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Luz de pinturas: el retablo de Arbancón

En estos pasados días, y con motivo de dar el pregón en la Feria Medieval y Aniversario de su Declaración como Villa en Arbancón, tuve la ocasión de visitar de nuevo su iglesia parroquial, y de admirar una vez más el gran retablo mayor, que restaurado en 2007 ha venido mostrando su belleza, su luz y sus colores desde el siglo XVII.

De esa manera, quedé una vez más impresionado por la fuerza de los colores y las formas que los artistas renacentistas y barrocos imprimieron a las telas que lo conforman. Esta pieza excepcional del arte provincial, merece que se la dedique un tiempo, a observarla, a disfrutar ante ella como si fuera un auténtico museo; a meditar sobre sus escenas y a sentir como una reconciliación con los viejos siglos en los que quedó plasmado tamaño esfuerzo.

 

A pocos kilómetros, casi a tiro de ballesta como decían antiguamente, está Arbancón de Cogolludo. Rodeado de vegetación exuberante, que le ha crecido con estas últimas lluvias, y en un entorno preserrano de cerros alborotados, el caserío asienta entre campos de verdor permanente.

Calles en cuesta, y algunos ejemplares de arquitectura popular (pocos ya, porque le han pasado por encima muchas reformas y modernidades) arropan a los elementos más característicos de su patrimonio, que son sin duda la iglesia parroquial de San Benito, y la gran fuente de los Cuatro Caños. La primera de ellas, solemne y pétrea, es construcción del siglo XVI que debió sustituir a otra más antigua, medieval y románica, de la que nada queda. La puerta, de severo clasicismo, se abre al costado sur, y el interior, en ampuloso espacio, es de tres naves, rematándose la central con el retablo al que hemos venido a visitar.

Descripción del retablo de Arbancón

Impresionante retablo este de Arbancón, máxime tras la restauración que ha recibido en años recientes. Joya de la Serranía guadalajareña, pues fue uno de los pocos que se salvaron de la sistemática destrucción de arte religioso ocurrida en nuestra provincia durante los años de la persecución religiosa. Hay dos autores confirmados: Matías Jimeno, o Ximeno, como pintor de los cuadros. Y Pedro Castillejo, seguntino, como ensamblador. La estructura es singular, renacentista en su esencia pero barroca en los detalles, presentando el modelo “casillero” con la distribución en cuerpos y calles, y la sustitución de las columnas del cuerpo superior por machones. Las pinturas son de 1656 y el dorado de la madera de 1680, según consta en sendas cartelas del retablo. En las que aparece también el nombre de Blas Solano como dorador de la obra.

El retablo monumental de Arbancón ofrece una silueta muy estilizada, y nos cuenta su contenido a través de un banco inferior, con sendos cuadros a cada lado, muy bajos; luego tres cuerpos, dividido cada uno en tres calles, y un ático con un cuadro de remate semicircular. En el banco aparecen de izquierda a derecha del espectador, San Juan Bautista y la Circuncisión de Cristo. En la calle central y principal, aparecen tallas, de la virgen abajo (moderna), de  San Benito Abad en el centro, y un cuadro de la Asunción de la Virgen, arriba. En las calles laterales, la correspondiente al evangelio nos muestra primero a Santiago en la batalla de Clavijo, encima San Juan, y arriba San Marcos. En la calle de la epístola, abajo aparece la otra gran pieza del retablo, la Conversión de San Pablo. Encima va el evangelista San Mateo, y finalmente arriba del todo San Lucas.

Parece ser que Matías Jimeno solamente realizó seis lienzos de los que componían el altar: exactamente los que aparecían en el banco inferior y en los dos primeros cuerpos. Y más concretamente las siguientes escenas y figuras: San Juan Bautista en el banco; Santiago Matamoros y la Conversión de San Pablo, en el primer cuerpo; y las figuras de los evangelistas San Juan y San Mateo en el segundo. El de la Magdalena también lo pintaría Jimeno, pero desapareció en el desmontaje que se hizo en 1936.

El autor del retablo, Matías Jimeno

El autor de la mayor parte de las pinturas que conforman el retablo de Arbancón fue un pintor de la escuela madrileña del que han quedado huellas importantes de su arte por la provincia de Guadalajara. Aunque no se sabe de donde era natural, sí que tenemos el dato de que murió en Sigüenza, en 1657, habiendo vivido y trabajado los últimos y mejores años de su vida por la tierra de Guadalajara.

Se conocen muy pocos datos biográficos, casi exclusivamente la noticia de los lugares por donde trabajó y vivió a temporadas. Esos lugares fueron Madrid, Guadalajara, Pastrana y Sigüenza. Sus referencias vitales abarcan desde 1635 a 1657, que es cuando muere. Casó en Sigüenza con Librada Morón, en 1648. Esos 22 años son los que se ocupa en trabajar, y posiblemente fueran otros tantos los que viviera antes, formándose y viajando. Así pues, no muchos más de 44 años vivió, desde luego no debió llegar a la cincuentena.

Elaborando un recorrido vital de Matías Jimeno, podemos apuntar cómo en 1635 es en Guadalajara donde primero se le localiza. Es posible que antes trabajara en Madrid, pues en la Corte han quedado obras suyas, muchas de ellas, todavía de principiante, en elementos paisajísticos por él aportados en 17 lienzos de “paisajes puros” para decorar el Casón del Buen Retiro.

