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diciembre 6th, 2013:

La voz de Sigüenza se ha apagado

No por prevista la noticia ha dejado de sorprendernos. En este otoño languideciente y frío, en la tarde del pasado 27 de Noviembre, nos ha dejado Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, la voz de Sigüenza durante años, décadas, siglos casi. A todos se nos va un sabio, un estudioso, un entusiasta de la ciudad y de la provincia. A mí, además, se me va un amigo. Alguien con quien compartí muchas horas: de charla, de profesión, de proyectos, de realidades, de veranos sonoros e ilusiones por mejorar nuestra tierra. Acaba de morir, casi a punto de cumplir los noventa años, el Cronista Oficial de Sigüenza, Gómez-Gordo…

Juan Antonio Martínez era un ser medido. Todo lo hizo con justo equilibrio. Creo que lo planificó así, y por eso, por calcular lo que uno debe hacer en la vida, y ponerse a ello, todo le salió bien. Nacido en Madrid, transcurrida la infancia (la patria verdadera) en Mérida, y luego formado como médico y humanista en la capital de España, un buen día de la década de los sesenta, hace más de 55 años, llegó a Sigüenza y allí quedó, para siempre, como una estatua latiente y productiva, llenando de vida, -la que él transmitía- a las piedras y las instituciones de tan vetusta ciudad.

Recuerdo que, cuando yo empecé en estas lides de escribir, cronistear y viajar por Guadalajara, al leer las páginas de Nueva Alcarria ya aparecía la firma de Gómez-Gordo. Allí estaba (a mí me lo parecía) aquel decir equilibrado, sucinto, sabio y medido: hablaba de personajes antiguos, de edificios solemnes, de actos programados y necesidades perentorias. Ya era la voz de Sigüenza, y así ha seguido siéndolo, hasta ayer mismo. Aunque él ya no lo recordara, pero la ciudad creciendo y viviendo, por su savia.

Cuando se va algún grande, en nuestra tierra, pensamos que hemos aprovechado poco y mal de su compañía y su magisterio. No tengo yo esa sensación, aunque hacía ya tiempo que no podíamos compartir charlas y encuentros. En su día, hace unos 20 años, cuando se jubiló, le dediqué un artículo en estas mismas páginas, porque como suele decirse, aunque no se cumpla nunca, que “los homenajes en vida”, porque luego de muertos resultan demasiado fríos y protocolarios. Aburridos incluso. Y aunque la renovación social de Guadalajara ha supuesto, en la última década, que muchas de las personas que han llenado el siglo XX con su quehacer generoso, o incluso están llenando este en que vivimos, no sean reconocidas apenas, sé que en Sigüenza la piedra dura de sus edificios y el corazón noble de sus gentes sí saben lo que han perdido. Quien era y cuánto le debían a Gómez-Gordo.

Una semblanza que sirve para ahora

En aquel artículo, sabiendo que él iba a leerlo, le dediqué muy pocos elogios –todos merecidos–. Ahora puedo extenderme en la consideración de todo lo bueno que hizo. Con el dejecillo extremeño que nunca le abandonó, en Sigüenza se estableció en 1958, y tras haber discurrido lo mejor de su vida en guardias, urgencias, actos y preparaciones, siguió con sus trabajos sobre Sigüenza, estudiando su historia, contándosela a los demás, pintándola con sus acuarelas desde cualquier perspectiva, preparando viandas en sus fogones, y paseando la Alameda.

Juan Antonio llegó a ser todo lo máximo que puede ser uno en su pueblo (el de adopción en este caso): médico de cabecera de todos los seguntinos, ginecólogo y pediatra de todas las mamás y todos los niños; geriatra de todos los abuelos; y palabra afable y comprensiva de todos cuantos alguna vez se sintieron enfermos en los últimos sesenta años. Fue también poeta, escritor, conferenciante, pintor, animador cultural, organizador de actos, de congresos, de conmemoraciones, de exposiciones… además de haber llegado a ser, por votación popular, concejal y Alcalde. Por eso en 1972 se le reconoció su mérito y su aplicación con el título, honroso como pocos, inexistente hasta que él llegó, de Cronista Oficial de la Ciudad de Sigüenza.

Escritos, charlas, emociones…

Un largo artículo habría que planear ahora para decir la aportación de Martínez Gómez-Gordo como escritor e investigador. Casi un centenar de escritos nos dejó, todos ellos sustanciosos, con aportaciones novedosas, investigaciones y apreciaciones nuevas sobre elementos de la historia de Sigüenza, de sus monumentos, de sus personajes e instituciones. Quizás su obra más importante (agotada desde poco después de aparecer, en 1978) sea la titulada «Sigüenza: Historia, Arte y Folklore». Le han escoltado, antes y después, otros muchos escritos, más breves, pero siempre enjundiosos. Como las varias ediciones de «El Doncel de Sigüenza: Historia, leyendas y simbolismo» (desde 1974), de «El Castillo de Sigüenza», que desde 1989 ha alcanzado una tirada de 20.000 ejemplares y ha sido traducido al inglés. Sobre la figura de Santa Librada, sus mil interpretaciones, leyendas y hagiografía, escribió Martínez Gómez-Gordo muy varios artículos. Uno de ellos, en forma de folleto, llevaba el título de «Leyendas de tres personajes históricos de Sigüenza: Doña Blanca, Santa Librada y El Doncel» (1971). Después colaboró con nuevas interpretaciones en Congresos, Encuentros del Valle del Henares, conferencias en Francia, etc.

