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noviembre 6th, 1992:

El Palacio Ducal de Pastrana es obra de Alonso de Covarrubias

Dibujo de alzado de la fachada principal del palacio ducal de Pastrana, obra de Alonso de Covarrubias. El dibujo es del estudio de Carlos Clemente.

 

En este que hemos calificado como «Año de Pastrana», no podía haber mejor noticia que ésta: la de la contundente filiación al genio de la arquitectura del Renacimiento español, Alonso de Covarrubias, del Palacio Ducal que preside la principal y majestuosa Plaza de la Hora de esta entrañable villa alcarreña. 

Y puede hacerse, desde hoy, con toda la seguridad que dan los documentos históricos existentes en el Archivo de Protocolos Notariales de Pastrana, y que han tenido que esperar cuatro siglos y medio a ser descubiertos por el investigador don Aurelio García López, quien en su búsqueda sobre aspectos concretos de la minoría étnica de los moriscos, ha encontrado una densa y clarificadora serie de contratos, cartas y traspasos suscritos por los maestros canteros, los aparejadores, los carpinteros y demás artesanos que hicieron materialmente este palacio, en los que consta de forma rotunda que Alonso de Covarrubias, el arquitecto preferido del Emperador Carlos I y de los arzobispos de Toledo, fue quien diseñó hasta sus mínimos detalles este Palacio de Pastrana, y sus normas fueron seguidas fielmente por los maestros encargados materialmente de su realización. 

Acaba de aparecer publicado el nº 19 de la Revista «Wad‑al‑ Hayara» de Estudios Provinciales, y en ella figura un interesante trabajo firmado por el citado investigador, don Aurelio García, y titulado Alonso de Covarrubias, autor del Palacio Ducal de Pastrana (documentación sobre su construcción, de 1542 a 1553) donde con meticulosidad y probanza documental se confirma esta que hasta ahora había sido simplemente una tesis. 

Personalmente, me considero muy satisfecho de esta sensacional noticia. Porque ya en 1980, cuando escribí la obra «Crónica y Guía de la Provincia de Guadalajara» (publicada en 1ª edición en 1983 y en 2ª en 1988), afirmaba sin miedo a equivocarme que el autor del palacio de Pastrana era Alonso de Covarrubias. Algún tiempo después, en 1987, el investigador Muñoz Jiménez, en su valioso trabajo sobre la «Arquitectura manierista de la provincia de Guadalajara», hacía la misma afirmación, aunque en nota 15 de la página 387, decía que le parecía infundada tan contundente opinión mía. Muñoz Jiménez, sin embargo, lo mismo que yo desde algún tiempo antes, estaba convencido de que solamente Covarrubias había podido diseñar y dirigir ese magno edificio, organizado para ostentar la gloria de un linaje como era el de los Mendoza y La Cerda, recién elevado al señorío de Pastrana desde 1539. Faltaban, indudablemente, los documentos. Y aquí están. 

García López (que tiene, si se fijan bien, los mismos apellidos que el primer Cronista Provincial de Guadalajara), ha hecho un buen trabajo. Ha olido (¡y cuidado que tienen siglos esos papeles!) el lugar donde podía haber materia histórica. Y nos la ha entregado, en cómodo plato, para terminar de hacer con ella las apreciaciones que nos faltaban respecto a este monumento señero de la Alcarria. 

Así, se sabe que Alonso de Covarrubias debió pasar por Pastrana, requerido por doña Ana de la Cerda, en 1542, cuando iba de paso hacia Albalate, donde también realizó algunas tareas de tracista para los pies del templo parroquial de aquella villa. Enseguida se puso con la traza del edificio, que había de hacerse al estilo del que el Emperador había planeado (y Covarrubias estaba dirigiendo desde 1537) para el Alcázar Real madrileño. Esto es: un enorme caserón de planta cuadrilátera, con sendas torres rematadas de chapiteles en las cuatro esquinas, y una fachada de sobrio aspecto en el que destacara una portada de elegante traza renacentista, «al estilo romano», con arco de medio punto, pilastras estriadas sobre pedestales, medallones con vigorosos rostros en las enjutas, y un tímpano triangular en el remate con el escudo heráldico de la familia comitente. Es muy posible que, además, planificara ya el espacio precedente al palacio, fuera todo ello de la antigua muralla de la villa. La renovación del burgo se hacía, pues, ajeno a lo existente, medieval y estrecho. La gran plaza de armas que iría delante del palacio, se cerraría a su vez por sendos bloques de viviendas soportaladas, y a ella se penetraría por otros dos grandes arcos, uno desde la Calle Mayor, y otro (el de las «boceguillas») desde la actual Calle Ancha. Este último era en su diseño tan aparatoso y magnífico, que finalmente no pudo construirse según la traza covarrubiesca por resultar demasiado costoso.  

Desde el primer momento se contó para las obras con el maestro Martín de Ibarra, y se inició la construcción, aunque en principio muy lenta, pues el Concejo de Pastrana se querelló contundentemente con la Condesa doña Ana, arguyendo que ésta construía «fortaleza», que no palacio, y lo hacía pegado a las murallas de la villa, cuando la ley imponía una separación mínima de cuatrocientos pasos. 

Los pleitos pasaron, y la señora siguió haciendo su gusto. Que en este caso era bueno. A Ibarra sucedió en la maestría de las obras Nicolás de Adonza, un buen técnico que había dejado probanza de su arte en la iglesia parroquial de Mondéjar, donde vivía. En 1549 fue contratado por la condesa y Covarrubias, como maestro de cantería para el palacio pastranero, que entraba en su fase de más delicada elaboración, Pedro de Medina, vecino de Guadalajara, y uno de los más famosos y exquisitos artífices del Renacimiento alcarreño. Este llamó a su socio montañés Pedro Gómez del Mazo, y ambos dirigieron las obras hasta 1551, en que el segundo murió. Fueron los años decisivos. Después se haría cargo de las obras otro maestro, hasta ahora desconocido, Juan de Alavarrieta (o de la Barrieta, como también se lee en los documentos) quien aun se ayudó de Francisco Aragonés, Juan de Pozo y Pedro Muñoz. Adonza seguía estando en las obras en 1552. 

Se sabe (y hoy es obvio) que no se llegó a terminar el palacio conforme al plan establecido por Covarrubias. El patio nunca se llegó ni a iniciar siquiera. Las dos torres traseras no pudieron levantarse por las quejas continuas de los frailes del convento de San Francisco. Y el arco que completaba la plaza, y que finalmente se levantó por Medina y Mazo, no llegó a ser tal como el maestro toledano había dispuesto. 

Y nada más por hoy. Creo que la noticia, aunque resumida al máximo, merecía ser propagada rápidamente. Con la satisfacción de haber intuido hace tiempo lo que ahora se confirma documentalmente, el Palacio Ducal de Pastrana, joya indiscutible de la arquitectura alcarreña, ya tiene la firma puesta: nada menos que la del genial Alonso de Covarrubias. Un buen regalo en este «Año» pleno de acontecimientos para Pastrana.