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febrero 26th, 1999:

Arandilla, en el Alto Tajo

 

Seguimos nuestra peripecia, mínima y sedante, por el Alto Tajo, y nos vamos hasta otro de esos escuetos, estrechos y rumorosos valles (que algunos llaman con más propiedad cañones u hoces) que al Tajo le llegan por uno y otro lado, especialmente por su derecha mano. Nos vamos concretamente al barranco de Arandilla, un riachuelo que toma los adjetivos de río en primavera y aunque sólo sea por la altura de sus orillas, que se forman de altos peñascales enhiestos, cuajados entre las grietas de pinos respondones y pinochas parlanchinas. ¡Qué gozo en el verano, bajar desde Torremocha [del Pinar, por supuesto] hasta la villa de Cobeta, andando por la orilla del Arandilla, y pasar junto a los muros de la ermita de la Virgen, que le da carga humana, e histórica, al entorno natural!

Una historia neblinosa

En el valle ancho y alto en el que nace el río Arandilla, en término de Torremocha, en el Señorío de Molina, se encuentra hoy el viajero que ha ido andando desde Selas, o desde la villa que encabeza el término, con una finca de labor de viejos edificios hechos con la rotundidad de las rocas talladas y las vigas sacadas del pinar cercano. A unos centenares de metros de la finca está la ermita de San Bernardo.

Aquí quisieron poner los condes de Molina, los señores de Lara, allá por el siglo XIII, un gran monasterio que llegaron a fundar, y que entregaron a la Orden del Cister para que en él elevaran oraciones a Dios y se instalaran en su templo los sepulcros de los sucesivos señores de Molina. Empezaron las obras pero pronto se pararon, por falta de dineros. Y el conjunto que iba a competir con Santa María de Huerta en tierra de Soria, quedó reducido a una pequeña, pobre ermita de planta cuadrada y campanil sobre la frente, que hoy conserva un viejo y mínimo retablo con la imagen de San Bernardo en su centro.

Lo que pudo haber sido y no fue. Esa es la inicial frase con que catalogar a San Bernardo de Arandilla. Pero el camino sigue hacia abajo, acompañando a las aguas del río Arandilla. Y pronto llega, admirando siempre los densos bosques de pino y quejigo, las altas rocas areniscas de caprichosas formas, y escuchando el agua del río que salta aquí y allá, o se remansa silencioso y nutriente, a la ermita de la Virgen de Montesino, otro lugar donde la historia se une al entorno natural, y explota la alegría de encontrar (y anotar para el recuerdo) colores y formas de esplendidez sin precio.

La leyenda dice que, allá en la Edad Media, un capitán moro al que llamaban Montesino tenía atemorizada a la población de los contornos (a la población de religión cristiana, se sobreentiende), y en cierta ocasión pudo comprobar cómo una joven pastora de Cobeta (o del Villar, dicen otros) que andaba manca desde hacía tiempo, obtuvo la restitución de su brazo gracias al favor de la Virgen María. El moro, asombrado, y tras comprobar de forma tan contundente la venturosa suerte de cualquier creyente cristiano, no dudó en pasarse de la religión de Mahoma a la de Cristo, y con tanta fuerza lo hizo que, tras bautizarse, mandó derruir su palacio y con las piedras nobles que constituían el mismo, construir una ermita en honor de la Virgen, a la que desde entonces se califica «del Montesino» y se le da culto en multitudinaria romería el tercer domingo de mayo, pero que en cualquier época se puede visitar, gracias al amable trato del santero que la cuida y guarda.

Pinos y rocas caprichosas

La silueta que por el alto horizonte de este barranco se puede colegir durante la caminata río abajo, nos ofrece imágenes que también hace soñar a la imaginación. Hay una roca a la que llaman «el Indio» y otras que son «los murciélagos» y «las pinochas». Seguro que la gente del lugar tiene reservados nombres para todas y cada una de las singulares formas que escoltan el cielo de la Virgen de Montesinos. Es esta una Virgen sin duda montañera y caprichosa, un tanto soñadora, muy artista. Como a todas las advocaciones de la Virgen en nuestra provincia, se la conocen leyendas, apariciones y versos. Cofradías y romerías. Novenas y milagros. No es para menos, porque lo sobrecogedor del entorno en que asienta parece hablar, en susurro, de la forma de hacer realidad tantos sueños.

El viajero del Alto Tajo, sin embargo, feliz por no dar sosiego a su vista y a su olfato, sabrá muy pronto que está caminando por el interior de un Parque Natural, una joya del paisaje en la Región castellana que define entre las alturas boscosas de Guadalajara y Cuenca.

Tendrá la oportunidad de volver a gozar de las imágenes que, como las que ilustran este trabajo, realizadas por Luís Solano, un artista que sabe captar los instantáneos brillos del mundo,  dan motivo más que suficiente para acercarse un domingo de estos hasta las orillas rotundas y complejas del padre Tajo en su altura guadalajareña y molinesa.

El espacio que conforma el valle del río Arandilla, descolgado desde los sabinares de Torremocha hasta la profunda Hoz del Gallo por su derecha, es otro de esos lugares a los que hay que llegar de vez en cuando, a pie o andando, para ver la jugosidad, la frescura del mundo en su puro latido.