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Danzas Serranas de Guadalajara

El haberme venido a las manos, muy recientemente, un ejemplar del libro -primero y prometedor libro- que ha escrito Raúl Conde Suárez, me ha hecho recordar días de alegría y sol por las sierras, buenas compañías, excursiones y comidas campestres, sonido de gaitas y castañuelas, colores y fotografías, charlas entre los robles, recuerdos siempre. Porque en Guadalajara existe una serie, bien larga, de festividades en las que el protagonista es el danzante, el botarga, los músicos y, sobre todo, las gentes de los pueblos, emigradas la mayoría, pero que siempre vuelven a los lares de sus ancestros.

En un viaje rápido por esas danzas, de la mano de este libro claro y brillante de Raúl Conde, me propongo pasar el rato que dure la lectura de estas páginas.

Grupo de danzantes de Galve de Sorbe, en la Serranía de Guadalajara.

La danza de Valverde de los Arroyos

Aunque se celebra el domingo después de la Octava del Corpus, y esto suele ocurrir siempre –con una variación máxima de un mes- por el inicio del verano, no está de más recordar la que, en mi opinión, es la fiesta reina de estas que son danzas rituales similares. Ello es por varias razones: quizás porque fue la primera que ví en mi vida (y ya se sabe que hasta en el más sesudo de los sistemas científicos tiene su cabida la razón sentimental), porque es la más antigua posiblemente, y porque se desarrolla en un marco natural tan espléndido, como es la era de Valverde, al pie de los grandes montes pizarrosos del Ocejón y el Cerbunal.

Se celebran las danzas el domingo siguiente a la octava de la festividad del Señor, esto es, diez días justos después, siempre en domingo. A esta fiesta le dan vida el grupo de danzantes con su botarga. Son ocho en total, y portan una vestimenta muy peculiar, consistente en camisa y pantalón blanco, cuyos bordes se adornan con puntillas y bor­dados; en el cuello se anudan un largo y coloreado pañuelo de seda; el pantalón se cubre con una falda que llega hasta las rodillas (sayolín) de color rojo con lunares blancos estampa­dos. En la cintura se coloca un gran pañuelo negro sobre el que aparecen bordados, con vivos colores, temas vegetales. El pecho y espalda se cruzan con una ancha banda de seda que se anuda a la altura de la cadera izquierda. Los brazos se anu­dan también con cintas rojas más estrechas, y en la espalda, pendientes de una cinta transversal, aparecen otras múltiples de pasamanería. Sobre los hombros hay flores. La cabeza se cubre con un enorme gorro, que se adorna con gran cantidad de flores de plástico, presentando en su parte frontal un espe­jillo redondo. Calzan sus pies con alpargatas anudadas con cinta negra.

A los danzantes les acompaña “el botarga” ataviado con un traje de pana en que alternan los colores marrón, amarillo, rojo y verde. Allí le llaman “el zorra”. Y sobre su espalda se cosen las iniciales A. M., del sastre que lo confeccionó a principios del siglo XX. En la cabeza una gorra compuesta de varios trozos de tela dispuestos radialmente, rematados en una borla roja. También forma parte del grupo el “gaitero”. Ataviado con traje de fiesta, de chaqueta y pantalón oscuro, corbata discreta y camisa blanca, sin tocar, cruzando el pecho gruesa correa de la que pende el tambor, y sujetando en su mano derecha el palillo, y en la izquierda la flauta o “gaita”, pieza metálica de agujeros hecha con el cañón de una antiquísima escopeta.

La fiesta comienza con una misa, a la que asisten los dan­zantes, sentados en el presbiterio, y tocados con sus gorros ante el Sacramento que porta el sacerdote, bajo palio, escol­tado de los danzantes, el zorra y el resto de los hermanos de la cofradía. En la plaza Mayor se expone el Sacramento sobre una mesa delante de una casa ataviada con grandes colchas de colo­res, formando el *monumento+. Luego suben hasta la era, un alto prado sobre el pueblo, rodeado de las altas montañas antes citadas, y allí danzan ante el Sacramento varias veces, formando el baile de “la Cruz”, que se ejecuta al son del tambor, la flauta y las castañuelas que hacen sonar los propios danzantes. Luego se baja a la plaza, y allí se ejecutan otros bailes rituales: “el Verde”, “el Cordón”, “los Molinos” y “la Perucha”, de paloteo y cintas, de gran belleza plástica, acompañadas del monótono y peculiar sonido del músico. Entre una y otra danza se realiza la “almoneda” de las roscas, que van colocadas en una especie de árbol gigante.

