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Subimos al románico de Cereceda

 

La tarde de primavera da todavía para un viaje sorpresivo, un viaje que no estaba en el programa: da para una subida hasta la altura de Cereceda, pueblecito alcarreño colgado entre huertos y arboledas de las empinadas laderas que abrigan el valle del arroyo de La Puerta. Las antaño espesas olmedas han quedado hoy un tanto diezmadas por la grafiosis. Y el sol parece pintar más fuerte las terreras. El caserío, tras las curvas pronunciadas, aparece tierno y poco a poco restaurado. Vivo, sin duda, este pueblo que hace poco sólo prometía ruina y abandono.

Los viajeros vienen a ver la iglesia, que dicen es románica. Buscan identificar su tierra en las muestras pétreas de una herencia medieval. Buscan, quizás, encontrarse a sí mismos, escritos sus nombres en esas mismas piedras eternas. Buscan (vaya utopía) hacerse ellos eternos, como las arboledas que también creían serlo, o los muros tallados que un siglo futuro serán polvo.

Viendo la iglesia

La iglesia parroquial de Cereceda está situada en el centro mismo del pueblo, cerrando con sus flancos de poniente y mediodía una buena parte de la plaza mayor del lugar, remoto y alto entre las barrancadas que de la Alcarria bajan hacia el profundo valle del arroyo de La Solana.

Es un ejemplar de arquitectura románica, cuya construcción podemos remontar, como el general de estas edificaciones en esta tierra, en la segunda mitad del siglo XII o incluso la primera del XIII. Trátase le un edificio que posee una sola nave, con un presbiterio recto y sobreelevado por un par de escalones sobre la nave, sumado de un ábside semicircular. La cubierta es a dos aguas, y el presbiterio se cierra con una bóveda de cañón, algo apuntada, mientras el ábside lo hace al modo clásico con otra bóveda de cuarto de esfera, ambas en bien tallada piedra de sillería. Sobre pilastras molduradas asienta el gran arco triunfal que sirve de paso de la nave al presbiterio. Es, en resumen, un bonito templo, fielmente conservado en su interior, que evoca sin dificultad su estructura original. En una capilla interior, muy estrecha, se conserva todavía la gran pila bautismal, de la misma época que el inicio constructivo del templo: su borde está decorado con gruesos bolones de simple traza. Y arriba, sobre el más moderno coro, la triste sombra de un órgano decorado con maderas policromadas al estilo del XVIII, hoy huérfano de músicas y utilidad.

En el exterior destacan varios elementos. Uno es la espadaña, alzada a los pies, con su estructura de remate triangular y arriba del todo la cruz de hierro que parece amenazar a los viajeros con caer sobre ellos y ensartarlos para siempre. Otro es el ábside, de sillarejo, partido en tres tramos por columnillas adosadas que ascienden hasta la comisa, y rematan en capiteles sencillos. En cada uno de esos tres tramos, el ábside se ilumina por sendas ventanas aspilleradas, muy estrechas, que tienen arcos de medio punto sustentados por dos columnas enanas y sus respectivos capiteles.

Todo el circuito del templo ofrece cornisa de piedra apoyada en canecillos. Aquí la variedad de estos elementos es tal que podemos decir no existe otra iglesia en la provincia, a excepción de la catedral seguntina, con tal riqueza de elementos: hay cabezas de animales, rostros humanos, figuras completas, roleos, frutos, vegetales diversos, y formas geométricas, en una riqueza asombrosa. Esa misma cornisa situada en el norte del templo, en la que se ven los restos míni­mos (apenas unos escasos dientes de león sobre un frag­mento de arqui­volta) de una an­tigua puerta.

Pero la aten­ción de los via­jeros se detiene, finalmente, en la portada, el acce­so cobijado a este templo re­moto y abierto.

La portada prin­cipal del templo de Cereceda se am­para bajo un pórtico grande y des­vencijado. Su estructura, elaborada y minuciosa, se incluye dentro de un cuerpo levemente saliente del muro meridional del templo. Se enmarca por dos grandes haces de columnas, que desde el pavimento suben hasta el tejado del pórtico, rematando en simple moldura. La bocina de esta portada se forma por cuatro arqui­voltas de medio punto, sencillamen­te estructuradas con biseles y molduras, excepto la más interna, que ofrece motivos geométricos en zig‑zag. Apoyan sobre una cenefa que corre como imposta sobre la fa­chada, y ésta a su vez sobre un blo­que de capiteles que coronan las pilastras que escoltan el vano. En esos capiteles, sumamente maltrata­dos por las gentes y los siglos, apa­rece uno con figuras de todo punto irreconocibles, y elementos vegeta­les en los que predomina el acanto.

En el interior de la arquería, so­bre el dintel de la entrada, se alza un tímpano decorado, el único que en­contramos en todo el románico de Guadalajara. Le faltan algunas pie­zas y las tallas que en él existen son tan imperfectas, y han sufrido tanto los rigores de la edad, que apenas se pueden identificar los temas que le ocupan. El nivel inferior está cuaja­do de figuras alineadas, muy sim­ples, que nos hacen pensar en un grupo de seres humanos, de almas en espera de juicio. El nivel superior presen­ta dos figuras, de ángeles que en­marcaban a otra figura central, posiblemente más grande, y hoy desapareci­da, que podría ser Cristo en Majestad. Esta­mos sin duda ante, una teofanía, quizás el Juicio Final o una representa­ción escatológica imprecisa que su­pone un verdadero hito, por su excep­cionalidad, dentro del estilo románi­co de la provincia de Guadalajara.

La alegría de Cereceda

Pero en Cereceda no sólo hay que ver la iglesia románica, que como un regalo sobre un pastel aparece aislada y sonriente en el centro del caserío. En este lugar hay que ver la hermosa disposición de su plaza, en la que no falta detalle: las viejas casonas de muros pintados y gran­des balcones; el Ayuntamiento mo­derno y tradicional, soportalado, a un tiempo; la fuente rumorosa y fres­ca; la tertulia en un rincón, reposada y con cartas; el patriótico buzón de correos colgando de un árbol, y mu­chos coches, mucha gente, mucha bullanga que no significa otra cosa que un estar felices sus gentes, que un hallazgo de paz y amistad en tan remota frontera de la Alcarria. No fue en vano el viaje, el destello, has­ta Cereceda. No fue en vano la tarde de primavera recorriendo caminos y alzando las miradas.

              

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