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marzo 6th, 1998:

Visión del Tajuña

 

La tarde de invierno parece alargarse. En dos horas se pasa del pleno sol a la oscuridad total. Pero esas tres horas se deslizan lentas, parsimoniosas, plenas de emoción. Da tiempo en ellas para hacer un viaje por la Alcarria, subir al páramo, mirar viejas ruinas, bajar al valle del Tajuña, entrever ante el ocaso la silueta de Horche, volver a la ciudad, iluminada como una fiesta.

Lupiana, aquí mismo

No hay que hacer demasiados preparativos para salir al campo, para disponerse a rondar los históricos nombres. Nos hemos decidido por hacer un viaje microscópico, que ahora brindo a mis lectores para que lo repitan. Lleva un par de horas, y tiene el sabor completo de la magia y el silencio. Ese silencio que hoy es tan preciado, en este momento que todos usan para hablar, para sacarse de la manga viejas rencillas, rencores torcidos, huecas memorias de ofensas. En la tarde que cae, la Alcarria tiene, sobre todo, silencio ofrecido.

Subimos sin prisa la cuesta del Sotillo, por la carretera de Cuenca, en la que con suerte no nos ha tocado ningún camión delante. Quizás por ser sábado. A mí sí me gustan las descripciones largas, tendidas, minuciosas. Decir que en la orilla se apiñan los yesos y arriba, en la línea de la cima, perfiles de rebollar están como dormidos. Que por el valle del Henares, detrás de nosotros, la luz de un sol tamizado se entrevera de grises y naranjas. Que huele a humedad, a raíz, a urraca que revolotea en la rama, porque ha visto un halcón muy lejos, muy alto.

Torciendo a media recta de Horche, a la izquierda, se llega enseguida a Lupiana. Pero arriba primero, en el alto: la silueta fuerte y ungida del viejo monasterio jerónimo. Siempre me pareció un lugar único, donde la historia (tan larga, tan densa) de España se concentra como en implosión de voces. El monasterio de San Bartolomé, que fue creado para albergar la naciente Orden Jerónima en 1373, por devotos alcarreños (Pedro Fernández, y otros) conoció sus días de gloria cuando Felipe II venía a este hogar y pasaba unos días lavando sus angustias con los priores jerónimos. No hemos podido pasar (solo se puede entrar a visitarlo los lunes, por la mañana) pero desde la verja se ve la húmeda vereda de entrada, escoltada de altas ramas de chopos ahora secos, y al fondo la indecisa fachada de piedra caliza, con un San Bartolo sin cabeza.

Los viajeros están un rato mirando la gris macicez del monasterio, y sienten que su vida vale más así, frente a lo muerto. Tú también, lector amigo, puedes y debes olvidar un momento la ventolera de la actualidad (ni cines, ni ceses, ni orgías, ni querellas) y auparte frente a la verja carcomida de San Bartolomé, y mirar al final del camino, que oscurece por momentos. Allí se escucha un cantar opaco, la piedra tallada y la oración no dicha. Un latir sin fin nos confunde y llena.

El valle del Matayeguas

 Bajar la cuesta hacia Lupiana. Sorprende la cantidad de casas que se han levantado en la entrada al pueblo. Es un lugar, este de Lupiana, a diez minutos de la capital, y tiene ese valor que tanto nos gusta: la soledad y el silencio. El espacio justo para ver, como hoy vemos, el atardecer juntos. La silueta de su alta iglesia, que posiblemente Alonso de Covarrubias diseñara en su estudio toledano, y luego manos sabias y artistas (¿Hernando de Arenas quizás?) le dieran la forma que hoy todavía tiene. En su plaza, que basta mirar en un giro completo de trescientos sesenta grados, surge la picota renacentista, el Ayuntamiento barroco, la fuente, los bares, las casas ceremoniosas…

Seguir el valle del Matayeguas supone asombrarse, una vez más, ante la atalaya del Castillo de Lupiana (donde no pasó nada nunca, excepto que vivieron los hombres primitivos en su alto castro fortificado: lo aprendí en ese libro magnífico que hace poco nos regaló Jesús Valiente, la «Guía de la Arqueología de Guadalajara»).

Después, cruzado el puente sobre el Ungría, que oscuro se adivina en su cantar minucioso de animal hivernante, subimos la cuesta de las Majadillas, y a media ladera nos paramos a ver el caserío de Pinilla. Dice un cartel a su entrada que está prohibido el paso, que es «Propiedad particular». Será verdad, aunque yo siempre he dudado que alguna parte del planeta sea de propiedad particular. Yo me siento dueño de todo (compartido, eso sí, con los demás). Allí, en la ladera que baja brusca hacia el hondo valle del Ungría, están los restos de la que fuera iglesia parroquial de este pueblo, que se quedó vacío de gentes en el siglo XIV, cuando la peste negra, y luego se ha recuperado como «ermita del Cristo». Es románica, y de lo único que queda, el ábside, asoma su grandiosa fuerza pétrea y la forma semicircular coronada en el alero con canecillos.

Finalmente se culmina la cuesta, donde a un loco le dio un día por levantar gigantesca estatua dominante de la región, y que dejó en un chalet con forma de castillo que despista a los poco avisados. En el alto de las Majadillas se ve el Tajuña, horizontal y humano, grande y somnoliento. El color de la tarde es ahora gris opaco, morado triste, ocre ennegrecido, una mezcla de humo que no llega y agua en lo hondo. La carretera, como siempre, una línea blanca que baja desde Brihuega y va a Armuña.

Abajo de la cuesta, la ermita de Nuestra Señora de la Vega, junto a lo chopos asustados, muy cerca del agua que trae Tajuña abundante y limpia.

Hacia Horche, en la tarde final

Los viajeros siguen, por una carretera que está en obras desde hace meses, como poniendo a prueba la fe de los alcarreños en el progreso (que tarda siempre en llegar, pero al fin nos lo entregan). Y alcanzan la carretera de Cuenca. Se vuelven a Guadalajara. El Tajuña casi en oscuridad deja ver las luces de algún merendero, de alguna finca entre arboledas.

Arriba de la meseta, siempre orgulloso y desafiante, está Horche. Y pasamos a la plaza, animada y bullanguera siempre. Un espacio que tiene fuerza y alegría, pase lo que pase. La plaza de Horche, (también Ayuntamiento, zoco y bares) tiene escudos, casas viejísimas y otras elegantes, soportales y farolas, muchos coches y un ir y venir continuo de gentes. La plaza mayor de Horche es como la plaza mayor de la Alcarria. Uno la ve, y ya sabe que todas las demás son copia suya.

La vuelta a Guadalajara se hace despacio, en la noche. Apenas otros diez minutos de bajada, tras pasar la recta del Monte Alcarria y adivinar las sombras medio hundidas del poblado de Miraflores. La carretera, curvada y amable, nos deja por Cuatro Caminos en el Amparo. La Concordia y la Carrera. Todo luz, y ruido. ¿Se acabó para siempre la paz del viaje? No, lo puedes repetir cualquier día, cualquier atardecer, son dos horas, menos quizás. Y estarás seguro de que esta tierra nos acoge benéfica, mejor de lo que merecemos.