Marchamalo se hace Villa
El pasado viernes 2 de octubre la villa de Marchamalo vivió un emotivo aniversario, al iniciarse los actos que conmemoran los cuatro siglos de su declaración como Villa con jurisdicción propia, hecho que supuso la administración de justicia entre sus ciudadanos, y la erección de un rollo que pregonara esa calidad. Un libro del historiador Aurelio García López, que me correspondió el honor de presentar en su Ayuntamiento, y la erección de una réplica de su primitivo rollo jurisdiccional en la plaza mayor, han sido testigos de este acontecimiento.
El sábado siguiente, 3 de Octubre, un grupo de entusiastas marchamaleros y marchamaleras puso en escena, en la misma plaza, una representación memorizando aquellos dias del siglo XVII, cuando el pueblo decidió independizarse y pedirle al Rey el nombramiento de Villa, que hasta hoy mantiene.
El título de villa significaba en la España del Antiguo Régimen mucho más que una simple distinción honorífica. El privilegio de villazgo era una merced real mediante la cual una aldea o lugar se separaba jurídicamente de la ciudad o villa de la que dependía y adquiría jurisdicción propia, a cambio normalmente de una cantidad de dinero entregada a la Hacienda Real. La nueva villa podía disponer de sus propias autoridades, administrar justicia en primera instancia, gestionar sus bienes y rentas y contar con determinados símbolos materiales de su nueva jurisdicción, como la cárcel, el alguacil, la horca o la picota. En el caso de Marchamalo, este proceso culminó en enero-febrero de 1627, aunque se fue fraguando desde un año antes.
Marchamalo había pertenecido desde la Edad Media al Común de Villa y Tierra de Guadalajara. Ya en el fuero de Guadalajara de 1133 figuraba entre las aldeas del Campo, permaneciendo sometida a la jurisdicción de la ciudad, de cuyo corregimiento dependía.
Desde la constitución de la unificada España a raíz del matrimonio de los Reyes Católicos, muchas aldeas de este Común quisieron desembarazarse de la tutela de la ciudad. Y ello vino a coincidir con la permanente y progresiva necesidad de la Monarquia de recaudar dineros para mantener sus guerras en Europa.
Cuando Felipe IV subió al trono en 1621, la Monarquía Hispánica atravesaba una grave situación financiera. Las guerras y los compromisos adquiridos con prestamistas habían comprometido buena parte de los ingresos de la Corona. En 1625, las necesidades económicas derivadas de las guerras exteriores, particularmente en Italia, llevaron a la Hacienda Real a recurrir nuevamente a los banqueros genoveses.
Aunque la ciudad de Guadalajara protestó, no consiguió detener la decisión de la Corona. Y en agosto de 1626, un real decreto autorizó las solicitudes de villazgo de los lugares pertenecientes a su jurisdicción. Marchamalo empezó a moverse.
El 31 de agosto de 1626, los vecinos se reunieron a campana tañida y en concejo abierto en la Plaza Pública para deliberar sobre la adquisición del villazgo. La decisión fue favorable a la compra y se acordó enviar un representante a Madrid para negociar con la Hacienda Real y formalizar las condiciones. El elegido fue don Miguel Calvo, natural de Marchamalo, clérigo letrado y miembro de una de las familias más acomodadas del lugar. Había estudiado en la Universidad de Alcalá, donde se había licenciado en Artes, y era además comisario del Santo Oficio de la Inquisición, circunstancia que le proporcionaba prestigio y una posición social apropiada para desempeñar una negociación de esta importancia.
Dos días después, Miguel Calvo se encontraba en Madrid. Allí, en nombre de Marchamalo, firmó el asiento o concierto de adquisición del villazgo con los representantes de los banqueros genoveses Octavio Centurión, Carlos Strata y Vicencio Scuarzáfigo. La pretensión estaba clara: que el rey hiciera merced a Marchamalo de separarlo de la ciudad de Guadalajara, convirtiéndolo en «Villa de por sí y sobre sí». La nueva villa debía poseer jurisdicción civil y criminal, alta y baja, con mero mixto imperio, además del señorío y vasallaje, rentas jurisdiccionales, penas, mostrencos y escribanías correspondientes. Marchamalo dejaba de ser jurídicamente una aldea sometida a Guadalajara para convertirse en una comunidad con jurisdicción propia. Y el 8 de septiembre de 1626, Miguel Calvo comunicó oficialmente al concejo la firma del acuerdo. La noticia fue recibida en una nueva reunión celebrada en la Plaza Pública. El acta menciona a los alcaldes Juan de Oñoro y Alonso de Yusta, a los regidores Miguel de Robledillo, Alonso de Yusta «el Mozo» y Francisco de Oñoro, y a los diputados Baltasar Calvo y Juan Ablanque. En total, el acta señala la presencia de cincuenta vecinos, además de los setenta y cinco que habían otorgado previamente poder a Miguel Calvo.
