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Don Pedro González de Mendoza, obispo de Salamanca

Una de las figuras históricas que el año pasado salieron a la palestra del recuerdo entre nosotros, fue la de don Pedro González de Mendoza, el que fuera obispo de Salamanca mediado el siglo XVI, hijo de nuestra tierra, y uno de los personajes que más hicieron por ella, pues nos legó nada menos que todo un gran edificio (Colegio de Doncellas e iglesia de los Remedios) que ahora ha sido restaurado, al menos esta última, pues el colegio desapareció derribado por la picota hace ya muchos años. Perteneciente a los Mendoza guadalajareños, González de Mendoza dejó su recuerdo de gran prócer renacentista prendido en los blasones y las galanuras de su templo, hecho a imitación de la Italia norteña, y hoy magníficamente restaurado y puesto en uso para la cultura alcarreña.

La biografía del Obispo

Pertenece don Pedro González a la rama principal de los Mendoza alcarreños, a los duques del Infantado. Había nacido este individuo, y ahora veremos por qué, en el monasterio jerónimo de Lupiana, en 1520. Era hijo (el segundo) de don Iñigo López de Mendoza, cuarto duque del Infantado, y de doña Isabel de Aragón. En la juventud de estos, cuando la Guerra de las Comunidades en Castilla, se declaró guerra también en el seno de la propia familia ducal, y mientras el titular de la casa defendía al Emperador Carlos, su hijo el Conde de Saldaña y heredero del título se manifestó claramente partidario de las ideas comuneras y en franca contestación ante el Emperador y ante su padre. Este lo desterró a sus tierras de Alcocer, en la Hoya del Infantado a orillas del río Guadiela, y en el camino su joven esposa se sintió tan a punto que hubo de recalar en el monasterio jerónimo de San Bartolomé de Lupiana para allí dar a luz a su hijo, al que pusieron de nombre Pedro. De ahí que este, ya en su adultez, profesase tal devoción y cariño por la Orden de San Jerónimo. Pasado el turbión, el joven estudió latín en Guadalajara, y enseguida acudió a la Universidad cisneriana de Alcalá de Henares, donde se graduó de bachiller en abril de 1543 y luego se licenció en Cánones en el mismo lugar. Después marchó, con dos de sus hermanos, a la Universidad de Salamanca, a seguir los estudios de Leyes. Y allí ganó enseguida tal fama de aplicado, docto y listo que pronto anduvo en boca de quienes conocían a lo mejor de la intelectualidad castellana.

Por entonces ya era rico, pues gozaba de las rentas de los cargos de arcediano de Guadalajara, de Hita, de Brihuega y de Talavera, además de las abadías de Santillana y de Santander. Eran prebendas generalmente concedidas por el arzobispo toledano a los miembros de la familia ducal que se dedicaban desde chicos a la carrera eclesiástica. Por supuesto que no acudía a dichos lugares, y los dineros producidos eran administrados por su padre.

Terminados sus estudios hizo vida de Corte: acompañó a Felipe II, en calidad de sacerdote, en su viaje de 1554 a Inglaterra para casarse con la reina María Tudor. Y poco después, en 1559, acudió junto a su hermano Fernando en el séquito de su padre el duque hasta Roncesvalles donde los Infantado cuidaron de proteger a Isabel de Valois cuando esta fue enviada a España a casarse (lo hizo en Guadalajara el 30 de enero de 1560) con Felipe II.

Quizás como premio a estos desvelos cortesanos, el rey propuso y eligió a Pedro como obispo de Salamanca, en abril de 1560. Tenía para ello que dejar el arcedianato de Talavera, y las abadías, pero a cambio el obispado le suponía un «sueldo» anual de 4.000 ducados, impresionante cifra para la época.

Tras la aprobación por el Papa, el 6 de agosto de ese año tomó posesión de la diócesis. Su consagración solemne tuvo lugar en la iglesia de San Miguel, de Guadalajara, ante la presencia de los obispos de Cuenca y Sigüenza.

El cronista Layna Serrano, en los diversos textos en que toca a este personaje, cataloga a don Pedro González como hombre de una vasta cultura, de un gran talento, de una gran claridad de juicio y agilidad mental, de una extraordinaria capacidad oratoria que le permitía expresarse siempre con frases brillantes, manifestándose en cualquier ocasión que se le ofrecía como un contundente y temido polemista.

Cargos y escritos

Debido a estas características, bien conocidas de todos, Felipe II le designó en 1561 para asistir en calidad de teólogo español al Concilio de Trento, y en las largas sesiones de sus varios años de celebración, brilló con luz propia, dejándonos a raíz de aquellos densos días y polémicas reuniones un manuscrito cuajado de su sabiduría teológica y legislativa, que él tituló Lo sucedido en el Concilio de Trento, y que durante siglos permaneció inédito, hasta que en nuestro siglo ha salido a la luz de las imprentas.

Vuelto de Trento en 1566, empapado de cultura italiana y clásica, cargado de dinero y de deseos de establecer una gran fundación que hiciese perdurar su memoria, fuése entonces a Salamanca. En el verano de aquél año se puso muy enfermo su padre, y vino a Guadalajara, hasta septiembre en que falleció el duque. Su madre, Isabel de Aragón, había muerto poco antes, en 1563. A la hora de las herencias, don Pedro recibió una escasa cantidad (15.000 maravedíes), lo mismo que sus hermanos. Pero creyó que se le hacía injusticia, y entonces presentó un pleito contra sus hermanos Enrique de Aragón y Alvaro de Mendoza, a quienes reclamaba la cantidad total de 60.000 ducados. Aquello supuso un largo proceso de pleitos, llegando a reconocérsele y cobrando una buena cantidad de lo demandado, aunque no todo.

González de Mendoza murió relativamente joven, en 1574. Después de un largo proceso febril, muy agotado, falleció en su sede de Salamanca, de una septicemia quizás, o de un cáncer de origen digestivo. Se le enterró primeramente en la ciudad del Tormes. Después se le trajo a Guadalajara y se le depositó en el panteón de los Mendoza del convento de San Francisco, pasando sus restos a ser puestos en el crucero de la iglesia de los Remedios que él mandara construir como eje de su piadosa y noble fundación.

La herencia que nos ha dejado

Apenas pudo contemplar don Pedro sino los cimientos de la magna obra que él fundó. De la iglesia, los muros ya altos, y poco más. Del Colegio, nada. Pero su semilla quedó sembrada, y la realidad de su sueño se hizo consistente, alzándose el templo cómo él había querido: diáfano y limpio, con su gran venera en el remate aéreo del presbiterio, tal como había visto en Trento cuando allí había andado declamando su sabiduría. El Colegio, muchos años adelante, también se completó, aunque sus buenos deseos hacia la Orden de San Jerónimo se concretaron también en el cambio de utilidad de la fundación, haciéndose monasterio de monjas jerónimas.

La restauración que en el pasado año completaron la Diputación Provincial y la Universidad de Alcalá del templo de los Remedios, dándole el destino de Paraninfo Universitario, y a partir de ahora utilizándose como espacio común de destinos culturales, han rescatado la memoria de este hombre, que hoy ha ocupado nuestra evocación semanal. En el próximo número daremos reseña de la iglesia magnífica que legó a la ciudad.

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