bula del Papa Gregorio XI en 1373 abría un camino que fue muy circulado y provisto de contenidos, durante siglos, hasta la irrupción de la ley de Desamortización impulsada por Mendizábal a inicios del siglo XIX, que acabó con la Orden. Curiosamente, sería luego otro alcarreño, Manuel Sanz Domínguez, quien ya a finales de ese siglo volviera a recuperar y dinamizar esta Orden Jerónima, que hoy cuenta con apenas una decena de individuos en España.

Aparece José Martínez de Espinosa

De entre los numerosos personajes que la Orden Jerónima dio a la historia, cabe destacar uno que podemos esgrimirle como propio de nuestra tierra. Se trata de José Martínez de Espinosa, hijo de un eclesiástico seguntino, y en la Ciudad del Doncel nacido, en 1544. Atraído por la vida religiosa, decidió entrar en religión, cosa que hizo el 17 de junio de 1567, en el monasterio de Santa María del Parral en Segovia, adoptando entonces el nombre (como solían hacer los individuos de la Orden, tomando sobre su nombre el apelativo de su lugar de nacimiento) de fray José de Sigüenza. A partir de entonces, jornadas imparables de estudio, de análisis, de escritura y meditación. Escribió libros de historia (la de su Orden, la de su fundador, la de la construcción y ornato del monasterio de El Escorial), de exégesis apologética, de espiritualidad, de poesía, y en todas las líneas mostró su elegancia y rigor escriturario. Algo que solo se consigue leyendo mucho, analizando, y pensando. Que fueron actividades que fray de José de Sigüenza ejerció sin descanso a lo largo de su vida.

Esa imagen que de él se ha propagado, vestido con su hábito pardiblanco, sentado ante una mesa forrada, con una pluma en la mano, y la obra sujetando el cuaderno en el que escribe, la firmó primero Bartolomé Carducho y luego se universalizó con el grabado que, minucioso, hizo Manuel Salvador Carmona, inserto en la colección de “Retratos de los españoles ilustres” que se dio a imprenta en 1791 y que acompaña a estas líneas. En la mirada está compendiada su biografía. Larga y densa, en su infancia estudió en los centros docentes seguntinos y luego en su Universidad, donde cursó Teología. De allí marchó a Segovia, donde entró en 1566 como novicio, alcanzando el grado de monje profeso un año después. La biografía cabal que de él escribió nuestro Cronista Provincial, don Juan Catalina García López, ha de ser resumida por fuerza del escaso espacio de que dispongo. No obstante, el libro que ahora aparece, debido a los esfuerzos investigadores y el cariño inmenso a su figura, de Antonio Nicolás Ochaita, servirá para ofrecer con detalle esa vida tan interesante.

Fray José de Sigüenza fue no solo teólogo y poeta, sino matemático y músico. Dominaba varias lenguas y alcanzó a ser protegido (por admirado) del rey Felipe II, quien le llevó al monasterio de San Lorenzo de El Escorial, como bibliotecario primero, y luego en funciones de mentor de su decoración, ejerciendo de motor ideológico de la Orden y del centro monástico: de ahí que las pintura de sus bóvedas (coro, biblioteca, hasta detalles de fachada y patios) fueran salidos de la mente de fray José. Desde 1575 hasta su muerte, en 1606, fue eje del Escorial, de cuya comunidad jerónima fue prior en 1603 hasta su muerte. Como es lógico, al haber gozado del apoyo y simpatías del Rey, numerosos enemigos (que en el clero son, por silenciosos, de mayor peligro) le llevaron a ser llamado ante el Tribunal de la Inquisición, que le tuvo una larga temporada en análisis, declaraciones y explicaciones de las que finalmente salió absuelto. Pero aquellos que le acusaron (fray Diego de Yebes, fray Cristóbal de Zafra, entre otros) convivieron luego con él, lo que le agrió el carácter, según su biógrafos.

