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La Real Fábrica de Paños de Brihuega, a la espera de su recuperación

 

Acaba de aparecer un libro, editado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, que es verdaderamente modélico y atrayente. Se titulada «Arquitectura para la industria en Castilla-La Mancha». En casi 400 páginas, y acompañado de varios centenares de fotografías en color, más planos, los autores de esta obra dan un repaso completo, meticuloso, a un tema que hasta ahora no había sido tocado por investigadores ni estudiosos: los elementos (la mayoría de ellos arruinados o abandonados) que dieron vida en siglos pasados a las industrias sencillas que conformaron la realidad más avanzada de nuestro entorno. Ahí están las viejas fábricas de harina, las estaciones de tren, las minas de Almadén, los talleres de cerámica, las almazaras y los telares, las fundiciones y herrerías y un largo etcétera de casas, cosas y recuerdos que, sin embargo, dan trama a lo que para muchos ya sólo era un recuerdo, una nostalgia.

Cuatro autores principales tiene esta obra, magníficamente editada por la Consejería de Cultura de la Junta de Comunidades: Rafael Díaz Díaz, Francisco García Martín, Diego Peris Sánchez y Rafael Villar Moyo. Con la colaboración de otros especialistas y las cámaras agudas y atinadas de Antonio Garrido, Rafael Villar y Alberto Caballero, de quienes son las fotografías.

Un placer, un gozo nuevo el que ofrecen las páginas de este libro, que devuelve la apetencia por tener entre las manos ese viejo invento, insustituible digan lo que digan los panegiristas de la electrónica, a la hora de aprender y gozar de las imágenes.

La Real Fábrica de Paños de Brihuega

Uno de los capítulos más amplios de esta obra (no podía ser de otra manera) es el dedicado a la vieja Fábrica de Paños de Brihuega. Lo firma el arquitecto Peris Sánchez, y en él hace un estudio escueto pero perfecto de este monumento industrial. Hoy a medio arruinar, esperando que algún día alguien se decida a recuperarlo de forma total (restauración arquitectónica y puesta en uso público) para que la vieja fábrica que antaño fue de paños y hoy lo es de sueños, se levante como una realidad gozosa.

Desde el siglo XIII existe en Brihuega la tradición artesanal de la fabricación de paños. Todavía en el siglo XVIII las activida­des industriales tenían un carácter plenamente artesanal. De ahí que la política de los Borbones y en especial de Carlos III se carac­terizara por recuperarse del retraso tecnológico de tantos siglos.

En 1750, Don Juan de Brihuega y Río, teniente corregidor del Ayuntamiento, y gerente de los bienes eclesiásticos y del señorío arzobispal de Toledo en Brihuega, solicitó la apertura de algún batán en Brihuega relacio­nado con la fábrica de paños de Guadalajara. El superintendente de esta fábrica arriacense, Don Ventura de Argumosa, contes­tó afirmativamente, por lo que enseguida el Rey sancionó esta idea, fundado en octubre de ese año el Rey Fernando VI la Real Fábrica de Paños de Brihuega.

En 1752 se construyó el gran edificio de la ro­tonda, justo en el lugar que ocupaba la ermita de Santa Lucía, dentro del re­cinto amurallado, dirigiendo las obras el arquitecto Don Manuel Villegas con modificaciones poste­riores de Ventura Padierne. Junto al río Tajuña se construyó entonces un batán para el lavado de las lanas. Manuel Martín Rodríguez, sobrino de Ventura Rodríguez, fue el inspector de la construcción de la fábrica.

El edificio, todavía en pie, aunque muy maltratado por los tiempos, presenta planta de una figura geométrica cerrada, circular, entendiéndose desde un principio como proyecto de una nueva y auténtica ciudad. Su planta circular, como si fuera un gran anillo, tiene un doble objetivo: la presen­tación de una forma simbólica acabada que surge fuera de la trama urbana y se abre hacia el interior, e incluso el concepto de un edificio como estructura urbana en sí misma enfrentada al resto de la ciudad.

La primera etapa de la fábrica puede considerarse que va desde su fundación hasta 1757, estando bajo la dirección de Don Ven­tura de Argumosa. Disponía de 33 telares corrientes y en ella trabajaban unas cien personas entre «oficiales, aprendices, canileros, hilanderas y personal directivo, siendo la producción de unas 990 varas anuales, valoradas en algo más de 60.000 reales, cifra muy inferior a la que suponían los gastos originados», según nos refiere Ignacio González Tascón.

