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diciembre 7th, 2012:

Una ruta por la sesma del Campo de Molina

El castro celtibérico de "El Cabeza del Cid" sobre Hinojosa, visto desde Labros.

Al fin del año, volvemos a Molina, a seguir recorriendo sus mil caminos, ahora fríos pero siempre espléndidos. En esta ocasión, propongo dirigirnos al extremo más septentrional del Señorío, que es también el más cercano a Aragón de toda la provincia: la sesma del Campo, limitada a oriente por las sierras del Ducado, y a occidente por la depresión que desde el río Piedra se anuncia hacia el Jiloca. Tierras más secas y llanas, aún en la altura.

Por la cuarta sesma, que aún nos quedaba por recorrer, esta del Campo, el lector y viajero comprobará que sus ríos corren afluentes hacia el Ebro, por lo que estamos en la España mediterránea aunque en su más altas ramas: el Mesa y el Piedra arañan el costrón del Campo, y en su altura, entre trigos y ahora nieves duras, yacen los pueblos cargados de historia.

Llegando desde Aragón

Para quien viene por el norte, desde Aragón, la sesma del Campo y el valle del río Mesa van a ofrecer con abun­dancia los temas artísticos y los motivos suficientes para animar un viaje.

En el Mesa se visita Villel, que además del castillo ofrece el pintoresquismo inolvidable de su situación, a caballo entre un rojizo peñascal y el denso arbolado del río. La iglesia  parroquial, que está construida en el siglo XVI, ofrece detalles  de interés en su interior, especialmente en lo que se refiere a  altares variados. Sobre la plaza, el palacio de los marqueses de Villel también captala atención. Las callejas muy empinadas, cubiertas a veces con amplios alerones, y otras cubiertas sus  paredes de tapial o madera, dan a Villel un aspecto pintoresco y muy agradable.

Ya en lo alto del páramo, Milmarcos se ofrece como villa de animada vida veraniega, en la que un fuerte movimiento cultural está poniendo a flote su acervo costumbrista y el plan­tel de monumentos que posee. Destaca la iglesia parroquial de San Juan, precioso edificio del siglo XVI aislado en medio del pue­blo, con portada plateresca de líneas sobrias. En su interior, un gran retablo renacentista, de tendencia ya manierista, con tallas  excelentes, hecho en 1636 en los talleres de Calatayud; sus autores fueron Juan Arnal y Francisco del Condado. También es de  reseñar la ermita de Jesús Nazareno, obra preciosa del siglo XVIII, en estilo rococó, con muchos retablos barrocos. Incluso la  ermita de Nª Srª de la Muela, en lo alto del pueblo, ofrece una portada renacentista y un interior amplio y elegante, con retablo barroco en mal estado. Las construcciones civiles en Milmarcos son numerosas, y juntan varias casonas representativas al máximo  de este tipo de construcciones del Señorío: el palacio de los  García Herreros, joya de la arquitectura señorial molinesa, las  casonas de los Montenegro, López Olivas, Fernández Angulo, la  Inquisición, López‑Celada‑Badiola, etc., son también ejemplares, cubiertos de buenos hierros tallados, escudos nobiliarios, etc. La torre del reloj, y los dos enormes olmos de la plaza (que  tienen más de trescientos años de vida cada uno). Ya sólo es recuerdo el «Teatro Zorrilla«, en el que en épocas de esplendor y  riqueza del pueblo se daban funciones todo el año, con su estructura clásica de patio, platea y palcos. Solo queda de él la simple fachada.

En Fuentelsaz, también rayano con Aragón, hay que ver  el templo parroquial, en cuya fachada están grabados a decenas  los nombres de los hijos ilustres del pueblo, que llegaron a  obispos, canónigos, profesores o notarios. Por dentro es grande, un tanto pesada de formas, y tiene bastantes y buenos altares  barrocos. Por el pueblo se distribuyen las casonas: la de los  Gálvez es la más representativa y mejor conservada. En lo alto del cerro, sobre el poblado, las ruinas del castillo. En su  término está el caserío de Guisema, que fue pueblo, y fuerte, durante la Edad Media. En Labros, hoy renacido, debe pararse el viajero a admirar la portada románica  de su iglesia, obra sencilla y perfecta del románico moli­nés, con arco de medio punto baquetonado, y sendas parejas de capiteles que rematan las columnas sustentadoras, en los que surgen los mitos del Medievo con frescura y gracia.

