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enero 30th, 2009:

Donceles y Muertos que leen

© Todas las fotografías son del autor.
En el bicentenario de la muerte del “Doncel de Malta” (ocurrida en 1808) y aprovechando que a algunos les ha dado por descubrir “muertos que leen” ignorando todo lo que se ha dicho sobre el tema hasta ahora, y en esta provincia, voy a reproducir el artículo que publiqué en 1997, y no en este periódico precisamente, sino en un libro titulado “El Doncel de Sigüenza” que firmó el Cronista seguntino Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, y que fue quien permitió que yo pusiera, entre las páginas 65 a 71 del centro de su libro, estas investigaciones que hace ya bastantes años inicié, y que posteriormente he ido completando, con visitas personales a todos estos túmulos de donceles y “muertos que leen”.

 

El Conde de Beaujolais, en su enterramiento de la Catedral de Saint John de Malta. Medita tumbado y tiene en las manos un plano de La Valetta.

 

El Doncel de Malta 

En el centro mismo del Mediterráneo, a una distancia similar de Gibraltar y de Estambul, a poco más de 200 kilómetros desde la costa africana, y a un centenar de kilómetros de Sicilia, se alza plana y suave, despejada de árboles y densa de historias la isla de Malta. Los caballeros de la Orden de Malta, extraídos durante varios siglos de lo más granado de la aristocracia europea, establecieron en esta isla un estado soberano, y pusieron su capital en un puerto natural de la costa norte, que aún hoy, como hace varios siglos, permanece a cubierto de cualquier ataque rodeado de altas murallas sobre el mar, albergando en su interior infinidad de palacios, iglesias y monumentales perspectivas propias de una ciudad que parece anclada en el siglo XVIII. 

Una vez en la catedral de San Juan, un murmullo de historia recorre el pavimento, los abovedados cielos cuajados de pinturas, los muros sembrados de impresionantes túmulos de arrebatado barroquismo donde solemnes caballeros pregonan su constante afán por defender el ombligo del Mediterráneo frente al turco. El suelo de este templo está totalmente cubierto por cientos de grandes lápidas realizadas en taracea de mármoles de colores donde se pintan los escudos, las leyendas y aún retratos de los grandes maestres de Malta. Tras pasar las capillas de los castellanos, de los aragoneses y navarros, llegamos a la de la lengua de Francia. 

Allí está, bello y pálido, el retrato yacente del príncipe Luis Carlos Aurelio. Es una estatua de mármol blanco que representa a un militar francés en vestimenta de principios del siglo XIX, acostado sobre su lado izquierdo, apoyando su cabeza de cerrados ojos durmientes sobre la mano izquierda, mientras la derecha, indolente, sostiene un pergamino en el que aparece, tallado, un plano, que muestra concretamente la situación de Paris y Fontainebleau. Tras de él, una talla en medio relieve que representa la virtud del muerto. En el mármol gris del sepulcro, aparecen estas frases en latín decadente: 

PRINCIPI ILLUSTRISSIMO ET SERENISSIMO
LUDOVICO CAROLO AURELIANENSI,
COMITI DE BEAUJOLAIS
IN MELITA INSULA
QUO SE AD REFICIENDAM VALETUDINEM CONTULERANT,
ANNO DOMINI MDCCCVIII.
DIE MAII VIGESIMA NONA
DEPEXCTO
ET IN HAEC SANCTI JOANNIS AEDE. 

* * * * * * 

INTER SUMMOS MILITENSIS ORDINIS MAGISTROS 
CONSEPULTO
HOC MARMOR
PIAE RECORDATIONES MONIMENTUM 
DICAVIT.
FRATER AMANTISSIMUS ET DILECTISSIMUS  
LUDOVICUS PHILIPUS, FRANCORUM REX.
ANNO DOMINI MDCCCXLIII. 

