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Historia de la caza en Guadalajara

 

Desde los tiempos más remotos se ha ocupado el hombre a la caza de los animales, que en unos casos, los más primitivos, eran de crucial importancia para su alimentación y supervivencia, y en otros, ya más modernos, de mero pasatiempo. En la que hoy es la provincia de Guadalajara han quedado huellas de esta actividad cazadora del hombre, bien de tipo arqueológico, artístico e histórico. Espigando entre las más curiosas de estas noticias, y con objeto de dar en esta ocasión una panorámica anecdótica de la actividad cinegética de los pobladores de esta tierra, van aquí breves noticias de lo que podría ser llamado, e incluso acometida por quien guste del tema, la historia de la caza en Guadalajara.

Ya en los tiempos más remotos había una gran cantidad de seres vivos, en estas latitudes. En la zona norte de la provincia, en la región de Campisábalos y Villacadima se han encontrado algunos huesos de jirafa y mamut en un afloramiento potiense, lo que significa la existencia de estos grandes animales que podrían ser cazados por los pobladores del territorio, aunque esto es poco probable.

Más modernos son los vestigios, incluso gráficos, que sobre el tema de la caza encontramos en Riba de Saelices, concretamente en la Cueva de los Casares. En sus paredes se ven grabados multitud de animales, entre ellos toros, ciervos, caballos, leonas, pájaros y muchos otros, que luego intentarían cazar los artistas que los que los habían dibujado. Incluso existe un grabado que se ha querido interpretar como un hombre cogiendo peces con la mano, lo que podría ser catalogado como “caza de río”. En las recientes excavaciones realizadas en dicha cueva, se han encontrado abundantes huesos de especies de animales como el conejo, la cabra montés, el lobo y el oso incuso que los hombres de hace muchos miles de años cazaban y comían.

En tiempos ya más modernos, como pueden ser los de la baja Edad Media, poseemos datos de la caza realizada en ellos: era una de las más practicadas la del jabalí, que por entonces daba una gran cantidad de ejemplares en la tierra de Guadalajara. Es concretamente en un edificio del siglo XIII donde aparece representada la caza de este fiero animal. En el friso horizontal, puesto en la pared exterior de la capilla de San Galindo, en Campisábalos, se ve la lucha de un hombre a pie que, ayudado por dos perros, ataca e hiere a un gran jabalí. Es el mismo tema que aparece en un capital de la ermita de Tiermes, en Soria.

De otras especies más extrañas en nuestra provincia, queda constancia por una antigua relación del monasterio de Sopetrán. En el siglo XI se dedicaba a la caza del oso el rey Alfonso VI de Castilla, en los grandes bosques que se extendían entre este monasterio y la villa de Torija. Dice la leyenda que fue atacado por uno de estos plantígrados, y al implorar el auxilio de la Virgen de Sopetrán, milagrosamente fue libre del peligro.

Es curioso cómo fueron los frailes los que, en tiempos remotos de la Edad Media, se dedicaban con verdadera asiduidad al deporte cinegético. Antiguas crónicas nos dicen cómo el convento franciscano de Molina de Aragón, fundado por doña Blanca hacia 1293, “llegó a ser tan rico, que los religiosos vivían como caballeros, y el guardián… tenía caballos y perros de caza, y alcones para su regalo”. Y en un documento del siglo XV referente al monasterio jerónimo de Villaviciosa, vemos como una de las formas de tomar posesión de un terreno adquirido por parte de los frailes, es pescar en el río Tajuña algunos peces, y cazar algunas piezas de monte. En el mismo siglo, consta del señor del castillo de Anguix. Don Juan Carrillo, que entretenía muy a menudo sus soledades ocupándose de cazar por aquellos bosques inmensos que bordeaban, mucho más abundantes que hoy, el río Tajo.

Quienes, lógicamente, más lustre dieron al ejercicio de la caza en Guadalajara, fueron los duques del Infantado y en su numerosa corte mendocina de familiares y allegados, que para matar tantas horas de inactividad y aburrimiento en su ciudad castellana, se dedicaban a este deporte con un impresionante despliegue de medios. Del segundo duque, don Iñigo López de Mendoza, constructor del famosos palacio gótico arriacense, se hacen lenguas los antiguos cronistas ante la fastuosidad de sus armaduras, las jaurías de perros cazadores y la nutrida colección de halcones, neblíes, azore y otras aves rapaces amaestradas para este noble arte de la cetrería. También su hijo don Diego, y su nieto el cuarto duque fueron muy amantes de la caza por sus posesiones. Cuando en 1525 vino a Guadalajara el rey Francisco I de Francia, prisionero del César Carlos, el tercer duque le halagó durante varios días, regalándole al final abundantes arneses de guerra y caza, caballos y un lucido plantel de aves de cetrería. El mismo don Iñigo López, quinto duque que introdujo varias reformas en su palacio, fió la decoración pictórica de algunas de sus salas al florentino Rómulo Cincinato, y aún dispuso que éste realizara la hoy llamada “Sala de Diana”, que es un verdadero documento de estudio acerca del arte de la caza en el siglo XVI. Entre varios grandes paneles con escenas mitológicas de los hermanos Diana y Apolo, se distinguen muchas y curiosas secuencias de caza: la del jabalí, en el acto de ser atacado por criados a pie y la jauría canina, mientras los señores contemplan y esperan la carrera del animal montados en sus caballos. También vemos la caza del venado y aún otras de la garza y otras aves de gran tamaño, sin olvidar siquiera la de la perdiz. Muchos de estos animales de caza se representan fielmente tratados en cenefas y frisos. El tema, como se ve, es inagotable y lleno de cordiales evocaciones de pasadas épocas. Hoy el deporte de lacaza ha dejado de ser patrimonio de las altas clases, y cabe en el programa de descanso y esparcimiento de cualquier ciudadano. Esto es también un hecho histórico a tener en cuenta.

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