En el camino  ‑que atraviesa un denso sabinar‑  entre Milmarcos y Labros, sorprende la atención del viajero una ermita románica: la de Santa Catalina. Es obra espléndida del siglo XII  en sus finales, con atrio porticado al sur; ábside semicircular a  levante, cuyo alero sostienen varias piezas o canecillos de  atrevida talla y significado; portada pétrea con baquetones y puntas de diamante; el interior limpio, sobrio, intacto, en el que  un gran arco de triunfo da paso al presbiterio iluminado por aspilleradas ventanas del estilo. Dicho arco apoya sobre sendos capiteles en los que las sirenas y los trasgos se combinan, en clara herencia de la tradición iconográfica silense.

Más abajo, ya en la llanura cerealista que da nombre a la sesma, está Hinojosa, que fue pueblo muy rico en el Siglo de Oro, y sede de un buen plantel de personajes y linajes. Se halla  resguardado este pueblo por un cerro amesetado en su cumbre, en la que aparecen claros restos de un poblado o castro celtibérico. En Hinojosa hay un rollo o picota de sillar calizo, bien labrado. Una bella ermita, barroca, dedicada por su constructor, el obispo García Herreros, en el siglo XVIII, ala Dolorosa. Y una iglesia parroquial del siglo XVI, con portada de elementos popu­lares y un interior amplio, de una sola nave, con varios altares interesantes. Por el pueblo se reparten varias casonas hidalgas, siendo especialmente interesantes la de los Ramírez, la de los  Malo, la de los García Herreros, y la de los Moreno, muy repre­sentativas de la típica casona molinesa.

En Concha merece verse la iglesia parroquial, con un retablo mayor barroco, obra de Miguel Herber, y otro menor, del mismo estilo, con tallas  alusivas a la familia del historiador López de la Torre y Malo, natural del Señorío y uno de sus mejores conocedores y estudio­sos, en el siglo XVIII. A las afueras del pueblo quedan los restos de la gran “Casa del Mayorazgo” en la que habitó este erudito intelectual y abogado, en el siglo XVIII. Por delante de ella pasaba el Camino Real, por el que discurrieron desde reyes a embajadores, recueros y militares, en incesante marcha durante años.

Tartanedo detendrá también la visita del viajero, al menos para conocer el templo parroquial dedicado a San Bartolomé,  que tiene una mezcla de estilos en la que sobresale el primitivo románico de la portada: obra de la época de la repoblación, el portalón de Tartanedo aparece resguardado por un gran atrio. Se  trata de un arco semicircular de grandes dimensiones, degradado en varios moldurones baquetonados, el más externo cuajado de decoración de puntas de diamante. Sendas parejas de capiteles a  cada lado, con decoración muy primitiva, en la que destaca un  león rugiente. El interior del templo es de una sola nave, con acusado crucero, presbiterio elevado y capillas laterales. Entre  los varios retablos existentes destaca el mayor, barroco, con una  buena talla del santo titular, y el de San Juan Bautista, obra al óleo sobre tabla de mitad del siglo XVI, pintado por el artista  molinés Gerónimo de Moya y Contreras. En el lateral altar de los Montesoro y Ribas, se han puesto ahora, restaurados, los lienzos que representan ángeles y arcángeles pintados en América, y que conforman un grupo nutrido, brillante y sorprendente de este tipo de figuras, que nos remiten a la estética barroca más decidida. Hay también una buena pila bautismal románica, con decoración vegetal, y un predicatorio rococó en el que destacan tallados los padres dela Iglesia. Otras ermitas se reparten por el pueblo y su término, destacando entre ellasla de San Cristóbal, levantada en el siglo XIII, con  buen artesonado. Como obra civil, es de interés el palacio del Obispo Utrera, que viene a ser un ejemplo muy característico de casona molinesa, erigido a comienzos del siglo XVIII por don  Pedro Utrera, y en el que llama la atención su fachada, con puerta central, ventanas y balcones laterales cubiertos de reje­ría, escudo superior y varios vanos mínimos para airear las cámaras. Está dedicado durante el verano a Casa Rural con encanto.

