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Santiago de Sigüenza: un románico que renace

Dedicamos hoy un espacio a la visita de uno de los mayores y mejores templos de la medieval ciudad de Sigüenza. A la iglesia de Santiago, que desde la Guerra Civil y hasta hace muy poco, se ha mantenido en un lamentable estado de ruina y abandono, y que ahora, gracias a la iniciativa fundamentalmente de un grupo de ciudadanos, la Asociación de Amigos de la iglesia de Santiago, aunando diversas voluntades, empieza a renacer.

El edificio románico

En la calle mayor del burgo, muy empinada, que asciende desde la Plaza Mayor al castillo, surge la gran portada románica de este antiguo templo, mandado erigir como parroquia de la Sigüenza fortificada por el obispo don Martín de Finojosa, en los últimos años de la segunda mitad del siglo XII. Esa portada que se nos aparece como muy similar a las que hemos podido ver en el muro occidental, el mayor, de la catedral, y como la que luego quizás veamos de San Vicente, consta de un gran arco abocinado, decorado con seis arquivoltas ocupadas por entrelazos y temas vegetales. Esos arcos apoyan sobre una imposta que corre por encima de la línea de capiteles, todos decorados con hojas de acanto, y rematando a seis columnillas en cada lado, más el pilar que escolta el vano de entrada. Hay en cada lado tres columnas gruesas y otras tres delgadas, confiriéndole esa variedad alternante un nivel de atractivo diseño. En el tímpano hay un relieve de Santiago, en busto renacentista. Y encima de la fachada, un escudo del obispo don Fadrique, que reformó el templo. Esta fachada se remata con frontón triangular en cuya base asienta una línea de canecillos de piedra arenisca, ya muy desgastados.

Una vez en el interior del templo, vemos que solo existe un espacio, inmenso, solemne, que nos retrotrae con facilidad a los medievales siglos en que fue construida y sirvió para el culto de la gran ciudad de Sigüenza. Tiene seis tramos, con un coro a los pies, y la cabecera o presbiterio que se forma de un espacio cuadrangular con planta rectangular. Se cubre este ábside con crucería de sillar, descansando los nervios sobre haces de columnas situadas en las esquinas. Aquí como en el resto del templo, los capiteles que rematan las columnas son simples, de hojas de acanto, muy limpiamente tallados, pero sin atisbo de temas antropomorfos: el aire del Císter ronda en cada metro cuadrado. El primitivo ámbito de la cabecera ofrece hasta cuatro nichos cobijados por arcos de medio punto. El de la izquierda da paso a la escalera que sube a la torre. Los otros debieron servir como altares o espacios de auxilio al culto. También posee ventanales, tres en total, muy estrechos de luz los laterales, aspillerados, y más amplio y luminoso el central, que se refleja al exterior en un conjunto de columnas y arquivoltas muy complejo, de estupenda visión desde el barranco posterior.

Al parecer, bajo el pavimento del presbiterio existe una cripta, que serviría como albergue devoto de imágenes y enterramientos.

Este templo sirvió de lugar ritual para el anejo convento de monjas clarisas que en el siglo XVI se instaló, a costa de la familia Villanuño. Fueron sus primeras habitadoras doña María y doña Catalina, las beatas de Villanuño, y el convento quedó fundado en 1522. Después de la guerra de 1936‑39 se trasladó al edificio contiguo de Ntrª Srª de los Huertos, en la Alameda, quedando la iglesia y el convento en ruinas, pero que ahora, al menos el templo, comienza a sacar cuello, y a dirigirse lentamente pero con seguridad hacia tiempos mejores de rehabilitación y restauración. Yo así lo creo.

La profesora de la Universidad Complutense de Madrid, doña Marta Poza Yagüe, dio este verano, en el recinto del templo, una conferencia de la que me han informado terceras personas, porque yo no estaba entonces por estos pagos. La tituló «Santiago de Sigüenza: una iglesia en la encrucijada entre el románico y el gótico», y en ella marcó unas líneas maestras sobre las que ahora se esbozará su definitiva historia y, sobre todo, su restauración, que está dirigida por la arquitecta de Guadalajara doña Elena Guijarro, que además es en estos momentos presidenta del Colegio de Arquitectos de nuestra provincia.

En esa charla, la profesora Poza indicaba que la construcción de Santiago corresponde a los últimos años del siglo XII, siendo obispo de Sigüenza Martín de Finojosa, y su fábrica se concluiría en todo caso antes de 1220, cuando en Castilla gobernaba el rey Alfonso VIII, y el sobrino del anterior obispo, ahora llamado don Gonzalo, regía la diócesis.

Apuntaba también que, por las dimensiones singulares y su amplitud pasmosa, la iglesia de Santiago sirvió en sus primeros momentos, años y décadas, como lugar de celebración de los concejos abiertos de la ciudad. Siempre a cubierto de las inclemencias, que en Sigüenza son muchas, y sin poder hacer delante del templo una galería porticada porque estaba, ya entonces, en plena calle mayor, en la subida desde la catedral hasta el castillo.

