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Un conflicto histórico: la Guerra de Comunidades en Guadalajara

 

Aunque doy por conocidos los antecedentes de la Guerra de las Comunidades en Castilla, hoy quisiera aquí recordar (para los amantes de tener de vez en cuando ante los ojos los espectáculos más notables de nuestra historia) de qué modo repercutió aquel conflicto civil en la ciudad del Henares. La esencia del problema, como todos saben, es la protesta airada de los concejos castellanos ante la presencia de un monarca «extranjero» y de una Corte dominada por individuos flamencos, así como una política de aparición brusca y muy dura, que recortaba señaladamente las prerrogativas de autogobierno de esos concejos, ciudades y villas de la Castilla ancestral.

Una vez reunidos los representantes de las principales ciudades comuneras, y creada en Ávila la Junta Santa, en Guadalajara se formó un pequeño núcleo de rebeldes y alborotadores que movilizaron a una buena parte de la población, suficientemente concienciada desde antes contra la política del Emperador Carlos de apretar en los impuestos para navegar en otros conflictos europeos y ajenos por completo a la vida castellana. Así ocurrió que el 5 de junio de 1520, un numeroso grupo de plebeyos, artesanos, y público en general, se dirigió hacia el palacio del Infantado con objeto de pedirle al duque que se uniera a ellos en la protesta anti‑imperial. Capitaneaban la manifestación el carpintero Pedro de Coca, el solador y albañil Diego de Medina, y el buñolero y albardero apellidado Gigante. No estaban solos en el mando. El presidente de la Audiencia ducal, don Francisco de Medina y Mendoza, el licenciado Juan de Urbina, el caballero Diego de Esquivel, junto a otros hidalgos, regidores y miembros del patriciado urbano, también alzaron su voz ante el duque. Y aún más: el propio Conde de Saldaña, don Iñigo López de Mendoza, heredero del estado mendocino, fue puesto como cabeza de la sublevación, con la que este personaje estaba plenamente acorde. Dice así Pecha en su «Historia de Guadalaxara»: la Común se alzó y apellidó por su Caudillo y Capitán al Conde de Saldaña, hijo del Duque don Diego. El vulgo se alzó y derribó y quemó en esos días las casas de los que como Procuradores en Cortes habían ido a las de La Coruña a votar el servicio de impuestos a favor del Emperador. Eran ellos don Luis de Guzmán y don Diego de Guzmán, familiares y afectos del duque.

El de Mendoza no dudó un momento su actitud. Aunque muy posiblemente estaba cordialmente a favor de las ideas de su pueblo, tenía que demostrar su autoridad y su capacidad de mantener el orden. Cursó el mando de encarcelar a los cabecillas. A su hijo, le deportó inmediatamente a Alcocer. A don Francisco de Medina le apartó de sus funciones. Y a los artesanos alzados los encarceló, dando garrote a la madrugada siguiente al primero de ellos, el carpintero Pedro de Coca, cuyo cadáver fue mostrado al día siguiente en la Plaza Mayor. El asunto se sosegó inmediatamente. Para la historia quedó el nombre de Coca como único mártir de aquella causa que hoy nos es tan remota.

La ciudad, sin embargo, nombró tres Procuradores que fueron a Tordesillas: el doctor Medina, Juan de Urbina y Diego de Esquivel. Ellos serían los únicos que, tras la guerra, fueron considerados comuneros en toda la ciudad, y castigados con la confiscación de bienes. El duque, muy diplomático, adoptó una actitud muy prudente, como el resto de los Grandes. No se opuso al envío de los procuradores, y en septiembre de 1520 hacía juramento de fidelidad a la Junta Santa, siendo considerado en octubre como un declarado partidario del bloque comunero. El Cardenal Adriano de Utrecht, primer ministro de Carlos, consideró que Infantado estaba claramente en contra del Emperador.

Los meses siguientes hicieron enfriar los clamores comuneros en Guadalajara. Tras el apresamiento por el ejército real de todos los procuradores de la Junta en Tordesillas, Guadalajara respondió con el silencio a las peticiones hechas en enero de 1521 para que enviara nuevos representantes. Los letrados e intelectuales de la ciudad eran considerados como sospechosos, pero las aguas fueron calmándose, y nuestra ciudad terminó la contienda en una actitud de prudente silencio, cuando no de abierta colaboración con el Emperador. Así lo hizo el duque, que en la primavera mandaba su fuerte ejército personal a Alcalá de Henares para defenderla del anunciado ataque del Obispo de Zamora, don Antonio de Acuña, recalcitrante comunero, que pretendía ocuparla. El ejército ducal, formado exclusivamente con hombres de Guadalajara, estaba comandado por don Pedro González de Mendoza, futuro marqués de la Vala Siciliana, y por don Fernando de Mendoza, que gobernaban la Caballería y la Infantería, respectivamente. El éxito de este ejército expedicionario fue completo. Poco después, en abril de 1521, y por intercesión del duque del Infantado, el Emperador otorgaba el perdón a todos los sublevados.

Fue, en definitiva, una pesadilla que removió enérgicamente, y desde sus niveles más profundos, la conciencia política de Guadalajara. De aquella época no quedan hoy sino los recortados recuerdos de páginas como esta, o las referencias aún más breves y concisas en libros que, de forma general, tratan de esta contienda civil. De todos modos, bueno es que de vez en cuando recordemos fastos del pasado, que siempre nos permiten obtener, aunque sean de forma marginal, sapiencias para el presente. Quizás sea este un último aprendizaje: la razón dobleza su cuello ante la fuerza. ¿No lo estamos viendo, aún hoy, en otras partes del mundo? Lejos, por supuesto, muy lejos de Guadalajara.

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