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diciembre 10th, 2016:

Valdeavellano a lo claro

ValdeavellanoAcaba de aparecer, en dos tomos sucesivos, publicada la Historia de Valdeavellano, una monumental y modélica obra que ha escrito tras su preparación meticulosa de años de investigación, don Juan Ramón Lozano Rojo. En ella se cuentan con todo detalle los avatares históricos de esta villa alcarreña, y se describen antiguas costumbres y monumentos que, sin ser ninguna de primera fila, sí que constituyen un patrimonio rico y llamativo. 

Historia e historias

De las múltiples circunstancias por las que atraviesa Valdeavellano a lo largo de los siglos, quizás sea una de las más interesantes el tema de los pueblos que existieron en lo que hoy es su término. La provincia está repleta de esos “despoblados” de los que queda el nombre y, como mucho, unos desvencijados paredones o, todo lo más, una espadaña ruinosa y atenazada de las hiedras.

En Valdeavellano hubo, entre otros, un despoblado que ha pasado a la historia de la literatura española con verdadera fortuna. Es el lugar de Valdevacas. Es largo y tendido lo que Lozano Rojo nos cuenta acerca de Valdevacas, ese lugar literario y arciprestal, pero que existió realmente. Hoy es un paraje del municipio de Valdeavellano, pero antiguamente, hace muchos siglos, fue un pueblo, un lugar “muy amado” para Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita.

Y nos señala dos referencias muy concretas que refiero aquí para ilustración de mis lectores. En el Liber privilegiorium de la catedral toledana, y en un documento del año 1221, se dice, textualmente, al delimitar el territorio que Guadalajara cede al Arzobispado de Toledo: “…. damos a Santa María de Toledo y a don Rodrigo arzobispo de Toledo, como las aguas vierten de lo más alto del cerro, del ero de don Johan el Castellano, así como viene por el ero a la encina, y como es a la vega, a la encina de Johan Pérez de Turviesc, y derecho hacia el Tajuña, al collado y al esplegar, y a la arroyera que está entre el ero de Pedro Torzuelo de Tomellosa, y entre el ero de Domingo Remondo de Turviesc; y así como va la arroyera a los más alto del cerro de Val de Vacas, como las aguas vierten al ero de don Asensio de Val de Vacas, esto todo lo damos por término a él y a los arzobispos que vendrán después de él en Toledo, que siempre lo tengan por heredad, y hagan de ello como de una heredad que la puedan vender o cambiar…”. En el documento se menciona a un tal “don Asensio de Valdevacas”, y a un par de personas con apellido Turviesc, señalando que eran de un lugar del término, ahora también perdido: Johan Pérez de Turviesc, y Domingo Remondo de Turviesc.

Nos dice Lozano que el lugar de Valdevacas actual, donde hubo un pueblo y ya no hay nada, es en todo caso un paraje bellísimo, y ello justifica el calificativo que el Arcipreste le da de “lugar muy amado”. Está en la ladera del monte “Gorrona Vieja”, y próximo a un paraje que ya lo dice todo con su nombre: “Maravillana”. Está en umbría, y en el lugar del poblado queda la “fuente de los Habares” que mana agua todo el año.

El pueblo era pequeño, más bien debía ser un caserío con no más de 15 vecinos, y por lo tanto una población no superior a los 60 habitantes. Lo que fue su iglesia queda materializada hoy en la ermita de San Marcos.

Monumentos

Varias cosas que admirar en Valdeavellano: su iglesia parroquial, su rollo o picota, su fuente grande, el palacio de los Labastida… todo ello de primera fila, aunque hay mucho más…

La iglesia es románica, medieval en su origen, con elementos que recuerdan –según el autor de este libro- el Camino de Santiago, como son las arquivoltas del pórtico principal, con su trazado en zig-zag. Y añade que su construcción puede datarse en la segunda mitad del siglo XII. Más bien en pleno XIII, diría yo, que es cuando plenamente se instaura la repoblación de la Alcarria. Él piensa que es razonable imaginar que la iglesia se construyera a partir de 1177, aunque no tenemos ninguna prueba de ello, salvo su estilo arquitectónico.

Cuando se construyó, solo tenía ujna nave bien orientada, siendo el ábside de mampostería y planta semicircular, y el pórtico principal orientado hacia el “solano” (protegido en parte de los vientos del “cierzo” y el “regañón”), abriéndose hacia la plaza de la Iglesia. El ábside no cuenta con más adorno, en su exterior, que una metopa y canecillos lisos y sencillos (algunos de ellos, muy deteriorados, conservan trabajos de talla tosca, con algunas escenas eróticas típicas de la época), y tres ventanas iguales, una de ellas modificada más tarde.

El viajero se fija primero de todo en el pórtico de acceso, semicircular como mandan los cánones del románico y del rito: son seis arquivoltas, lisas las cuatro externas, con trazado en zigzag la quinta, y con adornos en un sinfín de nudos (u ochos), la interior y sexta. Las cuatro arquivoltas intermedias reposan en capiteles tallados con cierta elegancia. Todo el pórtico y sus capiteles conservan parte de la policromía inicial. Sin duda que sus autores, maestros escultores itinerantes, debieron hacerlo en la fase final de construcción de la iglesia.

