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marzo 9th, 2001:

Luís de Lucena, una restauración de aplauso

 

Con verdadera satisfacción puedo hoy hablar de una actuación reciente sobre el Patrimonio histórico-artístico de Guadalajara. Y hablar bien, aplaudir incluso, porque la obra realizada ha sido perfecta. Ha tardado, pero ha merecido la pena. La Capilla de Luís de Lucena, de nuestra capital, ha sido restaurada completamente por el Ministerio de Educación y Cultura, por la Dirección General de Bellas Artes, y ha quedado resplandeciente. Un nuevo monumento recuperado para Guadalajara, que ha sido recibido (en forma de unas minúsculas llaves funcionales) por su Ayuntamiento para ahora encargarse, durante al menos los próximos 30 años, de cuidarla y mostrarla a los visitantes.

Un acto entrañable

El pasado día 21 de febrero, y con la asistencia de los señores Puig de la Bellacasa (director general de Bellas Artes) y Martínez Novillo (subdirector general del mismo departamento) así como del Alcalde de la ciudad, José María Bris Gallego, y varios concejales del equipo de gobierno, se procedió a abrir la capilla para que la contemplaran los medios de comunicación alcarreños, y para entregar (al colofón de unos breves parlamentos) las llaves del monumento al Ayuntamiento capitalino. Se firmó, también, un protocolo de cesión y compromisos, de tal modo que la obra realizada, y el monumento en sí, se ceden por el Estado (que era hasta ahora su propietario) a la Ciudad, para que esta capilla quede definitivamente abierta a la contemplación del público.

Un edificio único en España

Y aún podríamos decir que en el mundo, porque la capilla de Luís de Lucena tiene unas características que la hacen singular y diversa de todo. La mandó construir el doctor Lucena, un médico nacido en nuestra ciudad en 1491, en el seno de una familia de judíos conversos. Varios médicos y algunos clérigos en su seno, la catalogaban como una de las familias más engarzadas en la órbita del humanismo alcarreño de la etapa mendocina. El doctor Lucena se trasladó a Montpellier y al final de su vida a Roma, donde cuidó de la salud de los Papas, y donde se relacionó con lo más granado de la intelectualidad italiana.

Sabemos que en 1540 terminó de construirse la capilla que él personalmente diseñó y cuidó, como anexo de la iglesia de San Miguel del Monte, en la parte oriental de la ciudad. Su característica exterior, a base de paramentos de ladrillo y cubos defendidos en las esquinas, la cataloga dentro de lo que pude definirse como estilo mudéjar. Pero el interior decidió que fuera un templo renacentista, una sala en cuyos techos lucieran pinturas de traza manierista, en la que se explicaran al pueblo una serie de escenas de la Biblia cuya secuencia revelan hoy al estudioso un significado de pureza cristiana, de auténtico erasmismo, puesto que la confluencia de escenas precursoras de Cristo está acompañada por la aparición de múltiples figuras  como son las Sibilas, los Profetas, y las virtudes del cristianismo. Estas pinturas fueron realizadas, ya al fin de su vida, por Rómulo Cincinato y un ayudante o colaborador, Diego de Urbina.

La restauración perfecta

Desde hace más de 20 años he estudiado con detenimiento esta capilla. Tanto en su aspecto exterior como en el interior, con sus pinturas, sus detalles constructivos (la curiosa escalera de acceso a la planta superior, donde Lucena mandó poner la primera Biblioteca Pública de España). Llegué incluso a escribir un libro sobre esta capilla, que ha alcanzado la fortuna de la reedición múltiple. La verdad es que todo cuanto se sabe sobre Lucena, su familia, sus relaciones europeas, y por supuesto sobre la capilla, sus paralelismos, sus contenidos y sus cuajadas sorpresas, hacen de este edificio una auténtica joya que la ciudad de Guadalajara puede exhibir con orgullo. Durante muchos años abandonada, realmente me sentía mal, como se sentían muchos otros buenos alcarreños, cuando algún extranjero (guía Michelín en mano) se dirigía a la capilla, y preguntaban como había qué hacer para ver las pinturas del interior. Durante años, durante decenios, cerrada a cal y canto, y en muy malas condiciones.

Ahora, felizmente, se ha concluido esa restauración que sólo puede calificarse de perfecta. Se han eliminado las humedades, verdadera “espada de Damocles” para el edificio; se ha puesto un solado nuevo a base de mármol. Se han enlucido y cuidado sus muros, se ha iluminado perfectamente, y se han restaurado con delicadeza, técnica y cariño las pinturas, de tal modo que no se ha inventado nada de lo que no existiera, y sí se han arrancado nuevos brillos y mejores colores a lo que ya estaba. En la planta de arriba, pues la capilla de Luís de Lucena tiene dos pisos, se ha recuperado muy dignamente pavimento, cubiertas y muros, ofreciendo en vitrinas más piezas de las que en la planta baja también se muestran.

Porque este es el mejor empleo que se podía dar al edificio: no sólo la oferta de su admiración, sino sede de un “micro-museo” en el que se exponen una serie de piezas largos años preteridas en almacenes y cuartos oscuros, que se han puesto ahora a la luz mejor, la que les arranca brillos y esplendores: en los muros de  la capilla se han puesto amplios restos de los atauriques mudéjares que cubrieron la capilla de los Orozco en la derruida iglesia de San Gil. También aparecen fragmentos, pequeños pero expresivos, de las estatuas yacentes de los Condes de Tendilla en San Ginés, que fueron bárbaramente destrozadas a golpes en julio de 1936. Esta oferta a la ciudad de aquellos restos, es casi como un debido homenaje al arte alcarreño, que tanto sufrió en aquella Guerra despiadada.

Tan sólo falta, a mi entender, un detalle en esta capilla. Y es que en unos paneles se ofrezca la explicación, mínima y certera, de quien fue el autor de la misma, que pretendió con ella, qué representan sus pinturas, todo ello guiado visualmente con algún esquema: seguro que al Ayuntamiento de la ciudad, que ahora se hace cargo del edificio, y al probado interés de su alcalde Bris, de sus concejales de Cultura y Turismo, González y Orea respectivamente, por este recuperado y maravilloso monumento, ya le falta tiempo para abrirla al público y rematar esos detalles mínimos. Un acierto, por tanto, una alegría, y un aplauso. Eso es lo que merece, sin reserva alguna, la restauración definitiva de la Capilla de Luís de Lucena en Guadalajara.