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Un Centenario arriacense. 500 años del palacio del Infantado

I

La hora del Quinto Centenario está servida. Dentro de unas semanas, el mundo hispánico (y quien quiera apuntarse) celebrará con toda solemnidad el Quinto Centenario de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo. Los alcarreños también tendremos, y no por «pelusa», sino con todo el peso de la historia de nuestra parte, un «Quinto Centenario» que conmemorar: el del palacio del Infantado, emblema impar de la ciudad de Guadalajara, pues no cabe duda que este edificio simboliza el arte y la historia de nuestra ciudad, ya que en él pusieron los Mendoza lo más intenso de su carga intelectual y humanística, y el más acendrado sentimiento de apego hacia sus tierras alcarreñas.

Se construyó este palacio, por voluntad del segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, a partir de 1480, y en 1483 estaba ya construida la fachada, poco después el patio, y en 1492 lucía el monumento, ya acabado, en todo su esplendor de goticismo, de artesonados y riquezas.

Sufrió reformas posteriormente, ya que en 1569, el tataranieto del constructor, don Iñigo López de Mendoza, quinto duque del Infantado, inició una serie de cambios estructurales y decorativos dirigidos por Acacio de Orejón, que tendían a parangonar su palacio con el que Felipe II levantaba en Madrid, poniendo para ello ciertos detalles renacentistas en la fachada (abrió nuevas ventanas, tapó las antiguas, desmochó los pináculos góticos), en el patio, y decorando los techos de los salones bajos con pinturas al fresco realizadas por los artistas italianos que por entonces vinieron a decorar El Escorial y otras obras reales. De cómo quedó el palacio tras esas reformas dan buena idea los dos grabados que acompañan a estas líneas, realizados por Salcedo en el siglo pasado.

Tuvo a su costado unos jardines, primero moriscos y luego renacentistas con asuntos mitológicos, hoy restaurados y limpios. El palacio del Infantado fue trazado y dirigido por el bretón Juan Guas, autor del castillo mendocino del Real de Manzanares, y del monasterio toledano de San Juan de los Reyes, colaborando con él Egas Cueman y Lorenzo Trillo. Una larga nómina de artistas mudéjares participaron en los diversos aspectos decorativos de la casona: artesonados, frisos, azulejería, pinturas y rejas. Es su estilo radicalmente hispano. Pues aunque parte de la decoración y estructura de balconajes o portadas son de corte gótico de tradición flamenca, otros muchos elementos decorativos, y la disposición de vanos en la fachada, incluso el mismo tema ornamental de las cabezas de clavos, son de herencia morisca, y de lo más exquisito que ha producido el arte mudéjar. Supera uno y otro estilo, y adquiere el marchamo hispánico del estilo mendocino.

La gran fachada occidental, tuvo en su origen una amplia plaza delante. En ella aparece la puerta descentrada, situada al extremo interno del tercio izquierdo, correspondiéndose al interior con un ángulo del patio. Se remata por un gran escudo ducal que pone el sello de la grandeza de un apellido, el de Mendoza, a toda la fachada del palacio. Antaño estuvo empotrado en los mocárabes de la galería, por causa de haber abierto el quinto duque un par de balcones sobre la portada, que separaron los dos elementos que, tal como hoy vemos, debían ir unidos. En la reciente restauración ha ocupado el puesto que le correspondía desde su origen. Está sostenido por dos velludos salvajes y se rodea de veinte escudetes que representan los múltiples estados del segundo duque del Infantado.

En la planta baja de la fachada se abren algunas ventanas y una puerta, obras de la reforma del quinto duque: llevan lisas molduras, frontoncillos con el escudo ducal y rejas de la época. En la primera planta, y también abiertos en la reforma del siglo XVI, aparecen balcones del mismo orden renaciente. En la línea superior de la fachada, mostrando una vez más esa predilección de la arquitectura hispánica, entroncada con la árabe, de decorar prolijamente ciertas áreas de una fachada, aparece como un corrido alfiz la galería de ventanales y garitones que pronuncian su grito gótico‑mudéjar más claro. Consiste en una serie de ventanales que alternan con garitas salientes, con múltiples columnillas y capiteles, antepechos y tracerías góticas, apoyado todo ello en amplia faja de mocárabes, repartiéndose por el conjunto los escudos de Mendoza y Luna. El resto de la fachada, toda ella construida con dorado sillar de Tamajón, se cubre con ornamentación de cabezas de clavos dispuestas en peculiar distribución en una ideal red de rombos. Es también un tema derivado directamente del arte árabe.