En su interior, destaca la pila bautismal de magnífica factura, de la misma época, con una cenefa en su parte superior con un sinfín de nudos (u ochos) similar a los del pórtico principal. Imagen del infinito, según dicen los entendidos. Y ya como elemento más destacable, y por el que se ha hecho famosa últimamente esta iglesia d eValdeavellano, la viga de madera policromada que soportaba la “tribuna” o “coro”. En esa viga, que se mantiene colocada al revés, vemos pinturas medievales de gran calidad: a la izquierda aparece un dragón de seis colas (cada una con una cabeza) comiéndose a una persona, y a la derecha un grupo de personajes muy habituales en los siglos centrales de la Baja Edad Media: contorsionistas, músicos (presentes en ferias y fiestas), y un caballero. Las pinturas se harían poco después que el edificio parroquial, en la segunda mitad del siglo XIII. Por tanto, debió de ser en esa época cuando se añadió la tribuna a la iglesia y, con la tribuna, la viga y sus pinturas. Cabe la posibilidad de que fuera ya entonces cuando se colocaran mirando hacia el fondo de la iglesia, en vez de hacia el altar, debido a la naturaleza profana de dichas figuras.

El palacio de los Labastida

La “Casa del Romo” como se la conoce en el pueblo es en realidad lo que queda de un buen conjunto palaciego, el de los señores absolutos de la villa durante varios siglos, los La Bastida. Fue construida en el siglo XVII y se trata de una típica casa rica, precedida de un portalón monumental, y bajo el escudo de los Bastida, la entrada a un patio, a cuyo alrededor estaban las casas de los criados y, desde la mitad del patio, hacia el Norte, la de la familia propietaria. Del edificio original sólo se conserva el pórtico de la entrada y la estructura del patio. Debió mandarla construir don Rodrigo de la Bastida, hacia 1620, y es de suponer que se haría sobre alguna casa anterior, propiedad de su familia, puesto que hay muchos testimonios de la gran vinculación de esta familia con Valdeavellano desde antes de 1550.

Del completo y variado conjunto patrimonial de Valdeavellano, Lozano nos habla también de las cabañas de pastores, y corralizas para el ganado en la zona de Valdevacas. Sin embargo, no quedan parideras. También hay muchos cipoteros, que son montones de piedra acumuladas, por limpia de los campos, o por delimitar propiedades y términos. Aún reseña la curiosidad de a existencia del llamado “Huerto del Fraile”, que sería un pequeño refugio en el que en época imprecisa, se alojó uno o varios frailes…. quizás eco de ermitaños visigodos…. ¡Quien sabe!

El libro recién aparecido

Juan Ramón Lozano Rojo: “Valdeavellano. Historia de un pueblo sin historia”. Tomo I: Geografía, historia y personas. ISBN 978-84-940843-8-6. 254 págs. Ilustraciones. PVP: 20 €. Tomo II: Vida, cultura y arte. ISBN 978-84-940843-9-3. 288 págs. PVP: 22 €.

Desde que ha aparecido este libro, tan importante en mi opinió, bien se puede decir de Valdeavellano que tiene historia. Porque Juan Ramón Lozano se la ha encontrado. Tras largos años de trabajo y búsquedas, y después de analizar documentos en archivos, monumentos en directo y charlas con gentes muy largas y tendidas, el proceso de redacción y ordenación de datos y su posterior escritura ha culminado en una obra enjundiosa, total, muy bien concebida: pero que por sus dimensiones ha tenido que ir a ser impresa en dos tomos, para hacerla manejable y cómoda en su utilización. De ahí que el conjunto informativo sobre Valdeavellano que Lozano Rojo ha conseguido se extiende por un total de 542 páginas, en las que múltiples grabados amenizan y complementan la obra.

Está concebida esta historia de Valdeavellano con un concepto bien estructurado, por temas, todos ellos homogéneamente tratados. El inicio es la geografía, tanto física como humana: paisajes y urbanismo, suelos, clima, animales, demografía viva, y con documentos detrás. Un monumento en sí puede considerarse esta primera parte.

La historia luego, tan amplia como puede uno imaginarse la de un pequeño pueblo de la Alcarria, pero analizada con la pasión de un entomólogo, con la rigurosidad de un historiador profesional. Entre las mil cosas que aparecen en este capítulo, me quedo con la historia de Valdevacas, ese “lugar mui amado” del Arcipreste de Hita, y que fue poblado exento hasta el siglo XIV, en que por la peste se despobló. Hoy queda integrado en Valdeavellano.

El tomo primero concluye con el análisis de los personajes que dan vida y protagonizan la historia de la villa: los Labastida fundamentalmente, pero también los Trelles, los Romo y Gamboa, los Tovar… y todas esas familias (Rojo, Hita, Lozano y Romo…) que han dado vida a las familias tradicionales.

En el segundo tomo, otras tres partes, y es la primera de ellas lo relativo a la “Vida” en Valdeavellano: las instituciones, la alcaldía, los trabajos, los oficios, la cultura popular, los juegos, el vestido, los apodos, el lenguaje “ñarro”: un mundo polimorfo, apasionante, analizado con lupa.

El arte después, con una meticulosa disposición de miramiento hacia la iglesia, la fuente mora y la picota, más el palacio de los Labastida y tantas otras edificaciones que están en el corazón de las gentes de Valdeavellano. Nada deja Lozano por mirar, por estudiar, por glosar: los molinos, los pósitos, las ermitas… y ya en el capítulo final de la cultura, entra a desglosar las formas de vida y los modos de relación humana entre sus habitantes.

En definitiva, y por no entretener al lector con admiraciones continuas, decir que esta obra ingente es, simplemente, modélica: una forma de enfrentar las esencias de un pueblo, a través de los documentos que quedan, de las estampas que aún forma, y, sobre todo, de la aguda mirada de quien va por el mundo “fijándose”, analizando, concluyendo. Es largo de leer, tomo uno y tomo dos, seguidos, con tantas imágenes y notas, bibliografía añadida, y datos a millares, pero Valdeavellano tras este libro se declara salvado, vivo y eterno.