Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

mayo 22nd, 2007:

Un empujón al Románico de Guadalajara

 

A partir de ahora, al arte románico de la provincia de Guadalajara habrá que llamarle “Románico de la Marca Media”. Esto es lo que ha decidido la Consejería de Cultura, en el contexto de un plan de recuperación y puesta en valor de la arquitectura religiosa de raigambre románica en nuestra tierra. Tras una propuesta conjunta con el Centro de Estudios del Románico, con sede en la localidad palentina de Aguilar de Campóo, dirigido por el arquitecto “Peridis”, reconocido por todos como uno de los mejores conocedores del arte románico hispano, se va a proceder al estudio de la arquitectura medieval de Guadalajara, a su catalogación, a su valoración, y a la restauración y puesta en uso de numerosos edificios, dentro de un plan que durará tres años.

La Marca Media

Durante tres siglos, del IX al XI, la tierra de Guadalajara y especialmente la que es regada por el Henares y forma su cuenca hidrográfica, fue la frontera entre el reino de Castilla y Al-Andalus, teniendo ese territorio la categoría de “marca”, que era un espacio de nadie, un territorio inestable y peligroso, en el que podían darse batallas, escaramuzas, razzias y altercados sin que nadie pudiera acudir a otra instancia defensiva que a la del “ojo por ojo” y a la del “tú más”, siendo sus defensores, desde el bando cristiano, los entonces recién creados “marqueses” que luego devendrían en títulos aristocráticos de tercera fila.

La Marca inferior o frontera suroccidental estaba situada en torno al curso medio del Tajo y los valles del Alberche y Guadarrama. La Marca Media, la nuestra, estaba en torno al curso alto del Tajo y los valles del río Henares y sus afluentes serranos por la derecha (Jarama, Sorbe, Bornova, Cañamares, etc.) La Marca Superior incumbía a tierras hoy sorianas, y la defensa principal la establecía el río Jalón hasta el Ebro. En esa “marca”, repito, y durante el tiempo que fue frontera y espacio de encuentros y desencuentros, apenas se construyó otra cosa que castillos, unos de los árabes (los de la orilla izquierda del Henares, que era territorio andalusí, y que devinieron en los grandes alcázares de Alcalá, Guadalajara, Hita, Jadraque, Sigüenza, etc) y otros los cristianos, más pequeños, como Uceda, Beleña, Inesque, Diempures en Cantalojas, etc. en la orilla derecha.

Por lo tanto, si hay algún grupo de elementos arquitectónicos que puedan ser denominados “de la Marca Media” serían los castillos, pero no las iglesias románicas, que fueron construidas un siglo después, o más, de haber sido conquistada por Castilla esta zona de la actual Guadalajara, cosa que ocurrió entre finales del siglo XI y finales del XII. A partir de entonces, y en pleno siglo XIII, es cuando se construyen los edificios románicos de Guadalajara. En ese momento, ya no hay “marca media” en esta tierra. La frontera con Al-Andalus la ha puesto Castilla en el valle del Guadalquivir nada menos.

De aquí se infiere que el título que desde Aguilar de Campóo le han dado al románico serrano y alcarreño de “Románico de la Marca Media” es nada más que un título descriptivo, de “marca” (como se ha dicho) pero en absoluto ajustado a la realidad histórica.

Tierra de repoblación castellana

A partir de finales del siglo XI comienza la repoblación de “allende el Duero”, de la “Extremadura” castellana, una vez asegurada, en 1078, Toledo, la capital de Hispania y ahora del nuevo reino creado al sur de la Cordillera Central. Hasta que no se toma también Cuenca, un siglo después, en 1177, no se puede dar por asegurada y firme la repoblación. Es entonces cuando empiezan a venir gentes del norte, de Euskadi, de las merindades, de la montaña Cántabra, de los páramos burgaleses. Al llamado de benéficos fueros que nacen entonces (el de Cuenca, el de Atienza, el mismo de Guadalajara) y que dan facilidades a los repobladores para asentarse y crecer. Es entonces cuando nacen pueblos, a centenares, en la vertiente sur de la Sierra y en la Alcarria, en torno al Tajo, y más allá hasta la Mancha. Y es entonces, pleno siglo XIII, cuando surgen los templos románicos que hoy vemos. Y que prácticamente sólo en Guadalajara se conservan. También en Cuenca, aunque en menor cantidad, y en Madrid, y hasta en algunos lugares de las sierras béticas, en Baeza por ejemplo.

