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Días para el arte

Estos días, abiertos y plurales, están para recorrer la ciudad, que se encuentra abierta como pocas veces en el año: encierros por la mañana, charangas al mediodía, y quizás al final de la mañana, unas gotas de arte. Como debe ser: para todos los gustos.

Por ayudar a quien quiere llevarse la imagen perfecta, -asombro contra olvido-, de esta ciudad que se hace cada día más grande y completa, aquí van seis pinceladas breves, seis miradas a otros tantos detalles del arte de Guadalajara. No son edificios, conventos, palacios, museos, no. Son seis detalles breves, que caben en la retina por sí solos. La imagen va, y acompañándola unas breves líneas que he podido unir sin erudición ni pesadez arcana.

La Trinidad de San Nicolás

En la fachada principal de lo que hoy es iglesia parroquial de San Nicolás (plaza del Jardinillo) y hace siglos fue templo mayor de los jesuitas en la ciudad, se alza la imagen de lo que la titularidad del Convento y colegio de la compañía de Jesús: la Santísima Trinidad, eje y esencia del catolicismo especialmente después del Concilio de Trento, en el que la Orden fundada por San Ignacio de Loyola se erige en ejército defensor de la Iglesia atacada por los alemanes luteranos y demás gente protestante.

De ignoto autor, la severa talla sobre piedra caliza nos da su mensaje teológico, sin mayores calidades ni aspavientos: es la triple figura del dios Padre solemne y barbudo, del Dios Hijo, semidesnudo y con la cruz en el seno, y del dios Espíritu, que como paloma va y viene sin que se le vea nunca posarse en nada. Está con las alas abiertas constantemente.  Un detalle de arte en plena calle mayor. Solo requiere levantar la cabeza un momento, y mirarlo.

El paje del caballero Campuzano

Seguimos ante San Nicolás, y penetramos en el templo. A la derecha, a poco de entrar, en una oscura capilla, está la talla sobre alabastro del caballero Campuzano, hidalgo de pro en la ciudad del Henares allá por los finales del siglo XV, y que vino (su enterramiento) desde la anterior parroquia de San Nicolás, que estaba donde hoy el Banco de España, hasta este templo de los jesuitas.

El caballero, yacente y revestido de armadura, capa, espada y libros en la cabeza, es esencia de la fuerza hidalga de la época. La talla, perfecta, se asigna a Sebastián de Almonacid, tallista toledano que tuvo taller en nuestra ciudad, en el que además talló la estatua del Doncel de Sigüenza, y quizás en el enterramiento del Condestable de Luna para la catedral toledana.

Yo me fijo, y os pido que lo hagáis vosotros, en el paje que llora su muerte bajo sus pies. Es similar (mejor, diría) que el que hace lo mismo con Martín Vázquez de Arce: joven, de ensortijado pelo, lacio y expresivo, está vivo, palpita. Está escondido, y hay que ir a verle, a dejarle, como en limosna, una mirada. Para que siga viviente más siglos aún.

El capitel de los carneros

En la portada del antiguo templo de la Piedad, hoy lugar ¿cultural? siempre cerrado, sucio a más no poder, en el patio anterior del Instituto “Liceo Caracense”, frente a Santiago y Correos, luce un capitel prodigioso, perfecto, digno de los mejores espacios del Renacimiento: es el capitel que el propio Alonso de Covarrubias, con sus manos y sus poderosas gubias, talló sobre la piedra de Tamajón a comienzos del siglo XVI, para adornar la portada de un templo que le encargó doña Brianda de Mendoza.

En esa portada (insisto, joya preciosa, monumento nacional, y abandonada y sucia como es difícil imaginar) se ven los más sublimes paradigmas del plateresco castellano. Hay arcos y columnas torneadas, hay bolas y perlas, hay una talla de la Piedad, en lo alto, bajo la escocia, que es otra maravilla escultórica, hay escudos de la fundadora. Y hay capiteles. Este de los carneros es sin duda el mejor, porque en él aparece, además de los grutescos, el remate de cuatro expresivas cabezas de carneros: la altura del capitel es exagerada, y en él transluce el exceso, más que la necesidad. Hay que mirarlo un rato, llevárselo dentro. Tiene un mensaje escondido, es como una moneda que se tira a un estanque, y que hace volver, seguro, a ese sitio donde se ha dejado un instante de felicidad serena.

El sepulcro de doña Aldonza

En el palacio del Infantado, en la planta baja, está abierto el Museo Provincial de Bellas Artes. En la primera de sus salas, al fondo, aparece en sepulcro de doña Aldonza de Mendoza. Fue hermanastra del marqués de Santillana, se llevó muy mal con él, y al final de sus días mandó que la pusieran en retratro tallado sobre el mármol más limpio, delante del altar mayor del templo de los monjes jerónimos de Lupiana.

