Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

diciembre 23rd, 1994:

Castillos olvidados entre el cielo y la tierra

 

¿Alguien oyó hablar laguna vez del castillo de Inesque, del pueblo abandonado de Chilluentes, o de la  fortaleza del río Mesa juntó a Villel? Salvo los escasos entendidos que pasan y repasan la alfombra provincial andando y mirando, como ante un retablo en el que, excepto oro, marfil y diamantes, hay de todo, el común de los mortales no se ha planteado nunca, no ya ir á estos sitios, sino la existencia simple, de los mismos. Ellos se lo pierden. Porque las sorpresas que nuestra tierra depara a quien quiere mirarla entera, siempre con ojos nuevos, son inacabables. Por ejemplo, algunos castillos que, como los referidos, yacen olvidados de todos. Esta de hoy es una simple lista de algunos de ellos. Bastan las ganas para llegar a ellos, escalar las colinas sobre las que recuestan, llevar una máquina de fotos, y ya se tienen los elementos suficientes para recargar las pilas de toda una, semana.

Por Molina quedan castillos de docenas, a cientos

No hablaré hoy de las fortalezas de Molina, de Sigüenza, de Zafra ó Pelegrina, ya conocidas de todos. Daré algunas pinceladas de esas otras mínimas, derruidas al máximo, pero perfectamente localizables, altas en su pobreza y olvido, majestuosas en cuanto que encierran una larga historia de siglos a su espalda.

Por el Señorío de Molina existen varias. La condición de fronterizo que tuvo aquel enclave supuso la erección de muchas torres vigías, cuando no auténticos castillos en la marca con Aragón. Hoy quedan suculentos retazos del gran torreón de Balbacil, fabricado en fuerte mampostería, y con tres pisos de altura, que vigila la entrada de un vallejo hacia el foso del Mesa. Cerca, el pueblo de Codes es en si mismo un castillo, con la iglesia levantada en lo más alto, sobre los viejos muros de algún castro de origen ibero. También por el señorío podemos llegar a Tartanedo, y desde allí, por caminos de la sexma del Campo, llegar hasta el despoblado de Chilluentes, cerca de Concha, donde se alza además de la iglesia  románica ya expoliada, un resto soberbio de torreón, en el que también tres pisos se adivinan, con mampuesto y sillarejo de vieja condición.

Si bajarnos por fin al valle del Mesa, un afluente del Jiloca en el que las amuralladas paredes forman un estrecho pasadizo, nos sorprenderán los castillos de Mochales (casi totalmente derruido) y de Villel, de fiero aspecto sobre la roca que domina el pueblo. Un poco más abajo de este pueblo, camino ya de Algar, a la derecha se ven las roquedas enhiestas que un día sustentaron el castillo del Mesa, propiedad también de la familia Funes, y que los Reyes Católicos mandaron derruir para evitar que pudiera servir a los fines levantiscos de esta nobleza rayana y siempre beligerante. Sobre los enormes riscos que presiden las juntas de los río Gallo y Tajo, en el paraje que denominan «puente de San Pedro», se alza lo que llaman el castillo de Alpetea, en el que se sitúa la leyenda del moro Montesinos, y en el que, una vez que se sube trepando desde el camino que partiendo desde el susodicho puente lleva hasta Villar de Cobeta, se comprueba que nada más que rocas quedan, y recuerdos de trincheras de la última Guerra Civil.

En Término de Tierzo se encuentra el caserío de la Vega de Arias, que preside una amplia praderas y pastizales a orilla del río Bullones, en un paisaje casi idílico y siempre verde. Dice la tradición que por aquí atravesó el Cid en su camino de Burgos a Valencia. Lo cierto es que este enclave perteneció, desde la repoblación del Señorío molinés, a diversas casa de la nobleza del territorio, entre ellas a los mayorazgos de Salinas y luego a los de Castejón  de Andrade. Desde el siglo XVIII pertenece a los Aráuz de Robles. Destaca en Arias su edificio central, obra del siglo XIII, de planta rectangular con fachada en la que luce portón apuntado, adovelado, y con gastado escudo de piedra, varios ventanales estrechos y simétricos, y una serie de salones internos distribuidos en dos, pisos, a los que se accede desde un portal con pozo. Ante el edificio se abre un ancho «patio de armas» cerrado por alto murallón almenado al que se entra por apuntado arco de sillería que se protege por elegante matacán. Es un conjunto interesantísimo de arquitectura civil medieval, conocido de muy pocos, pero que llegó a ser calificado como Monumento histórico‑artístico.