La figura del fraile jerónimo más conocido en España, crece ante sus biógrafos, y ahora que se cumplen los 475 años de su nacimiento, la Ciudad del Doncel le tributa de nuevo un homenaje, rescata su memoria ante las nuevas generaciones y apoya los estudios sobre su figura. Uno de ellos, el libro que se va a presentar estos días en Sigüenza, y que sin duda es el más completo de los hasta ahora escritos sobre este personaje. Una brevísima explicación sobre esta obra excepcional, firmada por Antonio Nicolás Ochaita, es lo que me sirve para terminar este recuerdo.

Vida y Obra de Fray José de Sigüenza

Esta es la ocasión de anunciar y comentar un libro que en estos días aparece, (que será presentado en estas Jornadas el jueves día 1 de agosto), y que viene a ser el mejor homenaje que se le puede dar, porque en los libros queda compendiada y anotada por los siglos la memoria y la información de la gente.
Antonio Nicolás Ochaita, alcarreño de nacimiento pero seguntino de vocación, presenta la semana que viene en el transcurso de las referidas Jornadas de Estudios Seguntinos su libro “Vida y Obra de Fray José de Sigüenza”. Es un volumen muy bien editado, en tamaño 17 x 24 cms., con 418 páginas, y numerosas ilustraciones, en el que expone el fruto de su trabajo de años: la biografía del fraile jerónimo, la relación analizada y comentada de sus obras (las publicadas y las que quedaron inéditas), su influencia en el desarrollo de la orden jerónima, su importancia clave en la construcción y decoración del monasterio de El Escorial, y (para mi gusto, el mejor de los capítulos) la protección que a los pintores del siglo XVI promovió, desarrollando su obra, y valorando la de otros anteriores…. por ejemplo, el aprecio que desde entonces se le tiene a la obra pictórica de Jerhónimus van Anken, el Bosco, se debe al interés que en el análisis de sus detalles hizo fray José, y cómo le instó a Felipe II a que buscara cuantas obras del flamenco pudiera encontrar, para nutrir su gran colección. Tarea gracias a la cual hoy podemos disfrutar, en el Museo del Prado, del mejor conjunto que en el mundo existe de la obra de este pintor universal.

El libro de Nicolás Ochaita es fundamental en muchos sentidos, pero sobre todo por el ímpetu de totalidad que le embarga: no solo refiere las noticias vitales del fraile, sino lo que él escribe a propósito de cada paso que da en la vida, de lo que otros escriben sobre él, de sus dichos y sentencias, de su visión del mundo (el espiritual y el material). En definitiva, una obra de la que los alcarreños podemos sentirnos orgullosos, porque rescata de manera definitiva a esta singular figura de nuestra historia, al seguntino Fray José, luz de la Orden Jerónima, y una de las plumas más fructíferas y elegantes de la literatura española.

Caminos del Apóstol por la Alcarria

Caminos del Apostol Santiago por la Alcarria

Otra vez vuelve Santiago a ponerse en el Camino, y tras él los peregrinos. Aunque siempre hemos pensado que “el Camino de Santiago” era algo propio de las provincias del norte, de las tierras lluviosas y frescas del Cantábrico y Galicia, resulta que los peregrinos fueron hasta la Tumba del Santo por muchos caminos, desde sus respectivos lugares de vivienda. Y por eso la tierra de Guadalajara ha visto pasar, a lo largo de los tiempos, a los peregrinos hacia Santiago.

La semana que viene celebraremos a Santiago, el apóstol caminante, el guía espiritual de quienes son inquietos y buscan la novedad del paisaje, la curiosidad de los edificios, el intríngulis de las gentes. Por eso tenemos aquí un recuerdo hacia los alcarreños peregrinos que van desde Guadalajara, o desde otras partes periféricas, hasta la Tumba del Apóstol. Uno de ellos, el profesor Jesús Ángel Yela Gómez, ha descrito en un magnífico y reciente libro su camino por la Costa de Portugal, junto al mar, y otro conocido paisano, el doctor Fernando Alvarez de los Heros, nos deleitó el año pasado con el relato y descripción de su viaje hasta Burgos y luego Santiago, desde el Levante español, atravesando entera la provincia de Guadalajara siguiendo el viejo “Camino de la Lana”, un trayecto muy concurrido por el que no solo iban, en tiempos antiguos, los ganados sino también los peregrinos.

