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Los amantes del Alamín

 

En la lectura, y en los libros, están metidos más mundos que en la televisión, que en las charlas, y que en los sueños. Porque en todos surge la sorpresa de un universo ido, o imaginado; agarrado al vuelo y puesto de sopetón sobre las manos. Y eso lo consiguen algunos libros (y algunos escritores, que los hacen) con una facilidad y un atractivo que a veces maravillan.

Este es el caso de un escritor que ahora se estrena, de Ildefonso Rodrigo Arribas. Farmacéutico de profesión, y hace poco retirado de ella, se ha puesto a escribir y a plasmar en cuartillas sus sueños, sus visiones, su sabiduría larga de las gentes y los paisajes, del mundo y de la historia. Aunque antes había publicado un libro de cuentos (La última trufa y otros cuentos) dedicados a la familia y a los amigos, esta vez ha abierto el balcón de su alegría y se ha trazado una historia de sustos y melancolías entre las 128 páginas de su libro, que titula Los Amantes del Alamín, y que tiene a Guadalajara, (la vieja, la medieval, la de sabores moros y judíos) por protagonista. Una historia consistente y atrevida, en la que el amor pulula por todos los rincones, a pesar de las espadas y las enfermedades. Una historia con final agridulce, en la que prende luz la nostalgia, que es la más socorrida de las felicidades.

Al libro de Rodrigo Arribas le ha puesto prólogo Francisco García Marquina, quien además de alegrarnos el corazón con sus frases, ha sido director de la edición a través de su sello “gatoverde”. Y ha conseguido un libro sencillo pero hermoso. Lo importante, en cualquier caso, está en el contenido. De una parte la creación literaria que empieza como cuento, se alarga como novela y termina con las precisiones históricas que el caso requiere. Una mixtura que se agradece, porque así va el lector poniendo de su parte imaginación, y el autor fábulas. Al final vemos que aquella historia tuvo su tiempo, y sus protagonistas piel y latido. Que fue verdad que estuvieron en Guadalajara, y que pudo ser en aquella edad un romance tras otro, una batalla y un torneo tras unas miradas desde la distancia y un juego antiguo en la Alaminilla.

Guadalajara medieval y amurallada

El autor, Rodrigo Arribas, inicia su obra con un paseo del protagonista, un militar de antaño llamado don Alonso Manrique, por la muralla guadalajareña. Entonces, en el siglo XIII en sus inicios, enhiesta y firme: con sus portones vigilados, sus almenajes completos, sus palacios y mezquitas mezclados con los templos cristianos y las sinagogas de la cuesta de Calderón. Quizás es ese el mensaje más límpido que nos transmite esta novela (aparte del esfuerzo amoroso que fluye en todo el libro, y que sustenta la trama), el común vivir de las tres religiones en una Guadalajara medieval ejemplarizante. El médico hebreo, el militar templario, el imán islámico: y entre ellos y sus encolerizadas pasiones el amor de dos jóvenes, el niño cristiano y la niña mora.

La novela nos transporta a una ciudad pequeña y de estrechas calles, de plazuelas recoletas, de atardeceres largos. Parece protagonista el castillo de los templarios, que se alzaba donde hoy el Fuerte, donde siempre San Francisco: vigilando la llegada del camino de Aragón hasta la puerta y torreón de Bejanque. Sabemos que está la iglesia de Santa María, con su torre alminar todavía, y que en la zona de la cuesta de Calderón está la sinagoga de los toledanos. Aún no se ha levantado el torreón del Alamín, por lo que ese juego de amor y virtudes que se desarrolla en el barrio moro, al otro lado del arroyo del mismo nombre, discurre por un entramado de callejuelas muy finas con grandes patios interiores, sin que la silueta del torreón, que luego daría pie a más leyendas y escritos, existiera aún en el horizonte.

Ildefonso Rodrigo ha entrado con muy buen pie en el camino literario, porque esta su primera construcción de amplias perspectivas (una novela histórica, aunque breve, contundente) nos ofrece una visión directa de la ciudad, de sus gentes, de sus costumbres. Surge, -aparte del paisaje junto al Henares, de la viveza de los mercadillos, de las procesiones militares por las cuestas-, un elemento que es medieval hasta la médula, y actual todavía: el ajedrez, al que juegan en amistad los protagonistas, encontrados en tantas otras cosas. Un ajedrez en el que finalmente se resuelve, como si el plazal arriacense estuviera alfombrado de escaques carboneros y marfileños, la novela toda. Jugada tras jugada, (en el fondo, la vida es así, hoy también, y la mano que nos mueve no la conocemos) los personajes van siendo movidos de posturas hasta que un jaque a la reina por parte de un alfil termina en tres meses de amor que luego no se repiten.

No es cuestión de contar la intriga, pero sí de anotar los personajes. Y aun cuando en la pluma de Rodrigo surgen los seres vaporosos de la imaginación (el capitán Alonso Manrique, la dama mora Aixa, el capitán templario don Pedro, y el físico hebreo don Benjamín) es al final cuando abre las puertas del cuento doña Berenguela, la reina por partida cuádruple (hija, esposa, hermana y madre de reyes), y lo remata.

Doña Berenguela, la hija de Alfonso VIII, esposa de Alfonso IX, y madre de Fernando III el Santo, fue señora de Guadalajara por concesión de su padre, y aquí tan querida que toda la ciudad se cuajó de su afecto. La canción infantil que todos hemos oído, y quizás cantado, de “la chata Meréngüela…” fue inspirada por esta reina y señora arriacense. Ella mandó construir el castillo primero y luego monasterio de los franciscanos en la colina al este de la ciudad, que luego los Mendoza transformarían en gran cenobio de menores y aposento eternal suyo. Ella termina, pues, mandando en el cuento, y haciéndole real, tierno e inolvidable. Ildefonso Rodrigo ha conseguido movernos el corazón, entretenernos un rato, sentirnos más alcarreños. Los dibujos que a su libro le ha puesto Fernando Sevillano Queipo de Llano son muy agradables, y la edición, en suma, perfecta. Porque nos lleva un rato, un día, unas horas, a la estación primera de nuestro camino como ciudad y ciudadanos. Ojalá que cada semana pudiese ser rememorada nuestra historia con fábulas así, tan accesibles, y tan llenas de ingenuidad y vigor.

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