Ocentejo en el río Tajo

Al castillo de Ocentejo, el cronista Layna Serrano le califica de «liliputiense» en su libro sobre los castillos de Guadalajara. Y no está mal buscado el apodo, porqué sólo es un esbozo de fortaleza, casi como para juguete queda, como una pequeña propaganda de guerra medieval devaluada. Durante la Edad Media debió ser ocupado de moros, y tras la reconquista de la zona, cuando toda la serranía conquense fue definitivamente recobrada por Alfonso VIII, este lugar quedó incluido en el Común de Villa y Tierra de Medinaceli, que por estos lugares llegaba hasta el Tajo. Posteriormente, en el siglo XIV, fue entregado este enclave a la familia conquense de los Carrillo de Albornoz en la cual permaneció largos siglos. Ocentejo tuvo, desde entonces, el título de Villa. Aquí estuvo refugiada, una temporada, durante la Guerra de la Independencia, la Junta Provincial de Guadalajara, y los franceses que castigaban duramente la zona, en la que actuaba el Empecinado, volaron el puente y éste aprendiz de castillejo. El monumento en cuestión asienta en una pequeña, aguda y altiva roca que preside el pueblo. Levantado quizás en antigüedad remota, fue fortificado por sus señores, los Carrillo de Albornoz, y construido de fuerte argamasa y sillarejo, no pasando nunca de simple torreón de vigilancia. De las escasas ruinas que hoy quedan se llevará el viajero sin duda., un grato recuerdo. Al menos, no perderá el día, contemplando otros fabulosos paisajes por el Alto Tajo circundante.

El Cuadrón de Auñón

No hace todavía ni tres meses, que en estas mismas páginas di noticia primera de un castillo perdido y hallado en pleno corazón de la Alcarria. La Torre del Cuadrón es como se llama según las crónicas históricas, y «torre de Santa Ana» el nombre que recibe de las gentes del término. Aunque a falta de media torre, por lo que queda, se adivina una construcción fortísima, todo un castillo construido en el siglo XIV con tres plantas, un escudo del reino de Castilla en su muro inferior, letreros ininteligibles por los dinteles, y una amplia cerca que limitaba el espacio del castillo que sería construido probablemente por la Orden de Calatrava para defenderse de los ataques al término del disidente «Carne de Cabra». En cualquier caso, otro pequeño y singular estímulo para el viaje añorante. Como el que puede hacerse hasta el término  de Angón, aunque yendo en coche hasta Pálmaces de Jadraque para, desde allí, y a costa de caminar media mañana en dirección oriental, llegar al valle recóndito donde, sobre empinado otero, se alzan las valientes ruinas, del castillo de Inesque, que perteneció en la Edad Media al Común de Atienza, y que sirvió de atalaya vigilante sobre un breve valle que abocaba al no Cañamares. Quedan restos de la torre y del estrecha cuerpo de la fortaleza.

Algo menos es lo que en Baides puede contemplarse, subiendo hasta la punta del cerro que domina por el sur a la villa, de su antiguo castillo. Era de planta cuadrangular, alargada, y solo sirvió como atalaya vigilante estrecho paso que el Henares hace por el pueblo, transitado clásicamente, lo mismo que, por carretera y ferrocarril.

¿Hay quien de más, en un sólo día de descubrimientos? Pues sí: prueben a pararse, cuando vayan por la Autovía de Aragón, en Trijueque, poco después de haber pasado ante la silueta elegante y señorial de Torija. Y prueben en Trijueque a seguir el perímetro de sus antiguas murallas. Porque se llevarán la sorpresa de encontrar, aquí y allí, restos impecables, apuntes de puertas, nobles torreones reutilizados o en ruinas, etc. Todo un castillo (en el que los Mendoza tuvieron custodiada, que no prisionera, a Juana la Beltraneja) para admirar con lupa.

Y no sigo, porque se acaba el espacio. Pero el camino está abierto y tú, caminante, debes prepararte para recorrerlo.