El plan que acaba de presentar la Junta de Comunidades, a través de su Consejería de Cultura, es ambicioso y generoso. Trata de poner en valor, mejorando lo que ya está reconstruido en muchos casos, y reconstruyendo lo que aún falta por hacer, en dos docenas largas de templos de nuestra provincia. La singularidad del románico guadalajareño hizo que desde hace años se centrara de forma contundente el impulso salvador del patrimonio medieval en esos pequeños templos. Salieron de la anunciada ruina los que más lo necesitaban: Pinilla de Jadraque (que vivió durante años con su galería porticada apuntalada de maderos), Albendiego, (a cuyo templo de Santa Coloma conocí con sus techumbres derrumbadas), Sauca (tapiada por mitad su galería occidental), Carabias (hundida en los aluviones de barro y piedras que los siglos habían arrastrado sobre ella), etc.

La tarea que se nos propone ahora es conservar lo ya hecho, mejorarlo, y acometer la que es prácticamente última etapa de este noble empeño: ahora es cuando le llegan sus horas mejores a esos templos de Tortonda, con su galería de elegantes capiteles esperando su limpieza; de Baides, esperando que luzca en su mejor forma la galería del muro norte; de Romanillos de Atienza, donde los esfuerzos de su párroco consiguieron hace un par de años dar a luz un capitel silense (ver mi artículo en esta páginas del pasado 18 de agosto de 2006, pero que aún necesita su rehabilitación y desenvoltura completas); Jodra, a la que habrá que dar el remate que las buenas intenciones de sus vecinos no llegaron a ver cuajadas; y sobre todo Villaescusa de Palositos, en la perdida soledad de la alta Alcarria de Peralveche, y que es una de las joyas más injustamente olvidadas del románico alcarreño.

Un plan para salvar el románico

El plan que la Junta ha anunciado para la rehabilitación y puesta en valor de todo el románico de Guadalajara tiene un doble mérito: que viene con un inmenso pan debajo del brazo, un pan de nueve millones de euros, en el que se incluyen estudios previos, obras de restauración, consolidación, limpieza y mejora, tanto de edificios como de elementos muebles, así como la creación de un “Centro de Interpretación del Románico de Guadalajara” que se instalará en Sigüenza, donde, por cierto, también hay un templo (el de Santiago, en el comedio de su calle mayor, la cuestuda y conocida rúa que une la catedral con el castillo) que está pidiendo a gritos entrar en este plan. El otro mérito es que llega muy a tiempo, porque se ha presentado 15 días antes de unas elecciones al parlamento regional, en el que pretende continuar gestionando los asuntos de Castilla-La Mancha el mismo partido político que lo ha hecho hasta ahora durante los últimos lustros. De lo que se colige que nuestros actuales gobernantes no andan escasos de reflejos.

Donde sí les han fallado algo ha sido en la forma en que este plan se ha fraguado: todo él se ha construido en mesas y monasterios ajenos a la Región. ¿Se imaginan mis lectores al gobierno de Cataluña encargando el plan de restauración de sus iglesias pirenaicas, o el rescate de sus venerables ancestralismos culturales, a un grupo de estudiosos del tema en Sevilla, o en Cáceres, o en Guadalajara mismo? Es verdad que el Centro de Estudios “Santa María la Real” de Aguilar de Campóo, que dirige el arquitecto José María Pérez González, “Peridis”, tiene el marchamo de la seriedad, el rigor y la profesionalidad en todo cuanto hace. Y de que lo va a hacer bien no me cabe la menor duda. Pero, opino, no hubiera estado de más que se hubiera contado con las opiniones, saberes y hallazgos previos hechos por gentes de aquí, de Castilla-La Mancha, de Guadalajara más concretamente, donde desde mediados del siglo pasado hay gente que viene estudiando metódicamente el fenómeno románico, su historia y su imagen, su distribución y sus necesidades, sus detalles y sus simbolismos, su materia y su iconografía, sus fallas, sus gritos, sus colores… No fue la Junta la que dando el nombre de “Ruta del Románico de Guadalajara” y publicando un folleto de 12 páginas a todo color con las fotos de los mejores edificios abanderó ese proceso. Fueron gentes como Layna Serrano, Nieto Taberné, de la Garma Ramírez,  Ruiz Montejo, Frontón Simón, Pérez Navarro, Pérez Arribas, García de Paz, López de los Mozos, y algún otro cronista más cuyo nombre ahora no recuerdo, los que estudiaron a fondo ese centenar largo de edificios, midiéndolos, dibujándolos, fotografiándolos, describiendo sus mil y un detalles, sus carátulas, sus arquivoltas, sus capiteles, sus marcas de cantería y hasta el último milímetro de su esencia, para darlo en forma de libros, artículos y conferencias, de tal modo que, -de eso estoy seguro- nada nuevo queda por decir del Románico de Guadalajara (ahora “de la Marca Media” por decisión del gobierno regional) que no hayan dicho ya ellos.

Pero en todo caso, aquí va nuestro aplauso a este plan. Que saldrá muy bien, eso es seguro. Y que ha sido recibido con alegría por párrocos, alcaldes y pueblo en general.