Esto es todo lo que sabemos de este magnífico y emocionante «Doncel de Malta». Hermano del rey Luis Felipe de Francia, murió el 29 de mayo de 1808, siendo allí mismo enterrado y construido luego el monumento y estatua a costa de su real hermano en 1843. Formaba parte este individuo del ejército francés puesto por Napoleón en 1798, cuando de paso hacia Egipto conquistó y se anexionó la isla de Malta, expulsando a sus maestres y caballeros. Aunque finalmente los ingleses se harían con el poder en la isla desde 1815 por el tratado de París, durante unos años se sucedieron las revueltas de los nativos contra los ocupantes franceses, muriendo en estas trifulcas el caballero hoy tallado en mármol. De su estatua sabemos que la talló Jacques Pradier (1794-1852), en 1843, y que la placa al estilo de Cánova que cubre su espaldar es de mano de Augustin-Felix Fortin (1736-1832). El arrebatado romanticismo de la estampa del «Doncel de Malta» no tiene comparación con la serenidad clasicista de la estatua de Martín Vázquez de Arce en Sigüenza. Pero la similitud de actitudes ante la vida, la sorpresa de la muerte en batalla, en plena juventud, y el aire de resignada espera que la dureza del mármol impregna a su actitud le hace familiar y querido. 

Enterramiento de Federico de Antioquia, en la cripta de la catedral de Palermo. Podría llamarse "El Doncel de Sicilia" porque duerme y lee ante la eternidad, tallado en piedra.

 

El Doncel de Palermo 

 En la cripta de la Catedral de Palermo (Sicilia, Italia), y sin que ningún antecedente existiera escrito sobre esta preciosa estatua yacente, bajo un arco apuntado nos aparece «el Doncel de Sicilia», un enterramiento medieval que contiene los restos de un misterioso caballero cruzado, Federico de Antioquía, muerto en 1305, y cuya estatua yacente luce encima, tallada por alguno de los miembros de la familia/escuela de los Gagini. Se trata de un individuo un tanto hierático en su aspecto, revestido de armadura metálica, las piernas cruzadas por haber muerto, sin duda, en batalla contra los moros, y a los pies depositado su yelmo o celada. Apoya el cuerpo sobre su costado izquierdo, y reposa su cabeza sobre la mano de ese lado, cuyo codo descansa a su vez en un manojo de almohadones. Con la mano derecha mantiene abierto un libro que se apoya en su cadera, y que, si antes lo estuvo leyendo, ahora le ha entrado el sueño y sólo lo señala, abierto, y lo muestra al visitante. El no lee, ni medita, como el seguntino Martín Vázquez. El caballero mediterráneo Federico de Antioquía está, resueltamente, dormido. La lápida que en un primitivo gótico ofrece la escena de la Anunciación y los escudos del caballero, nos dice algo sobre su condición de magnífico guerrero («miles magnifico») y hermano del arzobispo de Palermo don Olegario. 

El interés de esta estatua radica en la demostración que efectúa  de que la corriente de tallar estatuas funerarias con un sentido especial que sobrelleva la simple pérdida de la vida, y representar caballeros, luchadores, en actitud de descanso o dormición, mientras exhiben papeles y libros que demuestran su afición a las letras, es algo de muy antigua y prolongada tradición en las tierras del Mediterráneo. Si líneas más arriba hemos visto el que pudiera considerarse último eslabón de esta cadena (el «Doncel de Malta» como hemos llamado a la estatua yacente del vizconde de Beaujolais), esta de Palermo se pondría sin discusión al comienzo de la cadena: este Federico de Antioquía es el caballero yacente, meditabundo y lector más antiguo de toda la Mediterranía. En España la tradición es amplia, llena de excelentes figuras entre las que, sin discusión, y sin falsos chauvinismos, destaca la tallada cifra caballeresca de don Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza. Aunque con muchas razones sospechamos fue tallado en Guadalajara, en el taller de Sebastián de Almonacid, la tradición sigue queriendo que fuera de la mano de algún italiano, de Sansovino, por ejemplo, que en aquellos años anduvo la Península, y que tenía ya por entonces, en los finales años del siglo XV, la gloria de haber tallado en la iglesia de Santa María del Popolo, en Roma, las estatuas sepulcrales del cardenal Girolamo Rosso y la de Ascanio Sforza, sin duda claros antecedentes del Doncel, pero también, con menos duda aún, clarísimos herederos de este Doncel siciliano que, un tanto primitivo, inicia un camino muy utilizado en los países mediterráneos. 

El conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza, muerto que lee en su enterramiento de la iglesia de San Ginés, de Guadalajara.

 

Y otros Donceles españoles 

 En España no puede dejar de admirarse la rica factura del sepulcro de Antonio del Corro, en la iglesia parroquial de San Vicente de la Barquera, en Cantabria. El ilustre inquisidor vio su figura tallada por Juan Bautista Vázquez el Viejo, quien aprendió este escorzo en Italia, cuando allí viajó a formarse. Después del Doncel seguntino, el cántabro es el mejor de la Península. Contemporáneo suyo, además. Pero si alguien quiere empaparse de Donceles españoles, puede hacerlo con una «tournée» no excesiva. Puede ir al monasterio de Montserrat y ver el enterramiento de Bernardo de Vilamarí, o a la iglesia parroquial de Bellpuig y admirar el soberbio conjunto en el que descansa, dormido y apoyado sobre su mano, el caballero Ramón Folch de Cardona. También en Salamanca hay más de un ejemplo: en la iglesia de San Martín está la estatua semiyacente de Roberto de Santiesteban (que como Corro y Martín Vázquez está con los ojos abiertos, leyendo o meditando), en la iglesia de San Martín descansa Rodrigo de Maldonado, y en la catedral nueva está Francisco Sánchez de Palenzuela. El segundo de ellos lee un libro, aunque tiene su mano en la sien, en una postura un tanto forzada. También en Guadalajara hay dos magníficos ejemplos de yacentes incorporados: son hombre y mujer, y proceden sin duda del mismo taller que tallara al Doncel seguntino. En la iglesia de San Ginés, hoy muy destrozados por la Guerra y sus agentes, están los bultos en mármol de Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, y de su esposa Elvira de Quiñones: despiertos, incorporados, lectores de sendos libros, lloran su muerte sendos pajecillos dolientes puestos a sus pies. 

El Inquisidor Antonio del Corro, en la colegiata de San Vicente de la Barquera, en la Montaña de Castilla, espera la resurrección leyendo.

 

  Son todos ellos claros ejemplos de ese arquetipo que podríamos denominar «el muerto que lee», y que aparece si cesar en la ruta monumental de la Europa mediterránea. El de la oscura cripta de la catedral de Palermo es, sin duda, el más antiguo de todos los hasta ahora conocidos, y bien pudiera tenérsele por el antecedente más venerable del Doncel. Pero seguro que la imagen deriva de anteriores modelos, y sin forzar mucho, cualquier especialista en la Antigüedad clásica nos entregaría algún ejemplo pretérito. Es, en cualquier caso, un motivo muy atrayente para seguir viajando por el ámbito mediterráneo. 

Epílogo en Portugal  

En la catedral de Lisboa hay dos, por falta de una, estatuas de muertas lectoras. Curiosamente, son mujeres. En dos capillas contiguas de la románica sé lisboeta, aparecen un par de matrimonios enterrados, desde el siglo XV. En una está el rey Alfonso IV de Portugal, revestido de sus arreos militares y reales, empuñando con su mano una enorme espada, y con un perro dormitando a sus pies. En el enterramiento parejo aparece su esposa, la reina doña Beatriz de Portugal, con su testa coronada, y las manos cogiendo un enorme libro que, abierto, lee, y en el que están talladas finamente unas frases latinas de alabanza a Dios. 

Enterramiento de la Reina Beatriz de Portugal en la catedral de Lisboa

 

En la capilla contigua, se encuentra enterrado el caballero don Lopo Fernández Pacheco, cortesano del anterior rey, compañero de armas suyo, que también lleva gran espada sobre el cuerpo y perrazo a los pies. Es su mujer, doña María Villalobos, quien sostiene en sus manos un libro de enorme volumen, de muchas páginas, que en las que mantiene abiertas se leen palabras latinas de contenido religioso. En esta ocasión se pone de manifiesto ese antagonismo, complementario en la vida, de la actividad militar (los hombres con sus espadas) y la intelectual (que la exhiben sus mujeres con la lectura de sendos libros). 

El libro que lee María de Villalobos en la catedral de Lisboa. Otra muerta que lee.