Algunos escritores más han examinado y recorrido estos caminos: no podemos olvidar a Angel de Juan-García, que pormenoriza en un libro su trayecto jacobeo a través de la Alcarria, sino los conocidos historiadores Margarita del Olmo y Emilio Cuenca, quienes en un doble volumen que en su día editó “Nueva Alcarria” y que titularon “Los Caminos de Santiago de la provincia de Guadalajara y sus precedentes”. Incluso dos conquenses, Jesús Herminio Pareja Pérez y Vicente Malabia Martínez, en 1999 vieron publicado su librito “La Ruta de la Lana. Guía del Peregrino a Santiago de Compostela” como aportación a esta común y multitudinaria aventura.

La Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Guadalajara, apoyados por la Diputación Provincial, desde hace años ejercen de anfitriones de los peregrinos, y apoyan con iniciativas, charlas y actos diversos la vivencia de esta vía antañona y elemental. Un camino concreto que llevó (y sigue llevando, afortunadamente) a viajeros entusiastas, ruteros y fieles santiaguistas, hacia la meta de su sueño. El Camino de la Lana, especialmente, es el que nos pilla más cerca, y el más auténtico. Porque quizás otro (uno que desde Guadalajara surge atravesando la Campiña y lleva a la Sierra por el valle del Jarama) también sirviera de trayecto a los arriacenses de siglos pasados, pero no ha dejado tanta huella como el alcarreño. Es el denominado “Camino Mendocino” y sigue teniendo vida, al menos en cuanto a organización de rutas por su recorrido.

Cifuentes en el Camino a Santiago

Es concretamente Cifuentes el lugar en el que más averiguado está el paso de ese “Camino de Santiago” por la Alcarria. No solo se cita en documentos antiguos, como estación de paso, sino que aún queda la huella de ese Camino en la iglesia parroquial, porque su portada occidental, dedicada a Santiago, muestra tallada, ente otras figuras, la de un peregrino que va revestido de rigurosa etiqueta jacobea.

Por allí pasaron ganaderos, devotos y, por supuesto, artistas de la talla y la construcción de templos. El ejemplo más evidente es la similitud de tallas en las figuras que pueblan la portada de Santiago de Cifuentes, y la de Santa María del Rey de Atienza. Ambas son del siglo XIII mediado (en Cifuentes la cosa está muy evidente porque aparece tallado y nombrado el obispo seguntino don Andrés, que lo era en 1268) y sus imágenes son muy parecidas, en motivos y técnicas.

El Camino de la Lana, que va de Valencia/Alicante hasta Burgos/Santiago, tuvo su eje por la Alcarria desde Salmerón (donde también quedan símbolos jacobeos en los muros de su templo parroquial) hasta Miedes de Atienza. De ese periplo, queda constancia documental, y ahora, el relato personal y vivido, de Fernando Álvarez de los Heros, que nos ha contado en primera persona la forma de andarle, las anécdotas vividas, y los elementos de utilidad (bares, casas rurales, albergues) que por el trayecto alcarreño pueden encontrarse. Lugares como Viana de Mondéjar, como Trillo, o como Baides, tiene especial encanto en este trayecto, que se hace a pie, o en coche, con facilidad y asombro.

Opciones ruteras y turísticas

Desde hace pocos años se ha mezclado la antigua devoción religiosa con la curiosidad turística. Aprovechando el “tirón” se han hecho numerosas rutas de senderismo, bicicleta o en caballería y “Caminos de Santiago” por casi todas partes, alcanzando así unas aceptables opciones de promover un desarrollo rural sostenible en zonas que podrían ser poco visitadas.

La Federación Española de Amigos del Camino de Santiago (web http://www.caminosantiago.org) agrupa a la mayoría de estas asociaciones para informar y dar soporte a los peregrinos (o a los simples viajeros) que recorren una serie de rutas establecidas, teniendo una merecida buena fama. Ha recuperado y señalizado diferentes rutas jacobeas y publica desde 1987 la mejor y más difundida revista a este respecto, “Peregrino”, dirigida por José Antonio Ortiz Baeza.

