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marzo 30th, 2001:

TARAGUDO, vivo en un libro

 

Asombra ver de lo que es capaz un ser humano cuando le pone entusiasmo, pasión y trabajo a una tarea. Lo digo a propósito del libro que ha escrito -y la Universidad de Alcalá ha publicado- don Jesús Carrasco Vázquez, quien a lo largo y ancho de 326 páginas ha esculpido la historia de este mínimo lugar de la Alcarria campiñera (valga la exageración), porque Taragudo está puesto en ese ondulado paisaje de trigos mecidos entre los adustos cerros de Hita y la Muela [de Alarilla], y es Alcarria porque está a la izquierda del Henares, y es Campiña porque tiene el aire alegre y vital de las poblaciones de junto al río.

Hacía mucho tiempo que no iba por Taragudo. Tanto, que lo recordaba como un lugar de adobes caídos, de espacios terrosos con rastros de rebaños y caballerías, con árboles escasos y cielos abiertos y fríos. Hace muchos años de eso, y ahora, que he vuelto en mañana ventosa de esta primavera húmeda, me he llevado la sorpresa de encontrar un lugar nuevo, absolutamente distinto, magnífico para ser vivido, añorado y contemplado sobre los verdes intensos de su naciente cereal. Taragudo está en el camino que va desde Humanes a Torre del Burgo, ascendiendo las cuestas que dejan atrás el Henares y suben al valle del Badiel. A la izquierda, poco antes de llegar a Sopetrán, un ramal de asfalto estrecho lleva a Taragudo tras dar cuatro solemnes y antiguas curvas. Aparece el caserío entre arboledas profusas, y uno piensa, al entrar en él, que no ha llegado a un viejo lugar de la repoblación castellana, sino a una urbanización de descanso puesta en medio del campo alcarreño. Sobre los tejados se alza la silueta, nunca más poderosa y valiente, del cerro de Hita y el recortado perfil de sus templos y fortaleza.

En el pueblo solo se ven inmaculadas construcciones. Todo está nuevo, limpio, asfaltado, ajardinado, coqueto. En la plazuela, una placa de cerámica brillante recuerda a Gabriel Arribas Fernández, que fue para Taragudo un nuevo Cid reconstructor, un visionario del futuro que ahora existe. El señor Gabriel, como le recuerdan en el pueblo, nació en Alarilla, pero se casó aquí, y apoyado por amigos de Madrid se puso manos a la obra y reconstruyó el pueblo de lo que eran las ruinas de las ruinas que quedaron tras la Guerra incivil. Una maravilla. Siempre da un poco de inquietud contemplar el paso que la vida rural pura ha dado hacia la convivencia de fin de semana, el quehacer cotidiano versus el holgar finsemanil. Pero eso es lo que hay. Y de haber optado por lo primero, ni Taragudo ni trescientos pueblos más de esta provincia existirían ya. Lo segundo, el hacer de los pueblos pequeñas colonias residenciales para el verano, la Semana Santa y los fines de semana, es lo que está salvando a esta tierra de la muerte. Que tomen nota quienes se preguntan cómo salvar a Guadalajara de la despoblación y el abandono.

Un libro ejemplar

La historia de Taragudo da para muy poco. Al menos, eso es lo que yo creía cuando escribí mis crónicas y guías de la tierra alcarreña. Fue lugar del común de Hita, y con ella perteneció en señorío a los Mendoza. Y ni una línea más. De su patrimonio, un templo parroquial alzado en la cumbre del caserío, dedicado a San Miguel, adornado al exterior de una hermosa espadaña de tres vanos sin campanas. Nada más cabía decir de este lugar apartado, mínimo, olvidado.