Uno de los aspectos en que destacó nuestro amigo fue en todo lo relativo a la Gastronomía de Guadalajara. Verdadero experto en el arte del cocinar (y del yantar, por supuesto), durante muchos años el doctor Gómez-Gordo se dedicó a recoger y anotar recetas, modismos en el hacer las comidas, detalles curiosos, clasificación de manjares, etc. Nacido de su especialidad médica cual era la Endocrinología y lo relativo a la Nutrición, la dietética fue el hilo conductor por el que Juan Antonio Martínez llegó a la gastronomía. Animado por ese otro gran conocedor del tema, y buen amigo suyo, el molinés-seguntino doctor Alfredo Juderías, se lanzó a publicar un libro sobre «La Cocina Seguntina» (1984), otro sobre «La Miel en la Cocina» (1991), y finalmente su gran obra de gastronomía provincial, firmada conjuntamente con su hija Sofía M. Taboada: «La Cocina de Guadalajara» (1995). Con el entusiasmo de ambos vivió una larga temporada el boletín «Sigüenza gastronómica».

De su paso por la profesión ha quedado, fundamentalmente, el cariño de quienes fueron sus pacientes, de quienes confiaron en su saber y en su palabra confortadora cuando se ponían malos. La jornada entera la dedicaba a esto, a cualquier hora del día o de la noche le sacaba una llamada para ir a ver y confortar (y a poner en el camino de la curación) a mucha gente. Pero en el camino, o al regreso, nuestro amigo volvía a su escribir, a su meditar, y de ese claro rostro del humanismo contemporáneo, salió ese libro que lo he leído y releído, porque es manantial de ejemplos: «Marañón en mis recuerdos» cuenta con las suficientes páginas para que a su través sepamos de la intimidad de varios años que junto al gran maestro de la Medicina española del siglo XX, pasó formándose como alumno y luego colaborando como dibujante en la cátedra de este doctor, en el Hospital Provincial de Madrid.

Algún secreto debía tener esa jovialidad continua, esa incansable curiosidad. Hasta no hace mucho, a Martínez Gómez-Gordo podía vérsele, con un aspecto de hombre joven que no para, cavando en su huerto de Alboreca, o dirigiendo una visita por la catedral ante un grupo de 50 profesores universitarios que le escuchaban admirados.

En el adiós a Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo

Y ahora que ya no sabe de amaneceres ni ocupaciones, que apagada su llama no puede ni agradecer ni saludar, ¿qué puedo decir de este hombre que tuvo siempre el corazón abierto y en canal generosa? ¿Que pintaba como los ángeles? Son de ver sus retratos a la acuarela de Sigüenza entera, de su catedral, de su Alameda; o los bodegones sutiles, latientes, cálidos… incluso se atrevía con el alma que a la gente le asoma por el rostro, haciendo retratos, y aun caricaturas… Dirigió Revistas (los «Anales Seguntinos» de estudios científicos sobre la Ciudad Mitrada) presidió asociaciones (la “Santa Teresa” como cofradía gastronómica, o “El Doncel” de Amigos de la ciudad de Sigüenza) y todo en solitario, poniendo dinero de su bolsillo, porque Gómez-Gordo solo era ignorante en una cosa: en el valor del dinero, que no lo apreciaba. Haciendo las cosas con corazón, sin valorar en monedas su tiempo, y su saber. Consiguió recaudar amigos, que al fin y al cabo es el mejor tesoro que uno puede hacer a lo largo de la vida. Yo lo voy sabiendo ahora, a costa de perderlos.

Termino con esas obligadas, e impetuosas, nociones del sentir personal. Porque repito que no solo ha muerto el sabio, el cronista, el nombre que quedará eternamente grabado en las piedras de la ciudad mitrada: ha muerto un amigo, un enorme compañero de muchas horas: para mí fue un orgullo, un honor singular que me saludara un día, yo todavía muy joven, y me animara a seguir en esos primeros pasos de la escritura. Luego, me rogó que colaborara con él en su clínica “Santa Librada” de Sigüenza, en la que tantas horas pasé, pasamos juntos, viendo pacientes, dando ánimos, operando incluso, y a veces pasando ratos difíciles, que son los que más unen.

Con Juan Antonio estuve muchos años colaborando en la cultura provincial. Cuando él, como alcalde de Sigüenza y diputado provincial, responsable de la Cultura y de la Institución “Marqués de Santillana”, nos empujaba a todos a que planteáramos nuevos caminos, abriendo proyectos, y promoviendo esas sendas que entonces (eran los años 80 del pasado siglo) se abrieron enormes: allí nacieron la Revista “Wad-Al-Hayara” que junto a él pusimos en marcha, o el “Aula de Historia”, o las colecciones de libros “Atrium”, “Alfoz” y “La botarga”, entre otras, mientras él empujaba en los Encuentros de Historiadores del Valle del Henares, la Asociación de Amigos de la Ciudad de Sigüenza, los veranos culturales por toda la provincia… sacando color nuevo a esta tierra que hasta entonces había andado a medias oscura. Sin enfadarse nunca, educado, pletórico, durmiendo (me consta) 4 ó 5 horas cada noche, escribiendo, buscando, viajando, llevando a todos los foros el nombre de esta ciudad que ¡por fin! en 2002 y con el empuje de un par de amigos suyos que lo movieron hondamente, le nombró Hijo Predilecto de Sigüenza.

Ahora es su hija, María Pilar, quien recoge el testigo y sigue adelante en esa tarea iniciada por su padre del oficio de Cronista (de Sigüenza). Y quien, junto a su familia ha creado la Fundación Martínez Gómez-Gordo que tratará de mantener vivo el legado de saberes y escribires de Juan Antonio. Dolorido termino este escrito, aún sin asimilar que tampoco con él podré charlar, como lo hacía en su tiempo, del Doncel, de doña Blanca o del obispo albañil, al que le dio en sus últimos tiempos por regalar sus estados a la Corona.