En Guadalajara existe una Asociación de Amigos del Camino de Santiago, con una página web (www.deguadalajaraasantiago.blogspot.com.es) y muy notable actividad, que estos pasados años ha cuajado en la normalización, señalización y balizado del Camino que atraviesa nuestra provincia.

El único “pero” que al Camino de la Lana atravesando la provincia de Guadalajara le queda por resolver, es el corte que en dicho Camino se realiza en el municipio de Peralveche, a la altura de la antigua localidad de Villaescusa de Palositos. Allí la propiedad de la finca en que se ha transformado el antiguo pueblo, le ha puesto una valla metálica al camino, y han cerrado la puerta con fuerte candado. Esto atenta contra toda ley “natural” y ancestral que posibilita el paso por los caminos públicos en toda Europa. Y más por este, que es un Camino con historia, con tradición, son sabor y con adeptos. Las autoridades provinciales deberían tomarse este tema con interés, no pasando de ello, como se ha hecho hasta ahora, desde hace más de diez años en que viene ocurriendo. Los peregrinos, ruteros, caminantes y alcarreños sencillos se lo agradecerían y aplaudirían.

Ya van medio millar de despoblados

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La tendencia urbanita nos está llevando a un despoblamiento del entorno rural. Es una tendencia universal a la que Guadalajara no es ajena. Si en la Edad Media, nuestra tierra estaba ocupada por un millar de pequeñas poblaciones, hoy no llegamos a las cuatrocientas pobladas. Las demás son ya despoblados…

Quizás la huella más clamorosa del progresivo abandono del mundo rural, sea la existencia de lugares que antaño fueron pueblos, y hoy son solamente despoblados, lugares vacíos de vida humana, en los que aún se escucha el eco de lo que fue durante siglos actividad y afán diario. Parece como si del tema solo cupiera la expresión literaria (recitar los versos de Rodrigo Caro “estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora, campos de soledad, mustio collado…”) o el enojado protestar de los políticos de la oposición, que solo ven la ruina cuando no mandan.

Pero también cabe el riguroso análisis de lo que fueron, el análisis y catálogo de su existencia y de sus ruinas. Además de la consiguiente elucubración de su significado toponímico, que nos da pistas sobre su origen y su época vital.
Eso es lo que han hecho José Antonio Ranz Yubero, María Jesús Remartínez Maestro y José Ramón López de los Mozos, en un estudio que iniciaron hace bastantes años y que ahora han acabado y puesto al día: el análisis de todos los despoblados de los que se tiene noticia sobre la geografía de Guadalajara. Salen unos quinientos, son muchos.

Remotas desapariciones

En épocas medievales ya se sabe que algunos pueblos desaparecieron de una semana para otra. En unos casos, cuentan las leyendas que se debió el hecho a que en una boda fueron envenedadas las bebidas por una bruja que quería mal a la novia, muriendo todos los habitantes. En otros, se saca a colación el quimérico proceso de la invasión del poblado por una plaga de hormigas, o de termitas, que también en pocos días acabaron engulléndose todos los edificios. Entre medias, están los documentos que nos hablan de la llegada de la epidemia de peste a pequeñas poblaciones castellanas, que en dos semanas acabaron prácticamente con toda la población. Este es el caso de La Golosa, hoy en término de Berninches, en el corazón de la Alcarria. Hacia 1346, y tras pasar la epidemia, solo quedaron vivos tres habitantes, que decidieron, en documento público, borrar del mapa su pueblo y unirse en todo a la cabecera de esa comarca, Berninches. Hoy se ve, en medio de los campos, aislada, la iglesia parroquial de La Golosa, que era una construcción de estilo románico rural, y que aún mantiene en pie muros, ábside y portada.

