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marzo 8th, 2002:

Juan Guas en Sigüenza, y la iglesia de los Huertos

Celebrábamos hace poco, en 1996, el quinto centenario de la muerte de uno de los grandes artistas españoles de todos los tiempos: de Juan Guas, que aunque nacido en tierras francesas, aquí dejó, entre nosotros, lo mejor de su inspiración como arquitecto y tallista. Sobre todo, como diseñador de edificios y espacios, que los trazó “ad modum Yspaniae”, a la manera de España, como todos reconocieron entonces, y aún hoy quien se acerca al estudio de su figura y de su obra, también lo hace.

En España, especialmente en la diócesis y ciudad de Toledo, Guas dejó obras solemnes y maravillosas: San Juan de los Reyes en la capital; el castillo de los Mendoza en Manzanares el Real; o el gran palacio de los duques del Infantado en Guadalajara, entre nosotros. Pues bien, existe una obra que siempre se le ha atribuido, aunque sea casi de forma anecdótica, y que unos y otros que han/hemos estudiado la obra de Guas, nunca hemos considerado en profundidad como suya. Solo nos hemos quedado en la anécdota, y no hemos ido a la profundidad, al análisis de modos, de detalles, que pudieran darla como suya.

Me estoy refiriendo al templo de Santa María de los Huertos en la vega de Sigüenza. Construido a finales del siglo XV o comienzos del XVI, en este templo se conjugan una serie de detalles que bien pudieran ser trazados por la mano de Juan Guas. Aunque él hubiera muerto ya cuando se levantó (muere en 1496 y el templo se levanta ligeramente más tarde) sí queda su traza, su modo de hacer y de plantea el espacio, y, sobre todo, los ornamentos. Hay un detalle, además, que es el que nos da opción a hacer esta disgresión: en lo alto del muro de la nave, una figura gastada y poco fina nos ofrece la imagen de un hombre arrodillado y orante, que apoya en una ménsula en la que se lee:”maestro juan”. Una firma de arquitecto con imagen y todo. Pocas veces se ve este detalle. Quizás sea el del arquitecto del templo, el de Juan Guas en concreto. En cualquier caso, y sin más datos que aportar en favor de esta teoría, vaya aquí el recuerdo del templo, que, eso sí, bien merece una visita cuando se vaya a Sigüenza.

La iglesia de Santa María de los Huertos

En la parte baja de la ciudad, con acceso desde la Alameda, en la orilla izquierda del río Henares, y sobre el emplazamiento de lo que pudo ser quizás una pequeña basílica de época hispano‑roma­na, visigótica o mozárabe, se levanta hoy este templo, magnífico y bello, obra del siglo XVI en sus inicios, pero con una mezcla interesante de los estilos gótico y plateresco finamente com­binados en su conjunto. Se encargó de la construcción del templo actual, por comisión del Cabildo, el deán don Clemente López de Frías. Fue levantado entre 1509 y 1512. El arquitecto y tracista fue ese desconocido Maestre Juan, que aparece en talla orante en un ángulo alto del coro.

La estructura externa de esta iglesia es de fuerte sillería, con muros cerrados en los que sólo se abren estrechos ventanales de arquería semicircular, y contrafuertes robustos rematados por flameros, con gárgolas de buena talla. La puerta de entrada, bajo pórtico de amplio arco escarzano, consiste en un conjunto plateresco, con portada escoltada de dos pilares adosados, recubiertos de exuberante decoración de grutescos y vegetales, rematados en capiteles corintios y gran friso en el que se lee: Clemens Decanvs Segvntinvs; en el luneto central aparece una talla sedente de la Virgen, ante la que se postran de rodillas un ángel y el Deán constructor.  Es realmente único y asombroso el arco escarzano en acoge a la portada, somo si de un mínimo atrio se tratara. El referido arco apoya a su vez en dos ménsulas de las que salen, como flotando en el aire de la Alameda, dos ángeles orantes que miran y se refieren a la virgen del luneto. Es una composición realmente singular, que conviene mirar con tranquilidad desde cierta distancia.

El interior del templo es majestuoso, con dos tramos amplios, coro alto a los pies, hoy cerrado para la clausura del convento de clarisas, y profundo presbiterio en la cabecera. A cada lado de la nave única se abren sendas capillas con arcos apuntados. Lo más bello son, sin duda, las bóvedas de nervada crucería policromada, de inducción gótica plena. Rema­tando el presbiterio aparece el retablo, pintado al fresco sobre el muro, con decoración sumada escultórica en jambas y hornacinas. Lo mismo digo de él: es un retablo al que no se ha hecho el caso que bien merece. Solamente esas jambas talladas que lo enmarcan, en piedra caliza de exuberantes grutescos con apóstoles en hornacinas, son bellos ejemplos del arte del primer Renacimiento en Sigüenza. Aparecen tallas de Evangelistas y santos apóstoles, más la escena de la Anunciación en lo alto. Las pinturas muestran escenas de la vida de la Virgen, con un espacio mayor dedicado a la imagen de la Asunción. Recuerda la pintura italiana de cincuenta años antes (con ciertas reservas, lógicamente) y nos trae a la cabeza las formas, los rostros, los ademanes que Sandro Botticelli pone en sus obras. En la hornacina central, una talla magnífica, renacentista, de María con el Niño en brazos. Es, en cualquier caso, un espacio sacro y artístico pleno de encanto, de belleza y armonía, pero que o bien por estar cerrado, o bien porque se le echa un vistazo deprisa y corriendo en la visita completa a una ciudad en la que muchas otras cosas hay que deslumbran, no ha estado suficientemente apreciado.

También en el presbiterio de este templo en el muro norte, se encuentra una de las piezas más relevantes del plateresco seguntino: se trata del enterramiento del arcediano don Francisco de Villanuño fundador del Convento de Santa Clara que hoy se encuentra añadido a esta iglesia. Descansa la estatua yacente de este personaje, tocado de bonete y recubierto de sencillas vestiduras canonjiles, con un león a los pies como símbolo de resurrección, en la cama del sepulcro, cuyo frente ostenta su escudo y compli­cado número de grutescos. Se completa el monumento con arco semicircular acompañado de pilares y rematado por friso y frontón, todo ello cuajado al máximo de decoración plateresca muy perfecta. Solo por admirar este enterramiento de Villanuño merece ser visitada la iglesia de los Huertos. Solo por ver, en él, el gran escudo heráldico que sostienen dos ángeles, y que muestran el sentido de aprecio de linaje que se tiene en esa época (murió en 1535, en El Burgo de Osma) aunque sea un clérigo sencillo. Es lástima que no esté en el lugar originario para el que fue pensado. Las obras de arte deberían permanecer siempre en el lugar para el que fueron talladas y pensadas. Esta lo hizo para quedar en el templo de Santiago, en el monasterio del mismo nombre que, en la cuestuda Calle Mayor seguntina, hizo este señor, junto con su hermano y sus sobrinas. Hoy del Monasterio de Santiago solo queda un jardín con casa particular, y de la iglesia primitivamente románica para qué hablar ya. Cerrada, hundida y abandonada desde hace décadas, siglos hace… en plena Calle Mayor de Sigüenza, la joya del turismo en Castilla-La Mancha.

En definitiva, un monumento este de Sigüenza, la iglesia de Nuestra Señora de los Huertos, que se encuentra en perfectas condiciones de ser visitado, que muestra sus ofertas de arte encantadoras y atractivas, que está pidiendo a gritos que se la eche un vistazo, detenido y atento. No defrauda, eso seguro, y aumenta incluso la admiración hacia Sigüenza toda, cuajada siempre de sorpresas y evocaciones.