Esta mala evolución económica hace que se arriende al Gremio de pañeros que, a pesar de sus esfuerzos, no logran recuperar la rentabilidad de la ins­talación. Sin embargo, se comienza una actividad muy intensa que llegará desde 1767 hasta la invasión fran­cesa en 1808. La fábrica se indepen­diza de la de Guadalajara. Don Ventura de Argumosa pide, en septiembre de 1772, que se destine el castillo de los obispos para uso y ampliación de la Real Fábrica, pero finalmente se optó por ampliar el edificio primitivo con dos nuevos pabellones…  En 1784 el Rey deci­de unificar las tres fábricas pañeras del reino de Toledo en dos, haciendo en Guadalajara lo super­fino y en Brihuega lo «fino» solamente. El gremio de Pañeros quiso hacer­se con la propiedad definitiva de la fábrica, al igual que lo intentarán la Compañía de Ganaderos de Soria, pero el Rey no autorizó su arrendamiento ni venta.

Tras la subida al trono de Car­los IV y el problema bélico de la invasión francesa, la Fábri­ca de Brihuega fue objeto de numerosos expolios tanto por las tropas invasoras como por los guerrilleros del Empecinado. Ello conllevó el que los obre­ros pasasen largas temporadas sin cobrar sus sueldos, y un malestar general social en la villa.

Tras la Guerra de la Independencia, una Orden Real de 15 de Mayo de 1824 otorga el arrendamiento por 40 años al marqués de Croy, aunque nunca llega  a hacerse efectivo, por lo que unos años después el Ayuntamiento de Brihuega solicita se haga una subasta de las fábricas por el estado ruinoso en que se encuen­tran. En 1835 la Fábrica de Paños de Brihuega cerraba sus puertas definitivamente, después de 85 años de intensa vida. En 1840 compró sus locales Justo Hernández Pareja, quien la puso de nue­vo en funcionamiento y creó, en los antiguos terrenos dedicados a secaderos, los famosos jardines románticos que hoy le añaden fama.

La industria pañera de Brihuega, sin embargo, continuó activa. Puede incluso decirse que en esta villa resurgió, a partir de mediado el siglo XIX, la industria privada con la fa­bricación de pañolería y mantones de paño. En la Ribera de Fuencaliente los Hernández construye­ron un edificio destinado a fábrica de hilados, con las más avanzadas técnicas de la época. En la vieja Fábrica de los Borbones, Hernández consiguió dar fama a los paños que elaboraba, por su complicada construcción y buen tinte, azul tinta, así como a las lanas trashumantes que, debido a su cuidado y especiales condiciones con que cuidó las reses, consiguió verlas premiadas en certámenes extranje­ros. Después de la Guerra Civil española, la industria textil briocense desaparece totalmente.

En cuanto al edificio de la Fábrica de Paños, podemos decir que está formada por un conjunto de edifi­caciones de grandes dimensiones. En este conjunto destacan la Fá­brica propiamente dicha, el cuerpo Este de Talleres, el cuerpo Oeste de Tintes, el Zaguán, la Capilla, la Casa Grande, la Casa de la Dirección y la Casa Nueva. Todo ello configura en planta un espacio construido de unos 250 metros de longitud y unos 80 de ancho. Toda una estructura urbana, organizada como ciudad alternativa a la existente, y puesta junto a ella, dominándola.

El edificio central es de forma circular, y tiene en su eje central de acceso dos naves rectangulares de unos 60 metros de longitud y 8 metros de anchura donde se estaban los talle­res y los tintes. Estas dos naves se separan por un patio central de diez metros de ancho que marca el eje de entrada a la fábrica. La fábrica o «rotonda» es un edificio de planta circular con un gran patio circular también en su interior. Este gran anillo tiene 56 metros de diá­metro exterior y 26 de interior. Estruc­turalmente el edificio se construye con dos grandes muros de carga en sus líneas de fachada interior y exterior y una línea intermedia que soporta los forjados horizontales realizados con vigas de madera. Su altura es de unos 9 metros desde el suelo a la línea de cornisa, y en su planta superior la fachada ofrece un ritmo uniforme de huecos alternando con decoraciones simuladas. Los jardines situados en su entorno tienen unas dimen­siones similares, en planta, a las del propio edificio definiendo así un es­pacio urbano equilibrado y un entor­no visual acentuado por la simetría y la proporcionalidad. En cualquier caso, un edificio de extraordinaria importancia en la historia de la arquitectura española, para el que ahora pido, no solamente el gozo de una visita a cada uno de mis lectores, sino la atención que merece por parte de quienes tienen la capacidad de decidir sobre su futuro y recuperación, que tanto merece.

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