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marzo 4th, 1994:

Un viaje al Señorío: Prados Redondos

 

En un lugar por demás remoto y a trasmano de rutas y destinos, se encuentra Prados Redondos, un pueblo del Señorío molinés donde nadie se arrepentirá de haber llegado.‑ Porque a pesar de su escaso renombre, de no aparecer en las guías, ni en los repertorios de bellezas arquitectónicas o paisajísticas de nuestra provincia, incluso de haber ido cayendo en un olvido que es, a todas luces, inmerecido, no quiere ello decir que Prados Redondos sea un lugar anodino, vacío o sin interés. Ni mucho menos. Prados Redondos tiene tal enjundia en su historia, en sus personajes, en los elementos patrimoniales, que configuran el pueblo, que está perfectamente justificado hacer un viaje en exclusiva para conocerlo y admirarlo. Las palabras que siguen no pretenden Más que pintarlo en, sus perfiles._Pero quien se anime a viajar hasta la paramera molinesa y contemplar la rotundidez de su, iglesia, de sus palacios y fuentes, y a entrar en la médula de sus leyendas y tradiciones, volverá convencido de que no he exagerado. Merecía la pena.

Historia y leyenda de Prados Redondos

Prados Redondos es uno de los pueblos grandes y más señalados de la sesma del Pedregal. Por su término cruza el río Gallo, en sus primeros pasos agrestes, y va creando ricas y densas arboledas, campos amenos de huerta, y regadío, dejando para el cereal y el monte bajo el resto del territorio. Hubo en sus alrededores, cerca de Chera, un importante asentamiento celtibérico. Tras la creación del Común y Señorío de Molina, desde su reconquista en 1129, al amparo del Fuero de D. Manrique se pobló este lugar, que en un principio se dedicó a la ganadería, y de ahí su nombre. Tierra de ganaderos, algunos de sus hijos emigraron con la trashumancia a más fértiles y cálidos terrenos, a Extremadura por ejemplo. Aquí sin embargo quedaron siempre sus casonas y sus nombres, con el favor continuo dedicado al pueblo. En el siglo XIII fue donado este lugar por Di Blanca, quinta señora de Molina, a su caballero Gonzalo Martínez. Después fue durante siglos aldea: del Común molinés.

En sus alrededores

En el término de Prados Redondos podemos visitar tres pequeños enclaves aún poblados. Es uno de ellos el de Chera, a la orilla frondosa y fresca del río Gallo, que por estos parajes atraviesa hermosas gargantas recónditas y prestas para la admiración paisajística. Tiene una sencilla iglesia presidiendo la plaza: está dedicada a Nª Sra. de la Soledad. Tiene una portada moldurada semicircular y en el interior, sencillísimo, podemos contemplar algunos retablos populares y una antigua pila bautismal. En las afueras del lugar, en el barrio que está al otro lado del río, destacan las ruinas impresionantes de la casa‑fuerte del marqués de Santa Coloma, de aspecto guerrero, militar, mostrando en su muro sur, de sillar bien tallado, un portón de arco apuntado rematado, en escudo liso. En su parte posterior se ve el gran patio de armas, con restos de un enorme arco semicircular, de amplia arquivolta.

Es lástima que tan interesante construcción, casi calificable de castillo, se haya dejado perder en el abandono de los años. Cerca de allí está la hermosa finca dé pastizal de la Hoz, que durante siglos perteneció al mayorazgo de los Ayllón Vellosillo. Otro enclave es Aldehuela, un conjunto de casas presidido por los restos de un fuerte torreón vigía que acaso fuera levantado en los orígenes medievales del Señorío. Fue mayorazgo de los de la Cueva. Y aún Pradilla, en las orillas del Gallo, también creada como aldea del Común en el siglo XII, que fue cedida por el rey de Castilla Sancho IV, cuando se hizo con el Señorío molinés, a su caballero principal Vigil de Quiñones. Pasó luego por diversas pertenencias: al arciprestazgo de Molina, al mayorazgo de los Castillo, Alderete y Malo. No posee hoy nada de interés visitable.

Andar y ver Prados Redondos

Para el visitante de Prados Redon­dos existen numerosos puntos de in­terés turístico que se reseñan a conti­nuación. Una necrópolis celtibérica importantísima ha puesto al descubierto una serie de sepulturas, ar­mas, cerámicas, y ajuares de guerreros, de varios siglos antes de nuestra Era. En el caserío destaca la iglesia parroquial de la Asunción, monu­mento voluminoso, erigido en fuerte sillar en tono rojizo. En su extremo noreste se alza la torre, con diversos cuerpos escalonados y remate de campanario. En el muro sur se abre la portada, de severas líneas cla­sicistas. En ella aparece la fecha de 1749 que corresponde a su termina­ción. El interior es de una sola nave, con marcado crucero. Sobre la bóve­da de la nave se dibujan efigies de santos (Isidro, José, Juan el Bautis­ta); el altar mayor, que es de un subi­do barroquismo, está dedicado a la advocación de la parroquia que apa­rece sobre óleo central. A los lados, tallas de San Ignacio y San Francis­co Javier, y pinturas de San Pedro y San Pablo. Esta obra fue realizada por artistas molineses en la primera mitad del siglo XVIII. En el crucero se alzan otros dos buenos retablos barrocos. Se conserva en su interior, custodiada en bello relicario, una Espina que es fama y devoción per­teneció a la corona de Cristo. Fue llevada al pueblo en 1383 por el ca­ballero molinés D. Diego López Cor­tés, que la obtuvo por su casamiento con Dª Leonor Vázquez Barrientos, parienta de los condes de Medinaceli, que la tenían heredada de la casa del Conde de Fox, en Francia, de donde venía parte de esta familia condal.

En la plaza mayor, ante la iglesia, se alza la torreta, un elemento de planta cuadrada, con fuerte basa formada por sillar, sobre la que apoya una terraza en cuyos ángulos surgen columnas de piedra rematadas en capiteles de tradición renacentista, con zapatas, arquitrabe y tejado a cuatro vertientes. Se construyó en el siglo XVI y luego fue reconstruida. Tenía la finalidad de mostrar desde ella, una vez al año, la reliquia de la «Santa Espina». Desde su altura se enseñaba el objeto y se pronunciaban homilías.

Diversas casonas de rancia tradición molinesa se conservan también: la de los Cortés es muy representativa de las casonas de ganaderos: se precede de amplio patio vallado; en el centro del muro de fachada aparece el portón de ingreso de gran arco semicircular, adovelado, con escudo de la familia. Esta familia emigró en el siglo XVI a Extremadura, y al parecer existen indicios que de ella fuera originario el conquistador de Méjico Hernán Cortés. La de los Garcés, de planta rectangular, con magnífica fachada a mediodía, en la que destaca el portón de entrada, semicircular y adovelado, apareciendo en su centro el escudo familiar; su interior muestra aún la clásica estructura de estas casonas, que en este caso tenía el patio posterior. La de los Sendín, con portada de sillería y gran arco semicircular de lo mismo, rematada en su clave con un borroso escudo del apellido y un capitel. Otras diversas casonas, de época gótica y barroca, algo desestructuradas, se extienden por el pueblo. En su salida hacia Anquela podemos admirar la fuente pública, magnífica construcción neoclásica, de sillar, con pináculo y bolas como adorno, y la fecha de 1893 en su frente, de la que salen dos grandes caños que caen en anchuroso pilón. Junto a ella admiramos el pairón, de la Virgen del Pilar, muy moldurado, rematado en hornacina que aún conserva una talla de piedra de María.