La danza de Galve de Sorbe

Quizás la preferida del autor sea la danza de Galve de Sorbe. Es lógico, pues él mismo es danzante, y uno de los rescatadores de esa danza que había caído en el olvido. Esta se celebra en el pueblo serrano los días viernes y sábado de la semana siguiente al 15 de agosto, por lo que suele coincidir con el tercer fin de semana de ese mes veraniego. La danza es en honor de la Virgen del Pinar. La interpretan los ocho danzantes y el director del grupo, llamado en este caso “Zarragón”. Se desarrolla el rito por las calles y plazas del pueblo, subiendo tras la procesión de la Virgen hasta su ermita en el borde del pinar galvito, y bajando nuevamente a la plaza. Los trajes de los danzantes, recuperados de cómo eran antiguamente, son muy llamativos, coloristas y hasta un tanto deportivos, destacando el pantalón y la chaquetilla, muy ajustados y hechos con seda de rayas rojas y amarillas, llevando en los pies zapatillas y medias caladas. Al pecho una corbata y en la cabeza anudado un pañuelo, sus danzas se ejecutan con palos, castañuelas y cintas, al estilo tradicional, teniendo títulos como “el Taraverosan”, “la Rosa”, “El Cordón”, “Las cadenas”, etc. El zarragón viste con una tela de colores estampados muy vivos. En definitiva, la actuación de este grupo, tanto en las calles de su pueblo original, como en todos aquellos lugares a los que con profusión se traslada (encuentros de danzantes, fiestas provinciales, actos en teatros, etc.) deja impregnado el ambiente de un denso sentido de serranía y ancestralismo.

Otras danzas serranas

En una rápida visión o remembranza de las danzas que con paloteos y cintas se celebran en nuestra tierra, no podemos olvidar las que tienen lugar en Majaelrayo, con motivo de la Fiesta del Santo Niño, pero a primeros de septiembre. Allí son, entre la solemne arquitectura negra que conforma el pueblo, los ocho danzantes y la botarga los que dan con saltos y evoluciones el mensaje alegre de la razón humana ante el sosiego y la severidad del paisaje. Sus vistosos trajes blancos cubiertos de cintas y mantos de colores, así como los grandes sombreros de flores y espejos, les confieren elegancia, y quien los ve en su aldea, serios y mayestáticos, se da cuenta de que no se está ante un mero hecho folclórico o turístico, sino ante una eclosión de savia vieja que llega hasta hoy, ante nuestros ojos incrédulos.

En Valdenuño Fernández, muy a primeros de año (siempre el domingo siguiente a la Festividad de la Epifanía o Reyes) tiene lugar la danza que ejecutan ocho jóvenes del pueblo, ataviados de severos trajes negros populares, acompañados y amenizando, a veces con exceso, la botarga corretona esta fiesta que va a más.

En Utande, para San Acacio, ocho muchachos se atavían de punta en blanco, y con sus palos y cintas ejecutan alegremente las danzas que heredaron de sus mayores. Les acompaña y dirige el botarga que viste de negro y se pone ante la cara una máscara de oscuridad densa. En este caso, como también en Valverde y por supuesto en La Loa de la Virgen de la Hoz, en Molina, tiene lugar la  puesta en escena de una “Loa a San Acacio Mártir” en la que pelean el Bien y el Mal, y se dirime con gestos fieros y salidas arrogantes la más postrera de las interrogaciones humanas: qué somos, a donde vamos y para qué vivimos…

En el libro de Conde se estudia a fondo esa gran fiesta de La Loa de la Virgen de la Hoz, en Molina, que merece por sí sola un análisis amplio, y ofrece datos e imágenes de otras danzas recientemente recuperadas y que son expresión de esa corriente antigua y pura de nuestras sierras: concretamente las danzas de San Sebastián, en La Huerce, y las de Nuestra Señora de la Asunción, en Condemios de Arriba. Con ligeras variantes de trajes, formaciones y músicas, todas estas “danzas de Guadalajara” que pueden suponer un acicate para animar el turismo de interior el próximo verano, nos muestran hoy vivas, palpitantes, las formas de expresión de un pueblo que no puede asomarse al origen de esas costumbres porque siente verdadero vértigo: aunque casi todas van dedicadas a elementos patronímicos de la iglesia Católica, el origen singular, remotísimo, es pagano y sin duda procedente de danzas propiciatorias de las gentes celtíberas que habitaron esas sierras muchos siglos antes de la era cristiana. En eso, además, basan su interés. Y en la belleza de la forma y el movimiento que nos dan cada verano.

Apunte

Un libro explicativo

Todas las danzas que hoy se mantienen vivas en Guadalajara aparecen reseñadas, y profusamente explicadas en este libro, que firma Raúl Conde Suárez y se titula Danzantes de Guadalajara. Editado por Editores del Henares, y patrocinado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, a lo largo de sus 168 páginas ofrece numerosas fotografías, todas en color, y planos de localización de cada pueblo. No solamente descripción de la danza, de atuendos de los danzantes, de letras de canciones y hasta de partituras de sus músicas, sino que de cada pueblo nos da una concisa y útil información acerca de su patrimonio a admirar, e incluso los imprescindibles datos de alojamientos, sitios donde comer, teléfonos a los que llamar, etc. En definitiva, se trata de una auténtica guía turística que nos ofrece recorrer la provincia a través de los pueblos donde se celebran danzas ancestrales.

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