Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

septiembre 3rd, 2010:

Cañamares arriba

El viajero ha matado la tarde dándose un garbeo por el valle del Cañamares. Se ha arriesgado mucho, porque la tarde, de verano, estaba congestionada de luz, y sobre todo de calor, y algunas solanas costaba atravesarlas a cabeza descubierta. Pero la naturaleza, el mundo, ese valle solitario y perfecto del río Cañamares, entre Castilblanco y Pinilla, estaba hermoso, verde, con vida. Y en sus pueblos se veían las cosas de siempre, brillantes de sol, y con algunos valientes que se las explicaron.   

Iglesia parroquial de Castilblanco de Henares

 

Castilblanco de Henares  

Desde Jadraque, tomando la dirección de Soria, y nada más atravesar el río Henares junto a un gran molino que se ha ido cayendo, poco a poco, y hoy es un montón de ruinas, el viajero toma la carretera de la izquierda, y enseguida ve unas aguas oscuras que musguean y suenan. Son las del Henares, que aún va cargado. Fue mucha la nieve que cayó en el invierno por las alturas.  

Y el río Cañamares, que le entra por la derecha, justo bajo el puente de entrada al pueblo, también aporta su caudal, el que trae desde los altos pedregales del Santo Alto Rey.  

A Castilblanco de Henares, que es de los pocos pueblos de Guadalajara a los que bañan dos ríos importantes, se entra por una calle estrecha y se llega a la plaza, donde se alza el frontón y se ven mostradores de alguna reciente fiesta patronal. Por la calle ni un alma. Ni un perro. Solo suenan las televisiones detrás de las persianas. Y se adivinan a sus habitantes dormitando en un sillón, delante del televisor que repite una vez más que quien corre se estrella.  

El viajero sube a la colina donde se alza la iglesia parroquial. Es antigua, por supuesto, medieval en su origen, y así se explica su estructura alargada, con gran espadaña triangular a los pies, en esta tarde bien iluminada y colorida, y su ábside semicircular a la cabecera. En el medio de su muro sur, se abre la puerta (es un decir, porque la puerta de la iglesia de Castilblanco, como las de todos los demás pueblos, está cerrada con llave) que es de arco semicircular, con capiteles simples, arquivoltas limpias y un aire innegable de románico rural de los más simple.  

La galería o atrio que la precede, y que la protege del sol y la lluvia, es sin embargo algo más moderna. Calculo que del siglo XVI, porque tiene unos capiteles que son remedo de palacios renacentistas, aunque medio rotos y apedreados por los tiempos. Del interior, imposible decir nada. Está cerrado y a nadie encuentra el viajero a quien pedir las llaves. Le queda, eso sí, el recuerdo de ese valle (que es Henares ya, arbolado y rumoroso) en el que las montañas vigilan y el aire duerme.  

Medranda  

Buscaba el viajero, en este segundo pueblo del valle, a su alcalde, Luis Fernandez Cárcamo, y al cronista local, José Ignacio Rodríguez Castillo, que son buenos amigos (del viajero, por supuesto, y entre sí, como Dios manda) pero no estaban: el uno de vacaciones, aprovechando la dormida quietud de la administración en estas épocas, y el otro en trance más doloroso, en un hospital, junto a un familiar sufriente.  

Pero la visita no ha quedado sin recompensa, porque el viajero se ha admirado de cómo ha crecido, y sobre todo de cómo ha mejorado Medranda en estos últimos años. Porque ese “Parque Río Cañamares” que ha construido al extremo de la villa, es espectacular y agradable, una verdadera joya en el que, si no hiciera tanto calor, cualquiera se hubiera quedado a leer y pensar, junto al río, varias horas.  

