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Santa María se renueva

 

En estos días se están buscando los apoyos financieros y presupuestarios para afrontar la segunda fase de restauración de la iglesia concatedral de Santa María de la Fuente la Mayor, en Guadalajara. De esa iglesia que es como el grito máximo de la historia medieval arriacense, la que nuestros tatarabuelos, al menos en el siglo XVI, llamaban Santa María la Blanca.

Una iglesia con siglos a cuestas

Al menos del siglo XIV en sus inicios data la construcción de Santa María. Muchas veces se ha dicho que fue la antigua mezquita mayor, el lugar principal de culto de los musulmanes de la Wad-al-Hayara islámica. No sería de extrañar, puesto que sabemos que el barrio al que centra se denominó «el almajil» durante mucho tiempo, pero el actual edificio, que ha recibido modificaciones y alteraciones en todas las épocas, no ofrece detalle alguno de haber servido de mezquita ni de tener construcción de la época árabe. Lo más probable es que tras la Reconquista, a finales del siglo XI, y tras haber permanecido mucho tiempo, incluso siglos, sirviendo de mezquita a los musulmanes de la ciudad, esta se derribara por vieja [y por inútil] y se construyera en su solar un nuevo templo, con manos árabes, sí, y por ello con estilo mudéjar, pero desde su inicio con el objetivo de servir de templo cristiano.

De tres naves, portada principal a poniente, ábside semicircular a levante, y cubiertas con enormes artesonados de par y nudillo,  sus arquitectos, maestros de obras y albañiles fueron todos musulmanes. No puede quedar duda, viendo al menos las formas de sus puertas, que son de grandes arcos apuntados, en herradura, de estilo sirio, muy semejantes a otros existentes en la Alhambra de Granada. La torre, de planta totalmente cuadrada, con gruesos muros exteriores apenas perforados por estrechas aspilleras, y un machón central alrededor del cual va subiendo la escalerilla cubierta de bovedilla de ladrillo, recuerda siempre a los alminares de las mezquitas. El hecho de haber sido levantada aislada del templo nos pone en conexión a Santa María con otros elementos de arquitectura cristiana mudéjar de Toledo. Por ejemplo, con Santiago del Arrabal y San Román, aunque la austeridad de su decoración, apenas existente, la pone más en conexión con otros templos mudéjares del entorno más próximo, en el valle del Henares, como la iglesia parroquial de Daganzo o en el Manzanares, con la de San Pedro de Madrid.

El paramento liso de ladrillo puro que forma sus altos muros, roto solo por estrechas aspilleras que dan luz a la escalera, se abre en la altura con las ventanas superiores, dos en cada frente, de algo más de 4 metros de altura por un poco más de un metro de anchura. Estos arcos para las campanas son de doble rosca y quedan enmarcados en alfices que descienden hasta la base del vano, permitiéndose en su remate estos alfices uno de los pocos elementos ornamentales, a base de ladrillos alternantes, en su remate.

Evolución de la iglesia y torre de Santa María

Muchas reformas y ampliaciones ha sufrido Santa María a lo largo de los siglos. Tantos, que hoy su interior rompe absolutamente con su imagen exterior. Quien entra a la iglesia se ve inmerso en un mundo barroco, del siglo XVII avanzado, con grandes pilares, altos juegos de escayolas, un retablo manierista cubriendo el muro del presbiterio, y un abovedamiento de estucos de clara estirpe barroca. Quizás una desilusión para muchos que buscan la pureza del mudéjar. Que se hace mayor si viene de ver el interior de Santiago, menos sonoro al exterior y más impresionante en la semioscuridad de sus naves.

Se ensanchó el crucero, y se rompió el presbiterio primitivo para alzar una gran cúpula semiesférica sobre el nuevo crucero, construyendo un gran presbiterio que enlazó con la torre y la absorbió a la estructura final del templo. El antiguo artesonado mudéjar no fue destruido, afortunadamente, sino simplemente tapado por las bóvedas falsas de la restauración barroca. Por ello hoy es posible, y con gran comodidad después de las tareas del primer ciclo restaurador que culminó hace un año, contemplar ese antiguo artesonado de par y nudillo, todo de madera, con muchos elementos tallados y pintados, que en su enorme altura debió comportar al templo una grandeza de la que hoy carece.

Perspectivas de futuro

A la iglesia de Santa María se la ha salvado de un seguro y anunciado problema, como era el debilitamiento de sus muros, la ruina más o menos inminente de su atrio, y otros problemas que han quedado subsanados. Su aspecto exterior ha sido limpiado y ha quedado, sin duda, más atractivo. Pero aún quedan importantes temas a solucionar e incluso debatir. Uno de ellos, el de la torre.

En ella se alza, en lo más alto, el problema principal. Su chapitel, que fue puesto a finales del siglo XVI, y que con toda su estructura podrida tuvo que ser renovado a principios de este siglo nuestro, vuelve a tener graves problemas de mantenimiento. Su estructura tiende a abrirse y hundirse. De ahí que el arquitecto municipal de comienzos de siglo, Ramón del Cura, le puso a la torre un añadido que sin ser desagradable, alteraba la esencia de su primitivismo, y es esa barandilla con esquinas piramidales que era necesaria para detener el proceso de ensanchamiento y «estallido» del chapitel. Hoy este se encuentra tan deteriorado que, sin crear falsas alarmas, sí que puede asegurarse de que corre peligro, en cualquier borrascoso amanecer de vientos, de venirse al suelo.

La solución, que habrá de acometerse cuanto antes, y mucho mejor en esa colaboración abierta entre entidades que propició la anterior fase restauradora, está elaborándose por el arquitecto director del proceso, José Juste, quien ha pedido opiniones a todos cuantos quieran darla.

Una de las salidas al tema es la de quitar de forma permanente el chapitel. En las imágenes que acompañan a este artículo, se puede ver el aspecto de la torre de Santa María sin el referido chapitel. Aunque esta posibilidad eliminaría peligros para siempre, y además recuperaría el perfil clásico, primitivo, de la torre mudéjar, rompería de forma radical el perfil más conocido del templo, de su plaza, e incluso de la ciudad. El chapitel de Santa María es ya un punto de referencia de la silueta y el estilo de Guadalajara, algo que todos llevamos grabado en la retina e impreso en el corazón.

Lo que sí propone el arquitecto Juste, y parece algo muy razonable, es eliminar el barandal superior que está sujetando dicho chapitel, y que con las técnicas de hoy en día sería inútil, podría eliminarse. Es así como aparece en el también adjunto grabado que Jenaro Pérez-Villamil dibujó a mediados del siglo XIX, y en el que, a pesar de ciertas exageraciones seudo-románticas, nos entrega la más clásica de las estampas de este templo, que consideramos se está ahora en la oportunidad de recuperar. En los próximos meses veremos, pues, cómo la altura esbelta de Santa María comenzará a renovarse, a recuperar antiguas esencias. Nuestro patrimonio, por tanto, sigue vivo, que es lo importante.

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