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En Montefrío con el Doncel de Sigüenza

 

Por estos altos de la Alcarria, de la sierra del Ducado, y de los páramos molineses, todos los montes son fríos, todas las umbrías son heladoras, y sólo la luminosidad de las vaguadas abiertas al sol de mediodía confieren algo de alegría a la parda tierra aterida en el invierno o en estos primeros apuntes de la primavera. Hay un lugar, sin embargo, que tiene por nombre propio el de Montefrío, y aunque de lo primero tiene segura raíz por lo empinado de su ubicación, de lo segundo más bien poco, porque se encuentra en el Poniente Granadino, una comarca del sur de Andalucía que, entre cerros y altas serranías encuentra abrigo en sus campos para el olivar grande y nutrido. En Montefrío hemos estado no hace mucho, invitados por las autoridades turísticas de la comarca, que quieren a toda costa dar a conocer ese rincón tan lejano, pero tan interesante y atractivo del occidente de la provincia de Granada.

El Poniente Granadino lo capitanea Loja, con su vieja historia de moros y cristianos en perenne lucha, su empinada y bellísima orografía urbana en la que el Genil, como un alfanje de oro, parte en dos a la ciudad, dejando a un lado el enriscado castillo-alcazaba y al otro los barrios de cantaores y bailarinas, eje del folclore andaluz y flamenco más puro y emocionante.

Para un alcarreño, que siempre busca, incluso en los lugares más peregrinos y apartados del planeta, una referencia a su tierra (y siempre la encuentra, porque el alcarreño ha sido un pueblo universal, andariego y sembrador de cosas, de gentes y de sentimientos) en el Poniente Granadino la encuentra con facilidad suma. Hace unas semanas recordaba con emoción la presencia de todos los grandes Mendoza en la conquista, en la defensa y el engrandecimiento de la Alhama granadina, uno de los más espectaculares bastiones del Poniente Granadino. Pues bien, hoy nos vamos al norte de esta región, y llegamos (tras subir y bajar cerros, puertos y portillas) a Montefrío, un espectacular pueblo andaluz (todas las casas blancas, todo el mundo en la calle, toda la alegría en los labios). De todas las fuerzas vivas que nos esperan, (y está el alcalde, y el Concejal de Turismo, y el párroco, y algunos otros que miran) la más viva sin duda es Lawrence Bohme, un inglés que llegó por aquí, mirando, hace 15 años, y al dar cuatro pasos por Montefrío, subir al enriscado templo, y contemplar desde el hueco de las campanas los cerros llenos de olivares, las luces blancas del amanecer y la bullanga de las cuevas gitanas, se dijo: «-Este es el lugar donde viviré siempre»- Aquí se quedó, y aquí goza enseñándoselo a cuantos llegan. Incluso en su casita minúscula del barrio de Faraón, las noches largas del invierno se dedica a dibujar estampas del Montefrío que a él le late. Junto a estas líneas hay una vista de esas que Bohme hace a latidos, y la titula «tierra de aceituna, arte y amistad».

Donde fue el castillo

Después de pasear el pueblo, empinado y de estrechas callejas, subimos a lo alto de la roca que preside el paisaje y bajo la que se arracima el caserío. Aquí estuvo el castillo, y en su altura anduvo bravío y gentil don Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, que junto a su padre y otros muchos caballeros seguntinos y arriacenses formando en el ejército del segundo duque del Infantado, conquistaron este enclave a los árabes el 25 de junio de 1486. Cuando Bohme, casi escenificando la estampa de la conquista, -«aquí los árabes con sus culebrinas, sus gritos de dolor, y su amor a la tierra de sus mayores, defendían el castillo casi inexpugnable, y allí abajo los cristianos: el Rey Fernando llevaba una espada de muchos kilos, que donde la dejaba caer, producía una brecha, aunque fuera la piedra. Venían con él los mejores caballeros de Castilla: por esta puerta entraron, mataron a los moros, se hicieron dueños de esta roca, y donde estuvo el castillo (hoy sólo se ven algunos muros y el gran aljibe) levantaron esta iglesia, tan alta está, que la dedicaron al Arcángel Gabriel…».

