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octubre 28th, 2005:

Castillos en el aire

 

Castillo de Molina de Aragón

Hay una frase, que dicen los europeos, cuando quieren marcar algo como quimérico, que dice “hacer castillos en España”. Nosotros, aquí, decimos “hacer castillos en el aire”. En cualquier caso, sea en España o en el aire, hacer castillos es siempre una tarea complicada, larga y para expertos. Esos son, los expertos en castillos, en su historia, sus formas y sus destinos, los que en estos próximos días van a reunirse en Guadalajara para celebrar el III Congreso de Castillología Ibérica, y en su seno estudiar, describir y analizar la historia y el devenir de los castillos españoles. Es un honor para Guadalajara y su provincia recibir la visita de tan ilustre castillólogo y de acoger este magno acontecimiento cultural, que aportará un poco de oxígeno científico a nuestra tierra.

Molina de Aragón, el más grande de nuestros castillos

Si algo se mueve en nuestra provincia, al menos desde el punto de vista teórico, [pero con claro sonido de firmeza] es el siempre esperado despegue del Señorío de Molina. Últimamente se ha celebrado el Congreso de Ciudades y Pueblos sostenibles de la Región, en el que Molina de Aragón ha sido un claro referente de lo que puede hacerse. Y con motivo del incendio de este pasado verano, algunas voluntades se han movido, llegándose a la promesa, por parte de la presidencia de la Región, de conceder y construir un Parador Nacional en Molina. ¿Qué lugar sería el ideal para hacerlo? El castillo de los Condes de Lara, sin duda. Un edificio gigantesco, emblemático. Una obra cara, un reto valiente, pero sin duda algo que inyectaría nuevo valor a la ciudad del Gallo.

El castillo de Molina, que aún con estar vacío, sigue recibiendo atenciones, en forma de estudios, de subvenciones, de arreglos y progresivas mejoras, es el más grande del catálogo provincial de fortalezas, y merece que una vez más demos su imagen y la propuesta de su visita a quien esta página lea.

Probablemente edificado sobre un antiguo castro celtíbero, y utilizado por los árabes durante el período de su dominio en la zona, el alcázar de Molina fue progresivamente ampliado, y fortificado por los señores molineses, los condes de Lara, pudiéndose considerar terminado a fines del siglo XIII, durante el señorío de Dª Blanca Alfonso. Es, pues, una típica fortaleza bajomedieval, construida todavía con acusado carácter defensivo. Se trata de un ámbito de torres y muros almenados, defendidos en su altura por una barbacana, que tiene unas dimensiones de ochenta por cuarenta metros, lo que ya supone una grandiosidad desusada para lo que solía ser norma en el siglo XIII. En el muro de poniente se abre la puerta principal, coronada de arco de medio punto. De las ocho torres que tenía, hoy sólo restan cuatro: la de «Veladores», la de «doña Blanca», la de «Caballeros» y la de «Armas». Su fuerte color rojizo, que emana de los sillares esquineros, se complementa con los vanos apuntados de sus muros, dando un aspecto evocador muy singular. El interior del castillo molinés es hoy un recinto vacío. Adosado al muro norte estaba el palacio‑residencia de los condes, y en la parte sur se colocaban caballerizas, cocinas, habitaciones de la soldadesca y cuerpo de guardia, así como los calabozos, aún hoy subsistentes. El recinto exterior es todavía más amplio; alargado de oriente a occidente, muestra una línea de muralla almenada en la que de vez en cuando se refuerza con una torre. Cuatro puertas tenía este recinto: la actual de la «torre del reloj», la del «Campo», la de la «traición», en el murallón norte, y la del «puente levadizo», frente a la torre Aragón. Partiendo de este enorme recinto exterior, en el que durante el siglo XIII hubo numerosos edificios de viviendas y una iglesia románica, se extendió luego la muralla, llamada «el Cinto» para abarcar la ciudad que progresivamente iba creciendo hacia el río. Es también muy interesante y bella la «torre de Aragón», que domina desde su altura el resto del castillo y la ciudad toda. Es de planta pentagonal, apuntada hacia el norte, y presenta varios pisos interiores unidos por una escalera, y coronados por terraza almenada, estando rodeada de un recinto externo propio.

