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Otra vez el Doncel

Esta semana se ha desarrollado en los Curso de Verano de la UNED de Guadalajara, un interesante ciclo de conferencias, dirigido por Antonio Pérez Henares, titulado “El Autor y su personaje”, en el que han venido a hablar muchas figuras del firmamento literario y científico español actual, para decirnos cual es su personaje favorito, por qué han escrito de él, le han novelado, o le han soñado nuevo.

Yo he tenido la suerte de participar en ese Curso, y hablar de un personaje al que he estudiado porque he admirado siempre, desde la estética imagen de su muerte tallada a la significación de su lectura y meditación eternas: se trata de Martín Vázquez de Arce, al que llaman, desde hace un siglo, “El Doncel” de Sigüenza.

Siempre hay ocasión, y más este fin de semana que se celebran en su ciudad Mitrada las “Jornadas Medievales” en memoria de la reina doña Blanca de Borbón, apresada en el castillo por su esposo Pedro primero, de contemplar la estatua de El Doncel. Es cierto que hoy, popularizado el viaje, y generalizada la emoción de estar ante las maravillas del espíritu humano, las colas para verle se hacen largas. Pero merece la pena. Lo recordamos ahora, con brevedad.

Nacido donde, muerto en Granada

Corta es la vida de Martín Vázquez de Arce, tan sólo 25 años son los que median entre su nacimiento, en alguna ciudad castellana del entorno del Henares, y su muerte, en la Vega de Granada. Vino al mundo en el seno de una familia de hidalgos, de escasa fortuna pero muchos blasones. Y, sobre todo, de anchos deseos de mejorar y alcanzar gloria. Su solar era indiscutible­mente la ciudad episcopal de Siguenza. El gran número y el alto poder que alcanzaba el clero en la Ciudad Mitra­da, hizo que durante los siglos de su existencia jerar­quizada fueran escasos los miembros de la nobleza y la hidalguía que vivieran en ella. Los Vázquez y Arce fueron una excepcion. Sus padres eran Fernando de Arce y Catalina Vázquez de Sosa. El era comen­dador de Montijo, de la orden de Santiago. Su oficio era tanto la milicia como la burocracia. En realidad, ese oficio de cortesanía tan propio del siglo XV, le permi­tía dedicar las horas del invierno a los asuntos de la corte, y los meses de la primavera y el verano al com­bate y la misión guerrera. En la corte de los Mendoza sirvieron siempre los Arce y Vázquez, siendo su padre secretario del segundo duque del Infantado. Por ello tenía casa en Guadalajara, en la parte baja de la ciudad.

Nacido en 1461, don Martín Vázquez entró como paje o «familiar» a ser educado en la casa de los Mendoza, en Guadalajara, en la corte de don Diego Hurtado de Mendoza, si­guiendo luego junto a su heredero primogénito, don Iñigo López, segundo duque. Era esta una institucion admitida y que ampliaba, de una manera muy especial, la categoria de la familia en la Edad Media: no solo los miembros de sangre pertenecían a ella, sino también los sirvientes y personas que, queriéndose educar en su seno, vivían en el grupo. Martín Vázquez de Arce, en este sentido, fue un Mendoza más.

La aventura final

Poco más se sabe de la vida del Doncel. De su muerte sí, porque, aunque escueta, la deja escrita el cronista de los Reyes Católicos, Alonso de Palencia. Un miércoles de julio [hace ahora 522 años] acudía el duque del Infantado con dos escuadrones al objeto de cubrir la retaguardia de quienes habian ido ese día a hostigar a los moros. Su columna, de apariencia fuerte, bien formada y discipli­nada, no fue atacada. Sin embargo, las gentes de los concejos de Ubeda y Baeza, y del Obispo de Jaen recibie­ron el ataque por sorpresa de una partida de nazaríes que les prepararon una celada. Al ver en peligro a sus compañeros, el duque ordenó acudir en su ayuda. Y los moros se dieron a la fuga, desordenados. Los alcarreños les perseguían por el camino de Elvira, en dirección a Granada. Al pasar por la Acequia Gorda de la vega, algunos árabes abrieron las compuertas de modo que el agua irrumpió en el campo de batalla, haciendo que muchos castellanos cayeran del caballo, y otros enfanga­dos y sin armas no supieran qué hacer. El desconcierto propició un contraataque de los musulmanes, y en esa ocasion algunos del duque cayeron malheridos si no muer­tos. Dice el cronista Alonso de Palencia que aquella tarde perdió la vida una veintena de hombres del duque, y entre ellos el valiente guerrero de Guadalajara, don Juan de Bustamante, y el joven comendador de Santiago don Martín Vazquez de Arce, hijo del secretario del duque.

Todo el desconsuelo para sus familias. El padre “recogió en la hora su cuerpo”. Esto es, lo levantó por sí mismo, y lo llevó, probablemente a lomos de un caballo, hasta el campamento, dejándolo enterrado en ese paisaje de huertos, en un lugar que siempre se quiso buscar y nadie encontró. Años después, y ya con la Capilla de San Juan y Santa Catalina en la catedral de Sigüenza terminada, su familia decidió encargar el sepulcro que le memorase, y poner dentro de sus alabastrinos límites lo que quedara de aquel joven guerrero. Lo dice claro y alto la leyenda en letras góticas que aparece en el muro, tras la estatua: Martin Vazquez de Arce cavallero de la orden de Sanctiago que mataron los moros socorriendo el muy ilustre senor duque del Infantadgo su senor a cierta gente de jahen a la acequia gorda en la vega de Granada. Cobro en la hora su cuerpo fernando de arce su padre y sepultolo en esta su capilla ano MCCCCLXXXVI. Este ano se tomaron la cibdad de Loxa, las villas de Yllora, Moclin y Montefrio por cercos en que padre e hijo se hallaron. En la pestaña del sepulcro añade que murió siendo de 25 años de edad.

