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mayo 17th, 1996:

Libros y escritores alegran la Concordia de Guadalajara

 

Otra vez, hoy viernes, vuelve a florecer la primavera del libro en nuestra Mariblanca. ¿Alguien la llama así todavía? Nos veremos allí, aunque seamos pocos. Diremos nuestra palabra, estrecharemos nuestras manos, en torno a esa rara muestra de la inteligencia, a ese boato mínimo del gusto. El libro, la pieza imprescindible por donde pasa la cultura, por la que ojos se extasían y el tacto se hace mayúsculo. Me siento orgulloso de pertenecer a ese mundo del libro, de fabricar algunos, de promover su uso y su disfrute. Y no pararé, mientras viva, de alentar a todos a que lean, a que tengan libros, a que los miren y los palpen, los hagan sus amigos.

La tradición de la Feria del Libro en Guadalajara es todavía mínima. Es más antigua la del ganado (y ya no lo hay) o la de los toros corriendo por la «Carrera», que ahora lo es de astados y antes, muchos siglos hace, lo fue de caballos y caballeros. Pero nunca es tarde para empezar una dicha. Y esta es la hora del libro. En la Mariblanca se concentrarán estos días del fin de semana, tres breves tardes, los libreros, los escritores, algún editor que otro, y al fin los lectores (que en el nuevo idioma de la administración serán «usuarios de libros») a mirar y oler, a palpar y leer, a charlar con gentes que conocen, o les suenan, o simplemente a encontrarse.

Será una propuesta hecha desde diversos ángulos (Ayuntamiento, Gremio de Libreros) que viene a entregar a todos su mensaje: y es que leer no es malo, que los libros no son enemigos, que el saber no ocupa lugar y que sólo adentrándonos en los caminos del conocimiento podremos llegar a ser (o a intentarlo) sabios, bondadosos y perfectos.

Guadalajara, puerta del libro

Aunque en Guadalajara se imprimieron libros desde los primeros instantes de la aplicación del «invento-Gutenberg», la constancia fidedigna, y concreta (tanto que aparece una imagen de su portada junto a estas líneas) de haber sido impreso un libro en nuestra ciudad es de 1564, cuando el propio duque del Infantado, el cuarto de la lista, don Iñigo López de Mendoza, mandó venir de Alcalá a dos famosos impresores, técnicos reputados en sus días como perfectos conocedores de los tórculos, para que en las salas bajas de su palacio montaran el sistema necesario de prensas, tipos y papelería con que poder dar vida a su creación literaria, la única hoy por hoy conocida: el «Memorial de Cosas Notables», un polimorfo sucederse de anécdotas clásicas, paralelas vidas y decires de sabios antiguos. Pedro de Robles y Francisco de Cormellas dedicaron su esfuerzo y su paciencia a dar vida a este que podemos decir es el primer libro impreso en nuestra ciudad, allá por las mediadas calendas del siglo XVI. ¿Y el último? Ni me atrevo a escribir su título, porque estoy seguro que cuando estas líneas aparezcan en «Nueva Alcarria» ya habrá otro más nuevo entre las manos de los lectores alcarreños. A tal velocidad se escribe hoy, se publica y se comenta lo que sale, que no pasa una semana sin que contemos los lectores alcarreños con alguna publicación novedosa que trate de Guadalajara, que esté firmada por algún autor alcarreño, o que simplemente aquí haya sido editada ó impresa.

Hace algún tiempo, eché las cuentas de lo que se publica en Guadalajara, comparando número de libros aquí surgidos con población total de la provincia. Y nos colocábamos a la cabeza de todas las demarcaciones españolas. Con tiradas reducidas, no mucho menores que en otras partes, pero con abundancia de temas, con variedad alentadora de propuestas: surgen los libros de historia (porque Guadalajara la tiene tanta, tan interesante y densa); de arte, recogiendo siluetas de su patrimonio abundante; de poesía, en efusión generosa de sus poetas y poetisas, que tan bien se afanan en entregarnos sus ideas y sus palabras bien medidas; de teatro incluso, con la recogida de textos de autores antiguos y de ganadores modernos en los concursos municipales. Cualquier alcarreño que se lo proponga tiene decenas de ofertas en las que encontrar la huella de su tierra, de sus antecesores, o de sus contemporáneos amigos, en libros de variado pelaje y vestimenta. Todo es proponerse encontrarlos, y recibir el favor de su compañía.

Escritores de raza alcarreña

Esta hazaña, digna de figurar en los anales de nuestra historia íntima (de nuestra «intrahistoria» como diría Unamuno) no ha sido un rayo que haya caído del cielo, ni surgido como del encanto de un hechicero. Ese milagro se ha hecho gracias a la tenacidad de muchos: de sus escritores (que los hay, y muy buenos). De los editores (menos son, pero con más moral que el Alcoyano). Y de los libreros, que tienen también más bemoles que una sinfonía de Beethoven (tratar de vivir y mantener una familia, vendiendo ¡libros!…)

Los escritores que en Guadalajara tienen su asiento conforman, yo diría, una raza especial, un grupo de gentes nobles, serias y responsables, que dedican su tiempo libre a la unión de palabras, a la ligazón de ideas y al duro esfuerzo de calentar el alambique de la literatura. Si hubiera que dar nombres, y para no molestar a los vivos solamente recordar a los muertos, se nos iría la mano a escribir los nombres de José María Alonso Gamo, de Ramón de Garciasol, de Francisco Layna Serrano o de José Antonio Ochaíta. Por escribir sólo los que la mano no aguanta callar. Porque haberlos, haylos, y muchos. Repase cualquiera que tenga tiempo, y ganas, las composiciones de estos autores comentados. Lea sus poemas, regocíjese en sus neologismos, sumérjase en sus historias. Y verá qué filón de literatura, qué riqueza de ideas y de informaciones aportan. Desde el propio cuarto duque del Infantado, al que mencionaba líneas más arriba hablando de libros, hasta sus contemporáneos  Gálvez de Montalvo y Medina de Mendoza, también en el siglo XVI, pasando por Fray José de Sigüenza, León Merchante, Villaviciosa o Herrera Petere, en un encadenamiento de siglos y de ideas que forjan toda una noria de magnetismos.

Entre los vivos, para alegría de todos, quedan figuras de relieve estelar. Guadalajara cuenta hoy con nombres que son gloria de la literatura española. Unos por consagrados, porque han visto discurrir toda una vida de trabajo y consecuciones. Otros porque están haciendo, ahora mismo, esa tarea paciente y segura de la «obra completa» a cada instante. Y así no es posible olvidar a Antonio Buero Vallejo, el gran dramaturgo que sigue teniendo la clara mente y el corazón firme en ideas y planteamientos. Ni a José Antonio Suárez de Puga, poeta de la cabeza a los pies, que ni una sola palabra dice en vano, cuando escribe. Ni a Alfredo Villaverde, que guarda en su cajita secreta, en su venero de risas toda la fuerza de un literato ejemplar. Ni a Ramón Hernández, novelista que alcanza a hundir su mirada en la entraña más cierta de sus personajes, muchos de ellos también vivos todavía. Todos ellos, más el Pedro Lahorascala de la poesía, el Antonio del Rey de la crítica literaria, y el nuevo académico de las Bellas Artes que es Tomás Nieto Taberné con sus estudios de formas y equilibrios, completan un retablo que es de catedral. Todo un lujo del que me alegro, y al que saludo, en estas jornadas en las que Guadalajara se vuelca a celebrar el libro, y oficia un primaveral aquelarre de páginas y plumas.