El problema era el elevado coste de la adquisición de esta prerrogativa. El monto ascendía a 3.471.000 maravedíes, lo que supuso entregarse al crédito de los banqueros genoveses, que por entonces controlaban todos los movimientos económicos del país. Se saben sus nombres, se conocen sus perfiles y se pueden visitar sus grandes palacios en la rúa Garibaldi de Génova, todavía. No como hoy, que ocurre exactamente igual, pero los ciudadanos no sabemos a quien se debe el dinero… Sin mencionar aquí las cantidades, que ascendieron el total antes anotado, los cierto es que la obtención del villazgo fue para Marchamalo una operación de enorme trascendencia política y también una importante carga económica. Los vecinos compraron su independencia mediante recursos propios y crédito, comprometiendo durante años las finanzas municipales.
Una provisión real de 15 de enero de 1627 autorizó la operación, y aún sin haber sido pagado el total, que se estableció en tres plazos a lo largo del siguiente año, el 31 de enero de 1627, estando en su palacio de El Pardo, el rey Felipe IV firmó la Provisión Real por la que concedía a Marchamalo el privilegio de villazgo. Esa es la fecha oficial de tan deseado título.
Concretóse el nombramiento con la ejecución material de la entrega, montándose el habitual espectáculo de entrega de jurisdicción, medidas y acotación del término, toma de posesión de ayuntamiento, cárcel, rollo, picota y tiendas por una autoridad que en este caso de Marchamalo fue el licenciado don Juan Moreno de Aldana, quien desde Madrid vino al pueblo, el 7 de febrero, y comenzó con las ceremonias que se alargaron varios días, especialmente porque los del Concejo de Guadalajara, que acudieron, se dedicaron a poner trabas en muchos de los amojonamientos. Incluso el Corregidor guadalajarense, a la sazón don Francisco Alderete y Quiroga, se opuso y alentó las protestas del concejo de Guadalajara por supuestas irregularidades en la delimitación de los términos.
En todo caso, el proceso se completó, y por orden de Moreno de Aldana el 8 de febrero se reunió el concejo abierto de Marchamalo para completar la toma de posesión, teniendo lugar ese día el acto solemne que hizo visible y efectiva la nueva condición de Marchamalo. En las casas del ayuntamiento se reunieron los alcaldes Bartolomé Zahonero y Juan Ruano, los alcaldes de Hermandad Juan Bravo el Viejo y Manuel de Quer, los regidores Juan de Ablanque y Esteban Pérez, el procurador Alonso Magaña, los diputados Alonso Benito el Viejo y Juan García de Yuste, el alguacil Jerónimo del Castillo y otros vecinos, y el escribano leyó íntegramente la Real Provisión. El concejo y los vecinos declararon que la obedecían y que estaban dispuestos a cumplir lo ordenado por el rey.
A partir de ese mismo día aparece en las actas la expresión «villa de Marchamalo». Juan Moreno Aldana ordenó al concejo que reconociera a Marchamalo como villa eximida y libre de la jurisdicción de Guadalajara, y que los documentos judiciales y administrativos comenzaran a identificarla con esa nueva categoría. El proceso culminó también con la toma de posesión simbólica de los bienes municipales: casa consistorial, pósito, cárcel, tercia, taberna, mesones, tiendas y dehesa boyal. Especial importancia tuvo la picota o rollo, símbolo visible de la jurisdicción adquirida. Se colocaron al menos tres rollos, en las esquinas del pueblo, y hoy permanece aún vivo el que se colocó en el Cementerio. Una réplica del cual, en estos días también, se ha colocado en la plaza mayor.