Y este es el aspecto exterior, tantas veces retratado y reproducido, del palacio del Infantado, que ahora se viste con el traje almidonado de su Quinto Centenario, en el que apenas se ha hecho hasta ahora nada que destaque este evento, pero que no estaría de más aprovechar los tres meses que nos quedan de año para destacar este acontecimiento. La Corporación municipal actual, que propició meses atrás esta celebración, tiene ahora la palabra. Yo propondría una sola y radical actividad a este respecto, germen de lo que debe ser el cariño y respeto de todos los ciudadanos hacia este palacio: pasar por él, a lo largo de este primer trimestre del curso, a todos los colegiales de Guadalajara, enseñárselo con detenimiento (la fachada, el patio, las salas pintadas, el Museo…), entregarles como recuerdo alguna pequeña publicación que lo describa, y animarles luego en clases a que lo describan, lo dibujen, lo animen siempre con su presencia y su cariño.

La semana próxima, de todos modos, continuaré con la descripción de las áreas internas de este palacio, que a pesar de ser, como antes decía, el emblema de la ciudad, y de contar, ya, con esos Quinientos años de vida espléndida, es todavía poco conocido en su dimensión auténtica por la mayoría de los arriacenses. 

II

Después de ver, la semana pasada, el aspecto exterior y la historia de este palacio del Infantado que es la gloria máxima de nuestro patrimonio monumental, me voy a ocupar en este momento de su aspecto interior, menos conocido por diversas razones: una la de que en muchas ocasiones del día y fines de semana está cerrado, y otra el hecho de que mucha gente se contenta con ver su fachada, y llevársela en la retina y en la cámara fotográfica, sin intentar pasar a ver la maravilla en piedra de su patio, o la brillantez de la historia mendocina en sus pinturas. Este del Quinto Centenario del Palacio del Infantado ha de ser, sin duda, un buen momento para entrar en él de una vez, y conocerlo en toda su dimensión.

El patio central de este palacio, llamado patio de los leones, es de forma cuadrilátera, ligeramente alargada de sur a norte, pues en los lados de levante y poniente aparecen siete arcos, por cinco tan sólo en los compañeros. Se compone de doble arquería superpuesta, formada de arcos conopiales mixtilíneos, muy del gusto de Juan Guas, en la galería baja, y el mismo tipo, pero con un par de entrantes laterales que le complican y quiebran aún más, en la arcada superior. El trazo atectónico de estos elementos, que sólo buscan el recurso decorativo, es evidente. Sobresalen florones y picos de su fino intradós, y una faja de bolas los circunda. Las columnas que sostienen la arquería inferior son de orden dórico, sin ninguna decoración, y notablemente achaparradas para la que sería su altura lógica con respecto a la contextura total del patio. Fueron puestas por el quinto duque en 1571, previo el levantamiento del suelo, y es de presumir que en un principio fueron idénticas a las de la galería alta, magníficos pilares bocelados de fuste helicoidal surcado de cintas y hojarascas, con un collarín al promedio, y capitel de hechura prismática, muy decorado de tema vegetal, en el remate.

