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marzo 3rd, 1992:

Camino del románico provincial: Beleña de Sorbe

 

Ahora que alargan los días, y aunque fríos por la sierras van teniendo el color de la piedra eterna, y de la madera perdurable, apetece ponerse otra vez en ruta, y alzarse por los caminos de Guadalajara en busca de las recónditas maravillas que contiene nuestra tierra. Una de ellas es sin duda la iglesia de San Miguel, en Beleña de Sorbe.

El ejercicio de viajar Guadalajara, de saberse sus horizontes, de enfrentarse uno a uno con sus sigilosos y brillantes monumentos, bien merece el esfuerzo de salir temprano un domingo. Y de llegarse, tras pasar por Fontanar, por Humanes y Torrebeleña, hasta este extremo de la Campiña que se apiña, breve y denso, sobre el roquedal que avizora al río Sorbe, aguas abajo de la gran presa que hace unos años deshizo el encanto medieval de su paisaje serrano. Todavía se ve, en la profundidad del barranco, el puente antiquísimo entre los farallones de roca. Y en lo alto del cerro los grises restos del castillo de los Valdés.

El templo parroquial de Beleña es, sin duda, de los mejores que ofrece el «románico de Guadalajara». Es una obra que, en su origen, se remonta al siglo XII, cuando Alfonso  VIII en 1170 se lo donó en Señorío a Martín González, de la familia Valdés, sacándolo del Común de Villa y Tierra de Atienza, al que hasta ese momento había pertenecido.

Se levantó completa la obra entre los finales del siglo XII y la mitad del XIII. Posteriormente, ya en el siglo XVI avanzado, la riqueza del Concejo posibilitó una ampliación, que se hizo exclusivamente a costa del crucero y el presbiterio, elevado en altura y con nuevas bóvedas de complicadas tracerías. Pero afortunadamente, el cuerpo del templo, y, sobre todo, su atrio meridional, y su fachada, no se tocaron, quedando como habían sido concebidas en la remota Edad Media.

Así ocurre que el viajero de hoy se encuentra con este monumento, al llegar ante él, tal como ofrece la fotografía adjunta. La fachada meridional, la que por las mañanas ilumina el sol del invierno, tiene la alegría de una galería porticada con tres arcadas de tres arcos semicirculares cada una. Sumadas al gran arco de entrada al atrio, hacen un total de diez vanos que posibilitan la entrada de luz a este espacio destinado (según dicen quienes saben de costumbres canónicas medievales) destinado primeramente para los no bautizados, y luego para celebrar en él las reuniones concejiles.

El muro se remata en una hilera de canecillos con elementos antropomorfos muy simples, muy rústicos, con caras de humanos, y algunos animalejos, que se quedaron con su sonrisa petrificada desde el siglo cabal de su construcción.

Dentro del atrio, surge la puerta de entrada al templo. Es lo mejor de todo. Lo que justifica el viaje. Lo que deja al visitante con el sabor redondo de lo perfecto, de lo más sugerente. Con la lectura de un mensaje que se hace perdurable, renovado, simple en su origen y hoy tan complicado, que ha sugerido interpretaciones de variada sutileza a diversos comentaristas y estudiosos.

Merece la pena estarse un rato contemplando esta portada. De piedra sillar, con un tono blanco grisáceo que la da fuerza, y una firmeza que sobre las figuras talladas se hace como transparente, como porosa y casi plástica. Tres arquivoltas la forman, semicirculares. La externa y la interna son muy sencillas, baquetonadas. Pero la mediana está cuajada de tallas que representan los doce meses del año, simbolizados por tareas agrícolas o escenas costumbristas. Al inicio de la serie, un angelote rudimentario simboliza el Bien. Al final, el rostro de labios abultados de un negro representa al Mal. Entre medias, los doce meses, así simbolizados: en enero un hombre hace la matanza del cerdo; en febrero, un viejo se caliente ante una fogata; en marzo, un campesino hace la poda de árboles y arbustos; en abril, una joven enseña en sus manos los crótalos de una alegre fiesta de primavera; en mayo es un caballero montado en su caballo y con un halcón en las manos quien dice que se inicia la guerra y la época de caza; en junio un agricultor se dedica a la escarda; en julio, el segador corta la mies crecida; en agosto, sobre el trillo tirado por bueyes el aldeano sonríe; en septiembre se arrancan los granos de la vid y se almacenan en un cesto de mimbre; en octubre se vuelca el vino desde un odre a una gran cuba; en noviembre vuelve el protagonista al campo, arando con un par de bueyes; y en diciembre, feliz ante la bien provista mesa, el «ome bueno» de Beleña celebra la Navidad. Vemos junto a estas líneas algunas de estas sencillas y emocionantes escenas, que parecen, al estar allí, ante ellas, que van a ponerse en danza.

Como puede verse en la fotografía, tomada tan sólo hace unas fechas, un enorme cartel de  la Junta de Comunidades afea notablemente el conjunto. Dice el cartel que es un monumento en restauración, y que se han gastado en él unos cuantos millones de los presupuestos de la Junta, siendo el arquitecto director de las obras don Jaime de Grandes. Pues muy bien. Quedamos enterados. Pero el cartel sobra. O por lo menos donde está ahora. Porque para decir eso, se puede poner un cartel más pequeño, más sobrio de color y fuera del lugar donde ahora sirve de auténtico «forúnculo» sobre la tersa piel blanca del restaurado edificio.

De cualquier modo, ahí está San Miguel de Beleña. Un precioso lugar donde mirar la vieja Edad que nos define. Un encantador ejemplo de la historia cuajada de nuestra tierra. Un soberano monumento que hace el «suma y sigue» de nuestro patrimonio. El del románico, pletórico de edificios, aquí bien definido y anclado. Hay que volver, y pronto, hasta su esbelta y sonora silueta que trae melodías de Medievo, que nos dice que fué verdad, aunque nos cueste creerlo.