La tarea de recuperación

Para que no siga por más tiempo la iglesia de Santiago de Sigüenza incluida en todos los catálogos de “patrimonio desaparecido”, “patrimonio en peligro” y “lista roja del patrimonio abandonado”, hace poco más de un año se creó en la ciudad del Doncel, a instancias de un reducido grupo de amantes de la ciudad, una asociación que perseguía defender y rescatar este templo. La “Asociación de  Amigos de la iglesia de Santiago”. Su actividad, aparte de la meramente cultural, ocupando el espacio con conferencias, exposiciones, conciertos y encuentros, se ha centrado en establecer las bases de la continuidad en la restauración del edificio, para se haga poco a poco, pero sin cortes prolongados.

En ese sentido, el 26 de octubre de 2012 se procedió a la firma del convenio entre el Alcalde de Sigüenza y el Deán del Cabildo Catedralicio, con la presencia del Obispo y la participación de la arquitecta restauradora y de la cronista oficial seguntina. La idea es, también, que el espacio se convierta en un gran museo o Centro de Interpretación del Románico de Guadalajara. Estaba previsto hacer este Centro en el plan del Románico que la Junta de Comunidades elaboró en 2009, pero que las circunstancias críticas y la falta de fondos lo han detenido. Tendrá que esperar.

Una de las más activas promotoras de esta empresa es la Cronista de la Ciudad de Sigüenza, la profesora doña María Pilar Martínez Taboada, que me ha proporcionado parte de la información que constituyen estas líneas. Así, ella es la creadora de la idea del proyecto de micromecenazgo “Apadrina un sillar”, que a través de un sistema de crowfunding o recaudación de cantidades pequeñas, conseguirá reunir lo necesario para seguir las obras de restauración, y compensar a los donantes con la grabación de su nombre en uno de los sillares de la iglesia recobrada. Esta idea, que en los Estados Unidos se inició hace muchos años, va cuajando entre nosotros, y, a todos los niveles (desde los grandes bancos, con sumas importantes, a los ciudadanos de a pie con su billete de 50 euros) se consigue mejorar y plasmar en una obra comunitaria la generosidad de todos. La obligada e imprescindible colaboración, porque estas cosas no pueden dejarse al albur de que las autoridades, año sí año no, incluyan cantidades de los presupuestos para seguir con las obras: la experiencia nos dice que muchas veces, y más en épocas de profundas crisis como la actual, se olvidan y al final se pierde todo lo que se ha invertido anteriormente.

Me decía hacer poco Martínez Taboada que “desde el primer momento en que nació la Asociación de Amigos de la Iglesia de Santiago, lo hizo para gestionar su rehabilitación y para organizar todos los actos posibles para recaudar fondos para convertirla en Centro de Interpretación del Románico. Conociendo el deseo de muchos seguntinos de entrara ver por dentro la iglesia que había permanecido cerrada durante tantos años, pensamos que una manera de implicar a todos en nuestro proyecto era pedir a cada uno de los que quisiesen visitarla un euro. Nuestra sorpresa fue grande cuando nos dimos cuenta de que mucha gente se quedaba en el umbral y no pasaba simplemente porque se les exigía ese pago para hacerlo”. A veces la imposición retrae, asusta, pienso yo. Y por eso sigue Pilar Martínez diciéndome que “decidimos entonces dejar la entrada libre y confiar en la buena voluntad de quienes entrasen a verla. Y fue un acierto, pues una vez que conocían la iglesia y nuestro voluntarios les explicaban el proyecto de rehabilitación la mayoría dejaba un donativo mayor y se marchaba con la idea de volver para ver si el proyecto se había llevado a cabo”.

Si ahora con el proyecto de micromecenazgo, a las cantidades donadas se añade el mérito de figurar inscrito el nombre del donante en un sillar, la tarea llegará a su culminación con toda seguridad, y su visión, una vez acabada será singular y única: un templo en el que todas sus piedras, los miles de piedras que forman sus muros, llevan inscritos los nombres de quienes aportaron su donativo. El deseo de todos, de permanecer en el recuerdo de quienes lo vean cuando ya no estemos, es sin duda un motor poderoso.

Finalmente, y en apoyo de esta iniciativa, que promociona la Asociación allá donde puede, la profesora Martínez Taboada me explica que “este proyecto tendrá varias fases: en la primera los sillares que se pueden apadrinar son los llamados «sillares tipo», y por ello no nos hemos impuesto un tiempo concreto para recaudar el dinero y hemos utilizado la formula del ingreso directo de dichas aportaciones en las cuentas de la Asociación.” El segundo paso vendrá después, y así continúa “en fases posteriores, cuando los sillares o piezas a restaurar sean especiales, y se precise una mano de obra especializada, el sistema de recaudación será el mas clásico de los usados en los proyectos de Crownfunding. Lanzar una campaña rápida a través de  internet, avalada por una entidad de prestigio, que en nuestro caso será Hispania Nostra, en la que cada uno se comprometa a pagar una cantidad concreta que solo será retirada de sus cuentas cuando se alcance el coste total del proyecto”.

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