Pero aquel monasterio en la alta Alcarria se cerró, sus muros se hundieron, y la estatua de doña Aldonza, recobrada en el último momento, se llevó a los almacenes del Museo Arqueológico Nacional, de donde se trajo al nuestro en los años 70, cuando doña Juana Quílez actuó de primera directora del Museo Provincial. Allí se colocó en lugar preeminente, y allí ha seguido, a pesar de todas las reformas.

Porque es un detalle de arte que merece detener la mirada y admirarse un rato ante su delicada belleza, su limpieza de talla, su expresión (la muerta parece viva, turgentes las mejillas, palpitantes sus pechos, hermosa y tierna). Además de la mujer muerta, revestida de su mejor traje de fiesta, su toca prendida al pelo con un grueso alfiler, su rosario… en los paneles laterales asoman escudos de Mendoza y Arjona, frase latinas, antiguos salvajes protectores…

El Rey Gaspar de Santa María

En el retablo mayor de Santa María se ven seis grandes paneles tallados, brillantes de policromía y movidos de relieve. El central representa la Asunción de María, titular de la iglesia. Y el superior es la Trinidad, razón del catolicismo. En los otros cuatro se ven escenas complejas de la vida de Cristo y María. En uno de ellos, el más cercano al espectador, aparece la jornada de la Epifanía, el momento en el que tres sabios o reyes orientales se acercan al portal de Belén donde ha nacido Jesús. Todo es dulzura y elegancia. Padres e hijo están a gusto, y los reyes/sabios con sus criados/ayudantes se acercan respetuosos. El viejo Melchor, el moreno Baltasar, y Gaspar, a quien pongo de ejemplo, revestido y tocado como un árabe inteligente y bueno: esta escultura la hizo un tallista valenciano, Francisco Mir, a mediados del siglo XVII, por encargo del Cabildo de Curas de la ciudad. Todavía lo vemos entero, como el retablo, porque en la Guerra civil a alguien se le ocurrió alzar un tabique delante del retablo para que la progresía del momento no se lo llevara para calentar estufas.

Gaspar tiene fuerza, elegancia, es una obra de arte, un detalle más de los que en Guadalajara sorprenden y llenan esta imaginaria galería de genialidades de las que todos podemos presumir y aún gozarnos.

La bóveda de Santa Micaela

En los alrededores del panteón de la Condesa de la Vega del Pozo, donde la solemnidad del edificio apaga cualquier otra reflexión, se alza la iglesia del conjunto, que hace ya años se abrió al público como parroquia con el nombre de Santa Micaela, en el barrio de Defensores (hoy Adoratrices). Cualquiera que haya ido a esa iglesia, ha salido con la convicción de que es la más bonita de todas las que tiene la ciudad.

En ella se explayó el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco. Su mentora y multimillonaria aristócrata, María Diega Desmaissières, duquesa de Sevillano, le encargó que hiciera esa Fundación dedicada a San Diego con lo mejor de su imaginación y los más costosos términos que alcanzara. Así salió todo: lujo, profusión, espacios… un lugar que Guadalajara debería aprovechar aún más, y mejor, de lo que ahora lo hace.

Y en esa iglesia, en la que Velázquez utilizó motivos islámicos, sacados de otros edificios españoles, incluso calcando atauriques y yeserías de los que por entonces (principios del siglo XX) aún quedaban en la capilla de los Orozco de la iglesia de San Gil, se puso la cabecera más elegante y bella que quepa imaginar. La elijo como detalle y la pongo en imagen junto a estas líneas.

La bóveda del presbiterio, enmarcada por yeserías espléndidas, está formada de maderas y cerámicas, en combinaciones geométricas que hacen recordar las cubriciones de los mihrabs más santos de Al-andalus. Es preciso llegarse allí, en cualquier rato, y dejar pasar el tiempo mirando, mirando…

Apunte

Ideas para el turismo

Estos días de fiesta no son momento para la elucubración y los proyectos. Pero aprovechando el paseo por la ciudad que acabamos de dar, mirando solamente seis detalles de arte, de esos que pasan habitualmente desapercibidos, se me ocurre que bien podría plantearse una actuación encaminada a potenciar esta esquina del patrimonio. No ya el palacio del Infantado, la capilla de Lucena, o el caserón de Dávalos, en general, sino potenciar la admiración (y el cuidado) hacia los detalles. Porque igual que estos seis, se pueden sacar seiscientos. Y puestos todos juntos podrían dar para mucho más entusiasmo visitante. Bien ofrecidos, explicados, alentados siempre.

Ahora que las fuerzas administradoras de la ciudad (léase Ayuntamiento y Concejalía de Turismo) se mantienen en un acertado camino de promoción, con señalización, guías, rutas gastronómicas/patrimoniales, y libros institucionales, no estaría de más insistir en esto tan simple, y tan efectivo: los detalles. Seis han sido la muestra. Quedan otros muchos.

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