De similar manera desaparecieron lugares como Retuerta, cerca de Balconete; Romerosa, junto a Aleas; San Pedro, en término de Valfermoso de Tajuña, Roñuela, por Brihuega, y el poblado de Séñigo, que contaba con un torre fuerte, entre Sigüenza y Palazuelos. Así, a cientos. Y de muchos de ellos aún quedan huellas, señaladas y valientes, como las de Morenglos, junto a Alcolea de las Peñas, Sacedoncillo, entre Muriel y Tamajón, o San Marcos, entre Centenera y Atanzón. De otros, sin embargo, apenas el recuerdo de pastores, que al pasar por el monte ven montones informes de piedras, entre las que han crecido quejigos, encinas o espinos densos. Saben el nombre, y recuerdan la vida que hubo en ellos. Pero ni documentos, ni recuerdos se mantienen.

Una tercera categoría de despoblados son los que hemos podido ver, con nuestros propios ojos, por haber dejado hace ya tiempo de ser jóvenes, pero contando aún con la suerte de mantener la memoria activa, y en ejercicio. Así, el caso de Villaescusa de Palositos es de los más sangrantes: un pueblo vivo, animado y feliz hace cincuenta años, que fue abandonado de sus habitantes, adquirido por entero por un particular que con máquinas arrasó toda huella de vida, dejando solamente la iglesia parroquial (de notable estilo artístico) y que a su vez está abandonada de sus dueños (la Iglesia Católica) y contando con el permiso de la autoridad civil (la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha) para que se haya puesto una puerta con candado en el camino público que accede a lo que fue población.

He visto cómo el ejército ha hecho prácticas de tiro sobre Las Cabezadas, sobre Robredarcas, sobre Jócar. Pueblos enteros y con gente, que previamente los abandonaron. He visto cómo los pantanos han inundado poblaciones antaño dinámicas como Poyos, La Isabela, Alcorlo, El Atance y El Vado, quedando de algunas solamente los esqueletos de sus casas y templos. He visto como todos se han ido, de Querencia, por ejemplo, de Matillas de Arriba, de Teroleja, o de Torrecilla del Ducado. He estado con gente, merendando en sus casas, en Villacadima y en Villanueva de las Tres Fuentes… y hoy ya nadie vive allí, al menos habitualmente.

De tanta desolación, de tanto abandono, de tanta pérdida de memoria, tratan estos tres amigos autores. José Ramón López de los Mozos, por desgracia, ya fallecido, pero los otros dos, sabios de viajes, de lecturas y análisis toponímicos, nos dan listas, nos enseñan fotos, nos entregan claves para saber más de esos lugares. La obra es un monumento a nuestros ancestros, a los que pasaron sin hacer ruido y sin dejar memoria escrita, pero latientes y seguros, como el latido de un corazón, que sería eterno si no nos empeñásemos en cargárnoslo.

La “Enciclopedia de los Despoblados”

En estos días aparece este libro que ­–ya en segunda edición, pero con un repertorio gráfico muy ampliado, y muchos despoblados nuevos añadidos– nos viene a dar la referencia precisa y minuciosa de todos y cada uno de los despoblados que existen en Guadalajara. A la vista, o en el recuerdo. Con piedras en la mano, o con solo los datos de su nombre y significado.
Ha sido escrito por José Antonio Ranz Yubero y María Jesús Remartínez Maestro, habiendo colaborado muy ampliamente con ellos el ya fallecido investigador José Ramón López de los Mozos. Bajo el título de “Despoblados de la provincia de Guadalajara” fue editado hace diez años por la extinta Caja de Ahorros de Guadalajara, que pocos meses después desapareció, y la edición casi entera se perdió. Por lo que muy poca gente pudo disfrutar de esta obra magna.
Se acompaña el texto, que abarca más de 400 páginas, de abundantes imágenes de despoblados (espadañas, muros, poblados en ruinas, fuentes…) y se completa con dos amplios índices (de poblaciones donde radican, y de despoblados propiamente dichos) y un enorme mapa a color, en el que pueden localizarse con bastante detalle los lugares referidos.
El libro ha sido editado este verano por la editorial alcarreña Aache, a cuyo cargo corren descubrimientos y recuperaciones como esta. Su ISBN el 978-84-17022-89-1 y su precio al público es de 20 Euros el ejemplar.