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Tras los pasos del Marqués de Santillana

Aunque este año la Fiesta de la Historia en Torija se ha dedicado al guerrillero (y luego Mariscal) Juan Martín el Empecinado, por aquello del 200 aniversario del inicio de la guerra de la Independencia, y porque en Torija este “terror de los franceses” defendió a la nación derribando y dinamitando el castillo, muy bien podría haberse dedicado al Marqués de Santillana, protagonista  también del castillo torijano por haberlo reconquistado a mitad del siglo XV a los navarros, y luego haberlo reconstruido al gusto opulento de la familia. Eso significa que Torija tiene historia para dar y tomar, historia en su plaza, en la memoria de sus murallas, y en el meollo de su esencia. Torija ha dado así la respuesta justa a tanta “fiesta medieval” que sin ton ni son se usa por esos pueblos, y que aquí tiene ya una consistencia que cada año va a más. Es una “fiesta de la historia” que se amasa con la propia sustancia de la villa. Cada año más recia y más “puerta de la Alcarria”.

Aniversario mendocino

Casi ha pasado desapercibido este año un aniversario de nota en los fastos históricos de nuestra tierra. Por eso no podía estar este rincón que cuida de las memorias propias sin hacer alusión, aunque fuera muy por encima, a don Iñigo López de Mendoza, el que fuera primer marqués de Santillana, e iniciador de tantas cosas en nuestro país. Nació don Iñigo en Carrión de los Condes, en 1398, y murió en su palacio de Guadalajara, por mayo de 1458, esto es, hace exactamente 550 años. De él se ha escrito un caudal de historias, de comentarios, de apreciaciones. De él se ha dicho que fue introductor del Renacimiento en España, pues fue político (maquiavélico si se quiere, aún sin él saberlo) y poeta, el primero que usó los modos itálicos. Que fue magnate coleccionista de arte, y creador de un sistema familiar de cohesión perfecta. Apoyo de su rey, Juan II, y capitán en la Reconquista de Al Andalus. Guerrero por tanto, en esa mezcla tan renacentista de hombre de acción y de pensamiento.

Semblanza rápida

Según Hernando del Pulgar era «de mediana estatura, proporcionado en la compostura de sus miembros y hermoso en las facciones de su rostro … era hombre agudo y discreto, de tan gran coraje que ni las graves cosas le alteraban ni en las pequeñas le placía entender … fablava muy bien … fue muy templado en comer y beber … Tuvo en su vida dos notables ejercicios: uno en la disciplina militar, otro en el estudio de la ciencia … ni su osadía era sin tiento ni en su cordura se metió jamás punto de cobardía … muy celoso de las cosas que a varón pertenecía facer … tenía gran copia de libros y dábale al estudio especialmente de la filosofía moral y de cosas peregrinas y antiguas … no puedo negar que no tuviera algunas tentaciones de las que esta nuestra carne suele dar a nuestro espíritu y que algunas veces fuese vencido, quier de ira, quier de luxuria … fenesció sus dias en edad de setenta y cinco años con gran honra y prosperidad».

Es curioso que Hernando del Pulgar menciona claramente ese signo del hombre grande: “hablaba muy bien”, en contra de otros autores que dijeron de don Iñigo que “con su fabla casi extranjera…” probablemente porque su forma de escribir, en nuevos modos de rima, suponían una extrañeza sobre lo que se estaba acostumbrado, en la Castilla del siglo XV, a entender como poesía y prosa clásica.

Una breve biografía

Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, nació en Carrión de los Condes (Palencia) en1398 y murió en Guadalajara en 1458. Poeta, político, humanista del siglo XV, que vivió en Guadalajara, en su viejo palacio, donde formó la gran biblioteca de los Mendoza, y escribió sus famosas Serranillas. Enterrado en el mausoleo de los Mendoza del Monasterio de San Francisco, es una de las mayores glorias literarias de la tierra alcarreña.

Hijo del almirante Diego Hurtado de Mendoza y de Leonor de la Vega. Casó con Catalina de Figueroa (1412), hija del maestre de Santiago, Lorenzo Suárez de Figueroa, con lo que pudo aumentar su gran patrimonio, hasta el punto de convertirse en uno de los grandes de España más poderosos e influyentes del siglo XV castellano.

Desde muy joven intervino en la compleja política de su tiempo, primero con don Fernando de Antequera, más tarde con su hijo, el Infante Enrique, y posteriormente al lado de Alvaro de Luna. Participó en todas las ligas y alianzas que el bloque de señores feudales de Castilla formó para unas veces apoyar y otra batallar al monarca del reino. Pero don Iñigo mantuvo a lo largo de su vida la fidelidad a Juan II, aunque se enemistó con Álvaro de Luna a partir de 1431. En la crucial batalla de Olmedo (1445) permanece en el bando real, y fue por ello que tras la victoria, a la que él contribuyó personalmente, el rey le concedió el título de marqués de Santillana, para que además lo pudiera transmitir a sus descendientes. Don Iñigo contribuyó decididamente a la caída del Condestable don Álvaro (1453), y a partir de entonces comienza a retirarse de la política activa. Su última gran aparición se produce en la campaña de Granada de 1455, ya bajo el reinado de Enrique IV, retirándose tras ella a su palacio de Guadalajara donde pasó en paz, quizás enfermo dada su edad avanzada, los últimos años de su vida.