No sabía Bohme que entre aquellos caballeros había uno joven, delicado de silueta y facciones, melena larga, bonete de cuero y espada enorme al cinto. Sin esfuerzo escaló la cuesta, trepó el cantil y se alzó al borde de la muralla. Con su espada segó alguna que otra cabeza morena (él, tan rubio y tan pálido…) y allí junto a su padre y todos sus amigos que venían de una ciudad norteña, lejana, fría y escueta, de Guadalajara que hasta cuatro siglos antes tuvieron también los moros, cantaron por la victoria. ¡Qué ajeno estaba aquel joven llamado Martín Vázquez de Arce de quedarle solamente tres semanas de vida! Un miércoles de julio de 1486, ya en la vega de Granada, corriendo sus campos, destruyendo las cosechas del enemigo, batallando en una guerra especial dirigida por Fernando de Aragón, por Iñigo López de Mendoza, por Pedro González, por la propia reina Isabel, en un descuido, moriría a manos de los nazaritas. El, tan ágil, tan esbelto, tan leve de silueta y tan fuerte en sus brazos, no pudo removerse del barro y el agua que le llegaron al pecho cuando los moros abrieron las compuertas del riego. Los islamitas llegaron ágiles de sábanas y sedas, medio desnudos sobre sus caballos desjaezados, y le dieron con el cuchillo por el cuello y las axilas. Murió y «en la hora recogió su cuerpo su padre, y lo enterró en algún lugar que él sabía, y lo trajo luego, seis años después, a esta capilla de la catedral de Sigüenza…» donde ahora están todos reunidos: el Doncel Martín, que tenía 25 años cuando murió, y su padre el comendador santiaguista, y su hermano Fernando, obispo de Canarias, y todas sus tías, su madre Catalina de Sosa, sus hermanas… tanta gente de los Arce, tanta gente que paseó su ilusión máxima (la vida entera, la que se da en un grito de alegría, de pasión guerrera o amorosa) por las tierras del Poniente Granadino, por esta bastión blanco y luminoso de Montefrío donde he estado hace unos días.

Un lugar para ver y volver

Montefrío está en el Poniente Granadino, en la parte norte de la provincia de Granada, cerca ya de la de Jaén, rodeado de altas lomas cuajadas de olivares. Enormes montañas nevadas le rodean y abrigan. Montefrío ha recogido en su suelo las huellas de diferentes culturas y civilizaciones. Los antiguos historiadores árabes se extienden largamente en elogios ante Montefrío. Ibn al-Jatib, al describir las diferentes zonas del hermoso reino Nazarí de Granada, dice de Illora y Montefrío que «…entre ambos eran una mina de excelente trigo, caza y sitio de ganados». Sirvió de corte al rey nazarí Ismail III, coronado por los Abencerrajes en el lugar conocido como «las Angosturas», y aquí se quedaron todos durante siete años, temerosos de volver a la corte granadina, en la que reinaba Muhammad X. Era la mitad del siglo XV. Luego ya se sabe. En 1486 las tropas del Rey Fernando la ocupan definitivamente, poniendo la sierra y la vega en manos cristianas, de forma que el cerco en torno a Granada, la perla del Islám, se hacía cada vez más cerrado.

Un lugar de ensueño (distancia y maravilla suelen ir en relación muy directa) para quien, desde Guadalajara, quiera hacer una excursión diferente: una apuesta por la belleza del paisaje, por el embrujo de la Andalucía profunda, y por la evocación firme de nuestras gentes más emblemáticas. La sombra del Doncel saldrá a cada paso (a mí me ocurrió) por Montefrío.

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