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De paseo por tierras atencinas

 

Viajar por las altas tierras de la Sierra del Ducado tiene el encanto de que en poco más de 25 Km. uno se encuentra con tres castillos, un buen puñado de iglesias románicas, algún que otro lugar arqueológico y un espectacular residuo de la época industrial borbónica. El viaje no debe salirse del eje Sigüenza-Atienza. Tras dar una o mil vueltas por la Ciudad Mitrada, en la que siempre se aprende o reconoce algo nuevo, se sale en dirección al norte, por la carretera que, atravesada la vía del tren, va en dirección a Atienza, Ayllón y Aranda.

Tras subir la cuesta y mirar otra vez la suave presencia de la ciudad parda y rojiza, con su catedral a media ladera y su castillo en lo alto, se lanza el viajero a la vega donde asienta Palazuelos.

Es este un lugar al que nadie se cansa de llegar, porque la maravilla que supone ver un pueblo, completamente rodeado de murallas, con un castillo en su extremo, no es algo que se encuentre todos los días. En Palazuelos se atraviesa el primero de los estrechos arcos que en forma de ángulo nos permite acceder a la plaza, y desde ella, en la que ahora luce la picota de villazgo, se sigue la calle mayor y se alcanza el otro extremo del pueblo donde hay otra gran puerta angulada, remontada por las armas de los apellidos Mendoza y Valencia, pertenecientes a don Pedro Hurtado de Mendoza, hijo del marqués de Santillana y de doña Juana de Valencia, su esposa. Aún pueden verse, si se sigue completo el circuito de las murallas de Palazuelos, otras dos puertas, y por supuesto, el gran castillo, que con tres niveles de murallas se alza al extremo de la población, solitario y silencioso. Recomiendo a quien se quiera llevar una imagen inolvidable, que suba la cuesta que arropa por poniente a Palazuelos, cuanto más alto mejor, y vea a sus pies este lugar de fábula.

Al retirarnos de Palazuelos, en la ermita de la entrada del lugar, sale la carretera que va hasta Carabias. Seguirla. Son solo tres kilómetros bordeando un bosquecillo de rebollos y se alcanza este pueblo en el que brilla su iglesia románica, la única en la provincia que tiene su galería abierta a los cuatro puntos cardinales, aunque es como siempre la que da al sur la más grande y hermosa. En ella se ven los arcos sujetos por limpios capiteles de hojas de acanto, y la puerta maciza y robusta con sus arcos semicirculares. Un espacio que merece, por sí solo, un viaje. Un lugar que luego deja la memoria plagada de recuerdos.

Hacia Imón y sus salinas

Saliendo de nuevo a la carretera principal por la que hacemos el viaje (Sigüenza a Atienza) solo hace falta cruzarla para subir, zigzagueando la carretera entre una vegetación esplendorosa, hasta Ures y después Pozancos. Aquí se encuentra otras de las estupendas iglesias románicas de la provincia, con una portada cuajada de temas interesantes (capiteles, columnas, arcos, modillones, metopas y ese etcétera de magia que todo edificio románico ofrece, en este caso añadido de un ábside característico del estilo y un interior en el que queda el espacio gótico de la capilla del que fuera señor del lugar, don Martín Fernández, canónigo de la catedral segontina.

Vueltos a la carretera eje de nuestro paseo, llegaremos después a un cruce que nos permite ir en directo al norte, hasta que enseguida llegamos, pasada La Barbolla, a Riba de Santiuste, un lugar que señorea el valle estrecho del río Salado, y que tiene en lo alto de su arrugado y monstruoso monte uno de los más espectaculares castillos de la provincia. Este de la Riba de Santiuste fue propiedad, tras de haber servido de control para el paso de tropas entre la meseta de Castilla Vieja y la inferior de Castilla la Nueva, de los obispos seguntinos, y en él se centra la historia del canónigo López de Madrid, que en tiempos del Cardenal Mendoza se hizo dueño de la fortaleza y durante años la dominó y se enfrentó al poder del gran arzobispo toledano, señor también y obispo de Sigüenza. En este castillo, que ya en el siglo XIX andaba muy destrozado y los franceses aún se lo cargaron más, han ocurrido todo tipo de cosas. Algunas, recientes, llenan su historia con negros tintes, porque tras ser adquirido hace 25 años por un grupo dedicado a las Ciencias Ocultas que al parecer hacían entrenamiento de tiro en su interior, y celebraban extrañas ceremonias en sus salas restauradas y decoradas de cartón piedra, fue devastado por un incendio provocado por unos vagabundos hace un par de años, dejándolo otra vez todo en pura ruina. Un destino que parece perseguir a este castillo espléndido y violento.

Bajando el valle, desde el cruce que cogimos para subir aquí, nos orientamos hacia el norte y alcanzamos ya enseguida, oteando también, aunque en parte más ancha, el valle del Salado, a la localidad de Imón, en cuyas afueras, junto al puente del río, existen las antiquísimas salinas de su nombre. Fueron estas salinas propiedad de los reyes de Castilla, y luego por donación del Cabildo de Sigüenza. Dice la tradición que con el dinero que de ellas sacaban se pudo construir la catedral seguntina. Pura fábula. El caso es que el control de las salinas de interior fue siempre crucial para el poder económico: los reyes, que las denominaban “salinas de Atienza “a estas, vendían muy cara la sal, porque era el elemento primordial para poder conservar la carne y el pescado durante largas temporadas.

En la época de los Borbones y la Ilustración, otra vez en poder de la monarquía, Carlos III mandó rehacerlas, modernizarlas, y elevar junto a ellas unos edificios nobles muy capaces para almacenar la sal recogida, tratarla, etc. Hoy, de propiedad particular, están tratando de ser restauradas para mantener no sólo su aspecto antiguo, sino incluso su producción multisecular, su mecanismo primitivo de secar en grandes superficies el agua retenida del río Salado, que al evaporarse deja depositada la blanda capa de la sal.

El pueblo tiene poco más que ver: en lo alto su iglesia del siglo XVII majestuosa, grande y bella. Las casonas de piedra arenisca roja, y sobre el conjunto un alto cerro que guarda, lo mismo que el enclave de Santamera, muy próximo, aguas abajo del río, unos enclaves arqueológicos de subido interés. Los aficionados a la búsqueda y contemplación (y sobre todo imaginación) de las habitaciones del hombre primitivo, tendrán motivo para el entretenimiento y el goce paseándose por estas alturas pedregosas.

Y después seguir la carretera para, tras atravesar un puente sobre el arroyo que baja desde Cantaperdices, y pasar junto a Cercadillo, se llega a Atienza, ahora por carretera mejorada, con la típica vista majestuosa y que, a mí por lo menos, siempre me gustaría ver por primera vez. La veremos por enésima, y en su castillo, sus iglesias románicas y ahora en sus museos de arte y paleontología, disfrutar de tantas bellezas que así, en una breve jornada, por la tierra de Guadalajara se nos ofrecen.

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