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mayo 7th, 1999:

Por el Señorío molinés: Concha

 

Hemos dado la vuelta a la provincia por ver desde sus atalayas el correr de las nubes. Sigue oliendo la naturaleza a su sudor limpio de hierbas y tierra húmeda. Nada mejor que bajarse del coche, de vez en cuando, y trastear por los rodados cantos de la orilla de un río, o abrirse camino entre los jarales del serrano límite. Hay que moverse con los pies por esta tierra de sorpresa continua. Hay que ver sus pueblos, y hablar con su gente. Guadalajara tiene todavía mucho que decir a los que desde la ciudad soñamos en el mundo silencioso de las aldeas.

Por la sesma del Campo

Desde Molina sube la carretera y mira a la torre de Aragón por la espalda. Se llega a Rueda, cruce de caminos desde la Edad Media, y se sigue por la izquierda, hacia el Aragón del Jalón y Calatayud. Después de pasar Torrubia, Tartanedo e Hinojosa, parece que el camino no puede subir más alto. Y es cierto, porque para trepar a la Cabeza del Cid, hay que hacerlo andando. Sí: el Cid Campeador, ahora que tanta Ruta le crece a su memoria, tiene su «cabezo» o «cabeza» junto a Hinojosa. Hasta los cascos de sus soldados dicen que encontraron allá arriba (en realidad se trata de un necrópolis celtibérica que ya Sánchez de Portocarrero, en el siglo XVII, exploró y recogió piezas arqueológicas de interés).

Por allí aparece una carretera local, muy local, que lleva a Concha, nuestro destino de hoy. Al borde del antiguo «camino real» que desde Madrid conducía a Zaragoza, y resguardado del viento norte por un leve recuesto en el cual asienta, tuvo en lo antiguo, como tantos otros lugares del Señorío molinés, inmensos caudales ganaderos. Concha es todavía, a pesar de su silencio, un hermoso lugar del señorío molinés al que recomiendo ir por ver la esencia de la memoria concentrada en piedras.

Concha y su oferta patrimonial

La grande y ancha plaza mayor asienta en lo bajo. Grandes edificios populares encuadrados fielmente en el modo de construir de la comarca. De siglos anteriores, se ven restos de casonas nobles, reformados portalones adovelados, alguna fachada de ventanas con dinteles tallados. En otra plaza, una gran fuente de principios de este siglo. Ya en el borde del antiguo camino real la casa que llaman «del mayorazgo», levantada en el siglo XVII por la familia López Mayoral, gentes dedicadas al cultivo ganadero, y con algunos miembros destacados en el campo cultural; en ella vivió D. Gregorio López de la Torre y Malo (1700‑1769). Aunque nacido en Mazarete, estudiante luego en Alcalá, y abogado en los Reales Consejos en la Corte, López de la Torre se dedicó, en este su reducto de Concha, a escribir sobre su tierra natal, dando impreso en 1746 su más conocido libro, la «Chorográfica descripción del muy noble, leal, fidelísimo y valerosísimo Señorío de Molina». En su casa se conserva todavía la antañona estructura primitiva: ancho portal con soberbio empedrado de dibujos geométricos. Gran escalera de tramos cortos: cocina típica, y, en la cara meridional, donde estuvieron las cuadras, puerta tallada en sillar montada de balcón con fecha del siglo XIX, y en el interior restos de pinturas en una saleta de recibimiento. Algunas curiosas rejas en los escasos vanos, y un huerto al fondo.

Cruzando el arroyo por sencillos puentes, se llega a la aislada iglesia parroquial, obra del siglo XVII. Dedicada a San Juan. La puerta de ingreso es de arco semicircular, de gran dovelaje, majestuosa. En ella se lee: «Iglesia de Asilo». El interior consta de una sola nave, con bóvedas de crucerías sobre el presbiterio poligonal. Columnas adosadas en los muros, rematadas en capiteles estilo renacimiento, corriendo entre ellos un friso estilo griego. En el interior se admiran varios retablos interesantes, barrocos. El mayor, totalmente dorado, sostiene una talla de San Juan, y otras de Santo Domingo y San Francisco. En otro, más pequeño, buenas tallas de San Antonio y San Esteban.

Otro retablo presenta una primitiva talla de San Juan, obra del siglo XVI, que proviene de una ermita de los alrededores. El más interesante retablo es el de la Virgen del Pilar, en el que hoy se venera una pequeña talla de San Antón. Se remata con talla en bajorrelieve de Jesús Niño entre San José y la Virgen. En la predela, aparece una talla alargada en la que de modo rudimentario y muy popular, aparece la Virgen María sobre un pilar, teniendo a su izquierda dos mujeres arrodilladas y a su derecha tres hombres en la misma postura, el último de ellos de aspecto infantil. A lo largo de un pequeño friso de esta predela se lee lo siguiente: «Este retablo hizo a su costa y debozión el L. D. Gregorio López de la Torre y Dª Francisca Martínez Año de 1.737». Las figuras talladas representan indudablemente a los donantes, y el más joven de los varones es su hijo Joaquín, que heredó el mayorazgo.

Esta descripción es para quien sepa querer saber lo que hay dentro de este gran templo que ahora, como la mayoría de los edificios religiosos de Guadalajara, permanece cerrado la mayor parte del tiempo, y es difícil realmente poder entrar, o encontrar a quien nos lo enseñe.

Chilluentes al fin

Todo el término de Concha es poco accidentado y dedicado a la agricultura y bosques. Existen canteras de jaspe encarnado y amarillo. En su término se encuentran los restos del antiguo pueblo de Chilluentes, que aún estaba habitado en el siglo XVII. Por anchos y cómodos caminos de la Concentración Parcelaria puede llegarse a Chilluentes, un espacio de silencio y recuerdos, un pueblo entero vacío y arruinado. Quedan restos de edificios, fragmentos de una torre vigía y ruinas de la que fue su iglesia, muy probablemente de estilo románico, dedicada a San Vicente Mártir. De ella se ven los cuatro muros y el ábside, en el que una ventana de semicircular arcada ofrece aún tallados signos arcanos. La torre que señorea el lugar es violenta, recia, demostrando en su esqueleto que tuvo varios pisos. De origen árabe, sin duda, formó entre las defensas de los Lara en su occidental frontera con el señorío belicoso de Medinaceli. El tiempo, el desuso, la pérdida de su valor, hizo que se viniera al suelo. ¡Otro elemento de nuestro patrimonio que desde la capital se desconoce, y así está, a lágrima viva rodando sus piedras sobre la solitaria lejanía del Señorío de Molina…!