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febrero 12th, 1993:

El castillo y la muralla de Peñalver

 

Hace escasas fechas, y junto a mis amigos del Club Alcarreño de Montaña, he llegado otra vez a Peñalver. Fuimos andando, desde Tendilla, por las orillas duras de hielos de la umbría del arroyo del Prá. La charla evocadora de antiguas costumbres (el señor Práxedes, que se las sabe todas) y el perenne entusiasmo de Santiago Bernal (a quien le faltan días para cumplir todos sus proyectos) se sazonan a trechos con los versos que nuestro común amigo Jesús García Perdices dedica a cuanto de humano y tierno sale a su paso.

En Peñalver se alzan picotas, iglesias del Renacimiento, placas en recuerdo del Nobel Cela, y en lo alto de todo un castillo que merece evocar, por cuanto es de los menos conocidos de nuestra Alcarria, aunque pleno de historias suculentas. Además del clásico historiador de nuestra tierra, el hoy centenariado Layna Serrano, de este castillo se ocupó el peñalvero Julio de la Cueva Pintado hace unos años, y de sus palabras emerge mi recuerdo y esta invitación a mis lectores para que hasta su ruinosa silueta acerquen sus pasos.

La antigüedad de Peñalver está probada. Risco y valle sujetaron una población prehistórica de cuyas costumbres hoy queda, al menos, la reliquia de su botarga de San Blas, que volvió a salir por las calles, vibrante y juguetona, hace unos días.

Pero fue a partir del siglo XII una vez conquistado Peñalver a los árabes por las huestes del Cid, en el reinado de Alfonso VI, cuando puede afirmarse que se inicia su verdadera historia, basándonos en algunos documentos y en los vestigios que han arribado hasta nosotros y que, por suerte, aún podemos contemplar, teniendo entre ellos como los más significativos al castillo y la muralla, de los que en esta ocasión quiero elevar la glosa.

Desde cualquier calleja de Peñalver en que alcemos los ojos hacia el occidente, se ofrecen altivos los restos que del castillo han sobrevivido. Ahí están, entre otros, el trozo horadado de muro, que se destaca encima del poblado, y la pared central del cementerio. Fue este edificio, sin duda, de gran amplitud y belleza, situado en el lugar más estratégico del entorno, desde el que se dominaba completamente el recinto de la villa, el valle del arroyo del Pra y la llana meseta de la Alcarria, afincando sus cimientos en la firme y altiva roca caliza y blanquecina (peña alba = peña blanca), que dió nombre (Peñalver, antes Peñalber) al pueblo. Sirvió para encuentro de hombres poderosos y las antiguas crónicas nos le pintan escenario de hechos y decisiones relevantes, como la entrevista que en él mantuvieron el 22 de enero de 1292 el rey de Castilla, Sancho IV el Bravo, y el de Aragón, Jaime ll el Justo.

De sus particulares características nos habla la Relación Topográfica que los peñalveros enviaron en 1580 al Rey Felipe II: Hay una fortaleza con muchos cubos y un pedazo de torre comenzada muy grande, que está en lo alto del pueblo, sobre una peña muy grande.

Perteneció desde el comienzo de la repoblación (siglo XII) a la Orden Militar de los caballeros‑monjes de San Juan de Jerusalén, que erigió a este lugar en cabeza de Encomienda, abarcando los lugares y tierras de Peñalver y de Alhóndiga, y poniendo a un Comendador como jefe supremo del territorio con residencia en este castillo, hasta que el emperador Carlos I, autoerigido en maestre mayor de todas las Ordenes Militares hispanas, procedió a su venta en 1552 al Obispo de Lugo, don Juan de Carvajal.

Los caballeros de San Juan, como encargados del gobierno de Peñalver, fueron los constructores de su muralla, unida al castillo y abarcadora de todo el pueblo, así como de la iglesia románica de Nuestra Señora de la Zarza, edificación primitiva que las tradiciones atribuyen a los Templarios, y ubicada (al menos su solar) en la actual plaza, en la que hoy apenas se vislumbran algunos restos de su ábside. Estos caballeros medievales entregaron a Peñalver, incluso, un Fuero propio en el año 1272, habiendo quedado de su recuerdo el emblema de su cruz blanca y octopuntata, sobre el campo brillante de gules, como elemento oficial del actual escudo heráldico municipal.

Según nos cuenta Julio de la Cueva Pintado en el referido artículo que publicó en la Revista «Peñamelera» de septiembre de 1984, como una prolongación defensiva del castillo y rodeando todo el pueblo, tuvo Peñalver una gruesa y posiblemente almenada muralla, con sus torres y puertas de acceso; ello se colige de los restos que de esta construcción aún permanecen en pie, sobre todo el trozo de muro que aparece junto a la picota, a la entrada del pueblo viniendo, como veníamos el otro día, desde Tendilla. Y se colige esta suposición también de lo que nos narran distintos documentos, como las referidas «Relaciones Topográficas» de 1580, donde leemos: Que está cercado muy bien de argamasa de calicanto con sus almenas muy fuertes y tiene sus puertas con cerraduras. Tres puertas debía tener, al menos, la muralla de Peñalver: una, la del sur, que se hallaba a la entrada de la calle mayor o de enmedio; otra la del norte, al término de esa misma calle; y la tercera, en el lugar que hoy, por esa causa, se denomina como «el arco». Permanecen todavía en la toponimia local peñalvera los nombres de «el arco», «la cerca» y «las almenas», lo que me resulta muy significativo de una tradición firmemente anclada en antiguas huellas de fortificación urbana ya desaparecidas.

Por el camino de Irueste, después de reparar nuestras fuerzas en el bar de la plaza, nos alejamos charlando y comentando nuestros descubrimientos. La mañana invernal nos deja ver, desde la altura del páramo, las altivas sierras de Ocejón y Alto Rey en lontananza. Se ven jilgueros, petirrojos, oropéndolas y urracas. Por estas trochas por las que no pasan los coches es por donde aún se fundamenta nuestro amor a la Alcarria, a sus gentes, a tantas cosas hermosas que perduran.