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Casonas nobiliarias de Tendilla

 

Como una promesa de admiraciones, Tendilla se encuentra a un corto paseo, en automóvil, desde Guadalajara. Son muchas cosas las cosas que en Tendilla podrá admirar el viajero. Son muchos los cerros que la escoltan, y muchos los colores que el cielo pone sobre ella. Pero al andarín de calles y plazales, las esquinas de Tendilla le irán dando sorpresas continuas, y querrá después volver un día y otro, hasta saber de sus más íntimos escondrijos. Que irán apareciendo, como de tantos otros pueblos, por estas páginas. Pero que hoy comenzarán por esas casonas nobiliarias que hacen de la villa alcarreña un lugar donde se establece sin pereza la conexión entre nuestro apresurado siglo y los días en que su Feria sonora, sus duques magnánimos y sus jerónimos piadosos la daban sonoridad y brillo.

En la calle mayor, antes de hacerse soportalada y acogedora, se encontrará el viajero con el edificio que denominamos como Palacio de los López de Cogolludo por ser éstos los apellidos que figuran en la cartela que escolta al escudo de armas que preside su fachada, y que es de suponer corresponda a los propietarios del mismo en la época de su construcción. Es esta una obra sencilla, pero muy hermosa y equilibrada, de arquitectura barroca, con portón de almohadillados sillares, cargado de un gran balcón noble cuyo vano también se decora de almohadillado, y bajo un frontón rematado en pináculos alberga al escudo armero de la familia constructora. Junto a estas líneas ponemos un dibujo esquemático del alzado de su fachada, que nos permite contemplar en sus proporciones y elegancia lo que acabamos de decir.

Su interior está intacto, tal cual era en el siglo XVIII en que se construyó, con escalera noble, cúpula sobresaliente que la ilumina, grandes salones con muebles antiguos y pinturas representando a los sucesivos propietarios, mas un romántico jardín en la parte posterior que se riega con las aguas del cercano arroyo.

Anejo al palacio (también lo vemos en el dibujo adjunto) está el oratorio o capilla de la Sagrada Familia, obra erigida por el secretario real de Hacienda don Juan de la Plaza Solano, nacido en Yélamos de Arriba, y muerto en Madrid en 1739. Propietario a la sazón del palacio, tras construir la capilla dejó a su hermana la facultad de establecer un mayorazgo para que en él se incluyera el patronato de este oratorio. Se trata de un edificio de fastuosa fachada con líneas barrocas en las que se incluye gran portada de curioso remate, y un gran ventanal que ilumina la nave interior, única, muy amplia, con breve crucero cubierto de alta cúpula hemisférica, repleto el ámbito de complicados adornos en yeso policromado, propios del más rebuscado estilo barroco.

Son varias las casonas, también de aspecto nobiliario y señorial, aunque de menor grado artístico, que aún pueden verse repartidas por las calles de Tendilla. Las más señaladas se encuentran en la calle de Díaz de Yela, (antiguamente llamada calle Franca) que corre junto al río, paralela hacia el sur con la calle Mayor. En ella se ve primeramente un gran caserón del siglo XVIII, con dos gran portones de acceso: el primero, más sencillo, con arco rebajado, daba paso a las caballerizas, y el segundo, arquitrabado, adornado su dintel y jambas con sillares almohadillados, y presidiéndose en su dovela principal con la fecha de 1746 en que el edificio fue construido.

Más adelante se ve la casa de un hidalgo familiar del Santo Oficio de la Inquisición. Aunque más humilde de aspecto, y muy restaurada, es curioso el emblema heráldico que la adorna, y en el que destacan las características insignias de la cruz, la palma y la espada, identificativas del temido Tribunal de la Fe. Junto al escudo, se lee la siguiente frase: «Siendo Inquisidor General el Ilmº Sr. D. Diego de Arze y Reynoso, Obispo de Plasencia», por lo que se deduce que esta piedra armera, y la casa en que apoya, son de la primera mitad del siglo XVII.

Al final de la calle, álzase ya medio en ruinas un antiguo palacio dieciochesco, del que sólo se aprecia, además de su ancha fachada y gran portón de ingreso generosamente moldurado, un prolijo escudo de armas sobre el balcón principal, que timbrado de celada y escoltado de múltiples lambrequines, pregonan su pertenencia a algún antiguo hidalgo, benefactor también de la iglesia parroquial, pues su lauda sepulcral, sin inscripción, pero cargada del mismo escudo, se encuentra en el suelo de la entrada al templo.

Y así puede pasar, mirando para los aleros y dentro de los portalones frescos, la mañana de cualquier viajero que decida darse una vuelta por Tendilla a ver, entre otras cosas, estas antiguas casonas nobiliarias que expresan, como en resumen, la riqueza que en tiempos antiguos, y gracias a los mercaderes y ricos agricultores alcarreños que la poblaban, llenaron sus calles y plazas. No podrá olvidar, por supuesto, la magnífica silueta de su Calle Mayor, única en la provincia. O la grandiosidad inacabada de su iglesia parroquial. Incluso la poética evocación del monasterio jerónimo de Santa Ana, sobre la colina meridional y entre pinares. Pero de ello hablaremos en próxima ocasión.

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