En esta misma sesma del Campo, y centrando una vasta superficie plana de casi infinitos campos de cereal, aparece Tortuera, donde el viajero puede pararse a admirar el antiguo rollo o picota, del siglo XVI aunque con resabios góticos en su decoración. La iglesia parroquial es enorme, con detalles rena­centistas tanto en su portada como en su interior, en el que aparece un enorme lienzo de la familia López. Una bella ermita, de Nuestra Señora de los Remedios, hay en las cercanías del lugar, en cuya plaza mayor destacan varias casonas molinesas, como la de los Moreno, Castillo y otras. También es de admirar el palacio de los López Hidalgo de la Vega, y el «pairón de las  ánimas«, un altar de camino donde las gentes de Tortuera y del Señorío se paran a recordar a sus antepasados.

Embid, ya en la frontera con Aragón, tiene un castillo  que sorprende en la distancia, y una iglesia parroquial que por  sus dimensiones le acompaña. Está dedicada a Santa Catalina, y hay en ella un buen altar de pinturas de escuela aragonesa dedi­cado a San Francisco, otro de tallas a la Virgen del Rosario, y  el mayor, barroco, no malo. Conserva también un magnífico frontal  de altar, de cordobán oriental, y una cruz procesional románica. El castillo, que estuvo a punto de venirse al suelo, ha sido recientemente restaurado y ofrece una estampa decidida de fortaleza fronteriza.

En La Yunta, pueblo que perteneció durante siglos a la  caballeresca Orden de San Juan, se contemplan en la plaza princi­pal los restos del castillo, del que ya hablamos, y la iglesia  parroquial, profusamente sembrada de los símbolos de la Orden, con un buen altar mayor de tipo barroco, y otro dedicado a la  reliquia del Santo Cristo del Guijarro. También en Campillo de Dueñas hay que ver la iglesia, que fue levantada a lo largo del siglo XVII, con múltiples detalles barrocos que avaloran su grandiosidad. El interior sorprende, en pueblo tan ínfimo y alejado de todas partes, con su profusión de altares, de ornamen­tación dorada, de santos de talla, pinturas y orfebrería. También  es un buen motivo la cantidad y calidad de arquitectura popular que hay en Campillo para acercarse hasta allí y estudiarla con detalle. Como muchos otros pueblos del Señorío, Campillo ofrece a su entrada un bonito pairón.

Los Cubillejos, el del Sitio y el de la Sierra, son dos pintorescos pueblecillos puestos en la vertiente norte de la  Sierra de Caldereros, que preside el «Pico del Aguila» con sus 1.443 metros. En Cubillejo de la Sierra hay un torreón que fue casona de los Ponce de León. En Rueda de la Sierra, el templo parroquial dedicado a Nª Srª de las Nieves presenta una  gran portada de estilo románico, bien guardada por cerrado pórti­co, con arco semicircular baquetonado, capiteles vegetales, cane­cillos, metopas y todo el repertorio clásico de ornamentación  medieval. El color intensamente rojizo de la piedra le confiere un valor plástico aun mayor. Dentro, el templo ofrece de parti­cular la capilla de los Martínez Vallejo, con portada plateresca de no excesivas pretensiones, y un gran retablo del siglo XVI con buenas pinturas de escuela aragonesa, dedicado a San Andrés y en el que aparece al completo la familia abundante del oferente.

Un libro con alas

Como complemento a este viaje por la sesma del Campo en Molina, yo propondría al lector que llevase, aparte de una buena guía de la zona, un libro de meditación y cabecera. Por ejemplo, el que han escrito, no hace mucho, José Antonio Suárez de Puga y Teodoro Alonso Concha, dedicado a los “Angeles de Tartanedo”.

Es este un libro de versos y emociones, pero también de información y de enseñanza. Porque en la primera parte se muestran los versos, bellísimos, que el veterano poeta alcarreño dedica a la docena de ángeles que hoy lucen restaurados en la iglesia de Tartanedo. Y en la segunda aparecen con todo detalle desgranados los datos de la historia, las influencias y los significados de esos ángeles, que fueron pintados en algún taller remoto del Virreinato del Perú, y traidos al Señorío molinés a finales del siglo XVIII.