En 1636 le encontramos en Pastrana, donde quedó encargado de hacer pinturas para la Colegiata, cuando se estaba construyendo su altar mayor, patrocinado por el hijo de la princesa de Éboli, don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Granada. De 1636 a 1639 reside en la localidad alcarreña, y nos deja la pintura del Cristo crucificado de su ático, y la iluminación de algunos escudos del señor arzobispo mendocino. Este retablo mayor de Pastrana, obra de un barroquismo firme, muy italiano, no podemos darlo como obra de Matías Jimeno.

Es en 1644 cuando le encontramos avecindado en Sigüenza, donde permanece activo hasta su muerte el 10 de agosto de 1657. Desde allí trabajó para iglesias de las diócesis de Toledo y Sigüenza, pero todas en la actual provincia de Guadalajara. Así sabemos que en 1654 cobró el retablo de San Pedro que había pintado para la parroquia de Yunquera de Henares; en 1656 firmó el retablo de la Asunción para la parroquia de Villanueva de Jiloca, en Zaragoza, y finalmente en 1656, un año antes de su muerte, que sería accidental o de enfermedad adelantada, porque se ve que estaba en su mejor forma, su obra póstuma, el retablo de Arbancón. Aquí firma al menos dos lienzos, los mejores: Santiago en Clavijo y la Conversión de San Pablo. Ya hemos visto antes, al describir el retablo restaurado, que se le pueden atribuir algunas otras de sus piezas.

En Sigüenza pintó también el retablo de la iglesia del convento de los monjes jerónimos. Así lo refiere, y lo describe, Antonio Ponz en su meticuloso “Viaje por España”, y por ese autor sabemos que los temas eran, en dos grandes lienzos de su parte baja: la Adoración de los pastores y la Adoración de los Reyes en el cuerpo bajo, y otros más pequeños en el cuerpo superior con la representación de la Presentación de María en el templo y la Anunciación, además de algunos apóstoles de la predela. Todo ello, una vez vacío el convento de los jerónimos de Sigüenza, debió pasar a la iglesia de Santa María del Rey de Atienza, desde donde luego se ha llevado al Museo de San Gil de Atienza. Todos ellos son pinturas excelentes, de claro signo barroco, especialmente la de la Adoración de los Magos, que se presenta enmarcado por un paisaje inspirado en estampas flamencas con una fuerte influencia del Bassano.

Pintó también un pequeño retablo lateral para la iglesia de Palazuelos, y Juan Antonio Marco le atribuye el parroquial de Torremocha de Jadraque, que no he conseguido ver.

Además de los grandes encargos parroquiales, Matías Jimeno realizó trabajos de pintura por encargo de particulares, coleccionistas y gentes devotas y con posibles. Así (nos lo cuenta Ceán Bermúdez, que lo recoge de Jovellanos cuando pasó un verano en las aguas del balneario de Trillo) hizo algunos cuadros de tema devocional para un tal Juan Caballero, hidalgo cifontino. Era uno de ellos la Caída de San Pablo, que en palabras de Jovellano en sus Diarios, era de mediano mérito, de Matías Ximeno, firmada en 1652. Aún relaciona el político ilustrado otras dos pinturas que podían ser del mismo autor: un Perseo y Andrómeda y una muerte de Adonis sobre cristal, temas mitológicos cultivados también por Jimeno.

De cuando Jimeno se movió por Madrid, en su juventud e inicios, son varios cuadros de temas mitológicos, que se han ido señalando en colecciones y aún dispersos. Así, sabemos que pintó una “Príamo y Tisbe” para el palacio del Buen Retiro y que hoy se encuentra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Propiedad del Museo del Prado pero depositado en el Museo de Tortosa es una “Diana y Acteón”, y un par de paisajes puros se llevaron, en 1882, desde el Prado al edificio de la Diputación de Santiago de Cuba. Sin duda, el hecho de que el Prado tuviera tanta obra de Matías Jimeno se debe a que las colecciones reales de los últimos Austrias y los Bornotes contaban con cuadros “de relleno” de este autor castellano. De 1656 es una Riña de pícaros  (en la Colección Bonsor de Mairena del Alcor) copiada, a su vez, de una antigua estampa de Francisco Villamena, fechada ésta en 1603.

Otras sugerencias de Arbancón

Ha quedado ya establecida y tradicional su Feria Medieval, que se centra en la historia pasada, en los siglos de oscuridad, y en el momento de su concesión del título de Villa por Felipe V en 1721. En torno a esas peculiaridades, los vecinos y los más jóvenes especialmente, se visten de época y andan todo un día (este año fue el sábado 11 de junio) de plaza en plaza ofreciendo escenas, cantos, rituales y mercadillos que evocan las formas antiguas de vivir. Un pregón y una representación teatral se suelen combinar con sendas comida y cena a la usanza de los reyes y vasallos, o sea, todo con las manos.

Hay que venir, también, cuando la Fiesta de la Candela, el 2 de febrero o en su sábado posterior más inmediato. En esa fecha Arbancón se viste de botarga: recorre sus calles el personaje que cada año lo representa, con su careta de madera pintada, su traje de vivos colores azules, rojos y blancos, y su cachiporra con la que amenaza a los más pequeños y a los temerosos.

En el verano son sus fiestas patronales, y es también buen momento para acercarse y degustar (eso siempre, en cualquier ocasión) el mejor cabrito de la serranía: con una tradición de siglos, la leyenda dice que hasta el propio Cristóbal Colón se acercó a Arbancón, desde Cogolludo, a que los maestros guisanderos del pueblo le prepararan esa joya gastronómica de la que hace gala, el cabrito en su salsa.

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