La mejor estatua

Todos los analistas del arte universal, coinciden en afirmar que es la estatua yacente de Martín Vázquez de Arce la más hermosa talla de un joven muerto. Puede haberlas con mejor firma, puestas en más importante templo, o mejor pintadas o rodeadas de arquitecturas nuevas. Pero la esencia del arte, la gracilidad, el mensaje, la forma y el brillo… no hay nada mejor, o al menos eso pienso yo.

No se sabe quién talló esa piedra, aunque se sabe que la sacaron de las canteras de alabastro de Aleas o Cogolludo. Unos opinan que sería alguna de las primeras figuras de la escultura renacentista italiana ¿Sansovino, por ejemplo? Otros, los más lógicos, y con bastantes papeles en las manos, aunque la evidencia documental nunca haya llegado, opinan que la talló un paisano, alguien de nuestra región, en un taller de la misma. Las tendencias se inclinan ya claramente por la figura de Sebastián de Almonacid, un buen escultor que firmó otra serie de estatuas parecidas, y que tenía su taller en la ciudad de Guadalajara, en los años últimos del siglo XV y los primeros del siguiente.

Se abre el sepulcro de Martín Vázquez en el muro del evangelio de la capilla fami­liar, y lo hace mediante un gran arco de medio punto, de esbeltas proporciones, que lleva en su trasdós una chambrana formada por un arco de cuatro curvas convexas, adornadas de vegetales tallos. La cama del sepulcro, escoltada de pilastras delgadas, descansa sobre los cuerpos de tres leones, que asoman arrogantes sus cabezas bajo ella.  El frente del sepulcro se divide en cinco fajas, de diversa anchura, ocupadas por motivos vegetales, inspirados en grabados de la epoca, que man­tienen un ritmo indudable de verticalidad, mientras que la central muestra el escudo del caballero, sostenido por dos pajes, todo ello en estilo germánico. Tras el escudo, retorcida al maximo, una correa. Los pajecillos, vestidos de ropa corta alemana, se muestran en posturas que ayudan a dar a este espacio central una movilidad extraordinaria, sujetando el escu­do con posturas diversas, y cruzando las piernas de modo que los dos tienen su derecha junto al blason, lo que sirve para lanzar, desde ellos, la mirada en direccion ascendente hacia la escultura del caballero.

La postura del muerto que lee es elegante y conmovedora: reposa con su codo derecho sobre un haz de laureles. Recostado, alza el torso para leer el libro que entre las manos sostiene, y meditar. Las piernas están indolentemente cruzadas. A sus pies, un pajecillo triste llora apoyado sobre el yelmo del caba­llero. Tras él, un leon levanta la cabeza. La indumenta­ria del Doncel está minuciosamente realizada, y describe al detalle el hábito del militar castellano en la Edad Media: los brazos y las piernas se cubren de armadura metálica de piezas rigidas; el cuerpo lleva cota, que es de cuero por arriba, y de mallas metalicas abajo; su torso está aun revestido de una esclavina lisa, atada al cuello por corredizo cordon, y en el pecho se dibuja la roja cruz de la Orden de Santiago. Del cinto cuelga la daga, y sobre la cabeza, peinada al estilo de la epoca, un bonete de paño. Descansa el caballero todo su cuerpo sobre la extendida capa. Y entre las manos, un grueso libro abierto en su mitad, que atentamente lee y al mismo tiempo le sirve de meditacion. En las jambas del intrados del sepulcro, aparecen los relieves de Santiago y San Andres.

El significado

En esto me extendí ayer especialmente. En esa tercera fase del análisis iconográfico que Panofsky propone para desentrañar la obra de arte como lo que es siempre: un elemento de comunicación, un haz de señas. Sería largo de exponer aquí, pero en definitiva debe saberse que la esencia de esa estatua, aparte de conmemorar la vida de un joven al que su familia añoró siempre, es la representación del nuevo ideal humanista español, que no es otro que la unión del coraje y la dialéctica, de la milicia y las letras, de la asunción del neoplatonismo de Marsilio Ficino como una consagración de la “concordatio” entre las virtudes militares paganas y la devoción cristiana.

Martín Vázquez de Arce es un caballero cruzado (así se le muestra y así se le entierra, con las piernas cruzadas por haber muerto peleando contra el Islám) que también participa del intento de alzar su vida en una Virtud completa, la que le da su cristianismo y su saber por lecturas, la que le entrega la Fe y la Razón unidas. Es un arquetipo, -así lo presenté- del que en el Renacimiento español es paradigma de todo lo bueno: de Escipión el Africano, que sublima al ser humano y todos lo imitan. El Doncel, en su estatua, con su libro en las manos, con su armadura y sus elementos de pelea, dice sin palabras, pero bien claro, que es un guerrero a favor de Cristo, y de su Reina, y que es un lector apasionado, de los clásicos. Tras haber leído sus páginas, se para a pensar. Y ahí está la clave de todo, en la dirección de sus ojos, que no se posan sobre las páginas del libro que sostiene, sino que van más allá, se pierden por el suelo: porque no lee, sino que medita, piensa. Un hombre que piensa. Esa es la esencia del Renacimiento.

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