Escritor y poeta

Sería prolijo analizar aquí la obra literaria del marqués de Santillana. Realmente es difícil encontrar hoy quien la analice, porque ya está hecha esa tarea, y escritos los libros que en profundidad la han visto. Podríamos resumir diciendo que fue poeta sobre los modelos petrarquistas y dantescos dando al mundo sus cuarenta y dos sonetos «al itálico modo», primeros en la lírica española tras un par de Villalpando. En un tono más antiguo, moralizante y simple están escritos su Doctrinal de privados (nítido ataque contra el Condestable don Alvaro), los Proverbios de gloriosa doctrina y el Diálogo de Bías contra Fortuna, en el que claramente ofrece su visión medieval y antigua de la obsesión que los hombres del Medievo tienen acerca de “la Fortuna”, ese azar forzoso que al hombre encumbra primero y luego hunde en la miseria. La visión del ser humano como inmerso en esa batalla de “lucha contra la Fortuna” es lo que supone el meollo de la obra. Finalmente, están sus poesías de tema amoroso al modo cancioneril: entre ellas tienen encanto y relieve sus serranillas (donde el tradicional encuentro amoroso de serrana y señor se estiliza mucho sobre los modelos anteriores) y el Villancico a sus tres hijas, que da de forma elegante la conjunción del modo clásico de cancioncilla con la visión cortesana de un ambiente.

Luchas fratricidas

No podemos obviar, en este recuerdo, las luchas que asumió contra su hermanastra, doña Aldonza de Mendoza. Aunque al comienzo de su carrera política sólo le reconocieran por señor los concejos de Hita y Buitrago, desde esta base, poco a poco, comenzó a recuperar todo el patrimonio paterno. Su madre logró para sus hijos Elvira e Iñigo una conveniente doble boda de hermanos con los hijos del extremeño Maestre de Santiago don Lorenzo Suarez de Figueroa. Tras ello, la familia y él mismo iniciaron la búsqueda de apoyos políticos y militares, que inicialmente se hizo con los Infantes de Aragón y luego alternativamente con el rey Juan II y con su valido Alvaro de Luna, logrando recuperar su solar original en Alava, (la preciosa casa de Mendioz, en la vega de Vitoria) más los Señoríos del Real de Manzanares, la herencia materna de los valles de Santillana, sus posesiones en la ciudad de Guadalajara y los pueblos de la provincia, entre los que destacaba el castillo y villa de Tendilla, pero no consiguió controlar la fuerte villa amurallada de Cogolludo y su tierra, que quedó en mano de su odiada hermanastra doña Aldonza, y tampoco pudo recuperar el título de Almirante de Castilla, que había ostentado su padre, y que se perdió, en beneficio de los Enríquez, por su minoría de edad. Participó activamente en las luchas contra los moros granadinos, y así mandó en 1431 sus tropas a la batalla de La Higueruela, en la frontera del nazarita reino de Granada, aunque él no pudo participar personalmente por encontrarse enfermo. En 1438 dirigió la lucha en la frontera granadina consiguiendo la conquista de Huelma.

Huella mendocina

La huella del marqués ha perdurado en nuestra tierra en forma de bastiones, templos y castillos, murallas y palacios. No es mucho lo que hoy puede verse que saliera de su iniciativa, pero sí el recuerdo de cuanto hizo. En Torija, y de ahí ha nacido este recuerdo, levantó el castillo tras su violenta conquista de cuatro años de asedio. La forma que hoy tiene este castillo que en su origen nacería como una “torrija” o pequeña atalaya de los templarios, con su actual gran torre del homenaje, se debe a la idea del atalayamiento guerrero del marqués.

También la villa de Hita y su castillo fue erigida por don Iñigo. No el pueblo, que ya existía desde mucho antes, sino la necesidad de amurallarle. El lo promovió, dio sus dineros, y hasta pudo utilizarla como refugio frente a enemigos. De su tiempo sería, y hoy así se le recuerda, la gran puerta de acceso a la villa, coronada de almenas y escudos mendocinos.

También a Palazuelos, cerca de Sigüenza, dio vida el marqués, mandando construir la muralla entera, con sus cuatro puertas en cada uno de los puntos cardinales, y el castillo breve pero poderoso en el extremo.

Para terminar, recordar cómo “las casas mayores” o palacio del marqués de Santillana en Guadalajara, donde él vivió y se refugió entre batalla y batalla, y donde murió finalmente, entre libros y amigos, no fue el actual palacio del Infantado que hoy admiramos. Se trataba de un viejo palacio, construido en el siglo XIV por sus antecesores, enclavado en el mismo lugar que el actual, pero ya tan viejo que fue precisamente su hijo quien decidió tirarlo, y su nieto quien gloriosamente llevara a cabo la idea, encargando al arquitecto Juan Guas que, tras poner por los suelos las casas de sus mayores, levantara aquella nueva mansión para gloria eterna de su linaje.

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