Pero hete aquí que hace treinta años llegó, como por casualidad, hasta Taragudo un profesor universitario que se enamoró del lugar y puso casa y familia entre los límites recónditos, impresionado por ese valor que tenía el pueblo: el silencio, la lejanía, el vacío de historias. Hita presente en lo alto, y Sopetrán muy cerca infundiendo magias. Aquí se quedó y empezó a investigar: la historia del pueblo, lo que un lugar sin palabra puede significar en el contexto de un país. Y el profesor Jesús Carrasco Vázquez le ha sacado a Taragudo esa palabra escondida, y tras muchos años de paciente y afianzada búsqueda, le han encontrado la historia, la ha ordenado, la ha escrito, y en un hermoso libro de más trescientas páginas la ha publicado, con ayuda de Ibercaja, dentro de la Colección ensayos y documentos de la Universidad de Alcalá.

La introducción a esta obra, que se titula “La villa de Taragudo: evolución histórica de una aldea de Hita”, la escribe Ladero Quesada quien comienza diciendo que no hay lugar sin historia siempre que surja un historiador dispuesto a investigar y a escribirla. Y como Carrasco Vázquez se ha lanzado a la tarea, pues todos estamos de enhorabuena. La provincia ha ganado, una vez más, una gran batalla al olvido. El autor se pasea con pormenor minucioso por la geografía, el clima, la producción, la población de Taragudo. Haciendo análisis de sus restos arqueológicos, de la calzada romana (ese “camino de la Barca” conocido de todos), del pasado medieval en Sopetrán, de la Reconquista a los árabes del valle del Henares, de los Mendoza que fueron señores del lugar. En fin, y después de concretar el origen árabe del nombre del pueblo, al que hace significativo de “casa de los godos”, el historiador Carrasco tiene la feliz ocurrencia de meterse a desempolvar papeles del Archivo Histórico Nacional, en su sección de Osuna, y allí entre los papelotes de la casa mendocina encuentra cosas como las Ordenanzas del Concejo de Taragudo, de 1530, o el primer Censo de Población de la localidad, de 1550. A ello añade los clásicos documentos de las Relaciones Topográficas, el Catastro del Marqués de la Ensenada y otros varios que analizados con minuciosidad aportan una historia fidedigna, útil y atrayente.

Aunque guiado siempre por la línea común de la historia provincial, mejor dicho por la del valle del Henares a cuya cuenca pertenece por entero Taragudo, el profesor Carrasco anota datos sobre la emigración a América de los taragudenses, sobre el paso de las tropas del Archiduque Carlos por este lugar, de las andanzas del guerrillero Empecinado contra los franceses, y se empapa finalmente de las noticias que los meticulosos Diccionarios geográficos del siglo XIX dan acerca del lugar: el Miñano de 1827, el “Diccionario Geográfico Universal” de 1831; el Madoz de mitad de siglo, el “Nomenclátor General de España” de 1864…

Finalmente, el siglo XX que se muestra triste, desesperado en su primera mitad, entrega la alegría final a esta historia en forma de una reconstrucción total. Ahí aparece de nuevo, con pelos y señales, la historia del señor Gabriel, y a cualquiera que vaya hoy, como yo lo hice la semana pasada, a Taragudo, se le pondrá ante los ojos una versión nueva de la Repoblación castellana que Julio González historió hace años: llegados de Madrid, devueltos por la nostalgia muchos nietos de quienes aquí nacieron, parte del chorro de oro que corre por las calles de la Corte se ha detenido aquí, levantando casas agradables, parques, bosquecillos, y un ambiente único y encantador, que es vivido –se nota en cada detalle- con amor y entusiasmo por quienes han hecho de Taragudo el centro del mundo. Todos ellos (todos nosotros) debemos agradecer al profesor Carrasco Vázquez que haya dedicado tantas y tantas horas al estudio, a la investigación y a la escritura. Esto es (este libro lo demuestra) hacer patria, hacer provincia, y cantar a pleno pulmón. Gracias a todos cuantos han hecho posible ese libro, porque han demostrado que Guadalajara tiene remedio.