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febrero 5th, 1999:

Maravilla continua: La ermita de la Virgen de la Hoz en Molina

 

Reciente todavía la Feria Internacional de Turismo donde se ha expuesto todo el valor paisajístico y patrimonial de Guadalajara, oferente de joyas que empiezan a ser talladas y puestas en el escaparate, creo que ha sido Molina y su comarca la que ha puesto un mejor esfuerzo en dar a conocer su maravilloso racimo de ofertas. Y no es el menor de ellos ese impresionante conjunto de paisaje y de historia que es el barranco de la Hoz, con su santuario de la Virgen cuajado entre las rocas, pleno de memorias y emociones.

Un repaso a la historia y a la presencia, hoy, de ese increíble escenario es lo que pretenden las siguientes líneas y las adjuntas imágenes.

Una historia de siglos

Está en término de Ventosa el paraje del barranco de la Hoz del río Gallo. Formado entre profundos cortados pétreos por las aguas cantarinas y siempre transparentes del río Gallo, sus murados límites se constituyen por elevados cantiles rocosos de piedra arenisca rojiza, que dibujan sobre el alto cielo mil caprichosas formas. Entre los roquedales se asoman los pinos y una variada vegetación. En el fondo del barranco de la Hoz, hay lugares donde apenas queda sitio para el paso del río y la carretera. Por los alrededores, desde Ventosa y Corduente, y hasta Torete, se encuentran numerosas arboledas, merenderos, lugares naturales donde poder pasar el día de excursión. Será este un lugar donde se acude, siempre, más de una vez.

En lo más profundo de ese barranco, el viajero animoso que hasta aquella lejanía se aventure encontrará otra maravilla en su interior: el santuario de Nuestra Señora de la Hoz, que supone un motivo de gran interés para el viajero su visita detenida.

La historia del santuario tiene todos los ingredientes de los real y lo imaginado: dice la tradición que, poco después de la reconquista, a principios del siglo XII, un vaquero de Ventosa había perdido una de sus reses, y anduvo buscándola todo el día sin hallarla. Al internarse por la Hoz del Gallo se le hizo de noche y creyó estar también el perdido. Al rato vio salir luz de entre unas rocas; acudió, y vio cómo sobre un pedestal rocoso se encontraba una pequeña imagen de la Virgen. Acudió luego al pueblo, y tras varias deliberaciones, se decidió llevar la talla a Molina, colocándola en la iglesia mayor de la villa. Pero al día siguiente, la Virgen había desaparecido de su nuevo altar y volvió a aparecer en el barranco. Esto ocurrió por dos o tres veces. Al final, se decidió levantar alguna ermita o santuario en el mismo enclave donde se apareció al vaquero de Ventosa. La devoción hacia la Virgen de la Hoz creció muy pronto, o fue alentada, como patrona de la Vega del Gallo, de la ciudad de Molina, y del Señorío o Común entero, que pronto también inició sus romerías hacia este lugar.

Allí se instalaron, en el siglo XII, algunos monjes o canónigos regulares de San Agustín, quizás venidos de Francia, pues el obispo seguntino don Joscelmo adquirió el lugar de su dueño, el conde molinés don Pedro Manrique de Lara, en 1272. Estos hombres, mitad religiosos, mitad guerreros, edificaron el templo para la Virgen bajo la misma roca monumental, y junto a él pusieron su refugio claustral, pequeño monasterio, con hospedería para los romeros. Se constituía así un típico enclave mariano que levantó devoción por todo el territorio molinés. La tradición quiere que aquí hubiera también caballeros templarios cuidando del lugar, pues al parecer esta Orden fue dueña de los enclaves de Ventosa y Cañizares. Lo cierto es que de esto no queda documentación alguna, y sí se sabe que ya mediado el siglo XIV, la Hoz era propiedad del monasterio cisterciense de Ovila, que aquí puso algunos de sus monjes blancos para cuidar, material y espiritualmente, del enclave.

Una realidad deslumbrante

El edificio del templo es obra del siglo XV. Materialmente «incrustado» bajo la enorme roca, muestra un portón apuntado con arquivoltas y un escudo del Cabildo molinés. El interior, muy sencillo, de una nave, realza el valor de la imagen de la Virgen, que es talla románica del siglo XIII, hoy totalmente revestida de brocados, sedas y coronas. Ha recibido este santuario una cuidada y reciente restauración, que le concede la alegría y la espectacularidad de la luz dentro de la montaña.

La Hospedería aneja tiene también detalles arquitectónicos y ornamentales del siglo XVI, algunos grutescos populares, ciertos escudos del Cabildo molinés. Y junto a estos dos edificios se ha instalado, adecuando un antiguo edificio, una nueva hospedería que sirve para poder comer y pasar la noche al abrigo de las rocas y con el arrullo de las aguas.  Pero el atractivo popular y paisajístico del conjunto, anula cualquier otra condición artística que, en todo caso, es mínima. La devoción del Señorío de Molina fue siempre grande hacia este santuario. En la capital se organizaron varias cofradías a lo largo de los siglos. Nobles y letrados hicieron donaciones sustanciosas. Muchos pueblos acudían en masa para hacer romería en su entorno, especialmente los de Corduente, Ventosa, Lebrancón, Rillo, Herrería, Canales, Rueda y Tierzo, así como Molina ciudad, y el hoy turolense pueblo de Odón, que en sus orígenes fue molinés. Estas romerías se hacían acudiendo el pueblo entero, presidido de sus cruces y pendones, sobre carros ataviados de flores, haciendo luego los «dances» ante la Virgen. Ella siempre benefició a sus fieles con miles de milagros, y ellos dejaron cuajado su santuario de ofrendas y ex‑votos, que aún pueden verse en el camarín alto de la Virgen.

Para el mes de junio, se cuenta además con el atractivo de la llamada «fiesta de la Loa», que comienza con un «rosario» en marcha, sigue con Misa al aire libre y se remata con la «Loa», especie de auto sacramental en que las tradiciones del territorio aparecen mezcladas con ritos ancestrales de lucha entre el Bien y el Mal: con un texto pícaro y gracioso, aparece un «Ermitaño», un «Zagal», un «Mayoral», dos «Diablos» encadenados, fieros y bailarines, que portan espadas negras en las que van pintadas serpientes, y que quieren perder a los humanos, mas un «Gallego», un «Zamorano» y un «Ángel» del Cielo que aparece castigando, finalmente, a los demonios, mandándoles a los infiernos y protegiendo a los molineses (zagal y mayoral) y a los peregrinos (gallego y zamorano) que, finalmente, honran como querían a la Virgen de la Hoz. A todo ello se añaden las danzas de tipo guerrero interpretadas por jóvenes molineses. Todo un gustazo de historias, patrimonio y costumbrismo que está ahí, en el corazón mismo del Señorío de Molina, esperándote.