La plaza mayor está de dulce, limpia y perfecta, con la vieja fuente de las cabezas remodelada y manando agua, que es lo importante. Me gustaba más antes, en tiempos viejos, cuando allí se apeaban los arrieros mientras las mulas bebían. Zumbaban los tábanos y olía a miel, y a romero, también a estiércol, pero es que los olores para ser verdaderos, y fuertes, tienen que venir del mundo, de sus seres.  

La ermita de la Soledad, junto al viejo cementerio, a la entrada del pueblo, está también perfecta: arreglada, limpia, saludable. Con su piedra antigua blanqueada, sus maderas nobles y la vista delante, del río y los campos de girasol que te van mirando. Subo y bajo por las calles, sin demasiado esfuerzo, porque el pueblo es llano, y veo al otro lado del río el viejo molino, que quieren hacer lugar de encuentro de jóvenes y menos jóvenes.  

La iglesia de Medranda es muy simple, apenas una atrio de gruesos pilares que sostienen unos arcos semicirculares, todo enfoscado, y la espadaña a poniente, altísima y espigada, triangular en su remate. Lo bueno está en el interior, donde hay un altar mayor que ofrece, muy oscuras y pidiendo una restauración cuidadosa, unos lienzos que recuerdan con fuerza a Doménico Theotokópulos, El Greco, que vete tú a saber por qué, de su mano vinieron hasta el humilde valle del Cañamares algunas de sus pinturas. Esto lo sé de otras veces, porque tampoco aquí hubo forma, la otra tarde, de hacerse con la llave.  

Pinilla de Jadraque  

Sigue la carretera junto al río, ascendiendo con suavidad. Al otro lado de las olmedas, se alzan los cerros blancos, cubiertos a trechos de quejigares. Al río Cañamares le pasa un poco como al Henares, y en general a todos los que vienen desde la Sierra Central a dar en el Tajo: que sus bases de valle se inclinan a levante, y dejan en su orilla izquierda escarpaduras y cortados de tierra, que se van deshaciendo lentamente, con el paso de los siglos.  

Está todo lleno de girasol, se ve que el aceite que da esta planta se saca fácil y compensa su cultivo. Tampoco necesita mucho riego, así es que el paisaje se deja querer y es todo verde, contrastado solo con el azul intenso del cielo, y el blanquecino lomo del horizonte por el oriente.  

Al fin llega el viajero a Pinilla de Jadraque, donde se encuentra con una plaza atiborrada de coches, aunque prácticamente sin alma alguna: se ve que hubo fiesta anoche, y aunque es media tarde están todos aún durmiendo, preparándose para otra noche de posible fresco con música. Deja atrás la plaza, que ya conoce y en la que hay, como en tantas otras, una vieja fuente y un remozado Ayuntamiento. Ahora le han colocado un enorme cartel, de madera y protegido con plástico, en el que la empresa EMADE, de Toledo, ha puesto como en tantos otros pueblos de la Alcarria las noticias sobre Pinilla que ha ido sacando de aquí y de allá, generalmente tomadas de los libros que otros han escrito previamente con cierto esfuerzo.  

El viajero tiene un objetivo claro en Pinilla, y es visitar su iglesia parroquial, una joya de la arquitectura románica, que ha sido, una vez más, restaurada, acicalada, protegida y puesta en valor de forma absoluta. Aún quedan sueltos algunos trabajos de acondicionamiento exterior, pero ya está visible, y asombrosamente hermosa.  

Respira oros por sus poros. Parece piedra sacada de un taller de orífice. Quizás sea que la tarde de verano le inyecta luz y así resplandece. El viajero sube y baja, la mira, se acuerda de otras veces que ha estado allí, y la compara. Ahora está mejor, más limpia, más perenne. Le hace fotografías, y luego la estudia. El edificio consta de una sola nave, con presbiterio cuadrado y sacristía adosada al sur. En ese interior, que siempre está en la semipenumbra de los edificios típicamente medievales, y en los que solo la luz de los ojos puede con la tiniebla de los siglos, destaca el arco triunfal que da paso desde la nave a la capilla mayor, y que se apoya, perfectamente semicircular, en sendos capiteles de muy perfecta talla y conservación: en el uno hay palmetas, en el otro piñas entrelazadas. Esto lo sabe el viajero porque él mismo lo vio en ocasión anterior. Ahora está cerrada la iglesia.  