Como relleno de los paramentos alzados sobre los arcos, y cubiertos sus fondos de taqueado, vemos un mundo prolijo de temas entre los que destacan parejas de leones tenantes del emblema de don Diego Hurtado de Mendoza, primero de los duques del Infantado: una tolva de molino de las que, al igual que los leones, es difícil ver dos idénticas. Sobre cada columna se alza un escudo, alternando el del apellido Mendoza con el de Luna. Todos se rematan con la correspondiente corona ducal, también variable en cuanto a su ornamentación, y una celada terciada, unas veces a derechas y otras a izquierda, que tiene por lambrequines unas largas hojas de cardo, y como apoyo de los leones y bichas aladas, que llevan por cimera, se interponen sendas coronas cívicas. A lo largo de la rosca de los arcos aparece tallada una fina y larguísima cartela, hoy ya mutilada, en la que se inscribe una frase en caracteres góticos que anotó Quadrado en el siglo pasado, y en éste completó Layna y aun Azcárate introdujo alguna sustancial corrección. Dice así: El yllustre señor don yñigo lopes de mendoça duque segundo del ynfantazgo, marques de santilllana, conde del rreal e saldaña, señor de Mendoça y de la Vega, mando fa (ser esta) portada (año del nascimiento de nro salvador ihu xpo de MCCCCL) XXXIII años… seyendo esta edificada por sus antecesores con grandes gastos e de sumptuoso edeficio, se (pu)so toda por el suelo y por acrescentar la gloria de sus proxenitores y la suya propia la mandó edeficar otra vez para más onrrar la grandeza (de su linaje) año myll e quatrocientos e ochenta y tres años. Illustris dominus S. Enecus Lopesius Mendoza dux secundus del Infantado, marchio Sanctiliane, comes Regalis et Saldanie, dominus de Mendoza et de la Vega hoc palatium a… progenitoribus quondam magna erecum impensa sed…al solum usque ferme… ad ilustrandam mejorum suorum… am et suam magnitudinem post… dandam pulcherrima et sumptuosa mole, arte miro…scultoris…Esta casa fizieron iuan guas e maestre egascoman e otros muchos maestros… Vanitas vanitatum et omnia vanitas.

El paramento de la galería superior presenta parejas de alados grifos enfrentados y encadenados, separados por complicado florón remate del arco. En la prolongación de las columnas se ven pináculos hoy desmochados, que sufrieron su tala cuando el quinto duque hizo su ya mencionada reforma, y hoy no han sido colocados nuevamente, dejando como friso bajo el alero una línea de clasicista cornisamiento, que rompe notablemente el conjunto, y le deja inexpresivo en esa altura. Uno de esos pináculos perdidos e idealizados, ha servido para ilustrar la portada de este libro.

El interior y estancias del palacio del Infantado han perdido en gran parte su antiguo esplendor. De la primitiva escalera nada queda. De los artesonados mudéjares, los mejores del mundo, sin duda alguna, destruidos en la Guerra Civil de 1936‑39, sólo quedan fotografías fragmentarias y escasísimos restos que se intenta sirvan para una futura reconstrucción de algunos de ellos. Lo que sí se ha conservado, y hoy lucen esplendorosas tras meticulosa restauración, son las pinturas al fresco que en algunas de las salas bajas del palacio pintores italianos decoraron a fines del siglo XVI por encargo del quinto duque. Se pueden contemplar hoy la salita de Cronos, con imagen de este dios y la serie de símbolos del Zodiaco; la gran «Sala de las Batallas», representando múltiples y movidas escenas de la historia militar de los Mendoza, que se complementan con representaciones de virtudes cívicas y figurillas de «putti» jugueteando con arneses de guerra. Al fondo de esta sala aparecen dos ovaladas saletas con decoración pictórica de escenas mitológicas. Otra sala magníficamente decorada en sus techos es la de Atalanta, en la que aparecen cinco escenas de la leyenda que protagoniza esta diosa junto a Hipómenes, tomadas directamente del relato de Ovidio, acompañadas de múltiples figuras de variados animales y escenas de caza. En ella luce la gran chimenea de mármol de Carrara que en 1573 hicieron los italianos Juan Bautista y Domingo Milanés. Las pinturas de estas salas las realizó el florentino Rómulo Cincinato entre 1578 y 1580 por encargo del quinto duque.

Tras haber sufrido un bombardeo el 5 de diciembre de 1936, en plena Guerra civil española, que dejó el edificio por los suelos, y la mayor parte de sus riquezas internas destruidas para siempre, en los años sesenta de este siglo fue restaurado, y hoy ha recobrado toda la dignidad que merecía, al ser utilizado con fines netamente culturales: en su planta baja se encuentra el Museo de Bellas Artes de la Provincia, con varias salas cargadas de pinturas, esculturas y cerámicas interesantes, y en la planta alta la Biblioteca Pública Provincial, el Archivo Histórico Provincial y diversas dependencias culturales que le hacen ser un lugar de encuentro permanente de cuantos en Guadalajara tienen inquietudes culturales. Ojalá que este momento, este otoño del 92 en que se cumple el Quinto Centenario de su acabamiento, sea también la fecha que marque ese definitivo entronque y total conocimiento con la población, ‑las gentes, los niños sobre todo‑ que le acoge.

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