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Visitas reales en Guadalajara

Mañana sábado, a mediodía, llegará a Guadalajara el Rey de España, S. M. Don Felipe [VI] de Borbón y Grecia. Lo hará acompañado de su esposa, S.M. Doña Letizia Ortiz, y presidirá el homenaje a la bandera, a los que han dado su vida por la Patria, y al Ejército Español que nos defiende. Será su primera visita oficial a la ciudad, como Jefe del Estado, y será aclamado, como corresponde, por el pueblo de Guadalajara. Mañana anotaremos en los anales de la ciudad, la visita del “felipe” que nos faltaba.   Con este motivo, me he parado a repasar las visitas que a Guadalajara, ciudad y provincia, han hecho los reyes (primero de Castilla, luego de España, y algún que otro europeo) a esta ciudad y su territorio circundante, encuadrado hoy en lo que es la provincia de Guadalajara. Trataré de ser rápido y sucinto, porque la lista es larga y daría, casi casi, para un libro. Empiezo por los Trastamara, porque los borgoñas son más difíciles de rastrear, aunque sabemos que Alfonso VII estuvo aquí dándonos el Fuero… Es en junio de 1370 que sabemos que el rey Enrique II de Castilla anduvo por nuestra ciudad. Llegaría al Alcázar Real, propiedad de la corona, y cabeza de una villa de señorío real, como fue casi siempre la nuestra. Por este edificio, y por la vega del Henares, anduvo también Enrique III, de quien sabemos era aficionado a pasar temporadas en el Monasterio benedictino de Sopetrán, junto al río Badiel. De su hijo Juan II tenemos más noticias. Sabemos, por ejemplo, que el 16 de junio de 1408 firmó en sus salones del alcázar una carta concediendo al monasterio jerónimo de la Sisla una renta perpetua. Sabemos también que el 20 de enero de 1413 firmó aquí las normas de trato para los judíos de Murcia, e incluso que siete años después, el 25 de febrero de 1420, favoreció en una provisión al Concejo murciano para que pudiera proveer una flota de ayuda a Francia. Será su hijo, Enrique IV de Castilla, quien también alojado en el Alcázar decidió y plasmó en un solemne documento que aún hoy se conserva en el Archivo Histórico Municipal, el nombramiento de Ciudad a Guadalajara, elevándola desde la categoría de villa que hasta entonces tuvo, al preeminente de ciudad, que hoy con satisfacción aún poseemos. Fue la firma un 25 de mayo de […]

Méritos y deméritos de una ciudad dubitativa

En los días de reflexión que preceden a la esperada fecha de las elecciones locales, la posibilidad de elegir representantes se nos antoja como un ideal en el que los ciudadanos debemos poner lo más difícil del envite: elegir bien. El pueblo nunca se equivoca, lo tengo por cierto, y de nuestra ciudad hay un buen plantel, este año, donde escoger. Mientras sigamos condenados al sistema de listas cerradas, lo más difícil es elegir el grupo que nos representará en los siguientes cuatro años. En materia cultural, y de patrimonio, son muy pocas las propuestas que se han hecho para estos comicios. La mayoría, son entelequias imposibles de cumplir. Y algunas, más lógicas y positivas, necesitarán en todo caso de la voluntad permanente de quienes las asuman como compromisos. Estamos en este inicio del siglo XXI como ante una encrucijada de caminos. Y quienes nos dirigen, o aspiran a hacerlo, no parecen saber muy bien qué camino tomar, porque antiguos caminos se cerraron y otros no se encuentran bien trazados todavía. En anteriores campañas se prometieron acciones culturales que no se llegaron a cumplir, y otras sin embargo se llevaron a cabo sin previamente haberlas anunciado. En cualquier caso, este es un buen momento para recapitular sobre los brillos y las sombras de nuestro patrimonio, de nuestro acervo cultural local, de las esencias que deberían mantenerse para que no se caiga en la idoloatría de lo moderno y se olvide el enraizado sostén de nuestra historia. Cosas que se hicieron bien No es por casualidad que las elecciones locales se celebren siempre en primavera. Los manuales que usan los que saben a lo que van, dicen que esa es la mejor época porque luce la ciudad en sus parques, en sus cielos, en sus perspectivas amables. Si me lanzo a pasear por las Cruces me encuentro con que el paseo está, más o menos, como hace 10 años, pero tampoco necesitaba de mejoras. Se ha ido a lo seguro, a dejarlo bien, transitable, humano. Sin embargo, la acción sobre una vía antigua y con raigambre, la llamada Calle de Barrionuevo (alta y baja) que luego fue llamada de Ingeniero Mariño y Ramón y Cajal, a principios del pasado siglo, ha sido tratada con buena disposición, con aceras más amplias, con lucimiento de ángulos y esquinas, consiguiendo una amabilidad indudable, aunque haya tenido sus puntos oscuros, como el cerramiento total del […]