Hace unos meses fue reproducido en un sello de Correos, pero con tan mala fortuna, que le “sacaron” de una foto puesta al revés, con lo cual la imagen que se está propagando por el mundo de este castillo, es su reflejo especular. Una pena, que a pesar de nuestra protesta, no ha sido enmendada por Correos.

La torre de Membrillera, el más pequeño de nuestros castillos

Recordaba el otro día, en estas páginas, nuestro compañero Serrano Belinchón, la mini-fortaleza de Ocentejo, a la que Layna denominó, en su libro, el “castillo liliputiense”. Castillo lejano, desconocido, apenas hoy visible, por que el corren leyendas y olvidos.

Pero aunque sea minúsculo, y porque queda muy poco de él, quizás el más pequeño de los castillos de la provincia, y hoy todavía con buena pinta, sea el que en Membrillera llaman “torre de los moros”, un curioso elemento atalayado, que tuvo cerca exterior, y que sirvió, como todos los castillos verdaderos, para controlar un territorio de paso, el último tramo del río Bornova en este caso. Desde sus almenas podían verse las del poderoso Jadraque. Un hermano pequeño, que aún hoy tiene su palabra qué decir, y su planta qué lucir. Se sitúa en un altozano que vigila atento el valle del río Bornova, pasada la estrechez del Congosto y antes de dar en el Henares, entre La Toba y Jadraque. Le llaman en el entorno la casilla de los moros en orden a su antigüedad y misterioso origen, aunque quienes han ido a verla y la han estudiado están de acuerdo en que se trata de una torre de vigilancia, una atalaya o pequeño castillete de control sobre el valle del Bornova.

De planta semicircular, se constituye de fuerte mampuesto, con hiladas inclinadas o sesgadas que caracterizan a la arquitectura califal, lo que la fecha hacia los siglos ix-x de nuestra era.

Se alcanza muy fácilmente a pie, dejando el coche junto a la carretera que va de Jadraque a La Toba, y andando unos metros, durante 10 minutos máximo, hasta alcanzar su altura, comprobando que además de la torre, que en su interior tiene una honda excavación original, quedan restos de otra construcción aneja, posiblemente más moderna, aunque también más destruida, y que pudo haber servido de ampliación a la originaria atalaya.

Un programa muy denso

El Congreso se inaugura el viernes 28, a las 12 del mediodía, con una ponencia del especialista don Amador Ruibal. Durante los días 29, 30 y 31 de Octubre, y 1 de Noviembre, en la Sala “Tragaluz” del Teatro Auditorio de la Calle Cifuentes, se sucederán las comunicaciones de decenas de estudiosos, en el contexto de diversos temas agrupados, entre los que destacan los “Aspectos históricos de la fortificación”, “Los Castillos en la Edad Media”, “Las fortalezas de la Edad Moderna” y la sección de “Intervenciones y Actuaciones en Castillos”. El día 1 por la tarde, se concluirá con una Mesa Redonda sobre el Alcázar de Guadalajara, dirigida por el arqueólogo don Antonio Almagro Gorbea. Además, se van a realizar sendas visitas de todos los congresistas, al castillo de Molina de Aragón la tarde del sábado 29, y al Alcázar arriacense la tarde de la inauguración, el viernes 28. Han confirmado su participación casi un centenar de especialistas.

Apunte

Un pionero, Layna

El estudio científico de los castillos españoles se inició a comienzos del siglo XX , de la mano de especialistas como Sarthou, Gómez Moreno y otros académicos. Formando parte de ese grupo de pioneros, en Guadalajara surgió Francisco Layna Serrano, que tras su batallador libro sobre el expatriado Monasterio de Ovila, centró toda su atención y esfuerzo en recorrer, visitar, dibujar, fotografiar y estudiar a fondo la historia de los castillos de nuestra provincia. Nació así su monumental estudio, reflejado en el libro “Castillos de Guadalajara” que vio la luz en primera edición en 1935, y ha conseguido posteriormente otras dos ediciones. Es tenido por modélico en el conjunto de estudios de castellología ibérica.