De su exterior lo que más llama la atención es la gigantesca espadaña que corona el muro de poniente: es de cuatro vanos, muy pesada, toda ella de sillar calizo. Solamente otro templo románico hay en la provincia de Guadalajara con una espadaña de similares características: la de Hontoba en la Alcarria.  

Apoyando en los muros del sur y poniente, aparece la estructura del atrio o galería porticada, heredero en este caso de las construcciones románicas que en las provincias de Soria y Segovia adornan tantas iglesias rurales. Es la pieza más hermosa y meritoria de este templo, que por sí sola justifica un viaje y una detenida contemplación. En el centro del costado meridional se abre la puerta de ingreso, consistente en un estrecho arco de medio punto apoyado en columnas pareadas que rematan en bellos capiteles de decoración geométrica y vegetal estilizada. De su ábaco surge una corrida imposta muy simple que se prolonga sobre el muro esquinero. El resto del ala sur del atrio se compone de ocho arcos, cuatro a cada lado de la puerta, también de medio punto, que apoyan sobre columnas pareadas y presentan magníficos capiteles de estilizada decoración foliácea. Estos arcos descansan sobre un podio o basamento.  

En el ala de poniente del atrio se abren tres arcos más, también estrechos y apoyando sobre columnas pareadas, y sobre unos capiteles especialmente interesantes, pues muestran sus caras ocupadas por una abundante colección de temas iconográficos que posibilitan al viajero la ocasión de enzarzarse en evocaciones medievales, mitológicas y legendarias sin fin: como si del claustro de una poderosa catedral se tratase, en esos capiteles del ala de poniente de Pinilla surgen figuras arquetípicas como la mujer que sostiene peces en sus manos, los sirénidos coronados, los tres sabios de Oriente leyendo en filacterias, y por supuesto algunas imágenes de la religión cristiana, como la Crucifixión de Cristo, su Bautismo, y la presentación alegórica máxima de la Gloria del Hijo de Dios, que en su mandorla avellanada aparece majestuoso rodeado de los cuatro símbolos de los evangelistas.  

En el interior del atrio, aparece la puerta de entrada a la iglesia, que muestra también muy hermosas características. Tiene todos los caracteres propios del estilo: arcos semicirculares, baquetones múltiples, decoración de hojas, de puntas de diamante, etc.  Y, para terminar, señalar que distribuidas por los sillares de la parte más visible del templo, multitud de marcas de cantería nos hacen evocar a los seres humanos, a los constructores esforzados e ilusionados que levantaron este edificio.  

Desde el atrio de Pinilla se divisa a los pies, más allá de los tejados, la verde sonoridad del río, del Cañamares. Delante del atrio han puesto una piedra en la que aparece tallado el nombre de un italiano. Me dicen que es de un militar de los que vinieron, en el 37, a ayudar a Franco y lo único que hicieron fue llevarse tortas. En todo caso, el viajero que anda en este punto atosigado y sediento, renuncia a seguir lo que en otro caso de menos calor hubiera hecho: y lo recomienda a sus lectores. Que es seguir aún Cañamares arriba, desde Pinilla, por un camino de tierra que lleva, tras pocos kilómetros de andanza fácil,hasta las ruinas del viejo monasterio cisterciense de San Salvador. Allí está, entre arboledas y encinas, cuajado de silencio y abandono, cada vez más desmochado, más expoliado, más olvidado de todos. Es ese colofón, un poco triste, con el que el viajero debe completar su viaje, que por el Cañamares ha tenido, al menos, la cualidad de llevarse algunas gratas sorpresas.